Esquema de la psicoanálisis 1924-005/1934.es

Freud, Sigmund (1924-005/1934.es): Esquema de la psicoanálisis

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    Esquema de la psicoanálisis

    I

    La psicoanálisis nació, por decirlo así, con el si-
    glo xx. La obra con la cual apareció ante el mundo
    como algo nuevo, mi «Interpretación de los sueños»,
    vió la luz en 1900. Pero, naturalmente, no brotó de
    la roca ni cayó del cielo, sino que se enlaza a algo an-
    terior, continuándolo, y surge de estímulos que some-
    te a elaboración. Así, pues, su historia ha de comen-
    zar por la descripción de las influencias que presidie-
    ron su génesis y no debe pasar por alto tiempos y es-
    tados anteriores a su creación.

    La psicoanálisis nació en un terreno estricta-
    mente delimitado. Originalmente, sólo conocía un fin: el de
    comprender algo de la naturaleza de las enfermeda-
    des nerviosas llamadas «funcionales», para vencer la
    impotencia médica de hasta entonces en cuanto a su
    tratamiento. Los neurólogos de aquella época habían
    sido formados en la sobrestimación de los hechos
    químico-físicos y patológico-anatómicos y, a lo últi-
    mo, se hallaban bajo la influencia de los descubri-
    mientos de Hitzig y Fritsch, Ferrier, Goltz y otros,
    que parecían demostrar una íntima vinculación, quizá
    exclusiva, de ciertas funciones, a determinadas partes-
    del cerebro. Con el factor psíquico no sabían que
    hacerse; no podían aprehenderlo, lo abandonaban a

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    los filósofos, a los místicos y a los curanderos; y, en
    consecuencia, no se abría acceso ninguno a los se-
    cretos de la neurosis, sobre todo a los de la enigmá-
    tica «historia», la cual constituía el prototipo de la es-
    pecie toda. Todavía cuando, en 1885, practicaba yo
    en la Salpêtrière, pude ver que en cuanto a las pará-
    lisis histéricas, se consideraba suficiente la fórmula de
    que dependían de ligeros trastornos funcionales de las
    mismas partes del cerebro, cuya grave lesión provo-
    caba la parálisis orgánica correspondiente.
    Bajo la falta de comprensión padecía, naturalmen-
    te, también la terapia de estos estados patológicos.
    Consistía en medidas de carácter general, en la pres-
    cripción de medicamentos y en tentativas–inadecua-
    das en su mayoría–de influenciación psíquica, tales
    como intimidaciones, burlas y reprimendas. Como
    terapia específica de los estados nerviosos se aconse-
    jaba la electricidad, pero el médico que se decidía
    a aplicarla, siguiendo los minuciosos preceptos de
    W. Erb, hallaba pronto ocasión de asombro ante el
    lugar que también en la ciencia pretensamente exacta
    ocupaba la fantasía. El viraje decisivo se inició cuan-
    do, entre el año ochenta y el noventa, demandaron
    de nuevo un acceso en la ciencia médica los fenóme-
    nos del hipnotismo, merced, esta vez, a los trabajos
    de Liébault, Bernheim, Herdenhain y Forel, y con
    mayor éxito que nunca hasta entonces. Lo importante
    fué el reconocimiento de la autenticidad de tales fe-
    nómenos. Una vez dado este paso, se imponía extraer
    del hipnotismo dos enseñanzas fundamentales e inol-
    vidables. En primer lugar, se llegó a la convicción de
    que ciertas singulares alteraciones somáticas no eran
    sino el resultado de ciertas influencias psíquicas, acti-
    vadas en el caso correspondiente. Y en segundo, la

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    conducta de los pacientes, después de la hipnosis,
    producía la clara impresión de la existencia de proce-
    sos anímicos que sólo «inconscientes» podían ser. Lo
    «inconsciente» era ya, tiempo atrás, como concepto
    teórico, objeto de discusión entre los filósofos, pero en
    los fenómenos del hipnotismo se hizo, por vez prime-
    ra, corpóreo, tangible y objeto de experimentación.
    A ello se añadió que los fenómenos hipnóticos mostra-
    ban una innegable analogía con las manifestaciones
    de algunas neurosis.

    Nunca se ponderará bastante la importancia del
    hipnotismo para la historia de la génesis de la psi-
    coanálisis. Tanto en sentido teórico como terapéuti-
    co, la psicoanálisis administra una herencia que el
    hipnotismo la transmitió.

    La hipnosis demostró ser también un valioso medio
    auxiliar para el estudio de las neurosis y, sobre todo,
    nuevamente, de la histeria. Causaron gran impresión
    los experimentos de Charcot, el cual había supuesto
    que ciertas parálisis surgidas después de un trauma
    (accidente) eran de naturaleza histérica y, fundándo-
    se en tal hipótesis, logró provocar artificialmente
    parálisis de idéntico carácter por medio de la suges-
    tión de un trauma durante la hipnosis. Desde enton-
    ces se mantuvo la esperanza de que en la génesis de
    los síntomas histéricos podían participar, general-
    mente, influencias traumáticas. Charcot mismo no
    persiguió más allá la comprensión psicológica de la
    neurosis histérica, pero su discípulo P. Janet reanudó
    tales estudios y pudo mostrar, con ayuda del hipno-
    tismo, que las manifestaciones patológicas de la histe-
    ria dependían estrictamente de ciertas ideas incons-
    cientes (ideas fijas). Janet caracterizó la histeria por
    una supuesta incapacidad constitucional de mantener

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    en cohesión los procesos psíquicos, de la cual resul
    taba una disociación de la vida anímica.

    Pero la psicoanálisis no se enlazó en modo alguno
    a estas investigaciones de Janet. Tuvo su punto de
    partida en la experiencia de un médico vienés, el
    doctor José Breuer, que, libre de toda influencia
    ajena, logró, alrededor de 1881, estudiar y restablecer,
    con ayuda del hipnotismo, a una muchacha enfer
    ma de histeria. Los resultados obtenidos por Breuer
    no fueron dados a la publicidad sino quince años
    más tarde, después de haber admitido como colabora
    dor al que esto escribe. El caso por él tratado ha con
    servado hasta el día su significación única para nues
    tra comprensión de las neurosis, siendo, así, inevita
    ble su exposición detallada. Es necesario aprehen
    der claramente en qué hubo de consistir la singulari
    dad del mismo. La sujeto había enfermado a conse
    cuencia de los desvelos impuestos por la asistencia a
    su padre, al que amaba tiernamente, durante una
    larga y penosa dolencia. Breuer pudo demostrar que
    todos los síntomas de la muchacha se referían a dicha
    asistencia y hallaban en ella su explicación. Se había
    logrado, pues, por vez primera, hacer plenamente
    transparente un caso de tan enigmática neurosis, y
    todos los fenómenos patológicos habían demostrado
    poseer un sentido. Era, además, un carácter general
    de los síntomas, el de haber nacido en situaciones que
    integraban un impulso a una acción, la cual no había
    sido, sin embargo, llevada a cabo, sino omitida por
    motivos de otro orden. En lugar de estas acciones
    omitidas, habían surgido los síntomas. Tales circuns
    tancias indicaban como etiología de los síntomas his
    téricos la efectividad y el dinamismo de las fuerzas

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    ENSAYOS

    psíquicas, y estos dos puntos de vista siguen hasta
    hoy en pie.

    Breuer equiparó los motivos de la génesis de los
    síntomas a los traumas de Charcot. Ahora bien; se
    daba el caso singular de que tales motivos traumáti-
    cos y todos los impulsos anímicos a ellos enlazados
    quedaban perdidos para la memoria del paciente,
    como si jamás hubieran sucedido, mientras que sus
    efectos, o sea los síntomas, perduraban inmodifica-
    bles, como si para ellos no existiese el desgaste por el
    tiempo. Quedaba así descubierta una prueba más de
    la existencia de procesos anímicos inconscientes, pero
    por ello mismo singularmente poderosos, tales como
    los primeramente observados en las sugestiones post-
    hipnóticas. La terapia empleada por Breuer consistía
    en llevar al paciente, por medio del hipnotismo, a re-
    cordar los traumas olvidados y reaccionar a ellos con
    intensas manifestaciones de afecto. Conseguido así,
    desaparecía el síntoma nacido en lugar de una tal ma-
    nifestación afectiva. Así, pues, el mismo procedimien-
    to servía simultáneamente para la investigación y la
    supresión de la enfermedad, y también esta unión
    inhabitual ha sido mantenida luego por la psicoaná-
    lisis.

    Una vez que el autor de estas líneas hubo confir-
    mado, en los primeros años de la última década del
    siglo XIX, la exactitud de los resultados de Breuer,
    ambos, Breuer y él, decidieron dar a la estampa una
    publicación que integrase sus experiencias y la ten-
    tativa de una teoría en ellas fundadas. (Estudios so-
    bre la histeria, 1895) 1). Esta teoría afirmaba que el
    síntoma histérico nacía cuando el afecto de un proce-
    so

    1)Cf. el volumen X de esta edición castellana.

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    fueron los motivos que a ella me llevaron. En primer
    lugar, porque no obstante haber asistido durante un
    curso completo a la clínica de Bernheim, en Nancy,
    eran muchos los pacientes a los que no conseguía
    hipnotizar. Y en segundo, porque los resultados tera-
    péuticos de la catarsis, basada en el hipnotismo, no
    acababan de satisfacerme. Tales resultados eran, des-
    de luego, patentes y aparecían al poco tiempo de ini-
    ciar el tratamiento, pero demostraron también ser
    poco duraderos y demasiado dependientes de la rela-
    ción personal del médico con el paciente. La supre-
    sión de la hipnosis significó una ruptura con la evo-
    lución del procedimiento hasta entonces y un nuevo
    comienzo.

    Ahora bien: el hipnotismo había servido para lle-
    var a la memoria consciente del sujeto los datos por
    él olvidados. Tenía, pues, que ser substituído por otra
    técnica. En esta necesidad comencé a poner en prác-
    tica el método de la asociación libre con-
    sistente en comprometer al sujeto a prescindir de
    toda reflexión consciente y abandonarse, en un esta-
    do de serena concentración, al curso de sus ocurren-
    cias espontáneas (involuntarias). Tales ocurrencias
    las debía comunicar al médico aun cuando en su
    fuero interno surgieran objeciones de peso contra tal
    comunicación; por ejemplo, las de tratarse de algo
    desagradable, disparatado, nimio o impertinente. La
    elección de la asociación libre como medio auxiliar
    para la investigación de lo consciente olvidado, pare-
    ce tan extraña, que no estará de más justificarla ex-
    presamente. En tal elección hubo de guiarme la es-
    peranza de que la llamada asociación libre no tuvie-
    ra, en realidad, nada de libre, por cuanto una vez so-
    juzgados todos los propósitos mentales, habría de

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    surgir una determinación de las ocurrencias por el
    material inconsciente. Tal esperanza ha sido justifica-
    da por los hechos. Persiguiendo, así, la asociación
    libre dentro de la observancia de la «regla analítica
    fundamental» antes expuesta, se obtenía un rico ma-
    terial de ocurrencias que podía ponernos sobre la
    pista de lo olvidado por el enfermo. Dicho material
    no aportaba los elementos olvidados mismos, pero
    sí tan claras y abundantes alusiones a ellos, que el
    médico podía ya adivinarlos (reconstruirlos) con el
    auxilio de ciertos complementos y determinadas in-
    terpretaciones. Así, pues, la libre asociación y el arte
    interpretativo lograban el mismo resultado que antes
    el hipnotismo.

    Aparentemente, nuestra labor quedaba así extraor-
    dinariamente dificultada y complicada; pero, en cam-
    bio, lográbamos una ventaja inestimable: la de un
    atisbo en un dinamismo que el estado de hipnosis
    encubría antes al observador. Descubríamos, en efec-
    to, que la labor de patentizar los elementos patóge-
    nos olvidados, tenía que pugnar contra una resisten-
    cia constante y muy intensa. Ya las objeciones crí-
    ticas con las que el paciente había querido excluir de
    la comunicación las ocurrencias en él emergentes y
    contra las cuales objeciones se dirigía la regla psi-
    coanalítica fundamental, eran manifestaciones de tal
    resistencia. Del estudio de los fenómenos de la resis-
    tencia, resultó uno de los pilares maestros de la teoría
    psicoanalítica de las neurosis: la teoría de la re-
    presión. No era difícil suponer que las mismas
    fuerzas que ahora se oponían a que el material pató-
    geno se hiciera consciente habían exteriorizado en su
    día, con pleno éxito, igual tendencia. De este modo,
    quedaba ya cegada una laguna en la etiología de los

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    síntomas neuróticos. Las impresiones y los impulsos
    anímicos, de los que ahora eran sustitución los sínto-
    mas, no habían sido olvidados sin fundamento algu-
    no o, según la tesis de Janet, a consecuencia de una
    incapacidad constitucional para la síntesis, sino que
    habían sufrido, por la influencia de otras fuerzas aní-
    micas, una represión, cuyo resultado y cuya señal
    eran precisamente su apartamiento de la conciencia
    y su exclusión de la memoria. Sólo a consecuencia de
    esta represión se habían hecho patógenos, esto es, se
    habían creado, por caminos inhabituales, una expre-
    sión como síntomas.

    Como motivo de la represión, y con ello como
    causa de toda enfermedad neurótica, habíamos de
    considerar el conflicto entre dos grupos de tendencias
    anímicas. Y entonces, la experiencia nos enseñó algo
    tan nuevo como sorprendente sobre la naturaleza de
    las fuerzas en pugna. La represión partía, regular-
    mente, de la personalidad consciente (el yo) del en-
    fermo y dependía de motivos éticos y estéticos; a la
    represión sucumbían impulsos de egoísmo y cruel-
    dad, que, en general, podemos considerar malos,
    pero, sobre todo, impulsos optativos sexuales, mu-
    chas veces de naturaleza repulsiva e ilícita. Así, pues,
    los síntomas patológicos eran un sustitutivo de satis-
    facciones prohibidas, y la enfermedad parecía co-
    rresponder a una doma incompleta de lo inmoral que
    el hombre integra.

    El progreso de nuestros conocimientos nos reveló
    cada vez más claramente, qué magno papel desem-
    peñan en la vida anímica los impulsos optativos se-
    xuales y nos procuró ocasión de estudiar penetrante-
    mente la naturaleza y la evolución del instinto sexual.

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    PROF. S. FREUD

    (Tres aportaciones a una teoría sexual. 1905) I).
    Pero llegamos también a otro distinto resultado, pu-
    ramente empírico, al descubrir que las vivencias y los
    conflictos de los primeros años infantiles desempeñan
    un papel insospechadamente importante en la evo-
    lución del individuo y dejan tras de sí disposiciones
    imborrables, para la edad adulta. De este modo, lle-
    gamos a descubrir algo que hasta entonces había sido
    totalmente inadvertido por la ciencia, la sexua-
    lidad infantil, la cual se manifiesta, desde
    la más tierna edad, tanto en reacciones somáticas
    como en actitudes anímicas. Para armonizar esta
    sexualidad infantil con la llamada normal del adulto
    y con la vida sexual anormal de los perversos, hubo
    necesidad de hacer experimentar al concepto mismo
    de lo sexual una ampliación que pudo ser justificada
    por la historia de la evolución del instinto sexual.

    A partir de la sustitución del hipnotismo por la téc-
    nica de la asociación libre, el procedimiento catártico
    de Breuer quedó transformado en la psicoanálisis, la
    cual fuí yo solo en practicar y desarrollar durante
    más de un decenio. La psicoanálisis fué adueñándose
    paulatinamente, en este intervalo, de una teoría que
    parecía procurar información suficiente sobre la géne-
    sis, el sentido y la intención de los síntomas neuróti-
    cos y un fundamento racional para el esfuerzo médi-
    co encaminado a la supresión de la enfermedad.

    Reuniré de nuevo los factores que constituyen el
    contenido de tal teoría. Tales factores son: la acen-
    tuación de la vida instintiva (afectividad), del dina-
    mismo anímico y de la plenitud de sentido y determi-
    nación incluso de los fenómenos psíquicos aparente-
     


    I) Cf. el tomo II de esta edición castellana.

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    ENSAYOS

    mente más obscuros y arbitrarios, la doctrina del
    conflicto psíquico y de la naturaleza patógena de la
    represión, la concepción de los síntomas patológicos
    como satisfacciones sustitutivas y el descubrimiento
    de la significación etiológica de la vida sexual y muy
    especialmente de los brotes infantiles de la misma.
    En sentido filosófico, esta teoría tuvo que adoptar el
    punto de vista de que lo psíquico no coincide con lo
    consciente, y que los procesos psíquicos son, en sí,
    inconscientes y sólo por la función de ciertos órganos
    (instancias, sistemas) son hechos conscientes. Como
    complemento de esta enumeración, añadiré que entre
    las actitudes afectivas de la infancia resaltaba la com-
    plicada relación afectiva del sujeto infantil con sus
    padres, el llamado complejo de Edipo,
    en el cual se descubría, cada vez más patentemente,
    el nódulo de todo caso de neurosis, y que en la con-
    ducta del analizado con respecto al médico se singu-
    larizaban ciertos fenómenos de transferencia afectiva que adquirieron tanta importan-
    cia para la teoría como para la técnica.

    La teoría psicoanalítica de las neurosis contenía ya
    en esta estructura muchos elementos opuestos a opi-
    niones e inclinaciones dominantes y que hubieron de
    despertar en los sectores lejanos al nuestro, extra-
    ñeza, disgusto e incredulidad. Tales fueron nuestra
    actitud ante el problema de lo inconsciente, el reco-
    nocimiento de la sexualidad infantil y la acentuación
    del factor sexual en la vida anímica en general; pero
    aún habían de añadirse a ellos otros más.

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    248

    III

    Para medio comprender cómo, en una muchacha
    histérica, un deseo sexual prohibido podía transfor-
    marse en un síntoma doloroso, habíamos tenido que
    construir penetrantes y complicadas hipótesis sobre
    la estructura y la función del aparato anímico. Lo
    cual constituía una franca contradicción entre el es-
    fuerzo y el resultado. Si las circunstancias afirmadas
    por la psicoanálisis existían realmente, habían de ser
    de naturaleza fundamental y tenían que poderse ma-
    nifestar también en fenómenos distintos de los histé-
    ricos. Pero si así sucedía en efecto, la psicoanálisis ce-
    saba ya de interesar exclusivamente a los neurólo-
    gos y podía aspirar a la atención de todos aquellos
    para quienes supusiera algo la investigación psicoló-
    gica. Sus resultados no atañían ya tan sólo al sector
    de la vida anímica patológica, sino también al de la
    función normal, para cuya comprensión habían de
    ser imprescindibles.

    La prueba de su utilidad para la explicación de la
    actividad psíquica no patológica la consiguió muy
    pronto la psicoanálisis con su aplicación a dos ór-
    denes de fenómenos: a los frecuentísimos y cotidia-
    nos actos fallidos, tales como los olvidos y
    las equivocaciones orales y escritas, etc., y a los
    sueños de los hombres sanos y psíquicamente
    normales. Los pequeños actos fallidos, como el olvido
    temporal de nombres propios archiconocidos por el
    sujeto, las equivocaciones orales y escritas y otros
    análogos, no habían sido objeto hasta entonces de
    explicación ninguna o eran simplemente atribuidos

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    a estados de fatiga o desviación de la atención. En
    nuestra «Psicopatología de la vida cotidiana» (1901-
    1904) (1) demostramos nosotros, con múltiples ejem-
    plos, que tales sucesos tenían un sentido y nacían a
    consecuencia de la perturbación de una intención
    consciente por otra, retenida y a veces directamente
    inconsciente. Casi siempre basta una rápida reflexión
    o un breve análisis para descubrir la influencia per-
    turbadora. Dada la frecuencia de estos actos fallidos,
    tales como las equivocaciones orales, cualquiera pue-
    de extraer de sí propio la convicción de la existencia
    de procesos anímicos que, no siendo conscientes, son
    sin embargo eficaces y se procuran una exterioriza-
    ción por lo menos como inhibiciones y modificacio-
    nes de otros actos intencionales.

    Más allá nos condujo aún el análisis de los sueños,
    cuyos resultados publicamos en nuestra «Interpreta-
    ción de los sueños», aparecida en 1900 (2). De este
    análisis resultaba que el sueño compartía la estructu-
    ra de los síntomas neuróticos. Puede aparecer, como
    éstos, extraño y falto de sentido; pero si lo investiga-
    mos con auxilio de una cierta técnica, muy semejante
    a la de la asociación libre usada en psicoanálisis, lle-
    gamos, desde su contenido manifiesto, a
    un sentido secreto del sueño, o sea a las ideas
    latentes del mismo. Este sentido latente es siem-
    pre un impulso optativo, que es representado como
    cumplido en el presente. Pero, salvo en los niños pe-
    queños o bajo la presión de necesidades somáticas
    imperativas, este deseo secreto no puede ser jamás
    expresado en forma reconocible. Tiene que someter-
     


    1)Cf. el tomo I de esta edición castellana.

    2)Cf. los tomos VI y VII de esta edición castellana.

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    250

    PROF. S. FREUD

    se antes a una deformación que es obra de
    fuerzas restrictivas y censoras dadas en el yo del su-
    jeto. De este modo nace el sueño manifiesto, tal como
    es recordado al despertar, deformado, hasta resultar
    irreconocible, por las conversiones a la censura oní-
    rica, pero que el análisis puede desenmascarar y re-
    velar como expresión de una satisfacción o del cum-
    plimiento de un deseo, como una transacción entre
    dos grupos de tendencias anímicas en pugna, idén-
    ticamente a como descubrimos que sucedía en el sín-
    toma histérico. La fórmula según la cual el sueño es
    una satisfacción (disfrazada) de un deseo (reprimido)
    do) es la que mejor y más fundamentalmente define
    la esencia del sueño. El estudio de aquel proceso que
    transforma el deseo onírico latente en el contenido
    manifiesto del sueño (la elaboración onírica) nos ha
    procurado lo mejor que sobre la vida anímica incons-
    -
    ciente sabemos.

    Ahora bien: el sueño no es un síntoma patológico,
    sino una función de la vida psíquica normal. Los
    deseos cuyo cumplimiento presenta son los mismos
    que en la neurosis sucumben a la represión. El sueño
    debe la posibilidad de su génesis simplemente a la cir-
    cunstancia favorable de que durante el estado de re-
    poso, que paraliza la motilidad del hombre, la repre-
    sión se debilita, convirtiéndose en la censura onírica.
    Pero cuando la formación del sueño traspasa ciertas
    fronteras, el sujeto le pone fin y despierta sobresal-
    tado. Se demuestra, pues, que en la vida psíquica
    normal existen las mismas fuerzas, y las mismas re-
    laciones entre ellas, que en la patológica. A partir de
    la interpretación de los sueños, reunió el psicoanáli-
    sis una doble significación: no era ya sólo una nueva
    terapia de las neurosis, sino también una nueva psi-
     

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    251

    cología; aspiraba a ser tenida en cuenta, no sólo por
    los neurólogos, sino por todos los hombres consagra-
    dos a las ciencias del espíritu.

    Pero la acogida que encontró en el mundo cientí-
    fico no fué nada amistosa. Durante cerca de diez
    años, nadie se ocupó de mis trabajos. Hacia 1907, un
    grupo de psiquiatras suizos (Bleuler y Jung, de Zu-
    rich), orientó la atención hacia la psicoanálisis y, en
    el acto, estalló, en Alemania sobre todo, una tempes-
    tad de indignación que, por cierto, no seleccionó en
    modo alguno sus medios y argumentos. La psicoaná-
    lisis compartió así el destino de tantas otras noveda-
    des que luego, al cabo de cierto tiempo, han encon-
    trado aceptación general. De todos modos, corres-
    pondía a su esencia despertar contradicción intensí-
    sima. Hería los prejuicios de la humanidad civilizada
    en varios puntos, particularmente sensibles, sometía
    en cierto modo a todos los hombres a la reacción
    analítica, descubriendo lo que un convenio general
    había reprimido y rechazado a lo inconsciente, y
    obligaba así a nuestros contemporáneos á conducirse
    como enfermos, los cuales manifiestan especialmente,
    en el curso del tratamiento analítico, todas sus resis-
    tencias. Pero también es fuerza reconocer que no era
    fácil adquirir la convicción de la exactitud de las doc-
    trinas analíticas ni ser iniciado en el ejercicio del
    análisis.

    Sin embargo, la hostilidad general no pudo impedir
    que, en el curso de los diez años siguientes, la psi-
    coanálisis se extendiera sin tregua en dos sentidos:
    sobre el mapa, siendo cada vez más las naciones en
    las que emergía el interés por la psicoanálisis, y en el
    terreno de las ciencias del espíritu, hallando aplica-
    ción a nuevas disciplinas. En 1909, G. Stanley Hall,

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    252

    PROF. S. FREUD

    director de la Clark University de Worcester (Massa-
    chusetts, Estados Unidos), nos invitó, a Jung y a
    mí, a dar en dicho Centro una serie de conferencias
    sobre psicoanálisis, las cuales fueron amablemente
    acogidas. Desde entonces, la psicoanálisis se ha hecho
    popular en Norteamérica, aunque precisamente en tal
    país se encubra con su nombre algún abuso. Ya
    en 1911 pudo comprobar Havelock Ellis que la psi-
    coanálisis era practicada, no sólo en Austria y Suiza,
    sino también en los Estados Unidos, Inglaterra, In-
    dia, Canadá y Australia.

    En este período de lucha y primera floración, na-
    cieron también los órganos literarios consagrados
    exclusivamente a la psicoanálisis. Tales fueron el
    «Jahrbuch für psychoanalytische und psychopatho-
    logische Forschungen», editado por Bleuler y por mí
    y dirigido por Jung (1909–1914), que cesó de publi-
    carse al estallar la guerra, la «Zentralblatt für Psy-
    choanalyse» (1911), redactada por Adler y Stekel,
    que se convirtió luego en la «Internationale Zeits-
    chrift für Psychoanalyse» (1913) y cuya publicación
    continúa regularmente, y la revista «Imago» funda-
    da en 1912 por Rank y Sachs y dedicada a la aplica-
    ción de la psicoanálisis a las ciencias del espíritu. El
    interés de los médicos anglo-americanos, se manifes-
    tó en 1913 con la fundación, por White y Jellife, de
    la «Psychoanalytic Review», subsistente aún. Más
    tarde, en 1920, nació el «International Journal of
    Psycho–Analysis», redactado por E. Jones y dedica-
    do especialmente a Inglaterra. La editorial «Interna-
    tionaler Psychoanalytischer Verlag» y su rama ingle-
    sa (la I. PsA. Press) lanzan una serie continua de pu-
    blicaciones. Naturalmente, la literatura psicoanalí-
    tica no ha de buscarse exclusivamente en estas pu-
    blicaciones.

  • S.

    blicaciones periódicas, sostenidas en su mayoría por
    sociedades psicoanalíticas, sino también en una mul-
    titud de lugares dispersos y tanto en producciones
    científicas como literarias. Entre las revistas de len-
    gua románica que dedican especial atención a la
    psicoanálisis, debemos mencionar la «Revista de Psi-
    quiatría», dirigida por H. Delgado, de Lima (Perú).

    La diferencia esencial entre esta década de la psi-
    coanálisis y la anterior consistió en no ser ya yo su
    único representante. En torno mío iba formándose
    un círculo de discípulos y adeptos, cada vez más nu-
    trido, cuya labor se dedicó primero a la difusión de
    las teorías psicoanalíticas y las continuó, completó y
    profundizó luego. Varios de estos adeptos se separa-
    ron, después, de nosotros, como era inevitable, en el
    transcurso de los años, tomando caminos propios o
    pasándose a una oposición que parecía amenazar la
    continuidad de la evolución de la psicoanálisis. En
    tre 1911 y 1913 fueron C. G. Jung, en Zurich, y
    Adler, en Viena, los que, con sus tentativas de inter-
    pretación particular de los hechos analíticos y sus ten-
    dencias a la desviación de los puntos de vista del aná-
    lisis, provocaron una cierta conmoción, pero no tardó
    en demostrarse que tales secesiones no habían causa-
    do daños duraderos. Su éxito pasajero se explicaba
    fácilmente por la disposición de la masa a dejarse
    libertar del peso de las exigencias psicoanalíticas,
    cualquiera que fuese el camino que para ello se la
    ofreciera. La mayoría de mis colaboradores se man-
    tuvo firme y prosiguió la labor siguiendo las líneas
    directivas marcadas. En la siguiente exposición, muy
    abreviada, de los resultados de la psicoanálisis en los
    diversos sectores de su aplicación, encontraremos re-
    petidamente sus nombres.

    253

  • S.

    254

    IV

    La ruidosa repulsa que la psicoanálisis sufrió por
    parte del mundo médico, no ha sido bastante para
    impedir a sus adeptos desarrollarla ante todo, confor-
    me a su propósito inicial, en una patología
    especial y una especial terapia de las neu-
    rosis, labor aún no totalmente acabada hoy.
    Los innegables éxitos terapéuticos, que rebasaban
    considerablemente lo hasta entonces logrado, estimu-
    laban a nuevos esfuerzos, y las dificultades que sur-
    gían al penetrar más profundamente en la materia
    motivaron hondas modificaciones de la técnica ana-
    lítica e importantes modificaciones de las hipótesis
    de la teoría.

    En el curso de esta evolución, la técnica de la
    psicoanálisis se ha hecho tan determinada y tan ardua
    como la de cualquier otra especialidad médica. Por
    desconocimiento de este hecho se peca gravemente,
    en Inglaterra y Norteamérica sobre todo, por cuanto
    personas que han adquirido por medio de la lectura
    un mero conocimiento literario de la psicoanálisis, se
    creen ya capacitadas para emprender tratamientos
    analíticos sin someterse antes a una iniciación prác-
    tica suficiente. Los resultados de una tal conducta
    son nefastos, tanto para la ciencia como para los pa-
    cientes, y han contribuído mucho al descrédito de la
    psicoanálisis. La fundación de la primera policlínica
    psicoanalítica (por el doctor M. Eitingon, de Ber-
    lín, en 1920), ha constituído así un paso de alta im-
    portancia práctica. Esta institución se esfuerza, por
    un lado, en hacer accesible la terapia analítica a sec-

  • S.

    255

    tores más amplios y, por otro, se encarga de iniciar a
    los médicos en la práctica del análisis mediante un
    curso preparatorio que integra la condición de que el
    candidato se someta por sí mismo a una psicoanálisis.
    Entre los conceptos auxiliares que hacen posible al
    médico el dominio del material analítico, hemos de
    mencionar, en primer término, el de la «libido». Libi-
    do significa en psicoanálisis primeramente la ener-
    gía (concebida como cuantitativamente variable y
    mensurable) de los instintos sexuales orientados hacia
    el objeto (en el sentido ampliado por la teoría analí-
    tica). Del estudio subsiguiente resultó la necesidad
    de yuxtaponer a esta «libido del objeto» y
    una «libido narcisista o libido del
    yo» y los efectos recíprocos de estas dos fuerzas han
    permitido explicar multitud de procesos de la vida
    psíquica, tanto normales como patológicos. No tardó
    en establecer la diferenciación general entre las lla-
    madas «neurosis de transferencia»
    y las afecciones narcisistas, siendo las primeras (his-
    teria y neurosis obsesiva) los objetos propiamente
    dichos de la terapia psicoanalítica, mientras que las
    otras, las neurosis narcisistas, aunque permiten la in-
    vestigación con ayuda del análisis, oponen dificulta-
    des fundamentales a una influenciación terapéutica.
    Es cierto que la teoría psicoanalítica de la libido no
    está aún acabada ni aclarada aún su relación con una
    teoría general de los instintos–la psicoanálisis es una
    ciencia muy joven, incompleta, en vías de rápida
    evolución–, pero sí podemos acentuar ya desde lue-
    go, cuán erróneo es el reproche de pansexualismo que
    tan frecuentemente le es opuesto. Tal reproche pre-
    tende que la teoría psicoanalítica no conoce energías
    instintivas psíquicas distintas de las sexuales, y utili-
     

  • S.

    256

    za así, en su beneficio, prejuicios comunes, emplean-
    do el término «sexual» no en su sentido analítico, sino
    en un sentido vulgar.

    La concepción psicoanalítica tuvo que contar entre
    las afecciones narcisistas también aquellas dolencias
    que la psiquiatría llama «psicosis funcionales». No
    cabía duda de que las neurosis y las psicosis no esta-
    ban separadas por límites precisos, como tampoco la
    salud y la neurosis, y era inmediato aplicar a la ex-
    plicación de los tan enigmáticos fenómenos psicóticos
    los conocimientos adquiridos en el estudio de las
    neurosis, igualmente impenetrables hasta entonces.
    Ya en mi período de aislamiento había yo consegui-
    do hacer comprensible, por medio de la investigación
    psicoanalítica, un caso de paranoia, y demostrar en
    dicha inequívoca psicosis los mismos contenidos
    (complejos) que en las neurosis simples y un dina-
    mismo análogo. E. Bleuler ha perseguido en un gran
    número de psicosis los indicios de aquello que califica
    de «mecanismos freudianos», y C. G. Jung conquis-
    tó, de una vez, gran consideración como analítico,
    cuando, en 1901, explicó los enigmáticos síntomas
    emergentes en los desenlaces de la dementia
    praecox por la historia individual de tales enfer-
    mos. El amplio estudio de la esquizofrenia, que Bleuler
    llevó a cabo (1911) ha mostrado, de un modo pro-
    bablemente definitivo, la exactitud de los puntos de
    vista psicoanalíticos para la concepción de estas psi-
    cosis.

    De este modo, ha sido y sigue siendo la psiquiatría
    el primer sector de aplicación de la psicoanálisis. Los
    mismos investigadores que más han laborado para
    profundizar el conocimiento analítico de las neuro-
    sis–K. Abraham, de Berlín y S. Ferenczi, de Buda-
     

  • S.

    17

    pest, para no citar sino los más sobresalientes—han
    sido también los que más han contribuido a la acla-
    ración analítica de las psicosis. La convicción de la
    unidad y homogeneidad de todas las perturbaciones
    que se nos muestran como fenómenos neuróticos y
    psicóticos va imponiéndose cada vez más, a pesar de
    la resistencia de los psiquiatras. Se empieza a com-
    prender—en América, mejor quizá que en ningún
    otro lado—que sólo el estudio psicoanalítico de las
    neurosis puede procurar la preparación necesaria
    para una comprensión de la psicosis, y que la psicoa-
    nálisis está llamada a hacer posible en el porvenir
    una psiquiatría científica que no necesitará ya con-
    tentarse con la descripción de singulares cuadros de
    estados y trayectorias incomprensibles y con la per-
    secución de la influencia de traumas meramente ana-
    tómicos y tóxicos sobre el aparato anímico, inaccesi-
    ble a nuestro conocimiento.

    V

    Pero, con sólo su significación para la psiquiatría,
    la psicoanálisis no hubiera atraído jamás la atención
    del mundo intelectual, ni conquistado un puesto en
    the History of our times. Esta acción
    partió de la relación de la psicoanálisis con la vida
    anímica normal, no con la patológica. Originalmente,
    la investigación analítica se proponía tan sólo funda-
    mentar la génesis de algunos estados psíquicos pato-
    lógicos; pero, en esta labor, llegó a descubrir relacio-
    nes de importancia fundamental y a crear una nueva
    psicología, teniendo, por lo tanto, que decirse que la

  • S.

    258

    validez de tales descubrimientos no podía limitarse al
    terreno de la patología. Sabemos ya cuándo fué con-
    seguida la demostración definitiva de la exactitud de
    esta conclusión. Fué cuando la técnica analítica logró
    la interpretación de los sueños, los cuales pertenecen
    a la vida psíquica de los normales y constituyen, sin
    embargo, productos propiamente patológicos, que
    pueden nacer regularmente bajo las condiciones de la
    salud.

    Si se mantenían los atisbos psicológicos conquista-
    dos por medio del estudio de los sueños, no quedaba
    ya más que un paso para proclamar a la psicoanáli-
    sis como doctrina de los procesos psíquicos más pro-
    fundos, no accesibles directamente a la conciencia,
    como «psicología abisal», y poderla aplicar a casi
    todas las conciencias del espíritu. Tal paso consistió
    en la transición desde la actividad psíquica del indi-
    viduo a las funciones psíquicas de comunidades hu-
    manas y pueblos, esto es, desde la psicología indivi-
    dual a la psicología colectiva, y había muchas sor-
    prendentes analogías que aconsejaban darlo. Así, se
    había averiguado que en los estratos profundos de la
    actividad mental inconsciente, los elementos antitéti-
    cos no se diferencian unos de otros sino que son ex-
    presados por un mismo elemento. El filólogo K. Abel,
    había sentado ya en 1884 la afirmación de que los
    idiomas más antiguos que conocemos trataban del
    mismo modo las antítesis. El antiguo egipcio, por
    ejemplo, no tenía al principio más que una palabra
    para «fuerte» y «débil», y sólo más tarde diferenció
    los dos términos antitéticos por medio de ligeras mo-
    dificaciones. Todavía en los idiomas modernos es po-
    sible hallar claros residuos de tal sentido contradicto-
    rio. Así, la palabra alemana «Boden» significa tanto


  • S.

    259

    la parte más alta como la más baja de la casa; y en
    latín, «altus» es tanto alto como profundo. Vemos,
    pues, que la equiparación de lo antitético en el sueño
    es un rasgo arcaico general del pensamiento humano.

    Consideremos otro ejemplo perteneciente a un dis-
    tinto sector: es imposible sustraerse a la impresión de
    coincidencia que descubrimos entre los actos obsesi-
    vos de algunos enfermos y las prácticas de los creyen-
    tes del mundo entero. Algunos casos de neurosis obse-
    siva parecen manifestaciones de una religión privada
    y caricatural, de manera que podemos comparar las
    religiones oficiales con una neurosis obsesiva mitigada
    por su generalidad. Esta comparación, altamente in-
    dignante, desde luego, para todos los creyentes, ha
    sido muy fructífera desde el punto de vista psicológi-
    co. Pues en cuanto a la neurosis obsesiva, la psicoa-
    nálisis ha descubierto pronto qué fuerzas pugnan en
    tre sí hasta que sus conflictos llegan a crearse una ex-
    presión singular en el ceremonial de los actos obse-
    sivos. Nada semejante había sido sospechado del ce-
    remonial religioso, hasta que, con la referencia del
    sentimiento religioso a la relación con el padre, como
    su más profunda raíz, se consiguió señalar también
    en este sector análoga situación dinámica. Este ejem-
    plo puede también advertir al lector, que la aplica-
    ción de la psicoanálisis a sectores no médicos no pue-
    de tampoco por menos de herir prejuicios muy esti-
    mados, rozar susceptibilidades de muy hondo arraigo
    y despertar así hostilidades que tienen una base esen-
    cialmente afectiva.

    Si podemos aceptar como generalmente dadas las
    relaciones más generales de la vida anímica incons-
    ciente (los conflictos de los impulsos instintivos, las
    represiones y las satisfacciones sustitutivas) y si hay

  • S.

    260

    una psicología abisal que conduzca al conocimiento
    de tales relaciones, es de esperar que la aplicación de
    la psicoanálisis a los más diversos sectores de la acti-
    vidad intelectual humana consiga por doquiera resul-
    tados importantísimos e inalcanzables hasta ahora.
    En un estudio muy rico en contenido, Otto Rank y
    H. Sachs, se han esforzado en determinar en qué me-
    dida ha cumplido tales esperanzas la labor de los psi-
    coanalíticos hasta 1915. La falta de espacio me impi-
    de intentar aquí un complemento de dicha enumera-
    ción. Sólo puedo hacer resaltar el resultado más im-
    portante y exponer, con ocasión del mismo, algunos
    detalles.

    Si prescindimos de los impulsos internos poco cono-
    cidos, podemos decir que el motor capital de la evolu-
    ción cultural del hombre ha sido la necesidad real ex-
    terior, que le negaba la satisfacción cómoda de sus
    necesidades naturales y le abandonaba a magnos pe-
    ligros. Esta negación exterior le obligó a la lucha con
    la realidad, lucha cuyo desenlace fué en parte una
    adaptación y en parte un dominio de la misma, pero
    también la colaboración y la convivencia con sus se-
    mejantes, a lo cual se enlazó ya una renuncia a varios
    impulsos instintivos que no podían ser satisfechos so-
    cialmente. Con los progresos siguientes de la cultura,
    crecieron también las exigencias de la represión. La
    civilización se basa, en general, en la renuncia de los
    instintos, y cada individuo tiene que repetir personal-
    mente, en su camino desde la infancia a la madurez,
    esta evolución de la Humanidad hasta la resignación
    razonable. La psicoanálisis ha mostrado que son, pre-
    dominantemente, si no exclusivamente, impulsos ins-
    tintivos sexuales, los que sucumben a esta represión
    cultural. Parte de ellos integra la valiosa cualidad

  • S.

    261

    de poder ser desviados de sus fines más próximos y
    ofrecer así su energía, como tendencias «sublimadas»,
    a la evolución cultural. Pero otra parte pervive en lo
    inconsciente en calidad de impulsos optativos insatis-
    fechos y tiende a lograr una satisfacción cualquiera,
    aunque sea deformada.

    Hemos visto que un trozo de la actividad mental
    humana está dedicada al dominio del mundo exterior
    real. A esto añade la psicoanálisis que otra parte, sin-
    gularmente estimada, de la creación psíquica se halla
    consagrada al cumplimiento de deseos, a la satisfac-
    ción sustitutiva de aquellos deseos reprimidos que
    desde los años infantiles viven insatisfechos en el
    alma de cada cual. A estas creaciones, cuya conexión
    con un inconsciente inaprehensible fué siempre sos-
    pechada, pertenecen los mitos, la poesía y el arte, y
    la labor de los psicoanalíticos ha arrojado realmente
    viva luz sobre los dominios de la mitología, la litera-
    tura y la psicología del artista.

    Tal ha sido principalmente la obra meritoria de
    Otto Rank. Se ha mostrado que los mitos y las fá-
    bulas son, como los sueños, susceptibles de interpre-
    tación, se han seguido los intrincados caminos que
    conducen desde el impulso del deseo inconsciente has-
    ta la realización en la obra de arte, se ha aprendido
    a comprender la acción afectiva de la obra de arte
    sobre el sujeto receptor, se ha explicado la afinidad
    interior del artista con el neurótico, y sus diferencias,
    y se ha indicado la relación entre su disposición, sus
    vivencias casuales y su obra. La valoración de las
    dotes artísticas de la obra de arte y la explicación
    de las dotes artísticas, son problemas ajenos a la psi-
    coanálisis. Mas parece que la psicoanálisis está en si-
     

  • S.

    262

    PROF. S. FREUD

    tuación de decir la palabra decisiva en todos los pro-
    blemas relativos a la vida imaginativa del hombre.

    Pero además, la psicoanálisis nos ha descubierto,
    para nuestro asombro, cuan ingente papel desempe-
    ña en la vida anímica del hombre, el llamado comple-
    jo de Edipo, esto es, la relación afectiva del niño con
    sus padres. Tal asombro se mitiga cuando averigua-
    mos que el complejo de Edipo es la correlación psí-
    quica de dos hechos biológicos fundamentales, de la
    prolongada dependencia infantil de los hombres y de
    la forma singular en que su vida sexual alcanza, en-
    tre los tres y los cinco años, una primera culminación,
    pasando luego por un período de latencia y renován-
    dose al iniciarse la pubertad. Ulteriormente, se nos
    reveló que un tercer trozo, altamente serio, de la ac-
    tividad mental humana, aquél que ha creado las mag-
    nas instituciones de la religión, el derecho, la ética y
    todas las formas estatales, apunta en el fondo a facili-
    tar al individuo el vencimiento de su complejo de
    Edipo y a derivar su libido, desde sus vinculaciones
    infantiles, a las vinculaciones sociales definitivamente
    deseables. Las aplicaciones de la psicoanálisis a la
    ciencia de las religiones y a la sociología (Freud,
    Th. Reik y O. Pfister), que han conducido a este re-
    sultado, son aún muy jóvenes e insuficientemente es-
    timadas, pero es indudable que estudios ulteriores ra-
    tificarán la exactitud de sus conclusiones.

    Como apéndice, he de citar aún que la pedagogía
    no podrá omitir el aprovechamiento de las indicacio-
    nes que la suministra la investigación analítica de la
    vida infantil. Y que entre los terapeutas ha habido
    quienes han declarado que la psicoanálisis ofrece nue-
    vas posibilidades para el tratamiento de graves do-
    lencias orgánicas, ya que en muchas de estas afeccio-
    nes

  • S.

    263

    E N S A Y O S

    nes colabora también un factor psíquico sobre el cual
    es posible lograr influjo (Groddeck, Jellife).

    Podemos, pues, abrigar la esperanza de que la psi
    coanálisis, cuya evolución y rendimientos hasta el
    momento actual acabamos de exponer en breves sín
    tesis, entrará, como un importante fermento, en la
    evolución cultural de los próximos decenios y ayuda
    rá a profundizar nuestra comprensión del mundo y
    a rechazar muchas cosas reconocidamente nocivas.

    Pero no debe olvidarse que por sí sola no puede pro
    curar una imagen completa del mundo. Si se acepta
    la diferenciación por mí propuesta poco ha, que di
    vide el aparato anímico en un yo vuelto hacia el
    exterior y dotado de conciencia y un ello incons
    ciente, dominado por sus necesidades instintivas, la
    psicoanálisis deberá ser considerada como una psico
    logía del el ello (y de su acción sobre el yo). Puede,
    pues, procurar, en todo sector científico, aportaciones
    complementarias de las de la psicología del yo. Si
    estas aportaciones contienen con frecuencia precisa
    mente lo más importante de un estado de hechos, ello
    corresponde tan sólo a la importancia que para nues
    tra vida integra lo inconsciente psíquico, que tanto
    tiempo ha permanecido ignorado.