Totem y tabú1913-001/1923.es
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    I

    El horror al incesto

    El camino recorrido por el hombre de la prehistoria
    en su desarrollo, nos es conocido por los monumen-
    tos y utensilios que nos ha legado, por los restos de
    su arte, de su religión y de su concepción de la vida
    que han llegado hasta nosotros directamente o trans-
    mitidos por la tradición en las leyendas, los mitos y
    los cuentos, y por las supervivencias de su mentalidad
    que nos es dado volver a hallar en nuestros propios
    usos y costumbres. Además, este hombre de la pre-
    historia es aún, en cierto sentido, contemporáneo
    nuestro. Existen, en efecto, actualmente, hombres a
    los que consideramos mucho más próximos a los pri-
    mitivos de lo que nosotros lo estamos y en los que ve-
    mos los descendientes y sucesores directos de aque-
    llos hombres de otros tiempos. Tal es el juicio que nos
    merecen los pueblos llamados salvajes y semi-salvajes
    y la vida psíquica de estos pueblos adquiere para nos-
    otros un interés particular, cuando vemos en ella una
    fase anterior, bien conservada, de nuestro propio
    desarrollo.

    Partiendo de este punto de vista y estableciendo
    una comparación entre la psicología de los pueblos
    primitivos, tal como la etnografía nos la muestra y la
    psicología del neurótico, tal y como surge de las in--

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    vestigaciones psicoanalíticas, descubriremos entre am-
    bas numerosos rasgos comunes y nos será posible ver
    a una nueva luz lo que de ellas nos es ya conocido.

    Por razones tanto exteriores, como interiores, es-
    cogeremos para esta comparación, las tribus que los
    etnógrafos nos han descrito como las más salvajes,
    atrasadas y miserables, o sean las formadas por los
    habitantes primitivos del más joven de los continentes
    –Australia–, que ha conservado, incluso en su fauna,
    tantos rasgos arcaicos, desaparecidos en todos los
    demás.

    Los aborígenes de Australia son considerados
    como una raza aparte sin ningún parentesco físico ni
    lingüístico con sus vecinos más cercanos, los pueblos
    melanesios, polinesios y malayos. No construyen ca-
    sas ni cabañas sólidas, no cultivan el suelo, no po-
    seen ningún animal doméstico, ni siquiera el perro, e
    ignoran incluso el arte de la alfarería. Se alimentan
    exclusivamente de la carne de toda clase de animales,
    y de raíces que arrancan de la tierra. No tienen ni re-
    yes ni jefes y los asuntos de la tribu son resueltos por
    la asamblea de los hombres adultos. Es muy dudoso
    que pueda atribuírseles una religión rudimentaria bajo
    la forma de un culto tributado a seres superiores. Las
    tribus del interior del continente, que a consecuencia
    de la falta de agua se ven obligadas a luchar contra
    condiciones de vida exclusivamente duras, se nos
    muestran, en todos aspectos, más primitivas que las
    tribus vecinas a la costa.

    No podemos esperar, ciertamente, que estos mise-
    rables caníbales desnudos observen una moral sexual
    próxima a la nuestra o impongan a sus instintos sexua-
    les restricciones muy severas. Mas, sin embargo, ave-
    riguamos que se imponen la más rigurosa interdicción

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    de las relaciones sexuales incestuosas. Parece que in-
    cluso toda su organización social se halla subordina-
    da a esta intención o relacionada con la realización de
    la misma.

    En lugar de todas aquellas instituciones religiosas
    y sociales de que carecen, hallamos en los australia-
    nos, el sistema del totemismo. Las tribus aus-
    tralianas se dividen en grupos más pequeños-cla-
    nes-, cada uno de los cuales lleva el nombre de su
    totem. ¿Qué es un totem? Por lo general, un animal
    comestible, ora inofensivo, ora peligroso y temido, y
    más raramente, una planta o una fuerza natural (lluvia,
    agua), que se hallan en una relación particular con la
    totalidad del grupo. El totem, es en primer lugar, el an-
    tepasado del clan, y en segundo, su espíritu protector
    y su bienhechor, que envía oráculos a sus hijos y les
    conoce y protege aun en aquellos casos en los que re-
    sulta peligroso. Los individuos que poseen el mismo
    totem se hallan, por lo tanto, sometidos a la sagrada
    obligación, cuya violación trae consigo un castigo
    automático, de respetar su vida y abstenerse de comer
    su carne o aprovecharse de él en cualquier otra forma.
    El carácter totémico no es inherente a un animal par-
    ticular o a cualquier otro objeto único (planta o fuerza
    natural) sino a todos los individuos que pertenecen a
    la especie del totem. De tiempo en tiempo, se celebran
    fiestas, en las cuales los asociados del grupo totémi-
    co reproducen o imitan, por medio de danzas ceremo-
    niales, los movimientos y particularidades de su totem.

    El totem se transmite hereditariamente, tanto por
    línea paterna como materna. Es muy probable que la
    transmisión materna haya sido en todas partes la pri-
    mitiva, reemplazada más tarde por la transmisión pa-
    terna. La subordinación al totem constituye la base de

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    todas las obligaciones sociales del australiano, sobre-
    pasando por un lado la subordinación a la tribu y re-
    legando, por otro, a un segundo término, el parentes-
    co de sangre 1).

    El totem no se halla ligado al suelo ni a una deter-
    minada localidad. Los miembros de un mismo totem
    pueden vivir separados unos de otros y en paz con in-
    dividuos de totem diferente 2).

    Vamos a señalar, ahora, aquella particularidad del
    sistema totémico por la que el mismo interesa más es-
    pecialmente al psicoanalítico. En casi todos aquellos

    1)Frazer, «Totemism and Exogamy», tomo I, pág. 53: «La
    relación creada por el totem es más fuerte que la de sangre o de
    familia, en el sentido moderno de la palabra».

    2)El sucinto resumen que antecede, del sistema totémico,
    exige algunas aclaraciones y reservas: La palabra totem fué in-
    troducida, bajo la forma «totam», en 1791, por el inglés J. Long,
    que la tomó de los pieles rojas de América del Norte. El objeto
    mismo ha despertado poco a poco en la Ciencia, un vivo interés
    y provocado abundantes trabajos, entre los cuales citaremos,
    como los más importantes, el titulado «Totemism and Exogamy»
    (1910), obra en cuatro volúmenes de J. G. Frazer y las investiga-
    ciones y publicaciones de Andrew Lang («The Secret of the
    Totem», 1905). Al escocés J. Ferguson Mc. Leenan (1869–1870)
    se debe el mérito de haber reconocido la importancia del totemis-
    mo para la historia de la humanidad primitiva. Entre los pueblos
    australianos, los del Archipiélago oceánico, los de la India orien-
    tal, muchos de los de Africa y los indios de América del Norte,
    se han encontrado instituciones totémicas. Pero determinadas
    huellas y supervivencias difíciles de interpretar, permiten supo-
    ner que el totemismo existió igualmente en los pueblos arios y
    semitas primitivos de Europa y de Asia, de manera que los sa-
    bios se inclinan a ver en él, una fase necesaria y universal del
    desarrollo humano.

    ¿Cómo llegaron los hombres primitivos a darse un totem,
    esto es, a basar sus obligaciones sociales y sus restricciones-
    sexuales en su descendencia de un animal? Sobre este problema-

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    lugares en los que este sistema se halla en vigor, com-
    porta la ley según la cual, los miembros de
    un único y mismo totem no deben en-
    trar en relaciones sexuales y por lo
    tanto, no deben casarse entre sí. Es
    ésta la ley de la exogamia, inseparable del sis-
    tema totémico.

    Esta interdicción, rigurosamente observada, es
    muy notable. Carece de toda relación lógica con
    aquello que sabemos de la naturaleza y particularida-
    des del totem y no se comprende cómo ha podido in-
    troducirse en el totemismo. No extrañamos, pues, ver

    existen numerosas teorías cuya síntesis podrá hallar el lector en
    la «Psicología de los pueblos», de Wundt (tomo II, «Mito y Reli-
    gión»), teorías que aún no han logrado ponerse de acuerdo ni
    parece cercano el momento en que lo logren. En la presente
    obra, me propongo someter el problema del totemismo a un
    estudio especial, recurriendo al método psicoanalítico. (Cf. el
    capítulo IV).

    Si es cierto que existen divergencias por lo que respecta a la
    explicación teórica del totemismo, también lo es que no resulta
    posible enunciar sus hechos por medio de proposiciones gene-
    rales, como lo hemos intentado en los párrafos que anteceden.
    No hay interpretación alguna que no comporte excepciones y
    objeciones. Pero no debe olvidarse, que incluso los pueblos
    más primitivos y conservadores son, en un cierto sentido, pue-
    blos antiguos y tienen detrás de sí un largo pasado, en el curso
    del cual, lo que en ellos era primitivo, ha sufrido un desarrollo y
    una deformación considerables. De este modo, en pueblos que
    presentan todavía actualmente el totemismo, se nos muestra éste
    bajo los aspectos más variados de descomposición, fragmenta-
    ción y transición a otras instituciones sociales y religiosas o
    también en formas estacionarias, pero que deben apartarse con-
    siderablemente de la primitiva. Todo esto, hace muy difícil de-
    terminar lo que en la situación actual constituye la fiel imagen de
    un pasado vivo y lo que por el contrario no es sino una defor-
    mación secundaria.

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    admitir a ciertos autores, que la exogamia no tenía al
    principio, lógicamente, nada que ver con el totemismo
    sino que fué agregada a él en un momento dado,
    cuando se reconoció la necesidad de dictar restriccio-
    nes matrimoniales. De todos modos y sea íntimo
    y profundo o puramente superficial el enlace existente
    entre la exogamia y el totemismo, el hecho es que exis-
    te un tal enlace y se nos muestra extremadamente só-
    lido.

    Intentemos comprender la significación de esta
    prohibición con ayuda de algunas consideraciones.
    a) La violación de esta prohibición no es seguida
    de un castigo automático, por decirlo así, del culpable,
    como lo son las violaciones de otras prohibiciones to-
    témicas (la de comer la carne del animal totem, por
    ejemplo), pero es vengada por la tribu entera, como si
    se tratase de alejar un peligro que amenazara a la colec-
    tividad o las consecuencias de una falta que pesase so-
    bre ella. He aquí una cita, tomada de Frazer, que nos
    muestra con qué severidad castigan tales violaciones
    estos salvajes a los que desde nuestro punto de vista
    ético, hemos de considerar, en general, como altamen-
    te inmorales:

    «En Australia, las relaciones sexuales con una
    persona de un clan prohibido son regularmente casti-
    gadas con la muerte. Poco importa que la mujer for-
    me parte del mismo grupo local o que pertenezca
    a otra tribu y haya sido capturada en una guerra, el
    individuo del mismo totem que entra en comercio
    sexual con ella, es perseguido y muerto por los hom-
    bres de su clan, y la mujer comparte igual suerte. Sin
    embargo, en algunos casos, cuando ambos han con-
    seguido sustraerse a la persecución durante cierto
    tiempo, puede ser olvidada la ofensa. En las raras oca-

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    siones en que el hecho de que nos ocupamos se pro-
    duce en la tribu Ta-ta-thi de Nueva Gales del Sur, el
    hombre es condenado a muerte y la mujer mordida y
    acribillada a lanzazos hasta dejarla casi expirante. Si
    no se la mata en el acto, es por considerar que ha sido
    forzada. Esta prohibición se extiende incluso a los
    amores ocasionales, y toda violación es considerada
    como una cosa nefanda y merecedora del castigo de
    muerte.»

    b) Teniendo en cuenta que también las aventuras
    amorosas anodinas, esto es, aquellas no seguidas de
    procreación, son idénticamente castigadas, habremos
    de deducir que la prohibición no se ha inspirado en ra-
    zones de orden práctico.

    c) Siendo el totem hereditario y no sufriendo mo-
    dificación alguna por el hecho del matrimonio, es fácil
    darse cuenta de las consecuencias de esta prohibición
    en el caso de herencia materna. Si, por ejemplo,
    el hombre forma parte de un clan cuyo totem es
    el kanguro y se casa con una mujer cuyo totem es el
    emúo (especie de avestruz), los hijos varones o hem-
    bras tendrán todos el totem de la madre. Un hijo naci-
    do de este matrimonio se hallará, pues, en la imposi-
    bilidad de entablar relaciones incestuosas con su
    madre y su hermana, pertenecientes al mismo clan (1).


    (1)Esta prohibición no impide, en cambio, al padre, que es
    kanguro, tener relaciones incestuosas con sus hijas, que
    son emúo. En la transmisión paterna del totem, el padre y los hi-
    jos serían kanguro y el padre no podría, por lo tanto, tener rela-
    ciones incestuosas con sus hijas, pero sí el hijo con la madre.
    Estas consecuencias de las prohibiciones totémicas demuestran
    que la herencia materna es más antigua que la paterna; pues te-
    nemos más de una razón para admitir que tales prohibiciones
    van dirigidas contra los impulsos incestuosos del hijo.

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    d) Pero basta un poco de atención para darse
    cuenta de que la exogamia inherente al sistema toté-
    mico, tiene otras consecuencias y persigue otros fines
    que la simple previsión del incesto con la madre y la
    hermana. Prohibe, en efecto, al hombre, la unión se-
    xual con cualquiera otra mujer de su grupo, esto es,
    con un cierto número de mujeres a las que no se halla
    enlazado por relación alguna de consanguinidad; pero
    que sin embargo, son consideradas como consanguí-
    neas suyas. La justificación psicológica de esta restric-
    ción, que va más allá de todo lo que puede serle com-
    parado en los pueblos civilizados, no resulta evidente a
    primera vista. Creemos tan sólo comprender que en
    esta prohibición se toma muy en serio el papel del to-
    tem (animal) como antepasado. Aquellos que descien-
    den del mismo totem son consanguíneos y forman una
    familia, en el seno de la cual todos los grados de pa-
    rentesco, incluso los más lejanos, son considerados
    como un impedimento absoluto de la unión sexual.
    De este modo, resulta que tales salvajes parecen
    obsesionados por un extraordinario horror al incesto,
    horror enlazado a circunstancias particulares que no
    llegamos a comprender por completo y a consecuen-
    cia de las cuales queda reemplazado el parentesco de
    la sangre por el parentesco totémico. No debemos
    exagerar, sin embargo, esta oposición entre los dos
    géneros de parentesco y hemos de tener muy presente
    siempre el hecho de que el incesto real no constituye
    sino un caso especial de las prohibiciones totémicas.
    ¿Cómo ha llegado a ser reemplazada la familia
    verdadera por el grupo totémico? Es éste un enigma
    cuya solución obtendremos, quizá, una vez que haya-
    mos llegado a comprender íntimamente la naturaleza
    del totem. Hemos de pensar que dada una cierta liber-

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    Totem y Tabu

    tad sexual, no limitada por los lazos conyugales, era
    necesario establecer alguna ley que detuviese al indi-
    viduo ante el incesto. Por lo tanto, no será inútil ob-
    servar que las costumbres de los australianos implican
    determinadas condiciones sociales y ciertas circuns-
    tancias solemnes en las que no es reconocido el dere-
    cho exclusivo de un hombre sobre la mujer conside-
    rada como su esposa legítima.

    El lenguaje de estas tribus australianas–así como
    el de la mayoría de los pueblos totémicos–presenta
    una particularidad relacionada, desde luego, con este
    hecho. Las designaciones de parentesco de que se sir-
    ven, no se refieren a las relaciones entre dos indivi-
    duos sino entre un individuo y un grupo. Según la ex-
    presión de L. H. Morgan, forman tales designaciones
    un sistema «clasificador». Significa esto, que
    un individuo llama «padre» no solamente al que le ha
    engendrado, sino también a todos aquellos hombres
    que, según las costumbres de la tribu, habrían podido
    desposar a su madre y llegar a serlo efectivamente, y
    «madre» a toda mujer que sin infringir los usos de la
    tribu habría podido engendrarle. Así mismo, llama
    «hermano» y «hermana», no solamente a los hijos de
    sus verdaderos padres, sino también a todos los de
    aquellas otras personas que hubieran podido serlo,
    etcétera. Los nombres de parentesco que los austra-
    lianos se dan entre sí no designan, pues, necesaria-
    mente, un parentesco de sangre, como sucede en nues-
    tro lenguaje y representan más bien relaciones socia-
    les que relaciones físicas. En nuestras «nurserys», en
    las que los niños dan el nombre de tíos y tías a todos
    los amigos y amigas de sus padres, encontramos
    algo parecido a este sistema clasificador y así mismo
    cuando empleamos tales designaciones en un sentido

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    figurado, hablando de «hermanos en Apolo» o «her-
    manas en Cristo».

    La explicación de estas costumbres idiomáticas
    que tan singulares nos parecen, se deduce fácilmente
    cuando las consideramos como supervivencias y ca-
    racteres de la institución que el Reverendo L. Fison
    ha llamado «matrimonio de grupo» y en
    virtud de la cual un cierto número de hombres ejerce
    derechos conyugales sobre un cierto número de muje-
    res. Los hijos nacidos de este matrimonio de grupo
    tienen naturalmente que considerarse unos a otros
    como hermanos, aunque puedan no tener todos la mis-
    ma madre y considerar a todos los hombres del grupo
    como sus padres.

    Aunque determinados autores, como Westermarck,
    en su «Historia del Matrimonio humano» 1), rehusan
    admitir las consecuencias que otros han deducido de los
    nombres usados para designar los parentescos de gru-
    po, los investigadores que han estudiado más deteni-
    damente a los salvajes australianos están de acuerdo
    en ver en los nombres de parentesco clasificador, una
    supervivencia de la época en la que se hallaba en vi-
    gor el matrimonio de grupo, y según Spencer y Gi-
    llen 2), existiría aún actualmente, en las tribus de los
    urabuna y de los dieri, una cierta forma de matrimonio
    de grupo. Así, pues, este matrimonio habría precedido
    en estos pueblos, al individual y no desapareció sin
    dejar huellas en el lenguaje y en las costumbres.

    Sustituyendo ahora el matrimonio individual por el
    matrimonio de grupo, se nos hace ya comprensible el


    1)«Geschichte der menschlichen Ehe», segunda edición,
    año 1902.

    2)«The native tribes of central Australia», Londres, 1899.

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    TOTEM Y TABU

    rigor, en apariencia excesivo, de la prohibición del in-
    cesto que en estos pueblos observamos. La exogamia
    totémica, esto es, la prohibición de relaciones sexua-
    les entre miembros del mismo clan, se nos muestra
    como el medio más eficaz para impedir el incesto de
    grupo, medio que fué establecido y adoptado en dicha
    época y ha sobrevivido mucho tiempo a las razones
    motivo de su nacimiento.

    Aunque de este modo, creemos haber descubierto
    las razones de las restricciones matrimoniales existen-
    tes entre los salvajes de Australia, hemos de tener en
    cuenta que las circunstancias reales presentan una
    complejidad bastante mayor, inextricable a primera
    vista. No existen, en efecto, sino muy pocas tribus
    australianas que no conozcan otras prohibiciones que
    las determinadas por los límites totémicos. La mayoría
    se hallan organizadas en tal forma, que se subdividen,
    en primer lugar, en dos secciones, a las que se da el
    nombre de clases matrimoniales (las «fratrias» (phra-
    tries) de los autores ingleses). Cada una de estas cla-
    ses es exógama y se compone de un cierto número de
    grupos totémicos. Generalmente, se subdivide cada
    clase en dos subclases (subfratrias) y de este modo,
    toda la tribu se compone de cuatro subclases, resultan-
    do que las subclases ocupan un lugar intermedio entre
    las fratrias y los grupos totémicos.

    El esquema típico, de la organización de una tribu
    australiana, puede por lo tanto, representarse en la
    forma siguiente:

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    Fratrias

    Los doce grupos totémicos quedan reunidos en
    cuatro subclases y dos clases. Todas las subdivisio-
    nes son exógamas. (El número de los totem es escogi-
    do arbitrariamente). La subclase c forma una unidad
    exógama con la subclase e, y la subclase d con la f.
    El resultado obtenido por estas instituciones, y por
    consiguiente su tendencia, no es nada dudoso. Sirven
    para introducir una nueva limitación de la elección ma-
    trimonial y de la libertad sexual. Si no hubiera más
    que los doce grupos totémicos, cada miembro de un
    grupo (suponiendo que cada grupo se compusiese del
    mismo número de individuos) podría escoger entre las
    once dozavas partes de las mujeres de la tribu. La
    existencia de las dos fratrias limita el número de mu-
    jeres que puede elegir cada hombre a seis dozavas
    partes, esto es, a la mitad. Un hombre perteneciente al
    totem a no puede casarse sino con una mujer que forme
    parte de los grupos uno a seis. La introducción de las
    dos subclases limita de nuevo la elección, dejándola
    reducida a tres dozavas partes, esto es, a la una cuar-
    ta parte de la totalidad. Así, un hombre del totem a no
    puede escoger mujer sino entre aquellas de los totems
    cuatro, cinco y seis.

    Las relaciones históricas que existen entre las cla-
    ses matrimoniales, de las que ciertas tribus cuentan
    hasta ocho, y los grupos totémicos no están aún dilu-

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    19

    cidas. Vemos, únicamente, que tales instituciones
    persiguen el mismo fin que la exogamia totémica y
    tienden incluso a ir más allá. Pero mientras que la exo-
    gamia totémica presenta todas las apariencias de una
    institución sagrada, de origen y desarrollo desconoci-
    dos, o sea de una costumbre, la complicada institución
    de las clases matrimoniales, con sus subdivisiones y
    las condiciones a ellas enlazadas, parece ser el pro-
    ducto de una legislación consciente e intencional que
    se hubiera propuesto reforzar la prohibición del inces-
    to, probablemente ante un comienzo de debilitación de
    la influencia totémica. Y mientras que el sistema toté-
    mico constituye, como ya hemos visto, la base de to-
    das las demás obligaciones sociales y restricciones
    morales de la tribu, el papel de la fratria se limita, en
    general, a la sola reglamentación de la elección matri-
    monial.

    En el curso del desarrollo ulterior del sistema de
    las clases matrimoniales, aparece una tendencia a am-
    pliar la prohibición que recae sobre el incesto natural y
    el de grupo, haciéndola extensiva a los matrimonios
    entre parientes de grupos más lejanos, conducta idénti-
    ca a la de la Iglesia católica cuando extendió la prohi-
    bición que recaía sobre los matrimonios entre herma-
    nos y hermanas, a los matrimonios entre primos, in-
    ventando para justificar su medida, grados espirituales
    de parentesco 1).

    No tenemos interés ninguno en intentar orientarnos
    en las complicadas y confusas discusiones que se han
    desarrollado sobre el origen y la significación de las
    clases matrimoniales y de sus relaciones con el totem.


    1)Artículo «totemismo» en la «Enciclopedia Británica», on-
    cena edición, 1911, (A. Lang).

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    Nos bastará señalar el cuidado extraordinario con que
    los australianos y otros pueblos salvajes velan por el
    cumplimiento de la prohibición del incesto 1). Pode-
    mos incluso decir que estos salvajes son más escrupu-
    losos en esta cuestión, que nosotros mismos. Es posi-
    ble que hallándose más sujetos a las tentaciones, pre-
    cisen de una protección más eficaz contra ellas.

    Pero la fobia del incesto, que caracteriza a estos
    pueblos, no se ha satisfecho con crear las institucio-
    nes que acabamos de describir y que nos parecen di-
    rigidas principalmente contra el incesto de grupo. He-
    mos de añadir a ellas toda una serie de «costumbres»
    destinadas a impedir las relaciones sexuales individua-
    les entre parientes próximos y que son observadas con
    un religioso rigor. No es posible dudar del fin que ta-
    les costumbres persiguen. Los autores ingleses las de-
    signan con el nombre de «avoidances» (lo que debe
    ser evitado) y no son privativas de los pueblos tolémi-
    cos australianos. Pero habré de rogar al lector que se
    satisfaga con algunos extractos fragmentarios de los
    abundantes documentos que poseemos sobre este
    tema.

    En la Melanesia recaen tales prohibiciones restricti-
    vas sobre las relaciones del hijo con la madre y las
    hermanas. Así, en Leper’s Island, una de las Nuevas
    Hébridas, el hijo que ha llegado a una cierta edad
    abandona el hogar materno y se va a vivir a la casa
    común (club), en la que duerme y come. Puede visi-
    tar todavía su casa, para reclamar en ella, su alimen-
    to, pero cuando su hermana se halla presente, debe


    1)Storfer ha llamado particularmente la atención sobre este
    punto en un reciente estudio: «Zur Sonderstellung des Vatermor-
    des» («Schriften zur angewandten Seelenkunde», Viena, 1911).

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    Totem y Tabu

    retirarse sin comer. En el caso contrario, puede tomar
    su comida sentado cerca de la puerta. Si el hermano y
    la hermana se encuentran, por azar, fuera de la casa,
    debe la hermana huir o esconderse. Cuando el herma-
    no reconoce en la arena, las huellas del paso de una de
    sus hermanas, no debe seguirlas. Igual prohibición se
    aplica a la hermana. El hermano no puede siquiera
    nombrar a su hermana y debe guardarse muy bien de
    pronunciar una palabra del lenguaje corriente cuando
    dicha palabra forma parte del nombre de la misma.
    Esta prohibición entra en vigor después de la ceremo-
    nia de la pubertad y debe ser observada durante toda
    la vida. El alejamiento de madre e hijo aumenta con
    los años, y la reserva observada por la madre, es ma-
    yor aún que la impuesta al hijo. Cuando le lleva algo
    de comer no le entrega directamente los alimentos sino
    que los pone en el suelo ante él. No le habla jamás fa-
    miliarmente, y al dirigirse a él, le dice usted en lugar
    de tú (entiéndase, naturalmente, las palabras corres-
    pondientes a nuestro usted y nuestro tú). Las mismas
    costumbres se hallan en vigor en Nueva Caledonia.
    Cuando un hermano y una hermana se encuentran, se
    esconde esta última entre los arbustos y el hermano
    pasa sin volverse hacia ella 1).
    En la península de las Gacelas, en Nueva Breta-
    ña, la hermana casada no puede dirigir ya la palabra
    a su hermano, y en lugar de pronunciar su nombre,
    tiene que designarle por medio de una perífrasis 2).
    En Nuevo Mecklenburgo se aplica esta misma
    prohibición, no solamente entre hermano y hermana,


    1)R. H. Codrington, «The Melanesians» in Frazer: «Tote-
    mism and Exogamy», tomo 1.º, pág. 7/.

    2)Frazer, l. c. pág. 124, según Kleintitochen: «Die Kuesten-
    bewohner der Gazellen-Halbinsel».

  • S.

    22

    sino entre primo y prima. No deben acercarse uno a
    otro ni darse la mano ni hacerse regalos, y cuando
    quieren hablarse, deben hacerlo a algunos pasos de
    distancia. El incesto con la hermana es condenado
    con la horca 1).

    En las islas Fidgi, son especialmente rigurosas
    estas prohibiciones y se aplican, no solamente a los
    parientes consanguíneos, sino también a los herma-
    nos y hermanas de grupo. Nos asombra también ave-
    riguar que estos salvajes conocen orgías sagradas, en
    el curso de las cuales, realizan precisamente las unio-
    nes sexuales más estrictamente prohibidas. Pero quizá
    esta misma contradicción puede darnos la clave de la
    prohibición 2). Entre los battas de Sumatra se ex-
    tienden las prohibiciones a todos los grados de paren-
    tesco algo próximos. Sería, por ejemplo, escandaloso,
    que un batta acompañase a su hermana a una reunión.
    Un hermano batta se siente confuso en presencia de
    su hermana, incluso habiendo en derredor de ellos
    otras personas. Cuando un hermano entra en la casa,
    la hermana o hermanas prefieren retirarse. Igualmente,
    el padre no permanece nunca a solas con su hija, ni
    una madre con su hijo. El misionero holandés que re-
    lata estas costumbres añade que, por desgracia, están
    justificadas, pues se admite generalmente, por este
    pueblo, que una conversación a solas entre un hombre
    y una mujer ha de llevarles fatalmente a una ilícita in-
    timidad, y como se hallan amenazados de los peores
    castigos y de las más graves consecuencias cuando
    se hacen culpables de relaciones sexuales con parien-


    1)Frazer, l. c. pág. 131, tomo 2.º, según P. G. Peckel en
    «Anthropos», 1901.

    2)Frazer, l. c. tomo 2.º, pág. 147, según el Rvdo. L. Fison.

  • S.

    23

    TOTEMYTABU

    tes próximos, no es sino muy natural que piensen en
    preservarse por medio de prohibiciones de este géne-
    ro, de toda posible tentación (1).

    Entre los barongos de la bahía de Delagoa, en
    Africa, se imponen al hombre las prescripciones más
    severas con respecto a su cuñada, esto es, a la mujer
    del hermano de su esposa. Cuando un hombre encuen-
    tra en algún lado a dicha persona peligrosa para él,
    la evita cuidadosamente. No se atreve a comer en el
    mismo plato que ella, y no la habla sino temblando.
    No se decide a entrar en su cabaña y la saluda con
    voz temblorosa (2).

    Entre los akamba (o wacamba) del Este africano
    inglés, existe una prohibición que hubiéramos espera-
    do hallar más frecuentemente. Durante el período com-
    prendido entre la pubertad y el matrimonio, deben las
    jóvenes solteras eludir cuidadosamente a su padre. Se
    ocultan cuando lo encuentran en la calle, no se sien-
    tan jamás a su lado y observan esta costumbre hasta
    los esponsales. A partir del día de su matrimonio que-
    dan libres de toda prohibición las relaciones entre
    ellas y el padre (3).

    La prohibición más extendida, severa e interesante,
    incluso para los pueblos civilizados, es la que recae
    sobre las relaciones entre yerno y suegra. Existe en
    todos los pueblos australianos, pero se la ha hallado
    también en los pueblos malenesios y polinesios y en
    tre los negros africanos en general, allí donde encon-
    tramos algunas huellas de totemismo y aun en algu-
    nos pueblos en los que no nos es posible descubrirlas.


    (1) Frazer, l. c. tomo 2.º, pág. 189.

    (2) Frazer, l. c., tomo 2.º, pág. 388, según Junod.

    (3) Frazer, l. c., tomo 2.º, pág. 424.

  • S.

    24

    En algunos de estos pueblos hallamos prohibiciones
    análogas referentes a las relaciones anodinas entre
    una mujer y su suegro, pero estas prohibiciones son
    menos constantes y severas que las anteriormente ci-
    tadas. En algunos casos aislados se refieren a ambos
    suegros.

    Como por lo que respecta a la prohibición de las
    relaciones entre suegra y yerno, nos interesa menos la
    difusión etnográfica que el contenido y el propósito de
    la prohibición, continuaremos limitándonos a citar
    algunos ejemplos. En las islas Banko son muy seve-
    ras y crueles tales prohibiciones. El yerno y la suegra
    deben evitar aproximarse el uno al otro. Cuando, por
    casualidad, se encuentran en el camino, la suegra debe
    apartarse y volver la espalda hasta que el yerno haya
    pasado, o inversamente.

    En Vanna Lava (Port Patterson), el yerno no en-
    trará en la playa, si por ella ha pasado su suegra, an-
    tes de que la marea haya hecho desaparecer en la are-
    na la huella de los pasos de la misma. Sin embargo,
    pueden hablarse a cierta distancia, pero les está prohi-
    bido a ambos pronunciar el nombre de otro 1).

    En las Islas Salomón, el hombre casado no debe
    ver ni hablar a su suegra. Cuando la encuentra, fin-
    ge no conocerla y echa a correr con toda la rapidez
    posible, para esconderse 2).

    Entre los zulús, exige la costumbre que el hombre
    se avergüence de su suegra y haga todo lo posible
    para huir de su compañía. No entra en la cabaña ha-
    llándose ella dentro y cuando se encuentran, debe es-
     


    1)Frazer, l. c., tomo 2.º, pág. 76.

    2)Frazer, l. c., tomo 2.º, pág. 117, según C. Ribbe: «Zwei
    Jahre unter den Kannibalen der Salomón Inseln» (1905).

  • S.

    25

    TOTEM Y TABU

    conderse uno de ellos, entre los arbustos. El hombre
    puede también taparse la cara con el escudo. Cuando
    no les es posible evitarse ni esconderse, anuda la mu-
    jer a la cabeza un tallo de hierba, como signo de aca-
    tamiento al ceremonial. Las relaciones entre ellos se
    efectúan por medio de una tercera persona o hablán-
    dose en voz alta separados por un obstáculo natural,
    el recinto del kraal, por ejemplo. Ninguno de ellos
    debe pronunciar el nombre del otro (1).

    Entre los basoga, tribu negra que habita en la re-
    gión de las fuentes del Nilo, el hombre no puede ha-
    blar a su suegra sino hallándose la misma en otra ha-
    bitación de la casa y oculta a sus ojos. Este pueblo tie-
    ne un tal horror al incesto, que lo castiga incluso entre
    los animales domésticos (2).

    Mientras que la intención y la significación de las
    demás prohibiciones concernientes a las relaciones en
    tre parientes no provocan la menor duda, siendo in-
    terpretadas por todos los observadores como medidas
    preservativas del incesto, no sucede lo mismo con las
    interdicciones que tienen por objeto las relaciones con
    la suegra, interdicciones a las que ciertos autores han
    dado una interpretación en absoluto diferente. Se ha
    encontrado, con razón, inconcebible que todos estos
    pueblos manifiesten un gran temor ante la tentación
    personificada por una mujer ya madura, que sin ser la
    madre del individuo de que se trate, pudiera sin embar-
    go considerarle como hijo suyo (3).

    Idéntica objeción se ha opuesto a la teoría de Fi-
    son, según la cual obedecerían estas prohibiciones a
    la necesidad de llenar la laguna que en ciertos siste-

    (1) Frazer. l. c., tomo 2.º, pág. 385.

    (2) Frazer, l. c., pág. 461.

    (3) Crawley, «The mystic rose», pág. 405, Londres 1902.

  • S.

    26

    PROF. S. FREUD

    mas de clases matrimoniales, supone la posibilidad del
    matrimonio entre yerno y suegra.

    Sir Jhon Lubbock (en su obra «Origin of Civiliza-
    tion») hace remontar al rapto primitivo (mariage by
    capture) esta actitud de la suegra con respecto al yer-
    no. «Mientras existió realmente el rapto de mujeres no
    podían los suegros ver a su yerno, el raptor, con bue-
    nos ojos. Pero al cesar esta forma de matrimonio, no
    dejando tras de sí sino sus símbolos, quedó simboli-
    zada a su vez, dicha mala voluntad, y la costumbre de
    que nos ocupamos ha persistido incluso después de
    haber sido olvidado su origen.» Crawley ha demos-
    trado fácilmente que esta tentativa de explicación no
    tiene en cuenta la realidad de los hechos.

    E. B. Tylor opina que la actitud de la suegra con
    respecto al yerno, no es sino una forma del no reco-
    nocimiento (cutting) de este último por la familia de su
    mujer. El hombre es considerado como un extranjero
    hasta el nacimiento de su primer hijo. Salvo con rela-
    ción a aquellos casos en los que realizada esta condi-
    ción, no termina la prohibición indicada, resulta inad-
    misible esta interpretación de Tylor, pues no explica
    que haya habido necesidad de fijar de una manera pre-
    cisa la naturaleza de las relaciones entre yerno y sue-
    gra, dejando, por lo tanto, a un lado, el factor sexual
    y no teniendo en cuenta el sagrado temor que parece
    manifestarse en tales mandamientos prohibitivos 1).

    Una mujer zulú, preguntada por las razones de la
    prohibición, dió la siguiente respuesta, dictada por un
    sentimiento de delicadeza: «El hombre no debe ver los
    senos que han alimentado a su mujer» 2).


    1)Crawley, l. c., pág. 407.

    2)Crawley, l. c., pág. 401, según Leslie: «Among the zulús
    and amatongas». 1875.

  • S.

    27

    T O T E M Y T A B U

    Sabido es, que incluso en los pueblos civilizados,
    constituyen las relaciones entre yerno y suegra, uno
    de los lados más espinosos de la organización fami-
    liar. No existe ciertamente, entre los pueblos blancos
    de Europa y de América, prohibición alguna relativa
    a estas relaciones, pero se evitarían muchos conflictos
    y molestias, si tales prohibiciones existieran, aun a tí-
    tulo de costumbres, sin que determinados individuos
    se vieran obligados a establecerlas para su uso perso-
    nal. Más de un europeo se sentirá inclinado a ver un
    acto de alta sabiduría en las prohibiciones opuestas
    por los pueblos salvajes a la relación entre dichas dos
    personas de parentesco tan cercano. No puede dudar-
    se de que la situación psicológica del yerno y la sue-
    gra entraña algo que favorece la hostilidad y hace
    muy difícil su vida en común. La generalidad con la
    que se hace objeto preferente de chistes y burlas a
    estas relaciones, constituiría ya una prueba de que en-
    trañan elementos decididamente opuestos. A mi juicio,
    trátase aquí de relaciones «ambivalentes», compues-
    tas a la vez de elementos afectuosos y elementos hos-
    tiles.

    Algunos de estos afectos resultan fácilmente inex-
    plicables: Por parte de la suegra, hay el sentimiento de
    separarse de su hija, la desconfianza hacia el extraño
    al que la misma se ha entregado y la tendencia a im-
    poner a pesar de todo, su autoridad, como lo hace en
    su propia casa. Por parte del yerno hay la decisión de
    no someterse más a ninguna voluntad ajena, los celos
    de aquellas personas que gozaron antes que él de
    la ternura de su mujer y—last not least—el deseo de no
    dejarse turbar en la ilusión que le hace conceder un va-
    lor exagerado a las cualidades de su joven mujer. En
    la mayoría de los casos, es la suegra la que di--

  • S.

    28

    sipa esta ilusión, pues le recuerda a su mujer, por los
    numerosos rasgos que con ella tiene comunes, faltán-
    dole, en cambio, la belleza, la juventud y la espontanei-
    dad de alma que le hace amar a la hija.

    El conocimiento de los sentimientos ocultos que el
    examen psicoanalítico de los hombres nos proporcio-
    na, nos permite añadir otros motivos a aquellos que
    acabamos de enumerar. La mujer encuentra en el ma-
    trimonio y en la vida de familia la satisfacción de sus
    necesidades psicosexuales, pero al mismo tiempo no
    deja tampoco de hallarse amenazada constantemente
    del peligro de insatisfacción procedente de la cesación
    prematura de las relaciones conyugales y del vacío
    afectivo que de ella puede resultar. La mujer que
    ha logrado descendencia, se preserva, al envejecer, de
    este peligro, por su identificación con sus retoños
    y la parte activa que toma en la vida afectiva de los
    mismos. Suele decirse que los padres se rejuvenecen
    junto a sus hijos. Es ésta, en efecto, una de las venta-
    jas más preciadas que a ellos deben. La mujer estéril
    se encuentra, así, privada de uno de sus mejores con-
    suelos y compensaciones de las privaciones a las que
    ha de resignarse en su vida conyugal. La identifica-
    ción afectiva con la hija llega en algunas madres, has-
    ta compartir el amor de la misma hacia su marido, cir-
    cunstancia que en los casos más agudos, conduce
    a graves formas de neurosis, a consecuencia de la
    violenta resistencia psíquica que contra tal inclinación
    afectiva se desarrolla en la sujeto.

    La tendencia a este enamoramiento de suegra
    a yerno es harto frecuente y puede manifestarse tanto
    positivamente como en una forma negativa. Sucede,
    en efecto, muchas veces, que la sujeto dirige hacia su
    yerno los componentes hostiles y sádicos de la excita-

  • S.

    29

    TOTEM Y TABU

    ción erótica, con objeto de reprimir más seguramente
    los elementos contrarios, prohibidos.

    La actitud del hombre con respecto a la suegra
    queda complicada por sentimientos análogos, pero
    procedentes de otras fuentes. El camino de la elección
    de objeto le ha conducido desde la imagen de su
    madre y quizá también desde la de su hermana, a su
    objeto actual. Huyendo de todo pensamiento o inten-
    ción incestuosos, ha transferido su amor, o si se quie- re, sus preferencias, desde las dos personas amadas
    en su infancia, a una persona extraña formada a ima-
    gen de las mismas. Pero posteriormente viene la sue-
    gra a sustituir a su propia madre y madre de su her-
    mana, y el sujeto siente nacer y crecer en él la tenden-
    cia a sumirse de nuevo en la época de sus primeras
    elecciones amorosas, mientras que todo en él se opo-
    ne a tal tendencia. El horror que el incesto le inspira
    exige que no recuerde la genealogía de su elección
    amorosa. La existencia real y actual de la suegra, a la
    que no ha conocido desde su infancia y cuya imagen
    no actúa, por lo tanto, sobre él, desde su inconsciente,
    le hace fácil la resistencia. Un cierto matiz de irritación
    y de odio que discernimos en la complejidad de
    sus sentimientos, nos permite suponer que la suegra
    representa realmente, para el yerno, una tentación
    incestuosa. Por otra parte, sucede frecuentemente, que
    el hombre se enamora de su futura suegra antes
    de transferir su inclinación a la hija.

    Nada, a mi juicio, nos impide admitir que es este
    factor incestuoso el que ha motivado entre los salva-
    jes las prohibiciones que recaen sobre las relaciones
    entre yerno y suegra. De este modo, nos inclinaremos
    a aceptar la opinión de Fison, que no ve en tales
    prohibiciones sino una protección contra el incesto po-

  • S.

    30

    sible. Lo mismo podríamos decir de todas aquellas
    otras prohibiciones referentes a las relaciones entre pa-
    rientes consanguíneos o políticos. No existiría sino la
    sola diferencia de que en el primer caso, siendo direc-
    to el incesto, podría ser consciente la intención preser-
    vadora, mientras que en el segundo, que comprende
    las relaciones entre yerno y suegra, no sería el incesto
    sino una tentación imaginaria de fases intermedias in-
    conscientes.

    Este horror de los salvajes al incesto es conocido
    desde hace mucho tiempo y no precisa de ulterior in-
    terpretación, razón por la cual no nos ha dado gran
    ocasión de mostrar que la aplicación de los métodos
    psicoanalíticos arroja nueva luz sobre los hechos de la
    psicología de los pueblos. Todo lo que podemos agre-
    gar a la teoría reinante es que el temor al incesto cons-
    tituye un rasgo esencialmente infantil y concuerda sor-
    prendentemente con lo que sabemos de la vida psíqui-
    ca de los neuróticos. La psicoanálisis nos ha demos-
    trado que el primer objeto sobre el que recae la
    elección sexual del joven, es de naturaleza incestuosa
    condenable, puesto que tal objeto está representado
    por la madre o por la hermana, y nos ha revelado tam-
    bién el camino que sigue el sujeto, a medida que avan-
    za en la vida, para sustraerse a la atracción del inces-
    to. Ahora bien; en el neurótico, hallamos regularmente
    restos considerables de infantilismo psíquico, sea por
    no haber logrado libertarse de las condiciones infanti-
    les de la psicosexualidad, sea por haber vuelto a ellas
    (detención del desarrollo o regresión). Tal es la razón
    de que las fijaciones incestuosas de la libido desempe-
    ñen de nuevo o continúen desempeñando el papel
    principal en su vida psíquica inconsciente. De este
    modo, llegamos a ver en la actitud incestuosa con res-
     

  • S.

    31

    TOTEM Y TABU

    pecto a los padres el complejo central de la
    neurosis. Esta concepción del papel del incesto en la
    neurosis tropieza naturalmente con la incredulidad ge-
    neral de los hombres adultos y normales, oponiéndo-
    se a ella igual resistencia que por ejemplo a los traba-
    jos de Otto Rank, en los que se indica ampliamente el
    papel que el incesto desempeña en las creaciones poé-
    ticas y se demuestra cuán ricos materiales ofrecen a la
    poesía sus innumerables variaciones y deformaciones.
    Nos vemos obligados a admitir que esta resistencia
    proviene, sobre todo, de la profunda aversión que el
    hombre experimenta por sus deseos incestuosos de
    épocas anteriores, total y profundamente reprimidos
    en la actualidad. Así, pues, no carece de importancia
    el poder demostrar que los pueblos salvajes ex-
    perimentan aún de un modo peligroso, hasta el punto
    de verse obligado a defenderse contra ellos, con me-
    didas excesivamente rigurosas, los deseos incestuo-
    sos destinados a sumirse un día en lo inconsciente.

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