El »block maravilloso« 1925-001/1930.es

Freud, Sigmund (1925-001/1930.es): El »block maravilloso«

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    El «block maravilloso»

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    Cuando desconfiamos de nuestra memoria –descon-
    fianza que alcanza gran intensidad en los neuróticos, pero
    que también está justificada en los normales–, podemos
    complementar y asegurar esta función por medio de ano-
    taciones gráficas. La superficie que conserva estas anota-
    ciones, pizarra u hoja de papel, es, entonces, como una
    parte materializada del aparato mnémico, que llevamos,
    invisible, en nosotros. Nos bastará, pues, saber el lugar
    en el que se halla el «recuerdo» así fijado, para poderlo
    «reproducir» a voluntad, con la certeza de que ha perma-
    necido invariable, habiendo eludido, así, las deformaciones
    que quizá hubiese sufrido en nuestra memoria.

    Pero cuando queremos servirnos ampliamente de esta
    técnica para perfeccionar nuestra función mnémica, adver-
    timos que podemos poner en práctica dos distintos proce-
    dimientos. Podemos, primeramente, elegir una superficie
    que conserve intacta, durante mucho tiempo, la anotación
    a ella confiada, esto es, una hoja de papel sobre la que
    escribiremos con tinta, obteniendo, así, una «huella mné-
    mica permanente». La desventaja de este procedimiento
    consiste en que la capacidad de la superficie receptora se
    agota pronto. La hoja de papel no ofrece ya lugar para
    nuevas anotaciones y nos vemos obligados a tomar otra
    nueva. Por otro lado, la ventaja que este procedimiento
    nos ofrece al procurarnos una «huella permanente», pue-
     

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    de perder, para nosotros, su valor, cuando, al cabo de
    algún tiempo, deja de interesarnos lo anotado y no quere-
    mos ya «conservarlo en la memoria». El segundo procedi-
    miento no presenta estos defectos. Si escribimos, por
    ejemplo, con tiza, sobre una pizarra, tendremos una su-
    perficie de capacidad receptora ilimitada, de la que podre-
    mos borrar las anotaciones, en cuanto cesen de interesar-
    nos, sin tener por ello que destruirla o tirarla. El inconve-
    niente está aquí en la imposibilidad de conservar una huella
    permanente, pues, al querer inscribir en la pizarra cubierta
    ya de anotaciones, alguna nueva, tenemos que borrar par-
    te de las anteriores. Así, pues, en los dispositivos con los
    cuales sustituimos nuestra memoria, parecen excluirse,
    entre sí, la capacidad receptora ilimitada y la conservación
    de huellas permanente; hemos de renovar la superficie
    receptora o destruir las anotaciones.

    Los aparatos auxiliares que hemos inventado para per-
    feccionar o intensificar nuestras funciones sensoriales es-
    tán todos construidos a semejanza del órgano sensorial
    correspondiente o de una parte del mismo (lentes, cáma-
    ras fotográficas, trompetillas, etc.) Desde este punto de
    vista, los dispositivos auxiliares de nuestra memoria pare-
    cen muy defectuosos, pues nuestro aparato anímico realiza
    precisamente lo que aquéllos no pueden. Presenta una ili-
    mitada capacidad receptora de nuevas percepciones y
    crea, además, huellas duraderas, aunque no invariables, de
    las mismas. Ya en la «Interpretación de los sueños» (1900),
    expusimos la sospecha de que esta facultad, poco común,
    correspondía a la función de dos distintos sistemas (órga-
    nos del aparato anímico). Poseeríamos un sistema encar-
    gado de recibir las percepciones, pero no de conservar de
    ellas una huella duradera, conduciéndose así, con respec-
    to a cada nueva percepción, como una cuartilla intacta.
    Tales huellas permanente de los estímulos acogidos surgi-
    rían luego en los «sistemas mnémicos» situados detrás del

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    sistema receptor. Más tarde («Más allá del principio del
    placer»), agregamos la observación de que el fenómeno
    inexplicable de la conciencia, nace en el sistema perceptor
    en lugar de las huellas duraderas.

    Hace poco tiempo, ha surgido en el comercio, con el
    nombre de «block maravilloso», un objeto que parece pro-
    meter mayor utilidad que la hoja de papel o la pizarra. No
    pretende ser más que un memorándum del cual pueden
    borrarse cómoda y sencillamente las anotaciones. Pero si
    lo observamos más detenidamente, encontramos en su
    construcción una singular coincidencia con la estructura
    por nosotros supuesta de nuestro aparato perceptor y
    comprobamos que puede, en efecto, ofrecernos las dos
    cosas, una superficie receptora siempre pronta y huellas
    permanentes de las anotaciones hechas.

    El block maravilloso es una lámina de resina o cera de
    color oscuro, encuadrada en un marco de papel y sobre la
    cual va una fina hoja transparente, sujeta en su borde su-
    perior y suelta en el inferior. Esta hoja es la parte más in-
    teresante de todo el aparato. Se compone, a su vez, de
    dos capas separables salvo en los bordes transversales.
    La capa superior es una lámina transparente de celuloide
    y la inferior un papel encerado muy delgado y translúcido.
    Cuando el aparato no es empleado, la superficie interna
    del papel encerado permanece ligeramente adherida a la
    cara superior de la lámina de cera.

    Para usar este block maravilloso, se escribe sobre la
    capa de celuloide de la hoja que cubre la lámina de cera.
    Para ello, no se emplea lápiz ni tiza, sino, como en la an-
    tigüedad, un estilo o punzón. Pero en el block maravilloso,
    el estilo no graba directamente la escritura sobre la lámi-
    na de cera, sino por mediación de la hoja que la recubre,
    adhiriendo a la primera, en los puntos sobre los que ejer-
    ce presión, la cara interna del papel encerado, y los trazos
    así marcados se hacen visibles, en un color más oscuro,

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    en la superficie grisácea del celuloide. Cuando luego se
    quiere borrar lo escrito, basta separar ligeramente, de la
    lámina de cera, la hoja superior, cuyo borde inferior queda
    libre. El contacto establecido por la presión del estilo
    entre el papel encerado y la lámina de cera, contacto al
    que se debía la visibilidad de lo escrito, queda así destruí-
    do, sin que se establezca de nuevo al volver a tocarse
    ambos, y el block maravilloso aparece otra vez limpio y
    dispuesto a acoger nuevas anotaciones.

    Las pequeñas imperfecciones de este objeto no pre-
    sentan, naturalmente, para nosotros, interés alguno, pues-
    to que nuestra intención no es sino perseguir sus coinci-
    dencias con la estructura de nuestro aparato anímico per-
    ceptor.

    Si después de escribir sobre el block maravilloso,
    separamos con cuidado la hoja de celuloide de la de papel
    encerado, seguimos viendo lo escrito sobre la superficie
    de este último y podemos preguntarnos qué utilidad ha de
    tener la hoja de celuloide. Pero, en seguida, advertimos
    que el papel encerado se rasgaría o se arrugaría si escri-
    biésemos directamente sobre él con el estilo. La hoja de
    celuloide es, por lo tanto, una cubierta protectora del
    papel encerado, destinada a protegerle de las acciones no-
    civas ejercidas sobre él desde el exterior. El celuloide es
    un «dispositivo protector contra las excitaciones» y la capa
    que las acoge es propiamente el papel. Podremos ya re-
    cordar aquí, que en «Más allá del principio del placer»,
    expusimos que nuestro aparato perceptor se componía de
    dos capas, una protección exterior contra los estímulos,
    encargada de disminuir la magnitud de los mismos, y bajo
    ella, la superficie receptora.

    La analogía no tendría mucho valor si terminase aquí.
    Pero aún va más lejos. Si levantamos toda la cubierta
    –celuloide y papel encerado–, separándola de la lámina
    de cera, desaparece definitivamente lo escrito. La superfi-

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    cie del block queda limpia y dispuesta a acoger nuevas
    anotaciones. Pero no es difícil comprobar que la huella
    permanente de lo escrito ha quedado conservada sobre la
    lámina de cera, siendo legible a una luz apropiada. Así,
    pues, el blok no ofrece tan sólo una superficie receptora
    utilizable siempre de nuevo, como la pizarra, sino que
    conserva una huella permanente de lo escrito, como la
    hoja de papel. Resuelve el problema de reunir ambas fa-
    cultades distribu-yéndolas entre dos ele-
    mentos – sis-temas – dis-tintos, pero
    enla-zados entre sí. Coincide, pues, exacta-
    mente, con la hipótesis antes citada sobre la estructura de
    nuestro aparato anímico perceptor. La capa que acoge los
    estímulos no conserva su huella permanente y los funda-
    mentos de nuestra memoria nacen en otro sistema vecino.

    No debe preocuparnos aquí, que las huellas permanen-
    tes de las anotaciones recibidas no sean ya utili-zadas en
    el block maravilloso. Basta que existan. Alguna vez ha de
    concluir la analogía de un tal aparato auxiliar con el ór-
    gano que copia. El block maravilloso no puede tampoco «re-
    producir» las inscripciones borradas, «desde el inte-rior».
    Sería realmente maravilloso si pudiera hacerlo así, como
    nuestra memoria. De todos modos, no nos parece muy
    aventu-rado comparar la cubierta compuesta por el celu-loide
    y el papel encerado, con el sistema receptor de los estí-
    mulos y su dispositivo protector; la lámina de cera, con el
    sistema inconsciente situado detrás de él; y la aparición y
    desapari-ción de lo escrito, con la conducta correspon-diente
    de la conciencia en cuanto a las percep-ciones. Pero ade-
    más, confieso que me siento inclinado a llevar más allá la
    comparación.

    En el block maravilloso, la escritura desapa-rece cada
    vez que suprimimos el contacto entre el papel recep-tor del
    estímulo y la lámina de cera que guarda la impre-sión. Esta
    circuns-tancia coincide con una idea que hace tiempo nos

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    hemos formado sobre el funcionamiento del aparato psí-
    quico perceptor, pero que nunca habíamos aún expuesto.
    Hemos supuesto que desde el interior son constantemente
    enviadas al sistema perceptor y retiradas de él, inervacio-
    nes de carga psíquica. En tanto que el sistema se mantie-
    ne investido de energía psíquica, recibe las percepciones
    acompañadas de conciencia y transmite el estímulo a los
    sistemas mnémicos inconscientes. Pero cuando la carga de
    energía psíquica es retraída de él, se apaga la conciencia
    y cesa la función del sistema. Es como si lo inconsciente
    destacase por medio del sistema receptor y hacia el mundo
    exterior unos sensibles tentáculos y los retrajese una vez
    comprobados los estímulos. En nuestra hipótesis, adscri-
    bimos las interrupciones que en el block maravilloso pro-
    voca una acción exterior, al efecto de una discontinuidad
    de las inervaciones, y en lugar de una supresión real del
    contacto suponemos una insensibilidad periódica del siste-
    ma perceptor. Por último, suponemos también que este
    funcionamiento discontinuo del sistema perceptor constitu-
    ye la base de la idea del tiempo.

    Si se imagina que mientras una mano escribe en el
    block maravilloso, hay otra que levanta periódicamente la
    cubierta, se tendrá una idea de la forma en que por nues-
    tra parte hemos tratado de representar la función de nues-
    tro aparato psíquico perceptor.