• S.

    19

    I

    El estado patológico

    Después de haber mostrado en mi «Interpretación
    de los sueños» (1900), que los sueños son, en general,
    interpretables y que una vez llevada a término la labor
    interpretadora pueden ser reemplazados por ideas irre-
    prochablemente estructuradas, susceptibles de ser in-
    terpoladas en un lugar determinado y conocido de la
    continuidad anímica, quisiera presentar, en las páginas
    que siguen, un ejemplo de aquella única aplicación
    práctica de que hasta ahora parece susceptible el arte
    onirocrítico. En mi obra antes citada expuse ya cómo
    llegué a encontrarme ante el problema de los sueños.
    Se alzó de pronto en mi camino, cuando intentaba lo-
    grar la curación de las psiconeurosis por medio de un
    procedimiento psicoterápico especial y los enfermos
    comenzaron a comunicarme, entre otros procesos de su
    vida anímica, sueños por ellos soñados, que parecían
    demandar un lugar entre las relaciones del síntoma pa-
    tológico con la idea patógena. Aprendí por entonces a
    traducir al lenguaje vulgar el idioma de los sueños, y
    actualmente puedo afirmar que tal conocimiento es in-
    dispensable para el psicoanalítico, pues los sueños nos
    muestran el camino por el que puede llegar a la con-
    ciencia aquel material psíquico que, a causa de la re-
    sistencia provocada por su contenido, ha quedado re-

  • S.

    20

    PROF. S. FREUD

    primido y confinado fuera de la conciencia, haciéndose
    con ello patógeno. O más brevemente, los sueños son
    uno de los rodeos que permiten eludir la represión; uno
    de los medios principales de la llamada representación
    psíquica indirecta. La presente comunicación fragmen-
    taria del historial clínico de una muchacha histérica in-
    tenta mostrar cómo la interpretación de los sueños in-
    terviene en la labor analítica. Me procura además una
    ocasión de propugnar públicamente y por vez primera
    con toda la amplitud necesaria para su mejor compren-
    sión, una parte de mis opiniones sobre los procesos
    psíquicos y sobre las condiciones orgánicas de la histe-
    ria. Reconocido ya, en general, que para aproximarse a
    la solución de los grandes problemas que la histeria
    plantea al médico y al investigador es preciso un fer-
    voroso y profundo estudio y errónea la anterior actitud
    de despreciativa ligereza, no creo tener que disculpar-
    me de la amplitud con que he tratado el tema.


    Ofrecer al lector un historial clínico acabadamente
    preciso y sin la menor laguna supondría situarle desde
    un principio en condiciones muy distintas a las del ob-
    servador médico. Los informes de los familiares del
    enfermo –en este caso los suministrados por el padre
    de la paciente– suelen no procurar sino una imagen
    muy poco fiel del curso de la enfermedad. Naturalmen-
    te, yo inicio luego el tratamiento haciendo que el sujeto
    me relate su historia y la de su enfermedad, pero lo que
    así consigo averiguar no llega tampoco a proporcionar-
    me orientación suficiente. Este primer relato puede
    compararse a un río no navegable, cuyo curso es desvia-
    do unas veces por masas de rocas y dividido otras por

  • S.

    21

    HISTORIALES CLINICOS

    bancos de arena que le quitan profundidad. No puede
    por menos de producirme asombro encontrar en los au-
    tores médicos historiales clínicos minuciosamente pre-
    cisos y coherentes de casos de histeria. En realidad, los
    enfermos son incapaces de proporcionar sobre sí mis-
    mos informes tan exactos; pueden ilustrar al médico
    con amplitud y coherencia suficientes sobre alguna
    época de su vida, pero a estos períodos siguen otros en
    los que sus informes se agotan, presentan lagunas y
    plantean enigmas, hasta situarnos ante épocas total-
    mente oscuras, faltas de toda aclaración aprovecha-
    ble. No existe entre los sucesos relatados la debida
    conexión, y su orden de sucesión aparece inseguro. En
    el curso mismo del relato, el enfermo rectifica repetida-
    mente algunos datos o una fecha, volviendo luego, mu-
    chas veces, a su primera versión. La incapacidad de los
    enfermos para desarrollar una exposición ordenada de
    la historia de su vida en cuanto la misma coincide con
    la de su enfermedad no es sólo característica de la neu-
    rosis (1), sino que integra además una gran importancia
    teórica. Depende de varias causas: en primer lugar, el

    1)Un colega me confió, en una ocasión, a una hermana
    suya, para que la sometiera al tratamiento psicoterápico, pues
    según su diagnóstico padecía una histeria, de la que venía tra-
    tándose sin resultado positivo alguno hacía ya varios años. La
    breve información de mi colega parecía perfectamente compati-
    ble con su diagnóstico. No obstante, en la primera sesión del
    tratamiento hice que la paciente misma me relatara su historia, y
    al comprobar que desarrollaba su relato con orden y claridad
    perfectos, no obstante los singulares acontecimientos que entra-
    ñaba, concluí que no podía tratarse de un caso de histeria. Pro-
    cedí, pues, seguidamente, a un minucioso reconocimiento físico
    que me llevó a diagnosticar una tabes relativamente poco avan-
    zada. Un tratamiento apropiado—inyecciones de Hg. (Ol cine-
    reum, según la fórmula del profesor Lang)—mejoró luego mucho
    a la enferma.

  • S.

    22

    enfermo silencia conscientemente y con toda intención
    una parte de lo que sabe y debía relatar, fundándose
    para ello en impedimentos que aún no ha logrado su
    perar: la repugnancia a comunicar sus intimidades, el
    pudor, o la discreción cuando se trata de otras perso-
    nas. Tal sería la parte de insinceridad consciente. En se-
    gundo lugar, una parte de los conocimientos anamné-si
    cos del paciente, sobre la cual dispone éste en toda otra
    ocasión sin dificultad alguna, escapa a su dominio du-
    rante su relato, sin que el enfermo se proponga cons-
    cientemente silenciarla. Por último, no faltan nunca
    amnesias verdaderas, lagunas mnémicas, en las que se
    hunden no sólo recuerdos antiguos, sino también re-
    cuerdos muy recientes. Ni tampoco falsos recuerdos,
    formados secundariamente para cegar tales lagunas 1).
    Cuando los sucesos se han conservado en la memoria,
    la intención en que la amnesia se basa. queda conse-
    guida con idéntica seguridad por la alteración de la con-
    tinuidad, y el medio más seguro de desgarrar la conti-
    nuidad es trastornar el orden de sucesión temporal de
    los acontecimientos. Este orden es siempre el elemento
    más vulnerable del acervo mnémico y el que antes su-
    cumbe a la represión. Hay incluso algunos recuerdos
    que se nos presentan ya, por decirlo así, en un primer
    estadio de represión, pues se nos muestran penetrados
    de dudas. Cierto tiempo después, esta duda quedaría
    sustituída por el olvido o por un recuerdo falso 2).


    1)Las amnesias y los falsos recuerdos aparecen en una re-
    lación complementaria. Cuando un caso presenta grandes lagu-
    nas mnémicas, ofrece siempre, en cambio, contados recuerdos
    falsos. Inversamente, tales recuerdos pueden encubrir por com-
    pleto, a primera vista, la existencia de amnesias.

    2)En aquellos casos en que el enfermo mismo duda de la
    autenticidad de sus recuerdos, una regla empíricamente deducida


  • S.

    23

    Esta condición de los recuerdos relativos a la enfer-
    medad es la correlación necesaria, teóricamente exigi-
    da, de los síntomas patológicos. En el curso del trata-
    miento va luego exponiendo el enfermo aquello que ha-
    silenciado antes o que no acudió a su pensamiento. Los
    recuerdos falsos se demuestran insostenibles y quedan
    cegadas las lagunas mnémicas. Sólo hacia el final de la
    cura se ofrece ya a nuestra vista un historial patológico
    consecuente, inteligible y sin soluciones de continuidad.
    Si el fin práctico del tratamiento está en suprimir todos-
    los síntomas posibles y sustituirlos por ideas conscien-
    tes, el fin teórico estará en curar todos los fallos de la
    memoria del enfermo. Ambos fines coinciden. Alcanza-
    do uno de ellos queda conseguido el otro. Un mismo-
    camino conduce hasta los dos.

    De la naturaleza misma del material de la psicoaná-
    lisis, resulta que en nuestros historiales patológicos de-
    beremos dedicar tanta atención a las circunstancias
    puramente humanas y sociales de los enfermos como a
    los datos somáticos y a los síntomas patológicos. Ante
    todo, dedicaremos interés preferente a las circunstan-
    cias familiares de los enfermos, y ello, como luego ve-
    remos, también por razones distintas de la herencia.

    En el caso cuyo historial nos disponemos a comuni-
    car, el círculo familiar de la paciente–una muchacha de
    diez y ocho años–comprendía a sus padres y a un
    único hermano, año y medio mayor que ella. La perso-
    na dominante era el padre, tanto por su inteligencia y
    sus condiciones de carácter como por las circunstancias
    externas de su vida, las cuales marcaron el curso de la
    aconseja prescindir por completo de semejante apreciación.
    Cuando vacila entre dos versiones distintas del mismo suceso
    nos inclinaremos a aceptar como exacta la primera, considerando
    la segunda como un producto de la represión.

  • S.

    24

    historia infantil y patológica de la sujeto. Gran indus
    trial de infatigable actividad y dotes intelectuales poco
    vulgares, se hallaba en excelente situación económica,
    y su edad, al encargarme yo del tratamiento de su hija,
    pasaba ya de los cuarenta y cinco años. La muchacha
    le profesaba intenso cariño, y su espíritu crítico, tem
    pranamente despierto, condenaba tanto más dolorosa
    mente ciertos actos y singularidades de su progenitor.
    Las muchas y graves enfermedades que el padre
    había padecido a partir de la época en que su hija llegó
    a los seis años, habían coadyuvado a intensificar tal
    ternura. Por dicha época enfermó el padre de tubercu
    losis, trasladándose toda la familia a la pequeña ciudad
    de B., situada en nuestras provincias del Sur y favore
    cida por un clima benigno y seco. La infección tubercu
    losa mejoró allí rápidamente, pero la familia continuó
    residiendo en B. Durante cerca de diez años. El padre
    hacía de cuando en cuando un viaje para visitar sus fá
    bricas y sólo en verano se trasladaban todos a un bal
    neario de altura. Al cumplir la muchacha los diez años,
    el padre sufrió un desprendimiento de la retina, que le
    impuso una cura de oscuridad y le dejó como huella
    una gran debilitación de la vista. Pero su enfermedad
    más grave le atacó aproximadamente dos años después
    y consistió en un acceso de confusión mental, al que se
    agregaron síntomas de parálisis y ligeros trastornos
    psíquicos. Un amigo del enfermo, del que más adelante
    habremos de ocuparnos ampliamente, movió a aquél a
    venir a Viena con su médico de cabecera, para consul
    tarme. En un principio, dudé si diagnosticar una tabo
    parálisis, pero no tardé en decidirme a admitir una afec
    ción vascular difusa, y una vez que el enfermo me
    confesó haber padecido antes de su matrimonio una
    infección específica, le sometí a una enérgica cura anti-
     

  • S.

    25

    HISTORIALES CLINICOS

    luética que hizo desaparecer todos los trastornos que
    aún le aquejaban. A esta afortunada intervención mé-
    dica debo sin duda que el padre acudiera a mí cuatro
    años después, con su hija, aquejada de claros síntomas
    neuróticos, y resolviera luego, al cabo de otros dos
    años, confiármela para intentar su curación por medio
    del tratamiento psicoterápico.

    En el intervalo había yo conocido a una hermana
    del padre, poco mayor que él, que padecía una grave
    psiconeurosis desprovista de síntomas histéricos carac-
    terísticos. Esta mujer murió, después de una vida ator-
    mentada por un matrimonio desgraciado, consumida
    por los fenómenos no del todo explicables, de un rápido
    marasmo.

    Otro de sus hermanos, al que conocí por casualidad,
    era un solterón hipocondríaco.

    La muchacha, que al serme confiada para su trata-
    miento, acababa de cumplir los diez y ocho años, había
    orientado siempre sus simpatías hacia la familia de su
    padre, y desde que había enfermado, veía su modelo y
    el ejemplo de su destino en aquella tía suya antes men-
    cionada. Tanto sus dotes intelectuales, prematuramente
    desarrollados, como su disposición a la enfermedad,
    demostraban que predominaba en ella la herencia de la
    rama paterna. No llegué a conocer a su madre, pero de
    los informes que sobre ella hubieron de proporcionarme
    el padre y la hija, hube de deducir que se trataba de
    una mujer poco ilustrada y, sobre todo, poco inteligen-
    te, que al enfermar su marido, había concentrado todos
    sus intereses en el gobierno del hogar, ofreciendo una
    imagen completa de aquello que podemos calificar de
    «psicosis del ama de casa». Falta de toda comprensión
    para los intereses espirituales de sus hijos, se pasaba
    el día velando por la limpieza de las habitaciones, los

  • S.

    26

    muebles y los utensilios, con una exageración tal, que
    hacía casi imposible servirse de ellos. Este estado, del
    cual encontramos con bastante frecuencia claros indicios
    en mujeres normales, se aproxima a ciertas formas de
    la obsesión patológica de limpieza. Pero tanto en estas
    mujeres como en la madre de nuestra paciente, falta
    todo conocimiento de la enfermedad y con ello uno de
    los caracteres más esenciales de la neurosis obsesiva.
    Las relaciones entre madre e hija eran muy poco amis-
    tosas desde hacía ya bastantes años. La hija no se
    ocupaba de su madre, la criticaba duramente y había
    escapado por completo a su influencia 1)

    1)No comparto ciertamente la opinión de que la única etio-
    logía de la histeria sea la herencia, pero, teniendo en cuenta an-
    teriores publicaciones mías («La herencia y la etiología de las
    neurosis», Revue neurologique, 1896), en las cuales he combatido
    dicha opinión, no quisiera hacer sospechar que no concedo im-
    portancia alguna a la herencia en la etiología de las neurosis. En
    el caso de nuestra enferma, los informes antes comunicados
    sobre el padre y sus hermanos, integran ya antecedentes patoló-
    gicos suficientes, hasta tal punto, que aquellos que juzgan impo-
    sible la emergencia de estados patológicos incluso como el de la
    madre, sin la existencia de una disposición hereditaria, no va-
    cilarán en ver en este caso un ejemplo de herencia convergente.
    Por mi parte, creo más importante otro factor en cuanto a la
    disposición hereditaria, o más exactamente, constitucional, de la
    paciente. Ya indicamos que el padre había padecido antes del ma-
    trimonio una infección sifilítica. Ahora bien, un tanto por ciento
    singularmente elevado de los enfermos a los cuales he aplicado
    el tratamiento psicoanalítico descendía de padres que habían pa-
    decido una tabes o una parálisis. A consecuencia de la novedad
    de mi procedimiento terapéutico, acuden a mí solamente los casos
    más graves, sometidos ya durante años enteros a los más distin-
    tos tratamientos, sin el menor resultado positivo. Siguiendo la
    teoría de Fournier, hemos de considerar la tabes o la parálisis de
    los progenitores como indicio de una antigua infección luética,
    la cual me ha sido directamente confesada, en muchos casos, por

  • S.

    27

    La sujeto tenía un único hermano, año y medio
    mayor que ella, en el cual había visto durante su infan-
    cia el modelo conforme al cual debiera forjar su perso-
    nalidad. Las relaciones entre ambos hermanos se habían
    enfriado mucho en los últimos años. El muchacho pro-
    curaba sustraerse en lo posible a las complicaciones fa-
    miliares y cuando no tenía más remedio que tomar par-
    tido se colocaba siempre al lado de la madre. De este
    modo, la atracción sexual habitual había aproximado
    afectivamente, de un lado, al padre y a la hija, y de
    otro, a la madre y al hijo.

    Nuestra paciente, a la que llamaremos Dora en lo
    sucesivo, mostró ya a la edad de ocho años síntomas
    nerviosos. Por esta época enfermó de disnea perma-
    nente con accesos periódicos a veces muy intensos.
    Esta dolencia la atacó por vez primera después de una
    pequeña excursión a la montaña y fué atribuída, al prin-
    cipio, a un exceso de fatiga. Seis meses de reposo y
    cuidados consiguieron mitigarla y hacerla desaparecer.
    El médico de la familia no vaciló en diagnosticar una
    afección puramente nerviosa, excluyendo desde el pri-
    mer momento la posibilidad de una causación orgánica
    de la disnea, aunque por lo visto creía conciliable tal
    diagnóstico con la etiología de la fatiga 1).

    La niña sufrió sin daño permanente las habituales
    los padres de los enfermos. En la última discusión sobre la des-
    cendencia de individuos sifilíticos (XIII Congreso médico interna-
    cional de París, 9 de Agosto de 1900. Memorias de Finger, Tar-
    nowski, Jullien y otros), echo de menos la mención de una cir-
    cunstancia que mi experiencia de neurólogo me ha obligado a
    reconocer. Este hecho es el de que la sífilis de los progenitores
    es un factor de gran importancia para la constitución neurópata
    de la descendencia.

    1)Véase luego el motivo más verosímil de esta enfermedad.

  • S.

    – 28 –

    enfermedades infantiles. Durante el tratamiento me
    contó, con intención simbolizante, que su hermano con-
    traía regularmente en primer lugar y de un modo muy
    leve tales enfermedades, siguiéndole ella luego, siem-
    pre con mayor gravedad. Al llegar a los doce años co-
    menzó a padecer frecuentes jaquecas y ataques de tos
    nerviosa, síntomas que al principio aparecían siempre
    unidos, separándose luego para seguir un distinto des-
    arrollo. La jaqueca fué haciéndose cada vez menos fre-
    cuente hasta desaparecer por completo al cumplir la
    sujeto diez y seis años. En cambio, los ataques de tos
    nerviosa, cuya primera aparición fué quizá provocada
    por un catarro vulgar, siguieron atormentándola. Cuan-
    do a los diez y ocho años me fué confiada para su tra-
    tamiento, tosía de nuevo en forma característica. No
    fué posible fijar el número de tales ataques; su duración
    oscilaba entre tres y cinco semanas, llegando una vez
    a varios meses. En su primera fase, el síntoma más pe-
    noso había sido, por lo menos en los últimos años, una
    afonía completa. Se había fijado nuevamente y con
    plena seguridad el diagnóstico de neurosis, pero nin-
    guno de los tratamientos usuales, incluso la hidrotera-
    pia y la electroterapia local, logró el menor resultado
    positivo. La muchacha, que a través de estos estados
    patológicos había llegado a ser ya casi una mujer, de
    inteligencia clara y juicio muy independiente, acabó por
    acostumbrarse a despreciar los esfuerzos de los médi-
    cos, hasta el punto de renunciar por completo a su auxi-
    lio, y aunque la persona del médico de su familia no le
    inspiraba disgusto ni antipatía, eludía en lo posible acu-
    dir a él, resistiéndose también tenazmente a consultar a
    cualquier otro, desconocido. Así, para que acudiera a
    mi clínica fué necesario que su padre se lo impusiera.
    La vi por vez primera a principios del verano en

  • S.

    29

    HISTORIALES CLINICOS

    que cumplía sus diez y seis años, aquejada de tos y
    ronquera, y ya por entonces propuse una cura psíquica
    que no llegó a iniciarse porque también este acceso,
    que le había durado ya más de lo acostumbrado, acabó
    por desaparecer espontáneamente. Al invierno siguien-
    te, hallándose pasando una temporada en casa de su tío,
    a raíz de la muerte de la mujer de éste, a la cual tanto
    quería la sujeto, enfermó de pronto y con fiebre alta,
    diagnosticándose su estado como un ataque de apendici-
    tis 1). Al otoño siguiente, la familia abandonó definiti-
    vamente la ciudad de B., pues la salud del padre parecía
    ya consentirlo, trasladándose primero al lugar donde
    aquél tenía su fábrica y apenas un año después a Viena.

    Dora había llegado a ser, entretanto, una gallarda
    adolescente de fisonomía inteligente y atractiva; pero
    constituía un motivo constante de preocupación para
    sus padres. El signo capital de su enfermedad consistía
    ahora en una constante depresión de ánimo y una alte-
    ración del carácter. Se veía que no estaba satisfecha de
    sí misma ni de los suyos; trataba secamente a su padre
    y no se entendía ya ni poco ni mucho con su madre,
    que quería a toda costa hacerla participar en los cuida-
    dos de la casa. Evitaba el trato social, alegando fatiga
    constante, y ocupaba su tiempo con serios estudios y
    asistiendo a cursos y conferencias para señoras. Un día
    sus padres se quedaron aterrados al encontrar encima
    de su escritorio una carta en la que Dora se despedía
    de ellos para siempre, alegando que no podía soportar
    la vida por más tiempo 2). La aguda penetración del

    1)Véase sobre esta enfermedad el análisis del segundo
    sueño.

    2)Ya he hecho constar que esta cura y con ella mi penetra-
    ción en las concatenaciones del historial patológico, hubo de per-
    manecer fragmentaria. No me es, pues, posible aclarar por com-
    pleto.

  • S.

    30

    padre le hizo suponer, desde el primer momento, que
    no se trataba de un propósito serio de quitarse la vida,
    pero quedó consternado, y cuando más tarde, después
    de una ligera discusión con su hija, tuvo ésta un primer
    acceso de inconsciencia, del cual no quedó luego en su
    memoria recuerdo alguno, decidió, a pesar de la-
    ca resistencia de la muchacha, confiarme su-
    miento 1).

    El historial clínico hasta ahora esbozado no parece
    ciertamente entrañar un gran interés. Presenta todas
    las características de una «petite hystérie» con los sín-
    tomas somáticos y psíquicos más vulgares: disnea, tos
    nerviosa, afonía, jaquecas, depresión de ánimo, excita-
    bilidad histérica y un pretendido «taedium vitae». Se
    han publicado, desde luego, historiales clínicos mucho
    más interesantes y más cuidadosamente estructurados,
    de sujetos histéricos, pues tampoco en la continuación
    de éste hallaremos nada de estigmas de la sensibilidad
    cutánea, limitación del campo visual, etc. Me permitiré
    tan sólo la observación de que todas las colecciones de
    fenómenos histéricos singulares y extraños no nos han
    avanzado gran cosa en el conocimiento de esta enfer-
    medad.


    pleto ciertos extremos del mismo sobre los cuales sólo puedo
    aventurar hipótesis más o menos probables. Al tratar de esta
    carta en una de las sesiones del tratamiento, la paciente excla-
    mó con aire de sorpresa: «No sé cómo pudieron encontrar la
    carta. Estoy segura de haberla dejado metida en un cajón de mi
    escritorio». Pero como sabía perfectamente que sus padres ha-
    bían leído aquel borrador de su carta de despedida, hemos de
    deducir que trató de hacerlo llegar a sus manos dejándolo en
    sitio visible.

    1)Creo que este ataque se presentó acompañado de convul-
    siones y delirios. Pero como el análisis no pudo ser llevado hasta
    la época en que hubo de desarrollarse, no puedo responder de la
    exactitud de este recuerdo mío.

  • S.

    31

    medad tan enigmática aún. Lo que precisamente nece
    sitamos es la aclaración de los casos más vulgares y de
    los síntomas típicos más frecuentes. Por mi parte, me
    bastaría que las circunstancias me hubiesen permitido
    hallar una explicación completa de este caso de peque-
    ña histeria. Por mi experiencia con otros enfermos no
    dudo de que mis medios analíticos hubieran sido sufi-
    cientes para conseguir un tal resultado.

    En 1896, poco después de la publicación de mis «Es-
    tudios sobre la histeria» en colaboración con el doc-
    tor J. Breuer, rogué a uno de mis colegas más sobresa-
    lientes que me expusiera su juicio sobre la teoría
    psicológica de la histeria, que en dichos estudios pro-
    pugnábamos. El colega así consultado me respondió
    sinceramente que la consideraba una generalización in-
    justificada de conclusiones que podían ser exactas en
    algunos casos aislados. Desde entonces, he visto nu-
    merosos casos de histeria, cuyo análisis me ha ocupa-
    do meses o incluso años enteros, y en ninguno de ellos
    he echado de menos las condiciones psíquicas postula-
    das en dicha obra: el trauma psíquico, el conflicto de
    los afectos y, como hube de añadir en publicaciones ul-
    teriores, la intervención de la esfera sexual. Tratándo-
    se de cosas que han llegado a hacerse patógenas por
    su tendencia a ocultarse, no se debe esperar que los
    enfermos las confíen espontáneamente al médico, el
    cual tampoco debe contentarse con el primer «no» que
    los pacientes opongan a su investigación 1).

    1)He aquí un ejemplo de esta última actitud. Uno de mis co-
    legas de Viena, cuya convicción de la inanidad de los factores
    sexuales en cuanto a la histeria, ha debido quedar muy robuste-
    cida por experiencias como ésta, se decidió en una ocasión a di-
    rigir a una paciente suya, muchacha de catorce años, aquejada
    de peligrosos vómitos histéricos, la espinosa pregunta de si po-

  • S.

    32

    En el caso de Dora debí a la aguda comprensión del
    padre, ya varias veces reconocida, la facilidad de no
    tener que buscar por mí mismo el enlace de la enferme-
    dad, por lo menos en su última estructura, con la histo-
    ria externa de la paciente. El padre me informó de que
    tanto él como su familia habían hecho en B. íntima
    amistad con un matrimonio residente allí desde varios
    años atrás: los señores de K. La señora de K. le había
    cuidado durante su última más grave enfermedad, ad-
    quiriendo con ello un derecho a su reconocimiento, y
    su marido se había mostrado siempre muy amable con
    Dora, acompañándola en sus paseos y haciéndola pe-
    queños regalos, sin que nadie hubiera hallado nunca el
    menor mal propósito en su conducta. Dora había cuida-
    do cariñosamente de los dos niños pequeños de aquel
    matrimonio, mostrándose con ellos verdaderamente
    maternal. Cuando, dos años antes, el padre y la hija
    vinieron a visitarme a principios de verano, estaban de

    seía ya alguna experiencia amorosa o sexual. La niña respondió
    negativamente con bien fingida extrañeza y luego fué a decir a su
    madre: «Figúrate que ese idiota me ha preguntado si estoy ena-
    morada». Esta paciente acudió más tarde a mi consulta, y en el
    curso del tratamiento se descubrió, aunque desde luego no en la
    primera sesión ni mucho menos, que se trataba de una antigua
    masturbadora, con intenso «fluor albus» íntimamente relacionado
    con los vómitos. Después de largas luchas consigo misma, había
    conseguido abandonar aquel hábito, pero quedando atormentada
    por un violento sentimiento de culpabilidad, hasta el punto de
    considerar todas las contrariedades que surgían en la familia
    como un castigo de Dios por su pecado. Se hallaba, además, bajo
    la influencia de una desgraciada aventura de una tía suya, cuyo
    embarazo extramatrimonial (segunda determinación de los vómi-
    tos) creían sus padres haber conseguido ocultarla. Para su fami-
    lia, la enferma era aún una niña inocente, pero en realidad se
    hallaba ya al corriente de todo lo esencial de las relaciones se-
    xuales.

  • S.

    33

    paso en Viena y se proponían continuar su viaje para
    reunirse con los señores de K. en un lugar de veraneo
    situado a orillas de uno de nuestros lagos alpinos. El
    padre se proponía regresar al cabo de pocos días, de
    jando a Dora en casa de sus amigos por unas cuantas
    semanas. Pero cuando se dispuso a retornar a Viena,
    Dora declaró resueltamente su deseo de acompañarle,
    y así lo hizo. Días después explicó su singular conduc-
    ta, contando a su madre, para que ésta a su vez lo pu-
    siese en conocimiento del padre, que el señor K. se
    había atrevido a hacerla proposiciones amorosas duran-
    te un paseo que dieron a solas. El acusado, al que en
    la primera ocasión pidieron explicaciones el padre y el
    tío de la muchacha, negó categóricamente el hecho y a
    su vez acusó a Dora diciendo que su mujer le había lla-
    mado la atención sobre el interés que la muchacha
    sentía hacia todo lo relacionado con la cuestión sexual,
    hasta el punto de que durante los días que había pasa-
    do en su casa, sus lecturas habían sido obras tales como
    la «Fisiología del amor», de Mantegazza. Acalorada sin
    duda por semejantes lecturas, había fantaseado la esce-
    na amorosa de la que ahora le acusaban.
    «No dudo–dijo el padre–que este incidente es el
    que ha provocado la depresión de ánimo de Dora, su
    excitabilidad y sus ideas de suicidio. Ahora me exige
    que rompa toda relación con el matrimonio K. y muy
    especialmente con la mujer, a la que adoraba. Pero yo
    no puedo complacerla, pues en primer lugar, creo tam-
    bién que la acusación que Dora ha lanzado sobre K. no
    es más que una fantasía suya, y en segundo, me enlaza
    a la señora de K. una honrada amistad y no quiero cau-
    sarla disgusto alguno. La pobre mujer es ya bastante
    desdichada con su marido, del cual no tengo, por lo
    demás, la mejor opinión; ha estado también gravemen-

  • S.

    34

    te enferma de los nervios y ve en mí su único apoyo
    moral. No necesito decirle a usted que dado mi mal es-
    tado de salud, estas relaciones mías con la señora
    de K. no entrañan nada ilícito. Somos dos desgra-
    dos para quienes nuestra amistad constituye un consue-
    lo. Ya sabe usted que mi mujer no es nada para mí.
    Pero Dora, que ha heredado mi testarudez, no consien-
    te en deponer su hostilidad contra el matrimonio K. Su
    último acceso nervioso fué consecutivo a una conversa-
    ción conmigo en la que volvió a plantearme la exigen-
    cia de ruptura. Espero que usted consiga llevarla ahora
    a un mejor camino.»

    No acababan de coincidir estas confidencias con otras
    manifestaciones anteriores del padre atribuyendo a la
    madre, cuyas manías perturbaban la vida del hogar, la
    culpa principal del carácter insoportable de su hija. Pero
    yo me había propuesto, desde el principio, aplazar mi
    juicio sobre la cuestión hasta haber escuchado a la otra
    parte interesada.

    Así, pues, la aventura con K.—sus proposiciones
    amorosas y su ulterior acusación ofensiva—habría cons-
    tituído, para nuestra paciente, el trauma psíquico que
    Breuer y yo hubimos de considerar indispensable para
    la génesis de una enfermedad histérica. Pero este caso
    presenta ya todas aquellas dificultades que acabaron
    por decidirme a ir más allá de tal teoría 1), agravadas

    1)He superado esta teoría sin abandonarla. Quiero decir,
    que hoy en día no la declaro inexacta sino tan sólo incompleta.
    Lo único que he abandonado ha sido la hipótesis del estado hip-
    noide que había de emerger en el sujeto a consecuencia del trau-
    ma y constituir la base de todo el proceso psicológico anormal
    ulterior. Si es lícito delimitar en un estudio hecho en colabora-
    ción la parte correspondiente a cada uno de los colaboradores,
    habré de permitirme hacer constar que la teoría de los estados
    hipnoides, en la que muchos de nuestros críticos han querido ver

  • S.

    35

    por otra de un orden distinto. En efecto, como en tan
    tos otros historiales patológicos de sujetos histéricos,
    el trauma descubierto en la vida de la enferma no expli-
    ca la peculiaridad de los síntomas, esto es, no demues-
    tra hallarse con ellos en una relación determinante de
    su especial naturaleza. No aprehendemos así del enlace
    causal buscado ni más ni menos que si los síntomas
    resultantes del trauma no hubiesen sido la tos nerviosa,
    la afonía, la depresión de ánimo y el taedium vitae,
    sino otros totalmente distintos. Pero además, ha de te-
    nerse en cuenta, en este caso, que algunos de estos
    síntomas–la tos y la afonía–aquejaban ya a la sujeto
    años antes del trauma y que los primeros fenómenos
    nerviosos pertenecen a su infancia, pues emergieron
    cuando Dora acababa de cumplir los ocho años. En
    consecuencia, si no queremos abandonar la teoría trau-
    mática, habremos de retroceder hasta la infancia de la
    sujeto, para buscar en ella influjos o impresiones que
    puedan haber ejercido acción análoga a la de un trau-
    ma, retroceso tanto más obligado cuanto que incluso
    en la investigación de casos cuyos primeros síntomas
    no habían surgido en época infantil he hallado siempre
    algo que me ha impulsado a perseguir hasta dicha
    época temprana la historia de los pacientes 1).

    Una vez vencidas las primeras dificultades de la cura,
    la sujeto me comunicó un incidente anterior con K. mu-
    cho más apropiado para haber ejercido sobre ella una

    el nódulo esencial de nuestro estudio, se debe exclusivamente a
    Breuer. Por mi parte, siempre consideré superfluo y equivocado
    interrumpir con tal hipótesis la continuidad del problema que se
    nos plantea en la investigación del proceso psíquico desarrollado
    en la génesis de los síntomas histéricos.

    1)Cf. el ensayo titulado: «Etiología de la histeria», incluido
    en el tomo XII de esta edición castellana.

  • S.

    36

    acción traumática. Dora tenía por entonces catorce
    años. K. había convenido con ella y con su mujer que
    ambas acudirían por la tarde a su comercio, situado en
    la plaza principal de B., para presenciar desde él una
    fiesta religiosa. Pero luego hizo que su mujer se que-
    dase en casa, despidió a los dependientes y esperó solo
    en la tienda la llegada de Dora. Próximo ya el momen-
    to en que la procesión iba a llegar ante la casa indicó a
    la muchacha que le esperase junto a la escalera que
    conducía al piso superior, mientras él cerraba la puerta
    exterior y bajaba los cierres metálicos. Pero luego, en
    lugar de subir con ella la escalera, se detuvo al llegar a
    su lado, la estrechó entre sus brazos y la dió un beso
    en la boca. Esta situación sí era apropiada para provo-
    car en una muchacha virgen, de catorce años, una clara
    sensación de excitación sexual. Pero Dora sintió en
    aquel momento una violenta repugnancia; se despren-
    dió de los brazos de K. y salió corriendo a la calle por
    la puerta interior. Este incidente no originó, sin embar-
    go, una ruptura de sus relaciones de amistad con K.
    Ninguno de ellos volvió a mencionarlo y Dora asegu-
    raba haberlo mantenido secreto hasta su relato en la
    cura. De todos modos, evitó durante algún tiempo per-
    manecer a solas con el K. Este y su mujer habían pro-
    yectado por entonces una excursión de varios días en
    la que debía participar Dora, pero la muchacha se negó
    a ello después del incidente relatado, aunque sin expli-
    car el verdadero motivo de su negativa.

    En esta escena, segunda en cuanto a su comunica-
    ción en la cura, pero primera en cuanto a su situación
    en el tiempo, la conducta de Dora, muchacha entonces
    de catorce años, es ya totalmente histérica. Ante toda
    persona que en una ocasión favorable a la excitación
    sexual desarrolla predominante o exclusivamente sen-

  • S.

    37

    saciones de repugnancia, no vacilaré ni un momento en
    diagnosticar una histeria, existan o no síntomas somá-
    ticos. La explicación de esta subversión de los afectos
    es uno de los puntos más importantes, pero también
    más arduos de la psicología de las neurosis. Por mi
    parte, me creo aún muy lejos de haber hallado tal ex-
    plicación, pero he de advertir que tampoco este histo-
    rial clínico me ofrece ocasión favorable para exponer
    los progresos realizados en mi camino hacia ella.

    El caso de nuestra paciente no queda aún bastante
    caracterizado acentuando esta subversión afectiva; ha
    de tenerse en cuenta también que nos encontramos
    ante un desplazamiento de la sensación. En lugar de la
    sensación genital que una muchacha sana no hubiera
    dejado de experimentar en tales circunstancias 1),
    emerge en ella una sensación de displacer adscrita a
    las mucosas correspondientes a la entrada del tubo di-
    gestivo, o sea la repugnancia y la náusea. En esta loca-
    lización hubo de influir, desde luego, la excitación de
    la mucosa labial por el beso, pero también, y muy sig-
    nificadamente otro factor distinto 2).

    El asco entonces sentido no llegó a convertirse en
    un síntoma permanente, y tampoco en la época del tra-
    tamiento existía, si no es en potencia, manifestándose
    quizá tan sólo en una leve repugnancia a los alimentos.
    En cambio, la escena citada había dejado tras de sí una


    1)El estudio de estas circunstancias quedará facilitado por
    una explicación posterior.

    2)La repugnancia de Dora al sentir el beso no dependió se-
    guramente de circunstancias accidentales, que la sujeto hubiera
    recordado y mencionado. Yo conocía de antes al señor K. por
    haber sido la persona que vino acompañando al padre de Dora
    la primera vez que el mismo acudió a mi consulta, y sabía que se
    trataba de un hombre joven aún y de aspecto atractivo.

  • S.

    38

    huella distinta: una alucinación sensorial que se hacía
    sentir de tiempo en tiempo y emergió también durante
    el relato. La sujeto decía sentir aún en el busto la pre-
    sión de aquel abrazo. Determinadas reglas de la forma-
    ción de síntomas y ciertas singularidades inexplicables
    de la enferma que, por ejemplo, eludía pasar cerca de
    un hombre que se hallase conversando animada o cari-
    ñosamente con una mujer, me permitieron hacer del
    proceso de aquella escena la siguiente reconstrucción.
    A mi juicio, Dora no sintió tan sólo el abrazo apasiona-
    do y el beso en los labios, sino también la presión del
    miembro en erección contra su cuerpo. Esta sensación,
    para ella repugnante, quedó reprimida en su recuerdo y
    sustituída por la sensación inocente de la presión sen-
    tida en el torax, la cual extrae de la fuente reprimida su
    excesiva intensidad. Trátase, pues, de un desplaza-
    miento desde la parte inferior del cuerpo a la parte su-
    perior 1). En cambio, la obsesión antes mencionada
    parece tener su origen en el recuerdo no modificado.
    Dora evita acercarse a un hombre que supone sexual-
    mente excitado, para no advertir de nuevo el signo so-
    mático de tal excitación.

    Es singular ver surgir en este caso, de un solo su-
    ceso, tres síntomas–la repugnancia, la sensación de
    presión en el busto y la resistencia a acercarse a indi-
    viduos abstraídos en un diálogo amoroso–y comprobar
    cómo la referencia recíproca de estos tres signos hace
    posible la inteligencia del proceso genético de la forma-

    1)Tales desplazamientos no son una hipótesis adoptada
    especialmente para esta explicación. Constituyen la premisa ne-
    cesaria de toda una serie de síntomas. Con posterioridad al tra-
    tamiento de Dora, acudió a mi consulta una muchacha que de
    pronto, y coincidiendo con un brusco acceso inesperado de de-
    presión de ánimo, había perdido todo afecto a su prometido, al

  • S.

    39

    HISTORIALES CLINICOS

    ción de síntomas. La repugnancia corresponde al sínto-
    ma de represión de la zona erógena labial (viciada,
    como más adelante veremos, por el «chupeteo» infan-
    til). La aproximación del miembro en erección hubo de
    tener seguramente, como consecuencia, una transfor-
    mación análoga del órgano femenino correspondiente,
    el clítoris, y la excitación de esta segunda zona erógena
    quedó transferida, por desplazamiento, sobre la sensa-
    ción simultánea de presión en el torax. La resistencia a
    acercarse a individuos presuntamente en igual estado
    de excitación sexual sigue el mecanismo de una fobia
    para asegurarse contra una nueva emergencia de la per-
    cepción reprimida.

    Para convencerme de la posibilidad de esta recons-
    trucción de la escena traumática pregunté con gran pru-
    dencia a la sujeto si conocía algo de los signos somáti-
    cos de la excitación sexual en el hombre. La respuesta
    fué afirmativa en cuanto al presente y dubitativa en
    cuanto a la época en que la escena hubo de desarro-
    llarse. En el tratamiento de esta paciente tuve desde un
    principio el mayor cuidado en no proporcionarla ningún
    nuevo conocimiento en cuanto a la sexualidad y ello no
    sólo por motivos de conciencia, sino también porque
    deseaba someter en este caso a una rigurosa prueba
    mis premisas teóricas. Así, pues, sólo me aventuraba a
    designar directamente algo cuando anteriores alusiones
    muy claras hacían ya que su mención directa no cons-
    tituyera osadía ninguna. Dora respondía regularmente,
    sin vacilaciones y con honrada sinceridad, que aquello
    le era ya conocido, pero no logré hacerla recordar cuál
    que hasta entonces amaba con ternura. El análisis descubrió tam-
    bién en este caso la acción intimidante de un abrazo (sin beso) y
    logró referirla, sin dificultad alguna, a la percepción—rechazada
    por la conciencia—de la erección masculina.

  • S.

    40

    había sido la fuente de tales conocimientos. Había ol-
    vidado por completo el origen de todos ellos 1).

    Representándome así la escena que se desarrolló en
    la tienda, llego a la siguiente derivación de la repug-
    nancia 2): La sensación de repugnancia parece ser ori-
    ginariamente la reacción al olor–y luego también a la
    visión–de las heces. Ahora bien, los genitales, espe-
    cialmente los masculinos, pueden recordar las funciones
    excrementales puesto que el órgano genital masculino
    sirve tanto para la función sexual como para la micción,
    siendo incluso esta última función la primeramente co-
    nocida y desde luego la única conocida en la época pre-
    sexual. Así es cómo la repugnancia llega a quedar inte-
    grada entre las manifestaciones afectivas de la vida
    sexual. La conocida sentencia de un padre de la Iglesia:
    «Inter urinas et faeces nascimur», ha quedado adscrita
    a la vida sexual y no puede separarse de ella, a pesar
    de todos los esfuerzos realizados para idealizarla. Pero
    quiero hacer constar que no considero aún resuelto el
    problema con la mera indicación de este camino asocia-
    tivo. Si tal asociación puede emerger, ello no explica
    que efectivamente emerja y, desde luego, no se pre-
    sentará nunca en circunstancias normales. El conoci-
    miento de los caminos no dispensa el de las fuerzas que
    por ellos siguen su curso 3).

    1)Véase el segundo sueño.

    2)Tanto aquí como en todos los casos análogos no ha de es-
    perarse una causación simple, sino, por el contrario, múltiple, o
    sea una superdeterminación.

    3)Estas observaciones integran muchos caracteres generales
    y típicos de la histeria. El tema de la erección resuelve algunos
    de los síntomas histéricos más interesantes. La percepción de los
    contornos del genital masculino destacándose a través de la tela
    del traje, pasa a constituir, luego de reprimida, el motivo de
    numerosos casos de misantropía y horror a la sociedad. La amplia

  • S.

    41

    Por lo demás, no me era nada fácil orientar la aten-
    ción de mi paciente sobre sus relaciones con K. Afir-
    maba siempre haber terminado por completo con él. El
    estrato superior de todas sus asociaciones en las sesio-
    nes del tratamiento, todo lo que se le hacía fácilmente
    consciente y todo lo que recordaba conscientemente de
    los sucesos del día anterior, se refería siempre a su
    padre. Era exacto que no podía perdonarle la prose-
    cución de sus relaciones con K. y sobre todo con la mujer
    del mismo. Pero su interpretación de estas últimas era
    ciertamente muy distinta de lo que el padre deseaba.
    Para Dora no cabía duda de que se trataba de unas re-
    laciones eróticas entre su padre y la mujer de K., joven
    y bonita. Nada de lo que podía afirmar en ella esta con-
    vicción escapaba a su percepción implacablemente
    aguda en este punto, con respecto al cual no existía
    tampoco en su memoria la menor laguna. La amistad
    con el matrimonio K. hubo de iniciarse ya antes de la
    grave enfermedad del padre, aunque no se hiciera ínti-
    ma hasta la época en que la mujer ejerció oficio de en-
    fermera cuidadosa y constante, en tanto que la madre
    de Dora apenas se acercaba al lecho del enfermo. En
    los primeros veraneos después de la curación sucedie-
    ron cosas que hubieran abierto los ojos de cualquiera
    sobre la verdadera naturaleza de aquella amistad. Am-
    bas familias vivían en el mismo piso del hotel. Un buen
    día la señora de K. declaró que no podía seguir ocu-
    pando el cuarto que hasta entonces había compartido
    con sus hijos y poco después también el padre de Dora
    se trasladó de cuarto, yendo a ocupar otro situado al


    conexión entre lo sexual y lo excremental, cuya acción patógena
    no es fácil estimar en toda su importancia, sirve de base a un
    gran número de fobias histéricas.

  • S.

    42

    final del corredor y enfrente del de la señora de K.
    Ambas habitaciones quedaban así muy próximas y se-
    paradas, en cambio, de las del resto de la familia. Cuan-
    do la muchacha reprochaba luego a su padre la amistad
    con la señora de K., solía él contestarla que no com-
    prendía semejante hostilidad, pues tanto ella como su
    hermano debían estarla, por el contrario, muy agrade-
    cidos. La madre, a la que en una de estas ocasiones
    pidió que la explicara aquellas palabras, la contestó que
    en la época de su enfermedad se había sentido el padre
    tan desesperado que había salido un día camino del
    bosque con intención de suicidarse. La señora de K.
    había sospechado sus propósitos y le había seguido,
    logrando hacerle desistir de ellos y seguir viviendo
    para los suyos. Naturalmente, Dora no creyó tal expli-
    cación y supuso que su padre habría inventado el cuento
    del suicidio para justificar una cita con la mujer de K.,
    con la cual habría sido sorprendido en el bosque. Cuan-
    do luego volvieron a B., el padre iba diariamente a vi-
    sitar a la mujer de K. y siempre a la hora en que el ma-
    rido se hallaba en la tienda. Todo el mundo criticaba
    aquella amistad y aludía a ella irónicamente delante de
    Dora. El mismo K. se había quejado varias veces de la
    actitud indiferente de la madre de Dora a este respecto,
    pero evitando siempre hacer ante esta última la menor
    alusión al asunto, cosa que la muchacha parecía agra-
    decerle como una muestra de delicadeza. En los paseos
    familiares, el padre y la señora de K. se las arreglaban
    siempre de manera que pudieran quedarse solos. No
    cabía duda que ella aceptaba de él dinero, pues hacía
    gastos imposibles de justificar con sus propios medios
    o los de su marido. El padre comenzó también a hacerla
    regalos de importancia, y para encubrirlos, se mostró
    particularmente generoso con su propia mujer y con

  • S.

    43

    HISTORIALES CLINICOS

    Dora. La señora de K., que hasta entonces había estado
    muy delicada de salud e incluso había tenido que pasar
    una temporada en un sanatorio de enfermos nerviosos,
    a causa de una dolencia neurótica que llegó casi a pri-
    varla de la facultad de andar, había recobrado por com-
    pleto la salud desde entonces y se mostraba contenta
    y gozosa de vivir.

    También después de su partida de B. continuó esta
    amistad, pues el padre declaraba de cuando en cuando
    no poder soportar por más tiempo el clima de su nueva
    residencia y empezaba a toser y a quejarse, hasta que
    un día se marchaba resueltamente a B., desde donde
    escribía luego cartas rebosantes de alegría. Todas aque-
    llas enfermedades no eran sino pretextos para volver a
    ver a su amiga. Cuando más adelante reveló el padre
    su proyecto de trasladarse a Viena, Dora sospechó un
    nuevo manejo para reunirse con la señora de K., y en
    efecto, a las tres semanas de estar en Viena se enteró
    de que también el matrimonio K. se había trasladado
    allí. Comenzó a encontrar frecuentemente en la calle a
    la señora de K. en compañía de su padre, y también
    a K., el cual la seguía siempre con la vista, y una vez
    que la vió sola fué detrás de ella largo rato para ver
    a donde iba y convencerse de que no tenía ninguna cita.

    Durante las sesiones del tratamiento, Dora criticó
    repetidas veces amargamente a su padre, diciendo que
    era poco sincero, no pensaba más que en su propia sa-
    tisfacción y poseía el don de representarse las cosas tal
    y como le convenían, críticas que arreciaban especial-
    mente en aquellas ocasiones en que el padre se sentía
    peor y salía precipitadamente para B., no tardando
    Dora en averiguar que también la señora de K. había
    salido con igual destino para visitar a unos parientes
    suyos.

  • S.

    44

    En general, no era posible defender al padre contra
    estos reproches y se veía fácilmente cuál de ellos era el
    más justificado. Cuando Dora se sentía amargada, se le
    imponía la idea de que su padre la entregaba a K. como
    compensación de su tolerancia de las relaciones con su
    mujer, y dado el cariño filial de la muchacha no es difí-
    cil imaginar la ira que tal idea despertaba en ella. En
    otras épocas se daba perfecta cuenta de que con tales
    imaginaciones se hacía culpable de una exageración in-
    justificada. Naturalmente, los dos hombres no habían
    concertado jamás pacto alguno formal en el que ella
    figurase como objeto de una transacción, y, sobre todo,
    el padre hubiera retrocedido espantado ante una tal
    sospecha. Pero pertenecía a aquel género de individuos
    que saben eludir un conflicto falseando arbitrariamente
    su percepción de la más evidente realidad. Si alguien
    le hubiera advertido el peligro de aquellas relaciones
    constantes y no vigiladas por nadie, de una muchacha
    adolescente con un hombre descontento de su mujer,
    hubiera respondido seguramente que tenía plena con-
    fianza en su hija, para la cual no podía resultar jamás
    peligroso un hombre como K., y que este mismo era,
    además, incapaz de semejante traición a la amistad que
    le profesaba. O también, que Dora era todavía una chi-
    quilla y K. la trataba como tal. Pero, en realidad, cada
    uno de aquellos hombres evitaba cuidadosamente dedu-
    cir de la conducta del otro aquellas conclusiones que
    podían estorbar la satisfacción de sus propios deseos.
    De este modo, K. pudo mandar diariamente durante un
    año entero un ramo de flores a Dora, aprovechar todo
    su tiempo libre para gozar de su compañía y hacerla
    costosos regalos sin que a sus padres les pareciera sos-
    pechosa tal conducta.
    Cuando en el tratamiento psicoanalítico emerge una

  • S.

    45

    HISTORIALES CLINICOS

    serie de ideas correctamente fundamentadas e irrepro-
    chables, surge también para el médico un momento de
    perplejidad. Pero no tardamos en observar que tales
    ideas inatacables por el análisis han sido utilizadas por
    el enfermo para encubrir otras que tratan de escapar a
    su crítica y a su conciencia. Una serie de reproches
    contra otros nos hace sospechar la existencia, detrás de
    ella, de una serie de reproches de igual contenido con-
    tra la propia persona. Nos bastará entonces referir su-
    cesivamente cada uno de ellos a la persona del enfermo.
    Este modo de defenderse contra un reproche referido a
    uno mismo, transfiriéndolo a otra persona, muestra algo
    innegablemente automático y tiene su modelo en la
    conducta de los niños pequeños, que siempre que se
    les reprocha alguna mentira responden: «El mentiroso
    eres tú». El adulto respondería intentando subrayar
    algún defecto real del adversario, en lugar de emplear
    como defensa la repetición del mismo reproche. En la
    paranoia se hace manifiesta, como proceso constructor
    de delirios, esta proyección del reproche sobre otra
    persona sin modificación alguna de su contenido, y por
    lo tanto sin base ninguna real.

    También los reproches de Dora contra su padre se
    superponían en toda su extensión a reproches de igual
    contenido contra sí misma, como vamos a demostrar de-
    talladamente: Tenía razón al afirmar que el padre no
    quería enterarse del verdadero carácter de la conducta
    de K. para con ella, con objeto de no verse perturbado en
    sus relaciones amorosas. Pero Dora había obrado exac-
    tamente igual. Se había hecho cómplice de tales relacio-
    nes, rechazando todos los indicios que testimoniaban
    de la verdadera naturaleza de las mismas. Así, su com-
    prensión de dicho carácter y las exigencias de ruptura
    planteadas al padre, databan sólo de su aventura con K.

  • S.

    46

    en la excursión por el lago. Hasta este momento y du-
    rante años enteros, había protegido en lo posible las
    relaciones de su padre con la mujer de K., a la cual no
    iba nunca a visitar cuando sospechaba que su padre se
    encontraba con ella, y sabiendo que durante aquellas
    horas los niños habrían sido mandados fuera de la casa,
    marchaba a su encuentro y seguía con ellos su paseo.
    Durante algún tiempo había habido en su casa una per-
    sona que quiso abrirla los ojos sobre las relaciones de
    su padre con la mujer de K. e impulsarla a tomar parti-
    do contra esta última. Tal persona había sido su última
    institutriz, una mujer ya no joven, muy leída y de opi-
    niones harto libres 1). La institutriz y la alumna mantu-
    vieron excelentes relaciones durante algún tiempo,
    hasta que Dora se enemistó repentinamente con ella y
    consiguió que la despidieran. Mientras la institutriz
    ejerció alguna influencia en la casa la utilizó en contra
    de la señora de K. Manifestó a la madre que no era
    digno por parte suya tolerar una tal intimidad de su ma-
    rido con otra mujer y llamó la atención de Dora sobre
    cuantos indicios hacían sospechosas aquellas relacio-
    nes. Pero sus esfuerzos fueron inútiles. Dora siguió
    profesando a la señora de K. una tierna amistad y no
    veía motivo alguno para considerar intolerables las re-
    laciones de su padre con ella. Pero además se daba
    cuenta exacta de los motivos que regían la conducta de
    su institutriz. Ciega para unas cosas veía perfectamen-
    te otras, y así, no tardó en observar que la institutriz

    1)Esta institutriz, que leía toda clase de libros sobre cues-
    tiones sexuales y los comentaba con la muchacha, rogándola que
    no comunicara tales conversaciones a sus padres, porque quizá
    no fueran de su agrado, me pareció constituir la fuente de los
    conocimientos de Dora en este sector, aunque no me fué posible
    comprobarlo.

  • S.

    47

    HISTORIALES CLINICOS

    estaba enamorada de su padre. Cuando éste se hallaba
    en casa la institutriz parecía otra persona y se mostraba
    afectuosa y servicial. Durante la época en que la fami-
    lia vivía en la ciudad donde el padre tenía su fábrica, y
    desaparecía por lo tanto del horizonte familiar la seño-
    ra de K., su hostilidad se tornaba contra la madre, en
    la que veía entonces una rival. Pero Dora no llegó a to-
    marle a mal nada de esto. En cambio, se indignó con-
    tra ella cuando advirtió que por sí misma le era total-
    mente indiferente y que el cariño que le mostraba no
    era más que un reflejo del que ofrendaba a su padre.
    Durante las ausencias del padre la institutriz no la
    hacía el menor caso, no quería salir con ella a paseo
    ni se interesaba por sus estudios. En cambio, en cuan- to el padre regresaba, la institutriz volvía a mostrar-
    se amable, servicial e interesada en su educación.
    Al darse cuenta de esto fué cuando hizo que la despi-
    dieran.

    La infeliz había hecho ver a Dora, con claridad in-
    deseada, una parte de su propia conducta. Lo mismo
    que la institutriz se había conducido con ella a tempo-
    radas, se comportaba ella con los hijos de K. Desempe-
    ñaba cerca de ellos el papel de madre, dirigía sus estu-
    dios, los llevaba de paseo y les compensaba así del
    escaso interés que su madre les dedicaba. El matri-
    monio K. había estado varias veces a punto de se-
    pararse, no llegando a hacerlo porque el marido no
    se resignaba a renunciar a ninguno de sus hijos. El
    cariño a los niños había constituido desde un principio
    un enlace entre K. y Dora, y el ocuparse de ellos ha-
    bía sido para esta última el pretexto que debía ocul-
    tar a los ojos de los demás y a los suyos mismos algo
    distinto.

    Su conducta para con los niños, tal y como hubo de

  • S.

    48

    quedar explicada por su relato del comportamiento de
    la institutriz para con ella, imponía la misma conse-
    cuencia que su tolerancia silenciosa de las relaciones de
    su padre con la mujer de K., esto es, que durante todos
    aquellos años había estado ella enamorada de K. Al ex-
    presarle yo esta deducción mía no obtuve su confirma-
    ción, pero en el acto me comunicó que también otras
    personas, por ejemplo, una prima suya que había pa-
    sado con ellos una temporada en B., la habían acusado
    de hallarse perdidamente enamorada de aquel hombre,
    aunque por su parte no recordara ella haber abrigado
    jamás un tal sentimiento. Más tarde, cuando la plenitud
    del material emergente la hizo ya difícil negar rotunda-
    mente mi hipótesis, concedió que quizá hubiera estado
    enamorada de K. durante la época que habían pasado
    en B., pero que aquel amor se había desvanecido por
    completo desde la escena del lago 1). De todas mane-
    ras, quedó probado así, que el reproche de haberse ne-
    gado a dar oídos a deberes ineludibles y haberse ima-
    ginado las cosas de la manera más cómoda y más favo-
    rable a sus sentimientos amorosos, o sea el reproche
    que dirigía a su padre, recaía por completo sobre su
    propia persona 2).

    El otro reproche de que su padre utilizaba sus en-
    fermedades como pretexto y medio para sus fines en-
    cubre de nuevo toda una parte de su propia historia se-
    creta. Un día se quejaba de un síntoma presuntamente

    1)Véase el segundo sueño.

    2)Surge aquí una cuestión: Si Dora amaba al señor K., ¿cómo
    se explica su repulsa en la escena del lago o por lo menos la
    forma brutal, testimonio de indignación, de dicha repulsa? ¿Cómo
    pudo ver una muchacha enamorada una ofensa en una declara-
    ción que según comprobaremos luego, no tuvo nada de grosera
    ni de repugnante?

  • S.

    49

    nuevo, de agudos dolores de estómago, y al pregun-
    tarla yo: «¿A quién imita usted ahora?» di de lleno en
    el blanco. La tarde anterior había ido a visitar a sus
    primas, hijas de su difunta tía. La más joven estaba a
    punto de casarse. La mayor había enfermado por aque-
    llos días de agudos dolores de estómago y la familia se
    disponía a llevarla a pasar una temporada a Semmering
    para ver si se reponía. Dora opinaba que la enfermedad
    de la mayor no era más que envidia, pues acostumbraba
    a fingir una dolencia siempre que quería conseguir algo
    y en esta ocasión lo que quería era alejarse de su casa
    para no ser testigo de la felicidad de su hermana 1).
    Sus propios dolores de estómago cesaron al descu-
    brirla yo que se identificaba con su prima, a la que acu-
    saba de simulación, sea porque también ella envidiaba
    el amor de que era objeto otra mujer o porque veía re-
    flejado su propio destino en el de la hermana mayor
    que había pasado poco tiempo antes por la contrarie-
    dad de ver desenlazarse desdichadamente unas relacio-
    nes amorosas 2). También la conducta de la señora
    K. la había mostrado lo útiles que en ciertos casos
    pueden ser las enfermedades. K. pasaba fuera de su
    casa, en viajes de negocios, una parte del año y siem-
    pre que volvía encontraba enferma a su mujer, a la que
    veinticuatro horas antes Dora había visto en perfecta
    salud. La muchacha comprendió así que la presencia
    del marido hacía enfermar en el acto a la mujer y que
    ésta consideraba bien venida la enfermedad puesto que
    la permitía eludir el cumplimiento de sus deberes ma-
    trimoniales. Una observación sobre sus propias alter-
     


    1)Esto sucede todos los días entre hermanas.

    2)Más adelante veremos qué conclusión puede deducirse de
    este síntoma.

  • S.

    50

    nativas de salud y enfermedad durante los primeros
    años que pasó en B. me hizo sospechar una análoga
    dependencia de su salud. Una de las reglas técnicas
    psicoanalíticas pretende que una conexión interna, aún
    oculta, se manifiesta por la contigüidad de las asocia-
    ciones, de la misma manera que en la escritura una a
    puesta al lado de una b significa que hemos de formar
    con ambas letras la sílaba ab. Dora había padecido toda
    una serie de accesos de tos acompañados de afonía.
    ¿Habría influido para algo la presencia o la ausencia del
    hombre amado en esta aparición y desaparición de los
    fenómenos patológicos? Si así era, habríamos de hallar
    en algún lado una coincidencia delatora. Pregunté,
    pues, cuál había sido la duración media de aquellos
    accesos. De tres a seis semanas. Luego, ¿cuánto ha-
    bían durado las ausencias de K.? Dora hubo de confesar
    que también de tres a seis semanas. Demostraba así,
    con su enfermedad, su amor por K., del mismo modo
    que la mujer de este último su desamor. Pero entonces
    habríamos de suponer que Dora se había conducido al
    revés que la esposa, enfermando mientras K. estaba
    ausente y sanando en cuanto llegaba. Así pareció haber
    sucedido, realmente, por lo menos durante el primer
    período de los accesos, pues en épocas ulteriores se
    impuso la necesidad de encubrir la coincidencia del
    acceso con la ausencia del hombre secretamente amado,
    para evitar que la constancia del fenómeno llegase a
    descubrir el secreto, y a partir de entonces, la duración
    del ataque se conservó como signo de su significación
    primera.

    En este punto recordé haber visto y oído en la clíni-
    ca de Charcot, que en las personas aquejadas de mu-
    tilismo histérico la escritura se hacía más fácil en com-
    pensación del habla. Escribían, pues, con mayor soltu-

  • S.

    51

    HISTORIALES CLINICOS

    ra, rapidez y corrección que las demás y que ellas
    mismas antes del acceso de mutismo. Así había suce-
    dido también en el caso de Dora. En los primeros días
    de su afonía le era siempre grato y fácil escribir. Esta
    singularidad no exigía ninguna explicación psicológica
    especial, puesto que constituía la manifestación de una
    función fisiológica sustitutiva creada por la necesidad,
    pero, de todos modos, fué singular la facilidad con que
    en el acto surgió tal explicación. K. solía comunicarla
    con frecuencia sus impresiones de viaje y le mandaba
    numerosas postales, hasta el punto de que Dora sabía
    antes que la propia mujer de K. la fecha de su retorno.
    El hecho de corresponder con un ausente con el que
    no se puede hablar no es menos natural que el de
    tratar de hacerse comprender por medio de la escritura
    cuando se está afónico. La afonía de Dora permitía,
    por lo tanto, la siguiente interpretación simbólica:
    Cuando el hombre amado estaba ausente renunciaba
    ella a hablar; el habla no tenía ya para ella valor nin-
    guno, puesto que no la servía para comunicarse con
    él. En cambio, adquiría mucha más importancia la es-
    critura como el único medio de seguir en relación con
    el ausente.

    No me propongo sentar ahora la afirmación de que
    en todos los casos de afonía periódica pueda orientarse
    el diagnóstico hacia la existencia de un hombre amado,
    temporalmente ausente. La determinación del síntoma
    en el caso de Dora es demasiado específica para poder
    pensar en un frecuente retorno de la misma etiología
    accidental. ¿Qué valor tendrá, pues, nuestra explica-
    ción de la afonía? ¿No nos habremos dejado engañar
    por un azar? No lo creo. Habremos de recordar más
    bien la cuestión tantas veces planteada de si los sínto-
    mas de la histeria son de origen psíquico o somático o,

  • S.

    52

    reconociéndolos de origen psíquico, si necesariamente
    han de hallarse todos psíquicamente determinados. Esta
    cuestión es, como tantas otras en cuya solución vemos
    esforzarse continuamente en vano a los investigadores,
    inadecuada. No integra, en su alternativa, el verdadero
    estado de cosas. A mi juicio, todo síntoma histérico ne-
    cesita aportaciones de ambos lados. No puede formarse
    sin una cierta colaboración somática facilitada por un
    proceso normal o patológico en algún órgano del cuer-
    po. No surge más de una vez–y para que un síntoma
    tenga carácter histérico es necesario que posea la capa-
    cidad de repetirse–cuando no tiene una significación
    psíquica, un sentido. Y este sentido no lo trae ya consi-
    go el síntoma histérico, sino que le es prestado, le es
    agregado y puede ser distinto en cada caso, según la
    composición de las ideas reprimidas que pugnan por en-
    contrar una expresión. Claro está que toda una serie
    de factores actúa en el sentido de que las relaciones
    entre las ideas inconscientes y los procesos somáticos
    de que disponen como medio de expresión se estructu-
    ren de un modo menos arbitrario, aproximándose a va-
    rios enlaces típicos. Para la terapia, las determinaciones
    dadas en el material psíquico accidental son las más im-
    portantes, pues solucionamos los síntomas investigando
    su significación psíquica. Pero una vez desvanecido
    todo lo que es posible suprimir por medio de la psico-
    análisis, podemos construir muchas hipótesis, probable-
    mente acertadas, sobre las bases somáticas, regular-
    mente orgánico-constitucionales, de los síntomas. Tam-
    bién para los accesos de tos y afonía, en el caso de
    Dora habremos de ir más allá de la interpretación psi-
    coanalítica y buscar detrás de la misma el factor orgá-
    nico del que partió la colaboración somática que facilitó
    la expresión del amor a un hombre temporalmente

  • S.

    53

    ausente. Y si el enlace entre la expresión sintomática y
    el contenido ideológico inconsciente nos sorprende en
    este caso por su hábil artificio, habremos de tener en
    cuenta que esta misma impresión habrá de hacernos en
    todo otro caso y en todo otro ejemplo.
    Se me objetará quizá que no supone ciertamente un
    gran progreso el hecho de que, merced a la psicoanáli-
    sis no hayamos de buscar ya el enigma de la histeria en
    un «desequilibrio especial de la molécula nerviosa» o en
    la posibilidad de los estados hipnoides, sino en una co-
    laboración somática. Pero contra esta observación he
    de hacer constar que tal enigma no queda así mera-
    mente desplazado, sino también muy disminuído. No
    se trata ya de su totalidad, sino de un fragmento del
    mismo, que integra aquel carácter peculiar de la histeria
    que la diferencia de las demás psiconeurosis. Los pro-
    cesos psíquicos son, en todas las psiconeurosis, los
    mismos durante todo un principio y sólo luego ha de
    tenerse en cuenta la colaboración somática que deriva
    hacia lo somático los procesos psíquicos inconscientes.
    Allí donde este factor no aparece surge algo distinto de
    un síntoma histérico, aunque siempre algo afín al mis-
    mo, esto es, una fobia o una idea obsesiva; en concre-
    to: un síntoma psíquico.
    Volveremos ahora al reproche de simulación que
    Dora dirigía a su padre. No tardamos en observar que
    a tal reproche no correspondían solamente los que Dora
    se hacía a sí misma con relación a pasadas enfermeda-
    des suyas, sino también otros relativos a la época pre-
    sente. En estas circunstancias se plantea generalmente
    al médico la labor de adivinar y completar aquello que
    el análisis sólo le indica con signos poco evidentes.
    Tuve, pues, que llamar la atención de la paciente sobre
    el hecho de que su enfermedad actual se mostraba tan

  • S.

    54

    tendenciosa como la que aquejaba periódicamente a la
    mujer de K. e idénticamente motivada. No cabía duda
    de que Dora perseguía un fin que esperaba alcanzar
    por medio de su enfermedad y tal fin no podía ser otro
    que el de separar a su padre de aquella mujer. Ya que
    no lo conseguía con ruegos y argumentos esperaba
    lograrlo atemorizando al padre (recuérdese la carta de
    despedida) y despertando su compasión (con sus acce-
    sos de inconsciencia). Y si tampoco todo aquello la ser-
    vía de nada, por lo menos la vengaba de él. Sabía muy
    bien cuán grande era el cariño que su padre la profesa-
    ba y que cada vez que alguien le preguntaba por su
    estado de salud asomaban las lágrimas a sus ojos. Por
    mi parte, estaba convencido de que su enfermedad des-
    aparecería por completo en cuanto su padre se decla-
    rara dispuesto a sacrificar por su salud su amistad con
    la señora de K. Pero esperaba que el padre no llegaría
    a hacerlo, pues entonces Dora se daría cuenta del arma
    poderosa que tenía en sus manos y no dejaría de apro-
    vecharla en adelante simulando enfermedades cada vez
    que quisiera conseguir algo. De todos modos, si el
    padre no cedía estaba seguro de que Dora no renun-
    ciaría tan fácilmente a su enfermedad.

    Paso por alto los detalles que confirmaron plenamen-
    te la exactitud de estas deducciones mías, prefiriendo
    exponer, en relación con ellas, algunas observaciones
    generales sobre la actuación de los „motivos de la en-
    fermedad“ en la histeria. Tales motivos de la enferme-
    dad pueden diferenciarse con toda precisión de las po-
    sibilidades de la enfermedad y del material que compo-
    ne los síntomas. No tienen la menor participación en la
    formación de estos últimos ni existen siquiera al princi-
    pio de la enfermedad, sino que se agregan a ella secun-
    dariamente, pero sólo con su aparición queda plena-

  • S.

    55

    mente constituído el estado patológico 1). Puede con-
    tarse con su existencia en todos aquellos casos que
    constituyen una verdadera enfermedad y se prolongan
    durante mucho tiempo. El síntoma empieza siendo en la
    vida psíquica un intruso indeseado al que todo es ad-
    verso, situación que nos explica su frecuente desapari-
    ción espontánea y en apariencia por la sola acción del
    tiempo. Al principio no ejerce función alguna en la
    economía psíquica, pero en muchos casos la encuentra
    luego secundariamente. Una corriente psíquica cual-
    quiera encuentra cómodo servirse del síntoma y éste
    llega así a una función secundaria, quedando ya fija-
    mente adherido a la vida anímica. Si queremos curar al

    1)Adición en 1923: No todo esto es exacto. El principio de
    que los motivos de la enfermedad no existen al comienzo de la
    misma y sólo secundariamente aparecen no puede ya mantener-
    se. En páginas posteriores se mencionan ya motivos patológicos
    existentes antes de iniciarse la enfermedad y a los que ha de
    atribuirse una cierta participación en la misma. Ulteriormente me
    he acercado más al verdadero estado de cosas introduciendo la
    distinción entre ventajas primarias y secundarias de la enferme-
    dad. El motivo que lleva a enfermar al sujeto es siempre el pro-
    pósito de conquistar una ventaja. En cuanto a la ventaja secun-
    daria de la enfermedad es perfectamente exacto lo que se expone
    a continuación; pero en toda enfermedad neurótica existe y ha
    de reconocerse una ventaja primaria. La enfermedad ahorra, en
    primer lugar, un rendimiento psíquico, resultando la solución más
    cómoda, desde el punto de vista económico, de un conflicto psí-
    quico (el refugio en la enfermedad) aun cuando en la mayoría de
    los casos se demuestre luego lo inadecuado de una tal solución.
    Esta participación de la ventaja primaria de la enfermedad puede
    considerarse como la interna y psicológica y es, por decirlo así,
    constante. Aparte de esto pueden proporcionar motivos de la
    ja patológica primaria, factores externos tales como la situación
    expuesta en calidad de ejemplo, de la mujer dominada y tiraniza-
    da por su marido.

  • S.

    56

    enfermo tropezamos entonces, para nuestra máxima
    sorpresa, con una gran resistencia, que nos demuestra
    cómo su intención de lograr la curación no es todo lo
    sincera que creíamos 1). Imaginemos un obrero, un
    albañil, por ejemplo, al que la caída de un andamio ha
    inutilizado para el trabajo y pide ahora limosna en una
    esquina. Si nos llegamos a él y le prometemos restable-
    cer plenamente su integridad física esperaremos, quizá,
    ver pintarse en su rostro una expresión de infinita ale-
    gría. Pero es muy posible que nos equivoquemos. Se-
    guramente, a raíz de quedar inválido se sintió extraor-
    dinariamente desdichado al advertir que nunca más
    podría trabajar y tendría que morirse de hambre o vivir
    de limosna, pero desde entonces aquello mismo que le
    dejó sin trabajo ha llegado a ser su fuente de ingresos.
    Vive precisamente de su invalidez, y si se la quitamos
    le dejaremos, quizá, sin medio alguno de ganarse la
    vida, pues entretanto ha olvidado su oficio, ha perdido
    el hábito de trabajar y se ha habituado a la ociosidad y
    acaso a la bebida.

    Los motivos de la enfermedad empiezan a actuar
    muchas veces ya en la infancia. La niña ansiosa de ca-
    riño y que sólo a disgusto comparte con sus hermanos
    la ternura de sus padres observa que esta ternura se
    concentra exclusivamente sobre ella cuando está enfer-
    ma. Descubre así un medio de provocar el cariño de
    sus padres y se servirá de él en cuanto disponga del
    material psíquico necesario para producir una enferme-
    dad. Cuando luego llega a ser mujer y un matrimonio
    poco afortunado la sitúa en circunstancias contrarias a


    1)Un poeta que al mismo tiempo es médico, Arturo Schnitz-
    ler, ha dado exacta expresión a esta singularidad en su «Para-
    celso».

  • S.

    57

    HISTORIALES CLINICOS

    las que ha exigido desde su infancia, pues su marido
    la guarda escasas atenciones, tiraniza su voluntad,
    aprovecha sin consideraciones su capacidad de trabajo
    y no la ofrece compensaciones morales ni materiales,
    su única arma para afirmarse en la vida será la enfer-
    medad, que la procurará las consideraciones deseadas,
    obligará al hombre a sacrificios en cuidados y en dine-
    ro que nunca hubiese hecho por una mujer sana y le
    forzará a seguir tratándola delicadamente, después de
    la curación, para evitar una recaída. El carácter aparen-
    temente objetivo e involuntario de la enfermedad, ca-
    rácter que el médico se ve también obligado a recono-
    cer, hace que la sujeto pueda emplear, sin reproche
    alguno consciente contra sí misma, este medio cuya
    utilidad descubrió ya en su infancia.

    Y, sin embargo, la enfermedad toda es intencionada.
    Los estados patológicos aparecen dedicados regular-
    mente a una persona determinada y se desvanecen en
    cuanto tal persona se aleja. Aquel juicio vulgar sobre la
    histeria en el que suelen coincidir los familiares menos
    ilustrados de los enfermos, es hasta cierto punto exacto.

    Es indudable que una histérica paralítica saltaría espon-
    táneamente del lecho en que lleva postrada largos me-
    ses, si se declarase un fuego en su habitación, y que la
    esposa de continuo doliente e insatisfecha olvidaría to-
    das sus quejas y sus enfermedades en cuanto un hijo
    suyo enfermase gravemente o surgiera una catástrofe
    que amenazase perturbar la vida del hogar. Todos los
    que hablan así de los enfermos histéricos tienen razón
    en cierto modo y sólo puede reprochárseles olvidar la
    diferencia psicológica entre lo consciente y lo incons-
    ciente, olvido permisible aun cuando se trata de un niño
    pero no en el caso de un adulto, y que hace inútil todo
    intento de persuadir a los enfermos de que les bastaría

  • S.

    58

    un esfuerzo de voluntad para curarse. Es preciso prime-
    ramente convencerlos, por medio del análisis, de la
    existencia de su propósito de enfermar.

    La lucha contra los motivos de la enfermedad es en
    la histeria el punto débil de toda terapia, incluso de la
    psicoanalítica. El destino logra más fácilmente la victo-
    ria, pues no precisa atacar la constitución del enfermo
    ni tampoco su material patógeno. Destruye simplemen-
    te el motivo de la enfermedad y libra de ella al sujeto,
    por lo menos temporalmente y a veces de un modo de-
    finitivo. Si los médicos pudieran averiguar más a menu-
    do los intereses personales de sus enfermos, que éstos
    suelen ocultarles cuidadosamente, admitirían muchos
    menos casos de curación milagrosa y de desaparición
    espontánea de los síntomas. En estos casos, lo que
    suele suceder es que ha transcurrido un determinado
    plazo, ha desaparecido la consideración debida a una
    segunda persona o se ha modificado fundamentalmente
    la situación por sucesos exteriores, cesando en el acto
    la enfermedad, espontáneamente en apariencia, pero
    realmente por la desaparición del motivo que la hacía
    útil en la vida del sujeto.

    En todos los casos llegados a un pleno desarrollo
    descubriremos motivos que apoyan la enfermedad. Pero
    hay algunos que muestran motivos puramente internos,
    tales como el autocastigo, esto es, el remordimiento y
    la penitencia, y en ellos, la labor terapéutica se hace
    mucho más fácil que en aquellos en los que la enferme-
    dad se relaciona con la consecución de un fin exterior.
    Este fin era indudablemente, para Dora, obligar a su
    padre a romper su amistad con la mujer de K.

    Ninguno de los actos del padre había llegado a indig-
    narla tanto como la facilidad con que aceptó la opinión
    de que la escena junto al lago no había sido más que un

  • S.

    59

    producto de la fantasía de su hija. Se ponía fuera de sí
    cuando oía decir que en aquella ocasión podía haberse
    imaginado algo inexacto. Durante mucho tiempo no
    conseguí averiguar qué reproche contra sí misma podía
    esconderse detrás de su apasionada repulsa de tal ex-
    plicación. Estaba justificada la sospecha de que encu-
    briera algo importante, pues un reproche inexacto no
    suele ofender por mucho tiempo. Mas, por otro lado,
    hube de concluir que el relato de Dora correspondía a
    la verdad. En cuanto había comprendido las intenciones
    de K., no le había dejado continuar hablando, le había
    abofeteado y había echado a correr. Su conducta hubo
    de parecer al rechazado tan incomprensible como nos
    lo parece a nosotros, pues debía de haber deducido ya,
    por innumerables indicios harto significativos, el cariño
    que la muchacha le profesaba. En el análisis del segun-
    do sueño hallamos, por fin, tanto la solución de este
    enigma como el autorreproche que al principio busca-
    mos inútilmente.

    Al comprobar que las acusaciones contra el padre re-
    tornaban con fatigosa monotonía en tanto que la tos
    nerviosa perduraba sin el menor alivio, hube de pensar
    que tal síntoma debía tener una significación referente
    al padre. Las exigencias que acostumbro a plantear a la
    aclaración de un síntoma para aceptarla como verdade-
    ra, no llegaban a cumplirse. Según una regla confirma-
    da siempre hasta entonces, pero a la que no me había
    decidido aún a dar un carácter general, un síntoma sig-
    nifica la representación–realización–de una fantasía
    de contenido sexual y, por lo tanto, de una situación
    sexual. O mejor dicho, por lo menos uno de los senti-
    dos de un síntoma se refiere siempre a una fantasía
    sexual, en tanto que para sus demás significaciones no
    existe una tal limitación de contenido. El hecho de que


  • S.

    60

    un síntoma tiene más de un sentido y sirve simultánea-
    mente de expresión a varios procesos mentales incons-
    cientes es uno de los primeros que comprobamos en la
    labor psicoanalítica. Y todavía podemos añadir que un
    único proceso mental inconsciente o una única fantasía
    no bastan casi nunca para producir un síntoma.

    No tardó en presentarse una ocasión que permitió
    interpretar la tos nerviosa de la sujeto como expresión
    de una situación sexual fantaseada. Cuando la enferma
    repitió una vez más que la mujer de K. amaba solamente
    a su padre porque se trataba de un hombre «de recur-
    sos» observé, por ciertos detalles secundarios de su ex-
    presión, que dejaré sin mencionar, como en general
    todo lo puramente técnico de la labor de análisis, que
    detrás de aquel giro se escondía la idea antitética, esto
    es, la de que el padre era un hombre «sin recursos».
    Esto podía tener tan sólo una interpretación sexual, o
    sea la de que el padre era impotente. Una vez confir
    mada conscientemente por la sujeto esta interpretación,
    la hice observar que se contradecía al afirmar por un
    lado que las relaciones de su padre con la mujer de K.
    eran de carácter íntimo, sosteniendo por otro que el
    padre era impotente y por lo tanto incapaz de tales re-
    laciones. Su respuesta mostró que no existía tal con-
    tradicción. Sabía, dijo, que había más de una forma de
    satisfacción sexual aunque no pudo indicar de dónde
    había extraído tal conocimiento, y al preguntarle yo a
    continuación si se refería al empleo de órganos distin-
    tos de los genitales en el comercio sexual, asintió a mi
    suposición y pude observar que pensaba precisamente
    en aquellos órganos que en ella se hallaban en estado
    de excitación (la boca y la garganta). Aquí no obtuve
    ya su confirmación expresa, pero precisamente para la
    producción del síntoma que nos ocupaba, era requisito

  • S.

    61

    indispensable que la representación sexual correspon-
    diente no fuese claramente consciente. Había, pues, que
    deducir, que con aquella tos periódica, originada, como
    generalmente sucede, por un cosquilleo en la garganta,
    expresaba una situación de satisfacción sexual «per os»
    entre las dos personas cuyas relaciones amorosas las
    ocupaban de continuo. El hecho de que poco tiempo
    después de esta explicación que la paciente escuchó en
    silencio, desapareciese por completo la tos, parecía
    confirmarla. Pero no queremos dar demasiado valor de
    mostrativo a tal desaparición ya que se había presenta-
    do otras veces espontáneamente.

    Este fragmento del análisis despertará quizá en el
    lector médico, además de la incredulidad a la que tiene
    perfecto derecho, extrañeza y horror. Pero estoy dis-
    puesto a someter a prueba la justificación de ambas
    reacciones. La extrañeza me la figuro motivada por mi
    osadía al tratar de cuestiones tan espinosas con una
    muchacha. El horror proviene probablemente de la po-
    sibilidad de que una muchacha virgen conozca ya tales
    prácticas y ocupe con ellas su fantasía. En ambos pun-
    tos aconsejaría yo moderación y reflexión. Ninguno de
    tales dos hechos da motivo para indignarse. Puede ha-
    blarse con muchachas y mujeres, de cuestiones sexuales,
    sin perjudicarlas lo más mínimo ni tampoco hacerse uno
    sospechoso. Basta con hacerlo de cierta manera y saber
    despertar en ellas la convicción de que es necesario e
    inevitable. En idénticas circunstancias se permite el
    ginecólogo someterlas a los más audaces contactos.
    La mejor manera de hablar de estas cosas es directa y
    secamente, pues contrasta de un modo rotundo con la
    complacencia con que se tratan veladamente en socie-
    dad los mismos temas, complacencia a la cual se hallan
    de sobra acostumbradas las mujeres. En mi consulta

  • S.

    62

    doy tanto a los órganos como a los procesos sexuales
    sus nombres técnicos y cuando las pacientes no cono-
    cen tales nombres, se los comunico «J’appelle un chat,
    un chat». Sé, desde luego, que dentro y fuera de la
    profesión médica hay muchas personas a quienes es-
    candaliza una terapia en la que se habla de tales cosas
    y que parecen envidiarme o envidiar a mis pacientes la
    excitación que, a su juicio, han de producir semejantes
    conversaciones. Pero conozco muy bien la moralidad de
    estos señores para que su opinión me produzca algún
    efecto. No caeré en la tentación de escribir una sátira.
    Pero sí he de hacer constar la satisfacción que me pro-
    duce oír a muchas enfermas que al principio tropezaban
    con grandes dificultades para discurrir francamente
    sobre las cuestiones de orden sexual, frases análogas
    a la siguiente: «Su tratamiento es, desde luego, harto
    más correcto que las conversaciones de muchos caba-
    lleros».

    Antes de emprender el tratamiento de una histeria
    es necesario hallarse convencido de que ha de ser inevi-
    table tratar de cosas sexuales o estar dispuesto a de-
    jarse convencer por la experiencia. Los pacientes mis-
    mos se convencen pronto, pues en el curso del trata-
    miento encuentran múltiples ocasiones para ello. Por
    nuestra parte nos bastará con no hacernos un reproche
    de tratar con ellos cuestiones de la vida sexual normal
    o anormal. Si obramos con prudencia no haremos más
    que traducirles a lo consciente aquello que ya incons-
    cientemente saben, y toda la acción de la cura reposa
    en el conocimiento de que la influencia afectiva de una
    idea inconsciente es más enérgica y más perjudicial que
    la de una idea consciente, pues no es susceptible de
    contención. Por lo demás, no se corre nunca peligro al
    guno de pervertir a una muchacha inexperimentada,

  • S.

    63

    pues en aquellos casos en los que no existe ya un co-
    nocimiento inconsciente de los procesos sexuales no
    llega jamás a producirse síntoma histérico alguno. Allí
    donde surge una histeria no puede hablarse ya de ino-
    cencia en el sentido que los padres y los educadores
    dan a este concepto. En niños y niñas de diez, doce
    y catorce años, he llegado a convencerme de la abso-
    luta exactitud de este principio.

    Por lo que respecta a la segunda reacción afectiva,
    orientada no ya hacia mí sino hacia la paciente, el horror
    provocado por el carácter perverso de su fantasía, qui-
    siera hacer constar que tales juicios apasionados no son
    nada propios de un médico. Encuentro innecesario que
    un médico que escribe un trabajo sobre las aberracio-
    nes del instinto sexual aproveche toda ocasión para in-
    tercalar en el texto la expresión de su horror personal
    ante cosas tan repugnantes. Se trata de hechos reales
    a los que hemos de habituarnos, sin tener para nada en
    cuenta nuestras directivas estéticas. Es preciso hablar
    sin indignación ninguna de aquello a lo que damos el
    nombre de perversiones sexuales, o sea de las extrali-
    mitaciones de la función sexual en cuanto a la región
    somática y al objeto sexual. Ya la variabilidad de los
    límites asignados a la vida sexual considerada normal
    en las diversas razas y épocas debía bastar para enfriar
    nuestro celo. No debemos olvidar que la más extraña
    de estas perversiones, la homosexualidad masculina,
    fué tolerada e incluso encargada de importantes funcio-
    nes sociales en un pueblo de civilización tan superior
    como el griego. Cada uno de nosotros traspasa a veces
    en su propia vida sexual las limitadas fronteras de lo
    considerado como normal. Las perversiones no consti-
    tuyen una bestialidad ni una degeneración en el sentido
    patético de la palabra; son el desarrollo de gérmenes

  • S.

    64

    contenidos en la disposición sexual indiferenciada del
    niño y cuya represión u orientación hacia fines asexua-
    les más elevados–sublimación–está destinada a pro-
    ducir buena parte de nuestros rendimientos culturales.
    Así, pues, cuando alguien ha llegado a ser grosera y
    manifiestamente perverso, será más exacto decir que ha
    permanecido tal y representa un estadio de una inhibi-
    ción del desarrollo. Los psiconeuróticos son todos ellos
    personas de inclinaciones perversas enérgicamente des-
    arrolladas, pero reprimidas en el curso del desarrollo y
    relegadas a lo inconsciente. Sus fantasías inconscientes
    muestran, en consecuencia, exactamente el mismo con
    tenido que los actos de los perversos, aun cuando no
    hayan leído la «Psicopatía sexual», de Krafft-Ebing, a
    la cual atribuyen muchas personas ingenuas tanta culpa
    en la génesis de inclinaciones perversas. Las psiconeu-
    rosis son, por decirlo así, el negativo de las perversio-
    nes. La constitución sexual, en la cual queda integrada
    la herencia, colabora en los neuróticos con influencias
    accidentales de la vida, que perturban el desarrollo de
    la sexualidad normal. Las corrientes que tropiezan con
    un obstáculo en su curso refluyen a otros lechos anti-
    guos que, de no ser así, hubieran permanecido en seco.
    Las energías de la producción de síntomas histéricos no
    son aportadas tan sólo por la sexualidad normal repri-
    mida, sino también por los impulsos perversos incons-
    cientes 1).

    Las perversiones sexuales menos repulsivas gozan
    de gran difusión entre nuestros contemporáneos, cosa

    1)Estas observaciones sobre las perversiones sexuales fue-
    ron escritas varios años antes de la excelente obra de I. Bloch
    («Aportaciones a la etiología de la psicopatía sexual», 1902
    y 1903). Véase también mis «Tres ensayos para una teoría se-
    xual» (1905). Cf. el tomo segundo de esta edición castellana.

  • S.

    65

    que sabe todo el mundo menos los autores médicos que
    han escrito sobre esta cuestión. O mejor dicho, tales
    autores lo saben también, pero se esfuerzan en olvidarlo
    al coger la pluma para escribir sobre ello. No es, pues,
    de extrañar, que nuestra paciente histérica hubiera oído
    ya hablar, a los diez y nueve años, del comercio sexual
    «per os» o hubiera desarrollado una fantasía incons-
    ciente con semejante contenido y la hubiese expresado
    por medio de la sensación de cosquilleo en la garganta
    y la tos. Tampoco habría de extrañarnos que hubiera
    llegado a una tal fantasía sin revelación especial exte-
    rior ninguna previa, pues en otras pacientes hemos po-
    dido comprobar, con toda seguridad, procesos semejan-
    tes. La premisa somática de una tal creación autística
    de una fantasía coincidente luego con los actos de los
    perversos, habría sido constituida en ella por una cir-
    cunstancia personal. Dora recordaba muy bien haber
    observado en sus años infantiles, hasta épocas muy
    tardías, la costumbre del «chupete». También el padre
    recordaba que sólo habían logrado hacerla prescindir de
    él cuando tenía cuatro o cinco años. La misma sujeto
    evocaba claramente una escena habitual de sus años
    infantiles en la que se veía sentada en el suelo en un
    rincón, chupándose el dedo gordo de la mano izquierda,
    mientras pellizcaba con la mano derecha el lóbulo de la
    oreja de su hermano, tranquilamente sentado junto a
    ella. Es ésta una forma completa de autosatisfacción
    que me ha sido relatada por otras muchas sujetos,
    anestésicas e histéricas luego. Una de ellas me propor-
    cionó un dato que arroja viva luz sobre el origen de
    este hábito singular. Tratábase de una mujer joven que
    no había logrado aún prescindir de aquella costumbre
    infantil. En su recuerdo se veía a la edad de año y
    medio en brazos de su ama y tomando el pecho en

  • S.

    66

    tanto la pellizcaba rítmicamente el lóbulo de la oreja.
    Es innegable que las mucosas labiales y bucales son
    una zona erógena primaria, carácter que conservan
    permanentemente en el beso, considerado como un
    acto sexual normal. Una intensa actividad temprana de
    esta zona erógena constituye, pues, premisa necesaria
    de la colaboración somática ulterior de toda la mucosa
    que comienza en los labios. Cuando luego, en una
    época en que el objeto sexual propiamente dicho, el
    miembro viril, es ya conocido y se dan circunstancias
    que intensifican la excitación de la zona erógena bucal,
    no hace falta gran fuerza creadora para sustituir en la
    situación de satisfacción sexual el pecho de la nodriza
    o el propio dedo, primer subrogado del pezón, por el
    miembro viril. De esta manera, la fantasía perversa de
    la satisfacción sexual «per os» tiene un origen absolu-
    tamente inocente, siendo tan sólo una transformación
    de la impresión que pudiéramos denominar prehistórica
    de tomar el pecho de la madre o de la nodriza, impre-
    sión reanimada luego, habitualmente, por la vista de
    niños pequeños en el acto de ser amamantados. Por lo
    general, la ubre de la vaca sirve de representación
    transitoria entre el pezón de la nodriza y el miembro
    viril.
    Esta interpretación del síntoma faríngeo de Dora
    puede dar motivo a una nueva objeción. Puede pregun-
    társenos cómo esta situación sexual fantaseada resulta
    compatible con la otra explicación de que la aparición y
    desaparición de los fenómenos patológicos imita la pre-
    sencia y la ausencia del hombre amado, esto es, ex-
    presa, integrando la conducta de la mujer de K., la
    idea siguiente: «Si yo fuera su mujer le querría de muy
    distinto modo y enfermaría (de pena) cuando estuviera
    ausente, curándome (de gozo) en cuanto volviera a


  • S.

    67

    casa». Fundándonos en nuestra experiencia en la solu-
    ción de síntomas histéricos responderíamos a esta ob-
    servación lo que sigue: No es necesario que las distin-
    tas significaciones de un síntoma sean compatibles
    entre sí, esto es, que se complementen formando un
    todo unitario. Basta que tal unidad resulte de ser un
    solo y mismo tema el que ha dado origen a las distin-
    tas fantasías. En nuestro caso no queda excluída, ade-
    más, aquella compatibilidad. Uno de los sentidos del
    síntoma es expresado por la tos y el otro por la afonía
    y el curso de los estados patológicos. Un análisis más
    sutil hubiera demostrado, probablemente, una mayor
    espiritualización de los detalles de la enfermedad. He-
    mos visto ya, que un síntoma integra siempre si-
    multáneamente varios sentidos. Añadiremos
    ahora, que también puede expresar sucesivamen-
    te varias significaciones. Puede cambiar por otro, en
    el transcurso de los años, uno de sus sentidos, incluso
    el capital, y esta importancia principal puede quedar
    transferida de un sentido a otro. Hallamos en la neuro-
    sis un rasgo conservador, en cuanto el síntoma, una
    vez constituído, tiende a perdurar aunque la idea in-
    consciente que halló en él su expresión haya perdido
    su significación primera. Pero tampoco es difícil expli-
    car mecánicamente esta tendencia a la conservación del
    síntoma. La constitución de un síntoma es tan ardua, la
    transferencia de la excitación puramente psíquica a lo
    somático—la conversión—se halla ligada a tantas con-
    diciones favorables, y es tan difícil de obtener la cola-
    boración somática indispensable para ella, que el im-
    pulso a la derivación lleva al estímulo emanado de lo
    inconsciente a satisfacerse, si es posible, con el exuto-
    rio preexistente. Mucho más fácil que el desarrollo de
    una nueva conversión es la constitución de relaciones

  • S.

    68

    asociativas entre una idea nueva necesitada de deriva-
    ción y la antigua que ha perdido ya tal necesidad. Por
    el camino así abierto fluye la excitación procedente de
    la nueva fuente de estímulo hasta la antigua salida y el
    síntoma semeja entonces, según la expresión bíblica,
    un odre viejo lleno de vino nuevo. Si después de estas
    aclaraciones la parte somática del síntoma histérico
    aparece como la más permanente y la más difícil de
    sustituir y la psíquica como el elemento variable fácil-
    mente reemplazable, no habremos de deducir de este
    hecho un orden de primacía entre ambas. Para la tera-
    pia psíquica es siempre la parte psíquica la más impor-
    tante.

    La repetición incesante de las mismas ideas relativas
    a los amores de su padre con la mujer de K. ofreció al
    análisis de Dora ocasión de otros distintos descubri-
    mientos.

    Tales ideas pueden calificarse de «prepotentes», o
    mejor aún, de «reforzadas» o de «preponderantes» en
    el sentido de Wernick. Se demuestran patológicas no
    obstante su contenido aparentemente correcto, por la
    invencible resistencia que oponen a todos los esfuerzos
    mentales conscientes y voluntarios que el sujeto realiza
    para sustituirlas o alejarlas de su pensamiento. Una
    idea normal, por intensa que sea, no resiste jamás a
    tales esfuerzos. Dora se daba perfecta cuenta de que
    sus ideas con respecto a su padre tenían un carácter
    especial. «No puedo pensar en otra cosa–lamenta-
    ba repetidamente–. Mi hermano me dice que no te-
    nemos derecho a criticar los actos de nuestro padre. En
    todo caso debíamos alegrarnos de que haya encontrado
    una mujer a la que pueda dedicar su corazón, ya que
    mamá no le comprende. Estas ideas de mi hermano me
    parecen muy justas y quisiera pensar como él, pero no

  • S.

    69

    puedo. No puedo perdonar a mi padre su conducta 1).»
    ¿Qué hacer, pues, ante una tal idea, cuando conoce-
    mos ya su base consciente y las vanas objeciones que
    contra ella eleva el sujeto? Concluimos que debe su in-
    tensificación a lo inconsciente. No puede ser resuelta
    por una labor mental, bien porque alcanza con sus raí-
    ces hasta el material inconsciente reprimido o porque
    se esconde detrás de ella otra idea inconsciente, la cual
    es entonces, casi siempre, su antítesis directa. Las an-
    títesis se hallan siempre estrechamente enlazadas entre
    sí y con frecuencia apareadas de tal modo que una de
    las ideas es intensamente consciente y la otra, en cam-
    bio, inconsciente y reprimida. Esta situación es conse-
    cuencia de una modalidad especial del proceso de la re-
    presión. La represión se constituye a veces de manera
    que la antítesis de la idea que ha de ser reprimida que-
    da extraordinariamente reforzada. Damos a este proce-
    so el nombre de intensificación por reacción y a la idea
    que se afirma intensamente en lo consciente y se mues-
    tra irreprimible como si de un prejuicio se tratase, el de
    idea de reacción. Merced a un cierto exceso de inten-
    sidad, la idea de reacción mantiene reprimida a la
    otra, pero simultáneamente queda a su vez como des-
    vanecida y protegida contra la labor mental conscien-
    te. El camino para despojar de su excesiva intensi-
    dad a la idea dominante, es hacer consciente la antíte-
    sis reprimida.

    No podemos excluir tampoco el caso de que la pre-
    ponderancia de una idea no sea el producto de uno solo

    1)Una tal idea preponderante constituye, en unión de una
    profunda depresión de ánimo, el único síntoma de un estado pa-
    tológico al que se da generalmente el nombre de melancolía,
    pero que es susceptible de solución por medio de la psicoanálisis,
    lo mismo que una histeria.

  • S.

    70

    de los procesos reseñados, sino de ambos conjuntamen-
    te. Pueden también presentarse otras complicaciones
    fácilmente reducibles a las indicadas.

    Veamos qué resulta de aplicar a este caso la hipóte-
    sis de que Dora desconocía la raíz de su preocupación
    obsesiva en torno de las relaciones de su padre con la
    mujer de K. por ser dicha raíz inconsciente en ella. Los
    datos obtenidos en el análisis nos revelan cuál era. La
    conducta de Dora iba más allá de su condición filial.
    Sentía y obraba más bien como una mujer celosa; tal
    y como hubiera parecido comprensible que obrase su
    madre. Con el dilema que a su padre planteaba: «Esa
    mujer o yo», los reproches que le dirigía y su amenaza
    de suicidio, se situaba claramente en el lugar de la madre.
    Pero al mismo tiempo, si la fantasía en que se basaban
    sus accesos de tos ha sido exactamente reconstruída por
    nosotros, resultará que se identificaba en ella con la mu-
    jer de K. Se identificaba, pues, con las dos mujeres a
    quienes su padre había amado. Hemos de concluir, por lo
    tanto, que obraba como si ella misma supiera o estuvie-
    ra dispuesta a reconocer que se hallaba enamorada de
    su padre.

    Mi experiencia psicoanalítica me ha enseñado a ver
    en estas relaciones inconscientes entre padre e hija o
    madre e hijo, reconocibles en sus consecuencias anor-
    males, una reviviscencia de gérmenes sensitivos infan-
    tiles. Ya en otro lugar hemos expuesto cuán temprana-
    mente se establece la atracción sexual entre padres e
    hijos y hemos demostrado que la fábula de Edipo cons-
    tituye probablemente una elaboración poética del nódu-
    lo típico de estas relaciones. Esta temprana inclinación
    de la hija hacia el padre y del hijo hacia la madre, de la
    cual entrañan casi todos los hombres clara huella, ha de
    ser supuesta muy intensa en los niños constitucional-

  • S.

    71

    HISTORIALES CLINICOS

    mente predispuestos a la neurosis, tempranamente ma
    duros y ansiosos de cariño.

    Intervienen luego determinadas influencias que ahora
    no podemos entrar a describir y que fijan el impulso
    amoroso rudimentario o lo intensifican de tal manera
    que ya en los años infantiles o luego en la época de la
    pubertad se convierte en algo equivalente a una inclina
    ción sexual, atrayendo a sí, como ésta, una carga de
    libido 1). Las circunstancias externas de la vida de
    nuestra paciente no son nada desfavorables a tal hipó
    tesis. Su disposición congénita la había impulsado siem
    pre hacia el padre, cuyas numerosas enfermedades hu
    bieron de intensificar su cariño por él. En algunas de
    ellas el padre no consentía que le cuidara más que Dora,
    y orgulloso de su inteligencia tempranamente desarro
    llada, había hecho de ella, desde muy niña, su persona
    de confianza. La aparición de la mujer de K. la había
    suplantado, pues, realmente, en muchos sentidos, más
    que a su madre.

    Cuando comuniqué a Dora mi sospecha de que su
    inclinación hacia el padre había integrado ya temprana
    mente un preciso carácter de enamoramiento, la sujeto
    me dió su respuesta habitual: «No me acuerdo». Pero
    en el acto relató algo totalmente análogo de una primi
    ta suya de siete años en la que creía ver un reflejo de
    su propia niñez. Esta pequeña había sido testigo una
    vez de una violenta discusión entre sus padres y cuan
    do poco después fué Dora a visitarla, se acercó a ella
    y la murmuró al oído: «No puedes figurarte cuánto odio
    a esa mujer (refiriéndose a su madre). Cuando se mue-
     


    1)El factor decisivo es aquí la temprana apari
    ciones genitales auténticas, bien espontáneas, bien provocadas
    por la seducción o la masturbación.

  • S.

    72

    ra me casaré con papá». En tales asociaciones, que ar-
    monizan con una afirmación mía anterior, acostumbro a
    ver una confirmación de la misma, procedente de lo in-
    consciente.
    Este amor a su padre no se había manifestado en
    mucho tiempo. Por lo contrario, Dora había vivido du-
    rante muchos años en perfecta armonía con aquella
    mujer que la había suplantado cerca de su padre e in-
    cluso había fomentado sus relaciones con éste, como ya
    hemos visto por sus autorreproches. Este amor había
    sido intensificado ahora aunque no sabemos por qué ni
    con qué fin. Seguramente como síntoma de reacción
    para reprimir otro impulso aún poderoso en lo incons-
    ciente. Ante el aspecto que las cosas presentaban, hube
    de pensar, en primer lugar, que tal elemento reprimido
    era el amor a K. Había de suponer que su enamora-
    miento duraba aún, pero que desde la escena del lago
    –y por motivos desconocidos–había surgido en ella
    una violenta resistencia contra aquel amor, renaciendo
    entonces su antigua inclinación hacia el padre, intensi-
    ficada con objeto de desvanecer su recuerdo consciente
    de aquel amor displaciente de sus primeros años infan-
    tiles. Pero luego descubrí un conflicto muy apropiado
    para conmover la vida anímica de la muchacha. Por un
    lado, lamentaba haber rechazado las pretensiones de
    aquel hombre tan enamorado de ella, pero por otro se
    resistían contra ello poderosos motivos, entre los cua-
    les se traslucía fácilmente su orgullo. Había llegado así
    a convencerse de haber alejado totalmente de su pen-
    samiento a K.–tal era la ventaja extraída en el pro-
    ceso de represión–y sin embargo tuvo que evocar y
    exagerar, para protegerse contra él, su inclinación
    infantil hacia el padre. El hecho de que entonces la
    dominase constantemente una celosa irritación parecía

  • S.

    73

    correspondiente a otra determinación suplementaria.
    No era contrario a mis esperanzas el hecho de que al
    desarrollar esta explicación ante Dora la recibiese ella
    con la más violenta repulsa. La negativa que nos opone
    el paciente cuando situamos por vez primera ante su
    percepción consciente la idea reprimida, no hace más
    que confirmar la represión. Si eludimos interpretar tal
    negativa como la expresión de un juicio imparcial, del
    que no es capaz el enfermo, la dejamos de lado y con-
    tinuamos nuestra labor, no tardan en presentarse prue-
    bas de que el «no» significa en tales casos el «sí» de-
    seado. Dora confesó que no le era posible guardar a K.
    todo el rencor que por su conducta para con ella mere-
    cía, y relató que un día se había cruzado con él en la
    calle yendo acompañada por una prima suya que no le
    conocía. Su prima le había dicho: «¿Qué te pasa, Dora?
    Te has puesto pálida como una muerta». Ella misma no
    había sentido nada que pudiera hacerla sospechar se-
    mejante transformación exterior, y entonces la expliqué
    que la expresión de los afectos obedece más a lo in-
    consciente que a la conciencia y delata frecuentemente
    los impulsos de aquél. Otro día llegó a la consulta de
    muy mal humor, sin que pudiera explicarme por qué.
    Dijo tan sólo que aquel día era el cumpleaños de
    su tío y que sin saber por qué motivo le molestaba
    mucho tener que ir a felicitarle. Mi arte interpretati-
    vo carecía aquel día de penetración. Dejé, pues, ha-
    blar a la paciente hasta que recordó de pronto que
    aquel mismo día era también el cumpleaños de K.,
    hecho sobre el cual hube de atraer su atención. No
    fué difícil entonces hallar también la explicación de
    por qué los regalos que había recibido días antes,
    con motivo también de su cumpleaños, no le habían
    proporcionado la menor alegría. Faltaba entre ellos el

  • S.

    74

    de K., que antes había sido para Dora el más valioso.
    Entretanto seguía contradiciendo mi afirmación, hasta
    que al final ya del análisis pude obtener su confirma-
    ción completa.
    He de tratar ahora de una nueva complicación de la
    que no hablaría seguramente si hubiera de inventar un
    tal estado de ánimo para una novela en lugar de anali-
    zarlo como médico. El elemento al que ahora voy a alu-
    dir puede tan sólo desvanecer y enturbiar el bello con-
    flicto poético que suponemos en Dora y seguramente
    sería suprimido por el poeta, que siempre tiende a sim-
    plificar y a abstraer cuando actúa como psicólogo. Pero
    en la realidad que aquí me esfuerzo en describir es
    regla general la complicación de los motivos y la acu-
    mulación y composición de los impulsos anímicos, o sea
    la hiperdeterminación. Detrás de la serie de ideas pre-
    ponderantes que giraban en derredor de las relaciones
    del padre con la mujer de K. se escondía también un
    impulso de celos, cuyo objeto era aquella mujer, un im-
    pulso, pues, que sólo podía reposar sobre una inclina-
    ción hacia el propio sexo. Conocido es y ha sido múlti-
    plemente acentuado, que tanto los muchachos como las
    muchachas muestran en los años de la pubertad y aun
    siendo normales, claros indicios de una inclinación ho-
    mosexual. La amistad apasionada por una compañera
    de colegio, con promesas de correspondencia constante
    y celosa sensibilidad, suele ser premisa del primer amor
    intenso a un hombre. En condiciones favorables, la co-
    rriente homosexual queda totalmente cegada, pero
    cuando el amor hacia el hombre resulta desdichado,
    dicha corriente es reanimada por la libido, en años pos-
    teriores, hasta diferentes grados de intensidad. Si en
    las personas sanas no es difícil comprobar regularmen-
    te tales hechos, nuestras observaciones anteriores

  • S.

    75

    sobre el más amplio desarrollo de los gérmenes norma-
    les de perversión en los neuróticos, nos prepararán a
    encontrar también en la constitución de estos últimos
    una disposición homosexual considerablemente más in-
    tensa. Y así debe de ser, en efecto, pues en mi psico-
    análisis de sujetos masculinos o femeninos he hallado
    siempre y sin excepción una tal corriente homosexual.
    En aquellos casos de mujeres o muchachas histéricas
    cuya libido sexual orientada hacia el hombre ha queda-
    do enérgicamente reprimida, aparece regularmente in-
    tensificada, la corriente homosexual, que a veces llega
    a hacerse consciente.

    Este tema, indispensable para la inteligencia de la
    histeria masculina, no puede ser desarrollado aquí por-
    que el análisis de Dora quedó interrumpido antes de
    poder arrojar ninguna luz sobre él. Recordemos, sin
    embargo, a aquella institutriz con la que al principio vi-
    vió en íntima comunión espiritual hasta advertir que su
    afecto era simplemente un reflejo del que a su padre
    profesaba, momento en el cual obligó a su familia a
    despedirla. También surgió con especial frecuencia
    entre sus confesiones el relato de otro análogo desen-
    gaño. Con aquella prima suya que luego se había ca-
    sado, había mantenido Dora relaciones muy cordiales,
    compartiendo con ella todos sus secretos. La primera
    vez que el padre volvió a B. después de la interrumpi-
    da visita a los K. en su residencia veraniega a orillas
    del lago y Dora se negó, naturalmente, a acompañarle,
    hizo que fuese con él aquella otra muchacha. Este hecho
    enfrió el cariño de Dora hasta tal punto, que ella misma
    extrañaba cuán indiferente había llegado a serle aquella
    prima suya, tan querida antes, sin que pudiera expli-
    cárselo. Ello me llevó a preguntarla cuáles habían sido
    sus relaciones con la mujer de K. hasta la ruptura defi-

  • S.

    76

    nitiva. Averigüé entonces que entre la joven casada y
    la tierna adolescente había subsistido durante años en
    teros una estrecha y confiada amistad. Durante las tem-
    poradas que Dora pasaba en casa de los K. compartía
    con la mujer el lecho conyugal, del cual quedaba tem-
    poralmente desterrado el marido. En todas las dificulta-
    des de la vida matrimonial había sido confidente y con-
    sejera de la mujer, que no tenía para Dora secreto al-
    guno. Medea consentía gustosa que Kreusa se ganase
    el cariño de sus hijos y no hizo tampoco nada para es-
    torbar sus relaciones con el padre de los mismos. El
    hecho de que Dora llegase a amar a aquel hombre tan
    duramente criticado por su dilecta amiga plantea un in-
    teresante problema psicológico cuya solución nos la da
    acaso nuestro conocimiento de que en lo inconsciente
    coexisten sin violencia las ideas más dispares y antité-
    ticas, coexistencia que subsiste frecuentemente aún en
    la conciencia.

    Cuando la sujeto hablaba de la mujer de K. alababa
    su «cuerpo blanquísimo» con un acento más propio de
    una enamorada que de una rival vencida. En otra oca-
    sión mostró más melancolía que enfado al comunicar-
    me su convicción de que los regalos que su padre la
    hacía eran elegidos por la mujer de K., pues reconocía
    en ellos su gusto, y otra vez hizo resaltar que muchos
    de los regalos recibidos los debía, en realidad, a aquella
    mujer que la había oído manifestar el deseo de poseer tal
    o cual cosa y se lo había comunicado a su padre. En ge-
    neral, puedo afirmar no haber oído nunca a Dora pala-
    bra alguna hostil contra aquella mujer en la que hubiera
    debido ver, sin embargo, dada la orientación de su idea
    predominante, la causa principal de sus desdichas. Se
    conducía, pues, de un modo inconsecuente, pero esta
    inconsecuencia era precisamente la expresión de una

  • S.

    77

    HISTORIALES CLINICOS

    corriente afectiva complicadora. En efecto, ¿cómo se
    había portado con ella su amiga, tan apasionadamente
    querida? Cuando la sujeto denunció la conducta de K.,
    y éste recibió una carta del padre pidiéndole explica-
    ciones, contestó a ella haciendo resaltar el respeto y la
    consideración que siempre le había inspirado la mucha-
    cha y ofreciéndose a acudir a B. para desvanecer el
    malentendido. Pero cuando unas semanas después habló
    efectivamente en B. con el padre de la muchacha, no
    tuvo ya consideración alguna con ella, sino que la atacó
    duramente alegando, en defensa de su proceder, que
    una muchacha que leía libros como la «Fisiología del
    amor» y se interesaba por aquellas cosas, no podía exi-
    gir respeto de un hombre. Así, pues, la mujer de K. la
    había traicionado, pues sólo con ella había hablado
    Dora del libro de Mantegazza y sobre temas sexuales.
    Le había pasado con ella lo mismo que antes con la ins-
    titutriz. Tampoco la mujer de K. la había querido por
    ella misma, sino por su padre, y la había sacrificado sin
    la menor vacilación para no ver estorbadas sus relacio-
    nes con aquél. Esta ofensa dolió más a Dora y ejerció
    sobre ella una más intensa acción patógena que aquella
    otra idea con la cual tendía a encubrirla, esto es, la de
    haber sido sacrificada por su padre. La obstinada amne-
    sia de la sujeto en cuanto a las fuentes de sus conoci-
    mientos sexuales señalaba directamente el valor afec-
    tivo de la acusación y, en consecuencia, la traición de
    la amiga.

    No creo, pues, errar al suponer que la idea predomi-
    nante de Dora, la de las relaciones ilícitas de su padre
    con la mujer de K. estaba destinada, no sólo a reprimir
    su amor, antes consciente, hacia aquel hombre, sino
    también a encubrir su amor a la mujer de K., incons-
    ciente en un más profundo sentido. Con esta última

  • S.

    78

    corriente se hallaba dicha idea en absoluta y manifiesta
    oposición. La sujeto se decía sin cesar que su padre la
    había sacrificado a aquella mujer, demostraba ruidosa-
    mente que no se resignaba a cederla su padre y se
    ocultaba así lo contrario, esto es, que no se resignaba
    a ceder aquella mujer a su padre y que no había perdo-
    nado a la mujer amada el desengaño que la había cau-
    sado su traición. Los celos de la muchacha se hallaban
    apareados en lo inconsciente a unos celos de carácter
    masculino. Estas corrientes afectivas masculinas o más
    exactamente dicho, ginecófilas, son típicas de la vida
    amorosa inconsciente de las muchachas histéricas.