II. Historiales clínicos1895-005/1925.es/2
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    ción hacia el padre de las niñas. En otros historiales
    clínicos, coinciden estos distintos momentos, y la con-
    versión tiene efecto inmediatamente al trauma y bajo
    sus efectos.

    El segundo momento auxiliar repite el mecanismo
    del primero. Una intensa impresión restablece pasaje-
    ramente la unidad de la conciencia, y la conversión
    sigue el mismo camino que se abrió ante ella la prime-
    ra vez. Es muy interesante comprobar que el síntoma
    surgido en segundo lugar encubre al primero, de ma-
    nera que éste no es sentido claramente hasta después
    de suprimido aquél. También me parece digna de
    atención la inversión del orden cronológico, a la cual
    nos vemos obligados a adaptar el análisis. En toda
    una serie de casos, me ha sucedido así, que los sín-
    tomas posteriormente surgidos encubrían a los pri-
    meros y sólo el último hasta el cual penetró el análisis
    es el que contenía la clave de la totalidad.

    La terapia consistió aquí en la coerción que logró la
    unión del grupo psíquico disociado con la conciencia
    del Yo. El resultado terapéutico no siguió, por cir-
    cunstancia singular, una marcha paralela y proporcio-
    nal a la labor del tratamiento; sólo cuando ésta llegó a
    solucionar la última de las cuestiones planteadas, sur-
    gió, de repente, la curación total.

    III. Catalina. (Freud).

    En las vacaciones de 189… emprendí una excursión
    por la montaña, con el propósito de olvidar durante
    algún tiempo la Medicina y especialmente las neuro-
    sis, propósito que casi había conseguido un día que

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    Dejé el camino real para subir a una cima, famosa tan-
    to por el panorama que dominaba como por la hoste-
    ría en ella enclavada. Repuesto de la penosa ascensión
    por un apetitoso refrigerio, me hallaba sumido en la
    contemplación de la encantadora lejanía, cuando a mi
    espalda resonó la pregunta: «El señor es médico,
    ¿verdad?», que al principio no creí me fuera dirigida,
    tan olvidado de mí mismo estaba. Mi interlocutora era
    una muchacha de diez y siete o diez y ocho años, la
    misma que antes me había servido el almuerzo, por
    cierto con un marcado gesto de mal humor, y a la que
    la huéspeda había interpelado varias veces con el
    nombre de «Catalina». Por su aspecto y su traje, no
    debía ser una criada sino una hija o una pariente de
    la huéspeda.

    Arrancado así de mi contemplación, contesté: —Sí,
    soy médico. ¿Cómo lo sabe usted?

    —Lo he visto al inscribirse en el registro de visi-
    tantes y he pensado que podría dedicarme unos mo-
    mentos. Estoy enferma de los nervios. El médico de
    L., al que fuí a consultar hace algún tiempo, me re-
    cetó varias cosas, pero no me han servido de nada.

    De este modo, me veía obligado a penetrar de nue-
    vo en los dominios de la neurosis, pues apenas cabía
    suponer otro padecimiento en aquella robusta mucha-
    cha de rostro malhumorado. Interesándome el hecho
    de que las neurosis florecieran también a 2.000 metros
    de altura, comencé a interrogarla, desarrollándose en-
    tre nosotros el siguiente diálogo, que transcribo sin
    modificar la peculiar manera de expresarse de mi in-
    terlocutora:

    —Bien. Dígame usted, ¿qué es lo que siente?
    —Me cuesta trabajo respirar. No siempre. Pero a
    veces parece que me voy a ahogar.

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    No presentaba esto, a primera vista, un definido
    carácter nervioso, pero se me ocurrió en seguida, que
    podría constituir muy bien una descripción de un ata-
    que de angustia, en la cual hacía resaltar la sujeto,
    de entre el complejo de sensaciones angustiosas, la
    de ahogo.

    —Siéntese aquí y cuénteme lo que le pasa cuando
    le dan esos ahogos.

    —Me dan de repente. Primero siento un peso en los
    ojos y en la frente. Me zumba la cabeza y me dan unos
    mareos que parece que me voy a caer. Luego se me
    aprieta el pecho de manera que casi no puedo respirar.

    —¿Y no siente usted nada en la garganta?

    —Se me aprieta como si me fuera a ahogar.

    —Y en la cabeza, ¿nota usted algo más de lo que
    me ha dicho?

    —Sí, me late como si fuera a saltárseme.

    —Bien. ¿Y no siente usted miedo al mismo tiempo?

    —Creo siempre que voy a morir. Y eso que de or-
    dinario soy valiente. No me asusta bajar a la cueva
    de la casa, que está muy oscura, ni andar sola por la
    montaña. Pero cuando me da eso no me encuentro a
    gusto en ningún lado, y se me figura que detrás de
    mí hay alguien que me va a agarrar de repente.

    Así, pues, lo que la sujeto padecía, eran, en efecto,
    ataques de angustia, que se iniciaban con los signos
    del aura histérica, o mejor dicho, ataques de histeria
    con la angustia como contenido. ¿Pero no conten-
    drían también algo más?

    —¿Piensa usted algo—lo mismo siempre—o ve
    algo cuando le dan esos ataques?

    —Sí; veo siempre una cara muy horrorosa que me
    mira con ojos terribles. Esto es lo que más miedo
    me da.

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    Este detalle ofrecía quizá el camino para llegar rá-
    pidamente al nódulo de la cuestión.

    –¿Y reconoce usted esa cara? Quiero decir que si
    es una cara que ha visto usted realmente alguna vez.

    –No.

    –¿Sabe usted por qué le dan esos ataques?

    –No.

    –¿Cuándo le dió el primero?

    –Hace dos años, cuando estaba aún con mi tía en
    la otra montaña. Hace año y medio nos trasladamos
    aquí, pero me siguen dando los ahogos.

    Era, pues, necesario emprender un análisis en toda
    regla. No atreviéndome a trasplantar la hipnosis a
    aquellas alturas, pensé que quizá fuera posible llevar
    a cabo el análisis en un diálogo corriente. Se trataba
    de adivinar con acierto. La angustia se me había re-
    velado muchas veces, tratándose de sujetos femeni-
    nos jóvenes, como una consecuencia del horror que
    acomete a un espíritu virginal cuando surge por vez
    primera ante sus ojos el mundo de la sexualidad 1).


    1)Quiero exponer aquí el caso que me reveló por primera
    vez esta relación causal. Tenía en tratamiento, a consecuencia
    de una complicada neurosis, a una señora joven, la cual se re-
    sistía a reconocer, como es habitual en estas enfermas, que el
    origen de su dolencia radicaba en su vida conyugal, objetando
    que ya de soltera padecía ataques de angustia y desvanecimien-
    tos, no obstante, lo cual, mantuve yo mi punto de vista. Cuando
    ya teníamos más confianza, me dijo, de repente, un día: «Va us-
    ted a saber ahora cuál era el origen de los ataques de angustia
    que de soltera me daban. Por entonces, dormía yo en una habi-
    tación inmediata a la alcoba de mis padres, los cuales dejaban
    la puerta abierta y una lamparilla encendida sobre la mesa. De
    este modo, vi algunas noches que mi padre se pasaba a la cama
    de mi madre, y escuché luego ruidos que me excitaron mucho.
    Poco después, comenzaron a darme los ataques».

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    Con esta idea, dije a la muchacha:
    —Puesto que usted no lo sabe, voy a 
    decirla de dónde creo yo que provienen sus ataques. Hace dos 
    años, poco antes de comenzar a padecerlos, debí-
    ted de ver u oir algo que la avergonzó mucho, algo 
    que preferiría usted no haber visto.

    —¡Sí, por cierto! Sorprendí a mi tío con una mu-
    chacha; con mi prima Francisca.

    —¿Qué es lo que pasó? ¿Quiere usted contármelo?

    —A un médico se le puede decir todo. Mi tío, el ma-
    rido de esta tía mía, a quien acaba usted de ver, tenía 
    entonces, con ella, una posada en X. Ahora están se-
    parados, y por culpa mía, pues por mí se descubrieron 
    sus relaciones con la Francisca.

    —¿Cómo las descubrió usted?

    —Voy a decírselo. Hace dos años, llegaron un día 
    a la posada dos excursionistas y pidieron de comer. 
    La tía no estaba en casa, y ni mi tío ni Francisca, que 
    era la que cocinaba, aparecían por ninguna parte. 
    Después de recorrer en su busca toda la casa, mi pri-
    mo Luisito, un niño aún, exclamó: «A lo mejor, está 
    la Francisca con papá», y ambos nos echamos a reir, 
    sin pensar nada malo. Pero al llegar ante el cuarto 
    del tío, vimos que tenía echada la llave, cosa que ya 
    me pareció singular. Entonces mi primo me dijo: «En 
    el pasillo hay una ventana por la que se puede ver lo 
    que pasa en el cuarto». Fuimos al pasillo, pero el pe-
    queño no quiso asomarse, diciendo que le daba mie-
    do. Yo le dije entonces: «Eres un tonto. A mí no me 
    da miedo» y miré por la ventana, sin figurarme aún 
    nada malo. La habitación estaba muy oscura, pero 
    sin embargo, pude ver a Francisca tumbada en la 
    cama y a mi tío sobre ella.

    —¿Y luego?

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    —En seguida me aparté de la ventana y tuve que
    apoyarme en la pared, pues me dió un ahogo como
    los que desde entonces vengo padeciendo, se me ce-
    rraron los ojos, y empezó a zumbarme y latirme la
    cabeza como si fuera a rompérseme.

    —¿Le dijo usted algo a su tía aquel día mismo?

    —No; no le dije nada.

    —¿Por qué se asustó usted tanto al ver a su tío con
    Francisca? ¿Comprendió usted lo que estaba pasando
    o se formó alguna idea de ello?

    —¡Oh, no! Por entonces no comprendí nada. No
    tenía más que diez y seis años, y ni me imaginaba
    siquiera tales cosas. No sé, realmente, de qué me
    asusté.

    —Si usted pudiera ahora recordar todo lo que en
    aquellos momentos sucedió en usted, cómo le dió el
    primer ataque y qué pensó durante él, quedaría curada
    de sus ahogos.

    —¡Ojalá pudiera! Pero me asusté tanto, que lo he
    olvidado todo.

    (Traduciendo esto al lenguaje de nuestra «comuni-
    cación preliminar», diremos que el afecto crea por sí
    mismo el «estado hipnoide», cuyos productos que-
    dan excluídos del comercio asociativo con la concien-
    cia del Yo).

    —Dígame usted: ¿La cara que ve cuando le da el
    ahogo, es quizá la de Francisca, tal y como la vió al
    sorprenderla?

    —No. La cara que veo es la de un hombre.

    —¿Quizá la del tío?

    —No. Al tío no pude verle bien la cara por enton-
    ces, pues la habitación estaba muy oscura. Además,
    me figuro que no tendría en aquel momento una ex-
    presión tan horrorosa.

  • S.

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    PROF. S. FREUD

    —Tiene usted razón. (Aquí parecía cerrarse de re
    pente el camino por el que habíamos orientado el aná
    lisis. Pero pensando que una continuación del relato
    iniciado podía ofrecerme alguna nueva salida, conti
    nué mi interrogatorio).

    —¿Qué pasó después?

    —Mi tío y Francisca debieron de oir algún ruido en
    el corredor, pues salieron en seguida. Yo seguí sin
    tiéndome mal y no podía dejar de pensar en lo que ha
    bía visto. Dos días después, fué domingo y hubo mu
    cho que hacer. Trabajé, sin descanso, mañana y tar
    de, y el lunes volvió a darme el ahogo, vomité y tuve
    que meterme en la cama. Tres días estuve así, vomi
    tando a cada momento.

    La sintomatología histérica puede compararse a una
    escritura jeroglífica que hubiéramos llegado a com
    prender después del descubrimiento de algunos docu
    mentos bilingües. En este alfabeto, los vómitos signi
    fican repugnancia. Así, pues, dije a Catalina:

    —El que tres días después tuviera usted vómitos
    repetidos me hace suponer, que al ver lo que pasaba
    en la habitación de su tío, sintió usted asco.

    —Sí; debí de sentir asco —me responde con expre
    sión meditativa—. ¿Pero de qué?

    —Quizá viera usted desnuda alguna parte del cuer-
    po de los que estaban en el cuarto.

    —No. Había poca luz para poder ver algo. Además
    estaban vestidos. Por más que hago, no puedo recor
    dar qué es lo que me dió asco.

    Tampoco yo podía saberlo. Pero la invité a conti
    nuar relatándome lo que se le ocurriese, con la segu
    ridad de que se le ocurriría precisamente lo que me
    era preciso para el esclarecimiento del caso.

    Me relata, pues, que como su tía notase en ella algo

    — 136 —

  • S.

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    L A H I S T E R I A

    extraño y sospechase algún misterio, la interrogó tan
    repetidamente, que hubo de comunicarla su descubri-
    miento. A consecuencia de ello, se desarrollaron entre
    los cónyuges violentas escenas, en las cuales oye-
    ron los niños cosas que más les hubiera valido conti-
    nuar ignorando, hasta que la tía decidió trasladarse,
    con sus hijos y Catalina, a la casa que ahora ocupa-
    ban, dejando a su marido con Francisca, la cual co-
    menzaba a presentar señales de hallarse embarazada.
    Al llegar aquí, abandona la muchacha, con gran sor-
    presa mía, el hilo de su relato, y pasa a contarme dos
    series de historias que se extienden hasta dos y tres
    años antes del suceso traumático. La primera serie
    contiene escenas en las que el tío persiguió con fines
    sexuales, a mi interlocutora, cuando ésta tenía apenas
    catorce años. Así, un día de invierno, bajaron juntos al
    valle y pernoctaron en una posada. El tío permaneció
    en el comedor hasta muy tarde, bebiendo y jugando a
    las cartas. En cambio ella se retiró temprano a la ha-
    bitación destinada a ambos en el primer piso. Cuando
    su tío subió a la alcoba, no había ella conciliado aún
    por completo el sueño y le sintió entrar. Luego se
    quedó dormida, pero de repente, se despertó y «sintió
    su cuerpo junto a ella». Asustada, se levantó y le re-
    prochó aquella extraña conducta: «¿Qué hace usted,
    tío? ¿Por qué no se queda usted en su cama?» El tío
    intentó convencerla: «¡Calla, tonta! No sabes tú lo
    bueno que es eso».—«No quiero nada de usted, ni
    bueno ni malo. Ni siquiera puede una dormir tran-
    quila». En esta actitud, se mantuvo cerca de la puerta,
    dispuesta a huir de la habitación, hasta que cansado
    el tío, dejó de solicitarla y se quedó dormido. Enton-
    ces se echó ella en la cama vacía y durmió, sin más
    sobresaltos, hasta la mañana. De la forma en que re-
     

  • S.

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    chazó los ataques de su tío parecía deducirse que no
    había reconocido claramente el carácter sexual de los
    mismos. Interrogada sobre este extremo manifestó, en
    efecto, que hasta mucho después no había comprendi-
    do las verdaderas intenciones de su tío. De momento,
    se había resistido únicamente porque le resultaba des-
    agradable ver interrumpido su sueño y «porque le pa-
    recía que aquello no estaba bien».

    Transcribo minuciosamente estos detalles porque
    poseen considerable importancia para la comprensión
    del caso. —A continuación, me contó Catalina otros
    sucesos de épocas posteriores, entre ellos una nueva
    agresión sexual de que la hizo objeto su tío, un día
    que se hallaba borracho. A mi pregunta de si en estas
    ocasiones notó algo semejante a los ahogos que ahora
    la aquejan, responde con gran seguridad, que siem-
    pre sintió el peso en los ojos y la opresión que acom-
    pañan sus ataques actuales, pero nunca tan intensa-
    mente como cuando sorprendió a su tío con Fran-
    cisca.

    Terminada esta serie de recuerdos, comienza en se-
    guida a relatarme otra, en la que se trata de aquellas
    ocasiones en las cuales advirtió algo entre Francisca
    y su tío. Una vez que toda la familia durmió en un pa-
    jar, se despertó ella al sentir un ruido y vió cómo su
    tío se separaba bruscamente de Francisca. Otra vez,
    en la posada de N., dormía ella con su tío en una al-
    coba y Francisca en otra inmediata. A media noche
    se despertó y vió junto a la puerta de comunicación
    entre ambas, una figura blanca que se disponía a des-
    correr el pestillo. «¿Es usted, tío? ¿Qué hace usted
    ahí en la puerta?» — «Cállate, estoy buscando una
    cosa». —«La puerta que da al pasillo es la otra»,
    —«Tienes razón; me he equivocado», etc.

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    Al llegar aquí, la pregunto si todo esto no despertó
    en ella alguna sospecha. «No; por entonces no sos-
    peché nada. Me chocaban aquellas cosas, pero no pa-
    saba de ahí». —«¿Sintió usted también miedo en es-
    tas ocasiones?». —Cree que sí; pero no puede afir-
    marlo con tanta seguridad como antes.

    Agotadas estas dos series de reminiscencias, guar-
    da silencio la muchacha. Durante su relato ha ido ex-
    perimentando una curiosa transformación. En su ros-
    tro, antes entristecido y doliente, se pinta ahora una
    expresión llena de vida. Sus ojos han recobrado el
    brillo juvenil y se muestra animada y alegre. Entre-
    tanto he llegado yo a la comprensión de su caso. Los
    sucesos que últimamente me ha relatado, con un des-
    orden aparente, aclaran por completo su conducta en
    la escena del descubrimiento. Cuando ésta tuvo efecto,
    llevaba la sujeto en sí, dos series de impresiones, que
    se habían grabado en su memoria, sin que hubiera lle-
    gado a comprenderlas ni pudiera utilizarlas para de-
    ducir conclusión alguna. A la vista de la pareja sor-
    prendida en la realización del coito, se estableció, en
    el acto, el enlace de la nueva impresión con tales dos
    series de reminiscencias, comenzando en seguida a
    comprenderlas y simultáneamente a defenderse contra
    ellas. A esto siguió un corto período de incubación,
    apareciendo luego los síntomas de la conversión, o
    sea los vómitos sustitutivos de la repugnancia moral
    y física. Quedaba, pues, solucionado el enigma. Lo
    que había repugnado a la sujeto no había sido la vista
    de la pareja sino un recuerdo que la misma despertó
    en ella, recuerdo que no podía ser sino el de aquella
    escena nocturna en la que «sintió el cuerpo de su tío
    junto al suyo».

    De este modo, una vez que la sujeto terminó su con-
     

  • S.

    — 140 —

    fesión, la dije: «Ya sé lo que pensó usted cuando ad-
    virtió lo que sucedía en la habitación de su tío. Segu-
    ramente se dijo usted: Ahora hace con Francisca lo
    que quiso hacer conmigo aquella noche y luego las
    otras veces. Esto fué lo que le dió a usted asco, ha-
    ciéndole recordar la sensación que advirtió al des-
    pertar por la noche y notar el cuerpo de su tío junto al
    suyo.

    —Sí; debió de darme asco aquello y lo debí recor-
    dar luego.

    —Bien. Entonces dígame usted exactamente... Aho-
    ra es usted ya una mujer y lo sabe todo.

    —Sí, ahora ya sí.

    —Dígame entonces exactamente qué parte del cuer-
    po de su tío fué la que sintió usted junto al suyo.

    La sujeto no da a esta pregunta una respuesta pre-
    cisa. Sonríe confusa y como convicta, esto es, como
    quien se ve obligado a reconocer que se ha llegado al
    nódulo real de la cuestión y no hay ya que volver a
    hablar de ella. Puede, sin dificultad, suponerse cuál
    fué la sensación de contacto que advirtió en la escena
    nocturna con su tío, sensación que muy luego apren-
    dió a interpretar. Su expresión parece decirme tam-
    bién, que se da cuenta de que yo he adivinado exac-
    tamente, pero evita ya continuar profundizando en
    aquel tema. De todos modos, he de agradecer a la su-
    jeto la facilidad con que se dejó interrogar sobre cosas
    tan escabrosas, conducta opuesta a la observada por
    las honestas damas de mi consulta ciudadana, para
    las cuales «omnia naturalia turpia sunt».

    Con esto quedaría aclarado el caso. Resta única-
    mente explicar el origen de la alucinación que retor-
    naba en todos los ataques de la sujeto, haciéndola
    ver una horrible cabeza, que la inspiraba miedo. Así,

  • S.

    141

    LA HISTERIA

    pues, la interrogué sobre este extremo, y como si
    nuestro diálogo hubiese ampliado su comprensión, me
    contestó en seguida: «Ahora ya lo sé. La cabeza que
    veo es la de mi tío, pero no tal y como la vi cuando
    los sucesos que le he contado. Cuando después de
    sorprenderle con Francisca, comenzaron en casa, los
    disgustos, mi tío me tomó un odio terrible. Decía que
    todo lo que pasaba era por culpa mía y que si no hu-
    biese sido yo tan charlatana no hubiera pedido su mu-
    jer el divorcio. Cuando me veía, se pintaba en su ros-
    tro una feroz expresión de cólera y echaba tras de mí,
    dispuesto a maltratarme. Yo huía a todo correr y pro-
    curaba no encontrarme con él, pero siempre tenía mie-
    do de que me cogiese por sorpresa. La cara que aho-
    ra veo, siempre que me da el ahogo, es la de mi tío, en
    aquellos días, contraída por la cólera».

    Estas palabras me recordaron que el primer síntoma
    de la histeria, o sea los vómitos, desapareció a poco,
    subsistiendo el ataque de angustia con un nuevo con-
    tenido. Tratábase, pues, de una histeria derivada por
    reacción (abreagiert) en gran parte, circunstancia de-
    bida al hecho de haber comunicado poco después, la
    sujeto, a su tía, el suceso traumático.

    —¿Le contó usted también a su tía las demás esce-
    nas con su marido?

    —Por entonces no, pero sí después, cuando ya se
    había planteado la separación. Mi tía dijo entonces:
    «Todo eso hay que tenerlo en cuenta, pues si en el
    pleito de divorcio pone alguna dificultad, lo contare-
    mos ante los tribunales».

    No puede tampoco extrañarnos que el símbolo
    mnémico procediese precisamente de esta época ulte-
    rior, durante la cual se sucedieron de continuo, en la
    casa, las escenas violentas, retrayéndose del estado

  • S.

    − 142 −

    P R O F . S . F R E U D

    de Catalina el interés de la tía, absorbido totalmente
    por sus querellas domésticas, pues por tales circuns-
    tancias fué ésta una época de acumulación y reten-
    ción para la paciente.

    Aunque nada he vuelto a saber de Catalina, espero
    que su conversación conmigo, en la que desahogó su
    espíritu, tan tempranamente herido en su sensibili-
    dad sexual, hubo de hacerle algún bien.

    Epicrisis.

    No tendría nada que objetar a aquellos que en este
    historial patológico viesen, más que el análisis de un
    caso de histeria, la solución del mismo por una afor-
    tunada adivinación. La enferma aceptó como verosí-
    mil todo lo que yo interpolé en su relato, pero no se
    hallaba en estado de reconocer haberlo vivido real-
    mente. Para ello hubiera sido necesaria, a mi juicio,
    la hipnosis. Si aceptamos la exactitud de mi interpreta-
    ción e intentamos reducir este caso al esquema de una
    histeria adquirida, tal y como se nos ha presentado
    en el de Miss Lucy R., podremos considerar las dos
    series de sucesos eróticos como factores traumáti-
    cos y la escena del descubrimiento de la pareja, como un
    factor auxiliar. Base de esta equiparación serían las
    circunstancias de que en dichas series quedó creado
    un contenido de conciencia, el cual, hallándose excluí-
    do de la actividad mental del Yo, permaneció conser-
    vado sin modificación alguna, mientras que en la es
    cena del descubrimiento hubo una nueva impre-
    sión que impuso la conexión asociativa de dicho grupo
    aislado con el Yo. Al lado de esta analogía existen

  • S.

    143

    LA HISTERIA

    variantes que han de tenerse así-
    mismo en cuenta. La
    causa del aislamiento no es, como en el caso de Miss
    Lucy, la voluntad del Yo, sino su ignorancia, que le
    impide toda elaboración de las experiencias sexuales.
    Desde este punto de vista, puede considerarse típico el
    caso de Catalina. En el análisis de toda histeria basa-
    da en traumas histéricos comprobamos que impresio-
    nes de la época presexual, cuyo efecto sobre la niña
    ha sido nulo, adquieren más tarde, como recuerdos,
    poder traumático, cuando la sujeto, adolescente o ya
    mujer, llega a la comprensión de la vida sexual. La
    disociación de grupos psíquicos es, por decirlo así, un
    proceso normal en el desarrollo de los adolescentes y
    no puede parecer extraño que su ulterior incorpora-
    ción al Yo constituya una ocasión, frecuentemente
    aprovechada, de perturbaciones psíquicas. Quiero,
    además, expresar aquí mis dudas de que la disocia-
    ción de la conciencia por ignorancia sea realmente
    distinta de la producida por repulsa consciente, pues
    es muy probable que los adolescentes posean conoci-
    mientos sexuales mucho más precisos de lo que en
    general se cree, e incluso de lo que ellos mismos su-
    ponen.

    Otra de las variantes que presenta el mecanismo
    psíquico de este caso consiste en que la escena del
    descubrimiento, que hemos calificado de «auxiliar»,
    puede serlo también de «traumática», pues actúa por
    su propio contenido y no tan sólo por despertar el re-
    cuerdo de sucesos traumáticos anteriores. Reune, de
    este modo, los caracteres del factor «auxiliar» y los del
    «traumático». Pero en esta coincidencia no veo moti-
    vo ninguno para abandonar una diferenciación de
    concepto, a la que en otros casos, corresponde tam-
    bién una separación temporal. Otra peculiaridad del

  • S.

    144

    PROF. S. FREUD

    caso de Catalina, peculiaridad que por otra parte ya
    nos era conocida, es que la conversión, o sea la crea-
    ción de los fenómenos histéricos, no se desarrolla in-
    mediatamente después del trauma, sino después de un
    intervalo de incubación. Charcot daba a este intervalo
    el nombre de «época de elaboración psíquica». La an-
    gustia que Catalina padecía en sus ataques era de
    orden histórico, esto es, constituía una reproducción
    de aquella que la oprimía con ocasión de cada uno de
    los traumas sexuales. Omito explicar también aquí el
    proceso regularmente comprobado por mí en un gran
    número de casos, de que la sospecha de relaciones
    sexuales hace surgir en sujetos virginales, un afecto
    angustioso.

    IV. Srta. Isabel de R. (Freud).

    En el otoño de 1892, un colega y amigo mío me
    pidió reconociese a una señorita, que desde hacía más
    de dos años, venía padeciendo dolores en las piernas
    y dificultad para andar. A su demanda, añadía que en
    su opinión, se trataba de un caso de histeria, aunque
    no presentaba ninguno de los signos habituales de la
    neurosis. Conocía algo a la familia de la enferma y
    sabía que los últimos años habían traído para ella más
    desdichas que felicidades. Primero, había fallecido el
    padre de la enferma, luego, tuvo su madre que some-
    terse a una grave operación de la vista y poco des-
    pués, una hermana suya, casada, que acababa de te-
    ner un hijo, sucumbía a una antigua enfermedad del
    corazón. En todas estas enfermedades y desgracias
    había tomado la sujeto parte activísima, no sólo afec-
    tando