• S.

    303

    I

    En un círculo de personas que poseen la convicción
    de que los esenciales problemas del sueño han sido re-
    sueltos por la labor investigadora del autor del presen-
    te trabajo, surgió un día la curiosidad de examinar los
    sueños que no han sido nunca soñados, esto es, aque-
    llos que el artista atribuye a los personajes de su obra
    y no pasan, por lo tanto, de ser una pura invención poé-
    tica. La proposición de investigar esta clase de sueños
    pudiera parecer ociosa y un tanto singular, pero, desde
    un cierto punto de vista, no deja de estar justificada.
    No es ni con mucho, opinión general, que los sueños
    poseen un sentido y pueden ser interpretados. La cien-
    cia y la mayoría de los hombres cultos sonríen cuando
    se les habla de una interpretación onírica. Tan solo la
    supersticiosa clase popular, que en esta cuestión pare-
    ce constituirse en depositaria de antiguas creencias,
    permanece fiel a la idea de una posible interpretación
    de los sueños, y el autor de estas líneas ha osado, en
    una de sus obras, colocarse enfrente de los severos
    principios científicos y al lado de la superstición y de
    las antiguas opiniones. Claro es que está muy lejos de
    reconocer en los sueños aquella revelación del porve-
    nir a cuyo descubrimiento tiende la humanidad, en
    vano, desde sus comienzos y por toda clase de me-
    dios, a veces harto ilícitos. Pero tampoco puede re-
    chazar por completo una cierta relación de los sueños


  • S.

    304

    con lo futuro, pues al término de una penosa labor in-
    terpretativa, se le demostró el sueño como un deseo
    del sujeto, que el fenómeno onírico le presentaba
    cumplido, y nadie puede negar que los deseos hu-
    manos se orientan predominantemente hacia el porve-
    nir.

    Afirmamos, pues, que el sueño es un deseo cum-
    plido. Aquellos que no teman emprender una difícil
    lectura y no exijan que para ahorrarles trabajo se les
    presente, aun a costa de la fidelidad y de la verdad,
    como sencillo y fácil, un complicado problema, halla-
    rán en mi obra «Interpretación de los sueños» una am-
    plia prueba de esta afirmación. Mientras tanto y para
    seguirnos en este trabajo, tendrán que echar a un lado
    las objeciones que seguramente surgirán en ellos con-
    tra esta definición de los sueños como realizaciones
    de deseos.

    Pero hemos entrado de buenas a primeras en el
    examen de algo que pertenece ya a un estadio muy
    avanzado de la investigación de los sueños. El primer
    problema que a esta investigación se presenta no es el
    de determinar si el sentido de los sueños ha de ser
    siempre una realización de deseos y no otro cual-
    quiera, tal como una expectación, un propósito, una
    reflexión, etc. Anterior a estas interrogaciones es la de
    si en realidad poseen los sueños un cualquier sentido
    y puede dárseles el valor de procesos psíquicos. La
    ciencia responde negativamente y explica los sueños
    como simples procesos fisiológicos detrás de los
    cuales no hay necesidad de buscar sentido, significado
    ni intención alguna. Durante el reposo nocturno actúan
    —según esta teoría— ciertos estímulos somáticos sobre
    nuestra vida anímica, llevando a la conciencia tan
    pronto unas como otras representaciones robadas a la

  • S.

    29

    EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS

    coherencia psíquica. De este modo, podrían ser compa-
    rados los sueños a contracciones de la vida psíquica,
    pero nunca a movimientos expresivos de la misma.

    En esta discusión sobre la naturaleza del sueño pa-
    recen los poetas situarse al lado de los antiguos, de la
    superstición popular y del autor de estas líneas y de la
    «Interpretación de los sueños», pues cuando hacen so-
    ñar a los personajes creados por su fantasía, no sólo se
    conforman a la cotidiana experiencia de que el pensa-
    miento y la sensibilidad de los hombres continúan vivos
    en el estado de reposo nocturno, sino que al presentar-
    nos los sueños de sus personajes, su intención es pre-
    cisamente la de darnos a conocer por medio de ellos
    los estados de alma de los mismos. Y los poetas son
    valiosísimos aliados, cuyo testimonio debe estimarse
    en alto grado, pues suelen conocer muchas cosas exis-
    tentes entre el cielo y la tierra y que ni siquiera sospe-
    cha nuestra filosofía. En la Psicología, sobre todo, se
    hallan muy por encima de nosotros, los hombres vul-
    gares, pues beben en fuentes que no hemos logrado aún
    hacer accesibles a la ciencia. Desgraciadamente esta
    aceptación por los poetas, de la naturaleza significati-
    va de los sueños, no es todo lo inequívoca que fuera
    de desear, pues una penetrante crítica pudiera objetar-
    nos que el poeta no toma partido en pro ni en contra
    de la significación psíquica de cada sueño, sino que se
    limita a mostrar cómo el alma dormida se contrae bajo
    el efecto de las excitaciones que como restos de la
    vida despierta han permanecido vivas en ella.

    El que los poetas no nos ofrezcan todo el apoyo que
    de ellos esperábamos, no ha de debilitar, sin embargo,
    el interés que nos inspira la forma en que se sirven de
    los sueños como medio auxiliar de la creación artísti-
    ca. Aunque nuestra investigación no haya de descu-


    — 305 —

  • S.

    306

    PROF. S. FREUD

    brirnos nada nuevo sobre la esencia del fenómeno
    anímico, nos presentará quizá una visión, bajo un
    nuevo ángulo, de la naturaleza de la producción poé-
    tica. Pero si los verdaderos sueños pasan por ser crea-
    ciones totalmente contingentes y desprovistas de toda
    norma ¡qué no serán las libres imitaciones poéticas de
    los mismos! Afortunadamente, la vida anímica posee
    mucha menos libertad y arbitrariedad de lo que supo-
    nemos, y hasta quizá carezca de ellas en absoluto. Lo
    que en el mundo exterior nos hallamos acostumbrados
    a calificar de casualidad, demuestra luego hallarse
    compuesto de múltiples leyes, y también lo que en el
    mundo psíquico denominamos arbitrariedad reposa
    sobre estrictas normas que, por ahora, sólo oscura-
    mente sospechamos.

    Dos caminos distintos se nos ofrecen para empren-
    der esta investigación. Sería uno el profundizar en un
    caso especial, esto es, en los sueños atribuídos por un
    poeta a los personajes de una de sus obras. El otro
    consistiría en la exposición conjunta y paralela de to-
    dos los ejemplos de empleo literario de los sueños, que
    pudiésemos hallar en las obras de diversos autores.
    Este segundo camino me parece el más conveniente y
    quizá el único justificado, pues nos protegería contra
    los peligros que para nuestra labor ha de suponer la
    aceptación de un artificial concepto unitario—«el poe-
    ta»— que en la investigación se fragmentaria, indivi-
    dualizándose y dando paso a la diversidad de los mu-
    chos «poetas» conocidos, a los que estimamos muy di-
    ferentemente y entre los que estamos acostumbrados a
    hallar aquellas figuras que aislamos del conjunto para
    venerarlas como las de los más profundos conoce-
    dores del alma humana. No obstante, tenemos que em-
    prender en el presente trabajo el primero de los cami-
    nos.

  • S.

    307

    EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS

    nos antes señalados. Débese esto a que una de las
    personas del círculo en que surgió la idea de esta in-
    vestigación, manifestó haber leído últimamente, con
    agrado, una obra literaria en la que se hallaban conte-
    nidos varios sueños, los cuales, por presentar aque-
    llas características que su estudio del fenómeno oníri-
    co le había hecho familiares, le invitaban a aplicar a
    ellos el método de interpretación expuesto en nuestra
    antes citada obra. Confesó, además, la persona en
    quien surgió esta idea, que el agrado que le había pro-
    ducido la lectura de la obra a que se refería, dependía
    con seguridad, en gran parte, de circunstancias pura-
    mente subjetivas, pues el desarrollarse la acción en
    Pompeya y ser el protagonista un joven arqueólogo que
    traslada todo su interés, desde la vida real, a los restos
    de la antigüedad clásica, hasta que por un medio indi-
    recto, pero perfectamente admisible, es atraído de nuevo
    a la vida presente, eran hechos que despertaron en él
    íntimas resonancias. La obra a que nuestro amigo se
    refería era la novelita titulada «Gradiva», a la que
    W. Jensen, su autor, califica de «fantasía pompeyana».

    Ruego ahora a mis lectores, que abandonen el pre-
    sente libro y lo sustituyan por la novela citada, apare-
    cida en 1903, con objeto de que, en adelante, pueda yo
    referirme a algo conocido. Para aquellos otros que co-
    nocen ya la «Gradiva» expondré aquí una ligera sín-
    tesis de su contenido, que despierte en su memoria el
    recuerdo de la totalidad, y confío en que, al mis-
    mo tiempo, el de las bellezas que en la misma se con-
    tienen y que en una síntesis no pueden por menos de
    desaparecer.

    Un joven arqueólogo, Norberto Hanold, descubre en
    un museo de Roma una figura en bajo relieve, que
    desde el primer momento ejerce sobre él una particular

  • S.

    308

    atracción. Deseoso de contemplarla y estudiarla con
    todo detenimiento, hace sacar una copia en escayola y
    la transporta a su domicilio, en una ciudad universita-
    ria alemana, colocándola en sitio preferente de su ga-
    binete de estudio. La figura representada en el bajorre-
    lieve es la de una muchacha, ya plenamente formada,
    que, en actitud de andar, recoge sus amplias vestidu-
    ras dejando ver sus pies, calzados de sandalias, uno de los
    cuales reposa por entero en el suelo mientras el otro
    sólo se apoya ya sobre las puntas de los dedos, que-
    dando la planta y el talón casi perpendiculares a tierra.
    Este paso poco vulgar, cuyo especial atractivo quiso
    el artista fijar en su obra escultórica, es también lo que
    siglos después, encadena la atención de nuestro ar-
    queólogo.

    El interés que la figura descrita despierta en el pro-
    tagonista de la novela, constituye el hecho psicológico
    fundamental de la misma y resulta un tanto singular,
    pues «el doctor Norberto Hanold, catedrático de Ar-
    queología, no hallaba en aquel relieve nada que desde
    el punto de vista científico de su disciplina justifica-
    ra una especial atención». «No conseguía explicarse lo
    que en él le había interesado, sólo sabía que desde
    el primer momento se había sentido dominado por
    una intensa atracción que el tiempo no lograba de-
    bilitar.» Su fantasía no deja un solo momento de ocu-
    parse de la singular imagen, en la que halla algo
    vivo y «presente», como si el artista hubiera trasla-
    dado a su obra una visión «del natural» percibida
    momentos antes en un paseo por las calles. Tanta vida
    toma en su imaginación aquella figura, que acaba por
    darla el nombre de «Gradiva» —«la que avanza»— y
    suponerla perteneciente a una noble familia, hija quizá
    «de un edil patricio que ejercía su cargo bajo la advo-

  • S.

    309

    EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS

    cación de Ceres.» El relieve la representaría en el mo
    mento de dirigirse hacia el templo de esta diosa. Mas,
    después, le parece contrario a la serena naturaleza de
    la figura, encuadrarla en el bullicio de una gran ciudad
    y llega a la convicción de que el vivo modelo copiado
    por el desconocido artista no pudo habitar sino en
    Pompeya, donde con su andar característico hollaría
    aquellas singulares hiladas de piedras, descubiertas en
    las excavaciones, que, sin estorbar el tránsito rodado,
    permitían a los transeuntes atravesar las calles a pie
    enjuto en tiempo de lluvia. Por otro lado, parecién-
    dole hallar en los rasgos fisonómicos de Gradiva un
    cierto corte griego, deduce que los ascendientes
    de la bella muchacha debieron ser de origen heleno.
    De este modo va nuestro buen arqueólogo poniendo
    toda su ciencia de la antigüedad al servicio de sus fan-
    tasías sobre el modelo del bajorrelieve.

    En medio de tales imaginaciones surge en él una
    interrogación crítica, que cree científicamente motiva-
    da. Trátase de determinar «si el artista ha reprodu-
    cido en su obra una realidad viva», esto es, si el
    singular movimiento con que Gradiva avanza, co-
    rresponde a algo efectivo, aunque poco común. No
    pudiendo Hanold resolver este problema sino por me-
    dio de la observación directa, se ve forzado a empren-
    der una actividad totalmente opuesta a sus hábitos
    personales. En efecto, «el sexo femenino no había sido
    para él, hasta aquel momento, más que un concepto
    expresado en mármol o bronce, sin que jamás hubiese
    concedido la menor atención a aquellas representantes
    del mismo que vivían y alentaban en derredor suyo.»
    Los deberes sociales le habían parecido siempre una
    insoportable molestia, y cuando alguna vez pasaba
    breves instantes en una reunión femenina, se fijaba


  • S.

    310

    tan poco en sus interlocutoras, que en días sucesivos,
    pasaba a su lado sin saludarlas, cosa que, naturalmen-
    te, no le hacía ganar muchas simpatías entre las mu-
    jeres. Mas ahora, la misión científica que se había im-
    puesto, le obligaba a observar a todas las que encon-
    traba, fijándose con especial interés en su modo de
    pisar. Esta actividad hubo de valerle numerosas mira-
    das femeninas, tanto disgustadas como halagadas,
    «sin que él llegara nunca a darse cuenta del significa-
    do de unas ni de otras». Como resultado de este cuida-
    doso estudio tuvo que admitir que el modo de andar
    de Gradiva no se daba en la realidad, conclusión
    que le produjo gran disgusto.

    Poco después tiene un terrible sueño en el que se ve
    transportado a la antigua Pompeya precisamente en el
    día en que la erupción del Vesubio sepulta la ciudad
    bajo su ardiente lava. «Hallándose en el Foro, cerca
    del templo de Júpiter, ve de repente ante sí a la propia
    Gradiva. Hasta aquel momento no había ni siquiera
    imaginado que pudiera hallarla en aquellos lugares,
    mas, en el acto, le parece naturalísimo el encuentro,
    puesto que se trata de una pompeyana que vive en su
    ciudad natal, y sin que él tuviera de ello
    la menor sospecha, en la misma época que
    él». Sabiendo el peligro inminente que a todos ame-
    naza, lanza Hanold un grito como queriendo pre-
    venir a la bella muchacha. Gradiva se vuelve un
    instante hacia él, pero, después, sigue indiferente
    su camino hacia el templo, y sentándose en la esca-
    linata del pórtico, reclina lentamente su cabeza sobre
    la fría piedra, mientras su rostro va adquiriendo la
    rígida palidez del marmol. Norberto se dirige hacia
    ella, pero al llegar a su lado, la encuentra como su-
    mida, con serena expresión, en un profundo sueño.

  • S.

    311

    EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS

    La lluvia de cenizas, haciéndo-
    se cada vez más densa,
    acaba por enterrar la bella figura yacente.

    Al despertar de su sueño resuenan aún en los oídos
    de Norberto los gritos de angustia de los pompeya-
    nos y el sordo mugir del mar embravecido. Pero aun des-
    pués de recobrar el dominio sobre su pensamiento y
    reconocer en tales ruidos los de la populosa calle a la
    que da su alcoba, continúa por largo tiempo creyendo
    en la realidad de lo soñado, y todavía después de ha-
    ber rechazado la idea de que dos mil años antes había
    asistido a la destrucción de Pompeya, perdura en él la
    convicción de que Gradiva había vivido en dicha ciu-
    dad y perecido en la catástrofe que la sepultó el año 79.
    Este sueño da tal impulso a las fantasías del joven ar-
    queólogo, que el pensamiento de la muerte de Gradi-
    va le produce igual emoción que si se tratase de una
    persona querida.

    Asomado a la ventana, dejaba así vagar sus pensa-
    mientos, cuando los trinos de un canario que cantaba
    dentro de su jaula, colgada en la abierta ventana de
    la casa frontera, atrajeron su atención. Brusca-
    mente, como si fuera ahora cuando despertase de su sueño,
    salió de su ensimisma-
    miento, y al dirigir su mirada
    hacia la calle creyó ver pasar ante su casa una figura
    femenina semejante a su Gradiva y hasta quiso re-
    conocer el paso caracterís-
    tico que tan en vano hubo de
    buscar anteriormente. Sin darse exacta cuenta de sus
    actos, salió de su casa en persecu-
    ción de la desconoci-
    da, y sólo el asombro y la burla de la gente al verle
    correr por las calles a medio vestir le hizo retornar a
    su habitación sin haber conseguido su propósi-
    to. Aco-
    dado de nuevo a la ventana, se comparó con aquel
    canario que cantaba en la casa vecina. También a él
    le parecía hallarse prisione-
    ro, pero si quería, podía

  • S.

    312

    evadirse de su jaula. Como una nueva consecuencia
    de su sueño y quizá también por el influjo del dulce
    ambiente primaveral, surgió en él la decisión de em-
    prender un viaje a Italia, para el que halló en seguida
    un pretexto científico, aunque reconocía que «el impul-
    so a emprender aquel viaje había sido determinado en
    él por una sensación indefinible».

    Hemos de detenernos un momento, al llegar a esta
    decisión tan vagamente motivada, con objeto de for-
    marnos una más concreta idea de la personalidad y la
    conducta de nuestro héroe, el cual nos resulta hasta
    ahora un tanto incomprensible e insensato, pues no
    conocemos aún por qué caminos llegará a adquirir su
    particular locura un carácter general humano que des-
    pierte nuestra simpatía. Mas el dejarnos en una tal in-
    seguridad durante algún tiempo es un derecho innega-
    ble del poeta, que con la belleza de su estilo y la inge-
    niosidad de su trama imaginativa, recompensa la
    confianza que en él ponemos y la simpatía que nos ha-
    llamos dispuestos a conceder al protagonista de su
    obra. Entre los datos que sobre el mismo nos propor-
    ciona, hallamos los de que fué desde luego consagra-
    do, por tradición de familia, a la ciencia arqueológica y
    que cuando, a la muerte de sus padres, quedó aislado
    e independiente, se sumió por completo en sus estu-
    dios, apartándose de la vida exterior y de los goces
    que la misma ofrece a la juventud. El marmol y
    el bronce fueron siempre para él lo verdaderamen-
    te vivo y lo único que podía dar objeto y valor a
    la existencia. Mas la naturaleza—quizá con piado-
    sa intención—hubo de dotarle con una cualidad nada
    científica que sirviese de correctivo a las anterio-
    res: una arrebatada fantasía, que no se manifestaba
    tan solo en sus sueños sino también, a veces, en su

  • S.

    313

    EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS

    actividad despierta. Una tal disociación entre su labor
    intelectual y su fantasía le predestinaba a acabar en
    poeta o en neurótico, incluyéndolo entre aquellos hom-
    bres cuyo reino no es de este mundo. Así pudo suce-
    der que permaneciera obsesionado por la juvenil figura
    femenina del bajorrelieve, y que, entretejiéndola en su
    fantasía, la personificara, dándola un nombre y si-
    tuando su vida en la ciudad de Pompeya, destruída por
    el Vesubio mil ochocientos años atrás. Por último,
    después de un singular sueño de angustia, o pesadilla,
    pasa esta fantasía de la existencia y muerte de la per-
    sonificada Gradiva a constituirse en un delirio que in-
    fluye ya en sus actos. Estos fenómenos de la fantasía
    nos parecerían extraños e incomprensibles si los hallá-
    semos en una persona viva. Mas como Norberto Ha-
    nold, nuestro héroe, no pasa de ser un ente de ficción
    creado por el poeta, quisiéramos arriesgarnos a diri-
    gir a éste la pregunta de si su fantasía no ha sido
    quizá determinada por poderes distintos de su propia
    voluntad contingente.

    Abandonamos antes a nuestro joven arqueólogo en
    el momento en que el canto de un canario enjaulado
    parece sugerirle la idea de un viaje a Italia, sin que él
    mismo se de cuenta exacta del motivo que le impulsa
    a partir ni tampoco del fin y objeto que con el tal viaje
    se propone. Llegado a Italia, un íntimo desasosiego le
    lleva de ciudad en ciudad mezclado con la nube de
    turistas y jóvenes parejas en viaje de novios que inva-
    de en primavera la bella península latina. La ternura
    de los amorosos recién casados le parece incompren-
    sible y le lleva a sentar la conclusión de que entre
    todas las locuras humanas «la mayor y más incom-
    prensible es el matrimonio; sobre todo, coronado por
    el neciamente indispensable viaje a Italia.» Huyendo

    – 313 –

  • S.

    314

    de una de tales tiernas parejas, que no cesa de arru-
    llarse en la habitación vecina a la suya, sale de Roma
    para Nápoles; mas allí tropieza con otras de igual
    género, y al enterarse de que la mayoría de ellas, si-
    guiendo un clásico itinerario, no hacen sino una rapi-
    dísima visita a Pompeya y salen luego para Capri,
    decide, para librarse de ellas, seguir una opuesta con-
    ducta. De este modo y «contrariamente a lo que se
    había propuesto al emprender el viaje», llega a Pompe-
    ya a los pocos días de salir de su casa.

    Mas tampoco aquí encuentra la deseada paz. La
    misión de mantener su ánimo en un continuo estado de
    irritación y desasosiego, de la que hasta entonces se
    habían encargado los amorosos matrimonios recien-
    tes, es asumida ahora por las innumerables y pegajo-
    sas moscas meridionales, en las que acaba por ver
    Norberto la encarnación de lo absolutamente perverso
    e inútil. Reuniendo en una unidad las dos plagas que
    le han atormentado, le parece volver a hallar a las
    parejas conyugales en las moscas que revolotean dos
    a dos, y supone que, en su idioma, se interpelarán con
    los mismos dulces apelativos. Sin embargo, acaba por
    darse cuenta de que «su disgusto no depende única-
    mente de circunstancias exteriores, sino que tiene, en
    parte, un origen íntimo», pues «siente que se halla mal-
    humorado porque le falta algo, sin que pueda precisar
    el qué.»

    A la mañana siguiente se encamina hacia la destruí-
    da ciudad, y después de despedir al guía, se pone a
    recorrerla al azar, sin acordarse siquiera, por un sin-
    gular olvido, de su reciente sueño, en el que fué testigo
    de la catástrofe que hubo de sepultarla. Cuando luego,
    en la «cálida y divina» hora de mediodía, que para los
    antiguos era la de los espíritus, han desaparecido

  • S.

    315

    EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS

    todos los visitantes y no quedan ante él sino las soli-
    tarias ruinas bañadas por el ardiente sol, surge en el
    arqueólogo la capacidad de trasladarse a las pasadas
    épocas, mas no ya con ayuda de la ciencia. «Lo que
    ésta enseña es una fría concepción arqueológica ex-
    presada en un muerto idioma filológico e insuficiente
    para llegar a la comprensión del alma de las cosas.
    Aquel que sienta el anhelo de adentrarse en la íntima
    realidad de Pompeya habrá de pasar solitario esta ar-
    diente hora meridiana entre los restos del pasado y mi-
    rar y oir con algo de más sutil capacidad de percep-
    ción que los ojos y los oídos. Sólo entonces verá des-
    pertar de nuevo a los muertos y comenzará a vivir
    Pompeya ante él.»

    Hallándose Hanold entregado a esta evocación del
    pasado en su fantasía, ve de repente salir de una casa
    cercana y atravesar la calle, a la propia Gradiva del
    bajorrelieve, tal y como en su sueño se le había apa-
    recido camino del templo de Apolo. «Este recuerdo
    de su sueño le hizo darse cuenta de algo de que hasta
    el momento no había tenido conciencia. Si, aun igno-
    rando el impulso interior que le había decidido a em-
    prender el viaje, había partido para Italia, y sin detener-
    se en Roma ni en Nápoles, había llegado hasta Pom-
    peya, era con el propósito de buscar en esta ciudad
    las huellas de su Gradiva. Y precisamente las huellas
    en el propio y estricto sentido de la palabra, pues el
    característico paso de la fantástica beldad debía de ha-
    ber dejado una impronta inconfundible en la ceniza de
    las calles pompeyanas.»

    La tensión en que nos mantiene el poeta, se eleva
    ahora por unos momentos hasta la categoría de una
    penosa confusión. Encontramos ya desconcertante, no
    sólo el franco desequilibrio del protagonista sino la

  • S.

    316

    aparición de la Gradiva, que hasta ahora no había pa
    sado de ser primero una figura escultórica y luego una
    creación de la fantasía de Hanold. ¿Se trata de una
    alucinación de éste, perturbado por el delirio, de un
    fantasma «real» o de una persona de carne y hueso?
    Claro es, que esta interrogación no implica el que
    creamos en los aparecidos. El poeta, que califica su
    obra de «fantasía», no nos ha dicho aún si se propone
    dejarnos en nuestro mundo, regido por las leyes cien-
    tíficas, o por lo contrario, intenta conducirnos a otro
    mundo fantástico en el que se concede realidad a los
    espíritus y al que, recordando los ejemplos del Hamlet
    y del Macbeth shakespea-
    rianos, nos hallamos, en cali
    dad de lectores, dispuestos a seguirle, aunque el deli
    rio del imaginativo arqueólo-
    go sea de muy distinto gé
    nero. Considerando la inverosimi-
    litud de la real
    existencia de una persona cuyo aspecto exterior copie
    fielmente el de una escultura antigua, habremos de
    pensar que la aparición de Gradiva entre las ruinas de
    Pompeya no puede ser sino una alucinación de Hanold
    o un fantasma meridiano. Mas un detalle del relato ex
    cluye la primera de estas dos interpretaciones. Una
    gran lagartija yace inmóvil tomando el sol sobre una
    piedra, y al acercarse Gradiva, huye asustada a su ma
    driguera. No se trata, pues, de una alucinación de Nor
    berto, sino de algo por completo exterior a él. Mas, por
    otra parte, no creemos que un fantasma pueda con su
    ingrávido paso turbar la tranquilidad de una lagartija.
    Llegada ante la Casa de Meleagro, desaparece la
    figura de Gradiva. No nos maravilla que Norberto
    Hanold prosiga ahora su delirio suponiendo que la an
    tigua Pompeya revive en la hora del mediodía,-
    consagrada a los espíritus, y que, de este modo, es la propia
    Gradiva resucita-
    da, la que pasando ante él, ha entrado

  • S.

    317

    EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS

    en la casa que habitó hasta el fatal día de Agosto del
    año 79 en que el Vesubio sepultó a la ciudad entre lava
    y cenizas. Por la imaginación de Norberto Hanold
    cruzan rápidamente las más sutiles hipótesis sobre la
    personalidad del dueño de aquella casa y el parentesco
    que Gradiva pudiera tener con él, probándonos que su
    ciencia arqueológica se ha colocado ya por completo
    al servicio de su fantasía. Al penetrar, a su vez, en la
    casa, halla de nuevo ante sí a la singular aparición, sen-
    tada en una pequeña gradería entre dos columnas.
    «Sobre sus rodillas mantenía extendido algo muy
    blanco, cuya naturaleza no pudo Hanold determinar a
    primera vista, pero que le pareció ser una hoja de pa-
    piro.» Habiendo atribuído a Gradiva, en una de sus
    imaginaciones, un origen griego, la interpela en esta
    lengua, lleno de ansiedad por averiguar si la aparición
    posee en su ficticia vida el don de la palabra. Luego,
    al no obtener respuesta, comienza a interrogarla en
    latín. Y he aquí que el bello fantasma sonríe dulcemen-
    te y exclama: «Si quiere que le comprenda, hábleme en
    alemán.»

    ¡Qué vergüenza para nosotros los lectores! Resulta
    que el poeta se ha burlado de nosotros, y para obli-
    garnos a juzgar con una mayor benevolencia a su hé-
    roe, nos ha hecho caer en un pequeño delirio, como si
    sobre nuestras facultades intelectuales hubiese actuado
    un reflejo de aquel ardiente sol del mediodía pompe-
    yano, que cae a plomo sobre la frente del infeliz Nor-
    berto. Mas curados ya de nuestro momentáneo desva-
    río, vemos ahora, que la Gradiva que creímos fantas-
    mal aparición no es sino una muchacha alemana de
    carne y hueso, hipótesis que antes rechazamos como
    la más inverosímil. Podemos ya, por lo tanto, esperar
    con toda calma y serenidad, que el poeta nos muestre,

  • S.

    318

    PROF. S. FREUD

    en primer lugar, la relación existente entre esta mucha-
    cha y su imagen en piedra, y en segundo, cómo el jo-
    ven arqueólogo ha podido llegar a las fantasías que
    atribuían, no sin cierta razón por lo que vemos, una
    existencia real a dicha imagen.

    En cambio, el delirio de Hanold no queda tan rápida-
    mente disipado como el nuestro, pues la dicha que el
    encontrar realizada su fantasía le produce, le hace ad-
    mitir las más inverosímiles circunstancias, y además,
    su delirio posee seguramente raíces íntimas de las que
    nada sabemos y que al nuestro faltan por completo.
    Para hacerle volver a la realidad ha de ser necesario
    un penetrante y duradero tratamiento, y de este modo,
    lo único que por el momento podrá hacer es adaptar a
    su delirio su nueva y maravillosa aventura. Gradiva,
    muerta entre la ceniza que sepultó a Pompeya, no pue-
    de ser para él más que un fantasma que sale de su tum-
    ba a la hora meridiana, consagrada a los espíritus.
    ¿Mas, entonces, por qué al oir las palabras que la mu-
    chacha pronuncia en alemán, exclama sin un instante
    de vacilación: «Ya sabía yo que tu voz resonaba así.»?
    Es ésta una interrogación que como nosotros hubo de
    presentar la muchacha, y Hanold se ve obligado a
    conceder que no oyó nunca antes su voz, pero que es-
    peró oirla cuando en su sueño la habló, mientras ella,
    silenciosa, se reclinaba para dormir y morir, sobre las
    gradas de la escalinata del templo. Norberto la pide
    ahora que repita aquella escena, mas al oirle, se levan-
    ta la muchacha y, mirándole con extrañeza, se aleja,
    desapareciendo a poco entre las columnas del patio,
    sin contestar a la pregunta que él le hace de si volverá
    allí a la misma hora del siguiente día. Poco antes ha-
    bía revoloteado en torno de ella una bella mariposa en
    la que Hanold ve después un emisario de Hades, el dios

  • S.

    319

    EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS

    infernal, comisionado para advertir a Gradiva el pró-
    ximo final del breve plazo concedido a los espíritus
    para vagar fuera de sus tumbas. Pero nosotros pode-
    mos ya permitirnos interpretaciones menos fantásticas
    y nos quiere parecer como si la muchacha, descono-
    ciendo el sueño del joven arqueólogo, hubiese hallado
    algo incorrecto en la proposición del mismo y se refi-
    rara ofendida. Quizá su sensibilidad percibiera la na-
    turaleza erótica del deseo de Hanold, que para éste re-
    sultaba únicamente motivado por una relación con su
    sueño.

    Tras de la desaparición de Gradiva pasa Norberto
    revista a los huéspedes del «Hotel Diomède» y del
    «Hotel Suisse», las dos únicas hospederías que le son
    conocidas en Pompeya, y en ninguna de las dos en-
    cuentra muchacha alguna que presente una semejanza,
    siquiera lejana, con su bello fantasma, resultado que
    se conforma en todo a sus esperanzas, pues desde el
    primer momento había rechazado como inverosímil e
    insensata la hipótesis contraria. El vino fermentado
    en los cálidos lagares del suelo vesubiano hace luego
    más intenso el desvarío en que Hanold pasa aquella
    tarde.

    Al día siguiente, dando tiempo a que llegase la hora
    meridiana, en la que de nuevo debe hallarse en la casa
    de Meleagro, entra Hanold en las ruinas, a despecho
    de todos los reglamentos, por una brecha del viejo
    murallón de la ciudad. A su paso, halla una florida
    rama de asfodelo, y recordando que los antiguos de-
    cían ser ésta la flor que crecía en el Averno, la corta y
    lleva consigo como la más apropiada a las circunstan-
    cias. Mientras, impaciente, recorre las ruinas, piensa
    en que la Arqueología es ya para él lo más inútil e in-
    diferente del mundo, pues otro distinto interés se ha.

  • S.

    320

    PROF. S. FREUD

    apoderado por completo de sus facultades intelectua-
    les. Trátase de hallar «de qué sustancia puede ser la
    aparición corpórea de un ser tal como Gradiva, que,
    simultáneamente, está muerto y, aunque tan solo du-
    rante la hora meridiana, vivo». Al mismo tiempo que
    da vueltas a estos pensamientos, teme no hallar a la es-
    perada aparición, suponiendo que quizá sólo con lar-
    gos intervalos le es permitido retornar al mundo, y
    cuando vuelve a encontrarla en el mismo lugar e idén-
    tica actitud que la víspera, la cree primero una alucina-
    ción de su acalorada fantasía y exclama dolorosamen-
    te: «¡Oh, si fueses verdad y vivieras!» Pero esta vez ha
    dudado con exceso del testimonio de sus sentidos, pues
    la aparición deja de nuevo oír su voz preguntándole si
    aquellas flores que en la mano trae las ha cogido para
    ella y entabla luego con él, nuevamente desconcertado,
    un largo coloquio. Para nosotros, los lectores, a los
    que nos interesa ya Gradiva como una viva personali-
    dad, observa el poeta, que el disgusto y la repulsa que
    se leían el día anterior en sus ojos, se han trocado en
    una expresión de curioso interés. Efectivamente, la
    bella desconocida somete a Hanold a un minucioso in-
    terrogatorio encaminado a lograr una explicación de su
    extraña demanda del día anterior. Norberto la revela su
    sueño y toda la historia de la atracción que su elásti-
    co paso ejerció sobre él desde el primer instante. A
    ruegos del joven, consiente luego ella en andar unos
    pasos ante él y camina, realmente, del mismo gracio-
    so modo que mostraba la escultura. Sólo una diferen-
    cia halla el arqueólogo: a las sandalias que la figura
    del bajorrelieve calzaba se sustituían ahora unas finas
    botas de cuero amarillento, sustitución que ella explica
    por la necesidad de adaptarse a los nuevos usos. En
    todo este diálogo observamos que la muchacha sigue

  • S.

    321

    EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS

    dócilmente el delirio de Hanold, y sin contradecirle
    nunca, logra que el joven vaya descubriéndola su fan-
    tasía en toda su amplitud. Una sola vez parece que un
    sentimiento propio va a apartarla de su papel, cuando
    él, pensando en la figura del bajorrelieve, dice que en
    cuanto la vio entre las ruinas de Pompeya la reconoció
    sin vacilar un solo instante. Como en este lugar del
    diálogo no ha hablado aún Hanold, para nada, de la
    escultura del museo romano, tiene ella un movimiento
    de sorpresa, pero se repone en seguida, y desde este
    momento nos quiere parecer que algunas de sus frases
    presentan un doble sentido, esto es, que además de su
    conexión con el delirio de Norberto se refieren oculta-
    mente a algo real y presente, por ejemplo, cuando la
    mentando el fracaso del arqueólogo al querer compro-
    bar la existencia real de los andares de la escultura,
    exclama: «¡Qué lástima, quizá hubieras podido aho-
    rrarte el largo viaje hasta Pompeya!» Hanold la revela
    después el nombre de «Gradiva» que dió a su imagen
    escultórica y ella le dice que el suyo verdadero es el de
    Zoe. «Es un bello nombre—objeta Hanold—, mas a
    mis oídos suena como una amarga burla, pues signi-
    fica «vida». —«Hay que aceptar lo irremediable y ya
    hace largo tiempo que me he acostumbrado a estar
    muerta—replica ella, y con la promesa de retornar a
    igual hora del día siguiente, se despide, después de pe-
    dirle la rama de asfodelo que todavía conserva él en
    su mano. «A las mujeres que aún alientan sobre la tie-
    rra es costumbre ofrecer rosas, en primavera; para mí
    es más apropiado recibir de tus manos la flor del ol-
    vido».

    Comenzamos ahora a comprender y una esperanza
    surge, aún vacilante, en nosotros. Si la muchacha en
    cuya figura ha encarnado Hanold a su Gradiva se

  • S.

    322

    adapta tan de buen grado al delirio del joven arqueó
    logo, es, probablemente, para librarle de él. No existe
    otro camino para ello, y la contradicción alejaría esta
    única posibilidad de cura. El mismo tratamiento médi
    co de una tal dolencia psíquica no tendría tampoco más
    remedio que situarse, al principio, en el plano de la
    fantástica construcción mental del sujeto para poder
    investigarla lo más completamente posible. Si Zoe se
    halla capacitada para una tal empresa, la continuación
    de la novela nos mostrará en qué forma se lleva a cabo
    la curación de un delirio como el de nuestro héroe.
    Mas también quisiéramos saber en qué condiciones se
    verifica la génesis de una tal perturbación. Sería sin
    gular –aunque no sin precedentes– que el tratamiento
    y la investigación de un delirio de este género, coinci
    dieran, y que la explicación de la génesis del mismo
    surgiera de su propio análisis. Sospechamos, cierta
    mente, que nuestro caso patológico podrá entonces
    resolverse en una «vulgar» historia amorosa, pero, de
    todos modos, no debe despreciarse el amor como
    poder curativo de los delirios y debemos tener en cuen
    ta que la atracción ejercida sobre nuestro héroe por la
    figura escultórica de Gradiva, no es, en definitiva, sino
    un enamoramiento, aunque sea de algo pretérito e
    inanimado.

    Al desaparecer Gradiva tras de esta última entrevis
    ta, se oye en la lejanía algo como una aguda risa, el
    grito quizá de un pájaro que vuela sobre las ruinas.
    Norberto ve en el suelo un objeto blanco que la Gradi
    va ha dejado olvidado, el mismo que ayer creyó un
    papiro y que, en realidad, no es sino un libro de apun
    tes con algunos dibujos a lápiz, de diversos rincones
    de Pompeya. Nosotros, psicoanalíticos, diríamos que
    este olvido de Gradiva constituye una prenda de su

  • S.

    323

    EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS

    retorno, pues sabemos que nada se olvida sin una
    secreta razón o un oculto motivo.

    El resto del día proporciona a Hanold multitud de re-
    velaciones y conclusiones que, sin embargo, desdeña
    reunir formando una totalidad. En el muro del pórtico
    por el que Gradiva ha desaparecido, descubre hoy Nor-
    berto una hendidura, que aunque estrecha, puede dar
    paso perfectamente a una persona de extraordinaria
    delgadez. De este modo, reconoce nuestro héroe que
    Zoe-Gradiva no necesitó, para desaparecer, sumirse
    en las entrañas de la tierra, cosa que ahora le parece
    tan irracional, que se avergüenza de haberlo antes
    creído, sino que podría utilizar aquel camino para vol-
    ver a su tumba, situada quizá al final de una larga ca-
    lle, frente a la llamada «Villa de Diomedes», lugar por
    el que cree luego Norberto ver alejarse una fugacísima
    sombra.

    Entregado por completo a su delirio, recorrió aquella
    tarde el arqueólogo los alrededores de Pompeya, dan-
    do vueltas en su imaginación al mismo problema que
    el día anterior, esto es, cuál pudiera ser la constitución
    física de Zoe-Gradiva y si se experimentaría o no algu-
    na sensación táctil al tocar su mano. Un singular im-
    pulso le inducía a intentar este experimento, mas al
    mismo tiempo, la sola idea de realizarlo le producía
    espanto. En la soleada vertiente de una colina, encon-
    tró a un señor ya maduro, que por los trebejos de que
    iba armado tenía que ser un zoólogo o botanista y se
    hallaba, al parecer, ocupado en la busca de algún ejem-
    plar interesante. Al sentir los pasos de Hanold, volvió
    la cabeza y, como reconociéndole, le dijo: «¿Se inte-
    resa usted también por los «faraglionensis»? No creí yo
    que pudieran encontrarse fuera de la isla de Capri, pero
    ahora me parece muy probable que también existan en

  • S.

    324

    el continente. El medio que mi colega Eimer ha inventa-
    do para cazarlos, es excelente. Yo lo he experimentado
    ya varias veces con éxito satisfactorio. Estése usted
    quieto un momento.» Interrumpióse aquí el zoólogo y
    mantuvo sobre una grieta del suelo, por la que asoma-
    ba la verdosa cabeza de una lagartija, un lazo forma-
    do por un largo tallo de hierba. Hanold aprovechó esta
    ocasión de alejarse y prosiguió su paseo pensando con
    burlona crítica en la increíble necedad de las gentes
    que por tan absurdos motivos como el de cazar un
    lagarto emprenden el largo y fatigoso viaje hasta
    Pompeya. Mas en esta crítica no se incluye a sí mis-
    mo, olvidando que lo que hasta la muerta ciudad le ha
    traído a él es algo aún más singular: el propósito de
    buscar en las cenizas de Pompeya las huellas de la
    Gradiva. Al mismo tiempo, la fisonomía del cazador de
    lagartos, que se había dirigido a él como a persona de
    su trato, le parecía conocida, quizá por haberle visto
    de pasada en uno de los dos hoteles que había visita-
    do. Continuando su paseo, llega luego Norberto, por
    un camino lateral, a una hospedería cuya existencia no
    sospechaba: el «Albergodel Sole». El posadero, ocio-
    so a aquella hora, aprovecha la ocasión para recomen-
    darle su casa y los tesoros que, a su decir, contiene.
    Entre otras cosas, afirma haberse hallado presente
    cuando en las proximidades del Foro fueron descu-
    biertos los cuerpos de unos jóvenes amantes que al
    sentir cercana su última hora en la catástrofe que ani-
    quiló la ciudad, se abrazaron estrechamente y espera-
    ron así la muerte. Hanold conocía ya esta historia y
    la había considerado siempre como una mentirosa
    fábula, pero hoy hallaron en él las palabras del hos-
    telero una total credulidad, que se hizo aún mayor
    cuando el avispado comerciante le enseñó una fábula

  • S.

    325

    EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS

    de bronce, recubierta de verdosa pátina, pretendiendo
    haber presenciado su descubrimiento entre las cenizas
    que cubrían los cuerpos de los amantes. Hanold com-
    pró la fíbula sin la menor vacilación crítica, y cuando,
    al abandonar el «albergo», vió en el pretil de una abier-
    ta ventana, una florida rama de asfodelos, le pareció
    que la presencia de la funeraria flor en aquellos lugares
    constituía una confirmación de la legitimidad de la joya
    adquirida.

    Pero con esta adquisición se apoderó de él un nue-
    vo delirio, o más bien realizó el antiguo un progreso,
    síntoma nada favorable al éxito de la terapia iniciada.
    La amante pareja había sido descubierta cerca del
    Foro, y en estos mismos lugares se hallaba el templo
    de Apolo, en cuya escalinata había él visto reclinarse
    a Gradiva en su sueño. ¿No sería posible que, en rea-
    lidad, hubiera ella seguido andando hasta reunirse a
    alguien con el que luego hubiese muerto? Un atormen-
    tador sentimiento, que quizá podemos hacer equiva-
    lente a los celos, surgió de esta sospecha para Hanold,
    pero pensando en lo improbable de su hipótesis, logró
    dominar su agitación y entró a cenar en el hotel Dio-
    mède. Dos nuevos huéspedes, que le parecieron her-
    manos por cierta semejanza que entre ellos creyó ha-
    llar, a pesar del diferente color de su cabellos—rubio
    él y morena ella—, atrajeron en primer lugar su aten-
    ción. Era ésta, de todas las parejas que en su viaje
    había hallado, la primera que le producía una impre-
    sión simpática. Una rosa de Sorrento que la joven lle-
    vaba en el pecho, despertó en él un indefinible recuer-
    do, pero por más que meditó, le fué imposible preci-
    sarlo. Por último, se acostó rendido, y tuvo un sueño
    singularmente desatinado, aunque constituído por la
    reunión de sus aventuras de aquel día. «Gradiva se

  • S.

    326

    hallaba sentada al sol, y mientras fabricaba con un
    largo tallo de hierba un lazo para cazar una la-
    gartija, decía: Estate quieto un momento. Mi colega
    tiene razón. Este medio es realmente eficaz, y ella lo
    ha empleado con éxito». Aún dormido, criticó Hanold
    la insensatez de este sueño, y luchó por despertarse,
    consiguiéndolo al fin al oir el grito, semejante a una
    risotada, de un pájaro, que lanzándose sobre el lagar-
    to, se lo llevó en el pico.

    A pesar de todos estos fantasmas oníricos, despertó
    con una sensación de claridad intelectual y fortaleza
    física. Un rosal, de rosas iguales a la que la tarde an-
    terior adornaba el pecho de su nueva compañera de
    hospedaje, le recordó haber oído en la noche una voz
    que le decía: «en la primavera se ofrecen rosas». Sin
    reflexionar, cogió unas cuantas y, al hacerlo, sintió
    calmarse su agitación como por una oculta virtud de
    las aromáticas flores. Despojado de su misantropía,
    emprendió esta vez el camino general hacia Pompeya,
    llevando consigo las rosas, la tíbula y el libro de apun-
    tes y dando vueltas en su imaginación a diferentes pro-
    blemas que todos giraban en torno a la Gradiva. El
    antiguo delirio había llegado a tomar proporciones
    gigantescas, haciéndole ya pensar si también a otras
    horas, y no únicamente a la del mediodía, le sería po-
    sible hallar a Gradiva entre las ruinas. El acento psi-
    cológico se había desplazado, yendo ahora a caer so-
    bre la parte más reciente de su delirio, y los celos que
    la misma había traído consigo le atormentaban toman-
    do las más diversas formas. Casi deseaba que la apa-
    rición sólo para él resultase visible y escapase a la
    percepción de los demás, pues de este modo podría él
    considerarla como de su exclusiva propiedad. Durante
    sus paseos en espera de la hora meridiana tuvo un sor-
    presa.

  • S.

    327

    EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS

    prendente encuentro. En la casa del Fauno topó con
    dos figuras que en un rincón y creyéndose sin duda al
    abrigo de toda mirada indiscreta, se tenía abrazadas,
    besándose largamente en los labios. Lleno de sorpre-
    sa, reconoció Norberto a la simpática pareja llegada la
    tarde anterior. Mas para ser fraternales, le resultaban
    aquel abrazo y aquellos besos, demasiado sostenidos.
    Tratábase, pues, de una nueva pareja amorosa, segu-
    ramente un joven matrimonio como los que antes le
    habían causado tan gran irritación. Sin embargo, esta
    nueva pareja no despertó en él sino agradables senti-
    mientos, y temeroso de perturbar su ternura se retiró
    en silencio como si no quisiera interrumpir un devoto
    culto. Un respecto de que antes carecía volvía ahora
    a surgir en él.

    Llegado ante la casa de Meleagro se apoderó de él
    nuevamente y con tal violencia el temor de hallar a
    Gradiva acompañada, que cuando la misma apareció
    ante sus ojos, su primera frase fué para preguntarla si
    se hallaba sola. Con gran dificultad consigue luego
    la muchacha hacer percatarse a Norberto de que ha co-
    gido las rosas para ella y logra que le confiese la úl-
    tima imaginación de su delirio, en la que supone que
    fué ella la joven que las excavaciones del Foro descu-
    brieron abrazada a su amante y a la que perteneció la
    fíbula por él adquirida. No sin burla, le pregunta ella
    entonces si ha encontrado la joya al sol, cuya fuerza
    produce en los países mediterráneos graves trastornos
    cerebrales. A continuación, y para curarle de un mareo
    que Hanold dice experimentar, le propone Gradiva
    partir con ella su colación y le ofrece la mitad de un
    tierno panecillo que lleva envuelto en un papel de seda,
    comiendo ella la otra mitad con visible apetito. Entre
    sus rojos, carnales labios, puede entonces Hanold ob-

  • S.

    328

    servar una hilera de blancos y pequeños dientes que al
    hincarse en la corteza del panecillo producen un ligero
    crujido. Gradiva reanuda luego el diálogo, diciendo:
    «Me parece como si ya otra vez, hace dos mil años,
    hubiéramos partido de este modo el alimento. ¿No te
    acuerdas?», pero Norberto no supo qué contestar, pues
    todos aquellos signos que de una realidad presente le
    iba ella mostrando actuaban con fuerza sobre él. La 
    ra-
    zón comenzaba a imponerse en su pensamiento hacién-
    dole ya dudar de que, como su delirio afirmaba, no
    fuera Gradiva sino un incorpóreo fantasma. Pero en-
    tonces «¿cómo explicarse las palabras que la muchacha
    acababa de pronunciar, pretendiendo haber partido ya
    otra vez su comida con él, dos mil años antes? En este
    conflicto, se le ofreció un medio para salir de dudas,
    y sin vacilar ya, lo puso en práctica, hábil y decidi-
    damente. Gradiva tenía apoyada en la rodilla su mano
    izquierda, y una mosca, de aquellas cuyo descaro e
    inutilidad tanto habían antes irritado a Norberto, vino
    a posarse sobre uno de los largos y afilados dedos.
    Con rápido ademán golpeó Hanold, como para alejar
    al pegajoso insecto, aquella mano, y para su regocija-
    da sorpresa halló bajo la suya algo vivo, cálido y to-
    talmente real: una tierna manita femenina. Mas aún 
    ha-
    bía de ser mayor su asombro, pues Gradiva, sorpren-
    dida por su inexplicable acción, se alzó de la gradería
    en que se hallaba sentada y exclamó con tono ofendi-
    do: «¿Estás loco, Norberto Hanold?» Es sabido que el
    mejor medio para despertar a un sonámbulo o simple-
    mente a una persona dormida, es llamarle por su 
    nom-
    bre. Pero, desgraciadamente, no llegamos a observar
    qué consecuencia inmediata tuvo para Hanold el oir
    a Gradiva pronunciar su nombre, que a nadie había él
    aún comunicado en Pompeya, pues en este crítico 
    mo-
     

  • S.

    329

    mento aparece en escena la simpática pareja amoro-
    sa que antes halló en la casa del Fauno, y la joven seño-
    ra exclamó con gozosa sorpresa: «¡Zoe! ¿También tú
    por aquí y también en viaje de novios? ¿Cómo no me
    lo has escrito?» Hanold, ante esta nueva prueba de la
    realidad viviente de su Gradiva, huye lleno de confu-
    sión.

    Tampoco Zoe-Gradiva se muestra muy agradable-
    mente sorprendida por la inesperada visita, que al pare-
    cer, la interrumpe en una importante labor. Mas reco-
    brándose pronto, responde con amabilidad a su amiga,
    poniéndola al corriente de la situación –y también a
    nosotros los lectores– y hallando en seguida un medio
    cortés de zafarse de la inoportuna compañía. Ante todo
    deshace el error de suponerla también en viaje de
    novios. «El joven que se alejó al aparecer vosotros
    tiene un poco trastornada la cabeza, como si dentro de
    ella le anduviera zumbando una mosca. Bien es verdad
    que muy pocos son los que pueden alabarse de no
    tener algún insectillo perturbador que embrolle sus
    ideas. Afortunadamente yo entiendo algo de entomolo-
    gía y puedo ser de alguna utilidad en estos casos. Mi
    padre y yo vivimos en el «Albergo del Sole», pero ve-
    nimos a Pompeya todos los días. El se dedica a sus
    investigaciones y yo le he prometido no distraerle de
    ellas y entretenerme por mi cuenta, pues suponía que
    siempre lograría desenterrar algo interesante de entre
    estas cenizas. Pero nunca supuse que encontraría lo
    que he encontrado… esto es, a mi buena amiga Gi-
    sela.» Dicho esto, se excusa, pretendiendo tener que
    llegar a tiempo para acompañar a su padre en el al-
    muerzo, y se aleja después de habérsenos presentado
    como la hija del zoólogo cazador de lagartijas que
    Hanold halló el día anterior, y haber revelado, por el

  • S.

    330

    PROF. S. FREUD

    doble sentido de algunas de sus frases, a más de su
    intención terapéutica, otros distintos propósitos que
    aparecen con una menor transparencia. Mas al alejarse,
    no lo hace en dirección del «albergo» en el que pre-
    textó la esperaba su padre, sino que creyendo, a su vez,
    ver una sombra que en los alrededores de la Villa de
    Diomedes busca su túmulo y desaparece entre los mo-
    numentos sepulcrales, encamina sus pasos hacia
    aquellos lugares. En ellos había también buscado
    Hanold refugio y paseaba sin cesar de un lado a otro
    concentrando todo su pensamiento en la solución de lo
    que aún permanece para él oscuro en el problema sus-
    citado por la aparición de Gradiva. Veía ya, por lo
    menos, claramente, su insensatez anterior al creer
    tener ante sí a una joven pompeyana rediviva y encar-
    nada en una forma más o menos corpórea, reconoci-
    miento de su pasada locura que constituye un conside-
    rable progreso en su camino de retorno hacia la sana
    razón. Mas, por otra parte, aquella desconocida con la
    que otras personas trataban como con una criatura viva
    a ellas semejante, confesaba ser Gradiva, y sin que él
    pudiera explicárselo, conocía su nombre. Eran éstos,
    dos misteriosos problemas que su razón aún vaci-
    lante no acertaba a desembrollar. Cierto es que tam-
    poco sus agitados sentimientos le permitían hacer un
    gran esfuerzo de atención y que su más ardiente deseo
    era, por el momento, hallarse sepultado entre las ceni-
    zas de la Villa de Diomedes para estar seguro de no
    volverse a encontrar frente a frente con Zoe-Gradiva.
    Sin embargo, un violento anhelo de volverla a ver
    combatía en su interior con la tendencia a huir de ella.
    Al doblar uno de los ángulos de la galería de co-
    lumnas retrocedió asustado. Sobre una piedra del de-
    rruído paredón se hallaba sentada una muchacha, qui-

  • S.

    EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS

    zá una de las que habían hallado la muerte en aquellos
    lugares. Pero fué éste un último intento, en el acto do-
    minado, de refugiarse de nuevo en el reino de la locu-
    ra. Pronto vió Hanold que aquella figura no era otra
    que Gradiva, la cual acudía sin duda a poner en prác-
    tica la última parte de su tratamiento curativo. Inter-
    pretando con todo acierto el ademán que Hanold hizo
    al verla, frustró su intento de alejarse, indicándole que
    fuera había comenzado a diluviar. Luego, sin piedad
    ante la confusión del joven, comenzó de nuevo su exa-
    men, preguntándole qué se proponía antes al golpear
    su mano con el pretexto de ahuyentar a una mosca.
    Hanold no se atrevió ya en su respuesta a tutearla ni
    tampoco a tratarla de usted, pero en cambio, sí halló
    valor suficiente para algo más importante, esto es,
    para plantear la interrogación decisiva: «Me hallaba
    —confiesa—un poco trastornado, como vulgarmen-
    te se dice, y ruego me perdone el haber golpeado su
    mano… no se cómo pude aturdirme hasta tal punto…

    Pero lo que no llego a comprender es cómo la gra-
    ciosa propietaria de aquella manita pudo luego, al re-
    convenirme, llamarme por mi nombre.»

    «Veo—replica Zoe—Gradiva—que sigue habiendo
    algo en que tu entendimiento no logra penetrar. Pero
    no me maravilla, pues me tienes acostumbrada a esa
    tu ceguedad. Para comprobarla una vez más hubiera
    podido ahorrarme el venir hasta Pompeya y tú hubie-
    ras podido confirmármela mil leguas más cerca.»

    «Sí, mil leguas más cerca—añade después, dando
    por fin una explicación al atónito Hanold—; en la casa
    que, casi frontera a la tuya, hace esquina, se abre la
    ventana de mi cuarto y en ella hay colgada una jaula
    con un canario.»

    Estas últimas palabras despertaron en Norberto un

    331

  • S.

    332

    lejano recuerdo. Era aquel pájaro enjaulado el que
    con su cántico había hecho surgir en él la decisión de
    partir para Italia.

    «En esa casa—prosigue ella –habita mi padre, el
    profesor de Zoología, Ricardo Bertgang.»

    Así, pues, Zoe conocía la persona y el nombre de
    Hanold por habitar en una casa vecina a la suya. De
    ser ésta la total solución, prevemos que su vulgaridad
    ha de decepcionarnos, pareciéndonos indigna del in-
    terés que la historia había en nosotros despertado.

    Norberto Hanold muestra, en su respuesta, que su
    pensamiento no ha conquistado todavía una total inde-
    pendencia, pues repite los últimos conceptos de la
    joven. «¿Entonces... entonces es usted la señorita Zoe
    Bertgang? Pero aquélla tenía un aspecto muy dis-
    tinto...»

    La réplica de Zoe Bertgang nos revela, luego, que
    entre ambos han existido un tiempo relaciones distin-
    tas de las de vecindad. Con graciosas frases y
    alegando pasados derechos sale a la defensa de aquel
    «tú» que Hanold consideró natural al dirigirse a un
    fantasma, pero que luego sustituyó por el usted en
    cuanto la aparición se transformó en una persona de
    carne y hueso: «Si crees que entre nosotros es hoy
    más apropiado el «usted», también yo habré de em-
    plearlo; pero el «tú» surgía más espontáneamente en
    mis labios. No se si mi aspecto es ahora muy distinto
    del que tenía antes, cuando en nuestros juegos cotidia-
    nos andábamos a golpes o rodábamos por el suelo;
    lo que sí puedo decirle es que si en estos últimos años
    se hubiera usted dignado dirigirme una sola mirada,
    hubiera visto que hace ya mucho tiempo que soy tal y
    como ahora me ve.»

    Así, pues, había existido entre ambos una amistad

  • S.

    333

    EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS

    infantil, y hasta quizá un infantil amor, que justificaba
    ahora el tuteo. ¿Mas acaso no es esta solución tan
    trivial como la que primero sospechábamos? A nuestro
    juicio, no, pues nos sugiere la idea de que tales rela-
    ciones infantiles esclarecen de un modo inesperado al-
    gunos de los detalles de lo que entre ellos ha sucedido
    ahora. Aquel golpe que Hanold dió en la mano de Zoe-
    Gradiva, motivándolo tan excelentemente por el deseo
    de solucionar de un modo experimental el problema de
    la corporeidad de Gradiva, se nos muestra ahora como
    un renacer del impulso infantil a los juegos violentos
    del que testimonian las palabras de Zoe. Y cuando
    Gradiva pregunta al arqueólogo si no recuerda que ya
    dos mil años antes partieron otras veces su comida
    ¿no se nos revela ahora esta pregunta, que antes hubo
    de parecernos incomprensible, como una alusión, no
    a un remoto pasado histórico, sino a un pretérito estric-
    tamente personal, a los tiempos infantiles de ambos,
    cuyo recuerdo se mantiene vivo en la muchacha
    mientras que en Hanold parece haberse perdido en ab-
    soluto? Por último ¿no surge en nosotros de repente la
    idea de que las fantasías del joven sobre su Gradiva
    pudieran muy bien ser un eco de estos perdidos re-
    cuerdos infantiles? Siendo así, no serían arbitrarias
    producciones de su fantasía, sino que se hallarían de-
    terminadas, sin que Norberto tuviese conciencia de
    ello, por el acervo de impresiones infantiles, olvidadas,
    pero eficientes. Podríamos, pues, aunque sólo hipoté-
    ticamente, demostrar este origen para cada una de
    dichas fantasías. Así, cuando, por ejemplo, se obstina
    Hanold en que Gradiva tiene que ser de origen
    griego e hija de un elevado personaje, quizá un sa-
    cerdote de Ceres, no parece muy aventurado suponer
    que estas ideas deben su origen a un efecto del latente


  • S.

    334

    conocimiento de Hanold del nombre—Zoe—de la mu-
    chacha y de la pertenencia de ésta a la familia de un
    profesor de Zoología. Mas si estas fantasías de Hanold
    no son sino recuerdos modificados, hemos de esperar
    que las palabras de Zoe Bertgang nos muestren las
    fuentes de que las mismas provienen. Escuchándola,
    veremos que tras de habernos revelado su íntima amis-
    tad infantil con Hanold nos descubrirá el subsiguiente
    desarrollo de esta relación, en años posteriores:

    «En aquellos tiempos a que antes me he referido,
    era en mí, habitual, un singular apego a su persona, y
    creía que no habría de hallar en todo el mundo un
    mejor amigo. No tenía madre, hermanos ni hermanas,
    y para mi padre, una lagartija conservada en alcohol
    resultaba mucho más interesante que mi pequeña per-
    sona. Aun para una niña, es necesario algo que ocupe
    su pensamiento y pueda atraer su interés. Y esto es
    lo que entonces fué usted para mí. Mas cuando la
    Arqueología se apoderó de usted por entero, descubrí
    que te habías –perdone usted, pero el tratamiento que
    ahora se le ha ocurrido introducir en nuestro trato sue-
    na mal en mis oídos y no se adapta bien a lo que voy
    a decir–, descubrí que te habías transformado en un
    hombre insoportable que, por lo menos para mí, pare
    cía ciego y mudo, y se había olvidado de la amistad
    de toda nuestra infancia. Por esta razón me encuen-
    tras ahora muy distinta a la imagen que de mí recuer
    das, pues cuando nos encontrábamos en sociedad –el
    invierno pasado, sin ir más lejos– no me mirabas ni
    me veías, ni siquiera me dejabas oir tu voz. Claro es
    que con esto no hacías en mi honor nada extraordina-
    rio, pues lo mismo te comportabas con todas las mu-
    jeres. Yo no era para ti sino una sombra, y tú, con tus
    rubios cabellos de los que tantas veces yo te había

  • S.

    335

    EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS

    tirado jugando, te mostraba tan aburrido, seco y si-
    lencioso como una cacatúa disecada, y tan solemne e
    importante como... como el Archeopterix, que así creo
    se llama el monstruoso pájaro antidiluviano recién des-
    cubierto. Lo que nunca me hubiese imaginado, es que
    tu cabeza albergase una tan ardiente fantasía que al
    hallarme aquí en Pompeya me tomaras por un fantas-
    ma del pasado; tanto es así, que cuando inesperada-
    mente surgiste ante mi vista me costó mucho trabajo
    conseguir explicarme la tela de araña que tu imagina-
    ción había tejido en tu cerebro. Pero después llegó a
    interesarme y divertirme a pesar de su locura, pues
    repito que no esperaba de ti cosa semejante».

    Como puede verse, Zoe nos comunica con toda cla-
    ridad la suerte que su amistad infantil con Hanold
    corrió en el transcurso de los años. En ella, se intensi-
    ficó hasta constituir un tierno enamoramiento, siendo
    Hanold aquel «algo» en que desde muchacha puso su
    corazón y su pensamiento. Zoe Bertgang, la bella mu-
    jer en la que vemos ahora la encarnación de la pru-
    dencia y la claridad espiritual, nos revela también trans-
    parentemente toda su vida anímica. Si es regla general
    que toda muchacha normalmente constituída dirija,
    antes que hacia toda otra persona, su inclinación, hacia
    su propio padre 1), Zoe se hallaba en circunstancias
    especialmente favorables para ello, por constituir el
    mismo toda su familia. Pero el padre no podía hacerla
    gran caso, abstraído en sus investigaciones científi-
    cas, y entonces buscó ella en torno suyo alguien a quien
    dedicar su afecto, hallándolo en la persona de su joven


    1)N. DEL T. Véase lo que sobre el llamado «complejo de
    Edipo» dice el autor en el tomo segundo de estas «Obras com-
    pletas».

  • S.

    336

    compañero de juegos. Más tarde, cuando Hanold no
    tuvo ya ojos para ella, su amor, en lugar de desapere-
    cer, creció, pues con ello se igualaba Norberto a su
    padre quedando como éste absorbido por la ciencia y
    alejado por ella de la vida y de Zoe, circunstancias
    que permitían a la muchacha permanecer fiel aun dentro de
    la infidelidad, pues encontraba de nuevo a su padre en
    la persona amada y le era posible com-
    prender a los
    dos en el mismo sentimiento, o como pudiéramos decir,
    identificar a ambos en su sentir.

    La justificación del pequeño análisis psicológico que
    antecede y que pudiera parecer arbitrario, nos la ofrece
    el mismo poeta en un único, pero altamente caracte-
    rístico detalle de su obra. Cuando Zoe describe la
    transfor-
    mación—tan dolorosa para ella— que en su
    antiguo compañero de juegos hubo de realizarse,-
    le
    insulta burlonamente comparándole a un Archeopterix,
    alado monstruo antediluviano perteneciente-
    a lo que
    pudiéramos llamar Arqueología zoológica. Ha hallado,
    pues, para la identifica-
    ción de ambas personas, una
    única expresión concreta y su enfado hiere al amado
    y al padre, simultánea-
    mente, con la misma palabra. El
    Archeopterix es, por decirlo así, la represen-
    tación tran
    saccional o media en la que coincide la idea de la nece-
    sidad del amado con la de análogo defecto del padre.

    Muy distinto es el proceso que se verificó en el
    joven. La Arqueología se apoderó de todas sus facul-
    tades y apartó su interés de toda mujer distinta de las
    de piedra o bronce. De este modo, la amistad infantil,
    naufragó en lugar de intensificar-
    se hasta constituir una
    pasión y sus recuerdos de aquel tiempo cayeron en un
    tan profundo olvido, que no reconocía ya, ni prestaba,
    por lo tanto, la menor atención, a su compañera-
    de
    juegos, cuando la encontraba en sociedad. Sin embar-
     

  • S.

    337

    EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS

    go, teniendo en cuenta todo lo después ocurrido, pode-
    mos poner en duda que sea «olvido» la justa califica-
    ción psicológica de la suerte que tales recuerdos corrie-
    ron en la memoria de nuestro arqueólogo. Existe un
    género de olvido que se caracteriza por lo difícil que
    resulta, aun a los más enérgicos estímulos exteriores,
    despertar el recuerdo, como si una resistencia interna
    se opusiera a su resurgimiento. Este olvido ha recibido
    en la psicopatolo-
    gía el nombre de «represión», y el
    caso que el poeta nos presenta en su obra parece ser
    un ejemplo de este género. Ahora bien, no sabemos
    si el olvido de una impresión se halla ligado siempre a
    la desaparición de la correspondiente huella mnémi-
    ca (Erinnerungsspur) en la vida anímica, mas en cam-
    bio, de la represión sí podemos asegu-
    rar, con toda
    certeza, que no coincide con la pérdida o extin-
    ción del
    recuerdo. Lo reprimido no puede, es cierto, surgir des
    de luego en calidad de recuerdo, pero conserva su
    capacidad funcional-
    y eficiente, y provoca un día, bajo
    la influencia de un estímulo exterior, consecuen-
    cias
    que pueden considerarse como productos de la modifi-
    cación de los recuerdos olvidados, y que de no inter-
    pretarlas en esta forma, resultan incomprensi-
    bles. En
    las fantasías de Norberto Hanold sobre Gradiva, creí-
    mos ver ya, anterior-
    mente, ramifica-
    ciones de los re-
    cuerdos reprimidos de su amistad infantil con Zoe Bert-
    gang. Un tal retorno de lo reprimido debe esperarse
    con especial regularidad cuando a las impresiones re-
    primidas se halla adherido el sentir erótico del indivi-
    duo, esto es, cuando lo que ha caído bajo el yugo de
    la represión es su vida amorosa. Estos casos dan la
    razón al viejo proverbio latino «naturam furca expellas,
    semper redibit», que quizá en su origen se refería tan
    solo a la expulsión por influencias exteriores y no a


  • S.

    338

    conflictos internos. Pero este proverbio no lo expresa
    todo, pues se limita a exponer el hecho del retorno de la
    parte de Naturaleza expulsada, mas no describe la for-
    ma, harto singular, en que dicho retorno se verifica
    como sirviéndose de una astuta traición. Precisamente
    aquello que es elegido como medio de la represión—
    como la «furca» del proverbio—se constituye luego en
    aportador de lo que retorna; en las fuerzas represivas y
    hasta en su misma íntima esencia es donde se impone
    al fin, victorioso, lo reprimido. Un conocido aguafuerte
    de Félicien Rops ilustra este hecho, poco tenido en
    cuenta y al que se debía conceder toda su verdadera
    importancia, más impresionantemente que pudiera ha-
    cerlo una minuciosa explicación. El artista ha escogido
    para su obra el caso típico de represión en la vida de
    los santos y penitentes. Un ascético monje se ha refu-
    giado—huyendo seguramente de las tentaciones del
    mundo—a los pies del Redentor crucificado. Pero la
    Cruz va hundiéndose en sombras y en su lugar aparece,
    radiante, la imagen de una bella mujer desnuda, también
    en actitud de crucificada. Otros pintores de menor agu-
    deza psicológica han representado, en tales alegorías
    de la tentación, al pecado, irguiéndose con expresión
    de triunfo junto a la imagen del Crucificado. Única-
    mente Rops le ha hecho ocupar en la Cruz el puesto
    mismo del Redentor, pareciendo saber que lo reprimi-
    do surge, en su retorno, del elemento represor mismo.

    Resulta harto interesante observar en los casos pa-
    tológicos, la exquisita sensibilidad que en el estado de
    represión muestra la vida anímica del hombre para la
    percepción de la proximidad de lo reprimido y ver cuán
    ligeras y sutiles analogías bastan para que detrás del
    factor represivo y a través del mismo adquieran efecti-
    vidad tales elementos. ‘Personalmente, tuve una vez

  • S.

    339

    EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS

    ocasión de observar, en el ejercicio de mi actividad
    médica, a un hombre joven, casi un adolescente, que
    tras de una primera experiencia sexual indeseada, huía
    de todos los deseos eróticos que en él surgían y se ser-
    vía para ello de diversos medios de la represión, inten-
    sificando su amor al estudio, exagerando su infantil
    apego a su madre y adoptando en general una conduc-
    ta pueril. No quiero exponer aquí con todo detalle cómo
    precisamente en su relación con su madre se abrió paso
    de nuevo la sexualidad reprimida, pero describiré, en
    cambio, un caso más extraño y original, de otro indi-
    viduo que vió destruídas sus obras de defensa contra
    el resurgimiento de lo reprimido, por factores a los que
    jamás hubiera podido sospecharse capaces de un tal
    efecto. Las matemáticas gozan de extendido renombre
    como disciplinas apropiadísimas para desviar la aten- ción de lo sexual. Ya J. J. Rousseau recibió un día de
    una dama a la que había disgustado, un consejo de éste
    género, expresado con las palabras: «Lascia le donne
    e studia la matemática». En igual forma, el individuo a
    que nos referimos se entregó, con redoblado celo, hu-
    yendo de sus ideas sexuales, al estudio de estas cien-
    cias, hasta que un día, el dominio que sobre su pensa-
    miento había logrado, desapareció por completo ante
    los enunciados de algunos problemas, de apariencia en
    absoluto inocente. Dos de estos enunciados pudieron
    reconstruirse más tarde. Era uno: «Dos cuerpos cho-
    can uno contra otro con una velocidad, etc.»; y el otro:
    «En un cilindro de un diámetro dado, inscribir un
    cono, etc.» Las alusiones sexuales contenidas en estos
    enunciados no hubieran seguramente sido descubiertas
    por ningún otro individuo, pero nuestro paciente, al
    hallarlas, se vió traicionado también por las matemá-
    ticas y abandonó su estudio.

  • S.

    340

    Si Norberto Hanold fuese una persona extraída de
    la realidad, que hubiese de este modo alejado, por me-
    dio del estudio de la Arqueología, el amor y los re-
    cuerdos de su amistad infantil, estaría de conformidad
    con las leyes de la represión el que precisamente fue-
    se un bajorrelieve antiguo lo que despertase en él el
    olvidado recuerdo de aquella a la que antes amó con
    infantil sentimiento, y sería su bien merecido destino
    el enamorarse luego de la estatua de Gradiva, tras de
    la cual y merced a una semejanza aún no explicada,
    actúa la viviente Zoe por él desdeñada.

    La misma Zoe parece compartir nuestra interpreta-
    ción del delirio del arqueólogo, pues la satisfacción
    que expresa al final de la larga reprimenda «franca,
    extensa e instructiva» que a Norberto dirige, no esta-
    ría justificada sino por su comprensión del papel que
    sin que el mismo interesado tuviese la menor concien-
    cia de ello, ha desempeñado ella en el fantástico ena-
    moramiento de Hanold. Esto es precisamente aquello

    de que no le creía capaz y lo que reconocio en él a
    pesar de todos los disfraces del delirio. Mas al llegar
    a este punto, el tratamiento psíquico a que Zoe había
    sometido a Hanold, había ejercido ya su total efecto
    curativo y el joven arqueólogo se sentía libertado, por
    completo, de su delirio, puesto que el mismo había sido
    sustituído por aquello de lo cual no podía ser sino una
    disfrazada e insuficiente copia. Dándose perfecta cuen-
    ta de ello no vacila ya el joven en evocar sus recuerdos
    y reconocer a Zoe como su buena, alegre y juiciosa
    compañera que, en el fondo, en nada había cambiado.

    Pero había aún algo que le parecía altamente extraño…

    «¿Que alguien tenga que morir para llegar a estar
    viva?—opinó la muchacha—. Pero eso es cosa exigi-
    da por tu actividad arqueológica.»

    Como se ve no

  • S.

    341

    le había perdonado aún el rodeo que Hanold había
    efectuado, intercalando la Arqueología entre su amis-
    tad infantil y sus nuevas recientes relaciones.

    «No, no es eso –replica Norberto–, me refiero a tu
    nombre. Bertgang significa exactamente lo mismo que
    Gradiva, esto es, «la que esplende al avanzar.»

    A esto sí que no nos hallábamos preparados. Nues-
    tro héroe comienza ahora a abandonar su humilde pos-
    tura y a desempeñar un papel activo. Se halla, desde
    luego, por completo curado de su delirio; lo ha supe-
    rado y nos lo demuestra rompiendo los últimos hilos
    del fantástico tejido. Exactamente del mismo modo se
    conducen aquellos enfermos a los que se ha libertado
    de la obsesión de sus pensamientos delirantes por me-
    dio del descubrimiento de lo reprimido que tras de los
    mismos se ocultaba. En el instante en que compren-
    den esta relación, aportan, espontáneamente y por
    medio de ocurrencias que surgen con gran rapidez en
    ellos, las soluciones de los últimos y más importan-
    tes secretos de su singular estado. Ya hubimos de sos-
    pechar anteriormente, que el origen griego de la fan-
    tástica Gradiva era un oscuro efecto del nombre grie-
    go Zoe, pero no nos habíamos atrevido a tocar al
    nombre de Gradiva, dejándolo pasar como una libre
    creación de la fantasía de Norberto Hanold. Y he aquí
    que precisamente este nombre se nos demuestra como
    una consecuencia y hasta, en realidad, como una tra-
    ducción del reprimido apellido de la amada infantil,
    aparentemente olvidada.

    La derivación y la solución del delirio quedan ya
    logradas por completo. Lo que a seguidas nos cuen-
    ta el poeta se encamina tan solo a la armónica con-
    clusión de la obra. Con relación a lo porvenir ha
    de hacernos un agradable efecto el que la rehabilita-

  • S.

    – 342 –

    P R O F . S . F R E U D

    ción del hombre que un tan lamentable papel de enfer
    mo necesitado de curación desempeñó ante nosotros,
    continúe avanzando hasta hacer posible que surjan en
    él aquellos afectos de los que hasta entonces no ha
    sido sino pasivo objeto. Y así sucede en efecto. Hanold,
    continuando el diálogo que surge al terminar Zoe
    su reprimenda, despierta los celos de la muchacha
    hablándola con elogio, de la joven, señora que antes,
    en la Casa de Meleagro, perturbó su coloquio, y con
    fesándola que ha sido aquella la primera mujer que
    en todo su viaje ha hallado bella y simpática. Zoe,
    celosa, quiere entonces despedirse fríamente de Ha-
    nold, exclamando: «Ahora que ya todo ha vuelto a
    ser razonable, incluso yo misma, puede ir en bus
    ca de Gisela Hartleben, o como ahora, de casada, se
    llame, y auxiliarla con sus conocimientos científi
    cos durante su estancia en Pompeya. Yo tengo que ir
    al «Albergo del Sole» donde papá me espera. Adiós,
    y hasta que nos veamos en alguna reunión, en Ale-
    mania o en la luna». Pero Hanold, tomando de nuevo
    como pretexto una mosca que dice haberse posado
    en el rostro de Zoe, la besa en la mejilla y luego en los
    labios, poniendo en práctica la agresión sexual, obliga
    do deber del hombre en los juegos de amor. Una sola
    vez parece caer aún una sombra sobre su felicidad:
    cuando Zoe le dice que tiene realmente que ir a reunir-
    se con su padre que estará esperándola, muerto de
    hambre, en el Hotel. «¿Y tu padre, que va a decir...?»
    Mas la inteligente muchacha sabe desvanecer en se
    guida la preocupación de Hanold. «Mi padre no hará
    ni dirá, probablemente, nada. No soy ningún ejemplar
    indispensable en su colección zoológica; si lo fuese,
    quizá mi corazón no se hubiese unido al tuyo tan im-
    prudentemente». Mas si el padre fuera de la opinión

  • S.

    343

    contraria, habría aún un medio seguro de arrancarle
    el consentimiento. No necesitaba Hanold más que ir a
    la isla de Capri, cazar allí un «lacerta faraglionensis»
    por el medio que ella le enseñaría, soltar al pequeño
    animal en los alrededores de Pompeya, cazarlo luego
    de nuevo ante los ojos del zoólogo y darle a elegir
    entre él y Zoe. Esta proposición de la muchacha, en
    la que se transparenta una burlona ironía mezclada con
    cierta amargura, contiene una advertencia para Ha-
    nold: la de no copiar con excesiva fidelidad al modelo
    por el que Zoe le ha elegido. Pero Norberto tranquiliza
    las dudas que aún pudiéramos abrigar respecto a este
    punto, pues manifiesta claramente la gran transforma-
    ción que en él se ha realizado, llegando incluso a ex-
    presar el deseo de hacer con su Zoe el viaje de novios
    por Italia y Pompeya, como si jamás se hubiese indig-
    nado ante las parejas de recién casados que empren-
    dían la misma excursión. De su memoria ha desapare-
    cido por completo todo lo que contra tales felices pare-
    jas pensaba días antes y lo necio que le parecía el venir
    a pasear su ternura a más de cien leguas de sus patrias
    de origen. El presentarnos esta debilitación de la me-
    moria como el más valioso signo de una transforma-
    ción anímica, constituye un nuevo acierto del poeta. Al
    proyecto de Hanold, «su amigo de la niñez,
    desenterrado como la misma Pompeya
    de entre las cenizas que lo sepultaban»,
    responde Zoe que para tales decisiones
    geográficas no se siente aún lo suficientemente viva.
    La bella realidad ha vencido, pues, por completo al
    delirio, mas antes de abandonar Pompeya quieren los
    amantes honrar por última vez a la pasada fantasía.
    Llegados a la puerta de Hércules, donde al comienzo
    de la Strada consolare atraviesa la calle una hilera de


  • S.

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    gruesas piedras, se queda Hanold atrás y ruega a la
    muchacha que pase precediéndole. Comprende ella su
    pensamiento, «y alzando un poco su vestido con la
    mano izquierda, la Gradiva rediviva—Zoe Bertgang—
    seguida por la mirada ensoñadora de su enamorado,
    cruzó la calle con aquel su dulce paso sereno, bajo la
    vibrante luz del claro sol meridional». Con el triunfo
    del erotismo reconocemos y damos su justo valor a lo
    que en el delirio era bello y digno de estimación.

    En la última metáfora citada: «el amigo de la infan-
    cia desenterrado de entre las cenizas que lo sepulta-
    ban», nos ha dado el poeta la clave del simbolismo que
    el delirio del protagonista utilizó para disfrazar el re-
    cuerdo reprimido. No existe, en realidad, analogía me
    jor, para la represión, que el sepultamiento, pues hace
    inaccesible algo anímico, pero al mismo tiempo lo con-
    serva, lo mismo que a Pompeya las cenizas que la se-
    pultaron y de entre las cuales resurgió en las excava-
    ciones. Por esta razón era obligado que el joven
    arqueólogo situase imaginativamente en esta ciudad al
    modelo del bajorrelieve, que le recordaba, aunque in-
    conscientemente, a su olvidada amada infantil. Mas el
    poeta obra muy justificadamente no penetrando en esta
    profunda causalidad interna y limitándose a permane-
    cer en la valiosa semejanza que su sutil sensibilidad le
    hace percibir entre un trozo de vida psíquica individual
    y un aislado suceso de la historia de la humanidad.