El Yo y el Ello1923-003/1924.es
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    I.

    La conciencia y lo inconsciente.

    Nada nuevo habremos de decir en este capítulo de
    introducción; tampoco evitaremos repetir lo ya expuesto
    en otros lugares.

    La diferenciación de lo psíquico en consciente e in-
    consciente es la premisa fundamental de la psicoanálisis.
    La permite, en efecto, llegar a la inteligencia de los pro-
    cesos patológicos de la vida anímica, tan frecuentes
    como importantes, y subordinarlos a la investigación
    científica. O dicho de otro modo: la psicoanálisis no ve
    en la conciencia la esencia de lo psíquico, sino tan sólo
    una cualidad de lo psíquico, que puede sumarse a otras
    o faltar en absoluto.

    Si supiera que el presente estudio iba a ser leído por
    todos aquellos a quienes interesan las cuestiones psico-
    lógicas, no me extrañaría ver cómo una parte de mis lec-
    tores se detenía al llegar aquí y se negaba a seguir le-
    yendo. En efecto, para la mayoría de las personas de
    cultura filosófica, la idea de un psiquismo no consciente
    resulta inconcebible, y la rechazan tachándola de absurda
    e ilógica. Procede esto, a mi juicio, de que tales perso-
    nas no han estudiado nunca aquellos fenómenos de la
    hipnosis y del sueño, que aparte de otros muchos de na-br>turaleza patológica, nos imponen una tal concepción.
    En cambio, la psicología de nuestros contradictores es
    absolutamente incapaz de solucionar los problemas que
    tales fenómenos nos plantean.

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    Ser consciente es, en primer lugar, un término pura-
    mente descriptivo, que se basa en la percepción más in-
    mediata y segura. La experiencia nos muestra luego, que
    un elemento psíquico, por ejemplo, una percepción, no
    es, por lo general, duraderamente consciente. Por el con-
    trario, la conciencia es un estado eminentemente transito-
    rio. Una representación consciente en un momento dado,
    no lo es ya en el inmediatamente ulterior, aunque pueda
    volver a serlo, bajo condiciones fácilmente dadas. Pero
    en el intervalo, hubo de ser algo que ignoramos. Pode-
    mos decir que era latente, significando con ello, que
    era en todo momento de tal intervalo, capaz de con-
    ciencia. Mas también cuando decimos que era in-
    consciente, damos una descripción correcta. Los térmi-
    nos «inconsciente» y «latente», «capaz de conciencia»,
    son, en este caso, coincidentes. Los filósofos nos obje-
    tarían que el término «inconsciente» carece aquí de apli-
    cación, pues mientras que la representación permanece
    latente no es nada psíquico. Si comenzásemos ya aquí
    a oponer nuestros argumentos a esta objeción, entra-
    ríamos en una discusión meramente verbal e infructuosa
    por completo.

    Mas, por nuestra parte, hemos llegado al concepto
    de lo inconsciente por un camino muy distinto, esto es,
    por la elaboración de una cierta experiencia en la que in-
    terviene la dinámica psíquica. Nos hemos visto
    obligados a aceptar que existen procesos o representa-
    ciones anímicas de gran energía que, sin llegar a ser
    conscientes, pueden provocar en la vida anímica las más
    diversas consecuencias, algunas de las cuales llegan a
    hacerse conscientes como nuevas representaciones. No
    creemos necesario repetir aquí, detalladamente, lo que
    ya tantas veces hemos expuesto. Bastará recordar que
    en este punto comienza la teoría psicoanalítica, afirman-
    do que tales representaciones no pueden llegar a ser

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    EL YO Y EL ELLO

    conscientes por oponerse a ello una cierta energía, sin la
    cual adquirirían completa conciencia y se vería, enton-
    ces, cuán poco se diferenciaban de otros elementos reco-
    nocidos como psíquicos. Esta teoría queda irrebatible-
    mente demostrada por la técnica psicoanalítica, con cuyo
    auxilio resulta posible suprimir tal energía y hacer cons-
    cientes dichas representaciones. El estado en el que es-
    tas representaciones se hallaban antes de hacerse cons-
    cientes, es el que conocemos con el nombre de repre-
    sión, y afirmamos advertir, durante la labor psico-
    analítica, la energía que ha llevado a cabo la represión y
    la ha mantenido luego.

    Así, pues, nuestro concepto de lo inconsciente tiene
    como punto de partida, la teoría de la represión. Lo re-
    primido es, para nosotros, el prototipo de lo inconscien-
    te. Pero vemos que se nos presentan dos clases de in-
    consciente: lo inconsciente latente, capaz de conciencia,
    y lo reprimido, incapaz de conciencia. Nuestro mayor
    conocimiento de la dinámica psíquica, ha de influir tanto
    en nuestra nomenclatura como en nuestra exposición.
    A lo latente, que sólo es inconsciente en un sentido des-
    criptivo y no en un sentido dinámico, lo denominamos
    preconsciente, y reservamos el nombre de in-
    consciente para lo reprimido, dinámicamente in-
    consciente. Tenemos, pues, tres términos–consciente
    (Cc.), preconsciente (Prc.), e inconsciente (Inc.), cuyo
    sentido no es ya puramente descriptivo. Suponemos que
    lo Prc. se halla más cerca que lo Inc. de lo Cc., y como
    hemos calificado de psíquico a lo Inc., podemos extender
    sin inconveniente alguno este calificativo a lo Prc. la-
    tente. Se nos preguntará, por qué no preferimos perma-
    necer de acuerdo con los filósofos, y separar tanto lo
    Prc. como lo Inc. de lo psíquico consciente. Los filó-
    sofos nos propondrían después, describir lo Prc. y lo
    Inc. como dos formas o fases de lo psicoide, y de

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    este modo, quedaría restablecida la unidad. Pero, si tal
    hiciéramos, surgirían infinitas dificultades para la des-
    cripción, y el único hecho importante, o sea, el de que lo
    psicoide coincide en casi todo lo demás, con lo reco-
    nocido como psíquico, quedaría relegado a un último tér-
    mino, en provecho de un prejuicio surgido cuando aún
    se desconocía lo psicoide.

    Podemos, pues, comenzar a manejar nuestros tres
    términos—Cc. Prc e Inc.—aunque sin olvidar nunca, que
    en sentido descriptivo, hay dos clases de inconsciente, y
    sólo una en sentido dinámico. Para algunos de nuestros
    fines descriptivos, podemos prescindir de esta diferencia-
    ción. En cambio, para otros, resulta indispensable. Por
    nuestra parte, nos hemos acostumbrado ya a este doble
    sentido y no nos ha suscitado nunca grandes dificulta-
    des. De todos modos, resulta imposible prescindir de él,
    pues la diferenciación de lo consciente y lo inconsciente
    es, en último término, una cuestión de percepción, que
    puede resolverse con un sí o un no, y el acto de la per-
    cepción no da por sí mismo explicación alguna de por
    qué razón es percibido o no percibido algo. Nada puede
    oponerse al hecho de que lo dinámico sólo encuentre en
    el fenómeno una expresión equívoca 1).


    1)Véase el estudio sobre el concepto de lo inconsciente, in-
    cluido en el presente volumen. Habremos de examinar aquí una
    nueva modalidad de la crítica de lo inconsciente. Algunos investiga-
    dores, que no rehusan aceptar los descubrimientos psicoanalíti-
    cos, pero que se niegan a reconocer la existencia de lo inconscien-
    te, alegan el hecho de que también la conciencia—considerada como
    fenómeno—presenta múltiples grados de intensidad o precisión.
    Existen procesos clara e intensamente conscientes y otros que no
    lo son sino de un modo casi imperceptible. A los más débiles entre
    estos últimos sería a los que la psicoanálisis denominaría incons-
    cientes, calificativo inadecuado, pues tales procesos son también
    conscientes. Se hallan en la conciencia y pueden ser hechos inten-
    sa y completamente conscientes, dedicándoles un poco de atención.

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    EL YO Y EL ELLO

    En el curso subsiguiente de la labor psicoanalítica,
    resulta que también estas diferenciaciones son práctica-
    mente insuficientes. Esta insuficiencia resalta sobre todo,
    en el siguiente caso: Suponemos en todo individuo, una
    organización coherente de sus procesos psíquicos, a la
    que consideramos como su Yo. Este Yo integra la con-
    ciencia, la cual domina el acceso a la motilidad, esto es,
    la descarga de las excitaciones en el mundo exterior,
    siendo aquella instancia psíquica, que fiscaliza todos sus
    procesos parciales, y aun adormecida durante la noche,

    Aunque en la decisión de estas cuestiones, dependientes de una
    pura convención o de factores personalísimos, no puede influir nin-
    guna clase de argumentos, alegaremos, que la referencia a una es-
    cala de la precisión de la conciencia carece de todo valor probato-
    rio. Es, como si fundándonos en la escala de intensidad de la luz –
    desde la más deslumbradora a la más tenue – afirmásemos que la
    obscuridad no existía o concluyésemos. De la amplia escala de vita-
    lidad de los seres animados, la inexistencia de la muerte. Estos
    principios, pueden encerrar, desde un cierto punto de vista, un alto
    sentido, pero son inaceptables en la práctica, como se demuestra
    cuando se quiere deducir de ellos determinadas consecuencias,
    tales como las de que no es necesaria la luz artificial o de que todos
    los organismos son inmortales. Además, incluyendo lo impercepti-
    ble entre lo consciente, no conseguimos sino destruir la única se-
    guridad inmediata dada en lo psíquico. Una conciencia de la que
    nada sabemos, es, a mi ver, algo más absurdo que la existencia de un
    psiquismo inconsciente. Por último, tal equiparación de lo impercep-
    tible con lo inconsciente, ha debido de ser intentada sin atender a las
    circunstancias dinámicas, las cuales determinaron, en cambio, la
    teoría psicoanalítica, pues observamos que en tal tentativa no se
    han tenido en cuenta dos hechos importantes. En primer lugar, que
    es dificilísimo y exige intensos esfuerzos, dedicar atención suficiente a
    tales elementos imperceptibles, y en segundo, que cuando así lo conse-
    guimos, lo anteriormente imperceptible no es reconocido por la con-
    ciencia, sino rechazado por ella. Así, pues, la equiparación de lo
    inconsciente a lo poco perceptible o imperceptible en absoluto, no
    es sino una ramificación del prejuicio que mantiene la identidad de
    lo psíquico con lo consciente.

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    ejerce a través de toda ella, la censura onírica. Del Yo,
    parten también las represiones por medio de las cuales
    han de quedar excluídas, no sólo de la conciencia sino
    también de las demás formas de eficiencia y actividad,
    determinadas tendencias anímicas. El conjunto de estos
    elementos excluídos por la represión se sitúa frente al Yo
    en el análisis, labor a la cual se plantea el problema de
    suprimir las resistencias que el Yo opone a todo contacto
    con lo reprimido. Pero durante el análisis, observamos
    que el enfermo tropieza con dificultades cuando le invita-
    mos a realizar determinadas labores y que sus asocia-
    ciones cesan en absoluto en cuanto han de aproximarse
    a lo reprimido. Le decimos entonces, que se halla bajo el
    dominio de una resistencia, pero él no sabe nada de ella,
    y aunque por sus sensaciones displacientes llegase a
    adivinar que en aquellos momentos actúa en él una resis-
    tencia, no sabría darle nombre ni describirla. Ahora bien,
    como tal resistencia parte seguramente de su Yo y perte-
    nece al mismo, nos encontramos ante una situación im-
    prevista. Comprobamos, en efecto, que en el Yo hay
    también algo inconsciente, algo que se conduce idéntica-
    mente a lo reprimido, o sea exteriorizando intensos efec- tos sin hacerse consciente por sí mismo, y cuya percata-
    ción consciente precisa de una especial labor. La conse-
    cuencia de este descubrimiento para la práctica analítica
    es la de que tropezamos con infinitas dificultades e im-
    precisiones si queremos mantener nuestra habitual forma
    de expresión y reducir, por ejemplo, la neurosis, a un-
    conflicto entre lo consciente y lo inconsciente. Fundán-
    donos en nuestro conocimiento de la estructura de la la-
    vida anímica, habremos, pues, de sustituir esta antítesis
    por otra, esto es, por la existente entre el Yo coherente
    y lo reprimido, disociado de él.

    Pero aún son más importantes las consecuencias que
    dicho descubrimiento trae consigo para nuestra concep-

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    ción de lo inconsciente. El punto de vista dinámico nos
    obligó a una primera rectificación; ahora el conocimiento
    de la estructura anímica nos impone otra nueva. Reco-
    nocemos, pues, que lo Inc. no coincide con lo reprimido.
    Todo lo reprimido es inconsciente, pero no todo lo in-
    consciente es reprimido. También una parte del Yo, cuya
    amplitud nos es imposible fijar, puede ser inconsciente,
    y lo es seguramente. Y este Inc. del Yo no es latente en
    el sentido de lo Prc., pues si lo fuera, no podría ser ac-
    tivado sin hacerse consciente y su atracción a la concien-
    cia no opondría tan grandes dificultades. Viéndonos, así,
    obligados a admitir un tercer Inc. no reprimido, hemos
    de confesar, que la inconsciencia pierde importancia a
    nuestros ojos, convirtiéndose en una cualidad de múlti-
    ples sentidos, que no permite deducir las amplias y exclu-
    sivas conclusiones que esperábamos. Sin embargo, no
    deberemos desatenderla, pues en último término, la cua- lidad de consciente o no consciente es la única luz que
    nos guía en las tinieblas de la psicología de las profundi-
    dades.