• S.

    61

    castración de la madre. Sería muy satisfactorio poder
    concluir que la angustia se repetía, como símbolo de
    una separación, en toda separación ulterior, pero a
    esta valoración de la coincidencia indicada se opone
    desgraciadamente el hecho de que el nacimiento no es
    sentido subjetivamente como una separación de la ma-
    dre, puesto que ésta es desconocida, como objeto,
    por el feto, totalmente narcisista. Otro reparo sería el
    de que las reacciones afectivas a una separación nos
    son conocidas y las experimentamos como dolor o
    tristeza, pero no como angustia. De todos modos, re-
    cordamos que en nuestro estudio de la tristeza no lle-
    gamos a explicarnos por qué era tan dolorosa.

    VIII

    Detengámonos ahora a reflexionar. Lo que busca-
    mos es un conocimiento que nos revele la esencia de
    la angustia, permitiéndonos separar la verdad del
    error. Pero hasta aquí no hemos alcanzado sino resul-
    tados contradictorios entre los cuales nos es imposi-
    ble elegir imparcialmente. Por lo tanto, creemos con-
    veniente cambiar de procedimiento y reunir ahora
    todo lo que nos es posible decir sobre la angustia,
    renunciando a la esperanza de una próxima síntesis.

    La angustia es, pues, en primer lugar, algo que sen-
    timos. La calificamos de estado afectivo aunque no
    sabemos bien lo que es un afecto. Como sensación,
    presenta un franco carácter displaciente, pero no es
    ésta la única de sus cualidades, pues no todo displa-
    cer puede ser calificado de angustia. Existen, en efec-
    to,

  • S.

    62

    to, otras sensaciones de carácter displaciente (la an-
    siedad, el dolor, la tristeza), y la angustia habrá de
    presentar, a más de dicho carácter, algunas otras par-
    ticularidades. ¿Conseguiremos llegar a la compren-
    sión de las diferencias de estos diversos afectos dis-
    placientes?

    Nuestra sensación de la angustia nos proporciona
    ya algún dato. Su carácter displaciente parece pre-
    sentar, en efecto, algún rasgo especial, si bien no
    resulta fácil su determinación. Pero además de este
    carácter peculiar, difícilmente aislable, corresponden
    a la angustia sensaciones físicas más precisas, que
    referimos a determinados órganos. Como de mo-
    mento no nos interesa la fisiología de la angustia,
    nos bastará con hacer resaltar algunas de tales sen-
    saciones, y elegiremos para ellas lo más frecuentes
    y precisas, que afectan a los órganos respiratorios y
    al corazón. Estas sensaciones demuestran que en el
    proceso total de la angustia, participan inervaciones
    motoras, o sea procesos de descarga. Así, pues, el
    análisis del estado de angustia da los siguientes
    resultados: 1.º, un carácter displaciente específico;
    2.º, actos de descarga, y 3.º, las percepciones de
    tales actos.

    Los puntos 2.º y 3.º nos dan ya una diferencia con
    respecto a otros estados análogos, por ejemplo, la
    tristeza y el dolor. Estos estados no integran mani-
    festaciones motoras y cuando éstas se presentan en
    ellos, revelan no ser elementos del afecto, sino conse-
    cuencias del mismo o reacciones a él. Así, pues, la
    angustia es un estado displaciente especial, con actos
    de descarga por vías determinadas. Siguiendo nues-
    tra concepción general, habremos de suponer, que la
    angustia se basa en un incremento de la excitación, el

  • S.

    63

    INHIBICION, SINTOMA Y ANGUSTIA

    cual crea, de un lado, el carácter displicente, y decre-
    ce, de otro, por medio de los indicados actos de des-
    carga. Mas no bastándonos esta síntesis puramente
    fisiológica, nos inclinaremos a admitir la existencia de
    un factor histórico que enlaza estrechamente entre sí
    las sensaciones y las inervaciones de la angustia. O
    dicho de otro modo, supondremos que el estado de
    angustia es la reproducción de una experiencia que in-
    tegraba las condiciones de un tal incremento del estí-
    mulo y las de la descarga por vías determinadas, lo
    cual daría al displacer de la angustia su carácter espe-
    cífico. Tal experiencia prototípica sería, para los hom-
    bres, el nacimiento. Así, pues, nos inclinamos a ver
    en el estado de angustia una reproducción del trauma
    del nacimiento.

    No afirmamos con esto nada que procure a la an-
    gustia un puesto excepcional entre los estados afecti-
    vos. A nuestro juicio, también los demás afectos son
    reproducciones de sucesos antiguos, de importancia
    vital y, eventualmente, preindividuales, y los compa-
    ramos, como ataques histéricos generales, típicos e
    innatos, a los ataques de la neurosis histérica, pos-
    terior e individualmente adquiridos, cuya génesis y
    significación de símbolos mnémicos nos ha revelado
    el análisis. Sería muy de desear que esta misma
    interpretación se demostrara aplicable a otros afectos
    distintos, mas por ahora, nos hallamos muy lejos
    de ello.

    La conexión de la angustia con el nacimiento tropie-
    za inmediatamente con varias objeciones. La angus-
    tia es probablemente, una reacción propia de todos
    los organismos, por lo menos de todos los superio-
    res, y en cambio, el nacimiento por el proceso del
    parto, sólo es común a los mamíferos, no estando tam-
     

  • S.

    64

    poco probado que tenga en todos ellos un carácter
    traumático. Hay, pues, también, angustia que no tiene
    su prototipo en el nacimiento. Pero esta objeción tras-
    pasa los límites dados entre la biología y la psicolo-
    gía. Precisamente porque la angustia tiene que llevar
    a cabo, como reacción al estado de peligro, una fun-
    ción biológicamente indispensable, puede hallarse or-
    ganizada de un modo distinto en los diversos seres
    vivos. Tampoco sabemos si en los seres lejanos al
    hombre, presenta las mismas sensaciones e inervacio-
    nes que en él. Por lo tanto, nada se opone a que la
    angustia del hombre tome por modelo el proceso del
    nacimiento.

    Siendo éstas la estructura y la génesis de la angus-
    tia, habremos de preguntarnos ahora cuál es su fun-
    ción y en qué ocasiones se reproduce. La respuesta
    parece fácil y convincente. La angustia nació como
    reacción a un estado de peligro y se reproduce
    cuando surge de nuevo un tal estado.

    Pero hay que tener en cuenta algunas observacio-
    nes. Las inervaciones del estado de angustia primiti-
    vo fueron, muy probablemente, lógicas y adecuadas,
    del mismo modo que los actos musculares del primer
    ataque histérico. Para explicarnos el ataque histérico
    no tenemos más que buscar la situación en la que los
    movimientos correspondientes constituían una parte
    de un acto justificado. Así, en el acto del nacimiento,
    la inervación de los órganos respiratorios tiende muy
    verosímilmente a preparar la actividad pulmonar, y el
    aceleramiento de los latidos del corazón, a contrarres-
    tar el envenenamiento de la sangre. Esta adecuación
    falta, naturalmente, en la reproducción ulterior del es-
    tado de angustia como afecto, e igualmente en la re-
    petición del ataque histérico. Así, pues, cuando el in-

  • S.

    65

    INHIBICION, SINTOMA Y ANGUSTIA

    dividuo se ve en una nueva situación peligrosa, puede
    resultar inadecuado que responda a ella con el estado
    de angustia, esto es, con la reacción a un peligro pre-
    térito, en lugar de seguir la reacción adecuada al peli-
    gro actual. Pero la adecuación reaparece al ser reco-
    nocida la proximidad de la situación peligrosa, y ser
    ésta señalada por la explosión de la angustia. Esta
    última puede entonces ser suprimida en el acto, por
    medio de medidas apropiadas. Se distinguen, pues,
    en seguida, dos posibilidades de la aparición de an-
    gustia, una, inadecuada con relación a una nueva si-
    tuación peligrosa; la otra, adecuada, para señalar y
    prevenir tal situación.

    Ahora bien, ¿qué es un peligro? En el acto del na-
    cimiento, existe un peligro objetivo para la conserva-
    ción de la vida. Sabemos lo que esto significa en la
    realidad, pero psicológicamente no nos dice nada. El
    peligro del nacimiento carece aún de contenido psíqui-
    co. Desde luego, no podemos atribuir al feto nada que
    se aproxime a una especie de conocimiento de la po-
    sibilidad de que el nacimiento tenga un desenlace fa-
    tal para su existencia. El feto no puede advertir sino
    una extraordinaria perturbación de la economía de su
    libido narcisista. Llegan a él grandes magnitudes de
    excitación, que generan sensaciones de displacer, no
    experimentadas aún, y algunos de sus órganos ad-
    quieren elevadas cargas, circunstancia que constitu-
    ye como un preludio de la carga del objeto, que no
    tardará en iniciarse. Pero de todo esto ¿qué es lo que
    puede ser valorado como signo de una «situación pe-
    ligrosa?»

    Apenas nos queda ya sino estudiar las ocasiones
    en que el niño se muestra propicio al desarrollo de
    angustia durante la lactancia y en la época inmedia-
    ta.

    — 65 —
    5

  • S.

    66

    mente posterior. En su libro «El trauma del nacimien-
    to»1), ha realizado Otto Rank una enérgica tentativa
    de demostrar la relación de las fobias infantiles más
    tempranas con la impresión del suceso del nacimien-
    to. Pero, a nuestro juicio, no ha alcanzado esta tentati-
    va su propósito. Pueden reprochársele dos cosas. En
    primer lugar, se basa en la hipótesis de que el niño
    ha recibido en su nacimiento, determinadas impresio-
    nes sensoriales, especialmente de naturaleza visual,
    cuya renovación puede provocar el recuerdo del trau-
    ma del nacimiento y con él la reacción de angustia.
    Esta hipótesis no aparece demostrada y es harto in-
    verosímil. No puede creerse que el niño haya reteni-
    do de su nacimiento más sensaciones que algunas tác-
    tiles y otras de carácter general. Así, pues, la explica-
    ción dada por Rank al miedo que muestra el niño al
    ver salir a un animalito de un agujero o entrar en él,
    considerando tal miedo como reacción a la percepción
    de una analogía, no es admisible, pues el niño no pue-
    de darse cuenta de tal analogía. Pero además, al tra-
    tar de estas situaciones de angustia ulteriores, conce-
    de Rank eficacia, según los casos, bien al recuerdo
    de la feliz existencia intrauterina, bien al de su pertur-
    bación traumática, con lo cual queda abierto el ca-
    mino a la arbitrariedad en la interpretación.
    Algunos casos de esta angustia infantil contradicen
    abiertamente la aplicación del principio de Rank.
    Cuando el niño es dejado solo en la obscuridad, de-
    beríamos esperar que aceptase contento una tal re-
    constitución de la situación intrauterina, pero muy al
    contrario, reacciona a ella con angustia, y al explicar

    1)Otto Rank. Das Trauma der Geburt und seine Bedeu-
    tung fuer die Psychoanalyse. Internat. Psychoanalyt. Biblio-
    thek xiv, 1924.

  • S.

    67

    INHIBICION, SINTOMA Y ANGUSTIA

    Rank este hecho por el recuerdo de la interrupción del
    feliz estado intrauterino, no hace sino evidenciar lo
    forzado de sus hipótesis.

    Hemos, pues, de concluir, que las fobias infantiles
    más tempranas no permiten referencia alguna directa
    a la impresión del acto del nacimiento, eludiendo así
    hasta ahora, en general, toda explicación. Es inne-
    gable, por otra parte, que el niño de pecho muestra
    cierta disposición a la angustia. Esta disposición
    no presenta su máxima intensidad inmediatamen-
    te después del nacimiento, para ir luego disminuyendo
    poco a poco, sino que aparece ulteriormente, con el
    progreso del desarrollo anímico, y se mantiene durante
    un cierto período de la infancia. Cuando estas fobias
    tempranas perduran más allá de tal período, hacen
    sospechar la existencia de una perturbación neurótica,
    aunque tampoco se nos haya hecho visible en modo
    alguno, su relación con las ulteriores neurosis infanti-
    les. más claras y precisas.

    Sólo muy pocos casos de la manifestación infantil
    de angustia nos son comprensibles. A ellos habremos
    de atenernos. En total, son tres: Cuando el niño está
    solo, cuando se halla en la obscuridad y cuando en-
    cuentra a una persona extraña en el lugar de la que le
    es familiar (de la madre). Estas tres situaciones se re-
    ducen a una sola condición: la de advertir la falta de
    la persona amada (ansiada). A partir de este punto se
    halla totalmente libre el camino que conduce a la com-
    prensión de la angustia y a la solución de las contra-
    dicciones que parecen enlazarse a ella.

    La imagen mnémica de la persona ansiada es obje-
    to, seguramente, de una carga muy intensa, y en un
    principio, probablemente, alucinatoria. Pero ello no
    trae consigo resultado alguno y parece como si este

  • S.

    68

    ansia se transformase en angustia. Llegamos incluso
    a tener la impresión de que tal angustia es un signo de
    indecisión, como si el pequeño ser, muy falto aún de
    desarrollo, no supiera hacer cosa mejor con dicha
    carga de ansia. La ansia surge, así, como reac-
    ción al hecho de advertir la falta del objeto, circuns-
    tancia que nos recuerda que el miedo a la castración
    tiene por contenido la separación de un objeto muy
    estimado y que la angustia más primitiva–la del na-
    cimiento–surgió al verificarse la separación de la
    madre.

    Nuestra reflexión supera pronto esta acentuación de
    la pérdida del objeto. Si el niño de pecho demanda la
    percepción de la madre es porque la experiencia le ha
    enseñado que aquélla satisface sin dilación sus nece-
    sidades. La situación que considera como un «peli-
    gro» y contra la cual quiere hallarse asegurado, es la
    de insatisfacción, la del crecimiento de la
    tensión de la necesidad, contra la cual es
    impotente. Creemos que desde este punto de vista se
    aclara ya todo. La situación de insatisfacción, en la
    cual las magnitudes de estímulo alcanzan proporcio-
    nes muy displicentes, sin encontrar un aprovecha-
    miento psíquico que las domine, ni derivación alguna,
    es la que ha de ser, para el niño de pecho, análoga a
    la experiencia del nacimiento, constituyendo la repeti-
    ción de la situación de peligro. Ambas situaciones tie-
    nen común la perturbación económica por el creci-
    miento de las magnitudes de estímulo que demandan
    una descarga, factor que constituye el verdadero nó-
    dulo del «peligro», y en los dos casos, aparece, como
    reacción, la angustia, reacción que en el niño de pe-
    cho, se demuestra aún adecuada, puesto que el enca-
    minamiento de la descarga hacia los músculos de los
     

  • S.

    69

    INHIBICION, SINTOMA Y ANGUSTIA

    aparatos respiratorio y vocal, hace acudir a la madre,
    como antes hubo de intensificar la actividad pulmonar
    con el fin de suprimir los estímulos internos. El niño
    no necesita haber conservado de su nacimiento más
    que esta simple característica del peligro.

    Con la experiencia de que un objeto exterior, apre
    hensible por medio de la percepción, puede poner tér
    mino a la situación peligrosa que recuerda la del na
    cimiento, se desplaza el contenido del peligro desde la
    situación económica a su condición, o sea a la pérdi
    da del objeto. El peligro es ahora la ausencia de la
    madre, y en cuanto el niño la advierte, da la señal de
    angustia, antes de que llegue a establecerse la temida
    situación económica. Este cambio constituye un primer
    progreso importante en el cuidado de la propia con
    servación y cierra, al mismo tiempo, la transición des
    de la génesis automática involuntaria de la angustia a
    su reproducción intencionada como señal del peligro.

    En ambos sentidos, tanto en calidad de fenómeno
    automático como de señal salvadora, se muestra la
    angustia como producto de la impotencia psíquica del
    niño de pecho, paralela a su impotencia biológica. La
    coincidencia singular de que tanto la angustia del na
    cimiento como la del niño de pecho tengan por condi
    ción la separación de la madre, no precisa de explica
    ción psicológica, bastando su explicación biológica
    por el hecho de que la madre, que ha satisfecho pri
    mero todas las necesidades del feto por la disposición
    misma de su organismo, continúa realizando esta fun
    ción después del nacimiento, en parte con otros me
    dios. La vida intrauterina y la primera infancia cons
    tituyen una continuidad menos interrumpida de lo que
    el parto nos hace suponer. El objeto materno psíquico
    sustituye para el niño la situación fetal biológica. No

  • S.

    70

    PROF. S. FREUD

    debemos olvidar que en la vida intrauterina no existía
    objeto ninguno, no siéndolo por lo tanto, tampoco, la
    madre.

    Fácilmente se ve que no puede pensarse ya en una
    derivación por reacción del trauma del nacimiento, ni
    atribuir a la angustia otra función que la de una señal
    preventiva encaminada a evitar la situación de peli-
    gro. Veamos ahora la condición de la angustia ante la
    pérdida del objeto. La inmediata transformación de
    la angustia, o sea el miedo a la castración que surge
    en la fase fálica, es una angustia ante la separación,
    enlazada a la misma condición. El peligro es aquí la
    separación de los genitales. Ferenczi, ha descrito muy
    acertadamente, a nuestro juicio, su conexión con los
    contenidos anteriores de la situación de peligro. La
    alta valoración narcisista del pene puede atribuirse al
    hecho de que la posesión de este órgano constituye la
    garantía de una nueva reunión con la madre (con el
    sustitutivo de la madre) en el acto del coito. El ser
    despojado de tal miembro equivale a una nueva sepa-
    ración de la madre y significa, por lo tanto, ser aban-
    donado de nuevo, totalmente inerme, a una tensión de
    la necesidad (como en el nacimiento). Pero la necesi-
    dad cuyo incremento se teme, es ahora una necesidad
    especializada, la de la libido genital, y no ya indistin-
    ta, como en la época de la lactancia. Añadiremos
    aquí, que la fantasía del retorno al seno materno cons-
    tituye el sustitutivo del coito en los impotentes (en los
    inhibidos por la amenaza de castración). En el sentido
    de Ferenczi, puede decirse que el individuo, que se
    pensaba dejar representar por su órgano genital en su
    retorno al seno materno, sustituye regresivamente
    este órgano por toda su persona.

    Los progresos del desarrollo del niño, el aumento

  • S.

    71

    INHIBICION, SINTOMA Y ANGUSTIA

    de su independencia, la más precisa diferencia-
    ción de su aparato anímico en varias instancias y la apari-
    ción de nuevas necesidades, no pueden por menos de
    influir sobre el contenido de la situación de peligro.
    Ya hemos seguido su transformación desde la pérdida
    del objeto materno hasta la castración. El poder del
    super-Yo provoca un nuevo cambio. Con la desper-
    sonalización de la instancia paterno-materna, de la
    cual se temía la castración, se hace más indetermina-
    do el peligro. El miedo a la castración se convierte en
    miedo a la propia conciencia moral y en miedo social.
    No es ya fácil indicar lo que la angustia teme. La fór-
    mula «separación, expulsión de la horda», no se adap-
    ta más que a aquel fragmento posterior del super-Yo
    que se ha desarrollado apoyándose en modelos socia-
    les, pero no al nódulo del super-Yo, que corresponde
    a la instancia paterno-materna introyectada. Dicho de
    un modo más general: Lo que el Yo considera como
    un peligro y a lo que responde con la señal de angus-
    tia, es a la cólera del super-Yo, al castigo que el mis-
    mo puede imponerle y a la pérdida de su amor. La úl-
    tima transformación que de este miedo al super-Yo se
    nos ha mostrado, ha sido el miedo a la muerte (a la
    vida) o sea la angustia ante la proyección del super-
    Yo en los poderes del destino.

    En ocasión anterior, concedimos un cierto valor al
    hecho de que en el proceso de la represión, fuera la
    carga retraída la utilizada como derivación por medio
    de la angustia. Este hecho nos parece ahora falto de
    toda importancia. Tal mudanza obedece a que prece-
    dentemente creíamos que la angustia surgía siempre
    de un modo automático, por un proceso económico,
    mientras que nuestra actual concepción de la angustia
    como una señal intencionada del Yo encaminada a in-

  • S.

    72

    PROF. S. FREUD

    fluir sobre la instancia placer-
    displacer, la hace inde-
    pendiente de toda relación económica. Naturalmente,
    nada puede oponerse a la hipótesis de que el Yo utili-
    za la energía que en la represión queda libre, precisa-
    mente para despertar el afecto, pero ha perdido toda
    importancia la cuestión de cuál es la parte de la ener-
    gía con la que esto sucede.

    Hay otra de nuestras anteriores afirmaciones que
    demanda ser revisada a la luz de nuestra nueva con-
    cepción. Es la de que el Yo es la verdadera sede de
    la angustia. Esperamos que tal revisión no hará sino
    confirmar su exactitud. No tenemos, en efecto, ningún
    motivo para atribuir al super-Yo manifestación alguna
    de angustia, y al hablar de una «angustia del Ello»,
    no hacemos sino usar una expresión impropia, que
    habremos de corregir. La angustia es un estado afec-
    tivo, que naturalmente, sólo puede ser sentido por el
    Yo. El Ello no puede, como el Yo, experimentar an-
    gustia, pues no es una organización ni puede discri-
    minar las situaciones peligrosas. En cambio, es muy
    frecuente el desarrollo o preparación en el Ello, de
    procesos que dan ocasión al Yo para una explosión
    de angustia. En realidad, las represiones quizá más
    tempranas y la mayoría de las ulteriores, son motiva-
    das por una tal angustia del Yo ante procesos desarro-
    llados en el Ello. Distinguimos de nuevo, aquí, muy
    fundadamente, dos casos. El de que en el Ello suceda
    algo que active alguna de las situaciones peligrosas
    para el Yo y le mueva a dar la señal de angustia, para
    la inhibición, y el de que se constituya, también en el
    Ello, una situación análoga a la del trauma del naci-
    miento, en la cual surge automáticamente la reacción
    angustiosa. Estos dos casos se aproximan acentuan-
    do que el segundo corresponde a la primera y primiti-
    va.

  • S.

    73

    INHIBICION, SINTOMA Y ANGUSTIA

    va situación de peligro y el primero, en cambio, a una
    de las condiciones de la angustia, ulteriormente deri-
    vadas de tal situación. O dicho de otro modo y con
    relación a las afecciones realmente existentes; el se-
    gundo caso es característico de la etiología de las
    neurosis actuales, y el primero, de la etiología de las
    psiconeurosis.

    Vemos, pues, que no necesitamos despreciar nues-
    tras anteriores afirmaciones, sino tan sólo enlazarlas
    con los nuevos conocimientos adquiridos. Es innega-
    ble que la abstinencia, la perturbación del curso de la
    excitación sexual y la desviación de esta última de su
    elaboración psíquica, dan origen a la génesis directa
    de angustia por transformación de la libido, esto es, a
    la constitución de aquel estado de impotencia del Yo
    contra una extraordinaria tensión de la necesidad, que
    se resuelve en angustia, siendo muy posible que pre-
    cisamente el exceso de libido inempleada halle su
    descarga en el desarrollo de angustia. Sobre la base
    de estas neurosis actuales se desarrollan con especial
    facilidad, psiconeurosis, lo cual quiere decir que el Yo
    intenta evitar la angustia, que ha aprendido a mante-
    ner suspendida durante algún tiempo, y ligarla por
    medio de la formación de síntomas. El análisis de las
    neurosis traumáticas de guerra, nombre que abarca,
    por cierto, afecciones muy diversas, hubiera quizá re-
    velado que muchas de ellas participan de los caracte-
    res de las neurosis actuales.

    Al exponer el desarrollo de las diferentes situaciones
    peligrosas, partiendo de la primitiva del nacimiento,
    modelo de todas ellas, no afirmamos, desde luego,
    que cada una de las ulteriores condiciones de la an-
    gustia, derrocara por completo las anteriores. Los
    progresos del desarrollo del Yo contribuyen, cierta-
     

  • S.

    74

    PROF. S. FREUD

    mente, a desvalorizar y desplazar la situación peligro-
    sa anterior, pudiendo, así, decirse, que cada una de
    las edades del desarrollo tiene adscrita una cierta con-
    dición de angustia adecuada a ella. El peligro de la
    impotencia psíquica corresponde a la época de la ca-
    rencia de madurez del Yo, el peligro de la pérdida del
    objeto, a la falta de independencia de los primeros
    años infantiles, el peligro de la castración, a la fase
    fálica y el miedo al super-Yo, al período de latencia.
    Pero todas estas situaciones peligrosas y condiciones
    de la angustia pueden subsistir conjuntamente y pro-
    vocar la reacción angustiosa del Yo en épocas poste-
    riores a las adecuadas, o actuar varias de un modo si-
    multáneo. Probablemente, existen también relaciones
    muy estrechas entre la situación peligrosa de que se
    trate y la forma de la neurosis consiguiente (1).

    (1) La diferenciación del Yo y el Ello tenía que reavivar nues-
    tro interés hacia los problemas de la represión. Hasta entonces
    nos había bastado considerar la parte de este proceso vuelta
    hacia el Yo, el apartamiento de la conciencia y de la motilidad y
    la formación de sustitutivos o síntomas, suponiendo que el im-
    pulso instintivo reprimido perduraba inmodificado en lo incons-
    ciente durante un tiempo indeterminado. Nuestro interés se
    orienta ahora hacia los destinos de lo reprimido y sospechamos
    que una tal perduración inmodificada e inmodificable no es natu-
    ral, ni siquiera, quizá, corriente. Desde luego, el impulso instin-
    tivo primitivo ha sido inhibido y desviado de su fin por la repre-
    sión. Pero hemos de preguntarnos si su conexión con lo incons-
    ciente ha sido mantenida y si ha resistido a las influencias trans-
    formadoras y desvalorizadoras de la vida, esto es, si subsisten aún
    los antiguos deseos, cuya existencia nos revela el análisis. La
    respuesta parece fácil y segura: Los antiguos deseos reprimidos
    tienen que subsistir aún en lo inconsciente, puesto que los sínto-
    mas, ramificaciones suyas, conservan su eficacia. Pero esta so-
    lución no es suficiente, pues no nos permite decidir entre las dos
    posibilidades existentes, o sea la de que el antiguo deseo no ac-
    túe ahora sino por medio de sus ramificaciones a las que habría

  • S.

    75

    INHIBICION, SINTOMA Y ANGUSTIA

    Al tropezar en un fragmento anterior de esta inves-
    tigación, con la significación del peligro de la castra-
    ción en más de una afección neurótica, indicamos la
    conveniencia de no exagerar su importancia, dado que
    no podía ser decisivo en el sexo femenino, más dis-
    puesto desde luego a la neurosis. Vemos ahora, que
    no corremos ningún peligro de considerar el miedo a
    la castración como el único motor de los procesos de
    defensa que conducen a la neurosis. En otro lugar,
    hemos explicado cómo el desarrollo de la niña es
    orientado, por el complejo de la castración, hacia la
    carga amorosa de objeto. En la mujer, parece ser el
    peligro de la pérdida del objeto, la situación de mayor
    eficacia. En la correspondiente condición de la angus-
    tia, hemos de tener en cuenta la pequeña modifica-
    ción de que no se trata ya de la ausencia o de la pér-
    dida real del objeto sino de la pérdida de su amor.
    Siendo indiscutible que la histeria presenta una mayor
    afinidad con la feminidad, del mismo modo que la
    neurosis obsesiva con la virilidad, cabe suponer que
    la pérdida del amor del objeto, como condición de an-
    gustia, desempeña en la histeria un papel análogo al
    de la amenaza de castración en las fobias y al del
    miedo al super-Yo en la neurosis obsesiva.

    transferido toda su energía de carga, y la de que además subsis-
    ta dicho deseo por sí mismo. Si su destino era agotarse en la
    carga de sus ramificaciones, queda aún la tercera posibilidad,
    de que en el curso de la neurosis, haya sido reanimado por regre-
    sión, por muy extemporáneo que ahora sea. No son nada ocio-
    sas estas reflexiones, pues mucha parte de los fenómenos, tanto
    de la vida anímica patológica como de la normal, parece exigir
    el planteamiento de tales cuestiones. En nuestro estudio sobre
    el naufragio del complejo de Edipo, fué donde advertimos la di-
    ferencia entre la mera represión y la verdadera supresión de un
    antiguo impulso optativo.