• S.

    – 79 –

    II

    El primer sueño

    En un momento en que el análisis parecía llegar al
    esclarecimiento de un período oscuro de la vida infantil
    de Dora, me comunicó ésta haber tenido de nuevo,
    noches antes, un sueño ya soñado por ella varias veces
    en idéntica forma. Un tal sueño de retorno periódico
    había de despertar mi curiosidad, y en interés del trata-
    miento debía ser interpolado en la marcha del análisis.
    Decidí, pues, analizarlo con toda minuciosidad.

    Dora lo describió en la forma siguiente:

    «Hay fuego en casa. Mi padre ha acudido a mi alco-
    ba a despertarme y está de pie al lado de mi cama. Me
    visto a toda prisa. Mamá quiere poner aún en salvo el
    cofrecito de sus joyas. Pero papá protesta: No quiero
    que por causa de tu cofrecito ardamos los chicos y yo.
    Bajamos corriendo. Al salir a la calle, despierto.»

    Como se trata de un sueño reiterado comienzo por
    preguntar a Dora cuándo lo ha soñado por primera vez.
    No lo sabe. Pero recuerda haberlo soñado tres noches
    consecutivas durante su estancia en L. (la localidad
    junto al lago en la que se había desarrollado la escena
    con K.) Luego había vuelto a tenerlo hacía unas cuan-
    tas noches 1). La conexión así establecida entre el

    1)El contenido del sueño permite deducir que fué soñado
    en L. por vez primera.

  • S.

    80

    sueño y los sucesos acaecidos en L. me hace fundar,
    naturalmente, mayores esperanzas en la solución de
    aquél. Pero quisiera primero averiguar el motivo de su
    último retorno y con tal fin invito a la sujeto a descom-
    poner el sueño en sus elementos y a comunicarme lo
    que se le ocurra con respecto a cada uno de ellos.

    Lo que primero se me ocurre es algo que no puede
    tener relación ninguna con mi sueño, pues se refiere a
    cosas muy recientes y posteriores a la primera vez que
    lo soñé.

    –No importa. Dígamelo usted.

    –Se trata de que papá ha tenido en estos últimos
    días una discusión con mamá porque mamá se empeña
    en dejar cerrado con llave el comedor por las noches.
    La alcoba de mi hermano no tiene otra salida y papá no
    quiere que mi hermano se quede así encerrado. Dice
    que por la noche puede pasar algo que le obligue a uno
    a salir.

    –¿Y usted pensó en seguida en la posibilidad de un
    incendio?

    –Sí.

    –Retenga usted bien sus propias palabras. Quizá
    hayamos de volver sobre ellas. Ha dicho usted, tex-
    tualmente, que por la noche puede pasar
    algo que le obligue a uno a salir 1).

    Pero la sujeto ha encontrado ya el enlace entre los
    motivos recientes del sueño y los que antes lo provo-
    caron, pues prosigue en la forma siguiente:

    –Cuando llegamos a L., papá expresó directamente
    su temor a un incendio. Llegamos enmedio de una

    1)Subrayo estas palabras porque me parecieron constituir
    un equívoco, pues podían referirse también a ciertas necesidades
    físicas. Tales equívocos suelen ponernos sobre la pista de las
    ideas buscadas y aun ocultas detrás del sueño.

  • S.

    6

    HISTORIALES CLINICOS

    fuerte tormenta y la casita que íbamos a habitar era
    toda de madera y no tenía pararrayos. Su temor era,
    pues, justificado.

    Me interesa ahora descubrir la relación entre los su-
    cesos que se desarrollaron en L. y los sueños idénticos
    de entonces. Con tal intención pregunto a Dora:

    —¿Tuvo usted esos sueños en las primeras noches
    de su estancia en L. o luego en las inmediatamente an-
    teriores a su partida? O lo que es lo mismo, ¿antes o
    después de la escena con K. en el bosque?
    Dora responde primero: «No lo sé». Y al cabo de un
    rato: «Creo que después».

    Quedaba así averiguado que el sueño era una reac-
    ción a aquel suceso. Mas ¿por qué hubo de repetirse
    por tres veces en aquellos días? Seguí preguntando:
    «¿Cuánto tiempo permaneció usted aún en L. después
    de la escena con K.?»

    —Cuatro días. Al quinto partí con mi padre.

    —Ahora estoy ya seguro de que su sueño fué por
    entonces efecto inmediato del suceso con K. Lo soñó
    usted allí por primera vez, y si antes pretendía usted no
    recordarlo así con seguridad era para borrar ante sí
    misma tal relación. Lo que no acabo de explicarme es
    el número de las repeticiones. Si todavía permaneció
    usted en L. cuatro noches, pudo usted soñarlo cuatro
    veces. ¿O quizá fué así?

    La sujeto no contradice ya mi afirmación, pero en
    lugar de contestar a mi pregunta continúa diciendo:

    —K. y yo regresamos a mediodía de nuestro paseo
    por el lago. Después de almorzar me eché en un sofá
    de la alcoba del matrimonio, para reposar un rato. De
    pronto desperté sobresaltada y vi a K. en pie junto al
    sofá...

    —Como en el sueño, a su padre al lado de la cama.

  • S.

    82

    –Sí. Le pregunté qué venía a hacer allí y me con-
    testó que había venido a buscar unas cosas y que, ade-
    más, nadie podía impedirle entrar en su alcoba cuando
    quisiera. Este incidente me hizo ver la necesidad de
    tomar alguna precaución. Pedí, pues, a la mujer de K.
    la llave del cuarto, y a la mañana siguiente (el segundo
    día), cerré por dentro mientras me arreglaba. Pero
    luego, a la hora de la siesta, cuando quise volver a ce-
    rrar para echarme tranquilamente en el sofá, no encon-
    tré ya la llave en su sitio. Estoy segura de que fué K.
    quien la quitó.

    –Tal es, pues, el tema de cerrar o no cerrar una ha-
    bitación, que surge en su primera ocurrencia con res-
    pecto al sueño y ha desempeñado también, casualmen-
    te, un papel en la reciente motivación ocasional del
    mismo. ¿No tendrá también la frase «Me visto a toda
    prisa» una relación con estos sucesos?»

    –Fué entonces cuando me propuse no quedarme en
    casa de K. sin mi padre. En las mañanas siguientes
    me vestí a toda prisa, temiendo siempre la
    aparición de K. Papá vivía en el hotel y la mujer de K.
    salía temprano para dar un paseo con él. Pero K. no
    volvió a importunarme.

    –Ahora voy ya viendo claro. En la tarde del segun-
    do día se propuso usted sustraerse a aquella persecu-
    ción, y en las noches segunda, tercera y cuarta, después
    de la escena del bosque, renovó usted, en el sueño, tal-
    propósito. En la segunda tarde, o sea antes del sueño,
    sabía usted ya que a la mañana siguiente–la tercera–
    no podría usted encerrarse durante su tocado, puesto-
    que la llave había desaparecido, y se propuso usted
    vestirse lo más rápidamente posible. Su sueño retorna-
    ba todas las noches por corresponder precisamente a un
    propósito. Un propósito subsiste hasta que es realiza-
    do.

  • S.

    83

    HISTORIALES CLINICOS

    do. Es como si se hubiera usted dicho: Aquí no tengo
    tranquilidad. No podré dormir tranquilamente hasta que
    no salga de esta casa. En el sueño dice usted inversa-
    mente: Al salir a la calle, despierto.

    ***

    Interrumpiré aquí la comunicación del análisis para
    comprobar cómo responde este fragmento de una inter-
    pretación de un sueño a mis principios generales sobre
    el mecanismo de la producción onírica. En mi «Interpre-
    tación de los sueños» hube de afirmar que todo sueño
    era la representación del cumplimiento de un deseo,
    que tal representación aparecía deformada y encubierta
    cuando se trataba de un deseo reprimido, confinado en
    lo inconsciente, y que, salvo en los niños, sólo un de-
    seo inconsciente poseía fuerza bastante para producir
    un sueño. Creo que hubiera obtenido más general
    aquiescencia si me hubiese limitado a afirmar que todo
    sueño entrañaba un sentido hasta el cual podíamos lle-
    gar por medio de la labor interpretadora. Una vez
    llevada a cabo la interpretación se podía sustituir el
    sueño por ideas localizadas en un punto fácilmente de-
    terminable de la vida anímica despierta. Hubiera po-
    dido proseguir, diciendo que este sentido del sueño se
    demuestra tan vario como los procesos mentales de la
    vigilia. Unas veces es un deseo cumplido, otras un te-
    mor, una reflexión continuada durante el reposo, un
    propósito (como en el sueño de Dora), etc. Esta expo-
    sición, más fácilmente aprehensible, hubiera captado
    mejor el ánimo de mis lectores y hubiese podido apo-
    yarse en numerosos ejemplos de sueños acabadamente
    interpretados, tales como el que aquí hemos empezado
    a analizar.

  • S.

    84

    Pero en lugar de proceder así, senté una afirmación
    general que limita el sentido de los sueños a una única
    forma mental, a la representación de deseos, y desperté
    con ello la tendencia general a la contradicción. Pero no
    me creía obligado a simplificar, para hacerlo más acep-
    table a mis lectores, un proceso psicológico, porque
    ofreciera a mi investigación dificultades que podían te-
    ner más adelante su solución unitaria. Me interesará,
    pues, extraordinariamente, mostrar que las excepciones
    aparentes, como este sueño de Dora, que en un princi-
    pio se nos revela como un propósito diurno continuado
    durante el reposo, acaban por confirmar la regla discu-
    tida.

    Todavía nos quedaba por interpretar buena parte del
    sueño. Seguí, pues, preguntando: «¿Qué se le ocurre a
    usted con respecto al cofrecito que su madre quería po-
    ner en salvo?»

    –Mamá es muy aficionada a las joyas, y papá le ha
    regalado muchas.

    –¿Y usted?

    –Antes también me gustaban. Pero desde que estoy
    enferma no llevo ninguna... Hace cuatro años (un año
    antes del sueño) mis padres tuvieron un disgusto por
    causa de una joya. Mamá quería unos pendientes, unas
    «gotas» de perlas. Pero papá no le gustaban y la com-
    pró una pulsera. Mamá se puso furiosa y se negó a to-
    marla diciéndole que podía regalársela a quien quisiera,
    ya que se había gastado tanto dinero en una cosa que
    ella no quería.

    –Y usted pensó que si su padre se la ofrecía la acep-
    taría encantada, ¿no?

  • S.

    85

    —No lo sé 1). Ni tampoco cómo llegó mamá a inter-
    venir en mi sueño, puesto que no estaba entonces
    en L. con nosotros.

    —Yo se lo explicaré más adelante. ¿No se le ocurre
    a usted nada más con respecto al cofrecillo? Hasta
    ahora me ha hablado usted sólo de las joyas, pero no
    del cofrecillo.

    —Sí. K. me había regalado poco antes un cofrecillo
    precioso.

    —Estaba, pues, justificado que usted le regalase algo
    en correspondencia. Quizá no sabe usted aún que la
    palabra «cofrecillo» sirve corrientemente para denomi-
    nar aquello mismo a lo que antes ha aludido usted ju-
    gueteando con el bolsillito 2), o sea el genital femenino.

    —Sabía que iba usted a decirme eso.

    —Lo cual quiere decir que sabía usted la denomina-
    ción indicada. El sentido de su sueño se hace ya más
    claro. Se dijo usted: Ese hombre anda detrás de mí;
    quiere entrar en mi cuarto; mi «cofrecillo» corre peligro
    y si sucede algo, la culpa será de mi padre. Por ello
    integra usted en el sueño una situación que expresa
    todo lo contrario: un peligro del cual la salva su padre.
    En esta región del sueño queda todo transformado en
    su contrario. Pronto verá usted por qué. La clave nos
    la da precisamente la figura de su madre. ¿Cómo? Usted
    ve en ella a una antigua rival en el cariño de su padre.
    En el incidente de la pulsera pensó usted en aceptar
    gustosa lo que ella rechazaba. Vamos a sustituir ahora
    «aceptar» por «dar» y «rechazar» por «negar». Halla-
    remos así que usted estaba dispuesta a dar a su padre


    1)Dora empleaba habitualmente esta expresión para reco-
    nocer la emergencia de algo reprimido.

    2)De este detalle tratamos más adelante.

  • S.

    86

    lo que mamá le negaba, y que se trataba de algo rela-
    cionado con las joyas 1). Recuerde usted ahora el co-
    frecillo que le había regalado K. Tiene usted aquí el
    punto inicial de una serie paralela de ideas en la cual,
    como en la situación de hallarse en pie junto a su cama,
    debe sustituirse K. a su padre. K. le ha regalado a
    usted un cofrecillo y ahora debe usted regalarle a él el
    de usted. Por eso la hablé antes de un regalo «en corres-
    pondencia». En esta serie de ideas habremos de susti-
    tuir a su mamá por la señora de K., la cual sí estaba
    entonces con ustedes. Usted se halla, pues, dispuesta
    a dar a K. lo que su mujer le niega. Tal es la idea que
    con tanto esfuerzo ha de ser reprimida y hace así nece-
    saria la transformación de todos los elementos en sus
    contrarios respectivos. Como ya indiqué a usted antes
    de iniciar el análisis, este sueño confirma que usted se
    esfuerza en despertar de nuevo su antiguo amor a su
    padre, para defenderse contra el amor a K. ¿Qué de-
    muestran todos estos esfuerzos? No sólo que teme
    usted a K., sino que aún se teme usted más a sí misma
    y teme a la tentación de ceder a sus deseos. Confirma
    usted, pues, con ello, cuán intenso era su amor a K. 2).
    Como era de esperar, esta última parte de la inter-
    pretación no logró el asentimiento de Dora.
    Pero la interpretación de su sueño no terminaba aquí.


    1)También para las «gotas» de perlas hallaremos luego una
    interpretación.

    2)Añadido aún: Además, de la repetición del sueño en estos
    últimos días, he de deducir que considera usted nuevamente lle-
    gada la misma situación y que ha resuelto interrumpir la cura en
    la que sólo su padre la retiene.—El curso ulterior del análisis
    vino a darme plenamente la razón en este punto. Mi interpreta-
    ción roza aquí el tema de la «transferencia», importantísimo tanto
    desde el punto de vista teórico como desde el punto de vista
    práctico.

  • S.

    87

    Tenía una continuación que me parecía indispensable
    tanto para la anamnesia del caso como para la teoría
    del sueño. Prometí, pues, a Dora, comunicársela en la
    sesión siguiente.

    No podía olvidar, en efecto, la indicación que pare-
    cía desprenderse de las palabras equívocas antes sub-
    rayadas (que por la noche puede pasar algo que le
    obligue a uno a salir). Agregábase a esto que la aclara-
    ción del sueño me parecía incompleta en tanto no se
    cumpliera una cierta condición a la que no quiero atri-
    buir carácter general, pero cuyo cumplimiento busco
    siempre. Un sueño regular posee dos puntos de susten-
    tación: el motivo esencial actual y un suceso infantil de
    graves consecuencias. Entre estos dos puntos, el su-
    ceso infantil y el actual, establece el sueño un enlace e
    intenta transformar el presente conforme al modelo del
    más temprano pretérito. El deseo que crea el sueño
    procede siempre de la infancia, quiere volver la infan-
    cia a la realidad, corregir el presente conforme al mo-
    delo de la infancia. En el contenido del sueño de Dora
    me parecía ya reconocer aquellos fragmentos con los
    que podía componerse una alusión a un suceso infantil.

    Comencé la investigación correspondiente con un pe-
    queño experimento que, como de costumbre, salió bien.
    Encima de mi mesa había casualmente una cerillera de
    amplias proporciones. Pedí a Dora que observase si
    sobre la mesa había algo desacostumbrado. No vió
    nada. A continuación la pregunté si sabía por qué se
    prohibía a los niños jugar con cerillas.

    –Sí. Por temor a que ocasionen un incendio. A los
    chicos de mi tío les gusta mucho jugar con cerillas.

    –No es sólo por eso. Se les prohibe jugar con fuego
    porque se cree que tales juegos tienen determinadas
    consecuencias…

  • S.

    88

    Dora ignoraba a qué podía yo referirme.
    –Se cree que si juegan con fuego mojarán por la
    noche la cama. Esta creencia se funda quizá en la an-
    títesis entre el agua y el fuego, suponiéndose, por
    ejemplo, que soñaran con fuego e intentaran apagarlo
    con agua. No puedo dar una explicación exacta. Pero
    veo que la antítesis entre el agua y el fuego la ha pres-
    tado a usted excelentes servicios en su sueño. Su ma-
    dre quiere poner en salvo el cofrecillo para que no
    arda, y en las ideas latentes del sueño de lo que se
    trata es de que el «cofrecillo» no se moje. El con-
    cepto fuego no es empleado únicamente como antítesis
    del concepto agua; sirve también para representar el
    amor. Del concepto fuego parte así un camino que con-
    duce, a través de esta significación simbólica, hasta las
    ideas amorosas, y otro que, a través del concepto anti-
    tético, agua, y luego de ramificarse en una relación con
    el amor, que también moja, llega a lugar distinto.
    ¿Adónde? Piense usted en sus palabras de antes: «Pue-
    de suceder por la noche algo que le obligue a uno a
    salir». ¿No pueden referirse a una necesidad física? Y
    si las transfiere usted a la infancia, ¿pueden referirse a
    cosa distinta de que el niño moje la cama? ¿Y qué es lo
    que se suele hacer para evitar que los niños mojen la
    cama? Despertarlos por la noche, como en su sueño la
    despierta a usted su padre. Tal sería, pues, el suceso
    que le da a usted el derecho de sustituir a K., el cual la
    despierta a usted cuando dormía la siesta, por la figura
    de su padre. Debo, pues, concluir que la enuresis noc-
    turna duró en usted más tiempo del corriente en los
    niños. Lo mismo debió sucederle a su hermano, pues
    su padre dice: No quiero que mis dos hijos... perezcan.
    Fuera de esto no tiene su hermano nada que ver con la
    situación de entonces en casa de K., pues ni siquiera

  • S.

    89

    estaba en L. ¿Qué recuerdos surgen en usted a propó-
    sito de todo esto?

    —Con respecto a mí misma, ninguno—respondió
    Dora—. De mi hermano recuerdo que se orinaba en la
    cama hasta los seis o los siete años. Y a veces también
    durante el día.

    Me disponía a indicarla cuánto más fácil era recordar
    tales cosas de un hermano que de uno mismo, cuando
    continuó con un recuerdo nuevo.

    —Sí. También yo padecí enuresis nocturna durante
    una temporada. Pero cuando ya tenía siete u ocho años.
    Tanto, que tuvieron que consultar al médico. Fué poco
    antes de empezarme el asma nerviosa.

    —¿Y qué dijo el doctor?

    —Lo atribuyó a debilidad nerviosa y me recetó un
    tónico, asegurando que sería una cosa pasajera 1).

    La interpretación del sueño parecía así quedar termi-
    nada 2). La sujeto aportó aún, días después, un nuevo
    detalle del mismo. Había olvidado decirme que cuantas
    veces había soñado aquel sueño había advertido, al
    despertar, olor a humo. El humo concordaba muy bien
    con el fuego e indicaba que el sueño tenía una relación
    especial con mi persona, pues cuando la sujeto alegaba
    que detrás de algún punto no se ocultaba nada, solía yo
    argüir que «no hay humo sin fuego». Pero contra esta
    interpretación exclusivamente personal oponía Dora
    que su padre y K. eran, como yo, fumadores impeni-
    tentes.


    1)Este médico era el único a quien Dora no rechazaba, pues
    había observado en esta ocasión que no había penetrado en su
    secreto. Todos los demás le inspiraban temor, motivado, según
    se ve ahora, por el miedo a que descubrieran tal secreto.

    2)El nódulo del sueño, traducido al lenguaje vulgar, sería el
    siguiente: La tentación es cada vez más fuerte. Querido papá,
    protégeme como cuando era niña para evitar que moje mi cama.

  • S.

    90

    tentes. También ella fumaba y cuando K. inició su des-
    graciada declaración amorosa acababa de liarla un ciga-
    rrillo. Creía recordar también con seguridad que el olor
    a humo no había surgido por vez primera en la última
    repetición de su sueño sino ya en las tres veces conse-
    cutivas que lo había soñado en L. Como no me propor-
    cionó más aclaraciones quedó de cuenta mía incluir este
    detalle del olor a humo en el tejido de las ideas laten-
    tes del sueño. Podía servirme de punto de apoyo el
    hecho de que la sensación de humo había aparecido
    como apéndice a su relato del sueño, habiendo tenido
    que vencer, por lo tanto, un esfuerzo especial de la re-
    presión. En consecuencia, pertenecía, probablemente,
    a la idea mejor reprimida y más oscuramente represen-
    tada en el sueño, o sea a la de la tentación de ceder a
    los deseos de su enamorado, y siendo así, apenas po-
    día significar otra cosa que el deseo de recibir un beso,
    caricia que si es hecha por un fumador ha de saber
    siempre a humo. Ya dos años antes había K. besado
    una vez a la muchacha y si ésta hubiera acogido ahora
    sus pretensiones amorosas, tales caricias se hubieran
    renovado con frecuencia. Las ideas de tentación pare-
    cen haber retrocedido así hasta la pretérita escena de
    la tienda y haber despertado el recuerdo de aquel pri-
    mer beso contra cuya seducción se defendió por enton-
    ces la sujeto desarrollando una sensación de repugnan-
    cia. Reuniendo ahora todos aquellos indicios que hacen
    verosímil una transferencia sobre mí, facilitada por el
    hecho de ser yo también fumador, llego a la conclusión
    de que en alguna de las sesiones del tratamiento se le
    ocurrió a la paciente desear que yo la besase. Tal hu-
    biera sido entonces el motivo de la repetición del sueño
    admonitorio y de su resolución de abandonar la cura.
    Esta hipótesis, nada improbable, no pudo, sin embar-
     

  • S.

    91

    HISTORIALES CLINICOS

    go, ser demostrada a causa de las singularidades de la
    «transferencia».
    Podía ahora vacilar entre aplicar al historial de nues-
    tro caso los datos obtenidos en el análisis de este sue-
    ño o rebatir antes la objeción que del mismo parece
    deducirse contra mi teoría del fenómeno onírico. Elegi-
    ré lo primero.
    Vale la pena de profundizar en la significación de la
    enuresis nocturna en la prehistoria de los neuróticos.
    Para evitar confusiones me limitaré a hacer constar que
    el caso de enuresis nocturna de Dora no era de los co-
    rrientes. No sólo se había prolongado más allá del
    tiempo considerado como normal, según la propia ma-
    nifestación de Dora, sino que había desaparecido pri-
    mero para reaparecer luego, en época relativamente
    tardía, cuando la sujeto había cumplido ya los seis años.
    Una incontinencia de este género no puede tener, a mi
    juicio, causa distinta de la masturbación, la cual desem-
    peña en la etiología de la enuresis un papel insuficien-
    temente apreciado hasta ahora. Según toda mi expe-
    riencia en la materia, los mismos niños se dan cuenta
    perfecta de esta relación y todas las consecuencias psí-
    quicas ulteriores se derivan de este conocimiento como
    si los sujetos no lo hubieran olvidado jamás. Ahora
    bien, en el momento en que Dora desarrolló el relato
    de su sueño, la investigación analítica seguía una tra-
    yectoria que hubo de conducir a una tal confesión de la
    masturbación infantil. Poco tiempo antes, la sujeto
    había planteado la cuestión de la causa de su enferme-
    dad, y antes de que yo iniciase observación alguna a
    este respecto, se había respondido a sí misma imputan-
    do a su padre toda la culpa de su estado. Tal imputa-
    ción no se basaba además en ideas inconscientes sino
    en un conocimiento consciente. Para mi mayor sorpresa

  • S.

    92

    resultó, en efecto, que la muchacha sabía de qué géne-
    ro había sido la enfermedad de su padre. Al volver éste
    de su primer viaje a Viena para consultarme, Dora
    había sorprendido una conversación en la que se había
    citado el nombre de la enfermedad. En años anteriores,
    cuando el padre sufrió el desprendimiento de la retina,
    el oculista llamado a consulta debió de indicar la etiolo-
    gía luética de la enfermedad, pues la muchacha, pre-
    ocupada y curiosa, oyó por entonces a una anciana tía
    suya decir a su madre: «Ya estaba enfermo antes de
    casarse contigo», añadiendo luego algo que Dora no
    comprendió de momento y luego refirió a cosas ilícitas.

    Así, pues, el padre había enfermado a consecuencia
    de su vida libertina y Dora suponía que la había trans-
    mitido hereditariamente la enfermedad. Por mi parte,
    evité cuidadosamente comunicarla mi opinión, ya antes
    expuesta, de que los descendientes de individuos luéti-
    cos integraban una predisposición especial a graves
    neuropsicosis. La continuación de esta serie de ideas
    acusadoras contra el padre avanzaba a través de mate-
    rial inconsciente. Dora se identificó durante algunos
    días, en ciertos síntomas y singularidades, con su
    madre, lo que la dió ocasión a mostrarse particularmen-
    te insoportable, y me dejó luego adivinar que pensaba
    pasar una temporada en el balneario de Franzensbad,
    donde ya había estado otra vez—no sé ya en qué año—
    acompañando a su madre. Esta última padecía de dolo-
    res en el bajo vientre y flujo blanco—catarro genital—,
    síntomas que aconsejaban las aguas de Franzensbad.
    Dora suponía—probablemente con razón—que aquella
    enfermedad era también imputable al padre, que ha-
    bría contagiado a su mujer su afección sexual. No tenía
    nada de extraño que en esta deducción confundiera la
    sujeto, como en general la mayoría de los profanos, la

  • S.

    93

    HISTORIALES CLINICOS

    gonorrea con la sífilis y la transmisión hereditaria con
    el contagio por el coito. Su persistencia en la identifi-
    cación con la madre me obligó casi a preguntarla si
    también ella padecía una enfermedad genital, resultan-
    do que, en efecto, venía aquejada de flujo blanco, sin
    que pudiera precisar exactamente desde cuando.

    Comprendí ahora, que detrás de la serie de ideas
    francamente acusadoras contra el padre, se ocultaba,
    como de costumbre, una acusación contra la propia
    persona, y salí a su encuentro asegurando a Dora que
    el flujo blanco constituía en las jóvenes solteras un in-
    dicio de masturbación y que, a mi juicio, todas las
    demás causas a las que solía atribuirse tal enfermedad
    quedaban muy en segundo término comparadas con la
    masturbación 1). En consecuencia, parecía estar a punto
    de contestarse a sí misma la interrogación que antes
    había planteado sobre el origen de su enfermedad, con
    la confesión de haberse entregado a la masturbación,
    probablemente en sus años infantiles. Dora negó re-
    sueltamente recordar nada de este orden, pero días
    después dejó ver algo que había de considerarse como
    un nuevo paso hacia tal confesión. Por primera y últi-
    ma vez en todo el tratamiento trajo colgado del ante-
    brazo un bolsillo de piel, con el que empezó a jugue-
    tear mientras hablaba, abriéndolo y cerrándolo, metien-
    do en él un dedo, etc. Observé durante un rato este
    manejo de la paciente y la expliqué después el concep-
    to del acto sintomático 2). Llamamos así a aquellos
    actos que los hombres ejecutan automática e incons-
    cientemente, sin darse cuenta de ellos, como jugando,

    1) Adición en 1923: Es esta una afirmación extrema que hoy
    ya no sostendría.

    2) Cf. la «Psicopatología de la vida cotidiana», tomo I de esta
    edición española.

  • S.

    – 94 –

    P R O F. S. F R E U D

    y a los que niegan toda significación, declarándolos in-
    diferentes y casuales cuando se les interroga sobre
    ellos. Pero una más cuidadosa observación muestra que
    tales actos, de los cuales la conciencia no sabe o no
    quiere saber nada, exteriorizan ideas e impulsos incons-
    cientes, resultando así muy valiosos e instructivos como
    manifestaciones permitidas de lo inconsciente. La con-
    ducta consciente ante los actos sintomáticos es de dos
    clases. Cuando el sujeto puede motivarlos sin esfuerzo
    suele darse cuenta de ellos; pero si no le es posible jus-
    tificarlos así ante su conciencia, entonces los ignora por
    completo y no advierte que los ejecuta. En el caso de
    Dora no era difícil la motivación: «¿Por qué no voy a
    usar un bolsillo como todo el mundo?» Pero una tal jus-
    tificación no excluye la posibilidad del origen incons-
    ciente del acto de que se trate, aunque no sea posible,
    en general, demostrar irrebatiblemente al sujeto dicho
    origen y el sentido que atribuímos al acto. Hemos de
    contentarnos con hacer constar que tal sentido armoni-
    za muy bien con la situación del momento y con la orden
    del día de lo inconsciente.

    En otra ocasión expondremos toda una serie de estos
    actos sintomáticos, observables tanto en los nerviosos
    como en los sanos. Su interpretación se hace a veces
    muy fácil. El bolsillito bivalvo de Dora no era otra cosa
    que una representación del genital femenino, y el acto
    de juguetear con él abriéndolo e introduciendo un dedo
    constituía una inconfundible exteriorización mímica de
    la masturbación. Recientemente he tenido ocasión de
    observar en mi consulta un caso análogo que resultó
    muy divertido. Una paciente, ya de cierta edad, sacó
    del bolsillo una cajita, con pretexto de tomar de ella un
    caramelo refrescante, la abrió con cierto trabajo y, ce-
    rrándola de nuevo, me la entregó para que me conven-

  • S.

    95

    ciese por mí mismo de lo difícil que era abrirla. Mani-
    festé entonces mi sospecha de que la aparición de
    aquella cajita tuviera alguna significación especial, ya
    que era la primera vez que la veía en manos de la pa-
    ciente, sometida a tratamiento desde hacía más de un
    año. «¡Pero si la llevo conmigo siempre y a todas par-
    tes!»–replicó vivamente la sujeto, y no se tranquilizó
    hasta que yo la hice ver, riendo, cuán perfectamente
    se adaptaban sus palabras a otro sentido. La caja
    –box, πύξις–es, como el bolsillo y el cofrecillo, una
    representación del genital femenino.

    Hay en la vida muchos de estos símbolos que gene-
    ralmente no advertimos. Cuando hube de plantearme
    la labor de prescindir del hipnotismo para extraer a la
    luz aquello que los hombres ocultan, guiándome tan
    sólo por sus palabras y sus actos, creí que habría de
    serme más difícil de lo que realmente es. Teniendo ojos
    para ver y oídos para escuchar, no tarda uno en con-
    vencerse de que los mortales no pueden ocultar secreto
    alguno. Aquellos cuyos labios callan, hablan con los
    dedos. Todos sus movimientos los delatan. Y así resul-
    ta fácilmente realizable la labor de hacer consciente lo
    anímico más oculto.

    El acto sintomático con el bolsillito no fué el primer
    brote del sueño, pues Dora inició la sesión que culminó
    en su relato del mismo con otro acto de igual naturale-
    za. Al entrar yo en la habitación en que me esperaba,
    escondió rápidamente una carta que estaba leyendo.
    Naturalmente, la pregunté de quién era aquella carta y
    al principio se negó a decírmelo. Luego resultó que ca-
    recía de toda importancia y no tenía la menor relación
    con nuestra cura. Era una carta en la que su abuela la
    pedía que la escribiera con mayor frecuencia. Es de
    suponer que Dora quería sólo mostrarse primero miste-

  • S.

    96

    riosa conmigo para indicar que ahora sí se dejaba ya
    arrancar su secreto por el médico. Su repugnancia a
    consultar a nuevos médicos se explica por el miedo a
    que el reconocimiento (flujo blanco) o la anamnesia
    (averiguación de la enuresis) descubrieran la causa de
    su dolencia, o sea la masturbación.
    Acusaciones contra el padre, que la habría transmiti-
    do su enfermedad, y detrás de ellas una acusación con-
    tra sí misma–flujo blanco–jugueteo sintomático con el
    bolsillito–incontinencia posterior a los seis años–se-
    creto que la enferma se resiste a dejarse arrancar por
    los médicos; todo esto me parece constituir una prueba
    indiciaria irreprochable de la masturbación infantil. Ya
    había yo empezado a sospecharla cuando la paciente
    me habló de los dolores de estómago que aquejaban a
    su prima y se identificó luego con ella acusando durante
    algunos días el mismo síntoma. Sabido es con cuánta
    frecuencia padecen los masturbadores estos trastornos.
    Según una comunicación personal de W. Fliess, son
    precisamente estas gastralgias las que pueden ser inte-
    rrumpidas cocainizando en la nariz el punto correspon-
    diente al estómago, por él localizado, y curadas total-
    mente cauterizándolo. Dora me confirmó consciente-
    mente dos cosas: Que había padecido con frecuencia
    tales gastralgias y que tenía fundadas razones para
    creer que su prima se masturbaba. No es nada raro que
    los enfermos descubran en otras personas cosas que en
    sí mismas no logran reconocer por oponerse a ello in
    tensas resistencias afectivas. De todos modos, no opo-
    nía ya a la sospecha de masturbación negativa alguna,
    aunque no recordase aún nada que pudiera confirmarla.
    También la determinación cronológica de la duración de
    la incontinencia „hasta poco antes del primer acceso de
    asma nerviosa“, me parecía clínicamente aprovechable.

  • S.

    7

    Los síntomas histéricos no aparecen casi nunca mien
    tras los niños continúan masturbándose, sino luego en
    los períodos de abstinencia 1), pues representan una
    sustitución de la satisfacción masturbadora que lo in-
    consciente continúa demandando mientras no surge
    otra distinta satisfacción más normal, cuando tal satis-
    facción no se ha hecho ya imposible. De esta última
    condición depende la posibilidad de la curación de la
    histeria por medio del matrimonio y del comercio sexual
    normal. Si la satisfacción cesa luego en el matrimonio
    por la práctica del coito interrumpido o el extrañamiento
    psíquico de los cónyuges, etc., la libido vuelve a bus-
    car su antiguo curso y se manifiesta de nuevo en sínto-
    mas histéricos.

    Quisiera indicar aún con seguridad cuándo y bajo qué
    influencia especial abandonó Dora la masturbación,
    pero lo incompleto del análisis me obliga a aducir aquí
    material insuficiente. Ya hemos visto que la enuresis se
    prolongó casi hasta el primer acceso de disnea. Ahora
    bien, lo único que la sujeto supo aportar para la aclara-
    ción de este primer acceso fué que en aquellos días su
    padre había salido de viaje por vez primera después de
    su grave enfermedad. Este detalle conservado en su
    memoria debía integrar una relación con la etiología de
    la disnea. Ciertos actos sintomáticos y otros diversos
    indicios me hicieron suponer que la niña, cuya alcoba
    comunicaba directamente con la de sus padres, había
    sorprendido alguna noche una escena de amor entre
    ellos, oyendo jadear a su padre, cuya respiración era
    ya habitualmente fatigosa, en la excitación del coito.

    1)Lo mismo puede decirse con referencia a los adultos, pero
    en éstos basta una abstinencia relativa, una restricción de la ac-
    tividad masturbadora, y así, dada una intensa libido, pueden co-
    existir la histeria y la masturbación.

  • S.

    98

    En tales casos, los niños sospechan lo sexual en los
    ruidos inquietantes, pues integran ya, como mecanis-
    mos congénitos, los movimientos expresivos de la ex-
    citación sexual. Hace ya muchos años afirmé que la
    disnea y las palpitaciones de la histeria y la neurosis de
    angustia no son sino trozos aislados del acto del coito,
    y en muchos casos, como en este de Dora, me ha sido
    posible retraer el síntoma de la disnea, el asma ner-
    viosa, a la misma causa ocasional, esto es, al hecho de
    haber escuchado los ruidos producidos por una pareja
    adulta en el acto del coito. A la influencia de la excita-
    ción entonces sentida puede atribuirse fundadamente
    aquella transformación que se inició por entonces en la
    sexualidad de la infantil sujeto y sustituyó la tendencia
    a la masturbación por la tendencia al miedo. Algún
    tiempo después, cuando el padre estaba ausente y la
    niña lo echaba de menos, repitió aquella impresión bajo
    la forma de un acceso de asma. El hecho de esta au-
    sencia conservada en la memoria de Dora como motivo
    ocasional de su enfermedad, delata el angustiado pro-
    ceso mental que acompañó al ataque. Dora sufrió el
    primer acceso de asma después de una excursión por la
    montaña, en la que debió de sentir realmente alguna
    fatiga. A esta sensación física se agregó primero la idea
    de que los médicos habían prohibido a su padre andar
    por terreno accidentado, pues debía evitar todo esfuer-
    zo, y luego el recuerdo de la fatiga que en aquella oca-
    sión nocturna delataba su respiración jadeante. Este re-
    cuerdo la llevó a preguntarse si ella misma no se habría
    dañado gravemente con la masturbación, conducente
    también al orgasmo sexual acompañado siempre de una
    ligera disnea, y luego, al retorno intensificado de esta
    disnea, como síntoma. Una parte de este material sur-
    gió en el análisis. La otra hube yo de completarla. La

  • S.

    99

    comprobación de la masturbación nos ha mostrado que
    el material de un tema es reunido fragmentariamente en
    diversos tiempos y relaciones distintas (1).

    Surge aquí toda una serie de interrogaciones impor-
    tantísimas para la etiología de la histeria, por ejemplo,
    si el caso de Dora ha de considerarse típico desde el
    punto de vista etiológico y si representa el único tipo
    de la causación, etc. Pero creo obrar prudente-
    mente aplazando la contestación a estas preguntas hasta haber
    expuesto una más amplia serie de casos análogamente
    analizados. Además, quisiera empezar por plantear de-
    talladamente la cuestión. En lugar de limitarme a con-
    testar con un «sí» o un «no», a la interrogación de si la
    etiología de este caso patológico ha de buscarse en la
    masturbación infantil, habría de fijar previamente el

    (1)También en otros casos hemos llegado análogamente a la
    prueba de la masturbación. El material probatorio es casi siem-
    pre de naturaleza análoga: Indicios de flujo blanco, incontinencia,
    ceremoniales manuales (obsesión de limpieza), etc. El conjunto
    de síntomas del caso deja adivinar siempre, con seguridad, si la
    masturbación fué o no descubierta por los guardadores del niño
    y si cesó por la lucha espontánea del mismo contra ella o por una
    repentina transformación. En el caso de Dora la masturbación
    no había sido descubierta y había terminado de repente (secreto,
    temor a los médicos, sustitución por la disnea). Las enfermas
    niegan regularmente la fuerza probatoria de tales indicios inclu-
    so cuando conservan el recuerdo consciente de haber padecido
    un catarro genital o haber sido amonestadas por sus familiares.
    Pero algún tiempo después, surge siempre, sin excepción alguna
    y con plena seguridad, el recuerdo prolongadamente reprimido
    de aquel fragmento de la vida sexual infantil. En una paciente
    con representaciones obsesivas que eran ramificaciones directas
    de la masturbación infantil, los síntomas principales (prohibicio-
    nes y castigos que la paciente se imponía a sí misma) revelaron
    ser componentes conservados sin modificación alguna, de la la-
    bor desarrollada por sus guardadores para quitarla el hábito de
    la masturbación.

  • S.

    100

    concepto de la etiología en las psiconeurosis. El punto
    de vista desde el cual podría contestar, se demostraría
    muy alejado de aquel otro desde el cual se me dirige la
    interrogación. Bastará que en este caso lleguemos a la
    convicción de que ha sido posible descubrir la mastur-
    bación y que la misma no ha sido nada casual ni indife-
    rente para la estructura del cuadro patológico 1).

    Todavía conseguiremos una más amplia comprensión
    de los síntomas de Dora atendiendo a la significación
    de la dolencia—el flujo blanco—por ella confesada. La
    palabra «catarro», con la que aprendió a designar su
    afección cuando un padecimiento análogo de su madre
    hizo necesaria una cura en el balneario de Franzens-
    bad, es nuevamente un «equívoco» que faculta una ex-
    teriorización, en el síntoma de la tos, a toda la serie de
    ideas sobre la culpabilidad del padre en la causación de
    su enfermedad. Esta tos, que tuvo seguramente su ori-
    gen en un catarro real insignificante, constituía, por
    otro lado, una imitación del padre enfermo de pecho, y

    1)Con el hábito de la masturbación ha de tener alguna rela-
    ción el hermano de Dora, pues a este respecto relató ella, con
    aquel acento que delata la existencia de un «recuerdo encubri-
    dor», que su hermano la contagiaba todas sus enfermedades, las
    cuales adquirían siempre en ella mayor gravedad. También con
    respecto a él dice el padre, en el sueño, que no quiere que «pe-
    rezca». Padeció igualmente de enuresis nocturna, pero por menos
    tiempo que su hermana. En cierto modo, también era un recuer-
    do encubridor de Dora su manifestación de que hasta su primera
    enfermedad había avanzado al mismo paso que el hermano en
    los estudios, quedándose luego atrás. Como si hasta entonces
    hubiera sido un chico y luego se hubiese convertido en chica.
    Realmente, hasta el primer acceso de «asma» había sido extraor-
    dinariamente traviesa y rebelde, haciéndose después modosa y
    tranquila. Aquella enfermedad constituyó en Dora la frontera
    entre dos fases de la vida sexual, de carácter masculino la pri-
    mera y femenino la segunda.

  • S.

    101

    podía dar expresión a la piedad filial de la
    Pero, además, exteriorizaba algo de lo cual la sujeto no
    tenía quizás aún conciencia por entonces: «Soy hija de
    mi padre. Tengo, como él, un catarro. Me ha contagia-
    do su enfermedad como antes la contagió a mi madre.
    También me ha trasmitido las malas pasiones, de las
    cuales es castigo la enfermedad» (1).
    Intentaremos ahora reunir las distintas determinacio-
    nes halladas para los accesos de tos y de afonía. En el
    estrato más profundo hemos de suponer la existencia
    de un estímulo de la tos, orgánicamente condicionado,
    que sería el grano de arena en torno al cual forma el
    molusco la perla. Tal estímulo es susceptible de fijación
    por corresponder a una región somática que ha conser-
    vado en la muchacha un intenso carácter de zona eró-
    gena. Es, pues, muy adecuado para dar expresión a la
    libido excitada. Queda fijado por su primer disfraz psí-
    quico, la imitación compasiva del padre enfermo y
    luego por los autorreproches a causa del «catarro». Este
    mismo grupo de síntomas se muestra además adecua-


    (1)Igual papel desempeñó la palabra «catarro» en el caso de
    aquella muchacha de catorce años cuyo historial condensamos
    antes en unas cuantas líneas. Yo había instalado a la juvenil pa-
    ciente en una pensión, acompañada por una señora muy inteli-
    gente que me prestaba servicios de enfermera. Esta señora me
    dió cuenta de que la enferma no toleraba su presencia en el
    momento de acostarse, y de que luego, ya en la cama, tosía de
    un modo singular, en tanto que por el día no se la oía toser nunca.
    Al interrogar yo después a la sujeto con respecto a aquel sínto-
    ma, supo sólo decirme que también tosía así su abuela, de la
    que se decía que padecía un catarro. Era, pues, evidente que
    también ella padecía un catarro (genital) y que no quería ser vista
    en el momento de sus abluciones nocturnas. El catarro así des-
    plazado de abajo a arriba mostraba una intensidad nada co-
    rriente.

  • S.

    102

    do para representar las relaciones con el señor K., la
    mentar su ausencia y expresar el deseo de ser para él
    una esposa mejor que la suya. Cuando una parte de la
    libido se orientó nuevamente hacia el padre, el síntoma
    adquirió su quizá última significación para representar
    el comercio sexual con el padre en identificación con la
    señora de K. Estoy plenamente seguro de que las ideas
    expuestas no son todas las que en este caso actuaron.
    Pero la interrupción del análisis no me permitió desgra
    ciadamente perseguir, hasta agotarlos, todos los cam
    bios de sentido de los síntomas en el transcurso del
    tiempo, ni tampoco aclarar el orden de sucesión y la
    coexistencia de tales distintos sentidos. A un análisis
    completo sí pueden plantearse estas exigencias.

    No quiero dejar de referirme a otras relaciones del
    catarro genital de Dora con sus síntomas histéricos. En
    una época en la que aún no se vislumbraba una expli
    cación psíquica de la histeria oí afirmar a colegas de
    mayor edad y experiencia, que en las pacientes histéri
    cas aquejadas de flujo blanco, toda agravación del ca
    tarro genital provocaba una agudización de la afección
    histérica y muy especialmente de la anorexia y de los
    vómitos. Nadie se explicaba claramente tal relación,
    existiendo, creo, una cierta tendencia a aceptar la opi
    nión de los ginecólogos, según la cual, las afecciones
    genitales ejercerían una influencia directa y orgánica
    mente perturbadora sobre las funciones nerviosas, hi
    pótesis que, desgraciadamente, no admite prueba tera
    péutica alguna. El estado actual de nuestro conocimiento
    no permite aún excluir una tal influencia orgánica direc
    ta, pero sí hace más fácil demostrar su disfraz psíquico.
    El orgullo que inspira a la mujer una acabada confor
    mación de sus genitales constituye uno de los elemen
    tos más importantes de la vanidad femenina y aquellas

  • S.

    103

    afecciones de dichos órganos, que la sujeto juzga sus-
    ceptibles de inspirar desagrado o hasta repugnancia, la
    mortifican gravemente, disminuyendo su propia estima-
    ción y haciéndola irritable, susceptible y desconfiada.
    La secreción anormal de la mucosa vaginal es una de
    estas dolencias consideradas susceptibles de inspirar
    repugnancia.

    Recordemos que el beso de K. provocó en Dora una
    viva sensación de asco y que encontramos fundamentos
    para completar su relato de esta escena suponiendo que
    sintió contra su cuerpo, al ser abrazada, la presión del
    miembro viril en erección. Averiguamos, después, que
    aquella misma institutriz cuyo despido provocó Dora,
    ofendida por la insinceridad de su afecto, la había ad-
    vertido, fundándose en su propia experiencia, que
    todos los hombres eran inconstantes y falsos. Para
    Dora, aquello había de significar que todos los hombres
    eran iguales a su padre, y como creía que su padre pa-
    decía una enfermedad sexual que había contagiado a su
    madre y a ella, podía imaginarse que todos los hombres
    padecían la misma enfermedad. Ahora bien, su concep-
    to de la enfermedad genital se basaba, naturalmente,
    en su única experiencia de este género, estrictamente
    personal además; y en consecuencia, padecer una en-
    fermedad sexual significaba, para ella, verse aquejado
    de un flujo repulsivo. ¿No podía ser ésta una nueva
    motivación del asco experimentado en el momento del
    abrazo? Tal repugnancia transferida al contacto del
    hombre, sería entonces una repugnancia proyectada
    conforme al mecanismo primitivo, citado en páginas
    anteriores, y referida, en último término, al flujo blanco
    de la propia sujeto.

    Trátase aquí, a mi juicio, de procesos mentales in-
    conscientes superpuestos a relaciones orgánicas pre-
     

  • S.

    104

    formadas, como las ramas de una planta trepadora a
    un enverjado, existiendo así la posibilidad de hallar aún
    otras distintas rutas mentales entre los mismos puntos
    inicial y final. El conocimiento de las asociaciones de
    ideas que sucesivamente actuaron, entraña, desde luego,
    un valor insustituíble para la solución de los síntomas,
    y si en el caso de Dora hubimos de recurrir a suposi-
    ciones y complementos nuestra única justificación está
    en la prematura interrupción del análisis. De todos
    modos, haremos constar que aquello que aportamos
    para cegar las lagunas debidas a tal interrupción se
    apoya en otros casos fundamentalmente analizados.


    El sueño cuyo análisis nos ha llevado a las conclu-
    siones que anteceden, corresponde, como vimos, a un
    propósito que Dora se llevó consigo al reposo, razón
    por la cual se repite una noche tras otra hasta que el
    propósito queda cumplido, y reaparece años después al
    surgir una nueva ocasión de formar un propósito aná-
    logo. Traducido a lo consciente podría expresarse en
    la forma que sigue: Tengo que salir de esta casa en la
    cual, como ya se ha visto, corre peligro mi virginidad.
    Partiré con mi padre y mañana, mientras me visto, to-
    maré mis precauciones para que nadie me sorprenda.
    Estas ideas encuentran clara expresión en el sueño.
    Pertenecen a una corriente que ha alcanzado concien-
    cia y predominio en la vida despierta. Detrás de ellas
    se trasluce otra serie de ideas, oscuramente represen-
    tadas, que corresponden a la corriente opuesta y han
    sucumbido, por lo tanto, a la represión. Esta serie de
    ideas culmina en la tentación de entregarse a su preten-
    diente en agradecimiento al amor que el mismo la había

  • S.

    105

    demostrado durante los últimos años y evoca, quizá, el
    recuerdo del único beso que de él había recibido hasta
    entonces. Pero según la teoría desarrollada en mi «In-
    terpretación de los sueños» tales elementos no bastan
    para producir un sueño. Un sueño no es la realización
    de un propósito sino el cumplimiento de un deseo y
    precisamente de un deseo procedente de la vida infan-
    til. Tenemos la obligación de comprobar si este princi-
    pio nuestro no queda contradicho por el sueño aquí
    analizado.

    El sueño contiene, en efecto, material infantil que no
    delata relación ninguna, perceptible a primera vista,
    con el propósito de huir de la casa de su enamorado y
    de la tentación que de él emanaba. ¿A qué fin responde
    la emergencia del recuerdo de la enuresis infantil y del
    esfuerzo que el padre hubo de desarrollar para habituar
    a la niña a la limpieza? Porque sólo con ayuda de esta
    serie de ideas resultaba posible reprimir las intensas
    ideas relativas a la tentación y lograr el predominio del
    propósito formado contra ellas. La muchacha decide
    huir con su padre. En realidad, lo que hace es refugiar-
    se al amparo de su padre en su temor al hombre que la
    persigue. Reanima en sí una pretérita inclinación infan-
    til hacia su padre, destinada a protegerla contra la incli-
    nación presente hacia aquel hombre. El padre es res-
    ponsable, en parte, del peligro que ahora la amenaza,
    pues la ha entregado a su pretendiente para mejor lo-
    grar sus propios intereses amorosos. ¡Cuánto mejor
    hubiera sido que no hubiese querido a nadie más que a
    ella y se hubiera consagrado a salvarla de los peligros
    que la amenazaban! El deseo infantil, inconsciente hoy,
    de situar al padre en el lugar de un enamorado, es ya
    un poder capaz de producir un sueño. Si ha habido una
    situación que siendo análoga a alguna de las actuales

  • S.

    106

    se diferenciase, sin embargo, de ella, en un tal intercam
    bio de personas, se instituirá en situación capital del
    sueño. Así sucede, efectivamente: Lo mismo que K. el
    día anterior, se llegaba antes su padre junto a la cama
    en que ella dormía y la despertaba quizá con un beso,
    como acaso pensara hacerlo su enamorado. El propó-
    sito de huir de la casa no es, pues, por sí mismo, sus-
    ceptible de producir un sueño y sólo adquiere esta ca-
    pacidad al agregársele otro apoyado en deseos infanti-
    les. El deseo de reemplazar a K. por el padre es el que
    proporciona la energía productora del sueño. Recorde-
    mos cómo la serie de ideas preponderante sobre los
    amores del padre con la mujer de K., nos forzó a admi-
    tir una reviviscencia del amor infantil de la sujeto hacia
    su padre, provocada para poder mantener la represión
    del amor hacia K. El sueño refleja este cambio de
    orientación de la vida anímica de la enferma.

    Sobre la relación existente entre los pensamientos de
    la vigilia continuados en el reposo—los restos diurnos—
    y el deseo inconsciente productor del sueño, expuse ya
    en mi «Interpretación de los sueños» algunas observa-
    ciones que transcribiré aquí literalmente, pues no tengo
    nada que agregar a ellas, y el análisis de este sueño de
    Dora demuestra una vez más su exactitud.

    «Concedo que existe una clase de sueños cuyo es-
    tímulo procede predominantemente o hasta de un modo
    exclusivo, de los restos de la vida diurna, y opino que
    incluso mi deseo de recibir algún día el título de «pro-
    fesor extraordinario» me hubiera dejado dormir tran-
    quilo aquella noche, si no hubiera perdurado aún en mí
    el cuidado que la salud de mi amigo me inspiraba. Pero
    este cuidado no habría provocado, sin embargo, sueño
    ninguno, pues la fuerza impulsora de que el sueño pre-
    cisaba, tenía que ser reforzada por un deseo. Así, pues,

  • S.

    107

    para formar el sueño, tuvo mi preocupación que buscar
    un tal deseo y aliarse con él. Trataremos de aclarar
    estas circunstancias por medio de una comparación to-
    mada de la vida social. Es muy posible que la idea
    diurna represente en la formación del sueño el papel de
    socio industrial: El socio industrial posee una idea y
    quiere explotarla, pero no puede hacer nada sin capital
    y necesita un socio capitalista que corra con los gastos.
    En el fenómeno onírico, el capitalista que corre con el
    gasto psíquico necesario para la formación del sueño,
    es siempre, cualquiera que sea la idea diurna, un deseo
    de lo inconsciente» 1).

    Conociendo la sutil estructura de productos psíquicos
    tales como los sueños no puede sorprendernos hallar
    que el deseo de que el padre ocupe el lugar del hombre
    que supone una tentación para la sujeto, no aporte al
    recuerdo un material cualquiera infantil, sino precisa-
    mente aquel que integra también íntimas relaciones con
    la represión de dicha tentación. Pues si Dora se siente
    incapaz de ceder a su amor hacia aquel hombre y en
    lugar de abandonarse a tal amor lo reprime, esta re-
    solución no se enlaza a ningún otro factor tan íntima-
    mente como a su prematura actividad sexual y a las
    consecuencias de la misma, la enuresis, el catarro ge-
    nital y las náuseas. Una tal prehistoria puede servir
    luego de base en la edad adulta, a dos actitudes distin-
    tas, según las condiciones constitucionales del sujeto,
    ante la invitación al amor: la entrega sin resistencia al-
    guna y hasta la perversión, a la sexualidad o, por reac-
    ción, la repulsa de la sexualidad y la neurosis. La cons-
    titución de nuestra paciente y el nivel de su educación


    1)N. DEL T.—«La interpretación de los sueños», II, tomo VII,
    página 351 de esta edición castellana.

  • S.

    108

    moral e intelectual hubieron de orientarla en el segundo
    sentido.

    Quiero aún hacer constar que el análisis de este
    sueño nos ha descubierto ciertos detalles de los suce-
    sos patógenos, que no hubieran sido susceptibles de re-
    cuerdo o, por lo menos, de reproducción. En efecto, el
    recuerdo de la enuresis infantil había sucumbido ya to-
    talmente a la represión y sobre los detalles de la perse-
    cución amorosa de K. no había dicho jamás Dora una
    sola palabra. No habían acudido a su pensamiento.

    ***

    Todavía algunas observaciones para la síntesis de
    este sueño. La elaboración onírica se inicia en la tarde
    del segundo día, después de la escena en el bosque, al
    advertir Dora que no puede ya cerrar la puerta de su
    cuarto. Se dice entonces: «Corro aquí un grave peligro»
    y forma el propósito de no permanecer sola en aquella
    casa, sino partir con su padre. Este propósito queda
    capacitado para producir un sueño al encontrar una po-
    sibilidad de continuación en lo inconsciente, instancia
    en la cual corresponde a él el proceso en que la sujeto
    despierta su pretérito amor infantil a su padre como
    protección contra la tentación actual. La transformación
    que así se desarrolla en ella, queda luego fijada y la con-
    duce al punto de vista representado por sus ideas pre-
    ponderantes (celos de la mujer de K. a causa de su pa-
    dre, como si estuviera enamorada de él). Luchan en
    Dora la tentación de ceder a su pretendiente y la resis-
    tencia contra ella. Esta resistencia es el producto de
    varios factores: motivos de honestidad y de cordura,
    impulsos hostiles provocados por las confidencias de la
    institutriz (celos, orgullo ofendido) y un elemento neu-
     

  • S.

    109

    HISTORIALES CLINICOS

    rótico, la parte de repulsa sexual pronta en ella y basa-
    da en su historia infantil. El amor hacia el padre, des-
    pertado como protección contra la tentación, procede
    de esta historia infantil.

    El sueño transforma el propósito inconsciente de re-
    fugiarse al amparo del padre, en una situación que
    muestra cumplido el deseo de que el padre la salve del
    peligro. Para conseguirlo así tiene que echar a un lado
    una idea contraria: la de que el padre es precisamente
    quien la ha expuesto a aquel peligro. El impulso hostil
    contra el padre (deseo de venganza) en este punto re-
    primido, constituye luego uno de los motores del se-
    gundo sueño.

    Conforme a las condiciones de la producción onírica
    la situación fantaseada es elegida tal que reproduzca
    una escena infantil. Para la elaboración del sueño supo-
    ne un triunfo conseguir la transformación de una situa-
    ción reciente, quizá la del mismo motivo ocasional del
    sueño, en una situación infantil. En este caso lo consi-
    gue por una pura casualidad del material. Exactamente
    en la misma forma en que su enamorado se había apro-
    ximado a su lecho, despertándola, lo hacía su padre en
    la infancia. Toda su transformación queda simbolizada
    exactamente sustituyendo en esta situación la persona
    de K. por la del padre.

    Pero el padre la despertaba en su tiempo para que no
    mojase la cama.

    Esta idea de «mojar» determina todo el resto del
    sueño, aunque sólo aparezca representado por una alu-
    sión lejana y por una antítesis.

    La antítesis de «mojar», «agua», puede ser muy bien
    «arder», «fuego». La casualidad de que el padre hubie-
    ra expresado al llegar a L. su temor a un posible incen-
    dio, coadyuva a decidir que el peligro de que el padre


  • S.

    110

    la salva sea un fuego. En esta casualidad y en la antí-
    tesis de la idea de «mojar» se apoya la situación elegi-
    da para la imagen onírica: Hay fuego y el padre acude
    junto a su lecho para despertarla. El temor casualmen-
    te manifestado por el padre no hubiera llegado a adqui-
    rir esta significación en el contenido del sueño si no hu-
    biera armonizado tan bien con la corriente afectiva vic-
    toriosa que tendía a hallar a toda costa en el padre
    auxilio y salvación. El sueño muestra así que el padre
    se ha dado cuenta inmediata del peligro y ha acudido en
    auxilio de su hija. (En realidad lo que había hecho era
    exponer a la muchacha a tal peligro.)

    En las ideas latentes del sueño, el concepto «moja-
    do» desempeña el papel de un foco de convergencia de
    varios núcleos de representaciones. Pertenece no sólo
    al de la enuresis nocturna, sino también al de la tenta-
    ción sexual, reprimido y oculto detrás de aquel conte-
    nido del sueño. La sujeto sabe que también en el co-
    mercio sexual queda «mojada» la mujer, que el hombre
    da a la mujer, en el coito, algo líquido, en forma de
    «gotas». Sabe que precisamente en ello está el peligro
    y que debe evitar que sus órganos genitales sean mo-
    jados.

    Con los conceptos «mojado» y «gotas» se inicia si-
    multáneamente el otro núcleo de asociaciones, esto es,
    el del repulsivo catarro genital que en los años de ju-
    ventud de la sujeto tuvo para ella la misma significación
    vergonzosa que la enuresis en su infancia. «Mojado»
    equivale aquí a «contaminado». El órgano genital, que
    ha de ser conservado puro y limpio, está ya contami-
    nado por el catarro, y tanto en su madre como en ella.
    Dora parece comprender aquí que la manía de limpieza
    de su madre no es sino la reacción a aquella impu-
    reza.


  • S.

    111

    Ambos núcleos coinciden en un punto: La madre ha
    recibido del padre las dos cosas, la «mojadura» sexual
    y el flujo contaminador. Los celos contra la madre son
    inseparables del círculo de ideas correspondiente al
    amor al padre, despertado como protección. Este ma-
    terial no es aún capaz de representación. Pero en cuan-
    to pueda encontrarse un recuerdo que esté en igual
    relación aprovechable con los dos círculos del «mojado»
    y eluda la repugnancia, tal recuerdo pasará a represen-
    tar dicho material en el contenido del sueño.

    El recuerdo buscado es hallado en el suceso de las
    «gotas» de perlas que la madre deseaba recibir como
    «adorno». Aparentemente, el enlace de esta reminis-
    cencia con los dos círculos de la humedad sexual y de
    la impureza es sólo exterior, superficial y meramente
    verbal, ya que las «gotas» aparecen empleadas como
    equívoco, como palabra de doble sentido, y «adorno»
    es, como «limpio», una antítesis un tanto forzada de
    «impuro» (contaminado). Pero en realidad no es difícil
    señalar íntimos enlaces de contenido. El recuerdo pro-
    viene del material de los celos, de raíz infantil, pero
    continuados luego, contra la madre. A través de los dos
    puentes de palabras indicados, puede ser transferida a
    la reminiscencia de las «gotas» toda la significación
    concomitante a las representaciones del comercio se-
    xual entre los padres, el flujo blanco y la atormentada
    manía de limpieza de la madre.

    Pero todavía ha de tener lugar otro desplazamiento.
    Lo que llega a ser acogido en el contenido del sueño
    no son las «gotas», más cercanas al «mojado» primiti-
    vo, sino las «joyas» más lejanas a él. Así, pues, si este
    elemento hubiera quedado incluido en la situación oní-
    rica ya fijada, el fragmento correspondiente del sueño
    habría sido: La madre quiere aún salvar sus «joyas».

  • S.

    112

    Pero en la nueva variante—«joyero»—se impone a pos-
    teriori el influjo de elementos pertenecientes al círculo
    de la tentación emanada de K. Este no había regalado a
    Dora un «joya», pero sí un «joyero», representación de
    todas las tiernas atenciones por las cuales le había de
    estar agradecida la muchacha. El «joyero» así acogido
    en el contenido manifiesto del sueño tiene todavía un
    valor representativo especial. ¿No es, acaso, una ima-
    gen usual para designar el genital femenino intacto e
    impoluto? ¿Y por otro lado una palabra inocente y en
    consecuencia muy adecuada tanto para indicar como
    para encubrir las ideas sexuales ocultas detrás del
    sueño?

    De este modo, el contenido del sueño incluye en dos
    puntos el «joyero de la madre», y este elemento susti-
    tuye la mención de los celos infantiles, de las gotas y,
    por lo tanto, de la humedad sexual y de la contamina-
    ción por el flujo, y por otro lado, la de las ideas actua-
    les de tentación que impulsan a la sujeto a correspon-
    der al amor de su pretendiente y pintan la situación
    sexual inminente, deseada y temida. El elemento «jo-
    yero» es como ningún otro un resultado de la conden-
    sación y del desplazamiento y una transacción entre
    corrientes antitéticas. Su doble aparición en el conteni-
    do del sueño indica su múltiple origen de fuentes actua-
    les e infantiles.

    El sueño es la reacción a un suceso reciente y exci-
    tante que hubo de despertar el recuerdo del único acon-
    tecimiento análogo de años anteriores, esto es, el de la
    escena de la tienda, el beso y la repugnancia sentida al
    recibirlo. Pero a esta escena puede llegarse también
    por caminos asociativos distintos, partiendo del círculo
    de ideas relativo al catarro y del referente a la tenta-
    ción actual. Aporta, pues, al contenido del sueño una

  • S.

    8

    contribución propia que ha de adaptarse a la situación
    preformada. Hay fuego... y como el beso supo a humo,
    la sujeto advierte olor a humo en el contenido del sueño,
    el cual se prolonga, en este caso, más allá del des-
    pertar.

    En el análisis de este sueño he dejado, desgraciada-
    mente y por inadvertencia, una laguna. El padre dice
    en él: No quiero que mis dos hijos perezcan... (Las
    ideas latentes continuarían: A consecuencia de la mas-
    turbación). Tales frases emergentes en los sueños se
    componen regularmente de fragmentos de frases real-
    mente dichas u oídas por el sujeto. Hubiera debido, por
    lo tanto, informarme del origen real de aquélla. El re-
    sultado de esta investigación hubiera señalado una
    mayor complicación de la estructura del sueño, pero
    también la hubiera hecho más transparente.

    ¿Habremos de suponer que este sueño integró antes
    en L. exactamente el mismo contenido que en su repe-
    tición durante la cura? No parece necesario. La expe-
    riencia muestra que los hombres afirman muchas veces
    haber soñado reiteradamente idéntico sueño cuando en
    realidad las distintas apariciones del mismo se han di-
    ferenciado en numerosos detalles y amplias variantes.

    Así, una de mis pacientes me comunicó en una ocasión
    haber vuelto a soñar por aquellos días en la misma
    forma que siempre su sueño favorito, en el que se veía
    nadando en un mar intensamente azul cuyas olas sur-
    caba gozosa, etc. Una investigación más detenida reve-
    ló que el sueño mostraba en sus repeticiones detalles
    diferentes sobre el mismo fondo. Por ejemplo: En una
    de las repeticiones del sueño el mar estaba helado y la
    sujeto nadaba entre grandes témpanos. Otros sueños
    que la paciente no intentaba ya dar como repeticiones
    del mismo mostraban con éste, reiterado, un íntimo en-
     

    — 113 —

  • S.

    114

    Prof. S. Freud

    lace. Así, en uno de ellos veía la isla de Heligoland,
    que conocía por fotografías, un barco en el mar y a su
    bordo dos amigos suyos de juventud, etc.

    Lo indudable es que el sueño de Dora, emergido du-
    rante la cura, había adquirido un sentido nuevo actual
    sin modificar quizá su contenido manifiesto. Integraba
    entre sus ideas latentes una relación con el tratamiento
    y correspondía a una renovación del propósito pretérito
    de escapar a un peligro. Si no sufría un error mnémico
    al afirmar que ya en L. había advertido olor a humo al
    despertar de su sueño, ha de reconocerse que supo in-
    troducir muy hábilmente mi frase «No hay humo sin
    fuego» en aquel fragmento onírico ya forjado en el que
    aparece utilizada para la superdeterminación del último
    elemento. Un innegable azar fué que el último motivo
    ocasional actual, el hecho de que la madre cerrara con
    llave el comedor por las noches, dejando prisionero al
    hermano en su alcoba, trajera consigo un enlace con la
    ocultación de la llave por K. en L., acto que maduró el
    propósito de fuga de Dora al ver que no podía ya ence-
    rrarse en su cuarto. Quizá el hermano no apareciera en
    los sueños de entonces, en cuyo caso la frase «mis dos
    hijos» no habría llegado a ser integrada en el sueño
    hasta después del último motivo ocasional.