La dinámica de la transferencia 1912-001/1930.es

Freud, Sigmund (1912-001/1930.es): La dinámica de la transferencia

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    La dinámica de la transferencia

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    El tema de la «transferencia», tan difícilmente agota-
    ble, ha sido tratado recientemente aquí mismo (1), por
    W. Stekel, en forma descriptiva. Por mi parte, quiero aña-
    dir algunas observaciones encaminadas a explicar por qué
    la transferencia surge necesariamente en toda cura psico-
    analítica y cómo llega a desempeñar, en el tratamiento, el
    papel que todos conocemos.

    Recordaremos, ante todo, que la acción conjunta de la
    disposición congénita y las influencias experimentadas du-
    rante los años infantiles determina, en cada individuo, la
    modalidad especial de su vida erótica, fijando los fines de
    la misma, las condiciones que el sujeto habrá de exigir en
    ella y los instintos que en ella habrá de satisfacer (2). Re-

    (1) Zentralblatt für Psychoanalyse, II, 2, pág. 26.

    (2) Habremos de prevenirnos de nuevo, en este punto, contra
    un injusto reproche. Porque hacemos resaltar la importancia de las
    impresiones infantiles, se nos acusa de negar la que corresponde a
    los factores congénitos (constitucionales). Este reproche tiene su
    origen en la limitación de la necesidad causal de los hombres, que
    en abierta contradicción con la estructura general de la realidad,
    quisiera darse por satisfecha con un único factor causal. La psico-
    análisis ha dicho muchas cosas sobre los factores accidentales de la
    etiología y muy pocas sobre los constitucionales, pero solamente
    porque sobre los primeros podía aportar gran cantidad de nuevos
    datos y, en cambio, de los últimos, no sabía nada especial, fuera de
    lo generalmente conocido. Rehusamos establecer una oposición fun-
    damental entre ambas series de factores etiológicos y suponemos,

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    sulta, así, un cliché (o una serie de ellos), repetido o repro-
    ducido luego regularmente, a través de toda la vida, en
    cuanto lo permiten las circunstancias exteriores y la natu-
    raleza de los objetos eróticos asequibles, pero susceptible
    también de alguna modificación bajo la acción de las im-
    presiones recientes. Ahora bien, nuestras investigaciones
    nos han revelado que sólo una parte de estas tendencias
    que determinan la vida erótica ha realizado una evolución
    psíquica completa. Esta parte, vuelta hacia la realidad,
    se halla a disposición de la personalidad consciente y
    constituye uno de sus componentes. En cambio, otra parte
    de tales tendencias libidinosas ha quedado detenida en su
    desarrollo por el veto de la personalidad consciente y de
    la misma realidad, y sólo ha podido desplegarse en la fan-
    tasía o ha permanecido confinada en lo inconsciente, total-
    mente ignorada por la conciencia de la personalidad. El
    individuo cuyas necesidades eróticas no son satisfechas
    por la realidad, orientará representaciones libidinosas
    hacia toda nueva persona que surja en su horizonte, siendo
    muy probable que las dos porciones de su libido, la capaz
    de conciencia y la inconsciente, participen en este proceso.
    Es, por lo tanto, perfectamente normal y comprensible,

    más bien, la existencia de una colaboración regular de ambas para
    la producción del efecto observado. El destino de un hombre es de-
    terminado por dos poderes—Δαηαων και Ψυχη—y muy rara vez, quizá
    nunca, por uno solo de ellos. Sólo individualmente y en cada caso
    particular, es posible aquilatar la participación de cada uno en el
    proceso etiológico. La serie formada por las combinaciones de am-
    bos factores en distintas magnitudes, ha de tener, desde luego, sus
    casos extremos. Según el estado de nuestro conocimiento, estimare-
    mos diferentemente la participación de la constitución o de las ex-
    periencias, en cada caso particular, conservando siempre el derecho
    de modificar nuestro juicio conforme a los progresos de nuestro
    saber. Además, siempre podríamos arriesgarnos a considerar la
    constitución misma como la cristalización de las influencias acciden-
    tales recaídas sobre la serie infinita de nuestros antepasados.

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    que la carga de libido que el individuo parcialmente insa-
    tisfecho, mantiene esperanzadamente pronta, se oriente
    también hacia la persona del médico. Conforme a nuestra
    hipótesis, esta carga se atendrá a ciertos modelos, se enla-
    zará a uno de los clichés dados en el sujeto de que se tra-
    te, o dicho de otro modo, incluirá al médico en una de las
    «series» psíquicas que el paciente ha formado hasta en-
    tonces. Conforme a la naturaleza de las relaciones del pa-
    ciente con el médico, el modelo de esta inclusión habría
    de ser el correspondiente a la imagen del padre
    (según la feliz expresión de Jung)(1). Pero la transferencia
    no tiene que seguir obligadamente este prototipo, y puede
    establecerse también conforme a la imagen de la madre o
    del hermano, etc. Aquellas peculiaridades de la transferen-
    cia sobre médico, cuya naturaleza e intensidad no pueden
    ya justificarse racionalmente, se nos hacen comprensibles
    al reflexionar que dicha transferencia no ha sido estableci-
    da únicamente por las representaciones libidinosas cons-
    cientes sino también por las retenidas o inconscientes.

    Nada más habría que decir sobre esta conducta de la
    transferencia si no permanecieran aún inexplicados dos
    puntos especialmente interesantes para el psicoanalítico.
    En primer lugar, no comprendemos por qué la transferen-
    cia de los sujetos neuróticos sometidos al análisis, se
    muestra mucho más intensa que la de otras personas, no
    analizadas, y en segundo, nos resulta enigmático porque
    en el análisis se nos opone la transferencia como la resis-
    tencia más fuerte contra el tratamiento, mientras que fue-
    ra del análisis, hemos de reconocerla como substrato del
    efecto terapéutico y condición del éxito. Podemos compro-
    bar, cuantas veces queramos, que cuando cesan las aso-
    ciaciones libres de un paciente (2), siempre puede vencer-
     

    (1) Símbolos y transformaciones de la libido.

    (2) Cuando cesan realmente y no cuando una sensación de dis-
    placer mueve al sujeto a silenciarlas.

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    se tal agotamiento asegurándole que se halla bajo el
    dominio de una ocurrencia referente a la persona del mé-
    dico. En cuanto damos esta explicación, cesa el agota-
    miento o queda transformada la falta de asociaciones en
    una silenciación consciente de las mismas.

    A primera vista, parece un grave inconveniente de la
    psicoanálisis el hecho de que la transferencia, la palanca
    más poderosa del éxito, se transforme en ella en el arma
    más fuerte de la resistencia. Pero a poco que reflexione-
    mos, desaparece por lo menos el primero de los dos pro-
    blemas que aquí se nos plantean. No es cierto que la trans-
    ferencia surja más intensa y desenfrenada en la psicoanáli-
    sis, que fuera de ella. En los sanatorios en que los nerviosos
    no son tratados analíticamente, la transferencia muestra
    también máxima intensidad y adopta las formas más in-
    dignas, llegando, a veces, hasta el sometimiento más ab-
    soluto, y no siendo nada difícil comprobar su matiz erótico.
    Una sutil observadora, Gabriela Reuter, ha descrito esta
    situación, cuando apenas existía aún la psicoanálisis, en
    un libro muy notable, en el que revela, además, una pe-
    netrante visión de la naturaleza y la génesis de las neuro-
    sis (1). Así, pues, no debemos atribuir a la psicoanálisis,
    sino a la neurosis misma, estos caracteres de la transferen-
    cia. En cambio, el segundo problema permanece aún en pie.

    Vamos a aproximarnos a él, o sea a la cuestión de por
    qué la transferencia se nos opone, como resistencia, en el
    tratamiento psicoanalítico. Representémonos la situación
    psicológica del tratamiento. Toda adquisición de una psi-
    coneurosis tiene como premisa regular e indispensable el
    proceso descrito por Jung con el nombre de introver-
    sión de la libido (2), proceso consistente en la disminu-


    (1) Aus guter Familie, 1895.

    (2) Aunque algunas manifestaciones de Jung nos hagan pensar
    que en esta introversión, ve tan sólo algo característico de la de-
    mencia precoz, con exclusión de las demás neurosis.

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    ción de la parte de libido capaz de conciencia y orientada
    hacia la realidad, y el aumento correlativo de la parte in-
    consciente, apartada de la realidad, confinada en lo in-
    consciente y reducida, cuando más, a alimentar las fanta-
    sías del sujeto. La libido ha emprendido (total o fragmen-
    tariamente) una regresión y ha reanimado las imágenes
    infantiles (1). En este camino es seguida por la cura ana-
    lítica, que quiere descubrir la libido, hacerla de nuevo
    asequible a la conciencia y ponerla al servicio de la reali-
    dad. Allí donde la investigación analítica tropieza con la
    libido, encastillada en sus escondites, tiene que surgir un
    combate. Todas las fuerzas que han motivado la regresión
    de la libido, se alzarán, en calidad de resistencias, contra
    la labor analítica, para conservar la nueva situación, pues
    si la introversión o regresión de la libido no hubiese esta-
    do justificada por una determinada relación con el mundo
    exterior (generalmente por la ausencia de satisfacción), no
    hubiese podido tener efecto. Pero las resistencias que
    aquí tienen su origen no son las únicas, ni siquiera las más
    intensas. La libido puesta a disposición de la personalidad
    se hallaba siempre bajo la atracción de los complejos in-
    conscientes (o mejor aún: de los elementos inconscientes

    (1) Sería muy cómodo, pero completamente inexacto, decir que
    ha «cargado» de nuevo los «complejos» infantiles. Lo más que podría
    decirse es que ha «cargado» de nuevo los elementos inconscientes
    de dichos complejos.–La extraordinaria complicación del tema tra-
    tado en este trabajo, nos inclinaría a examinar una serie de proble-
    mas concomitantes, cuya solución sería realmente necesaria para
    poder hablar de un modo inequívoco sobre los procesos psíquicos
    que aquí hemos de describir. Tales problemas son la delimitación
    recíproca de la introversión y la regresión, la inclusión de la teoría
    de los complejos en la teoría de la libido, las relaciones de la fanta-
    sía con lo consciente y lo inconsciente, así como con la realidad, et-
    cétera. No creo necesario excusarme por haber resistido aquí a se-
    mejante tentación.

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    de estos complejos) y emprendió la regresión al debilitar-
    se la atracción de la realidad. Para libertarla tiene que ser
    vencida esta atracción de lo inconsciente, lo cual equivale
    a levantar la represión de los instintos inconscientes y de
    sus productos. De aquí es de donde nace la parte más im-
    portante de la resistencia, que mantiene tantas veces la
    enfermedad aun cuando el apartamiento de la realidad
    haya perdido ya su razón de ser. El análisis tiene que
    luchar con las resistencias emanadas de estas dos fuentes,
    resistencias que acompañan todos sus pasos. Cada una de
    las ocurrencias del sujeto y cada uno de sus actos tiene
    que contar con la resistencia y se presenta como una tran-
    sacción entre las fuerzas favorables a la curación y las
    opuestas a ella.

    Si perseguimos un complejo patógeno desde su repre-
    sentación en lo consciente (representación visible como
    síntoma o totalmente inaparente) hasta sus raíces en lo
    inconsciente, no tardamos en llegar a una región en la cual
    se impone de tal modo la resistencia, que las ocurrencias
    inmediatas han de contar con ella y presentarse como una
    transacción entre sus exigencias y las de la labor investi-
    gadora. La experiencia nos ha mostrado ser este el punto
    en que la transferencia inicia su actuación. Cuando en la
    materia del complejo (en el contenido del complejo) hay
    algo que se presta a ser transferido a la persona del mé-
    dico, se establece en el acto esta transferencia, producien-
    do la asociación inmediata y anunciándose con los signos
    de una resistencia, por ejemplo, con una detención de las
    asociaciones. De este hecho, deducimos que si dicha idea
    ha llegado hasta la conciencia con preferencia a todas las
    demás posibles, es porque satisface también a la resis-
    tencia. Este proceso se repite innumerables veces en el
    curso de un análisis. Siempre que nos aproximamos a
    un complejo patógeno, es impulsado, en primer lugar,
    hacia la conciencia y tenazmente defendido, aquel ele-
     

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    mento del complejo que resulta adecuado para la transfe-
    rencia (1).

    Una vez vencido éste, los demás elementos del com-
    plejo no crean grandes dificultades. Cuanto más se pro-
    longa una cura analítica y más claramente va viendo el
    enfermo que las deformaciones del material patógeno no
    constituyen por sí solas una protección contra el descubri-
    miento del mismo, más consecuentemente se servirá de
    una clase de deformación que le ofrece, sin disputa, máxi-
    mas ventajas: de la deformación por medio de la transfe-
    rencia, llegándose así a una situación en la que todos los
    conflictos han de ser combatidos ya sobre el terreno de la
    transferencia.

    De este modo, la transferencia que surge en la cura
    analítica, se nos muestra siempre, al principio, como el
    arma más poderosa de la resistencia y podemos deducir la
    conclusión de que la intensidad y la duración de la trans-
    ferencia son efecto y manifestación de la resistencia. El
    mecanismo de la transferencia queda explicado con su re-
    ferencia a la disposición de la libido, que ha permanecido
    fijada a imágenes infantiles. Pero la explicación de su ac-
    tuación en la cura no la conseguimos hasta examinar sus
    relaciones con la resistencia.

    ¿De qué proviene que la transferencia resulte tan ade-
    cuada para constituirse en un arma de la resistencia? A
    primera vista, no parece difícil la respuesta. Es indudable
    que la confesión de un impulso optativo ha de resultar
    más difícil cuando ha de llevarse a cabo ante la persona a

    (1) Sin que de esta circunstancia pueda deducirse generalmente
    una importancia patógena especial del elemento elegido para la re-
    sistencia. Cuando en una batalla se combate con especial empeño
    por la posesión de una capilla o un edificio determinado, no puede
    deducirse de ello que se trate del santuario nacional o del depósito
    de municiones del ejército. Tales objetivos pueden tener un valor
    puramente táctico y quizá tan sólo para aquella batalla.

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    la cual se refiere precisamente dicho impulso. Esta impo-
    sición provoca situaciones que parecen realmente insolu-
    bles, y esto es, precisamente, lo que quiere conseguir el
    analizado cuando hace coincidir con el médico el objeto de
    sus impulsos sentimentales. Pero una reflexión más dete-
    nida nos muestra que esta ventaja aparente no puede ofre-
    cernos la solución del problema. Una relación de tierna y
    sumisa adhesión puede también ayudar a superar todas
    las dificultades de la confesión. Así, en circunstancias rea-
    les análogas, solemos decir: Delante de ti no tengo por
    qué avergonzarme; a ti puedo decírtelo todo. La transfe-
    rencia sobre el médico podría, pues, servir lo mismo para
    facilitar la confesión, y no podríamos explicarnos por qué
    provoca una dificultad.

    La respuesta a esta interrogación repetidamente plan-
    teada ya aquí, no nos es proporcionada por una más pro-
    longada reflexión, sino por una observación que realiza-
    mos al investigar las distintas resistencias por transferen-
    cia durante la cura. Acabamos por advertir, que admitiendo
    tan sólo una «transferencia», no llegamos a comprender el
    aprovechamiento de la misma para la resistencia, y tene-
    mos que decidirnos a distinguir una transferencia «positi-
    va» y una «negativa», una transferencia de sentimientos
    cariñosos y otra de sentimientos hostiles, y examinar se-
    paradamente tales dos clases de la transferencia sobre el
    médico. La transferencia positiva se descompone luego, a
    su vez, en la de aquellos sentimientos amistosos o tiernos
    que son capaces de conciencia y en la de sus prolongacio-
    nes en lo inconsciente. Con respecto a estas últimas, de-
    muestra el análisis que proceden de fuentes eróticas, y
    así, hemos de concluir que todos los sentimientos de sim-
    patía, amistad, confianza, etc., que entrañamos en la vida,
    se hallan genéticamente enlazados con la sexualidad, y por
    muy puros y asexuales que nos los representemos en
    nuestra autopercepción consciente, proceden de deseos

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    TECNICA DE LA PSICOANALISIS

    puramente sexuales, habiendo surgido de ellos por debili-
    tación del fin sexual. Primitivamente, no conocimos más
    que objetos sexuales, y la psicoanálisis nos muestra que
    las personas meramente estimadas o respetadas de nues-
    tra realidad pueden continuar siendo, para nuestro psiquis-
    mo inconsciente, objetos sexuales.

    La solución del enigma está, por lo tanto, en que la
    transferencia sobre el médico sólo resulta apropiada para
    constituírse en resistencia en la cura, en cuanto es trans-
    ferencia negativa, o positiva de impulsos eróticos reprimi-
    dos. Cuando suprimimos la transferencia, orientando la
    conciencia sobre ella, no desligamos de la persona del mé-
    dico más que estos dos componentes del sentimiento. El
    otro componente, capaz de conciencia y aceptable, subsis-
    te y constituye también, en la psicoanálisis, como en los
    demás métodos terapéuticos, uno de los substratos del
    éxito. En esta medida, reconocemos gustosamente que
    los resultados de la psicoanálisis reposan en la sugestión,
    siempre que se entienda por sugestión aquello que, con
    Ferenczi, vemos nosotros en ella 1): el influjo ejercido
    sobre un sujeto por medio de los fenómenos de transfe-
    rencia en él posibles. Paralelamente, cuidamos de la in-
    dependencia final del enfermo, utilizando la sugestión para
    hacerle llevar a cabo una labor psíquica que trae nece-
    sariamente consigo una mejora permanente de su situa-
    ción psíquica.

    Puede preguntarse aún, por qué los fenómenos de re-
    sistencia de la transferencia surgen tan sólo en la psico-
    análisis y no en los demás tratamientos, por ejemplo, en
    los sanatorios. En realidad, surgen también en estos ca-
    sos, pero no son reconocidos como tales. La explosión de
    la transferencia negativa es incluso muy frecuente en los

    1)Ferenczi, Introjektion und Übertragung, Jahrbuch f. Psy-
    choan, I, 1909.

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    sanatorios, y el enfermo abandona el establecimiento, sin
    haber conseguido alivio alguno o habiendo empeorado, en
    cuanto surge en él esta transferencia negativa. La transfe-
    rencia erótica no llega a presentar tan grave inconvenien-
    te en los sanatorios, pues en lugar de ser descubierta y
    revelada, es silenciada y disimulada, como en la vida so-
    cial, pero se manifiesta claramente como una resistencia a
    la curación, no ya impulsando al enfermo a abandonar el
    establecimiento– por lo contrario le retiene en él–sino
    manteniéndole apartado de la vida real. Para la curación
    es totalmente indiferente que el enfermo domine en el sa-
    natorio una cualquiera angustia o inhibición, lo que impor-
    ta es que se liberte también de ella en la realidad de su
    vida.

    La transferencia negativa merecería una atención más
    detenida de la que podemos concederla dentro de los lími-
    tes del presente trabajo. En las formas curables de psico-
    neurosis coexiste con la transferencia cariñosa, aparecien-
    do ambas dirigidas simultáneamente, en muchos casos,
    sobre la misma persona, situación para la cual ha hallado
    Jung el término de «ambivalencia». Una tal ambivalencia
    sentimental parece ser normal hasta un cierto grado, pero
    a partir de él, constituye una característica especial de las
    personas neuróticas. En la neurosis obsesiva parece ser
    característica de la vida instintiva una prematura «disocia-
    ción de los pares de antítesis» y representar una de sus
    condiciones constitucionales. La ambivalencia de las direc-
    tivas sentimentales nos explica mejor que nada la facultad
    de los neuróticos de poner sus transferencias al servicio
    de la resistencia. Allí donde la facultad de transferencia se
    ha hecho esencialmente negativa, como en los paranoi-
    des, cesa toda posibilidad de influjo y de curación.

    Pero con todas estas explicaciones no hemos examina-
    do aún más que uno de los lados del fenómeno de la trans-
    ferencia y es necesario dedicar también alguna atención a

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    TECNICA DE LA PSICOANALISIS

    otro de los aspectos del mismo. Quienes han apreciado
    exactamente cómo el analizado es apartado violentamente
    de sus relaciones reales con el médico en cuanto cae bajo
    el dominio de una intensa resistencia por transferencia,
    cómo se permite entonces infringir la regla psicoanalítica
    fundamental de comunicar, sin crítica alguna, todo lo que
    acuda a su pensamiento, cómo olvida los propósitos con
    los que acudió al tratamiento y cómo le resultan ya indife-
    rentes deducciones y conclusiones lógicas que poco antes
    hubieron de causarle máxima impresión; quienes han po-
    dido apreciar justamente todo esto, sentirán la necesidad
    de explicárselo por la acción de otros factores distintos de
    los ya citados hasta aquí, y en efecto, tales factores exis-
    ten y no muy lejos; surgen nuevamente de la situación psí-
    quica en la que la cura ha colocado al analizado.

    En la persecución de la libido substraída a la concien-
    cia, hemos penetrado en los dominios de lo inconsciente.
    Las reacciones que provocamos entonces, muestran algu-
    nos de los caracteres peculiares a los procesos inconscien-
    tes, tal y como nos los ha dado a conocer el estudio de los
    sueños. Los impulsos inconscientes no quieren ser recor-
    dados, como la cura lo desea, sino que tienden a reprodu-
    cirse conforme a las condiciones características de lo in-
    consciente. El enfermo atribuye, del mismo modo que en
    el sueño, a los resultados del estímulo de sus impulsos in-
    conscientes, actualidad y realidad; quiere dar alimento a
    sus pasiones sin tener en cuenta la situación real. El mé-
    dico quiere obligarle a incluir tales impulsos afectivos en
    la marcha del tratamiento, subordinarlos a la observación
    reflexiva y estimarlos según su valor psíquico. Esta lucha
    entre el médico y el paciente, entre el intelecto y el ins-
    tinto, entre el conocimiento y la acción, se desarrolla casi
    por entero en el terreno de los fenómenos de la transfe-
    rencia. En este terreno ha de ser conseguida la victoria,
    cuya manifestación será la curación de la neurosis. Es in-

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    negable que el vencimiento de los fenómenos de la trans-
    ferencia ofrece al psicoanalítico máxima dificultad, pero no
    debe olvidarse que precisamente estos fenómenos nos
    prestan el inestimable servicio de hacer actuales y mani-
    fiestos los impulsos eróticos ocultos y olvidados de los en-
    fermos, pues en fin de cuentas, nadie puede ser vencido
    in absentia o in effigie.