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    259

    XI

    Actos fallidos combinados

    Dos de los ejemplos últimamente expuestos, mi error al
    transportar los Médicis a Venecia y el del joven paciente mío
    que supo transgredir mi prohibición de hablar con su amante
    por teléfono, no han sido, en realidad, descritos con toda
    precisión, y un examen más detenido nos los muestra como
    una unión de un olvido con un error. Esta misma unión puede
    señalarse con mayor claridad en otros ejemplos.

    a) Un amigo mío me relató el siguiente suceso: «Hace
    algunos años, me presté a ser elegido miembro del Comité
    de una cierta Sociedad literaria, creyendo que ésta me ayuda-
    ría a lograr fuese representado un drama del que yo era
    autor, y aunque no me interesaban gran cosa, asistía con re-
    gularidad a las sesiones que dicha Sociedad celebraba todos
    los viernes. «Hace algunos meses, quedó asegurada la repre-
    sentación de uno de mis dramas en el teatro F., y desde en-
    tonces, olvidé siempre acudir a las referidas sesiones.
    Cuando leí su libro de usted sobre estas cuestiones, me aver-
    goncé de mi olvido, reprochándome haber abandonado a mis
    consocios ahora que ya no necesitaba de ellos, y resolví no
    dejar de asistir a la reunión del viernes siguiente. Recordé de
    continuo este propósito hasta que llegó el momento de reali-
    zarlo y me dirigí al domicilio social. Al llegar ante la puerta
    del salón de actos, me sorprendió verla cerrada. La reunión
    se había celebrado ya y nada menos que dos días antes.
    Me había equivocado de día y había ido en domingo».

    b) El ejemplo siguiente es una combinación de un acto


  • S.

    260

    sintomático con una pérdida temporal de un objeto, y ha lle-
    gado a mi conocimiento muy indirectamente, pero por con-
    ducto fidedigno.

    Una señora hizo un viaje a Roma con su cuñado, artista
    de gran fama. Este fué muy festejado por los alemanes resi-
    dentes en dicha ciudad, y entre otros regalos, recibió el de
    una antigua medalla de oro. La señora vió con disgusto que
    su cuñado no sabía apreciar el valor del artístico presente.
    Días después llegó a Roma su hermana, y ella retornó a su
    casa. Al deshacer el equipaje, vió, con sorpresa, que–sin
    sin saber cómo–había metido en él la preciada medalla, e in-
    mediatamente escribió a su cuñado comunicándoselo y anun-
    ciándole que al día siguiente se la restituiría enviándosela a
    Roma. Pero cuando quiso hacerlo, halló que había «perdido»
    u «ocultado» la medalla con tanta habilidad que por más que
    hizo no le fué posible encontrarla. Entonces sospechó la se-
    ñora lo que su «distracción» significaba, esto es, su deseo de
    conservar el objeto para sí.

    c) He aquí unos cuantos casos en que el acto fallido se
    repite tenazmente, cambiando cada vez de medios:

    Jones (l. c. pág. 483): Por motivos desconocidos para él,
    había Jones dejado sobre su mesa, durante varios días, una
    carta, sin acordarse de echarla. Por último, se decidió a ha-
    cerlo, pero al poco tiempo, le fué devuelta por las oficinas de
    Correos, a causa de habérsele olvidado consignar las señas.
    Corregida esta omisión, echó la carta, olvidándose esta vez
    de ponerla el sello. Después de esto no pudo dejar ya de ver
    su repugnancia a mandar dicha carta.

    En una pequeña comunicación del doctor Karl Weiss
    (Viena), sobre un caso de olvido, se describen muy precisa-
    mente los inútiles esfuerzos que se llevan a cabo para ejecu-
    tar un acto al que se opone una íntima resistencia. (Zentral-
    blatt für Psychoanalyse, II-9): «El caso siguiente constituye
    una prueba de la persistencia con que lo inconsciente sabe
    llegar a conseguir su propósito cuando tiene algún motivo
    para impedir llegue a ejecución una intención determinada y
    de lo difícil que es asegurarse contra tales tendencias. Un

  • S.

    261

    conocido mío me rogó que le prestase un libro y que se lo
    llevase al siguiente día. Accedí en el acto a su petición, sin
    tiendo, sin embargo, un vivo disgusto cuya causa no pude
    explicarme al principio, pero que después se me apareció
    claramente. El tal sujeto me debía hacía muchos años una
    cantidad que, por lo visto, no pensaba devolverme. Recorda-
    do esto, dejé de pensar en la cuestión para no volverla a re-
    cordar, por cierto con igual sentimiento de disgusto, hasta la
    mañana siguiente. Entonces me dije: «Tu inconsciente ha de
    laborar para que olvides el libro. Pero tú no querrás parecer
    poco amable y, por lo tanto, harás todo lo posible para no
    olvidarlo». Al llegar a casa envolví el libro en un papel y lo
    dejé junto a mí, sobre la mesa, mientras escribía unas cartas.

    Pasado un rato me levanté y me marché. A poco recordé
    que había dejado sobre la mesa las cartas que pensaba llevar
    al correo. (Advertiré de paso que en una de éstas me había
    visto obligado a decir algo desagradable a una persona de la
    que en una futura ocasión había de necesitar.) Di la vuelta,
    recogí las cartas y volví a salir. Yendo ya en un tranvía, re-
    cordé que había prometido a mi mujer hacer una compra para
    ella y me satisfizo el pensar que no me causaría molestia
    ninguna complacerla, por ser poco voluminoso el paquete
    del que tenía que hacerme cargo. Al llegar a este punto sur-
    gió de repente la asociación «paquete-libro» y eché de ver
    que no llevaba este último. Así, pues, no sólo lo había olvi-
    dado la primera vez que salí de casa, sino que tampoco lo
    había visto al recoger las cartas que se hallaban junto a él».

    Iguales elementos hallamos en la siguiente observación de
    Otto Rank, penetrantemente analizada. (Zentralblatt für
    Psychoanalyse, II–5).

    «Un individuo, ordenado hasta la exageración y ridícula-
    mente metódico, me relató la siguiente aventura, que dada su
    manera de ser, consideraba en absoluto extraordinaria. Una
    tarde, yendo por la calle, quiso saber la hora, y al echar
    mano al reloj, vió que se lo había dejado en su casa, olvido-
    en el que no recordaba haber incurrido nunca. Teniendo aque-
    lla tarde misma una cita a la que deseaba acudir con toda

  • S.

    262

    puntualidad y no quedándole ya tiempo para regresar a su
    casa en busca del reloj, aprovechó una visita que hizo a una
    señora amiga suya, para rogarla le prestase uno, cosa tanto
    más hacedera, cuanto que habían quedado en verse a la ma-
    ñana siguiente a este día y por lo tanto podía entonces de-
    volverla su reloj, como así lo prometió al tomarlo. Cuando en
    efecto, a la siguiente mañana, fué a casa de la señora para
    efectuar la devolución prometida, vió, con sorpresa, que se
    había dejado en casa el reloj de la señora y en cambio había
    cogido el suyo propio. Entonces se propuso firmemente, no
    dejar de llevárselo aquella misma tarde y cumplió su propósi-
    to, pero al salir de casa de la señora y querer mirar la hora,
    vió, ya con infinito asombro y enfado, que sí se había acor-
    dado de traer el reloj prestado había, en cambio, olvidado
    coger el suyo. Esta repetición de actos fallidos pareció al me-
    tódico y ordenado sujeto, de un carácter tan patológico, que
    me expresó su deseo de conocer su motivación psíquica.
    Estos motivos se encontraron en seguida, en cuanto en el in-
    terrogatorio psicoanalítico se llegó a la pregunta de si en el
    día crítico del primer olvido le había sucedido algo desagra-
    dable. A esta pregunta, contestó el sujeto relatando que, des-
    pués de almorzar y pocos momentos antes de que saliera a la
    calle dejándose olvidado el reloj, había tenido una conversa-
    ción con su madre en la que ésta le había contado que un pa- riente suyo, persona un tanto ligera y que ya le había costa-
    do muchas preocupaciones y desembolsos, había empeñado
    el reloj y luego había venido a solicitar dinero para sacarlo,
    diciendo que lo necesitaban en su casa. Esta manera, un
    tanto forzada, de sacarle el dinero, había disgustado mucho a
    nuestro individuo y le había recordado además todas las con-
    trariedades que desde muchos años atrás venía causándole el
    citado pariente. Su acto sintomático muestra, por lo tanto,
    múltiples determinantes. En primer lugar, constituye la ex-
    presión de una serie de pensamientos que viene a decir:
    «No me dejo yo sacar el dinero por tales medios y si para
    ello es necesaria la intervención de un reloj, llegaré hasta
    dejar en casa el mío propio». Mas como necesitaba su reloj

  • S.

    263

    para llegar con puntualidad a la cita que tenía aquella misma
    tarde, la intención expresada por dichos pensamientos no
    podía lograrse sino de una manera inconsciente o sea por
    medio de un acto sintomático. En segundo lugar, el olvido
    expresa algo como: –«Los continuos desembolsos que tengo
    que hacer por causa de ese inútil, acabarán por arruinarme y
    hacerme dar todo lo que tengo»–. Aunque, según la decla-
    ración del interesado, su enfado ante el incidente fué tan sólo
    momentáneo, la repetición del acto sintomático muestra que
    dicho sentimiento continuó actuando con intensidad en lo in-
    consciente, de un modo análogo a cuando, con completa con-
    ciencia, se dice: –«Esto o aquello no se me quita de la cabe-
    za» 1). Después de conocer esta actitud de lo inconsciente,
    no puede extrañarnos que el reloj de la señora corriera luego
    igual suerte, aunque quizá esta transferencia sobre el «ino-
    cente» reloj femenino fuera también favorecida por motivos
    especiales, de los cuales el más próximo es el de que al su-
    jeto le hubiera probablemente gustado conservarlo en susti-
    tución del suyo que ya consideraba haber sacrificado, siendo
    ésta la causa de que olvidara devolverlo a la mañana siguien-
    te. Quizá también hubiera deseado quedarse con el reloj
    como un recuerdo de la señora. Aparte de todo esto, el olvi-
    do del reloj femenino le proporcionaba ocasión de hacer una
    segunda visita a su dueña, por la que sentía cierta inclinación.
    Teniendo de todas maneras que verla por la mañana, por
    haberlo acordado así con anterioridad y para asunto en el
    que nada tenía que ver la devolución del reloj, le parecía re-
    bajar la importancia que él concedía a dicha visita, utilizándo-
    la para entregar el objeto prestado. El doble olvido del pro-
    pio reloj y la devolución del ajeno, hecha posible por el
    segundo olvido del otro, parecen revelar que nuestro hombre
    evitaba inconscientemente llevar ambos relojes a la vez, cosa
    que consideraba como una ostentación superflua que había


    1)Esta continuada actuación de los elementos inconscientes se
    manifiesta unas veces en forma de un sueño consecutivo al acto fallido
    y otras en la repetición del mismo o en la omisión de una rectificación.

  • S.

    264

    de contrastar con la estrechez económica de su pariente. Por
    otro lado, ello constituía una auto-admonición ante su aparen
    te deseo de contraer matrimonio con la referida señora, ad-
    monición que había de recordarle los inexcusables deberes
    que le ligaban a su familia (a su madre). Otra razón más para
    el olvido del reloj femenino puede buscarse en el hecho de
    que la noche anterior había temido que sus conocidos, que le
    sabían soltero, le vieran sacar un reloj de señora y por lo
    tanto se había visto obligado a mirar la hora a hurtadillas,
    situación embarazosa en la que no quería volver a encontrar-
    se y que evitaba dejándose el reloj en casa. Pero como tenía
    que cogerlo para devolverlo, resulta también aquí un acto
    sintomático, inconscientemente ejecutado, que demuestra ser
    una formación transaccional entre sentimientos emocionales
    en conflicto, y una victoria, caramente pagada, de la instancia
    inconsciente.»

    He aquí algunas observacianes de J. Staercke:

    1. Pérdida temporal, rotura y olvido como expresión de
    una repugnancia reprimida.

    «En una ocasión, me pidió mi hermano que le prestara
    unas cuantas fotografías de una colección que yo había reuni-
    do para ilustrar un trabajo científico, fotografías que él pen-
    saba utilizar como proyecciones en una conferencia. Aunque
    por un momento tuve el pensamiento de que preferiría que
    nadie utilizase o publicase aquellas reproducciones que tanto
    trabajo me había costado reunir, hasta que yo hubiera podi-
    do hacerlo por mí mismo, le prometí, sin embargo, buscar las
    negativas de las fotografías que necesitaba y sacar de ellas
    positivas para la linterna de proyección. Pero cuando me de-
    diqué a buscar las negativas me fué imposible dar con ningu-
    na de las que me había pedido. Revisé todo el montón de
    cajas de placas que contenían asuntos referentes a la materia
    de que iba a tratar mi hermano y tuve en la mano más de
    doscientas negativas sin encontrar las deseadas, cosa que me

  • S.

    hizo suponer que no me hallaba, en realidad, nada dispuesto
    a acceder a lo que de mí se había solicitado. Después de ad-
    quirir conciencia de este pensamiento y luchar con él, obser-
    vé que había puesto a un lado, sin revisar su contenido, la
    primera caja de las que formaban el montón y precisamente
    esta caja era la que contenía las negativas tan buscadas.
    Sobre la tapa tenía una corta inscripción que señalaba su
    contenido, inscripción que yo debía, probablemente, haber
    visto con una rápida mirada, antes de apartar la caja a un
    lado.

    Sin embargo, la idea contradictoria no pareció quedar
    vencida, pues sucedieron todavía mil y un accidentes antes
    de enviar las positivas a mi hermano. Una de ellas la rompí
    apretándola entre los dedos mientras la limpiaba por la parte
    del cristal (jamás antes había yo roto de esta manera ninguna
    placa). Luego, cuando hube hecho un nuevo ejemplar de esta
    misma placa, se me cayó de las manos y no se rompió por-
    que extendí un pie y la recibí en él. Al montar las positivas
    en el almacén de la linterna de proyecciones, se cayó aquél
    al suelo con todo su contenido, aunque por fortuna no se
    rompió nada. Por último, pasaron muchos días antes que lo-
    grara embalar todos los chismes y expedirlos definitivamente,
    pues aunque todos los días hacía el firme propósito de verifi-
    carlo, todos los días se me volvía a olvidar.»

    2. Olvido repetido y acto fallido en la ejecución definiti-
    va del acto olvidado.

    «En una ocasión tenía que enviar una postal a un conoci-
    do mío y lo fuí olvidando durante varias fechas consecutivas.
    La causa de tales olvidos sospechaba yo fuese la siguiente:
    El referido sujeto me había comunicado en una carta, que en
    el transcurso de aquella semana, vendría a visitarme una per-
    sona a la que yo no tenía muchos deseos de ver. Una vez
    pasada dicha semana y cuando ya se había alejado la pers-
    pectiva de tal visita, escribí por fin la postal debida, en la

    – 265 –

  • S.

    266

    cual fijaba la hora en que se me podía ver. Al escribirla,
    quise comenzar diciendo que no había contestado antes por
    pesar sobre mí una gran cantidad de trabajo acumula-
    do y urgente (Druckwerk), pero, por último,
    no dije nada de esto, pensando que nadie presta ya fe a tan
    vulgar excusa. Ignoro si esta pequeña mentira que por un
    momento me propuse decir tenía o no forzosamente que sur-
    gir a la luz, pero el caso es que cuando eché la postal en el
    buzón, la introduje por error en la abertura destinada a los
    impresos (Druckwerk—Drucksachen).

    3. Olvido y error.

    «Una muchacha fué una mañana que hacía un tiempo her-
    moso al «Ryksmuseum», con el fin de dibujar en él. Aunque
    le hubiera gustado más salir a pasear y gozar de la hermosa
    mañana, se había decidido a ser aplicada y dibujar afanosa-
    mente. Ante todo, tenía que comprar el papel necesario. Fué
    a la tienda, situada a unos diez minutos del Museo, y com-
    pró lápices y otros útiles de dibujo, pero se le olvidó el papel.
    Luego se dirigió al Museo, y cuando ya lo había prepa-
    rado todo y se sentó ante el tablero dispuesta a empezar, se dió
    cuenta de su olvido, teniendo que volver a la tienda para
    subsanarlo. Una vez hecho esto, se puso por fin a dibujar,
    avanzando con rapidez en su trabajo hasta que oyó dar al
    reloj de la torre del Museo una gran cantidad de campana-
    das, y pensó: «Deben de ser ya las doce». Luego continuó
    trabajando hasta que el reloj dió otras campanadas, que la
    muchacha pensó ser las correspondientes a las doce y cuarto.
    Entonces recogió sus bártulos y decidió ir paseando a través
    de un parque hacia casa de su hermana y tomar allí el café.
    Al llegar frente al Museo Suasso, vió con asombro que en vez
    de las doce y media no eran todavía más que las doce. Lo
    hermoso y atractivo de la mañana habían enga-
    ñado a su
    deseo de trabajar y la habían hecho creer, al dar las once y
    media, que la hora que daba eran las doce, sin dejarla caer

     

  • S.

    267

    en la cuenta de que los relojes de torre dan también, al seña-
    lar los cuartos de hora, la hora que a éstos corresponde.

    Como ya lo demuestran algunas de las observaciones
    antes expuestas, la tendencia inconscientemente perturbado-
    ra puede también conseguir su propósito repitiendo con tena-
    cidad la misma clase de funcionamiento fallido. Como ejem-
    plo de este caso, transcribiré una divertida historia contenida
    en un librito titulado: «Frank Wedekind y el teatro», publica-
    do por la Casa Editorial «Drei Masken», de Munich, advir-
    tiendo que dejó al autor de tal libro toda la responsabilidad
    de la historieta, contada a la manera de Mark Twain.»

    «En la escena más importante de la pieza en un acto «La
    censura», de Wedekind, aparece la frase: «El miedo a la
    muerte es un error intelectual (Denkfehler)». El
    autor, que sentía especial predilección por esta escena, rogó
    en el ensayo al actor a quien correspondía decir esta frase,
    que antes de la palabra «error intelectual» (Denkfehler), hi-
    ciera una pequeña pausa. En la representación, el actor entró
    por completo en su papel y observó la pausa prescrita, pero
    pronunció la frase en un tono festivo y dijo erróneamente:
    «El miedo a la muerte es una errata (Druckfehler)».
    Cuando al finalizar la obra preguntó el actor a Wedekind si
    estaba satisfecho de su interpretación del personaje, le con-
    testó que no tenía nada que objetarle, pero que la frase refe-
    rida era: «El miedo a la muerte es un error intelectual (Denk-
    fehler), y no una errata (Druckfehler)».»

    A la siguiente representación de «La censura», dijo el
    actor en el mismo tono festivo: «El miedo a la muerte es un
    membrete (Denkzettel)». Wedekind colmó de
    elogios a su intérprete, pero de pasada y como cosa secun-
    daria, le advirtió que la frase no decía que el miedo a la
    muerte era un membrete, sino un error intelectual.

    A la noche siguiente volvió a representarse «La censura»
    y el actor, que ya había trabado amistad con Wedekind y
    había estado hablando con él sobre cuestiones de arte, volvió
    a decir con su gesto más festivo: —«El miedo a la muerte es
    un impreso (Druckzettel)».»


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  • S.

    268

    El cómico volvió a obtener la más calurosa aprobación
    del autor y la obra se representó muchas veces más, pero
    Wedekind tuvo que renunciar a oír la palabra «Denkfehler».

    Rank ha dedicado también su atención a las interesantísi-
    mas relaciones entre el acto erróneo y el sueño (Zentralblatt
    für Psychoanalyse e Internat. Zeitschrift für Psychoanal.
    III, 1915), relaciones que no pueden descubrirse sin un pene-
    trante y detenido análisis del sueño que se agrega al acto
    fallido. En una ocasión, soñé, dentro de un más largo contex-
    to, que había perdido mi portamonedas. A la mañana siguien-
    te lo eché, en efecto, de menos, al vestirme. La noche ante-
    rior, al desnudarme, se me había olvidado sacarlo del bolsillo
    del pantalón y colocarlo en el sitio en que acostumbraba a
    hacerlo. Así, pues, este olvido no me había pasado inadver-
    tido y probablemente estaba destinado a dar expresión a un
    pensamiento inconsciente que se hallaba dispuesto para
    emerger en el sueño 1).

    No quiero afirmar que estos casos de actos fallidos com-
    binados puedan enseñarnos algo nuevo que no pudiéramos
    ver ya en los actos fallidos simples, pero, de todos modos,
    esta metamorfosis del acto fallido da, alcanzando igual resul-
    tado, la impresión plástica de una voluntad que tiende hacia
    un fin determinado y contradice aún más enérgicamente la
    concepción de que el acto fallido sea puramente casual y no
    necesitado de explicación alguna. No es menos notable el

    1)No es raro que el sueño anule los efectos de un acto fallido tal
    como la pérdida o el extravío de un objeto, revelándonos dónde halla-
    remos lo perdido, pero esta revelación no tiene nada de sobrenatural
    en cuanto el que la recibe es el mismo sujeto que ha sufrido la pérdida.
    Una señora joven relata: «Hace unos cuatro meses perdí una sortija
    muy bonita. Después de rebuscar inútilmente por todos los rincones
    de mi cuarto, soñé, una noche, que la sortija se hallaba junto a un cajón
    al lado del radiador. Naturalmente, lo primero que hice al levantarme,
    fué dirigirme al lugar indicado en mi sueño y allí estaba, en efecto, la
    sortija». La sujeta se maravilla de este suceso y afirma que le ocurre
    con frecuencia ver satisfechos en esta forma singular sus deseos y sus
    pensamientos, pero omite preguntarse qué transformaciones hubo en
    su vida entre la pérdida y la recuperación de la sortija.

  • S.

    269

    PSICOPATOLOGIA

    hecho de que en los ejemplos expuestos sea imposible, para
    el propósito consciente, impedir el éxito del acto fallido.
    Mi amigo no consiguió asistir a la sesión de la sociedad lite-
    raria y la señora no pudo separarse de la medalla. Aquello
    desconocido que se opone a estos propósitos encuentra
    siempre una salida cuando se le obstruye el primer camino.
    Para dominar el motivo desconocido, es necesario algo más
    que la contrarresolución consciente; es necesaria una labor
    psíquica que convierta lo desconocido en conocido a la con-
    ciencia.