Recuerdo, repitición y elaboración 1914-006/1930.en

Freud, Sigmund (1914-006/1930.en): Recuerdo, repitición y elaboración

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    Recuerdo, repetición y elaboración

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    No me parece inútil recordar una y otra vez a los estu-
    diosos las profundas modificaciones experimentadas por la
    técnica psicoanalí-
    tica desde sus primeros comienzos. Al
    principio, en la fase de la catarsis de Breuer, atendíamos
    directamente a la génesis de los síntomas y orientába-
    mos
    toda nuestra labor hacia la reproducción de los procesos
    psíquicos de aquella situación inicial, para conseguir su
    derivación por medio de la actividad consciente. El recuer-
    do y la derivación por reacción eran los fines a los que en-
    tonces tendíamos con ayuda del estado hipnótico. Más
    tarde, cuando renunciamos a la hipnosis, se nos planteó la
    labor de deducir de las ocurrencias espontáneas del anali-
    zado, aquello que no conseguía recordar. La resistencia
    había de ser burlada por la interpretación y la comunica-
    ción de sus resultados al enfermo. Conservamos, pues, la
    orientación primitiva de nuestra labor hacia las situaciones
    en las que surgieron los síntomas por vez primera y hacia
    aquellas otras que íbamos descubriendo detrás del momen-
    to en que emergió la enfermedad, pero abandonamos la
    derivación por reacción, sustituyéndola por la labor que el
    enfermo había de llevar a cabo para dominar la crítica
    contra sus asociaciones, en observancia de la regla psico-
    analítica fundamental que le era impuesta. Por último,
    quedó estructurada la consecuente técnica actual, en la
    cual prescindimos de una orientación fija hacia un factor o

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    TECNICA DE LA PSICOANALISIS

    un problema determinado, nos contentamos con estudiar
    la superficie psíquica del paciente y utilizamos la interpre-
    tación para descubrir las resistencias que en ella emergen
    y comunicárselas al analizado. Se establece entonces una
    nueva división del trabajo: El médico revela al enfermo,
    resistencias que el mismo desconoce, y una vez vencidas
    éstas, el sujeto relata sin esfuerzo alguno las situaciones
    y relaciones olvidadas. Naturalmente, el fin de estas téc-
    nicas ha permanecido siendo el mismo: Descriptivamente,
    la supresión de las lagunas del recuerdo; dinámicamente,
    el vencimiento de las resistencias de la represión.

    Debemos conservar agradecimiento a la antigua técni-
    ca hipnótica por habernos presentado aislados y esquema-
    tizados los distintos procedimientos psíquicos del análisis.
    Sólo así hemos podido arriesgarnos, luego, a crear situa-
    ciones complicadas en el análisis, sin que el mismo per-
    diera para nosotros su transparencia.

    La evocación de los recuerdos no suscitaba grandes
    dificultades en el tratamiento hipnótico primitivo. El pa-
    ciente se transfería a una situación anterior, que no pare-
    cía confundir nunca con la actual, comunicaba los procesos
    psíquicos a ella correspondientes, en cuanto los mismos
    habían permanecido normales, y añadía todo lo que podía
    resultar de la traducción a lo consciente de los procesos
    inconscientes entonces.

    Enlazaré aquí algunas observaciones que todo analíti-
    co habrá podido comprobar prácticamente. El olvido de
    impresiones, escenas y sucesos se reduce casi siempre a
    una «retención» de los mismos. Cuando el paciente habla
    de este material «olvidado», rara vez deja de añadir: «En
    realidad, siempre he sabido perfectamente, todas estas co-
    sas; lo que pasa es que nunca me he detenido a pensar en
    ellas», y muchas veces, se manifiesta defraudado porque
    no se le ocurren suficientes cosas que pueda reconocer
    como «olvidadas» y en las que no ha vuelto a pensar des-

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    de que sucedieron. Este deseo queda a veces cumplido,
    sobre todo en las histerias de conversión. El «olvido»
    queda nuevamente restringido por la existencia de recuer-
    dos encubridores. En algunos casos, he experimentado la
    impresión de que la amnesia infantil, tan importante para
    nuestra teoría, es totalmente compensada por los recuer-
    dos encubridores. En éstos, no se conserva únicamente
    una parte de nuestra vida infantil, sino todo lo que en
    ella tuvo importancia esencial. Trátase tan sólo de saberlo
    extraer de ellos por medio del análisis. En realidad, cons-
    tituyen una representación tan suficiente de los años infan-
    tiles olvidados, como el contenido manifiesto del sueño lo
    es de las ideas oníricas latentes.

    El otro grupo de procesos psíquicos susceptibles de ser
    opuestos, como actos puramente internos, a las impresio-
    nes y los sucesos vividos, o sea el constituído por las fan-
    tasías, las asociaciones, los sentimientos, etc., ha de ser
    estudiado separadamente en cuanto a su relación con el
    olvido y el recuerdo. Sucede aquí muy frecuentemente,
    que se «recuerda» algo que no pudo nunca ser «olvidado»,
    pues nunca fué retenido ni llegó a ser consciente, y ade-
    más, para el curso psíquico, parece totalmente indiferente
    que un tal elemento fuera consciente y quedase luego ol-
    vidado o que no penetrase jamás hasta la conciencia. La
    convicción que el analizado adquiere en el curso del análi-
    sis es independiente de un tal recuerdo.

    Sobre todo en las diversas formas de la neurosis obse-
    siva, el olvido se limita a destruir conexiones, suprimir
    relaciones causales y aislar recuerdos enlazados entre sí.

    Por lo general, resulta imposible despertar el recuerdo
    de una clase especial de sucesos, muy importantes, co-
    rrespondientes a épocas muy tempranas de la infancia y
    vividos entonces sin comprenderlos, pero perfectamente
    interpretados y comprendidos luego por el sujeto. Su co-
    nocimiento nos es procurado por los sueños, y la estruc-
    tura

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    tura de la neurosis nos fuerza a admitirlos, pudiendo ade-
    más comprobar, que una vez vencidas sus resistencias, el
    analizado no emplea contra su aceptación la ausencia de
    la sensación de recordar (de la sensación de que algo nos
    era ya conocido). De todos modos, requiere este tema tan-
    ta prudencia crítica y aporta tantas cosas nuevas y descon-
    certantes, que preferimos reservarlo para un trabajo aisla-
    do, en el que lo estudiaremos en material adecuado.

    Con la nueva técnica, el curso del análisis se hace mu-
    cho más complicado y trabajoso: Algunos casos ofrecen
    al principio la serena facilidad habitual en el tratamiento
    hipnótico, aunque no tarden en tomar otro rumbo, pero lo
    general es que las dificultades surjan desde un principio.
    Ateniéndonos a este último tipo, para caracterizar la dife-
    rencia, podemos decir que el analizado no recuerda
    nada de lo olvidado o reprimido, sino que lo vive de
    nuevo. No lo reproduce como recuerdo, sino como
    acto; lo repite, sin saber, naturalmente, que lo repite.

    Por ejemplo: El analizado no cuenta que recuerda
    haberse mostrado rebelde a la autoridad de sus padres,
    sino que se conduce en esta forma con respecto al médi-
    co. No recuerda que su investigación sexual infantil fra-
    casó, dejándole perplejo, sino que produce una serie de
    sueños complicados y ocurrencias confusas y se lamenta
    de que nada le sale bien y de que su destino es no conse-
    guir jamás llevar a buen término una empresa. No recuer-
    da haberse avergonzado intensamente de ciertas activida-
    des sexuales y haber temido que los demás las descubrie-
    ran, sino que se avergüenza del tratamiento a que ahora
    se encuentra sometido y procura mantenerlo secreto, et-
    cétera.

    Sobre todo, no dejará de iniciar la cura con una tal re-
    petición. Con frecuencia, cuando hemos comunicado a un
    paciente de vida muy rica en acontecimientos y largo his-
    torial patológico, la regla psicoanalítica fundamental y es-
     

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    peramos oir un torrente de confesiones, nos encontramos
    con que asegura no saber qué decir. Calla y afirma que no
    se le ocurre nada. Todo esto no es, naturalmente, más
    que la repetición de una actitud homosexual que se ofrece,
    como resistencia, a todo recuerdo. Mientras el sujeto per-
    manece sometido al tratamiento, no se libera de esta ob-
    sesión de repetir y acabamos por comprender que este
    fenómeno constituye su manera especial de recordar.

    Como es natural, nos interesará, en primer término, la
    relación de esta repetición obsesiva con la transferencia y
    la resistencia. No tardamos en advertir que la transferen-
    cia no es por sí misma más que una repetición, y la repe-
    tición, la transferencia del pretérito olvidado, pero no sólo
    sobre el médico, sino sobre todos los demás sectores de
    la situación presente. Tendremos, pues, que estar prepa-
    rados a que el analizado se abandone a la obsesión repe-
    tidora que sustituye en él el impulso a recordar, no sólo
    en lo que afecta a su relación con el médico, sino también
    en todas las demás actividades y relaciones simultáneas de
    su vida, por ejemplo, cuando durante el transcurso de la
    cura elige un objeto erótico, se encarga de una labor o
    acomete una empresa. Tampoco resulta difícil reconocer
    la participación de la resistencia. Cuanto más intensa es
    ésta, más ampliamente quedará sustituído el recuerdo por
    la acción (repetición). La facilidad con la cual emergía en
    la hipnosis el recuerdo de lo olvidado, se debía precisa-
    mente a que el estado hipnótico anula de momento la
    acción de la resistencia. Cuando la cura comienza bajo el
    patrocinio de una transferencia positiva no muy acentua-
    da, nos permite penetrar al principio, profundamente, en
    los recuerdos, como antes la hipnosis, y hasta los mismos
    síntomas patológicos permanecen acallados mientras tanto.
    Pero cuando en el curso ulterior del análisis, se hace hos-
    til o muy intensa esta transferencia, el recuerdo queda sus-
    tituído en el acto por la repetición, y a partir de este mo-
     

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    mento, las resistencias van marcando la sucesión de las
    repeticiones. El enfermo extrae del arsenal del pasado las
    armas con las cuales se defiende contra la continuación de
    la cura y de las cuales hemos de ir despojándole poco a
    poco.

    Hemos visto ya, que el analizado repite en lugar de
    recordar y que lo hace bajo las condiciones de la resisten-
    cia. Vamos a ver, ahora, qué es realmente lo que repite.
    Pues bien, repite todo lo que se ha incorporado ya a su
    ser partiendo de las fuentes de lo reprimido: sus inhibicio-
    nes, sus tendencias inutilizables y sus rasgos de carácter
    patológicos. Y ahora observamos, que al hacer resaltar la
    obsesión repetidora no hemos descubierto nada nuevo,
    sino que hemos completado y unificado nuestra teoría.
    Vemos claramente, que la enfermedad del analizado no
    puede cesar con el comienzo del análisis y que no debe-
    mos tratarla como un hecho histórico, sino como una po-
    tencia actual. Poco a poco, vamos atrayendo a nosotros
    cada uno de los elementos de esta enfermedad y hacién-
    dolos entrar en el campo de acción de la cura, y mientras
    el enfermo los va viviendo como algo real, vamos nosotros
    practicando en ellos nuestra labor terapéutica, consistente,
    sobre todo, en la referencia al pasado.

    La evocación de recuerdos durante la hipnosis tenía
    que producir la impresión de un experimento de labora-
    torio. La repetición en el tratamiento analítico, según la
    nueva técnica, supone evocar un trozo de vida real, y por
    lo tanto, no puede ser inocua en todos los casos. A este
    punto viene a enlazarse todo el problema de la «agrava-
    ción durante la cura», inevitable a veces.

    La iniciación del tratamiento trae ya consigo una mo-
    dificación de la actitud consciente del enfermo ante su en-
    fermedad. Generalmente, se ha limitado a dolerse de ella
    y a despreciarla, sin estimar debidamente su importancia,
    pero, por lo demás, ha continuado observando, con res-

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    pecto a sus manifestaciones, la misma política de repre
    sión que antes en cuanto a sus orígenes. De este modo,
    puede muy bien no haber llegado aún a conocer precisa
    mente las condiciones de su fobia, no haber advertido el
    contenido justo de sus ideas obsesivas o no haber apre
    hendido la verdadera intención de su impulso obsesivo.
    La cura no puede pasar por esto. El sujeto ha de tener el
    valor de ocupar su atención con los fenómenos de su en
    fermedad, a la cual no debe ya despreciar, sino considerar
    como un adversario digno, como una parte de su propio
    ser, fundada en motivos importantes y de la cual podrá
    extraer valiosas enseñanzas para su vida ulterior. De esta
    forma preparamos desde un principio, la reconciliación del
    sujeto con lo reprimido que se manifiesta en sus síntomas,
    pero, por otro lado, concedemos también a la enfermedad
    un cierto margen de tolerancia. Si esta nueva relación con
    la enfermedad agudiza algunos conflictos y hace pasar a
    primera línea síntomas hasta entonces poco precisos, po
    demos consolar fácilmente al enfermo, observándole que
    se trata de agravaciones necesarias, pero pasajeras, y
    que, en definitiva, no es posible vencer a un enemigo que
    se mantiene ausente o no está suficientemente próximo.
    Pero la resistencia puede aprovechar la situación para sus
    fines e intentar abusar de la tolerancia concedida a la en
    fermedad, y entonces parece decirnos: Mira lo que sucede
    cuando me veo forzada a ocuparme de estas cosas. ¿Ves
    cómo estaba en lo cierto abandonándolas a la represión?
    Otro peligro es el de que en el curso de la cura lleguen
    también a ser reproducidos impulsos instintivos nuevos
    situados en estratos más profundos, que no habían emer
    gido aún. Por último, aquellos actos que el paciente eje
    cuta fuera del campo de acción de la transferencia pueden
    acarrearle daños pasajeros e incluso ser elegidos de ma
    nera que anulen por completo el valor de la salud que el
    tratamiento tiende a restablecer.

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    No es difícil justificar la táctica que en esta situación
    ha de seguir el médico. Su fin continúa siendo, como en
    un principio, la evocación del recuerdo, la reproducción
    en el terreno psíquico, aunque sabe muy bien que no ha
    de serle posible conseguirlo por medio de la nueva técni-
    ca. Se dispondrá, pues, a iniciar con el paciente una con-
    tinua lucha por mantener en el terreno psíquico todos los
    impulsos que aquél quisiera derivar hacia la motilidad, y
    considera como un gran triunfo de la cura conseguir deri-
    var por medio del recuerdo algo que el sujeto tendía a de-
    rivar por medio de un acto. Cuando la adhesión producto
    de la transferencia integra ya algún valor, el tratamiento
    consigue impedir al paciente todos los actos de repetición
    algo importantes y utilizar, in statu nascendi, el propósito
    de ejecutarlos, como material para la labor terapéutica. La
    mejor manera de proteger al enfermo de los daños que
    puede acarrearle la ejecución de sus impulsos, es compro-
    meterle a no adoptar, durante el curso del tratamiento, nin-
    guna resolución importante, elegir carrera o mujer, por
    ejemplo, y a esperar para ello el momento de la curación.
    Al mismo tiempo, respetamos la libertad personal del
    paciente en cuanto sea compatible con estas precauciones;
    no le impedimos la ejecución de propósitos poco trascen-
    dentales, aunque se trate de evidentes simplezas, y no ol-
    vidamos que sólo la propia y personal experiencia hace al
    hombre sabio. Hay también casos en los que nos es impo-
    sible disuadir al sujeto de acometer una empresa total-
    mente inadecuada a sus circunstancias y que sólo mucho
    después van madurando y haciéndose asequibles a la ela-
    boración analítica. En ocasiones, sucede también que no
    nos da tiempo de imponer a los instintos impetuosos el
    freno de la transferencia o que el paciente rompe, en un
    acto de repetición, los lazos que le ligaban al tratamiento.
    Como caso extremo, citaremos el de una señora ya ma-
    dura, que había sufrido, repetidamente, estados de obnubi-

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    lación, en los que abandonaba su casa y a su marido, sin
    que jamás hubiera podido alegar la existencia de un moti-
    vo consciente para tales fugas. Al iniciar el tratamiento
    analítico, mostraba una transferencia positiva bien des-
    arrollada, pero esta transferencia creció de un modo in-
    quietantemente rápido en los primeros días, y al cabo de
    una semana, la paciente me «abandonó» también a mí,
    antes de que yo hubiera tenido tiempo de hacerla alguna
    indicación que hubiese podido impedirle tal repetición.

    Pero la mejor manera de refrenar la obsesión repetido-
    ra del enfermo y convertirla en un motivo de recordar, lo
    tenemos en el manejo de la transferencia. Reconociendo
    en cierto modo sus derechos y dejándola actuar libremen-
    te en un sector determinado, conseguimos hacerla inofen-
    siva y hasta útil. La abandonamos, pues, la transferencia,
    como un campo en el que puede desarrollarse con libertad
    casi completa y en el que cumplirá la función de hacer
    surgir ante nuestros ojos todos los instintos patógenos
    ocultos en la vida anímica del analizado. Cuando el pa-
    ciente nos presta la mínima cooperación consistente en
    respetar las condiciones de existencia del tratamiento,
    conseguimos siempre dar a todos los síntomas de la enfer-
    medad una nueva significación basada en la transferencia
    y sustituir su neurosis vulgar por una neurosis de transfe-
    rencia, de la cual puede ser curado por la labor terapéuti-
    ca. La transferencia crea así una zona intermedia entre la
    enfermedad y la vida, y a través de esta zona va teniendo
    efecto la transición desde la primera a la segunda. El nue-
    vo estado ha acogido todos los caracteres de la enferme-
    dad, pero constituye una enfermedad artificial, asequible
    por todos lados a nuestra intervención. Al mismo tiempo,
    es también un trozo de vida real, pero provisorio y hecho
    posible por circunstancias especialmente favorables. De
    las reacciones de la repetición que surgen en la transfe-
    rencia, parten luego los caminos ya conocidos para la evo-

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    cación de los recuerdos, los cuales surgen sin esfuerzo
    aparente una vez vencidas las resistencias.

    Podía dar ya por terminada mi exposición si el título
    del presente ensayo no me obligase a describir aún otra
    parte de la técnica analítica. Como ya sabemos, el venci-
    miento de las resistencias se inicia revelando el médico al
    analizado la existencia y condición de las mismas, ignorada
    siempre por el sujeto. Ahora bien, parece ser que algunos
    analíticos principiantes se inclinan a creer que esta labor
    inicial es toda la que han de llevar a cabo. En muchas oca-
    siones, he sido llamado en consulta por médicos que se
    lamentaban de haber revelado al paciente su resistencia
    sin haber obtenido resultado positivo alguno, sino más
    bien una intensificación de la resistencia descubierta y una
    mayor complicación de la situación general. La cura pare-
    cía haber quedado estancada. Pero semejante temor resul-
    taba siempre infundado. En realidad, la cura seguía su
    camino. Lo único que sucedía es que el médico había ol-
    vidado que la revelación de la resistencia no puede tener
    por consecuencia inmediata su desaparición. Ha de dejar-
    se tiempo al enfermo para ahondar en la resistencia, hasta
    entonces desconocida para él, elaborarla y dominar-
    la, continuando, a su pesar, el tratamiento, conforme a la
    regla analítica fundamental. Sólo al culminar esta labor
    llegamos a descubrir, en colaboración con el analizado,
    los impulsos instintivos reprimidos que alimentaban la re-
    sistencia. En todo esto, el médico no tiene que hacer más
    que esperar y dejar desarrollarse un proceso que no pue-
    de ser eludido ni tampoco siempre apresurado. No olvi-
    dándose de esto, se ahorrará muchas veces el error de
    suponer fracasado el tratamiento, cuando el mismo sigue,
    en realidad, directamente, su camino.

    En la práctica, esta elaboración de las resistencias pue-
    de constituir una penosa labor para el analizado y una
    dura prueba para la paciencia del médico. Pero también

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    PROF. S. FREUD

    constituye aquella parte de la labor que ejerce sobre el pa
    ciente mayor acción modificadora y la que diferencia al
    tratamiento analítico, de todo influjo por sugestión. Teóri
    camente, podemos equipararla a la derivación por reacción
    de las magnitudes de afecto aprisionadas por la represión,
    proceso sin el cual no lograba eficacia alguna el tratamien
    to hipnótico.