S.
201
La etiología de la histeria
Cuando queremos formarnos una idea de la causación
de un estado patológico como la histeria, emprendemos
primero una investigación anamnésica, preguntando al en-
fermo o a sus familiares, a qué influencias patógenas atri-
buyen la emergencia de los síntomas neuróticos. Lo que
así averiguamos, surge, naturalmente, falseado, por todos
aquellos factores que suelen encubrir a un enfermo el co-
nocimiento de su estado, o sea, por su falta de compren-
sión científica de las influencias etiológicas, por la falsa
conclusión DE POST HOC, ERGO PROPTER HOC, y por el displa-
cer de recordar determinados traumas y faltas sexuales, o
de comunicarlos. Observamos, por lo tanto, en esta inves-
tigación anamnésica, la conducta de no aceptar las opinio-
nes del enfermo sin antes someterla a un penetrante exa-
men crítico, no consintiendo que los pacientes desvíen
nuestra opinión científica sobre la etiología de la neurosis.
Reconocemos, desde luego, la verdad de ciertos datos que
retornan constantemente en las manifestaciones de los en-
fermos, tales como el de que su estado histérico es una
prolongada consecuencia de una emoción pretérita, pero
por otro lado, hemos introducido en la etiología de la his-
teria, un factor que el enfermo no menciona nunca y sólo
a disgusto acepta: la disposición hereditaria. La escuela de
Charcot, tan influyente en estas cuestiones, ve en la he-
rencia, la única causa verdadera de la histeria, y considera
como meras causas ocasionales o «agentes provocadores».S.
202
todos los demás factores dañosos, de tan diversa natura
leza e intensidad.No se me negará, que sería harto deseable la existen
cia de un segundo medio de llegar a la etiología de la his
teria con mayor independencia de los datos del enfermo.
Así, el dermatólogo puede reconocer la naturaleza luética de
una lesión, por sus características visibles y sin que le haga
vacilar la oposición del paciente, que niega la existencia
de una fuente de infección. Igualmente, el médico forense
posee medios de precisar la causación de una herida sin
tener que recurrir a la declaración del lesionado. Pues bien,
en la histeria existe asimismo una tal posibilidad de llegar
al conocimiento de las causas etiológicas, partiendo de los
síntomas. Para esclarecer lo que este nuevo método es
con respecto a la investigación anamnésica habitual, nos
serviremos de una comparación basada en un progreso
real alcanzado en un distinto sector científico.Supongamos que un explorador llega a una comarca
poco conocida en la que despiertan su interés unas rui
nas, consistentes en restos de muros y fragmentos de co
lumnas y de lápidas con inscripciones borrosas e ilegibles.
Puede contentarse con examinar la parte visible, interrogar
a los habitantes, quizá semisalvajes, de las cercanías, so
bre las tradiciones referentes a la historia y la significación
de aquellos restos monumentales, tomar nota de sus res
puestas-
y proseguir su viaje. Pero también puede hacer
otra cosa: Puede haber traído consigo útiles de trabajo, de
cidir a los indígenas a auxiliarle en su labor investigadora,
atacar con ellos el campo de ruinas, practicar excavacio
nes y descubrir, partiendo de los restos visibles, la parte
sepultada. Si el éxito corona sus esfuerzos, los descubri
mientos se explicarán por sí mismos; los restos de muros
se demostrarán pertenecientes al recinto de un palacio; por
los fragmentos de columnas podrá reconstituirse un templo,
y las numerosas inscripciones halladas, bilingües en elS.
203
caso más afortunado, descubrirán un alfabeto y un idioma,
proporcionando su traducción insospechados datos sobre
los sucesos pretéritos en conmemoración de los cuales fue-
ron erigidos tales monumentos. ¡SAXA LOQUUNTUR!Si queremos que los síntomas de una histeria nos reve-
len de un modo aproximadamente análogo, la génesis de
la enfermedad, habremos de tomar como punto de partida,
el importante descubrimiento de Breuer, de que los
síntomas de la histeria (con excepción de los
estigmas) derivan su determinación, de
ciertos sucesos de efecto traumático,
vividos por el enfermo, como símbolos
mnémicos de los cuales son reproduci-
dos en la vida anímica del mismo. Ha de
emplearse su método—u otro de naturaleza análoga—para
dirigir regresivamente la atención del sujeto, desde el sín-
toma, a la escena en la cual y por la cual surgió, y una vez
establecida una relación entre ambos elementos se consí-
gue hacer desaparecer el síntoma, llevando a cabo, en la
reproducción de la escena traumática, una rectifica-
ción póstuma del proceso psíquico en ella desarrollado.No me propongo exponer aquí, la complicada técnica
de este método terapéutico ni los esclarecimientos psicoló-
gicos que su aplicación nos procura. Había de enlazar al
descubrimiento de Breuer mi punto de partida, porque los
análisis de este investigador parecen facilitarnos, simultá-
neamente, el acceso a las causas de la histeria. Sometien-
do a este análisis series enteras de síntomas en numerosos
sujetos, llegamos al conocimiento de una serie correlativa
de escenas traumáticas, en las cuales han entrado en ac-
ción las causas de la histeria. Habremos, pues, de esperar
que el estudio de las escenas traumáticas nos descubra
cuáles son las influencias que generan síntomas histéricos
y en qué forma.Esta esperanza ha de cumplirse necesariamente, pues-
S.
204
to que los principios de Breuer se han demostrado exactos
en un gran número de casos. Pero el camino que va desde
los síntomas de la histeria a su etiología es más largo y me-
nos directo de lo que podíamos figurarnos.Ha de saberse, en efecto, que la referencia de un sín-
toma histérico a una escena traumática, sólo trae consigo
un progreso de nuestra comprensión etiológica, cuando tal
escena cumple dos condiciones esenciales. Ha de poseer
adecuación determinante y fuerza trau-
mática suficientes. Un ejemplo nos aclarará mejor que
toda explicación, estos conceptos. En un caso de vómitos
histéricos, creemos haber descubierto la causación del sín-
toma (hasta un determinado resto) cuando el análisis lo re-
fiere a un suceso que hubo de provocar justificada-
mente, en el paciente, una intensa repug-
nancia, por ejemplo, la vista de un cadáver en des-
composición. Si en lugar de esto, resulta del análisis, que
los vómitos proceden de un fuerte sobresalto, experimen-
tado, por ejemplo, en un accidente ferroviario, habremos
de preguntarnos, insatisfechos, cómo un sobresalto puede
producir, precisamente, vómitos. Falta aquí toda ade-
cuación determinante. Otro caso de explica-
ción insatisfactoria, será, por ejemplo, la referencia de los
vómitos al hecho de haber mordido el sujeto una fruta po-
drida: Los vómitos aparecen entonces determinados, des-
de luego, por la repugnancia, pero no comprendemos que
ésta haya podido ser tan poderosa como para eternizarse
en un síntoma histérico. Falta en este caso, la fuerza
traumática.Veamos, ahora, en qué proporción cumplen las esce-
nas traumáticas descubiertas por el análisis de numerosos
síntomas y casos histéricos, las dos condiciones señaladas.
Nos espera aquí un primer desengaño. Sucede, desde lue-
go, algunas veces, que la escena traumática en la que por
vez primera surgió el síntoma, posee, efectivamente, lasS.
205
dos cualidades de que precisamos para la comprensión del
mismo: adecuación determinante y fuerza traumática. Pero
lo más frecuente es tropezar con alguna de las tres posibi-
lidades restantes, tan desfavorables para la comprensión
del síntoma. La escena a la cual nos conduce el análisis y
en la que el síntoma apareció por primera vez, se nos
muestra inadecuada para la determinación del síntoma, no
ofreciendo su contenido relación alguna con la naturaleza
del mismo. O bien el suceso supuestamente traumático
ofrece dicha relación con el síntoma, pero se nos presenta
como una impresión normalmente inofensiva y por lo ge-
neral incapaz de un tal efecto. O por último, se trata de
una «escena traumática» tan inocente como ajena al carác-
ter del síntoma histérico analizado.(Hacemos observar accesoriamente, que la teoría de
Breuer sobre la génesis de los síntomas histéricos, no que-
da rebatida por el hallazgo de escenas traumáticas de con-
tenido nimio. Supone Breuer, en efecto, siguiendo aquí a
Charcot, que también un suceso insignificante puede cons-
tituir un trauma y desplegar fuerza determinante suficien-
te, cuando el sujeto se encuentra en un estado psíquico es-
pecial, el llamado estado hipnoide. Por mi parte,
opino que en muchas ocasiones, carecemos de todo punto
de apoyo, para suponer la existencia de un tal estado.
Además, la teoría de los estados hipnoides no nos presta
auxilio ninguno para resolver las dificultades que plantea
la frecuencia con que las escenas traumáticas carecen de
adecuación determinante.)Añádase ahora, que a este primer desengaño que nos
proporciona la práctica del método de Breuer, viene a
agregarse, en seguida, otro, especialmente doloroso para
el médico. Cuando el análisis de un síntoma lo refiere
a una escena traumática carente de las condiciones antes
señaladas, el efecto terapéutico es nulo. Fácilmente se
comprenderá cuán grande se hace entonces para el mé-
dico.S.
206
dico la tentación de renunciar a proseguir una labor tan
penosa.Pero quizá una nueva idea pueda sacarnos de este ato-
lladero y aportarnos valiosos resultados. Hela aquí: Sabe-
mos por Breuer, que existe la posibilidad de resolver los
síntomas histéricos, cuando nos es dado hallar, partiendo
de ellos, el camino que conduce al recuerdo de un suceso
traumático. Ahora bien; si el recuerdo descubierto no res-
ponde a nuestras esperanzas, deberemos, quizá, continuar
avanzando por el mismo camino, pues quién sabe si detrás
de la primera escena traumática, no se esconderá el recuer-
do de otra que satisfaga mejor nuestras aspiraciones y
cuya reproducción aporte un mayor efecto terapéutico, no
habiendo sido la primeramente hallado sino un anillo de la
concatenación asociativa. Y es también, posible, que esta
interpolación de escenas inocuas como transiciones nece-
sarias, se repita varias veces en la reproducción, hasta que
consigamos llegar, por fin, desde el síntoma histérico, a la
auténtica escena traumática, satisfactoria ya por todos
conceptos y tanto desde el punto de vista terapéutico
como desde el analítico. Pues bien; estas hipótesis quedan
totalmente confirmadas. Cuando la primera escena descu-
bierta es insatisfactoria, decimos al enfermo que tal suceso
no explica nada, pero que detrás de él, tiene que esconder-
se otro anterior, más importante, y siguiendo la misma
técnica, le hacemos concentrar su atención sobre la cadena
de asociaciones que enlaza ambos recuerdos, el hallado y
el buscado 1). La continuación del análisis conduce enton-
ces, siempre, a la reproducción de nuevas escenas, que
muestran ya los caracteres esperados.
1)Dejamos, intencionadamente, sin precisar, tanto la naturale-
za de la asociación de ambos recuerdos (simultaneidad, causalidad,
analogía de contenido, etc.) como el carácter psicológico de cada
uno (consciente o inconsciente).S.
297
nuevo, como ejemplo, el caso antes elegido de vómitos
histéricos que el análisis refirió primero al sobresalto sufri-
do por el enfermo en un accidente ferroviario, suceso des-
provisto de toda adecuación determinante, y continuando
la investigación analítica, descubriremos que dicho acci-
dente despertó en el sujeto el recuerdo de otro, anterior,
del que fué mero espectador, pero en el que la vista de los
cadáveres destrozados de las víctimas le inspiró horror y
repugnancia. Resulta aquí, como si la acción conjunta de
ambas escenas hiciera posible el cumplimiento de nuestros
postulados, aportando la primera, con el sobresalto, la
fuerza traumática, y la segunda, por su contenido, el efec-
to determinante. El otro caso antes citado, en el que los
vómitos fueron referidos, por el análisis, al hecho de haber
mordido el sujeto una manzana podrida, quedará, quizá,
completado por la ulterior labor analítica, en el sentido de
que la fruta podrida recordó al enfermo una ocasión en la
que se hallaba recogiendo las manzanas caídas del árbol y
tropezó con una carroña pestilente.
No he de volver ya más sobre estos ejemplos, pues he
de confesar que no corresponden a mi experiencia real, sino
que han sido inventados por mí y probablemente mal in-
ventados, pues yo mismo tengo por imposibles las solucio-
nes de síntomas histéricos en ellos expuestas. Pero me
veo obligado a fingir ejemplos por varias causas, una de
las cuales puedo exponerla inmediatamente. Los ejemplos
verdaderos son todos muchísimo más complicados, y la
exposición detallada de uno solo agotaría todo el espacio
disponible. La cadena de asociaciones posee siempre más
de dos elementos y las escenas traumáticas no forman se-
ries simples, como las perlas de un collar, sino conjuntos
ramificados, de estructura arbórea, pues en cada nuevo su-
ceso actúan, como recuerdos, dos o más, anteriores. En
resumen: Comunicar la solución de un único síntoma equi-
vale a exponer un historial clínico completo.
S.
208
En cambio, queremos hacer resaltar un principio que la
labor analítica nos ha descubierto inesperadamente. Hemos
comprobado que ningún síntoma histérico
puede surgir de un solo suceso real,
pues siempre coadyuva a la causación
del síntoma el recuerdo de sucesos an-
teriores, asociativamente despertado.
Si este principio se confirma, como yo creo, en todo caso
y sin excepción alguna, tendremos en él la
base de una teoría psicológica de la histeria.Pudiera creerse, que aquellos raros casos en los que el
análisis refiere en seguida, el síntoma, a una escena trau-
mática de adecuación determinante y fuerza traumática su-
ficientes, y con tal referencia, lo suprime, como se nos re-
lata en el historial clínico de Ana O., expuesto por Breuer,
contradicen la validez general del principio antes desarro-
llado. Así parece en efecto, mas por mi parte, tengo pode-
rosas razones para suponer, que también en estos casos,
actúa una concatenación de recuerdos, que va mucho más
allá de la primera escena traumática, aunque la reproduc-
ción de esta última pueda producir por sí sola la supresión
del síntoma.A mi juicio, es algo muy sorprendente que sólo me-
diante la colaboración de recuerdos puedan surgir sín-
tomas histéricos, sobre todo cuando se reflexiona, que
según las manifestaciones de los enfermos, en el momento
en que el síntoma hizo su primera aparición, no tenían la
menor conciencia de tales recuerdos. Hay aquí materia
para muchas reflexiones, pero estos problemas no han de
inducirnos por ahora a desviar nuestro punto de mira,
orientado hacia la etiología de la histeria. Lo que habre-
mos de preguntarnos será, más bien, adónde llegaremos
siguiendo las concatenaciones de recuerdos asociados,
que el análisis nos descubre, hasta dónde alcanzan tales
concatenaciones, y si tienen en algún punto su fin natural,S.
14
y habrán, quizá, de conducirnos a sucesos de una cierta
uniformidad bien por su contenido, bien por su fecha en
la vida del sujeto, de suerte que podamos ver en estos
factores siempre uniformes, la buscada etiología de la his-
teria.Mi experiencia clínica me permite contestar ya a estas
interrogaciones. Cuando partimos de un caso que ofrece
varios síntomas, llegamos por medio del análisis, desde
cada uno de ellos, a una serie de sucesos, cuyos recuerdos
se hallan asociativamente enlazados. Las diversas conca-
tenaciones asociativas siguen, al principio, cursos regresi-
vos independientes, pero, como ya antes indicamos, pre-
sentan múltiples ramificaciones. Partiendo de una escena,
alcanzamos simultáneamente dos o tres recuerdos, de los
cuales surgen, a su vez, concatenaciones laterales, cuyos
distintos elementos pueden también hallarse enlazados
asociativamente con elementos de la cadena principal. Fór-
mase, de este modo, un esquema comparable al árbol ge-
nealógico de una familia cuyos miembros hubiesen con-
traído también enlaces entre sí. Otras distintas complica-
ciones de la concatenación resultan de que una sola escena
puede ser despertada varias veces en la misma cadena,
presentando así múltiples relaciones con otra escena pos-
terior y mostrando con ella un enlace directo y otro
por elementos intermedios. En resumen; la conexión no es,
en modo alguno, simple, y el descubrimiento de las esce-
nas en una sucesión cronológica inversa (circunstancia que
justifica nuestra comparación con la excavación de un cam-
po de ruinas), no coadyuva ciertamente a la rápida com-
prensión del proceso.La continuación del análisis nos aporta nuevas compli-
caciones. Las cadenas asociativas de los distintos síntomas
comienzan a enlazarse entre sí. En un determinado suceso
de la cadena de recuerdos correspondiente, por ejemplo, a
los vómitos, es despertado, a más de los elementos regre-– 209 –
S.
210
sivos de esta cadena, un recuerdo perteneciente a otra dis-
tinta, que fundamenta otro síntoma diferente, por ejemplo,
el dolor de cabeza. Tal suceso pertenece, así, a ambas se-
ries y constituye, por lo tanto, uno de los varios nudos
existentes en todo análisis. Esta circunstancia tiene su co-
rrelación clínica en el hecho de que a partir de un cierto
momento, surgen juntos los dos síntomas, en simbiosis,
pero sin dependencia interior entre sí. Todavía más hacia
atrás hallamos nudosdenaturaleza diferen-
te. Convergen en ellos las distintas cadenas asociativas
y hallamos escenas de las cuales han partido dos o más
síntomas. A uno de los detalles de la escena se ha enlaza-
do la primera cadena, a otro la segunda, y así sucesiva-
mente.El resultado principal de esta consecuente prosecución
del análisis consiste en descubrirnos, que en todo caso, y
cualquiera que sea el síntoma que tomemos como punto
de partida, llegamosindefectiblemente al
terreno de la vida sexual. Quedaría, así, des-
cubierta, una de las condiciones etiológicas de los sínto-
mas histéricos. La experiencia hasta hoy adquirida me
hace prever que precisamente esta afirmación o por lo me-
nos su validez general ha de despertar vivas contradiccio-
nes. O mejor dicho, la tendencia a la contradicción, pues
nadie puede aún apoyar su oposición en investigaciones
llevadas a cabo por igual procedimiento y que hayan pro-
porcionado resultados distintos. Por mi parte, sólo he de
observar que la acentuación del factor sexual en la etiolo-
gía de la histeria no corresponde, desde luego, en mí, a una
opinión preconcebida. Los dos investigadores que me ini-
ciaron en el estudio de la histeria, Charcot y Breuer, se ha-
llaban muy lejos de una tal hipótesis e incluso sentían hacia
ella una cierta repulsión personal, de la que yo participé
en un principio. Sólo laboriosas investigaciones, llevadas
a cabo con la más extrema minuciosidad, han podido con-
S.
211
vertirme—y muy lentamente por cierto—a la opinión que
hoy sustento. Mi afirmación de que la etiología de la his
teria ha de buscarse en la vida sexual, se basa en la com
probación de un tal hecho en diez y ocho casos de histeria
y con respecto a cada uno de los síntomas, comproba
ción fortificada, allí donde las circunstancias lo han permi
tido, por el éxito terapéutico alcanzado. Se me puede obje
tar, desde luego, que los análisis diez y nueve y veinte,
demostrarán, quizá, la existencia de fuentes distintas para
los síntomas histéricos, limitando a un ochenta por ciento
la amplitud de la etiología sexual. Ya lo veremos. Mas, por
lo pronto, como los diez y ocho casos citados son también
todos los que hasta ahora he podido someter al análisis, y
como nadie hubo de molestarse en elegirlos para favore
cerme, no extrañará que no comparta aquella esperanza y
esté, en cambio, dispuesto a ir más allá de la fuerza proba
toria de mi actual experiencia. A ello me mueve, además,
otro motivo de carácter meramente subjetivo hasta ahora.
Al tratar de sintetizar mis observaciones en una tentativa
de explicación de los mecanismos fisiológico y psicoló-
gico de la histeria, se me ha impuesto la intervención de
fuerzas sexuales instintivas como una hipótesis indispen
sable.Así, pues, una vez alcanzada la convergencia de las
cadenas mnémicas, llegamos al terreno sexual y a algunos,
pocos, sucesos acaecidos, casi siempre, en un mismo pe-
ríodo de la vida, esto es, en la pubertad. De estos sucesos
hemos de extraer la etiología de la histeria y la comprensión
de la génesis de los síntomas histéricos. Mas aquí nos es-
pera un nuevo y más grave desengaño. Tales sucesos
traumáticos aparentemente últimos, con tanto trabajo des-
cubiertos y extraídos de la totalidad del material mnémico,
son, desde luego, de carácter sexual y acaecieron en la pu-
bertad del sujeto, pero fuera de estos caracteres comunes,
presentan gran disparidad y valores muy di-
S.
212
ferentes. En algunos casos, se trata, efectivamente,
de sucesos que hemos de reconocer como intensos trau-
mas: una tentativa de violación, que revela, de un golpe,
a una muchacha aún inmatura, toda la brutalidad del pla-
cer sexual; la sorpresa involuntaria de actos sexuales rea-
lizados por los padres, que descubre al sujeto algo insos-
pechado y hiere sus sentimientos filiales y morales, et-
cétera. Otras veces, se trata, en cambio, de sucesos
singularmente nimios. Una de mis pacientes mostraba,
como base de su neurosis, el hecho de que un muchachito,
amigo suyo, la había acariciado una vez, tiernamente, la
mano, y había apretado, otra, una de sus piernas contra las
suyas hallándose sentado junto a ella, mientras se revela-
ba en su expresión, que estaba haciendo algo prohibido.
En otra joven señora la audición de una pregunta de do-
ble sentido, que dejaba sospechar una contestación obsce-
na, había bastado para provocar un primer ataque de an-
gustia e iniciar con él, la enfermedad. Tales resultados no
son ciertamente favorables a una comprensión de la cau-
sación de los síntomas histéricos. Si lo que descubrimos
como últimos traumas de la histeria son tantos sucesos gra- ves como insignificantes y tanto sensaciones de contacto,
como impresiones visuales o auditivas, nos inclinaremos
quizá, a suponer que los histéricos son por disposición he-
reditaria o por degeneración–
seres especiales, en los que
el horror a la sexualidad, que en la pubertad desempeña
normalmente un cierto papel, aparece intensificado hasta
lo patológico y subsiste duraderamente, o sea, en cierto
modo, personas que no pueden satisfacer psíquicamente
las exigencias de la sexualidad. Pero esta interpretación
deja inexplicada la histeria masculina, y aunque no pudié-
semos oponerla una objeción tan grave, no habría de ser
muy grande la tentación de satisfacernos con ella, pues
da una franca impresión de incomprensividad, obscuridad
e insuficiencia.S.
213
Por fortuna para nuestro esclarecimiento, algunos de
los sucesos sexuales de la pubertad muestran una nueva
insuficiencia, que nos impulsa a proseguir la labor analí-
tica. Resulta, en efecto, que también tales sucesos carecen
de adecuación determinante, aunque con mucha menor
frecuencia que las escenas traumáticas de épocas posterio-
res. Así, las dos pacientes citadas antes como casos de
sucesos de pubertad realmente nimios, comenzaron a pa-
decer, consiguientemente a tales sucesos, singulares sen-
saciones dolorosas en los genitales, que se constituyeron
en síntoma principal de la neurosis, y cuya determina-
ción no pudo derivarse de las escenas de la pubertad ni de otras
posteriores, pero que no admitían ser incluídas entre las
sensaciones orgánicas normales ni entre los signos de ex-
citación sexual. Habíamos, pues, de decidirnos a buscar la
determinación de estos síntomas en otras escenas anterio-
res, siguiendo de nuevo aquella idea salvadora que antes
nos había conducido desde las primeras escenas traumáti-
cas a las concatenaciones asociativas existentes detrás de
ellas. Ahora bien; obrando así, se llegaba a la primera in-
fancia, esto es, a una edad anterior al desarrollo de la vida
sexual, circunstancia a la cual parecía enlazarse una renun-
cia a la etiología sexual. ¿Pero no hay acaso un derecho
a suponer que tampoco la infancia carece de leves excita-
ciones sexuales y que quizá el ulterior desarrollo sexual es
influído de un modo decisivo por sucesos infantiles? Aque-
llos daños que recaen sobre un órgano aún imperfecto y
una función en vías de desarrollo, suelen causar efectos
más graves y duraderos que los sobrevenidos en edad más
madura. Y quizá aquellas reacciones anormales a impre-
siones de orden sexual con las que nos sorprenden los his-
téricos en su pubertad, tengan, en general, como base, tales
sucesos sexuales de la infancia, que habrían de ser, enton-
ces, de naturaleza uniforme e importante. Llegaríamos, así,
a la posibilidad de explicar como tempranamente adquiridoS.
214
aquello que hasta ahora achacamos a una predisposición,
inexplicable, sin embargo, por la herencia. Y dado que los
sucesos infantiles de contenido sexual, sólo por medio de
sus huellas mnémicas, pueden manifestar una
acción psíquica, tendríamos aquí un complemento de
aquel resultado del análisis, según el cual sólo mediante la
cooperación de los recuerdos pueden surgir síntomas his-
téricos.S.
215
II
No es difícil adivinar que si he expuesto tan detallada-
mente el proceso mental que antecede, es por ser el que
después de tantas dilaciones, ha de llevarnos, por fin, a la
meta. Llegamos, en efecto, al término de nuestra penosa
labor analítica y hallamos ya cumplidas todas las aspira-
ciones y esperanzas mantenidas en nuestro largo camino.
Al penetrar con el análisis hasta la más temprana infancia,
esto es, hasta el límite de la capacidad mnémica del hom-
bre, damos ocasión al enfermo en todos los casos, para la
reproducción de sucesos, que por sus peculiaridades y por
sus relaciones con los síntomas patológicos ulteriores, han
de ser considerados como la buscada etiología de la neuro-
sis. Estos sucesos infantiles son, nuevamente, de
contenido sexual, pero de naturaleza mucho más uni-
forme que las escenas de la pubertad últimamente halladas.
No se trata ya en ellos, de la evocación del tema sexual
por una impresión sensorial cualquiera, sino de experien-
cias sexuales en el propio cuerpo, de un comercio se-
xual (en un amplio sentido). Se me confesará que la
importancia de tales escenas no precisa de más am-
plia fundamentación. Nos limitaremos a añadir, que sus
detalles nos revelan siempre aquellos factores determinan-
tes que en las otras, posteriormente acaecidas y repro-
ducidas con anterioridad, habíamos echado aún de menos.
Sentamos, pues, la afirmación de que en el fondo de
todo caso de histeria, se ocultan—pudiendo ser reproduci-S.
216
dos por el análisis no obstante el tiempo transcurrido, que
supone, a veces, decenios enteros-
uno o varios
sucesos de precoz experiencia sexual,
pertenecientes a la más temprana infancia 1). Tengo este
resultado por un importante hallazgo: por el descubrimien-
to de una caput Nili de la neuropatología, pero al
emprender su discusión, vacilo entre iniciarla con la expo-
sición del material de hechos reunido en mis análisis, o
con el examen de la multitud de objeciones y de dudas que
su mera enunciación ha de haber hecho surgir. Escoge-
ré esto último, con lo cual podremos, quizá, examinar lue-
go, más tranquilamente, los hechos.
a) Aquellos que se muestran hostiles a una concep-
ción psicológica de la histeria y no quisieran renunciar a la
esperanza de ver referidos un día los síntomas de esta
enfermedad a «sutiles modificaciones anatómicas», habien-
do rechazado la hipótesis de que las bases materiales de
las modificaciones histéricas han de ser de igual naturaleza
que las de nuestros procesos anímicos normales; éstos, re-
petimos, no podrán abrigar, naturalmente, confianza algu-
na en los resultados de nuestros análisis. La diferencia
fundamental entre sus premisas y las nuestras nos desliga,
en cambio, de la obligación de convencerles en una cues-
tión aislada.
Pero también otros, menos enemigos de las teorías psi-
cológicas de la histeria, se inclinarán a preguntar, ante
nuestros resultados analíticos, qué seguridades ofrece el
empleo de la psicoanálisis y si no es muy posible que tales
escenas, expuestas por el paciente, como recuerdos, no
sean sino sugestiones del médico o puras invenciones y
fantasías del enfermo. A esta objeción, habré de replicar,
que los reparos de orden general, opuestos a la seguridad
del método psicoanalítico, podrán ser examinados y desva-
1)Agregación en 1924: Véase la nota de la página 217.
S.
217
necidos una vez que realicemos una exposición completa
de su técnica y de sus resultados. En cambio, los relativos
a la autenticidad de las escenas sexuales infantiles pueden
ya ser rebatidos hoy, con más de un argumento. En primer
lugar, la conducta de los enfermos mientras reproducen
estos sucesos infantiles, resulta inconciliable con la supo-
sición de que dichas escenas no sean una realidad penosa-
mente sentida y sólo muy a disgusto recordada. Antes del
empleo del análisis, no saben los pacientes nada de tales
escenas y suelen rebelarse cuando se les anuncia su emer-
gencia. Sólo la intensa coerción del tratamiento llega a
moverles a su reproducción; mientras atraen a su concien-
cia tales sucesos infantiles, sufren bajo las más violentas
sensaciones, avergonzándose de ellas y tratando de ocul-
tarlas, y aun después de haberlos vivido de nuevo, de un
modo tan convincente, intentan negarles crédito, haciendo
constar que en su reproducción, no han experimentado,
como en la de otros elementos olvidados, la sensación de
recordar 1).Este último detalle me parece decisivo, pues no es
aceptable que los enfermos aseguren tan resueltamente su
incredulidad si por un motivo cualquiera, hubiesen inven-
tado ellos mismos aquello a lo que así quieren despojar de
todo valor.La sospecha de que el médico impone al enfermo tales
reminiscencias, sugiriéndole su representación y su relato,
es más difícil de rebatir, pero me parece igualmente insos-
tenible. No he conseguido jamás imponer a un enfermo
una escena por mí esperada, de manera que pareciese re-
vivirla con todas sus sensaciones correspondientes. Quizás
a otros les sea posible.1)Agregación en 1924: Todo esto es exacto, pero me hace
pensar que en la época en que fué escrito, no me había libertado
aún de una estimación exagerada de la realidad e insuficiente de la
fantasía.S.
218
Existen, en cambio, toda una serie de garantías de la
realidad de las escenas sexuales infantiles. En primer lu-
gar, su uniformidad en ciertos detalles, consecuencia nece-
saria de las premisas uniformemente repetidas de estos su-
cesos, si no hemos de atribuirla a un previo acuerdo secre-
to entre los distintos enfermos, y además, el hecho de
describir a veces, los pacientes, como cosa inocente, suce-
sos cuya significación se ve que no comprenden, pues si
no, quedarían espantados, o tocar, sin concederles valor,
detalles que solo un hombre experimentado conoce y sabe
estimar como sutiles rasgos característicos de la realidad.Tales circunstancias robustecen, desde luego, la impre-
sión de que los enfermos han tenido que vivir realmente
aquellas escenas infantiles que reproducen bajo la coerción-
del análisis. Pero la prueba más poderosa de la realidad de
dichos sucesos nos es ofrecida por su relación con el con-
tenido total del historial del enfermo. Del mismo modo que
en los rompecabezas de los niños se obtiene, después de
algunas probaturas, la absoluta seguridad de qué trozo co-
rresponde a un determinado hueco, pues sólo él completa-
la imagen y puede, simultáneamente, adaptar sus entrantes-
y salientes a los de los trozos ya colocados, cubriendo por
completo el espacio libre; de este mismo modo, demues-
tran las escenas infantiles ser, por su contenido, comple-
mentos forzosos del conjunto asociativo y lógico de la
neurosis, cuya génesis nos resulta comprensible –y a ve-
ces, añadiríamos, natural– una vez adaptados estos com-
plementos.Aunque sin intención de situar este hecho en primer
término, he de añadir que en toda una serie de casos, re-
sulta posible también una demostración terapéutica de la
autenticidad de las escenas infantiles. Hay casos en los que
se obtiene una curación total o parcial, sin tener que des-
cender a los sucesos infantiles, y otros, en los que no se
consigue resultado alguno terapéutico hasta alcanzar elS.
219
análisis su fin natural con el descubrimiento de los traumas
más tempranos. A mi juicio, los primeros ofrecen el peli-
gro de una recaída. Espero, en cambio, que un análisis
completo signifique la curación radical de una histeria.
Pero no nos adelantemos a las enseñanzas de la expe-
riencia.Constituiría también una prueba inatacable de la auten-
ticidad de los sucesos infantiles sexuales el que los datos
suministrados en el análisis, por una persona, fueran con-
firmados por otra, sometida también a tratamiento o ajena
a él. Tales dos personas habrían tomado parte, por ejem-
plo, en el mismo suceso infantil, habiendo mantenido, quizá,
de niños, relaciones sexuales. Semejantes relaciones infan-
tiles no son, como en seguida veremos, nada raras, y es
también, bastante frecuente, que ambos protagonistas en-
fermen luego de neurosis, pero no obstante, considero
como una casualidad, singularmente afortunada, el que de
sólo diez y ocho casos, me haya sido posible encontrar en
dos, una tal confirmación objetiva. En uno de ellos, fué el
hermano mismo de la paciente, exento de todo trastorno
neurótico, quien sin yo pedírselo, me refirió escenas se-
xuales desarrolladas entre él y su hermana, no pertenecien-
tes, desde luego, a su más temprana infancia, pero sí a
una época posterior de su niñez, y robusteció mi sospecha
de que tales relaciones podían haberse iniciado en perío-
dos anteriores. Otra vez, resultó que dos de las enfermas
sometidas a tratamiento habían tenido en su infancia rela-
ciones sexuales con una misma tercera persona masculina,
habiéndose desarrollado algunas escenas «a trois». En am-
bas pacientes, había surgido luego un mismo síntoma, que
se derivaba de aquellos sucesos infantiles y testimoniaba
de la indicada comunidad.b) Las experiencias sexuales infantiles, consistentes
en la estimulación de los genitales, actos análogos al coito,
etcétera, han de ser, pues, consideradas en un último aná--S.
220
lisis, como aquellos traumas de los cuales parten la reac-
ción histérica contra los sucesos de la pubertad y el des-
arrollo de síntomas histéricos. Contra esta afirmación se
alzarán, seguramente, desde distintos sectores, dos objecio-
nes contrarias entre sí. Dirán unos, que tales abusos
sexuales realizados por adultos con niños, o por niños en
tre sí, son muy raros para poder cubrir con ellos la condi-
cionalidad de una neurosis tan frecuente como la histeria.
Observarán, en cambio, otros, que estos sucesos son, por
lo contrario, muy frecuentes, demasiado frecuentes, para
poder adscribirles una significación etiológica. Objetarán,
además, que no resultaría difícil hallar multitud de perso-
nas, que recuerdan haber sido objeto en su niñez, de
abusos sexuales y no han enfermado jamás de histeria. Por
último, se nos opondrá, como más poderoso argumento, el
de que en las capas sociales inferiores no surge, ciertamen-
te, la histeria, con mayor frecuencia que en las superiores;
mientras que todo hace suponer, que el precepto de la in-
tangibilidad sexual de la infancia es transgredido con mu-
cha mayor frecuencia entre los proletarios.Comenzaremos nuestra defensa por su parte más fácil.
Me parece indudable que nuestros hijos se hallan más
expuestos a ataques sexuales de lo que la escasa previsión
de los padres hace suponer. Al tratar de documentarme
sobre este tema, se me indicó por aquellos colegas a los
que acudí en busca de datos, la existencia de varias publi-
caciones de pediatría, en las que se denunciaba la frecuen-
cia con que las nodrizas y niñeras hacían objeto de prácti-
cas sexuales a los niños a ellas confiados, y recientemente,
ha llegado a mi poder un estudio del doctor Stekel, de
Viena, en el que se trata del «coito infantil» (Wiener medi-
zinische Blaetter, 18 Abril 1896). No he tenido tiempo de
reunir otros testimonios literarios, pero aunque su número
fuese hasta aquí muy limitado, sería de esperar, que una
mayor atención a este tema, confirmase muy pronto la
S.
221
gran frecuencia de experiencias y actividades sexuales in-
fantiles.Por último, los resultados de mis análisis pueden tam-
bién hablar ya por sí mismos. En cada uno de los diez y
ocho casos por mí tratados (histeria pura e histeria combi-
nada con representaciones obsesivas, seis hombres y doce
mujeres) he llegado, sin excepción alguna, al descubri-
miento de tales sucesos sexuales infantiles. Según el ori-
gen del estímulo sexual, pueden dividirse estos casos en
tres grupos. En el primer grupo, se trata de atentados co-
metidos una sola vez o veces aisladas, en sujetos infanti-
les, femeninos en su mayor parte, por individuos adultos
ajenos a ellos, que obraron disimuladamente y sin violen-
cia, pero sin que pudiera hablarse de un consentimiento
por parte del infantil sujeto, y siendo, para éste, un intenso
sobresalto, la primera y principal consecuencia del suceso.
El segundo grupo aparece formado por aquellos casos,
mucho más numerosos, en los que una persona adulta de-
dicada al cuidado del niño–niñera, institutriz, preceptor o
pariente cercano–hubo de iniciarle en el comercio sexual
y mantuvo con él, a veces durante años enteros, verdade-
ras relaciones amorosas, desarrolladas también en dirección
anímica. Por último, reunimos en el tercer grupo, las rela-
ciones infantiles propiamente dichas, o sea las relacio-
nes sexuales entre dos niños de sexo distinto, por lo
general, hermanos, continuadas muchas veces más allá de
la pubertad y origen de las más graves y persistentes con-
secuencias para la pareja amorosa. En la mayor parte de
mis casos, se descubrió la acción combinada de dos o más
de estas etiologías, resultando en algunos, verdaderamente
asombrosa, la acumulación de sucesos sexuales de distin-
tos órdenes. Esta singularidad resulta fácilmente compren-
sible si se tiene en cuenta que todos los casos por mí
analizados, constituían neurosis muy graves, que amenaza-
ban incapacitar totalmente al sujeto.S.
222
Cuando se trata de relaciones sexuales entre dos niños,
conseguimos alcanzar algunas veces la prueba de que el
niño—que desempeña también aquí el papel agresivo—ha
bía sido antes seducido por una persona adulta de sexo fe-
menino e intentaba repetir luego, con su pareja infantil,
bajo la presión de su libido prematuramente despertada y
a consecuencia de la obsesión mnémica, aquellas mismas
prácticas que le habían sido enseñadas, sin introducir, por
su parte, modificación alguna personal en las mismas.
Me inclino, por lo tanto, a creer, que sin una previa
seducción no es posible, para el niño, emprender el camino
de la agresión sexual. De este modo, las bases de las neu-
rosis serían constituidas siempre por personas adultas, du-
rante la infancia del sujeto, transmitiéndose luego los ni-
ños entre sí, la disposición a enfermar más tarde, de histe-
ria. Si tenemos en cuenta que las relaciones sexuales
infantiles, favorecidas por la vida en común, son especial-
mente frecuentes entre hermanos o primos, y suponemos
que doce o quince años más tarde, surgen entre los jóvenes
miembros de la familia, varios casos de enfermedad, ha-
bremos de reconocer, que esta emergencia familiar de la
neurosis resulta muy apropiada para inducirnos en error,
haciéndonos ver una disposición hereditaria donde no
existe más que una seudoherencia, y en realidad,
una infección transmitida en la infancia.
Examinemos ahora la otra objeción, basada precisamen-
te en el reconocimiento de la frecuencia de los sucesos se-
xuales infantiles y en la existencia de muchas personas
que recuerdan tales escenas y no han enfermado de histe-
ria. A esta objeción, habremos de replicar, en primer lu-
gar, que la extraordinaria frecuencia de un factor etiológi-
co no puede ser empleada como argumento contra su im-
portancia etiológica. El bacilo de la tuberculosis flota en
todas partes y es aspirado por muchos más hombres de
los que luego enferman, sin que su importancia etiológicaS.
223
quede disminuída por el hecho de precisar de la coopera-
ción de otros factores para provocar su efecto específico.
Para concederle la categoría de etiología específica basta
con que la tuberculosis no sea posible sin su colaboración.
Lo mismo sucede en nuestro problema. Nada importa la
existencia de muchos hombres que han vivido en su infan-
cia, escenas sexuales, y no han enfermado luego de histe-
ria, si en cambio, todos aquéllos que padecen esta enfer-
medad han vivido tales escenas. El círculo de difusión de
un factor etiológico puede ser muy bien más extenso que
el de su efecto; lo que no puede ser es más restringido.
No todos los que entran en contacto con un enfermo de vi-
ruela o se aproximan a él, contraen su enfermedad, y sin
embargo, la única etiología conocida de la viruela, es el
contagio.Si la actividad sexual infantil fuese un suceso casi ge-
neral, no podría concederse valor alguno a su descubri-
miento en todos los casos examinados. Pero en primer lugar,
semejante afirmación habría de ser muy exagerada, y en
segundo, la aspiración etiológica de las escenas infantiles
no se basa tan sólo en la regularidad de su aparición en la
anamnesia de los histéricos, sino principalmente en el des-
cubrimiento de enlaces asociativos y lógicos entre ellas y
los síntomas histéricos, enlaces que la exposición de un
historial clínico completo evidencia con meridiana claridad.
¿Cuáles pueden ser entonces los factores que la «etio-
logía específica» de la histeria necesita para producir real-
mente la neurosis? Es este un tema que deberá ser tratado
aparte y por sí solo. De momento, me limitaré a señalar el
punto de contacto en el que engranan los dos elementos de
la cuestión, la etiología específica y la auxiliar. Habrá de
tenerse en cuenta un cierto número de factores, la consti-
tución hereditaria y personal, la importancia interna de los
sucesos sexuales infantiles y, sobre todo, su acumulación.
Unas breves relaciones sexuales con un niño cualquiera,S.
224
luego indiferente, serán mucho menos eficaces que las sos
tenidas durante varios años con un hermano. En la etiolo
gía de las neurosis, las condiciones cuantitativas, alcanzan
igual importancia que las cualitativas, constituyendo va
lores liminares que han de ser traspasados para que la en
fermedad llegue a hacerse manifiesta. De todos modos, no
tengo por completa la anterior serie etiológica, ni creo re
suelto con ella el problema de cómo no es más frecuente
la histeria entre las clases inferiores. (Recuérdese, además,
la extraordinaria difusión de la histeria masculina en la cla
se obrera, afirmada por Charcot.) Pero debo también ad
vertir, que yo mismo señalé, hace pocos años, un factor
hasta entonces poco atendido, al que atribuyo el papel
principal en la provocación de la histeria después de la pu
bertad. Expuse en tal ocasión, que la explosión de la his
teria puede ser atribuída casi siempre a un conflicto
psíquico, en el que una representación intolerable
provoca la defensa del Yo e induce a la represión.
Por entonces, no pude indicar en qué circunstancias logra
esta tendencia defensiva del Yo el efecto patológico de re
chazar a lo inconsciente el recuerdo penoso para el Yo y
crear en su lugar un síntoma histérico. Hoy puedo ya
completar mis afirmaciones, añadiendo, que la defen
sa consigue su intención de expulsar
de la conciencia la representación in
tolerable, cuando la persona de que se
trate, sana hasta entonces, integra, en
calidad de recuerdos inconscientes, es
cenas sexuales infantiles, y cuando la
representación que ha de ser expulsa
da puede ser enlazada, lógica o asocia
tivamente, a un tal suceso infantil.Teniendo en cuenta, que la tendencia defensiva del Yo
depende del desarrollo moral e intelectual de la persona,
comprendemos ya perfectamente que en las clases popula-
S.
15
res sea la histeria mucho menos frecuente de lo que habría
de permitir su etiología específica.Volvamos ahora a aquel último grupo de objeciones,
cuya réplica nos ha llevado tan lejos. Hemos oído y reco-
nocido, que existen muchas personas que recuerdan clara-
mente sucesos sexuales infantiles y, sin embargo, no han
enfermado de histeria. Este argumento es, de por sí, muy
poco consistente, pero nos da pretexto para una importan-
te observación. Las personas de este orden no pueden,
según nuestra comprensión de la neurosis, enfermar de
histeria, o, por lo menos, enfermar a consecuencia de las
escenas conscientemente recordadas. En nuestros enfer-
mos, dichos recuerdos no son nunca conscientes, y los cu-
ramos, precisamente, de su histeria, haciendo conscientes
sus recuerdos inconscientes de las escenas infantiles. En el
hecho mismo de haber vivido tales sucesos no podíamos
ni precisábamos modificar nada. Vemos, pues, que no se
trata tan sólo de la existencia de los sucesos sexuales in-
fantiles, sino también de una determinada condición psico-
lógica. Tales escenas han de existir en calidad de re-
cuerdos inconscientes, y sólo en cuanto y mien-
tras lo son, pueden crear y mantener síntomas histéricos.
De qué depende el que estos sucesos dejen tras de sí re-
cuerdos conscientes o inconscientes, si de su contenido,
de la época de su acaecimiento o de influencias posterio-
res, son interrogaciones que plantean un nuevo problema,
en el cual nos guardaremos muy bien de entrar por ahora.
Haremos constar, únicamente, que el análisis nos ha apor-
tado, como primer resultado, el principio de que los sín-
tomas histéricos son derivados de re-
cuerdos inconscientemente activos.c) Para mantener nuestras afirmaciones de que los su-
cesos sexuales infantiles constituyen la condición funda-
mental, o, por decirlo así, la disposición, de la histeria, si
bien no crean inmediatamente los síntomas histéricos, sino– 225 –
S.
226
PROF. S. FREUD
que permanecen en un principio inactivos, y sólo actúan
de un modo patógeno ulteriormente, al ser despertados
como recuerdos inconscientes en la época posterior a la
pubertad; para mantener estas afirmaciones, repetimos,
hemos de contrastarlas con las numerosas observaciones
que señalan ya la aparición de la histeria en la infancia an-
terior a la pubertad. Las dificultades que aquí pudieran
surgir quedan resueltas al examinar, con algún detenimien-
to, los datos conseguidos en el análisis, sobre las circuns-
tancias temporales de los sucesos sexuales infantiles. Ve-
mos, entonces, que la eclosión de síntomas histéricos co-
mienza, no por excepción, sino regularmente, en los gra-
ves casos por nosotros analizados, hacia los ocho años, y
que los sucesos sexuales que no muestran un efecto inme-
diato se extienden cada vez más atrás, hasta los cuatro,
los tres e incluso los dos años de la vida del sujeto. Dado
que la cadena formada por los sucesos patógenos no apa-
rece interrumpida en ninguno de los casos examinados, al
cumplir ocho años el sujeto, hemos de suponer, que esta
edad, en la que tiene efecto la segunda dentición, forma
para la histeria, un límite, a partir del cual se hace imposi-
ble su causación. Aquellos que no han vivido anteriormen-
te sucesos sexuales, no pueden ya adquirir disposición al-
guna a la histeria. En cambio, quienes los han vivido,
pueden ya comenzar a desarrollar síntomas histéricos. La
aparición aislada de la histeria anterior a este límite de
edad (anterior a los ocho años) habría de interpretarse
como un signo de madurez precoz. La existencia de dicho
límite se halla probablemente enlazada a los procesos evo-
lutivos del sistema sexual. El adelantamiento del desarro-
llo sexual somático es un fenómeno frecuente y puede in-
cluso pensarse en su impulsión por prematuros estímulos
sexuales.Observamos, así, la necesidad de un cierto infantilismo,
tanto de las funciones psíquicas como del sistema sexual,S.
227
para que una experiencia sexual acaecida en este período,
desarrolle luego, como recuerdo, un efecto patógeno. Sin
embargo, no me atrevo a sentar afirmaciones más precisas
sobre la naturaleza de este infantilismo psíquico ni sobre
su limitación cronológica.d) Pudiera también preguntársenos, cómo es posible
que el recuerdo de los sucesos sexuales infantiles desarro-
lle tan magnos efectos patógenos, cuando el hecho mismo
de vivirlos no provocó trastorno alguno. Realmente, no
estamos habituados a observar que de una imagen mnémi-
ca emanen fuerzas de las que careció la impresión real.
Se advertirá además, con cuanta consecuencia se mantiene
en la histeria, el principio de que sólo los recuerdos pue-
den producir síntomas. Todas las escenas posteriores en
las cuales nacen los síntomas, no son las verdaderamente
eficaces, y los sucesos a los que corresponde eficacia au-
téntica, no producen, en en un principio, efecto alguno. Pero
nos hallamos aquí ante una cuestión que podemos muy
bien desglosar de nuestro tema. Sentimos, ciertamente, la
necesidad de llevar a cabo una síntesis de toda la serie de
singulares condiciones a cuyo conocimiento hemos llegado:
Para la producción de un síntoma histérico, es necesario
que exista una tendencia defensiva contra una representa-
ción penosa; esta representación ha de hallarse enlazada,
lógica y asociativamente, con un recuerdo inconsciente,
por conducto de elementos intermedios más o menos nu-
merosos, que por el momento, permanecen también in
conscientes; el contenido de dicho recuerdo inconsciente
ha de ser, necesariamente, sexual, y consistir en un suceso
acaecido en un determinado período infantil–; y no pode-
mos por menos de preguntarnos cómo es posible que este
recuerdo de un suceso inocuo en su día, tenga, a posteriori,
el efecto anormal de llevar a un resultado patológico un
proceso psíquico como el de la defensa, permaneciendo,
por sí mismo, inconsciente en todo ello.S.
228
No obstante, habremos de decirnos que se trata de un
problema puramente psicológico, cuya solución hace nece-
sarias ciertas hipótesis sobre los procesos psíquicos nor-
males y sobre el papel que en ellos desempeña la concien-
cia, pero que de momento puede quedar insolucionado, sin
que ello disminuya el valor de nuestros descubrimientos
sobre la etiología de los fenómenos histéricos.S.
229
III
El problema antes planteado se refiere al mecanis-
mo de la producción de síntomas histéricos. Pero nos ve-
mos obligados a exponer la causación de estos síntomas
sin atender a aquel mecanismo, circunstancia que ha de
disminuir la claridad de nuestra exposición. Volvamos al
papel desempeñado por las escenas sexuales infantiles.
Temo haber hecho formar un concepto exagerado de su
fuerza productora de síntomas. Haré, pues, resaltar, de
nuevo, que todo caso de histeria presenta síntomas cuya
determinación no procede de sucesos infantiles, sino de
otros ulteriores y a veces, recientes, si bien otra parte de
los síntomas depende, desde luego, de sucesos de las épo-
cas más tempranas. A ella pertenecen, principalmente, las
tan numerosas y diversas sensaciones y parestesias geni-
tales y de otras partes del cuerpo, síndromes que correspon-
den simplemente, al contenido sensorial de las escenas in-
fantiles, alucinatoriamente reproducido y, muchas veces,
dolorosamente intensificado.Otra serie de fenómenos histéricos mucho más corrien-
tes, deseo doloroso de orinar, dolor al defecar, trastornos
de la actividad intestinal, espasmos laríngeos y vómi-
tos, perturbaciones digestivas y repugnancia a los ali-
mentos, demostró ser también, en el análisis, y con
sorprendente regularidad, derivación de los mismos suce-
sos infantiles, quedando fácilmente explicada por peculiari-
dades constantes de los mismos. Las escenas sexuales
S.
250
infantiles son difícilmente imaginables para un hombre de
sensibilidad sexual normal, pues contienen todas aquellas
transgresiones conocidas por los libertinos o los impoten-
tes, alcanzando en ellas un impropio empleo sexual la ca-
vidad bucal y la terminación del intestino. El asombro que
este descubrimiento produce, queda pronto reemplazado
en el médico, por una comprensión total. De personas que
no reparan en satisfacer en sujetos infantiles sus necesida-
des sexuales, no puede esperarse que se detengan ante
ciertas formas de tal satisfacción, pero además, la impoten-
cia sexual de la infancia impone irremisiblemente aquellos
actos subrogados a los que el adulto se rebaja en los casos
de impotencia adquirida. Todas las extrañas condiciones
en que la desigual pareja prosigue sus relaciones amoro-
sas-
el adulto que no puede sustraerse a la mutua depen-
dencia concomitante a toda relación sexual, pero que al
mismo tiempo se halla investido de máxima autoridad y
del derecho de castigo, y cambia constantemente de papel
para conseguir la satisfacción de sus caprichos; el niño, in-
defenso y abandonado a un tal arbitrio, precozmente des-
pertada su sensibilidad y expuesto a todos los desenga-
ños, interrumpido con frecuencia en el ejercicio de las fun-
ciones sexuales que le son encomendadas, por su incom-
pleto dominio de las necesidades naturales; todas estas
incongruencias tan grotescas como trágicas, quedan im-
presas en el desarrollo ulterior del individuo y en su
neurosis, provocando un infinito número de efectos dura-
deros, que merecería la pena de examinar minuciosa-
mente. En aquellos casos en los cuales la relación erótica
se ha desarrollado entre dos sujetos infantiles, el carác-
ter de las escenas sexuales continúa siendo repulsivo,
puesto que toda relación infantil de este orden, supone
la previa iniciación de uno de los protagonistas por un
adulto. Las consecuencias psíquicas de tales relaciones
infantiles son extraordinariamente hondas. Los dos prota-S.
231
gonistas quedan unidos para toda su vida, por un lazo in
visible.En ocasiones, son detalles accesorios de estas escenas
sexuales infantiles los que en años posteriores alcanzan un
poder determinante, con respecto a los síntomas de la neu-
rosis. Así, en uno de los casos por mí examinados, la cir-
cunstancla de haberse enseñado al niño a excitar con sus
pies los genitales de una persona adulta, bastó, para fijar
a través de años enteros, la atención neurótica del sujeto,
en sus extremidades inferiores y su función, provocando,
finalmente, una paraplejia. En otro caso, se trataba de una
enferma cuyos ataques de angustia, que solían presentarse
a determinadas horas del día, sólo se calmaban con la pre-
sencia de una de sus hermanas, careciendo de tal eficacia
el auxilio de las demás. La razón de esta preferencia hu-
biera permanecido en el misterio, si el análisis no hubiese
descubierto, que la persona que en su infancia la había he-
cho objeto de atentados sexuales, preguntaba siempre si
se hallaba en casa dicha hermana, por la que temía, sin
duda, ser sorprendida.La fuerza determinante de las escenas infantiles se
oculta, a veces, tanto, que un análisis superficial no logra
descubrirla. Creemos entonces haber hallado la explica-
ción de un cierto síntoma en el contenido de alguna de las
escenas posteriores, pero al tropezar luego, en el curso de
nuestra labor, con una escena infantil de idéntico conte-
nido, reconocemos, que la escena ulterior debe exclusiva-
mente su capacidad de determinar síntomas a su coinciden-
cia con la anterior. No queremos, por lo tanto, negar toda
importancia a las escenas posteriores. Si se me planteara
la labor de exponer aquí las reglas de la producción de
síntomas histéricos, habría de reconocer como una de ellas,
la de ser elegida para síntoma aquella representación que
es hecha resaltar por la acción conjunta de varios factores
y despertada simultáneamente desde diversos lados, reglaS.
que en otro lugar he tratado de expresar con el aserto de
que los síntomas histéricos se hallan
superdeterminados.Hemos dejado antes aparte, como tema especial, la re-
lación entre la etiología reciente y la infantil. Pero no que-
remos abandonar la cuestión, sin transgredir, por lo menos,
con una observación, nuestro anterior propósito. Ha de
reconocerse la existencia de un hecho que desorienta
nuestra comprensión psicológica de los fenómenos histéri-
cos y parece advertirnos que nos guardemos de aplicar
una misma medida a los actos psíquicos de los histéricos y
de los normales. Nos referimos a la desproporción com-
probada en el histérico, entre el estímulo psíquicamente
excitante y la reacción psíquica, desproporción que trata-
mos de explicar con la hipótesis de una excitabilidad gene-
ral anormal o, en un sentido fisiológico, suponiendo que
los órganos cerebrales dedicados a la transmisión, presen-
tan, en el enfermo, un especial estado químico o se han
sustraído a la influencia coercitiva de otros centros supe-
riores. No quiero negar que ambas teorías pueden propor-
cionarnos en algunos casos, una explicación exacta de los
fenómenos histéricos. Pero la parte principal del fenó-
meno, la reacción histérica, anormal y exagerada, a los
estímulos psíquicos, permite una distinta explicación, en
cuyo apoyo pueden aducirse infinitos ejemplos extraídos
del análisis. Esta explicación es como sigue: La reac-
ción de los histéricos sólo aparente-
mente es exagerada; tiene que parecé-
noslo porque no conocemos sino una
pequeña parte de los motivos a que
obedece.En realidad, esta reacción es proporcional al estímulo
excitante, y por lo tanto, normal y psicológicamente com-
prensible. Así lo descubrimos en cuanto el análisis agrega
a los motivos manifiestos, conscientes en el enfermo,232
S.
233
aquellos otros motivos que han actuado sin que el enfermo
los conociese ni pudiera, por lo tanto, comunicarlos.Podría llenar página tras página con la demostración
del importante principio antes enunciado, en todos y cada
uno de los elementos de la actividad psíquica total de los
histéricos, pero habré de limitarme a exponer algunos
ejemplos. Recuérdese la frecuente «susceptibilidad» psí-
quica de los histéricos, que ante la menor desatención,
reaccionan como si de una mortal ofensa se tratase. ¿Qué
pensaríamos si observásemos una tan elevada suscepti-
bilidad ante motivos insignificantes, entre dos personas
normales, por ejemplo, en un matrimonio? Deduciríamos
que la escena conyugal presenciada no era únicamente
el resultado del último motivo insignificante, y que en el
ánimo de los protagonistas habían ido acumulándose, poco
a poco, materias detonantes que el último pretexto había
hecho explotar en su totalidad.En la histeria, sucede lo mismo. No es la última, insig-
nificante molestia, la que produce el llanto convulsivo, el
ataque de desesperación y el intento de suicidio, contradi-
ciendo el principio de la proporcionalidad entre el efecto y
la causa. Lo que pasa es que dicha mínima mortificación
actual ha despertado los recuerdos de múltiples e intensas
ofensas anteriores, detrás de las cuales se esconde aún el
recuerdo de una grave ofensa, jamás cicatrizada, recibida
en la infancia. Igualmente, cuando una joven se dirige los
más espantosos reproches por haber permitido que un mu-
chacho acariciase secretamente su mano y contrae, a par-
tir de aquel momento, una neurosis, puede pensarse en un
principio, que se trata de una persona anormal, excéntrica
e hipersensitiva, pero no tardaremos en cambiar de idea al
mostrarnos el análisis, que aquel contacto recordó a la su-
jeto otro, análogo, experimentado en su niñez y enlazado
con circunstancias menos inocentes, de manera que sus re-
proches se refieren, en realidad, a aquella antigua historia.S.
234
Por último, el enigma de los puntos histerógenos encuen-
tra también aquí su explicación. Al tocar uno de los tales
puntos, realizamos algo que no nos proponíamos. Des-
pertamos un recuerdo que puede provocar un ataque de
convulsiones, y cuando se ignora la existencia de un tal
elemento psíquico intermedio, se ve en el ataque, un efec-
to directo del contacto. Los enfermos comparten tal igno-
rancia y caen, por lo tanto, en errores análogos, estable-
ciendo constantemente «falsos enlaces» entre el último
motivo consciente y el efecto dependiente de tantos ele-
mentos intermedios. Pero cuando se ha hecho posible al
médico reunir, para la explicación de una reacción histéri-
ca, los motivos conscientes y los inconscientes, se ve obli-
gado a reconocer que la reacción del enfermo, aparen-
temente exagerada, es, casi siempre, proporcionada, y
sólo anormal en su forma.Contra esta justificación de la reacción histérica a estí-
mulos psíquicos, se objetará, con razón, que de todos mo-
dos, no se trata de una reacción normal, pues los hombres
sanos se conducen de muy distinto modo, sin que actúen
en ellos, todas las excitaciones pasadas, cada vez que se
presenta un nuevo estímulo. Se experimenta, así, la im-
presión de que en los histéricos, conservan su eficacia
todos los sucesos pretéritos a los que ya han reaccionado
con tanta frecuencia y tan violentamente, pareciendo estos
enfermos, incapaces de llevar a cabo una descarga de los
estímulos psíquicos. Hay en esto algo de verdad. Pero no
debe olvidarse que los antiguos sucesos vividos por los
enfermos actúan, al ser estimulados por un motivo actual,
como recuerdos inconscientes. Parece, así,
como si la dificultad de descarga y la imposibilidad de
transformar una impresión actual en un recuerdo inofensi-
vo, dependieran precisamente de los caracteres peculiares
de lo psíquico inconsciente. Como se ve, el resto del pro-
blema es, nuevamente, psicología, y psicología de un or-
den superior.S.
235
den muy distinto al estudiado hasta ahora por los filó
sofos.A esta psicología, que hemos de crear para nuestras
necesidades—a la futura psicología de las neu
rosis—he de remitirme también al exponer, como final,
algo en lo que se verá, quizá, al principio, un obstáculo a
nuestra iniciada comprensión de la etiología de la histeria.
He de afirmar, en efecto, que la importancia etiológica de
los sucesos sexuales infantiles no aparece limitada al terre
no de la histeria, extendiéndose también a la singular neu
rosis obsesiva e incluso, quizá, a la paranoia crónica y a
otras psicosis funcionales. No puedo hablar aquí con la
precisión deseable, porque el número de mis análisis de
neurosis obsesivas es aún muy inferior al de histerias. Con
respecto a la paranoia, sólo dispongo de un único análisis
suficiente y algunos otros, fragmentarios. Pero lo que en
estos casos he hallado, me ofrece garantías de exactitud y
me promete resultados positivos en futuros análisis. Se
recordará, quizá, que en ocasiones anteriores, he sostenido
ya, la síntesis de la histeria y la neurosis obsesiva bajo el
título de «neurosis de defensa», aunque no había llegado
aún al descubrimiento de su común etiología infantil. Aña
diré ahora, que mis casos de representaciones obsesivas
me han revelado todos un fondo de síntomas histéricos,
en su mayoría, sensaciones y dolores, que podían ser refe
ridos precisamente a los más antiguos sucesos infantiles.
¿Qué es lo que determina que de las escenas sexuales in-
fantiles haya de surgir luego, al sobrevenir los demás fac-
tores patógenos, bien la histeria, bien la neurosis obsesiva
o incluso la paranoia? Esta extensión de nuestros conoci-
mientos parece disminuir el valor etiológico de dichas
escenas, despojando de su especialidad a la relación etio-
lógica.No me es posible dar todavía una respuesta precisa a
esta interrogación, pues no cuento aún con datos suficien-
tes.S.
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tes. He observado, hasta ahora, que las representaciones
obsesivas se revelan siempre en el análisis, como re-
proches, disfrazados y deformados, correspondientes a
agresiones sexuales infantiles, siendo, por lo tanto, más fre-
cuentes en los hombres que en las mujeres, y desarrollán-
dose en aquéllos con mayor frecuencia que la histeria. De
este hecho, puede deducirse, que el carácter activo o pa-
sivo del papel desempeñado por el sujeto en las escenas
sexuales infantiles, ejerce una influencia determinante
sobre la elección de la neurosis ulterior. De todos modos,
no quisiera disminuir con esto la influencia correspondien-
te a la edad en que el sujeto vive dichas escenas infantiles
y a otros distintos factores. Sobre este punto, habrán de
decidir nuestros futuros análisis. Pero una vez descubiertos
los factores que rigen la elección entre las diversas formas
posibles de las neuropsicosis de defensa, se nos plantea-
rá de nuevo un problema, puramente psicológico: el rela-
tivo al mecanismo que estructura la forma elegida.Llego aquí al final de mi trabajo. Preparado a la con-
tradicción, quisiera dar aún a mis afirmaciones un nuevo
apoyo, antes de abandonarlas a su camino. Cualquiera que
sea el valor que se conceda a mis resultados, he de rogar
no se vea en ellos el fruto de una cómoda especulación.
Reposan en una laboriosa investigación individual de cada
enfermo, que en la mayoría de los casos, ha exigido cien
o más horas de penosa labor. Más importante aún que la
aceptación de mis resultados es, para mí, la del método del
que me he servido, totalmente nuevo, difícil de desarrollar
y, sin embargo, insustituible para nuestros fines científicos y
terapéuticos. No es posible contradecir los resultados de
esta modificación mía del método de Breuer, dejando a un
lado este método y sirviéndose tan sólo de los hasta aquí
habituales. Ello equivaldría a querer rebatir los descubri-
mientos de la técnica histológica por medio de los datos
logrados en la investigación macroscópica. Al abrirnos,S.
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ENSAYOS
este nuevo método de investigación, el acceso a un nue-
vo elemento del suceder psíquico, a los procesos mentales
inconscientes o, según la expresión de Breuer, «incapa-
ces de conciencia», nos ofrece la esperanza de
una nueva y mejor comprensión de todas las perturbacio-
nes psíquicas funcionales. No puedo creer que la psiquia-
tría dilate por más tiempo el servirse de él.
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La etiología de la histeria
1896-003/1928.es