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306
tura ocasión había de necesitar). Dí la vuelta, recogí
las cartas y volví a salir. Yendo ya en un tranvía, re-
cordé que había prometido a mi mujer hacer una com-
pra para ella y me satisfizo el pensar que no me cau-
saría molestia ninguna complacerla por ser poco vo-
luminoso el paquete del que tenía que hacerme cargo.
Al llegar a este punto surgió de repente la asociación
«paquete-libro» y eché de ver que no llevaba este últi-
mo. Así, pues, no sólo lo había olvidado la primera
vez que salí de casa, sino que tampoco lo había visto
al recoger las cartas que se hallaban junto a él».Iguales elementos hallamos en la siguiente observa-
ción de Otto Rank, penetrantemente analizada. (Zen-
tralblatt fuer Psychoanalyse, II–5).«Un individuo, ordenado hasta la exageración y ri-
dículamente metódico, me relató la siguiente aventura
que dada su manera de ser consideraba en absoluto
extraordinaria. Una tarde, yendo por la calle, quiso sa-
ber la hora y al echar mano al reloj vió que se lo ha-
bía dejado en su casa, olvido en el que no recordaba
haber incurrido nunca. Teniendo aquella tarde misma
una cita a la que deseaba acudir con toda puntualidad
y no quedándole ya tiempo para regresar a su casa en
busca del reloj, aprovechó una visita que hizo a una
señora amiga suya, para rogarla le prestase uno,
cosa tanto más hacedera, cuanto que hace tiempo
que habían quedado en verse a la mañana siguiente
a este día y por lo tanto podía entonces devolver-
la su reloj como así lo prometió al tomarlo. Cuan-
do en efecto, a la siguiente mañana, fué a casa de la
señora para efectuar la devolución prometida, vió
con sorpresa que se había dejado en casa el reloj,
de la señora y en cambio había cogido el suyo propio.
Entonces se propuso firmemente, no dejar de llevarse-S.
307
PSICOPATOLOGIA
lo aquella misma tarde y cumplió su propósito, pero al
salir de casa de la señora y querer mirar la hora vió,
ya con infinito asombro y enfado, que si se había
acordado de traer el reloj prestado había en cambio
olvidado coger el suyo. Esta repetición de actos falli-
dos pareció al metódico y ordenado sujeto, de un carác-
ter tan patológico, que me expresó su deseo de conocer
su motivación psíquica. Estos motivos se encontra-
ron enseguida en cuanto en el interrogatorio psicoana-
lítico se llegó a la pregunta de si en el día crítico del
primer olvido le había sucedido algo desagradable. A
esta pregunta contestó el sujeto relatando que, después
de almorzar y pocos momentos antes de que saliera a la
calle dejándose olvidado el reloj, había tenido una con-
versación con su madre en la que ésta le había conta-
do que un pariente suyo, persona un tanto ligera y que
ya le había costado muchas preocupaciones y desem-
bolsos, había empeñado el reloj y luego había venido
a solicitar dinero para sacarlo, diciendo que lo necesi-
taban en su casa. Esta manera, un tanto forzada, de
sacarle el dinero había disgustado mucho a nuestro in-
dividuo y le había recordado además todas las contra-
riedades que desde muchos años atrás venía causán-
dole el citado pariente. Su acto sintomático muestra,
por lo tanto, múltiples determinantes. En primer lugar
constituye la expresión de una serie de pensamientos
que viene a decir: —«No me dejo yo sacar el dinero
por tales medios y si para ello es necesaria la interven-
ción de un reloj, llegaré hasta dejar en casa el mío
propio»—. Mas como necesitaba su reloj para llegar
con puntualidad a la cita que tenía aquella misma tar-
de, la intención expresada por dichos pensamientos no
podía lograrse sino de una manera inconsciente o sea
por medio de un acto sintomático. En segundo lugarS.
308
el olvido expresa algo como: –«Los continuos des
embolsos que tengo que hacer por causa de ese inútil,
acabarán por arruinarme y hacerme dar todo lo que
tengo»–. Aunque, según la declaración del interesado,
su enfado ante el incidente fué tan sólo momentáneo,
la repetición del acto sintomático muestra que dicho
sentimiento continuó actuando con intensidad en lo
inconsciente, de un modo análogo a cuando con com-
pleta conciencia se dice: –«Esto o aquello no se me
quita de la cabeza» 1). Después de conocer esta acti-
tud de lo inconsciente, no puede extrañarnos que el re-
loj de la señora corriera luego igual suerte aunque qui-
zá esta transferencia sobre el «inocente» reloj femenino
fuera también favorecida por motivos especiales, de los
cuales el más próximo es el de que al sujeto le hubiera
probablemente gustado conservarlo en sustitución
del suyo que ya consideraba haber sacrificado, siendo
esta la causa de que olvidara devolverlo a la mañana
siguiente. Quizá también hubiera deseado quedarse
con el reloj como un recuerdo de la señora. Aparte de
todo esto, el olvido del reloj femenino le proporciona-
ba ocasión de hacer una segunda visita a su dueña por
la que sentía cierta inclinación. Teniendo de todas ma-
neras que verla por la mañana, por haberlo acordado
así con anterioridad y para asunto en el que nada te-
nía que ver la devolución del reloj, le parecía rebajar la
importancia que él concedía a dicha visita utilizán-
dola para entregar el objeto prestado. El doble olvido
del propio reloj y la devolución del ajeno, hecha posi-
ble por el segundo olvido del otro, parecen revelar que1)Esta actuación continuada del inconsciente, se manifiesta
unas veces en forma de un sueño consecutivo al acto fallido y
otras en la repetición del mismo o en la omisión de una rectifica-
ción.S.
nuestro hombre evitaba inconscientemente llevar am-
bos relojes a la vez, cosa que consideraba como una
ostentación superflua que había de contrastar con la
estrechez económica de su pariente. Por otro lado ello
constituía una auto-admonición ante su aparente deseo
de contraer matrimonio con la referida señora, admo-
nición que había de recordarle los inexcusables debe-
res que le ligaban a su familia (a su madre). Otra ra-
zón más para el olvido del reloj femenino puede bus-
carse en el hecho de que la noche anterior había tenido
que sus conocidos, que le sabían soltero, le vieran sa-
car un reloj de señora y por lo tanto había temido
siempre que mirar la hora a hurtadillas, situación em-
barazosa en la que no quería volver a encontrarse y
que evitaba dejándose el reloj en casa. Pero como te-
nía que cogerlo para devolverlo, resulta también aquí
un acto sintomático inconscientemente ejecutado que
demuestra ser una formación transaccional entre sen-
timientos emocionales en conflicto y una victoria cara-
mente pagada de la instancia inconsciente».He aquí algunas observaciones de J. Staercke:
1. Pérdida temporal, rotura y olvido como expre-
sión de una repugnancia reprimida.«En una ocasión me pidió mi hermano que le pres-
tara unas cuantas fotografías de una colección que yo
había reunido para ilustrar un trabajo científico, foto-
grafías que él pensaba utilizar como proyecciones en
una conferencia. Aunque por un momento tuve el pen-
samiento de que preferiría que nadie utilizase o publi-
case aquellas reproducciones que tanto trabajo me ha-
bía costado reunir, hasta que yo hubiera podido ha-
cerlo por mí mismo, le prometí, sin embargo, buscar– 309 –
S.
310
las negativas de las fotografías que necesitaba y sa-
car de ellas positivas para la linterna de proyección.
Pero cuando me dediqué a buscar las negativas me
fué imposible dar con ninguna de las que me había pe-
dido. Revisé todo el montón de cajas de placas que
contenían asuntos referentes a la materia de que iba a
tratar mi hermano y tuve en la mano más de doscien-
tas negativas sin encontrar las deseadas, cosa que me
hizo suponer que no me hallaba en realidad nada dis-
puesto a acceder a lo que de mí se había solicitado.
Después de adquirir conciencia de este pensamiento y
luchar con él, observé que había puesto a un lado sin
revisar su contenido la primera caja de las que forma-
ban el montón y precisamente esta caja era la que con-
tenía las negativas tan buscadas. Sobre la tapa tenía
una corta inscripción que señalaba su contenido, ins-
cripción que yo debía, probablemente, haber visto con
una rápida mirada antes de apartar la caja a un lado.
Sin embargo, la idea contradictoria no pareció que-
dar vencida, pues sucedieron todavía mil y un acci-
dentes antes de enviar las positivas a mi hermano. Una
de ellas la rompí apretándola entre los dedos mientras
la limpiaba por la parte del cristal (jamás antes había
yo roto de esta manera ninguna placa). Luego, cuan-
do hube hecho un nuevo ejemplar de esta misma pla-
ca, se me cayó de las manos y no se rompió porque
extendí un pie y la recibí en él. Al montar las positivas
en el almacén de la linterna de proyecciones se cayó
aquél al suelo con todo su contenido, aunque por for-
tuna no se rompió nada. Por último pasaron muchos
días antes que lograra embalar todos los chismes y
expedirlos definitivamente, pues aunque todos los días
hacía el firme propósito de verificarlo, todos los días
se me volvía a olvidar».S.
311
2. Olvido repetido y acto fallido en la ejecución
definitiva del acto olvidado.«En una ocasión tenía que enviar una postal a
un conocido mío y lo fuí olvidando durante varias fe-
chas consecutivas. La causa de tales olvidos sospe-
chaba yo fuese la siguiente: El referido sujeto me ha-
bía comunicado en una carta que en el transcurso de
aquella semana vendría a visitarme una persona a la
que yo no tenía muchos deseos de ver. Una vez pasa-
da dicha semana y cuando ya se había alejado la pers-
pectiva de tal visita, escribí por fin la postal debida,
en la cual fijaba la hora en que se me podía ver. Al
escribirla quise comenzar diciendo que no había con-
testado antes por pesar sobre mí una gran cantidad de
trabajo acumulado y urgente (Druck-
werk), pero, por último, no dije nada de esto pen-
sando que nadie presta ya fe a tan vulgar excusa. Ig-
noro si esta pequeña mentira que por un momento me
propuse decir tenía o no forzosamente que surgir a la
luz, pero el caso es que cuando eché la postal en el
buzón la introduje por error en la abertura destinada
a los impresos (Druckwerk – Drucksa-
chen).3. Olvido y error.
«Una muchacha fué una mañana que hacía un tiem-
po hermoso al «Rijksmuseum», con el fin de dibujar en
él. Aunque le hubiera gustado más salir a pasear y
gozar de la hermosa mañana, se había decidido a ser
aplicada y dibujar afanosamente. Ante todo, tenía que
comprar el papel necesario. Fué a la tienda, situada aS.
312
unos diez minutos del Museo, y compró lápices y otros
útiles de dibujo, pero se le olvidó el papel. Luego se
dirigió al Museo, y cuando ya lo había preparado todo
y se sentó ante el tablero dispuesta a empezar, se dió
cuenta de su olvido, teniendo que volver a la tienda
para subsanarlo. Una vez hecho esto se puso por fin
a dibujar, avanzando con rapidez en su trabajo hasta
que oyó dar al reloj de la torre del Museo una gran
cantidad de campanadas, y pensó: «Deben ya ser las
doce». Luego continuó trabajando hasta que el reloj
dió otras campanadas, que la muchacha pensó ser las
correspondientes a las doce y cuarto. Entonces reco-
gió sus bártulos y decidió ir paseando a través de un
parque hacia casa de su hermana y tomar allí el café.
Al llegar frente al Museo Suasso vió con asombro que
en vez de las doce y media no eran todavía más que
las doce. Lo hermoso y atractivo de la mañana habían
engañado a su deseo de trabajar y la habían hecho
creer al dar las once y media que la hora que daba
eran las doce, sin dejarla caer en la cuenta que los
relojes de torre dan también, al señalar los cuartos de
hora, la hora que a estos corresponde.Como ya lo demuestran algunas de las observacio-
nes antes expuestas, la tendencia inconscientemente
perturbadora puede también conseguir su propósito
repitiendo con tenacidad la misma clase de funciona-
miento fallido. Como ejemplo de este caso transcribiré
una divertida historia contenida en un librito titulado:
«Frank Wedekind y el teatro», publicado por la Casa
Editorial «Drei Masken», de Munich, advirtiendo que
dejo al autor del tal libro toda la responsabilidad de la
historieta, contada a la manera de Mark Twain.«En la escena más importante de la pieza en un
acto «La censura», de Wedekind, aparece la frase:S.
313
«El miedo a la muerte es un error intelectual (Denk-
fehler»). El autor, que sentía especial predilección
por esta escena, rogó en el ensayo al actor a quien
correspondía decir esta frase, que antes de la palabra
«error intelectual» (Deukfehler), hiciera una pequeña
pausa. En la representación, el actor entró por com-
pleto en su papel y observó la pausa prescrita, pero
pronunció la frase en un tono festivo y dijo erró-
neamente: «El miedo a la muerte es una errata
(Druckfehler)». Cuando al finalizar la obra
preguntó el actor a Wedekind si estaba satisfecho de
su interpretación del personaje, le contestó que no te-
nía nada que objetarle, pero que la frase referida era:
«El miedo a la muerte es un error intelectual (Denkfeh-
ler), y no una errata (Druckfehler)».A la siguiente representación de «La censura», dijo
el actor en el mismo tono festivo: «El miedo a la muer-
te es un membrete (Denkzettel)». Wede-
kind colmó de elogios a su intérprete, pero de pasada
y como cosa secundaria, le advirtió que la frase no de-
cía que el miedo a la muerte era un membrete,
sino un error intelectual.A la noche siguiente volvió a representarse «La cen-
sura», y el actor, que ya había trabado amistad con
Wedekind y había estado hablando con él sobre cues-
tiones de arte, volvió a decir con su gesto más festi-
vo: –«El miedo a la muerte es un impreso (Druck-
zettel)».El cómico volvió a obtener la más calurosa apro-
bación del autor y la obra se representó muchas veces
más, pero Wedekind tuvo que renunciar a oir la pala-
bra «Denkfehler».Rank ha dedicado también su atención a las intere-
santísimas relaciones entre el acto erróneo y el sue-S.
314
Prof. S. Freud
ño (Zentralblatt fuer Psychoanalyse e Internat. Zeit-
schrift fuer Psychoanal. III, 1915), relaciones que no
pueden descubrirse sin un penetrante y detenido aná-
lisis del sueño que se agrega al acto fallido. En una
ocasión soñé dentro de un más largo contexto que ha-
bía perdido mi portamonedas. A la mañana siguiente
lo eché, en efecto, de menos al vestirme. La noche an-
terior, al desnudarme, se me había olvidado sacarlo
del bolsillo del pantalón y colocarlo en el sitio en que
acostumbraba a hacerlo. Así, pues, este olvido no me
había pasado desapercibido, y probablemente estaba
destinado a dar expresión a un pensamiento incons-
ciente que se hallaba dispuesto para emerger en el
sueño.No quiero afirmar que estos casos de actos fallidos
combinados puedan enseñarnos algo nuevo que no
pudiéramos ver ya en los actos fallidos simples, pero,
de todos modos, esta metamórfosis del acto fallido da,
alcanzando igual resultado, la impresión plástica de
una voluntad que tiende hacia un fin determinado y
contradice aún más enérgicamente la concepción de
que el acto fallido sea algo puramente casual y no ne-
cesitado de explicación alguna. No es menos notable
el hecho de que en los ejemplos expuestos sea imposi-
ble para el propósito consciente impedir el éxito del
acto fallido. Mi amigo no consiguió asistir a la sesión
de la sociedad literaria y la señora no pudo separarse /
de la medalla. Aquello desconocido que se opone a
estos propósitos encuentra siempre una salida cuando
se le obstruye el primer camino. Para dominar el mo-
tivo desconocido es necesario algo más que la contra-
resolución consciente; es necesaria una labor psíqui-
ca que convierta lo desconocido en conocido a la con-
ciencia.
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Psicopatologia de la vida cotidiana1901-002/1922.es
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