S.
263
Los recuerdos encubridores
En mis tratamientos psicoanalíticos (de histerias, neu-
rosis obsesivas, etc.), he tenido repetidas ocasiones de
ocuparme de los recuerdos fragmentarios de los primeros
años infantiles, conservados en la memoria individual.
Tales recuerdos poseen, como ya en otro lugar hemos in-
dicado, una gran importancia patógena. Pero aparte de
esto, el tema de los recuerdos infantiles ofrece siempre
interés psicológico, por hacerse en ellos visible una dife-
rencia fundamental entre la conducta psíquica del niño y la
del adulto. Es indudable, que los sucesos de nuestros pri-
meros años infantiles dejan en nuestra alma, huellas inde-
lebles; pero cuando preguntamos a nuestra memoria,
cuáles son las impresiones cuyos efectos han de perdurar
en nosotros hasta el término de nuestra vida, permanece
muda o nos ofrece tan sólo un número relativamente pe-
queño de recuerdos aislados, de valor muy dudoso con
frecuencia, y a veces, problemático. La reproducción mné-
mica de la vida en una concatenación coherente de recuer-
dos no comienza sino a partir de los seis o los siete años,
y en algunos casos, hasta después de los diez. Mas de
aquí en adelante, se establece también una relación cons-
tante entre la importancia psíquica de un suceso y su ad-
herencia a la memoria. Conservamos en ella, todo lo que
parece importante, por sus efectos inmediatos o cercanos.
Olvidamos, en cambio, lo que suponemos nimio. Si nos es
posible recordar a través de mucho tiempo, un determina-
S.
264
do suceso, vemos en esta adherencia a nuestra memoria,
una prueba de que dicho suceso nos causó, en su época,
profunda impresión. El haber olvidado algo importante
nos asombra aún más que recordar algo aparentemente
nimio.Esta relación existente para el hombre normal entre la
importancia psíquica y la adherencia a la memoria, des-
aparece en ciertos estados anímicos patológicos. Así, el
histérico presenta una singular amnesia, total o parcial, en
lo que respecta a aquellos sucesos que han provocado su
enfermedad, los cuales, por esta misma causación e inde-
pendientemente de su propio contenido, han adquirido, sin
embargo, para él, máxima importancia. En la analogía de
esta amnesia patológica con la amnesia normal que recae
sobre nuestros años infantiles, quisiéramos ver un signifi-
cativo indicio de las íntimas relaciones existentes entre el
contenido psíquico de la neurosis y nuestra vida infantil.Estamos tan acostumbrados a este olvido de nuestras
impresiones infantiles, que no solemos advertir el proble-
ma que detrás de él se esconde y nos inclinamos a atribuir-
lo al estado rudimentario de la actividad psíquica del niño.
En realidad, un niño normalmente desarrollado, nos mues-
tra ya, a los tres o los cuatro años, una respetable canti-
dad de rendimientos psíquicos, muy complicados, tanto en
sus comparaciones y deducciones, como en la expresión
de sus sentimientos, no existiendo razón visible alguna,
para que estos actos psíquicos, plenamente equivalentes a
los posteriores, hayan de sucumbir a la amnesia.El estudio de los problemas psicológicos enlazados a
los primeros recuerdos infantiles exige, como premisa in-
dispensable, la reunión de material suficiente, determinán-
dose, por medio de una amplia información, qué recuerdos
de esta edad puede comunicar un número considerable de
adultos normales. V. y C. Henri iniciaron esta labor en 1895,
difundiendo un interrogatorio por ellos formulado. Los in-S.
teresantísimos resultados de esta información, a la que
respondieron ciento veintitrés personas, fueron publicados
luego (1897), por sus iniciadores, en «L’Année psycholo-
gique» (T. III.—Enquête sur les premiers souvenirs de
l’enfance). Por nuestra parte, no proponiéndonos tratar
aquí este tema en su totalidad, nos limitaremos a hacer re-
saltar aquellos puntos a los que hemos de enlazar nuestro
estudio de los recuerdos calificados, por nosotros, de «en-
cubridores».La época en la que se sitúa el contenido de los recuer-
dos infantiles más tempranos es, por lo general, la que se
extiende entre los dos y los cuatro años (así sucede en
ochenta y ocho casos de los reunidos por C. y V. Henri).
Hay, sin embargo, individuos cuya memoria alcanza más
atrás, incluso hasta poco tiempo después de cumplir su
primer año, y otros, en cambio, que no poseen recuerdo
alguno anterior a los seis, los siete o los ocho años. No se
sabe aún, de qué dependen tales diferencias. Únicamente
se observa—dicen los Henri—, que una persona cuyo re-
cuerdo más temprano corresponde a una edad mínima, por
ejemplo, al primer año de su vida, dispone también de
otros diversos recuerdos inconexos de los años siguientes,
y que la reproducción de su vida en una cadena mnémica
continua se inicia en ella antes que en otras personas cu-
yo primer recuerdo pertenece a épocas posteriores. Así,
pues, lo que se adelanta o retrasa en los distintos indivi-
duos, no es tan sólo el momento del primer recuerdo, sino
toda la función mnémica.La cuestión de cuál suele ser el contenido de es-
tos primeros recuerdos infantiles presenta especialísimo
interés. La psicología de los adultos nos haría esperar, que
del material de sucesos vividos, serían seleccionadas aque-
llas impresiones que provocaron un intenso afecto o cuya
importancia quedó impuesta a poco, por sus consecuen-
cias. Algunas de las observaciones de los Henri parecen265
S.
266
confirmar esta hipótesis, pues presentan, como contenidos
más frecuentes de los recuerdos infantiles, bien ocasiones
de miedo, vergüenza o dolor físico, bien acontecimientos
importantes, enfermedades, muertes, incendios, el naci-
miento de un hermano, etc. Nos inclinaríamos, así, a su-
poner, que las normas de la selección mnémica son idénti-
cas en el alma del niño y en la del adulto. Por su parte,
los recuerdos infantiles conservados habrán de indicarnos
las impresiones que cautivaron el interés del niño, a dife-
rencia del de un adulto, y de este modo, nos explicare-
mos, por ejemplo, que una persona recuerde la rotura de
unas muñecas con las que jugaba a los dos años y haya ol-
vidado, en cambio, totalmente, graves y tristes sucesos de
los que pudo darse cuenta en aquella misma época.Habrá, pues, de extrañarnos, por contradecir la hipó-
tesis antes formulada, oír que los recuerdos infantiles más
tempranos, de algunas personas, tienen, por contenido,
impresiones cotidianas e indiferentes, que no pudieron
provocar afecto ninguno en el niño, no obstante lo cual,
quedaron impresas en su memoria, con todo detalle, no ha-
biendo sido retenidos, en cambio, otros sucesos importan-
tes de la misma época, ni siquiera aquellos que, según tes-
timonio de los padres, causaron gran impresión al niño.
Cuentan, así, los Henri, de un profesor de filología, cuyo
primer recuerdo, situado entre los tres y los cuatro años,
le presentaba la imagen de una mesa dispuesta para la co-
mida, y en ella, un plato con hielo. Por aquel mismo tiem-
po, ocurrió la muerte de su abuela, que según manifiestan
los padres del sujeto, conmovió mucho al niño. Pero el
profesor de filología no sabe ya nada de esta desgracia, y
sólo recuerda, de aquélla época, un plato con hielo, puesto
encima de una mesa.Otro individuo refiere, como primer recuerdo infantil,
el de haber tronchado una ramita de un árbol durante un
paseo. Cree poder indicar todavía el lugar en que esto su-
cedió.S.
267
cedió. Iba con varias personas y una de ellas le ayudó a
cortar la ramita.
Los Henri suponen muy raros tales casos. Por mi par-
te, he tenido ocasión de hallarlos con bastante frecuen-
cia, si bien, por lo general, en enfermos neuróticos. Uno de los
informadores de los Henri arriesga una explica-
ción, que nos parece acertadísima, de estas imágenes mnémicas in-
comprensibles por su nimiedad. Supone, que en estos ca-
sos, la escena de referencia no se ha conservado sino in-
completamente en el recuerdo, pareciendo así indiferente,
pero que en los elementos olvidados, se hallaría, quizá,
contenido todo aquello que la hizo digna de ser recordada.
Mi experiencia está de completo acuerdo con esta explica-
ción. Únicamente nos parecería más exacto decir que los
elementos no aparentes en el recuerdo, han sido «omiti-
dos», en lugar de «olvidados». En el tratamiento psico-
analítico, me ha sido posible descubrir muchas veces los
fragmentos restantes del suceso infantil, demostrán-
dose, así, que la impresión de la cual subsistía tan sólo un torso
en la memoria, confirmaba, una vez completada, la hipó-
tesis de la conservación mnémica de lo importante. De to-
dos modos, no nos explicamos aún la singular selec-
ción llevada a cabo por la memoria entre los elementos de un
suceso, pues hemos de pregun-
tarnos todavía, por qué es rechazado, precisamente, lo importante, y conservado, en
cambio, lo indiferente. Para alcanzar tal explica-
ción, hemos de penetrár más pro-
fundamente en el mecanismo de estos procesos. Se nos impone, entonces, la idea, de que
en la constitución de los recuerdos de este orden, partici-
pan dos fuerzas psíquicas, una de las cuales se basa en la
importancia del suceso, para querer recordarlo, mientras
que la otra—una resisten-
cia—se opone a tal propósito.
Estas dos fuerzas opuestas no se destruyen, ni llega tam-
poco a suceder, que uno de los motivos venza al otro
—con o sin pérdidas por su parte—, sino que se originaS.
268
un efecto de transacción, análogamente a la producción de
una resultante en el paralelógramo de las fuerzas. La tran-
sacción consiste aquí, en que la imagen mnémica no es
suministrada por el suceso de referencia –en este punto
vence la resistencia–, pero sí, en cambio, por un elemento
psíquico íntimamente enlazado a él por asociación, circuns-
tancia en la que se muestra de nuevo el poderío del primer
principio que tiende a fijar las impresiones importantes por
medio de la producción de imágenes mnémicas reproduci-
bles. Así, pues, el conflicto se resuelve constituyéndose,
en lugar de la imagen mnémica originalmente justificada,
una distinta, producto de un desplazamiento aso-
ciativo. Pero como los elementos importantes de la impre-
sión primitiva son precisamente los que han despertado la
resistencia, no pueden entrar a formar parte del recuerdo
substitutivo, el cual presentará, así, un aspecto nimio, re-
sultándonos incomprensible, porque quisiéramos atribuir
su conservación en la memoria, a su propio contenido, de-
biendo atribuirla realmente a la relación de dicho conteni-
do con otro distinto, rechazado.Entre los muchos casos posibles de substitución de un
contenido psíquico por otro, comprobables en diversas
constelaciones psicológicas, este que se desarrolla en los
recuerdos infantiles, y consiste en la substitución de los
elementos importantes de un suceso, por los más insignifi-
cantes del mismo, es uno de los más sencillos. Constituye
un desplazamiento por contigüidad asociativa, o atendien-
do a la totalidad del proceso, en una represión seguida de
una substitución por algo contiguo (local y temporalmen-
te). Ya en otro lugar, tuvimos ocasión de exponer un caso
muy análogo de substitución, descubierto en el análisis de
una paranoia 1). Tratábase, entonces, de una paciente,
1)Véase en el tomo XI de estas obras completas, el ensayo ti-
tulado «Nuevas observaciones sobre las neuropsicosis de defensa».S.
269
que oía en sus alucinaciones, voces que le recitaban pasa
jes enteros de la «Heiterethei» de O. Ludwig, elegidos
precisamente entre los más indiferentes y menos suscepti
bles de una relación con sus propias circunstancias. El
análisis demostró haber sido otros distintos pasajes de la
misma obra los que habían despertado en la paciente sen
timientos muy penosos. El afecto penoso motivaba la re
pulsa de tales pasajes, mas por otro lado, no era posible
reprimir los motivos que imponían la continuación de es
tos pensamientos, y de este modo, surgió la transacción
consistente en emerger en la memoria, con intensidad y cla
ridad patológicas, los pasajes indiferentes. El proceso
aquí descubierto—conflicto, represión y subs
titución transaccional—retorna en todos los
síntomas psiconeuróticos, dándonos la clave de la forma
ción de los mismos. No carece, pues, de importancia su
descubrimiento también en la vida psíquica de los indivi
duos normales. El hecho de recaer, para el hombre nor
mal, precisamente sobre los recuerdos infantiles, constitu
ye una prueba más de la íntima relación entre la vida
anímica del niño y el material psíquico de la neurosis, re
lación tan repetidamente acentuada por nosotros.
Los importantísimos procesos de la defensa normal y
patológica y los desplazamientos a los cuales conducen,
no han sido todavía estudiados, que yo sepa, por los psi
cólogos, no habiéndose determinado aún los estratos de
la actividad psíquica en los que se desarrollan, ni las con
diciones bajo las cuales se desenvuelven. La causa de
esta omisión es, quizá, que nuestra vida psíquica, en cuan
to es objeto de nuestra percepción interna conscien
te, no deja transparentar indicio alguno de estos pro
cesos, sea en aquellos casos que calificamos de «erro
res mentales», sea en ciertas operaciones tendientes a un
efecto cómico. La afirmación de que una intensidad psíqui
ca puede desplazarse desde una representación, la cualS.
270
queda despojada de ella, a otra distinta, que toma enton-
ces a su cargo el papel psicológico que venía desempe-
ñando la primera, nos resulta tan extraña como ciertos
rasgos del mito griego, por ejemplo, cuando los dioses
conceden a un hombre el don de la belleza, transfigurán-
dole y como revistiéndole con una nueva envoltura cor-
poral.Mis investigaciones sobre los recuerdos infantiles indi-
ferentes me han enseñado también, que su génesis puede
seguir aún otros caminos y que su aparente inocencia suele
encubrir sentidos insospechados. No quiero limitarme en
este punto a una mera afirmación, sino exponer amplia-
mente el más instructivo de los ejemplos por mí reunidos,
que inspirará además una mayor confianza por correspon-
der a un sujeto nada o muy poco neurótico.Trátase de un hombre de treinta y ocho años y de for-
mación universitaria que, a pesar de ejercer una profesión
completamente ajena a nuestra disciplina, se interesa por
las cuestiones psicológicas desde que conseguimos curar-
le de una pequeña fobia, con ayuda de la psicoanálisis.
Habiendo leído la investigación de C. y V. Henri, me co-
municó la siguiente exposición de sus recuerdos infan-
tiles, que ya habían desempeñado un cierto papel en el
análisis:«Conservo numerosos recuerdos infantiles muy tem-
pranos, cuyas fechas puedo indicar con gran seguri-
dad, pues al cumplir los tres años abandonamos el lugar
de mi nacimiento para establecernos en una ciudad. Los
recuerdos a que me refiero se desarrollan todos en mi lu-
gar natal, y corresponden, por lo tanto, al segundo y ter-
cer año de mi vida. Son, en su mayoría, escenas muy bre-
ves, pero claramente retenidas con todos los detalles de
la percepción sensorial, contrastando, así, con los recuer-
dos de épocas posteriores, carentes, en mí, de todo ele-
mento visual. A partir de mis tres años, se hacen mis re-
cuerdosS.
271
cuerdos más raros e imprecisos, mostrando lagunas que
comprenden, a veces, más de un año. Sólo desde los seis
o los siete años comienzan a adquirir continuidad. Los re-
cuerdos correspondientes a la época anterior a nuestro
cambio de residencia, pueden dividirse en tres grupos. In-
cluyo en el primero aquellas escenas que mis padres me
han referido posteriormente y de cuya imagen mnémica
no puedo decir si existía ya en mí desde un principio o se
constituyó luego de tales relatos. Observaré, de todos
modos, que existen también otros sucesos, cuyo relato me
ha sido hecho repetidas veces por mis padres y a los cua-
les no corresponde, sin embargo, en mí, imagen mnémica
ninguna. El segundo grupo tiene, a mi juicio, más valor.
Las escenas que lo constituyen no me han sido–que yo
sepa–relatadas, y para muchas de ellas no cabe una tal
posibilidad, puesto que no he vuelto a ver a las perso-
nas que en ellas actuaron. Del tercer grupo me ocuparé
más tarde. Por lo que respecta al contenido de estas es-
cenas y, consiguientemente, al motivo de su conservación
en la memoria, no carezco de una cierta orientación. No
puedo, de todos modos, afirmar que los recuerdos conser-
vados correspondan a los acontecimientos más importan-
tes de aquella época o a los que hoy juzgaría tales. Del
nacimiento de una hermana mía, dos años y medio menor
que yo, no tengo la menor idea; nuestra partida de mi ciu-
dad natal, mi primer conocimiento del ferrocarril y el lar-
go viaje en coche hasta la estación, no han dejado huella
alguna en mi memoria. En cambio, retuve dos detalles
nimios del viaje en ferrocarril, de los cuales ya tuvimos
ocasión de hablar en el análisis de mi fobia. Una herida en
la cara, que provocó una abundante hemorragia e hizo
precisos varios puntos de sutura, hubiera debido causar-
me máxima impresión. Todavía hoy puede advertirse en
mi rostro la cicatriz correspondiente, pero no conservo re-
cuerdo alguno que se refiera directa o indirectamente aS.
272
este suceso. Quizá acaeciese antes de cumplir yo los dos
años.»
«Las imágenes y escenas de estos dos grupos no me
causan extrañeza. Son, ciertamente, recuerdos despla-
zados, en la mayoría de los cuales, ha quedado excluído lo
esencial. Pero en algunos, tales elementos importantes,
se hallan, por lo menos, indicados, y otros me resultan
fáciles de completar con el auxilio de ciertos indicios, lo
grando así enlazar los distintos fragmentos mnémicos y
mostrándoseme claramente el interés infantil que reco-
mendó a la memoria tales escenas. Muy otra cosa sucede
con el contenido del tercer grupo. Trátase aquí de un ma-
terial–una escena de alguna extensión y varias pequeñas
imágenes–del que no sé qué pensar. La escena me pare-
ce indiferente e incomprensible su fijación. Permítame
usted que se la describa: Veo una pradera cuadrangular,
algo pendiente, verde y muy densa. Entre la hierba, re-
saltan muchas flores amarillas, de la especie llamada vul-
garmente diente de león. En lo alto de la pradera, una
casa campestre, a la puerta de la cual conversan apacible-
mente dos mujeres: una campesina, con su pañuelo a la
cabeza, y una niñera. En la pradera, juegan tres niños: yo
mismo (representando dos o tres años), un primo mío, un
año mayor que yo, y su hermana, casi de mi misma edad.
Cogemos las flores amarillas y tenemos ya un ramito cada
uno. El más bonito es el de la niña, pero mi primo y yo
nos arrojamos sobre ella y se lo arrebatamos. La chiquilla
echa a correr, llorando, pradera arriba, y al llegar a la ca-
sita, la campesina le da, para consolarla, un gran pedazo
de pan de centeno. Al advertirlo mi primo y yo, tiramos
las flores y corremos hacia la casa, pidiendo también pan.
La campesina nos lo da, cortando las rebanadas con un
largo cuchillo. El resabor de este pan en mi recuerdo, es
verdaderamente delicioso, y con ello termina la escena.»
¿Qué es lo que en este suceso justifica el esfuerzo deS.
273
retención que me ha obligado a realizar? No acierto a expli-
cármelo, siéndome imposible precisar a qué circunstancia
debe su intensa acentuación psíquica, a nuestro mal com-
portamiento con la niña, a haberme gustado mucho el color
amarillo del diente de león, que hoy no encuentro nada
bello, o a que después de corretear por la pradera, me
supo el pan mejor que de costumbre, hasta el punto de
llegar a constituir una impresión indeleble. No encuentro
tampoco relación alguna de esta escena, con el interés in-
fantil, fácilmente visible, que enlaza entre sí, las demás
escenas infantiles. Tengo, en general, la impresión de que
hay en ella algo falso. El amarillo de las flores resalta de
masiado del conjunto, y el buen sabor del pan me parece
también exagerado, como en una alucinación. Al pensar en
estos detalles, recuerdo unos cuadros de una exposición
humorística, en los cuales aparecían plásticamente sobre-
puestos ciertos elementos, y como es natural, siempre los
más inconvenientes, por ejemplo, el trasero de las figuras
femeninas. ¿Puede usted mostrarme un camino que con-
duzca a la explicación o interpretación de este superfluo
recuerdo infantil?»Me pareció juicioso preguntar a mi comunicante, desde
cuándo le ocupaba tal recuerdo, esto es, si retornaba pe-
riódicamente a su memoria, desde la infancia, o si había
emergido en ella posteriormente, provocado por algún
motivo que recordase. Esta pregunta constituyó toda mi
aportación a la solución del problema planteado, pues lo
demás lo halló por sí mismo el interesado, que no era nin-
gún principiante en este orden de trabajos.He aquí su respuesta: «No había pensado aún en lo
que me dice. Pero después de su pregunta, se me impone
la certeza de que este recuerdo infantil no me ocupó, para
nada, en mi niñez. Me figuro también la ocasión que pro-
vocó su despertar, con el de otros muchos recuerdos de
mis primeros años. Cumplidos ya los diez y siete, volvíS.
274
durante unas vacaciones, por vez primera, a mi lugar na-
tal, alojándome en casa de una familia con la cual mante-
níamos relaciones de amistad desde aquellos primeros
tiempos. Sé muy bien qué plenitud de emociones me in-
vadieron en esta temporada. Mas, para contestar a su
pregunta, debo relatarle toda una parte de mi vida. En la
época de mi nacimiento, gozaban mis padres de una regu-
lar posición económica. Pero al cumplir yo los tres años,
el ramo industrial al que mi padre se dedicaba, experi-
mentó una tremenda crisis, que dió al traste con nuestra
fortuna familiar, obligándonos a trasladarnos a la ciudad.
Vinieron luego largos años difíciles, en los que nada hubo
digno de ser retenido. En la ciudad, no me sentía yo a gus-
to. La añoranza de los hermosos bosques de mi lugar, a
los cuales me escapaba en cuanto aprendí a andar, según
testimonia uno de mis recuerdos de entonces, no me ha
abandonado nunca. Como ya dije antes, la primera vez
que volví a ellos, fué a los diez y siete años, invitado a
pasar mis vacaciones en casa de una familia amiga, que
después de nuestra partida había hecho fortuna. Tuve,
pues, ocasión de comparar el bienestar que en ella reina-
ba, con la estrechez de nuestra vida en la ciudad. Pero
además, he de confesarle otra circunstancia que me pro-
dujo vivas emociones. Mis huéspedes tenían una hija de
quince años, de la que me enamoré en el acto. Fué éste
mi primer amor, bastante intenso, pero mantenido en el
más absoluto secreto. La muchacha marchó, a los pocos
días, a un establecimiento de enseñanza, cuyas vacacio-
nes terminaban antes que las mías, y esta separación,
después de tan breve conocimiento, contribuyó a avivar
mi pasión. Durante largos paseos solitarios por los bellos
bosques de mi infancia, vueltos ahora a encontrar, me
complacía en imaginar dichosas fantasías, que rectificaban
mi pasado. Si los negocios de mi padre no hubieran decli-
nado, hubiéramos seguido viviendo en aquel lugar, yo meS.
275
habría criado tan sano y robusto como los hermanos de la
muchacha, habría continuado las actividades industriales
de mi padre y hubiera podido, por fin, casarme con mi
adorada. Naturalmente, no dudaba ni un instante, que en
las circunstancias creadas por mi fantasía, la hubiera
amado también, con el mismo apasionamiento. Lo singu-
lar es que al verla ahora alguna vez, pues ha contraído
matrimonio aquí, me es absolutamente indiferente, y sin
embargo, recuerdo muy bien, que durante mucho tiempo
después, no podía ver nada de un color amarillo parecido
al del traje que llevaba en nuestra primera entrevista, sin
emocionarme profundamente.»Esta última observación me parece análoga a la que
antes hizo usted sobre el diente de león, afirmando que ya
no le gustaba esta flor. ¿No sospecha usted la existencia
de una relación entre el color amarillo del vestido de la
muchacha y la exagerada intensidad conque resalta este
color en las flores de su recuerdo infantil?«Quizá; pero no es un mismo color. El vestido de la
muchacha era de un amarillo más obscuro. Sin embargo,
puedo suministrarle una representación intermedia, que
acaso sea útil. He visto después, en los Alpes, que algu-
nas flores, de colores claros en los valles, toman, en las
alturas, matices más obscuros. Si no me engaño mucho,
se encuentra con gran frecuencia en la montaña, una flor
muy parecida al diente de león, pero de un color más obs-
curo, que corresponde exactamente al del traje de mi ama-
da de entonces. Pero, déjeme continuar: Debo relatarle
aún otro suceso, próximo al anterior, que despertó tam-
bién mis recuerdos infantiles. Tres años después de mi
primer retorno a los lugares de mi infancia, fuí a pasar las
vacaciones a casa de mi tío, en la que encontré de nuevo
a mis primeros camaradas infantiles, esto es, a aquellos
primos míos que aparecen en la escena cuyo recuerdo nos
ocupa. Esta familia había abandonado, al mismo tiempoS.
276
que nosotros, nuestra primera residencia, y había logrado
rehacer su fortuna en una lejana ciudad.»¿Y se volvió usted a enamorar, esta vez de su prima,
forjando nuevas fantasías?«No. Había ingresado ya en la Universidad, y me ha-
llaba entregado por completo a mis estudios, sin que me
quedara tiempo para pensar en mi prima. Así, pues, que
yo sepa, mi imaginación permaneció quieta. Pero creo que
mi padre y mi tío habían formado el proyecto de hacerme
substituir mis estudios abstractos por otros más prácticos,
establecerme después en la ciudad donde mi tío residía y
casarme con mi prima, proyecto al que renunciaron, quizá,
al verme tan absorbido por mis propios planes. Sin em-
bargo, yo debí adivinar algo de él, y cuando al terminar
mi carrera universitaria pasé por un período difícil, tenien-
do que luchar mucho tiempo para conseguir un puesto que
me permitiera hacer frente a las necesidades de la vida,
debí de pensar muchas veces que mi padre hubiera que-
rido compensarme, con aquel proyecto matrimonial, del
trastorno originado en mi vida por sus pérdidas econó-
micas.»Si con esta época de lucha por el pan cotidiano coin-
cidió su primer contacto con las cimas alpinas, tendremos
ya un punto de apoyo para situar en ella la reviviscencia
del recuerdo infantil que nos ocupa.«Exacto. Las excursiones por la montaña fueron en-
tonces el único placer que podía permitirme. Pero no com-
prendo bien la relación que usted persigue.»Va usted a verlo. El elemento más intenso de su es-
cena infantil es el buen sabor del pan. ¿No observa usted
que esta representación, de la que emana una sensación
casi alucinante, corresponde a la idea fantaseada por
usted de que si hubiera permanecido en su lugar natal se
hubiese casado con aquella muchacha y hubiera llevado
una vida serena? Esta idea queda simbólicamente repre-S.
277
sentada por el buen sabor del pan, no amargado por la
dura lucha para conseguirlo. El color amarillo de las flores
es también una alusión a la misma muchacha. Pero ade-
más, tenemos en la escena infantil elementos que no pue-
den referirse sino a la segunda fantasía, o sea al matrimo-
nio con su prima. Arrojar las flores, para cambiarlas por
un pedazo de pan, me parece una clara alusión al pro-
yecto paterno de hacerle renunciar a sus estudios abstrac-
tos para substituirlos por una actividad más práctica, que
le permitiera ganarse el pan.«Resulta, así, que las dos series de fantasías de cómo
hubiera podido lograr una vida menos trabajosa, se ha-
brían fundido en un solo producto, suministrando una el
color «amarillo» y el pan «de mi lugar», y la otra, el acto
de arrojar las flores, y los personajes.»Así es; las dos fantasías han sido proyectadas una
sobre otra, formándose con ellas un recuerdo infantil. Las
flores alpinas constituyen un indicio de la época en que
fué fabricado este recuerdo. Puedo asegurarle que la in-
vención inconsciente de tales productos no es nada rara.«Pero entonces no se trata de un recuerdo infantil,
sino de una fantasía retrotraída a la infancia. Sin embargo,
tengo la sensación de que la escena recordada es per-
fectamente auténtica. ¿Cómo compaginar ambas cosas?»Para los datos de nuestra memoria no existe garantía
alguna. No obstante, quiero aceptar la autenticidad de la
escena. Resultará entonces, que entre infinitas escenas
análogas o distintas de su vida, la ha elegido usted por
prestarse su contenido–indiferente en sí–a la represen-
tación de las dos fantasías importantes. A tales recuer-
dos, que adquieren un valor por representar en la memo-
ria impresiones y pensamientos de épocas posteriores,
cuyo contenido se halla enlazado al suyo por relaciones
simbólicas, les damos el nombre de recuerdos en
cubridores. Su extrañeza ante el frecuente retornoS.
278
de esta escena a su memoria, se desvanecerá ya al com-
probar que está destinada a ilustrar los azares más impor-
tantes de su vida y la influencia de los dos impulsos ins-
tintivos más poderosos, el hambre y el amor.
«El hambre queda, en efecto, bien representada, pero
¿y el amor?»
A mi juicio, por el color amarillo de las flores. De to-
dos modos he de confesarle que la simbolización del amor
en esta escena infantil, resulta mucho más vaga que en
los demás casos por mí observados.
«Nada de eso. Caigo ahora en que precisamente la
parte principal de la escena no es sino tal simbolización.
Piense usted, que el acto de quitar las flores a una mu-
chacha es, en definitiva, desflorarla. ¡Qué contraste entre
el atrevimiento de esta fantasía y mi timidez en la prime-
ra ocasión amorosa y mi indiferencia en la segunda!»
Puedo asegurarle, que tales osadas fantasías constitu-
yen un complemento regular de la timidez juvenil.
«Pero entonces, lo que ha venido a transformarse en
un recuerdo infantil, no ha sido una fantasía consciente,
sino una fantasía inconsciente.»
Pensamientos inconscientes, que continúan los cons-
cientes. Piensa usted: Si me hubiera casado con ésta
o con aquélla–y de estos pensamientos surge el impulso
a representarse este casamiento.
«Ahora ya puedo continuar por mí mismo. Para el jo-
ven irreflexivo, lo más atractivo de todo el tema es la no-
che de bodas. ¡Qué sabe él de lo que viene detrás! Pero
esta representación no se arriesga a emerger a plena luz.
La modestia dominante en el ánimo del sujeto y el respe-
to hacia la muchacha, la mantienen reprimida. De este
modo, permanece inconsciente…»
Y encuentra una derivación tomando el aspecto de un-
recuerdo infantil. Tiene usted razón al afirmar, que preci-
samente el carácter groseramente sensual de la fantasía,S.
279
es lo que la impide llegar a constituirse en una fantasía
consciente, obligándola a satisfacerse con ser acogida,
bajo la forma de una florida alusión, en una escena
infantil.«¿Pero por qué precisamente en una escena infantil?»
Quizá para parecer más inocente. ¿Puede usted acaso
imaginar algo más contrario que los juegos infantiles, a
tales y tan maliciosos propósitos de agresión sexual?
Además, el refugio de pensamientos y deseos reprimidos,
en recuerdos infantiles, se apoya también en razones más
generales, pudiendo observarse regularmente en las per-
sonas histéricas. Parece ser, así mismo, que el recuerdo
de cosas muy pretéritas es propulsado por un motivo de
placer. «Forsan et haec olim meminisse juvabit».«Siendo así, pierdo toda confianza en la autenticidad
de la escena, y me explico, ahora, su génesis, en la si-
guiente forma: En las dos ocasiones citadas, y apoyada
por motivos muy comprensibles, surgió en mí la idea de
que si me hubiera casado con una u otra muchacha, sería
mi vida mucho más agradable. La tendencia sensual en mí
existente, habría repetido la idea condicional en represen-
taciones apropiadas, para ofrecerle satisfacción. Esta se-
gunda conformación de la misma idea habría permanecido
inconsciente, dada su incompatibilidad con la disposición
sexual dominante, pero su mismo carácter inconsciente la
capacitó para seguir perdurando en la vida psíquica, en
tiempos en que su forma consciente había quedado ya
desvanecida por las modificaciones de la realidad. Esta
idea inconsciente tendería, obedeciendo como usted afir-
ma, a una ley regular, a transformarse en una escena in-
fantil, a la que su inocencia permitía devenir consciente.
A este fin, habría tenido que sufrir una transformación, o
mejor dicho, dos transformaciones: Una que despoja a la
idea condicional de todo su carácter arriesgado, expresán-
dola metafóricamente, y otra que da a la idea condiciona-S.
280
da, una forma susceptible de exposición visual, utilizando
para ello, como representación intermedia, la del «pan».
Veo ahora, que al forjar una tal fantasía, realicé algo se-
mejante a una satisfacción de los dos deseos reprimidos–
la desfloración y el bienestar material. Pero después de
darme, así, cuenta completa de los motivos que me indu-
jeron a imaginar esta fantasía, he de suponer que se trata
de algo que jamás sucedió, habiéndose introducido su-
brepticiamente entre mis recuerdos infantiles.»Ahora soy yo quien tiene que constituirse en defensor
de la autenticidad de la escena. Va usted demasiado lejos.Me ha oído decir, que todas estas fantasías tienen una
tendencia a constituirse en recuerdos infantiles. Pero he
de añadir, que no lo consiguen sino cuando ya existe una
huella mnémica, cuyo contenido presenta, con el de la
fantasía, puntos diversos de contacto. Ahora bien, una
vez hallado uno de estos puntos–en nuestro caso el de
la desfloración y el acto de arrancar las flores a la mucha-
cha–el contenido restante de la fantasía es modificado
por todo género de representaciones intermedias (piense
usted en el pan), hasta que surgen nuevos puntos de con-
tacto con el contenido de la escena infantil. Es, desde lue-
go, posible, que en este proceso, sufra también algunas
transformaciones la misma escena infantil, quedando, así,
falseados los recuerdos. En su caso, la escena infantil pa-
rece haber sido tan sólo cincelada; piense usted en el ex-
cesivo resalte del amarillo y en el exagerado buen sabor
del pan. Pero la materia prima era perfectamente utiliza-
ble. De no ser así, no hubiera podido este recuerdo hacer-
se consciente, con preferencia a tantos otros. No hubiera
usted recordado tal escena como un suceso infantil o hu-
biera recordado, quizá, otra, pues ya sabe usted, que para
nuestro ingenio es muy fácil establecer relaciones entre
las cosas más dispares. Pero además de la sensación de
autenticidad–muy de tener en cuenta–que le produce aS.
281
usted su recuerdo, hay aún otra cosa que testimonia a fa-
vor de la realidad de la escena. Contiene ésta, en efecto,
rasgos que no encuentran explicación en los hechos por
usted relatados, ni armonizan con el sentido de las fanta-
sías. Así, cuando su primo le ayuda a arrebatar la flores a
la niña. ¿Podría usted hallar un sentido a un tal auxilio en
la desfloración? ¿O al grupo formado por la campesina y
la niñera ante la casa?
«No lo creo.»Vemos, pues, que la fantasía no cubre por completo la
escena infantil, limitándose a apoyarse en algunos de sus
puntos. Esta circunstancia habla en favor de la autentici-
dad del recuerdo infantil.«¿Cree usted muy frecuente la posibilidad de inter-
pretar así, con exactitud, recuerdos infantiles aparente-
mente inocentes?»Según mi experiencia, frecuentísima. ¿Quiere usted que
intentemos en chanza, ver si los dos ejemplos comunica-
dos por los Henri permiten ser interpretados como recuer-
dos encubridores de sucesos e impresiones posteriores?
Me refiero al recuerdo de un plato con hielo, colocado
encima de la mesa dispuesta para comer, y al de haber
tronchado durante un paseo, con ayuda de otra persona,
una rama de un árbol.Mi interlocutor reflexionó un momento: «Con respecto
al primero, no se me ocurre nada. Probablemente ha te-
nido efecto en él, un desplazamiento, pero me es imposi-
ble adivinar los elementos intermedios. En cuanto al se-
gundo, arriesgaría una interpretación si el sujeto fuera un
alemán y no un francés.»Ahora soy yo quien no entiende. ¿Qué puede eso
cambiar?«Mucho, puesto que la expresión verbal facilita pro-
bablemente el enlace entre el recuerdo encubridor y el en-
cubierto. En alemán, la expresión «arrancarse una» (sich
S.
282
einen ausreissen) constituye una alusión vulgar, muy co
nocida, al onanismo. La escena retrotraería a la primera
infancia, el recuerdo de una ulterior iniciación en el ona-
nismo, toda vez que en el acto de arrancar la rama es
ayudado el sujeto por alguien. Pero lo que no armoniza
con esta interpretación, es la presencia, en la escena re-
cordada, de varias otras personas.»Mientras que la iniciación en el onanismo tenía que
haberse desarrollado en secreto ¿no es eso? Precisamente
esta antítesis favorece su interpretación. Es utilizado, de
nuevo, para dar a la escena un aspecto inocente. ¿Sabe
usted lo que significa en nuestros sueños, ver en derredor
nuestro «mucha gente desconocida», como sucede con
gran frecuencia, en aquellos en los que nos vemos desnu-
dos, sintiéndonos terriblemente embarazados bajo las mi-
radas de los circunstantes? Pues la idea que encierra esta
visión es la de «secreto», plásticamente expresada por su
antítesis. De todos modos, nuestra interpretación de estos
casos de los Henri, carece de toda base, pues ni siquiera
sabemos si un francés reconocería en la frase CASSER UNE
BRANCHE D’UN ARBRE, o en otra semejante, una alusión al
onanismo.***
Con el anterior análisis, fielmente reproducido, cree-
mos haber aclarado suficientemente nuestro concepto del
recuerdo encubridor, como un recuerdo que no
debe su valor mnémico al propio contenido, sino a la rela-
ción del mismo con otro contenido reprimido. Según el
orden a que tal relación pertenezca, podemos distinguir
diversas clases de recuerdos encubridores. De dos de es-
tas clases hemos encontrado ejemplos entre aquellos pro-
ductos psíquicos que consideramos como nuestros más
tempranos recuerdos infantiles, siempre que se incluyaS.
283
también, bajo el concepto de recuerdo encubridor, aque
llas escenas infantiles incompletas, que deben precisamen
te a este carácter su apariencia inocente. Ha de suponer
se, que los restos mnémicos de épocas ulteriores de la
vida, suministraran también material, para la formación de
recuerdos encubridores. No perdiendo de vista los carac
teres principales de estos recuerdos—gran adherencia a la
memoria, no obstante un contenido indiferente—resulta
fácil encontrar en nuestra memoria, numerosos ejemplos
de este género. Una parte de estos recuerdos encubrido
res, de contenido ulteriormente vivido, debe su importan
cia a una relación con sucesos reprimidos de la primera
juventud, inversamente a como sucedía en el caso antes
analizado, en el cual, un recuerdo infantil queda justifica
do por algo ulteriormente vivido. Según que sea una u
otra la relación temporal entre lo encubridor y lo encubier
to, podemos hablar de recuerdos encubridores regre
sivos o progresivos. Conforme a otra relación,
distinguimos recuerdos encubridores positivos y negati
vos, cuyo contenido se halla en una relación antitética con
el contenido reprimido. El tema merecería ser tratado con
mayor amplitud. Por lo pronto, me conformaré con hacer
observar cuán complicados procesos—totalmente análo
gos, por lo demás, a la producción de síntomas históri
cos—intervienen en la formación de nuestro tesoro
mnémico.Nuestros más tempranos recuerdos infantiles serán
siempre objeto de un especial interés, porque el problema
planteado por el hecho de que las impresiones más decisi
vas para el porvenir del sujeto, puedan no dejar tras de sí
una huella mnémica, induce a reflexionar sobre la génesis
de los recuerdos conscientes. Al principio nos inclinare
mos seguramente a excluir de los restos mnémicos infanti
les, como elementos heterogéneos, los recuerdos encubri
dores y a suponer, simplemente, que las demás imágenesS.
284
surgen simultáneamente al suceso vivido, como conse-
cuencia inmediata del mismo, retornando periódicamente,
a partir de este momento, conforme a las conocidas leyes
de la reproducción. Pero una observación más sutil nos
descubre rasgos que no armonizan con esta hipóte-
sis. Así, ante todo, los siguientes: En la mayoría de las esce-
nas infantiles importantes, el sujeto se ve, a sí mismo, en
edad infantil, y sabe que aquel niño que ve es él mismo,
pero lo ve como lo vería un observador-
ajeno a la escena. Los Henri no omiten hacer notar que
muchos de sus infor-
mantes insisten en esta peculiari-
dad de las escenas infantiles. Ahora bien; es indudable que esta imagen mné-
mica no puede ser una fiel reproducción de la impresión-
recibida en aquella época. El sujeto se hallaba entonces
en el centro de la situación y no atendía a su propia per-
sona, sino al mundo exterior.Siempre que en un recuerdo aparece, así, la propia
persona, como un objeto entre otros objetos, puede consi-
derarse esta oposición del sujeto actor y el sujeto evoca-
dor, como una prueba de que la impresión primitiva ha
experimentado una elaboración secundaria. Parece como
si una huella mnémica de la infancia hubiera sido retradu-
cida luego, en una época posterior (en la correspondiente
al despertar del recuerdo), al lenguaje plástico y visual.
En cambio, no surge jamás en nuestra conciencia nada se-
mejante a una reproducción-
de la impresión original.Hay todavía un segundo hecho, que prueba aún con
mayor fuerza la exacti-
tud de esta segunda concep-
ción de las escenas infan-
tiles. Entre los diversos recuerdos infan-
tiles de sucesos importantes, que surgen todos con igual
claridad y precisión, hay un cierto número de escenas, que
al ser contrasta-
das–por ejemplo con los recuerdos de
otras personas–se demuestran falsas. No es que hayan
sido totalmente inventadas; son falsas en cuanto transfie-
ren la situación a un lugar en el que no se ha desarrolla-
doS.
285
(como sucede en uno de los casos reunidos por los Henri),
funden varias personas en una sola o las substituyen entre
sí, o resultan ser una amalgama de dos sucesos distintos.
La simple infidelidad de la memoria no desempeña preci-
samente aquí, dada la gran intensidad sensorial de las imá-
genes y la amplia capacidad funcional de la memoria juve-
nil, ningún papel considerable. Una minuciosa investiga-
ción nos muestra más bien, que tales falsedades del
recuerdo tienen un carácter tendencioso, hallándose des-
tinadas a la represión y substitución de impresiones repul-
sivas o desagradables. Así, pues, también estos recuerdos
falseados tienen que haber nacido en una época en la que
ya podían influir en la vida anímica tales conflictos e im-
pulsos a la represión, o sea en una época muy posterior a
aquella que recuerdan en su contenido. Pero también aquí
es el recuerdo falseado, el primero del que tenemos noti-
cia. El material de huellas mnémicas del que fué forjado,
es desconocido en su forma primitiva.Este descubrimiento acorta a nuestros ojos la distancia
que suponíamos entre los recuerdos encubridores y los
demás recuerdos de la infancia. Llegamos a sospechar que
todos nuestros recuerdos infantiles conscientes nos mues-
tran los primeros años de nuestra existencia, no como
fueron, sino como nos parecieron al evocarlos, luego, en
épocas posteriores. Tales recuerdos no han emergi-
do, como se dice habitualmente, en estas épocas, sino
que han sido formados en ellas, interviniendo en esta
formación y en la selección de los recuerdos toda una se-
rie de motivos muy ajenos a un propósito de fidelidad his-
tórica.
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Los recuerdos encubrido
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