S.
207
V
Con el descubrimiento de la sexualidad infantil y la
referencia de los síntomas neuróticos a componentes
instintivos eróticos, hemos llegado a establecer algunas
inesperadas fórmulas sobre la esencia y las tendencias
de las neurosis. Vemos que los hombres enferman
cuando a consecuencia de obstáculos exteriores o fal-
ta interna de adaptación queda vedada para ellos la
satisfacción de sus necesidades sexuales en la rea-
lidad, y vemos que entonces se refugian en
la enfermedad para hallar con su ayuda una
satisfacción sustitutiva de lo que les ha sido negado.
Reconocemos que los síntomas patológicos contienen
una parte de la actividad sexual del sujeto o, a veces,
su entera vida sexual, y encontramos en el alejamiento
de la realidad, la tendencia capital, pero también el
daño principal de la enfermedad. Sospechamos que la
resistencia que nuestros enfermos oponen a su resta-
blecimiento no es de constitución simple, sino compues-
ta de varios motivos. No solamente se resiste el Yo
del enfermo a levantar las represiones por medio de
las cuales ha salido de su situación original, sino que
tampoco los instintos sexuales se resignan a prescin-
dir de sus satisfacciones sustitutivas mientras perma-
nezca aún inseguro si la realidad les ofrecerá o no
algo mejor.La fuga en que el sujeto abandona la insatisfactoria
S.
208
realidad para refugiarse en aquello que por su nocivi-
dad biológica denominamos enfermedad, pero que ja-
más deja de ofrecer al enfermo un inmediato placer, se
lleva a cabo por el camino de la regresión, del
retorno a fases tempranas de la vida sexual a las que
en su época no faltó satisfacción. Esta regresión es
aparentemente doble: temporal, en cuanto la libi-
do, la necesidad erótica, retrocede a grados evolutivos
temporalmente anteriores, y formal, en cuanto para
la manifestación de esta necesidad se emplean los ori-
ginales y primitivos medios expresivos psíquicos, mas
ambos géneros de regresión se hallan orientados hacia
la niñez y se reunen para la constitución de un estado
infantil de la vida sexual.Cuanto más se penetra en la patogénesis de la en-
fermedad nerviosa más se descubre la conexión de las
neurosis con otras producciones de la vida psíquica
humana, aun con las de un más alto valor. Nosotros
los hombres, con las grandes aspiraciones de nuestra
civilización y bajo el peso de nuestras íntimas repre-
siones, hallamos la realidad totalmente insatisfactoria
y mantenemos por lo tanto una vida imaginativa, en la
cual gustamos de compensar los defectos de la reali-
dad por medio de la producción de realizaciones de
deseos. Estas fantasías entrañan mucho de la propia
esencia constitucional de la personalidad y también de
los impulsos en ella reprimidos para su adaptación a
la realidad. El hombre que alcanza grandes éxitos en
su vida es aquel que por medio del trabajo logra con-
vertir en realidad sus fantasías optativas. Donde esto
fracasa a consecuencia de las resistencias del mundo
exterior y de la debilidad del individuo, surge entonces
el apartamiento de la realidad; el individuo se retira a
su satisfactoria fantasía y, en el caso de enfermedad,S.
14
convierte su contenido en síntomas. Bajo determinadas
condiciones favorables le será aún posible hallar otro
camino que partiendo de dichas fantasías le conduzca
de nuevo a la realidad, salvándole de extrañarse de
ella duraderamente por medio de la regresión a lo in-
fantil. Cuando la persona enemistada con el mundo
real posee aquello que llamamos dotes artísti-
cos y cuya psicología permanece aún misteriosa para
nosotros, puede transformar sus fantasías, no en sín-
tomas, sino en creaciones artísticas, escapar así a la
neurosis y volver a encontrar por este rodeo la rela-
ción con la realidad (1). En los casos en que a una
persistente rebelión contra el mundo real se une la falta
o la insuficiencia de estos preciosos dotes, resulta in-
evitable que la libido, siguiendo el origen de la fantasía,
llegue por el camino de la regresión a la resurrección
de los deseos infantiles y con ella a la neurosis. Esta
reemplaza en nuestros días el convento al cual acos-
tumbraban antes a retirarse aquellas personas desen-
gañadas de la vida o que se sentían demasiado débiles
para vivirla.Permitidme que en este punto exponga el resul-
tado capital conseguido por medio de la investiga-
ción psicoanalítica de los neuróticos y que es el de
que las neurosis no tienen un especial contenido psí-
quico que no pueda hallarse también en los individuos
sanos, o como lo ha expresado C. G. Jung, que los
neuróticos enferman a causa de los mismos comple-
jos con los que luchamos los sanos. De circunstan-
cias cuantitativas y de las relaciones de las fuerzas
que combaten entre sí, depende que la lucha conduzca(1) Véase la obra de O. Rank titulada «Der Kuenstler», A. He-
ller. Viena, 1907.– 209 –
S.
210
a la salud, a la neurosis o a sublimaciones compen-
sadoras.Os he ocultado hasta ahora algo que constituye la
más importante confirmación de nuestra hipótesis de
las fuerzas instintivas sexuales de la neurosis. Siem-
pre que sometemos a un nervioso al tratamiento psico-
analítico, aparece en él el extraño fenómeno llamado
«transferencia» (Uebertragung), esto es, que
el enfermo dirige hacia el médico una serie de tiernos
sentimientos mezclados frecuentemente con otros hos-
tiles, conducta sin fundamento alguno real y que según
todos los detalles de su aparición tiene que ser deriva-
da de los antiguos deseos imaginativos devenidos in
conscientes. Así, pues, el enfermo vive, en su relación
con el médico, aquella parte de su vida sentimental que
ya no puede hacer volver a su memoria, y por medio
de éste vivir de nuevo en la «transferencia», es como
queda convencido, tanto de la existencia como del po-
der de tales impulsos sexuales inconscientes. Los sín-
tomas, que para emplear una comparación tomada de
los dominios de la Química, son los precipitados de
anteriores sucesos eróticos (en el más amplio sentido),
no pueden disolverse y ser transformados en otros
productos psíquicos más que a la elevada temperatura
de la transferencia. El medico desempeña en esta reac-
ción, según la acertadísima frase de J. Ferenczi (1), el
papel de un fermento catalítico que atrae tem-
poralmente a los afectos que en el proceso van que-
dando libres. El estudio de la transferencia nos propor-
ciona también la clave para la inteligencia de la suges-
tión hipnótica que en un principio empleamos con
(1) S. Ferenczi. Introjektion und Uebertragung. Jahrb. f. psy-
choanal. u. psychopath. Forschungen, I, 2. 1909.S.
211
UNA TEORIA SEXUAL Y OTROS ENSAYOS.
nuestros enfermos como medio técnico para la investi-
gación de lo inconsciente. El hipnotismo se reveló en-
tonces como un auxiliar terapéutico, pero en cambio
como un obstáculo para el conocimiento científico de
la cuestión, pues si hacía desaparecer las resistencias
en un determinado campo, no evitaba que se alzasen de
nuevo en los límites del mismo, formando impenetrables
murallas que impedían todo nuevo avance. No hay que
creer que el fenómeno de la transferencia, sobre el cual
no puedo extenderme aquí mucho, desgraciadamente,
sea un producto de la influenciación psicoanalítica. La
transferencia surge espontáneamente en todas las rela-
ciones humanas, lo mismo que en la del enfermo y el
médico; es, en general, la verdadera portadora de la in-
fluenciación terapéutica y actúa con tanta mayor ener-
gía cuanto menos se sospecha su existencia. Así, pues,
no es la psicoanálisis la que la crea, sino que se limita
a revelarla a la conciencia y se apodera de ella para
dirigir los procesos psíquicos hacia el fin deseado. No
puedo de todos modos abandonar el tema de la trans-
ferencia sin hacer resaltar que este fenómeno es deci-
sivo, no sólo para la convicción del enfermo, sino tam-
bién para la del médico. Sé que todos mis partidarios
han llegado a convencerse de la exactitud de mis afir-
maciones sobre la patogénesis de las neurosis precisa-
mente por sus experiencias personales en lo referente
a la transferencia y comprendo muy bien que no se lle-
gue a tal seguridad de juicio en tanto no haya efectua-
do uno por sí mismo psicoanálisis y haya tenido oca-
sión de observar directamente los efectos de dicho fe-
nómeno.A mi juicio, existen por parte del intelecto dos obs-
táculos opuestos al reconocimiento de las ideas psi-
coanalíticas: En primer lugar lo desacostumbrado deS.
212
contar con una estricta y absoluta determinación de la
vida psíquica y, en segundo, el desconocimiento de las
peculiaridades que constituyen la diferencia entre los
procesos anímicos inconscientes y los conscientes que
nos son familiares. Una de las más extendidas resis-
tencias contra la labor psicoanalítica–tanto en los sa-
nos como en los enfermos–se refiere al último de di-
chos dos factores. Se teme causar un daño con la psi-
coanálisis y se siente miedo de atraer a la conciencia
del enfermo los instintos sexuales reprimidos, como si
ello trajese consigo el peligro de que dominasen en él
a las aspiraciones éticas más elevadas y le despojasen
de sus conquistas culturales. Se observa que el pacien-
te presenta heridas en su vida anímica, pero se evita to-
car a ellas para no aumentar sus sufrimientos. Podemos
aceptar y proseguir esta analogía. Es indudablemente
más piadoso no rozar las partes enfermas, cuando con
ello no se ha de saber más que causar dolor. Pero el
cirujano no prescinde de investigar el foco de la enfer-
medad cuando intenta una operación que ha de producir
un restablecimiento duradero, y nadie pensará en cul-
parle de los inevitables sufrimientos que el reconoci-
miento haya de causar ni de los fenómenos de reac-
ción que surgen en el operado, si con la intervención
quirúrgica alcanza su propósito y consigue que des-
pués de una temporal agravación de su estado, llegue
el enfermo a una definitiva curación. Análogas son las
circunstancias de la psicoanálisis, y ésta puede aspirar
a ser considerada al igual de la cirujía. El aumento de
dolor que pueda producir al enfermo durante el trata-
miento, es–dada una acertada técnica–infinitamente
menor que el producido en una intervención quirúrgica,
y considerando la gravedad del mal que de curar se
trata, aparece como un elemento nada merecedor de te-
S.
215
nerse en cuenta. El temido resultado final de una des-
trucción del carácter civilizado por los instintos libera-
dos de la represión, es totalmente imposible, pues este
temor no tiene en cuenta algo que nuestra experiencia
nos ha enseñado con toda seguridad, y es que el po-
der anímico y somático de un deseo, cuando su repre-
sión ha fracasado, es mucho mayor siendo inconscien-
te, que siendo consciente, de manera que con su atrac-
ción a la conciencia no se hace sino debilitarlo. El
deseo inconsciente no es susceptible de ser influído y
permanece independiente de toda circunstancia, mien-
tras que el consciente es refrenado por todo lo igual-
mente consciente contrario a él. La labor psicoanalítica
entra así, como un ventajoso sustitutivo de la fracasa-
da represión, al servicio de las aspiraciones civilizado-
ras más elevadas y valiosas.¿Cuáles son, pues, los destinos de los deseos in-
conscientes libertados por la psicoanálisis, y cuáles
los caminos que seguimos para impedir que dañen la
vida del paciente? Existen varias soluciones. El resul-
tado más frecuente es el de que tales deseos quedan
ya dominados, durante el tratamiento, por la actividad
anímica correcta de los sentimientos más elevados, a
ellos contrarios. La represión es sustituída por una
condenación llevada a cabo con los medios más
eficaces. Esto se hace posible por el hecho de que lo
que se trata de hacer desaparecer son sólo consecuen-
cias de anteriores estadíos evolutivos del Yo. El indi-
viduo no llevó a cabo anteriormente más que una repre-
sión del instinto inutilizable, porque en dicho momento
no se hallaba él mismo sino imperfectamente organi-
zado, y era débil; mas en su actual madurez y fuerza
puede quizá dominar a la perfección lo que le es hos-
til. Un segundo término de la labor psicoanalítica esS.
FIRE BAT BIH II RUE A
el de que los instintos inconscientes descubiertos, pue-
den ser dirigidos a aquella utilizaciön que en un des-
arrollo no perturbado hubieran debido hallar anterior-
mente. La extirpacién de los deseos infantiles no es
de ningtin modo el fin ideal del desarrollo. El neuré-
tico ha perdido por sus represiones muchas fuentes de
energfa anfmica, cuyo caudal le hubiese sido muy va-
lioso para la formaciön de su caräcter y para su acti-
vidad en la vida. Conocemos otro mas apropiado pro-
ceso de la evolucién, la llamada sublimaciön, porla
cual no queda perdida la energia de los deseos infan-
tiles, sino que se hace utilizable dirigiendo cada uno
de los impulsos hacia un fin mas elevado que el inuti-
lizable y que puede carecer de todo cardcter sexual.
Precisamente los componentes del instinto sexual se
caracterizan por esta capacidad de sublimaciön, de
cambiar su fin sexual por otro mäs lejano y de un ma-
yor valor social. A las aportaciones de energia conse-
guidas de este modo para nuestras funciones animi-
cas, debemos probablemente los mäs altos Exitos ci'
lizadores. Lina temprana represiön excluye la sublima-
cién del instinto reprimido. Mas una vez levantada
la primera, queda libre de nuevo el camino para efec-
tuar la segunda.No debemos, por tiltimo, omitir el tercero de los re-
sultados posibles de la labor psicoanalitica. Una cierta
parte de los impulsos libidinosos reprimidos tiene de-
recho a una satisfaccién directa, y debe hallarla en la
vida. Nuestras aspiraciones civilizadoras hacen dema-
siado diffcil la existencia a la mayorfa de las organi-
zaciones humanas, coadyuvando asf al apartamiento
de la realidad y a la formacién de la neurosis sin con-
seguir un aumento de civilizacién por esta exagerada
represion sexual. No debfamos engreirnos tanto como= = 14 —
S.
UNA TEORIA SEXUAL Y¥ OTROS ENSAYOS
para descuidar por completo lo originariamente ani-
mal de nuestra naturaleza, ni debemos tampoco olvi-
dar que la felicidad del individuo no puede ser borrada
de entre los fines de nuesira civilizacién. La plastici-
dad de los componentes sexuales, que se manifiesta
en su capacidad de sublimacién, puede constituir una
gran tentacién de perseguir, por medio de una subli-
maci6n progresiva, efectos civilizadores cada vez mas
grandes. Pero asi como no contamos con transformar
en nuestras mäquinas mäs de una parte del calor em-
pleado, en trabajo mecänico ütil, asf tampoco .debia-
mos aspirar a apartar de sus fines propios toda la
energia del instinto sexual. No es posible conseguir
tal cosa, y si la limifacién de la sexualidad ha de Ile-
varse demasiado lejos, traeré consigo todos los da-
fios de una exagerada e irregular explotacién.No sé si consideraréis esta tiltima observaciön como
una genialidad mfa. Para daros una exacta represen-
taciön indirecta de este mi convencimiento, recurriré- arelataros una historieta de cuya moraleja podéis en-
cargaros. La literatura alemana nombra una ciudad,
la de Schilda, a cuyos moradores se atribuye toda cla-
se de astutas ideas. Cuéntase que posefan un caballo
con cuyo trabajo y fuerza se hallaban muy contentos,
pero que, segiin ellos, tenia el caro defecto de consu-
mir demasiada avena en sus piensos. En vista de
ello, decidieron quitarle poco a poco tan mala costum-
bre, disminuyendo diariamente su racién en una pe-
quefia cantidad, hasta acostumbrarle a la abstinencia _
completa. Durante algtin tiempo la cosa marché admi-
rablemente; lleg6 un dia en que el caballo no comié
més que una brizna, y al siguiente, debfa ya trabajar
sin pienso alguno. Mas he aqui que en la mafiana de
dicho dia el perverso animal fué hallado muerto, sin— 25 —
S.
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La psicoanálisis1910-001/1922.es