• S.

    219

    VI

    La neurosis obsesiva

    Por tercera vez sufrió el sujeto un influjo que modificó su
    evolución en forma decisiva. Cuando llegó a los cuatro años
    y medio sin que su estado de irritabilidad y de miedo conti-
    nuo hubiera mejorado, la madre decidió enseñarle la Historia
    sagrada con la esperanza de distraerle así y reanimarle. Y en
    efecto, lo consiguió, pues la iniciación en los dogmas religio-
    sos puso un término a la fase de angustia; pero en cambio,
    trajo consigo una sustitución de los síntomas de angustia por
    síntomas obsesivos. Si hasta entonces le había costado tra-
    bajado conciliar el sueño porque temía soñar cosas terribles,
    como en aquella noche próxima a la Navidad, ahora tenía
    que besar, antes de acostarse, todas las estampas de santos
    que colgaban de las paredes de su alcoba y trazar innumera-
    bles cruces sobre su propia persona y su cama.

    La niñez del sujeto se nos muestra ya claramente divi-
    dida en los siguientes períodos: En primer lugar, la época
    prehistórica hasta la seducción (a los tres años y tres meses),
    época a la cual pertenece la escena primordial; en segundo,
    el período de alteración del carácter hasta el sueño de an-
    gustia (a los cuatro años); en tercero, la zoofobia hasta la
    iniciación religiosa (a los cuatro años y medio); y a partir de
    aquí, la fase de neurosis obsesiva hasta los diez años. Ni la
    naturaleza de las circunstancias ni tampoco la de nuestro pa-
    ciente, caracterizada, al contrario, por la conservación de
    todo lo antecedente y la coexistencia de las más distintas
    corrientes, hubieron de permitir una sustitución instantánea
    y precisa de una fase por la siguiente. La irritabilidad no

  • S.

    desapareció al surgir la angustia, y se extendió luego, dis-
    minuyendo paulatinamente, a través de la época de fervor
    religioso. En cambio, en esta última fase no aparece ya para
    nada la fobia al lobo. La neurosis obsesiva mostró un curso
    discontinuo; el primer acceso fué el más largo y el más inten-
    so, surgiendo luego otros a los ocho y a los diez años del su-
    jeto y siempre después de sucesos visiblemente relacionados
    con el contenido de la neurosis. La madre le relataba por sí
    misma la Historia sagrada y hacía además que la «chacha» le
    leyera trozos del libro y le enseñara las ilustraciones. Natu-
    ralmente dedicaron máxima atención a la historia de la Pasión.
    La «chacha», mujer tan piadosa como supersticiosa, le pro-
    curaba las explicaciones que demandaba, teniendo que oir y
    satisfacer todas las objeciones y las dudas del pequeño críti-
    co. Si las luchas internas que entonces comenzaron a conmo-
    verle tuvieron como desenlace una victoria de la fe, ello se
    debió considerablemente a la influencia de la «chacha».

    Aquello que el sujeto me relató en calidad de recuerdo de
    sus reacciones a la iniciación religiosa despertó al principio
    en mí una absoluta incredulidad, pues juzgaba que tales pen-
    samientos no podían ser nunca los de un niño de cuatro años
    y medio a cinco, y supuse que desplazaba a esta lejana época
    de su pasado ideas procedentes de las reflexiones de su
    edad adulta, cercana ya a los treinta años. Pero el paciente
    rechazó con toda precisión semejante hipótesis y, como en
    otras muchas ocasiones, no pudimos llegar a un acuerdo
    sobre este punto hasta que la relación de las ideas recorda-
    das con los síntomas contemporáneos a las mismas, así
    como su interpolación en su evolución sexual, me obligó a
    darle crédito. Y hube de decirme también, que precisamente
    aquellas críticas de las doctrinas religiosas, que yo me resis-
    tía a atribuir a un niño, sólo eran ya sostenidas por una mi-
    noría de adultos cada vez más pequeña y en trance de des-
    aparecer.

    Comenzaré por exponer sus recuerdos y sólo después
    buscaré el camino que ha de llevarnos a la comprensión de
    los mismos.

    220

  • S.

    221

    Como ya hemos dicho, la impresión que el contenido de
    la Historia sagrada produjo al infantil sujeto no fué al princi-
    pio nada grata. Comenzó por extrañar el carácter pasivo de
    Cristo en su martirio y luego todo el conjunto de su historia,
    y orientó sus más severas críticas contra Dios Padre. Siendo
    omnipotente, era culpa suya que los hombres fuesen malos
    y atormentasen a sus semejantes, yendo luego por ello al
    infierno. Debía haberlos hecho buenos y, por lo tanto, era
    responsable de todo el mal y de todos los tormentos. El man-
    damiento de tender una mejilla cuando había sido uno abofe-
    teado en la otra le resultaba incomprensible, así como que
    Cristo hubiese deseado que apartasen de él aquel cáliz, e
    igualmente que no hubiera sucedido ningún milagro para de-
    mostrar que era realmente el hijo de Dios. Su penetración,
    así despertada, supo buscar, con implacable rigor, los pun-
    tos débiles del poema sagrado.

    Pero no tardaron en agregarse a esta crítica racionalista
    cavilaciones y dudas que nos revelan la colaboración de im-
    pulsos secretos. Una de las primeras preguntas que dirigió a
    la «chacha» fué la de si Cristo tenía también un trasero. La
    «chacha» le respondió que Cristo había sido dios y hombre
    al mismo tiempo y que en su calidad de hombre había tenido
    y hecho lo mismo que los demás humanos. Aquello no sa-
    tisfizo al niño, pero supo consolarse diciéndose que el tra-
    sero era tan sólo una continuación de las piernas. El miedo,
    apenas mitigado, de verse obligado a rebajar a la sagrada
    persona de Cristo, emergió de nuevo al ocurrírsele la pre-
    gunta de si también Cristo se hallaba sujeto a la necesidad
    de defecar. No se atrevió a plantear a la «chacha» tal inte-
    rrogación, pero encontró por sí solo una salida mejor de la
    que su niñera hubiese hallado, pues se dijo que si Cristo
    había hecho vino de la nada, podía convertir también en nada
    la comida y librarse así de toda necesidad de excreción.

    Volviendo sobre un fragmento anteriormente examinado
    de su evolución sexual, nos aproximaremos a la comprensión
    de estas cavilaciones. Sabemos que después de la repulsa de
    la «chacha» y de la consecutiva represión de la naciente ac-

  • S.

    222

    tividad genital, su vida sexual se había desarrollado en las
    direcciones del sadismo y el masoquismo. Maltrataba y ator
    mentaba a los animales pequeños y construía fantasías cuyo
    contenido era tan pronto el de que él mismo golpeaba a un
    caballo como el de que el heredero del trono era maltra
    tado 1). En el sadismo mantenía su primitiva identificación
    con el padre, y en el masoquismo le elegía como objeto se
    xual. Se hallaba en aquella fase de la organización pregeni
    tal en la que vemos la disposición a la neurosis obsesiva. El
    efecto del sueño que le situó bajo el influjo de la escena pri
    mordial le había permitido llevar a cabo un avance hacia la
    organización genital y transformar su masoquismo con res
    pecto al padre en una actitud femenina para con él, o sea en
    homosexualidad. Pero el sueño no trajo consigo tal avance,
    sino que se resolvió en angustia. La relación con el padre,
    que desde el fin sexual de ser maltratado por él, debía ha
    berle llevado al fin inmediato de servirle de objeto sexual
    como mujer, quedó retrotraída, por la intervención de su viri
    lidad narcisista, a un estadio aún más primitivo, y disociada,
    pero no resuelta, por un desplazamiento sobre una sustitución
    del padre, aparente en calidad de miedo a ser devorado por
    el lobo. Sólo afirmando la coexistencia de las tres tendencias
    sexuales orientadas hacia el padre, lograremos, quizá, reflejar
    exactamente la situación. A partir del sueño, el sujeto era,
    en su inconsciente, homosexual, mientras que en su neuro
    sis permanecía en el nivel del canibalismo y en tanto seguía
    dominando el conjunto su anterior actitud masoquista. Las
    tres corrientes tenían fines sexuales pasivos. El objeto era
    uno, como era una la tendencia sexual, pero ambos habían
    experimentado una disociación hacia tres distintos niveles.
    El conocimiento de la Historia sagrada le procuró la po
    sibilidad de sublimar la actitud masoquista predominante con
    respecto a su padre. Pasó a ser Cristo, personificación que
    le fué muy facilitada por el hecho de haber nacido en No-
     

    1)Maltrato consistente sobre todo en golpes administrados en el
    pene.

  • S.

    223

    chebuena. Con ello había llegado a ser algo grande y ade-
    más–circunstancia sobre la que al principio no recayó aún
    acento suficiente–un hombre. En la duda de si Cristo podía
    tener un trasero se transparenta la actitud homosexual repri-
    mida, pues tal cavilación no podía significar más que la duda
    de si podría ser utilizado por su padre como una mujer, como
    la madre en la escena primordial. La solución de las otras
    ideas obsesivas nos confirmará luego esta interpretación. A
    la represión de la homosexualidad pasiva correspondió en
    tonces la preocupación de que era condenable mezclar a la
    sagrada persona de Cristo tales suposiciones. Se esforzaba,
    pues, en mantener alejada su nueva sublimación de los com-
    plementos emanados de las fuentes de lo reprimido. Pero no
    lo consiguió.

    No comprendemos todavía por qué se rebelaba también
    contra el carácter pasivo de Cristo y contra los maltratos que
    su padre le imponía, comenzando así a renegar, incluso en
    su sublimación, de su ideal masoquista, hasta entonces man-
    tenido. Podemos suponer que este segundo conflicto fué es-
    pecialmente favorable a la emergencia de las ideas obsesivas
    humillantes del primer conflicto (entre la corriente masoquista
    dominante y la corriente homosexual reprimida), pues es na-
    tural que en un conflicto anímico se sumen todas las tenden-
    cias de un mismo signo, aunque procedan de las más distintas
    fuentes. Nuevas comunicaciones nos revelarán el motivo de
    su rebeldía y con él el de la crítica ejercida sobre la religión.

    También su investigación sexual había extraído ciertas
    ventajas del conocimiento de la Historia sagrada. Hasta en-
    tonces no había tenido razón ninguna para suponer que los
    niños venían tan sólo de la mujer. Por el contrario, su «cha-
    cha» le había hecho creer que él era sólo de su padre, y su
    hermana sólo de su madre, y esta más íntima relación con su
    padre le había sido muy valiosa. Pero ahora oyó que María
    era la madre de Dios. En consecuencia, los niños venían de
    la mujer y no era ya posible sostener las afirmaciones de la
    «chacha». Además, los relatos de la Historia sagrada le con-
    fundían en cuanto a quien era realmente el padre de Cristo.


  • S.

    224

    Se inclinaba a creer que José, pero la «chacha» le decía que
    José había sido tan sólo como el padre y que el verdadero
    padre había sido Dios, y semejante explicación no le sacaba
    de dudas. Comprendía tan sólo que la relación entre padre
    e hijo no era tan íntima como él se la había figurado siempre.

    El niño intuía en cierto modo la ambivalencia sentimental
    con respecto al padre integrada en todas las religiones y ata-
    caba a la suya por la relajación de aquella relación con el
    padre. Como era natural, su oposición dejó pronto de ser una
    duda de la verdad de la doctrina y se orientó, en cambio, di-
    rectamente, contra la persona de Dios. Dios había tratado
    dura y cruelmente a su hijo y no se mostraba mejor con los
    hombres. Había sacrificado a su hijo y exigido lo mismo de
    Abraham. El sujeto comenzó, pues, a temer a Dios.

    Si él era Cristo, su padre era Dios. Pero el Dios que la
    religión le imponía no era una sustitución satisfactoria del
    padre, al que él había amado y del cual no quería que le des-
    pojasen. Su amor a este padre creó su penetración crítica.
    Tuvo que atravesar aquí un arduo estadio de su desligamiento
    del padre.

    De su antiguo amor a su padre, manifiesto ya en época
    muy temprana, fué, pues, de donde extrajo la energía para
    atacar a Dios y la penetración para desarrollar su crítica de
    la religión. Mas, por otro lado, tal hostilidad contra el nuevo
    Dios no era un acto primario, pues tenía su prototipo en un
    impulso hostil al padre, surgido bajo la influencia del sueño
    de angustia, y no era, en el fondo, más que una reviviscencia
    del mismo. Los dos impulsos sentimentales antitéticos que
    habían de regir toda su vida ulterior, coincidieron aquí, para
    el combate de ambivalencia, en el tema de la religión. Lo
    que de este combate resultó en calidad de síntoma, las ideas
    blasfemas y la obsesión de asociar siempre la idea de Dios
    con las de «basura» o «cochino», era, por tal razón, el autén-
    tico resultado de una transacción, como nos lo demostrará el
    análisis de estas ideas en relación con el erotismo anal.

    Otros síntomas obsesivos distintos, de modalidad menos
    típica, se refieren, con idéntica seguridad, al padre, pero

  • S.

    225

    dejan reconocer también la conexión de la neurosis obsesiva
    con los sucesos casuales anteriores.

    Entre los ceremoniales piadosos con los que al fin purgó
    sus blasfemias, contaba también el mandamiento de respirar
    de un modo solemne en determinadas circunstancias. Cuando
    se santiguaba, tenía siempre que aspirar o espirar profunda-
    mente el aire. En su idioma, una sola palabra reune los sig-
    nificados de «aliento» y «espíritu». Tenía, pues, que aspirar
    profundamente el Espíritu Santo o espirar los malos espíritus
    de los que había oído hablar o leído 1). A tales malos espí-
    ritus atribuía también aquellas ideas blasfemas por las que
    tantas penitencias había de imponerse. Pero también se veía
    obligado a espirar profundamente cuando veía a un anciano
    o a un pobre y, en general, gente inválida, contrahecha y
    digna de lástima, sin que supiera cómo enlazar ya con los
    espíritus tal conducta. Unicamente se daba cuenta de que lo
    hacía para no verse como aquellos infelices.

    Posteriormente, el análisis nos reveló, con motivo de un
    sueño, que la obsesión de espirar profundamente cuando
    veía a alguien digno de lástima había surgido en él cuando ya
    tenía seis años, y se hallaba relacionada con su padre. Hacía
    muchos meses que los niños no habían visto a su padre,
    cuando un día les anunció su madre que iba a llevarlos con-
    sigo a la ciudad para hacerles ver algo que les alegraría
    mucho. Y, en efecto, los llevó al sanatorio en el que se ha-
    llaba su padre, cuyo mal aspecto inspiró gran compasión al
    sujeto. El padre era, pues, también, el prototipo de todos los
    inválidos, mendigos y ancianos, ante los cuales tenía él que
    espirar profundamente, como en otros casos es el de las for-
    mas imprecisas que los niños ven en estados de miedo o de
    las burlescas caricaturas que dibujan. En otro lugar veremos
    que esta actitud compasiva se relaciona con un detalle espe-
    cial de la escena primordial, detalle tardíamente surgido en
    la neurosis obsesiva.


    1)Como más adelante veremos, este síntoma surgió cuando el
    sujeto tenía seis años y sabía ya leer.

  • S.

    226

    El propósito de no verse como aquellas personas dignas
    de lástima, que motivaba su obsesión de espirar profunda-
    mente a su vista, era, pues, la antigua identificación con el
    padre, transformada en sentido negativo. Pero con ello co-
    piaba también a su padre en sentido positivo, pues el acto de
    respirar con fuerza era una imitación de la agitada respiración
    observada en su padre durante el coito 1). Así, pues, el Es-
    píritu Santo debía su origen a este signo de la agitación
    sexual masculina. La represión convirtió este aliento en el
    mal espíritu, para el cual existía también otra genealogía: la
    malaria (aria-aire) que el sujeto había padecido en la época
    de la escena primordial.

    La repulsa de estos malos espíritus correspondía a un
    rasgo evidentemente ascético que se exteriorizó también en
    otras reacciones. Cuando el sujeto oyó que Cristo había in-
    troducido a unos espíritus malignos en los cuerpos de unos
    puercos, los cuales se arrojaron luego por un precipicio, re-
    cordó que su hermana se había caído una vez a la playa des-
    de un pretil. Era, pues, también, un espíritu maligno y una
    puerca. Partiendo de aquí, un breve camino le llevó a la aso-
    ciación Dios-cochino. También su padre mismo se le había
    mostrado dominado por la sensualidad. Cuando supo la his-
    toria del primer hombre la encontró análoga a sus propios
    destinos, y en sus conversaciones con la «chacha» se fingió,
    hipócritamente, asombrado de que Adán se hubiera dejado
    arrastrar a la desgracia por una mujer, prometiendo que, por
    su parte, no se casaría jamás. En esta época se manifestó in-
    tensamente su enemistad contra las mujeres, consecutiva a
    la seducción de que le había hecho objeto su hermana. Tal
    hostilidad habían aún de perturbar frecuentemente su vida
    erótica. Su hermana fué así, para él, durante mucho tiempo,
    la encarnación de la tentación y del pecado. Cuando se con-
    fesaba se sentía puro y libre de toda culpa. Pero en seguida
    le parecía que su hermana acechaba la ocasión de volverle a
    inducir en pecado, y antes de que pudiese darse cuenta pro-
     

    1)Presuponiendo, claro está, la realidad de la escena primordial.

  • S.

    227

    vocaba una violenta disputa con ella, pecando así realmente.
    Se veía, pues, obligado a reproducir así, siempre de nuevo,
    el hecho de la seducción. Por otra parte, aunque sus ideas
    blasfemas le remordían extraordinariamente, nunca las había
    hecho objeto de confesión.

    Hemos penetrado inadvertidamente en el cuadro sintomá-
    tico de los años posteriores de la neurosis obsesiva y, por lo
    tanto, informaremos ya a nuestros lectores sobre su desenla-
    ce, salvando toda la plenitud de cosas incluídas en el inter-
    valo. Sabemos ya que, aparte de su estado permanente,
    experimentaba, temporalmente, agravaciones, una de ellas,
    circunstancia que aún no puede sernos transparente, con oca-
    sión de haber muerto en su misma calle un niño con el cual
    podía identificarse. Al cumplir los diez años, fué confiado a
    un preceptor alemán, que no tardó en adquirir sobre él ex-
    traordinaria influencia. Resulta muy instructivo averiguar que
    toda su piedad desapareció, para no volver nunca ya, cuan-
    do en sus conversaciones con el preceptor se dió cuenta de
    que aquel sustituto del padre no concedía valor ninguno a la
    devoción ni creía en la verdad de las doctrinas religiosas. Su
    fervor religioso desapareció con su adhesión al padre, susti-
    tuído ahora por un nuevo padre más asequible. De todos mo-
    dos, tal desaparición no tuvo efecto sin una última intensifi-
    cación de la neurosis obsesiva, de la cual recuerda especial-
    mente el sujeto la obsesión de pensar en la Santísima Trinidad
    cada vez que veía en el arroyo tres montones de estiércol o
    de basura. Sabemos que el paciente no cedía jamás a ningún
    estímulo nuevo sin llevar antes a cabo una última tentativa
    de retener aquello que había perdido su valor. Cuando su
    preceptor le invitó a renunciar a sus crueldades contra los
    animales, cesó efectivamente en ellas, pero no sin antes lle-
    var a cabo, concienzudamente, una última matanza cruenta
    de orugas. Todavía en el tratamiento psicoanalítico se con-
    ducía así, desarrollando siempre una «reacción negativa» pa-
    sajera. Después de cada solución intentaba por algún tiempo
    negar su efecto con una agravación del síntoma correspon-
    diente. Sabido es que los niños se conducen, generalmente,

  • S.

    228

    en esta forma ante toda prohibición. Cuando se les regaña,
    a causa, por ejemplo, de un ruido insoportable que están ha-
    ciendo, lo repiten todavía una vez más antes de cesar en él,
    aparentando así haber cesado por su voluntad después de
    haberse rebelado contra la prohibición.

    Bajo la influencia del preceptor alemán se desarrolló una
    nueva y mejor sublimación de su sadismo, el cual había lle-
    gado por entonces a predominar sobre el masoquismo, como
    correspondía a la proximidad de la pubertad. El sujeto co-
    menzó a apasionarse por la carrera militar, por los uniformes,
    las armas y los caballos, y alimentaba con tales ideas conti-
    nuos sueños diurnos. De este modo, llegó a libertarse, por la
    influencia de aquel hombre, de sus actitudes pasivas y a em-
    prender caminos casi normales. Como eco de su adhesión a
    su preceptor, que no tardó en separarse de él, le quedó una
    preferencia por todo lo alemán (médicos, establecimientos y
    mujeres) sobre lo de su patria (representación del padre), cir-
    cunstancla que facilitó considerablemente la transferencia en
    la cura.

    A la época anterior a su liberación por el preceptor ale-
    mán pertenece un sueño que citaremos por haber permane-
    cido olvidado hasta su emergencia en el curso del tratamien-
    to. Se había visto en él a caballo y perseguido por una gi-
    gantesca oruga. En este sueño reconoció el sujeto una alusión
    a otro perteneciente a una época muy anterior a la llegada
    del profesor alemán y que ya habíamos interpretado mucho
    tiempo antes. En este otro sueño anterior había visto al de-
    monio, vestido de negro, en aquella misma actitud que tiem-
    po atrás le había asustado tanto en el lobo y en el león, y
    señalándole con el dedo extendido un gigantesco caracol. No
    tardó en adivinar que aquel demonio pertenecía a un conoci-
    do poema y que el sueño mismo era una elaboración de un
    cuadro muy conocido que representa al demonio en una es-
    cena de amor con una muchacha. El caracol sustituía a la
    mujer como símbolo exquisitamente femenino. Guiándonos
    por el ademán indicador del demonio nos fué fácil descubrir
    el sentido del sueño: el sujeto añoraba a alguien que le pro--

  • S.

    229

    HISTORIALES CLINICOS

    porcionase las últimas enseñanzas que aún le faltaban sobre
    el enigma del comercio sexual, como antes en la escena pri-
    mordial le había procurado su padre las primeras.

    El otro sueño ulterior en el que el símbolo femenino había
    sido sustituído por el masculino, le recordaba un determina-
    do suceso acaecido poco antes del mismo. Una tarde que pa-
    seaba a caballo por la finca pasó al lado de un campesino
    dormido en el suelo y acompañado por un niño que debía de
    ser su hijo. Este último despertó a su padre y le dijo algo
    que le hizo levantarse y darse a insultar y a perseguir a
    nuestro sujeto, el cual tuvo que picar espuelas para librarse
    de él. Además de este recuerdo asoció al sueño el de que en
    la misma finca había árboles completamente blancos por estar
    plagados de nidos de orugas. De lo que el sujeto huyó real-
    mente fué de la realización de la fantasía de que el hijo dormía
    con su padre, y el recuerdo de los árboles blancos fué evoca-
    do para establecer un enlace con el sueño de angustia de los
    lobos blancos encaramados en el nogal. Se trataba, pues, de
    una explosión directa de angustia ante aquella actitud feme-
    nina con respecto al hombre, contra la cual se había protegi-
    do primero con la sublimación religiosa y había pronto de
    prote-
    gerse, mucho más eficazmente aún, con la sublimación
    militar.

    Pero constituiría un grave error suponer que después de
    la cesación de los síntomas obsesivos no quedó ya efecto
    ninguno permanente de la neurosis obsesiva. El proceso
    había conducido a una victoria de la fe religiosa sobre la re-
    belión crítica e investigadora y había tenido como premisa la
    represión de la actitud homosexual. De ambos factores resul-
    taron daños duraderos. La actividad intelectual quedó grave-
    mente dañada después de esta primera importante derrota.
    El sujeto no mostró ya deseo ninguno de aprender, ni tam-
    poco aquella penetración con la que antes, en la temprana
    edad de cinco años, había analizado las doctrinas religiosas.
    La represión de la homosexualidad predominante, acaecida
    durante el sueño de angustia, reservó para lo inconsciente
    aquel importantísimo impulso, conservándole así su primitiva


  • S.

    230

    orientación final, y la sustrajo a todas las sublimaciones a
    las que de ordinario se presta. Faltaban, pues, al paciente,
    todos los intereses sociales que dan un contenido a la vida.
    Sólo cuando la cura psicoanalítica consiguió la supresión de
    tal encadenamiento de la homosexualidad pudo mejorar la
    situación, y fué muy interesante experimentar con el sujeto
    –sin advertencia ninguna directa del médico–cómo cada
    fragmento libertado, de la libido homosexual, buscaba un em-
    pleo en la vida y una adhesión a las grandes tareas colectivas
    de la humanidad.