• S.

    7

    I

    La literatura científica sobre
    los problemas oníricos (1)

    En las páginas que siguen aportaré la demostración de
    la existencia de una técnica psicológica que permite inter-
    pretar los sueños y merced a la cual se revela cada uno de
    ellos como un producto psíquico pleno de sentido al que pue-
    de asignarse un lugar perfectamente determinado en la ac-
    tividad anímica de la vida despierta. Además, intentaré es-
    clarecer los procesos de los que depende la singular e im-
    penetrable apariencia de los sueños y deducir de dichos
    procesos una conclusión sobre la naturaleza de aquellas
    fuerzas psíquicas de cuya acción conjunta u opuesta surge
    el fenómeno onírico. Conseguido ésto, daré por terminada
    mi exposición, pues habré llegado en ella al punto en el que
    el problema de los sueños desemboca en otros más am-
    plios cuya solución ha de buscarse por el examen de un
    distinto material.

    Si comienzo por exponer aquí una visión de conjunto
    de la literatura existente hasta el momento sobre los sueños
    y del estado científico actual de los problemas oníricos, ello
    obedece a que en el curso de mi estudio no se me han de
    presentar muchas ocasiones de volver sobre tales materias.
    La comprensión científica de los sueños no ha realizado, en
    más de diez siglos, sino escasísimos progresos, circuns-
    tancia tan generalmente reconocida por todos los que de


    (1) Hasta 1900, fecha de la primera edición de la presente obra.

  • S.

    - 8 -

    este tema se han ocupado, que me parece inútil citar aquí al
    detalle opiniones aisladas. En la literatura onírica hallamos
    gran cantidad de sugestivas observaciones y un rico e inte-
    resantísimo material relativo al objeto de nuestro estudio,
    pero, en cambio, nada o muy poco que se refiera a la esencia
    de los sueños o resuelva definitivamente el enigma que los
    mismos nos plantean. Como es lógico, el conocimiento que
    de estas cuestiones ha pasado al núcleo general de hombres
    cultos, pero no dedicados a la investigación científica, resul-
    ta aún más incompleto.

    Cuál fué la concepción que en los primeros tiempos de
    la humanidad se formaron de los sueños los pueblos primiti-
    vos y qué influencia ejerció el fenómeno onírico en su com-
    prensión del mundo y del alma son cuestiones de tan alto
    interés que sólo obligadamente y a disgusto me he decidido
    a excluír su estudio del conjunto del presente trabajo y a
    limitarme a remitir al lector a las conocidas obras de Sir
    J. Lubbock, H. Spencer, E. B. Taylor y otros, añadiendo
    únicamente por mi cuenta que el alcance de estos problemas
    y especulaciones no podra hacérsenos comprensible hasta
    después de haber llevado a buen término la labor que aquí
    nos hemos marcado, o sea la de «interpretación de los sueños».

    Un eco de la primitiva concepción de los sueños se nos
    muestra indudablemente como base de la idea que de ellos
    se formaban los pueblos de la antigüedad clásica (1). Admi-
    tían éstos, que los sueños se hallaban en relación con el
    mundo de seres sobrehumanos de su mitología y traían con-
    sigo revelaciones divinas o demoniacas, poseyendo además
    una determinada intención muy importante con respecto al
    sujeto: generalmente la de anunciarle el porvenir. De todos
    modos, la extraordinaria variedad de su contenido y de la
    impresión por ellos producida hacia muy difícil llegar a esta-
    blecer una concepción unitaria y obligó a constituir múltiples
    diferenciaciones y agrupaciones de los sueños, conforme a su


    (1) Las consideraciones que siguen están tomadas del concienzudo
    estudio de Buechsenschuetz.

  • S.

    LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS

    valor y autenticidad. Naturalmente, la opinión de los filósofos
    antiguos sobre el fenómeno onírico hubo de depender de la
    importancia que cada uno de ellos concedía a la adivinación.

    En los dos estudios que Aristóteles consagra a esta ma-
    teria, pasan ya los sueños a constituir objeto de la psicolo-
    gía. No son de naturaleza divina sino demoniaca, pues la
    Naturaleza es demoniaca y no divina; o dicho de otro modo:
    no corresponden a una revelación sobrenatural, sino que
    obedecen a leyes de nuestro espíritu humano, aunque desde
    luego participante a la divinidad. Los sueños quedan así de-
    finidos como la actividad anímica del durmiente durante el
    estado de reposo (1).

    Aristóteles muestra conocer algunos de los caracteres de
    la vida onírica. Así, el de que los sueños amplían los peque-
    ños estímulos percibidos durante el estado de reposo (<una
    insignificante elevación de temperatura en uno de nuestros
    miembros nos hace creer, en el sueño, que andamos a través
    de las llamas y sufrimos un ardiente calor>) y deduce de esta
    circunstancia la conclusión de que los sueños pueden muy
    bien revelar al médico los primeros indicios de una naciente
    alteración física no advertida durante el día (2)-

    Los autores antiguos anteriores a Aristóteles no consi-
    deraban el sueño como un producto del alma soñadora, sino
    como una inspiración de los dioses y señalaban ya en ellos
    las dos corrientes contrarias que habremos de hallar siempre
    en la estimación de la vida onírica. Se distinguían dos espe-
    cies de sueños: los verdaderos y valiosos, enviados al dur-
    miente a título de advertencia o revelación del porvenir, y

    (1) N. del T.—En aleman existen términos diferentes para designar
    el sueño—fenómeno onírico—y el acto de dormir (Traum y Schlaf).
    Igualmente en francés y en inglés (réve y sommeil—dream y sleep).
    Pero en castellano no poseemos sino un mismo término—sueño—para
    ambos conceptos. Como esto pudiera originar confusiones, diremos tan
    solo «sueño» refiriéndonos al fenómeno onírico, y em-
    plearemos, para designar el acto de dormir, la palabra «reposo».

    (2) También Hipócrates dedica un capítulo de su famosa obra mé-
    dica, a las relaciones entre los sueños y las enfermedades.

    Sg

  • S.

    Wii RR තූ... P. ら ① Fu RZE KU UD

    los vanos, engañosos y fútiles, cuyo propósito era desorien-
    tar al sujeto o causar su perdición.

    Gruppe (Griechische Mithologie und Religionsgeschich-
    te, pág. 390) reproduce una tal división de los sueños tomán-
    dola de Macrobio y Artemidoro: «Dividianse los sueños en
    dos clases. A la primera, influída tan sólo por el presente
    (о el pasado) y falta en cambio de significación con respecto
    al porvenir, pertenecían los &vóxvia, insomnia, que reproducen
    inmediatamente la representación dada o su contraria, por
    ejemplo, el hambre o su satisfacción, y los фоудората, que
    amplían fantásticamente la representación dada; por ejemplo,
    la pesadilla, ephialtes. La segunda era considerada como de-
    terminante del porvenir, y en ella se incluían: 1." El oráculo
    directo recibido en el sueño (xonpatiopé, oraculum); 2.º La pre-
    dicción de un suceso futuro (брара, visio); y 3." El sueño sim-
    bólico necesitado de interpretación (övepod, somnium). Esta
    teoría se ha mantenido en vigor durante muchos siglos.»

    De esta diversa estimación de los sueños surgió la nece-
    sidad de una «interpretación onirica». Considerándolos, en
    general, como fuentes de importantísimas revelaciones, pero
    no siendo posible lograr una inmediata comprensión de todos
    y cada uno de ellos, ni tampoco saber si un determinado sue-
    ño incomprensible entrañaba o no algo importante, tenía que
    nacer el impulso a hallar un medio de sustituir su contenido
    incomprensible por otro inteligible y pleno de sentido. Du-
    rante toda la antigiiedad se consideró como máxima autori-
    dad en la interpretación de los sueños, a Artemidoro de Dal-
    cis, cuya extensa obra conservada hasta nuestros días nos
    compensa de las muchas otras del mismo contenido que se
    han perdido (1).

    (1) Sobre ia interpretación onírica en la edad media, cf. la obra de
    Diepgen y las investigaciones especiales de M. Foerster, Gotthard y
    otros. Almoli, Amram, Loewinger, y recientemente, desde el punto de
    vista psicoanalítico, Lauer, han estudiado la interpretación de los
    sueños entre los judíos; Drexl, F. Schwarz y el misionero Tfinkdji, en-
    tre los árabes; Miura e Iwaya entre los japoneses; Secker, entre los
    chinos, y Negelein entre los indios.

    IMO

  • S.

    11

    LA INTERPRETACION DE LOS SUEÑOS

    La concepción precientífica de los antiguos sobre los sue-
    ños se hallaba seguramente de completo acuerdo con su
    total concepción del universo, en la que acostumbraban a
    proyectar como realidad en el mundo exterior aquello que
    sólo dentro de la vida anímica la poseía. Esta concepción del
    fenómeno onírico tomaba además en cuenta la impresión que
    la vida despierta recibe del recuerdo que del sueño perdura
    por la mañana, pues en este recuerdo aparece el sueño, en
    oposición al contenido psíquico restante, como algo ajeno a
    nosotros y procedente de un mundo distinto. Sería, sin em-
    bargo, equivocado, suponer que esta teoría del origen sobre-
    natural de los sueños carece ya de partidarios en nuestros
    días. Haciendo abstracción de los escritores místicos y pia-
    dosos–que obran consecuentemente defendiendo los últimos
    reductos de lo sobrenatural hasta que los progresos científi-
    cos consigan desalojarles de ellos–hallamos todavía hom-
    bres de sutil ingenio e inclinados a todo lo extraordinario,
    que intentan apoyar precisamente en la insolubilidad del enig-
    ma de los sueños su fe religiosa en la existencia y la inter-
    vención de fuerzas espirituales sobrehumanas (Haffner). La
    valoración dada a la vida onírica por algunas escuelas filosó-
    ficas–así la de Schelling–es un claro eco del origen divino
    que en la antigüedad se reconocía a los sueños. Tampoco la
    discusión sobre el poder adivinatorio y revelador del porve-
    nir atribuído a los sueños puede considerarse terminada,
    pues no obstante la inequívoca inclinación del pensamiento
    científico a rechazar la hipótesis afirmativa, las tentativas de
    hallar una explicación psicológica valedera para todo el con-
    siderable material reunido no han permitido establecer aún
    una conclusión definitiva.

    La dificultad de escribir una historia de nuestro conoci-
    miento científico de los problemas oníricos estriba en que
    por valioso que el mismo haya llegado a ser con respecto a
    algunos extremos, no ha realizado progreso ninguno en de-
    terminadas direcciones. Por otro lado, tampoco se ha conse-
    guido establecer una firme base de resultados indiscutibles
    sobre la que otros investigadores pudieran seguir constru-

  • S.

    12

    yendo, sino que cada autor ha comenzado de nuevo y desde
    el origen, el estudio de los mismos problemas. De este
    modo, si quisiera atenerme al orden cronológico de los auto-
    res y exponer sintéticamente las opiniones de cada uno de
    ellos, tendría que renunciar a ofrecer al lector un claro cua-
    dro de conjunto del estado actual del conocimiento de los
    sueños, y por lo tanto, he preferido adaptar mi exposición
    a los temas y no a los autores, indicando en el estudio de
    cada uno de los problemas oníricos el material que para la
    solución del mismo podemos hallar en obras anteriores. Sin
    embargo, y dado que no me ha sido posible dominar toda la
    literatura existente sobre esta materia–literatura en extremo
    dispersa y que se extiende muchas veces a objetos muy dis-
    tintos–he de rogar al lector se dé por satisfecho con la se-
    guridad de que ningún hecho fundamental ni ningún punto
    de vista importante dejarán de ser consignados en mi expo-
    sición.

    Hasta hace poco se han visto impulsados casi todos los
    autores a tratar conjuntamente del estado de reposo y de los
    sueños, así como a agregar al estudio de estos últimos el de
    estados y fenómenos análogos pertenecientes ya a los domi-
    nios de la psicopatología (alucinaciones, visiones, etc.) En
    cambio, en los trabajos más modernos aparece una tendencia
    a seleccionar un tema restringido y no tomar como objeto
    sino uno solo de los muchos problemas de la vida onírica,
    transformación en la que quisiéramos ver una expresión del
    convencimiento de que en problemas tan oscuros sólo por
    medio de una serie de investigaciones de detalle puede lle-
    garse a un esclarecimiento y a un acuerdo definitivos. Una
    de tales investigaciones parciales, y de naturaleza especial-
    mente psicológica, es lo que aquí me propongo ofreceros. No
    habiendo tenido gran ocasión de ocuparme del problema del
    estado de reposo–problema esencialmente fisiológico aun-
    que en la característica de dicho estado tenga que hallarse
    contenida la transformación de las condiciones de funciona-
    miento del aparato anímico–quedará desde luego descartada
    de mi exposición, la literatura existente sobre tal problema.

  • S.

    13

    LA INTERPRETACION DE LOS SUEÑOS

    El interés científico por los problemas oníricos en sí, con-
    duce a las interrogaciones que siguen, interdependientes en
    parte:

    a) Relación del sueño con la vida des-
    pierta

    El ingenuo juicio del individuo despierto, acepta que el
    sueño, aunque ya no de origen extraterreno, si ha raptado al
    durmiente a otro mundo distinto. El viejo fisiólogo Burdach,
    al que debemos una concienzuda y sutil descripción de los
    problemas oníricos, ha expresado esta convicción en una fra-
    se muy citada y conocida (pág. 474): «… nunca se repite la
    vida diurna con sus trabajos y placeres, sus alegrías y dolo-
    res; por lo contrario, tiende el sueño a libertarnos de ella.
    Aun en aquellos momentos en que toda nuestra alma se halla
    saturada por un objeto, en que un profundo dolor desgarra
    nuestra vida interior o una labor acapara todas nuestras fuer-
    zas espirituales, nos da el sueño algo totalmente ajeno a
    nuestra situación, no toma para sus combinaciones sino insig-
    nificantes fragmentos de la realidad o se limita a adquirir el
    tono de nuestro estado de ánimo y simboliza las circunstan-
    cias reales».–J. H. Fichte (1-541) habla, en el mismo senti-
    do, de sueños de complemento (Ergaen-
    zungsträume) y los considera como uno de los secretos
    beneficios de la naturaleza autocurativa del espíritu. Análo-
    gamente se expresa también L. Struempell en su estudio so-
    bre la naturaleza y génesis de los sueños (pág. 16), obra que
    goza justamente de un general renombre: «El sujeto que sue-
    ña vuelve la espalda al mundo de la conciencia despierta…»;
    (página 17): «En el sueño perdemos por completo la memoria
    con respecto al ordenado contenido de la conciencia despier-
    ta y de su funcionamiento normal…»; (pág. 19): «La separa-
    ción casi desprovista de recuerdo que en los sueños se esta-
    blece entre el alma, y el contenido y el curso regulares de la
    vida despierta…»

    La inmensa mayoría de los autores concibe, sin embargo,
    la relación de los sueños con la vida despierta en una forma
    totalmente opuesta. Así, Haffner (pág. 19): «Al principio

  • S.

    14

    continúa el sueño la vida despierta. Nuestros sueños se agre-
    gan siempre a las representaciones que poco antes han resi-
    dido en la conciencia, y una cuidadosa observación encon-
    trará casi siempre el hilo que los enlaza a los sucesos del día
    anterior». Weygandt (pág. 6) contradice directamente la afir-
    mación de Burdach, antes citada, pues observa «que la ma-
    yoría de los sueños nos conduce de nuevo a la vida ordina-
    ria en vez de libertarnos de ella». Maury (pág. 56) dice en
    una sintética fórmula: «Nous rèvons de ce que nous avons
    vu, dit, desiré ou fait»; y Jessen en su Psicología (1855, pá-
    gina 530) manifiesta, algo más ampliamente: «En mayor o
    menor grado, el contenido de los sueños queda siempre de-
    terminado por la personalidad individual, por la edad, el
    sexo, la posición, el grado de cultura y el género habitual de
    vida del sujeto y por los sucesos y enseñanzas de su pasado
    individual.»

    El filósofo I. G. E. Maass («Sobre las pasiones», 1805)
    es quien adopta, con respecto a esta cuestión, una actitud
    más inequívoca: «La experiencia confirma nuestra afirmación
    de que el contenido más frecuente de nuestros sueños se ha-
    lla constituído por aquellos objetos sobre los que recaen nues-
    tras más ardientes pasiones. Esto nos muestra que nuestras
    pasiones tienen que poseer una influencia sobre la génesis
    de nuestros sueños. El ambicioso sueña con los laureles al-
    canzados (quizá tan sólo en su imaginación) o por alcanzar,
    y el enamorado con el objeto de sus tiernas esperanzas…
    Todas las ansias o repulsas sensuales que dormitan en nues-
    tro corazón, pueden motivar, cuando son estimuladas por
    una razón cualquiera, la génesis de un sueño, compuesto por
    las representaciones a ellas asociadas, o la intercalación de
    dichas representaciones en un sueño ya formado.» (Comuni-
    cado por Winterstein en la Zbl. fuer Psychoanalyse»).

    Idénticamente opinaban los antiguos sobre la relación de
    dependencia existente entre el contenido del sueño y la vida.
    Radestock (pág. 139) nos cita el siguiente hecho: «Cuando
    Jerjes, antes de su campaña contra Grecia, se veía disuadido
    de sus propósitos bélicos por sus consejeros y en cambio,

  • S.

    15

    LA INTERPRETACION DE LOS SUEÑOS

    impulsado a realizarlos por continuos sueños alentadores,
    Artabanos, el racional onirocrítico persa, le advirtió ya, acer-
    tadamente, que las visiones de los sueños contenían casi
    siempre lo que el sujeto pensaba en la vida despierta.»

    En el poema didáctico de Lucrecio, titulado «De rerum
    natura«, hallamos los siguientes versos (IV, v. 959).

    «Et quo quisque fere studio devinctus adhaeret,
    aut quibus in rebus multum sumus ante morati
    atque in ea ratione fuit contenta magis mens,
    in somnis eadem plerumque videmur obire;
    causidice causas agere et componere leges,
    induperatores pugnare ac proelia obire,» etc.

    y Cicerón (De Divinatione II), anticipándose en muchos si-
    glos a Maury, escribe: «Maximeque reliquiae earum rerum
    moventur in animis et agitantur, de quibus vigilantes aut co--
    gitavimus aut egimus.»

    La manifiesta contradicción en que se hallan estas dos
    opiniones sobre la relación de la vida onírica con la vida des-
    pierta parece realmente inconciliable. Será, pues, oportuno
    recordar aquí las teorías de F. W. Hildebrandt (1875), según
    el cual las peculiaridades del sueño no pueden ser descritas
    sino por medio de «una serie de antítesis que llegan aparen-
    temente hasta la contradicción» (pág. 8). «La primera de es-
    tas antítesis queda constituída por la separación rigurosísima
    y la indiscutible íntima dependencia que simultáneamente
    observamos entre los sueños y la vida despierta. El sueño
    es algo totalmente ajeno a la realidad vivida en estado de
    vigilia. Podríamos decir que constituye una existencia apar-
    te, herméticamente encerrada en sí misma y separada de la
    vida real por un infranqueable abismo. Nos aparta de la rea-
    lidad, extingue en nosotros el normal recuerdo de la misma y
    nos sitúa en un mundo distinto y una historia vital por com-
    pleto diferente, exenta en el fondo de todo punto de contac-
    to con la real...» A continuación expone Hildebrandt cómo al
    dormirnos desaparece todo nuestro ser con todas sus formas
    de existencia. Entonces, hacemos, por ejemplo, en sueños,
    un viaje a Santa Elena para ofrecer al cautivo Emperador

  • S.

    16

    Napoleón una excelente marca de vinos del Mosela. Somos
    recibidos amabilísimamente por el desterrado y casi sentimos
    que el despertar venga a interrumpir aquellas interesantes
    ilusiones. Una vez despiertos comparamos la situación oníri-
    ca con la realidad. No hemos sido nunca comerciantes en
    vinos, ni siquiera hemos pensado en dedicarnos a tal activi-
    dad. Tampoco hemos realizado jamás una travesía y si hu-
    biéramos de emprenderla no elegiríamos seguramente Santa
    Elena como fin de la misma. Napoleón no nos inspira sim-
    patía alguna, sino al contrario, una patriótica adversión. Por
    último, cuando Bonaparte murió en el destierro, no habíamos
    nacido aún y por lo tanto no existe posibilidad alguna de
    suponer una relación personal. De este modo, nuestras aven-
    turas oníricas se nos muestran como algo ajeno a nosotros,
    intercalado entre dos fragmentos homogéneos y subsiguien-
    tes de nuestra vida.

    «Y sin embargo–prosigue Hildebrandt–lo aparentemen-
    te contrario es igualmente cierto y verdadero. Quiero decir
    que simultáneamente a esta separación existe una íntima
    relación. Podemos incluso afirmar que por extraño que sea
    lo que el sueño nos ofrezca, ha tomado el mismo sus mate-
    riales de la realidad y de la vida espiritual que en torno a
    esta realidad se desarrolla... Por singulares que sean sus
    formaciones, no puede hacerse independiente del mundo
    real, y todas sus creaciones, tanto las más sublimes como las
    más ridículas, tienen siempre que tomar su tema fundamen-
    tal de aquello que en el mundo sensorial ha aparecido ante
    nuestros ojos o ha encontrado en una forma cualquiera un
    lugar en nuestro pensamiento despierto, esto es, de aquello
    que ya hemos vivido antes exterior o interiormente.»

    b) El material onírico.–La memoria en
    el sueño.

    Que todo el material que compone el contenido del sue-
    ño, procede, en igual forma, de lo vivido, y es por lo tanto,
    reproducido–recordado–en el sueño, es cosa gene-
    ralmente reconocida y aceptada. Sin embargo, sería un error
    suponer bastante una mera comparación del sueño con la

  • S.

    17

    vida despierta para evidenciar la relación existente entre am-
    bos. Por lo contrario, sólo después de una penosa y atenta
    labor logramos descubrirla y en toda una serie de casos con-
    sigue permanecer oculta durante mucho tiempo. Motivo de
    ello es un gran número de peculiaridades que la capacidad de
    recordar muestra en el sueño y que aunque generalmente
    observadas han escapado hasta ahora a todo esclarecimien-
    to. Creo interesante estudiar detenidamente tales caracteres.

    Observamos, ante todo, que en el contenido del sueño
    aparece un material que después, en la vida despierta, no
    reconocemos como perteneciente a nuestros conocimientos
    o a nuestra experiencia. Recordamos, desde luego, que he-
    mos soñado aquello, pero no recordamos haberlo vivido
    jamás. Así, pues, no nos explicamos de qué fuente ha toma-
    do el sueño sus componentes y nos inclinamos a atribuirle
    una independiente capacidad productiva, hasta que con fre-
    cuencia, al cabo de largo tiempo, vuelve un nuevo suceso a
    atraer a la conciencia el perdido recuerdo de un suceso ante-
    rior y nos descubre con ello la fuente del sueño. Entonces,
    tenemos que confesarnos que hemos sabido y recordado en
    él algo que durante la vida despierta había sido robado a
    nuestra facultad de recordar(1).

    Delboeuf relata un interesantísimo ejemplo de este géne-
    ro, constituído por uno de sus propios sueños. En él vió el
    patio de su casa cubierto de nieve y bajo ésta halló enterra-
    das y medio heladas, dos lagartijas. Queriendo salvarles la
    vida, las recogió, las calentó y las cobijó después en una
    rendija de la pared donde tenían su madriguera, introducien-
    do además en esta última algunas hojas de cierto helecho
    que crecía sobre el muro y que él sabía ser muy gustado por
    los lacértidos. En su sueño conocía incluso el nombre de di-
    cha planta: «Asplenium ruta muralis».–Llegado a este punto
    tomó el sueño un camino diferente, pero después de una corta


    (1) También Vaschide afirma haberse observado con gran frecuen-
    cia que en nuestros sueños hablamos los idiomas extranjeros con ma-
    yor soltura y corrección que en la vida despierta.

  • S.

    18

    digresión tornó a las lagartijas y mostró a Delboeuf dos nue-
    vos animalitos de este género que habían acudido a los res-
    tos del helecho por él cortado. Luego, mirando en torno suyo,
    descubrió otro par de lagartijas que se encaminaban hacia la
    hendidura de la pared, y por último, quedó cubierta la calle
    entera por una procesión de lagartijas que avanzaban todas
    en la misma dirección.

    El pensamiento despierto de Delboeuf no conocía sino
    muy pocos nombres latinos de plantas y entre ellos no se
    hallaba el del asplenium. Mas con gran asombro comprobó
    que existía un helecho así llamado–el asplenium ruta mura-
    ria–nombre que el sueño había deformado algo. No siendo
    posible pensar en una coincidencia casual, resultaba para
    Delboeuf un misterio el origen del conocimiento que del
    nombre asplenium había poseído en su sueño.

    Sucedía esto en 1862. Diez y seis años después, halló
    Delboeuf, en casa de un amigo suyo, un pequeño álbum con
    flores secas semejante a aquellos que en algunas regiones
    de Suiza se venden como recuerdo a los extranjeros. Al ver-
    lo sintió surgir en su memoria un lejano recuerdo; abrió el
    herbario y halló en él el asplenium de su sueño, reconocien-
    do además su propia letra manuscrita en el nombre latino es-
    crito al pie de la página. En efecto, una hermana del amigo
    en cuya casa se hallaba, había visitado a Delboeuf en el cur-
    so de su viaje de bodas, dos años antes del sueño de las
    lagartijas, o sea en 1860, y le había mostrado aquel álbum
    que pensaba regalar, como recuerdo, a su hermano. Amable-
    mente, se prestó entonces Delboeuf a consignar en el herba-
    rio el nombre correspondiente a cada planta, pequeño traba-
    jo que llevó a cabo bajo la dirección de un botánico que le
    fué dictando dichos nombres.

    Otra de las felices casualidades que tanto interés dan a
    este ejemplo permitió a Delboeuf referir un nuevo fragmento
    de su sueño a su correspondiente origen olvidado. En 1877
    cayó un día entre sus manos una antigua colección de una
    revista ilustrada y al hojearla tropezó con un dibujo que re-
    presentaba aquella procesión de lagartijas que había visto en

  • S.

    19

    su sueño del año 1862. El número de la revista era de 1861
    y Delboeuf pudo recordar que en esta fecha se hallaba sus-
    crito a ella.

    Esta libre disposición del sueño sobre recuerdos inacce-
    sibles a la vida despierta constituye un hecho tan singular y
    de tan gran importancia teórica, que quiero atraer aún más
    sobre él la atención de mis lectores, por la comunicación de
    otros sueños «hipermnésticos». Maury relata que durante
    algún tiempo se le venía a las mientes varias veces al día la
    palabra Mussidan, de la que no sabía sino que era el
    nombre de una ciudad francesa. Pero una noche soñó hallar-
    se dialogando con una cierta persona que le dijo acababa de
    llegar de Mussidan, y habiéndola preguntado dónde se halla-
    ba tal ciudad, recibió la respuesta de que Mussidan era una
    capital de distrito del departamento de la Dordoña. Al des-
    pertar no dió Maury crédito alguno a la información obtenida
    en su sueño, pero el Diccionario geográfico le demostró la
    total exactitud de la misma. En este caso se comprobó el
    mayor conocimiento del sueño, pero no fué encontrada la ol-
    vidada fuente de dicho conocimiento.

    Jessen relata (pág. 55) un análogo suceso onírico de épo-
    ca más antigua: «A estos sueños pertenece, entre otros, el
    de Escalígero el viejo (Hennings I. c., pág. 300), al que cuan-
    do se hallaba terminando un poema dedicado a los hombres
    célebres de Verona se le apareció en sueños un individuo que
    dijo llamarse Brugnolo y se lamentó de haber sido olvidado
    en la composición. Aunque Escalígero no recordaba haber
    oído jamás hablar de él, incluyó unos versos en su honor, y
    tiempo después averiguó en Verona un hijo suyo, que el tal
    Brugnolo había gozado largos años atrás en dicha ciudad un
    cierto renombre como crítico.»

    Un sueño hipermnéstico, que se distingue por la peculia-
    ridad de que otro sueño posterior trajo consigo la agnición
    del recuerdo no reconocido al principio, nos es relatado por
    el marqués d'Hervey de St. Denis (según Vaschide, pági-
    na 232): «Soñé una vez con una joven de cabellos dorados a
    la que veía conversando con mi hermana mientras la enseñaba

  • S.

    20

    un bordado. En el sueño me parecía conocerla y creía inclu-
    so haberla visto repetidas veces. Al despertar siguió apare-
    ciéndoseme con toda precisión aquel bello rostro, pero me
    fué imposible reconocerlo. Luego, al volver a conciliar el re-
    poso, se repitió la misma imagen onírica. En este nuevo sue-
    ño hablé ya con la rubia señora y la pregunté si había tenido
    el placer de verla anteriormente en algún lado. «Ciertamen-
    te–me respondió–; acuérdese de la playa de Pornic.»
    Inmediatamente, desperté y recordé con toda claridad las cir-
    cunstancias reales relacionadas con aquella amable imagen
    onírica.»

    El mismo autor (según Vaschide, pág. 233) nos relata lo
    siguiente:

    «Un músico conocido suyo oyó una vez en sueños una
    melodía que le pareció completamente nueva. Varios años
    después la encontró en una vieja colección de piezas musi-
    cales, pero no pudo recordar haber tenido nunca dicha colec-
    ción entre sus manos.»

    En lugar que desgraciadamente no me es accesible (Pro-
    ceedings of the Society for psychical research) ha publicado
    Myers una amplia serie de tales sueños hipermnésticos. A
    mi juicio, todo aquel que haya dedicado alguna atención a
    estas materias tiene que reconocer como un fenómeno muy
    corriente éste de que el sueño testimonie poseer conocimien-
    tos y recuerdos de los que el sujeto no tiene la menor sospe-
    cha en su vida despierta. En los trabajos psicoanalíticos rea-
    lizados con sujetos nerviosos, trabajos de los que más ade-
    lante daré cuenta, se me presenta varias veces por semana
    ocasión de demostrar a los pacientes, apoyándome en sus
    sueños, que conocen citas, palabras obscenas, etc., y que se
    sirven de ellas en su vida onírica aunque luego en estado de
    vigilia las hayan olvidado. A continuación citaré un inocente
    caso de hipermnesia onírica en el que fué posible hallar con
    gran facilidad la fuente de que procedía el conocimiento acce-
    sible únicamente al sueño.

    Un paciente soñó, entre otras muchas cosas, que pene-
    traba en un café y pedía un «kontuszowka». Al relatarme su

  • S.

    21

    sueño me preguntó qué podía ser aquello, respondiéndole yo
    que «kontuszowka» era el nombre de un aguardiente polaco
    y que era imposible lo hubiese inventado en su sueño, pues
    yo lo conocía por haberlo leído en los carteles en que pro-
    fusamente era anunciado. El paciente no quiso, en un prin-
    cipio, dar crédito a mi explicación, pero algunos días más
    tarde, después de haber comprobado realmente en un café
    la existencia del licor de su sueño, vió el nombre soñado,
    en un anuncio fijado en una calle por la que desde hacía va-
    rios meses había tenido que pasar por lo menos dos veces
    al día.

    En mis propios sueños he podido comprobar lo mucho
    que el descubrimiento de la procedencia de elementos oní-
    ricos aislados depende de la casualidad. Así, mucho antes
    de pensar en escribir la presente obra, me persiguió durante
    varios años la imagen de una torre de iglesia, de muy senci-
    lla arquitectura, que no podía recordar haber visto nunca y
    que después reconocí bruscamente en una pequeña localidad
    situada entre Salzburgo y Reichenhall. Sucedió esto entre
    1895 y 1900, y mi primer viaje por aquella línea databa de
    1886. Años más tarde, hallándome ya consagrado intensa-
    mente al estudio de los sueños, llegó a hacérseme molesta
    la constante aparición de la imagen onírica de un singular
    local. En una precisa relación de lugar con mi propia perso-
    na, a mi izquierda, veía una habitación oscura en la que re-
    saltaban varias esculturas grotescas. Un vago y lejanísimo
    recuerdo al que no me decidía a dar crédito, me decía que tal
    habitación constituía el acceso a una cervecería, pero no me
    era posible esclarecer lo que aquella imagen onírica signifi-
    caba ni tampoco de dónde procedía. En 1907 hice un viaje a
    Padua, ciudad que contra mi deseo no me había sido posible
    volver a visitar desde 1895. En mi primera visita había que-
    dado insatisfecho, pues cuando me dirigía a la iglesia de la
    Madonna dell'Arena con objeto de admirar los frescos de
    Giotto que en ella se conservan, hube de volver sobre mis
    pasos al enterarme de que por aquellos días se hallaba ce-
    rrada. Doce años después, llegado de nuevo a Padua, pensé,

  • S.

    22

    ante todo, desquitarme de aquella contrariedad y emprendí
    el camino que conduce a dicha iglesia. Próximo ya a ella, a
    mi izquierda, y probablemente en el punto mismo en que la
    vez pasada hube de dar la vuelta, descubrí el local que tan-
    tas veces se me había aparecido en sueños, con sus grotes-
    cas esculturas. Era realmente la entrada al jardín de un res-
    taurant.

    Una de las fuentes de las que el sueño extrae el material
    que reproduce, y en parte aquel que en la actividad despierta
    del pensamiento no es recordado ni utilizado, es la vida
    infantil. Citaré tan sólo algunos de los autores que han
    observado y acentuado esta circunstancia.

    Hildebrandt (pág. 23): «Ya ha sido manifestado expresa-
    mente que el sueño vuelve a presentar ante el alma, con toda
    fidelidad y asombroso poder de reproducción, procesos leja-
    nos y hasta olvidados por el sujeto, pertenecientes a las más
    tempranas épocas de su vida.»

    Struempell (pág. 40): «La cuestión se hace aún más inte-
    resante cuando observamos cómo el sueño extrae de la pro-
    fundidad a que las sucesivas capas de acontecimientos pos-
    teriores han ido enterrando los recuerdos de juventud, in-
    tactas y con toda su frescura original, las imágenes de loca-
    lidades, cosas y personas. Y esto no se limita a aquellas
    impresiones que adquirieron en su nacimiento una viva con-
    ciencia o se han enlazado con intensos acontecimientos psí-
    quicos y retornan luego en el sueño como verdaderos re-
    cuerdos en los que la conciencia despierta se complace. Por
    lo contrario, las profundidades de la memoria onírica encie-
    rran en sí, preferentemente, aquellas imágenes de personas,
    objetos y localidades de las épocas más tempranas, que no
    llegaron a adquirir sino una escasa conciencia o ningún valor
    psíquico o perdieron ambas cosas hace ya largo tiempo y se
    nos muestran, por lo tanto, así en el sueño como al desper-
    tar, totalmente ajenas a nosotros, hasta que descubrimos su
    primitivo origen.»

    Volkelt (pág. 119): «Muy notable es la predilección con
    que los sueños acogen los recuerdos de infancia y juventud,

  • S.

    23

    presentándonos así, incansablemente, cosas en las que ya
    no pensamos y ha largo tiempo que han perdido para nos-
    otros toda su importancia.»

    El dominio del sueño sobre el material infantil, que como
    sabemos, cae en su mayor parte en las lagunas de la capaci-
    dad consciente de recordar, da ocasión al nacimiento de
    interesantes sueños hipermnésticos, de los que quiero citar
    nuevamente algunos ejemplos:

    Maury relata (pág. 92) que siendo niño fué repetidas ve-
    ces desde Meaux, su ciudad natal, a la próxima de Trilport,
    en la que su padre dirigía la construcción de un puente. Mu-
    chos años después se ve en sueños jugando en las calles de
    Trilport. Un hombre, vestido con una especie de uniforme,
    se le acerca, y Maury le pregunta cómo se llama. El desco-
    nocido contesta que es C…, el guarda del puente. Al desper-
    tar, dudando de la realidad de su recuerdo, interroga Maury
    a una antigua criada de su casa sobre si conoció a alguna
    persona del indicado nombre. «Ya lo creo–responde la cria-
    da–; así se llamaba el guarda del puente que su padre de
    usted construyó en Trilport».

    Un ejemplo igualmente comprobado de la precisión de
    los recuerdos infantiles que aparecen en el sueño nos es
    relatado también por Maury al que fué comunicado por
    un Sr. F., cuya infancia había transcurrido en Montbrison.
    Veinticinco años después de haber abandonado dicha loca-
    lidad decidió este individuo visitarla y saludar en ella a anti-
    guos amigos de su familia a los que no había vuelto a ver.
    En la noche anterior a su partida soñó que había llegado al
    fin de su viaje y encontraba en las inmediaciones de Mont-
    brison a un desconocido que le decía ser el Sr. T., antiguo
    amigo de su padre. Nuestro sujeto sabía que de niño había
    conocido a una persona de dicho nombre, pero una vez des-
    pierto, no le fué posible recordar su fisonomía. Algunos días
    después, llegado realmente a Montbrison, halló de nuevo el
    lugar en que la escena de su sueño se había desarrollado y
    que le había parecido totalmente desconocido, y encontró a
    un individuo al que reconoció en el acto como el Sr. T. de su

  • S.

    24

    sueño. La persona real se hallaba únicamente más envejeci-
    da de lo que su imagen onírica la había mostrado.

    Por mi parte, puedo relatar aquí un sueño propio en el
    que la impresión que de recordar se trataba quedó sustituída
    por una relación. En este sueño, vi una persona de la que du-
    rante el mismo sabía que era el médico de mi lugar natal. Su
    rostro no se me aparecía claramente, sino mezclado con el de
    uno de mis profesores de segunda enseñanza al que en la ac-
    tualidad encuentro aún de cuando en cuando. Al despertar me
    fué imposible hallar la relación que podía enlazar a ambas
    personas. Habiendo preguntado a mi madre por aquel médi-
    co de mis años infantiles, averigüé que era tuerto, y tuerto
    es también el profesor cuya persona se había superpuesto en
    mi sueño a la del médico. Treinta y ocho años hacía que no
    había vuelto a ver a este último, y que yo sepa, no he pen-
    sado jamás en él en mi vida despierta, aunque una cicatriz
    que llevo en la barbilla hubiera podido recordarme su actua-
    ción facultativa.

    La afirmación de algunos autores de que en la mayoría
    de los sueños pueden descubrirse elementos procedentes de
    los días inmediatamente anteriores parece querer constituir
    un contrapeso a la excesiva importancia del papel que en la
    vida onírica desempeñan las impresiones infantiles. Robert
    (pág. 46) llega incluso a observar que «en general el sueño
    normal no se ocupa sino de las impresiones de los días inme-
    diatos», y aunque comprobamos que la teoría de los sueños
    edificada por este autor exige imprescindiblemente una tal
    repulsa de las impresiones más antiguas y un paso al primer
    término, de las más recientes, no podemos dejar de recono-
    cer que el hecho consignado por Robert es cierto, y yo mis-
    mo lo he comprobado en mis investigaciones. Un autor ame-
    ricano–Nelson–opina que en el sueño hallamos casi siem-
    pre utilizadas impresiones del día anterior a aquel en cuya
    noche tuvo lugar o de tres días antes, como si las del día
    inmediato al sueño no se hallaran aún lo suficientemente de-
    bilitadas o lejanas.

    Varios investigadores que no querían poner en duda la

  • S.

    25

    íntima conexión del contenido onírico con la vida despierta,
    han opinado que aquellas impresiones que ocupan intensa-
    mente al pensamiento despierto, sólo pasan al sueño cuando
    han sido echadas a un lado por la actividad diurna. Así, su-
    cede, que en la época inmediata al fallecimiento de una per-
    sona querida y mientras la tristeza embarga el ánimo de los
    supervivientes, no suelen éstos soñar con ella (Delage). Sin
    embargo, uno de los más recientes observadores, miss Ha-
    llam, ha reunido una serie de ejemplos contrarios y repre-
    senta, en este punto, los derechos de la individualidad psi-
    cológica.

    La tercera peculiaridad, y la más singular y menos com-
    prensible de la memoria, en el sueño, se nos muestra en la
    selección del material reproducido, pues se considera digno
    de recuerdo, no lo más importante, como sucede en la vida
    despierta, sino por lo contrario, también lo más indiferente y
    nimio. Dejo aquí la palabra a los autores que con mayor ener-
    gía han expresado el asombro que este hecho les causaba.

    Hildebrandt (pág. 11): «Lo más singular es que el sueño
    no toma sus elementos de los grandes e importantes suce-
    sos ni de los intereses más poderosos y estimulantes del día
    anterior, sino de los detalles secundarios, o por decirlo así,
    de los residuos sin valor del pretérito inmediato o lejano. La
    muerte de una persona querida, que nos ha sumido en el más
    profundo desconsuelo y bajo cuya triste impresión concilia-
    mos el reposo, se extingue en nuestra memoria durante tal
    estado hasta que en el momento mismo de despertar vuelve
    a ella con dolorosa intensidad. En cambio, la verruga que
    ostentaba en la frente un desconocido con quien tropezamos
    y en el que no hemos pensado ni un solo instante, desempe-
    ña un papel en nuestro sueño…»

    Struempell (pág. 39): «… casos en los que la disección de
    un sueño halla elementos del mismo que proceden efectiva-
    mente de los sucesos vívidos durante el último o el penúlti-
    mo días, pero que poseían tan escasa importancia para el
    pensamiento despierto, que cayeron en seguida en el olvido.
    Estos sucesos suelen ser manifestaciones casualmente oídas

  • S.

    26

    o actos superficialmente observados de otras personas, per-
    cepciones rápidamente olvidadas de cosas o personas, pe-
    queños trozos aislados de una lectura, etc.»

    Havelock Ellis (1899, pág. 727): «The profound emotions
    of waking life, the questions and problems on which we
    spread our chief voluntary mental energy, are not those
    which usually present themselves at once to dreamcons-
    ciousness. It is so far as the immediate past is concerned,
    mostly the trifling, the incidental, the «forgotten» impressions
    of daily life which reappear in our dreams. The psychic acti-
    vities that are awake most intensely are those that sleep
    most profoundly.»

    Binz (pág. 45) toma estas peculiaridades de la memoria,
    en el sueño, como ocasión de mostrar su insatisfacción ante
    las explicaciones del sueño a las que él mismo se adhiere:
    «El sueño natural nos plantea análogos problemas. ¿Por qué
    no soñamos siempre con las impresiones mnémicas del día
    inmediatamente anterior, sino que sin ningún motivo visible
    nos sumimos en un lejanísimo pretérito ya casi extinguido?
    ¿Por qué recibe tan frecuentemente la conciencia, en el sue-
    ño, la impresión de imágenes mnémicas indiferentes,
    mientras que las células cerebrales, allí donde las mismas
    llevan en sí las más excitables inscripciones de lo vivido, ya-
    cen casi siempre mudas e inmóviles aunque poco tiempo
    antes las haya excitado, en la vida despierta, un agudo es-
    tímulo?»

    Comprendemos sin esfuerzo cómo la singular predilec-
    ción de la memoria onírica por lo indiferente y en consecuen-
    cia poco atendido de los sucesos diurnos había de llevar casi
    siempre a la negación de la dependencia del sueño de la vida
    diurna, y después, a dificultar, por lo menos, en cada caso,
    la demostración de la existencia de la misma. De este modo
    ha resultado posible que en la estadística de sus sueños (y
    de los de su colaborador) formada por mis Whiton Calkins,
    aparezca fijado en un 11 por 100 el número de sueños en los
    que no resultaba visible una relación con la vida diurna. Hil-
    debrandt está seguramente en lo cierto cuando afirma que si

  • S.

    27

    dedicásemos a cada caso tiempo y atención suficientes, lo-
    graríamos siempre esclarecer el origen de todas las imágenes
    oníricas. Claro es que a continuación califica esta labor de
    «tarea penosa e ingrata, pues se trataría principalmente, de
    rebuscar, en los más recónditos ángulos de la memoria, toda
    clase de cosas desprovistas del más mínimo valor psíquico y
    extraer nuevamente a la luz, sacándolas del profundo olvido
    en que cayeron, quizá inmediatamente después de su apari-
    ción, toda clase de momentos indiferentes de un lejano pre-
    térito». Por mi parte, debo, sin embargo, lamentar, que el
    sutil ingenio de este autor no se decidiese a seguir el camino
    que aquí se iniciaba ante él, pues le hubiera conducido en el
    acto al punto central de la explicación de los sueños.

    La conducta de la memoria onírica es seguramente de
    altísima importancia para toda teoría general de la memoria.
    Nos enseña, en efecto, «que nada de aquello que hemos po-
    seído una vez espiritualmente puede ya perderse por com-
    pleto» (Scholz, pág. 34). O como manifiesta Delboeuf «que
    toute impression même la plus insignifiante, laisse une trace
    inalterable, indéfiniment susceptible de reparaître au jour»,
    conclusión que nos imponen así mismo otros muchos fenó-
    menos patológicos de la vida anímica. Esta extraordinaria
    capacidad de rendimiento de la memoria, en el sueño, es
    cosa que deberemos tener siempre presente para darnos per-
    fecta cuenta de la contradicción en que incurren ciertas teo-
    rías, de las que más adelante trataremos, cuando intentan
    explicar el absurdo y la incoherencia de los sueños por el ol-
    vido parcial de lo que durante el día nos es conocido.

    Podía quizá ocurrírsenos reducir el fenómeno onírico en
    general al del recordar, y ver en el sueño la manifestación
    de una actividad de reproducción no interrumpida durante
    la noche y que tuviera su fin en sí misma. A esta hipótesis
    se adaptarían comunicaciones como la de v. Pilcz, de las cua-
    les deduce este autor la existencia de estrechas relaciones
    entre el contenido del sueño y el momento en que se des-
    arrolla. Así, en aquel período de la noche en que nuestro re-
    poso es más profundo, reproduciría el sueño las impresiones

  • S.

    28

    más lejanas o pretéritas, y en cambio, hacia la mañana, las más
    recientes. Pero esta hipótesis resulta inverosímil desde un
    principio, dada la forma en que el sueño actúa con el mate-
    rial que de recordar se trata. Struempell llama justificada-
    mente la atención sobre el hecho de que el sueño no nos
    muestra nunca la repetición de un suceso vivido. Toma como
    punto de partida un detalle de alguno de estos sucesos, pero
    presenta luego una laguna, modifica la continuación o la sus-
    tituye por algo totalmente ajeno. De este modo, resulta que
    nunca trae consigo sino fragmentos de reproducciones, hecho
    tan general y comprobado que podemos utilizarlo como base
    de una construcción teórica. Sin embargo, también aquí ha-
    llamos excepciones en las que el sueño reproduce un suceso
    tan completamente como pudiera hacerlo nuestra memoria
    en la vida despierta. Delboeuf relata que uno de sus colegas
    de Universidad pasó en un sueño por la exacta repetición de
    un accidente del que milagrosamente había salido ileso. Cal-
    kins cita dos sueños cuyo contenido fué exacta reproducción
    de un suceso del día anterior, y por mi parte, también halla-
    ré oportunidad, más adelante, de exponer un ejemplo de re-
    torno onírico no modificado, de un suceso de la infancia (1).

    c) Estímulos y fuentes de los sueños.
    Aquello que estos conceptos significan podemos explicarlo
    por analogía con la idea popular de que los «sueños vienen
    del estómago». En efecto, detrás de dichos conceptos se
    esconde una teoría que considera a los sueños como conse-
    cuencia de una perturbación del reposo. No hubiéramos so-
    ñado si nuestro reposo no hubiese sido perturbado por una
    causa cualquiera, y el sueño es la reacción a dicha pertur-
    bación.

    La discusión de las causas provocadoras de los sueños


    (1) Como resultado de investigaciones posteriores, añadiré aquí
    que no es cosa tan rara el que el sueño reproduzca inocentes y poco im-
    portantes ocupaciones del día, tales como hacer los baules, preparar la
    comida, etc. Pero en tales sueños no acentúa el sujeto el carácter de
    recuerdo, sino el de realidad: «Todo eso lo estuve haciendo realmente
    durante el día».

  • S.

    29

    ocupa en la literatura onírica un lugar preferente, aunque
    claro es que este problema no ha podido surgir sino después
    de haber llegado el sueño a constituirse en objeto de la in-
    vestigación biológica. En efecto, los antiguos, que conside-
    raban el sueño como un mensaje divino, no necesitaban bus-
    car para él estímulo ninguno, pues veían su origen en la vo-
    luntad de los poderes divinos o demoniacos y atribuían su
    contenido a la intención o el conocimiento de los mismos. En
    cambio, para la ciencia se planteó en seguida la interroga-
    ción de si el estímulo provocador de los sueños era siempre
    el mismo o podía variar, y paralelamente, la de si la explica-
    ción causal del fenómeno onírico corresponde a la psicología
    o a la fisiología. La mayor parte de los autores parece aceptar
    que las causas de perturbación del reposo, esto es, las fuentes
    de los sueños, pueden ser de muy distinta naturaleza y que
    tanto las excitaciones físicas como los sentimientos anímicos
    son susceptibles de constituirse en estímulos oníricos. En la
    preferencia dada a unas u otras de estas fuentes y en la clasi-
    ficación de las mismas por orden de su importancia como ge-
    neratrices de sueños es en lo que ya difieren más las opi-
    niones.

    La totalidad de las fuentes oníricas puede dividirse en
    cuatro especies, división que ha servido también de base
    para clasificar los sueños:

    1. Excitación sensorial externa (ob-
    jetiva).

    2. Excitación sensorial interna (sub-
    jetiva).

    3. Estímulo somático interno (orgá-
    nico).

    4. Fuentes de estímulo puramente psí-
    quicas.

    1. Las excitaciones sensoriales exter-
    nas. Struempell el joven, hijo del filósofo del mismo nom-
    bre y autor de una obra sobre los sueños que nos ha servido
    muchas veces de guía en nuestra investigación de los proble-
    mas oníricos, refiere las observaciones realizadas en un en-

  • S.

    30

    fermo que padecía una anestesia general del tegumento ex-
    terno y una parálisis de varios de los más importantes órga-
    nos sensoriales. Este individuo se quedaba profundamente
    dormido en cuanto se le aislaba por completo del mundo ex-
    terior, privándole de los escasos medios de comunicación
    que aún poseía con el mismo. A una situación semejante a la
    del sujeto de este experimento de Struempell tendemos to-
    dos cuando deseamos conciliar el reposo. Cerramos las más
    importantes puertas sensoriales–los ojos–y procuramos
    resguardar los demás sentidos de todo nuevo estímulo o toda
    modificación de los que ya actúan sobre ellos.

    En esta forma es como llegamos a conciliar el reposo
    aunque nunca nos sea dado conseguir totalmente el propósi-
    to antes indicado, pues ni podemos mantener nuestros órga-
    nos sensoriales lejos de todo estímulo ni tampoco suprimir
    en absoluto su excitabilidad. El hecho de que cuando un es-
    tímulo alcanza una cierta intensidad logra siempre hacernos
    despertar, demuestra «que también durante el reposo ha per-
    manecido el alma en continua conexión con el mundo exte-
    rior». Así, pues, los estímulos sensoriales que llegan a nos-
    otros durante el reposo, pueden muy bien constituirse en
    fuentes de sueños.

    De tales estímulos existe toda una amplia serie, desde los
    inevitables que el mismo estado de reposo trae consigo o a
    los que tienen ocasionalmente que permitir el acceso, hasta
    el casual estímulo despertador susceptible de poner fin al re-
    poso o destinado a ello. Una intensa luz puede llegar a nues-
    tros ojos, un ruido a nuestros oídos o un olor a nuestro olfa-
    to. Así mismo, podemos llevar a cabo, durante el reposo,

    movimientos involuntarios que dejando al descubierto una
    parte de nuestro cuerpo la expongan a una sensación de en-
    friamiento, o adoptar posturas que generen sensaciones de
    presión o de contacto. Por último, puede picarnos un insecto
    o mover una circunstancia cualquiera que excite simultánea-
    mente varios de nuestros sentidos. La atenta observación de
    los investigadores ha coleccionado toda una serie de sueños
    en los que el estímulo comprobado al despertar coincidía

  • S.

    31

    con un fragmento del contenido onírico hasta el punto de ha-
    cernos posible reconocer en dicho estímulo la fuente del
    sueño.

    Tomándola de Jessen (pág. 527), reproduciré aquí una
    colección de estos sueños imputables a estímulos sensoriales
    objetivos más o menos accidentales: Todo ruido vagamente
    advertido provoca imágenes oníricas correspondientes; el
    trueno nos sitúa en medio de una batalla, el canto de un gallo
    puede convertirse en un grito de angustia, y el chirriar de
    una puerta, hacernos soñar que han entrado ladrones en
    nuestra casa. Cuando nos destapamos, soñamos quizá que
    andamos desnudos o hemos caído al agua. Cuando nos atra-
    vesamos en la cama y sobresalen nuestros pies de los bor-
    des de la misma, soñamos, a lo mejor, que nos hallamos al
    borde de un temeroso precipicio o que caemos rodando des-
    de una altura. Si en el transcurso de la noche llegamos a co-
    locar casualmente nuestra cabeza debajo de la almohada, so-
    ñaremos que sobre nosotros pende una enorme roca amena-
    zando con aplastarnos. La acumulación del semen engendra
    sueños voluptuosos, y los dolores locales, la idea de sufrir
    malos tratamientos, ser objeto de ataques hostiles o recibir
    heridas...

    «Meier (Versuch einer Erklaerung des Nachtwandels.
    Halle, 1858, pág. 33) soñó una vez ser atacado por varias
    personas que le tendían de espaldas, le introducían por el
    pie, por entre el dedo gordo y el siguiente, un palo, y clava-
    ban luego éste en el suelo. Al despertar sintió, en efecto,
    que tenía una paja clavada entre dichos dedos. Este mismo
    sujeto soñó, según Hennings (1784, pág. 258), que le ahorca-
    ban, una noche en que la camisa de dormir le oprimía un poco
    el cuello. Hoffbauer soñó, en su juventud, que caía desde lo
    alto de un elevado muro, y al despertar observó que por ha-
    berse roto la cama había caído él realmente con el colchón
    al suelo... Gregory relata que una vez que al acostarse co-
    locó a los pies una botella con agua caliente, soñó que subía
    al Etna y se le hacía casi insoportable el calor que el suelo
    despedía. Otro individuo que se acostó teniendo una cata-
     

  • S.

    32

    plasma aplicada a la cabeza, soñó ser atacado por los indios y
    despojado del cuero cabelludo. Otro que se acostó teniendo
    puesta una camisa húmeda, creyó ser arrastrado por la impe-
    tuosa corriente de un río. Un sujeto en el que durante la no-
    che se inició un ataque de podagra, soñó que la Inquisición le
    sometía al tormento del potro (Macnish)».

    La hipótesis explicativa basada en la analogía entre el
    estímulo y el contenido del sueño queda reforzada por la
    posibilidad de engendrar en el durmiente, sometiéndole a
    determinados estímulos sensoriales, sueños correspondientes
    a los mismos. Macnish y después Giron de Buzareingues
    han llevado a cabo experimentos de este género. Giron «dejó
    una vez destapadas sus rodillas y soñó que viajaba por la
    noche en una diligencia». Al relatar este sueño añade la ob-
    servación de que todos aquellos que tienen costumbre de
    viajar saben muy bien el frío que se siente en las rodillas
    cuando se va de noche en un carruaje. Otra vez se acostó
    dejando al descubierto la parte posterior de su cabeza y
    soñó que asistía a una ceremonia religiosa al aire libre. En
    el país en que vivía era, en efecto, costumbre, conservar
    siempre el sombrero puesto, salvo en ocasiones como la de
    su sueño.

    Maury comunica nuevas observaciones de sueños propios
    experimentalmente provocados. (Una serie de otros experi-
    mentos no tuvo resultado alguno.)

    1. Le hacen cosquillas con una pluma en los labios y en
    la punta de la naríz. –Sueña que es sometido a una horrible
    tortura consistente en colocarle una careta de pez y arran-
    cársela luego violentamente con toda la piel del rostro.

    2. Frotan unas tijeras contra unas tenazas de chime-
    nea. –Oye sonar las campanas, luego tocar a rebato y se
    encuentra trasladado a los días revolucionarios de Junio
    de 1848.

    3. Le dan a oler agua de colonia. –Se halla en el Cairo,
    en la tienda de Juan María Farina. Luego siguen locas aven-
    turas que no puede reproducir.

    4. Le pellizcan ligeramente en la nuca. –Sueña que le

  • S.

    33

    ponen una cataplasma y piensa en un médico que le asistió
    en su niñez.

    5. Le acercan a la cara un hierro caliente. —Sueña que
    los «chauffeurs»(1) han entrado en la casa y obligan a sus
    habitantes a revelarles dónde guardan el dinero, acercando
    sus pies a las brasas de la chimenea. Luego aparece la du-
    quesa de Abrantes, cuyo secretario es él en su sueño.

    6. Le vierten una gota de agua sobre la frente. —Está
    en Italia, suda copiosamente y bebe vino blanco de Orvieto.

    7. Se hace caer sobre él repetidas veces, a través de un
    papel rojo, la luz de una vela. —Sueña con el tiempo, con el
    calor, y se encuentra de nuevo en medio de una tempestad
    de la que realmente fué testigo en una travesía.

    D'Hervey, Weygandt y otros han realizado también expe-
    rimentos de este género.

    Muchos autores han observado «la singular facilidad con
    que el sueño logra entretejer en su contenido, súbitas impre-
    siones sensoriales, convirtiéndolas en el desenlace, ya pau-
    latinamente preparado, de dicho contenido» (Hildebrandt).

    «En mis años de juventud—escribe este mismo autor—
    acostumbraba a tener en mi alcoba un reloj despertador cuyo
    repique me avisase a la hora de levantarme. Pues bien; más
    de cien veces sucedió que el agudo sonido del timbre venía
    a adaptarse de tal manera al contenido de un sueño, largo y
    coherente en apariencia, que la totalidad del mismo parecía
    no ser sino su necesario antecedente y hallar en él su apro-
    piada e indispensable culminación lógica y su fin natural.»

    Con un distinto propósito citaré tres de estos sueños pro-
    vocados por un estímulo que pone fin al reposo.

    Volkelt (pág. 68): «Un compositor soñó que se hallaba
    dando clase y que al acabar una explicación se dirigía a un
    alumno, preguntándole: «¿Me has comprendido?». El alumno
    responde a voz en grito: «¡Oh, sí! (¡O ja!)». Incomodado por
    aquella manera de gritar le manda que baje la voz. Pero la


    (1)«Chauffeurs», nombre dado en la Vendée a una cuadrilla de la-
    drones que aplicaban a sus víctimas la tortura descrita.

  • S.

    34

    clase entera grita ya a coro: «¡Orja!», después «¡Eurjo!» y
    por último «¡Feuerjo! (¡Fuego!)». En este momento despierta
    por fin el sujeto oyendo realmente en la calie el grito de
    ¡fuego!»

    Garnier (Traité des facultés de l'âme, 1865) relata que
    cuando se intentó asesinar a Napoleón, haciendo explotar
    una máquina infernal al paso de su carruaje, iba el Empera-
    dor durmiendo y la explosión interrumpió un sueño en el que
    revivía el paso del Tagliamento y oía el fragor del cañoneo
    austriaco. Al despertar, sobresaltado, lo hizo con la exclama-
    ción: «¡Estamos terminados!»

    Uno de los sueños de Maury ha llegado a hacerse céle-
    bre (pág. 161). Hallándose enfermo en cama, soñó con la
    época del Terror durante la Revolución francesa, asistió a
    escenas terribles y se vió conducido ante el tribunal revolu-
    cionario, del que formaban parte Robespierre, Marat, Fou-
    quier-Tinville y demás tristes héroes de aquel sangriento
    período. Después de un largo interrogatorio y de una serie
    de incidentes que no se fijaron en su memoria, fué condena-
    do a muerte y conducido al cadalso en medio de una inmen-
    sa multitud. Sube al tablado, el verdugo le ata a la plancha
    de la guillotina, bascula ésta, cae la cuchilla y Maury siente
    cómo su cabeza queda separada del tronco. En este mo-
    mento, despierta, presa de horrible angustia y encuentra que
    una de las varillas de las cortinas de la cama ha caído sobre
    su garganta análogamente a la cuchilla ejecutora.

    Este sueño provocó una interesante discusión que en la
    «Révue philosophique» sostuvieron Le Lorrain y Egger so-
    bre cómo y en qué forma era posible al durmiente, acumu-
    lar, en el corto espacio de tiempo transcurrido entre la per-
    cepción del estímulo despertador y el despertar, una cantidad
    aparentemente tan considerable de contenido onírico.

    En los ejemplos de este género, se nos muestran los es-
    tímulos sensoriales objetivos advertidos durante el reposo
    como la más comprensible y evidente de las fuentes oníricas,
    circunstancia a la que se debe que sea ésta la única que ha
    pasado al conocimiento vulgar. En efecto, si a un hombre

  • S.

    35

    culto, pero desconocedor de la literatura científica sobre es-
    tas materias, le preguntamos cómo nacen los sueños, nos
    contestará seguramente citando alguno de aquellos casos en
    los que el sueño queda explicado por un estímulo sensorial
    objetivo comprobado al despertar. Pero la observación cien-
    tífica no puede detenerse aquí y halla motivo de nuevas inte-
    rrogaciones en el hecho de que el estímulo que durante el
    reposo actúa sobre los sentidos no aparece en el sueño en
    su forma real sino que es sustituído por una cualquier repre-
    sentación distinta relacionada con él en alguna forma. Pero
    esta relación que une el estímulo y el resultado oníricos es,
    según palabras de Maury, «une affinité quelconque, mais qui
    n’est pas unique et exclusive» (pág. 72). Después de leer
    los tres sueños interruptores del reposo que a continuación
    tomamos de Hildebrandt, no podemos por menos de pregun-
    tarnos por qué el mismo estímulo provocó tres resultados
    oníricos tan distintos y por qué precisamente tales tres:

    (Pág. 37). «En una mañana de primavera, paseo a través
    de los verdes campos en dirección a un pueblo vecino a cu-
    yos habitantes veo dirigirse, vestidos de fiesta y formando
    numerosos grupos, hacia la iglesia, con el libro de misa en la
    mano. Es, en efecto, domingo, y la primera misa debe co-
    menzar dentro de pocos minutos. Decido asistir a ella, pero
    como hace mucho calor, entro, para reposar, en el cemente-
    rio que rodea a la iglesia. Mientras me dedico a leer las di-
    versas inscripciones funerarias, oigo al campanero subir a la
    torre y veo en lo alto de la misma la campanita pueblerina
    que habrá de anunciar dentro de poco el comienzo del servi-
    cio divino. Durante algunos instantes, la campana permanece
    inmóvil, pero luego comienza a agitarse y de repente sus so-
    nes llegan a hacerse tan agudos y claros que ponen fin a mi
    sueño. Al despertar oigo a mi lado el timbre del despertador.»

    Otra combinación: «Es un claro día de invierno y las ca-
    lles se hallan cubiertas por una espesa capa de nieve. Ten-
    go que tomar parte en una excursión en trineo, pero me veo
    obligado a esperar largo tiempo antes de que se me anuncie
    que el trineo ha llegado a mi puerta. Antes de subir a él,

  • S.

    36

    hago mis preparativos, poniéndome el gabán de pieles e ins-
    talando en el fondo del coche un calentador. Por fin, subo al
    trineo, pero el cochero no se decide a dar la señal de parti-
    da a los caballos. Sin embargo, éstos acaban por emprender
    la marcha, y los cascabeles de sus colleras, violentamente
    sacudidos, comienzan a sonar, pero con tal intensidad que el
    cascabeleo rompe inmediatamente la tela de araña de mi sue-
    ño. También esta vez se trataba simplemente del agudo tim-
    bre de mi despertador».

    Tercer ejemplo: «Veo a mi criada avanzar por un pasillo
    hacia el comedor llevando en una pila varias docenas de pla-
    tos. La columna de porcelana me parece a punto de perder
    el equilibrio. «Ten cuidado–advierto a la criada–, vas a
    tirar todos los platos.» La criada me responde, como de cos-
    tumbre, que no me preocupe, pues ya sabe ella lo que se
    hace, pero su respuesta no me quita de seguirla con una mi-
    rada inquieta. En efecto, al llegar a la puerta del comedor,
    tropieza, y la frágil vajilla cae, rompiéndose en mil pedazos
    sobre el suelo y produciendo un gran estrépito que se sostie-
    ne hasta hacerme advertir que se trata de un ruido persisten-
    te, distinto del que la porcelana ocasiona al romperse y pa-
    recido más bien al de un timbre. Al despertar, compruebo
    que es el repique del despertador».

    El problema que plantea este error en que con respecto a la
    verdadera naturaleza del estímulo sensorial objetivo incurre el
    alma en el sueño, ha sido resuelto por Struempell–y casi idén-
    ticamente por Wundt–en el sentido de que el alma se encuen-
    tra con respecto a tales estímulos, surgidos durante el estado
    de reposo, en condiciones idénticas a| las que presiden la
    formación de ilusiones. Para que una impresión sensorial
    quede reconocida o exactamente interpre-
    tada por nosotros, esto es, incluída en el grupo de recuer-
    dos al que según toda nuestra experiencia anterior pertene-
    ce, es necesario que sea suficientemente fuerte, precisa y
    duradera y que, por nuestra parte, dispongamos de tiempo
    para realizar la necesaria reflexión. No cumpliéndose estas
    condiciones nos resulta imposible llegar al conocimiento del

  • S.

    37

    objeto del que la impresión procede, y lo que sobre esta úl-
    tima construímos no pasa de ser una ilusión. «Cuando al-
    guien va de paseo por el campo y distingue imprecisamente
    un objeto lejano, puede suceder que al principio lo suponga
    un caballo.» Visto luego el objeto desde más cerca, le pare-
    cerá ser una vaca echada sobre la tierra, y por último, esta
    representación se convertirá en otra distinta y ya definitiva,
    consistente en la de un grupo de hombres sentados. De
    igual naturaleza indeterminada son las impresiones que el
    alma recibe durante el estado de reposo por la actuación de
    estímulos externos, y fundada en ellas, construirá ilusiones,
    valiéndose de la circunstancia de que cada impresión hace
    surgir, en mayor o menor cantidad, imágenes mnémicas, las
    cuales dan a la misma su valor psíquico. De cuál de los mu-
    chos círculos mnémicos posibles son extraídas las imágenes
    correspondientes y cuáles de las posibles relaciones asocia-
    tivas entran aquí en juego, son cuestiones que permanecen,
    aun después de Struempell, indeterminables y como abando-
    nadas al arbitrio de la vida anímica.

    Nos hallamos aquí ante un dilema. Podemos admitir que
    no es factible perseguir más allá la normatividad de la for-
    mación onírica y renunciar por lo tanto a preguntar si la in-
    terpretación de la ilusión provocada por la impresión senso-
    rial no se encuentra sometida a otras condiciones. Pero
    también podemos establecer la hipótesis de que la excitación
    sensorial objetiva surgida durante el reposo no desempeña,
    como fuente onírica, más que un modestísimo papel y que
    la selección de las imágenes mnémicas que de despertar se
    trata, queda determinada por otros factores. En realidad, si
    examinamos los sueños experimentalmente generados de
    Maury, sueños que con esta intención he comunicado tan al
    detalle, nos inclinamos a concluir que el experimento reali-
    zado no nos descubre propiamente sino el origen de uno
    solo de los elementos oníricos, mientras que el contenido
    restante del sueño se nos muestra más bien demasiado inde-
    pendiente y demasiado determinado en sus detalles para po-
    der ser esclarecido por la única explicación de su obligado

  • S.

    38

    ajuste al elemento experimentalmente introducido. Por últi-
    mo, cuando averiguamos que la misma impresión objetiva
    encuentra a veces en el sueño una singularísima interpreta-
    ción, ajena por completo a su naturaleza real, llegamos inclu-
    so a dudar de la teoría de la ilusión y del poder de las impre-
    siones objetivas para conformar los sueños. M. Simón refiere
    un sueño en el que vió varias personas gigantescas sentadas
    a comer en derredor de una mesa y oyó claramente el tre-
    mendo ruido que sus mandíbulas producían al masticar. Al
    despertar oyó las pisadas de un caballo que pasaba al galo-
    pe ante su ventana. Si las pisadas de un caballo despertaron
    en este sueño, representaciones que parecen pertenecer al
    círculo de recuerdos de los viajes de Gulliver–la estancia de
    éste entre los gigantes de Brobdingnag–: ¿no habrá sido fa-
    cilitada además la elección de este círculo de recuerdos, tan
    ajeno al estímulo, por otros motivos?(1)

    2. Excitaciones sensoriales internas
    (subjetivas).

    A despecho de todas las objeciones, nos vemos obliga-
    dos a admitir como indiscutible la intervención, durante el
    reposo y a título de estímulos oníricos, de las excitaciones
    sensoriales objetivas. Mas cuando estos estímulos se nos
    muestran de naturaleza y frecuencia insuficientes para expli-
    car todas las imágenes oníricas, nos inclinaremos a buscar
    fuentes distintas, aunque de análoga actuación. Ignoro qué
    autor inició la idea de agregar, como fuentes de sueños, a
    los estímulos externos, las excitaciones internas (subjetivas),
    pero el hecho es que en todas las exposiciones modernas
    de la etiología de los sueños, se sigue esta norma: «A mi
    juicio–dice Wundt (pág. 363)–desempeñan también un pa-
    pel esencial, en las ilusiones oníricas, aquéllas sensaciones
    subjetivas, visuales o auditivas, que en el estado de vigilia
    nos son conocidas como caos luminoso del campo visual os-
    curo, zumbido de oídos, etc., y entre ellas especialmente las


    (1) La aparición de personas gigantes en un sueño indica que en el
    mismo se evoca una escena de la infancia del durmiente.

  • S.

    39

    excitaciones subjetivas de la retina, con lo que quedaría ex-
    plicada la singular tendencia del sueño a presentarnos consi-
    derables cantidades de objetos análogos o idénticos–pája-
    ros, mariposas, peces, cuentas de colores, flores, etc. En
    estos casos el polvillo luminoso del campo visual oscuro
    toma una forma fantástica y los puntos luminosos de que se
    compone quedan encarnados por el sueño en otras tantas
    imágenes independientes que a causa de la movilidad del
    caos luminoso son consideradas como dotadas de movi-
    miento–. Aquí radica quizá también la gran preferencia del
    sueño por las más diversas figuras zoológicas cuya riqueza
    de formas se adapta fácilmente a la especial de las imágenes
    luminosas subjetivas».

    Las excitaciones sensoriales subjetivas poseen desde lue-
    go, en calidad de fuentes de las imágenes oníricas, la venta-
    ja de no depender, como las objetivas, de casualidades
    exteriores. Se hallan, por decirlo así, a la disposición del
    esclarecimiento del sueño siempre que para ello las necesi-
    tamos. Pero en cambio, presentan, con respecto a las exci-
    taciones sensoriales objetivas, el inconveniente de que su ac-
    tuación como estímulos oníricos, no resulta susceptible–o
    sólo con grandes dificultades–de aquella comprobación que
    la observación y el experimento nos proporcionan en las pri-
    meras. El poder provocador de sueños de las excitaciones
    sensoriales subjetivas nos es demostrado principalmente por
    las llamadas alucinaciones hipnagógicas, que han sido des-
    critas por J. Mueller, como «fenómenos visuales fantásticos»
    y consisten en imágenes, con frecuencia muy animadas y
    cambiantes, que muchos individuos suelen percibir en el pe-
    ríodo de duerme-vela anterior al dormir y pueden perdurar
    durante un corto espacio de tiempo después que el sujeto ha
    abierto los ojos. Maury, en quien eran frecuentísimas tales
    alucinaciones, las estudió cuidadosamente y afirma su cone-
    xión y hasta su identidad con las imágenes oníricas, teoría
    que sostiene también J. Mueller. Para su génesis–dice Mau-
    ry–es necesaria una cierta pasividad anímica, un relajamien-
    to de la atención (pág. 59 y sigs.). Pero basta que caigamos

  • S.

    BERO: Si ‏ה שלש‎ sub

    por un segundo en un tal letargo, para percibir, cualquiera
    que sea nuestra disposicion de momento, una alucinacién
    hipnagdgica, después de la cual podemos despertar, volver
    a aletargarnos, percibir nuevas alucinaciones hipnagógicas, y
    así sucesivamente, hasta que acabamos por conciliar, ya pro-
    fundamente, el reposo. Si en estas circunstancias desperta-
    mos de nuevo al cabo de un intervalo no muy largo, podre-
    mos comprobar, según Maury, que en nuestros sueños
    durante dicho intervalo han tomado parte aquellas mismas
    imágenes percibidas antes como alucinaciones hipnagógicas.
    Así sucedió una vez a Maury con una serie de figuras gro-
    tescas de rostro desencajado y extraños peinados, que des-
    pués de importunarle antes de conciliar el reposo, se incluye-
    ron en uno de sus sueños. Otra vez que hallándose sometido
    a una rigurosa dieta experimentaba una sensación de hambre,
    vió hipnagógicamente un plato y una mano armada de tenedor
    que tomaba comida de él. Luego, dormido, soñó hallarse ante
    una mesa ricamente servida y oyó el ruido que los invitados
    producían con los tenedores. En otra ocasión, padeciendo de
    una dolorosa irritación de la vista, tuvo antes de dormirse una
    alucinación hipnagógica consistente en la visión de una serie
    de signos microscópicos que le era preciso ir descifrando uno
    tras otro con gran esfuerzo. Una hora después, al despertar,
    recordó un sueño en el que había tenido que leer trabajosa-
    mente un libro impreso en pequeñísimos caracteres.

    Análogamente a estas imágenes, pueden surgir hipnagó-
    gicamente alucinaciones objetivas de palabras, nombres,
    etcétera, que luego se repiten en el sueño subsiguiente, cons-
    tituyendo, así, la alucinación, una especie de overtura en la
    que se inician los temas principales que luego habrán de ser
    desarrollados.

    Igual orientación que J. Mueller y Maury, sigue en la ac-
    tualidad un moderno observador de las alucinaciones hipna-
    gógicas, G. Trumbull Ladd. A fuerza de ejercitarse llegó a
    poder interrumpir voluntariamente su reposo dos a cinco mi-
    nutos después de haberlo conciliado, y sin abrir los ojos, ha-
    llaba ocasión de comparar las sensaciones de la retina, que

    AA

  • S.

    41

    en aquel momento desaparecían, con las imágenes oníricas
    que perduraban en su recuerdo. De este modo, asegura ha-
    ber logrado comprobar, en todo caso, la existencia entre
    aquellas sensaciones y estas imágenes, de una íntima rela-
    ción consistente en que los puntos y líneas luminosas de la
    luz propia de la retina constituían como el esquema o silueta-
    do de las imágenes oníricas psíquicamente percibidas. Así,
    un sueño en el que se vió leyendo y estudiando varias líneas
    de un texto impreso en claros caracteres, correspondía a una
    ordenación en líneas paralelas de los puntos luminosos de la
    retina. O para decirlo con sus propias palabras: La página
    claramente impresa que leyó en su sueño, se transformó lue-
    go en un objeto que su percepción despierta interpretó como
    un fragmento de una hoja realmente impresa que para verla
    más precisamente desde una larga distancia la contemplaba
    a través de un pequeño agujero practicado en una hoja de
    papel. Ladd opina–sin disminuir la importancia de la parte
    central del fenómeno–que apenas se desarrolla en nosotros
    un solo sueño visual que no tenga su base en los estados in-
    ternos de excitación de la retina. Esto sucede especialmente
    en aquellos sueños que surgen en nosotros al poco tiempo
    de conciliar el reposo en una habitación oscura, mientras que
    en los sueños matutinos queda constituída la fuente de es-
    tímulos por la luz que penetra ya en el cuarto y hasta los
    ojos del durmiente. El carácter cambiante y capaz de infinitas
    variaciones de la excitación de la luz propia corresponde
    exactamente a la inquieta huída de imágenes que nuestros
    sueños nos presentan. Si admitimos la exactitud de estas ob-
    servaciones de Ladd no podemos por menos de considerar
    muy elevado el rendimiento onírico de esta fuente de estímu-
    los subjetiva, pues las imágenes visuales constituyen el prin-
    cipal elemento de nuestros sueños. La aportación de los res-
    tantes dominios sensoriales, incluso el auditivo, es menor y
    más inconstante.

    3. Estímulo somático interno (orgáni-
    co). Habiendo emprendido la labor de buscar las fuentes
    oníricas dentro del organismo y no fuera de él, habremos de

  • S.

    42

    recordar que casi todos nuestros órganos internos, que en
    estado de salud apenas nos dan noticia de su existencia, lle-
    gan a constituir para nosotros, durante los estados de exci-
    tación o las enfermedades, una fuente de sensaciones, dolo-
    rosas en su mayoría, equivalente a los estímulos de las ex-
    citaciones dolorosas y sensitivas procedentes del exterior.
    Son muy antiguos conocimientos los que, por ejemplo, ins-
    piran a Struempell las manifestaciones siguientes (pág. 107):
    «El alma llega en el estado de reposo a una conciencia sen-
    sitiva mucho más amplia y profunda de su encarnación que
    en la vida despierta y se ve obligada a recibir y a dejar ac-
    tuar sobre ella determinadas impresiones excitantes proce-
    dentes de partes y alteraciones de su cuerpo de las que nada
    sabía en la vida despierta.» Ya Aristóteles creía en la posi-
    bilidad de hallar en los sueños la indicación del comienzo de
    una enfermedad de la que en el estado de vigilia no experi-
    mentábamos aún el menor indicio (merced a la ampliación que
    el sueño deja experimentar a las impresiones), y autores mé-
    dicos, de cuyas opiniones se hallaba muy lejos el conceder a
    los sueños un valor profético, han acep-
    tado esta significación
    de los mismos como anuciadores de la enfermedad (Cf. M. Si-
    món, pág. 31, y otros muchos autores más antiguos) (1).

    (1) Además de este valor diagnóstico de los sueños (p. ej. en Hipó-
    crates) debemos recordar la importancia terapéutica que en la antigüe-
    dad se les concedía.

    Entre los griegos, había onirocríticos a los que acudían principal-
    mente enfermos en demanda de curación. El paciente penetraba en el
    templo de Apolo o Esculapio y era sometido a diversas ceremonias
    –baño, masaje, sahumerio, etc.–, que provocaban en él un estado de
    exaltación. A seguida, se le dejaba reposar dentro del templo, tendi-
    do sobre la piel de un carnero sacrificado. En esta situación soñaba con
    los remedios que habían de devolverle la salud, los cuales se le apare-
    cían con toda claridad o bajo una forma simbólica interpretada luego
    por los sacerdotes.

    Sobre estos sueños terapéuticos entre los griegos, cf.Lehmann I., 74.
    Bouché-Leclerq, Hermann, Gottesd. Altert. d. Gr., § 41, Privatalert.,
    § 38, 16, Boettinger, Beitr. z. Geschichte d. Med. (Sprengel) II., pág. 163
    y siguientes, W. Lloyd. Magnetism and mesmerims in antiquity, Lon-
    don, 1877, Doellinger, Heidentum und Judentum, pág. 130.

  • S.

    43

    Tampoco en la época moderna faltan ejemplos compro
    bados de una tal función diagnóstica del sueño. Así, refiere
    Tissié, tomándolo de Artigues (Essai sur la valeur seméiolo-
    gique des rêves), el caso de una mujer de cuarenta y tres
    años que durante un largo período de tiempo en el que
    aparentemente gozaba de buena salud, sufría de horribles
    pesadillas, y sometida a examen médico reveló padecer
    una enfermedad del corazón a la que poco después su
    cumbió.

    En un gran número de sujetos actúan como estímulos
    oníricos, determinadas perturbaciones importantes de los
    órganos internos. La frecuencia de los sueños de angustia
    en los enfermos de corazón y pulmón ha sido generalmente
    observada, y son tantos los autores que reconocen la exis
    tencia de esta relación, que creo poder limitarme a citar aquí
    los nombres de algunos de ellos (Radestock, Spitta, Maury,
    M. Simón, Tissié). Este último, llega incluso a opinar que
    los órganos enfermos imprimen al contenido del sueño un
    sello característico. Los sueños de los cardíacos son por lo
    general muy cortos, terminan en un aterrorizado despertar y
    su nódulo central se halla casi siempre constituído por la
    muerte del sujeto en terribles circunstancias. Los enfermos
    del pulmón sueñan que se asfixian, huyen angustiados, de un
    peligro, o se encuentran en medio de una muchedumbre que
    los aplasta, y aparecen sujetos, en proporción considerable,
    al conocido sueño de opresión, el cual ha podido también ser
    provocado experimentalmente por Boerner, colocando al dur
    miente boca abajo o cubriéndole boca y nariz. Dado un tras
    torno cualquiera de la digestión, el sueño contendrá repre
    sentaciones relacionadas con el sentido del gusto. Por últi
    mo, la influencia de la excitación sexual sobre el contenido
    de los sueños es generalmente conocida y presta a la teoría
    de la génesis de los sueños por estímulos orgánicos, su más
    sólido apoyo.

    Así mismo, es indiscutible que algunos de los investigado
    res (Maury, Weygandt) fueron inducidos al estudio de los
    problemas oníricos por la observación de la influencia que

  • S.

    44

    sus propios estados patológicos ejercían sobre el contenido
    de sus sueños.

    De todos modos, el aumento de fuentes oníricas que de
    estos hechos comprobados resulta, no es tan considerable
    como al principio pudiéramos creer. El sueño es un fenóme-
    no al que están sujetos los hombres sanos–quizá sin excep-
    ción y quizá todas las noches–y no cuenta entre sus nece-
    sarias condiciones la enfermedad de algún órgano. Además,
    lo que se trata de averiguar no es la procedencia de determi-
    nados sueños, sino la fuente de estímulos de los sueños co-
    rrientes de los hombres normales.

    Sin embargo, a poco que avancemos por este camino
    tropezamos con una fuente que fluye con más abundancia
    que las anteriores y promete no agotarse para ningún caso.
    Si se ha comprobado que el interior del cuerpo deviene, en
    estados patológicos, una fuente de estímulos oníricos y si
    aceptamos que el alma, apartada del mundo exterior durante
    el reposo, puede consagrar al interior del cuerpo una mayor
    atención que en el estado de vigilia, fácil nos será ya admi-
    tir que los órganos no necesitan enfermar previamente para
    hacer llegar al alma dormida excitaciones que en una forma
    aún ignorada pasan a constituir imágenes oníricas. Aquello
    que en la vida despierta sólo por su calidad percibimos oscu-
    ramente como sensación general vegetativa y a lo que según
    la opinión de los médicos colaboran todos los sistemas orgá-
    nicos, devendría por la noche, llegado a su máxima intensi-
    dad y actuando con todos sus componentes, la fuente más
    poderosa y al mismo tiempo más común de la evocación de
    imágenes oníricas. Admitido esto, sólo nos quedarían por in-
    vestigar las reglas conforme a las cuales se transforman los
    estímulos orgánicos en representaciones oníricas.

    Esta teoría de la génesis de los sueños ha sido siempre
    la preferida por los autores médicos. La oscuridad en la que
    para nuestro conocimiento se encuentra envuelto el nódulo
    de nuestro ser, el «moy splanchnique», como lo denomina
    Tissié, y aquella en que queda sumida la génesis de los sue-
    ños, se corresponden demasiado bien para que se haya deja-

  • S.

    45

    do de relacionarlas. La hipótesis que hace de la sensación
    orgánica vegetativa la instancia formadora de los sueños,
    presenta, además, para los médicos, el atractivo de permitir-
    les unir etiológicamente los sueños y las perturbaciones men-
    tales, fenómenos entre los que pueden señalarse múltiples
    coincidencias, pues también se atribuye a alteraciones de di-
    cha sensación y a estímulos emanados de los órganos inter-
    nos una amplia importancia en la génesis de la psicosis. No
    es, pues, de extrañar, que la paternidad de la teoría de los
    estímulos somáticos pueda adjudicarse con igual justicia a
    varios autores.

    Para muchos investigadores han servido de norma las
    ideas desarrolladas en 1851 por el filósofo Schopenhauer.
    Nuestra imagen del mundo nace de un proceso en el que
    nuestro intelecto vierte el metal de las impresiones que del
    exterior recibe en los moldes del tiempo, el espacio y la
    causalidad. Los estímulos procedentes del interior del orga-
    nismo, del sistema nervioso simpático, exteriorizan a lo más,
    durante el día, una influencia inconsciente sobre nuestro es-
    tado de ánimo. En cambio, por la noche, cuando cesa el en-
    sordecedor efecto de las impresiones diurnas, pueden ya
    conseguir atención aquellas impresiones que llegan del inte-
    rior–análogamente a como de noche oímos el fluir de una
    fuente, imperceptible entre los ruidos del día. A estos estímu-
    los reaccionará el intelecto realizando su peculiar función,
    esto es, transformándolos en figuras situadas dentro del tiem-
    po y el espacio y obedientes a las normas de la causalidad.
    Tal sería, pues, la génesis del fenómeno onírico. Scherner y
    luego Volkelt han intentado después penetrar en la más ínti-
    ma relación de los estímulos somáticos y las imágenes oníri-
    cas, relación cuyo estudio dejaremos para el capítulo que he-
    mos de dedicar a las teorías de los sueños.

    Después de una consecuente investigación ha derivado
    el psiquiatra Krauss la génesis de los sueños, así como la de
    los delirios e ideas delirantes, de un mismo elemento: de la
    sensación orgánicamente condicionada.
    Según este autor, apenas podemos pensar en una parte del

  • S.

    46

    organismo que no sea susceptible de constituir el punto de
    partida de una imagen onírica o delirante. La sensación or-
    gánicamente condicionada «puede dividirse en dos series:
    1.a de los estados totales (sensaciones generales); 2.a la
    de las sensaciones específicas inmanentes a los sistemas ca-
    pitales del organismo vegetativo, sensaciones de las que he-
    mos distinguido cinco grupos: a) las sensaciones muscula-
    res, b) las neumáticas, c) las gástricas, d) las sexuales, e) las
    periféricas» (pág. 33 del segundo artículo).

    El proceso de la génesis de las imágenes oníricas sobre
    la base de los estímulos somáticos es explicado por Krauss
    en la forma siguiente: La sensación provocada, despierta,
    conforme a una ley asociativa cualquiera, una representación
    afín a ella con la que se enlaza para constituir un producto
    orgánico. Mas con respecto a este producto se conduce la
    conciencia de una manera distinta a la normal, pues no con-
    cede atención alguna a la sensación misma, sino que la dedi-
    ca por entero a las representaciones concomitantes, circuns-
    tancia que desorientando a los investigadores les había
    impedido llegar al conocimiento del verdadero estado de co-
    sas (pág. 11 y sigts.). Krauss designa este proceso con el
    nombre especial de transubstanciación de las sen-
    saciones en imágenes oníricas (pág. 24).

    La influencia de los estímulos somáticos orgánicos sobre
    la formación de los sueños es casi generalmente aceptada
    en la actualidad. En cambio, sobre la naturaleza de la rela-
    ción existente entre ambos factores se han establecido hipó-
    tesis muy diversas y con frecuencia harto oscuras. De la
    teoría de los estímulos somáticos surge la especial labor de
    la interpretación onírica, esto es, la de reducir el contenido
    de un sueño a los estímulos orgánicos causales, y si no acep-
    tamos las reglas de interpretación fijadas por Scherner, nos
    hallamos con frecuencia ante el hecho embarazoso de que
    fuera del contenido mismo del sueño no encontramos indicio
    alguno de una fuente orgánica de estímulos.

    Lo que sí se ha observado, es una cierta coincidencia en
    la interpretación de varios sueños a los que por retornar con

  • S.

    47

    casi idéntico contenido en un gran número de personas, se
    ha calificado de «típicos». Son éstos, los tan conocidos sue-
    ños en que caemos desde una altura, se nos desprenden los
    dientes, volamos o nos sentimos avergonzados de ir desnu-
    dos o mal vestidos. Este último sueño procedería sencilla-
    mente de la percepción hecha durante el reposo de que he-
    mos rechazado las sábanas y yacemos desnudos sobre el
    lecho. El sueño de perder los dientes es atribuído a una ex-
    citación bucal no necesariamente patológica; y aquel otro en
    que volamos constituye, según Struempell–de acuerdo en
    este punto con Scherner–la adecuada imagen elegida por el
    alma para interpretar el quantum de excitación emanado de
    los lóbulos pulmonares en el movimiento respiratorio cuando
    la sensibilidad epidérmica del torax ha descendido ya simul-
    táneamente hasta la inconsciencia. Esta última circunstancia
    generaría la sensación enlazada a la representación del flo-
    tar. El sueño de caer desde una altura es ocasionado por el
    hecho de que existiendo una inconsciencia de la sensación
    de presión epidérmica separamos un brazo del cuerpo o esti-
    ramos una pierna, movimiento con el que se hace de nuevo
    consciente dicha sensación, siendo este paso de la misma a
    la conciencia lo que toma cuerpo psíquicamente como sueño
    de caída (Struempell, pág. 118). La debilidad de estos plau-
    sibles intentos de explicación reside claramente en que sin
    mayor fundamento arrebatan a la percepción psíquica o acu-
    mulan a ella grupos enteros de sensaciones orgánicas, hasta
    lograr constituir la constelación favorable al esclarecimiento
    buscado. Más adelante tendremos ocasión de volver sobre
    los sueños típicos y su génesis.

    M. Simón ha intentado derivar de la comparación de una
    serie de sueños análogos algunas reglas relativas al influjo
    de las excitaciones orgánicas sobre la determinación de sus
    consecuencias oníricas. Así, dice (pág. 34): Cuando cual-
    quier aparato orgánico, que normalmente toma parte en la
    expresión de un afecto, se encuentra durante el reposo y por
    una distinta causa cualquiera, en aquel estado de excitación
    en el que es de costumbre colocado por dicho afecto, el sue-
     

  • S.

    48

    ño que en estas condiciones nace contendrá representacio-
    nes adaptadas al efecto de referencia.

    Otra de estas reglas, dice así (pág. 35): Cuando un apa-
    rato orgánico se halla durante el reposo en estado de activi-
    dad, excitación o perturbación, el sueño contendrá represen-
    taciones relacionadas con el ejercicio de la función orgánica
    encomendada a dicho aparato.

    Mourly Vold (1896), emprendió la labor de demostrar ex-
    perimentalmente, con relación a un solo punto concreto, la in-
    fluencia que la teoría de los estímulos somáticos atribuye a
    éstos sobre la producción de los sueños. Con este propósito
    realizó experimentos en los que variando las posiciones de
    los miembros del durmiente, comparaba luego entre sí los
    sueños consecutivos. Como resultado de esta labor nos co-
    munica las siguientes conclusiones:

    1. La posición de un miembro en el sueño corresponde
    aproximadamente a la que el mismo presenta en la realidad.
    Soñamos, pues, con un estado estático del miembro, que co-
    rresponde al real.

    2. Cuando soñamos con el movimiento de un miembro,
    es siempre tal dicho movimiento, que una de las posiciones
    por las que el miembro pasa al ejecutarlo corresponde a
    aquella en que realmente se halla.

    3. En nuestros sueños podemos transferir a una tercera
    persona la posición de uno de nuestros miembros.

    4. Podemos así mismo soñar que una cualquier circuns-
    tancia nos impide realizar el movimiento de que se trata.

    5. Uno de nuestros miembros puede tomar en el sueño
    la forma de un animal o un monstruo. En este caso existirá
    siempre una analogía entre la forma y la posición verdaderas
    y las oníricas correspondientes.

    6. La posición de uno de nuestros miembros puede su-
    gerir en el sueño pensamientos que poseen con el mismo una
    relación cualquiera. Así, cuando se trata de los dedos, soña-
    mos con números o cálculos.

    De estos resultados deduciría yo que tampoco la teoría
    de los estímulos somáticos consigue suprimir por completo la

  • S.

    49

    contingencia de que nos parece gozar la determinación de las
    imágenes oníricas.

    4. Fuentes psíquicas de estímulos. Al
    tratar de las relaciones del sueño con la vida despierta y del
    origen del material onírico, vimos que tanto los investigado-
    res más antiguos como los más modernos han opinado que
    los hombres sueñan con aquello que les ocupa durante el día
    y les interesa en su vida despierta. Este interés que de la
    vida despierta pasa al estado de reposo, constituye, a más
    de un enlace psíquico entre el sueño y la vigilia, una fuente
    onírica nada despreciable, que unida a lo devenido interesan-
    te durante el reposo–los estímulos actuantes durante el mis-
    mo–habría de bastar para explicar el origen de todas las imá-
    genes oníricas. Pero también hemos hallado una opinión
    contraria–la de que el sueño aparta al hombre de los intere-
    ses del día y que por lo general sólo soñamos con nuestras
    más intensas impresiones diurnas cuando las mismas han
    perdido ya para la vida despierta el atractivo de la actuali-
    dad. Resulta, pues, que conforme vamos penetrando en el
    análisis de la vida onírica, se nos va imponiendo la idea
    de que sería equivocado establecer reglas de carácter ge-
    neral.

    Si la etiología de los sueños quedase totalmente esclare-
    cida por la actuación del interés despierto y la de los es-
    tímulos externos e internos sobrevenidos durante el reposo,
    nos hallaríamos en situación de dar cuenta satisfactoria de la
    procedencia de todos los elementos de un sueño, habríamos
    conseguido resolver el enigma de las fuentes oníricas y no
    nos quedaría ya más labor que la de delimitar en cada caso
    la participación de los estímulos oníricos psíquicos y somáti-
    cos. Mas esta total solución de un sueño no ha sido nunca
    conseguida y todos aquellos que han intentado interpretar
    alguno han podido comprobar cómo en todo análisis les que-
    daban elementos del sueño–casi siempre en número consi-
    derable–sobre cuyo origen les era imposible dar indicación
    ninguna. Los intereses diurnos no presentan, pues, como
    fuente onírica psíquica, todo el alcance que nos hacía espe-

  • S.

    50

    rar la afirmación de que cada uno de nosotros continúa en el
    sueño aquello que le ocupa en la vigilia.

    Siendo éstas todas las fuentes oníricas conocidas, adver-
    tiremos que en todas las explicaciones de los sueños conte-
    nidas en la literatura científica–exceptuando quizá la de
    Scherner que más adelante citaremos–se observa una exten-
    sa laguna en lo referente a la derivación del material de imá-
    genes de representación más característico para el sueño. En
    esta perplejidad, muestran casi todos los autores una tenden-
    cia a reducir cuanto les es posible la participación psíquica
    en la génesis de los sueños. Como clasificación principal,
    distinguen ciertamente entre sueños de estímulo ner-
    vioso y sueños de asociación, fijando la repro-
    ducción como fuente exclusiva de estos últimos (Wund, pá-
    gina 365), pero no logran libertarse de la duda «de si pueden
    o no surgir sin un estímulo físico impulsor» (Volkelt, pági-
    na 127). Tampoco resulta posible establecer una caracterís-
    tica fija del sueño de asociación: «En los sueños de asocia-
    ción propiamente dichos no puede ya hablarse de un tal
    nódulo firme, pues su centro se halla también constituído por
    una agrupación inconexa. La vida de representación, liberta-
    da ya fuera de esto, de toda razón e inteligencia, no es con-
    tenida aquí tampoco por aquellas excitaciones somáticas y
    psíquicas llenas de peso y queda de este modo abandonada
    a su propia arbitraria actividad y a su caprichosa confusión»
    (Volkelt, pág. 118). Wundt intenta después minorar la parti-
    cipación psíquica en la génesis de los sueños, al manifestar
    «que los fantasmas oníricos son considerados quizá errónea-
    mente como puras alucinaciones. Probablemente, la mayoría
    de las representaciones oníricas son, en realidad, ilusiones
    emanadas de las leves impresiones sensoriales que no se ex-
    tinguen nunca durante el reposo» (pág. 359 y sigts.). Wey-
    gandt hace suya esta opinión y la generaliza, afirmando, con
    respecto a todas las representaciones oníricas, que la causa
    inmediata de las mismas se halla constituída «por estímulos
    sensoriales a los que sólo después se enlazan asociaciones
    reproductoras» (pág. 17). Tissié va aún más allá en la reduc-
     

  • S.

    51

    ción de las fuentes psíquicas de estímulos (pág. 183): «Les
    rêves d'origine absolument psychique n'existent pas». Y en
    otro lugar (pág. 6): «Les pensées de nos rêves nous viennent
    du dehors.»

    Aquellos autores que como Wundt, adoptan una posición
    intermedia, no olvidan advertir que en la mayoría de los
    sueños actúan conjuntamente estímulos somáticos y estímu-
    los psíquicos desconocidos o conocidos como intereses
    diurnos.

    Más adelante veremos cómo el enigma de la formación
    de los sueños puede ser resuelto por el descubrimiento de
    una insospechada fuente psíquica de estímulos. Mas por lo
    pronto no hemos de extrañar el exagerado valor que para la
    formación de los sueños se concede a los estímulos no pro-
    cedentes de la vida anímica, pues aparte de que son los más
    fáciles de descubrir y pueden ser experimentalmente compro-
    bados, la concepción somática de la interpretación de los
    sueños corresponde en un todo a la orientación intelectual
    dominante hoy en la psiquiatría. En esta ciencia constituye
    regla general acentuar intensamente el dominio del cerebro
    sobre el organismo, pero todo lo que pudiera suponer una
    independencia de la vida anímica de las alteraciones orgáni-
    cas comprobables o una espontaneidad en sus manifestacio-
    nes, asusta hoy al psiquiatra como si su reconocimiento
    hubiera de traer consigo nuevamente los tiempos del natura-
    lismo y de la esencia metafísica del alma. La desconfianza
    del psiquiatra ha colocado al alma como bajo tutela y exige
    que ninguno de sus sentimientos revele la posesión de un
    patrimonio propio. Pero esta conducta no demuestra sino
    una escasa confianza en la solidez de la concatenación causal
    que se extiende entre lo somático y lo psíquico. Incluso don-
    de lo psíquico se revela en la investigación como la causa
    primaria de un fenómeno, conseguirá alguna vez, un más pe-
    netrante estudio, hallar la continuación del camino que con-
    duce hasta el fundamento orgánico de lo anímico. Mas cuan-
    do lo psíquico haya de significar la estación límite de nuestro
    conocimiento actual, no veo por qué no reconocerlo así.

  • S.

    52

    d) ¿Por qué olvidamos, al despertar,
    nuestros sueños?

    Es proverbial que el sueño se «desvanece» a la mañana.
    Ciertamente es susceptible de recuerdo, pues lo conocemos
    únicamente por el que de él conservamos al despertar, pero
    con gran frecuencia creemos no recordarlo sino muy incom-
    pletamente y haber olvidado la mayor parte de su contenido.
    Así mismo, podemos observar cómo nuestro recuerdo de un
    sueño, preciso y vivo a la mañana, va perdiéndose conforme
    avanza el día, hasta quedar reducido a pequeños fragmentos
    inconexos. Otras muchas veces tenemos conciencia de haber
    soñado, pero nos es imposible precisar el qué, y en general
    nos hallamos tan habituados a la experiencia de que los sue-
    ños sucumben al olvido, que no rechazamos como absurda la
    posibilidad de haber soñado, aunque al despertar no posea-
    mos el menor recuerdo de ello. Sin embargo existen también
    sueños que muestran una extraordinaria adherencia a la me-
    moria del sujeto. Por mi parte, he analizado sueños de mis
    pacientes que databan de veinticinco años atrás, y recuerdo
    con todo detalle un sueño propio que tuve hace ya más de
    treinta y siete años. Todo esto es muy singular y parece al
    principio incomprensible.

    Struempell es el autor que con mayor amplitud trata del
    olvido de los sueños, fenómeno de indudable complejidad,
    pues no lo refiere a una sola causa sino a toda una serie de
    ellas.

    En la motivación de este olvido intervienen, ante todo,
    aquellos factores que provocan un idéntico afecto en la vida
    despierta. En ella solemos olvidar rápidamente un gran nú-
    mero de sensaciones y percepciones a causa de la debilidad
    de las mismas o por no alcanzar sino una mínima intensidad
    la excitación anímica a ellas enlazada. Análogamente sucede
    con respecto a muchas imágenes oníricas; olvidamos las débi-
    les y en cambio recordamos otras más enérgicas próximas a
    ellas. De todos modos, el factor intensidad no es seguramen-
    te el decisivo para la conservación de las imágenes oníricas.
    Struempell y otros autores (Calkins) reconocen que a veces

  • S.

    53

    olvidamos rápidamente imágenes oníricas de las que recor-
    damos fueron muy precisas, mientras que entre las que con-
    servamos en nuestra memoria se encuentran otras muchas
    harto vagas y desdibujadas. Por otra parte, solemos tam-
    bién olvidar con facilidad, en la vida despierta, aquello
    que sólo una vez tenemos ocasión de advertir, y retenemos
    mejor lo que nos es dado percibir repetidamente, circunstan-
    cia que habrá de contribuir, así mismo, al olvido de las imá-
    genes oníricas, las cuales no surgen, por lo general, sino una
    sola vez (1).

    Mayor importancia que las señaladas posee aún una ter-
    cera causa del olvido que nos ocupa. Para que las sensacio-
    nes, representaciones, ideas, etc., alcancen una cierta mag-
    nitud mnémica es necesario que lejos de permanecer aisladas,
    entren en conexiones y asociaciones de naturaleza adecuada.
    Si colocamos en un orden arbitrario las palabras de un verso,
    nos será muy difícil retenerlo así en nuestra memoria. «Bien
    ordenadas y en sucesión lógica, se ayudan unas palabras a
    otras, y la totalidad plena de sentido es fácilmente recordada
    durante largo tiempo. Lo desprovisto de sentido nos es tan
    difícil de retener como lo confuso o desordenado.» Ahora
    bien, los sueños carecen, en su mayoría, de orden y com-
    prensibilidad. No nos ofrecen el menor auxilio mnémico, y la
    rápida dispersión de sus elementos contribuye a su inmedia-
    to olvido. Con estas deducciones no concuerda, sin embargo,
    la observación de Radestock (pág. 168) de que precisamente
    los sueños más extraños son los que mejor retenemos.

    Todavía concede Struempell una mayor influencia en el
    olvido de los sueños, a otros factores derivados de la rela-
    ción de los mismos con la vida diurna. La facilidad con que
    nuestra conciencia despierta los olvida corresponde eviden-
    temente al hecho antes citado de que el fenómeno onírico no
    toma (casi) nunca, de la vida diurna, una ordenada serie de
    recuerdos, sino sólo detalles aislados a los que separa de


    (1) Sin embargo, se han observado también sueños que se repitie-
    ron periódicamente; cf. la colección de Chabenaix.

  • S.

    54

    aquéllas sus acostumbradas conexiones psíquicas, dentro de
    las cuales los recordamos durante la vigilia. Falto de todo
    auxilio mnémico, carece el sueño de lugar en el conjunto de
    series psíquicas que llenan el alma. «El producto onírico se
    desprende del suelo de nuestra vida anímica y flota en el es
    pacio psíquico, como una nube que el hálito de la vida des-
    pierta desvanece» (pág. 87). En igual sentido actúa, al des-
    pertar, el total acaparamiento de la atención por el mundo
    sensorial, que con su poder destruye casi la totalidad de las
    imágenes oníricas, las cuales huyen ante las impresiones del
    nuevo día como ante la luz del sol el resplandor de las es-
    trellas.

    Por último, hemos de atribuir el olvido de los sueños al
    escaso interés que en general les concede el sujeto. Así,
    aquellas personas que a título de investigadores, dedican, por
    algún tiempo, su atención al fenómeno onírico, sueñan du-
    rante dicho período más que antes, esto es, recuerdan con
    mayor facilidad y frecuencia sus sueños.

    En esta causa del olvido se hallan contenidas las dos que
    Bonatelli añade a las citadas por Struempell, o sea que la
    transformación experimentada por la sensación vegetativa
    general al pasar el sujeto del estado de reposo al de vigilia,
    e inversamente, es desfavorable a la reproducción recípro-
    ca, y que la distinta ordenación adoptada por el material de
    representaciones, en el sueño, hace a éste intraducible para
    la conciencia despierta.

    Dados todos estos motivos de olvido resulta singular
    –como ya lo indica Struempell–que en nuestro recuerdo se
    conserve, a pesar de todo, tanta parte de nuestros sueños.
    El continuado empeño de los investigadores en sujetar a re-
    glas nuestro recuerdo de los mismos equivale a una confe-
    sión de que también en esta materia queda aún algo enigmá-
    tico e inexplicable. Con todo acierto se han hecho resaltar
    recientemente algunas peculiaridades del recuerdo de los
    sueños, por ejemplo, la de que un sueño que al despertar
    creemos olvidado puede ser recordado en el transcurso del
    día con ocasión de una percepción que roce casualmente el

  • S.

    55

    contenido onírico olvidado (Radestock, Tissié). Sin embargo,
    la posibilidad de conservar un recuerdo exacto y total del
    sueño, sucumbe a una objeción que disminuye considerable-
    mente su valor a los ojos de la crítica. Nuestra memoria, que
    tanta parte del sueño deja perderse ¿no falseará también
    aquello que conserva?

    Struempell manifiesta así mismo esta duda sobre la exac-
    titud de la reproducción del sueño: «Puede entonces suceder
    con facilidad, que la conciencia despierta intercale involunta-
    riamente en nuestro recuerdo algo ajeno al sueño, y de este
    modo imaginaremos haber soñado una multitud de cosas, que
    nuestro sueño no contenía.»

    Jessen declara categóricamente (pág. 547):

    «Debe, además, tenerse muy en cuenta, en la investiga-
    ción de sueños coherentes y lógicos, la circunstancia, poco
    apreciada hasta el momento, de que nuestro recuerdo de los
    mismos no es casi nunca exacto, pues cuando los evocamos
    en nuestra memoria, los completamos involuntaria e inad-
    vertidamente, llenando las lagunas de las imágenes oníricas.
    Un sueño coherente, sólo raras veces o quizá ninguna lo es
    tanto como nuestra memoria nos lo muestra. Aun para el
    más verídico de los hombres resulta imposible relatar un
    sueño singular sin agregarle algún complemento o adorno de
    su cosecha. La tendencia del espíritu humano a ver totalida-
    des coherentes es tan considerable que al recordar un sueño
    hasta cierto punto incoherente corrige esta incoherencia de
    un modo involuntario.»

    Las observaciones de V. Egger sobre este punto concre-
    to, parecen una traducción de las anteriores palabras de Jes-
    sen, no obstante ser seguramente de concepción original:

    «... l'observation des rêves a ses difficultés spéciales et le
    seul moyen d'éviter toute erreur en pareille matière est de
    confier au papier sans le moindre retard ce que l'on vient
    d'éprouver et de remarquer, sinon l'oubli vient vite ou total
    ou partiel; l'oublit total est sans gravité: mais l'oubli partiel
    est perfide; car si l'on se met ensuite à raconter ce que l'on
    n'a pas oublié, on est exposé à completer par imagination

  • S.

    56

    les fragments incohérents et disjoints fournis par la mémoi-
    re…; on devient artiste à son insu, et le récit periodiquement
    répété s'impose à la créance de son auteur, qui, de bonne
    foi, le présente comme un fait authentique dûment établi se-
    lon les bonnes méthodes…»

    Idénticamente opina Spitta (pág. 338), el cual parece ad-
    mitir que en la tentativa de reproducir el sueño es cuando in-
    troducimos un orden en los elementos oníricos laxamente aso-
    ciados unos con otros–«convirtiendo la yuxtaposición
    en una sucesión causal, esto es, agregando el pro-
    ceso de la conexión lógica, de que el sueño carece».

    Dado que para comprobar la fidelidad de nuestra memo-
    ria no poseemos otro control que el objetivo y éste nos falta
    por completo en el sueño, fenómeno que constituye una
    experiencia personal y para el cual no conocemos fuente dis-
    tinta de nuestra memoria ¿qué valor podremos dar aún a su
    recuerdo?

    e) Las peculiaridades psicológicas del
    sueño.

    En la discusión científica del fenómeno onírico partimos
    de la hipótesis de que el mismo constituye un resultado de
    nuestra propia actividad anímica; mas, sin embargo, el sue-
    ño completo se nos muestra como algo ajeno a nosotros y
    cuya paternidad no sentimos ningún deseo de reclamar. ¿De
    dónde procede esta impresión de que el sueño es ajeno a nues-
    tra alma? Después de nuestro examen de las fuentes oníricas
    habremos de inclinarnos a negar se halle condicionada por el
    material que pasa al contenido del sueño, pues este material
    es común, en su mayor parte, a la vida onírica y a la des-
    pierta. Por lo tanto, podemos preguntarnos si tal impresión
    no constituye una resultante de modificaciones experimenta-
    das por los procesos psíquicos en el sueño e intentar esta-
    blecer de este modo una característica del mismo.

    Nadie ha acentuado con tanta energía la diferencia esen-
    cial entre la vida onírica y la despierta, ni tampoco, ha dedu-
    cido de esta diferencia conclusiones de tanto alcance, como
    G. Th. Fechner en algunas observaciones de sus «Elemen-

  • S.

    LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS

    tos de Psicofisica» (pág. 520, II T.). Opina este autor que «ni
    el descenso de la vida animica consciente por bajo del umbral
    principal», ni el apartamiento de la atenciôn de las influencias
    del mundo exterior, son suficientes para explicar las peculia-
    ridades que la vida onirica presenta con relaciôn a la despier-
    ta. Sospecha más bien, que la escena de los s u e -
    ños es otra que la de la vida de represen-
    taciones despierta. «Si la escena de la actividad
    psicofísica fuera la misma durante el reposo y la vigilia, el
    sueño no podría ser, a mi juicio, sino una continuación, man-
    tenida en un bajo grado de intensidad, de la vida despierta,
    y compartiría además con ella su contenido y su forma.
    Pero, por lo contrario, se conduce de muy distinto modo.»

    No ha sido aún totalmente esclarecido lo que Fechner
    significaba con este cambio de residencia de la actividad aní-
    mica, ni tampoco sé de investigador alguno que haya segui-
    do el camino indicado en las observaciones apuntadas. A mi
    juicio, sería totalmente erróneo dar a las mismas una inter-
    pretación anatómica en el sentido de la localización fisiológi-
    ca del cerebro o incluso con relación a la estatificación histo-
    lógica de la corteza cerebral. En cambio, revelarán un profun-
    do y fructífero sentido si las referimos a un aparato anímico
    compuesto de varias instancias sucesivamente intercaladas.

    Otros autores se han contentado con acentuar una cual-
    quiera de las comprensibles peculiaridades psicológicas del
    sueño y convertirla en punto de partida de más amplias ten-
    tativas de explicación.

    Se ha hecho observar, acertadamente, que una de las
    principales peculiaridades de la vida onírica surge ya en el
    estado de adormecimiento anterior al del reposo y debe con-
    siderarse como el fenómeno inicial de este último. Lo carac-
    terístico del estado de vigilia es, según Schleiermacher (pá-
    gina 351), que la actividad mental procede por concep-
    tos y no por imágenes. En cambio, el sueño piensa
    principalmente, en imágenes, y puede observarse que al
    aproximarnos al estado de reposo, y en la misma medida en
    que las actividades voluntarias se muestran cohibidas, sur-

    Sor

  • S.

    58

    gen representaciones involuntarias, cons-
    tituídas, en su totalidad, por imágenes. La incapacidad para
    aquella labor de representación que sentimos como intencio-
    nadamente voluntaria y la aparición de imágenes enlazada
    siempre a esta dispersión; son dos caracteres que el
    sueño presenta en todo caso y que habremos de reconocer
    en su análisis psicológica como caracteres esenciales de la
    vida onírica. De las imágenes–las alucinaciones hipnagógi-
    cas–hemos averiguado ya que son de contenido idéntico al
    de las imágenes oníricas(1).

    Así, pues, el sueño piensa, predominantemente, en imá-
    genes visuales, aunque no deje de laborar también con imá-
    genes auditivas, y en menor escala, con las impresiones de
    los demás sentidos. Gran parte de los sueños es también
    simplemente pensada o ideada (representada probablemente,
    en consecuencia, por restos de representaciones verbales)
    igual a como sucede en la vida despierta. En cambio, aque-
    llos elementos de contenido que se conducen como imáge-
    nes, o sea aquellos más semejantes a percepciones que a re-
    presentaciones mnémicas, constituyen algo característico y
    peculiarísimo del fenómeno onírico. Prescindiendo de las dis-
    cusiones, conocidas por todos los psiquiatras, sobre la esen-
    cia de la alucinación, podemos decir con la totalidad de los
    autores versados en esta materia, que el sueño alucina,
    esto es, sustituye pensamientos por alucinaciones. En este
    sentido, no existe diferencia ninguna entre representaciones
    visuales o acústicas. Se ha observado que el recuerdo de una
    serie de sonidos que evocamos al conciliar el reposo, se
    transforma al comenzar a quedarnos dormidos, en la alucina-
    ción de la misma melodía, para dejar de nuevo paso a la re-
    presentación mnémica, más discreta y de distinta constitución
    cualitativa, siempre que salimos de nuestro aletargamiento,


    (1) H. Silberer ha mostrado en varios interesantes ejemplos, cómo
    incluso pensamientos abstractos se transforman, en estado de adorme-
    cimiento, en imágenes plásticas que aspiran a presentar idéntico signi-
    ficado. Jahrbuch v. Bleuler-Freud, I, 1909.

  • S.

    59

    cosa que puede repetirse varias veces antes de conciliar de-
    finitivamente el reposo.

    La transformación de las representaciones en alucinacio-
    nes no es la única forma en que el sueño se desvía del pensa-
    miento de la vida despierta al que quizá corresponde. Con
    estas imágenes forma el sueño una situación, nos muestra
    algo como presente, o según expresión de Spitta (pág. 145),
    dramatiza una idea. Mas para completar la característi-
    ca de esta faceta de la vida onírica habremos de añadir que
    al soñar–generalmente, pues las excepciones precisan de
    una distinta explicación–no creemos pensar, sino experi-
    mentar, y por lo tanto, damos completo crédito a la alucina-
    ción. La crítica de que no hemos vivido o experimentado
    nada, sino que lo hemos pensado en una forma especial
    –soñado–no surge hasta el despertar. Este carácter separa
    al sueño propiamente dicho, sobrevenido durante el reposo,
    de la ensoñación diurna, jamás confundida con la realidad.

    Burdach ha concretado los caracteres hasta aquí indicados
    de la vida onírica en las siguientes observaciones (pág. 476):

    «Entre las más esenciales características del sueño debemos
    contar las siguientes: a) la actividad subjetiva de nuestra
    alma aparece como objetiva, dado que la capacidad de per-
    cepción acoge los productos de la fantasía como si de pro-
    ductos sensoriales se tratase… b) el reposo es una supresión
    del poder subjetivo, razón por la cual hallamos entre las con-
    diciones del mismo una cierta pasividad. Las imágenes del
    letargo son condicionadas por el relajamiento del poder sub-
    jetivo.

    Llegamos ahora a la tentativa de explicar la credulidad
    del alma con respecto a las alucinaciones oníricas, las cuales
    sólo pueden surgir después de la supresión de una cierta ac-
    tividad subjetiva. Struempell expone que el alma continúa
    conduciéndose aquí normalmente y conforme a su mecanis-
    mo peculiar. Los elementos oníricos no son en ningún modo
    meras representaciones, sino verídicas y verdade-
    ras experiencias del alma, iguales a las que en
    la vida despierta surgen por mediación de los sentidos (pági-

  • S.

    60

    na 34). Mientras que durante la vigilia piensa y representa
    el alma en imágenes verbales y por medio del lenguaje, en
    el sueño piensa y representa en verdaderas imágenes senso-
    riales (pág. 35). Además, hallamos en el sueño una concien-
    cia del espacio, pues análogamente a como sucede en la vi-
    gilia, quedan las imágenes y sensaciones proyectadas en un
    espacio exterior (pág. 36). Habremos, pues, de confesar, que
    el alma se halla en el sueño y con respecto a sus imágenes
    y percepciones en idéntica situación que durante la vida des-
    pierta (pág. 43). Si a pesar de todo incurre en error, ello
    obedece a que en el estado de reposo carece del criterio que
    establece una diferenciación entre las percepciones sensoria-
    les procedentes del exterior y las procedentes del interior. No
    puede someter a sus imágenes a aquellas pruebas suscepti-
    bles de demostrar su realidad objetiva y además, des-
    precia la diferencia entre las imágenes intercambiables a
    voluntad y aquellas otras en las que no existe tal arbi-
    trio. Yerra porque no puede aplicar al contenido de su sueño
    la ley de la causalidad (pág. 58). En concreto, su aparta-
    miento del mundo exterior es también la causa de la fe que
    presta al mundo onírico subjetivo.

    Tras de desarrollos psicológicos en parte diferentes,
    llega Delboeuf a idénticas conclusiones. Damos a los sue-
    ños crédito de realidad porque en el estado de reposo care-
    cemos de otras impresiones a las que compararlos y nos
    hallamos desligados del mundo exterior. Mas si creemos en
    la verdad de nuestras alucinaciones no es porque nos falte
    durante el reposo la posibilidad de contrastarlas. El sueño
    puede mentirnos toda clase de pruebas, haciéndonos, por
    ejemplo, tocar la rosa que en él vemos, mas no por esto de-
    jamos de estar soñando. Para Delboeuf no existe criterio al-
    guno, fuera del hecho mismo del despertar–y esto sólo como
    generalidad práctica–que nos permita afirmar que algo es
    un sueño o una realidad despierta. Al despertar y comprobar
    que nos hallamos desnudos en nuestro lecho, es, en efecto,
    cuando declaramos falso todo lo que desde el instante en que
    conciliamos el reposo hemos vivido (pág. 84). Mientras dor-
     

  • S.

    61

    míamos, hemos creído verdaderas las imágenes oníricas a
    consecuencia del hábito intelectual, siempre vigilante, de su-
    poner un mundo exterior al que oponemos nuestro Yo (1).

    Elevado así el apartamiento del mundo exterior a la cate-
    goría de factor determinante de los más singulares caracteres
    de la vida onírica, creemos conveniente consignar unas suti-
    les observaciones del viejo Burdach que arrojan cierta luz
    sobre la relación del alma durmiente con el mundo exterior y
    son muy apropiadas para evitarnos conceder a las anteriores


    (1) Análogamente intenta Haffner explicar la actividad onírica por
    la transformación que en la correcta función del intacto aparato aními-
    co tiene que provocar una condición introducida en él de un modo
    anormal, pero describe esta condición en forma distinta a la de Del-
    boeuf. Según Haffner, la primera característica del sueño es la carencia
    de lugar y tiempo, esto es, la emancipación de la representación del
    puesto que el sujeto ocupa dentro del orden de lugar y tiempo. Con
    éste se enlaza el segundo carácter fundamental del sueño: la confusión
    de las alucinaciones, imaginaciones y combinaciones de la fantasía,
    con las percepciones exteriores. «Dado que la totalidad de las fuerzas
    anímicas superiores, y especialmente, la formación de conceptos, el
    juicio y la deducción, por un lado, y por otro la autodeterminación con-
    tingente, se unen a las imágenes fantásticas sensoriales y tienen siem-
    pre a éstas como base, habrán de participar así mismo, estas activida-
    des, de la falta de reglas de las imágenes oníricas. Y decimos que par-
    ticipan porque tanto la energía de nuestro juicio como la de nuestra
    voluntad no experimentan en sí durante el sueño, alteración ninguna.
    Por lo que a la actividad se refiere, somos, durante el reposo, igual-
    mente libres y poseemos igual penetración que en estado de vigilia. Ni
    aun en sueños puede el hombre burlar las leyes del pensamiento, esto
    es, identificar lo que se le representa como opuesto, etc., ni tampoco
    desear sino aquello que se representa como un bien (sub rationi boni).
    Pero en esta aplicación de las leyes del pensar y del querer es induci-
    do en error el espíritu humano, en el sueño, por la confusión de una
    representación con otra. Así, establecemos y cometemos en él las ma-
    yores contradicciones, mientras que al mismo tiempo podemos formu-
    lar los más penetrantes juicios, deducir las más lógicas conclusiones
    y tomar las decisiones más virtuosas y santas. La falta de orientación
    es todo el secreto del vuelo que nuestra fantasía sigue en el sueño, y
    la ausencia de reflexión crítica y de contraste con otras inteligencias
    constituye la fuente principal de la extravagancia de nuestros juicios,
    esperanzas y deseos en el sueño» (pág. 16).

  • S.

    62

    deducciones más valor del que realmente poseen: «El estado
    de reposo–dice Burdach–tiene por condición el que el alma
    no sea excitada por estímulos sensoriales... pero la ausencia
    de tales estímulos no es tan indispensable para la concilia
    ción del reposo como la falta de interés por los mismos (1).
    En efecto, a veces se hace necesaria la existencia de alguna
    impresión sensorial, en tanto en cuanto la misma sirve para
    tranquilizar el alma. Así, el molinero no duerme si no oye el
    ruido producido por el funcionamiento de su molino, y aque
    llas personas que como medida de precaución acostumbran a
    dormir con luz, no pueden conciliar el reposo en una habita
    ción oscura (pág. 457).

    «El alma se retira de la periferia y se aisla del mundo ex
    terior, aunque sin quedar falta de toda conexión con el mis
    mo. Si no oyéramos ni sintiéramos más que durante el esta
    do de vigilia y no en cambio durante el reposo, nada habría
    que pudiera despertarnos. La permanencia de la sensación
    queda aún más indiscutiblemente demostrada por el hecho de
    que no siempre es la energía meramente sensorial de una im
    presión sino su relación psíquica, lo que nos despierta. Una
    palabra indiferente no hace despertar al durmiente y en cam
    bio sí su nombre murmurado en voz baja. Resulta, pues, que
    el alma distingue las sensaciones durante el reposo. De este
    modo, podemos ser despertados por la falta de un estímulo
    sensorial cuando el mismo se refiere a algo importante para
    la representación. Las personas que acostumbran a dormir
    con luz, despiertan al extinguirse ésta, y el molinero, al de
    jar de funcionar su molino, o sea, en ambos casos, al cesar
    la actividad sensorial. Esto supone que dicha actividad es
    percibida, pero que no ha perturbado al alma, la cual la ha
    considerado como indiferente o más bien como tranquiliza
    dora» (págs. 460 y sigts.)

    Si por nuestra parte, no queremos dejar de reconocer el
    valor nada despreciable de estas objeciones, habremos sin


    (1) Compárese con este punto de vista el «désintêret», en el que
    Claparède (1905) ve el mecanismo de la conciliación del reposo.

  • S.

    63

    embargo de confesar que las cualidades de la vida onírica
    examinadas hasta ahora y derivadas del apartamiento del
    mundo exterior no explican por completo la singularidad de
    la misma, pues en este caso habría de ser posible resolver el
    problema de la interpretación onírica transformando de nuevo
    las alucinaciones del sueño en representaciones, y sus situa-
    ciones en pensamientos. Ahora bien; este proceso es el que
    llevamos a cabo al reproducir de memoria nuestro sueño des-
    pués del despertar, y sin embargo, consigamos efectuar to-
    talmente o sólo en parte tal retraducción, el sueño continúa
    conservando todo su misterio.

    La totalidad de los autores admite sin vacilación alguna
    que el material de representaciones de la vida despierta sufre
    en el sueño otras más profundas modificaciones. Struempell
    intenta determinar una de éstas en las siguientes deduccio-
    nes (pág. 17): «El alma pierde también, con el cese de la
    percepción sensorial activa y de la conciencia normal de la
    vida, el terreno en que arraigan sus sentimientos, deseos, in-
    tereses y actos. También aquellos estados, sentimientos, in-
    tereses y valoraciones espirituales enlazados en la vida des-
    pierta a las imágenes mnémicas, sucumben a una presión
    obnubilante a consecuencia de la cual queda suprimida su co-
    nexión con las mismas; las imágenes de percepciones de ob-
    jetos, personas, localidades, sucesos y actos de la vida des-
    pierta son reproducidas en gran número aisladamente, pero
    ninguna de ellas trae consigo su valor psíquico, y privadas
    de él quedan flotando en el alma abandonadas a sus propios
    medios...»

    Este despojo que de su valor psíquico sufren las imáge-
    nes, es atribuído nuevamente al apartamiento del mundo ex-
    terior, y según Struempell, posee una participación principal
    en la impresión de singularidad con la que el sueño se opone
    a la vida despierta en nuestro recuerdo.

    Hemos visto antes, que ya el acto de conciliar el reposo
    trae consigo el renunciamiento a una de las actividades aní-
    micas, a la guía voluntaria del curso de las representaciones.
    De este modo se nos impone la hipótesis de que el estado de

  • S.

    64

    reposo se extiende a las funciones anímicas, alguna de las
    cuales queda quizá totalmente interrumpida. Nos hallamos,
    pues, ante el problema de si las restantes siguen también
    este ejemplo o continúan trabajando sin perturbación, y en
    este último caso, si pueden o no rendir, en tales circunstan-
    cias, una labor normal. Surge aquí la teoría que explica las
    peculiaridades del sueño por la degradación del rendimiento
    psíquico durante el reposo, hipótesis que encuentra un apoyo
    en la impresión que el fenómeno onírico produce a nuestro
    juicio despierto. El sueño es incoherente, une sin esfuerzo
    las más grandes contradicciones, afirma cosas imposibles,
    prescinde de todo nuestro acervo de conocimientos, tan im-
    portante para nuestra vida despierta, y nos muestra exentos
    de toda sensibilidad ética y moral. El individuo que en la
    vida despierta se condujese como el sueño le muestra en sus
    situaciones, sería tenido por loco, y aquel que manifestara o
    comunicase cosas semejantes a las que forman el contenido
    onírico nos produciría una impresión de demencia o imbecili-
    dad. Así, pues, creemos reflejar exactamente la realidad
    cuando afirmamos que la actividad psíquica queda en el
    sueño reducida a un mínimum y que especialmente las más
    elevadas funciones intelectuales se hallan interrumpidas o
    muy perturbadas durante el mismo.

    Con inhabitual unanimidad–de las excepciones ya habla-
    remos en otro lugar–han preferido los autores aquellos jui-
    cios que conducían inmediatamente a una determinada teoría
    o explicación de la vida onírica. Creo llegado el momento de
    sustituir el resumen que hasta aquí vengo efectuando, por
    una transcripción de las manifestaciones de diversos autores
    –filósofos y médicos–sobre los caracteres psicológicos del
    sueño:

    Según Lemoine, la incoherencia de las imágenes
    oníricas es el único carácter esencial del sueño.

    Maury se adhiere a esta opinión, diciendo (pág. 163):

    «... il n’y a pas des rêves absolument raisonnables et qui ne
    contiennent quelque incohérence, quelque anachronisme,
    quelque absurdité».

  • S.

    5

    Según Hegel (citado por Spitta), el sueño carece de toda
    coherencia objetiva comprensible.

    Dugas dice: «Le rêve, c'est l'anarchie psychique affecti-
    ve et mentale, c'est le jeu des fonctions livrée à elles-mêmes
    et s'exerçant sans contrôle et sans but: dans le rêve l'esprit
    est un automate spirituel».

    Volkelt mismo, en cuya teoría sobre el fenómeno onírico
    se reconoce un fin a la actividad psíquica durante el estado
    de reposo, señala, sin embargo, en los sueños (pág. 14) «la
    dispersión, incoherencia y desorden de la vida de represen-
    tación, mantenida en cohesión, durante la vigilia, por el po-
    der lógico del Yo central».

    El absurdo de los enlaces que en el sueño se establecen
    entre las representaciones, fué ya acentuado por Cicerón en
    una forma insuperable (De divin. II): «Nihil tam praepostere,
    tam incondite, tam monstruose cogitari potest, quod non
    possimus somniare».

    Fechner dice (pág. 542): «Parece como si la actividad
    psicológica emigrase del cerebro de un hombre de sana razón
    al de un loco».

    Radestock (pág. 145): «En realidad, parece imposible re-
    conocer leyes fijas en esta loca agitación. Eludiendo la seve-
    ra policía de la voluntad racional que guía el curso de las re-
    presentaciones en la vida despierta, y escapando a la aten-
    ción, logra el sueño confundirlo todo en un desatinado juego
    de caleidoscopio».

    Hildebrandt (pág. 45): «¡Qué maravillosas libertades se
    permite el sujeto de un sueño, por ejemplo, en sus conclusio-
    nes intelectuales! ¡Con qué facilidad subvierte los más cono-
    cidos principios de la experiencia! ¡Qué risibles contradiccio-
    nes puede soportar en el orden natural y social hasta que la
    misma exagerada tensión del disparate trae consigo el des-
    pertar! Nos parece muy natural que el producto de tres por
    tres sea veinte; no nos admira lo más mínimo que un perro
    nos declame una composición poética, que un muerto se diri-
    ja por su propio pie a la tumba o que una roca sobrenade en
    el agua y hacemos con toda seriedad y penetrados de la

    – 65 –

  • S.

    66

    importancia de nuestra misión un viaje al ducado de Bern-
    burg o al principado de Lichtenstein, para inspeccionar la
    marina de guerra de estos países, o nos enrolamos como vo-
    luntarios en los ejércitos de Carlos XII, poco antes de la ba-
    talla de Pultawa».

    Binz (pág. 33), refiriéndose a la teoría onírica que de es-
    tas observaciones se deduce, escribe: «De diez sueños, nue-
    ve por lo menos, presentan un contenido absurdo. Enlazamos
    en ellos objetos y personas que carecen de toda relación.
    Mas al cabo de un instante, la agrupación establecida se
    transforma por completo, como en un caleidoscopio, hacién-
    dose quizá aún, más disparatada, y este cambiante juego es
    continuado por el cerebro incompletamente dormido hasta
    que despertamos, nos pasamos la mano por la frente y nos
    preguntamos si realmente poseemos todavía la capacidad de
    representación e intelección racionales».

    Maury (pág. 50) refleja la relación de las imágenes oníri-
    cas con los pensamientos de la vida despierta en una compa-
    ración muy impresionante para los médicos: «La production
    de ces images que chez l'homme éveillé fait le plus souvent
    naître la volonté, correspond, pour l'intelligence, á ce que
    sont pour la motilité certains mouvements que nous offrent
    la chorée et les affections paralytiques». Por lo demás, se da
    en el sueño «toute une série de dégradations de la faculté
    pensante el raisonnante» (pág. 27).

    No creemos necesario consignar las manifestaciones de
    aquellos autores que reproducen con respecto a las más ele-
    vadas funciones anímicas el principio de Maury.

    Según Struempell, quedan suprimidas en el sueño–na-
    turalmente también allí donde el desatino no resulta eviden-
    te–todas aquellas operaciones lógicas del alma que se basan
    en relaciones y conexiones (pág. 26). Según Spitta (pági-
    na 148) las representaciones parecen quedar emancipadas
    por completo de la ley de causalidad. Radestock y otros
    acentúan la debilidad de la capacidad de juicio y deducción.
    Según Jodl (pág. 123) no existe en el sueño crítica ninguna,
    ni quedan corregidas las series de percepciones por el conte-
     

  • S.

    67

    nido de la conciencia completa. Este mismo autor, manifies-
    ta: «En el sueño aparecen todas las actividades de la con-
    ciencia, pero incompletas, cohibidas y aisladas unas de
    otras». Las contradicciones en que el sueño se sitúa con res-
    pecto a nuestro conocimiento despierto, son explicadas por
    Stricker y otros muchos autores por el olvido de hechos, la
    ausencia de relaciones lógicas entre las representaciones, et-
    cétera, etc.

    Los autores, que en general, juzgan tan desfavorablemen-
    te la labor de las funciones psíquicas en el sueño, conceden,
    sin embargo, que en el mismo perdura un resto de actividad
    anímica. Wundt, cuyas teorías han servido de norma a tantos
    otros investigadores de los problemas oníricos, confiesa
    abiertamente este hecho. Surge, pues, el problema de deter-
    minar la naturaleza y composición de este resto de actividad
    anímica normal que en el sueño se manifiesta. Casi, general-
    mente, se concede que la capacidad de reproducción—la me-
    moria—es lo que menos parece haber sufrido, pudiendo in-
    cluso producir rendimientos superiores a los habituales en la
    vigilia, aunque una parte de los absurdos del sueño haya de
    quedar explicada por la capacidad de olvido de la vida oníri-
    ca. Según Spitta, es la vida «espiritual» del alma lo
    que no queda suprimido por el sueño y dirige el curso del
    mismo. «Espíritu» es para este autor «aquella constan-
    te reunión de los sentimientos que constituye la esencia sub-
    jetiva más íntima del hombre» (pág. 84).

    Scholz (pág. 37) ve una de las actividades anímicas que
    se manifiestan en el sueño, en la «transformación
    alegorizante de sentido» a la que es sometido el
    material onírico. Siebeck comprueba también en el sueño la
    «actividad interpretadora complementaria» del alma (pági-
    na 11), aplicada por ésta a toda percepción. La conducta de
    nuestra más elevada función anímica—la conciencia—en el
    fenómeno onírico, resulta especialmente difícil de fijar. Dado
    que sólo por ella sabemos algo de nuestros sueños, no po-
    demos dudar de su permanencia, pero Spitta opina que en el
    sueño sólo se conserva la conciencia y no la autocon-
     

  • S.

    68

    ciencia. Delboeuf confiesa no alcanzar a comprender
    esta diferenciación.

    Las imágenes oníricas se enlazan conforme a las mismas
    leyes asociativas que las representaciones, llegando incluso
    a revelársenos en el sueño, más clara y precisamente, el ori-
    gen de dichas leyes. Struempell (pág. 70): «El sueño se des-
    arrolla, ora exclusivamente, como parece, conforme a las le-
    yes de las representaciones puras, ora conforme a las de es-
    tímulos orgánicos con tales representaciones, esto es, sin que
    la reflexión, la inteligencia, el gusto estético y el juicio ético
    intervengan para nada». Los autores cuyas opiniones repro-
    ducimos aquí, se representan la formación de los sueños
    aproximadamente en la forma que sigue: La suma de los es-
    tímulos sensoriales procedentes de las diversas fuentes antes
    estudiadas y actuantes durante el reposo, despierta ante
    todo, en el alma, un acervo de representaciones que se pre-
    sentan en calidad de alucinaciones (o según Wundt, como
    verdaderas ilusiones, dada su procedencia de los estímulos
    externos e internos). Estas representaciones se enlazan entre
    sí según las leyes de asociación que nos son conocidas y
    evocan a su vez, conforme a las mismas reglas, una nueva
    serie de representaciones (imágenes). El material total es
    elaborado, en lo posible, por el resto aún en actividad de las
    capacidades anímicas ordenadoras y pensadoras (cf. Wundt
    y Weygandt). Lo que no se ha conseguido descubrir todavía
    son los motivos que deciden que la evocación de las imáge-
    nes no procedentes del exterior se realice conforme a estas
    o aquellas leyes asociativas.

    Se ha observado sin embargo, repetidamente, que las
    asociaciones que enlazan a las representaciones oníricas
    entre sí son de una peculiarísima naturaleza y diferentes por
    completo de las que actúan en el pensamiento despierto. Así,
    dice Volkelt (pág. 15): «Las representaciones se persiguen y
    se enlazan, en el sueño, conforme a analogías casuales y a
    conexiones apenas perceptibles. Todos los sueños se hallan
    entrelazados por tales asociaciones negligentes y lejanas».
    Maury concede máxima importancia a este carácter del enla-
     

  • S.

    69

    ce de las representaciones que le permite establecer una más
    íntima analogía entre la vida onírica y ciertas perturbaciones
    mentales. Reconoce dos caracteres principales del «délire»:
    1.º Une action spontanée et comme automatique de l'esprit;
    2.º Une association vicieuse et irregulière de idées (pág. 126).
    Este mismo autor nos refiere dos excelentes ejemplos de
    sueños en los que el enlace de las representaciones oníricas
    fué determinado exclusivamente por la similicadencia de las
    palabras. En uno de estos sueños comenzó por emprender
    una peregrinación (pèlerinage) a Jerusalem o a la
    Meca y después de un sinnúmero de aventuras llegó a casa
    del químico Pelletier, el cual, al cabo de una larga
    conversación, le entregó una pala (pelle) de cinc que en
    el fragmento onírico siguiente se convirtió en una gran es-
    pada de combate (pág. 137). Otra vez soñó que paseaba
    por una carretera, leía en los guardacantones las cifras indi-
    cadoras de los kilómetros y se detenía después en una
    droguería en la que un individuo colocaba pesas de kilo en
    una gran balanza con objeto de pesarle; luego el droguero se
    dirigía a él y le decía: «No está usted en París, sino en la isla
    de Gilolo». En el resto de este sueño vió la flor llamada
    lobelia y al general López, cuya muerte había leído
    recientemente en los periódicos. Por último, despertó cuan-
    do comenzaba a jugar con otras personas una partida de
    lotería(1).

    Como era de esperar, esta desestimación de los rendi-
    mientos psíquicos del sueño ha hallado también sus contra-
    dictores. Sin embargo, no parece fácil sostener la afirmación
    contraria. No posee, en efecto, gran importancia que uno de
    los autores que rebajan el valor de la vida onírica (Spitta, pá-
    gina 118) asegure que los sueños son regidos por las mismas
    leyes psicológicas que reinan en la vida despierta, ni tampo-
    co, que otro investigador (Dugas), manifieste que «le rêve
    n'est pas déraison, ni même irraison pure», mientras que nin-


    (1) Más adelante se nos revelará el sentido de estos sueños llenos
    de palabras que comienzan con la misma sílaba.

  • S.

    70

    guno de ellos se tome el trabajo de armonizar estas opinio-
    nes con la anarquía y desorganización psíquicas que en el
    sueño atribuyen a todas las funciones. En cambio, otros au-
    tores parecen haber entrevisto que la demencia de los sue-
    ños podía no carecer de método, no siendo quizá sino fingi-
    miento, como la de Hamlet shakesperiano. Estos autores tie-
    nen que haber huído de juzgar a los sueños por su apariencia,
    o de lo contrario, la que los mismos les han ofrecido ha sido
    muy diferente de la que ofrecieron a los demás.

    Así, Havelock Ellis (1899), sin querer detenerse en el
    aparente absurdo del sueño, lo considera como «an archaic
    world of vast emotions ad imperfect thoughts», cuyo estudio
    podría enseñarnos a conocer fases primitivas de la vida psí-
    quica. J. Sully (pág. 362) representa esta misma concepción
    de los sueños, pero de un modo aún más comprensivo y pro-
    fundo. Sus manifestaciones son tanto más interesantes y dig-
    nas de consideración cuanto que se trata de un psicólogo del
    que sabemos se hallaba convencido, quizá como ningún otro,
    del sentido oculto de los sueños. «Now our dreams are a
    means of conserving these successive personalities. When
    asleep we go back to the old ways of looking at things and
    of feeling about them, to impulses and activities which long
    ago dominated us.» Un pensador como Delboeuf afirma
    –aunque cierto es que sin presentar prueba alguna contra
    las aducidas en contrario– que «dans le sommeil, hormis la
    perception, tootes les facultés de l'esprit, intelligence, imagi-
    nation, mémoire, volonté, moralité, restent intactes dans leur
    essence; seulement elles s'appliquent à des objets imaginai-
    res et mobiles. Le songeur est un acteur qui joue à volonté
    les fous et les sages, les bourreaux et les victimes, les nains
    et les geants, les démons et les anges» (pág. 222). El marqués
    d'Hervey, que sostuvo vivas polémicas con Maury y cuya
    obra no me he podido procurar, no obstante haberla buscado
    con empeño, parece haber sido quien con mayor energía ha
    negado la degradación del rendimiento psíquico en el sueño.
    Refiriéndose a él, dice Maury (pág. 19.): «M. le Marquis
    d'Hervey prête à l'intelligence durant le sommeil, toute sa

  • S.

    71

    liberté d'action et d'attention et il ne semble faire consister le
    sommeil que dans l'occlusion des sens, dans leur fermeture au
    monde extérieur; en sorte que l'homme qui dort ne se distin-
    gue guère selon sa manière de voir, de l'homme qui laise
    vaguer sa pensée en se bouchantes sens; toute la différence
    qui sépare alors la pensée ordinaire de celle du dormeur c'est
    que, chez celui, l'idée prend une forme visible, objective et
    ressemble, à s'y méprende, a la sensation déterminée par les
    objets extérieurs; le souvenir revêt l'apparence du fait pré-
    sent».

    Pero a continuación añade «qu'il y a une différence de
    plus et capitale, à savoir, que les facultés intellectuelles de
    l'homme endormi n'offrent pas l'equilibre qu'elles gardent
    chez l'homme éveillé».

    En Vaschide, que nos facilita un más completo conoci-
    miento del libro de d'Hervey, encontramos que este último
    se pronuncia, sobre la aparente incoherencia de los sueños,
    en la forma siguiente: «L'image du rêve est la copie de l'idée.
    Le principal est i'idée; la visión n'est qu'accesoire. Ceci éta-
    bli, il faut savoir suivre la marche des idées, il faut savoir
    analyser le tissu des fèves; l'incohérence devient alors com-
    préhensible les conceptions les plus fantasques deviennet des
    faits simples et parlaitement logiques» (pág. 146). Y (pági-
    na 147): «Les rêves les plus bizarres trouvent même una ex-
    plication des plus logiques quand on sait les analyser».

    J. Staerke cita una análoga explicación dada a la incohe-
    rencia onírica por un antiguo autor, Woldf Davidson (1799),
    desconocido para mí (pág. 136): «Los singulares saltos de
    nuestras representaciones oníricas tienen todos su funda-
    mento en la ley de la asociación; lo que sucede es que este
    enlace se realiza a veces en el alma de un modo harto os-
    curo, resultando así, que con frecuencia creemos observar
    un salto de la asociación en casos en que dicho salto no
    existe».

    La escala de la apreciación del sueño como producto psí-
    quico alcanza en la literatura científica una gran amplitud.
    Partiendo del más profundo menosprecio, cuya expresión ya

  • S.

    72

    nos es conocida, y pasando luego por la sospecha de un va-
    lor aún no descubierto, llega hasta la exagerada estimación
    que coloca al sueño muy por encima de los rendimientos de
    la vida despierta. Hildebrandt, que como sabemos, encierra
    en tres antinomias las características psicológicas de la vida
    onírica, reune en la tercera de ellas los extremos de esta se-
    rie (pág. 19): Esta tercera antinomia es la existente «entre
    una elevación o potenciación de la vida aními-
    ca, que llega muchas veces hasta el virtuosismo, y
    una minoración y debilitación de la misma, lle-
    vada con frecuencia por bajo del nivel de lo humano».
     

    «Por lo que a lo primero se refiere: ¿Quién no puede con-
    firmar, por propia experiencia, que en las creaciones del
    genio del sueño se exteriorizan a veces una profundidad y
    una cordialidad espirituales, una finura de sensibilidad, una
    claridad de concepción, una sutileza de observación y una
    prontitud de ingenio, que modestamente negaríamos poseer
    si nos fueran atribuídas como cualidades constantes de nues-
    tra vida despierta? El sueño posee una maravillosa poesía,
    una exacta facultad alegórica, un humorismo incomparable y
    una deliciosa ironía. Contempla el mundo a una peculiarísima
    luz idealizadora e intensifica el efecto de sus fenómenos con
    la más profunda comprensión de la esencia fundamental de
    los mismos. Nos presenta lo bello terrenal en un resplandor
    verdaderamente celeste, lo elevado, en su más alta majes-
    tad, lo que según nuestra experiencia es temeroso, en la
    forma más aterrorizante y lo ridículo, con indescriptible co-
    micidad; a veces nos hallamos aun después del despertar tan
    dominados por una de estas impresiones, que creemos no
    haber hallado nunca en el mundo real nada semejante.»
     

    Surge aquí la interrogación de cómo pueden referirse a
    un mismo objeto las despreciativas observaciones anteriores
    y estas entusiásticas alabanzas. ¿No habrán pasado inadver-
    tidos para unos autores los sueños desatinados y para otros
    los profundos e ingeniosos? ¿Y si existen sueños de ambas
    clases, que justifican respectivamente ambos juicios, no será
    ocioso buscar una característica psicológica del sueño y de-
     

  • S.

    73

    beremos limitarnos a decir que en él es todo posible, desde
    la más baja degradación de la vida anímica hasta una eleva-
    ción de la misma, desacostumbrada en la vida despierta? Mas
    por cómoda que fuera esta solución, tropieza con el inconve-
    niente de que los esfuerzos de todos los investigadores pare-
    cen hallarse guiados por la hipótesis de que existe una ca-
    racterística de los sueños, de validez general en sus rasgos
    esenciales, susceptible de resolver las contradicciones apun-
    tadas.

    Es indiscutible que los rendimientos psíquicos del sueño
    han hallado un más voluntario y caluroso reconocimiento en
    aquel período, ya pasado, en el que los espíritus se hallaban
    dominados por la filosofía y no por las ciencias exactas. Ma-
    nifestaciones como la de Schubert de que el sueño constitu-
    ye una emancipación del espíritu del poder de la naturaleza
    exterior, un desligamiento del alma de las ligaduras de la
    sensualidad, y análogos juicios de Fichte el joven (1) y de
    otros autores, en los que se considera al sueño como una
    elevación de la vida anímica a un más alto nivel, nos parecen
    hoy apenas comprensibles. En la actualidad sólo son repeti-
    dos por los autores místicos o piadosos (2). La disciplina
    mental científica ha producido una reacción en la apreciación
    del sueño. Precisamente los autores médicos son los que an-
    tes se han inclinado a considerar muy escasa y falta de todo
    valor la actividad psíquica en el sueño, mientras que los filó-
    sofos y los observadores no profesionales–psicólogos de
    afición–cuyas aportaciones a estos estudios no deben des-
    preciarse, han continuado sosteniendo, más en armonía con
    las hipótesis populares, el valor psíquico del sueño. Aquellos
    que tienden a menospreciar el rendimiento psíquico en el
    sueño, conceden naturalmente la máxima importancia etioló-
     

    (1) Cf. Haffner y Spitta.

    (2) El inteligentísimo místico Du Prel, uno de los pocos autores
    cuya omisión en anteriores ediciones de este libro quisiera reparar, ma-
    nifiesta que el acceso a la metafísica no es, por lo que al hombre res-
    pecta, la vida despierta, sino el sueño (Philosophie der Mystik, pá-
    gina 59.)

  • S.

    74

    gica a las fuentes de estímulos somáticos. En cambio, para
    aquellos otros que atribuyen al alma soñadora la mayor parte
    de las facultades que la misma posee en la vida despierta,
    desaparece toda razón de no atribuírla también estímulos
    oníricos independientes.

    Entre los rendimientos extraordinarios que aun después
    de la más escrupulosa comparación pudiéramos inclinarnos a
    atribuir a la vida onírica, es el de la memoria el más patente.
    En páginas anteriores detallamos ya todos los hechos, nada
    raros, que así lo demuestran. En cambio, otra de las prerro-
    gativas de la vida onírica, que con mayor frecuencia ensalzan
    los autores antiguos–su facultad de franquear libremente las
    distancias temporales y espaciales–es, como ya observa
    Hildebrandt, por completo ilusoria. El sueño no franquea
    tales distancias sino en forma idéntica a como lo realiza el
    pensamiento despierto y precisamente por no ser sino una
    forma del pensamiento. Con respecto al tiempo, gozaría en
    cambio el sueño de otra distinta prerrogativa, siendo inde-
    pendiente de su curso en un diferente sentido. Sueños como
    aquel en que Maury se vió guillotinar parecen demostrar que
    el fenómeno onírico puede acumular en brevísimos instantes
    un contenido de percepciones mucho mayor que el contenido
    de pensamientos que nuestra actividad psíquica puede abar-
    car en la vida despierta. Esta deducción ha sido, sin embar-
    go, combatida con los más diversos argumentos. Desde los
    artículos de Le Lorrain y Egger «sobre la aparente duración
    de los sueños» se ha desarrollado, en derredor de este pro-
    blema–tan intrincado como de profundo alcance–una inte-
    resantísima discusión que no ha llevado aún a esclarecimien-
    to alguno definitivo.

    Después de numerosas investigaciones y de la colección
    de sueños publicada por Chabaneix parece ya indiscutible
    que el sueño puede acoger la labor intelectual del día y con-
    ducirla a una conclusión no alcanzada en la vida despierta,
    resolviendo así problemas y dudas que preocupan al sujeto y
    constituyendo una fuente de inspiración para los poetas y
    compositores. Pero aunque este hecho es innegable en sí,

  • S.

    75

    la hipótesis construída sobre él sucumbe a importantes obje-
    ciones (1).

    Por último, el afirmado poder adivinatorio del sueño cons-
    tituye otro objeto de discusión en la que, a dudas difíciles de
    dominar, se oponen tenaces afirmaciones. Sin embargo, se
    evita negar rotundamente–y con razón–lo que de efectivo
    ha sido observado en este punto, pues para toda una serie
    de casos existe, quizá, la cercana posibilidad de una natural
    explicación psicológica.

    f) Los sentimientos éticos en el sueño.

    Por motivos que sólo después del conocimiento de mis
    propias investigaciones sobre el sueño pueden resultar com-
    prensibles, he separado del tema de la psicología del sueño,
    el problema parcial de si las disposiciones y sentimientos
    morales de la vigilia se extienden–y hasta qué punto–a la
    vida onírica. La misma contradicción que con respecto a las
    restantes funciones anímicas hubimos de hallar con extrañeza
    en las exposiciones de los investigadores, vuelve aquí a sur-
    gir a nuestros ojos. En efecto, con la misma seguridad que
    unos muestran al afirmar que el sueño ignora en absoluto
    toda aspiración moral, sostienen los otros que la naturaleza
    moral del hombre perdura también en la vida onírica.

    La experiencia onírica parece colocar la exactitud de la
    primera afirmación por encima de toda duda. Así, escribe
    Jessen (pág. 553): «Tampoco nos hacemos mejores ni más
    virtuosos en el sueño. Más bien parece que en él calla nues-
    tra conciencia, pues sin compadecernos por nada ni de nadie,
    realizamos con la mayor indiferencia y sin remordimiento al-
    guno, los mayores crímenes.»

    Radestock (pág. 146): «Debe tenerse en cuenta que en el
    sueño emergen las asociaciones y se enlazan las representa-
    ciones sin que la reflexión, la inteligencia, el gusto estético
    y el juicio moral puedan intervenir para nada. El juicio es de-
    bilísimo y predomina la indiferencia ética». Volkelt

    (1) Cf. la crítica que de esta hipótesis hace Havelock Ellis (World
    of dreams, pág. 268).


  • S.

    76

    (página 23): «Nadie ignora el desenfreno que la vida onírica
    muestra especialmente en lo que a la sexualidad se refiere.
    Del mismo modo que el sujeto se contempla en sus sueños
    falto de todo pudor y todo sentimiento ético, ve a otras per-
    sonas–incluso a las que más respeta–entregadas a actos
    que en su vida despierta se espantaría de asociar a ellas».

    En abierta oposición con estas manifestaciones se hallan
    otras como la de Schopenhauer de que todos obramos y ha-
    blamos en sueños conforme a nuestro propio carácter.
    R. Ph. Fischer(1) afirma así mismo, que en los sueños se
    revelan los sentimientos y aspiraciones, o afectos y pasiones,
    subjetivos y las peculiaridades morales del durmiente.

    Haffner (pág. 25): «Salvo raras excepciones… el hombre
    virtuoso lo será también en sueños. Rechazará las tentacio-
    nes y resistirá al odio, a la envidia, a la cólera y a los demás
    vicios. En cambio, el hombre pecador, hallará generalmente
    en sus sueños aquellas imágenes que tenía ante sí en la vi-
    gilia.»

    Scholz (pág. 36): «Nuestros sueños entrañan algo verda-
    dero. En ellos reconocemos nuestro propio Yo a pesar del
    disfraz de elevación o rebajamiento con el que se nos apare-
    ce… El hombre honrado no puede tampoco cometer en sue-
    ños un delito que le deshonre, y si lo comete, quedará es-
    pantado como ante algo totalmente ajeno a su naturaleza.
    El emperador romano que hizo ejecutar a uno de sus súbdi-
    tos, confeso de haber atentado contra él en sueños, no dejaba
    de tener razón cuando se justificaba diciendo que el individuo
    que así soñaba tenía que abrigar en su vida despierta análo-
    gos pensamientos. De algo que no puede hallar lugar alguno
    en nuestro ánimo, decimos así, muy significativamente: «Eso
    no puede ocurrírseme ni en sueños.»

    Por lo contrario, afirma Platon que los hombres mejores
    son aquellos a los que sólo en sueños se les ocurre lo que
    los demás hacen despiertos.

    Plaff, glosando un conocido proverbio, dice: «Cuéntame

    (1) Grundzuegen des Systems der Anthropologie, Erlangen 1860.

  • S.

    77

    LA INTERPRETACION DE LOS SUEÑOS

    durante algún tiempo lo que sueñas y te diré lo que dentro
    de ti hay.»

    El pequeño escrito de Hildebrandt del que ya he extraído
    tantas interesantes citas y que constituye la más perfecta y
    rica contribución que a la investigación de los problemas oní-
    ricos me ha sido dado hallar en la literatura científica, da a
    este tema de la moralidad de los sueños una importancia
    esencial. También para Hildebrandt constituye una regla fija
    la de que cuanto más pura es la vida del sujeto, más puros
    serán sus sueños, y cuanto más impura, más impuros.

    La naturaleza moral del hombre perdura, desde luego, en
    el sueño: «Pero mientras que ningún error de cálculo, ningu-
    na herejía científica ni ningún anacronismo, nos hieren ni se
    nos hacen siquiera sospechosos, por palpables, románticos
    o ridículos que respectivamente sean, conservamos siempre
    la facultad de distinguir lo bueno de lo malo, la justicia de la
    injusticia, la virtud del vicio. Por mucho que sea lo que de
    nuestra personalidad despierta perdemos durante el reposo,
    –el «imperativo categórico» de Kant se ha constituído de
    tal manera en nuestro inseparable acompañante que ni aun
    en sueños llega a abandonarnos... Este hecho no puede ex-
    plicarse sino por la circunstancia de que lo fundamental de
    la naturaleza humana, el ser moral, se halla demasiado fir-
    memente unido al hombre para participar en el juego calei-
    doscópico, al que la fantasía, la inteligencia, la memoria y
    demás facultades de igual rango sucumben en el sueño»
    (págs. 45 y sig.)

    En la discusión de esta materia incurren ambos grupos de
    autores en singulares desplazamientos e inconsecuencias.
    Lógicamente, la hipótesis de que la personalidad moral del
    hombre desaparece en el sueño, debiera despojar a sus par-
    tidarios de todo interés por los sueños inmorales, permitién-
    doles además rechazar la posibilidad de exigir por ellos una
    responsabilidad al sujeto o atribuirle perversos sentimientos,
    con la misma tranquilidad que la equivalente de deducir, por
    el absurdo de los sueños, la carencia de valor de los rendi-
    mientos intelectuales del sujeto en la vida despierta. En

  • S.

    78

    cambio, aquellos otros autores, para los cuales se extienden
    al fenómeno onírico el dominio del imperativo categórico, de-
    berían aceptar sin limitación alguna la responsabilidad del
    sujeto con respecto a sus sueños. Habríamos, únicamente, de
    desearles que sueños propios reprobables no les hicieran
    errar en la estimación de su propia moralidad, tan segura con
    respecto a otros dominios distintos del onírico.

    Mas, por lo visto, nadie sabe a punto fijo en qué medida
    es bueno o malo ni puede tampoco negar haber tenido algu-
    na vez sueños inmorales, pues por encima de su opuesto
    juicio sobre la moral onírica, coinciden ambos grupos de auto-
    res en un esfuerzo por esclarecer el origen de los sueños in-
    morales, surgiendo nuevamente opiniones contradictorias,
    según se vea dicho origen en las funciones de la vida psíqui-
    ca o en influencias somáticamente condicionadas ejercidas
    sobre la misma. El poder coactivo de la evidencia hace sin
    embargo coincidir a muchos defensores de la responsabilidad
    y de la irresponsabilidad, en el reconocimiento de una fuente
    psíquica especial para la inmoralidad de los sueños.

    De todos modos, aquellos investigadores que extienden
    a los sueños la moral subjetiva, se guardan muy bien de
    aceptar la completa responsabilidad de los suyos propios.
    Haffner, dice (pág. 24): «No somos responsables de nuestros
    sueños porque nuestro pensamiento y nuestra voluntad que-
    dan despojados en ellos de la base sobre la cual posee úni-
    camente nuestra vida verdad y realidad. Siendo así, nada
    de lo que en sueños queremos o hacemos, puede tenerse por
    virtud o pecado». Pero el hombre es responsable de sus
    sueños pecadores en tanto en cuanto los origina indirecta-
    mente, y antes de conciliar el reposo, tiene, del mismo modo
    que en el resto de la vigilia, el deber de purificar moralmente
    su alma.

    Hildebrandt ahonda mucho más en el análisis de esta
    mezcla de negación y afirmación de nuestra responsabilidad
    con respecto al contenido moral de los sueños. Después de
    indicar que la forma dramática de exposición adoptada por el
    fenómeno onírico, la acumulación de los más complicados

  • S.

    79

    procesos reflexivos en un brevísimo espacio de tiempo y la
    desvalorización y confusión—que también reconoce—de los
    elementos de representación, deben tenerse en cuenta, como
    circunstancias atenuantes, al juzgar el aspecto inmoral de los
    sueños, confiesa que tampoco nos es posible negar en abso-
    luto toda responsabilidad por los pecados y faltas que en
    ellos cometemos.

    (pág. 49): «Cuando queremos rechazar de un modo deci-
    dido una acusación injusta referente a nuestros propósitos o
    sentimientos, solemos servirnos de la expresión: «Eso no se
    me ha ocurrido ní aun en sueños». Con esto manifestamos
    por un lado, que el dominio de los sueños es para nosotros
    el último por cuyo contenido pudiera exigírsenos responsabi-
    lidad, puesto que nuestros pensamientos no poseen en él
    sino una tan escasa y lejana conexión con nuestro verdadero
    ser, que apenas pueden ya atribuírsenos, pero al sentirnos
    inducidos a negar también la existencia de tales pensamien-
    tos en este dominio, confesamos, al mismo tiempo, indirecta-
    mente, que nuestra justificación sería incompleta si no alcan-
    zase también hasta él. A mi juicio, hablamos aquí, siquiera
    sea inconscientemente, el lenguaje de la verdad.»

    (pág. 52): «No podemos suponer ningún hecho onírico
    cuyo primer motivo no haya cruzado antes en alguna forma
    a título de deseo, aspiración o sentimiento, por el alma del
    individuo despierto». Este primer sentimiento no lo ha inven-
    tado el sueño; se ha limitado a copiarlo y desarrollarlo, ela-
    borando en forma dramática un adarme de materia histórica
    que halló previamente en nosotros. Así, pues, el fenómeno
    onírico no hace sino poner en escena las palabras del após-
    tol: «Aquel que odia a su hermano es un homicida». Y mien-
    tras que conscientes de nuestra energía moral, podemos son-
    reir, al despertar, ante el amplio cuadro perverso que nues-
    tro sueño pecador nos ha presentado, el nódulo originario
    causal no presenta faceta alguna que nos mueva a risa. Nos
    sentimos, por lo tanto, responsables de nuestros extravíos
    oníricos, no en su totalidad, pero sí en un cierto tanto por
    ciento. «Comprendemos, en este indiscutible sentido, la pa-
     

  • S.

    80

    labra de Cristo: «Del corazón vienen malos pensamientos»
    —y no podemos casi defendernos de la convicción de que
    cada pecado cometido en el sueño trae consigo para nos-
    otros, por lo menos, un oscuro mínimum de culpa».

    En los gérmenes de sentimientos reprobables que a título
    de tentaciones cruzan por nuestra alma en la vigilia, encuen-
    tra, pues, Hildebrandt, la fuente de la inmoralidad de los sue
    ños y no vacila en tener en cuenta estos elementos inmora
    les en la estimación moral de la personalidad. Estos mismos
    pensamientos y su idéntica valoración es lo que ha hecho
    acusarse a los santos y a los hombres piadosos de toda épo
    ca, de ser los más grandes pecadores(1).

    No cabe duda alguna sobre la general aparición de estas
    representaciones contrastantes—en la mayoría de los
    hombres y también con relación a dominios distintos del éti
    co. Pero algunas veces se las ha juzgado con menor severi
    dad. Así, Spitta, transcribe las siguientes manifestaciones
    de A. Zeller (pág. 144): «Raras veces se halla tan felizmente
    organizado un espíritu, que posea en todo momento un po
    der absoluto y no quede estorbada la continua y clara mar
    cha de sus pensamientos por representaciones no sólo insig
    nificantes, sino hasta ridículas y desatinadas. Incluso los más
    grandes pensadores se han lamentado de esta importuna tur
    ba de representaciones, semejantes a las de los sueños, que
    perturbaba sus más profundas reflexiones y su más seria y
    sagrada labor mental».

    Una observación de Hildebrandt, la de que el sueño nos
    permite a veces contemplar los repliegues y profundidades
    de nuestro ser que durante la vigilia quedan casi siempre
    ocultos a nuestros ojos, arroja más clara luz sobre la situa
    ción psicológica de estos pensamientos de contraste.


    (1) No deja de ser interesante conocer la actitud que la Inquisición
    adoptaba ante este problema. En el Tractatus de Officio sanctissimae
    Inquisitione de Tomás Careña (Edición de Lyon. 1659), se dice: «Si al-
    guien profiriese herejías en sueños, deberán los inquisidores abrir in-
    formación sobre su vida, pues en los sueños suele retornar aquello que
    nos ha ocupado durante el día» (Dr. Ehniger, S. Urban, Suiza).

  • S.

    81

    Análoga idea expone Kant en un pasaje de su Antropolo-
    gía al afirmar que el sueño tiene por función la de descubrir-
    nos nuestras disposiciones ocultas y revelarnos, no lo que
    somos, sino lo que hubiéramos podido llegar a ser si hubié-
    ramos recibido una educación diferente. Radestock (pági-
    na 84) reproduce este juicio cuando dice que el sueño nos
    revela aquello que no queremos confesarnos a nosotros mis-
    mos, siendo esto lo que nos impulsa a calificarlo, injustamen-
    te, de mentiroso y engañador. J. E. Erdmann, manifiesta:
    «Nunca me ha revelado un sueño lo que de un hombre debo
    opinar, pero lo que de él opino y cuáles son mis verdaderos
    sentimientos con respecto a él, eso sí me lo ha mostrado más
    de una vez, con gran asombro mío».

    En forma semejante opina J. H. Fichte: «El carácter de
    nuestros sueños nos revela mucho más fielmente nuestro es-
    tado de ánimo total, que el autoanálisis durante la vigilia».
    Observaciones como las de Benini y Volkelt, que a continua-
    ción transcribimos, nos hacen advertir que la emergencia de
    estos impulsos ajenos a nuestra conciencia moral sólo es
    comparable a la ya conocida disposición del sueño sobre otro
    material de representaciones que falta a la vida despierta o
    desempeña en ella un insignificante papel. Benini: «Certe
    nostre inclinazione che si credevano soffocate e spente da
    un pezzo, si ridestano; passioni vechie e sepolte rivivono;
    cose e persone a cui non pensiamo mai, ci vengono dinanzi»
    (página 149). Y Volkelt: «También representaciones que se
    han introducido casi inadvertidamente en la conciencia des-
    pierta y quizá no hubieran sido sacadas nunca por ella del
    olvido, suelen revelar al sueño su presencia en el alma» (pá-
    gina 105). Por último, es éste el lugar de recordar que según
    Schleiermacher, ya el acto de conciliar el reposo se halla
    acompañado de representaciones (imágenes) involun-
    tarias.

    En este concepto de «representaciones involuntarias» de-
    bemos incluir todo aquel acervo de representaciones cuya
    emergencia–tanto en los sueños inmorales como en los ab-
    surdos–despierta nuestra extrañeza. La única diferencia im-
     

  • S.

    82

    portante que podemos señalar entre las representaciones in-
    voluntarias referentes a la moralidad y las relativas a otros
    dominios es que las primeras se revelan en oposición con
    nuestra restante manera de sentir, mientras que las segundas
    se limitan a despertar nuestra extrañeza. Pero hasta el mo-
    mento no hemos realizado progreso ninguno que nos permita
    ampliar esta diferenciación por un conocimiento más comple-
    to y profundo de sus términos.

    ¿Qué significación tiene la emergencia de representacio-
    nes involuntarias en el sueño? ¿Y qué conclusiones pueden
    deducirse para la psicología del alma despierta o soñadora
    de esta emergencia nocturna de sentimientos éticos contras-
    tantes? Habremos de señalar aquí una nueva diferencia de
    opinión y una nueva agrupación distinta de los autores. El
    proceso mental de Hildebrandt y de otros representantes de
    su opinión fundamental no puede ser continuado sino en el
    sentido de que los sentimientos inmorales entrañan también
    en la vigilia un cierto poder–cohibido desde luego–de lle-
    gar a convertirse en actos, y que en el estado de reposo des-
    aparece algo que, actuando como una retención, nos había
    impedido advertir este sentimiento. El sueño mostraría así,
    aunque no en su totalidad, la verdadera esencia del hombre
    y pertenecería a los medios de hacer accesible a nuestro co-
    nocimiento el oculto interior del alma. Sólo partiendo de tales
    hipótesis puede Hildebrandt adjudicar al sueño el papel de
    un consejero que atrae nuestra atención sobre escondidas
    debilidades morales de nuestra alma, del mismo modo que,
    según confesión de los médicos, puede anunciar a la concien-
    cia enfermedades físicas que hasta entonces ignorábamos
    nos aquejaran. Tampoco Spitta puede guiarse por otra idea
    cuando señala las fuentes de excitación que, por ejemplo, en
    la pubertad, actúan sobre el alma, y consuela al sujeto di-
    ciéndole que ha hecho todo lo que en su mano se hallaba,
    cuando ha sido virtuoso en su vida despierta y se ha esforza-
    do en ahogar siempre los malos pensamientos, no dejándo-
    los madurar y convertirse en actos. Conforme a esta concep-
    ción podríamos designar las representaciones «involun-
     

  • S.

    83

    tarias» como aquellas que han sido «ahogadas» durante
    el día y habríamos de ver en su emergencia un fenómeno pu-
    ramente psíquico.

    Mas, según otros autores, esta última conclusión es to-
    talmente errónea. Así, para Jessen, las representaciones in-
    voluntarias exteriorizan, por medio de movimientos internos,
    y tanto en el sueño como en la vigilia y el delirio febril o de
    otro género, «el carácter de una actividad de la voluntad en
    reposo, y de un proceso hasta cierto punto mecá-
    nico de imágenes y representaciones» (pág. 360). Un sue-
    ño inmoral no significa, con respecto a la vida anímica del
    soñador, sino que el mismo se había percatado alguna vez
    del contenido de representaciones correspondientes, pero des-
    de luego no un sentimiento anímico propio. Determinadas
    manifestaciones de Maury nos inclinan a creer que atribuye
    al estado onírico la facultad de fragmentar en sus componen-
    tes la actividad anímica en lugar de destruirla sin sujeción a
    plan ninguno. Así, de los sueños en los que traspasamos los
    límites de la moralidad, dice: «Ce sont nos penchants qui
    parlent et qui nous font agir, sans que la conscience nous re-
    tienne, bien que parfois elle nous avertisse. J'ai mes défauts
    et mes penchants vicieux à l'état de veille, je tâche de lutter
    contre eux, et il m'arrive assez souvent de n'y pas succom-
    ber. Mais dans mes songes j'y succombe toujours ou pour
    mieux dire j'agis par leur impulsion, sans crainte et sans re-
    mords... Evidemment les visions qui se déroulent devant ma
    pensée et qui constituent le rêve, me sont suggérées par les
    incitations que je ressens et que ma volonté absente ne cher-
    che pas à refouler» (pág. 113).

    La creencia en la capacidad del sueño para revelar una
    disposición inmoral del sujeto, realmente existente, pero aho-
    gada o escondida, no puede hallar expresión más exacta que
    en las siguientes palabras de Maury (pág. 115): «En rêve
    l'homme se révèle donc tout entier à soi même dans sa nudi-
    té et sa misère natives. Dès qu'il suspend l'exercice de sa
    volonté, il devient le jouet de toutes les pasions contre les-
    quelles, a l'état de veille la conscience, le sentiment d'hon-

  • S.

    84

    neur, la crainte nous défendent». En otro lugar halla también
    la frase exacta (pág. 462): «Dans le rêve, c'est surtout l'hom-
    me instinctif qui se revèle... L'homme revient pour ainsi dire
    à l'état de nature quand il rêve; mais moins les idées acqui-
    ses ont pénetré dans son esprit, plus les penchants
    en désaccord avec elles conservent encore sur lui d'in-
    fluence dans le rêve». Como ejemplo aduce que sus sueños
    le muestran con frecuencia víctima de aquella misma supers-
    tición que con más energía ha combatido en sus escritos.

    Pero el valor de todas estas ingeniosas observaciones,
    para un conocimiento psicológico de la vida onírica, queda
    disminuído en Maury por su resistencia a no ver en los fenó-
    menos tan acertadamente observados por él, sino pruebas
    del «automatisme psychologique» que a su juicio domina la
    vida onírica. Este automatismo lo considera como la completa
    antítesis de la actividad psíquica.

    En sus estudios sobre la conciencia, dice Stricker: «El
    sueño no se compone exclusivamente de engaños; cuando en
    él sentimos miedo de los ladrones, éstos son imaginarios,
    pero el miedo es real.» De este modo se nos advierte que el
    desarrollo de afectos, en el sueño, no puede ser juzgado en
    la misma forma que el resto del contenido onírico, y se nos
    plantea de nuevo el problema de qué es lo que en los proce-
    sos psíquicos del sueño puede considerarse como real, esto
    es, puede aspirar a ser incluído entre los procesos psíquicos
    de la vigilia.

    g) Teorías oníricas y función del sueño.

    Un conjunto de juicios sobre el sueño, que intente expli-
    car, desde un determinado punto de vista, la mayor suma
    posible de los caracteres observados en su investigación, y
    fije, al mismo tiempo, su situación con respecto a un más
    amplio campo de fenómenos, merecerá ser calificado de teo-
    ría onírica. Las distintas teorías que de este modo puedan
    establecerse, se diferenciarán en el carácter que de los sue-
    ños consideren como esencial, enlazando a él las explicacio-
    nes y relaciones constitutivas de su contenido. No habrá de
    ser condición indispensable que de todas y cada una de ellas

  • S.

    85

    LA INTERPRETACION DE LOS SUEÑOS

    pueda deducirse una función o utilidad del fenómeno onírico,
    pero obedeciendo a nuestra acostumbrada orientación teleo-
    lógica, habremos de preferir aquellas que entrañen el conoci-
    miento de una tal función.

    Conocemos ya varias concepciones de los sueños, mere-
    cedoras, en este sentido, del nombre de teorías oníricas. Así,
    la antigua creencia de que los sueños eran enviados por los
    dioses para dirigir los actos de los hombres, constituía una
    teoría completa que explicaba todo lo que en el fenómeno
    onírico presenta interés. Desde que el sueño ha llegado a ser
    objeto de la investigación biológica ha surgido un número
    más considerable que nunca de teorías oníricas, pero entre
    ellas existen algunas harto incompletas.

    Renunciando a incluirlas en su absoluta totalidad, puede
    intentarse la siguiente clasificación–no extremadamente ri-
    gurosa–de las teorías oníricas, conforme a la hipótesis que
    sobre la magnitud y la naturaleza de la actividad psíquica en
    el sueño, les sirva de base:

    1.o Aquellas teorías, que como la de Delboeuf, hacen
    perdurar en el sueño la total actividad psíquica de la vigilia.
    Según ellas, el alma no duerme, su aparato permanece intac-
    to, pero sometida a las condiciones del estado de reposo, dis-
    tintas de las correspondientes a la vigilia, tiene que producir,
    aun funcionando normalmente, rendimientos distintos. Surge
    aquí la duda de si estas teorías consiguen derivar, en su to-
    talidad, de las condiciones del estado de reposo, las diferen-
    cias que se nos muestran entre el sueño y la reflexión. Pero,
    además, falta en ellas toda posibilidad de deducir la existen-
    cia de una función onírica; no nos explican para qué soña-
    mos, ni por qué el complicado mecanismo del aparato aními-
    co sigue funcionando aun después de haber sido colocado en
    circunstancias para las que no se halla calculado. En esta si-
    tuación, las únicas reacciones adecuadas serían dormir sin
    sueños o despertar cuando sobreviniera un estímulo pertur-
    bador, pero nunca soñar.

    2.o Aquellas teorías que, por lo contrario, aceptan en el
    sueño un descenso de la actividad psíquica y una debilitación

  • S.

    86

    de la coherencia. De estas teorías se deduce una característi-
    ca psicológica del estado de reposo muy distinta de la esta-
    blecida por Delboeuf. El reposo se extiende al alma y no se
    limita a aislarla por completo del mundo exterior, sino que
    penetra en su mecanismo haciéndolo temporalmente inutiliza-
    ble. Si me es permitida una comparación con material psí-
    quico, diré que las primeras teorías construyen el sueño
    como una paranoia y las segundas lo convierten en el proto-
    tipo de la imbecilidad o de una amencia.

    La teoría de que en la vida onírica sólo se manifiesta una
    parte de la actividad anímica paralizada por el reposo, es la
    preferida por los autores médicos y, en general, por el mundo
    científico. En tanto en cuanto ha de suponerse un difundido
    interés por el esclarecimiento de los sueños, puede conside-
    rársela como la teoría dominante. Su característica es
    la facilidad con que sortea uno de los mayores peligros que
    se alzan ante toda explicación de los sueños: el de estrellarse
    contra una de las antinomias a las que los mismos dan cuerpo.
    Considerando el fenómeno onírico como el resultado de una
    vigilia parcial («una vigilia paulatina, parcial y, al mismo
    tiempo, muy anómala»–dice Herbart sobre el sueño en su
    psicología), puede explicar, por una serie de estados cada
    vez más cercanos al de vigilia, toda la serie de rendimien-
    tos imperfectos del sueño–exteriorizados en el absurdo del
    mismo–hasta el rendimiento mental perfecto y totalmente
    concentrado.

    Para aquellos a quienes ha llegado a ser indispensable la
    forma de exposición fisiológica o la encuentran más científica,
    transcribiré aquí la descripción que Binz hace de esta teoría
    (pág. 43):

    «Este estado (de estupor) camina paulatinamente hacia
    su fin en las primeras horas de la mañana. Las toxinas que
    la fatiga acumuló en la albúmina cerebral van disminuyendo
    cada vez más, destruídas o arrastradas por la continua co-
    rriente de la sangre. Algunos grupos de células, despiertos
    ya, comienzan a funcionar en medio del general letargo y
    ante nuestra obnubilada conciencia surge entonces la acti-
     

  • S.

    87

    vidad aislada de estos grupos de células, falta del
    control de las demás partes del cerebro que rigen la asocia-
    ción. En consecuencia, las imágenes creadas, correspondien-
    tes generalmente a las impresiones materiales de un próximo
    pasado, se agregan unas a otras sin orden ni concierto. Luego,
    conforme va haciéndose mayor el número de células cerebra-
    les despiertas, va disminuyendo, en proporción, el desatino
    del sueño.»

    Todos los fisiólogos y filósofos modernos se muestran
    conformes con esta concepción del sueño como una vigilia
    incompleta y parcial o, cuando menos, influídos por ella.
    Maury es quien más ampliamente la desarrolla, pareciendo
    ver en la vigilia o el reposo, estados desplazables por regio-
    nes anatómicas, aunque de todos modos se le muestren
    siempre enlazadas una determinada región anatómica y una
    determinada función psíquica. Pero quisiera limitarme aquí
    a indicar que si la teoría de la vigilia parcial se confirmase,
    habría aún que realizar una importante labor para estruc-
    turarla.

    Naturalmente, no puede deducirse de esta teoría de la vida
    onírica una función del sueño. Obra, pues, Binz con toda
    consecuencia cuando fija la situación e importancia del fenó-
    meno onírico en los siguientes términos (pág. 357): «Todos
    los hechos tienden, como vemos, a caracterizar el sueño
    como un proceso somático, inútil en todo caso y hasta
    patológico en muchos...»

    El término «somático», referido al sueño y subrayado por
    el autor mismo, nos revela la posición de Binz con respecto
    a varios de los problemas oníricos, y en primer lugar, a la
    etiología de los sueños, de la que Binz se ocupó especial-
    mente al investigar la génesis experimental de sueños por
    absorción de materias tóxicas. Sobre este problema etiológico
    coinciden todas las teorías que integran el presente grupo,
    en la tendencia a excluir en lo posible estímulos distintos de
    los somáticos. Su forma más extrema sería aproximadamente
    la que sigue: Conseguido el reposo por la supresión de todo
    estímulo, no tendríamos necesidad ni ocasión de soñar hasta

  • S.

    88

    que en las primeras horas de la mañana pudiera reflejarse en
    un sueño el paulatino despertar provocado por la aparición
    de nuevos estímulos. Pero sucede que nunca conseguimos
    mantener nuestro reposo libre de todo estímulo, pues análo-
    gamente a los gérmenes de vida de cuya inagotable emer-
    gencia se lamentaba Mefistófeles, llegan sin interrupción
    hasta el sujeto estímulos de las más diversas procedencias:
    externos, internos y hasta de aquellas regiones de su cuerpo
    a las que nunca ha prestado la menor atención. De este modo
    queda el reposo perturbado, y el alma, sacada ora en un
    punto, ora en otro, de su letargo, funciona un momento con
    la parte despertada, para volver luego al reposo. Resulta,
    pues, que el sueño es la reacción–totalmente superflua–a
    la perturbación del reposo ocasionada por el estímulo.

    Mas el designar el sueño–que de todas maneras conti-
    núa siendo un rendimiento del órgano anímico–como un pro-
    ceso somático, posee aún otro sentido diferente. Se trata de
    despojarle de la dignidad de proceso psíquico. La com-
    paración, muy antigua y empleada, del sueño con «los soni-
    dos que los diez dedos de un individuo totalmente profano
    en música producirían en un piano, recorriendo al azar su
    teclado» constituye quizá la descripción más exacta de la
    apreciación que en la mayoría de los casos ha hallado el ren-
    dimiento onírico en los representantes de las ciencias exac-
    tas. En esta concepción se convierte el sueño en algo total-
    mente ininterpretable, pues no es posible que recorriendo al
    azar el teclado improvise el profano en música composición
    alguna.

    Contra esta teoría de la vigilia parcial se han elevado,
    desde un principio, numerosas objeciones. Así, Burdach es-
    cribía en 1830: «Con la afirmación de que el sueño es una
    vigilia parcial, no se explica, en primer lugar, ni el reposo ni
    la vigilia, y en segundo, no se dice sino que algunas fuerzas
    del alma actúan en el sueño mientras otras reposan. Pero
    esta desigualdad tiene efecto durante toda la vida…» (Pá-
    gina 483).

    En la teoría dominante que ve en el sueño un proceso

  • S.

    89

    «somático», se apoya una muy interesante concepción de los
    sueños desarrollada por Robert en 1866 y que posee el atrac-
    tivo de atribuir al fenómeno onírico una función y un resul-
    tado útil. Toma este autor como base de su teoría, dos
    hechos comprobados de los que ya tratamos al ocuparnos
    del material onírico: la frecuencia con que en nuestros sueños
    se incluyen las impresiones diurnas más secundarias y lo ra-
    ramente que soñamos con lo que más nos ha interesado en
    nuestra vida diurna. Robert afirma categóricamente: «Aque-
    llas cosas que hemos pensado con detenimiento y hasta asi-
    milarlas no se constituyen jamás en estímulos oníricos, sino
    tan sólo aquellas otras que permanecen inacabadas en nues-
    tro espíritu o sólo lo han rozado fugitivamente» (página 10).
    «Por esta razón no podemos explicarnos la mayoría de nues-
    tros sueños, pues las causas que los originan son precisa-
    mente aquellas impresiones sensoriales diur-
    nas de las que el sujeto no ha llegado a
    adquirir un suficiente conocimiento». Para
    que una impresión pueda llegar a incluirse en un sueño, es
    por lo tanto, necesario, que su elaboración haya quedado
    perturbada o que por ser demasiado insignificante no haya
    podido aspirar siquiera a una tal elaboración.

    Robert se representa al sueño «como un proceso somáti-
    co de segregación que llega al conocimiento en su fenómeno
    de reacción espiritual». Los sueños son segrega-
    ciones de pensamientos ahogados en ger-
    men. «Un hombre al que se despojase de la facultad de
    soñar, contraería en poco tiempo una perturbación mental,
    pues en su cerebro se acumularía una masa de pensamientos
    inacabados, no terminados de pensar, y de impresiones in-
    significantes, bajo cuyo peso quedaría ahogado aquello que
    a título de todo acabado hubiera de ser incorporado a la me-
    moria». De este modo, presta el sueño a la conciencia sobre-
    cargada el servicio de una válvula de seguridad. Los sue-
    ños poseen una fuerza curativa y deri-
    vativa.

    Sería equivocado preguntar a Robert cómo por medio del

  • S.

    90

    representar onírico puede producirse un deslastre del alma,
    pues lo que de las dos peculiaridades del material onírico
    antes citadas, deduce evidentemente este autor, es que du-
    rante el reposo se verifica en algún modo y como pro-
    ceso somático, una tal expulsión de las impresiones carentes
    de valor y que el soñar no es ningún proceso psíquico espe-
    cial sino únicamente la noticia que de dicha selección obte-
    nemos. Pero no es una segregación lo único que durante la
    noche se realiza en el alma. El mismo Robert añade que ade-
    más se lleva a efecto una elaboración de los estímulos del
    día y que «aquello que de la materia de pensamientos no asi-
    milada resiste a la segregación, es reunido por cadenas de
    pensamientos tomados de la fantasía, hasta formar una tota-
    lidad, e incorporado así a la memoria como una inocua pin-
    tura de la fantasía». (pág. 23).

    En total contradicción con la teoría dominante se nos
    muestra en cambio la de Robert por lo que respecta a las
    fuentes oníricas. Mientras que según la primera, no soñaría-
    mos en absoluto si los estímulos externos e internos no des-
    pertaran de continuo a nuestra alma, según la teoría de Ro-
    bert, el impulso a soñar reside en el alma misma, esto es, en
    su sobrecarga que demanda una derivación. Resulta, pues,
    por completo consecuente, la conclusión establecida por este
    autor de que las causas condicionantes del sueño dependien-
    tes del estado corporal del sujeto no ocupan sino un lugar
    secundario y no podrían inducir a soñar, en ningún caso, a
    un espíritu en el que no existiese previamente materia nin-
    guna para la formación de sueños tomada de la conciencia
    despierta. Debe concederse únicamente que las imágenes
    fantásticas que, procedentes de lo más profundo del alma
    del sujeto, se desarrollan en sus sueños, pueden ser influí-
    das por los estímulos nerviosos (pág. 41). De este modo, re-
    sulta el sueño independiente hasta cierto punto–según Ro-
    bert–de lo somático. No constituye ciertamente un proceso
    psíquico ni ocupa lugar ninguno entre los procesos de este
    género que se desarrollan en nuestra vida despierta, pero es
    un proceso somático que se desarrolla todas las noches en

  • S.

    91

    el aparato de la actividad anímica, y tiene a su cargo una
    función, la de proteger a este aparato contra una excesiva
    tensión, o si se nos permite cambiar de comparación, la de
    limpiar el alma.

    Otro autor, Ives Delage, apoya su teoría, en estos mis-
    mos caracteres del sueño que se hacen patentes en la selec-
    ción del material onírico, siendo muy instructivo observar
    cómo por una ligera diferencia en la comprensión de un mis-
    mo objeto se llega a un resultado final de un muy distinto al-
    cance.

    Delage comenzó por observar en sí propio, con ocasión
    de la muerte de una persona querida, que no soñamos con
    aquello que durante el día ha ocupado nuestro pensamiento,
    o únicamente soñamos con ello cuando empieza a desvane-
    cerse ante nuevos intereses. Sus investigaciones subsiguien-
    tes con otras personas le confirmaron la generalidad de este
    hecho. Una de las observaciones de este autor, que de con-
    firmarse su general exactitud sería muy interesante, se refie-
    re a los sueños de los recién casados: «S'ils ont été fortement
    épris, presque jamais ils n'ont rêvé l'un de l'autre avant le
    mariage on pendat la lune de miel; et s'ils ont revé d'amour
    c'est pour être infidèles avec quelque personne indifférente
    ou odieuse». ¿Pero, entonces, con qué soñamos? Delage re-
    conoce el material que aparece en nuestros sueños como
    compuesto de fragmentos y restos de impresiones de los úl-
    timos días y de un pretérito más lejano. Todo lo que en
    nuestros sueños emerge y nos inclinamos a considerar al
    principio como creación de la vida onírica, se nos demues-
    tra, en un más detenido examen, como reproducción ignora-
    da o «souvenir inconscient». Pero este material de represen-
    taciones muestra un carácter común: el de proceder de im-
    presiones que han herido más nuestros sentidos que nuestro
    espíritu o de aquellas otras que sólo un brevísimo instante
    consiguieron retener nuestra atención.

    En esencia, son éstas las dos mismas categorías de im-
    presiones–las secundarias y las no terminadas–que Robert
    establece, pero Delage orienta diferentemente su ruta men-
     

  • S.

    92

    tal, opinando que tales impresiones no devienen susceptibles
    de crear un sueño por ser indiferentes, sino por no haber
    sido agotadas. También las impresiones secundarias se ha-
    llan hasta cierto punto inagotadas y son también, por su na-
    turaleza de nuevas impresiones, «autant de ressorts tendus»
    que se distenderán durante el sueño. Una impresión intensa,
    intencionadamente rechazada o cuya elaboración haya que-
    dado detenida casualmente, tendrá mucho más derecho a
    desempeñar un papel en el sueño, que otra más débil y casi
    inadvertida. La energía psíquica almacenada durante el día a
    consecuencia de la represión deviene por la noche el resorte
    del sueño. En éste se exterioriza lo psíquico reprimido (1).

    Desgraciadamente, las deducciones de Delage se interrum-
    pen al llegar a este punto, y así, no puede asignar en el sue-
    ño a una actividad psíquica independiente sino el más insig-
    nificante papel. Con esto, queda agregada su concepción del
    fenómeno onírico a la teoría dominante del reposo parcial del
    cerebro:

    «En somme, le rêve est le produit de la pensée
    errante, sans but et sans direction, se fixan succesivement
    sur les souvenirs, qui ont gardé assez d’intensité pour se pla-
    cer sur sa route et l’arrêter au passage, établissant entre eux
    un lien tantôt faible et indécis, tantôt plus fort et plus serré
    selon que l’activité actuelle du cerveau est plus ou moins
    abolie par le sommeil».

    3. En un tercer grupo podemos reunir aquellas teorías
    que adscriben al alma soñadora la facultad de realizar deter-
    minadas funciones psíquicas que la vigilia no puede llevar a
    cabo o sólo muy incompletamente. Del empleo de estas facul-
    tades es deducida, por lo general, una función útil del sueño.
    A este grupo de teorías pertenecen en su mayoría las des-
    arrolladas por los viejos autores psicológicos, teorías que creo
    innecesario exponer aquí detalladamente. Me limitaré, pues,

    (1) Idénticamente se expresa el poeta Anatole France (Le Lys rou-
    ge): Ce que nous voyons la nuit, ce sont les restes malheureux de ce
    que nous avons négligé dans la veille. Le rêve est souvent la revanche
    des choses qu’on méprise ou le reproche des êtres abandonnés.

  • S.

    93

    a mencionar la observación de Burdarch de que el sueño «es
    aquella actividad natural del alma que no se halla limitada
    por el poder de la individualidad y no es perturbada por una
    conciencia de sí misma ni dirigida por una autodeterminación
    sino que constituye la vitalidad contingente del punto central
    sensible» (pág. 486).

    Burdarch y otros autores se representan indudablemente
    este libre uso de las fuerzas propias como un estado en el
    que el alma se repone y acumula nuevas energías para la
    labor diurna, esto es, como una especie de vacaciones psí-
    quicas. No es, por lo tanto, de extrañar que el primero cite
    y adopte en su obra las amables palabras con que el poeta
    Novalis, ensalza la labor del sueño: «Los sueños nos prote-
    gen contra la monotonía y la vulgaridad de la existencia. En
    ellos descansa y se recrea nuestra encadenada fantasía mez-
    clando sin orden ni concierto todas las imágenes de la vida
    e interrumpiendo, con un alegre juego infantil, la continua
    seriedad del hombre adulto. Sin nuestros sueños, envejece-
    ríamos antes. Habremos, pues, de ver en ellos, ya que no
    un don directo de los cielos, una encantadora facultad y una
    amable compañía en nuestra peregrinación hacia el sepulcro».

    Purkinje (pág. 456) acentúa aún más intensamente la ac-
    tividad tónica y curativa del sueño. «Los sueños productivos
    facilitarían especialmente estas funciones… Son ligeros jue-
    gos de la imaginación, exentos de todo enlace con los suce-
    sos del día. El alma no quiere mantener las tensiones de la
    vida despierta sino, por lo contrario, suprimirlas y reponerse
    de ellas. Con este objeto, crea estados contrarios a los de la
    vigilia. Cura la tristeza con la alegría, los cuidados con es-
    peranzas e imágenes serenas y entretenidas, el odio con el
    amor y la cordialidad, el temor con el valor y la confianza;
    suprime las dudas, sustituyéndolas por el convencimiento y
    la fe y nos presenta cumplido aquello que nos parecía espe-
    rar o desear en vano. El reposo cura muchas heridas que la
    vigilia mantenía constantemente abiertas, cerrándolas o pre-
    servándolas de nuevas excitaciones. En este hecho reposa
    en parte el efecto curativo que el tiempo ejerce sobre nues-
     

  • S.

    94

    tros dolores. Todos sentimos que el reposo constituye un
    beneficio para la vida anímica y la conciencia popular no se
    deja arrebatar el oscuro presentimiento de que los sueños
    son uno de los caminos por los que el reposo prodiga su ac-
    ción bienhechora».

    La tentativa más original y de mayor alcance realizada
    para explicar el sueño como una especial actividad del alma
    que sólo en el estado de reposo puede desarrollarse libre-
    mente, ha sido la emprendida por Scherner en 1861. El libro
    de este autor, escrito en un estilo turbio y ampuloso y pleno
    de un tan cálido entusiasmo por la materia, que si no logra
    arrastrar consigo al lector tiene necesariamente que disgus-
    tarle, ofrece tan grandes dificultades a un análisis, que prefe-
    rimos limitarnos a transcribir aquí las claras y sintéticas pala-
    bras en que Volkelt condensa la teoría en él desarrollada. «Del
    oscuro conglomerado místico, ampuloso y magnífico, irradia
    una apariencia de sentido, llena de presentimientos, pero que
    no nos aclara los caminos mentales del autor». Los mismos
    partidarios de Scherner comparten este juicio de su obra.

    Scherner no pertenece a aquellos autores que hacen con-
    tinuar al alma, en el sueño, el ejercicio intacto de todas sus
    facultades. Expone, en efecto, cómo en el fenómeno onírico
    queda enervada la centralidad, la energía espontánea del
    Yo, cómo a consecuencia de esta descentralización quedan
    transformados el conocer, el sentir, el querer y el represen-
    tar y cómo el residuo de estas fuerzas anímicas no posee
    un verdadero carácter espiritual, sino únicamente el de un
    mecanismo. Pero, en compensación, aquella actividad del
    alma a la que hemos de dar el nombre de fantasía, se
    eleva en el sueño, libre de todo dominio de la razón y con
    ello de toda norma, a un ilimitado imperio. Toma ciertamen-
    te sus materiales de la memoria de la vida despierta, pero
    construye con ellos algo en absoluto diferente a las forma-
    ciones de la vigilia, y se muestra, en el sueño, no solamente
    reproductiva sino productiva. Sus peculiari-
    dades prestan a la vida onírica sus especiales caracteres.
    Muestra una predilección por lo desmesurado, exa-
     

  • S.

    95

    gerado y monstruoso, pero, al mismo tiempo, ad-
    quiere, por su emancipación de las categorías mentales con-
    trarias, una mayor agilidad y flexibilidad, y se revela
    finamente sensible a los más sutiles estímulos psíquicos que
    determinan nuestro estado de ánimo y a los afectos agitado-
    res, transformando instantáneamente la vida interior en imá-
    genes plásticas exteriores. La fantasía onírica carece de
    lenguaje abstracto; tiene que representar plástica-
    mente aquello que quiere expresar, y dado que de este modo
    no pueden los conceptos ejercer una acción debilitante, crea
    imágenes de intensa y plena plasticidad. Resulta así, que su
    lenguaje, por claro que sea, deviene ampuloso, pesado y
    torpe. La imprecisión de que además adolece, depende es-
    pecialmente de la peculiar repugnancia de la fantasía onírica
    a expresar un objeto por la imagen correspondiente y de su
    preferencia a escoger otra imagen distinta, en tanto en cuan-
    to le es factible expresar, por medio de la misma, aquella
    parte, estado o situación que del objeto le interesa, exclusi-
    vamente, representar. Esta es la actividad simboli-
    zante de la fantasía. Muy importante también es el hecho
    de que la fantasía onírica no copia los objetos en su absoluta
    totalidad, sino tan sólo su contorno y aun éste con la mayor
    libertad. Sus creaciones plásticas, muestran, de este modo,
    algo de inspiración genial. Pero además, la fantasía onírica no
    se limita a esta mera reproducción del objeto, sino que se ve
    interiormente obligada a enlazar con él, más o menos estre-
    chamente, el Yo onírico y crear, en esta forma, una acción.
    Así, el sueño provocado por un estímulo facial nos hace ver,
    tiradas por la calle, relucientes monedas de oro que vamos
    recogiendo alegremente.

    El material al que la fantasía onírica aplica su actividad
    artística es, sobre todo, según Scherner, el de los estímulos
    orgánicos, tan oscuro durante el día. Resulta, pues, que la
    teoría en exceso fantástica de Scherner y la quizá demasiado
    tímida de Wundt y otros fisiólogos–totalmente opuestas en
    general–vienen a coincidir por completo en lo referente a
    las fuentes y los estímulos del sueño. Pero según la teoría

  • S.

    96

    fisiológica, la reacción anímica a los estímulos somáticos in-
    ternos se limita a la evocación de representaciones a ellos
    adecuadas, las cuales llaman luego a otras en su auxilio por
    medio de la asociación, pareciendo quedar terminada con
    esta fase la serie de los procesos psíquicos del sueño; y en
    cambio, según Scherner, los estímulos somáticos no propor-
    cionan al alma sino un material que la misma puede poner al
    servicio de sus propósitos fantásticos. La formación de los
    sueños no empieza para Scherner sino precisamente en el
    punto en que se agota a los ojos de los demás.

    No puede, de todas maneras, considerarse congruente lo
    que la fantasía onírica realiza con los estímulos somáticos.
    Se permite con ellos un juego burlón, representándose, por
    medio de un símbolo plástico cualquiera, la fuente orgánica
    de la que proceden, en cada caso, los estímulos. Scherner
    llega incluso a opinar, sin que en ello le sigan Volkelt y
    otros, que la fantasía onírica posee una determinada repre-
    sentación favorita para la totalidad de nuestro organismo: la
    casa. Mas para dicha de sus representaciones, no parece
    permanecer constante y obligadamente ligada a esta única
    imagen. Por lo contrario, puede emplear series enteras de
    casas para designar un solo órgano. Así, largas calles para el
    estímulo intestinal. Otras veces, quedan representadas partes
    del cuerpo por detalles aislados de una casa. Así, en el sue-
    ño provocado por el dolor de cabeza, queda ésta representa-
    da por el techo de una habitación que el sujeto ve cubierto
    de repugnantes arañas semejantes a sapos.

    Fuera del simbolismo de la casa, son empleados otros
    objetos para representar la parte del cuerpo de la que emana
    el estímulo onírico. «El pulmón y su función anatómica en-
    cuentran su símbolo en la estufa encendida y la corriente de
    aire que en ella se establece; el corazón, en cajones o cestos
    vacíos, y la vejiga, en objetos redondos en forma de bolsa o
    sencillamente cóncavos. El sueño provocado por un estímulo
    emanado de los genitales masculinos hace encontrar al sujeto,
    en la calle, la boquilla de un clarinete o de una pipa, o tam-
    bién una piel. Los dos primeros objetos evocan aproximada-

  • S.

    97

    mente la forma del sexo masculino y el último el vello del
    pubis. En las mujeres queda representada oníricamente la
    región pubiana por un angosto patio y la vagina por un es-
    trecho sendero, blando y resbaladizo, que lo atraviesa y por
    el que tiene que pasar la sujeto del sueño para llevar, por
    ejemplo, una carta dirigida a un hombre. Volkelt (pág. 39).
    Muy importante es la circunstancia de que al final de un tal
    sueño de estímulo somático se desenmascara, por decirlo
    así, la fantasía onírica, presentando en su forma real el órga-
    no estimulador o su función. Así, el sueño provocado por un
    estímulo dental termina casi siempre con la caída o extracción
    de una muela o un diente que el sujeto mismo saca de su boca.

    Pero la fantasía onírica no dirige exclusivamente su aten-
    ción a la forma del órgano estimulador, sino que puede tomar
    así mismo la substancia en él contenida como objeto de la
    simbolización. Así, el sueño de estímulo intestinal hace andar
    al sujeto por calles cubiertas de excrementos y el de estímu-
    lo vesical le conduce junto a una rápida corriente de agua.
    El sueño puede representar simbólicamente el estímulo como
    tal, la naturaleza de la excitación producida y el objeto al que
    tiende, o bien hacer entrar al Yo onírico en una relación con-
    creta con las simbolizaciones del estado mismo por el que
    atraviesa. Así sucede, cuando en los sueños provocados por
    un dolor, luchamos desesperadamente con perros o toros
    que nos acometen, o cuando en el sueño femenino, de es-
    tímulo sexual, se ve perseguida la durmiente por un hombre
    desnudo. Aparte de la enorme variedad de la representación,
    hallamos, en todo sueño, como fuerza central, una actividad
    simbolizante de la fantasía. Volkelt intentó después penetrar
    en el carácter de esta fantasía y señalar a la actividad psíqui-
    ca así reconocida un puesto concreto en un sistema filosófi-
    co. Pero su obra, muy bella y escrita con cálido entusiasmo,
    resulta difícil de comprender para aquellos a quienes una pre-
    via preparación no ha habituado a desentrañar lo que de rea-
    lidad oscuramente presentida existe en los abstractos esque-
    mas filosóficos.

    La actividad de la fantasía simbolizante no es enlazada

  • S.

    98

    por Scherner a una función útil del sueño. El alma juega so-
    ñando con los estímulos que se le ofrecen. Pudiera incluso
    llegarse a suponer que juega caprichosamente con ellos. Mas
    también pudiera preguntársenos si nuestro detenido examen
    de la teoría onírica de Scherner, tan arbitraria como opuesta
    a todas las normas de la investigación, puede resultar de
    algún provecho. A esto, responderíamos que nos parece in-
    justo rechazarla sin formación de causa, pues se halla basa-
    da en las impresiones que los sueños dejaron a un concienzu-
    do y minucioso observador, dotado de una gran capacidad
    para desentrañar oscuros problemas anímicos. Trata, además,
    de un objeto que durante muchos siglos ha sido considerado
    por los hombres como un enigma de amplio contenido y
    múltiples ramificaciones, enigma a cuyo esclarecimiento no
    ha contribuído la ciencia sino intentando negarle–en comple-
    ta contradicción con el sentimiento popular–todo contenido
    e importancia. Por último, queremos declarar honradamente
    que no parece fácil huir de lo fantástico en la explicación de
    los sueños y ya conocemos casos en los que se llega a fanta-
    sear incluso sobre las células ganglionares. El pasaje antes
    citado de un investigador tan exacto y concienzudo como
    Binz, en el que se describe cómo la aurora del despertar va
    extendiéndose paulatinamente por los dormidos grupos de
    células de la corteza cerebral, no es menos fantástico ni me-
    nos inverosímil que las tentativas de explicación de Scher-
    ner. Con respecto a éstas, espero poder demostrar que en-
    trañan algo real, aunque sólo haya sido muy imprecisamente
    visto y no posea el carácter de generalidad al que debe aspi-
    rar una teoría de los sueños. Por lo pronto, la teoría de Scher-
    ner, nos señala, mostrándose en total contraposición a la
    teoría médica, los extremos entre los que oscila aún hoy en
    día el esclarecimiento de la vida onírica.

    h) Relaciones entre el sueño y las en-
    fermedades mentales.

    Aquellos que hablan de las relaciones del sueño con las
    perturbaciones mentales, pueden referirse a tres cosas: 1.o A
    relaciones etiológicas y clínicas, cuando un sueño representa

  • S.

    99

    o inicia un estado psicótico o queda como residuo del mis-
    mo; 2.º A las transformaciones que la vida onírica sufre en
    los casos de enfermedad mental, y 3.º A relaciones internas
    entre el sueño y las psicosis, esto es, a analogías revelado-
    ras de una afinidad esencial. Estas diversas relaciones entre
    ambas series de fenómenos han constituído en épocas ante-
    riores de la medicina–y vuelven a constituirlo actualmente–
    un tema favorito de los autores médicos, como puede verse
    en la literatura reunida por Spitta, Radestock, Maury y Tis-
    sié (1). Recientemente se ha ocupado de ellas Sante de Sanc-
    tis. Mas para los fines de nuestra exposición nos bastará con
    rozar esta importante materia.

    Con respecto a las relaciones clínicas y etiológicas entre
    el sueño y la psicosis, quiero comunicar aquí, a título de pa-
    radigmas, las siguientes observaciones: Hohnbaum (citado
    por Krauss) manifiesta haber comprobado que la primera ma-
    nifestación de la demencia había sido consecutiva, en muchos
    casos, a un sueño angustioso y terrible con el que se mos-
    traba relacionada la idea predominante de la perturbación.
    Sante de Sanctis publica análogas observaciones con respec-
    to a los paranoicos, y declara en alguna de ellas al sueño
    como «la vraie cause déterminante de la folie». La psicosis
    puede surgir de una vez con el sueño causal que entraña la
    idea delirante y puede desarrollarse poco a poco por una
    serie de sueños a los que aún opone el sujeto un estado de
    duda. En uno de los casos citados por de Sanctis, subsiguie-
    ron al sueño inicial leves ataques histéricos y más tarde un
    estado melancólico-angustioso. Féré (citado por Tissié) co-
    munica un sueño, que tuvo por consecuencia una parálisis
    histérica. En estas observaciones se nos presenta al sueño
    como etiología de la perturbación mental, aunque con igual
    razón podría deducirse de ellas que la perturbación mental
    se exteriorizó por vez primera en la vida onírica, manifestán-
     


    (1) Entre los autores que con posterioridad a los citados han trata-
    do de estas relaciones, se encuentran Féré, Ideler, Lasègue, Pichon,
    Régis, Vespa, Giessler, Kazodowsquy, Pachantoni y otros.

  • S.

    100

    dose en el sueño. En otros ejemplos, contiene la vida onírica
    los síntomas patológicos o permanece limitada a ella la psí-
    cosis. Así, llama Thomayer la atención sobre determinados
    sueños de angustia que deben ser considerados como equi-
    valentes de ataques epilépticos. Allison ha descrito casos de
    locura nocturna (nocturnal insanity) en los que individuos
    aparentemente sanos durante el día, padecen, durante la no-
    che, alucinaciones, ataques furiosos, etc. Análogas observa-
    ciones hallamos en Sante de Sanctis (equivalente onírico pa-
    ranoico en un alcohólico; voces que acusan a la mujer de
    infidelidad) y en Tissié. Este último comunica una serie de
    casos en los que de un sueño se derivaron actos de carácter
    patológico (presunciones delirantes, impulsos obsesivos).
    Guislain describe un caso en el que el reposo era sustituído
    por una locura intermitente.

    No cabe duda de que ha de llegar un día en que junto a
    la psicología de los sueños, ocupará a los médicos una psi-
    copatología de los mismos.

    En los casos de curación de una enfermedad mental, se
    revela con especial claridad el hecho singular de que siendo
    completamente normal la función diurna, puede perdurar aún
    la psícosis en la vida onírica. Según Krauss, fué Gregory
    quien primero hizo notar esta circunstancia. Macario (citado
    por Tissié) cuenta de un maníaco que revivió en sueños, una
    semana después de su curación, la fuga de ideas y los apa-
    sionados impulsos de su enfermedad.

    Sobre las transformaciones que la vida onírica experimen-
    ta en las psícosis duraderas no se han emprendido hasta el
    momento sino muy escasas investigaciones. En cambio, la
    íntima afinidad entre el sueño y la perturbación mental que
    se revela en la amplia coincidencia de los fenómenos respec-
    tivos, ha sido estudiada desde muy temprano. Después de
    Maury trató de ella Cabanis en sus «Rapports du physique et
    du moral» y tras él, Sélut, J. Moreau y muy especialmente el
    filósofo Maine de Biran. Pero la idea de establecer una com-
    paración entre ambos estados, es seguramente más antigua.
    En el capítulo que dedica a este paralelo, incluye Radestock

  • S.

    101

    una serie de citas en las que se señalan las analogías entre
    el sueño y la locura. Kant dice que «el loco es un sujeto que
    sueña despierto» y Krauss define la locura como «un sueño
    dentro de la vigilia de los sentidos». Schopenhauer escribe
    que el sueño es una demencia corta y la demencia un sueño
    largo. Hagen define el delirio como una vida onírica no pro-
    ducida por el reposo sino por la enfermedad, y Wundt escri-
    be en la «Fisiología psicológica»: En realidad, podemos vivir
    en sueños todos aquellos fenómenos que en los manicomios
    nos es dado observar».

    Spitta enumera las coincidencias en las que se basa esta
    comparación, en la forma siguiente, muy análoga a la de
    Maury: «1.a Supresión o retraso de la autoconciencia, y por
    lo tanto, desconocimiento del estado como tal; así, pues, im-
    posibilidad de experimentar asombro y falta de conciencia
    moral; 2.a Percepción modificada de los órganos sensoriales:
    disminuída en el sueño y muy elevada, en general, en la lo-
    cura; 3.a Enlace de las representaciones entre sí, exclusiva-
    mente conforme a las leyes de la asociación y la reproduc-
    ción; así, pues, formación automática de series, y por lo tanto,
    desproporción de las relaciones entre las representaciones
    (exageraciones, fantasmas); y resultando de todo esto: 4.a Mo-
    dificación e incluso subversión de la personalidad y a veces
    de las peculiaridades del carácter (perversiones).»

    Radestock agrega aún algunas analogías con relación al
    material: «Las alucinaciones e ilusiones son en su mayoría
    visuales o acústicas. En cambio, los sentidos del olfato y del
    gusto son, como en los sueños, los que menos elementos
    proporcionan.–En el enfermo febril, surgen con el delirio,
    como en el sujeto de un sueño, recuerdos de un pretérito
    muy lejano. El durmiente y el enfermo recuerdan cosas que
    el despierto y el sano parecían haber olvidado».–La analo-
    gía entre el sueño y la psicosis adquiere su valor total cuan-
    do observamos, que como el parecido de familia, se extiende
    a los gestos y hasta a determinadas singularidades de la ex-
    presión fisonómica.

    «El sueño concede al sujeto atormentado por sufrimientos

  • S.

    102

    físicos y morales aquello que la realidad le negaba–bienes-
    tar y dicha–y del mismo modo, surgen, en los enfermos
    mentales, las más rientes imágenes de felicidad, poderío, ri-
    queza y suntuosidad. El contenido principal del delirio se
    halla constituído muchas veces por la imaginada posesión de
    bienes, o realización de deseos, cuya pérdida, ausencia o ne-
    gación en la realidad nos dan la razón psíquica de la locura.
    La madre que ha perdido un hijo querido vuelve a vivir, en
    su delirio, todas las alegrías maternales; el que ha experi-
    mentado pérdidas económicas se cree extraordinariamente
    rico y la joven engañada se ve amada con infinita ternura.»

    (Este pasaje de Radestock es la síntesis de una sutil ex-
    posición de Griesinger (pág. 111), que descubre con toda
    claridad la realización de deseos como un carác-
    ter de la representación, común al sueño y a la psicosis. Mis
    propias investigaciones me han mostrado que en esta hipóte-
    sis puede hallarse la clave de una teoría psicológica del sue-
    ño y de la psicosis.)

    «El sueño y la locura se caracterizan principalmente por
    el barroquismo de las asociaciones y la debilidad del juicio.»

    En ambos fenómenos, hallamos una exagerada esti-
    mación de rendimientos anímicos propios que nuestro jui-
    cio normal considera insensatos; a la rápida sucesión
    de las representaciones oníricas corresponde la fuga de
    ideas de la psicosis. En ambas falta toda medida de
    tiempo. La disociación que la personalidad
    experimenta en la vida onírica, y que por ejemplo, distribuye
    el conocimiento del sujeto entre su Yo onírico y otra perso-
    na ajena, la cual rectifica, en el sueño, al primero, es por
    completo equivalente a la conocida división de la personali-
    dad en la paranoia alucinatoria; el sujeto del sueño oye tam-
    bién sus propios pensamientos expresados por voces ajenas.
    Incluso para las ideas delirantes fijas se encuentra una ana-
    logía en los sueños patológicos de retorno periódico (rêve
    obsédant).–Los enfermos curados de un delirio suelen ma-
    nifestar que todo el período de su dolencia se les aparece
    como un sueño, a veces nada desagradable, e incluso que

  • S.

    103

    aun durante la enfermedad misma sospecharon, en ocasio-
    nes, hallarse soñando, como con gran frecuencia sucede al
    durmiente.

    Después de todo esto, no es de extrañar que Radestock
    concrete su opinión y la de otros muchos autores, manifes
    tando que «la locura, anormal fenómeno patológico, debe ser
    considerada como una intensificación periódica del estado
    onírico normal» (pág. 228).

    En la etiología, o mejor aún, en las fuentes de excitación,
    ha intentado fundar Krauss, quizá más íntimamente de lo que
    la analogía de los fenómenos perceptibles al exterior lo per-
    mite, la afinidad entre el sueño y la locura. El elemento fun-
    damental común es, según él, la sensación orgáni-
    camente condicionada, esto es, la sensación de
    los estímulos somáticos o sensación orgánica general consti-
    tuída por aportaciones de todos los órganos (cf. Peisse, cita-
    do por Maury [pág. 52]).

    La coincidencia entre el sueño y la perturbación mental,
    indiscutible y que se extiende hasta detalles característicos,
    es uno de los más firmes sostenes de la teoría médica de la
    vida onírica, según la cual el sueño no es sino un proceso
    inútil y perturbador y la manifestación de una actividad aní-
    mica deprimida. Sin embargo, no habremos de esperar que
    las perturbaciones mentales nos procuren la explicación defi-
    nitiva de los sueños, pues nuestro conocimiento de dichas
    perturbaciones es aún muy poco satisfactorio. En cambio, es
    muy verosímil que una nueva concepción de la vida onírica
    influya en nuestras opiniones sobre el mecanismo interno de
    las perturbaciones mentales, y de este modo, podemos afir-
    mar que al esforzarnos en esclarecer el enigma de los sue-
    ños, laboramos también en el esclarecimiento de las psicosis.

    ***

    Creo necesario justificar por qué no he continuado mi ex-
    posición de la literatura existente sobre los sueños con la pu-
    blicada en el período transcurrido desde la primera edición de

  • S.

    104

    la presente obra hasta el momento actual. Ignoro si las razo-
    nes que para justificar tal omisión puedo aducir parecerán su-
    ficientes al lector, pero lo cierto es que fueron las que deter-
    minaron mi conducta. Con la introducción que precede, que-
    daban plenamente cumplidos los propósitos que me llevaron
    a iniciar mi estudio con una exposición de la literatura oníri-
    ca, y la prosecución de este trabajo hubiera exigido una larga
    y penosa labor no compensada por utilidad ninguna real. En
    efecto, durante los nueve años transcurridos a partir de la
    primera edición de mi libro, no ha surgido ningún punto de
    vista que haya traído consigo algo nuevo o valioso para la
    concepción de los sueños. Mi trabajo no ha sido siquiera ci-
    tado en la mayoría de las publicaciones posteriores, y natu-
    ralmente, donde menos interés ha despertado, ha sido entre
    los investigadores especializados en estas materias, los cua-
    les han dado un brillante ejemplo de la repugnancia propia
    de los hombres de ciencia a aprender algo nuevo. «Les sa-
    vants ne son pas curieux», ha dicho Anatole France, el fino
    ironista. Así, pues, si en la ciencia hay un derecho a la ven-
    ganza, estaría justificado que a mi vez despreciara la litera-
    tura aparecida después de mi libro. Por otro lado, los pocos
    críticos que en los periódicos científicos se han ocupado de
    mi obra, han revelado tanta incomprensión que no les puedo
    contestar sino invitándoles a leerla de nuevo, o mejor, sim-
    plemente, a leerla.

    En los trabajos de aquellos médicos que se han decidido
    a emplear la terapéutica psicoanalítica, y en otros varios, han
    sido publicados e interpretados, conforme a mi procedimien-
    to, muchos sueños. Al revisar la presente edición, he incor-
    porado a los capítulos correspondientes aquello que en tales
    trabajos iba más allá de una simple confirmación de mis ob-
    servaciones. Por último, un índice bibliográfico, que al final
    incluyo, contiene las publicaciones más interesantes apare-
    cidas con posterioridad a la edición primitiva. La extensa
    obra de Sante de Sanctis sobre los sueños, traducida al ale-
    mán poco después de su aparición, vió la luz casi al mismo
    tiempo que mi «Interpretación de los sueños», de manera que

  • S.

    105

    ni yo pude tener noticia anterior de ella ni tampoco el autor
    italiano de la mía. Desgraciadamente, el aplicado trabajo de
    Sante de Sanctis es tan pobre en ideas que no deja siquiera
    sospechar la posibilidad de los problemas por mí tratados.

    No puedo mencionar sino dos obras en las que que el
    problema de los sueños aparece tratado en forma análoga a
    la mía. Un filósofo contemporáneo, H. Swoboda, que ha em-
    prendido la labor de extender a lo psíquico la periodicidad
    biológica (en series de veintitrés y veintiocho días) descu-
    bierta por W. Fliess, ha intentado resolver con esta clave,
    entre otros enigmas, el de los sueños, en un escrito de am-
    plia fantasía(1). Pero asigna al fenómeno onírico una impor-
    tancia menor de la que posee, explicando su contenido por la
    reunión de todos aquellos recuerdos que en la noche corres-
    pondiente, completan por primera o enésima vez uno de los
    períodos biológicos. Una comunicación personal del autor me
    hizo suponer, al principio, que él mismo no trataba de defen-
    der seriamente esta teoría. Pero parece que me he equivoca-
    do al deducir tal conclusión. Mucho más satisfactorio para
    mí fué el hallazgo casual, en un lugar totalmente inesperado,
    de una concepción de los sueños, cuyo nódulo coincidía en
    absoluto con el de mi teoría. Descartada, por medio de una
    simple comparación de fechas, toda posibilidad de una in-
    fluencia ejercida por la lectura de mi obra, debo reconocer
    aquí el único caso de coincidencia de un pensador indepen-
    diente con la esencia de mi teoría de los sueños. El libro en
    el que se halla esta concepción de la vida onírica, se publicó,
    en segunda edición, en 1900, ostenta el título de «Fantasías
    de un realista» y lleva la firma de Lynkeus.


    (1) H. Swoboda. Die Perioden des menschlichen Organismus,
    año 1904.

  • S.

    106

    APENDICE (1914)

    La justificación que antecede fué escrita en 1909. Desde
    esta fecha han variado mucho las cosas. Mi aportación a la
    interpretación de los sueños no es omitida ya en los nuevos
    trabajos sobre esta materia. Pero la nueva situación me hace
    imposible continuar la información precedente. La «Interpre-
    tación de los sueños» ha hecho surgir toda una serie de nue-
    vos problemas y afirmaciones que han sido muy diversamen-
    te discutidos, y como es lógico, no puedo analizar los traba-
    jos de esta índole hasta haber desarrollado aquellas de mis
    opiniones a que los autores se refieren. De lo que en esta
    literatura me ha parecido más valioso, trato en los capítulos
    de la presente edición.