• S.

    184

    VIII

    Torpezas o actos de término erróneo

    De la obra de Meringer y Mayer, anteriormente citada,
    transcribo aún las siguientes líneas (pág. 98):

    «Las equivocaciones orales no son algo que se manifieste
    aislado dentro de su género sino que va unido a los demás
    errores que los hombres cometen, con frecuencia, en sus di-
    versas actividades, errores a los que solemos dar, un tanto
    arbitrariamente, el nombre de «distracciones».

    Así, pues, no soy yo el primero que sospecha la existen-
    cia de un sentido y una intención detrás de las pequeñas per-
    turbaciones funcionales de la vida cotidiana de los individuos
    sanos 1).

    Si las equivocaciones en el discurso, el cual es, sin duda
    alguna, una función motora, admiten una concepción como la
    que hemos expuesto, es de esperar que ésta pueda aplicarse
    a nuestras demás funciones motoras. He formado, en este
    punto, dos grupos. Todos los casos en los cuales el efecto
    fallido, esto es, el extravío de la intención, parece ser lo prin-
    cipal, los designo con el nombre de «actos de térmi-
    no erróneo» (Vergreifen), y los otros, en los que
    la acción total aparece inadecuada a su fin, los denomino
    «actos sintomáticos y casuales» (Symp-
    tom–und Zufallshandlungen). Pero entre ambos
    géneros no puede trazarse un límite preciso, y debo hacer

    1)Una segunda publicación de Meringer me ha demostrado pos-
    teriormente mi error al atribuir a este autor una tal comprensión.


  • S.

    185

    constar, que todas las clasificaciones y divisiones usadas en
    el presente libro, no tienen más que una significación pura-
    mente descriptiva y, en el fondo, contradicen la unidad inte-
    rior de su campo de manifestación.

    La inclusión de los actos de término erróneo entre las ma-
    nifestaciones de la «ataxia» o, especialmente, de la «ataxia
    cortical», no nos facilita, en lo más mínimo, su comprensión
    psicológica. Mejor es intentar reducir los ejemplos individua-
    les a sus propias determinantes. Para ello, utilizaré también
    observaciones personales, aunque en mí mismo no he hallado
    sino muy escasas ocasiones de verificarlas.

    a) Años atrás, cuando hacía más visitas profesionales
    que en la actualidad, me sucedió muchas veces, que al llegar
    ante la puerta de una casa, en vez de tocar el timbre o gol-
    pear con el llamador, sacaba del bolsillo el llavín de mi pro-
    pio domicilio para, como es natural, volver en seguida a
    guardarlo, un tanto avergonzado. Fijándome en qué casas
    me ocurría esto, tuve que admitir que mi error de sacar mi
    llavín en vez de llamar, significaba un homenaje a la casa
    ante cuya puerta lo cometía, siendo equivalente al pensa-
    miento: «Aquí estoy como en mi casa», pues sólo me suce-
    día en los domicilios de aquellos pacientes a los que había
    tomado cariño. El error inverso, o sea llamar a la puerta de
    mi propia casa, no me ocurrió jamás.

    Por lo tanto, tal acto fallido era una representación sim-
    bólica de un pensamiento definido, pero no aceptado aún
    conscientemente como serio, dado que el neurólogo sabe
    siempre muy bien, que en realidad, el enfermo no le conser-
    va cariño sino mientras espera de él algún beneficio y que él
    mismo no demuestra un interés excesivamente caluroso por
    sus enfermos más que en razón a la ayuda psíquica que en
    la curación pueda esto prestarle.

    Numerosas auto-observaciones de otras personas de-
    muestran que la significativa maniobra descrita, con el pro-
    pio llavín, no es, en ningún modo, una particularidad mía.

    A. Maeder relata una repetición casi idéntica de mi expe-
    riencia. (Contrib. á la psychopathologie de la vie quotidienne.

  • S.

    186

    –Arch. de Psychol., IV, 1906): «A todos nos ha sucedido
    sacar nuestro llavero al llegar ante la puerta de un amigo
    particularmente querido y sorprendernos intentando abrir
    con nuestra llave, como si estuviéramos en nuestra casa.
    Esta maniobra supone un retraso-
    puesto que al fin y al cabo
    hay que llamar-pero es una prueba de que al lado del ami-
    go que allí habita nos sentimos-o quisiéramos sentirnos-
    como en nuestra casa» 1).

    De E. Jones (l. c., pág. 509), transcribo lo que sigue: «El
    uso de las llaves es un fértil manantial de incidentes de este
    género, de los cuales vamos a referir dos ejemplos. Cuando
    estando en mi casa, dedicado a algún trabajo interesante,
    tengo que interrumpirlo para ir al hospital y emprender en él
    alguna labor rutinaria, me sorprendo con mucha frecuencia
    intentando abrir la puerta del laboratorio con la llave del des-
    pacho de mi domicilio, a pesar de ser completamente dife-
    rentes una de otra. Mi error demuestra inconscientemente
    dónde preferiría hallarme en aquel momento. Hace años ocu-
    paba una posición subordinada en una cierta institución, cuya
    puerta principal se hallaba siempre cerrada y, por lo tanto,
    había que llamar al timbre para que le franqueasen a uno la
    entrada. En varias ocasiones, me sorprendí intentando abrir
    dicha puerta con la llave de la de mi casa. Cada uno de los
    médicos permanentes de la institución, cargo al que yo aspi-
    raba; poseía una llave de la referida entrada, para evitarse la
    molestia de esperar a que le abriesen. Mi error expresaba,
    pues, mi deseo de igualarme a ellos y estar allí casi «en mi
    casa» 2).

    El doctor Hans Sachs, de Viena, relata algo análogo:
    Acostumbro a llevar siempre conmigo dos llaves, de las cua-
    les corresponde una a la puerta de mi oficina y otra a la de
    mi casa. Siendo la primera por lo menos tres veces mayor
    que la segunda, no son, desde luego, nada fáciles de confun-
    dir y, además, llevo siempre la una en el bolsillo del panta-


    1)N. DEL T.–En francés en el original.

    2)N.DEL T.–En inglés en el original.

  • S.

    187

    lón y la otra en el del chaleco. A pesar de todo esto, me
    sucedió con frecuencia el darme cuenta, al llegar ante una de
    las dos puertas, de que mientras subía la escalera, había sa-
    cado del bolsillo la llave correspondiente a la otra. Decidí ha-
    cer un recuento estadístico, pues dado que diariamente llega-
    ba ante las dos mismas puertas en un casi idéntico estado emo-
    cional, el intercambio de las llaves tenía que demostrar una
    tendencia regular, aunque psíquicamente estuviera determi-
    nado de manera distinta. Observando los casos posterio-
    res, resultó que ante la puerta de la oficina extraía regu-
    larmente la llave de mi casa, y sólo una vez se presentó el
    caso contrario, en la siguiente forma: Regresaba yo fatigado
    a mi domicilio, en el cual sabía que me esperaba una perso-
    na a la que había invitado. Al llegar a la puerta intenté abrir
    con la llave de la oficina, que, naturalmente, era demasiado
    grande para entrar en la cerradura.

    b) En una casa a la que durante seis años seguidos iba
    yo dos veces diarias, me sucedió dos veces, con un corto
    intervalo, subir un piso más arriba de aquel a que me
    dirigía. La primera vez me hallaba perdido en una fantasía
    ambiciosa que me hacía «elevarme cada día más», y ni si-
    quiera me di cuenta de que la puerta ante la que debía haber
    esperado se abrió cuando comenzaba yo a subir el tramo que
    conducía al tercer piso. La segunda vez también fuí dema-
    siado lejos «abstraído en mis pensamientos». Cuando me di
    cuenta y bajé lo que de más había subido, quise atrapar la
    fantasía que me había dominado, hallando que en aquellos
    momentos me irritaba contra una crítica (fantaseada) de mis
    obras, en la cual se me hacía el reproche de «ir demasiado
    lejos», reproche que yo sustituía por el menos respetuoso «de
    haber trepado demasiado arriba».

    c) Sobre mi mesa de trabajo yacen juntos hace muchos
    años, un martillo para buscar reflejos y un diapasón. Un día
    tuve que salir precipitadamente después de la consulta, para
    alcanzar un tren y, a pesar de estar dichos objetos a la plena
    luz del día, cogí e introduje en el bolsillo de la americana el
    diapasón, en lugar del martillo, que es lo que deseaba llevar

  • S.

    188

    P R O F . S . F R E U D

    conmigo. El peso del diapasón en mi bolsillo, fué lo que me
    hizo notar mi error. Aquel que no esté acostumbrado a refle-
    xionar ante ocurrencias tan pequeñas, explicaría y disculpa-
    ría mi acto erróneo por la precipitación del momento. Yo, sin
    embargo, preferí preguntarme por qué razón había cogido el
    diapasón en lugar del martillo. La prisa hubiera podido ser
    igualmente un motivo de ejecutar el acto con acierto, para
    no perder tiempo luego, teniendo que corregirlo.

    La primera pregunta que acudió a mi mente, fué: «¿Quién
    cogió últimamente el diapasón?» El último que lo había cogi-
    do había sido, pocos días antes, un niño i d i o t a, cuya
    atención a las impresiones sensoriales estaba yo examinan-
    do, y al que había fascinado del tal manera el diapasón, que
    me fué difícil quitárselo luego de las manos. ¿Querría decir
    esto, que soy un idiota? Realmente parecía ser así, pues la
    primera idea que se asoció a «m a r t i l l o» (H a m m e r)
    fué «C h a m e r» (en hebreo: burro).

    Mas ¿por qué tales conceptos insultantes? Sobre este
    punto había que interrogar la situación del momento. Yo me
    dirigía entonces a celebrar una consulta en un lugar situado
    en la línea del ferrocarril del Este, en el que residía un enfer-
    mo que, conforme a las informaciones que me habían escrito,
    se había caído por un balcón meses antes, quedando desde
    entonces, imposibilitado para andar. El médico que me llama-
    ba a consulta, me escribía que no sabía si se trataba de una
    lesión medular o de una neurosis traumática (histeria). Esto
    era lo que yo tenía que decidir. En el error examinado debí de
    existir una advertencia sobre la necesidad de mostrarme muy
    prudente en el espinoso diagnóstico diferencial. Aun así y
    todo, mis colegas opinan que se diagnostica con ligereza una
    histeria en casos en que se trata de cosas más graves. Mas
    todo esto no era suficiente para justificar los insultos. La
    asociación siguiente fué el recuerdo de que la pequeña esta-
    ción a que me dirigía era la del mismo lugar en que años an-
    tes había visitado a un hombre joven, que desde un cierto
    trauma emocional había perdido la facultad de andar. Diag-
    nostiqué una histeria y sometí después al enfermo al trata-

  • S.

    ––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––

  • S.

    190

    tidad de objetos antiguos de barro y piedra, de los que tengo
    una pequeña colección. Los que me ven moverme entre tan-
    to chisme me han expresado siempre su temor de que tirase
    algo al suelo, rompiéndolo, pero esto no me ha sucedido
    nunca. ¿Por qué, pues, tiré un día al suelo y rompí, la tapa
    de mármol de un sencillo tintero que tenía sobre mi mesa?

    Dicho tintero estaba constituido por una placa de mármol
    con un orificio en el que quedaba metido el recipiente de
    cristal destinado a la tinta. Este recipiente tenía una tapa-
    dera también de mármol, con un saliente para cogerla. Detrás del
    tintero había colocado, en semicírculo, varias estatuillas de
    bronce y terracota. Escribiendo sentado y ante la mesa, hice
    con la mano, en la que tenía la pluma, un movimiento extra-
    ñamente torpe y tiré al suelo la tapa del tintero. La explica-
    ción de mi torpeza no fué difícil de hallar. Unas horas antes,
    había entrado mi hermana en el cuarto para ver algunas nue-
    vas adquisiciones mías, encontrándolas muy bonitas, dicien-
    do: «Ahora presenta tu mesa de trabajo un aspecto precioso.
    Lo único que se despega un poco es el tintero. Tienes que
    poner otro más bonito». Salí luego del cuarto acompañando
    a mi hermana y no regresé hasta pasadas algunas horas,
    siendo entonces cuando llevé a cabo la ejecución del tintero,
    juzgado ya y condenado. ¿Deducí acaso de las palabras de
    mi hermana su propósito de regalarme un tintero más bonito
    en la primera ocasión festiva y me apresuré, por lo tanto,
    a romper el otro, antiguo y feo, para forzarla a realizar el
    propósito que había indicado? Si así fuera, mi movimiento,
    que arrojó al suelo la tapa-dera, no habría sido torpe más que
    en apariencia, pues en realidad había sido muy hábil, pose-
    yendo completa conciencia de su fin y habiendo sabido res-
    petar, además, todos los valiosos objetos que se hallaban
    próximos.

    Mi opinión es que hay que aceptar esta explicación para
    toda una serie de movimientos casualmente torpes en apa-
    riencia. Es cierto que tales movimientos parecen mostrar
    algo violento, impulsivo y como espasmódico-atáxico, pero,
    sometidos a un examen, se demuestran como dominados por


  • S.

    191

    una intención y consiguen su fin con una seguridad que no
    puede atribuirse, en general, a los movimientos voluntarios
    y conscientes. Ambos caracteres, violencia y seguridad, les
    son comunes con las manifestaciones motoras de la neurosis
    histérica y, en parte, con los rendimientos motores del so-
    nambulismo, indicando una misma desconocida modificación
    del proceso de inervación.

    La siguiente auto-observación de la señora Lou Andreas-
    Salomé nos muestra de un modo convincente, cómo una
    «torpeza» tenazmente repetida, sirve con extrema habilidad
    a intenciones inconfesadas.

    «Precisamente en los días de guerra, en los que la leche
    comenzó a ser materia rara y preciosa, me sucedió, para mi
    sorpresa y enfado, el dejarla cocer siempre con exceso y sa-
    lirse, por lo tanto, del recipiente que la contenía. Aunque de
    costumbre no suelo comportarme tan descuidada o distraída-
    mente, en esta ocasión fué inútil que tratara de corregirme.
    Tal conducta me hubiera parecido quizá explicable en los
    días que siguieron a la muerte de mi querido «terrier» blanco,
    al que con igual justificación que a cualquier hombre, llamaba
    yo «Drujok» (en ruso, amigo). Pero en aquellos días y des-
    pués no volví a dejar salirse ni una sola gota de leche al co-
    cerla. Cuando noté esto, mi primer pensamiento fué: «Me
    alegro, porque ahora la leche vertida no tendría ni siquiera
    quien la aprovechara»—y en el mismo momento recordé que
    mi «Amigo» solía ponerse a mi lado durante la cocción de la
    leche, vigilando con ansia el resultado, inclinando la cabeza
    y moviendo la cola lleno de esperanza, con la consoladora
    seguridad de que había de suceder la maravillosa desgracia.
    Con esto quedó explicado todo para mí y vi también que
    quería a mi perro más de lo que yo misma me daba cuenta.»

    En los últimos años y desde que vengo reuniendo esta
    clase de observaciones, he vuelto a romper algún objeto de
    valor, mas el examen de estos casos me ha demostrado que
    nunca fueron resultado de la casualidad o de una torpeza mía
    inintencionada. Así, una mañana, atravesando una habitación
    al salir del baño, en capuchón y zapatillas de paja, arrojé de

  • S.

    192

    pronto una de éstas, con un rápido movimiento del pie y
    como obedeciendo a un repentino impulso, contra la pared,
    donde fué a chocar con una pequeña Venus de mármol que
    había encima de una consola, tirándola al suelo. Mientras
    veía hacerse pedazos la bella estatuita, cité—inconmovible—
    los siguientes versos de Busch:

    Ach! die Venus ist perdü—
    Klickeradoms!—von Médici! 1)

    Esta loca acción y mi tranquilidad ante el daño producido
    tienen su explicación en las circunstancias del momento. Te-
    níamos entonces gravemente enferma a una persona de la
    familia, de cuya curación había yo desesperado. Aquella mis-
    ma mañana se recibió la noticia de una notable mejoría, ante
    la cual recordaba yo haber exclamado: «Aún va a escapar con
    vida». Por lo tanto, mi ataque de furor destructivo había ser-
    vido de medio de expresión a un sentimiento agradecido al
    destino y me había permitido llevar a cabo un «acto de
    sacrificio», como si hubiera prometido que si el en-
    fermo recobraba la salud sacrificaría en acción de gracias, tal
    o cual cosa. El haber escogido la Venus de Médicis como
    víctima, no podía ser más que un galante homenaje a la con-
    valeciente. Lo que de este caso ha permanecido incompren-
    sible para mí, ha sido cómo me decidí tan rápidamente y apun-
    té con tal precisión, que di al objeto deseado sin tocar nin-
    guno de los que junto a él se hallaban.

    Otro caso de rotura de un objeto, en el cual me serví de
    nuevo de la pluma escapada de mi mano, tuvo también la
    significación de un sacrificio, pero esta vez, de ofrenda peti-
    toria para evitar un mal. En esta ocasión, me había compla-
    cido en hacer un reproche a un fiel y servicial amigo mío,
    reproche únicamente fundado en la interpretación de algunos
    signos de su inconsciente. Mi amigo lo tomó a mal y me es-
    cribió una carta en la que me rogaba que no sometiese a mis
    amigos a la psicoanálisis. Tuve que confesarme que tenía

    1)¡Ay! Se ha perdido la Venus—¡pataplum!—de Médicis.

  • S.

    13

    razón y le aplaqué con mi respuesta. Mientras la estaba es
    cribiendo, tenía delante de mí, mi última adquisición de co
    leccionista, una figurita egipcia preciosamente vidriada. La
    rompí en la forma mencionada y me di cuenta en seguida, de
    que había provocado aquella desgracia en evitación de otra
    mayor. Por fortuna, ambas cosas –la amistad y la figurita–
    pudieron componerse con tal perfección que no se notaron
    las roturas.

    Una tercera rotura tuvo menos seria conexión. Fué para
    usar el término de Th. Vischer en «Auch einer», una «ejecu
    ción» disfrazada, de un objeto que no era ya de mi gusto.
    Durante algún tiempo, había usado un bastón con puño de
    plata. La delgada lámina de este material, que formaba el
    puño, sufrió, sin culpa por mi parte, un desperfecto, y fué
    muy mal reparada. Poco tiempo después, jugando alegre
    mente con uno de mis hijos, me serví del bastón para aga
    rrarle por una pierna con el curvado puño. Al hacerlo se par
    tió, como era de esperar, y me vi libre de él.

    La indiferencia con que se acepta en estos casos, el daño
    resultante, debe ser considerada como demostración de la
    existencia de un propósito inconsciente.

    Investigando los fundamentos de actos fallidos tan nimios
    como la rotura de objetos, descubrimos a veces, que dichos
    actos se hallan íntimamente enlazados al pasado del sujeto,
    apareciendo, al mismo tiempo, en estrecha conexión con su
    situación presente. El siguiente análisis de L. Jekel (Inter
    nat. Zeitschrift f. Psychoanalyse 1-1913), es un ejemplo de
    este género de casos:

    «Un médico poseía un jarrón de loza nada valioso, pero
    sí muy bonito, que, en unión de otros muchos objetos, algu
    nos de ellos de alto precio, le había sido regalado por una
    paciente (casada). Cuando se manifestó claramente, que di
    cha señora padecía una psicosis, el médico devolvió todos
    aquellos regalos a los allegados de la enferma, conservando
    tan sólo un modesto jarrón del que, sin duda por su belleza,
    no acertó a separarse.

    Esta ocultación no dejó, sin embargo, de promover en el

  • S.

    194

    médico, hombre muy escrupuloso, una cierta lucha interior.
    Comprendía la incorrección de su conducta, y para defender-
    se contra sus remordimientos, se daba a sí mismo la excusa
    de que el tal jarrón carecía de todo valor material, era difícil
    de empaquetar para mandarlo a su destino, etc., etc.

    Cuando meses después, se le discutió el pago de un resto
    de sus honorarios por la asistencia a dicha paciente y se pro-
    puso encargar a un abogado de reclamarlos y hacerlos efec-
    tivos por la vía legal, volvióa a reprocharse su ocultación. De
    repente, le sobrecogió el miedo de que fuera descubierta por
    los parientes de la enferma y éstos opusieran por ella, una
    reconvención a su demanda.

    En los primeros momentos, sobre todo, fué tan fuerte este
    miedo, que llegó a pensar en renunciar a sus honorarios, de
    un valor cien veces mayor al del objeto referido. Sin embar-
    go, logró dominar este pensamiento, dándolo de lado como
    absurdo.

    Durante esta situación, le sucedió, a pesar de que raras
    veces rompía algo y de dominar muy bien su sistema muscu-
    lar, que estando renovando el agua del jarrón, para poner en
    él unas flores, y por un movimiento no relacionado orgánica-
    mente con dicho acto y extrañamente torpe, lo tiró al suelo,
    donde se rompió en cinco o seis grandes pedazos. Y esto
    después de haberse decidido la noche anterior, al cabo de
    grandes vacilaciones, a colocar precisamente este jarrón lleno
    de flores, en la mesa, ante sus convidados, y después de ha-
    ber pensado en él poco antes de romperlo, haberlo echado
    de menos en su cuarto y haberlo traído desde otra habitación
    por su propia mano.

    Después de la primera sorpresa, comenzó a recoger del
    suelo los pedazos, y en el momento en que, viendo que és-
    tos casaban perfectamente, se dió cuenta de que el jarrón po-
    día reconstruirse sin defecto alguno, volvieron a escapársele
    de las manos dos de los pedazos más grandes, haciéndose
    añicos y quedando perdida toda esperanza de reconstitución.

    Sin disputa alguna, el acto fallido cometido poseía la ten-
    dencia actual de hacer posible al médico la persecución de su
     

  • S.

    195

    derecho, libertándole de aquello que le retenía y le impedía
    en cierto modo, reclamar lo que le era debido.

    Pero además de esta determinación directa, posee este
    rendimiento fallido, para todo psicoanalítico, una determina-
    ción simbólica, más amplia, profunda e importante,
    pues el jarrón es un indudable símbolo de la mujer.

    El héroe de esta historia había perdido de un modo trági-
    co a su joven y bella mujer, a la que amaba ardientemente.
    Después de su desgracia, contrajo una neurosis, cuya nota
    predominante era creerse culpable de aquélla. («Haber roto
    un bello jarrón.»)

    Así mismo, le era imposible entrar en relaciones con nin-
    guna mujer, y repugnaba casarse de nuevo o emprender
    amores duraderos, que en su inconsciente, eran valorados
    como una infidelidad a su difunta mujer, pero que su concien-
    cia racionalizaba, acusándole de atraer la desdicha sobre las
    mujeres y causarlas la muerte, etc. («Siendo así, no podía
    conservar duraderamente el jarrón.»)

    Dada su fuerte libido, no es de extrañar que se pre-
    sentaran ante él, como las más adecuadas, las relaciones pa-
    sajeras con mujeres casadas. (Por ello conservó o retuvo el
    jarrón a otro perteneciente.)

    A consecuencia de su neurosis, se sometió al tratamiento
    psicoanalítico, y los datos siguientes nos proporcionan una
    preciosa confirmación del simbolismo antes apuntado.

    En el curso de la sesión en la que relató la rotura del ja-
    rrón «de tierra», volvió a hablar de sus relaciones con las mu-
    jeres, y expresó que era en ellas, de una exigencia casi in-
    sensata, exigiendo, por ejemplo, que la amada fuera de una
    «belleza extraterrena». Esto constituye una clara acentuación
    de que aún se hallaba ligado a su mujer (muerta, esto es, ex-
    traterrena), y que no quería saber nada de «bellezas terrena-
    les». De aquí, la rotura del jarrón «de tierra».

    Precisamente por los días en los que, según demostró el
    análisis, forjaba la fantasía de pedir en matrimonio a la hija
    de su médico, regaló a éste un jarrón, indicando así cuál era
    la correspondencia que deseaba.


  • S.

    196

    A priori se deja variar de varias maneras la significación
    simbólica del acto erróneo, por ejemplo, no querer llenar el
    vaso, etc. Mas lo que me parece interesante, es la considera-
    ción de que la existencia de varios, por lo menos de dos moti-
    vos actuantes, desde lo preconsciente a lo inconsciente y pro-
    bablemente separados se refleje en la duplicación de acto
    erróneo – tirar al suelo el jarrón y luego los pedazos.»

    e) El dejar caer algún objeto, tirarlo o romperlo, parece
    ser utilizado con gran frecuencia, para la expresión de series
    de pensamientos inconscientes, cosa que se puede demostrar
    por medio del análisis, pero que también podría adivinarse
    casi siempre por las interpretaciones que a tales accidentes
    da, por burla o por superstición, el sentido popular. Conoci-
    da es la interpretación que se da a los actos de derramar la
    sal o el vino o de que un cuchillo que caiga al suelo quede
    clavado de punta en él, etc. Más adelante expondré el dere-
    cho que, a ser tomadas en consideración, tienen tales inter-
    pretaciones supersticiosas. Por ahora, sólo haré observar que
    tales torpezas no tienen, de ningún modo, un sentido constan-
    te, sino que, según las circunstancias, se ofrecen como me-
    dio de representación a intenciones en absoluto diferentes.

    Hace poco, hubo en mi casa, una temporada, durante la
    cual se rompió en ella una extraordinaria cantidad de objetos
    de cristal y porcelana. Yo mismo contribuí a tal destrozo re-
    petidas veces. Esta pequeña epidemia psíquica fué fácil de
    explicar. Eran aquellos los días que precedieron al matrimo-
    nio de mi hija mayor. En tales fiestas, se suele romper inten-
    cionadamente un utensilio, haciendo al mismo tiempo un
    voto de felicidad. Esta costumbre debe significar un sacrifi-
    cio y expresar algún otro sentido simbólico.

    Cuando los criados destruyen objetos frágiles dejándolos
    caer al suelo, nadie suele pensar, ante todo, en una explica-
    ción psicológica de ello y, sin embargo, no es improbable la
    existencia de oscuros motivos que coadyuven a tales actos.
    Nada más lejano a las personas ineducadas que la aprecia-
    ción del arte y de las obras de arte. Una sorda hostilidad con-
    tra estos productos domina a nuestros criados, sobre todo

  • S.

    197

    cuando tales objetos, cuyo valor no aprecian, constituyen un
    motivo de trabajo para ellos. En cambio, personas de igual
    origen, que se hallan empleadas en alguna institución cientí-
    fica, se distinguen por la gran destreza y seguridad con que
    manejan los más delicados objetos en cuanto comienzan a
    identificarse con sus amos y a contarse entre el personal
    esencial del establecimiento.

    Incluyo aquí la comunicación de un joven técnico que
    nos permite penetrar en el mecanismo del desperfecto de ob-
    jetos.

    «Hace algún tiempo, trabajaba con varios colegas en el
    laboratorio de la Escuela Superior, en una serie de complica-
    dos experimentos de elasticidad, labor emprendida volunta-
    riamente, pero que comenzaba a ocuparnos más tiempo de
    lo que hubiésemos deseado. Yendo un día hacia el laborato-
    rio en compañía de mi colega el señor F., expresó éste lo
    desagradable que era para él, verse obligado a perder a aquel
    día tanto tiempo, pues tenía mucho trabajo en su casa. Yo
    asentí a sus palabras y añadí, medio en broma, aludiendo a
    un incidente de la pasada semana: «Por fortuna, es de espe-
    rar que la máquina falle otra vez y tengamos que interrumpir
    el experimento. Así podremos marcharnos pronto».

    En la distribución del trabajo, tocó a F. regular la válvu-
    la de la prensa, esto es, irla abriendo con prudencia, para
    dejar pasar poco a poco el líquido presionador desde los acu-
    muladores al cilindro de la prensa hidráulica. El director del
    experimento se hallaba observando el manómetro, y cuando
    éste marcó la presión deseada, gritó: «¡Alto!» Al oir esta voz
    de mando, cogió F. la válvula y la dió vuelta con toda su
    fuerza hacia la izquierda. (Todas las válvulas, sin excepción,
    se cierran hacia la derecha.) Esta falsa maniobra hizo que la
    presión del acumulador actuara de golpe sobre la prensa, cosa
    para lo cual no estaba preparada la tubería y que hizo esta-
    llar una unión de ésta, accidente nada grave para la máqui-
    na, pero que nos obligó a abandonar el trabajo por aquel día
    y regresar a nuestras casas.

    Aparte de esto, es muy característico el hecho de que al-

  • S.

    198

    gún tiempo después, hablando de este incidente, no pudo
    F. recordar las palabras que le dije al dirigirnos juntos al la-
    boratorio, palabras que yo recordaba con toda seguridad.»

    Caerse, tropezar o resbalar, son actos que no deben ser
    interpretados siempre como un fallo puramente casual de una
    función motora. El doble sentido lingüístico de estas expre-
    siones indica ya las ocultas fantasías que pueden hallar una
    representación en tales perturbaciones del equilibrio corpo-
    ral. Recuerdo un gran número de ligeras enfermedades ner-
    viosas surgidas en sujetos femeninos después de una caída
    en la que no sufrieron herida alguna, y diagnosticadas como
    histerias traumáticas subsiguientes al susto. Ya estos casos
    me dieron la impresión de que la relación de causa a efecto
    era distinta de la que se suponía y de que la caída era
    un anuncio de la neurosis y una expresión de las fanta-
    sías inconscientes de contenido sexual de la misma, fantasías
    que deben considerarse como fuerzas actuantes detrás de los
    síntomas. ¿Acaso no expresa esta misma idea el proverbio
    que dice: «Cuando una muchacha cae, cae siempre de espal-
    das»?

    Entre los actos de término erróneo puede incluirse el de
    dar a un mendigo una moneda de oro por una de cobre o de
    plata. La explicación de tales errores es muy sencilla. Son
    actos de sacrificio destinados a apaciguar al destino, desviar
    una desgracia, etc. Si antes de salir a paseo se ha oído ha-
    blar a una madre o pariente amorosa de su preocupación por
    la salud de un hijo o allegado, y luego se las ve proceder con
    la involuntaria generosidad citada, no se podrá dudar del
    sentido del aparentemente indeseado incidente. De esta ma-
    nera, hacen posible nuestros actos erróneos el ejercicio de
    aquellas piadosas y supersticiosas costumbres que a causa
    de la resistencia de nuestra razón, que se ha hecho descreí-
    da, tienen que rehuir la luz de la conciencia.

    El campo de acción de la actividad sexual, dentro del
    cual parece borrarse por completo la delimitación entre lo
    casual y lo intencionado, nos ofrece una prueba evidente de
    la intencionalidad real de estos actos, aparentemente casua-

  • S.

    — 199 —

    les. Yo mismo he vivido hace algunos años, un ejemplo de
    cómo un movimiento torpe en apariencia puede ser utilizado
    para un fin sexual, de la más refinada de las maneras. En
    una casa amiga, hallé en una ocasión a una muchacha que
    despertó en mí un antiguo afecto amoroso, haciéndome mos-
    trarme jovial, locuaz y complaciente. También me preocupó
    en esta ocasión, el descubrimiento de los motivos de aque-
    lla impresión, pues la misma muchacha me había dejado
    completamente frío un año antes. Al entrar el tío de la
    muchacha, persona muy anciana, en la habitación en que
    nos hallábamos, nos levantamos ella y yo para acercar-
    le una silla que en un rincón había. Más ágil ella y también
    más cercana a la silla, la cogió antes que yo y la trajo ante
    sí, teniéndola con el respaldo hacia atrás y ambas manos en
    los lados del asiento. Al llegar yo a su lado y no renunciar a
    mi propósito de coger la silla, me hallé de repente pegado
    por detrás a la muchacha, abrazándola con ambos brazos, y
    mis manos se encontraron un momento sobre su pecho.
    Como es natural, puse término a esta situación con la misma
    rapidez con que se había constituído, y nadie pareció darse
    cuenta de lo hábilmente que yo había aprovechado mi torpe
    movimiento.

    Debe admitirse así mismo, que nuestros torpes y enfado-
    sos regates cuando al encontrarnos ante una persona en la
    calle, empezamos a dar pasos a uno y otro lado, pero siem-
    pre en igual dirección que el otro o la otra, hasta quedar am-
    bos inmóviles frente a frente, acto que resulta como «cerrar
    el camino a alguien», renueva una incorrecta y provocativa
    costumbre de los años juveniles y persigue intenciones se-
    xuales bajo el disfraz de una torpeza. Mis psicoanálisis de
    neuróticos me han enseñado que lo que consideramos como
    ingenuidad en los adolescentes y en los niños, no es, con
    frecuencia, más que un disfraz, bajo el cual les es posible
    hacer o decir sin avergonzarse, algo indecoroso.

    W. Stekel ha comunicado varias auto-observaciones aná-
    logas: «Al entrar en una casa alargué mi mano a la señora de
    ella, y desaté, al hacerlo, el lazo que sujetaba su suelta bata

  • S.

    200

    matinal. No abrigaba yo, inconsciente-
    mente, ningún poco honrado propósito y, sin embargo, llevé a cabo dicho torpe
    movimiento con la habilidad de un prestidigitador».

    Repetidas veces he incluido aquí pruebas de que los poe-
    tas juzgan los rendimientos fallidos igual que nosotros en
    este libro, esto es, como significativos y motivados. No nos
    admirará, por lo tanto, ver en un nuevo ejemplo, cómo un
    poeta da una intensa significación a un movimiento equivo-
    cado y le hace ser un presagio de ulteriores acontecimientos.

    En la novela de Theodor Fontane, «L’Adultera», hallamos
    las siguientes líneas. (Tomo II, pág. 64 de la edición de las
    obras completas de Th. Fontane.—S. Fischer):

    «... y Melania se levantó y arrojó a su marido, a manera
    de saludo, uno de los grandes balones. Pero apuntó mal, y la
    pelota, volando hacia un lado, fué a parar a manos de Ru-
    ben». Al regreso de la excursión en que esto sucede, se des-
    arrolla un diálogo entre Melania y Ruben, en el cual comien-
    za ya a surgir el brote de un naciente amor. Este amor crece
    luego hasta el apasionamiento, y Melania abandona, por últi-
    mo, a su marido, para pertenecer por entero al hombre ama-
    do. (Comunicado por H. Sachs).

    g) Los efectos que producen los actos de aprehensión
    errónea de las personas normales son, regularmente, inofen-
    sivos. Por ello mismo, es de un gran interés el investigar si
    otros errores de mayor importancia, por ejemplo, los de un
    médico o un farmacéutico, pueden ser también interpretados
    conforme a nuestro punto de vista.

    Personalmente, me hallo muy escasas veces en situación
    de observar actos correspondientes a una actividad médica
    general, y de este modo, no puedo comunicar aquí más que
    un solo caso de error médico observado en mí mismo. Desde
    hace algunos años, vengo visitando dos veces al día a una
    señora anciana, y mi labor en la visita matinal, se reduce a
    dos actos: echarla en los ojos un par de gotas de un colirio y
    ponerla una inyección de morfina. A estos efectos, hay siem-
    pre preparadas dos botellitas, una azul para el colirio y otra
    blanca para la morfina. Mientras llevo a cabo los dos actos

  • S.

    201

    acostumbrados, mis pensamientos suelen estar ocupados en
    otra cosa, pues he repetido tantas veces la misma faena, que
    la atención necesaria para efectuarla se comporta ya como
    libre e independiente. Sin embargo, en una ocasión, trabajó
    el autómata equivocadamente. Introduce el cuenta gotas en
    la botellita blanca en lugar de en la azul, y lo que eché en
    los ojos de la enferma fué morfina y no colirio. Al darme
    cuenta, quedé sobrecogido, tranquilizándome después, con
    la reflexión de que unas gotas de una solución de morfina al
    dos por ciento, no podían causar ningún daño a la conjunti-
    va. Así, pues, la causa del miedo sentido debía de ser dis-
    tinta.

    En mi intento de analizar mi pequeño error, la primera
    cosa que acudió a mi pensamiento fué la frase: «atentar con
    tra la anciana» 1), la cual podía indicarme un rápido camino
    hacia la solución. Me hallaba yo bajo la impresión de un
    sueño que me había sido relatado la noche anterior por un
    joven, sueño cuyo contenido no podía interpretarse más que
    como el comercio sexual del sujeto con su propia madre 2).
    La extraña circunstancia de que la leyenda no tenga en cuen-
    ta la ancianidad de la reina Jocasta, me pareció confirmar la
    afirmación de que en el enamoramiento de la propia madre
    no se trata nunca de la persona actual, sino de su recuerdo
    juvenil, procedente de los años infantiles.

    Tales incongruencias aparecen siempre, cuando una fan-
    tasía vacilante entre dos épocas se hace consciente, y queda
    así ligada a una época definida. Abstraído en estos pensa-
    mientos, llegué a casa de mi paciente, que frisaba en los no-


    1)N. del T.–En esta frase, el verbo reflexivo «sich vergreifen»,
    seguido de la preposición «bei», significa «equivocarse», pero seguido
    de la preposición «an», significa «atentar, profanar, violar». Así se ex-
    plica la conexión entre «equivocarse con la anciana» y «atentar contra
    la anciana».

    2)Este sueño ha sido denominado por mí, «sueño de Edipo», por
    que nos da la clave para la comprensión de la leyenda del rey Edipo.
    En el texto de Sófocles coloca éste en boca de Jocasta, la relación de
    un tal sueño.

  • S.

    202

    venta años, y debía de hallarme en camino de considerar el
    general carácter humano de la fábula de Edipo, como la co-
    rrelación de la fatal profecía expresada por el oráculo, pues
    «me equivoqué con» o «atenté contra la anciana». Mas mi
    acto erróneo fué también en este caso, inofensivo. De los
    dos errores posibles: usar la morfina para echarla en los ojos
    o el colirio para la inyección, había escogido el más inocente.
    Queda aún la cuestión de si en errores susceptibles de oca-
    sionar graves daños, puede suponerse la existencia de una
    intención inconsciente, como sucede en los hasta aquí exami-
    nados.

    Aquí se agota, como era de esperar, el material de que
    podía disponer, y quedo reducido a exponer aproximaciones
    e hipótesis. Conocido es, que en los casos graves de psico-
    neurosis, aparecen a veces, automutilaciones, como síntomas
    de la enfermedad y que no se puede considerar en tales casos
    excluído el suicidio como final del conflicto psíquico. Sé por
    experiencia, y lo expondré algún día con ejemplos convincen-
    tes, que muchos daños que, aparentemente por casualidad,
    suceden a tales enfermos, son en realidad maltratos que los
    pacientes se inflingen a sí mismos. Estos accidentes son pro-
    ducidos por una tendencia constantemente vigilante al auto-
    castigo, tendencia que de ordinario se manifiesta como auto-
    reproche, o coadyuva a la formación de síntomas y utiliza
    diestramente una situación exterior que se ofrezca casual-
    mente o la ayuda hasta conducirla a la consecución del efecto
    dañoso deseado. Tales sucesos no son tan poco raros en los
    casos de moderada gravedad y revelan la participación de la
    intención inconsciente por una serie de signos especiales; por
    ejemplo, por la extraña presencia de espíritu que manifiestan
    los enfermos durante los pretendidos accidentes 1).


    1)El auto-maltrato que no se propone una completa auto-anula-
    ción, no tiene en nuestro estado de civilización actual más remedio que
    ocultarse detrás de la casualidad o manifestarse como simulación de
    una enfermedad espontánea. Antiguamente era un signo usual de
    duelo y podía ser expresión de ideas de piedad y renunciamiento al
    mundo.

  • S.

    203

    PSICOPATOLOGIA

    En vez de muchos ejemplos, relataré, con todo detalle,
    uno solo, observado en el ejercicio de mi actividad médica:
    Una joven casada se rompió una pierna en un accidente de
    coche, teniendo que guardar cama durante varias semanas y,
    al asistirla, me extrañó la falta de manifestaciones de dolor y
    la tranquilidad con que conllevaba su desgracia. El accidente
    hizo aparecer una larga y grave neurosis que, por último, se
    curó por el tratamiento psicoanalítico. En el curso de este úl-
    timo, averigüé las circunstancias que rodearon el accidente,
    así como determinadas impresiones que le precedieron. La
    joven mujer se hallaba con su marido, hombre muy celoso,
    pasando una temporada en la finca de una hermana suya, en
    compañía de sus numerosos hermanos y hermanas y sus res-
    pectivos cónyuges. Una noche, dió en este íntimo círculo,
    una representación de una de sus habilidades, bailando un
    cancán conforme a todas las reglas del arte, y obteniendo
    gran éxito con todos los parientes, pero descontentando a su
    marido que la murmuró después al oído: «Te has vuelto a
    conducir como una prostituta». La palabra hizo su efecto, y
    queremos dejar indeciso si precisamente por el baile. Aquella
    noche durmió mal, y a la mañana quiso dar un paseo en
    coche. Por sí misma, escogió los caballos, rehusando un
    tronco y eligiendo otro. La más joven de sus hermanas quiso
    que fuera en el coche un hijo suyo de pecho, con el ama,
    pero ella se opuso enérgicamente. Durante el paseo, se mos-
    tró nerviosa, advirtió al cochero que los caballos iban a es-
    pantarse, y cuando los inquietos animales tuvieron en reali-
    dad un momento de indisciplina, se levantó sobrecogida y se
    arrojó del coche, rompiéndose una pierna, mientras que los
    que permanecieron dentro, no sufrieron daño alguno. Des-
    pués de descubrir estos detalles, no se puede dudar que el
    accidente estaba preparado, y no debemos dejar de admirar
    la habilidad que obligó a la casualidad a distribuir un castigo
    tan correlativo a la falta cometida, pues en efecto, ya no po-
    dría ella bailar el cancán en mucho tiempo.

    No me es posible relatar casos en que me haya inflingido
    daños a mí mismo en épocas de tranquilidad, pero no me creo


  • S.

    204

    incapaz de cometer tales actos bajo condiciones extraordina-
    rias. Cuando un miembro de mi familia se queja de haberse
    mordido la lengua, aplastado un dedo, etc., lo primero que
    hago, en lugar de compadecerle, es preguntarle: —¿Por qué
    has hecho eso?—Yo mismo me cogí un dedo muy dolorosa-
    mente, después de haber oído a un joven paciente expresar
    en la consulta, su deseo (que como es natural, no había que
    tomar en serio) de contraer matrimonio con mi hija mayor, la
    cual se hallaba a la sazón, en un sanatorio y en peligro de
    muerte.

    Uno de mis hijos, cuyo vivo temperamento dificultaba
    mucho la tarea de cuidarle cuando se hallaba enfermo, tuvo
    una mañana un fuerte acceso de cólera porque se le ordenó
    que permaneciera en el lecho durante toda la tarde y amena-
    zó con suicidarse, amenaza que le había sido sugerida por la
    lectura de los periódicos. Aquella misma tarde, me enseñó
    un cardenal que se había hecho en un lado de la caja torá-
    cica al chocar contra una puerta y darse un fuerte golpe con
    el saliente del picaporte. Le pregunté irónicamente por qué
    había hecho aquello y el niño, que no tenía más que once
    años, me contestó como iluminado: —«Eso ha sido el intento
    de suicidio con que os amenacé esta mañana».—No creo
    que mis opiniones sobre los daños inflingidos por una per-
    sona a sí misma fueran por entonces accesibles a mis hijos.

    Aquellos que crean en la existencia de estos auto-maltra-
    tos semi-intencionales—si se me permite emplear esta poco
    diestra expresión—se hallarán preparados a admitir también
    el hecho de que, además del suicidio conscientemente inten-
    cionado, hay otra clase de suicidio con intención incons-
    ciente, el cual es capaz de utilizar con destreza un peligro de
    muerte y disfrazarlo de desgracia casual. En efecto, la ten-
    dencia a la auto-destrucción existe con una cierta intensidad
    en un número de individuos mucho mayor del de aquellos en
    que llega a manifestarse victoriosa. Los daños auto-inflingi-
    dos son regularmente una transacción entre este impulso y
    las fuerzas que aún actúan contra él. También en los casos
    en que se llega al suicidio ha existido anteriormente, durante


  • S.

    205

    largo tiempo, dicha inclinación, con menor fuerza o como
    tendencia inconsciente y reprimida.

    También la intención consciente de suicidarse escoge su
    tiempo, sus medios y su ocasión. Paralelamente, obra la in-
    tención inconsciente, al esperar la aparición de un motivo
    que pueda tomar sobre sí una parte de la responsabilidad y,
    acaparando las fuerzas defensivas de la persona, la liberte
    de la presión que sobre ella ejercen 1). Estas discusiones
    no son ociosas bajo ningún concepto. He conocido más de
    un caso de desgracia aparentemente casual (accidentes de
    caballo o de coche) cuyas circunstancias justifican una sos-
    pecha de suicidio inconscientemente tolerado. Tal es el caso
    de un oficial, que durante una carrera de caballos, cayó del
    que montaba, hiriéndose tan gravemente, que murió varios
    días después. Su conducta al volver en sí después del acci-
    dente, fué un tanto singular. Pero aún lo había sido más la
    que venía observando desde algún tiempo antes. Entristeci-
    do por la muerte de su madre a la que quería mucho, se
    echaba a llorar estando con sus camaradas y expresó varias
    veces a sus íntimos su cansancio de la vida y su deseo de
    abandonar el servicio para ir a Africa a tomar parte en una
    campaña que allí se desarrollaba y que no debía ofrecer nin-


    1)El caso es entonces idéntico al atentado sexual contra una
    mujer en el que el ataque del hombre no puede ser rechazado por la
    total fuerza muscular de la mujer por que a él coadyuva, aceptándolo,
    una parte de las sensaciones inconscientes de la atacada. Ya se suele
    decir que tal situación paraliza las fuerzas de la mujer y no se ne-
    cesita añadir las razones de esta paralización. Desde este punto de
    vista aparece injusta, psicológicamente, una de las ingeniosas senten-
    cias dictadas por Sancho Panza en su ínsula. (Don Quijote, Parte II,
    Capítulo XLV.) Una mujer acusa a un hombre de haberla forzado. San-
    cho la indemniza con una repleta bolsa que hace entregarla al acusado,
    y da a éste, una vez partida la mujer, permiso para correr tras ella y
    arrancarla la bolsa. Al poco tiempo aparecen de nuevo los litigantes y
    la mujer se vanagloria de que el supuesto violador no haya tenido fuer-
    zas para arrancarla el dinero. Al oir esto dice Sancho: – «Si el mismo
    aliento y valor que habéis mostrado para defender esta bolsa, lo mos-
    trárais, y aun la mitad menos, para defender vuestro cuerpo, las fuer-
    zas de Hércules no os hicieran fuerza».

  • S.

    206

    gún interés para él1). Siendo un valiente jinete, evitaba en
    aquellos días, montar a caballo. Por último, antes de la ca-
    rrera, en la que no podía excusarse de tomar parte, expresó
    un triste presentimiento. Nuestra concepción de estos casos
    hace que no podamos extrañarnos de que el presentimiento
    se realizara. Se me opondrá, que en un estado tal de depre-
    sión nerviosa no le es posible a un hombre dominar al ca-
    ballo con igual maestría que en época de plena salud. Con-
    vengo en ello, pero creo más acertado buscar el mecanismo
    de tal inhibición motora por «nerviosidad», en la intención
    auto-destructora aquí acentuada.

    S. C. Ferenczi, de Budapest, me ha autorizado a publicar
    el siguiente análisis verificado por él, de un caso de herida
    por arma de fuego, pretendidamente casual, y que él explica
    como un intento inconsciente de suicidio, explicación con la
    que estoy en un todo conforme.

    «J. Ad., de veintidós años de edad, oficial de carpintero,
    vino a mi consulta el 18 de Enero de 1908. Quería que le di-
    jese si le debía y podía ser extraída una bala que tenía aloja-
    da en la sien izquierda desde el 20 de Marzo de 1902. Aparte
    de algunos dolores de cabeza, no demasiado violentos, que
    le atacan de cuando en cuando, se siente completamente
    sano. El reconocimiento objetivo no descubrió nada impor-
    tante fuera de la cicatriz característica del disparo, y enne-
    grecida por la pólvora, en la sien izquierda. En vista de ello,
    me mostré contrario a toda operación. Preguntado por las
    circunstancias del caso, contestó haberse herido casualmente.
    Jugaba con un revólver de su hermano, c r e y e n d o q u e
    no estaba cargado, se lo apoyó con la mano izquier-
    da en la sien i z q u i e r d a (no es zurdo), colocó el dedo
    en el gatillo y el tiro salió. En el arma, que era de
    seis tiros, había tres cartuchos. Le pregun-

    1)Es evidente que la situación de un campo de batalla es preci-
    samente la requerida por la intención consciente de suicidarse, que sin
    embargo rehuye el camino directo. Véase en el «Wallenstein» las pala-
    bras del capitán sueco sobre la muerte de Max Piccolomini: «Dícese que
    quería morir».


  • S.

    207

    PSICOPATOLOGIA

    té luego, cómo había llegado a la idea de coger el revólver,
    y me contestó, que por entonces era el tiempo de su entrada
    en quintas y que la noche antes, había cogido el revólver,
    para ir a una taberna, temiendo que en ella se promoviera
    alguna pelea. En el reconocimiento médico militar, fué decla-
    rado inútil, por padecer varices, cosa que le avergonzó sobre-
    manera. Al regresar a su casa, se puso a jugar con el revól-
    ver, no teniendo intención de causarse ningún daño, y enton-
    ces fué cuando surgió el accidente. Interrogado sobre si en
    general, estaba contento con su suerte, me relató suspirando,
    su historia amorosa con una muchacha que le quería, pero
    que, sin embargo, le abandonó para emigrar a América, em-
    pujada por el deseo de hacer fortuna. El quiso seguirla, pero
    se lo impidieron sus padres. Su amada había partido el 20 de
    Enero de 1907, esto es, dos meses antes del suceso. A pesar
    de todos estos elementos sospechosos, sostuvo el paciente
    que el disparo había sido un «accidente desgraciado». Sin
    embargo, estoy firmemente convencido de que la negligencia
    de no haber comprobado si el revólver estaba o no cargado,
    antes de ponerse a jugar con él, así como el daño auto-inflin-
    gido, se hallaban determinados psíquicamente. El individuo
    de referencia se encontraba aún bajo la impresión deprimente
    de su desdichado amor y quería «olvidar» en el servicio de
    las armas. Cuando también le fué arrancada esta esperanza,
    fué cuando llegó a jugar con el revólver, esto es, a un incons-
    ciente intento de suicidio. El hecho de tomar el arma con la
    mano izquierda y no con la derecha, es una prueba decisiva
    de que en realidad, no hacía más que jugar, o sea, que no
    quería, conscientemente, suicidarse.»

    Otro caso de daño auto-inflingido, de apariencia casual,
    cuya publicación me ha sido autorizada por la persona que lo
    observó directamente, nos recuerda el proverbio que dice:
    «Aquel que cava una fosa para otro, cae él mismo en ella»1).
    «La señora de X., perteneciente a una familia de la clase

    1)Auto-castigo por un aborto, observado por el Dr. J. E. G. van
    Emden. La Haya (Holanda).–Zentralblatt für Psychoanalyse, II-12.


  • S.

    208

    media, está casada y tiene tres hijos. Es algo nerviosa, mas
    nunca necesitó someterse a un tratamiento enérgico, pues
    posee firmeza suficiente para adaptarse a la vida. Un día se
    produjo una considerable, pero pasajera, desfiguración de su
    rostro, en la siguiente forma:

    Al atravesar una calle en la que estaban arreglando el pa-
    vimento, tropezó con un montón de piedras y fué a dar de
    cara contra el muro de una casa, quedando con el rostro todo
    arañado y magullado. Los párpados se le pusieron azules y
    edematosos, y llamó al médico temiendo que también hubie-
    ran sufrido los ojos algún daño. Después de tranquilizarla
    respecto a esta cuestión, la pregunté: «¿Pero cómo se ha
    caído usted de ese modo...?» La señora repuso, que pre-
    cisamente antes del accidente había recomendado a su ma-
    rido, el cual padecía desde hacía algunos meses, una afec-
    ción articular que le dificultaba la deambulación, que tuviese
    cuidado al pasar por dicha calle, y que sabía por repetidas
    experiencias, que en casos como éste, le ocurría sufrir
    aquellos mismos accidentes, contra los que prevenía a los
    demás.

    Yo no me contenté con esta determinación del suceso y
    la pregunté si no tenía alguna cosa más que relatarme. En
    efecto, me dijo que en el momento que precedió a la caída,
    había visto en una tienda de la acera opuesta, un lindo cua-
    drito, y que, de repente, le entraron deseos de comprarlo
    para adorno del cuarto de sus hijos. Entonces, se dirigió de-
    rechamente hacia la tienda, sin cuidarse del estado de la ca-
    lle, tropezó con el montón de piedras y fué a dar de cara con
    tra el muro de una casa, sin hacer siquiera el menor intento
    de librarse del golpe con las manos. El propósito de comprar
    el cuadro quedó olvidado en el acto y la señora regresó a
    toda prisa a su domicilio.

    —¿Pero, cómo no miró usted con más cuidado dónde pi-
    saba?—seguí preguntándola.

    —¡Ay!—me respondió—. Ha sido quizás un castigo
    por la historia que ya confié a usted.

    —¿La sigue atormentando esa historia?

  • S.

    209

    PSICOPATOLOGIA

    –Sí; después he sentido mucho haber hecho lo que hice.
    Me he encontrado perversa, criminal e inmoral. Pero en
    aquellos días, mis nervios me tenían casi loca.

    Se trataba de un aborto, que de acuerdo con su ma-
    rido, y queriendo ambos evitar, por razones económi-
    cas, el nacimiento de más hijos, había hecho provocar por
    una curandera y en cuyo desenlace fué asistida por un espe-
    cialista.

    –Con frecuencia, me he reprochado haber dejado matar
    a mi hijo–siguió diciendo–y he tenido miedo de que un tal
    crimen no podía quedar impune. Ahora que me ha asegurado
    usted que no me pasará nada en los ojos, me quedo ya tran-
    quila. Así como así, estoy ya suficientemente cas-
    tigada.

    Salta, pues, a la vista, que el accidente había sido un
    auto-castigo inflingido no sólo en penitencia de la mala ac-
    ción cometida, sino también para escapar a otro mayor casti-
    go desconocido, cuyo advenimiento venía la señora temiendo
    hacía ya varios meses.

    En el momento en que se dirigió apresuradamente hacia
    la tienda para comprar el cuadrito, el recuerdo de su falta
    –ya bastante activo en su inconsciente cuando recomendó
    cuidado a su esposo–había llegado a ser dominante y se hu-
    biera podido expresar con las siguientes palabras:
    –¿Para qué quieres comprar ningún adorno para el cuarto
    de tus hijos si has dejado matar a uno de ellos? ¡Criminal!
    ¡El gran castigo está ya próximo!

    Este pensamiento no llegó a hacerse consciente pero, no
    obstante, la señora utilizó la situación dada en aquel momen-
    to psicológico, para aprovechar el montón de piedras en su
    auto-castigo. Por esta razón, no extendió siquiera las manos
    al caer ni experimentó tampoco un susto violento. La segun-
    da determinación, probablemente menor, del accidente, fué
    otro auto-castigo por su inconsciente deseo de librar-
    se de su marido, cómplice en todo del penoso asunto del
    aborto. Este deseo se revela en la recomendación totalmente
    supérflua de que tuviera cuidado al atravesar la calle en re-

  • S.

    210

    forma, ya que el marido, precisamente, por su enfermedad,
    había de andar con gran prudencia» 1).
     

    Considerando las circunstancias que rodean el caso si-
    guiente de daño auto-inflingido de apariencia casual, hay que
    dar la razón a J. Staerk (l. c.), el cual lo interpreta como un
    «acto de sacrificio».
     

    «Una señora, cuyo yerno tenía que partir para Alemania,
    con el fin de cumplir allí sus deberes militares, se quemó un
    pie, vertiéndose sobre él un hirviente líquido, en las circuns-
    tancias siguientes: Su hija estaba próxima a alumbrar, y el
    pensamiento de los peligros que en la guerra iba a correr el
    marido, no era, como es natural, para que el estado de áni-
    mo de toda la familia fuese muy alegre. El día antes de la
    partida de su yerno, la señora había convidado a comer al
    matrimonio. Por sí misma, preparaba la comida en la cocina,
    después de haber sustituido, contra su costumbre, sus botas
    altas y sin tacones, con las que andaba muy cómodamente,
    por unas zapatillas de su marido, muy grandes y abiertas
    por arriba. Al coger del fuego una gran cazuela llena de sopa
    hirviendo, la dejó caer y se escaldó gravemente un pie,
    sobre todo el empeine, no protegido por la zapatilla. Claro
    es que el accidente se puso a cuenta de la «nerviosidad»,
    comprensible, dada la situación de la familia. En los días si-
    guientes a tal «acto de sacrificio», se condujo muy prudente-
    mente en el manejo de objetos calientes, pero ello no impidió
    que días después se volviese a escaldar una muñeca» 2).
     


    1)Una persona me escribe sobre el tema: «Daños auto-inflingidos
    como castigo». Si se observa la conducta de las personas en las calles,
    se tiene ocasión de ver con cuánta frecuencia les sucede algún pequeño
    accidente a aquellos hombres que–como es ya casi general costum-
    bre–se vuelven a seguir a las mujeres con la vista. Tan pronto tropie-
    zan, aun yendo por llano, como topan con un farol o se hieren de algu-
    na otra forma.

    2)En muchos de estos casos de lesiones o muerte por accidente,
    queda dudosa la interpretación. Las personas ajenas a la víctima no
    hallarán motivo alguno para ver en la desgracia cosa distinta de un
    accidente fortuito, mientras que sus familiares y amigos, conocedores
    de sus intimidades, podrán encontrar razones para sospechar la exis-
     

  • S.

    211

    Si un tal furor contra la propia integridad y la propia
    vida puede ocultarse así, detrás de una torpeza aparente-
    mente casual, y de una insuficiencia motora, no ha de resul-
    tarnos ya difícil aceptar la transferencia de igual concepción
    a aquellos actos erróneos que ponen en grave peligro la vida
    y la salud de otras personas. Los documentos que puedo
    alegar en favor de la exactitud de esta afirmación están to-
    mados de mis experiencias en el tratamiento de neuróticos,
    y por lo tanto, no se adaptan por completo a lo que se trata
    de demostrar. De todos modos, expondré aquí un caso, en
    el que, no precisamente un acto erróneo, sino lo que más
    bien puede denominarse un acto sintomático o casual, me

    tencia de una intención inconsciente. El siguiente relato de un joven,
    cuya prometida murió víctima de un atropello, nos ofrece un acabado
    ejemplo de este género:

    «En Septiembre del año pasado conocí a la señorita X. Z., de trein-
    ta y cuatro años de edad y excelente posición económica. Prometida a
    un oficial antes de la guerra, había pasado por el dolor de perder a su
    futuro, caído en el frente en 1916. De nuestro conocimiento nació pron-
    to una mutua inclinación amorosa, sin que al principio pensásemos en
    el matrimonio, pues la diferencia de edad –yo tenía por entonces vein-
    tisiete años– parecía poco favorable a tal idea. Sin embargo, como vi-
    víamos en la misma calle y nos veíamos y reuníamos a diario, nuestras
    relaciones acabaron por tomar un carácter íntimo, circunstancia que
    nos acercó más a la idea del matrimonio. Acordamos, pues, dar estado
    oficial a nuestras relaciones y fijamos la fecha de nuestros esponsales.
    Antes se proponía la señorita Z. hacer un viaje para visitar a un pa-
    riente suyo, propósito que la huelga ferroviaria le impidió, a última
    hora, llevar a cabo. Las sombras que la victoria de la clase obrera pa-
    recía proyectar sobre el porvenir influyeron durante algún tiempo en
    nuestro estado de ánimo. Sobre todo, mi futura, sujeta ya por natura-
    leza a grandes oscilaciones de ánimo, creía ver, en los sucesos sociales,
    graves obstáculos a nuestros proyectos. El sábado, 20 de Marzo, mos-
    traba, sin embargo, alegría y animación excepcionales que me sorpren-
    dieron y contagiaron, haciéndonos verlo todo de color de rosa. Algunos
    días antes, habíamos quedado en ir una mañana juntos a la iglesia,
    aunque sin precisar cuándo. Al día siguiente, domingo, 21 de Marzo, a
    las nueve y cuarto de la mañana, me telefoneó, diciéndome que fuese a
    buscarla para ir a la iglesia, pero me fué imposible complacerla por
    tener ocupaciones ineludibles. Visiblemente contrariada por mi negati-
    va, decidió ir sola a la iglesia. En la escalera de su casa encontró a un

  • S.

    212

    puso sobre una pista que me llevó a conseguir la solución
    del conflicto en que el paciente se hallaba. En una ocasión,
    me propuse mejorar las relaciones matrimoniales de un indi-
    viduo muy inteligente, cuyas diferencias con su joven mujer,
    la cual le amaba con ternura, podían basarse en fundamentos
    reales, pero que, como él mismo confesaba, no quedaban, ni
    aun así, totalmente explicadas. Sin cesar se atormentaba el
    marido con el pensamiento de una separación, pensamiento
    que siempre rechazaba, por su amor hacia sus dos tiernos

    conocido con el que anduvo un rato, dando muestras de excelente hu-
    mor y sin aludir para nada a nuestra conversación telefónica. Cerca ya
    de la Iglesia, se despidió su acompañante, alegando, en tono festivo, que
    su guarda no la era ya necesaria, puesto que sólo tenía ya que cruzar
    la calle, tranquila y despejada en aquel lugar. Un momento después,
    cuando iba ya a alcanzar la acera opuesta, fué atropellada por un coche,
    muriendo a las pocas horas. Por aquel mismo lugar habíamos atrave-
    sado juntos infinitas veces. Mi futura se mostraba siempre en extremo
    prudente y además, precisamente aquella mañana era casi nulo el trán-
    sito rodado, puesto que los ómnibus, tranvías, etc., estaban en huelga.
    Resulta, pues, inconcebible que no viera el coche que la atropelló ni
    siquiera lo oyese acercarse. Todo el mundo creyó en un accidente «ca-
    sual». Mi primera impresión fué totalmente contraria, aunque tampoco
    podía pensar en un propósito premeditado. Intenté, pues, hallar una
    explicación psicológica, y al cabo de mucho tiempo, creí encontrarla al
    leer su «Psicopatología de la vida cotidiana». La señorita Z. manifesta-
    ba, a veces, una cierta tendencia al suicidio, e incluso había intentado
    hacerme compartir sus opiniones, habiéndome yo esforzado en desva-
    necer tales ideas. Dos días antes de la desgracia, al regreso de un pa-
    seo, comenzó a hablar, sin motivo alguno exterior, de su muerte y de
    la conveniencia de tomar sus disposiciones testamentarias. Sin embar-
    go, no inició paso alguno en tal sentido, lo cual prueba que sus manifes-
    taciones no obedecían a un propósito suicida. Así, pues, a mi juicio, que
    desde luego no considero indiscutible, la muerte de la señorita Z. no
    puede atribuirse a una desgracia casual, ni a una obnubilación de la
    conciencia, sino a una auto-destrucción intencionada, dependiente de un
    motivo inconsciente que consiguió ocultarse bajo el disfraz de un acci-
    dente fortuito. Esta opinión mía queda robustecida por ciertas manifes-
    taciones hechas por la señorita Z. a sus familiares, antes de su conoci-
    miento conmigo, y luego también a mí mismo. Hemos, pues, de suponer
    que su desgraciado fin fué una consecuencia de la muerte de su primer
    prometido al que nada podía sustituir para ella.


    212

  • S.

    213

    hijos. A pesar de esto, volvía siempre a la misma idea, y no
    intentaba ningún medio de hacerse tolerable la situación.
    Este no resolver nunca el conflicto me pareció una prueba
    de la existencia de motivos inconscientes y reprimidos, que
    reforzaban los motivos conscientes que mantenían la lucha.
    En estos casos, mi intervención consiste en dar fin al con-
    flicto, por medio del análisis psíquico. El marido me relató
    un día un pequeño incidente, que le había asustado sobre
    manera. Jugaba con su hijo mayor, que era su preferido,
    subiéndolo y bajándolo en sus brazos, y una de las veces lo
    alzó tan alto y en tal lugar de la habitación, que la cabeza
    del niño estuvo a punto de chocar con la pesada araña de
    gas que pendía del techo. Le faltó muy poco, pero
    no llegó. Aunque el niño no sufrió daño alguno, medio se
    desmayó del susto. El padre permaneció quieto y espantado
    con él en brazos y la madre fué presa de un ataque histérico.
    La especial destreza de tal movimiento imprudente y la vio-
    lencia de la reacción en los padres, me hicieron buscar en
    esta casualidad, un acto sintomático, que debía de expresar
    una perversa intención contra el tan querido hijo. La contra-
    dicción entre el acto sintomático y la ternura actual del padre
    hacia su niño podía salvarse retrotrayendo el impulso damní-
    ficante a la época en que este niño había sido hijo único, y
    tan pequeño, que el padre no había llegado aún a interesar-
    se tiernamente por él. Siendo así, podía admitirse que el
    marido, poco satisfecho de su mujer, hubiera tenido por en-
    tonces el pensamiento siguiente:

    —Si este pequeño ser, que
    nada me importa, muere, quedo libre y podré separarme de
    mi mujer—.

    Por lo tanto, debía de seguir existiendo incons-
    cientemente en él un deseo de muerte del ahora ya tan que-
    rido niño. Desde este punto, era fácil encontrar el camino
    hacia la fijación inconsciente de este deseo. Una poderosa
    determinante del acto realizado estaba constituída por un
    recuerdo infantil del paciente, relativo a la muerte de un
    hermano pequeño, que la madre achacaba al abandono de su
    marido, y que había dado lugar a violentas explicaciones
    entre los cónyuges, en las que había sonado una amenaza de


  • S.

    214

    separación. Mi hipótesis quedó confirmada por el éxito tera-
    péutico del análisis y la modificación que sobrevino en las
    relaciones conyugales de mi paciente.

    J. Staerke (l. c.) nos da cuenta en un ejemplo, de cómo
    los poetas no vacilan en colocar un acto erróneo en lugar de
    otro intencionado, haciendo al primero causa de las más
    graves consecuencias.

    En uno de los «Apuntes» de Hayermans 1) aparece un
    ejemplo de acto erróneo, utilizado por el autor como motivo
    dramático.

    El apunte se titula «Tom y Teddie». – En un teatro de
    varietés trabaja una pareja de buceadores, hombre y mujer,
    que permanecen bajo el agua largo tiempo, dentro de una
    piscina de paredes de cristal, y realizan, sumergidos, dife-
    rentes habilidades. La mujer es, desde poco tiempo antes, la
    amante de un «dresseur» que trabaja en el mismo teatro, y
    el buceador los ha sorprendido en el vestuario minutos antes
    de tener que salir a escena, limitándose, por esta causa, a
    dirigirles una amenazadora mirada y murmurar: «Luego ve-
    remos». – La representación comienza – El buzo va aquella
    noche a presentar su número más difícil, consistente en
    permanecer «bajo el agua y encerrado herméticamente en
    un cajón, dos minutos y medio». – Este número lo habían
    hecho ya varias veces. La caja quedaba cerrada y Teddie
    enseñaba la llave mientras el público comprobaba reloj
    en mano el tiempo que transcurría. Luego, dejaba caer
    un par de vecesla llave en la piscina y se tiraba al agua
    tras ella para no retrasarse cuando llegaba el momento de
    abrir el cajón.

    En esta noche, la del 31 de Enero, fué Tom encerrado
    como de costumbre, por los pequeños dedos de la alegre y
    vivaracha mujercita. Tom sonreía detrás de la mirilla del
    cajón. Ella jugaba con la llave y esperaba la señal para abrir.
    Entre bastidores se hallaba el «dresseur» con su frac impe-


    1)Hayermans. – Schetsen von Samuel Falkland – Amsterdam.
    H. J. W. Becht-1914.

  • S.

    215

    PSICOPATOLOGIA

    cable, su corbata blanca y su látigo de montar. Para llamarla
    la atención, dió un breve silbido. Ella miró hacia él, sonrió,
    y con el gesto torpe de alguien cuya atención se ve distraí-
    da, arrojó la llave hacia lo alto con tal fuerza, que cuando
    terminaban los dos minutos y veinte segundos bien contados,
    cayó al lado de la piscina, entre los pliegues de una bandera
    que disimulaba los pies de la misma. Nadie vió dónde había
    caído. Desde la sala, la ilusión óptica fué tal, que todos los
    espectadores vieron caer la llave a través del agua.

    Tampoco ninguno de los empleados del teatro se dió
    cuenta de la verdad, pues el paño de la bandera mitigó el
    sonido.

    Sonriendo y sin vacilar trepó Teddie por las paredes de
    la piscina. Sonriendo–Tom aguantaba bien–volvió a bajar.
    Sonriendo, desapareció bajo los pies de la piscina para
    buscar allí la llave y, al no encontrarla en seguida, se
    inclinó hacia la parte anterior de la bandera con un ges-
    to cansado, como si quisiera decir: «¡Ay, Dios mío!, cuánta
    molestia».

    Entretanto, Tom seguía haciendo sus cómicos gestos de
    trás de la mirilla, como si también él se intranquilizase. Se
    vió blanquear su dentadura postiza y moverse sus labios
    bajo el bigote recortado y aparecieron las mismas cómicas
    burbujillas de aire que antes, cuando comió una manzana
    bajo el agua. Se vió retorcerse y engarabitarse sus pálidos
    dedos huesudos y el público rió, como ya había reído con
    frecuencia aquella noche.

    Dos minutos y cincuenta y ocho segundos…
    Tres minutos y siete segundos… y doce segundos…
    ¡Bravo! ¡Bravo! ¡Bravo!

    En esto, surgió cierta intranquilidad en la sala y el público
    comenzó a patear al ver que también los criados del doma-
    dor comenzaban a buscar la llave y que el telón caía antes
    de que la tapa de la caja fuese levantada.

    En el escenario, aparecieron luego seis bailarinas ingle-
    sas. Después el hombre de los caballitos, los monos y los
    perros, y así sucesivamente.

  • S.

    216

    Hasta la mañana siguiente no se enteró el público de que
    había sucedido una desgracia y que Teddie quedaba viuda y
    sola en el mundo...»

    Por lo citado, se ve cuán excelentemente ha tenido que
    comprender el artista la naturaleza de la acción sintomática,
    para presentarnos con tal acierto, la profunda causa de la
    mortal torpeza.