El anális profano1926-002/1928.es
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    V

    «Creo penetrar su intención. Quiere usted mostrarme
    qué conocimientos son necesarios para el ejercicio del
    análisis, con el fin de hacerme posible juzgar si únicamen-
    te ha de serle permitido a los médicos. Pues bien, hasta
    ahora, no ha surgido gran cosa privativamente médica.
    Mucha psicología y algo de biología o ciencia sexual. ¿O
    es que todavía no columbramos la meta?»

    Desde luego, no. Quedan aún muchas lagunas por lle-
    nar. ¿Me permite usted un ruego? ¿Quiere usted describir-
    me cómo se imagina usted ya un tratamiento psicoanalíti-
    co? Supóngase que tiene que encargarse ahora mismo de
    un enfermo.

    «Está bien. No entra, desde luego, en mis cálculos,
    resolver la cuestión que nos ocupa, por medio de un tal
    experimento. Pero no he de resistirme a su petición. De
    todos modos, sería usted el responsable... Así, pues, su-
    pongo que el enfermo acude a mí y me cuenta sus cuitas.
    Yo le prometo la curación o por lo menos, algún alivio si
    se presta a seguir mis indicaciones y le invito a manifes-
    tarme, con plena sinceridad, todo lo que surja en su pen-
    samiento, no apartándose de esta norma aun cuando se
    trate de algo que le resulte desagradable comunicar. ¿Me
    he aprendido bien esta regla primera?»

    Sí. Pero habrá usted de añadir que tampoco deberá si-
    lenciar lo que le parezca insignificante o falto de sentido.
    «Es cierto. Entonces comienza el enfermo a relatar y

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    yo a escucharle. De sus manifestaciones, deduzco cuáles
    son los sucesos, los impulsos optativos y las impresiones
    que ha reprimido, por haber sobrevenido en una época, en
    la que su Yo era aún débil y los temía, no osando afron-
    tarlos. Una vez impuesto el paciente, de estas circunstan-
    cias, se transporta a las situaciones en que tales represiones
    tuvieron efecto y rectifica, con mi ayuda, los pasados pro-
    cesos defectuosos. Desaparecen entonces, las limitaciones
    a las que se veía forzado su Yo y queda éste reconstituído.
    ¿Es así?»

    ¡Bravo! Veo que pueden de nuevo hacerme el reproche
    de haber formado un analítico de persona ajena a la profe-
    sión médica. Se ha asimilado usted perfectamente la cues-
    tión.

    «No he hecho más que repetir lo oído, como quien re-
    cita una lección aprendida de memoria. Resulta así, que no
    puedo representarme siquiera, cómo me las arreglaría ante
    el enfermo, ni comprendo tampoco por qué una tal labor
    habría de exigirme, durante meses y meses, una hora dia-
    ria. Por lo general, la vida de un hombre corriente no está
    tan llena de sucesos, que su relato haya de ser tan largo y,
    por otra parte, aquello que en la niñez, sucumbe a la re-
    presión, debe de ser, probablemente, idéntico, en todos los
    casos.»

    Lo que sucede es que el ejercicio real y verdadero del
    análisis enseña muchas cosas. Así, no habría de serle a
    usted tan fácil como quizá piensa, deducir, de las manifes-
    taciones del paciente, los sucesos por él vividos y los im-
    pulsos instintivos que hubo de reprimir. Tales manifesta-
    ciones tendrán al principio, para usted, tan poco sentido
    como para el propio enfermo. Habrá usted, pues, de de-
    cidirse a considerar de una manera especial el material que
    el enfermo le proporciona, obediente a la regla primordial
    del análisis. Habrá usted de considerarlo, por ejemplo,
    como un mineral, del que hay que extraer, por medio de

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    P R O F . S . F R E U D

    determinados procedimien-
    ne, y se preparará, entonces, a elaborar muchas toneladas
    de mineral, que sólo contienen, quizá, algunos gramos de la
    preciosa materia buscada. Esta sería la primera causa de
    la larga duración de la cura.
    «Pero, siguiendo su comparación, ¿cómo se elabora tal
    materia prima?»
    Suponiendo que las comunicaciones y ocurrencias del
    enfermo no son sino deformaciones de lo buscado, alusio-
    nes por las cuales ha de adivinar usted lo que detrás se
    esconde. En una palabra; ante todo, tiene usted que in-
    terpretar el material dado, trátese de recuerdos, ocu-
    rrencias o sueños. Esta interpretación ha de llevarse a
    cabo, naturalmente, atendiendo a aquellas hipótesis que su
    conocimiento de la materia le haya ido sugiriendo mientras
    escuchaba al enfermo.
    «¡Interpretar! No me gusta esta palabra, que me quita
    toda posible seguridad. Si todo depende de mi interpreta-
    ción ¿quién me garantiza que interpreto con acierto? Todo
    queda ya abandonado a mi arbitrio.»
    Exagera usted. ¿Por qué excluir sus propios procesos
    anímicos de la normatividad que reconoce usted a los del
    prójimo? Si usted ha logrado adquirir una cierta disciplina
    de sus propios actos mentales y dispone de determinados
    conocimientos, sus interpretaciones no quedarán influídas
    por sus cualidades personales y serán aceptadas. No quie-
    re esto decir, que para la buena marcha de esta parte del
    tratamiento sea indiferente la personalidad del analítico.
    Por el contrario, para llegar hasta lo inconsciente reprimi-
    do, es preciso una cierta penetración, que no todo el
    mundo posee en igual medida. Pero ante todo, surge en
    este punto, para el analítico, la obligación de capacitarse,
    por medio de un profundo análisis propio, para acoger, sin
    prejuicio alguno, el material analítico. Ciertamente, queda
    algo que puede compararse a la «ecuación personal» en las

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    observaciones astronómicas, un factor individual, que
    siempre desempeñará en la psicoanálisis un papel más
    importante que en otra cualquier disciplina. Un hombre
    anormal, por muy estimables que sean sus conocimientos,
    no podrá nunca ver sin deformación, en el análisis, las
    imágenes de la vida psíquica, pues se lo impedirán sus
    propias anormalidades. Ahora bien, como no es posible
    probar a nadie sus anormalidades, ha de ser muy difícil
    alcanzar en las cuestiones de la psicología abismal, un
    acuerdo general. Algunos psicólogos llegan incluso a juz-
    gar vana toda esperanza en este sentido, y declaran que
    todo loco tiene derecho a presentar como sabiduría su lo-
    cura. Por mi parte, soy más optimista. Nuestras experien-
    cias nos muestran, en efecto, que también en psicología,
    es posible llegar a acuerdos bastantes satisfactorios. Cada
    sector de investigación presenta dificultades propias, que
    hemos de esforzarnos en eliminar. Por último, también en
    el arte interpretativo del análisis hay, como en otras ma-
    terias del saber, algo que puede ser estudiado y aprendi-
    do, por ejemplo, todo lo referente a la singular representa-
    ción indirecta por medio de símbolos.

    «Crea usted que no siento ya deseo alguno de empren-
    der, ni siquiera en imaginación, un tratamiento psicoanalí-
    tico. ¿Quién sabe las sorpresas que me aguardarían?»

    Hace usted bien en renunciar de antemano a un tal in-
    tento. Va usted viendo ya cuánto estudio y cuánta práctica
    habrían de serle previamente necesarios. Pero sigamos.
    Una vez halladas las interpretaciones exactas, se plantea
    una nueva labor. Tiene usted que esperar el momento pro-
    picio para comunicar al paciente, con alguna probabilidad
    de éxito, su interpretación.

    «¿Y cómo reconocer en cada caso este momento favo-
    rable?»

    Es cuestión de un cierto tacto, que la experiencia
    puede llegar a afinar considerablemente. Cometería usted

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    un grave error revelando en el acto, al paciente, sus inter-
    pretaciones, con el fin, por ejemplo, de abreviar el análi-
    sis. Con ello sólo conseguiría usted provocar manifesta-
    ciones de resistencia, repulsa e indignación, sin lograr, en
    cambio, que el Yo del sujeto se apoderase de lo reprimido.
    La consigna es esperar hasta que el Yo se encuentre tan
    cerca de tales elementos, que sólo necesite dar ya, guiado
    por nuestra propuesta de interpretación, algunos, muy
    pocos pasos.

    «No creo que llegase jamás a aprender tan difícil tác-
    tica. Y una vez seguidas en la interpretación todas esas
    reglas de precaución, ¿qué pasa?»

    Que descubre usted algo totalmente inesperado.

    «¿El qué?»

    Descubre usted que se ha equivocado por completo con
    respecto al paciente; que ya no puede usted contar con su
    colaboración ni con su docilidad; que se muestra dispuesto
    a oponer a la labor común toda clase de dificultades; en
    una palabra, que no quiere ya recobrar la salud.

    «¿Cómo? Hasta ahora no le había oído a usted nada
    tan absurdo. No puedo creerlo. ¿De manera que el pobre
    enfermo, que da muestras de sufrir tanto y se impone
    grandes sacrificios en pro del tratamiento, no quiere ya la
    salud? Por fuerza no es esto lo que usted quiere decir.»

    Tranquilícese usted. Lo que acabo de afirmar es la pura
    verdad. No toda la verdad, ciertamente, pero sí una parte
    muy considerable de ella. El enfermo quiere recobrar la
    salud, pero también, y al mismo tiempo, la rechaza. Su Yo
    ha perdido la unidad, y de este modo, no llega a construir
    voliciones unitarias. Si así no fuese, no existiría la enfer-
    medad neurótica.

    Las ramificaciones de lo reprimido han penetrado en
    su Yo, afirmándose en él, y sobre las tendencias de este
    origen posee el Yo tan poco dominio como sobre los mis-
    mos elementos reprimidos, no sabiendo tampoco, por lo

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    general, nada de ellas. Los enfermos de esta clase perte-
    necen a un orden especial y oponen dificultades con las
    cuales no estamos habituados a contar. Todas nuestras
    instituciones sociales están constituidas para personas con
    un Yo unitario, normal, al que se puede clasificar en bueno
    o malo y que llena su función o es excluído de ella por
    una influencia más poderosa. De aquí la alternativa legal
    de responsable o irresponsable. Nada de esto puede apli-
    carse a los neuróticos. Ha de confesarse que resulta difícil
    adaptar las exigencias sociales a su estado psicológico.
    Esta dificultad ha sido comprobada en gran medida du-
    rante la última guerra. Los neuróticos que se sustraían al
    servicio militar ¿eran o no simuladores? Lo eran y no lo
    eran. Cuando se les trataba como simuladores y se les
    hacía bien incómoda su situación de enfermos, se ponían
    buenos. Y cuando se les mandaba, aparentemente resta-
    blecidos, al servicio, volvían a refugiarse rápidamente en
    la enfermedad. No había medio de conseguir algo de ellos.
    Pues bien; lo mismo sucede con los neuróticos de la vida
    civil. Se lamentan de su enfermedad, pero sacan de ella
    las mayores ventajas posibles, y cuando se les quiere arre-
    batar, la defienden como la leona de la fábula a su cacho-
    rro. Claro es, que no tendría sentido alguno reprocharles
    tal contradicción.

    »¿No sería entonces lo mejor prescindir de todo trata-
    miento de tales individuos y dejarlos abandonados a sí
    mismos? No creo que merezca la pena derrochar con cada
    uno de ellos el esfuerzo que, según voy viendo por sus in-
    dicaciones, exige el proceso terapéutico.»

    Me es imposible agregarme a su propuesta. Creo
    mucho más acertado aceptar las complicaciones de la vida
    que rebelarse contra ellas. No todos los neuróticos que
    tratamos son quizá dignos del esfuerzo exigido por el aná-
    lisis, pero sí hay entre ellos personalidades muy estima-
    bles. Hemos de proponernos, pues, que el número de in-

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    dividuos que afronte la vida civilizada con tan endeble
    armadura, sea lo más pequeño posible, y para conseguirlo,
    habremos de reunir muchas experiencias y aprender a
    comprender muchas cosas. Cada uno de nuestros análisis
    puede aportarnos nuevos esclarecimientos, instruyéndo-
    nos así, independientemente del valor personal del en-
    fermo.

    «Pero si en el Yo del enfermo se ha formado un im-
    pulso volitivo que quiere conservar la enfermedad, ello
    habrá de tener también su justificación y obedecer a razo-
    nes y motivos determinados. Ahora bien; no veo por qué
    puede un hombre desear seguir enfermo, ni qué ventaja
    puede representarle.»

    Pues no es tan difícil. Piense usted en los neuróticos a
    quienes su enfermedad libraba de ir al frente durante la
    guerra. En la vida civil, la enfermedad puede servir para
    disculpar la propia insuficiencia en el ejercicio profesional
    y en la competencia con otros. Por último, en la vida fa-
    miliar, constituye un medio de imponer la propia voluntad
    y obligar a los demás a sacrificarse y a extremar sus prue-
    bas de afecto. Todo esto, que reunimos bajo el calificativo
    general de «ventajas de la enfermedad», es fácilmente vi-
    sible. Lo único singular es que el Yo del enfermo no tiene
    la menor noticia del enlace de tales motivos con los actos
    que lógicamente se derivan de ellos. El influjo de estas
    tendencias se combate forzando al Yo a darse cuenta de
    ellas. Pero hay aún otros motivos más profundos, del
    mismo orden, menos fáciles de combatir. Ahora bien; sin
    una nueva excursión a la teoría psicológica, no es posible
    llegar a su comprensión.

    «Adelante, pues. Un poco más de teoría no puede ya
    imponerme.»

    Al explicarle la relación entre el Yo y el Ello, silencié
    una parte muy importante de la teoría del aparato anímico.
    Consiste ésta en habernos visto obligados a admitir que


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    dentro del mismo Yo se ha diferenciado una instancia es-
    pecial, a la que damos el nombre de «super-Yo». Este
    super-Yo ocupa una situación especial entre el Yo y el
    Ello. Pertenece al Yo, participa de su elevada organiza-
    ción psicológica, pero se halla en relación muy íntima con
    el Ello. Es, en realidad, el residuo de las primeras cargas
    de objeto del Ello, el heredero de! complejo de Edipo des-
    pués de su abandono. Este super-Yo puede oponerse al
    Yo, tratarlo como un objeto, y lo trata, en efecto, muy fre-
    cuentemente, con gran dureza. Para el Yo es tan impor-
    tante permanecer en armonía con el super-Yo como con
    el Ello. Las disensiones entre el Yo y el super-Yo tienen
    una gran importancia para la vida anímica. Adivinará usted
    ya, que el super-Yo es el sustentáculo de aquel fenómeno
    al que damos el nombre de conciencia moral. Para la salud
    anímica es muy importante que el super-Yo se halle nor-
    malmente desarrollado, esto es, que haya llegado a ser su-
    ficientemente impersonal, cosa que precisamente no sucede
    en el neurótico, cuyo complejo de Edipo no ha experimen-
    tado la transformación debida. El super-Yo del neurótico
    se enfrenta aún con el Yo como el severo padre con el
    hijo, y su moralidad actúa de un modo primitivo, haciendo
    que el Yo se deje castigar por el super-Yo. La enfermedad
    es usada como medio de este «auto-castigo» y el neurótico
    se ve forzado a conducirse como si le dominase un senti-
    miento de culpabilidad, que exigiese, para su satisfacción,
    la enfermedad como castigo.

    «Un tanto misterioso resulta todo eso. Especialmente
    el que este poderío de su conciencia moral permanezca ig-
    norado para el enfermo.»

    Si mi exposición le ha parecido un tanto obscura, es
    porque hasta ahora no hemos empezado a darnos cuenta
    de la significación de todas estas importantes relaciones.
    Mas ahora puedo ya continuar. A todas aquellas fuerzas
    que se oponen a nuestra labor terapéutica, les damos el

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    nombre común de «resistencias» del enfermo. La «ventaja
    de la enfermedad» es la fuente de una de tales resisten-
    cias, y el «sentimiento de culpabilidad» inconsciente repre-
    senta la resistencia del super-Yo, siendo el factor más po-
    deroso y el más temido por nosotros. En el transcurso de
    la cura tropezamos aún con otras distintas resistencias.
    Así, cuando en su temprana época de debilidad, ha lle-
    vado a cabo el Yo, impulsado por un miedo incoercible,
    una represión, tal miedo sigue subsistiendo y se exterio-
    riza, en forma de resistencia, al tratar de aproximar el Yo
    a lo reprimido. Por último, es natural que surjan dificulta-
    des cuando se intenta desviar hacia el nuevo camino
    abierto por el análisis un proceso instintivo que durante
    decenios enteros ha seguido una determinada ruta. Esta
    última resistencia es la resistencia del Ello. El combate
    contra todas estas resistencias constituye nuestra labor ca-
    pital durante la cura analítica y excede mucho en impor-
    tancia a la labor de interpretación. Mas con esta lucha y
    con el vencimiento de las resistencias, queda el Yo del en-
    fermo tan modificado y robustecido, que podemos abrigar
    ya plena confianza en su futura conducta, después de ter-
    minada la cura. Irá usted comprendiendo ya por qué el
    tratamiento ha de resultar tan largo. La longitud del ca-
    mino de desarrollo y la riqueza del material no son lo de-
    cisivo. Lo que importa es que el camino esté libre. Un tra-
    yecto que en tiempo de paz recorre el ferrocarril en un par
    de horas, puede costar semanas enteras a un ejército, si
    tiene que ir venciendo la resistencia del enemigo. Tales
    combates necesitan tiempo también en la vida anímica.
    Todas las tentativas realizadas hasta el día para apresurar
    la cura analítica, han fracasado. El mejor medio de abre-
    viarla es desarrollarla correctamente.

    «Si alguna vez se me hubiese ocurrido hacerle la com-
    petencia y emprender por mi cuenta un análisis, su exposi-
    ción de las resistencias me haría desistir más que aprisa.

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    ¿Pero y la influencia personal, que, según confesión de
    usted, ejerce el analítico? ¿No ayuda también a vencer las
    resistencias?»

    Su pregunta viene muy a punto. Tal influencia perso-
    nal es el arma dinámica más poderosa que poseemos; es
    un elemento nuevo que introducimos en la situación y que
    nos sirve para darla un gran impulso hacia su desenlace.
    El contenido intelectual de nuestros esclarecimientos no
    puede tener esta eficacia, pues el enfermo, que comparte
    los prejuicios generales, no tiene por qué darnos más cré-
    dito que a nuestros críticos científicos. El neurótico presta
    su colaboración porque tiene fe en el analítico, y esta fe
    depende de una especial actitud sentimental con respecto
    a él, que va constituyéndose durante la cura. Tampoco el
    niño cree sino a aquellos a quien quiere. Ya le dije para
    qué utilizamos esta influencia «sugestiva» tan importante.
    No para yugular los síntomas—y esto es lo que diferencia
    el método analítico de otros procedimientos psicoterápi-
    cos—, sino como fuerza impulsiva para mover al Yo a ven-
    cer sus resistencias.

    «Y conseguido esto, marcha ya todo satisfactoriamen-
    te ¿no?»

    Así debería ser. Pero en realidad, surge aquí una in-
    esperada complicación. La mayor sorpresa, quizá, del ana-
    lítico, ha sido comprobar que los sentimientos nacidos en
    el paciente, con relación a su persona, son de un orden
    particularísimo. Ya el primer médico que intentó un análi-
    sis—no fui yo—, tropezó con este fenómeno, que hubo de
    desorientarle por completo. Tales sentimientos son—para
    decirlo claramente—de carácter amoroso. Y lo más singu-
    lar, es que el analítico no hace, naturalmente, nada, para
    provocar dicho enamoramiento, manteniéndose, por el
    contrario, fuera de su relación profesional, distante y re-
    servado. Pero el extraño sentimiento amoroso del enfermo
    prescinde de todo y no tiene en cuenta circunstancia real

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    – 58 –

    ninguna, sobreponiéndose a todas las condiciones de atrac-
    tivo, sexo, edad y posición. Trátase, así, de un amor abso-
    lutamente incondicional, carácter que también pre-
    senta en muchos casos, el enamoramiento espontáneo,
    pero que en la situación analítica surge siempre, en primer
    lugar, sin existir en ella, nada que pueda explicarlo racio-
    nalmente. Lógicamente, la relación entre el analítico y el
    paciente no debía despertar en éste más sentimientos que
    una cierta medida de respeto, confianza, agradecimiento y
    simpatía. Pero en lugar de todo esto, surge el enamora-
    miento, con caracteres que le dan el aspecto de un fenó-
    meno patológico.

    «Claro es que ese enamoramiento no puede ser sino
    favorable a los propósitos analíticos, pues el amor supone
    docilidad y obediencia al sujeto amado.»

    Así es, en efecto, al principio. Pero más tarde, cuando
    el amor ha ganado en profundidad, descubre todos sus
    especiales caracteres, muchos de los cuales son incompa-
    tibles con la labor analítica. El amor del paciente no se
    contenta con obedecer sino que se hace exigente, deman-
    da satisfacciones afectivas y sensuales, aspira a la exclusi-
    vidad, desarrolla celos y muestra cada vez más claramente
    su reverso, esto es, su disposición a convertirse en hosti-
    lidad y deseo de venganza si no puede alcanzar sus pro-
    pósitos. Simultáneamente, se antepone, como todo enamo-
    ramiento, a los restantes contenidos psíquicos y suprime
    el interés por el tratamiento y por la curación. En una pa-
    labra, nos prueba haberse sustituído a la neurosis, resul-
    tando, así, que nuestra labor ha obtenido el singular re-
    sultado de reemplazar una forma patológica por otra dife-
    rente.

    «Resultado verdaderamente desconsolador. ¿Qué hacer
    entonces? ¿Renunciar al análisis? Pero si este fenómeno se
    da, como usted dice, en todos los casos, no habría análisis
    posible.»

  • S.

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    Vamos primero a ver, si de la situación planteada po
    demos extraer enseñanzas que nos ayuden luego a domi
    narla. Ante todo ¿no es ya muy interesante el hecho de
    haber llegado a transformar una neurosis de un contenido
    cualquiera, en un estado de enamoramiento patológico?

    Nuestra convicción de que en el fondo de toda neuro
    sis existe una magnitud de vida erótica anormalmente uti
    lizada, queda inconmoviblemente fortificada con esta ex
    periencia, y sintiéndonos así, de nuevo, sobre un terreno
    firme, nos arriesgamos a tomar el enamoramiento mismo
    como objeto del análisis. Hacemos también otra observa
    ción. No en todos los casos, se exterioriza el enamora
    miento analítico tan clara y visiblemente como antes he
    intentado describirlo. ¿A qué obedece esta diferencia?
    Pronto lo vemos. En igual medida que intentan mostrar
    se los elementos sensuales y hostiles de su enamoramien
    to, despierta también la resistencia del paciente contra los
    mismos. Bajo nuestros ojos, lucha con ellos e intenta repri
    mirlos. Esta lucha nos da la clave del proceso. El paciente
    repite, bajo la forma de su enamoramiento, sucesos
    anímicos por los que ya pasó una vez–ha transferi-
    do sobre el analítico, actitudes que se hallaban prontas
    en él, íntimamente enlazadas con la génesis de su neuro
    sis. Así mismo, repite ante nosotros sus antiguos actos de
    defensa y quisiera repetir en su relación con el analítico,
    todos los destinos de aquel pretérito período de su vida,
    caído para él en el más absoluto olvido. Lo que nos mues
    tra es, por lo tanto, el nódulo de la historia íntima de su
    vida, reproduciéndolo, palpable-
    mente, como presente, en lugar de recordarlo.

    Con esto, queda resuelto el enigma del amor de transfe
    rencia y puede ser continuado el análisis, precisamente
    con ayuda de la nueva situación, que tan amenazadora
    parecía.

    «Es el colmo del refinamiento. Pero ¿y el enfermo? ¿Da

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    60

    crédito a la afirmación de que en realidad no se halla ena-
    morado, sino forzado a repetir un lejano pretérito?»

    De ello depende ya todo, y para conseguirlo es nece-
    saria una gran habilidad en el manejo de la transferencia.
    Es éste el punto en que más indispensable se hace un per-
    fecto dominio de la técnica analítica. En él, puede el ana-
    lítico cometer los más graves errores o asegurarse los
    mayores éxitos. La tentativa de eludir las dificultades yu-
    gulando o descuidando la transferencia, sería insensata.
    Todo lo hecho hasta entonces, por mucho que fuese, no
    merecería siquiera ser considerado como un análisis. Tam-
    poco sería muy sensato despedir al enfermo en cuanto
    comienzan a surgir los inconvenientes de su neurosis de
    transferencia, constituyendo además una cobardía equiva-
    lente a la de conjurar a los espíritus y salir corriendo cuan-
    do se presentasen. Sin embargo, hay ocasiones en las que
    no queda otro camino. Se dan, en efecto, casos en los que
    resulta imposible dominar la transferencia desencadenada,
    y entonces se hace preciso suspender el análisis, pero no
    sin haber luchado antes, a brazo partido, con los malos
    espíritus. Ceder a las exigencias de la transferencia y cum-
    plir los deseos de satisfacción afectiva y sensual del pa-
    ciente, sería, en primer lugar, contrario a toda considera-
    ción moral, y en segundo, completamente insuficiente como
    medio técnico para conseguir el propósito analítico. El
    neurótico no puede quedar curado por que se le facilite
    simplemente la repetición, no corregida, de un cliché in-
    consciente preparado en él. Si nos dejamos llevar a una
    transacción con el enfermo, ofreciéndole satisfacciones
    parciales a cambio de su colaboración al tratamiento, ha-
    bremos de tener buen cuidado de no acabar en la ridícula
    situación de aquel religioso, que quiso emprender la con-
    versión de un agente de seguros: El agente no se convir-
    tió, pero en cambio, el religioso quedó asegurado contra
    toda clase de riesgos. La única solución posible de la

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    transferencia es la regresión al pasado del enfermo, tal y
    como éste lo vivió o en la forma en que lo haya conforma-
    do la actividad cumplidora de deseos de su fantasía. Y esto
    exige del analítico, una gran dosis de habilidad, paciencia,
    serenidad y abnegación.

    «Dígame ahora: ¿Cuándo y cómo ha vivido el enfermo
    aquello que constituye el prototipo de su amor de transfe-
    rencia?»

    En su infancia y dentro de su relación con el padre o
    la madre. Recordará usted cuánta importancia adscribimos
    a estas tempranas relaciones afectivas. Aquí viene a ce-
    rrarse el círculo.

    «¿Ha terminado usted ya? Confieso que se me va un
    poco la cabeza, de tantas cosas nuevas como le he oído.
    Sin embargo, quisiera saber todavía dónde y cómo se
    aprende lo necesario para el ejercicio del análisis.»

    Actualmente existen dos institutos en los que se enseña
    la psicoanálisis. El primero ha sido establecido en Berlín,
    por el doctor Max Eitingon, miembro de la Asociación psi-
    coanalítica de dicha capital. El segundo radica en Viena y
    es sostenido, a costa de considerables sacrificios, por la
    propia Asociación psicoanalítica vienesa. La colaboración
    de las autoridades oficiales se limita, por ahora, a suscitar
    toda aquella serie de dificultades que es costumbre oponer
    a las empresas jóvenes. Muy en breve se inaugurará en
    Londres, por la Asociación de allí, un tercer instituto de
    enseñanza, dirigido por el doctor E. Jones. En estos esta-
    blecimientos, los candidatos son sometidos, como condición
    previa, al análisis. Reciben enseñanzas teóricas por medio
    de conferencias sobre todas las materias que pueden inte-
    resarle y son auxiliados y vigilados por antiguos analíti-
    cos experimentados cuando se les considera ya con capa-
    cidad para comenzar a encargarse de algunos análisis, en
    casos fáciles. La duración de estos estudios es aproxima-
    damente de dos años. Claro está, que al cabo de este tiem-
    po —

  • S.

    62

    po, no se es todavía ningún maestro y si sólo un princi-
    piante. Lo que falta habrá de ser adquirido por la práctica
    y por el cambio de ideas en las asociaciones psicoanalíti-
    cas, en las cuales, los miembros jóvenes se reunen con
    otros más experimentados. La preparación para la labor
    psicoanalítica no es, ciertamente, sencilla; el trabajo es
    duro y grande la responsabilidad. Pero aquél que ha se-
    guido las enseñanzas descritas, ha sido objeto, a su vez,
    de un análisis, se ha asimilado todo lo que hoy puede sa-
    berse en psicología de lo inconsciente, ha estudiado la
    ciencia de la vida sexual y ha aprendido la espinosa téc-
    nica de la psicoanálisis, la interpretación, la manera de
    luchar contra las resistencias y el manejo de la transferen-
    cia, aquél no es ya ningún profano en el te-
    rreno de la psicoanálisis. Por el contrario, se
    halla perfectamente capacitado para emprender el trata-
    miento de las perturbaciones neuróticas, y con el tiempo,
    dará, en esta labor, todo el rendimiento que puede exi-
    girse de nuestra terapia.