El final del complejo de Edipo 1924-003/1930.es

Freud, Sigmund (1924-003/1930.es): El final del complejo de Edipo

Zurück zum Werk
  • S.

    263

    El final del complejo de Edipo

    1924

    El complejo de Edipo va designándose cada vez clara-
    mente como el fenómeno central del temprano período se-
    xual infantil. Luego sucumbe a la represión y es seguido
    del período de latencia. Pero no hemos visto aún clara-
    mente cuáles son las causas que provocan su fin. El análi-
    sis parece atribuírlo a las decepciones dolorosas sufridas
    por el sujeto. La niña, que se cree objeto preferente del
    amor de su padre, recibe un día una dura corrección por
    parte de éste, y se ve expulsada de su feliz Paraíso. El
    niño, que considera a su madre como propiedad exclusiva
    suya, la ve orientar, de repente, su cariño y sus cuidados,
    hacia un nuevo hermanito. Pero también en aquellos casos
    en los que no acaecen sucesos especiales como los cita-
    dos en calidad de ejemplos, la ausencia de la satisfacción
    deseada acaba por apartar al infantil enamorado de su in-
    clinación sin esperanza. El complejo de Edipo sucumbiría,
    así, a su propio fracaso, resultado de su imposibilidad in-
    terna.

    Otra hipótesis sería la de que el complejo de Edipo tie-
    ne que desaparecer porque llega el momento de su disolu-
    ción, como los dientes de leche se caen cuando comienzan
    a formarse los definitivos. Aunque el complejo de Edipo
    es vivido también individualmente por la mayoría de los
    seres humanos, es, sin embargo, un fenómeno determina-
    do por la herencia y habrá de desaparecer, conforme a una

  • S.

    264

    trayectoria predeterminada, al iniciarse la fase siguiente
    del desarrollo. Resultará, pues, indiferente, cuáles sean
    los motivos ocasionales de su desaparición e incluso que
    no podamos hallarlos.

    Ambas hipótesis parecen justificadas. Pero, además,
    resultan fácilmente conciliables. Al lado de la hipótesis
    filogénica más amplia, queda espacio suficiente para la on-
    togénica. También el individuo entero está destinado, des-
    de su nacimiento mismo, a morir, y también lleva ya indi-
    cada, quizá en la disposición de sus órganos, la causa de su
    muerte. Pero siempre será interesante perseguir cómo se
    desarrolla el programa predeterminado y en qué forma
    es aprovechada la disposición por acciones nocivas ca-
    suales.

    Nuestra penetración ha sido aguzada recientemente
    por la observación de que el desarrollo sexual del niño
    avanza hasta una fase en la que los genitales se han adju-
    dicado ya el papel directivo. Pero este genital es tan sólo
    el masculino, o más exactamente aún, el pene; el genital
    femenino permanece aún desconocido. Esta fase fálica,
    que es, al mismo tiempo, la del complejo de Edipo, no
    continúa desarrollándose hasta constituir una organización
    genital definitiva, sino que desaparece y es sustituída por
    el período de latencia. Pero su desaparición se desarrolla
    de un modo típico y apoyándose en sucesos regularmente
    emergentes.

    Cuando el sujeto infantil de sexo masculino ha concen-
    trado su interés sobre sus genitales, lo revela con mane-
    jos manuales y no tarda en advertir que los mayores no
    están conformes con aquella conducta. Más o menos pre-
    cisa, más o menos brutal, surge la amenaza de privarle de
    aquella parte tan estimada de su cuerpo. Esta amenaza de
    castración parte casi siempre de alguna de las mujeres que
    rodean habitualmente al niño, las cuales intentan, muchas
    veces, robustecer su autoridad asegurando que el castigo

  • S.

    265

    será llevado a cabo por el médico o por el padre. En al
    gunos casos, llevan a cabo, por sí mismas, una atenua
    ción simbólica de su amenaza, anunciando, no ya la muti
    lación del órgano genital, pasivo en realidad, sino la de la
    mano, activamente pecadora. Con gran frecuencia, suce
    de que el infantil sujeto no es amenazado con la castra
    ción por juguetear con el pene, sino por mojar todas las
    noches la cama. Sus guardadores se conducen entonces
    como si esta incontinencia nocturna fuese consecuencia
    y testimonio de los tocamientos del órgano genital y,
    probablemente, tienen razón. En todo caso, tal inconti
    nencia duradera puede equipararse a la polución del adul
    to, siendo una manifestación de la misma excitación ge
    nital que por esta época ha impulsado al niño a mastur
    barse.

    Habremos de afirmar, ahora, que la organización geni
    tal fálica del niño sucumbe a esta amenaza de castración,
    aunque no inmediatamente y sin que a ella se agreguen
    otras influencias, pues el niño no presta, al principio, a la
    amenaza, fe ni obediencia ningunas. La psicoanálisis ha
    concedido recientemente un gran valor a dos clases de ex
    periencias que no son ahorradas a ningún niño y por las
    cuales habría de estar preparado a la pérdida de partes de
    su cuerpo altamente estimadas: la pérdida, temporal pri
    mero y luego definitiva, del pecho materno, y la expul
    sión diariamente necesaria, del contenido intestinal. Pero
    no se advierte que estas experiencias entren en juego con
    motivo de la amenaza de castración. Sólo después de
    haber hecho otra nueva comienza el niño a contar con la
    posibilidad de una castración y aun entonces muy vacilan
    temente, contra su voluntad y procurando aminorar el al
    cance de su propia observación.

    Esta observación que rompe por fin la incredulidad del
    niño es su descubrimiento de los genitales femeninos.
    Siempre se le presenta alguna ocasión de contemplar la

  • S.

    266

    región genital de una niña y convencerse de la falta de
    aquel órgano, del que tan orgulloso está, en un ser tan se
    mejante á él. De este modo, se le hace ya posible repre
    sentarse la pérdida de su propio pene, y la amenaza de la
    castración comienza entonces á surtir sus efectos.

    Por nuestra parte, no debemos ser tan cortos de vista
    como los familiares y guardadores del niño, que le amena
    zan con la castración y desconocer, como ellos, que la
    vida sexual del niño no se reduce por esta época, exclusi
    vamente, á la masturbación. Aparece también, visible
    mente, en su actitud con respecto á sus padres, determi
    nada por el complejo de Edipo. La masturbación no es
    más que la descarga genital de la excitación sexual co
    rrespondiente al complejo y deberá á esta relación su sig
    nificación para todas las épocas ulteriores. El complejo de
    Edipo ofrecía al niño dos posibilidades de satisfacción,
    una activa y otra pasiva. Podía situarse en actitud mascu
    lina en el lugar del padre y tratar como él á su madre, ac
    titud que hacía ver pronto en el padre un estorbo, o que
    rer sustituir á la madre y dejarse amar por el padre, resul
    tando entonces superflua la madre. El niño no tiene sino
    una idea muy vaga de aquello en lo que puede consistir la
    satisfacción amorosa, pero sus sensaciones orgánicas le
    imponen la convicción de que el pene desempeña en ella
    algún papel. No ha tenido ocasión tampoco para dudar de
    que la mujer posea también un pene. La aceptación de la
    posibilidad de la castración y el descubrimiento de que la
    mujer aparece castrada, puso, pues, un fin á las dos posi
    bilidades de satisfacción relacionadas con el complejo de
    Edipo. Ambas traían consigo la pérdida del pene, la una,
    masculina, como castigo, la otra, femenina, como premisa.

    Si la satisfacción amorosa basada en el complejo de Edipo
    ha de costar la pérdida del pene, surgirá un conflicto entre
    el interés narcisista por esta parte del cuerpo y la carga
    libidinosa de los objetos parentales. En este conflicto,

  • S.

    – 267 –

    vence normalmente el primer poder, y el Yo del niño se
    aparta del complejo de Edipo.

    Ya he indicado en otro lugar, de qué forma se desarro-
    lla este proceso. Las cargas de objeto quedan abandona-
    das y sustituídas por identificaciones. La autoridad del
    padre o de los padres, introyectada en el Yo, constituye
    en él el nódulo del super-Yo, que toma del padre su rigor,
    perpetúa su prohibición del incesto y garantiza así al Yo
    contra el retorno de las cargas de objeto libidinosas. Las
    tendencias libidinosas correspondientes al complejo de
    Edipo quedan en parte desexualizadas y sublimadas, cosa
    que sucede probablemente en toda transformación en iden-
    tificación, y en parte inhibidas en cuanto a su fin y trans-
    formadas en tendencias sentimentales. Este proceso ha
    salvado, por una parte, los genitales, apartando de ellos
    la amenaza de castración, pero, por otra, los ha paraliza-
    do, despojándolos de su función. Con él empieza el pe-
    ríodo de latencia que interrumpe la evolución sexual del
    niño.

    No veo motivo alguno para no considerar el aparta-
    miento del Yo del complejo de Edipo, como una represión,
    aunque la mayoría de las represiones ulteriores se pro-
    duzcan bajo la intervención del super-Yo, cuya formación
    se inicia precisamente aquí. Pero el proceso descrito es
    más que una represión y equivale, cuando se desarrolla
    perfectamente, a una destrucción y una desaparición del
    complejo. Nos inclinaríamos a suponer que hemos trope-
    zado aquí con el límite, nunca precisamente determinable,
    entre lo normal y lo patológico. Si el Yo no ha alcanzado
    realmente más que una represión del complejo, éste con-
    tinuará subsistiendo, inconsciente, en el Ello, y manifesta-
    rá más tarde su acción patógena.

    La observación analítica permite reconocer o adivinar
    estas relaciones entre la organización fálica, el complejo
    de Edipo, la amenaza de castración, la formacion del super-
     

  • S.

    268

    Yo y el período de latencia. Ellas justifican la afirmación
    de que el complejo de Edipo sucumbe a la amenaza de
    castración. Pero con ello no queda terminado el problema;
    queda aún espacio para una especulación teórica, que pue-
    de destruir el resultado obtenido o arrojar nueva luz sobre
    él. Ahora bien; antes de emprender este camino, habre-
    mos de examinar una interrogación que surgió durante la
    discusión que antecede y hemos dejado aparte hasta aho-
    ra. El proceso descrito se refiere, como hemos dicho ex-
    presamente, al sujeto infantil masculino. ¿Qué trayectoria
    seguirá el desarrollo correspondiente en la niña?

    Nuestro material se hace aquí—incomprensiblemente—
    mucho más oscuro e insuficiente. También el sexo femeni-
    no desarrolla un complejo de Edipo, un super-Yo y un pe-
    ríodo de latencia. ¿Pueden serle atribuídos así mismo un
    complejo de castración y una organización fálica? Desde
    luego, sí, pero no los mismos que en el niño. La diferen-
    cia morfológica ha de manifestarse en variantes del des-
    arrollo psíquico. La anatomía es el destino, podríamos
    decir, glosando una frase de Napoleón. El clítoris de la
    niña se comporta, al principio, exactamente como un pene,
    pero cuando la sujeto tiene ocasión de compararlo con el
    pene verdadero de un niño, encuentra pequeño el suyo y
    siente este hecho como una desventaja y un motivo de
    inferioridad. Durante algún tiempo, se consuela con la es-
    peranza de que crecerá con ella, iniciándose, en este pun-
    to, el complejo de masculinidad de la mujer. La niña no
    considera su falta de pene como un carácter sexual, sino
    que la explica suponiendo que en un principio poseía un
    pene igual al que ha visto en el niño, pero que lo perdió
    luego por castración. No parece extender esta conclusión
    a las demás mujeres, a las mayores, sino que las atribuye,
    de completo acuerdo con la fase fálica, un genital masculi-
    no completo. Resulta, pues, la diferencia importante de
    que la niña acepta la castración como un hecho consuma-

  • S.

    269

    do, mientras que el niño teme la posibilidad de su cumpli-
    miento.

    Con la exclusión del miedo a la castración desaparece
    también un poderoso motivo de la formación del super-Yo
    y de la interrupción de la organización genital infantil. Es-
    tas formaciones parecen ser, más que en el niño, conse-
    cuencias de la educación, de la intimidación exterior que
    amenaza con la pérdida del cariño de los educadores. El
    complejo de Edipo de la niña es mucho más unívoco que
    el del niño y, según mi experiencia, va muy pocas veces
    más allá de la sustitución de la madre y la actitud femeni-
    na con respecto al padre. La renuncia al pene no es so-
    portada sin la tentativa de una compensación. La niña
    pasa–podríamos decir que siguiendo una comparación
    simbólica–de la idea del pene a la idea del niño. Su com-
    plejo de Edipo culmina en el deseo, retenido durante mu-
    cho tiempo, de recibir del padre, como regalo, un niño, te-
    ner de él un hijo. Experimentamos la impresión de que el
    complejo de Edipo es abandonado luego lentamente por
    que este deseo no llega jamás a cumplirse. Los dos de-
    seos, el de poseer un pene y el de tener un hijo, perduran
    en lo inconsciente, intensamente cargados, y ayudan a
    preparar a la criatura femenina para su ulterior papel se-
    xual. Pero, en general, hemos de confesar que nuestro
    conocimiento de estos procesos evolutivos de la niña es
    harto insatisfactorio e incompleto.

    Es indudable que las relaciones temporales y causales
    aquí descritas entre el complejo de Edipo, la intimidación
    sexual (amenaza de castración), la formación del super-
    Yo y la entrada en el período de latencia, son de naturale-
    za típica, pero no quiero afirmar que este tipo sea el úni-
    co. Las variantes en la sucesión temporal y en el encade-
    namiento de estos procesos han de ser muy importantes
    para el desarrollo del individuo.

    Desde la publicación del interesante estudio de O. Rank

    – 269 –

  • S.

    270

    sobre el «trauma del nacimiento» no se puede tampoco
    aceptar sin discusión alguna el resultado de esta pequeña
    investigación, o sea, la conclusión de que el complejo de
    Edipo del niño sucumbe al miedo a la castración. Pero me
    parece aún prematuro entrar por ahora en esta discusión
    y quizá también poco adecuado comenzar en este punto la
    crítica o la aceptación de la teoría de Rank.