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Recuerdo, repetición y elaboración
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No me parece inútil recordar una y otra vez a los estu-
diosos las profundas modificaciones experimentadas por la
técnica psicoanalí-
tica desde sus primeros comienzos. Al
principio, en la fase de la catarsis de Breuer, atendíamos
directamente a la génesis de los síntomas y orientába-
mos
toda nuestra labor hacia la reproducción de los procesos
psíquicos de aquella situación inicial, para conseguir su
derivación por medio de la actividad consciente. El recuer-
do y la derivación por reacción eran los fines a los que en-
tonces tendíamos con ayuda del estado hipnótico. Más
tarde, cuando renunciamos a la hipnosis, se nos planteó la
labor de deducir de las ocurrencias espontáneas del anali-
zado, aquello que no conseguía recordar. La resistencia
había de ser burlada por la interpretación y la comunica-
ción de sus resultados al enfermo. Conservamos, pues, la
orientación primitiva de nuestra labor hacia las situaciones
en las que surgieron los síntomas por vez primera y hacia
aquellas otras que íbamos descubriendo detrás del momen-
to en que emergió la enfermedad, pero abandonamos la
derivación por reacción, sustituyéndola por la labor que el
enfermo había de llevar a cabo para dominar la crítica
contra sus asociaciones, en observancia de la regla psico-
analítica fundamental que le era impuesta. Por último,
quedó estructurada la consecuente técnica actual, en la
cual prescindimos de una orientación fija hacia un factor oS.
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TECNICA DE LA PSICOANALISIS
un problema determinado, nos contentamos con estudiar
la superficie psíquica del paciente y utilizamos la interpre-
tación para descubrir las resistencias que en ella emergen
y comunicárselas al analizado. Se establece entonces una
nueva división del trabajo: El médico revela al enfermo,
resistencias que el mismo desconoce, y una vez vencidas
éstas, el sujeto relata sin esfuerzo alguno las situaciones
y relaciones olvidadas. Naturalmente, el fin de estas téc-
nicas ha permanecido siendo el mismo: Descriptivamente,
la supresión de las lagunas del recuerdo; dinámicamente,
el vencimiento de las resistencias de la represión.Debemos conservar agradecimiento a la antigua técni-
ca hipnótica por habernos presentado aislados y esquema-
tizados los distintos procedimientos psíquicos del análisis.
Sólo así hemos podido arriesgarnos, luego, a crear situa-
ciones complicadas en el análisis, sin que el mismo per-
diera para nosotros su transparencia.La evocación de los recuerdos no suscitaba grandes
dificultades en el tratamiento hipnótico primitivo. El pa-
ciente se transfería a una situación anterior, que no pare-
cía confundir nunca con la actual, comunicaba los procesos
psíquicos a ella correspondientes, en cuanto los mismos
habían permanecido normales, y añadía todo lo que podía
resultar de la traducción a lo consciente de los procesos
inconscientes entonces.Enlazaré aquí algunas observaciones que todo analíti-
co habrá podido comprobar prácticamente. El olvido de
impresiones, escenas y sucesos se reduce casi siempre a
una «retención» de los mismos. Cuando el paciente habla
de este material «olvidado», rara vez deja de añadir: «En
realidad, siempre he sabido perfectamente, todas estas co-
sas; lo que pasa es que nunca me he detenido a pensar en
ellas», y muchas veces, se manifiesta defraudado porque
no se le ocurren suficientes cosas que pueda reconocer
como «olvidadas» y en las que no ha vuelto a pensar des-S.
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de que sucedieron. Este deseo queda a veces cumplido,
sobre todo en las histerias de conversión. El «olvido»
queda nuevamente restringido por la existencia de recuer-
dos encubridores. En algunos casos, he experimentado la
impresión de que la amnesia infantil, tan importante para
nuestra teoría, es totalmente compensada por los recuer-
dos encubridores. En éstos, no se conserva únicamente
una parte de nuestra vida infantil, sino todo lo que en
ella tuvo importancia esencial. Trátase tan sólo de saberlo
extraer de ellos por medio del análisis. En realidad, cons-
tituyen una representación tan suficiente de los años infan-
tiles olvidados, como el contenido manifiesto del sueño lo
es de las ideas oníricas latentes.El otro grupo de procesos psíquicos susceptibles de ser
opuestos, como actos puramente internos, a las impresio-
nes y los sucesos vividos, o sea el constituído por las fan-
tasías, las asociaciones, los sentimientos, etc., ha de ser
estudiado separadamente en cuanto a su relación con el
olvido y el recuerdo. Sucede aquí muy frecuentemente,
que se «recuerda» algo que no pudo nunca ser «olvidado»,
pues nunca fué retenido ni llegó a ser consciente, y ade-
más, para el curso psíquico, parece totalmente indiferente
que un tal elemento fuera consciente y quedase luego ol-
vidado o que no penetrase jamás hasta la conciencia. La
convicción que el analizado adquiere en el curso del análi-
sis es independiente de un tal recuerdo.Sobre todo en las diversas formas de la neurosis obse-
siva, el olvido se limita a destruir conexiones, suprimir
relaciones causales y aislar recuerdos enlazados entre sí.Por lo general, resulta imposible despertar el recuerdo
de una clase especial de sucesos, muy importantes, co-
rrespondientes a épocas muy tempranas de la infancia y
vividos entonces sin comprenderlos, pero perfectamente
interpretados y comprendidos luego por el sujeto. Su co-
nocimiento nos es procurado por los sueños, y la estruc-
turaS.
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tura de la neurosis nos fuerza a admitirlos, pudiendo ade-
más comprobar, que una vez vencidas sus resistencias, el
analizado no emplea contra su aceptación la ausencia de
la sensación de recordar (de la sensación de que algo nos
era ya conocido). De todos modos, requiere este tema tan-
ta prudencia crítica y aporta tantas cosas nuevas y descon-
certantes, que preferimos reservarlo para un trabajo aisla-
do, en el que lo estudiaremos en material adecuado.Con la nueva técnica, el curso del análisis se hace mu-
cho más complicado y trabajoso: Algunos casos ofrecen
al principio la serena facilidad habitual en el tratamiento
hipnótico, aunque no tarden en tomar otro rumbo, pero lo
general es que las dificultades surjan desde un principio.
Ateniéndonos a este último tipo, para caracterizar la dife-
rencia, podemos decir que el analizado no recuerda
nada de lo olvidado o reprimido, sino que lo vive de
nuevo. No lo reproduce como recuerdo, sino como
acto; lo repite, sin saber, naturalmente, que lo repite.Por ejemplo: El analizado no cuenta que recuerda
haberse mostrado rebelde a la autoridad de sus padres,
sino que se conduce en esta forma con respecto al médi-
co. No recuerda que su investigación sexual infantil fra-
casó, dejándole perplejo, sino que produce una serie de
sueños complicados y ocurrencias confusas y se lamenta
de que nada le sale bien y de que su destino es no conse-
guir jamás llevar a buen término una empresa. No recuer-
da haberse avergonzado intensamente de ciertas activida-
des sexuales y haber temido que los demás las descubrie-
ran, sino que se avergüenza del tratamiento a que ahora
se encuentra sometido y procura mantenerlo secreto, et-
cétera.Sobre todo, no dejará de iniciar la cura con una tal re-
petición. Con frecuencia, cuando hemos comunicado a un
paciente de vida muy rica en acontecimientos y largo his-
torial patológico, la regla psicoanalítica fundamental y es-
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peramos oir un torrente de confesiones, nos encontramos
con que asegura no saber qué decir. Calla y afirma que no
se le ocurre nada. Todo esto no es, naturalmente, más
que la repetición de una actitud homosexual que se ofrece,
como resistencia, a todo recuerdo. Mientras el sujeto per-
manece sometido al tratamiento, no se libera de esta ob-
sesión de repetir y acabamos por comprender que este
fenómeno constituye su manera especial de recordar.Como es natural, nos interesará, en primer término, la
relación de esta repetición obsesiva con la transferencia y
la resistencia. No tardamos en advertir que la transferen-
cia no es por sí misma más que una repetición, y la repe-
tición, la transferencia del pretérito olvidado, pero no sólo
sobre el médico, sino sobre todos los demás sectores de
la situación presente. Tendremos, pues, que estar prepa-
rados a que el analizado se abandone a la obsesión repe-
tidora que sustituye en él el impulso a recordar, no sólo
en lo que afecta a su relación con el médico, sino también
en todas las demás actividades y relaciones simultáneas de
su vida, por ejemplo, cuando durante el transcurso de la
cura elige un objeto erótico, se encarga de una labor o
acomete una empresa. Tampoco resulta difícil reconocer
la participación de la resistencia. Cuanto más intensa es
ésta, más ampliamente quedará sustituído el recuerdo por
la acción (repetición). La facilidad con la cual emergía en
la hipnosis el recuerdo de lo olvidado, se debía precisa-
mente a que el estado hipnótico anula de momento la
acción de la resistencia. Cuando la cura comienza bajo el
patrocinio de una transferencia positiva no muy acentua-
da, nos permite penetrar al principio, profundamente, en
los recuerdos, como antes la hipnosis, y hasta los mismos
síntomas patológicos permanecen acallados mientras tanto.
Pero cuando en el curso ulterior del análisis, se hace hos-
til o muy intensa esta transferencia, el recuerdo queda sus-
tituído en el acto por la repetición, y a partir de este mo-
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mento, las resistencias van marcando la sucesión de las
repeticiones. El enfermo extrae del arsenal del pasado las
armas con las cuales se defiende contra la continuación de
la cura y de las cuales hemos de ir despojándole poco a
poco.Hemos visto ya, que el analizado repite en lugar de
recordar y que lo hace bajo las condiciones de la resisten-
cia. Vamos a ver, ahora, qué es realmente lo que repite.
Pues bien, repite todo lo que se ha incorporado ya a su
ser partiendo de las fuentes de lo reprimido: sus inhibicio-
nes, sus tendencias inutilizables y sus rasgos de carácter
patológicos. Y ahora observamos, que al hacer resaltar la
obsesión repetidora no hemos descubierto nada nuevo,
sino que hemos completado y unificado nuestra teoría.
Vemos claramente, que la enfermedad del analizado no
puede cesar con el comienzo del análisis y que no debe-
mos tratarla como un hecho histórico, sino como una po-
tencia actual. Poco a poco, vamos atrayendo a nosotros
cada uno de los elementos de esta enfermedad y hacién-
dolos entrar en el campo de acción de la cura, y mientras
el enfermo los va viviendo como algo real, vamos nosotros
practicando en ellos nuestra labor terapéutica, consistente,
sobre todo, en la referencia al pasado.La evocación de recuerdos durante la hipnosis tenía
que producir la impresión de un experimento de labora-
torio. La repetición en el tratamiento analítico, según la
nueva técnica, supone evocar un trozo de vida real, y por
lo tanto, no puede ser inocua en todos los casos. A este
punto viene a enlazarse todo el problema de la «agrava-
ción durante la cura», inevitable a veces.La iniciación del tratamiento trae ya consigo una mo-
dificación de la actitud consciente del enfermo ante su en-
fermedad. Generalmente, se ha limitado a dolerse de ella
y a despreciarla, sin estimar debidamente su importancia,
pero, por lo demás, ha continuado observando, con res-S.
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pecto a sus manifestaciones, la misma política de repre
sión que antes en cuanto a sus orígenes. De este modo,
puede muy bien no haber llegado aún a conocer precisa
mente las condiciones de su fobia, no haber advertido el
contenido justo de sus ideas obsesivas o no haber apre
hendido la verdadera intención de su impulso obsesivo.
La cura no puede pasar por esto. El sujeto ha de tener el
valor de ocupar su atención con los fenómenos de su en
fermedad, a la cual no debe ya despreciar, sino considerar
como un adversario digno, como una parte de su propio
ser, fundada en motivos importantes y de la cual podrá
extraer valiosas enseñanzas para su vida ulterior. De esta
forma preparamos desde un principio, la reconciliación del
sujeto con lo reprimido que se manifiesta en sus síntomas,
pero, por otro lado, concedemos también a la enfermedad
un cierto margen de tolerancia. Si esta nueva relación con
la enfermedad agudiza algunos conflictos y hace pasar a
primera línea síntomas hasta entonces poco precisos, po
demos consolar fácilmente al enfermo, observándole que
se trata de agravaciones necesarias, pero pasajeras, y
que, en definitiva, no es posible vencer a un enemigo que
se mantiene ausente o no está suficientemente próximo.
Pero la resistencia puede aprovechar la situación para sus
fines e intentar abusar de la tolerancia concedida a la en
fermedad, y entonces parece decirnos: Mira lo que sucede
cuando me veo forzada a ocuparme de estas cosas. ¿Ves
cómo estaba en lo cierto abandonándolas a la represión?
Otro peligro es el de que en el curso de la cura lleguen
también a ser reproducidos impulsos instintivos nuevos
situados en estratos más profundos, que no habían emer
gido aún. Por último, aquellos actos que el paciente eje
cuta fuera del campo de acción de la transferencia pueden
acarrearle daños pasajeros e incluso ser elegidos de ma
nera que anulen por completo el valor de la salud que el
tratamiento tiende a restablecer.S.
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No es difícil justificar la táctica que en esta situación
ha de seguir el médico. Su fin continúa siendo, como en
un principio, la evocación del recuerdo, la reproducción
en el terreno psíquico, aunque sabe muy bien que no ha
de serle posible conseguirlo por medio de la nueva técni-
ca. Se dispondrá, pues, a iniciar con el paciente una con-
tinua lucha por mantener en el terreno psíquico todos los
impulsos que aquél quisiera derivar hacia la motilidad, y
considera como un gran triunfo de la cura conseguir deri-
var por medio del recuerdo algo que el sujeto tendía a de-
rivar por medio de un acto. Cuando la adhesión producto
de la transferencia integra ya algún valor, el tratamiento
consigue impedir al paciente todos los actos de repetición
algo importantes y utilizar, in statu nascendi, el propósito
de ejecutarlos, como material para la labor terapéutica. La
mejor manera de proteger al enfermo de los daños que
puede acarrearle la ejecución de sus impulsos, es compro-
meterle a no adoptar, durante el curso del tratamiento, nin-
guna resolución importante, elegir carrera o mujer, por
ejemplo, y a esperar para ello el momento de la curación.
Al mismo tiempo, respetamos la libertad personal del
paciente en cuanto sea compatible con estas precauciones;
no le impedimos la ejecución de propósitos poco trascen-
dentales, aunque se trate de evidentes simplezas, y no ol-
vidamos que sólo la propia y personal experiencia hace al
hombre sabio. Hay también casos en los que nos es impo-
sible disuadir al sujeto de acometer una empresa total-
mente inadecuada a sus circunstancias y que sólo mucho
después van madurando y haciéndose asequibles a la ela-
boración analítica. En ocasiones, sucede también que no
nos da tiempo de imponer a los instintos impetuosos el
freno de la transferencia o que el paciente rompe, en un
acto de repetición, los lazos que le ligaban al tratamiento.
Como caso extremo, citaremos el de una señora ya ma-
dura, que había sufrido, repetidamente, estados de obnubi-S.
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lación, en los que abandonaba su casa y a su marido, sin
que jamás hubiera podido alegar la existencia de un moti-
vo consciente para tales fugas. Al iniciar el tratamiento
analítico, mostraba una transferencia positiva bien des-
arrollada, pero esta transferencia creció de un modo in-
quietantemente rápido en los primeros días, y al cabo de
una semana, la paciente me «abandonó» también a mí,
antes de que yo hubiera tenido tiempo de hacerla alguna
indicación que hubiese podido impedirle tal repetición.Pero la mejor manera de refrenar la obsesión repetido-
ra del enfermo y convertirla en un motivo de recordar, lo
tenemos en el manejo de la transferencia. Reconociendo
en cierto modo sus derechos y dejándola actuar libremen-
te en un sector determinado, conseguimos hacerla inofen-
siva y hasta útil. La abandonamos, pues, la transferencia,
como un campo en el que puede desarrollarse con libertad
casi completa y en el que cumplirá la función de hacer
surgir ante nuestros ojos todos los instintos patógenos
ocultos en la vida anímica del analizado. Cuando el pa-
ciente nos presta la mínima cooperación consistente en
respetar las condiciones de existencia del tratamiento,
conseguimos siempre dar a todos los síntomas de la enfer-
medad una nueva significación basada en la transferencia
y sustituir su neurosis vulgar por una neurosis de transfe-
rencia, de la cual puede ser curado por la labor terapéuti-
ca. La transferencia crea así una zona intermedia entre la
enfermedad y la vida, y a través de esta zona va teniendo
efecto la transición desde la primera a la segunda. El nue-
vo estado ha acogido todos los caracteres de la enferme-
dad, pero constituye una enfermedad artificial, asequible
por todos lados a nuestra intervención. Al mismo tiempo,
es también un trozo de vida real, pero provisorio y hecho
posible por circunstancias especialmente favorables. De
las reacciones de la repetición que surgen en la transfe-
rencia, parten luego los caminos ya conocidos para la evo-S.
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cación de los recuerdos, los cuales surgen sin esfuerzo
aparente una vez vencidas las resistencias.Podía dar ya por terminada mi exposición si el título
del presente ensayo no me obligase a describir aún otra
parte de la técnica analítica. Como ya sabemos, el venci-
miento de las resistencias se inicia revelando el médico al
analizado la existencia y condición de las mismas, ignorada
siempre por el sujeto. Ahora bien, parece ser que algunos
analíticos principiantes se inclinan a creer que esta labor
inicial es toda la que han de llevar a cabo. En muchas oca-
siones, he sido llamado en consulta por médicos que se
lamentaban de haber revelado al paciente su resistencia
sin haber obtenido resultado positivo alguno, sino más
bien una intensificación de la resistencia descubierta y una
mayor complicación de la situación general. La cura pare-
cía haber quedado estancada. Pero semejante temor resul-
taba siempre infundado. En realidad, la cura seguía su
camino. Lo único que sucedía es que el médico había ol-
vidado que la revelación de la resistencia no puede tener
por consecuencia inmediata su desaparición. Ha de dejar-
se tiempo al enfermo para ahondar en la resistencia, hasta
entonces desconocida para él, elaborarla y dominar-
la, continuando, a su pesar, el tratamiento, conforme a la
regla analítica fundamental. Sólo al culminar esta labor
llegamos a descubrir, en colaboración con el analizado,
los impulsos instintivos reprimidos que alimentaban la re-
sistencia. En todo esto, el médico no tiene que hacer más
que esperar y dejar desarrollarse un proceso que no pue-
de ser eludido ni tampoco siempre apresurado. No olvi-
dándose de esto, se ahorrará muchas veces el error de
suponer fracasado el tratamiento, cuando el mismo sigue,
en realidad, directamente, su camino.En la práctica, esta elaboración de las resistencias pue-
de constituir una penosa labor para el analizado y una
dura prueba para la paciencia del médico. Pero tambiénS.
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PROF. S. FREUD
constituye aquella parte de la labor que ejerce sobre el pa
ciente mayor acción modificadora y la que diferencia al
tratamiento analítico, de todo influjo por sugestión. Teóri
camente, podemos equipararla a la derivación por reacción
de las magnitudes de afecto aprisionadas por la represión,
proceso sin el cual no lograba eficacia alguna el tratamien
to hipnótico.
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Recuerdo, repitición y elaboración
1914-006/1930.en
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