El anális profano1926-002/1928.es
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    VII

    «Está bien. Pero ¿y los
    consigo hacerle entrar en el verdadero tema de nuestras
    conversaciones. Siempre acaba usted eludiendo la cues-
    tión. Trátase, concretamente, de si ha de concederse a los
    médicos, aunque sea después de haber cumplido determi-
    nadas condiciones, el derecho exclusivo al ejercicio del
    análisis. Los médicos no son seguramente, en su gran ma-
    yoría, los «curanderos analíticos» que usted ha descrito
    antes. Usted mismo me ha dicho que la mayor parte de sus
    discípulos y partidarios pertenecen a la carrera de medi-
    cina. Por otra parte, me han asegurado que tampoco ellos
    comparten su punto de vista sobre el análisis profano. He
    de suponer, naturalmente, que sus discípulos participan de
    su opinión sobre la necesidad de una preparación sufi-
    ciente, etc., y sin embargo, encuentran conciliables tales
    opiniones con la prohibición del análisis profano. Si todo
    esto es cierto ¿cómo lo explica usted?»

    Veo que está usted bien informado. No todos, pero sí
    buena parte de mis colaboradores médicos difieren de mí
    en este punto, mostrándose partidarios del derecho exclu-
    sivo de los médicos al tratamiento analítico de los neuróti-
    cos. Verá usted, pues, que dentro de nuestro campo están
    permitidas las diferencias de criterio. Mi opinión es cono-
    cida por todos, y la diferencia que nos separa en la cues-
    tión del análisis profano, no turba nuestra buena armonía.
    Pregunta usted cómo puedo explicar la actitud de estos

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    discípulos míos. No lo sé; seguramente obedece al poder
    de la conciencia profesional. Han tenido un desarrollo di-
    ferente del mío, se encuentran a disgusto aislados de sus
    colegas, quisieran ser acogidos sin recelos por la «profe-
    sión» y están dispuestos a obtener esta tolerancia a cam-
    bio de un sacrificio en una cuestión cuya importancia vital
    no vislumbran. Quizá no sea así. Suponerles guiados por
    el afán de evitarse competencias, sería no sólo acusarles
    de pobreza de espíritu, sino también de una singular
    miopía. En realidad, están siempre dispuestos a iniciar a
    otros médicos en el análisis, y el tener que compartir los
    pacientes con sus colegas o con profanos es absolutamente
    igual para su provecho material. Probablemente habremos
    de tener en cuenta algo distinto. Tales alumnos míos se
    hallan, quizá, bajo la influencia de determinados factores,
    que dan al médico, en la práctica analítica, una indudable
    ventaja sobre el profano.

    «¿Por fin confiesa usted que el médico lleva una indu-
    dable ventaja al profano, para el ejercicio del análisis? En-
    tonces no hay más que hablar. Su cuestión queda re-
    suelta.»

    Ningún trabajo me cuesta confesarlo. Ello le probará a
    usted que no estoy tan ciegamente apasionado como usted
    supone. Si he aplazado el momento de indicar esta cir-
    cunstancia es porque su discusión ha de hacer precisas
    nuevas explicaciones teóricas.

    «¿A qué se refiere usted?»

    En primer lugar, a la cuestión del diagnóstico. Cuando
    emprendemos el tratamiento analítico de un enfermo que
    padece perturbaciones de las llamadas «nerviosas», quere-
    mos antes alcanzar la seguridad–dentro de lo posible–
    de que nuestro tratamiento será el apropiado a su dolen-
    cia y podrá curarla o aliviarla. Ahora bien; esto sólo su-
    cede cuando la enfermedad que padece es realmente una
    neurosis.

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    «Está bien. Pero según creo, eso es fácil de determinar
    por medio de la observación de los síntomas de que el pa-
    ciente se queja.»

    Sin embargo, es aquí donde surge una nueva compli-
    cación. El enfermo puede presentar el cuadro exterior de
    una neurosis y padecer muy bien algo distinto: el comien-
    zo de una enfermedad mental incurable o los prolegóme-
    nos de un destructor proceso cerebral. La distinción – el
    diagnóstico diferencial – no es siempre fácil, ni puede esta-
    blecerse inmediatamente en todas las fases. Únicamente un
    médico puede echar sobre sí la responsabilidad de una tal
    decisión, que muchas veces no le es, ciertamente, nada
    fácil. El caso patológico puede presentar durante mucho
    tiempo un aspecto inofensivo, surgiendo luego de repente
    su verdadera, gravísima naturaleza. Por otro lado, los neu-
    róticos tienen siempre el temor de adquirir una enfermedad
    mental. Si el médico permanece durante algún tiempo
    equivocado o indeciso, sobre la naturaleza de uno de estos
    casos, no causa con ello daño alguno al enfermo, ni le obli-
    ga a realizar nada superfluo. El tratamiento psicoanalítico
    de este mismo enfermo no le hubiera tampoco perjudica-
    do, pero sería considerado como un esfuerzo inútil. Ade-
    más, nunca faltaría quienes atribuyeran al análisis el mal
    resultado. Desde luego, injustamente, pero siempre es
    bueno evitar tales ocasiones.

    «Me deja usted desconsolado. Echa usted ahora por
    tierra todo lo que antes me dijo sobre la naturaleza y la
    génesis de las neurosis.»

    De ningún modo. Lo que hago es robustecer mi ante-
    rior aserto de que los neuróticos son para todo el mundo,
    y por lo tanto también para el analítico, un semillero de
    complicaciones y preocupaciones. Pero quizá dando a mis
    nuevas manifestaciones una expresión más correcta me
    será posible deshacer sus confusiones. Con relación a los
    casos de que ahora tratamos es probablemente más exac-

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    to decir que padecen realmente una neurosis, pero que
    ésta no es psicógena, sino somatógena, esto es, que no
    tiene causas psíquicas sino físicas. ¿Puede usted compren-
    derme?

    «Comprenderle sí. Pero lo que no puedo es conciliarlo
    con lo otro, con lo psicológico.»

    Lo conseguirá usted en cuanto tenga en cuenta las
    complicaciones de la substancia viva. ¿En qué hallamos la
    esencia de la neurosis? En el hecho de que el Yo, la más
    alta organización del aparato anímico, elevada por la in-
    fluencia del mundo exterior, no se encuentra en estado de
    cumplir su función de mediador entre el Ello y la realidad,
    retirándose, en su debilidad, de determinados elementos
    instintivos del Yo y teniendo que aceptar las consecuencias
    de esta renuncia en forma de limitaciones, síntomas y reac-
    ciones sin objeto.

    Por una tal debilidad del Yo pasamos todos regular-
    mente en nuestra niñez, siendo ésta la razón de que los
    sucesos de los más tempranos años infantiles adquieran
    tan gran importancia para la vida ulterior. Bajo la ex-
    traordinaria carga que gravita sobre esta época infantil—en
    pocos años tenemos que atravesar la enorme distancia
    evolutiva que separa al hombre primitivo de la edad de
    piedra, del hombre civilizado de nuestros días y rechazar
    entretanto especialmente los impulsos instintivos sexuales
    del temprano período sexual—; bajo esta enorme carga,
    repito, recurre nuestro Yo a las represiones y se expone a
    una neurosis infantil, cuyo residuo perdura en él como dis-
    posición a ulteriores enfermedades nerviosas en la madu-
    rez. Todo depende luego del trato que el destino reserve
    al ser humano en el curso de su existencia. Si la vida se
    le muestra demasiado dura y se hace demasiado grande la
    distancia entre las exigencias instintivas y las de la reali-
    dad, el Yo podrá fracasar en sus esfuerzos de conciliar
    ambos factores y tanto más cuanto mayor sea su inhibición

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    de defensa del Yo. El prototipo normal de tales procesos
    sería la transformación de la mujer por los trastornos de la
    menstruación y la menopausia. Así mismo, una enfermedad
    física general, por ejemplo una perturbación orgánica del
    órgano nervioso central, atacará las condiciones de ali-
    mentación del aparato anímico y le forzará a disminuir su
    función y a suprimir sus rendimientos más sutiles, entre los
    que figura el mantenimiento de la organización del Yo. En
    todos estos casos, surge aproximadamente el mismo cuadro
    neurótico. La neurosis tiene siempre el mismo mecanismo
    psicológico, pero su etiología es muy varia y compuesta.

    «Así me gusta oírle. Por fin ha hablado usted como un
    médico. Espero, pues, su confesión de que una enferme-
    dad tan complicada como la neurosis sólo puede ser trata-
    da por los médicos.»

    Despacio. Va usted más allá de mis palabras. Lo que
    venimos de examinar es un trozo de patología y el análi-
    sis es un método terapéutico. Por mi parte, aconsejo, o
    mejor dicho, exijo, que a todo análisis preceda un diagnós-
    tico médico. La inmensa mayoría de las neurosis que se
    nos presentan son, afortunadamente, de naturaleza psicó-
    gena y exentas de toda sospecha patológica. Una vez
    comprobada esta circunstancia por el médico, puede éste
    abandonar tranquilamente al analítico profano el tratamien-
    to. En nuestras asociaciones analíticas, se sigue con todo
    rigor esta norma. El íntimo contacto existente en ellas en
    tre los miembros médicos y los que no lo son, evita todo
    posible error en este punto. Hay todavía otro caso en el
    que el analítico tiene que pedir ayuda al médico. Durante
    el curso del tratamiento analítico pueden surgir síntomas
    —generalmente somáticos— de los que no se sabe bien si
    deben ser incluidos en el cuadro general de la neurosis o
    referidos a una naciente enfermedad orgánica independien-
    te de ella. La solución de esta duda debe ser también en
    comendada al médico.

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    «Así, pues, tampoco durante el análisis puede el analí
    tico profano prescindir del médico. Un nuevo argumento a
    favor de este último.»

    No, no; de esta posibilidad no puede deducirse un ar
    gumento contra el analítico profano, pues el analítico mé
    dico procedería exactamente lo mismo en igual caso.

    «Eso sí que no lo entiendo.»

    Muy sencillo. Una de nuestras normas técnicas prescri
    be que en estos casos de síntomas equívocos surgidos du
    rante el tratamiento, no se atenga nunca el analítico, aun
    que sea médico y confíe plenamente en sus conocimientos,
    a su propio juicio, debiendo contrastarlo con el de otro
    médico ajeno al análisis, por ejemplo, un internista.

    «¿Y a qué responde una tal prescripción, que me parece
    supérflua?»

    No lo es ciertamente, pues obedece a varias razones
    fundamentales. En primer lugar, no es nunca conveniente
    reunir en una sola mano dos tratamientos, el psíquico y el
    orgánico. Además, por la relación especialísima que la
    transferencia establece entre el enfermo y el analítico,
    debe éste abstenerse de todo reconocimiento corporal del
    paciente. Por último, el analítico, que tiene concentrado
    todo su interés en los factores psíquicos, no puede, quizá,
    confiar plenamente en su imparcialidad.

    «Veo ya claramente su actitud con respecto al análisis
    profano. Persiste usted en su idea de que debe haber ana
    líticos no médicos. Pero como no puede usted negar su
    insuficiencia, reúne usted todo lo que puede servir para
    disculpar y facilitar su existencia. Por mi parte, no logro
    comprender por qué ha de haber analíticos profanos, que
    no pueden pasar de terapeutas de segunda clase. Admi
    tiendo ya, si usted quiere, a los dos o tres profanos que
    han recibido la preparación analítica, creo que debiera
    evitarse su aumento, comprometiéndose los institutos ana
    líticos a no acoger en sus aulas más que médicos.»


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    Estaré de acuerdo con usted si resulta posible demos
    trar que tal limitación no desatien-
    de ninguno de los intere-
    ses que aquí entran en juego. Estos intereses son en nú-
    mero de tres: el de los enfer-
    mos, el de los médicos y
    —last but not least— el de la ciencia, que integra en sí el
    de todos los enfermos futuros. ¿Quiere usted que examine-
    mos juntos estos tres puntos?

    Para el enfermo es indiferente que el analítico sea o no
    médico, siempre que todo peligro de error quede elimina-
    do
    por la contrastación médica exigida antes de iniciar el tra-
    tamiento y al surgir, durante el mismo, algún síntoma du-
    doso. Lo que le interesa es que el analítico posea cualida-
    des personales que le hagan merecedor de confianza y
    haya adquirido aquellos conocimien-
    tos y experiencias que
    le capacitan verdaderamente para el cumplimien-
    to de su
    labor. Pudiera creerse que la falta de título médico y la ne-
    cesi-
    dad de acudir en ocasiones a quienes lo po-
    seen, habrán
    de disminuir en el ánimo del paciente la autoridad del ana-
    lí-
    tico profano. Naturalmente, nunca omitimos informar a
    los pacientes de las circunstan-
    cias del analítico y hemos
    podido convencernos de que los prejui-
    cios profesiona-
    les
    no encuentran en ellos el menor eco, mostrándo-
    se siempre
    dispuestos a aceptar la curación, cualquiera que sea su
    proceden-
    cia, actitud que es conoci-
    da ya hace mucho tiem-
    po por la clase médica, para la cual viene constituyen-
    do
    grave motivo de indigna-
    ción. Por otro lado, los analíti-
    cos
    profanos que hoy practican el análisis no son indivi-
    duos
    cualesquie-
    ra, de procede-
    ncia indistin-
    ta, sino personas de
    formación académica, doctores en filoso-
    fía, pedago-
    gos y
    algunas señoras de gran experiencia y personali-
    dad sobre-
    sa-
    liente. El análisis al que han de someter-
    se todos los
    candi-
    datos de nuestros institu-
    tos de enseñan-
    za, es también
    el mejor medio de precisar su capaci-
    dad perso-
    nal para el
    ejerci-
    cio de la actividad analíti-
    ca.

    Pasemos ahora al interés de los médicos. No puedo

    — 83 —

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    creer que la incorporación de la psicoanálisis haya de ser
    ventajosa para la medicina. El estudio de esta facultad
    dura ya cinco años y casi seis con la práctica de los últi-
    mos ejercicios de examen. Además, cada dos años se
    exige al estudiante alguna nueva condición, sin cuyo cum-
    plimiento no podría considerarse suficiente su preparación.
    La entrada en la profesión médica es harto difícil y su ejer-
    cicio no tiene nada de satisfactorio ni de provechoso. Exi-
    gir, con plena justificación, desde luego, que el médico
    haya de estar también familiarizado con el aspecto anímico
    de la enfermedad y extender así la educación médica a un
    trozo de la preparación para el análisis, supondría una
    nueva ampliación de las materias de enseñanza y una pro-
    longación correlativa de los años de estudio. No sé si esta
    consecuencia de sus aspiraciones a la psicoanálisis satis-
    fará a los médicos. Pero resulta imprescindible. Y todo
    esto, en una época en que las condiciones materiales de la
    existencia han empeorado considerablemente para la clase
    en la cual se reclutan los médicos, viéndose obligada la
    joven generación a valerse pronto por sí misma.

    No querrá usted quizá recargar el estudio de la medi-
    cina con la preparación para la práctica analítica y consi-
    derará más adecuado que sean los futuros analíticos los
    que se preocupen por sí mismos de su preparación, una vez
    terminada la carrera. Piensa usted que la pérdida de tiempo
    consiguiente no puede tener importancia práctica ninguna,
    toda vez que un joven de treinta años no gozará nunca,
    por parte del paciente, de la confianza indispensable a la
    ayuda espiritual que precisa. A esto habría que responder
    que tampoco el médico no analítico, recién salido de las
    aulas, puede inspirar mucho respeto a sus pacientes y que
    el analítico podría aprovechar su tiempo trabajando en una
    policlínica psicoanalítica, bajo la dirección de otros más
    experimentados.

    Más importante me parece el hecho de que con su pro-

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    posición apoya usted un gasto de energías, que en estos
    tiempos difíciles, no puede hallar justificación económica
    ninguna. La formación analítica corta, ciertamente, el
    círculo de la preparación médica, pero ni lo encierra ni es
    encerrado por él. Si hubiera de fundarse una Facultad psi-
    coanalítica–idea que aún suena a fantasía–habría de es-
    tudiarse en ella mucha parte de lo que se enseña en la
    Facultad de Medicina. Además de la psicología de lo in-
    consciente, que siempre constituiría la disciplina principal,
    una introducción a la biología, el más amplio estudio posi-
    ble de la ciencia de la vida sexual y un conocimiento de
    los cuadros patológicos de la psiquiatría. Por otro lado, la
    enseñanza psicoanalítica comprendería también asignatu-
    ras ajenas al médico y con las que no suele tropezar en su
    actividad profesional: Historia de la civilización, Mitolo-
    gía, Psicología de las religiones y Literatura. Sin una
    buena orientación en estos campos no puede llegar el ana-
    lítico a una perfecta comprensión de mucha parte de su
    material. En cambio, no le es precisa para sus fines una
    gran parte de los conocimientos exigidos por la Facultad
    médica. Tanto el conocimiento de los huesos del pie, como
    los relativos a la composición del hidrógeno o al trayecto
    de las fibras nerviosas del cerebro, así como todo lo des-
    cubierto por la medicina sobre los microbios, los sueros y
    los neoplasmas; todo esto es, ciertamente, muy estimable,
    mas para el analítico, perfectamente inútil, pues ni puede
    ayudarle a comprender o a curar una neurosis, ni tampoco
    contribuir a afinar aquellas facultades intelectuales a las
    que su actividad plantea las mayores exigencias. No puede
    objetarse que lo mismo sucede en todas las demás espe-
    cialidades médicas, por ejemplo, en la odontología. Tam-
    bién el odontólogo tiene que estudiar muchas cosas que la
    Facultad no le ha enseñado y olvidar otras sobre las que
    ha sufrido severos exámenes. Pero su caso no admite com-
    paración con el del analítico. Para la odontología, conser-
     

  • S.

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    van toda su importancia los puntos capitales de la patolo-
    gía, las teorías de la inflamación, la supuración, la necrosis
    y la influencia recíproca de los órganos del cuerpo. Mas el
    analítico lleva su experiencia a otro distinto mundo, con
    fenómenos y leyes diferentes. De cualquier modo que la
    filosofía salve el abismo entre lo corporal y lo anímico,
    aquél sigue existiendo para nosotros en principio, y hasta
    para nuestros esfuerzos prácticos.

    Es injusto e ilógico obligar a un hombre que desea li-
    bertar a otros del grave peso de una fobia o una represen-
    tación obsesiva, a dar el inmenso rodeo que supone el
    estudio completo de la carrera médica. Además, no se
    conseguirá si antes no se logra suprimir totalmente el aná-
    lisis. Represéntese usted un paisaje y en él, dos caminos
    que conducen a un mismo punto, uno de ellos corto y en
    línea recta, el otro, largo y serpenteante. Intente usted pro-
    hibir el tránsito por el camino breve porque pasa, por
    ejemplo, junto a unos macizos de flores que quiere usted
    proteger contra los paseantes. Sólo si el camino prohibido
    es penoso y escarpado, y en cambio, el otro, descan-
    sado y cómodo, podrá usted abrigar alguna esperanza de
    ver respetada su prohibición. Pero si no sucede así y
    el sendero largo es además el más penoso, no tendrá
    usted que pensar mucho la suerte que correrán su prohi-
    bición y sus flores. Mucho me temo que no consiga usted
    nunca obligar a los profanos a estudiar medicina, como
    tampoco lograría yo obligar a los médicos a estudiar el
    análisis. Ya conoce usted suficientemente la naturaleza
    humana.

    «Pero si está usted en lo cierto al afirmar que el trata-
    miento analítico no puede practicarse sin una formación
    especial, que el estudio de la medicina no puede soportar
    la sobrecarga de la preparación analítica y que los conoci-
    mientos médicos son en su gran mayoría superfluos para
    el analítico ¿qué destino reserva usted al ideal al que aspi-
     

  • S.

    87

    EL ANÁLISIS PROFANO

    ra la formación médica, de crear personalidades capaces de
    afrontar todos los problemas profesionales?»

    No puedo predecir cuál será la solución de todas estas
    dificultades, ni soy tampoco el más llamado a indicarla.
    Sólo veo dos cosas: Primero, que el análisis es para usted
    un motivo de embarazo y sería mejor que no existiese
    –desde luego, también el neurótico es un ser embara-
    zoso–; y segundo, que de momento se atendería a todos
    los intereses decidiéndose los médicos a tolerar a una clase
    de terapeutas que les evitan el penoso tratamiento de las
    neurosis psicógenas, tan enormemente frecuentes, y se
    mantiene en contacto permanente con estos enfermos, con
    gran ventaja para los mismos.

    «¿Es esta su última palabra sobre la cuestión, o le queda
    aún algo que decir?»

    Desde luego. Me queda todavía que hablar del interés
    de la ciencia en este problema. Lo que sobre este punto he
    de decir, no ha de importarle a usted gran cosa, pero tan-
    to más a mí.

    No creemos deseable, en efecto, que la psicoanálisis
    sea devorada por la medicina y encuentre su última mora-
    da en los textos de psiquiatría, capítulo sobre la terapia, y
    entre métodos tales como la sugestión hipnótica, la auto-
    sugestión y la persuasión, que extraídos de nuestra igno-
    rancia, deben sus efectos poco duraderos a la pereza y la
    cobardía de las masas humanas. Merece mejor suerte y
    hemos de esperar que la logre. Como «psicología abis-
    mal» o ciencia de lo anímico inconsciente, puede llegar
    a ser indispensable a todas aquellas ciencias que se ocu-
    pan de la historia de los orígenes de la civilización huma-
    na y de sus grandes instituciones, tales como el arte, la
    religión y el orden social. En mi opinión ha prestado ya
    una considerable ayuda a estas ciencias para la resolución
    de sus problemas, pero éstas son aún aportaciones muy
    pequeñas comparadas con las que se conseguirían si los

  • S.

    88

    hombres de ciencia dedicados al estudio de la historia de la
    civilización, la psicología de las religiones, la filología, ét-
    cetera, se decidieran a manejar por sí mismos el nuevo
    medio de investigación puesto a su alcance. El empleo del
    análisis para la terapia de las neurosis es sólo una de sus
    aplicaciones y quizá venga el porvenir a demostrar que no
    es siquiera la más importante. De todos modos, sería injus-
    to sacrificar a una aplicación todas las demás, por la sola
    razón de que aquella roza el círculo de los intereses mé-
    dicos.

    Se desarrolla aquí una nueva relación, en la cual no
    puede intervenirse sin grave daño. Si los representantes
    de diversas ciencias del espíritu han de estudiar la psico-
    análisis para aplicar sus métodos y puntos de vista a su
    propio material científico, no les bastará atenerse a los re-
    sultados reseñados en la literatura analítica. Habrán de
    aprender a comprender el análisis siguiendo el único cami-
    no abierto para ello, esto es, sometiéndose por sí mismos a
    un análisis. Así, a los neuróticos necesitados del análisis,
    vendría a agregarse una segunda clase de personas que
    aceptarían ser sometidos a ella por motivos intelectuales,
    pero que seguramente saludarían con entusiasmo el incre-
    mento de su capacidad funcional accesoriamente consegui-
    do. La práctica de estos análisis exigiría una cantidad de
    analíticos a los cuales no ofrecerían ventaja ninguna los
    conocimientos médicos. Pero estos analíticos habrán de
    ser objeto, en cambio, de una formación particularmente
    cuidadosa, y si no se quiere mutilar su preparación, habrá
    de proporcionárseles ocasiones de practicar el análisis en
    casos instructivos y probatorios. Ahora bien; como aque-
    llos hombres sanos a quienes no mueve un interés cientí-
    fico no acuden a someterse al análisis, habrán de ser nue-
    vamente individuos neuróticos los que constituyan el
    material vivo utilizado–bajo el más cuidadoso control–
    para la enseñanza práctica de tales analíticos. Todas estas

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    89

    circunstancias hacen precisa una cierta libertad de movi
    mientos y no toleran limitaciones mezquinas.

    Quizá no crea usted en este interés puramente teórico
    de la psicoanálisis o no quiera reconocer su influencia en
    la cuestión práctica del análisis profano. En este caso, ha
    bré de advertirle que existe todavía otra aplicación de la
    psicoanálisis completamente sustraída al alcance de la ley
    sobre el curanderismo y a las aspiraciones médicas. Me
    refiero a su aplicación a la pedagogía. Cuando un niño co-
    mienza a manifestar signos de una evolución indeseable,
    mostrándose malhumorado, irritable y distraído, ni el pe-
    diatra ni el médico escolar, pueden hacer nada por él, in-
    cluso en aquellos casos en los que el infantil sujeto presen-
    ta claros fenómenos nerviosos, tales como angustia, inape-
    tencia, vómitos o insomnios. En cambio, por medio de un
    tratamiento mixto de influjo analítico y medidas pedagógi-
    cas, desarrollado por personas que no desprecian ocuparse
    de las circunstancias del ambiente infantil, se consigue muy
    pronto suprimir los síntomas nerviosos y deshacer la na-
    ciente modificación del carácter. Nuestro conocimiento de
    que las neurosis infantiles, con frecuencia poco visibles,
    suponen una disposición a graves enfermedades ulteriores,
    nos indica estos análisis de niños como un excelente medio
    profiláctico. Es innegable que aún tiene la psicoanálisis
    muchos enemigos. Ignoro de qué medios podrán disponer
    para oponerse también a la actividad de los analíticos pe-
    dagógicos o pedagogos analíticos, y no creo posible que lo
    logren. Pero nunca se puede estar seguro.

    Por lo demás, volviendo a nuestra cuestión del trata-
    miento analítico de los neuróticos adultos, he de advertirle
    que tampoco hemos agotado todos sus puntos de vista.
    Nuestra civilización ejerce sobre nosotros una presión ya
    casi intolerable y demanda una rectificación. ¿Será, quizá,
    demasiada fantasía esperar que la psicoanálisis esté lla-
    mada, no obstante las dificultades que se le oponen, a pre-

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    parar a los hombres a una tal rectificación? Acaso haya de
    nuevo un americano a quien se le ocurra dedicar parte de
    su dinero a la preparación analítica de los «social workers»
    de su país, para formar un ejército auxiliar dedicado a com-
    batir las neurosis producto de la civilización.

    «¿Una nueva especie de «salvation army»?»

    ¿Por qué no? Nuestra imaginación labora siempre con
    sujeción a algún modelo. La masa de gentes deseosa de
    aprender, que afluiría entonces a Europa, tendría que pa-
    sar de largo por Viena, pues la evolución analítica habría
    sucumbido ya aquí a un precoz trauma prohibitivo. ¿Son-
    ríe usted? No digo esto, ciertamente, para influir sobre su
    juicio. Sé ya muy bien que no me presta usted fe y no
    puedo predecir si alguna vez cambiará usted de opinión.
    Pero sí estoy seguro de una cosa. No importa mucho cuál
    sea la resolución que ustedes hagan recaer sobre la cues-
    tión del análisis profano. Cualquiera que sea, sólo puede
    tener un efecto local. Lo verdaderamente importante es
    que las posibilidades de desarrollo que en sí entraña la
    psicoanálisis, no pueden ser coartadas por leyes ni regla-
    mentos.