B. PARTE SINTÉTICA1905-003/1931.es/M2
  • S.

    V

    Los motivos del chiste.—El chiste como
    fenómeno social.

     Habiendo reconocido, como motivo suficiente de la ela-
    boración del chiste, la intención de conseguir placer, parece
    ahora inútil resucitar esta cuestión. Mas, por un lado, no es
    imposible que otros motivos diferentes tomen parte en la
    producción del chiste, y por otro, no debemos dejar de incluir
    en nuestra investigación el problema de la condicionalidad
    subjetiva del mismo.

     Dos hechos nos impulsan, ante todo, a hacerlo así. La
    elaboración del chiste es, desde luego, un excelente medio
    de extraer placer de los procesos psíquicos, mas no todos los
    hombres se hallan igualmente capacitados para servirse de él.
    No se halla a disposición de todo el mundo y, ampliamente,
    sólo a la de contadas personas, a las que caracterizamos di-
    ciendo que tienen «chiste». En este sentido, se nos muestra

     mesa, parece luego advertir su error, y exclama en son de disculpa:
    «¡Perdón! Creí que eran espinacas».
    Otro: «La vida es un puente colgante», dice uno.—«¿Cómo es eso?»,
    le preguntan. —«¿Y yo que sé?», responde.

     Estos ejemplos extremos producen su efecto por suponer el oyente
    que se trata de un chiste y afanarse en descubrir tras del disparate un
    sentido oculto. Pero no le es posible hallar ninguno; se trata de un
    simple desatino. Bajo la apariencia chistosa, se ha conseguido, por un
    momento, dar libertad al placer de disparatar. Estos chistes no están
    del todo desprovistos de tendencia: son «engañabobos» o «camelos»,
    que proporcionan, al que los dice, un cierto placer viendo engañado y
    molesto al oyente, el cual aplaca su molestia, prometiéndose hacer
    caer a su vez a otros en la trampa.

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    el «chiste» como una especial capacidad perteneciente a la
    categoría de las antiguas «potencias del alma», pero casi por
    completo independiente de las restantes: inteligencia, fanta-
    sía, memoria, etc. Deberemos, pues, suponer, en los sujetos
    chistosos, especiales disposiciones o condiciones psíquicas
    que permiten o favorecen la elaboración del chiste.

     Temo que no nos ha de ser posible profundizar mucho en
    este punto. Sólo en ocasiones aisladas, logramos avanzar
    desde la comprensión de un chiste hasta el conocimiento de
    las condiciones subjetivas existentes en el espíritu de su
    autor. A una feliz casualidad se debe, no más, que precisa-
    mente el ejemplo con cuyo análisis hemos inaugurado nues-
    tra investigación de las técnicas nos permita penetrar hasta
    la condicionalidad subjetiva del chiste. Me refiero a la chis-
    tosa frase de Heine, que antes que nosotros, analizaron ya

     Heyman y Lipps:

     «Tan cierto como que de Dios proviene todo lo bueno,
    señor doctor, es que una vez me hallaba yo sentado junto a
    Salomón Rothschild y que me trató como a un igual suyo,
    muy famillionarmente (famillionär).»

     Esta frase la pone Heine en boca de un personaje cómico:
    el hamburgués Hirsch-Hyacinth, colector de lotería, tasador,
    callista y ayuda de cámara del distinguido barón Cristóforo
    Gumpelino (antes Gumpel). Se ve que el poeta siente espe-
    cial predilección por esta criatura, pues la hace llevar la
    voz cantante en el relato y enunciar las más osadas y diver-
    tidas ideas, prestándole la práctica sabiduría de un Sancho
    Panza. Lástima que, llevado Heine por su falta de afición a
    la forma dramática, deje perderse tan pronto esta deliciosa
    figura. Sin embargo, en más de una ocasión nos quiere pare-
    cer que Hirsch-Hyacinth no es sino una transparente másca-
    ra, detrás de la cual es el poeta mismo quien habla, y a poco
    que reflexionemos, adquirimos la certeza de que el cómico
    personaje constituye una auto-parodia del propio Heine. Así,
    cuando Hirsch relata la razón de haber abandonado su ver-
    dadero nombre, adoptando el de Hyacinth. «Este nombre
    —dice— lo escogí porque empezaba con H, como el mío, y
    me evitaba hacer grabar de nuevo mis iniciales». Es esto,

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     exactamente, lo que sucedió a Heine cuando, al bautizarse, 
     cambió su nombre—Harry—por el de Heinrich. Además, 
     todo aquel que conozca la biografía de Heine, recordará que 
     el poeta tenía en Hamburgo, ciudad de la que hace natural a 
     Hirsch-Hyacinth, un tío de su mismo apellido, que desempe-
     ñaba en la familia el papel de pariente adinerado y ejerció en 
     la vida de nuestro autor una decisiva influencia. Su nombre 
     era Salomón, como el del viejo Rothschild que hubo de acoger 
     al infeliz Hirsch tan familonarmente. De este modo, 
     lo que en boca de Hirsch-Hyacinth nos parecía una chanza, 
     muestra un fondo de amargura atribuído al sobrino Harry-
     Heinrich. Sabemos que éste quiso estrechar los lazos de 
     unión con esta parte de su familia y que fué su más ardiente 
     deseo contraer matrimonio con una hija de su tío Salomón; 
     pero la muchacha le rechazó y el padre le trató siempre harto 
     «familonarmente», como a un pariente pobre. Sus opulentos 
     primos de Hamburgo nunca le miraron tampoco con afecto. 
     Recuerdo aquí lo que me contó una anciana tía mía que por 
     su matrimonio entró a formar parte de la familia Heine. Un 
     día en que, recién casada, fué a comer a casa de Salomón, 
     tuvo por vecino de mesa a un joven silencioso y desganado, 
     al que los demás trataban con cierto desdén. Por su parte, 
     también tuvo ella ocasión de mostrarse muy afectuosa con 
     su vecino y sólo muchos años después supo que aquel taci-
     turno y desdeñado joven era el poeta Enrique Heine. Este 
     desvío de sus ricos parientes, hizo sufrir mucho a Heine, 
     tanto en su juventud como en años posteriores, y tales emo-
     ciones subjetivas dieron cuerpo al chiste cuyo análisis nos 
     ocupa.

     También en otros chistes de este gran humorista podemos 
     suponer la existencia de análogas condiciones subjetivas, 
     pero no conozco ningún ejemplo más, en el que las mismas 
     aparezcan tan evidentemente. No es, por lo tanto, nada sen-
     cillo precisar la naturaleza de tales condiciones subjetivas, 
     ni podemos suponer, a priori, a cada chiste, producto de una 
     tan complicada génesis. Tampoco en las producciones chis-
     tosas de otros famosos ingenios hallamos camino más acce-
     sible para nuestra investigación. A veces, como cuando nos

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     enteramos de que Lichtemberg era un hipocondríaco, suje-
    to a las más originales rarezas, nos inclinamos a pensar que
    las condiciones subjetivas de la elaboración del chiste no se
    hallan muy alejadas de las de la enfermedad neurótica. La
    gran mayoría de los chistes, especialmente de aquellos que
    surgen apoyándose en los nuevos intereses de cada día, es
    de procedencia anónima y nos hace preguntarnos, con curio-
    sidad, qué clase de personas serán sus autores. Cuando, en
    el ejercicio de la Medicina, se tiene ocasión de conocer a uno
    de aquellos individuos, que sin presentar, por lo demás, so-
    bresalientes cualidades, son conocidos, en su círculo, como
    chistosos y autores de muchos de los chistes en circulación,
    se experimenta, con frecuencia, la sorpresa de ver que se
    trata de sujetos predispuestos a enfermedades nerviosas.
    Mas por insuficiencia de pruebas nos abstenemos, desde
    luego, de erigir una tal constitución psiconeurótica en condi-
    ción subjetiva necesaria o regular de la formación del chiste.

     Constituyen, en cambio, un caso más transparente, aque-
    llos chistes judíos, que ya conocemos, debidos a individuos
    de raza israelita, pues los que proceden de personas extrañas
    no pasan nunca, como ya hemos visto, del nivel de la comi-
    cidad o de la burla brutal. En ellos parece cumplirse, como
    en el chiste de Heine antes examinado, la condición de que la
    propia persona participe en el contenido del chiste, condición
    cuya importancia estriba en el hecho de dificultar al sujeto
    la crítica o agresión directa, obligándole a buscar un rodeo.

     Otras condiciones, que hacen posible o favorecen la ela-
    boración del chiste, se muestran más claramente ante nues-
    tros ojos. El móvil de la producción de chistes inocentes es,
    con gran frecuencia, el vanidoso impulso de mostrar nuestro
    propio ingenio, dándonos en espectáculo, esto es, un instinto
    equivalente a la exhibición en el terreno sexual. La existen-
    cia de numerosos instintos retenidos, cuya cohibición presen-
    te un cierto grado de inestabilidad, producirá la disposición
    favorable a la producción del chiste tendencioso. Componen-
    tes aislados de la constitución sexual de un individuo pue-
    den, de este modo, actuar como motivos de la formación de
    chistes. Toda una serie de chistes obscenos permite deducir,

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    en sus autores, una oculta tendencia a la exhibición. Los
    chistes tendenciosos agresivos resultan especialmente fáciles
    para aquellos sujetos en cuya sexualidad puede demostrarse
    la existencia de poderosos componentes sadistas, más o me-
    nos cohibidos en su vida individual.

     La otra circunstancia que nos impulsa a investigar la con-
    dicionalidad subjetiva del chiste, es el hecho generalmente
    conocido de que nadie se contenta con hacer un chiste única-
    mente para sí. A la elaboración del chiste se halla indisolu-
    blemente ligado el impulso a comunicarlo, y este impulso es
    tan poderoso, que se impone, con frecuencia, a despecho de
    importantes consideraciones. También la comunicación de lo
    cómico nos proporciona un placer, pero el impulso que a ella
    nos lleva no es ya tan imperativo: lo cómico puede ser goza-
    do aisladamente allí donde surge ante nosotros. En cambio,
    nos vemos obligados a comunicar el chiste. El proceso psí-
    quico de la formación del chiste no parece terminar con el
    acto de ocurrírsenos; queda aún algo que tiende a cerrar, con
    la comunicación de la ocurrencia, el desconocido mecanismo
    de su producción.

     No nos es dado adivinar, al principio, en qué puede fun-
    darse esta tendencia a la comunicación del chiste. Mas ob-
    servamos en éste una nueva peculiaridad que agregar a
    aquellas que lo diferencian de lo cómico. Cuando lo cómico
    surge ante nosotros, lo primero que hacemos es reír de ello,
    sin ocuparnos de hacer a nadie partícipe de nuestra risa.
    Posteriormente, después de haber reído a nuestro gusto, es
    cuando quizá encontremos un nuevo placer en comunicar lo
    que nos ha divertido. En cambio, no reímos jamás del chiste
    que se nos ocurre, a pesar del innegable contento que el
    mismo nos produce. Es, por lo tanto, posible, que nuestra
    necesidad de comunicar el chiste se halle relacionada de
    algún modo con tal efecto hilarante, que nos es negado como
    autores, pero que se manifiesta con todo su poder en las
    personas a las que comunicamos nuestra ocurrencia.

     ¿Por qué no reímos de nuestros propios chistes? ¿Y qué
    papel desempeña el oyente?

     Examinemos, en primer lugar, esta última interrogación.

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     En lo cómico, toman parte dos personas: a más de nuestro
    propio Yo, aquella otra en la que hallamos la comicidad.
    Así mismo, cuando encontramos cómico un objeto, es mer-
    ced a una especie de personificación, nada rara en nuestra
    vida ideológica. Estas dos personas, el Yo y la persona-ob-
    jeto, son suficientes para el proceso cómico. Puede agregarse
    a ellas una tercera, mas no obligada ni necesariamente.
    Cuando el chiste no es aun sino un juego con las propias
    palabras o ideas, prescinde todavía de una persona-objeto,
    pero ya en el grado preliminar de la chanza, cuando ha con-
    seguido proteger el juego y el desatino de la censura de la
    razón, requiere una segunda persona a la que poder comu-
    nicar su resultado. Mas esta segunda persona del chiste, no
    corresponde a la persona-objeto de la comicidad, sino a
    aquella tercera persona a la que se comunica el hallazgo
    cómico. En la chanza, parece someterse a la segunda perso-
    na la decisión de si la elaboración del chiste ha cumplido o
    no su cometido, como si el Yo no confiase en la seguridad
    de su propio juicio. También el chiste inocente, que sabemos
    destinado a robustecer los pensamientos, necesita de una se-
    gunda persona para probar si ha alcanzado su intención.
    Cuando el chiste se pone al servicio de tendencias desnuda-
    doras u hostiles, podemos describirlo como un proceso psí-
    quico entre tres personas, las mismas que participan en la
    comicidad, pero el papel desempeñado por la tercera es muy
    distinto: el proceso psíquico del chiste se cumple entre la
    primera, o sea el Yo, y la tercera, o sea el oyente, y no
    como en la comicidad entre el Yo y la persona-objeto.
     También en la tercera persona del chiste tropieza éste
    con condiciones subjetivas que pueden privarle de alcanzar
    su fin de conseguir placer. Como Shakespeare advierte
    (Love's labour's lost, V, 2):

     «A jest's prosperity lies in the ear
     of him that hears it, never in the tongue
     of him that makes it...» (1)

    (1) «El éxito de un chiste depende de quien lo oye, no de quien
    lo dice.»

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     Aquel, cuyo estado de ánimo depende de graves pensa-
    mientos, no será el juez más apropiado para confirmar con
    sus risas que el chiste ha conseguido su propósito de salvar
    el placer verbal. Para poder constituir la tercera persona del
    chiste, tiene el sujeto que hallarse de buen humor o, por lo
    menos, indiferente. Idéntico obstáculo encuentran el chiste
    inocente y el tendencioso, agregándose en este último un
    nuevo peligro posible: la oposición a la tendencia que el
    mismo intenta favorecer. La disposición a reir de un excelen-
    te chiste obsceno no podrá constituirse cuando el mismo se
    refiera a una persona estimada por el oyente o ligada a él
    por lazos de familia. En una reunión de sacerdotes católicos
    y pastores evangélicos no se atreverá nadie a citar la com-
    paración de Heine que antes expusimos, y ante un auditorio
    compuesto de amigos de un adversario mío, las más chisto-
    sas invectivas que contra éste pudieran ocurrírseme, no se-
    rían acogidas como chistes, sino como invectivas, y produci-
    rían indignación en lugar de placer. Un cierto grado de com-
    plicidad o de indiferencia y la falta de todos aquellos factores
    que pudieran hacer surgir poderosos sentimientos contrarios
    a la tendencia, son condiciones precisas para que la tercera
    persona pueda coadyuvar a la perfección del chiste.

     Allí donde no aparecen estos obstáculos, oponiéndose al
    efecto del chiste, surge el fenómeno cuya investigación nos
    ocupa, o sea, el de que el placer que el chiste ha producido
    se muestra con mucha más claridad en la tercera persona que
    en su propio autor. Tenemos que contentarnos con decir
    «más claramente», aunque nuestro deseo sería preguntarnos
    si el placer del oyente no es mucho más intenso que el del
    autor, pero, como puede comprenderse, nos falta todo medio
    de comparación o medida. Vemos, sin embargo, que el
    oyente testimonia su placer con grandes risas después que la
    primera persona ha relatado, generalmente con grave gesto,
    el chiste, y que, al contar de nuevo un chiste que hemos
    oído, nos vemos obligados, para no echar por tierra su efec-
    to, a conducirnos en el relato, en la misma forma que su
    autor se condujo al comunicárnoslo. Surge aquí la cuestión
    de si podremos deducir de esta condicionalidad de la risa

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    alguna conclusión sobre el proceso psíquico de la elaboración
    del chiste.

     No podemos intentar una revisión de todo lo que se ha
    afirmado y publicado sobre la naturaleza de la risa. De tal
    propósito nos apartaría, además, la frase que Dugas, un dis-
    cípulo de Ribot, coloca al frente de su libro «Psychologie du
    rire» (1902):

    «Il n’est pas de fait plus banal et plus étudié que
    le rire; il n’en est pas qui ait eu le don d’exciter davantage la
    curiosité du vulgaire et celle des philosophes, il n’en est pas
    sur lequel on ait recueilli plus d’observations et bâti plus des
    théories et avec cela il n’en est pas qui demeure plus inex-
    pliqué; on serait tenté de dire avec les sceptiques qu’il faut
    être content de rire et de ne pas chercher à savoir pourquoi
    on rit, d’autant que peut-être la reflexión tue le rire, et qu’il
    serait alors contradictoire qu’elle en découvrit les causes»

     No dejaremos en cambio de aprovechar, para nuestros
    propósitos, una hipótesis sobre el mecanismo de la risa que
    se incluye excelentemente en nuestro círculo de ideas. Me
    refiero al intento de explicación de dicho mecanismo, que
    Spencer lleva a cabo en su «Physiologi of Laughter» (1).

     Según Spencer, la risa es un fenómeno de la descarga de
    excitación anímica y constituye una prueba de que el empleo
    psíquico de tal excitación ha tropezado, bruscamente, con un
    obstáculo. La situación psicológica que se resuelve en la risa
    es descrita por este autor en la forma siguiente: «Laughter
    naturally results only when consciousness is unawares trans-
    ferred from great things to small—only when there is what
    we may call a descendig incongruity» (2).

    (1) H. Spencer, The physiology of laughter (first published in Mac-
    millans Magazin for March 1860), Essays, T. II, 1901.

    (2) Varios extremos de esta afirmación necesitarían ser cuidadosa-
    mente comprobados en una investigación del placer cómico, comproba-
    ción que ya ha sido emprendida por otros autores y que, de todos
    modos, cae fuera de los límites de nuestra labor. A mi juicio, no estuvo
    muy feliz Spencer en la explicación de por qué la descarga encuentra
    precisamente aquellos caminos cuya excitación produce el cuadro so-
    mático de la risa. Una sola aportación quisiera yo incluir aquí al tema
    tan minuciosamente tratado desde Darwin, pero aún no agotado, de la
    explicación fisiológica de la risa, o sea, de la derivación o interpreta-
    ción.

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     En un análogo sentido, definen los autores franceses
    (Dugas) la risa, como una «detente», o sea un fenómeno de
    distensión. También la fórmula de A. Bain: «Laughter a re-
    lief from restraint», se aparta, a mi juicio, de la teoría de
    Spencer, menos de lo que algunos investigadores intentan
    hacernos creer.

     Sentimos, ciertamente, la necesidad de modificar el pen-
    samiento de Spencer, determinando, en parte, más precisa-
    mente, las representaciones en él contenidas y, en parte,
    transformándolas. Diríamos nosotros que la risa surge cuando
    una cierta magnitud de energía psíquica, dedicada anterior-
    mente al revestimiento de determinados caminos psíquicos,
    llega a hacerse inutilizable y puede, por lo tanto, experimen-
    tar una libre descarga. Tenemos perfecta conciencia de la
    peligrosa sombra que arroja sobre nosotros este enunciado,
    mas, para que nos sirva de escudo, citaremos una frase de
    la obra de Lipps sobre la comicidad y el humor, obra en la
    que podemos hallar luminosos esclarecimientos sobre muy
    distintos problemas. «Al fin y al cabo, todo problema psico-
    lógico nos conduce a las profundidades de la psicología, de
    modo que, en el fondo, ninguno de ellos se deja tratar aisla-
    damente». Los conceptos «energía psíquica» y «descarga», y
    el manejo de la energía psíquica como una cantidad, son fa-
    miliares a mi pensamiento desde que he comenzado a consi-
    derar filosóficamente los hechos de la Psicopatología. Ya en
    mi «Interpretación de los sueños» (1900) he intentado esta-
    tuir, de acuerdo con la idea de Lipps, los procesos psíquicos
    inconscientes en sí y no los contenidos de la conciencia,

     ción de los actos musculares característicos de la misma. Mi opinión es
    que el gesto que caracteriza la sonrisa—la contracción de las comisu-
    ras de los labios—aparece, por vez primera, en el niño de pecho, cuan-
    do satisfecho y harto abandona el seno materno y se queda dormido.
    La sonrisa es, en este caso, un movimiento expresivo, pues correspon-
    de a la decisión de no ingerir más alimento, y representa, por lo tanto,
    un «basta» o, más bien, un «sobra». Este primitivo sentido de la sonri-
    sa—la placiente saciedad—proporciona quizá a la misma—que es el
    fenómeno fundamental de la risa—su posterior conexión con los pla-
    cientes procesos de descarga.

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     como lo «psíquicamente eficiente» (1). Tan sólo al hablar del
    «revestimiento de caminos psíquicos» parece que me alejo
    de las metáforas usadas por Lipps. Las experiencias sobre la
    capacidad de desplazamiento de la energía psíquica a lo largo
    de determinadas asociaciones y sobre la casi indeleble con-
    servación de las huellas de los procesos psíquicos, es lo que
    me ha inducido a intentar representar en esta forma lo des-
    conocido. Para evitar una mala inteligencia posible, debo
    añadir que no intento proclamar como tales caminos a las
    células y fibras o, en su lugar, al moderno sistema de las
    neuronas, aunque los mismos deberían poder representarse,
    en una forma aún no determinable, por elementos orgánicos
    del sistema nervioso.

     Así, pues, según nuestra hipótesis, se dan en la risa las
    condiciones para que una suma de energía psíquica, utilizada
    hasta entonces como carga o revestimiento (Besetzung), su-
    cumba a una libre descarga, y dado que, aunque no toda risa,
    si aquella que es producida por el chiste, es un signo de pla-
    cer, nos inclinaremos a referir tal placer a la remoción de la
    carga. Cuando vemos que el oyente ríe y, en cambio, el
    autor del chiste, no, tenemos que pensar que en el primero
    es removido y derivado un gasto de revestimiento (Beset-
    zungsaufwand), mientras que en la elaboración del chiste
    surgen obstáculos que se oponen, ora a la remoción, ora a
    la descarga. Podemos caracterizar con gran precisión el pro-
    ceso que se verifica en el oyente—la tercera persona del
    chiste—haciendo resaltar el hecho de que él mismo se pro-

     (1) Cf. el capítulo VIII del citado libro de Lipps y el del mismo nú-
    mero en mi «Interpretación de los sueños».—«Resulta, pues, válido, el
    siguiente principio general. Los factores de la vida psíquica no son los
    contenidos de la conciencia, sino los procesos psíquicos inconscientes
    en sí. La labor de la Psicología, si no quiere limitarse a describir tan
    sólo contenidos de conciencia, consistirá en deducir de la constitución
    de éstos y de su conexión temporal, la naturaleza de tales procesos in-
    conscientes. La Psicología tiene que ser una teoría de estos procesos.
    Mas, una tal Psicología, hallará, en seguida, que existen varias cuali-
    dades de tales procesos que no aparecen representadas en los corres-
    pondientes contenidos de conciencia.» (Lipps, l. c. pág. 123).

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     porciona, con escasísimo gasto por su parte, el placer del
    chiste. Se diría que tal placer le resulta regalado. Las pa-
    labras del chiste hacen surgir en su espíritu aquella represen-
    tación o asociación de ideas, cuya formación tropezaba
    también en él con grandes obstáculos. Para constituir espon-
    táneamente, como primera persona, dicha representación o
    asociación, hubiera tenido que poner en juego un esfuerzo
    propio, equivalente por lo menos a la cantidad de gasto psí-
    quico necesario para vencer la energía del estorbo, cohibi-
    ción o represión. Resulta, pues, que el oyente se ahorra todo
    este gasto psíquico y, conforme a nuestros anteriores resul-
    tados, diríamos que su placer corresponde a este ahorro.
    Mas, ahora, tras de nuestro conocimiento del mecanismo de
    la risa, diremos más bien, que la energía de revestimiento
    dedicada a la retención, ha devenido, a causa del estableci-
    miento de la representación prohibida, logrado por medio de
    la percepción auditiva, repentinamente superflua, quedando
    removida y dispuesta a descargarse en la risa. De todos
    modos, ambas explicaciones de este proceso corren parale-
    las, pues el gasto ahorrado corresponde exactamente a la
    retención devenida superflua. Pero la segunda es más evi-
    dente, y además, nos permite decir que el oyente del chiste
    ríe con la magnitud de energía psíquica que ha quedado en
    libertad por la remoción de la carga de retención (Hemmungs-
    besetzung); el oyente gasta, riendo, esta magnitud.

     Dijimos antes, que la circunstancia de que la persona en
    la que el chiste se forma no pudiera reír, indicaba que el pro-
    ceso se verificaba en ella de una manera diferente a como en
    la tercera persona, diferencia que podría hallarse en la remo-
    ción de la carga de retención, o en la posibilidad de descarga
    de la misma. Mas el primero de estos dos casos tiene que ser
    excluído, como en seguida veremos. La carga de retención
    debe ser removida también en la primera persona, pues si
    no, ni hubiera llegado a existir el chiste, cuya formación su-
    pone el vencimiento de una tal resistencia, ni sería posible
    que la primera persona sintiera el placer que al mismo acom-
    paña y que tenemos que derivar de la remoción de la reten-
    ción. No queda, pues, más que el otro caso, o sea, que la

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     primera persona no puede reir, aunque siente placer, porque
    la posibilidad de descarga se halla perturbada. Una tal per-
    turbación en la posibilidad de la descarga que constituye una
    condición de la risa, puede ser producida por el inmediato
    destino de la energía de revestimiento libertada a un distinto
    empleo endopsíquico. Esta posibilidad es, a nuestro juicio,
    importantísima, y habremos de dedicarle todo nuestro inte-
    rés. Mas, en la primera persona del chiste, puede hallarse
    realizada otra condición que conduce al mismo resultado. A
    pesar de la conseguida remoción del revestimiento de reten-
    ción, puede no haber quedado libre una magnitud de energía
    capaz de exteriorizarse. En la primera persona del chiste se
    verifica el trabajo de elaboración del mismo que, necesaria-
    mente, ha de exigir una cierta magnitud de nuevo gasto psí-
    quico. La primera persona hace, pues, surgir, por sí misma,
    la energía que remueve la retención, de lo cual extrae, sin
    duda, un placer que, en el caso del chiste tendencioso, llega
    a ser muy considerable, dado que el placer preliminar con-
    quistado por la elaboración del chiste toma a su cargo la res-
    tante remoción de la retención. Pero la cuantía del gasto
    producido por la elaboración del chiste minora como un sus-
    traendo la ganancia conseguida por dicha remoción. Este
    gasto es el mismo que tiene lugar en el oyente del chiste.
    Para apoyar todas estas afirmaciones podemos aducir aún,
    que el chiste pierde también en la tercera persona su efecto
    hilarante en el momento en que necesita un gasto de trabajo
    intelectual. Las alusiones del chiste tienen que ser evidentes,
    y el vacío dejado por las omisiones debe poderse colmar con
    facilidad. El efecto del chiste es regularmente destruído con
    la aparición del interés intelectual, circunstancia que consti-
    tuye una importante diferencia entre el chiste y las adivinan-
    zas. Quizá la constelación psíquica no sea favorable durante
    la elaboración del chiste a la libre descarga de lo conseguido.
    Mas no nos hallamos, por ahora, en situación de hacer más
    profundo nuestro conocimiento de estos extremos. Hemos
    podido esclarecer una parte de nuestro problema, la de por
    qué ríe la tercera persona, mejor que la parte restante, o sea,
    por qué la primera no ríe.

    — 149 —

  • S.

    P R O F . S . F R E U D

     De todos modos, apoyándonos en estos juicios sobre las
    condiciones de la risa y sobre el proceso psíquico que se ve-
    rifica en la tercera persona, nos hallamos facultados para es-
    clarecer satisfactoriamente toda una serie de peculiaridades
    del chiste, que ya conocemos, pero en cuya inteligencia aún
    no hemos penetrado. Si en la tercera persona ha de ser liber-
    tada una magnitud de energía de revestimiento, capaz de
    descarga, habrán de cumplirse varias condiciones, o, por lo
    menos, será su cumplimiento muy favorable. Tales condicio-
    nes son: 1.a Ha de quedar asegurado que la tercera persona
    lleva a cabo realmente este gasto de revestimiento; 2.a Debe
    evitarse que el mismo, una vez libre, halle un empleo distin-
    to, en lugar de ofrecerse a la descarga motora, y 3.a Será en
    extremo ventajoso que el revestimiento sea intensificado
    previamente en la tercera persona. Al servicio de estas con-
    diciones se hallan determinados medios de la elaboración
    del chiste, que podemos reunir como técnicas secundarias o
    auxiliares.

     La primera de las condiciones señaladas fija una de las
    cualidades de la tercera persona, como oyente del chiste.
    Tiene éste que coincidir psíquicamente con la primera perso-
    na lo bastante para disponer de las mismas retenciones inter-
    nas que la elaboración del chiste ha vencido en la misma. El
    individuo acostumbrado a dichos crudamente «verdes» no
    podrá extraer placer alguno de un ingenioso y sutil chiste
    desnudador, y las agresiones de N. no serán comprendidas
    por las personas acostumbradas a dar libre curso a su tenden-
    cia al insulto. De este modo, cada chiste exige su público
    especial, y el reír de los mismos chistes prueba una amplia
    coincidencia psíquica. Tocamos aquí un punto que nos per-
    mite vislumbrar con mayor precisión las circunstancias del
    proceso en la tercera persona. Esta debe poder constituir
    habitualmente, en sí, la misma retención que el chiste ha
    vencido en la primera, de manera que, al oír el chiste, des-
    pierte en ella, obsesiva o automáticamente, la disposición a
    dicha retención. Tal disposición a la retención, que debemos
    representarnos como un verdadero gasto de energía, análogo
    a la movilización de un ejército, es reconocida, simultánea-
     

    — 150 —

  • S.

    E L C H I S T E

     mente, como superflua o retrasada y es descargada, de este
    modo, in statu nascendi, por medio de la risa.

     La segunda condición para el establecimien-
    to de la descarga libre, o sea, la de que sea evitado un diferente empleo
    de la energía libertada, nos parece desde luego, la más im-
    portante. Hallamos en ella la explicación teórica de la inse-
    guridad del efecto del chiste cuando en el oyente son desper-
    tadas representaciones fuertemente excitantes por los pensa-
    mientos expresados en el mismo, circunstancia en la que de
    la coincidencia o contradicción entre las tendencias del chiste
    y la serie de pensamientos que domina al oyente, depende
    que se conceda o niegue atención al proceso chistoso. Pero
    todavía presentan un mucho mayor interés teórico una serie
    de técnicas auxiliares del chiste que se hallan evidentemente
    al servicio de la intención de apartar la atención del oyente
    del proceso del chiste y dejar que el mismo se realice auto-
    máticamente. Decimos con toda intención «automáticamente»
    y no «inconscientemente» porque este último calificativo pu-
    diera inducirnos en error. Trátase aquí tan sólo de mantener
    alejada la sobrecarga de la atención, del proceso psíquico
    incitado por la audición del chiste, y la utilidad de estas téc-
    nicas auxiliares nos hace sospechar que precisamente el re-
    vestimiento de atención toma una gran parte en la vigilancia
    y nuevo empleo de la energía de revestimiento que queda
    libertada.

     No parece fácil evitar, en general, el empleo endopsí-
    quico de cargas que han devenido superfluas, pues en nues-
    tros procesos mentales nos ejercitamos de continuo en des-
    plazar de un camino a otro tales revestimientos, sin dejarles
    perder, por descarga, nada de su energía. El chiste se sirve,
    a este fin, de los medios siguientes: En primer lugar tiende
    a una expresión lo más breve posible, para ofrecer a la aten-
    ción un mínimum de superficie atacable. En segundo, cum-
    ple la condición, antes indicada, de ser fácilmente compren-
    sible, pues en cuanto exigiera una labor intelectual, una se-
    lección entre diversas rutas mentales, peligraría su efecto, no
    sólo por el inevitable gasto intelectual, sino también por el
    despertar de la atención. Pero, además de estos medios, uti-

    — 151 —

  • S.

    P R O F . S . F R E U D

     liza el habilísimo de desviar la atención, ofreciéndola, en la
    expresión del chiste, algo que la encadene, mientras se lleva
    a cabo la liberación del revestimiento impediente y su final
    descarga. Ya las omisiones en la expresión verbal del chiste
    cumplen esta intención incitando a llenar los huecos por ellas
    producidos y alejando de este modo la atención del proceso
    del chiste. Aquí se coloca al servicio de la elaboración del
    mismo la técnica de la adivinanza, que llama a sí la atención.
    Pero aún más eficaces son las formaciones de fachadas, que
    hemos hallado en algunos grupos de chistes tendenciosos.
    Las fachadas silogísticas cumplen a maravilla la misión de re-
    tener la atención, planteándola un problema. Mientras co-
    menzamos a reflexionar en la solución del mismo nos vemos
    dominados por la risa; nuestra atención ha sido vencida por
    sorpresa y la descarga del revestimiento impediente se ha
    efectuado por completo. Lo mismo puede decirse de los chis-
    tes con fachada cómica, en los cuales, la comicidad presta su
    auxilio a la técnica del chiste. Una fachada cómica favorece
    en diversos modos el efecto del chiste, no sólo facilitando el
    automatismo del proceso chistoso, por el encadenamiento de
    la atención, sino coadyuvando a la descarga producto del
    chiste, con la producción de una descarga preliminar debida
    a lo cómico. La comicidad actúa aquí a manera de soborno,
    como el placer preliminar, y de este modo, comprendemos
    que algunos chistes puedan prescindir por completo de dicho
    placer, que por muy diversos medios podrían hacer surgir, y
    utilicen tan sólo la comicidad como tal placer preliminar.
    Entre las técnicas del chiste, propiamente dichas, son el des-
    plazamiento y la representación por lo absurdo las que, a
    más de sus especiales aptitudes, la muestran mayor para la
    desviación de la atención que ha de favorecer el curso auto-
    mático del proceso del chiste (1).

     (1) Antes de pasar adelante queremos examinar, en un ejemplo de
    chiste por desplazamiento, un nuevo e interesantísimo carácter de la
    técnica del chiste. Cuéntase que la genial actriz E. Gallmeyer, pregun-
    tada un día, indiscretamente, por su edad, hubo de responder con in-
    genuo acento y bajando pudorosamente los ojos: «En Brünn». Es esta

    — 152 —

  • S.

    E L C H I S T E


     

     Sospechamos ya, y más adelante lo confirmaremos, que
     con la desviación de la atención hemos descubierto un rasgo
     esencial del proceso psíquico en el oyente del chiste. Por su
     enlace con este descubrimiento quedan aclarados otros mu-
     chos extremos. En primer lugar, vemos por qué no sabemos
     casi nunca, en el chiste, de qué reímos, aunque después lo
     podamos precisar por medio de una investigación analítica.
     Esta risa es el resultado de un proceso automático, que fué
     hecho posible por el alejamiento de nuestra atención cons-
     ciente. En segundo lugar, llegamos a la inteligencia de aque-
     lla singularidad del chiste consistente en no manifestar su
     completo efecto, en el oyente, más que cuando constituye
     una novedad y una sorpresa para el mismo. Esta peculiari-
     dad del chiste, que condiciona su corta vida e incita a la con-
     tinua producción de otros nuevos, se deriva claramente, de
     que la esencia de toda sorpresa está en no lograrse por se-
     gunda vez. En la repetición de un chiste la atención es guiada
     por el recuerdo de su audición primera. Partiendo de aquí
     

     respuesta un modelo de desplazamiento: Interrogada por su edad, res-
     ponde la actriz indicando el lugar de su nacimiento, como anticipándose
     a una pregunta subsiguiente, al mismo tiempo que da a entender su
     deseo de saltarse la verdadera interrogación. Y sin embargo sentimos
     que el carácter del chiste no se manifiesta aquí con completa pureza.
     La omisión es demasiado clara y el desplazamiento en exceso evidente.
     Nuestra atención comprende, en seguida, que se trata de un desplaza-
     miento intencionado. En otros chistes de este mismo género, el despla-
     zamiento queda encubierto y nuestra atención es embargada por el es-
     fuerzo encaminado a precisarlo. En uno de los ejemplos expuestos («¿Y
     qué hago yo en Presburgo a las siete y media?») el desplazamiento es
     también patente, pero en cambio actúa como un desatino sobre nuestra
     atención, confundiéndola, mientras que en la respuesta de la actriz sa-
     bemos, en el acto, a qué atenernos.—En una dirección distinta se des-
     vían también del chiste las «falsas preguntas» que, por lo demás, utili-
     zan las más eficaces técnicas. He aquí un ejemplo de esta clase de
     preguntas, en el que se utiliza el desplazamiento: «¿Qué será un antro-
     pófago que se haya comido a su padre y a su madre?»—Respuesta:
     «Huérfano.»—«¿Y si, además, se merienda a todos sus parien-
     tes?»—«Heredero universal.»—Estas preguntas no son chis-
     tes completos porque las necesarias respuestas chistosas no pueden ser
     consideradas como alusiones, omisiones, etc., propias de la técnica
     del mismo.
     

    — 153 —

  • S.

    P R O F . S . F R E U D

     llegamos a la comprensión del impulso a contar a otros que
    aún no lo conocen, el chiste que acabamos de oír. Probable-
    mente la impresión que el mismo produce en el nuevo oyente
    nos compensa, en parte, de la pérdida de posibilidades de
    goce que supone su falta de novedad para nosotros. Un aná-
    logo motivo será también el que impulse al creador del chiste
    a comunicarlo a los demás.

     No ya como condiciones del proceso del chiste, pero sí
    como circunstancias que le favorecen en extremo, indicaré,
    por último, aquellos medios técnicos auxiliares de la elabora-
    ción del mismo, que se hallan destinados a elevar la magni-
    tud que llega a la descarga e intensifican, de este modo, el
    efecto del chiste. Estos medios auxiliares acrecen también,
    en la mayoría de los casos, la atención dirigida hacia el chiste,
    pero, al mismo tiempo, anulan su posible influencia, encade-
    nándola y estorbando su movilidad. En estos dos sentidos
    actúa todo aquello que despierta interés y produce descon-
    cierto, o sea, ante todo, el disparate, la contradicción y aquel
    «contraste de representaciones» de que los investigadores
    quieren hacer el carácter esencial del chiste y en el que yo
    no veo sino un medio de intensificar el efecto del mismo.
    Todo lo desconcertante provoca, en el oyente, aquel estado
    de la distribución de la energía, que Lipps ha calificado de
    «estancamiento psíquico», deduciendo luego, muy justificada-
    mente, que la «descarga» será tanto más fuerte cuanto más
    elevado sea el estancamiento anterior. La exposición de
    Lipps no se refiere, ciertamente, al chiste, sino a lo cómico
    en general; pero nos parece muy verosímil que la descarga,
    que deriva, en el chiste, un revestimiento impediente, puede
    ser intensificada, de igual modo, por el estancamiento.

     Vemos ahora, que la técnica del chiste es determinada,
    en general, por dos clases de tendencias: aquellas que hacen
    posible la formación del chiste en la primera persona y aque-
    llas otras que deben procurar al chiste el mayor efecto posi-
    ble en la tercera. Esta doble faz, que como Jano, posee el
    chiste, destinada a proteger su primitiva conquista de placer
    de los ataques de la razón crítica, y el mecanismo del placer
    preliminar, pertenecen a la primera tendencia; la restante

    - 154 -

  • S.

    E L C H I S T E

     complicación de la técnica por las condiciones señaladas en
    este capítulo surge en función de la tercera persona del
    chiste. Es, pues, el chiste, un aprovechado bribón que sirve
    al mismo tiempo a dos señores. Todo lo que se dirige a la
    consecución de placer está calculado en el chiste con vistas
    a la tercera persona, como si obstáculos internos insupera-
    bles se opusieran a dicha consecución, en la primera. Reci-
    bimos, así, la impresión de que la tercera persona es insusti-
    tuíble para la conclusión del proceso del chiste. Pero mien-
    tras que, en esta tercera persona, pudimos llegar a un
    satisfactorio conocimiento de dicho proceso, el proceso co-
    rrespondiente, en la primera, permanece aún harto oscuro
    para nosotros. De las dos interrogaciones: ¿Por qué no po-
    demos reír de los chistes de que somos autores? y ¿Por qué
    somos impulsados a relatar a otros nuestros propios chistes?,
    ha escapado, hasta ahora, la primera, a toda solución. Pode-
    mos, únicamente, sospechar, que entre los dos hechos que
    de esclarecer se trata existe un íntimo enlace, y que si tene-
    mos que comunicar a los demás nuestros propios chistes es
    precisamente por no poder reír nosotros de ellos.
    De nuestro conocimiento de las condiciones de la consecu-
    ción y descarga de placer en la tercera persona, podemos de-
    ducir, para la primera, que en ella faltan las condiciones para
    la descarga y sólo existen las necesarias a la consecución de
    placer, aunque también imperfectamente cumplidas. No pue-
    de entonces rechazarse la hipótesis de que completamos
    nuestro placer alcanzando la risa que, como autores del chis-
    te, nos está vedada, en la impresión de la tercera persona a
    la que incitamos a reír. De este modo reímos «par ricochet»,
    según la expresión de Dugas. La risa pertenece a las mani-
    festaciones más contagiosas de los estados psíquicos. Al ha-
    cer reír a otras personas, relatándolas mi chiste, me sirvo
    realmente de ellas para despertar mi propia risa, y puede, en
    efecto, observarse, que quien primero ha relatado, con gesto
    grave, el chiste, hace después coro, riendo mesuradamente,
    a las carcajadas de los demás. La comunicación de mi chiste
    a los demás, servirá, pues, a varias intenciones: En primer
    lugar nos proporcionará la seguridad objetiva del éxito de la

    — 155 —

  • S.

    P R O F . S . F R E U D

     elaboración del chiste; en segundo, completará nuestro pro-
    pio placer por el efecto que de rechazo nos produce el del
    oyente y, por último —en la repetición de un chiste del que
    no somos autores—, compensará la pérdida de placer ocasio-
    nada por la desaparición de la novedad.

     Al finalizar esta discusión sobre los procesos psíquicos
    del chiste, en tanto en cuanto se realizan entre dos personas,
    podemos dirigir una mirada retrospectiva hacia el factor eco-
    nomía, que tan importante, para la concepción psicológica
    del chiste, ha demostrado ser desde los primeros esclareci-
    mientos de la técnica del mismo. Desde muy atrás nos hemos
    apartado totalmente de la más próxima, pero también más in-
    genua, concepción de esta economía, o sea, la de que con-
    sistía en evitar gasto psíquico, en general, fuera por limita-
    ción en el uso de palabras o en la constitución de cadenas de
    pensamientos. Ya entonces, decíamos: Lo breve, lo lacóni-
    co, no es aún chistoso. La brevedad del chiste es una breve-
    dad especial, esto es, la brevedad «chistosa». La primitiva
    consecución de placer, que era proporcionada por el juego
    con palabras y pensamientos, provenía, en efecto, exclusiva-
    mente, de ahorro de gasto, pero con el desarrollo del juego
    hasta el chiste, tuvo también que variar sus fines: la tenden-
    cia economizante, pues frente al gigantesco gasto de nuestra
    actividad mental no supondría nada lo que pudiera ahorrarse
    por el empleo de las mismas palabras o la evitación de una
    nueva interpolación de pensamientos. Podemos, seguramen-
    te, permitirnos la comparación de la economía psíquica con
    una empresa de negocios. Mientras el tráfico es pequeño
    habrá de limitarse lo más posible todo gasto y especialmente
    los de gerencia y personal. El ahorro se refiere aún a la altu-
    ra absoluta del gasto. Más tarde, a medida que las transac-
    ciones aumentan, disminuye la importancia de los gastos de
    gerencia. No hay ya que tener en cuenta el montante total de
    los gastos, siempre que tráfico y rendimiento puedan ser au-
    mentados. La tacañería en los gastos de dirección sería ya
    ridícula y produciría pérdidas. Pero, sin embargo, sería in-
    exacto admitir que en los grandes gastos no hay ya lugar a
    economía. El sentido económico de la dirección se dirigirá

    — 156 —

  • S.

    E L C H I S T E

     ahora a lograr un ahorro en sectores aislados del negocio, y
    se sentirá satisfecho cuando la misma operación que antes
    ocasionaba cuantiosos dispendios logre hacerse más econó-
    micamente, por muy pequeño que el ahorro parezca compa-
    rado con la totalidad de los gastos. Análogamente constituye,
    en nuestro complicado tráfico psíquico una fuente de placer
    cualquier economía aislada. Aquella persona que iluminaba
    antes su habitación por medio de una lámpara de petróleo, y
    ha instalado después la luz eléctrica, experimentará, durante
    toda una temporada, una precisa sensación de placer al en-
    cender sin más trabajo que dar vuelta a la llave, y esta sen-
    sación durará tanto como dure el recuerdo de las complica-
    ciones y molestias que presentaba el encender la lámpara de
    petróleo. Del mismo modo, las economías de gasto de reten-
    ción, tan pequeñas si se las compara con el gasto psíquico
    total, serán siempre una fuente de placer para nosotros, por-
    que por ellas se nos ahorra un gasto aislado que estamos
    acostumbrados a realizar y que en cada caso nos disponemos
    a llevar a efecto. La circunstancia de sernos conocido el gasto
    y hallarnos preparados a efectuarlo posee, sin duda, máxima
    importancia.

     Un ahorro localizado, como el que acabamos de conside-
    rar, no dejará nunca de proporcionarnos un momentáneo
    placer, pero no producirá jamás una duradera economía
    mientras lo economizado pueda ser empleado en otro lugar.
    Sólo cuando este distinto empleo puede ser evitado, se trans-
    forma de nuevo el ahorro especial en una minoración general
    de gasto psíquico. Aparece, pues, ahora que hemos profun-
    dizado más en nuestro conocimiento de los procesos psíqui-
    cos, un nuevo factor: la minoración, en lugar de la economía.
    Vemos claramente que el primero produce una sensación de
    placer mucho más importante. El proceso crea placer, en la pri-
    mera persona del chiste, por la remoción de una coerción y
    la minoración del gasto local. Mas no parece luego detenerse
    hasta haber alcanzado, por mediación de la tercera persona
    interpelada, la minoración general resultado de la descarga.

    - 157 -