El anális profano1926-002/1928.es
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    Si hemos de hacernos comprender de usted—continua-
    mos diciendo a nuestro interlocutor—habremos de expo-
    nerle un fragmento de una teoría psicológica desconocida
    o insuficientemente estimada fuera de los círculos analíti-
    cos. De ella podremos deducir lo que nos proponemos
    conseguir en beneficio de nuestros enfermos y cómo lo
    alcanzamos. Vamos a exponerla dogmáticamente y como
    si se tratara de una construcción ideológica terminada y
    perfecta. Pero no vaya usted a creer que ha nacido ya así,
    como un sistema filosófico. Por el contrario, la hemos
    construído muy despacio, forjando laboriosamente cada
    uno de sus elementos y modificándola de continuo en un
    ininterrumpido contacto con la observación, hasta verla
    adquirir por fin, una forma que nos parece bastar para
    nuestros propósitos. Todavía hace algunos años hubiera
    tenido que vestir esta teoría con distintos conceptos, sin
    que tampoco pueda hoy asegurar que su actual expresión
    haya de ser la última y definitiva. La ciencia no es revela-
    ción, y aunque muy lejos ya de sus comienzos, carece
    todavía de los caracteres de precisión, inmutabilidad e in-
    falibilidad a los que aspira el pensamiento humano. Pero
    así y todo, es lo único que poseemos. Si a ello, añade
    usted, que nuestra disciplina es aún muy joven, habien-
    do nacido casi con el siglo actual y que se ocupa de
    una de las materias más arduas que pueden plante-
    arse a la
    investigación humana, no le será difícil adoptar la actitud

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    justa para oirme. De todos modos, interrúmpame usted
    siempre que no pueda seguirme o necesite más amplias
    aclaraciones.

    «Voy a interrumpirle antes siquiera de empezar. Dice
    usted que va a exponerme una nueva psicología. Ahora
    bien, la psicología no es, ni con mucho, una ciencia nueva.
    Ha habido muchos psicólogos y según recuerdo de mis
    tiempos de estudiante, se han alcanzado ya en este sector
    científico, rendimientos de gran importancia.»

    Rendimientos que no pienso, por mi parte, discutir.
    Pero si los examina usted con algún detenimiento, verá
    que deben ser adscritos más bien a la fisiología de los sen-
    tidos. La psicología no ha podido desarrollarse porque se
    lo ha impedido un error fundamental. ¿Qué comprende
    hoy, tal y como es enseñada en los centros de cultura?
    Aparte de los valiosos conocimientos antes mencionados,
    pertenecientes a la fisiología de los sentidos, una cierta
    cantidad de divisiones y definiciones de nuestros procesos
    anímicos, que los usos del lenguaje han convertido en pro-
    piedad común a todos los hombres cultos. Y esto no basta,
    desde luego, para la concepción de nuestra vida psíquica.
    ¿No ha observado usted que cada filósofo, cada poeta,
    cada historiador y cada biógrafo crean para su uso particu-
    lar una teoría psicológica, y forjan hipótesis personales,
    más o menos atractivas, pero siempre inconsistentes,
    sobre la cohesión y los fines de los actos psíquicos? Falta
    a todo ello un fundamento común. De aquí, también, que
    en el terreno psicológico, no existan, por decirlo así, res-
    peto ni autoridad algunos. Todo el mundo se considera
    con derecho a opinar. Si plantea usted una cuestión de
    física o de química, callarán todos los no especializados
    en tales materias. En cambio, si arriesgamos una afirma-
    ción psicológica, podemos estar seguros de que nadie de-
    jará de emitir su juicio, favorable o adverso. Por lo visto,
    no existen en este sector «conocimientos especiales».

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    Todo el mundo tiene su vida anímica y se cree, por ello,
    psicólogo. Pero a nuestro juicio, a título bien precario, re-
    cordándonos la respuesta de aquella mujer, que fué a ofre-
    cerse como aya, y al ser preguntada si tenía nociones de
    cómo se debía tratar a los niños pequeños, exclamó un
    tanto extrañada: ¡Naturalmente! También yo he sido niña
    alguna vez.

    «¿Y ese «fundamento común» de la vida anímica, hasta
    ahora desatendido por los psicólogos, cree usted haberlo
    descubierto por medio de la observación de sus enfer-
    mos?»

    No creo que tal origen quite valor a nuestros descubri-
    mientos. La embriología, por ejemplo, no nos merecería
    confianza alguna si no pudiese explicar satisfactoriamente
    la génesis de las deformidades innatas. En cambio, le he
    hablado a usted antes de casos en los que el pensamiento
    sigue caminos independientes de la voluntad del sujeto,
    obligándole a meditar sin descanso sobre problemas que le
    son totalmente indiferentes: ¿Cree usted que la psicología
    oficial ha podido jamás aportar algo a la explicación de
    tales anomalías? Por último, todos podemos comprobar
    que, mientras dormimos, sigue nuestro pensamiento cami-
    nos propios y crea cosas que luego no comprendemos, y
    que recuerdan ciertos productos patológicos. El vulgo ha
    mantenido siempre la creencia de que los sueños significa-
    ban algo y tenían un sentido y un valor propios. Pero la
    psicología oficial no ha podido nunca indicar tal sentido de
    los sueños. No ha sabido qué hacer con ellos, y cuando ha
    intentado darles alguna explicación, ha sido siempre fuera
    de todo carácter psicológico, refiriéndolos a estímulos sen-
    soriales, a una distinta profundidad del reposo de las di-
    versas partes del cerebro, etc. Ahora bien; una psicología
    que no ha conseguido explicar los sueños, no ha de poder
    tampoco proporcionarnos una explicación de la vida aní-
    mica normal, ni tiene derecho alguno al nombre de ciencia.

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    «Observo ahora en usted una cierta agresividad, indi
    cio de que llegamos a un punto delicado. He oído, en efec
    to, que el análisis da gran valor a los sueños, los interpre
    ta, busca tras ellos recuerdos de sucesos reales, etc. Pero
    también, que la interpretación de los sueños queda aban
    donada al arbitrio del analítico y que éstos últimos no han
    llegado todavía a un acuerdo sobre el modo de interpretar
    los sueños, ni sobre la justificación de deducir de ellos
    conclusiones. Si ello es así, no debe usted subrayar con
    tanta energía la ventaja que el análisis ha alcanzado sobre
    la psicología oficial.»

    Hay mucho de verdad en lo que acaba usted de de
    cir. Es cierto que la interpretación de los sueños ha adqui
    rido, tanto para la teoría como para la práctica del análisis,
    una extraordinaria importancia. Si parezco agresivo es tan
    sólo como medio de defensa. Pero si pienso en los des
    trozos que algunos analíticos han causado con la inter
    pretación de los sueños, me torno tímido y casi doy la ra
    zón a nuestro gran satírico Nestroy cuando afirma que
    todo progreso no es sino la mitad de lo que en un principio
    se creyó. Ahora bien; ¿no es cosa sabida que los hombres
    no hacen sino embrollar y destrozar todo lo que cae en sus
    manos? Con un poco de prudencia y de disciplina pueden
    evitarse la mayoría de los peligros de la interpretación
    onírica. ¿Pero no cree usted que si continuamos divagando
    como hasta ahora, no llegaré nunca a exponerle la teoría
    anunciada?

    «Es cierto. Si no comprendí mal, se proponía usted ha
    blarme de la hipótesis fundamental de la nueva psicología.»

    No era por ese punto por el que precisamente quería
    comenzar. Antes me propongo exponerle la idea que en el
    curso de nuestros estudios analíticos nos hemos formado
    de la estructura del aparato anímico.

    «¿A qué da usted el nombre de aparato anímico y cuál
    es su composición?»

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    Pronto verá usted claramente lo que es el aparato aní
    mico. En cambio, le ruego no me pregunte cuáles son los
    materiales que lo componen.

    Es ésta una cuestión tan indiferente para la psicología
    como puede serlo para la óptica el que las paredes de un
    anteojo sean de metal o de cartón. Dejaremos, por lo tanto,
    a un lado, el punto de vista material. No así, en cam-
    bio, el espacial, que ha de sernos muy útil. Nos re-
    presentamos, en efecto, el desconocido aparato dedicado a
    las funciones anímicas, como un instrumento compuesto
    de varias partes, a las que denominamos instancias, cada
    una de las cuales cumple una función particular, teniendo
    todas, entre sí, una relación espacial fija. Esta relación es-
    pacial, o sea la determinada por los conceptos de «delan-
    te», «detrás», «superficial» y «profundo», no tiene en un
    principio, para nosotros, más sentido que el de una repre-
    sentación de la sucesión regular de las funciones. ¿Me
    hago entender todavía?

    «Apenas. Quizá luego vaya viendo más claro; pero de
    todos modos, he de observarle que me presenta usted aquí
    una singular anatomía del alma, inusitada ya entre los in-
    vestigadores físicos.»

    ¡Qué quiere usted! Se trata de una representación
    auxiliar como tantas otras usadas en las ciencias. Las pri-
    meras han sido siempre algo groseras. «Open to revision»,
    hay que decir en estos casos. Pero no creo siquiera nece-
    sario acogerme al ya popular «como si». El valor de una
    tal ficción—como la denominaría el filoso Vahinger—de-
    pende de la utilidad que nos reporte.

    Continuemos: Reconocemos en el hombre una organi-
    zación anímica interpolada entre sus estímulos sensoriales
    y la percepción de sus necesidades físicas, de un lado, y
    de otro, sus actos motores, sirviendo, con un propósito
    determinado, de mediadora entre tales dos sectores. A esta
    organización psíquica que reconocemos en el hombre, la

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    EL ANÁLISIS PROFANO

    denominamos su Yo. No es esto ninguna novedad. Todos
    los hombres cultos aceptan esta hipótesis, aunque no sean
    filósofos, y algunos, a pesar de serlo. Pero con esto no
    creemos haber agotado la descripción del aparato anímico.
    Además de la existencia de este Yo, reconocemos la de otro
    sector psíquico, más amplio, importante y obscuro que
    el Yo, sector al que denominamos el Ello. Vamos, ante
    todo, a ocuparnos de la relación entre ambos.

    En psicología, sólo por medio de comparaciones nos es
    posible describir, circunstancia nada singular, pues se da
    igualmente en otros sectores. Pero también hemos de cam-
    biar constantemente de comparaciones; ninguna nos dura
    mucho. Así, pues, si he de hacer suficientemente clara la
    relación entre el Yo y el Ello, le ruego se represente al Yo
    como una especie de fachada del Ello, esto es, como un
    primer plano, un estrato exterior o una corteza del mismo.
    Conservemos esta última comparación. Sabido es que las
    capas corticales deben sus cualidades particulares a la
    influencia modificativa del medio exterior con el que están
    en contacto. Nos representamos, pues, al Yo, como la capa
    exterior del aparato anímico, del Ello, modificada por la
    influencia del mundo exterior (de la realidad). Irá usted
    viendo ya cuán seriamente utilizamos en la psicoanálisis
    los conceptos espaciales. El Yo es realmente, para nos-
    otros, lo superficial, y el Ello lo profundo, claro es que
    considerados desde fuera. El Yo se encuentra entre la rea-
    lidad y el Ello, lo propiamente anímico.

    «No quiero preguntarle todavía cómo puede saberse
    todo eso. Pero dígame qué le obliga a usted establecer esa
    distinción de un Yo y un Ello.»

    Su pregunta me indica el camino por el que debo se-
    guir. Lo importante es, en efecto, saber que el Yo y el Ello
    se diferencian considerablemente en varios puntos. En el
    Yo, el curso de los actos psíquicos es regido por reglas
    distintas que en el Ello; y además el Yo persigue otros

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    fines y con distintos medios. Sobre esto habría mucho que
    decir, pero creo que bastarán una nueva comparación y un
    ejemplo. Piense usted en la diferencia entre el frente de
    combate y el resto del país, durante la guerra. No nos ex
    trañaba entonces que, en el frente, llevase todo un ritmo
    distinto, ni que en la retaguardia se permitiesen muchas
    cosas que en el frente habían de ser prohibidas. La influen
    cia determinante era, naturalmente, la proximidad del ene
    migo. Para el alma, tal influjo es la proximidad del mundo
    exterior. Exterior, extranjero y enemigo, fueron un día
    conceptos idénticos. Ahora el ejemplo: En el Ello, no hay
    conflictos. Las contradicciones y las antítesis subsisten im
    pertérritas lado a lado y se resuelven, con frecuencia, por
    medio de transacciones. El Yo experimenta en tales casos
    un conflicto que ha de ser resuelto, y la solución consiste
    en abandonar una tendencia en obsequio a la otra. El Yo
    es una organización que se caracteriza por una singular
    aspiración a la unidad, a la síntesis, carácter que falta en
    absoluto al Ello, el cual carece, por decirlo así, de coheren
    cia; sus distintas tendencias persiguen sus fines indepen
    dientemente unas de otras y sin atenderse entre sí.

    «¿Pero si realmente existe un «hinterland» psíquico tan
    importante, cómo se explica que haya permanecido incóg
    nito hasta la época del análisis?»

    Con esto volvemos a una de sus preguntas anteriores.
    La psicología se había cerrado el acceso al sector del Ello,
    manteniendo una hipótesis que, en un principio, parece
    aceptable, pero que resulta insostenible. Es esta hipótesis,
    la de que todos los actos anímicos son conscientes, siendo
    la conciencia la característica de lo psíquico, y que si exis
    ten en nuestro cerebro procesos no conscientes, no mere
    cen el nombre de actos psíquicos ni interesan para nada a
    la psicología.

    «A mi juicio es ésta la posición más lógica.»

    Así opinan también los psicólogos. Pero no es difícil

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    demostrar que es absolutamente falsa, constituyendo una
    diferenciación por completo inadecuada. La auto-
    observación más superficial nos enseña que podemos tener ocu-
    rrencias que no pueden haber surgido sin una previa pre-
    paración. Ahora bien; de estos grados primarios de
    nuestro propio pensamiento que, desde luego, han debido
    ser también de naturaleza psíquica, no tenemos la menor
    noticia, y en nuestra conciencia aparece sólo el resultado.
    A veces, logramos hacer conscientes, a posteriori, tales
    productos mentales preparatorios.

    «Lo más probable es que la atención se hallase desvia-
    da y no advirtiésemos así dichos preparativos.»

    Evasivas con las que no se logra eludir el hecho de que
    puedan desarrollarse en nosotros, actos de naturaleza psí-
    quica, a veces muy complicados, de los que ninguna noti-
    cia tiene nuestra conciencia ni llegamos a saber nada. ¿O
    está usted dispuesto a aceptar que un poco más o un poco
    menos de «atención» basta para transformar un acto no
    psíquico en un acto psíquico? ¿Mas para qué discutir?
    Existen experimentos hipnóticos en los cuales queda de-
    mostrada irrebatiblemente la existencia de tales pensamien-
    tos no conscientes.

    «No quiero negarlo. Pero creo que por fin llego a com-
    prenderle. Lo que usted denomina el Yo, es la conciencia,
    y su Ello es lo subconsciente, tan discutido en estos tiem-
    pos. ¿Mas para qué ponerles nuevos motes?»

    No se trata de poner nuevos motes. Es que los otros nom-
    bres son absolutamente inutilizables. Y no intente usted
    venirme ahora con literatura en lugar de ciencia. Cuando
    alguien me habla de lo subconsciente, no acierto a saber si
    se refiere, tópicamente, a algo que se encuentra en el
    alma, por debajo de la conciencia, o cualitativamente, a
    otra conciencia, a una especie de conciencia subterránea.
    Lo más probable es que el mismo que emplea tal palabra
    no vea claramente su alcance. La única antítesis admisible

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    es la de lo consciente y lo inconsciente. Ahora bien; sería
    un error de graves consecuencias creer que esta antítesis
    coincide con la diferenciación de un Yo y un Ello. Por mi
    parte, lo celebraría mucho, pues tal coincidencia facilitaría
    en extremo el camino de nuestra teoría, pero no es así.
    Todo lo que sucede en el Ello, es y permanece incons-
    ciente y sólo los procesos desarrollados en el Yo pue-
    den llegar a ser conscientes. Pero no todos, ni siempre,
    ni necesariamente, pues partes muy considerables del Yo
    pueden permanecer inconscientes duraderamente.

    El devenir consciente un proceso anímico es algo harto
    complicado. No puedo por menos de exponerle—de nuevo
    dogmáticamente—nuestras hipótesis sobre el caso. Recor-
    dará usted mi anterior descripción del Yo como la capa ex-
    terior, periférica del Ello. Suponemos, ahora, que en la
    superficie más externa de este Yo, se encuentra una ins-
    tancia especial, directamente vuelta hacia el mundo exte-
    rior, un sistema, un órgano, cuyo estímulo produce el fe-
    nómeno al que damos el nombre de conciencia. Este
    órgano puede ser estimulado, tanto desde el exterior, por
    los estímulos del mundo externo, que llegan a él con ayuda
    de los órganos sensoriales, como desde el interior, por las
    sensaciones surgidas en el Ello o los procesos desarrolla-
    dos en el Yo.

    «Esto se hace cada vez más complicado y escapa cada
    vez más a mi inteligencia. Me ha invitado usted a una con-
    versación sobre el problema de si los profanos en medicina
    pueden emprender un tratamiento analítico. Sobran, pues,
    todas sus explicaciones de teorías obscuras y arriesgadas
    de cuya justificación no logrará usted convencerme.»

    Sé que no me será posible convencerle. Está fuera de
    toda posibilidad, y por lo tanto, fuera también de mis pro-
    pósitos. Cuando damos a nuestros discípulos una clase
    teórica de psicoanálisis, observamos la poca impresión
    que en ellos hacen nuestras palabras. Escuchan las teorías

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    EL ANALISIS PROFANO

    analíticas con la misma frialdad que las demás abstraccio-
    nes con que en su vida de estudiantes se les ha alimen-
    tado. Por esta razón, exigimos que todo aquel que desea
    practicar el análisis se someta antes, él mismo, a un aná-
    lisis, y sólo en el curso del mismo, al experimentar en su
    propia alma los procesos postulados por las teorías analíti-
    cas, es cuando adquiere aquellas convicciones que han de
    guiarle luego en su práctica analítica. ¿Cómo, pues, pu-
    diera yo abrigar alguna esperanza de convencer a usted
    de la exactitud de nuestras teorías, habiendo de limitarme
    a su exposición incompleta, abreviada, y por lo tanto poco
    transparente, sin reforzarla con sus propias experiencias
    personales?

    Mi intención es muy otra. Entre nosotros, no se trata
    de si el análisis es sabia o insensata, ni de si sus afirma-
    ciones son exactas o groseramente erróneas. Desarrollo
    ante usted nuestras teorías porque me parece el mejor
    medio de mostrarle claramente el contenido ideológico del
    análisis, las premisas de que parte con los enfermos y lo
    que con ellos se propone. De este modo, lograremos ilu-
    minar intensamente la cuestión del análisis profano. Por lo
    demás, esté usted tranquilo. Siguiéndome hasta aquí, ha
    recorrido usted ya el trozo más penoso del camino. Lo que
    resta ha de serle más fácil. Pero déjeme usted tomar
    aliento.