Un caso de curación hipnótica 1893-005/1925.es

Freud, Sigmund (1893-005/1925.es): Un caso de curación hipnótica

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    Un caso de curación hipnótica

    y algunas observaciones sobre la génesis de síntomas
    histéricos por «voluntad contraria».

    Me decido a publicar aquí la historia de una cura-
    ción obtenida mediante la sugestión hipnótica, por tra-
    tarse de un caso al que una serie de circunstancias
    accesorias da mayor transparencia y fuerza probatoria
    de las que suele entrañar la mayoría de nuestros re-
    sultados terapéuticos de este orden.

    La mujer a la cual me fué dado auxiliar, así, en un
    momento muy importante de su existencia, me era
    conocida desde muchos años atrás y permaneció lue-
    go, varios otros, sometida a mi observación. La per-
    turbación de la cual la libertó la sugestión hipnótica,
    había ya surgido una vez, con anterioridad, siendo
    ineficazmente combatida e imponiendo a la sujeto una
    penosa renuncia, que la segunda vez logré evitarla
    con mis auxilios. Todavía, un año después, volvió a
    presentarse, por vez tercera, la dicha perturbación,
    para ser, de nuevo, suprimida, con iguales medios,
    pero ahora ya de un modo definitivo, no volviendo a
    atormentar a la sujeto en todo el tiempo que hubo de
    ejercer la función sobre la cual recaía. Además, creo
    haber conseguido en este caso, descubrir el sencillo
    mecanismo de la perturbación y relacionarlo con pro-
    cesos análogos del campo de la neuropatología.

    Trátase, para no continuar hablando en adivinan-
     

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    zas, de un caso en el que una madre se vió imposibi-
    litada de amamantar a su hijo recién nacido, hasta la
    intervención de la sugestión hipnótica, y en el cual lo
    sucedido después de un parto anterior y otro poste-
    rior, permitió una comprobación sólo raras veces po-
    sible, del resultado terapéutico.

    El sujeto del historial clínico que sigue es una mujer
    joven, entre los veinte y los treinta años, a la que ca-
    sualmente trataba yo desde sus años infantiles y que
    por sus excelentes cualidades, su serena reflexión y
    su naturalidad, no había dado jamás, ni tampoco a su
    médico de cabecera, una impresión de nerviosismo.
    Teniendo en cuenta los sucesos que a continuación
    me propongo relatar, hemos de considerarla, siguien-
    do la feliz expresión de Charcot, como una «histéri-
    que d’occasion», categoría perfectamente compatible
    con las mejores cualidades y una intacta salud nervio-
    sa en todo otro punto. De su familia, conozco a su
    madre, mujer nada nerviosa, y a una hermana menor,
    muy semejante a ella y perfectamente sana. En cam-
    bio, un hermano suyo, padeció una neurastenia juve-
    nil, que echó por tierra todos sus planes para lo futu-
    ro. La etiología y el curso de esta enfermedad, cuyo
    desarrollo, muy parecido siempre, tengo todos los
    años repetidas ocasiones de observar, me son bien
    conocidas. La buena constitución primitiva del sujeto
    pereció a los embates sucesivos de la corriente abe-
    rración sexual de la pubertad, el trabajo excesivo de
    los años de estudios y su intensificación al llegar el
    examen final, una gonorrea y enlazada a ella la súbita
    explosión de una dispepsia, acompañada de un tenaz
    estreñimiento, de intensidad casi increíble, que meses
    después desapareció, siendo sustituído por pesadez
    de cabeza, malhumor e incapacidad para el trabajo.

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    ENSAYOS. 1892 – 1899

    A partir de este momento, se desarrolló una alteración
    del carácter del sujeto, que lo convirtió en constante
    tormento de su familia. No me es posible decidir, de
    momento, si esta forma de la neurastenia puede o no
    adquirirse en su totalidad. Así, pues, y teniendo ade-
    más en cuenta, que no conozco a los restantes pa-
    rientes de mi enferma, dejaré indecisa la cuestión de
    si hemos de suponer en su familia, una disposición
    hereditaria a las neurosis.

    Al nacimiento de su primer hijo, habría tenido la
    paciente, intención de criarle sin auxilio ninguno ajeno.
    El parto no fué más difícil de lo habitual en las prime-
    rizas, terminando con una leve aplicación de forceps.
    Pero la madre no consiguió, a pesar de su excelente
    constitución física, su ilusión de ser una buena nodri-
    za. Tenía poca leche y sentía intensos dolores al dar
    el pecho al niño. Perdió el apetito, tomó repugnancia
    a la comida y pasaba las noches insomne y excitada.
    De este modo y para no poner en grave peligro la sa-
    lud del niño y la suya propia, hubo necesidad de de-
    clarar fracasada la tentativa, a los catorce días, y
    buscar un ama, desapareciendo en seguida, todas las
    molestias de la madre. Haré constar, que de esta pri-
    mera tentativa de lactancia, no puedo informar como
    médico ni como testigo.

    Tres años después, tuvo la sujeto su segundo hijo,
    y también por circunstancias exteriores, resultaba de-
    seable evitar la lactancia mercenaria. Pero los esfuer-
    zos de la madre en este sentido, parecieron tener aún,
    menos éxito y provocar fenómenos más penosos que
    la vez primera. La joven madre vomitaba todo alimen-
    to, no dormía y se manifestaba tan deprimida por su
    incapacidad, que los dos médicos de la familia, los
    acreditados doctores Breuer y Lott, se opusieron a

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    toda continuación de la tentativa, aconsejando como
    último medio experimentable, la sugestión hipnótica.
    De este modo, el cuarto día, por la tarde, fuí llamado
    a la cabecera de la enferma.

    A mi llegada, la encontré en la cama, con las meji-
    llas muy arrebatadas, y furiosa por su incapacidad
    para criar al niño, incapacidad que crecía a cada
    nueva tentativa, no obstante poner ella todo su es-
    fuerzo en dominarla. Para evitar los vómitos, no había
    tomado alimento en todo aquel día. El epigastrio
    aparecía abultado, y colocando la mano sobre el es-
    tómago se advertían continuas contracciones. La en-
    ferma se quejaba, además, de un constante mal sa-
    bor de boca. Ni ella ni sus familiares me recibieron
    como a persona de quien se espera auxilio, sino sólo
    en obediencia a lo indicado por los otros médicos. No
    podía, pues, contar con gran confianza de su parte.

    En el acto, intenté producir la hipnosis, haciendo
    fijar a la paciente sus ojos en los míos, y sugiriéndola
    los síntomas del sueño. A los tres minutos, yacía la en-
    ferma en su lecho, con la tranquila expresión de un
    profundo reposo, sirviéndome, entonces, de la suges-
    tión, para contradecir todos sus temores y todas las
    sensaciones en las que dichos temores se fundaban:
    «No tenga usted miedo; será usted una excelente no-
    driza y el niño se criará divinamente. Su estómago
    marcha muy bien; tiene usted un gran apetito y está
    deseando comer, etc.» La enferma continuó durmien-
    do cuando la abandoné por breves instantes, y al des-
    pertarla, mostró una total amnesia con respecto a lo
    sucedido durante la hipnosis. Antes de marcharme,
    hube aún de rechazar una observación del marido so-
    bre el peligro de que la hipnosis perturbase para siem-
    pre los nervios de su mujer.

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    Los hechos que al día siguiente me comunicaron los
    familiares de la enferma, a los cuales no parecían ha-
    ber causado impresión ninguna, constituyeron para
    mí una garantía de éxito. La sujeto había cenado sin
    la menor molestia, había dormido bien y había des-
    ayunado, a la mañana, con gran apetito. En todo este
    tiempo, había amamantado a su hijo sin la menor di-
    ficultad. Pero a la vista del almuerzo, demasiado co-
    pioso, despertó de nuevo su repugnancia, y antes de
    haber probado nada, reaparecieron los vómitos. Des-
    de este momento, le fué imposible volver a dar el pe-
    cho al niño, y a mi llegada, mostraba los mismos sín-
    tomas que el día anterior. Mi argumento de que no te-
    nía por qué preocuparse, una vez comprobado que su
    malestar podía desaparecer y había, en realidad, des-
    aparecido por casi medio día, no le hizo efecto ningu-
    no. Recurriendo, pues, de nuevo, a la hipnosis, des-
    arrollé una mayor energía que el día anterior, sugi-
    riéndola que cinco minutos después de mi partida
    habría de encararse, un tanto violentamente, con los
    suyos, y preguntarles cómo es que no le daban de ce-
    nar, si es que se habían propuesto matarla de hambre,
    si creían que de este modo iba a poder criar a su hijo,
    etcétera. A mi tercera visita, no precisaba ya la sujeto
    de tratamiento alguno. Nada le faltaba ya; gozaba de
    buen apetito, tenía leche bastante para el niño, no le
    causaba dolor ninguno darle el pecho, etc. A su marido
    le había inquietado, que después de mi partida hubiera
    dirigido a su madre, ásperos reproches, contra su ge-
    neral costumbre. Pero desde entonces, todo iba bien.

    Mi intervención terminó aquí, por esta época. La
    sujeto amamantó a su hijo durante ocho meses, te-
    niendo yo ocasión de comprobar varias veces en este
    período, el buen estado de salud de ambos. Unica-
     

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    PROF. S. FREUD

    mente hube de encontrar incomprensible e irritante,
    que nadie de la familia volviera a hablarme del buen
    resultado obtenido con mi intervención.

    Pero un año después obtuve mi desquite. Un tercer
    hijo planteó de nuevo el problema, presentándose otra
    vez la imposibilidad de criarlo. Encontré a la sujeto en
    el mismo estado que la vez anterior, indignada contra
    sí misma al ver que toda su fuerza de voluntad no lle-
    gaba a vencer la repugnancia a alimentarse y los de-
    más síntomas. La primera sesión de hipnosis no pro-
    dujo otro resultado que el de desesperanzar más a la
    enferma. Pero después de la segunda, quedó de nuevo
    tan completamente anulado el complejo de síntomas,
    que no hubo necesidad de más. La sujeto crió también
    a este niño, que hoy tiene ya año y medio, sin moles-
    tia alguna y goza de buena salud.

    Ante esta repetición del éxito terapéutico, modificó
    el matrimonio su actitud para conmigo y me confesa-
    ron el motivo a que obedecía. –Me daba vergüenza–
    dijo la mujer–reconocer que el hipnotismo conseguía
    lo que toda mi fuerza de voluntad no era suficiente a
    lograr–. De todos modos, no creo que ni ella ni su
    marido hayan dominado la aversión que les inspiraba
    la hipnosis.

    ***

    Pasamos ahora a explicar cuál fué el mecanismo
    psíquico de la perturbación de nuestra paciente, supri-
    mida por sugestión. No tuve, como en otros casos,
    de los que más adelante trataré, noticia directa de di-
    cho mecanismo, sino que hube de adivinarlo.

    Existen representaciones con las cuales se halla en-
    lazado un afecto expectante, y son de dos órdenes:

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    representaciones de que haremos esto o
    sea propósitos, y representaciones de que nos suce-
    derá algo determinado, o sea expectaciones.
    El afecto a ellas enlazado depende de dos factores; en
    primer lugar, de la importancia que el suceso pueda
    tener para nosotros, y en segundo, del grado de inse-
    guridad que entraña la expectación del mismo. La in-
    seguridad subjetiva, la «contraexpectación», aparece
    representada por una serie de representaciones a las
    que damos el nombre de «representaciones
    contrastantes penosas». Cuando se trata
    de un propósito, dichas representaciones contrastan-
    tes son las de que no conseguiremos llevarlo a cabo por
    oponerse a ello tales o cuales dificultades, faltarnos
    las cualidades necesarias para alcanzar el éxito y sa-
    ber que otras personas determinadas han fracasado en
    análogas circunstancias. El otro caso, o sea el de la
    expectación, no precisa de esclarecimiento alguno. La
    contraexpectación reposa en la reflexión de todas las
    posibilidades con que podemos tropezar en lugar de
    la deseada. Continuando la discusión de este caso,
    llegaríamos a las fobias, que tan amplio papel
    desempeñan en la sintomatología de las neurosis. Por
    ahora, permaneceremos en la primera categoría, o sea
    en los propósitos. Habremos de preguntarnos, en pri-
    mer lugar, cuál es el destino de las representaciones
    contrastantes en la vida mental normal. A nuestro jui-
    cio, quedan inhibidas, coartadas y excluídas de la
    asociación, a veces hasta tal extremo, que su existen-
    cia no se hace evidente, casi nunca, frente al propó-
    sito, siendo únicamente el estudio de las neurosis el
    que nos la descubre. En cambio, en las neurosis–y
    no me refiero solamente a la histeria, sino al «status
    nervosus» en general–existe, primariamen-
    te.

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    PROF. S. FREUD

    te, una tendencia a la depresión aní-
    mica y a la dis-
    minución de la conciencia del propio Yo, tal y como
    la encontramos, a título de síntoma aislado y altamen-
    te desarrollado, en la melancolía. En la neurosis, pre-
    sentan, asimismo, gran importancia, las representa-
    ciones contrastantes con el propósito, por adaptarse
    muy bien su contenido al estado de ánimo propio de
    esta afección o quizá porque la neurosis hace surgir
    representaciones de este orden, que sin ella no se hu-
    bieran constituído.

    Esta intensificación de las representa-
    trastantes se nos muestra, en el simple «status nervo-
    sus» y referida a la expectación, como una general
    tendencia pesimista, y en la neurastenia, da ocasión,
    por asociación con las sensaciones más casuales, a
    las múltiples fobias de los neurasténicos. Transferido
    a los propósitos, crea este factor aquellas perturba-
    ciones que pueden ser reunidas bajo el nombre de
    «folie de doute» y cuyo contenido es la desconfianza
    del sujeto con respecto al propio rendimiento. Preci-
    samente en este punto, se conducen las dos grandes
    neurosis–la neurastenia y la histeria–de un modo
    por completo distinto y característico para cada una.
    En la neurastenia, la representación contrastante pa-
    tológicamente intensificada, se une a la representación
    de la voluntad positiva, para formar un solo acto de
    conciencia, y sustrayéndose de ella, da origen a aque-
    lla falta de voluntad de los neurasténicos, de la cual
    se dan perfecta cuenta estos enfermos. En la his-
    teria, el proceso se diferencia de éste en dos puntos,
    o quizá en uno solo. Como corresponde a la tenden-
    cia de la histeria a la disociación de la
    conciencia, la representación contrastante pe-
    nosa, aparentemente coartada, es disociada del pro-
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    ENSAYOS. 1892–1899

    pósito y perdura, inconsciente para el enfermo, en ca-
    lidad de representación aislada. Es característico de
    la histeria el hecho de que esta representación coarta-
    da se objetiviza luego, por inervación somática, cuan-
    do llega el momento de realizar el propósito, con
    igual facilidad y en la misma forma, que en estado
    normal, la representación de la abolición positiva. La
    representación contrastante se constituye, por decirlo
    así, en una «voluntad contraria» y el enfermo se per-
    cata, con asombro, de que toda su voluntad positiva
    permanece impotente. Tales dos factores se funden,
    quizá, en uno solo, como ya antes indicamos, suce-
    diendo, muy probablemente, que si la representación
    contrastante encuentra un medio de objetivizarse, es
    porque no se halla coartada por su enlace con el pro-
    pósito en la misma forma que ella lo coarta 1).

    En nuestro caso, de una madre, a la cual una per-
    turbación nerviosa impide amamantar a su hijo, una
    neurasténica se hubieran conducido en la forma si-
    guiente: Hubiera sentido graves temores ante la labor
    maternal que se le planteaba y dado infinitas vueltas
    en su pensamiento a todos los accidentes y peligros
    posibles, acabando, sin embargo, por criar a su hijo
    perfectamente, aunque atormentada por constantes
    dudas y temores, a menos que la representación con-
    trastante resultara victoriosa, en cuyo caso habría
    abandonado la sujeto su propósito, considerándose
    incapaz de llevarlo a cabo. La histérica se conduce
    en forma muy distinta. No tiene, quizá, conciencia de
    sus temores, abriga la firme intención de llevar a cabo
    su propósito, y emprende, sin vacilación alguna, el

    1)Hallándome dedicado a corregir las pruebas de este tra-
    bajo, llegó a mis manos otro de H. Kaan, que contiene análogas
    hipótesis.


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    camino para lograrlo. Pero a partir de este momento,
    se comporta como si abrigase la firme voluntad de no
    amamantar al niño y esta voluntad provoca en ella
    todos aquellos síntomas subjetivos que una simulado-
    ra pretendería experimentar para eludir el cumplimiento
    de sus obligaciones maternas, o sea la falta de apeti-
    to, la repugnancia a todo alimento y la imposibilidad
    de dar el pecho al niño, a causa de los terribles dolo-
    res que ello la originaba. Pero, además, como la vo-
    luntad contraria es superior a la simulación conscien-
    te, en lo que respecta al dominio del cuerpo, presen-
    tará la histérica toda una serie de síntomas objetivos
    que la simulación no consigue hacer surgir. En con-
    traposición a la falta de voluntad de la neu-
    rastenia, existe aquí una perversión de la
    voluntad y en vez de la resignada indecisión de
    la neurasténica, muestra la histérica asombro e indig-
    nación ante la dualidad para ella incomprensible.

    Creo, pues, justificado considerar a mi paciente
    como una «hystérique d’occasion», dado que bajo la
    influencia de un motivo ocasional, le fué posible pro-
    ducir un complejo de síntomas, de mecanismo tan ex-
    quisitamente histérico. Como causa ocasional, pode-
    mos considerar aquí, la excitación anterior al primer
    parto o el agotamiento consecutivo, puesto que el pri-
    mer parto constituye la mayor conmoción que el orga-
    nismo femenino puede experimentar, conmoción des-
    pués de la cual suele producir la mujer todos aquellos
    síntomas neuróticos a los que se halla predispuesta.

    El caso de mi enferma, es probablemente típico para
    una amplia serie de otros, en los que la lactancia u
    otra análoga función, quedan perturbadas por influen-
    cias nerviosas, y nos aclara su naturaleza. Pero como
    en él no se me reveló directamente el correspondiente

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    ENSAYOS. 1892–1899

    mecanismo psíquico, sino que llegué á él por induc-
    ción especulativa, me apresuraré á asegurar que la in-
    vestigación de los enfermos en la hipnosis, me ha
    revelado muchas veces la existencia de un mecanismo
    psíquico semejante de los fenómenos histéricos 1).

    Expondré aquí uno de los más singulares ejemplos
    de este orden: Hace años, tenía sometida á tratamien-
    to, á una señora histérica, de voluntad muy enérgica
    para todo lo que no se relacionaba con su enfermedad,
    pero gravemente afecta, por otro lado, de numerosas
    y tiránicas incapacidades y prohibiciones histéricas.
    Entre otros síntomas presentaba el de producir de
    cuando en cuando, á manera de un «tic», un sonido
    inarticulado, un singular chasquido ó castañeteo que
    se abría paso entre sus labios contraídos. Al cabo de
    varias semanas, la pregunté en qué ocasión había sur-
    gido por vez primera aquel síntoma. La respuesta fué:
    «No lo sé. Hace ya mucho tiempo». De este modo, me
    inclinaba ya á considerarlo como un «tic» auténtico,
    cuando un día, se me ocurrió interrogar de nuevo á la
    paciente, hallándose ésta en un profundo sueño hipnó-
    tico. En la hipnosis, disponía esta enferma–sin nece-
    sidad de sugestión ninguna–de todo su acervo de
    recuerdos, ó como estoy muy inclinado á afirmar, de
    toda la amplitud de su conciencia, restringida durante
    el estado de vigilia. A mi pregunta de cuándo había
    producido por primera vez aquel síntoma, respondió
    en el acto: «Lo tengo desde que una vez me hallaba
    velando á mi hija menor, enferma de gravedad, y me
    propuse guardar el más absoluto silencio, para no per-
    turbar el sueño que por fin había conciliado, después
    de un día de continuas convulsiones. Luego, desapa-
     


    1)Véase «La histeria», cap. I.

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    PROF. S. FREUD

    reció y no volvió a molestarme hasta muchos años
    después, consecutivamente al suceso que voy a rela-
    tarle. Yendo en coche, con mis hijas, a través de un
    bosque, nos sorprendió una tormenta, y los caballos
    se espantaron al caer un rayo en un árbol cercano.
    Entonces pensé que debía evitar todo ruido, para no
    asustar más a los caballos, pero contra toda mi volun-
    tad, produje el chasquido que desde entonces me es
    imposible reprimir». Una vez referido en esta forma, el
    singular chasquido, a su fuente de origen, desapare-
    ció por completo y para muchos años, convenciéndo-
    me así, que no se trataba de un «tic» auténtico. Fué
    ésta la primera ocasión que se me ofreció de compro-
    bar la génesis de un síntoma histérico por objetivación
    de la representación contrastante penosa, o sea por
    «voluntad contraria». La madre, agotada por el temor
    y los desvelos que la ocasiona la enfermedad de su
    hija, se propone guardar el más absoluto silencio,
    para no perturbar el anhelado reposo de la enferma.
    Pero hallándose en un estado de gran agotamiento, la
    representación contrastante de que acabaría por pro-
    ducir algún ruido, demuestra ser la más fuerte, consi-
    gue dar origen a una inervación de la lengua, inerva-
    ción que el propósito de permanecer en silencio había,
    quizá, olvidado de impedir, rompe la contracción de
    los labios y produce un ruido, el cual adquiere un ca-
    rácter fijo a partir de este momento, especialmente
    después de la repetición del mismo suceso.

    Para llegar a una completa comprensión de este
    proceso hemos de atender aún a una determinada ob-
    jeción. Podrá, en efecto, preguntársenos, cómo dado
    un agotamiento general–que establece desde luego,
    la disposición a un tal proceso–vence, precisamente,
    la representación contrastante. Nuestra respuesta se-

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    Ensayos. 1892–1899

    ría, que dicho agotamiento es tan sólo par-
    cial. Se ha
    llan agotados aquellos elementos del sistema nervio-
    so, que constituyen los fundamentos materiales de las
    representaciones asociadas a la conciencia primaria.
    En cambio, las representaciones excluídas de esta
    cadena de asociaciones–del Yo normal–no se hallan
    agotadas, y predominan, así, en el momento de la dis-
    posición histórica.

    Ahora bien; todo conocedor de la histeria, observa-
    rá que el mecanismo psíquico aquí descrito, aclara, no
    sólo algunos accidentes histéricos aislados, sino am-
    plios sectores del cuadro sintomático de la histeria, y
    uno de sus rasgos característicos más singulares.
    Nuestra afirmación de que las representaciones con-
    trastantes penosas, coartadas y rechazadas por la
    conciencia normal, fueron las que pasaron a primer
    término, y hallaron el camino de la inervación somáti-
    ca en el momento de la disposición histórica, nos da
    también la clave de la peculiaridad de los delirios que
    acompañan a los ataques histéricos. No es un hecho
    casual el que los delirios histéricos de las monjas en
    las epidemias de la Edad Media, consistieran en gra-
    ves blasfemias y un desenfrenado erotismo, ni tampo-
    co que precisamente los niños mejor educados y más
    formales, sean los que en sus ataques histéricos se
    muestren más groseros, insolentes y «mañosos». Las
    series de representaciones trabajosamente reprimidas,
    son las que quedan en estos casos, convertidas en ac-
    tos, a consecuencia de una especie de voluntad contra-
    ria, cuando la persona sucumbe al agotamiento histéri-
    co. Esta relación, es aquí más estrecha que nunca, pues
    precisamente es dicha laboriosa represión la que pro-
    voca el referido estado histérico, en cuya descripción
    psicológica no hemos entrado, por limitarnos en el

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    PROF. S. FREUD

    presente trabajo, a la explicación de por qué–dado
    previamente tal estado de disposición histérica–apa
    recen los síntomas en la forma que los observamos.

    La histeria debe a esta emergencia de la voluntad
    contraria, aquel carácter demoníaco que tantas veces
    presenta, y que se manifiesta en que los enfermos se
    ven imposibilitados en ciertas ocasiones, de realizar
    aquello que más ardientemente desean, hacen precisa-
    mente lo contrario de lo que se les ha pedido, y ca-
    lumnian aquello que les es más querido, o desconfían
    de ello.

    La perversión del carácter, propia del histérico, el
    impulso a hacer el mal o a enfermar cuando más desea
    la salud, constituye una coerción, a la que sucumben
    los más intachables caracteres, cuando quedan aban-
    donados por algún tiempo a la acción de las represen-
    taciones contrastantes.

    La interrogación referente al destino de los propósi-
    tos inhibidos, parece carecer de sentido por lo que se
    refiere a la vida intelectual normal. Podría contestarse
    diciendo que no llegan a existir. Pero el estudio de la
    histeria muestra que, por lo contrario, toman vida, esto
    es, que la modificación material a ellas correspondien-
    te, queda conservada, sobreviviendo tales propósitos,
    como fantasmas de un tenebroso reino, hasta el mo-
    mento en que logran emerger y apoderarse del cuerpo,
    que hasta entonces habría servido fielmente a la con-
    ciencia del Yo.

    He dicho antes, que este mecanismo es típico de la
    histeria, y he de añadir ahora que no es exclusivo de
    esta afección. Lo volvemos a encontrar en el «tic con-
    vulsivo», neurosis de tan grande analogía sintomáti-
    ca con la histeria, que todo su cuadro sintomático
    puede aparecer como fenómeno parcial de la misma,

  • S.

    309

    resultando así, que Charcot, después de un detenido
    estudio, sólo pudo establecer, como diferencia, la de
    que el «tic» histérico llega a desaparecer, perdurando,
    en cambio, el «tic» auténtico. El cuadro de un grave
    «tic» convulsivo se compone de movimientos involun-
    tarios, que presentan con frecuencia (siempre según
    Charcot y Guinon) el carácter de gestos o movimien-
    tos adecuados en alguna ocasión anterior, coprolalia,
    ecolalia y representaciones obsesivas, de las corres-
    pondientes a la «folie de doute». Ahora bien; sorpren-
    de leer en Guinon, autor que no penetró en el meca-
    nismo psíquico de estos síntomas, la afirmación de
    que algunos de sus enfermos habían llegado a sus
    gestos y contracciones por medio de la objetivación
    de la representación contrastante. Tales enfermos in-
    dican haber visto en una determinada ocasión, un aná-
    logo «tic» o a un cómico que contraía intencionada-
    mente su rostro en dicha forma, habiendo sentido en-
    tonces el temor de verse forzosamente impulsados a
    imitar tan feas y ridículas contracciones. Y, en efecto,
    a partir de aquel momento, habían comenzado a imi-
    tarlas. Realmente, sólo una pequeñísima parte de los
    movimientos involuntarios surge de este modo en los
    «tiqueurs». En cambio, nos inclinamos a adscribir este
    mecanismo a la coprolalia, nombre que damos al in-
    coercible impulso que obliga a los «tiqueurs», contra
    toda su voluntad, a pronunciar las palabras más gro-
    seras. La raíz de la coprolalia sería la percepción del
    enfermo de que le es imposible dejar de emitir cier-
    tos sonidos. A esta percepción se enlazaría luego el
    temor a perder el dominio sobre otros sonidos, espe-
    cialmente sobre aquellas palabras que los hombres
    bien educados evitan pronunciar, y este temor les lle-
    varía a la realización de lo temido. No encuentro en

  • S.

    310

    Guinon ninguna anamnesis que confirme esta hipóte-
    sis, y por mi parte no he tenido ocasión de interrogar
    a ningún enfermo de coprolalia. En cambio, encuen-
    tro en el mismo autor, la exposición de otro caso de
    «tic», en el que las palabras involuntariamente pro-
    nunciadas no pertenecían a la terminología de la co-
    prolalia. Era el sujeto de este caso, un hombre adulto
    que se veía obligado a pronunciar constantemente el
    nombre de «María». Siendo estudiante, se había ena-
    morado de una muchacha que llevaba este nombre,
    enamoramiento que le absorbió durante mucho tiempo
    y le predispuso a la neurosis. Por entonces, comenzó
    ya a pronunciar en alta voz, durante las horas de cla-
    se, el nombre de su adorada, y este nombre se consti-
    tuyó en un «tic», que perduraba aún, más de veinte
    años después de cesar el enamoramiento del sujeto.
    A mi juicio, lo que sucedió en este caso, fué que el fir-
    me deseo del sujeto, de mantener oculto el nombre de
    su amada, se transformó, al llegar un momento de es-
    pecial excitación, en la voluntad contraria, perduran-
    do desde entonces el «tic», como en el caso de mi se-
    gunda enferma.

    Si la explicación de este ejemplo es exacta, habre-
    mos de atribuir igual mecanismo al «tic» propiamente
    coprolálico, pues las palabras groseras son secretos
    que todos conocemos, y cuyo conocimiento procura-
    mos siempre ocultarnos unos a otros 1).


    1)Indicamos, así, que merecería la pena de investigar la
    objetivación de la voluntad contraria, también fuera de la histeria
    y del «tic», donde aparece con gran frecuencia, dentro de los
    límites de lo normal.