S.
115
Las neuropsicosis de defensa
Ensayo de una teoría psicológica de la histeria adquirida, de
muchas fobias y representaciones obsesivas y de ciertas psico-
sis alucinatorias.El detenido estudio de varios enfermos nerviosos,
aquejados de fobias y representaciones obsesivas, nos
sugirió un intento de explicación de estos síntomas,
que ulteriormente nos ha permitido descubrir el origen
de tales representaciones patológicas en otros nuevos
casos, razón por la cual lo creemos digno de publica-
ción y examen. Simultáneamente a esta «teoría
psicológica de las fobias y las repre-
sentaciones obsesivas», resultó, de nues-
tra observación de los enfermos, una aportación a la
teoría de la histeria, o más bien una modificación de
tal teoría, modificación que responde a un importante
carácter común a la histeria y a la neurosis menciona-
da. Hemos tenido, además, ocasión de penetrar en el
mecanismo psicológico de una forma patológica de
innegable carácter psíquico, y al hacerlo, hallamos
que la orientación de nuestro nuevo punto de vista
permitía establecer un visible enlace entre tales psi-
cosis y las dos neurosis a que nos venimos refiriendo.
Al final del presente ensayo expondremos la hipótesis
auxiliar de la que en los tres casos indicados, nos he-
mos servido.S.
116
I
Comenzaremos por presentar la modificación que
nos parece indispensable introducir en la teoría de la
neurosis histérica.Desde los excelentes trabajos de P. Janet, J. Breuer
y otros, parece indiscutible que el complejo sintomáti-
co de la histeria justifica la hipótesis de una disocia-
ción de la conciencia, con formación de grupos psí-
quicos separados. En cambio, por lo que respecta a
las opiniones sobre el origen de esta disociación de la
conciencia y sobre el papel que este carácter desem-
peña en la neurosis histérica, no reina tanta claridad.Según la teoría de Janet 1), la disociación de la
conciencia es un rasgo primario de la modificación
histérica y depende de una debilidad congénita de la
capacidad de síntesis psíquica, o sea de una angostu-
ra del «campo de conciencia», que testimonia, en cali-
dad de estigma psíquico, de la degeneración de los in-
dividuos histéricos.A la teoría de Janet, contra la cual pueden elevarse,
a nuestro juicio, numerosas objeciones, se opone la
desarrollada por J. Breuer en nuestra comunicación
sobre la histeria 2). Según Breuer, es «base y condi-
ción» de la histeria, la existencia de singulares estados1)«Etat mental des hystériques». París 1893 y 1894.–«Quel
ques définitions récentes de l’hystérie» Arch. de Neurol. 1893.
–XXXV-VI.2)Véase en el tomo X de estas «Obras completas», el estu-
dio titulado «El mecanismo psíquico de los fenómenos histé-
ricos».S.
117
de conciencia oniriformes, con disminución de la fa-
cultad asociativa, para los cuales propone el nombre
de «estados hipnoides». La disociación de la
conciencia es entonces una disociación secundaria,
adquirida, motivada por el hecho de que las represen-
taciones surgidas en los estados hipnoides se hallan
excluidas del comercio asociativo con los restantes
contenidos de la conciencia.Como prueba de nuestras anteriores afirmaciones,
podemos presentar ahora dos otras formas extremas
de la histeria, en las cuales no puede considerarse pri-
maria, en el sentido de Janet, la disociación de la
conciencia. En la primera de dichas formas, nos ha
sido posible demostrar, repetidas veces, que la diso-
ciación del contenido de la conciencia es consecuen-
cia de una volición del enfermo, siendo iniciada por
un esfuerzo de la voluntad cuyo motivo puede ser de-
terminado. Naturalmente, no afirmamos con esto, que
el enfermo se proponga provocar una disociación de
la conciencia. La intención del enfermo es muy otra y
y no llega a cumplirse, acarreando, en cambio, una
disociación de la conciencia.En una tercera forma de la histeria, que se nos ha
descubierto en el análisis psíquico de enfermos inte-
ligentes, desempeña la disociación de la conciencia
un papel insignificante o quizá nulo. Son éstos los ca-
sos en los que sólo perdura la reacción a estímulos
traumáticos y que pueden ser curados por derivación
del trauma, o sea las puras histerias de reten-
ción.A los fines de nuestro estudio de las fobias y las re-
presentaciones obsesivas sólo nos interesa la segun-
da forma de la histeria, a la cual damos, por motivos
fácilmente visibles, el nombre de histeria de defen-
sa.S.
118
sa, distinguiéndola así, de las histerias hipnoides y
de las de retención.Igualmente, podríamos presentar, por lo pronto, es-
tos casos de histeria como «adquiridos», pues en ellos
no podrá hablarse para nada de una grave tara here-
ditaria ni de una propia disminución degenerativa.Los dos pacientes por mí analizados, habían goza-
do, en efecto, de salud psíquica, hasta el momento en
que surgió en su vida de representación, un caso de
incompatibilidad, esto es, hasta que llegó a su Yo una
experiencia, una representación o una sensación, que
al despertar un afecto penosísimo, movieron al sujeto
a decidir olvidarlos, no juzgándose con fuerzas sufi-
cientes para resolver, por medio de una labor mental,
la contradicción entre su Yo y la representación into-
lerable.Tales representaciones intolerables florecen casi
siempre, tratándose de sujetos femeninos, en el terre-
no de la experiencia o la sensibilidad sexuales, y las
enfermas recuerdan con toda la precisión deseable sus
esfuerzos para rechazarlas y su propósito de domi-
narlas y no pensar en ellas. Nuestra actividad clínica
nos ha dado a conocer multitud de casos de este gé-
nero, entre los que citaremos el de una muchacha, que
hallándose asistiendo a su padre enfermo, se repro-
chaba duramente pensar en un joven que le había he-
cho experimentar una ligera impresión erótica, y el de
una institutriz, enamorada del señor de la casa, que
decidió ahogar su amorosa inclinación, por un senti-
miento de orgullo.No puedo afirmar que un tal esfuerzo de la volun-
tad por expulsar del pensamiento algo determinado
sea un acto patológico, ni tampoco que aquellas per-
sonas que bajo iguales influencias psíquicas permane-S.
119
cen sanas consigan realmente el deseado olvido. Sólo
sé, que en los pacientes por mí analizados, no había
sido nunca alcanzado, llevándolos, en cambio, a di-
versas reacciones patológicas, que produjeron, bien
una histeria, bien una representación obsesiva o una
psicosis alucinatoria. En la capacidad de provocar
con el indicado esfuerzo de la voluntad, uno de di-
chos estados, enlazados todos con una disociación
de la conciencia, hemos de ver la expresión de una
disposición patológica, que, sin embargo, no ha de
identificarse necesariamente con una «degeneración»
personal o hereditaria.Sobre el camino que conduce desde el esfuerzo de
voluntad del paciente hasta la emergencia del síntoma
histérico, me he formado una opinión que en el lengua-
je abstracto psicológico usual, puede formularse, apro-
ximadamente, como sigue: La labor que el Yo se plan-
tea, de considerar como «non arrivée» la representa-
ción intolerable, es directamente insoluble para él; ni la
huella mnémica ni el afecto a ella inherente pueden ser
hechos desaparecer, una vez surgidos. Pero hay algo
que puede considerarse equivalente a la solución de
seada, y es el lograr debilitar la representación
de que se trate, despojándola del afecto a ella inheren-
te, esto es, de la magnitud de estímulo que consigo
trae. La representación así debilitada no aspirará ya a
la asociación. Maslamagnituddeestímu-
lo de ella separada, habrá de encon-
trar un distinto empleo.Hasta aquí, muestran la histeria y las fobias y re-
presentaciones obsesivas, iguales procesos. No así
en adelante. En la histeria, la representación intolera-
ble queda hecha inofensiva por la transforma-
ción de su magnitd de estímulo en ex-S.
120
citaciones somáticas, proceso para el cual
proponemos el nombre de conversión.
La conversión puede ser total o parcial y sucede a
aquella intervención motora o sensorial más o menos
íntimamente enlazada con el suceso traumático. El Yo
consigue con ello, verse libre de contradicción, pero
en cambio, carga con un símbolo mnémico que en
calidad de inervación motora insoluble o de sensación
alucinatoria de continuo retorno, habita, como un pa-
rásito, en la conciencia y perdura hasta que tiene lu-
gar una conversión opuesta. La huella mnémica no
desaparece por ello sino que forma, a partir de aquí,
el nódulo de un segundo grupo psíquico.
En pocas palabras, expondré nuestra anunciada
opinión de los procesos psicofísicos en la histeria:
Constituído un tal nódulo de una disociación histéri-
ca, en un «momento traumático», crece luego, en otros
momentos, a los que podemos llamar «momentos
traumáticos auxiliares», en cuanto una nueva impre-
sión de igual género consigue traspasar las barreras
alzadas por la voluntad, aportar nuevo afecto a la re-
presentación debilitada e imponer por algún tiempo el
enlace asociativo de ambos grupos psíquicos, hasta
que una nueva conversión restablece la defensa.—La
distribución del estímulo que así se establece en la his-
teria, resulta casi siempre harto inestable. La excita-
ción impulsada por un falso camino (por el de la iner-
vación somática), retrocede entretanto hasta la repre-
sentación de la que fué separada, y fuerza entonces al
sujeto a su elaboración asociativa o a su descarga en
ataques histéricos, como lo prueba la conocida antíte-
sis formada por los ataques y los síntomas permanen-
tes. El efecto del método catártico de Breuer consiste
en crear un tal retroceso de la excitación desde lo físi-
S.
121
co a lo psíquico y conseguir luego solucionar la con-
tradicción por medio del trabajo mental del sujeto y
descargar la excitación por medio de la comunicación
oral.Si la disociación de la conciencia en la histeria ad-
quirida, reposa sobre un acto de la voluntad, se expli-
ca ya fácilmente el hecho singular de que la hipnosis
amplíe siempre la restringida conciencia de los histé-
ricos y haga accesible el grupo psíquico disociado.Sabemos, en efecto, que todos los estados análogos
al sueño suprimen aquella distribución de la energía
sobre la que reposa la «voluntad» de la personalidad
consciente.Consideramos, pues, como el factor característico
de la histeria, no la disociación de la conciencia, sino
la facultad de conversión, y vemos una par-
te muy importante de la disposición a la histeria, por
lo demás aún desconocida, en la transferencia a la
inervación somática, de tan grandes magnitudes de
inervación.Esta propiedad no excluye por sí sola la salud psí-
quica, y no conduce a la histeria más que en el caso
de una incompatibilidad psíquica o de un almacena-
miento de la excitación. Con esta orientación, nos acer-
camos, Breuer y yo, a las conocidas definiciones da-
das por Oppenheim 1) y Struempell 2), separándo-
1)Oppenheim: La histeria es una manifestación intensifica-
da, de la emoción. La «manifestación de la emoción» representa
aquel montante de excitación psíquica que experimenta, normal-
mente, una conversión.2)En el segundo capítulo de su excelente estudio «Quelques
définitions, etc.», se ha ocupado también Janet de la objeción que
a sus asertos supone el que la disociación de la conciencia sea
propia, igualmente, de las psicosis y de la llamada psicastenia,S.
122
nos, en cambio, de Janet, que atribuye un papel dema-
-siado amplio, en la característica de la histeria, a la
disociación de la conciencia. Con la exposición que
antecede, esperamos, por nuestra parte, haber hecho
comprensible el enlace de la conversión con la diso-
-ciación histérica de la conciencia.II
Cuando en una persona de disposición nerviosa,
no existe la aptitud a la conversión y es, no obstante,
emprendida, para rechazar una representación intole-
-rable, la separación de la misma de su afecto conco-
mitante, este afecto tiene que permane-
-cer existiendo en lo psíquico. La re-
-presentación así debilitada queda apartada de toda
asociación en la conciencia, pero su afecto,
devenido libre, se adhiere a otras
representaciones, no intolerables en
sí, a las que este «falso enlace» con-
-vierte en representaciones obsesi-
-vas. Esta es, en pocas palabras, la teoría psicoló-
-gica de las representaciones obsesivas y las fobias, a
la que aludimos al iniciar el presente estudio.Indicaremos ahora cuáles de los eslabones de esta
teoría son directamente comprobables y cuáles otrospero, a nuestro juicio, no ha conseguido resolverla. Esta objeción
es la que le lleva, principalmente, a declarar que la histeria es
una forma de la degeneración. Pero no consigue diferenciar por
alguna característica especial, la disociación histérica de la con-
-ciencia, de la disociación psicótica, etc.S.
125
han sido añadidos por nosotros, a modo de comple-
mento. Directamente comprobable es, en primer lugar,
a más del término del proceso, o sea la representa-
ción obsesiva, la fuente de la que nace el afecto falsa-
mente enlazado. En todos los casos por mí analiza-
dos, era la vida sexual la que había suminis-
trado un afecto penoso de exactamente la misma cali-
dad que el enlazado a la representación obsesiva.
Teóricamente, no es imposible que este afecto nazca
alguna vez en otros sectores, mas nuestra experiencia
clínica no nos ha presentado hasta ahora caso ningu-
no de este género. Por otro lado, es comprensible que
la vida sexual sea la que más ocasiones dé, para la
emergencia de representaciones intolerables.Directamente comprobable es también, por las in-
equívocas manifestaciones de los enfermos, el esfuer-
zo de voluntad, la tentativa de defensa a la que nues-
tra teoría da singular importancia, y en toda una serie
de casos, afirman los enfermos mismos, que la fobia
o la representación obsesiva, surgió cuando el esfuer-
zo de voluntad parecía haber alcanzado su intención.
«Una vez me sucedió algo muy desagradable y me
propuse, con todas mis fuerzas, apartarlo de mi ima-
ginación y no pensar en ello. Por fin lo conseguí,
pero entonces surgió esto que ahora me pasa y de lo
que no he conseguido librarme». Con estas palabras,
me confirmó una paciente los puntos principales de la
teoría aquí desarrollada.No todos los enfermos de representaciones obsesi-
vas ven tan claramente el origen de las mismas. Por
lo general, cuando llamamos la atención del enfermo
sobre la representación primitiva, de naturaleza se-
xual, obtenemos la respuesta siguiente: «No, eso no
tiene nada que ver con mi estado actual. Nunca penséS.
124
mucho en ello. Al principio, sí me asustó un poco,
pero luego dejó de preocuparme y no me ha vuelto a
intranquilizar». Esta objeción tan frecuente integra
una prueba de que la representación obsesiva consti-
tuye un sustitutivo o un subrogado de la representa- ción sexual intolerable y la ha sustituido en la con- ciencia.Entre el esfuerzo de voluntad del paciente que con-
sigue reprimir la representación sexual inaceptable y
la emergencia de la representación obsesiva, que,
poco intensa en sí, aparece aquí provista de un afecto
incomprensiblemente intenso, se abre la laguna que
nuestra teoría intenta llenar. La separación de la re-
presentación sexual de su afecto y el enlace del mismo
con otra representación adecuada, pero no intolera-
ble, son procesos que se desarrollan sin que la con-
ciencia tenga noticia de ellos, y que por lo tanto, sólo
podemos suponer, sin que nos sea dable demostrarlos
por medio de un análisis clínico-psicológico. Quizá
fuera más exacto decir, que no se trata de procesos de
naturaleza psíquica, sino de procesos físicos, cuya
consecuencia psíquica se manifestase como si lo ex-
presado con los términos de «separación de la repre-
sentación de su afecto y falso enlace de este último»
hubiera sucedido realmente.Junto a los casos que demuestran una sucesión de
la representación sexual intolerable y la representación
obsesiva, hallamos otros en los que se nos muestra
una coexistencia de representaciones obsesivas y re-
presentaciones sexuales de carácter penoso.Estas últimas no pueden calificarse apropiadamente
de «representaciones obsesivas sexuales», pues care-
cen de un carácter esencial de las representaciones
obsesivas, toda vez que se muestran perfectamenteS.
125
justificadas, mientras que el carácter penoso de las re-
presentaciones obsesivas comunes constituye un pro-
blema para el médico y para el enfermo. En cuanto
me ha sido dado penetrar en casos de este género, he
podido comprobar, que se trata de una defensa conti-
nuada contra representaciones sexuales distintas, in-
cesantemente emergentes, o sea de una labor que no
había llegado á término.Los enfermos suelen ocultar sus representaciones
obsesivas en tanto tienen conciencia de su proce-
dencia sexual. Cuando se lamentan de ellas, manifiestan
generalmente su asombro de sucumbir al efecto co-
rrespondiente, angustiarse, experimentar determina-
dos impulsos, etc. En cambio, el médico perito en la
materia encuentra justificado y comprensible el afecto,
hallando tan sólo singular su enlace con una repre-
sentación que no lo justifica. O dicho de otro modo:
El afecto de la representación obsesiva le parece
dislocado ó traspuesto, y si ha adoptado
la teoría aquí descrita, intentará, en toda una serie de
casos de representaciones obsesivas, su trasposición
regresiva a lo sexual.Para el enlace secundario del afecto devenido libre,
puede ser utilizada cualquier representación que por
su naturaleza, sea susceptible de conexión con un
afecto de la cualidad dada o tenga, con la intole-
rable, ciertas relaciones, a consecuencia de las cuales,
aparezca utilizable como subrogado suyo. Así, la an-
gustia devenida libre y cuyo origen sexual no debe
ser recordado, se enlaza a las comunes fobias prima-
rias de los hombres a los animales, a las tormentas,
a la obscuridad, etc., o a cosas de innegable relación
asociativa con lo sexual, tales como los actos de orinar
y defecar, y en general, a la impureza y al contagio.S.
126
La ventaja que obtiene el Yo eligiendo, para la de-
fensa, el camino de la transposición del afec-
to, es menor que la que ofrece la conversión histérica
de excitación psíquica en inervación somática. El afec-
to bajo el cual ha padecido el Yo, permanece intacto,
con la sola diferencia de que la representación intole-
rable queda excluída del recuerdo. Las representacio-
nes así reprimidas, constituyen, por su parte, el nódu-
lo de un segundo grupo psíquico, accesible, a nuestro
parecer, también sin la ayuda de la hipnosis. El que
en las fobias y las representaciones obsesivas falten
aquellos visibles síntomas concomitantes a la forma-
ción de un grupo psíquico independiente, obedece pro-
bablemente a que en el primer caso, toda la modifica-
ción permanece circunscrita a lo psíquico, no experi-
mentando cambio alguno la relación entre la excita-
ción psíquica y la inervación somática.Con algunos ejemplos de naturaleza probablemente
típica, aclararemos lo dicho hasta aquí sobre las re-
presentaciones obsesivas:1) Una muchacha padece de reproches obsesivos.
Cuando en el periódico, lee haberse descubierto una
falsificación de moneda o un crimen cuyo autor se ig-
nora, piensa en seguida estar complicada en la falsifi-
cación, o se pregunta, con angustia, si no habrá sido
ella la homicida, dándose, sin embargo, clara cuenta
de lo absurdo de tales imaginaciones. Durante algún
tiempo, tal conciencia de su culpabilidad adquirió tan
gran dominio sobre ella, que llegó a ahogar su juicio
crítico, llevándola a acusarse ante sus familiares y su
médico, de haber cometido realmente semejantes deli-
tos. Un penetrante interrogatorio descubrió el origen
de su conciencia de culpabilidad. Excitada por una
sensación voluptuosa casualmente experimentada, yS.
127
siguiendo los malos consejos de una amiga suya, ha
bía comenzado a masturbarse y venía entregada a este
vicio desde varios años atrás, con plena conciencia
de su falta, que se reprochaba duramente, pero como
de costumbre en estos casos, sin conseguir enmien-
da. Un exceso cometido al retorno de un baile provo-
có la emergencia de la psicosis.–La paciente curó
después de algunos meses de tratamiento y de severa
vigilancia.2) Otra muchacha padecía el temor a verse ataca-
da de incontinencia de orina, desde que un vehemente
deseo de orinar le había obligado a abandonar en una
ocasión, un teatro, durante un concierto. Esta fobia la
había incapacitado, poco a poco, para toda vida so-
cial. Sólo se sentía tranquila cuando sabía tener pró-
ximo un W. C. al que poder llegar disimuladamente.
No existía en ella, vestigio alguno de enfermedad or-
gánica, que pudiese justificar sus temores. Hallándose
en su casa, entre sus familiares, no experimentaba ja-
más el temido incoercible deseo, ni tampoco durante
la noche. Un detenido examen descubrió que dicho
deseo la había acometido, por vez primera, en las si-
guientes circunstancias: En la sala de conciertos, se
hallaba sentado cerca de ella un caballero que no le
era indiferente. Al verle, comenzó a pensar en él y a
imaginarse ser su mujer y estar sentada a su lado.
Durante esta ensoñación, experimentó aquella sensa-
ción que en las mujeres, hemos de comparar a la erec-
ción masculina y que en su caso–ignoramos si en
todos– terminó con un ligero deseo de orinar. La re-
ferida sensación sexual, habitual en ella, la asustó en
esta ocasión, porque había formado el firme propósito
de combatir su inclinación amorosa, e inmediatamen-
te, el afecto inherente a la misma se transfirió al deseoS.
128
de orinar que la acompañaba, viéndose obligada la
sujeto, después de una penosa lucha, a abandonar la
sala. Esta joven, a quien toda realidad sexual horro-
rizaba, no concibiendo siquiera que pudiera casarse
algún día, era, por otro lado, de una tal hiperestesia
sexual, que en las ensoñaciones eróticas a que se
abandonaba gustosa, experimentaba regularmente la
referida sensación voluptuosa. El deseo de orinar ha-
bía acompañado siempre a la erección sin haberla im-
presionado hasta el día del concierto. El tratamiento
alcanzó la curación casi completa de la fobia.3) Una joven casada, que en cinco años de matri-
monio sólo había tenido un hijo, se me quejaba de
sentir un impulso obsesivo de arrojarse por el balcón
y de que a la vista de un cuchillo se apoderaba de ella
el miedo a verse impulsada a cogerlo y matar con él
a su hijo. A mis preguntas, confesó que sólo muy ra-
ras veces practicaba ya el comercio matrimonial y
siempre con precauciones para evitar la concepción,
añadiendo que ello no le disgustaba nada, pues era
de naturaleza poco sensual. Por mi parte, hube de ma-
nifestarla, que lo cierto era, que a la vista de los hom-
bres, surgían en ella representaciones eróticas, y que
este hecho la había llevado a perder su confianza en
sí misma, apareciéndose como una persona degradada
y capaz de todo. Esta retraducción de la representa-
ción obsesiva a lo sexual alcanzó pleno éxito. La pa-
ciente confesó, llorando, su miseria conyugal, por tanto
tiempo ocultada, y me comunicó más tarde, varias re-
presentaciones penosas de carácter sexual no modifi-
cado, tales como la sensación frecuentísima de que se
le entraba algo por debajo de las faldas.Terapéuticamente, he aprovechado estas repetidas
experiencias, para orientarme, a pesar de las protestas
S.
9
del enfermo, en los casos de fobias y representacio
nes obsesivas, hacia las representaciones sexuales re
primidas, y cegar, cuando ello es posible, las fuentes
de que provienen. Naturalmente, no puedo afirmar
que todas las fobias y todas las representaciones ob
sesivas nazcan en la forma aquí descrita, pues en pri
mer lugar, mi experiencia no comprende sino un nú
mero de formas, muy limitado, en comparación con
las muchas que toman estas neurosis, y en segundo,
sé muy bien que estos síntomas «psicasténicos» (se
gún la calificación de Janet) no son todos equivalen
tes 1). Hay, por ejemplo, fobias puramente histéricas.
Pero, a mi juicio, el mecanismo de la transposi
ción del afecto es propio de la gran mayoría de las
fobias y representaciones obsesivas, y creo que estas
neurosis, que tan pronto hallamos aisladas, como
combinadas con la histeria o la neurastenia, no deben
ser confundidas con la neurastenia, en la que no se
puede suponer un mecanismo psíquico como sín
toma fundamental.III
En los dos casos hasta ahora examinados, la de
fensa contra la representación intolerable tenía efecto
por medio de la disociación de su afecto concomitan1)El mecanismo psíquico arriba expuesto, no es aplicable
a aquel grupo de fobias típicas cuyo prototipo es la agora-
fobia. Por el contrario, el mecanismo de la agorafobia difiere
en un extremo decisivo, del de las representaciones obsesivas y
las fobias a ellas reducibles. No existe en ella, representación re
primida alguna de la que haya sido separado el afecto angus
tioso. La angustia de estas fobias tiene un distinto origen.S.
130
te. La representación permanecía en la conciencia, si
bien aislada y debilitada. Pero hay aún otra forma de
la defensa, mucho más enérgica y eficaz, consistente
en que el Yo rechaza la representación intolerable con
juntamente con su afecto, y se conduce como si la re-
presentación no hubiese jamás llegado á él. En el
momento en que esto queda consegui-
do, sucumbe el sujeto á una psicosis
que hemos de calificar de «locura alu-
cinatoria»: Un único ejemplo aclarará esta nues-
tra afirmación.Una muchacha ha ofrendado á un hombre su pri-
mera inclinación amorosa y cree firmemente, ser co-
rrespondida, en lo cual se equivoca, pues si el joven
frecuenta su casa es por un distinto motivo. Pronto
comienza á sufrir desilusiones. Al principio, se defien-
de de ellas convirtiendo histéricamente la experiencia
dolorosa y conserva así su fe en que el amado vol-
verá un día y pedirá su mano. Pero á consecuencia de
una conversión imperfecta y de constantes impresio-
nes penosas, se siente desgraciada y enferma. Su es-
peranza se concentra, por último, en un determinado
día, en el que se celebra en su casa, una fiesta familiar.
Mas el día transcurre sin que el joven acuda. Pasados
todos los trenes en los que podía llegar, cae la sujeto
en una locura alucinatoria: Su amor ha llegado, oye su
voz en el jardín y baja á recibirle. A partir de este mo-
mento, vive por espacio de dos meses, en un dichoso
sueño: el joven está siempre á sulado, no la abandona
un instante y todo ha vuelto á ser como antes (como
en la época anterior á las desilusiones tan trabajosa-
mente rechazadas). La histeria y la depresión de áni-
mo han quedado vencidas. Durante toda la enferme-
dad no habla la sujeto para nada de la última épocaS.
131
de dudas y sufrimiento. Es feliz mientras se la deja
tranquila, y sólo se exalta cuando alguna medida de
sus familiares la impide realizar alguna lógica conse-
cuencia de su dichoso ensueño. Esta psicosis, incom-
prensible en su tiempo, queda explicada diez años más
tarde en un análisis hipnótico.El hecho sobre el que yo quiero llamar la atención,
es el de que el contenido de una tal psicosis alucina-
toria consiste precisamente en la acentuación de la re-
presentación amenazada por el motivo de la enferme-
dad. Puede, por lo tanto, decirse, que el Yo ha recha-
zado la representación intolerable, por medio de la huí-
da a la psicosis. El proceso que lleva a este resultado
escapa tanto a la auto-percepción del sujeto como al
análisis psicológico-clínico. Debe ser considerado
como la expresión de una elevada disposición pato-
lógica y puede, quizá, describirse, como sigue: El Yo se
separa de la representación intolerable, pero ésta se
halla inseparablemente unida a un trozo de la realidad,
y al desligarse de ella el Yo, se desliga también, total
o parcialmente, de la realidad. Esto último es, a mi
juicio, la condición para reconocer a las propias re-
presentaciones, vida alucinatoria, y con ello cae el su-
jeto, una vez alcanzada la repulsa de la representaçión
intolerable, en la locura alucinatoria.No dispongo sino de muy pocos análisis de psico-
sis de este género, pero creo ha de tratarse de un tipo
muy frecuentemente utilizado, de enfermedad psíquica,
pues en ningún manicomio faltan los casos, análoga-
mente interpretables, de la madre que, enajenada por
la muerte de su hijo, mece incansablemente en sus bra-
zos, un trozo de madera, o de la novia despreciada,
que todos los días espera, durante años y años, la lle-
gada de su novio, y se compone para recibirle.S.
132
No es quizá superfluo acentuar, que las tres formas
de la defensa aquí descritas, y con ellas las tres for-
mas de enfermedad a las que la defensa lleva, pueden
presentarse reunidas en una misma persona. La apa-
rición simultánea de fobias y síntomas histéricos, tan
frecuentemente observada en la práctica, es uno de los
factores que dificultan la separación de la histeria, de
las demás neurosis, y obligan a establecer las «neu-
rosis mixtas». La locura alucinatoria no es con fre-
cuencia, compatible con la perduración de la histeria,
ni por lo regular, con la de las representaciones obse-
sivas. En cambio, no es nada raro que una psicosis
de defensa irrumpa episódicamente en el curso de una
neurosis histérica o mixta.Recordaré, por último, con pocas palabras, la idea
auxiliar de la cual me he servido en esta descripción
de la neurosis de defensa. Tal idea es la de que en
las funciones psíquicas, debe distinguirse algo (mon-
tante del afecto, magnitud de la excitación) que tiene
todas las propiedades de una cantidad–aunque no
poseamos medio alguno de medirlo–, algo suscepti-
ble de aumento, disminución, desplazamiento y des-
carga, que se extiende por las huellas mnémicas de
las representaciones como una carga eléctrica por las
superficies de los cuerpos.Esta hipótesis, en la que se basa ya nuestra teoría
de la «derivación por reacción», puede utilizarse en el
mismo sentido que los físicos utilizan la de la corrien-
te del fluido eléctrico. De todos modos, queda por lo
pronto, justificada, por su utilidad para la síntesis y la
explicación de muy diversos estados psíquicos.S.
133
Sobre la justificación de separar, de la
neurastenia, un cierto complejo de sínto-
mas, a título de «neurosis de angustia».Mientras se continúe dando a la palabra «neuras-
nia» todos los significados en los que Beard hubo de
emplearla será difícil decir nada generalmente válido
sobre la enfermedad a la que califica. A mi juicio, ha
de ser muy ventajoso, para la neuropatología, intentar
separar de la neurastenia propiamente dicha, todas
aquellas perturbaciones neuróticas cuyos síntomas se
hallan más firmemente enlazados entre sí que con los
síntomas neurasténicos típicos, y aquellas otras que en
su etiología y en su mecanismo, difieren esencialmen-
te de la neurosis neurasténica típica.Esta labor clasificadora nos proporcionará pronto
una imagen relativamente uniforme de la neurastenia,
y habrá de permitirnos distinguir de la neurastenia au-
téntica, con mayor precisión que hasta ahora, diver-
sas seudoneurastenias, tales como el cuadro clínico
de la neurosis refleja nasal, orgánicamente provoca-
da, las perturbaciones nerviosas de las caquexias y de
la arterioesclerosis y los estadios iniciales de la pará-
lisis progresiva y de algunas psicosis. Además, se
hará posible separar—siguiendo la propuesta de Moe-
bius—algunos estados nerviosos de los degenerados
hereditarios y se encontrarán razones para adscribir
más bien a la melancolía, algunas neurosis de natura-
leza intermitente o periódica, a las que hoy se da el
nombre de neurastenia. Pero el paso decisivo consis-
te en separar de la neurastenia, un cierto complejo deS.
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síntomas, que á continuación describiremos y que lle-
na muy cumplidamente las condiciones antes detalla-
das. Los síntomas de este complejo, se muestran, clí-
nicamente, mucho más próximos unos á otros, que á
los neurasténicos (esto es, aparecen, con frecuencia,
juntos y se representan unos á otros en el curso de la
enfermedad) y tanto la etiología como el mecanismo
de la neurosis á la que corresponden son fundamen-
talmente distintos de los propios de la neurastenia au-
téntica, tal y como ésta queda después de efectuar la
indicada separación.Damos á este complejo de síntomas el nombre de
«neurosis de angustia», por la circunstancia de que
todos sus componentes pueden ser agrupados en tor-
no de uno, principal, que es la angustia. En un princi-
pio, creímos original esta nuestra interpretación de los
síntomas de la neurosis de angustia, pero un día cayó
en nuestras manos una interesante conferencia de Hec-
ker en la que hallamos desarrollada clara y cumplida-
mente, igual teoría 1). Sin embargo, Hecker no sepa-
ra de la neurosis, como yo me propongo hacerlo, los
síntomas en los que reconoce equivalentes ó rudimen-
tos del ataque de angustia, sin duda por no haberse
dado cuenta de la diferencia etiológica existente. El
conocimiento de esta diferencia nos deja en libertad
para dar á los síntomas de la neurosis de angustia un
calificativo distinto del de neurasténicos, haciéndose-
nos, así, más fácil, establecer afirmaciones generales.1)E. Hecker: «Ueber larvierte und abortive Angstzustaende
bei Neurasthenie». Zentralblatt fuer Nervenheilkunde, Dezem-
ber 1893.–En su estudio «Der neurasthenische Angstaffekt bei
Zwangvorstellungen und der primordiale Gruebelzwang», Wien
1893, considera Kaan la angustia como uno de los síntomas
principales de la neurastenia.
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Las neuropsicosis de defensa
1894-001/1927.es