S.
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XI
Actos fallidos combinados
Dos de los ejemplos últimamente expuestos, mi error al
transportar los Médicis a Venecia y el del joven paciente mío
que supo transgredir mi prohibición de hablar con su amante
por teléfono, no han sido, en realidad, descritos con toda
precisión, y un examen más detenido nos los muestra como
una unión de un olvido con un error. Esta misma unión puede
señalarse con mayor claridad en otros ejemplos.a) Un amigo mío me relató el siguiente suceso: «Hace
algunos años, me presté a ser elegido miembro del Comité
de una cierta Sociedad literaria, creyendo que ésta me ayuda-
ría a lograr fuese representado un drama del que yo era
autor, y aunque no me interesaban gran cosa, asistía con re-
gularidad a las sesiones que dicha Sociedad celebraba todos
los viernes. «Hace algunos meses, quedó asegurada la repre-
sentación de uno de mis dramas en el teatro F., y desde en-
tonces, olvidé siempre acudir a las referidas sesiones.
Cuando leí su libro de usted sobre estas cuestiones, me aver-
goncé de mi olvido, reprochándome haber abandonado a mis
consocios ahora que ya no necesitaba de ellos, y resolví no
dejar de asistir a la reunión del viernes siguiente. Recordé de
continuo este propósito hasta que llegó el momento de reali-
zarlo y me dirigí al domicilio social. Al llegar ante la puerta
del salón de actos, me sorprendió verla cerrada. La reunión
se había celebrado ya y nada menos que dos días antes.
Me había equivocado de día y había ido en domingo».b) El ejemplo siguiente es una combinación de un acto
S.
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sintomático con una pérdida temporal de un objeto, y ha lle-
gado a mi conocimiento muy indirectamente, pero por con-
ducto fidedigno.Una señora hizo un viaje a Roma con su cuñado, artista
de gran fama. Este fué muy festejado por los alemanes resi-
dentes en dicha ciudad, y entre otros regalos, recibió el de
una antigua medalla de oro. La señora vió con disgusto que
su cuñado no sabía apreciar el valor del artístico presente.
Días después llegó a Roma su hermana, y ella retornó a su
casa. Al deshacer el equipaje, vió, con sorpresa, que–sin
sin saber cómo–había metido en él la preciada medalla, e in-
mediatamente escribió a su cuñado comunicándoselo y anun-
ciándole que al día siguiente se la restituiría enviándosela a
Roma. Pero cuando quiso hacerlo, halló que había «perdido»
u «ocultado» la medalla con tanta habilidad que por más que
hizo no le fué posible encontrarla. Entonces sospechó la se-
ñora lo que su «distracción» significaba, esto es, su deseo de
conservar el objeto para sí.c) He aquí unos cuantos casos en que el acto fallido se
repite tenazmente, cambiando cada vez de medios:Jones (l. c. pág. 483): Por motivos desconocidos para él,
había Jones dejado sobre su mesa, durante varios días, una
carta, sin acordarse de echarla. Por último, se decidió a ha-
cerlo, pero al poco tiempo, le fué devuelta por las oficinas de
Correos, a causa de habérsele olvidado consignar las señas.
Corregida esta omisión, echó la carta, olvidándose esta vez
de ponerla el sello. Después de esto no pudo dejar ya de ver
su repugnancia a mandar dicha carta.En una pequeña comunicación del doctor Karl Weiss
(Viena), sobre un caso de olvido, se describen muy precisa-
mente los inútiles esfuerzos que se llevan a cabo para ejecu-
tar un acto al que se opone una íntima resistencia. (Zentral-
blatt für Psychoanalyse, II-9): «El caso siguiente constituye
una prueba de la persistencia con que lo inconsciente sabe
llegar a conseguir su propósito cuando tiene algún motivo
para impedir llegue a ejecución una intención determinada y
de lo difícil que es asegurarse contra tales tendencias. UnS.
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conocido mío me rogó que le prestase un libro y que se lo
llevase al siguiente día. Accedí en el acto a su petición, sin
tiendo, sin embargo, un vivo disgusto cuya causa no pude
explicarme al principio, pero que después se me apareció
claramente. El tal sujeto me debía hacía muchos años una
cantidad que, por lo visto, no pensaba devolverme. Recorda-
do esto, dejé de pensar en la cuestión para no volverla a re-
cordar, por cierto con igual sentimiento de disgusto, hasta la
mañana siguiente. Entonces me dije: «Tu inconsciente ha de
laborar para que olvides el libro. Pero tú no querrás parecer
poco amable y, por lo tanto, harás todo lo posible para no
olvidarlo». Al llegar a casa envolví el libro en un papel y lo
dejé junto a mí, sobre la mesa, mientras escribía unas cartas.Pasado un rato me levanté y me marché. A poco recordé
que había dejado sobre la mesa las cartas que pensaba llevar
al correo. (Advertiré de paso que en una de éstas me había
visto obligado a decir algo desagradable a una persona de la
que en una futura ocasión había de necesitar.) Di la vuelta,
recogí las cartas y volví a salir. Yendo ya en un tranvía, re-
cordé que había prometido a mi mujer hacer una compra para
ella y me satisfizo el pensar que no me causaría molestia
ninguna complacerla, por ser poco voluminoso el paquete
del que tenía que hacerme cargo. Al llegar a este punto sur-
gió de repente la asociación «paquete-libro» y eché de ver
que no llevaba este último. Así, pues, no sólo lo había olvi-
dado la primera vez que salí de casa, sino que tampoco lo
había visto al recoger las cartas que se hallaban junto a él».Iguales elementos hallamos en la siguiente observación de
Otto Rank, penetrantemente analizada. (Zentralblatt für
Psychoanalyse, II–5).«Un individuo, ordenado hasta la exageración y ridícula-
mente metódico, me relató la siguiente aventura, que dada su
manera de ser, consideraba en absoluto extraordinaria. Una
tarde, yendo por la calle, quiso saber la hora, y al echar
mano al reloj, vió que se lo había dejado en su casa, olvido-
en el que no recordaba haber incurrido nunca. Teniendo aque-
lla tarde misma una cita a la que deseaba acudir con todaS.
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puntualidad y no quedándole ya tiempo para regresar a su
casa en busca del reloj, aprovechó una visita que hizo a una
señora amiga suya, para rogarla le prestase uno, cosa tanto
más hacedera, cuanto que habían quedado en verse a la ma-
ñana siguiente a este día y por lo tanto podía entonces de-
volverla su reloj, como así lo prometió al tomarlo. Cuando en
efecto, a la siguiente mañana, fué a casa de la señora para
efectuar la devolución prometida, vió, con sorpresa, que se
había dejado en casa el reloj de la señora y en cambio había
cogido el suyo propio. Entonces se propuso firmemente, no
dejar de llevárselo aquella misma tarde y cumplió su propósi-
to, pero al salir de casa de la señora y querer mirar la hora,
vió, ya con infinito asombro y enfado, que sí se había acor-
dado de traer el reloj prestado había, en cambio, olvidado
coger el suyo. Esta repetición de actos fallidos pareció al me-
tódico y ordenado sujeto, de un carácter tan patológico, que
me expresó su deseo de conocer su motivación psíquica.
Estos motivos se encontraron en seguida, en cuanto en el in-
terrogatorio psicoanalítico se llegó a la pregunta de si en el
día crítico del primer olvido le había sucedido algo desagra-
dable. A esta pregunta, contestó el sujeto relatando que, des-
pués de almorzar y pocos momentos antes de que saliera a la
calle dejándose olvidado el reloj, había tenido una conversa-
ción con su madre en la que ésta le había contado que un pa- riente suyo, persona un tanto ligera y que ya le había costa-
do muchas preocupaciones y desembolsos, había empeñado
el reloj y luego había venido a solicitar dinero para sacarlo,
diciendo que lo necesitaban en su casa. Esta manera, un
tanto forzada, de sacarle el dinero, había disgustado mucho a
nuestro individuo y le había recordado además todas las con-
trariedades que desde muchos años atrás venía causándole el
citado pariente. Su acto sintomático muestra, por lo tanto,
múltiples determinantes. En primer lugar, constituye la ex-
presión de una serie de pensamientos que viene a decir:
«No me dejo yo sacar el dinero por tales medios y si para
ello es necesaria la intervención de un reloj, llegaré hasta
dejar en casa el mío propio». Mas como necesitaba su relojS.
263
para llegar con puntualidad a la cita que tenía aquella misma
tarde, la intención expresada por dichos pensamientos no
podía lograrse sino de una manera inconsciente o sea por
medio de un acto sintomático. En segundo lugar, el olvido
expresa algo como: –«Los continuos desembolsos que tengo
que hacer por causa de ese inútil, acabarán por arruinarme y
hacerme dar todo lo que tengo»–. Aunque, según la decla-
ración del interesado, su enfado ante el incidente fué tan sólo
momentáneo, la repetición del acto sintomático muestra que
dicho sentimiento continuó actuando con intensidad en lo in-
consciente, de un modo análogo a cuando, con completa con-
ciencia, se dice: –«Esto o aquello no se me quita de la cabe-
za» 1). Después de conocer esta actitud de lo inconsciente,
no puede extrañarnos que el reloj de la señora corriera luego
igual suerte, aunque quizá esta transferencia sobre el «ino-
cente» reloj femenino fuera también favorecida por motivos
especiales, de los cuales el más próximo es el de que al su-
jeto le hubiera probablemente gustado conservarlo en susti-
tución del suyo que ya consideraba haber sacrificado, siendo
ésta la causa de que olvidara devolverlo a la mañana siguien-
te. Quizá también hubiera deseado quedarse con el reloj
como un recuerdo de la señora. Aparte de todo esto, el olvi-
do del reloj femenino le proporcionaba ocasión de hacer una
segunda visita a su dueña, por la que sentía cierta inclinación.
Teniendo de todas maneras que verla por la mañana, por
haberlo acordado así con anterioridad y para asunto en el
que nada tenía que ver la devolución del reloj, le parecía re-
bajar la importancia que él concedía a dicha visita, utilizándo-
la para entregar el objeto prestado. El doble olvido del pro-
pio reloj y la devolución del ajeno, hecha posible por el
segundo olvido del otro, parecen revelar que nuestro hombre
evitaba inconscientemente llevar ambos relojes a la vez, cosa
que consideraba como una ostentación superflua que había
1)Esta continuada actuación de los elementos inconscientes se
manifiesta unas veces en forma de un sueño consecutivo al acto fallido
y otras en la repetición del mismo o en la omisión de una rectificación.S.
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de contrastar con la estrechez económica de su pariente. Por
otro lado, ello constituía una auto-admonición ante su aparen
te deseo de contraer matrimonio con la referida señora, ad-
monición que había de recordarle los inexcusables deberes
que le ligaban a su familia (a su madre). Otra razón más para
el olvido del reloj femenino puede buscarse en el hecho de
que la noche anterior había temido que sus conocidos, que le
sabían soltero, le vieran sacar un reloj de señora y por lo
tanto se había visto obligado a mirar la hora a hurtadillas,
situación embarazosa en la que no quería volver a encontrar-
se y que evitaba dejándose el reloj en casa. Pero como tenía
que cogerlo para devolverlo, resulta también aquí un acto
sintomático, inconscientemente ejecutado, que demuestra ser
una formación transaccional entre sentimientos emocionales
en conflicto, y una victoria, caramente pagada, de la instancia
inconsciente.»He aquí algunas observacianes de J. Staercke:
1. Pérdida temporal, rotura y olvido como expresión de
una repugnancia reprimida.«En una ocasión, me pidió mi hermano que le prestara
unas cuantas fotografías de una colección que yo había reuni-
do para ilustrar un trabajo científico, fotografías que él pen-
saba utilizar como proyecciones en una conferencia. Aunque
por un momento tuve el pensamiento de que preferiría que
nadie utilizase o publicase aquellas reproducciones que tanto
trabajo me había costado reunir, hasta que yo hubiera podi-
do hacerlo por mí mismo, le prometí, sin embargo, buscar las
negativas de las fotografías que necesitaba y sacar de ellas
positivas para la linterna de proyección. Pero cuando me de-
diqué a buscar las negativas me fué imposible dar con ningu-
na de las que me había pedido. Revisé todo el montón de
cajas de placas que contenían asuntos referentes a la materia
de que iba a tratar mi hermano y tuve en la mano más de
doscientas negativas sin encontrar las deseadas, cosa que meS.
hizo suponer que no me hallaba, en realidad, nada dispuesto
a acceder a lo que de mí se había solicitado. Después de ad-
quirir conciencia de este pensamiento y luchar con él, obser-
vé que había puesto a un lado, sin revisar su contenido, la
primera caja de las que formaban el montón y precisamente
esta caja era la que contenía las negativas tan buscadas.
Sobre la tapa tenía una corta inscripción que señalaba su
contenido, inscripción que yo debía, probablemente, haber
visto con una rápida mirada, antes de apartar la caja a un
lado.Sin embargo, la idea contradictoria no pareció quedar
vencida, pues sucedieron todavía mil y un accidentes antes
de enviar las positivas a mi hermano. Una de ellas la rompí
apretándola entre los dedos mientras la limpiaba por la parte
del cristal (jamás antes había yo roto de esta manera ninguna
placa). Luego, cuando hube hecho un nuevo ejemplar de esta
misma placa, se me cayó de las manos y no se rompió por-
que extendí un pie y la recibí en él. Al montar las positivas
en el almacén de la linterna de proyecciones, se cayó aquél
al suelo con todo su contenido, aunque por fortuna no se
rompió nada. Por último, pasaron muchos días antes que lo-
grara embalar todos los chismes y expedirlos definitivamente,
pues aunque todos los días hacía el firme propósito de verifi-
carlo, todos los días se me volvía a olvidar.»2. Olvido repetido y acto fallido en la ejecución definiti-
va del acto olvidado.«En una ocasión tenía que enviar una postal a un conoci-
do mío y lo fuí olvidando durante varias fechas consecutivas.
La causa de tales olvidos sospechaba yo fuese la siguiente:
El referido sujeto me había comunicado en una carta, que en
el transcurso de aquella semana, vendría a visitarme una per-
sona a la que yo no tenía muchos deseos de ver. Una vez
pasada dicha semana y cuando ya se había alejado la pers-
pectiva de tal visita, escribí por fin la postal debida, en la– 265 –
S.
266
cual fijaba la hora en que se me podía ver. Al escribirla,
quise comenzar diciendo que no había contestado antes por
pesar sobre mí una gran cantidad de trabajo acumula-
do y urgente (Druckwerk), pero, por último,
no dije nada de esto, pensando que nadie presta ya fe a tan
vulgar excusa. Ignoro si esta pequeña mentira que por un
momento me propuse decir tenía o no forzosamente que sur-
gir a la luz, pero el caso es que cuando eché la postal en el
buzón, la introduje por error en la abertura destinada a los
impresos (Druckwerk—Drucksachen).3. Olvido y error.
«Una muchacha fué una mañana que hacía un tiempo her-
moso al «Ryksmuseum», con el fin de dibujar en él. Aunque
le hubiera gustado más salir a pasear y gozar de la hermosa
mañana, se había decidido a ser aplicada y dibujar afanosa-
mente. Ante todo, tenía que comprar el papel necesario. Fué
a la tienda, situada a unos diez minutos del Museo, y com-
pró lápices y otros útiles de dibujo, pero se le olvidó el papel.
Luego se dirigió al Museo, y cuando ya lo había prepa-
rado todo y se sentó ante el tablero dispuesta a empezar, se dió
cuenta de su olvido, teniendo que volver a la tienda para
subsanarlo. Una vez hecho esto, se puso por fin a dibujar,
avanzando con rapidez en su trabajo hasta que oyó dar al
reloj de la torre del Museo una gran cantidad de campana-
das, y pensó: «Deben de ser ya las doce». Luego continuó
trabajando hasta que el reloj dió otras campanadas, que la
muchacha pensó ser las correspondientes a las doce y cuarto.
Entonces recogió sus bártulos y decidió ir paseando a través
de un parque hacia casa de su hermana y tomar allí el café.
Al llegar frente al Museo Suasso, vió con asombro que en vez
de las doce y media no eran todavía más que las doce. Lo
hermoso y atractivo de la mañana habían enga-
ñado a su
deseo de trabajar y la habían hecho creer, al dar las once y
media, que la hora que daba eran las doce, sin dejarla caer
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en la cuenta de que los relojes de torre dan también, al seña-
lar los cuartos de hora, la hora que a éstos corresponde.Como ya lo demuestran algunas de las observaciones
antes expuestas, la tendencia inconscientemente perturbado-
ra puede también conseguir su propósito repitiendo con tena-
cidad la misma clase de funcionamiento fallido. Como ejem-
plo de este caso, transcribiré una divertida historia contenida
en un librito titulado: «Frank Wedekind y el teatro», publica-
do por la Casa Editorial «Drei Masken», de Munich, advir-
tiendo que dejó al autor de tal libro toda la responsabilidad
de la historieta, contada a la manera de Mark Twain.»«En la escena más importante de la pieza en un acto «La
censura», de Wedekind, aparece la frase: «El miedo a la
muerte es un error intelectual (Denkfehler)». El
autor, que sentía especial predilección por esta escena, rogó
en el ensayo al actor a quien correspondía decir esta frase,
que antes de la palabra «error intelectual» (Denkfehler), hi-
ciera una pequeña pausa. En la representación, el actor entró
por completo en su papel y observó la pausa prescrita, pero
pronunció la frase en un tono festivo y dijo erróneamente:
«El miedo a la muerte es una errata (Druckfehler)».
Cuando al finalizar la obra preguntó el actor a Wedekind si
estaba satisfecho de su interpretación del personaje, le con-
testó que no tenía nada que objetarle, pero que la frase refe-
rida era: «El miedo a la muerte es un error intelectual (Denk-
fehler), y no una errata (Druckfehler)».»A la siguiente representación de «La censura», dijo el
actor en el mismo tono festivo: «El miedo a la muerte es un
membrete (Denkzettel)». Wedekind colmó de
elogios a su intérprete, pero de pasada y como cosa secun-
daria, le advirtió que la frase no decía que el miedo a la
muerte era un membrete, sino un error intelectual.A la noche siguiente volvió a representarse «La censura»
y el actor, que ya había trabado amistad con Wedekind y
había estado hablando con él sobre cuestiones de arte, volvió
a decir con su gesto más festivo: —«El miedo a la muerte es
un impreso (Druckzettel)».»
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S.
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El cómico volvió a obtener la más calurosa aprobación
del autor y la obra se representó muchas veces más, pero
Wedekind tuvo que renunciar a oír la palabra «Denkfehler».Rank ha dedicado también su atención a las interesantísi-
mas relaciones entre el acto erróneo y el sueño (Zentralblatt
für Psychoanalyse e Internat. Zeitschrift für Psychoanal.
III, 1915), relaciones que no pueden descubrirse sin un pene-
trante y detenido análisis del sueño que se agrega al acto
fallido. En una ocasión, soñé, dentro de un más largo contex-
to, que había perdido mi portamonedas. A la mañana siguien-
te lo eché, en efecto, de menos, al vestirme. La noche ante-
rior, al desnudarme, se me había olvidado sacarlo del bolsillo
del pantalón y colocarlo en el sitio en que acostumbraba a
hacerlo. Así, pues, este olvido no me había pasado inadver-
tido y probablemente estaba destinado a dar expresión a un
pensamiento inconsciente que se hallaba dispuesto para
emerger en el sueño 1).No quiero afirmar que estos casos de actos fallidos com-
binados puedan enseñarnos algo nuevo que no pudiéramos
ver ya en los actos fallidos simples, pero, de todos modos,
esta metamorfosis del acto fallido da, alcanzando igual resul-
tado, la impresión plástica de una voluntad que tiende hacia
un fin determinado y contradice aún más enérgicamente la
concepción de que el acto fallido sea puramente casual y no
necesitado de explicación alguna. No es menos notable el1)No es raro que el sueño anule los efectos de un acto fallido tal
como la pérdida o el extravío de un objeto, revelándonos dónde halla-
remos lo perdido, pero esta revelación no tiene nada de sobrenatural
en cuanto el que la recibe es el mismo sujeto que ha sufrido la pérdida.
Una señora joven relata: «Hace unos cuatro meses perdí una sortija
muy bonita. Después de rebuscar inútilmente por todos los rincones
de mi cuarto, soñé, una noche, que la sortija se hallaba junto a un cajón
al lado del radiador. Naturalmente, lo primero que hice al levantarme,
fué dirigirme al lugar indicado en mi sueño y allí estaba, en efecto, la
sortija». La sujeta se maravilla de este suceso y afirma que le ocurre
con frecuencia ver satisfechos en esta forma singular sus deseos y sus
pensamientos, pero omite preguntarse qué transformaciones hubo en
su vida entre la pérdida y la recuperación de la sortija.S.
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PSICOPATOLOGIA
hecho de que en los ejemplos expuestos sea imposible, para
el propósito consciente, impedir el éxito del acto fallido.
Mi amigo no consiguió asistir a la sesión de la sociedad lite-
raria y la señora no pudo separarse de la medalla. Aquello
desconocido que se opone a estos propósitos encuentra
siempre una salida cuando se le obstruye el primer camino.
Para dominar el motivo desconocido, es necesario algo más
que la contrarresolución consciente; es necesaria una labor
psíquica que convierta lo desconocido en conocido a la con-
ciencia.
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Psicopatologia de la vida cotidiana1901-002/1929.es
1901-002/1929.es/11