Los recuerdos encubrido 1899-001/1928.es

Freud, Sigmund (1899-001/1928.es): Los recuerdos encubrido

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    Los recuerdos encubridores

    En mis tratamientos psicoanalíticos (de histerias, neu-
    rosis obsesivas, etc.), he tenido repetidas ocasiones de
    ocuparme de los recuerdos fragmentarios de los primeros
    años infantiles, conservados en la memoria individual.
    Tales recuerdos poseen, como ya en otro lugar hemos in-
    dicado, una gran importancia patógena. Pero aparte de
    esto, el tema de los recuerdos infantiles ofrece siempre
    interés psicológico, por hacerse en ellos visible una dife-
    rencia fundamental entre la conducta psíquica del niño y la
    del adulto. Es indudable, que los sucesos de nuestros pri-
    meros años infantiles dejan en nuestra alma, huellas inde-
    lebles; pero cuando preguntamos a nuestra memoria,
    cuáles son las impresiones cuyos efectos han de perdurar
    en nosotros hasta el término de nuestra vida, permanece
    muda o nos ofrece tan sólo un número relativamente pe-
    queño de recuerdos aislados, de valor muy dudoso con
    frecuencia, y a veces, problemático. La reproducción mné-
    mica de la vida en una concatenación coherente de recuer-
    dos no comienza sino a partir de los seis o los siete años,
    y en algunos casos, hasta después de los diez. Mas de
    aquí en adelante, se establece también una relación cons-
    tante entre la importancia psíquica de un suceso y su ad-
    herencia a la memoria. Conservamos en ella, todo lo que
    parece importante, por sus efectos inmediatos o cercanos.
    Olvidamos, en cambio, lo que suponemos nimio. Si nos es
    posible recordar a través de mucho tiempo, un determina-
     

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    do suceso, vemos en esta adherencia a nuestra memoria,
    una prueba de que dicho suceso nos causó, en su época,
    profunda impresión. El haber olvidado algo importante
    nos asombra aún más que recordar algo aparentemente
    nimio.

    Esta relación existente para el hombre normal entre la
    importancia psíquica y la adherencia a la memoria, des-
    aparece en ciertos estados anímicos patológicos. Así, el
    histérico presenta una singular amnesia, total o parcial, en
    lo que respecta a aquellos sucesos que han provocado su
    enfermedad, los cuales, por esta misma causación e inde-
    pendientemente de su propio contenido, han adquirido, sin
    embargo, para él, máxima importancia. En la analogía de
    esta amnesia patológica con la amnesia normal que recae
    sobre nuestros años infantiles, quisiéramos ver un signifi-
    cativo indicio de las íntimas relaciones existentes entre el
    contenido psíquico de la neurosis y nuestra vida infantil.

    Estamos tan acostumbrados a este olvido de nuestras
    impresiones infantiles, que no solemos advertir el proble-
    ma que detrás de él se esconde y nos inclinamos a atribuir-
    lo al estado rudimentario de la actividad psíquica del niño.
    En realidad, un niño normalmente desarrollado, nos mues-
    tra ya, a los tres o los cuatro años, una respetable canti-
    dad de rendimientos psíquicos, muy complicados, tanto en
    sus comparaciones y deducciones, como en la expresión
    de sus sentimientos, no existiendo razón visible alguna,
    para que estos actos psíquicos, plenamente equivalentes a
    los posteriores, hayan de sucumbir a la amnesia.

    El estudio de los problemas psicológicos enlazados a
    los primeros recuerdos infantiles exige, como premisa in-
    dispensable, la reunión de material suficiente, determinán-
    dose, por medio de una amplia información, qué recuerdos
    de esta edad puede comunicar un número considerable de
    adultos normales. V. y C. Henri iniciaron esta labor en 1895,
    difundiendo un interrogatorio por ellos formulado. Los in-

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    teresantísimos resultados de esta información, a la que
    respondieron ciento veintitrés personas, fueron publicados
    luego (1897), por sus iniciadores, en «L’Année psycholo-
    gique» (T. III.—Enquête sur les premiers souvenirs de
    l’enfance). Por nuestra parte, no proponiéndonos tratar
    aquí este tema en su totalidad, nos limitaremos a hacer re-
    saltar aquellos puntos a los que hemos de enlazar nuestro
    estudio de los recuerdos calificados, por nosotros, de «en-
    cubridores».

    La época en la que se sitúa el contenido de los recuer-
    dos infantiles más tempranos es, por lo general, la que se
    extiende entre los dos y los cuatro años (así sucede en
    ochenta y ocho casos de los reunidos por C. y V. Henri).
    Hay, sin embargo, individuos cuya memoria alcanza más
    atrás, incluso hasta poco tiempo después de cumplir su
    primer año, y otros, en cambio, que no poseen recuerdo
    alguno anterior a los seis, los siete o los ocho años. No se
    sabe aún, de qué dependen tales diferencias. Únicamente
    se observa—dicen los Henri—, que una persona cuyo re-
    cuerdo más temprano corresponde a una edad mínima, por
    ejemplo, al primer año de su vida, dispone también de
    otros diversos recuerdos inconexos de los años siguientes,
    y que la reproducción de su vida en una cadena mnémica
    continua se inicia en ella antes que en otras personas cu-
    yo primer recuerdo pertenece a épocas posteriores. Así,
    pues, lo que se adelanta o retrasa en los distintos indivi-
    duos, no es tan sólo el momento del primer recuerdo, sino
    toda la función mnémica.

    La cuestión de cuál suele ser el contenido de es-
    tos primeros recuerdos infantiles presenta especialísimo
    interés. La psicología de los adultos nos haría esperar, que
    del material de sucesos vividos, serían seleccionadas aque-
    llas impresiones que provocaron un intenso afecto o cuya
    importancia quedó impuesta a poco, por sus consecuen-
    cias. Algunas de las observaciones de los Henri parecen

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    confirmar esta hipótesis, pues presentan, como contenidos
    más frecuentes de los recuerdos infantiles, bien ocasiones
    de miedo, vergüenza o dolor físico, bien acontecimientos
    importantes, enfermedades, muertes, incendios, el naci-
    miento de un hermano, etc. Nos inclinaríamos, así, a su-
    poner, que las normas de la selección mnémica son idénti-
    cas en el alma del niño y en la del adulto. Por su parte,
    los recuerdos infantiles conservados habrán de indicarnos
    las impresiones que cautivaron el interés del niño, a dife-
    rencia del de un adulto, y de este modo, nos explicare-
    mos, por ejemplo, que una persona recuerde la rotura de
    unas muñecas con las que jugaba a los dos años y haya ol-
    vidado, en cambio, totalmente, graves y tristes sucesos de
    los que pudo darse cuenta en aquella misma época.

    Habrá, pues, de extrañarnos, por contradecir la hipó-
    tesis antes formulada, oír que los recuerdos infantiles más
    tempranos, de algunas personas, tienen, por contenido,
    impresiones cotidianas e indiferentes, que no pudieron
    provocar afecto ninguno en el niño, no obstante lo cual,
    quedaron impresas en su memoria, con todo detalle, no ha-
    biendo sido retenidos, en cambio, otros sucesos importan-
    tes de la misma época, ni siquiera aquellos que, según tes-
    timonio de los padres, causaron gran impresión al niño.
    Cuentan, así, los Henri, de un profesor de filología, cuyo
    primer recuerdo, situado entre los tres y los cuatro años,
    le presentaba la imagen de una mesa dispuesta para la co-
    mida, y en ella, un plato con hielo. Por aquel mismo tiem-
    po, ocurrió la muerte de su abuela, que según manifiestan
    los padres del sujeto, conmovió mucho al niño. Pero el
    profesor de filología no sabe ya nada de esta desgracia, y
    sólo recuerda, de aquélla época, un plato con hielo, puesto
    encima de una mesa.

    Otro individuo refiere, como primer recuerdo infantil,
    el de haber tronchado una ramita de un árbol durante un
    paseo. Cree poder indicar todavía el lugar en que esto su-
    cedió.

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    cedió. Iba con varias personas y una de ellas le ayudó a
    cortar la ramita.
    Los Henri suponen muy raros tales casos. Por mi par-
    te, he tenido ocasión de hallarlos con bastante frecuen-
    cia, si bien, por lo general, en enfermos neuróticos. Uno de los
    informadores de los Henri arriesga una explica-
    ción, que nos parece acertadísima, de estas imágenes mnémicas in-
    comprensibles por su nimiedad. Supone, que en estos ca-
    sos, la escena de referencia no se ha conservado sino in-
    completamente en el recuerdo, pareciendo así indiferente,
    pero que en los elementos olvidados, se hallaría, quizá,
    contenido todo aquello que la hizo digna de ser recordada.
    Mi experiencia está de completo acuerdo con esta explica-
    ción. Únicamente nos parecería más exacto decir que los
    elementos no aparentes en el recuerdo, han sido «omiti-
    dos», en lugar de «olvidados». En el tratamiento psico-
    analítico, me ha sido posible descubrir muchas veces los
    fragmentos restantes del suceso infantil, demostrán-
    dose, así, que la impresión de la cual subsistía tan sólo un torso
    en la memoria, confirmaba, una vez completada, la hipó-
    tesis de la conservación mnémica de lo importante. De to-
    dos modos, no nos explicamos aún la singular selec-
    ción llevada a cabo por la memoria entre los elementos de un
    suceso, pues hemos de pregun-
    tarnos todavía, por qué es rechazado, precisamente, lo importante, y conservado, en
    cambio, lo indiferente. Para alcanzar tal explica-
    ción, hemos de penetrár más pro-
    fundamente en el mecanismo de estos procesos. Se nos impone, entonces, la idea, de que
    en la constitución de los recuerdos de este orden, partici-
    pan dos fuerzas psíquicas, una de las cuales se basa en la
    importancia del suceso, para querer recordarlo, mientras
    que la otra—una resisten-
    cia—se opone a tal propósito.
    Estas dos fuerzas opuestas no se destruyen, ni llega tam-
    poco a suceder, que uno de los motivos venza al otro
    —con o sin pérdidas por su parte—, sino que se origina

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    un efecto de transacción, análogamente a la producción de
    una resultante en el paralelógramo de las fuerzas. La tran-
    sacción consiste aquí, en que la imagen mnémica no es
    suministrada por el suceso de referencia –en este punto
    vence la resistencia–, pero sí, en cambio, por un elemento
    psíquico íntimamente enlazado a él por asociación, circuns-
    tancia en la que se muestra de nuevo el poderío del primer
    principio que tiende a fijar las impresiones importantes por
    medio de la producción de imágenes mnémicas reproduci-
    bles. Así, pues, el conflicto se resuelve constituyéndose,
    en lugar de la imagen mnémica originalmente justificada,
    una distinta, producto de un desplazamiento aso-
    ciativo. Pero como los elementos importantes de la impre-
    sión primitiva son precisamente los que han despertado la
    resistencia, no pueden entrar a formar parte del recuerdo
    substitutivo, el cual presentará, así, un aspecto nimio, re-
    sultándonos incomprensible, porque quisiéramos atribuir
    su conservación en la memoria, a su propio contenido, de-
    biendo atribuirla realmente a la relación de dicho conteni-
    do con otro distinto, rechazado.

    Entre los muchos casos posibles de substitución de un
    contenido psíquico por otro, comprobables en diversas
    constelaciones psicológicas, este que se desarrolla en los
    recuerdos infantiles, y consiste en la substitución de los
    elementos importantes de un suceso, por los más insignifi-
    cantes del mismo, es uno de los más sencillos. Constituye
    un desplazamiento por contigüidad asociativa, o atendien-
    do a la totalidad del proceso, en una represión seguida de
    una substitución por algo contiguo (local y temporalmen-
    te). Ya en otro lugar, tuvimos ocasión de exponer un caso
    muy análogo de substitución, descubierto en el análisis de
    una paranoia 1). Tratábase, entonces, de una paciente,


    1)Véase en el tomo XI de estas obras completas, el ensayo ti-
    tulado «Nuevas observaciones sobre las neuropsicosis de defensa».

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    que oía en sus alucinaciones, voces que le recitaban pasa
    jes enteros de la «Heiterethei» de O. Ludwig, elegidos
    precisamente entre los más indiferentes y menos suscepti
    bles de una relación con sus propias circunstancias. El
    análisis demostró haber sido otros distintos pasajes de la
    misma obra los que habían despertado en la paciente sen
    timientos muy penosos. El afecto penoso motivaba la re
    pulsa de tales pasajes, mas por otro lado, no era posible
    reprimir los motivos que imponían la continuación de es
    tos pensamientos, y de este modo, surgió la transacción
    consistente en emerger en la memoria, con intensidad y cla
    ridad patológicas, los pasajes indiferentes. El proceso
    aquí descubierto—conflicto, represión y subs
    titución transaccional—retorna en todos los
    síntomas psiconeuróticos, dándonos la clave de la forma
    ción de los mismos. No carece, pues, de importancia su
    descubrimiento también en la vida psíquica de los indivi
    duos normales. El hecho de recaer, para el hombre nor
    mal, precisamente sobre los recuerdos infantiles, constitu
    ye una prueba más de la íntima relación entre la vida
    anímica del niño y el material psíquico de la neurosis, re
    lación tan repetidamente acentuada por nosotros.
    Los importantísimos procesos de la defensa normal y
    patológica y los desplazamientos a los cuales conducen,
    no han sido todavía estudiados, que yo sepa, por los psi
    cólogos, no habiéndose determinado aún los estratos de
    la actividad psíquica en los que se desarrollan, ni las con
    diciones bajo las cuales se desenvuelven. La causa de
    esta omisión es, quizá, que nuestra vida psíquica, en cuan
    to es objeto de nuestra percepción interna conscien
    te, no deja transparentar indicio alguno de estos pro
    cesos, sea en aquellos casos que calificamos de «erro
    res mentales», sea en ciertas operaciones tendientes a un
    efecto cómico. La afirmación de que una intensidad psíqui
    ca puede desplazarse desde una representación, la cual

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    queda despojada de ella, a otra distinta, que toma enton-
    ces a su cargo el papel psicológico que venía desempe-
    ñando la primera, nos resulta tan extraña como ciertos
    rasgos del mito griego, por ejemplo, cuando los dioses
    conceden a un hombre el don de la belleza, transfigurán-
    dole y como revistiéndole con una nueva envoltura cor-
    poral.

    Mis investigaciones sobre los recuerdos infantiles indi-
    ferentes me han enseñado también, que su génesis puede
    seguir aún otros caminos y que su aparente inocencia suele
    encubrir sentidos insospechados. No quiero limitarme en
    este punto a una mera afirmación, sino exponer amplia-
    mente el más instructivo de los ejemplos por mí reunidos,
    que inspirará además una mayor confianza por correspon-
    der a un sujeto nada o muy poco neurótico.

    Trátase de un hombre de treinta y ocho años y de for-
    mación universitaria que, a pesar de ejercer una profesión
    completamente ajena a nuestra disciplina, se interesa por
    las cuestiones psicológicas desde que conseguimos curar-
    le de una pequeña fobia, con ayuda de la psicoanálisis.
    Habiendo leído la investigación de C. y V. Henri, me co-
    municó la siguiente exposición de sus recuerdos infan-
    tiles, que ya habían desempeñado un cierto papel en el
    análisis:

    «Conservo numerosos recuerdos infantiles muy tem-
    pranos, cuyas fechas puedo indicar con gran seguri-
    dad, pues al cumplir los tres años abandonamos el lugar
    de mi nacimiento para establecernos en una ciudad. Los
    recuerdos a que me refiero se desarrollan todos en mi lu-
    gar natal, y corresponden, por lo tanto, al segundo y ter-
    cer año de mi vida. Son, en su mayoría, escenas muy bre-
    ves, pero claramente retenidas con todos los detalles de
    la percepción sensorial, contrastando, así, con los recuer-
    dos de épocas posteriores, carentes, en mí, de todo ele-
    mento visual. A partir de mis tres años, se hacen mis re-
    cuerdos

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    cuerdos más raros e imprecisos, mostrando lagunas que
    comprenden, a veces, más de un año. Sólo desde los seis
    o los siete años comienzan a adquirir continuidad. Los re-
    cuerdos correspondientes a la época anterior a nuestro
    cambio de residencia, pueden dividirse en tres grupos. In-
    cluyo en el primero aquellas escenas que mis padres me
    han referido posteriormente y de cuya imagen mnémica
    no puedo decir si existía ya en mí desde un principio o se
    constituyó luego de tales relatos. Observaré, de todos
    modos, que existen también otros sucesos, cuyo relato me
    ha sido hecho repetidas veces por mis padres y a los cua-
    les no corresponde, sin embargo, en mí, imagen mnémica
    ninguna. El segundo grupo tiene, a mi juicio, más valor.
    Las escenas que lo constituyen no me han sido–que yo
    sepa–relatadas, y para muchas de ellas no cabe una tal
    posibilidad, puesto que no he vuelto a ver a las perso-
    nas que en ellas actuaron. Del tercer grupo me ocuparé
    más tarde. Por lo que respecta al contenido de estas es-
    cenas y, consiguientemente, al motivo de su conservación
    en la memoria, no carezco de una cierta orientación. No
    puedo, de todos modos, afirmar que los recuerdos conser-
    vados correspondan a los acontecimientos más importan-
    tes de aquella época o a los que hoy juzgaría tales. Del
    nacimiento de una hermana mía, dos años y medio menor
    que yo, no tengo la menor idea; nuestra partida de mi ciu-
    dad natal, mi primer conocimiento del ferrocarril y el lar-
    go viaje en coche hasta la estación, no han dejado huella
    alguna en mi memoria. En cambio, retuve dos detalles
    nimios del viaje en ferrocarril, de los cuales ya tuvimos
    ocasión de hablar en el análisis de mi fobia. Una herida en
    la cara, que provocó una abundante hemorragia e hizo
    precisos varios puntos de sutura, hubiera debido causar-
    me máxima impresión. Todavía hoy puede advertirse en
    mi rostro la cicatriz correspondiente, pero no conservo re-
    cuerdo alguno que se refiera directa o indirectamente a

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    este suceso. Quizá acaeciese antes de cumplir yo los dos
    años.»
     

    «Las imágenes y escenas de estos dos grupos no me
    causan extrañeza. Son, ciertamente, recuerdos despla-
    zados, en la mayoría de los cuales, ha quedado excluído lo
    esencial. Pero en algunos, tales elementos importantes,
    se hallan, por lo menos, indicados, y otros me resultan
    fáciles de completar con el auxilio de ciertos indicios, lo
    grando así enlazar los distintos fragmentos mnémicos y
    mostrándoseme claramente el interés infantil que reco-
    mendó a la memoria tales escenas. Muy otra cosa sucede
    con el contenido del tercer grupo. Trátase aquí de un ma-
    terial–una escena de alguna extensión y varias pequeñas
    imágenes–del que no sé qué pensar. La escena me pare-
    ce indiferente e incomprensible su fijación. Permítame
    usted que se la describa: Veo una pradera cuadrangular,
    algo pendiente, verde y muy densa. Entre la hierba, re-
    saltan muchas flores amarillas, de la especie llamada vul-
    garmente diente de león. En lo alto de la pradera, una
    casa campestre, a la puerta de la cual conversan apacible-
    mente dos mujeres: una campesina, con su pañuelo a la
    cabeza, y una niñera. En la pradera, juegan tres niños: yo
    mismo (representando dos o tres años), un primo mío, un
    año mayor que yo, y su hermana, casi de mi misma edad.
    Cogemos las flores amarillas y tenemos ya un ramito cada
    uno. El más bonito es el de la niña, pero mi primo y yo
    nos arrojamos sobre ella y se lo arrebatamos. La chiquilla
    echa a correr, llorando, pradera arriba, y al llegar a la ca-
    sita, la campesina le da, para consolarla, un gran pedazo
    de pan de centeno. Al advertirlo mi primo y yo, tiramos
    las flores y corremos hacia la casa, pidiendo también pan.
    La campesina nos lo da, cortando las rebanadas con un
    largo cuchillo. El resabor de este pan en mi recuerdo, es
    verdaderamente delicioso, y con ello termina la escena.»
    ¿Qué es lo que en este suceso justifica el esfuerzo de

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    retención que me ha obligado a realizar? No acierto a expli-
    cármelo, siéndome imposible precisar a qué circunstancia
    debe su intensa acentuación psíquica, a nuestro mal com-
    portamiento con la niña, a haberme gustado mucho el color
    amarillo del diente de león, que hoy no encuentro nada
    bello, o a que después de corretear por la pradera, me
    supo el pan mejor que de costumbre, hasta el punto de
    llegar a constituir una impresión indeleble. No encuentro
    tampoco relación alguna de esta escena, con el interés in-
    fantil, fácilmente visible, que enlaza entre sí, las demás
    escenas infantiles. Tengo, en general, la impresión de que
    hay en ella algo falso. El amarillo de las flores resalta de
    masiado del conjunto, y el buen sabor del pan me parece
    también exagerado, como en una alucinación. Al pensar en
    estos detalles, recuerdo unos cuadros de una exposición
    humorística, en los cuales aparecían plásticamente sobre-
    puestos ciertos elementos, y como es natural, siempre los
    más inconvenientes, por ejemplo, el trasero de las figuras
    femeninas. ¿Puede usted mostrarme un camino que con-
    duzca a la explicación o interpretación de este superfluo
    recuerdo infantil?»

    Me pareció juicioso preguntar a mi comunicante, desde
    cuándo le ocupaba tal recuerdo, esto es, si retornaba pe-
    riódicamente a su memoria, desde la infancia, o si había
    emergido en ella posteriormente, provocado por algún
    motivo que recordase. Esta pregunta constituyó toda mi
    aportación a la solución del problema planteado, pues lo
    demás lo halló por sí mismo el interesado, que no era nin-
    gún principiante en este orden de trabajos.

    He aquí su respuesta: «No había pensado aún en lo
    que me dice. Pero después de su pregunta, se me impone
    la certeza de que este recuerdo infantil no me ocupó, para
    nada, en mi niñez. Me figuro también la ocasión que pro-
    vocó su despertar, con el de otros muchos recuerdos de
    mis primeros años. Cumplidos ya los diez y siete, volví

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    durante unas vacaciones, por vez primera, a mi lugar na-
    tal, alojándome en casa de una familia con la cual mante-
    níamos relaciones de amistad desde aquellos primeros
    tiempos. Sé muy bien qué plenitud de emociones me in-
    vadieron en esta temporada. Mas, para contestar a su
    pregunta, debo relatarle toda una parte de mi vida. En la
    época de mi nacimiento, gozaban mis padres de una regu-
    lar posición económica. Pero al cumplir yo los tres años,
    el ramo industrial al que mi padre se dedicaba, experi-
    mentó una tremenda crisis, que dió al traste con nuestra
    fortuna familiar, obligándonos a trasladarnos a la ciudad.
    Vinieron luego largos años difíciles, en los que nada hubo
    digno de ser retenido. En la ciudad, no me sentía yo a gus-
    to. La añoranza de los hermosos bosques de mi lugar, a
    los cuales me escapaba en cuanto aprendí a andar, según
    testimonia uno de mis recuerdos de entonces, no me ha
    abandonado nunca. Como ya dije antes, la primera vez
    que volví a ellos, fué a los diez y siete años, invitado a
    pasar mis vacaciones en casa de una familia amiga, que
    después de nuestra partida había hecho fortuna. Tuve,
    pues, ocasión de comparar el bienestar que en ella reina-
    ba, con la estrechez de nuestra vida en la ciudad. Pero
    además, he de confesarle otra circunstancia que me pro-
    dujo vivas emociones. Mis huéspedes tenían una hija de
    quince años, de la que me enamoré en el acto. Fué éste
    mi primer amor, bastante intenso, pero mantenido en el
    más absoluto secreto. La muchacha marchó, a los pocos
    días, a un establecimiento de enseñanza, cuyas vacacio-
    nes terminaban antes que las mías, y esta separación,
    después de tan breve conocimiento, contribuyó a avivar
    mi pasión. Durante largos paseos solitarios por los bellos
    bosques de mi infancia, vueltos ahora a encontrar, me
    complacía en imaginar dichosas fantasías, que rectificaban
    mi pasado. Si los negocios de mi padre no hubieran decli-
    nado, hubiéramos seguido viviendo en aquel lugar, yo me

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    habría criado tan sano y robusto como los hermanos de la
    muchacha, habría continuado las actividades industriales
    de mi padre y hubiera podido, por fin, casarme con mi
    adorada. Naturalmente, no dudaba ni un instante, que en
    las circunstancias creadas por mi fantasía, la hubiera
    amado también, con el mismo apasionamiento. Lo singu-
    lar es que al verla ahora alguna vez, pues ha contraído
    matrimonio aquí, me es absolutamente indiferente, y sin
    embargo, recuerdo muy bien, que durante mucho tiempo
    después, no podía ver nada de un color amarillo parecido
    al del traje que llevaba en nuestra primera entrevista, sin
    emocionarme profundamente.»

    Esta última observación me parece análoga a la que
    antes hizo usted sobre el diente de león, afirmando que ya
    no le gustaba esta flor. ¿No sospecha usted la existencia
    de una relación entre el color amarillo del vestido de la
    muchacha y la exagerada intensidad conque resalta este
    color en las flores de su recuerdo infantil?

    «Quizá; pero no es un mismo color. El vestido de la
    muchacha era de un amarillo más obscuro. Sin embargo,
    puedo suministrarle una representación intermedia, que
    acaso sea útil. He visto después, en los Alpes, que algu-
    nas flores, de colores claros en los valles, toman, en las
    alturas, matices más obscuros. Si no me engaño mucho,
    se encuentra con gran frecuencia en la montaña, una flor
    muy parecida al diente de león, pero de un color más obs-
    curo, que corresponde exactamente al del traje de mi ama-
    da de entonces. Pero, déjeme continuar: Debo relatarle
    aún otro suceso, próximo al anterior, que despertó tam-
    bién mis recuerdos infantiles. Tres años después de mi
    primer retorno a los lugares de mi infancia, fuí a pasar las
    vacaciones a casa de mi tío, en la que encontré de nuevo
    a mis primeros camaradas infantiles, esto es, a aquellos
    primos míos que aparecen en la escena cuyo recuerdo nos
    ocupa. Esta familia había abandonado, al mismo tiempo

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    que nosotros, nuestra primera residencia, y había logrado
    rehacer su fortuna en una lejana ciudad.»

    ¿Y se volvió usted a enamorar, esta vez de su prima,
    forjando nuevas fantasías?

    «No. Había ingresado ya en la Universidad, y me ha-
    llaba entregado por completo a mis estudios, sin que me
    quedara tiempo para pensar en mi prima. Así, pues, que
    yo sepa, mi imaginación permaneció quieta. Pero creo que
    mi padre y mi tío habían formado el proyecto de hacerme
    substituir mis estudios abstractos por otros más prácticos,
    establecerme después en la ciudad donde mi tío residía y
    casarme con mi prima, proyecto al que renunciaron, quizá,
    al verme tan absorbido por mis propios planes. Sin em-
    bargo, yo debí adivinar algo de él, y cuando al terminar
    mi carrera universitaria pasé por un período difícil, tenien-
    do que luchar mucho tiempo para conseguir un puesto que
    me permitiera hacer frente a las necesidades de la vida,
    debí de pensar muchas veces que mi padre hubiera que-
    rido compensarme, con aquel proyecto matrimonial, del
    trastorno originado en mi vida por sus pérdidas econó-
    micas.»

    Si con esta época de lucha por el pan cotidiano coin-
    cidió su primer contacto con las cimas alpinas, tendremos
    ya un punto de apoyo para situar en ella la reviviscencia
    del recuerdo infantil que nos ocupa.

    «Exacto. Las excursiones por la montaña fueron en-
    tonces el único placer que podía permitirme. Pero no com-
    prendo bien la relación que usted persigue.»

    Va usted a verlo. El elemento más intenso de su es-
    cena infantil es el buen sabor del pan. ¿No observa usted
    que esta representación, de la que emana una sensación
    casi alucinante, corresponde a la idea fantaseada por
    usted de que si hubiera permanecido en su lugar natal se
    hubiese casado con aquella muchacha y hubiera llevado
    una vida serena? Esta idea queda simbólicamente repre-

  • S.

    277

    sentada por el buen sabor del pan, no amargado por la
    dura lucha para conseguirlo. El color amarillo de las flores
    es también una alusión a la misma muchacha. Pero ade-
    más, tenemos en la escena infantil elementos que no pue-
    den referirse sino a la segunda fantasía, o sea al matrimo-
    nio con su prima. Arrojar las flores, para cambiarlas por
    un pedazo de pan, me parece una clara alusión al pro-
    yecto paterno de hacerle renunciar a sus estudios abstrac-
    tos para substituirlos por una actividad más práctica, que
    le permitiera ganarse el pan.

    «Resulta, así, que las dos series de fantasías de cómo
    hubiera podido lograr una vida menos trabajosa, se ha-
    brían fundido en un solo producto, suministrando una el
    color «amarillo» y el pan «de mi lugar», y la otra, el acto
    de arrojar las flores, y los personajes.»

    Así es; las dos fantasías han sido proyectadas una
    sobre otra, formándose con ellas un recuerdo infantil. Las
    flores alpinas constituyen un indicio de la época en que
    fué fabricado este recuerdo. Puedo asegurarle que la in-
    vención inconsciente de tales productos no es nada rara.

    «Pero entonces no se trata de un recuerdo infantil,
    sino de una fantasía retrotraída a la infancia. Sin embargo,
    tengo la sensación de que la escena recordada es per-
    fectamente auténtica. ¿Cómo compaginar ambas cosas?»

    Para los datos de nuestra memoria no existe garantía
    alguna. No obstante, quiero aceptar la autenticidad de la
    escena. Resultará entonces, que entre infinitas escenas
    análogas o distintas de su vida, la ha elegido usted por
    prestarse su contenido–indiferente en sí–a la represen-
    tación de las dos fantasías importantes. A tales recuer-
    dos, que adquieren un valor por representar en la memo-
    ria impresiones y pensamientos de épocas posteriores,
    cuyo contenido se halla enlazado al suyo por relaciones
    simbólicas, les damos el nombre de recuerdos en
    cubridores. Su extrañeza ante el frecuente retorno

  • S.

    278

    de esta escena a su memoria, se desvanecerá ya al com-
    probar que está destinada a ilustrar los azares más impor-
    tantes de su vida y la influencia de los dos impulsos ins-
    tintivos más poderosos, el hambre y el amor.
    «El hambre queda, en efecto, bien representada, pero
    ¿y el amor?»
    A mi juicio, por el color amarillo de las flores. De to-
    dos modos he de confesarle que la simbolización del amor
    en esta escena infantil, resulta mucho más vaga que en
    los demás casos por mí observados.
    «Nada de eso. Caigo ahora en que precisamente la
    parte principal de la escena no es sino tal simbolización.
    Piense usted, que el acto de quitar las flores a una mu-
    chacha es, en definitiva, desflorarla. ¡Qué contraste entre
    el atrevimiento de esta fantasía y mi timidez en la prime-
    ra ocasión amorosa y mi indiferencia en la segunda!»
    Puedo asegurarle, que tales osadas fantasías constitu-
    yen un complemento regular de la timidez juvenil.
    «Pero entonces, lo que ha venido a transformarse en
    un recuerdo infantil, no ha sido una fantasía consciente,
    sino una fantasía inconsciente.»
    Pensamientos inconscientes, que continúan los cons-
    cientes. Piensa usted: Si me hubiera casado con ésta
    o con aquélla–y de estos pensamientos surge el impulso
    a representarse este casamiento.
    «Ahora ya puedo continuar por mí mismo. Para el jo-
    ven irreflexivo, lo más atractivo de todo el tema es la no-
    che de bodas. ¡Qué sabe él de lo que viene detrás! Pero
    esta representación no se arriesga a emerger a plena luz.
    La modestia dominante en el ánimo del sujeto y el respe-
    to hacia la muchacha, la mantienen reprimida. De este
    modo, permanece inconsciente…»
    Y encuentra una derivación tomando el aspecto de un-
    recuerdo infantil. Tiene usted razón al afirmar, que preci-
    samente el carácter groseramente sensual de la fantasía,

  • S.

    279

    es lo que la impide llegar a constituirse en una fantasía
    consciente, obligándola a satisfacerse con ser acogida,
    bajo la forma de una florida alusión, en una escena
    infantil.

    «¿Pero por qué precisamente en una escena infantil?»
    Quizá para parecer más inocente. ¿Puede usted acaso
    imaginar algo más contrario que los juegos infantiles, a
    tales y tan maliciosos propósitos de agresión sexual?
    Además, el refugio de pensamientos y deseos reprimidos,
    en recuerdos infantiles, se apoya también en razones más
    generales, pudiendo observarse regularmente en las per-
    sonas histéricas. Parece ser, así mismo, que el recuerdo
    de cosas muy pretéritas es propulsado por un motivo de
    placer. «Forsan et haec olim meminisse juvabit».

    «Siendo así, pierdo toda confianza en la autenticidad
    de la escena, y me explico, ahora, su génesis, en la si-
    guiente forma: En las dos ocasiones citadas, y apoyada
    por motivos muy comprensibles, surgió en mí la idea de
    que si me hubiera casado con una u otra muchacha, sería
    mi vida mucho más agradable. La tendencia sensual en mí
    existente, habría repetido la idea condicional en represen-
    taciones apropiadas, para ofrecerle satisfacción. Esta se-
    gunda conformación de la misma idea habría permanecido
    inconsciente, dada su incompatibilidad con la disposición
    sexual dominante, pero su mismo carácter inconsciente la
    capacitó para seguir perdurando en la vida psíquica, en
    tiempos en que su forma consciente había quedado ya
    desvanecida por las modificaciones de la realidad. Esta
    idea inconsciente tendería, obedeciendo como usted afir-
    ma, a una ley regular, a transformarse en una escena in-
    fantil, a la que su inocencia permitía devenir consciente.
    A este fin, habría tenido que sufrir una transformación, o
    mejor dicho, dos transformaciones: Una que despoja a la
    idea condicional de todo su carácter arriesgado, expresán-
    dola metafóricamente, y otra que da a la idea condiciona-

  • S.

    280

    da, una forma susceptible de exposición visual, utilizando
    para ello, como representación intermedia, la del «pan».
    Veo ahora, que al forjar una tal fantasía, realicé algo se-
    mejante a una satisfacción de los dos deseos reprimidos–
    la desfloración y el bienestar material. Pero después de
    darme, así, cuenta completa de los motivos que me indu-
    jeron a imaginar esta fantasía, he de suponer que se trata
    de algo que jamás sucedió, habiéndose introducido su-
    brepticiamente entre mis recuerdos infantiles.»

    Ahora soy yo quien tiene que constituirse en defensor
    de la autenticidad de la escena. Va usted demasiado lejos.

    Me ha oído decir, que todas estas fantasías tienen una
    tendencia a constituirse en recuerdos infantiles. Pero he
    de añadir, que no lo consiguen sino cuando ya existe una
    huella mnémica, cuyo contenido presenta, con el de la
    fantasía, puntos diversos de contacto. Ahora bien, una
    vez hallado uno de estos puntos–en nuestro caso el de
    la desfloración y el acto de arrancar las flores a la mucha-
    cha–el contenido restante de la fantasía es modificado
    por todo género de representaciones intermedias (piense
    usted en el pan), hasta que surgen nuevos puntos de con-
    tacto con el contenido de la escena infantil. Es, desde lue-
    go, posible, que en este proceso, sufra también algunas
    transformaciones la misma escena infantil, quedando, así,
    falseados los recuerdos. En su caso, la escena infantil pa-
    rece haber sido tan sólo cincelada; piense usted en el ex-
    cesivo resalte del amarillo y en el exagerado buen sabor
    del pan. Pero la materia prima era perfectamente utiliza-
    ble. De no ser así, no hubiera podido este recuerdo hacer-
    se consciente, con preferencia a tantos otros. No hubiera
    usted recordado tal escena como un suceso infantil o hu-
    biera recordado, quizá, otra, pues ya sabe usted, que para
    nuestro ingenio es muy fácil establecer relaciones entre
    las cosas más dispares. Pero además de la sensación de
    autenticidad–muy de tener en cuenta–que le produce a

  • S.

    281

    usted su recuerdo, hay aún otra cosa que testimonia a fa-
    vor de la realidad de la escena. Contiene ésta, en efecto,
    rasgos que no encuentran explicación en los hechos por
    usted relatados, ni armonizan con el sentido de las fanta-
    sías. Así, cuando su primo le ayuda a arrebatar la flores a
    la niña. ¿Podría usted hallar un sentido a un tal auxilio en
    la desfloración? ¿O al grupo formado por la campesina y
    la niñera ante la casa?
    «No lo creo.»

    Vemos, pues, que la fantasía no cubre por completo la
    escena infantil, limitándose a apoyarse en algunos de sus
    puntos. Esta circunstancia habla en favor de la autentici-
    dad del recuerdo infantil.

    «¿Cree usted muy frecuente la posibilidad de inter-
    pretar así, con exactitud, recuerdos infantiles aparente-
    mente inocentes?»

    Según mi experiencia, frecuentísima. ¿Quiere usted que
    intentemos en chanza, ver si los dos ejemplos comunica-
    dos por los Henri permiten ser interpretados como recuer-
    dos encubridores de sucesos e impresiones posteriores?
    Me refiero al recuerdo de un plato con hielo, colocado
    encima de la mesa dispuesta para comer, y al de haber
    tronchado durante un paseo, con ayuda de otra persona,
    una rama de un árbol.

    Mi interlocutor reflexionó un momento: «Con respecto
    al primero, no se me ocurre nada. Probablemente ha te-
    nido efecto en él, un desplazamiento, pero me es imposi-
    ble adivinar los elementos intermedios. En cuanto al se-
    gundo, arriesgaría una interpretación si el sujeto fuera un
    alemán y no un francés.»

    Ahora soy yo quien no entiende. ¿Qué puede eso
    cambiar?

    «Mucho, puesto que la expresión verbal facilita pro-
    bablemente el enlace entre el recuerdo encubridor y el en-
    cubierto. En alemán, la expresión «arrancarse una» (sich
     

  • S.

    282

    einen ausreissen) constituye una alusión vulgar, muy co
    nocida, al onanismo. La escena retrotraería a la primera
    infancia, el recuerdo de una ulterior iniciación en el ona-
    nismo, toda vez que en el acto de arrancar la rama es
    ayudado el sujeto por alguien. Pero lo que no armoniza
    con esta interpretación, es la presencia, en la escena re-
    cordada, de varias otras personas.»

    Mientras que la iniciación en el onanismo tenía que
    haberse desarrollado en secreto ¿no es eso? Precisamente
    esta antítesis favorece su interpretación. Es utilizado, de
    nuevo, para dar a la escena un aspecto inocente. ¿Sabe
    usted lo que significa en nuestros sueños, ver en derredor
    nuestro «mucha gente desconocida», como sucede con
    gran frecuencia, en aquellos en los que nos vemos desnu-
    dos, sintiéndonos terriblemente embarazados bajo las mi-
    radas de los circunstantes? Pues la idea que encierra esta
    visión es la de «secreto», plásticamente expresada por su
    antítesis. De todos modos, nuestra interpretación de estos
    casos de los Henri, carece de toda base, pues ni siquiera
    sabemos si un francés reconocería en la frase CASSER UNE
    BRANCHE D’UN ARBRE, o en otra semejante, una alusión al
    onanismo.

    ***

    Con el anterior análisis, fielmente reproducido, cree-
    mos haber aclarado suficientemente nuestro concepto del
    recuerdo encubridor, como un recuerdo que no
    debe su valor mnémico al propio contenido, sino a la rela-
    ción del mismo con otro contenido reprimido. Según el
    orden a que tal relación pertenezca, podemos distinguir
    diversas clases de recuerdos encubridores. De dos de es-
    tas clases hemos encontrado ejemplos entre aquellos pro-
    ductos psíquicos que consideramos como nuestros más
    tempranos recuerdos infantiles, siempre que se incluya

  • S.

    283

    también, bajo el concepto de recuerdo encubridor, aque
    llas escenas infantiles incompletas, que deben precisamen
    te a este carácter su apariencia inocente. Ha de suponer
    se, que los restos mnémicos de épocas ulteriores de la
    vida, suministraran también material, para la formación de
    recuerdos encubridores. No perdiendo de vista los carac
    teres principales de estos recuerdos—gran adherencia a la
    memoria, no obstante un contenido indiferente—resulta
    fácil encontrar en nuestra memoria, numerosos ejemplos
    de este género. Una parte de estos recuerdos encubrido
    res, de contenido ulteriormente vivido, debe su importan
    cia a una relación con sucesos reprimidos de la primera
    juventud, inversamente a como sucedía en el caso antes
    analizado, en el cual, un recuerdo infantil queda justifica
    do por algo ulteriormente vivido. Según que sea una u
    otra la relación temporal entre lo encubridor y lo encubier
    to, podemos hablar de recuerdos encubridores regre
    sivos o progresivos. Conforme a otra relación,
    distinguimos recuerdos encubridores positivos y negati
    vos, cuyo contenido se halla en una relación antitética con
    el contenido reprimido. El tema merecería ser tratado con
    mayor amplitud. Por lo pronto, me conformaré con hacer
    observar cuán complicados procesos—totalmente análo
    gos, por lo demás, a la producción de síntomas históri
    cos—intervienen en la formación de nuestro tesoro
    mnémico.

    Nuestros más tempranos recuerdos infantiles serán
    siempre objeto de un especial interés, porque el problema
    planteado por el hecho de que las impresiones más decisi
    vas para el porvenir del sujeto, puedan no dejar tras de sí
    una huella mnémica, induce a reflexionar sobre la génesis
    de los recuerdos conscientes. Al principio nos inclinare
    mos seguramente a excluir de los restos mnémicos infanti
    les, como elementos heterogéneos, los recuerdos encubri
    dores y a suponer, simplemente, que las demás imágenes

  • S.

    284

    surgen simultáneamente al suceso vivido, como conse-
    cuencia inmediata del mismo, retornando periódicamente,
    a partir de este momento, conforme a las conocidas leyes
    de la reproducción. Pero una observación más sutil nos
    descubre rasgos que no armonizan con esta hipóte-
    sis. Así, ante todo, los siguientes: En la mayoría de las esce-
    nas infantiles importantes, el sujeto se ve, a sí mismo, en
    edad infantil, y sabe que aquel niño que ve es él mismo,
    pero lo ve como lo vería un observador-
    ajeno a la escena. Los Henri no omiten hacer notar que
    muchos de sus infor-
    mantes insisten en esta peculiari-
    dad de las escenas infantiles. Ahora bien; es indudable que esta imagen mné-
    mica no puede ser una fiel reproducción de la impresión-
    recibida en aquella época. El sujeto se hallaba entonces
    en el centro de la situación y no atendía a su propia per-
    sona, sino al mundo exterior.

    Siempre que en un recuerdo aparece, así, la propia
    persona, como un objeto entre otros objetos, puede consi-
    derarse esta oposición del sujeto actor y el sujeto evoca-
    dor, como una prueba de que la impresión primitiva ha
    experimentado una elaboración secundaria. Parece como
    si una huella mnémica de la infancia hubiera sido retradu-
    cida luego, en una época posterior (en la correspondiente
    al despertar del recuerdo), al lenguaje plástico y visual.
    En cambio, no surge jamás en nuestra conciencia nada se-
    mejante a una reproducción-
    de la impresión original.

    Hay todavía un segundo hecho, que prueba aún con
    mayor fuerza la exacti-
    tud de esta segunda concep-
    ción de las escenas infan-
    tiles. Entre los diversos recuerdos infan-
    tiles de sucesos importantes, que surgen todos con igual
    claridad y precisión, hay un cierto número de escenas, que
    al ser contrasta-
    das–por ejemplo con los recuerdos de
    otras personas–se demuestran falsas. No es que hayan
    sido totalmente inventadas; son falsas en cuanto transfie-
    ren la situación a un lugar en el que no se ha desarrolla-
    do

  • S.

    285

    (como sucede en uno de los casos reunidos por los Henri),
    funden varias personas en una sola o las substituyen entre
    sí, o resultan ser una amalgama de dos sucesos distintos.
    La simple infidelidad de la memoria no desempeña preci-
    samente aquí, dada la gran intensidad sensorial de las imá-
    genes y la amplia capacidad funcional de la memoria juve-
    nil, ningún papel considerable. Una minuciosa investiga-
    ción nos muestra más bien, que tales falsedades del
    recuerdo tienen un carácter tendencioso, hallándose des-
    tinadas a la represión y substitución de impresiones repul-
    sivas o desagradables. Así, pues, también estos recuerdos
    falseados tienen que haber nacido en una época en la que
    ya podían influir en la vida anímica tales conflictos e im-
    pulsos a la represión, o sea en una época muy posterior a
    aquella que recuerdan en su contenido. Pero también aquí
    es el recuerdo falseado, el primero del que tenemos noti-
    cia. El material de huellas mnémicas del que fué forjado,
    es desconocido en su forma primitiva.

    Este descubrimiento acorta a nuestros ojos la distancia
    que suponíamos entre los recuerdos encubridores y los
    demás recuerdos de la infancia. Llegamos a sospechar que
    todos nuestros recuerdos infantiles conscientes nos mues-
    tran los primeros años de nuestra existencia, no como
    fueron, sino como nos parecieron al evocarlos, luego, en
    épocas posteriores. Tales recuerdos no han emergi-
    do, como se dice habitualmente, en estas épocas, sino
    que han sido formados en ellas, interviniendo en esta
    formación y en la selección de los recuerdos toda una se-
    rie de motivos muy ajenos a un propósito de fidelidad his-
    tórica.