S.
283
V.
Las servidumbres del Yo.
La complicación de la materia hace que el contenido
de estos capítulos no se limite al tema enunciado en su
título, pues siempre que emprendemos el estudio de nue-
vas relaciones nos vemos obligados a retornar sobre lo
ya expuesto.Así, hemos dicho ya repetidamente, que el Yo se ha-
lla constituído, en gran parte, por identificaciones susti-
tutivas de cargas abandonadas del Ello, y que las pri-
meras de estas identificaciones se conducen en el Yo,
como una instancia especial, oponiéndose a él, en cali-
dad de Super-Yo.Posteriormente, fortificado el Yo, se muestra más re-
sistente a tales influencias de la identificación. El Super-
Yo, debe su especial situación en el Yo, o con respecto
al Yo, a un factor que hemos de valorar desde dos di-
versos puntos de vista, por ser, en primer lugar, la pri-
mera identificación que hubo de ser llevada a efecto,
siendo aún débil el Yo, y en segundo, el heredero del
complejo de Edipo, y haber introducido así, en el Yo,
los objetos más importantes. Con respecto a las modifi-
caciones ulteriores del Yo, es, en cierto modo, el Super-
Yo, lo que la fase sexual primaria de la niñez con res-
pecto a la vida sexual posterior a la pubertad. Siendo
accesible a todas las influencias ulteriores, conserva, sin
embargo, durante toda la vida, el carácter que le impri-
mió su génesis del complejo paterno, o sea la capacidadS.
284
de oponerse al Yo y dominarlo. Es el monumento con-
memorativo de la primitiva debilidad y dependencia del
Yo, y continúa aún dominándolo en su época de madurez.Del mismo modo que el niño se hallaba sometido a
sus padres y obligado a obedecerles, se somete el Yo al
imperativo categórico de su Super-Yo.Pero su descendencia de las primeras cargas de obje-
to del Ello, esto es, del complejo de Edipo, entraña aún
para el Super-Yo, una más amplia significación. Le hace
entrar en relación, como ya hemos expuesto, con las ad-
quisiciones filogénicas del Ello y lo convierte en una re-
encarnación de formas anteriores del Yo, que han dejado
en el Ello sus residuos.De este modo, permanece el Super-Yo duraderamen-
te próximo al Ello, y puede arrogarse, para con el Yo, la
representación del mismo. Penetra profundamente en el
Ello, y en cambio, se halla más alejado que el Yo, de la
conciencia 1).Para el estudio de estas relaciones, habremos de te-
ner en cuenta determinados hechos clínicos, que sin cons-
tituir ninguna novedad, no han sido todavía objeto de una
elaboración teórica.Hay personas que se conducen muy singularmente
en el tratamiento psicoanalítico. Cuando les damos es-
peranzas y nos mostramos satisfechos de la marcha del
tratamiento, se muestran descontentas y empeoran mar-
cadamente. Al principio, atribuimos este fenómeno a una
rebeldía contra el médico y al deseo de testimoniarle su
superioridad, pero luego llegamos a darle una interpreta-
ción más justa. Descubrimos, en efecto, que tales perso-
nas reaccionan en un sentido inverso a los progresos de1)Podemos decir que también el Yo psicoanalítico o meta-
psicológico se halla colocado cabeza abajo, como el Yo anatómico
(el «homúnculo cerebral»).S.
285
la cura. Cada una de las soluciones parciales que habría
de traer consigo un alivio o una desaparición temporal
de los síntomas, provoca, por el contrario, en estos su-
jetos, una intensificación momentánea de la enfermedad,
y durante el tratamiento, empeoran en lugar de mejorar.
Muestran, pues, la llamada reacción terapéuti
ca negativa.
Es indudable, que en estos enfermos, hay algo que
se opone a la curación, la cual es considerada por ellos
como un peligro. Decimos, pues, que predomina en
ellos, la necesidad de la enfermedad y no la voluntad de
curación. Analizada esta resistencia en la forma de cos-
tumbre y sustraídas de ella la rebeldía contra el médico
y la fijación a las formas de la enfermedad, conserva,
sin embargo, intensidad suficiente para constituir el ma-
yor obstáculo contra la curación, obstáculo más fuerte
aún que la inaccesibilidad narcisista, la conducta nega-
tiva para con el médico y la adherencia a la enfermedad.
Acabamos por descubrir que se trata de un factor de
orden moral, de un sentimiento de culpabilidad, que
halla su satisfacción en la enfermedad y no quiere renun-
ciar al castigo que la misma significa. Pero este sentimiento
de culpabilidad permanece mudo para el enfermo. No le
dice que sea culpable, y de este modo, el sujeto no se
siente culpable, sino enfermo. Este sentimiento de cul-
pabilidad no se manifiesta sino como una resistencia
difícilmente reducible, contra la curación. Resulta, asi-
mismo, muy difícil, convencer al enfermo de este motivo
de la continuación de su enfermedad, pues preferirá
siempre atenerse a la explicación de que la cura analí-
tica no es eficaz en su caso. 1)1)La lucha contra el obstáculo que supone el sentimiento in-
consciente de culpabilidad es harto espinosa para el analítico.
Directamente, no puede hacerse nada contra ella, e indirectamente,
sólo descubrir paulatinamente, sus fundamentos reprimidos incons-
cientes.S.
286
PROF. S. FREUD
Lo que antecede corresponde a los casos extremos,
pero tiene efecto también, probablemente, aunque en me-
nor escala, en muchos casos graves de neurosis, quizá
en todos. Es incluso posible que precisamente este fac-
tor, esto es, la conducta del ideal del Yo, sea el que de-
termine la mayor o menor gravedad de una enfermedad
neurótica. Consignaremos, pues, algunas observaciones
más sobre la manifestación del sentimiento de la culpa
en diversas circunstancias.El sentimiento normal consciente de culpabilidad
(conciencia moral), no opone a la interpretación dificul-
tad ninguna. Reposa en la tensión entre el Yo y el ideal
del Yo y es la expresión de una condena del Yo por su
instancia crítica. Los conocidos sentimientos de inferio-
ridad de los neuróticos dependen también, quizá, de estacientes, con lo cual va transformándose, poco a poco, en senti-
miento consciente. La labor del analítico queda considerablemente
facilitada cuando el sentimiento inconsciente de culpabilidad es el
resultado de una identificación del sujeto con otra persona, que fué,
en su día, objeto de una carga erótica. Esta génesis del sentimiento
de culpabilidad es con frecuencia, el único resto, difícilmente per-
ceptible, de la relación erótica abandonada. Sucede aquí algo aná-
logo a lo que descubrimos en el proceso de la melancolía. Si con-
seguimos revelar esta pasada carga de objeto detrás del sentimiento
inconsciente de la culpabilidad, conseguiremos muchas veces un
completo éxito terapéutico, que en el caso contrario, resulta harto
improbable, y depende, ante todo, de la intensidad del sentimiento
de culpabilidad, y quizá también de que la personalidad del analí-
tico permita que el enfermo haga de él su ideal del Yo, circunstan-
cia que trae consigo, para el primero, la tentación de arrogarse, con
respecto al sujeto, el papel de profeta o redentor. Pero como las
reglas del análisis prohiben un tal aprovechamiento de la persona-
lidad médica, hemos de confesar honradamente, que tropezamos
aquí con otra limitación de los efectos del análisis, el cual no ha de
hacer imposibles las reacciones patológicas sino que ha de dar al
Yo del enfermo la libertad para decidirse en esta forma o en otra
cualquiera.S.
287
EL YO Y EL ELLO
misma causa. En dos afecciones que nos son ya fami-
liares, es intensamente consciente el sentimiento de cul-
pabilidad. El ideal del Yo muestra entonces una particu-
lar severidad y hace al Yo objeto de sus iras, a veces ex-
traordinariamente crueles. Al lado de esta coincidencia,
surgen, entre la neurosis obsesiva y la melancolía, dife-
rencias no menos significativas, por lo que respecta a la
conducta del ideal del Yo.En ciertas formas de la neurosis obsesiva es extraor-
dinariamente intenso el sentimiento de culpabilidad, sin
que por parte del Yo exista nada que justifique tal senti-
miento. El Yo del enfermo se rebela entonces contra la
supuesta culpabilidad y pide auxilio al médico para re-
chazar dicho sentimiento. Pero sería tan equivocado
como ineficaz prestarle la ayuda que demanda, pues el
análisis nos revela luego, que el Super-Yo es influído por
procesos que permanecen ocultos al Yo. Descubrimos, en
efecto, los impulsos reprimidos que constituyen la base
del sentimiento de culpabilidad. El Super-Yo ha sabido
aquí, del Ello inconsciente, algo más que el Yo.En la melancolía experimentamos aún con más inten-
sidad, la impresión de que el Super-Yo ha atraído a sí la
conciencia. Pero aquí no se atreve el Yo a iniciar pro-
testa alguna. Se reconoce culpable y se somete al casti-
go. Esta diferencia resulta fácilmente comprensible. En
la neurosis obsesiva se trataba de impulsos repulsivos
que permanecían exteriores al Yo. En cambio, la melan-
colía nos muestra que el objeto, sobre el cual recaen las
iras del Super-Yo, ha sido acogido en el Yo.Es, desde luego, singular, que en estas dos afecciones
neuróticas, alcance el sentimiento de culpabilidad una tan
extraordinaria energía, pero el problema principal aquí
planteado es otro distinto. Creemos conveniente aplazar
su discusión hasta haber examinado otros casos en los
que el sentimiento de la culpa permanece inconsciente.S.
288
Así sucede, sobre todo, en la histeria y en los esta
dos de tipo histórico. El mecanismo de la inconsciencia
es aquí fácil de adivinar. El Yo histérico se defiende
contra la percepción penosa que le amenaza por parte
de la crítica de su Super-Yo, en la misma forma que em
plea, acostumbradamente, para defenderse contra una
carga de objeto insoportable, o sea por medio de la re
presión. Depende, pues, del Yo, el que el sentimiento de
culpabilidad permanezca inconsciente. Sabemos que, en
general, lleva el Yo a cabo las represiones en provecho
y al servicio del Super-Yo; pero en el caso presente, lo
que hace es servirse de este mismo arma contra su rigu
roso señor. En la neurosis obsesiva predominan los fe
nómenos de la formación de reacciones. En la histeria
no consigue el Yo sino mantener a distancia el material
al cual se refiere el sentimiento de culpabilidad.Podemos ir aún más allá y arriesgar la presunción de
que una gran parte del sentimiento de culpabilidad tiene
que ser, normalmente, inconsciente, por hallarse la gé
nesis de la conciencia moral íntimamente ligada al com
plejo de Edipo, integrado en lo inconsciente. Si alguien
sostuviera la paradoja de que el hombre normal no es tan
sólo mucho más inmoral de lo que cree, sino también
mucho más moral de lo que supone, la psicoanálisis, en
cuyos descubrimientos se basa la primera parte de tal
afirmación, no tendría tampoco nada que objetar contra
su segunda mitad 1).Mucho nos ha sorprendido hallar, que el incremento
de este sentimiento inconsciente de culpabilidad puede ha
cer del individuo, un criminal. Pero se trata de un hecho
1)Este principio sólo aparentemente es paradójico. En reali
dad, se limita a afirmar, que tanto en el bien como en el mal, va la
naturaleza humana mucho más allá de lo que el individuo supone,
esto es, de lo que el Yo conoce por la percepción de la conciencia.S.
289
EL YO Y EL ELLO
indudable. En muchos criminales, sobre todo en los jó-
venes, hemos descubierto un intenso sentimiento de cul-
pabilidad, que existía ya antes de la comisión del delito y
no era, por lo tanto, una consecuencia del mismo, sino
su motivo, como si para el sujeto hubiera constituido un
alivio poder enlazar dicho sentimiento inconsciente de
culpabilidad con algo real y actual.En todas estas circunstancias demuestra el Super-Yo
su independencia del Yo consciente y sus íntimas relacio-
nes con el Ello inconsciente. Por lo que respecta a la sig-
nificación que hemos adscrito a los restos verbales pre-
conscientes integrados en el Yo, surge ahora la interro-
gación de si el Super-Yo no se hallará, quizá, constituído,
cuando es inconsciente, por tales representaciones verba-
les, y en caso negativo, cuáles serán los elementos que
lo integran. Nuestra respuesta será que tampoco el Su-
per-Yo puede negar su origen de impresiones auditivas.
Es una parte del Yo, y dichas representaciones verbales
(conceptos, abstracciones) llegan a él antes que a la con-
ciencia, pero la energía de carga no es aportada a estos
contenidos del Super-Yo por la percepción auditiva–la
enseñanza o la lectura–sino que afluye a ellos desde
fuentes situadas en el Ello.Dejamos antes sin resolver la cuestión de cómo pue-
de el Super-Yo manifestarse esencialmente en forma de
sentimiento de culpabilidad (o mejor dicho, de crítica,
pues el sentimiento de culpabilidad es la percepción co-
rrespondiente a esta crítica en el Yo) y desarrollar como
tal un tan extraordinario rigor contra el Yo. Volviéndonos
primeramente, a la melancolía, encontramos que el Su-
per-Yo, extremadamente enérgico, y que ha atraído a sí
la conciencia, se encarniza implacablemente contra el Yo,
como si se hubiera apoderado de todo el sadismo dispo-
nible en el individuo. Según nuestra concepción del sa-
dismo, diremos que el componente destructor se ha ins-
S.
290
talado en el Super-
Yo y vuelto contra el Yo. En el Su-
per-
Yo reina entonces el instinto de muerte, que consi-
gue, con frecuencia, llevar a la muerte al Yo, cuando éste
no se libra de su tirano refugiándose en la manía.En determinadas formas de la neurosis obsesiva, son
igualmente penosos y atormentadores los reproches de
la conciencia moral, pero la situación resulta mucho me-
nos transparente. Inversamente al melancólico, el neuró-
tico obsesivo no busca jamás la muerte, parece inmuni-
zado contra el suicidio y mejor protegido que el histéri-
co, de este peligro. La conservación del objeto garantiza
la seguridad del Yo. En la neurosis obsesiva, una regre-
sión a la organización pregenital permite que los impul-
sos eróticos se transformen en impulsos agresivos con-
tra el objeto. El instinto de destrucción se ha libertado
nuevamente y quiere destruir el objeto, o por lo menos,
aparenta abrigar tal intención. Estas tendencias no son
acogidas por el Yo, que se defiende contra ellas por me-
dio de formaciones reactivas y medidas de precaución,
forzándolas a permanecer en el Ello El Super-
Yo se con-
duce, en cambio, como si el Yo fuera responsable de
ellas, y por la severidad con la que persigue tales propó-
sitos destructores, nos demuestra al mismo tiempo, que
no se trata de una apariencia provocada por la repre-
sión, sino de una verdadera sustitución del amor por el
odio. Falto de todo medio de defensa en ambos sentidos,
se rebela inútilmente el Yo contra las exigencias del
Ello asesino y contra los reproches de la conciencia mo-
ral punitiva. Sólo consigue estorbar los actos extremos
de sus dos atacantes, y el resultado es, al principio, un
infinito «auto-tormento», y más tarde, un sistemático
martirio del objeto, cuando éste es accesible.Los peligrosos instintos de muerte son tratados en
el individuo, de muy diversos modos. Parte de ellos, que-
da neutralizada por su mezcla con componentes eróticos;S.
291
otra parte es derivada hacia el exterior, como agresión; y
una tercera, la más importante, continúa libremente su
labor interior. ¿Cómo sucede, pues, que en la melan-
colía se convierte el Super-Yo en una especie de punto
de reunión de los instintos de muerte?Situándonos en el punto de vista de la restricción de
los instintos, o sea de la moralidad, podemos decir lo
siguiente: El Ello es totalmente amoral; el Yo se esfuer-
za en ser moral, y el Super-Yo puede ser «hipermoral» y
hacerse entonces tan cruel como el Ello. Es singular, que
cuanto más limita el hombre su agresión hacia el exte-
rior, más severo y agresivo se hace en su ideal del Yo,
como por un desplazamiento y un retorno de la agresión,
hacia el Yo. La moral general y normal tiene ya un ca-
rácter severamente restrictivo y cruelmente prohibitivo,
del cual procede la concepción de un ser superior que
castiga implacablemente.No nos es posible continuar la explicación de estas
circunstancias sin introducir una nueva hipótesis. El Su-
per-Yo ha nacido de una identificación con el modelo
paterno. Cada una de tales identificaciones tiene el ca-
rácter de una desexualización e incluso de una sublima-
ción. Ahora bien, parece que una tal transformación trae
consigo siempre, una disociación de instintos. El compo-
nente erótico queda despojado, una vez realizada la su-
blimación, de la energía necesaria para encadenar toda
la destrucción agregada, y ésta se libera en calidad de
tendencia a la agresión y a la destrucción. De esta diso-
ciación extraería el ideal el deber imperativo, riguro-
so y cruel.En la neurosis obsesiva, se nos presenta una distinta
situación. La disociación productora de la agresión no
sería consecuencia de una función del Yo, sino de una re-
gresión desarrollada en el Ello. Pero este proceso se
habría extendido desde el Ello al Super-Yo, que intensi-S.
292
ficaría entonces su severidad contra el Yo inocente. En
ambos casos, sufriría el Yo, que ha sojuzgado a la libido
por medio de la identificación, el castigo que por tal ac-
ción le impone el Super-Yo, utilizando la agresión mez-
clada a la libido.Nuestra representación del Yo comienza aquí a acla-
rarse, precisándose sus diversas relaciones. Vemos aho-
ra al Yo con todas sus energías y debilidades. Se halla
encargado de importantes funciones; por su relación con
el sistema de la percepción, establece el orden temporal
de los procesos psíquicos y los somete al examen de la
realidad. Mediante la interpolación de los procesos men-
tales, consigue un aplazamiento de las descargas moto-
ras y domina los accesos a la motilidad. Este dominio
es, de todos modos, más formal que efectivo. Por lo que
respecta a la acción, se halla el Yo en una situación se-
mejante a la de un monarca constitucional, sin cuya san-
ción no puede legislarse nada, pero que reflexionará mu-
cho antes de oponer su veto a una propuesta del Parla-
mento. El Yo se enriquece con la experiencia del mundo
exterior propiamente dicho, y tiene en el Ello otra espe-
cie de mundo exterior, al que intenta dominar. Sustrae
libido de él y transforma sus cargas de objeto en formas
propias. Con ayuda del Super-Yo, extrae del Ello, en una
forma que aún nos es desconocida, la experiencia histó-
rica en él acumulada.El contenido del Ello puede pasar al Yo por dos ca-
minos distintos. Uno de ellos es directo y el otro atravie-
sa el ideal del Yo. La elección entre ambos resulta deci-
siva para muchas actividades anímicas. El Yo progresa
desde la percepción de los instintos hasta su dominio y
desde la obediencia a los instintos hasta su coerción.
En esta función participa ampliamente el ideal del Yo,
que es, en parte, una formación reactiva contra los pro-
cesos instintivos del Ello. La psicoanálisis es un instru-
mentoS.
293
EL YO Y EL ELLO
mento que ha de facilitar al Yo la progresiva conquista
del Ello.Mas por otra parte, se nos muestra el Yo como una
pobre cosa, sometida a tres distintas servidumbres y
amenazada por tres diversos peligros, emanados, respec-
tivamente, del mundo exterior, de la libido del Yo y del
rigor del Super-Yo. Tres clases de angustia corresponden
a estos tres peligros, pues la angustia es la manifesta-
ción de una retirada ante el peligro. En calidad de instan-
cia fronteriza, quiere el Yo constituirse en mediador en-
tre el mundo exterior y el Ello, intentando adaptar el Ello
al mundo exterior y alcanzar en éste los deseos del Ello,
por medio de su actividad muscular. Se conduce así
como el médico en una cura analítica, ofreciéndose al
Ello como objeto de su libido, a la cual procura atraer so-
bre sí. Para el Ello, no es sólo un auxiliar sino un sumi-
so servidor, que aspira a lograr el amor de su dueño.
Siempre que le es posible, procura permanecer de acuer-
do con el Ello, superpone sus racionalizaciones precons-
cientes a los mandatos inconscientes del mismo, simula
una obediencia del Ello a las advertencias de la realidad,
aun en aquellos casos en los que el Ello permanece infle-
xible, y disimula los conflictos del Ello con la realidad y
con el Super-Yo. Pero su situación de mediador le hace
sucumbir también, a veces, a la tentación de mostrarse
oficioso, oportunista y falso, como el estadista que sacri-
fica sus principios al deseo de conquistarse la opinión
pública.El Yo no se conduce imparcialmente con respecto a
las dos clases de instintos. Mediante su labor de identifi-
cación y sublimación auxilia a los instintos de muerte del
Ello en el sojuzgamiento de la libido, pero al obrar así, se
expone al peligro de ser tomado como objeto de tales ins-
tintos y sucumbir víctima de ellos. Ahora bien, para po-
der prestar tal auxilio, ha tenido que colmarse de libido,S.
294
constituyéndose así en representante del Eros, y aspira
entonces a vivir y a ser amado.Pero como su labor de sublimación tiene por conse-
cuencia una disociación de los instintos y una liberación
del instinto de agresión del Yo, se expone, en su com-
bate contra la libido, al peligro de ser maltratado e inclu-
so a la muerte. Cuando el Yo sufre la agresión del
Super-Yo o sucumbe a ella, ofrece su destino grandes
analogías con el de los protozoos que sucumben a los
efectos de los productos de descomposición creados por
ellos mismos. La moral que actúa en el Super-Yo se nos
muestra, en sentido económico, como uno de tales pro-
ductos de una descomposición.Entre las servidumbres del Yo, es la que le liga al
Super-Yo, la más interesante.El Yo es la verdadera residencia de la angustia.
Amenazado por tres distintos peligros, desarrolla el Yo
el reflejo de fuga, retirando su carga propia de la per-
cepción amenazadora o del proceso desarrollado en el
Ello y considerado peligroso, y emitiéndola en calidad
de angustia. Esta reacción primitiva es sustituída luego
por el establecimiento de cargas de protección (mecanis-
mo de las fobias). Ignoramos qué es lo que el Yo teme
del mundo exterior y de la libido del Ello. Sólo sabemos,
que es el sojuzgamiento o la destrucción, pero no pode-
mos precisarlo analíticamente. El Yo sigue, simple-
mente, las advertencias del principio del placer. En cam-
bio, sí podemos determinar qué es lo que se oculta
detrás de la angustia del Yo ante el Super-Yo, o sea
ante la conciencia moral. Aquel ser superior, que luego
llegó a ser el ideal del Yo, amenazó un día al sujeto, con
la castración, y este miedo a la castración es probable-
mente el nódulo, en torno del cual cristaliza luego el
miedo a la conciencia moral.El principio de que todo miedo o angustia es en rea-
S.
295
lidad, miedo a la muerte, no me parece encerrar sentido
alguno. A mi juicio, es mucho más acertado distinguir la
angustia ante la muerte, de la angustia real objetiva y de
la angustia neurótica ante la libido. El miedo a la muerte
plantea a la psicoanálisis un difícil problema, pues la
muerte es un concepto abstracto de contenido negativo,
para el cual no nos es posible encontrar nada correlativo
en lo inconsciente. El mecanismo de la angustia ante la
muerte no puede ser sino el de que el Yo liberte un am-
plio montante de su carga de libido narcisista, esto es,
se abandone a sí mismo, como a cualquier otro objeto
en caso de angustia. La angustia ante la muerte se des-
arrolla, pues, a mi juicio, entre el Yo y el Super Yo.
Conocemos la génesis de la angustia ante la muerte
en dos circunstancias distintas, análogas, por lo demás,
a las de todo desarrollo de angustia, esto es, como re-
acción a un peligro exterior y como proceso interior, por
ejemplo en la melancolía. El caso neurótico nos llevará
de nuevo a la inteligencia del caso real.
El miedo a la muerte, que surge en la melancolía, se
explica únicamente, suponiendo que el Yo se abandona a
sí mismo, porque en lugar de ser amado por el Super-
Yo, se siente perseguido y odiado por él. Vivir equivale
para el Yo a ser amado por el Super-Yo, que aparece
aquí también como representante del Ello. El Super-
Yo ejerce la misma función protectora y salvadora que antes
el padre y luego la providencia o el destino. Esta misma
conclusión es deducida por el Yo cuando se ve amena-
zado por un grave peligro, del que no cree poder salvar-
se con sus propios medios. Se ve abandonado por todos
los poderes protectores y se deja morir. Trátase de la
misma situación que constituyó la base del primer gran
estado de angustia del nacimiento y de la angustia in-
fantil, esto es, de aquella situación en la que el individuo
queda separado de su madre y pierde su protección.S.
296
PROF. S. FREUD
Basándonos en estas reflexiones, podemos conside-
rar la angustia ante la muerte y la angustia ante la con-
ciencia moral, como una elaboración de la angustia ante
la castración. Dada la gran importancia del sentimiento
de culpabilidad, para las neurosis, hemos de suponer que
la común angustia neurótica experimenta un incremento
en los casos graves, por la génesis de angustia que tie-
ne efecto entre el Yo y el Super-Yo (angustia ante la
castración, ante la conciencia moral y ante la muerte).El Ello carece de medios de testimoniar al Yo amor
u odio. No puede expresar lo que quiere ni constituir una
voluntad unitaria. En él, combaten el Eros y el instinto
de muerte. Ya hemos visto con qué medios se defienden
unos de estos instintos contra los otros. Podemos, así,
representarnos, que el Ello se encuentra bajo el dominio
del instinto de muerte, mudo pero poderoso, y quiere ob-
tener la paz acallando, conforme a las indicaciones del
principio del placer, al Eros perturbador. Pero con esta
hipótesis tememos estimar muy por bajo la misión del
Eros.
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El Yo y el Ello1923-003/1924.es