Concepto psicoanalítico de las perturbaciones psicógenas de la visión 1910-005/1929.es

Freud, Sigmund (1910-005/1929.es): Concepto psicoanalítico de las perturbaciones psicógenas de la visión

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    Concepto psicoanalítico de las perturbacio-
    nes psicógenas de la visión

    1910.

    Quisiéramos señalar en el caso especial de las pertur-
    baciones psicógenas de la visión, las modificaciones intro-
    ducidas en nuestra concepción de la génesis de tales afec-
    ciones, por los resultados de la investigación psicoanalíti-
    ca. La ceguera histérica es generalmente considerada
    como el prototipo de los trastornos visuales psicógenos,
    y después de las investigaciones de la escuela francesa
    –Charcot, Janet, Binet– se cree conocer perfectamente
    su génesis. En efecto, es posible provocar experimental-
    mente una tal ceguera en una persona asequible al so-
    nambulismo. Sumiendo a una tal persona en un profundo
    estado hipnótico y sugiriéndola la idea de que no ve ya
    nada con uno de sus ojos, se conducirá efectivamente
    como si aquel órgano hubiese perdido por completo sus
    facultades visuales, o como una histérica aquejada de una
    perturbación óptica espontáneamente desarrollada. Pode-
    mos, pues, reconstruir el mecanismo de la perturbación
    visual histérica espontánea conforme al modelo de la
    hipnótica sugerida. En la histérica, la idea de estar cie-
    ga no nace de la sugestión del hipnotizador, sino espon-
    táneamente, o según suele decirse, por autosugestión,
    y esta idea es, en ambos casos, tan fuerte, que se con-
    vierte en realidad, del mismo modo que las alucinaciones,
    las parálisis y los demás fenómenos sugeridos.

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    Nada de esto parece muy inverosímil y ha de satisfa-
    cer a todos aquellos que puedan sobreponerse a los múl-
    tiples enigmas escondidos detrás de los conceptos de hip-
    nosis, sugestión y autosugestión. Pero sobre todo la au-
    tosugestión plantea muchas interrogaciones. ¿Cuándo y
    bajo qué condiciones adquiere una representación la inten-
    sa energía necesaria para conducirse como una sugestión
    y transformarse, sin más, en realidad? Minuciosas inves-
    tigaciones nos han demostrado que es imposible dar res-
    puesta a esta interrogación sin el auxilio del concepto de
    lo «inconsciente». Muchos filósofos se rebelan contra la
    hipótesis de un tal psiquismo inconsciente, porque no se
    han ocupado nunca de los fenómenos que la imponen.
    Pero a los psicopatólogos se les ha hecho ya inevitable
    laborar con procesos anímicos inconscientes, representa-
    ciones inconscientes, etc.

    Ciertos ingeniosos experimentos han mostrado que los
    histéricos atacados de ceguera psicógena conti-
    núan vien-
    do en cierto modo. Los estímulos ejercidos sobre el ojo
    ciego pueden determinar, efectivamente, ciertas conse-
    cuencias psíquicas, por ejemplo, provocar afectos, aunque
    éstos no se hagan conscientes. Así, pues, los atacados de
    ceguera histérica sólo son ciegos para la con-
    ciencia; en lo
    inconsciente continúan viendo. Los descubrimientos de
    este orden son precisamente los que nos obligan a dife-
    renciar los procesos anímicos en conscientes e inconscien-
    tes. ¿Cómo, pues, desarrolla el sujeto la «autosugestión»
    inconsciente de estar ciego, si precisamente en lo incons-
    ciente, continúa viendo?

    A esta nueva interrogación contestan los investigado-
    res de la escuela francesa declarando que en los enfermos
    predispuestos a la histeria, preexiste una tenden-
    cia a la
    disociación—a la disolución de la coherencia del suceder
    psíquico—, a consecuencia de la cual, algunos procesos
    inconscientes no se extienden hasta lo consciente. Sin en-
     

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    trar a determinar el valor de esta tentativa de explica-
    ción para la inteligencia de los fenómenos expuestos, pa-
    saremos ahora a otro punto de vista. La identificación
    antes apuntada, de la ceguera histórica con la provocada
    por sugestión, no puede ya ser mantenida. Los histé-
    ricos no ciegan a causa de la representación autosuges-
    tiva correspondiente, sino a consecuencia de la disocia-
    ción entre los procesos inconscientes y los conscientes
    en el acto de la visión; su idea de no ver es la expresión
    exacta de la situación psíquica y no la causa de tal si-
    tuación.

    Si se me reprocha la falta de claridad de la exposición
    precedente no creo que haya de serme fácil defenderla.
    He intentado presentar una síntesis de las opiniones de
    diversos investigadores y para conseguirlo he esquemati-
    zado, quizá, con exceso, el material. Quería condensar en
    un compuesto unitario los conceptos en los que se ha ba-
    sado la explicación de los trastornos psicógenos–la géne-
    sis de ideas extraordinariamente poderosas, la diferencia-
    ción de procesos anímicos conscientes e inconscientes y
    la hipótesis de la disociación psíquica–labor en la que no
    podía por menos de fracasar, como han fracasado en ella
    los autores franceses, con P. Janet a su cabeza. Rogando,
    pues, se excuse, a más de la obscuridad, la infidelidad de
    mi exposición, pasaré a relatar cómo la psicoanálisis nos
    ha conducido a una concepción más firme y más vital de
    las perturbaciones psicógenas de la visión.

    La psicoanálisis acepta también las hipótesis de la di-
    sociación y de lo inconsciente, pero establece entre ellas
    una distinta relación. Nuestra disciplina es una concepción
    dinámica, que refiere la vida anímica a un juego de fuer-
    zas que se favorecen o estorban unas a otras. Cuando un
    grupo de representaciones permanece encerrado en la
    inconsciente, no deduce de ello una incapacidad constitu-
    cional para la síntesis, manifiesta precisamente en esta

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    disociación, sino afirma que una oposición activa de otros
    grupos de representaciones ha producido el aislamiento y
    la inconsciencia del grupo primero. Da, al proceso que ha
    sometido a uno de los grupos a tal destino, el nombre
    de «represión» y reconoce en él algo análogo a la con-
    denación de un juicio en el terreno lógico. Por último, de-
    muestra que tales represiones desempeñan un papel ex-
    traordinariamente importante en nuestra vida anímica,
    pudiendo fracasar frecuentemente al individuo, y cons-
    tituyendo este fracaso la premisa de la producción de sín-
    tomas.

    Así, pues, si los trastornos psicógenos de la visión re-
    posan, como hemos hallado, sobre el hecho de que ciertas
    representaciones enlazadas a la visión permanecen aleja-
    das de la conciencia, la opinión psicoanalítica habrá de
    suponer que tales representaciones han entrado en pugna
    con otras, más fuertes, a las que reunimos bajo el nombre
    del «Yo» como concepto común, diferentemente compues-
    to en cada caso, y han sucumbido, así, a la represión.
    ¿Pero de dónde puede proceder una tal pugna, conducen-
    te a la represión, entre el Yo y ciertos grupos de repre-
    sentaciones? Esta interrogación no podía plantearse antes
    de la psicoanálisis, pues con anterioridad a ella no se
    sabía nada del conflicto psíquico ni de la represión. Nues-
    tras investigaciones nos han permitido dar la respuesta
    demandada. Hemos dedicado atención a la significación
    de los instintos para la vida ideológica y hemos descubier-
    to que cada instinto intenta imponerse avivando las repre-
    sentaciones adecuadas a sus fines. Estos instintos no se
    muestran siempre compatibles unos con otros y sus inte-
    reses respectivos entran muchas veces en conflicto. La
    antítesis de las representaciones no son sino la expresión
    de las luchas entre los diversos instintos. Muy importante
    para nuestra tentativa de explicación es la innegable opo-
    sición entre los instintos puestos al servicio de la sexuali-
    dad.


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    dad y de la consecu-
    ción de placer sexual y aquellos otros
    cuyo fin es la conservación del individuo o instintos del
    Yo. Siguiendo las palabras del poeta, podemos clasificar
    como «hambre» o como «amor», todos los instintos orgá-
    nicos que actúan en nuestra alma. Hemos perseguido el
    «instinto sexual» desde sus primeras manifestaciones en
    el niño hasta que alcanza su estructura definitiva conside-
    rada como «normal» y hemos descubierto que se halla
    compuesto por numerosos «instintos parciales» adheridos
    a los estímulos de ciertas regiones del cuerpo; hemos
    visto también, que estos diversos instintos han de pasar
    por una complicada evolución antes de poder subordina-
    se, de un modo adecuado, a los fines de la reproducción.
    La investigación psicológica de nuestro desarrollo cultural
    nos ha enseñado que la cultura nace esencialmente a
    expensas de los instintos sexuales parciales y que éstos
    han de ser sojuzgados, restringidos, transformados y
    orientados hacia fines más altos, para establecer las cons-
    trucciones anímicas culturales. Otro valiosísimo resultado
    de estas investigaciones fué el descubrimiento –que nues-
    tros colegas se resisten aún a reconocer– de que aquellas
    enfermedades a las que se da el nombre de «neurosis»
    han de ser referidas a las múltiples formas del fracaso
    de estos procesos de transformación de los instintos se-
    xuales parciales. El «Yo» se siente amenazado por las as-
    piraciones de los instintos sexuales y se defiende de ellos
    por medio de represiones, las cuales no logran siempre el
    efecto deseado y tienen entonces por consecuencia la for-
    mación de peligrosos productos substitutivos de lo repri-
    mido y de penosas reacciones del Yo. De estas dos clases
    de fenómenos se compone aquello que llamamos síntomas
    neuróticos.

    Las consideraciones que preceden parecen habernos
    apartado considerablemente de nuestro tema, pero nos
    han facilitado una rápida visión de las relaciones de los

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    ENSAYOS. 1906–1924

    estados patológicos neuróticos con nuestra vida anímica
    total. Volvamos ahora a nuestro problema especial. Los
    instintos sexuales y los del Yo tienen a su disposición los
    mismos órganos y sistemas orgánicos. El placer sexual no
    se enlaza exclusivamente a la función de los genitales. La
    boca sirve para besar tanto como para comer o para la ex-
    presión verbal; y los ojos no perciben tan sólo las modifi-
    caciones del mundo exterior importantes para la conser-
    vación de la vida, sino también aquellas cualidades de los
    objetos que los elevan a la categoría de objetos de la elec-
    ción erótica, o sea sus «encantos». Ahora bien; es muy
    difícil servir bien, simultáneamente, a dos señores. Cuan-
    to más estrecha relación adquiere uno de estos órganos
    de doble función con uno de los grandes instintos, más se
    rehusa al otro. Este peligro tiene ya que conducir a con-
    secuencias patológicas al surgir un conflicto entre los dos
    instintos fundamentales y proceder el Yo a una represión
    del instinto sexual parcial correspondiente. Su aplicación
    a los órganos visuales y a la visión resulta muy sencilla.
    Cuando el instinto sexual parcial que se sirve de la visión,
    llega a provocar con sus exigencias la defensa de los ins-
    tintos del Yo, dando lugar a la represión de las represen-
    taciones en las cuales se manifiesta su tendencia, queda
    perturbada, de un modo general, la relación de los órga-
    nos visuales y de la visión con el Yo y con la conciencia.
    El Yo pierde su imperio sobre el órgano, el cual se pone
    por entero a la disposición del instinto sexual reprimido.
    Parece como si el Yo llevara demasiado lejos la represión,
    no queriendo tampoco ver, desde que las tendencias se-
    xuales se han impuesto a la visión. Mas por nuestra parte
    preferimos otra explicación, que transfiere la actividad al
    otro instinto, a la tendencia sexual visual reprimida. Este
    instinto reprimido se venga de la coerción opuesta a su
    desarrollo psíquico, intensificando su dominio sobre el
    órgano puesto a su servicio. La pérdida del dominio cons-
     

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    ciente del órgano es una substitución nociva de la repre-
    sión fracasada, sólo a este precio posible.
    Esta relación de los órganos de doble función con el
    Yo consciente y con la sexualidad reprimida se hace aún
    más perceptible que en los órganos de la visión, en los
    órganos motores, por ejemplo cuando la mano que se pro-
    ponía llevar a efecto una agresión sexual queda inmovili-
    zada por una parálisis histérica y no puede ya realizar
    movimiento ninguno, como si persistiera siempre, obstina-
    damente, en la ejecución de aquella única inervación re-
    primida, o cuando los dedos de una persona que se ha
    impuesto la renuncia a la masturbación se niegan ya a eje-
    cutar los ágiles movimientos exigidos por el piano o el
    violín. Con respecto al órgano visual, traducimos nosotros
    los obscuros procesos psíquicos que presiden la represión
    del placer sexual visual y la génesis de la perturbación
    psicógena de la visión, suponiendo que en el interior del
    individuo se alza una voz punitiva que le dice: «Por haber
    querido hacer un mal uso de tus ojos, utilizándolos para
    satisfacer tu sexualidad, mereces haber perdido la vista»,
    justificando así el desenlace del proceso. Interviene tam-
    bién aquí, en cierto modo, la idea del Talión, resultando,
    así, que nuestra explicación de los trastornos visuales psi-
    cógenos coincide realmente con la que hallamos en mitos
    y leyendas. En la bella leyenda de Lady Godiva, todos
    los vecinos se recluyen en sus casas y cierran sus venta-
    nas para hacer menos penosa a la dama su exhibición,
    desnuda sobre un caballo, por las calles de la ciudad. El
    solo hombre que espía a través de las maderas de su ven-
    tana el paso de la desnuda belleza, pierde, en castigo, la
    vista. No es éste el único ejemplo que nos hace sospechar
    que la neurosis encierra también la clave de la mitología.
    Se ha dirigido a la psicoanálisis el injustificado repro-
    che de conducir a teorías puramente psicológicas de los
    procesos sexuales. Ya la acentuación del papel patógeno

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    ENSAYOS. 1906–1924

    de la sexualidad, que no es, desde luego, un factor pura-
    mente psíquico, debería protegerla contra tal acusación.
    La psicoanálisis no olvida nunca que lo anímico reposa so-
    bre lo orgánico aunque no puede llevar su labor más que
    hasta esta base y no más allá. Así, está dispuesta a con-
    ceder y hasta a postular, que no todos los trastornos vi-
    suales funcionales pueden ser psicógenos como los pro-
    vocados por la represión del placer erótico visual. Cuando
    un órgano que sirve a ambos instintos intensifica su fun-
    ción erógena, son de esperar, en general, modificaciones
    de la excitabilidad y de la inervación, que se manifestarán
    como trastornos de la función del órgano al servicio del
    Yo. Del mismo modo, cuando vemos que un órgano dedi-
    cado habitualmente a la percepción sensorial se conduce,
    par intensificación de su función erógena, como un geni-
    tal, no excluiremos la posibilidad de modificaciones tóxi-
    cas del mismo. Para designar ambas clases de perturba-
    ciones funcionales consiguientes a la intensificación de la
    significación erógena, o sea, tanto las de origen fisiológi-
    co como las de origen tóxico, habremos de conservar, a
    falta de otro mejor, el antiguo nombre de «neurosis». Las
    perturbaciones neuróticas de la visión son, con respecto a
    las psicógenas, lo que en general, las neurosis actuales a
    las psiconeurosis. Ahora bien; las perturbaciones psicóge-
    nas de la visión no se presentarán nunca sin aparecer
    acompañadas de otras, neuróticas, y éstas, en cambio, sí
    pueden surgir aisladamente. Por desgracia, estos síntomas
    «neuróticos» han sido hasta hoy tan poco estudiados como
    comprendidos, pues no son inmediatamente accesibles a
    la psicoanálisis y los demás métodos de investigación han
    prescindido del punto de vista de la sexualidad.

    De la psicoanálisis, nace aún otra ruta mental, orienta-
    da hacia la investigación orgánica. Podemos preguntarnos
    si el sojuzgamiento de los instintos sexuales parciales, im-
    puesto por las influencias de la vida, es suficiente por sí

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    PROF. S. FREUD

    solo para provocar los trastornos funcionales de los órga-
    nos o si han de preexistir además especiales circunstan-
    cias constitucionales que impulsen a los órganos a exage-
    rar su papel erógeno y provoquen con ello la represión de
    los instintos. En estas circunstancias habríamos de ver la
    parte constitucional de la disposición a la adquisición de
    perturbaciones psicógenas y neuróticas.