• S.

    – 63 –

    II

    Observaciones teóricas

    a) Algunos caracteres generales de los
    productos obsesivos (1)

    En el año 1896 definimos las representaciones obsesivas
    como «reproches transformados que retornaban de la repre-
    sión y se referían siempre a un acto sexual ejecutado con
    placer en los años infantiles». Esta definición nos parece hoy
    discutible en cuanto a su forma, aunque integra elementos
    exactos. Tendía demasiado a la unidad y tomaba como mo-
    delo el proceso de los neuróticos obsesivos mismos, los cua-
    les, con su peculiar tendencia a la indeterminación conside-
    ran unitariamente como «representaciones obsesivas» los
    más diversos productos psíquicos. Es realmente más correc-
    to hablar de un «pensamiento obsesivo» y hacer resaltar que
    los productos obsesivos pueden equivaler a muy diversos
    actos psíquicos, pudiendo ser determinados como deseos,
    tentaciones, impulsos, reflexiones, dudas, mandatos y prohi-
    biciones. Los enfermos entrañan en general una tendencia a
    desvanecer tal determinación y a presentar como representa-
    ción obsesiva el contenido despojado de su índice de afecto.
    En una de las primeras sesiones del tratamiento nos ofreció

    (1)Algunos de los puntos tratados en este apartado y en el siguien-
    te han sido ya citados en la literatura de la neurosis obsesiva, como
    puede comprobarse en la obra fundamental sobre esta enfermedad pu-
    blicada en 1904, por L. Löwenfeld, bajo el título de «Die psychischen
    Zwangerscheinungen».

  • S.

    64

    nuestro paciente un ejemplo de una tal elaboración de un
    deseo encaminada a rebajarlo a la calidad de mera «asocia-
    ción mental».

    Ha de reconocerse también que hasta ahora no ha podido
    ser estudiada con algún detenimiento la fenomenología del
    pensamiento obsesivo. En la defensa secundaria que el en-
    fermo desarrolla contra las «representaciones obsesivas» que
    han penetrado en su conciencia, surgen productos que mere-
    cen un nombre especial. Recuérdense, por ejemplo, las series
    de ideas que ocupan a nuestro paciente durante su regreso
    de las maniobras. No son reflexiones puramente razonables
    que el sujeto opone a sus ideas obsesivas, sino algo como
    productos mixtos de ambas formas del pensamiento. Toman
    ciertas premisas de la obsesión por ellas combatida y se si-
    túan (con los medios de la razón) en el terreno del pensa-
    miento patológico. A mi juicio, tales productos merecen el
    nombre de «delirios». Un ejemplo que los lectores deberán
    interpolar en el lugar correspondiente del historial clínico,
    aclarará por completo tal diferenciación. Cuando nuestro pa-
    ciente desarrolló durante toda una temporada los insensatos
    manejos que en su lugar describimos, prolongando el estu-
    dio hasta altas horas de la noche, abriendo la puerta de su
    cuarto al dar las doce para facilitar la entrada al espíritu de
    su padre, situándose luego ante el espejo y contemplando en
    él sus genitales, intentó apartar de sí aquella obsesión pen-
    sando en lo que diría su padre si realmente se hallase aún
    en vida. Pero este argumento no tuvo eficacia ninguna mien-
    tras fué expuesto en esta forma razonable. La obsesión cesó
    tan sólo cuando el sujeto integró la misma idea en la forma
    de una amenaza delirante, diciéndose que si prolongaba
    tales insensateces le sucedería a su padre algo malo en el
    más allá.

    El valor de la diferenciación–justificada desde luego–
    entre defensa primaria y secundaria, queda, sin embargo,
    inesperadamente disminuído por el descubrimiento de que
    los enfermos no conocen el texto verbal
    de sus propias representaciones obsesi-
    vas.

  • S.

    65

    vas. Esta afirmación parece paradójica, pero tiene pleno
    sentido. En efecto, durante el curso de una psicoanálisis se
    intensifica no sólo la valentía de los enfermos sino también
    la de su enfermedad, la cual se aventura a exteriorizaciones
    más precisas. Sucede como si el paciente que hasta enton-
    ces rehuía con miedo la percepción de sus productos patoló-
    gicos les dedicase ahora su atención y los experimentase
    más clara y detalladamente 1).

    Por dos caminos especiales podemos llegar además a un
    conocimiento más preciso de los productos obsesivos. En
    primer lugar, nos percatamos de que los sueños pueden ofre-
    cernos el texto auténtico del producto obsesivo, el cual sólo
    mutilado y deformado, como en un telegrama mal redactado,
    se nos ha dado a conocer en la vida despierta. Tales textos
    aparecen en el sueño como manifestaciones orales, contra la
    regla general de que las palabras contenidas en los sueños
    proceden siempre de las pronunciadas u oídas por el sujeto
    durante el día. En segundo lugar, la investigación analítica
    de un historial patológico nos lleva a la convicción de que,
    frecuentemente, varias ideas obsesivas sucesivas, pero de
    texto literal diferente, son, en el fondo, una sola y la misma.
    La idea obsesiva ha sido afortunadamente rechazada una
    primera vez y retorna luego deformada, no siendo ya reco-
    nocida y pudiendo ofrecer así mayor resistencia a la defensa.
    Pero la forma exacta es la primitiva, la cual muestra muchas
    veces sin velo alguno su sentido. Cuando, al cabo de penosa
    labor, conseguimos aclarar una idea obsesiva incomprensi-
    ble, no es raro oir decir al enfermo, que antes de la emer-
    gencia de la idea obsesiva propiamente dicha surgió en él
    una ocurrencia, una tentación o un deseo, como las que ahora
    le exponemos, pero que desaparecieron en seguida de su
    imaginación. Desgraciadamente, la exposición de los ejem-
    plos de este género integrados en el historial de nuestro su-

    1) En algunos enfermos el desvío de la atención llega hasta tal
    punto que no les es posible indicar el contenido de sus representacio-
    nes obsesivas ni describir un acto obsesivo que han llevado a cabo in-
    numerables veces.


  • S.

    66

    jeto exigiría un lugar del que no disponemos en el presente
    estudio.

    Así, pues, la «representación obsesiva» que pudiéramos
    calificar de «oficial», integra en la deformación sufrida con
    respecto a su texto primitivo las huellas de la defensa prima-
    ria. Su deformación la hace viable, pues el pensamiento
    consciente se ve obligado a interpretarla erróneamente en
    forma análoga a como interpreta el contenido manifiesto del
    sueño, el cual constituye el producto de una transacción y
    una deformación y queda interpretado erróneamente por el
    pensamiento despierto.

    Tal interpretación errónea por parte del pensamiento
    consciente puede comprobarse, no sólo en las ideas obsesi-
    vas mismas, sino también en los productos de la defensa se-
    cundaria, por ejemplo, en las fórmulas protectoras, hecho del
    que podemos exponer aquí dos acabados ejemplos: Nuestro
    paciente usaba como fórmula defensiva la palabra «abér»
    (pero), rápidamente pronunciada y acompañada de un ade-
    mán de repulsa, y en una de las sesiones del tratamiento
    manifestó luego que dicha fórmula había sufrido en los últi-
    mos tiempos una variación, pues no decía ya «áber» sino
    «abér». Interrogado por mí sobre el motivo de aquella trans-
    formación, indicó que la e átona de la segunda sílaba no le
    ofrecía la menor garantía contra la temida inmixtión de algo
    ajeno y contradictorio, razón por la cual había decidido acen-
    tuarla. Esta explicación, correspondiente en un todo al estilo
    de la neurosis obsesiva, se demostró, sin embargo, inexacta,
    constituyendo, cuando más, una racionalización. En realidad,
    al pronunciar «abér» lo que hacía era asimilar dicha palabra
    a la de «Abwehr» (defensa), cuya significación psicoanalítica
    le era conocida por nuestras conversaciones teóricas sobre
    el tratamiento. Así, pues, el tratamiento había quedado apro-
    vechado de un modo abusivo y delirante para robustecer una
    fórmula de defensa. Otra vez me habló de su palabra mágica
    principal, formada por él, para protegerse contra las tenta-
    ciones, con las iniciales de las oraciones más eficaces, y a la
    que añadía un fervoroso «amén». Pero no me es posible

  • S.

    67

    transcribir aquí dicha palabra, pues cuando el paciente me la
    reveló, observé en el acto que no era sino un anagrama del
    nombre de la señora de sus pensamientos. Tal nombre con-
    tenía una s que el sujeto situaba al final e inmediatamente
    delante del «amén» agregado, formando así la palabra «Sa-
    men» (semilla, semen). Podemos, pues, decir que había reuni-
    do su semen con la mujer amada, esto es, que se había mas-
    turbado pensando en ella. Pero él mismo no había observado
    tan evidente relación y la defensa se había dejado burlar por
    lo reprimido. Es éste, además, un excelente ejemplo de aque-
    lla regla según la cual los elementos que han de ser rechaza-
    dos acaban por penetrar en aquello por lo que son recha-
    zados.

    Una vez sentado que las ideas obsesivas han experimen-
    tado una deformación, lo mismo que las ideas oníricas antes
    de pasar a ser el contenido del sueño, habrá de interesarnos
    averiguar la técnica de tal deformación y nada se opondría
    a que expusiéramos aquí los distintos medios de la misma
    en una serie de ideas obsesivas traducidas e interpretadas.
    Pero tampoco podemos dar sino algunas muestras. No todas
    las ideas obsesivas de nuestro paciente eran tan complicadas
    y tan difíciles de interpretar como la del tormento de las
    ratas. En otras se había empleado una técnica muy sencilla,
    la de la deformación por omisión–la elipsis–que tan exce-
    lente ayuda presta en la producción de los chistes y que tam-
    bién aquí cumplió su deber como medio defensivo contra la
    comprensión.

    Una de sus ideas obsesivas más antiguas (equivalente a
    una advertencia o una admonición), era, por ejemplo, la si-
    guiente: Si me caso con la mujer a la que amo
    le sucederá a mi padre una desgracia (en
    el más allá). Si interpolamos ahora los elementos in-
    termedios omitidos, descubiertos en el análisis, obtendremos
    el proceso mental siguiente: Si mi padre viviera, mi propósi-
    to de casarme con esa mujer le haría encolerizarse tanto
    como en aquella pretérita escena infantil, de manera que
    también yo me enfurecería de nuevo contra él y le desearía

  • S.

    68

    terribles males que la omnipotencia de mis deseos haría caer
    irremediablemente sobre él.

    He aquí otro caso de elaboración elíptica de una adverten-
    cia o una prohibición ascética. Tenía una sobrinita a la cual
    quería mucho. Un día surgió en él la idea siguiente: Si te
    permites realizar una vez más el coito le
    sucederá a la pequeña Ella una
    desgracia
    (se morirá). Interpolando lo omitido, resulta el proceso si-
    guiente: En todo coito, incluso con persona venal, has de
    pensar, que si te casas, el comercio sexual con tu mujer no
    tendrá jamás por consecuencia el nacimiento de un hijo (a
    causa de la esterilidad de su amada). Ello te dolerá tanto
    que te hará envidiar a tu hermana por su pequeña Ella, y tu
    envidia acarreará la muerte de la niña.

    La elipsis, como técnica deformante, parece ser típica de
    la neurosis obsesiva y por mi parte la he hallado también en
    las ideas obsesivas de otros pacientes. Recuerdo, sobre todo,
    un caso de duda especialmente transparente e interesante
    por presentar una cierta analogía con la estructura de la re-
    presentación de las ratas. Se trataba de una señora que pa-
    decía, sobre todo, de actos obsesivos. Paseaba con su mari-
    do por la ciudad de Núremberg y entró con él en una tienda
    en la que compró diversos objetos para su hija; entre ellos un
    peine. El marido, a quien aquellas compras aburrían, la indicó
    haber visto antes, en el escaparate de un anticuario, unas
    monedas que le interesaban. Iría, pues, a comprarlas y vol-
    vería luego a recogerla a aquella tienda. Su mujer encontró
    demasiado prolongada su ausencia, y luego, al preguntarle a
    su retorno dónde se había demorado y decir él que precisa-
    mente en la tienda del anticuario, se vió asaltada por la duda
    atormentadora de si no había poseído, desde siempre, aquel
    mismo peine que había comprado para su hija. Naturalmente,
    la sujeto no pudo descubrir la sencilla relación existente
    entre tal idea obsesiva y la prolongada ausencia de su mari-
    do, pero nosotros vemos, en el acto, que se trata de una duda
    desplazada y podemos completar su proceso mental incons-
    ciente en la siguiente forma: Si he de creer que no has esta-

  • S.

    69

    do más que en la tienda del anticuario también puedo creer que
    poseo hace ya muchos años este peine que acabo de comprar.
    Nos hallamos, pues, ante una equiparación irónica y burlona,
    análoga al proceso mental de nuestro paciente ante la adver-
    tencia del capitán: Sí, tan cierto es que devolveré el dinero
    al teniente Z. como que mi padre y mi amada pueden tener
    hijos. En la señora de nuestro ejemplo, la duda dependía de
    sus celos inconscientes, los cuales la hacían suponer que su
    marido había aprovechado el intervalo para una visita ga-
    lante.

    Por esta vez no emprenderemos el estudio psicológico
    del pensamiento obsesivo, aunque nos proporcionaría segu-
    ramente valiosos resultados y contribuiría al esclarecimiento
    de nuestros conocimientos de la esencia de lo consciente y
    lo inconsciente más que el estudio de la histeria y de los fe-
    nómenos hipnóticos. Sería muy de desear que los filósofos
    y los psicólogos que desarrollan ingeniosas teorías sobre lo
    inconsciente, basándose en lo que sólo de oídas saben, o en
    sus propias definiciones convencionales, estudiaran directa-
    mente los fenómenos del pensamiento obsesivo, estudio del
    que extraerían impresiones decisivas. Pudiera incluso exi-
    gírseles un tal estudio previo si no fuera mucho más penoso
    que los métodos de trabajo a los que en general se atienen.
    Por mi parte me limitaré a indicar aún, que en la neurosis
    obsesiva surgen ocasionalmente en la conciencia, y en forma
    pura y no deformada, los procesos anímicos inconscientes,
    que tal irrupción puede tener su punto de partida en los más
    distintos estadios del proceso mental inconsciente y que las
    representaciones obsesivas pueden ser reconocidas casi
    todas, en el momento de la irrupción, como productos exis-
    tentes desde mucho tiempo atrás. De aquí el singular fenó-
    meno de que al investigar la primera emergencia de una idea
    obsesiva en un sujeto neurótico se vea el mismo obligado
    a desplazarla cada vez más atrás en el curso del análisis, ha-
    llando siempre de nuevo primeras motivaciones de la misma.

  • S.

    – 70 –

    b) Algunas singularidades psíquicas de
    los neuróticos obsesivos y su relación
    con la realidad, la superstición y la
    muerte

    Me propongo estudiar aquí algunos caracteres anímicos
    de los enfermos de neurosis obsesiva, que no parecen im-
    portantes de por sí, pero que nos facilitan la comprensión de
    algo muy importante. Tales caracteres mostraban intenso re-
    lieve en mi paciente, pero sé muy bien que no deben ser
    atribuídos a su individualidad, sino a su padecimiento, y que
    son peculiares, de un modo totalmente típico, a otros neuró-
    ticos obsesivos.

    Nuestro paciente se mostraba supersticioso en alto grado,
    aunque era un hombre de aguda inteligencia y amplia cultu-
    ra y afirmaba a veces no hacer el menor caso de semejantes
    tonterías. Era, pues, supersticioso, y al mismo tiempo no lo
    era, diferenciándose así, distintamente, de los supersticio-
    sos incultos que se sienten perfectamente de acuerdo con sus
    absurdas creencias. Parecía comprender que su superstición
    dependía de su pensamiento obsesivo, aunque a veces se
    mostraba totalmente identificado con ella. Esta conducta tan
    contradictoria y oscilante sólo me pareció admitir una deter-
    minada explicación. No vacilé, pues, en suponer que el su-
    jeto poseía, con respecto a tales cuestiones, dos convicciones
    distintas y opuestas, y no tan sólo una opinión indetermina-
    da. Oscilaba, pues, entre tales dos convicciones, y su deci-
    sión dependía en absoluto de su actitud de momento ante su
    neurosis. En cuanto llegaba a dominar una obsesión, se bur-
    laba de su credulidad y nada le sucedía que pudiera preocu-
    parle supersticiosamente, pero en cuanto volvía a hallarse
    bajo el dominio de una obsesión no solucionada aún–o lo
    que es lo mismo, de una resistencia–, comenzaban a ocu-
    rrirle toda clase de singulares accidentes casuales que apo-
    yaban su convicción supersticiosa.

    De todos modos, la superstición de nuestro paciente era

  • S.

    71

    la de un hombre culto que prescindía de vejeces tales como
    el miedo a los viernes, al número trece, etc., etc. Pero creía
    en los presagios y en los sueños proféticos, tropezaba siem-
    pre con aquellas personas en las que momentos antes había
    pensado sin saber por qué, y recibía cartas de otras a las que
    había recordado horas antes, después de mucho tiempo de
    no haberse ocupado para nada de ellas. Con todo ello, era
    lo suficientemente honrado, o mejor dicho, lo bastante fiel
    a sus convicciones oficiales, para no olvidar aquellos otros
    casos en los que no se habían confirmado presentimientos
    muy intensos, como una vez que salió de veraneo con la se-
    guridad de que no volvería vivo a Viena. Reconocía, tam-
    bién, que la inmensa mayoría de los presagios se referían a
    cosas carentes de importancia para su persona, y que cuan-
    do encontraba a algún conocido en el que sólo momentos
    antes había pensado, después de un largo olvido, tal encuen-
    tro no tenía luego consecuencia ninguna singular, y confesa-
    ba que todo lo importante de su vida había ocurrido sin que
    presagio alguno lo anunciara, por ejemplo, la muerte de su
    padre. Pero todos estos argumentos no modificaban en nada
    la discordia de sus convicciones, y demostraban tan sólo el
    carácter obsesivo de su superstición, deducible ya de sus
    oscilaciones de sentido idéntico a las de la resistencia.

    No estaba yo, naturalmente, en situación de explicar ra-
    cionalmente todas sus maravillosas historias pretéritas, pero
    en cuanto a las sucedidas durante el curso del tratamiento
    pude demostrarle que él mismo colaboraba en la fabricación
    de tales milagros, y logré hacerle ver los medios que en tal
    labor utilizaba. Tales medios eran la visión y la lectura indi-
    rectas, el olvido y, ante todo, los errores mnémicos. Al final,
    él mismo me ayudó a descubrir los pequeños trucos con los que
    producía tales milagros. Como interesantísima raíz infantil de
    su fe en los presentimientos y los presagios, descubrimos en
    una ocasión el recuerdo de que su madre, cuando se trataba
    de fijar la fecha de algo futuro, solía decir: «Tal día o tal
    otro no podré, porque tendré que guardar cama». Y, en efec-
    to, siempre pasaba acostada tales fechas.


  • S.

    72

    Es indudable que el sujeto sentía la necesidad de hallar en
    sus vivencias tales puntos de apoyo de su superstición y que
    por tal motivo observaba tan atentamente las corrientes ca-
    sualidades inexplicables de la vida cotidiana y cuando aqué-
    llas no bastaban ayudaba al azar con su actividad incons-
    ciente. En muchos otros neuróticos obsesivos he vuelto a
    hallar tal necesidad y sospecho su existencia en casi todos.
    Me parece claramente explicable por el mismo carácter psi-
    cológico de la neurosis obsesiva. Como ya hemos explicado
    antes, en esta perturbación la represión no se produce por
    medio de la amnesia sino de la destrucción de las relaciones
    causales mediante la supresión de los efectos. Estas relacio-
    nes reprimidas parecen conservar una cierta energía admoni-
    toria—a la que en otro lugar hemos comparado a una percep-
    ción endopsíquica—pudiendo así ser incorporadas al mundo
    exterior, o sea proyectadas en él como testimonio de lo
    psíquico reprimido.
    Otra necesidad anímica común a los neuróticos obsesivos,
    que entraña una cierta afinidad con la anterior y cuya inves-
    tigación nos adentra muy profundamente en la investigación
    de los instintos, es la necesidad de la inseguridad o de la
    duda. La creación de la inseguridad es uno de los métodos
    que la neurosis emplea para extraer al enfermo de la realidad
    y aislarle del mundo, tendencia integrada en toda perturba-
    ción psiconeurótica. Los enfermos realizan un esfuerzo evi-
    dente para eludir toda seguridad y poder permanecer en
    duda. Esta tendencia llega a exteriori-zarse a veces en una
    antipatía a los relojes, los cuales aseguran por lo menos la
    determinación de la hora, y en hábiles manejos inconscien-
    tes encaminados a inutilizar tales instrumentos que hacen impo-
    sible la duda. Nuestro paciente mostraba especial destreza
    en eludir todas aquellas informaciones que pudieran llevarle
    a una solución de su conflicto. Así, desconocía en absoluto
    las circunstancias más importantes de la vida de su amada y
    pretendía ignorar el nombre del médico que la había operado
    y si la operación se había limitado a un solo ovario o había
    comprendido ambos.


  • S.

    73

    La predilección que los neuróticos obsesivos muestran
    por la inseguridad y la duda constituye para ellos un motivo
    para adherir preferentemente sus pensamientos a aquellos
    temas en los que la inseguridad es generalmente humana y
    en los que nuestros conocimientos o nuestro juicio permane-
    cen necesariamente expuestos a la duda. Tales temas son,
    ante todo, la paternidad, la duración de la vida, la supervi-
    vencia en el más allá y la memoria, a la que solemos dar fe
    sin poseer la menor garantía de su exactitud.

    La neurosis obsesiva utiliza ampliamente tal inseguridad
    de la memoria para la producción de síntomas. No tardare-
    mos en ver cuál es el papel que la duración de la vida y la
    supervivencia en el más allá desempeñan en el pensamiento
    de los enfermos. Antes, y como transición adecuada, exami-
    naremos todavía aquel rasgo supersticioso de nuestro pacien-
    te que seguramente habrá despertado singular extrañeza en
    el lector al hallarlo mencionado en páginas anteriores.

    Me refiero a la omnipotencia por él pretendida de sus
    ideas y sus sentimientos y de sus buenos y malos deseos.
    No es ciertamente pequeña la tentación de considerar seme-
    jante idea como un delirio que traspasa los límites de la neu-
    rosis obsesiva, mas por mi parte he vuelto a hallar idéntica
    convicción en otro neurótico obsesivo, restablecido por com-
    pleto ha largo tiempo y que se conduce normalmente, y en
    realidad todos los neuróticos obsesivos se comportan como
    si compartieran tal convencimiento. Trataremos, pues, de
    aclarar semejante exageración. Suponiendo, por lo pronto,
    que en tal creencia se manifiesta honradamente un trozo de
    la primitiva manía infantil de grandezas, preguntamos a nues-
    tro paciente en qué basaba su convicción, y el sujeto nos
    respondió, acogiéndose a dos sucesos de su vida. Cuando
    fué por segunda vez a aquel balneario en el cual había en-
    contrado antes un primer alivio de su dolencia, pidió la misma
    habitación que la primera vez había ocupado y cuya situación
    había favorecido sus entrevistas con una de las enfermeras.

    Pero le dijeron que aquella habitación estaba ya ocupada por
    un anciano profesor, y ante aquella noticia que disminuía tan

  • S.

    74

    considerablemente sus esperanzas de alivio, reaccionó con
    las palabras siguientes: ¡Así lo parta un rayo! Quince días
    después, despertó de madrugada con la sensación de tener
    cerca de sí un cadáver, y al levantarse luego supo que el
    profesor había muerto efectivamente fulminado por el rayo y
    que su cadáver había sido traído a la habitación a la hora
    misma en que él había despertado. El otro suceso se refería
    a una muchacha mayor que él y de intensas necesidades
    sexuales, que en una ocasión le había hecho claramente la
    corte, llegando incluso a preguntarle si no la podía querer un
    poco. El sujeto la había respondido negativamente, y pocos
    días después supo que aquella muchacha se había tirado por
    un balcón. Se reprochó entonces su huraña conducta, dicién
    dose que había estado en sus manos conservar aquella vida
    con sólo demostrar a la muchacha un poco de afecto. De este
    modo fué como llegó a adquirir la convicción de la omnipo
    tencia de su amor y su odio. Sin negar la omnipotencia del
    amor, haremos resaltar que en ambos casos se trata de la
    muerte y aceptaremos la explicación, inmediata ya, de que
    si nuestro paciente se ve obligado, como otros neuróticos
    obsesivos, a exagerar el efecto de sus sentimientos hostiles
    sobre el mundo exterior, es porque gran parte del efecto
    psíquico interno de los mismos escapa a su conocimiento
    consciente. Su amor—o más bien su odio—es realmente
    poderoso, pues crea precisamente aquellas ideas obsesivas
    cuya procedencia no comprende el sujeto y contra las cuales
    se defiende en vano.

    Nuestro paciente mostraba una relación peculiarísima con
    el tema de la muerte. Condolía cordialmente todas las muer
    tes e iba a todos los entierros, hasta el punto de que sus
    hermanos se burlaban de él diciéndole que era como los cuer
    vos, pero, además, mataba de continuo en su fantasía a sus
    conocidos, para poder exteriorizar a los supervivientes su cor
    dial condolencia. La muerte de una hermana mayor, acaecida
    entre sus tres y cuatro años, desempeñó en sus fantasías
    papel importantísimo y se hallaba íntimamente relacionada
    con sus maldades infantiles de aquellos años. Sabemos tam

  • S.

    75

    bién cuán precozmente le preocupó la idea de la muerte de
    su padre y debemos considerar su enfermedad misma como
    una reacción a tal suceso, obsesivamente deseado quince
    años antes. La singular extensión de sus temores obsesivos
    al más allá, no es sino una compensación de aquellos deseos
    de muerte contra su padre. Emergió cuando la tristeza causa-
    da por la muerte de su padre quedó renovada año y medio
    después, y tendía, en contra de la realidad y del deseo que
    se había exteriorizado antes en toda clase de fantasías, a
    negar y anular la muerte de su padre. La expresión «en el
    más allá» aparece traducida frecuentemente por el mismo su-
    jeto en las palabras «si mi padre viviera».

    Pero también la conducta de otros muchos neuróticos ob-
    sesivos a los que el destino no ha impuesto un primer en-
    cuentro con el fenómeno de la muerte en años tan tempranos
    es, sin embargo, muy análoga a la de nuestro paciente. Sus
    pensamientos se ocupan incesantemente con la duración de
    la vida y la posible muerte de otras personas, y sus tenden-
    cias supersticiosas no tuvieron en un principio otro contenido
    ni tienen quizá, en general, otra procedencia. Pero, ante todo,
    precisan la posibilidad de la muerte para resolver los conflic-
    tos que ellos dejan insolucionados. Su carácter esencial es el
    de ser incapaces de toda decisión, sobre todo en las cuestio-
    nes amorosas. Aplazan indefinidamente toda resolución y,
    penetrados constantemente por la duda de por qué persona
    o por qué medidas contra una persona, han de decidirse, tie-
    nen su modelo en aquel antiguo tribunal alemán, cuyos plei-
    tos terminaban siempre porque las partes litigantes morían
    antes de que hubieran obtenido una sentencia. De este modo,
    en todo conflicto vital acechan la muerte de una persona im-
    portante y casi siempre querida por ellos, sea de su padre o
    su madre, de un rival o de alguno de los objetos amorosos
    entre los que oscila su inclinación. Pero con este estudio del
    complejo de la muerte en la neurosis obsesiva, penetramos
    ya en la vida instintiva de los neuróticos obsesivos, de la que
    ahora vamos a ocuparnos.


  • S.

    76

    c) La vida instintiva y la derivación de
    la obsesión y la duda

    Si queremos llegar al conocimiento de las fuerzas psíqui-
    cas cuya pugna ha generado esta neurosis, habremos de vol-
    ver sobre aquello que el análisis de nuestro paciente nos
    descubrió en cuanto a los motivos de su enfermedad en la
    edad adulta y en la infancia. El sujeto enfermó a los veinte
    años, al ser situado ante la tentación de casarse con una
    mujer distinta de aquella a la que venía amando desde tanto
    tiempo atrás y esquivó la resolución de tal conflicto retrasan-
    do en cuanto de él dependía el cumplimiento de las condicio-
    nes previas a su emergencia, para lo cual le proporcionó los
    medios la neurosis. La vacilación entre la mujer amada y la
    otra puede ser reducida al conflicto entre la influencia del
    padre y la fidelidad a su amada, esto es, a la elección entre
    el padre y el objeto sexual, tal y como, según sus recuerdos
    y sus asociaciones obsesivas, se había desarrollado ya en su
    temprana infancia. Además, en todos los detalles de su vida,
    se transparentaba claramente que, tanto en cuanto a su amada
    como en cuanto a su padre, existía en él una pugna entre el
    amor y el odio. Sus fantasías vengativas y los fenómenos
    obsesivos, tales como la obsesión de comprender o el acto
    de quitar una piedra del camino y volverla a poner, testimo-
    nian de la existencia de dicha pugna, normalmente compren-
    sible hasta un cierto grado, ya que la mujer amada le había
    dado motivos de hostilidad con su primera repulsa y su frial-
    dad ulterior. Pero también en sus relaciones con su padre
    dominaba tal dualidad, según nos lo reveló la traducción de
    sus ideas obsesivas, y también el padre debía de haberle
    dado en su infancia motivos de hostilidad, como el análisis
    demostró luego casi indudablemente. Su relación con la mujer
    amada, mixta de cariño y de hostilidad, caía en su mayor
    parte bajo su percepción consciente. Cuando más, se enga-
    ñaba en cuanto a la magnitud y a la exteriorización de sus
    sentimientos negativos. En cambio, su hostilidad contra el

  • S.

    77

    padre, que en tiempos había sido intensamente consciente,
    yacía ahora reprimida desde mucho tiempo atrás y sólo contra
    su más intensa resistencia pudo ser llevada de nuevo a la
    conciencia. En la represión del odio infantil contra el padre,
    hemos de ver el proceso que obligó a entrar todo el suceder
    ulterior en el cuadro de la neurosis.

    Estos conflictos sentimentales de nuestro paciente no son
    independientes entre sí, sino que se hallan soldados por pa-
    rejas. El odio contra su amada hubo de sumarse a su adhe-
    sión al padre e inversamente. Pero las dos corrientes contra-
    puestas subsistentes después de esta simplificación, o sea la
    pugna entre el padre y la amada y la antítesis de amor y odio
    existente en la relación del sujeto con cada una de tales per-
    sonas, no tienen nada que ver una con otra, ni por su conte-
    nido ni por su génesis. El primero de ambos conflictos co-
    rresponde a la vacilación normal entre el hombre y la mujer
    como objetos de la elección amorosa, vacilación que es pro-
    vocada en el niño por vez primera con la famosa pregunta
    habitual: ¿A quién quieres más, a papá o a mamá?, y que
    luego le acompaña a través de toda la vida, a pesar de todas
    las diferencias individuales en cuanto a la intensidad de los
    sentimientos y a la fijación de los fines sexuales definitivos.
    Pero esta oposición pierde pronto, normalmente, su carácter
    de dilema, haciéndose posible la satisfacción simultánea de
    las exigencias desiguales de sus dos términos, aunque tam-
    bién en el hombre normal la mayor estimación de uno de los
    sexos suceda siempre a expensas del otro.

    Más extraño nos parece el otro conflicto, esto es, el que
    se desarrolla entre el amor y el odio. Sabemos que un prin-
    cipio de enamoramiento es percibido muchas veces como
    odio, y que el amor que encuentra negada la satisfacción se
    torna fácilmente en odio, y los poetas nos aseguran que en
    estadios tempestuosos del enamoramiento pueden subsistir
    yuxtapuestos, como en una competición, ambos sentimientos
    contradictorios. Pero nos asombra encontrar una yuxtaposi-
    ción crónica de amor y odio, muy intensos ambos y orienta-
    dos hacia la misma persona. Habríamos esperado que el amor

  • S.

    78

    hubiera dominado al odio o hubiese sido devorado por él.
    Realmente, una tal subsistencia de los contra-
    rios sólo es posible bajo especiales condiciones psicológicas y con la cola-
    boración de lo inconsciente. El amor no ha podido extinguir
    el odio, sino tan sólo rechazarlo a lo inconsciente, instancia
    psíquica en la cual se encuentra a salvo de la acción de la
    conciencia y puede subsistir sin mengua alguna e incluso
    crecer. En tales circunstancias el amor consciente suele
    alcanzar a su vez, por reacción, especial intensidad, para
    poder llevar a cabo constantemente y sin descanso la tarea
    de mantener en la represión a su contrario. Esta singular
    constelación de la vida amorosa parece tener su condición en
    una disociación muy temprana, acaecida en el período pre-
    histórico infantil, de los dos elementos antitéticos, con re-
    presión de uno de ellos, generalmente del odio 1).

    La revisión de una serie de análisis de neuróticos obsesi-
    vos nos da la impresión de que esta relación dada en nuestro
    paciente entre el amor y el odio, constituye uno de los carac-
    teres más frecuentes y manifiestos de la neurosis obsesiva y,
    en consecuencia, uno de los más importantes. Pero aunque
    habría de ser muy atractivo poder referir a la vida instintiva
    el problema de la «elección de neurosis», poseemos razones
    suficientes para eludir semejante tentación y hemos de recor-
    dar que en todas las neurosis descubrimos como substratos
    de los síntomas los mismos instintos reprimidos. Además, el
    odio que el amor mantiene reprimido en lo inconsciente des-
    empeña también un importantísimo papel en la patogénesis
    de la histeria y de la paranoia. No conocemos lo bastante la
    esencia del amor para sentar aquí afirmaciones precisas.
    Sobre todo, la relación de su factor negativo con el compo-
    nente sádico de la libido, nos es aún totalmente desconocida.
    Sólo a título de información provisional observaremos que en
    los casos de odio inconsciente por nosotros investigados se


    1)Véanse, sobre este punto, nuestros comentarios a las primeras
    sesiones del tratamiento.—Adición en 1923: Para esta constelación de
    sentimientos ha hallado luego, Bleuler, el nombre de «ambivalencia».

  • S.

    79

    HISTORIALES CLINICOS

    demostró que el componente sádico del amor había inte-
    grado constitucionalmente una elevada intensidad, y en con-
    secuencia, había sido objeto de una represión prematura y
    demasiado fundamental, resultando así que los fenómenos
    neuróticos observados se derivaban, por un lado, del amor
    consciente intensificado por reacción, y por otro, del sadis-
    mo que continuaba actuando en lo inconsciente en calidad
    de odio.

    Pero cualquiera que sea la forma en que haya de inter-
    pretarse esta singular relación del odio y el amor, su existen-
    cia queda indudablemente demostrada por el análisis de nues-
    tro paciente, y es muy satisfactorio ver cuán comprensibles
    se nos hacen los enigmáticos procesos de la neurosis obse-
    siva en cuanto los referimos a semejante factor. Si contra un
    amor intenso se alza un odio casi tan intenso como él, la con-
    secuencia inmediata tiene que ser una parálisis parcial de la
    voluntad, una incapacidad de adoptar resolución alguna en
    cuanto a todos aquellos actos cuyo móvil haya de ser el amor.
    Pero además, tal indecisión no permanece limitada por mucho
    tiempo a un solo grupo de actos, pues ¿qué actos de un ena-
    morado no se relacionan con su motivo capital? A mayor
    abundamiento, la conducta sexual entraña un poder proto-
    típico con el que actúa sobre las demás reacciones del hom-
    bre, modificándolas, y por último, el carácter psicológico de
    la neurosis obsesiva tiende típicamente a hacer el mayor uso
    posible del mecanismo del desplazamiento. En con-
    secuencia, la indecisión se extiende paulatinamente a toda la
    actividad del sujeto.

    Con ello queda instaurado el régimen de la obsesión
    y de la duda, tal y como se nos muestra en la vida anímica
    de los neuróticos obsesivos. La duda corresponde a la per-
    cepción interna de la indecisión que se apodera del enfermo,
    a consecuencia de la inhibición del amor por el odio, en
    cuanto el mismo se propone realizar algún acto. Duda, en
    realidad, de su propio amor, que debía de ser para él, subje-
    tivamente, lo más seguro, y esta duda se difunde sobre todo
    lo demás desplazándose preferentemente sobre lo más nimio

  • S.

    80

    e indiferente. Aquel que duda de su amor tiene que dudar de
    todo lo demás, menos importante.
    Es ésta la misma duda que en las medidas de protección
    provoca la inseguridad del sujeto y le obliga a repetirlas una
    y otra vez para desvanecerla, consiguiendo al fin que tales
    actos de defensa resulten tan irrealizables como la resolución
    amorosa primitivamente inhibida. Al principio de mis inves-
    tigaciones hube de aceptar otra derivación más general de la
    inseguridad de los neuróticos obsesivos, derivación que pa-
    recía adaptarse más fácilmente a lo normal. En efecto, cuan-
    do estamos redactando una carta y alguien nos dirige entre-
    tanto una o más preguntas, sentimos después una inseguridad
    justificada en cuanto a lo que hemos escrito mientras nos ha-
    blaban, y nos vemos obligados a releer la carta una vez ter-
    minada. Supuse, pues, que la inseguridad de los neuróticos
    obsesivos, por ejemplo en sus oraciones, procedía de que
    mientras rezaban eran perturbados incesantemente por fan-
    tasías inconscientes. Esta hipótesis era ya exacta y resulta
    fácilmente conciliable con las afirmaciones que anteceden. Es
    cierto que la inseguridad de haber llevado a cabo una medi-
    da de protección procede de las fantasías inconscientes per-
    turbadoras, pero tales fantasías contienen además, precisa-
    mente, el impulso contradictorio que había de ser rechazado
    por la oración. Así se evidencia en nuestro paciente en una
    ocasión en la cual la perturbación no permanece inconscien-
    te, sino que es expresada en voz alta. Cuando quiere rezar,
    diciendo: «Dios la proteja», emerge de pronto de lo incons-
    ciente un «no» hostil y el sujeto adivina que se trata de un
    trozo de una maldición. Si aquel «no» hubiera permanecido
    mudo, el sujeto habría continuado en estado de inseguridad y
    habría prolongado cada vez más sus rezos, pero en cuanto lo
    oyó suprimió aquéllos en absoluto. Antes de hacerlo así, ha-
    bía probado, como otros neuróticos obsesivos, toda clase de
    métodos para evitar la inmixtión del elemento contradictorio,
    abreviando sus oraciones o recitándolas rapidísimamente.
    Pero todas estas técnicas fracasan más tarde o más tempra-
    no y, en cuanto el impulso amoroso ha logrado realizar algo,

  • S.

    6

    después de desplazarse sobre un acto indiferente, es seguido
    por el impulso hostil que se esfuerza en anular su obra.

    Cuando el neurótico obsesivo llega luego a darse cuenta
    de la inseguridad de la memoria, consigue extender general-
    mente, con su auxilio, la duda, incluso a los actos ya realiza-
    dos, que carecieron de toda relación con el complejo del amor
    y el odio, y a todo su pasado. Recuérdese el ejemplo de
    aquella señora que acababa de comprar un peine para su hija
    y que al ser asaltada por una sospecha celosa contra su ma-
    rido empezó a dudar, en el acto, de si aquel peine no venía
    ya siendo suyo desde siempre. Es como si dijera abiertamen-
    te: «Si puedo dudar de tu amor (y esto era tan sólo una pro-
    yección de sus dudas sobre su propio amor a su marido) pue-
    do dudar de todo», revelándonos así el sentido oculto de la
    duda neurótica.

    Pero la obsesión es una tentativa de compensar la
    duda y rectificar el insoportable estado de inhibición del que
    la misma testimonia. Cuando al fin y con ayuda del desplaza-
    miento consigue el enfermo llevar a una resolución el propó-
    sito inhibido, tal propósito ha de ser obligadamente realiza-
    do. No es ya, desde luego, el original, pero la energía es-
    tancada no renuncia a la ocasión de hallar un exutorio en el
    acto sustitutivo. Se exterioriza, pues, en mandatos y prohi-
    biciones, alternando el impulso amoroso y el hostil en la con-
    quista del camino conducente a la derivación. La tensión que
    surge cuando el mandamiento obsesivo no debe ser ejecuta-
    do, es intolerable, y el sujeto la percibe en forma de angustia
    intensísima. Pero el camino mismo que conduce a un acto
    sustitutivo desplazado sobre una minucia es tan ardientemen-
    te disputado, que dicho acto sólo puede ser realizado, en la
    mayoría de los casos, como medida de protección y en íntimo
    contacto con uno de los impulsos que han de ser rechazados.

    Una especie de regresión sustituye además la re-
    solución definitiva por actos preparatorios: El pensamiento
    reemplaza a la acción, y un cualquier estadio previo mental
    de la misma se impone, con poder obsesivo, en lugar del acto
    sustitutivo. Según que esta regresión del acto al pensamien-
    — 81 —

  • S.

    82

    to sea más o menos marcada, el caso de neurosis obsesiva
    toma el carácter de pensamiento obsesivo (representación
    obsesiva) o de acción obsesiva en sentido estricto. Estos ac-
    tos obsesivos propiamente dichos sólo se hacen posibles por
    cumplirse en ellos una especie de reconciliación de los dos
    impulsos contrapuestos, mediante la formación de productos
    transaccionales. Los actos obsesivos se aproximan, en efec-
    to, cada vez más, y con mayor precisión cuanto más se pro-
    longa la enfermedad, a los actos sexuales infantiles semejan-
    tes al onanismo. El sujeto llega así a realizar, en esta forma
    de la neurosis, actos amorosos, pero sólo con ayuda de una
    nueva regresión y no ya orientados hacia una persona, hacia
    el objeto del amor y el odio, sino actos autoeróticos, como
    en la infancia.

    La regresión primera desde la acción al pensamiento es
    favorecida por otro de los factores participantes en la géne-
    sis de la neurosis. En los historiales de los enfermos halla-
    mos regularmente la emergencia precoz y la represión pre-
    matura del instinto sexual visual y de saber, el cual regula
    también en nuestro paciente toda una parte de su actividad
    sexual infantil.

    Hemos apuntado ya la participación de los componentes
    sádicos en la génesis de la neurosis obsesiva. En aquellos
    sujetos en cuya constitución predomina el instinto de saber, el
    síntoma capital de la neurosis es siempre la cavilación obse-
    siva. La actividad mental misma queda sexualizada, pues el
    placer sexual, referido habitualmente al contenido del pensa-
    miento, pasa a recaer sobre el proceso intelectual, y la satis-
    facción alcanzada al llegar a un resultado mental es sentida
    como satisfacción sexual. Esta relación del instinto de saber
    con los procesos mentales le hace especialmente apropiado
    para atraer sobre el pensamiento, en las diversas formas de
    la neurosis obsesiva en las que participa, la energía que se
    esfuerza inútilmente en abrirse paso hasta la acción, allí donde
    se ofrece la posibilidad de una distinta clase de satisfacción.
    De este modo, el acto sustitutivo puede ser sustituido a su
    vez, con ayuda del instinto de saber, por actos mentales pre-

  • S.

    83

    HISTORIALES CLINICOS

    paratorios. El aplazamiento de la acción encuentra pronto un
    sustitutivo en la demora en el pensamiento y todo el proceso
    queda transportado, con todas sus peculiaridades, a un nuevo
    terreno.

    Con ayuda de las deducciones que anteceden, podemos
    acaso aventurarnos ya a determinar el carácter psicológico,
    durante tanto tiempo buscado, que presta a los productos de
    la neurosis obsesiva su calidad obsesiva: Se hacen obsesivos
    aquellos procesos mentales que, a consecuencia de la inhibi-
    ción antitética en el extremo motor de los sistemas mentales,
    son emprendidos con un desarrollo cualitativo y cuantitativo
    de energía destinado tan solo, habitualmente, a la acción,
    esto es, aquellos pensamientos que han de re-
    presentar, regresivamente, actos. No creo
    que haya de tropezar con graves contradicciones la hipótesis
    de que, habitualmente y por razones económicas, el pensa-
    miento es impulsado por medio de desplazamientos de ener-
    gía más pequeños que los consagrados a los actos destinados
    a la derivación y a la modificación del mundo exterior.

    Aquello que irrumpe con energía sobrada en la conciencia
    como idea obsesiva, ha de quedar luego garantizado contra
    la acción destructora del pensamiento consciente. Sabemos
    ya que tal protección es conseguida por medio de la defor-
    mación que la idea obsesiva ha experimentado antes de
    hacerse consciente. Pero no es éste el único medio. Sólo
    muy raras veces se omite alejar a la idea obsesiva de la si-
    tuación que presidió su génesis y en la cual sería fácilmente
    accesible a la comprensión a pesar de su deformación. Con
    tal propósito es creado, por un lado, un intervalo entre
    la situación patógena y la idea obsesiva consecutiva, intervalo
    que induce en error a la investigación causal del pensamiento
    consciente; y por otro, el contenido de la idea obsesiva queda
    desligado de sus relaciones particulares por medio de una
    generalización.

    La obsesión de comprensión de nuestro paciente nos
    ofrece un ejemplo de este orden, y otro quizá mejor una en-
    ferma que se prohibió llevar joya ninguna, aunque la motiva-

  • S.

    84

    ción se refería a una sola joya que la sujeto había envidiado
    a su madre y esperaba heredar de ella. Por último, la idea
    obsesiva queda también protegida contra la labor de solución
    consciente, por su expresión verbal indeterminada o equívoca.
    Tal expresión verbal, mal interpretada, puede quedar incor-
    porada entonces a los delirios, y los sucesivos desarrollos o
    sustituciones de la obsesión se enlazarán al error de inter-
    pretación y no al texto auténtico. Pero puede observarse que
    tales delirios tienden constantemente a establecer nuevas re-
    laciones con el contenido y el texto verbal de la obsesión no
    acogidos en el pensamiento consciente.

    Para una única observación volveremos aún sobre la vida
    instintiva de la neurosis obsesiva. Nuestro paciente demos-
    tró ser también un olfativo. Según sus propias mani-
    festaciones, durante su infancia conocía a las personas por
    su olor, como un perro, y las percepciones olfativas tenían
    todavía actualmente para él mayor significación que para los
    demás. También en otros enfermos, neuróticos obsesivos o
    histéricos, he observado algo análogo y he aprendido a tener
    en cuenta el papel desempeñado en la génesis de las neuro-
    sis por un placer olfativo sexual reprimido en la infancia. En
    general, puede plantearse la cuestión de si la disminución
    sufrida por el sentido del olfato al alejar el hombre su rostro
    del suelo y la consecutiva represión orgánicamente condicio-
    nada del placer olfativo, no participan considerablemente en
    la capacitación del hombre para las enfermedades neuróticas.
    Ello nos explicaría cómo es que el incremento de la civiliza-
    ción exige represiones cada vez más extensas de la vida
    sexual. Sabido es qué íntima relación existe en la organiza-
    ción zoológica, entre el instinto sexual y la función del órgano
    del olfato.

    Para terminar, expresaré la esperanza de que mis comu-
    nicaciones, incompletas en todos sentidos, impulsarán a otros
    investigadores a profundizar en el estudio de la neurosis ob-
    sesiva con ánimo de lograr nuevos descubrimientos. A mi
    juicio, lo característico de esta neurosis, aquello que la dis-
    tingue de la histeria, no ha de buscarse en la vida instintiva,


  • S.

    85

    sino en las circunstancias psicológicas. No puedo abandonar
    a mi paciente sin hacer constar mi impresión de que se halla-
    ba como disociado en tres personalidades, una inconsciente
    y dos preconscientes, entre las cuales podía oscilar su con-
    ciencia. Su inconsciente integraba los impulsos violentos y
    perversos tempranamente reprimidos. En su estado normal
    era un hombre bondadoso, alegre, reflexivo, inteligente y
    despejado, pero en una tercera organización psíquica rendía
    culto a la superstición y a la ascesis, de manera que podía
    entrañar dos convicciones y dos concepciones del universo.
    Esta personalidad preconsciente entrañaba, sobre todo, los
    productos de la reacción a sus deseos reprimidos y no era
    difícil prever que, de haberse prolongado la enfermedad, hu-
    biera acabado por devorar a la personalidad normal. Actual-
    mente se me ha ofrecido la ocasión de investigar tales fenó-
    menos en una paciente gravemente enferma de neurosis
    obsesiva y análogamente disociada en una personalidad tole-
    rante y serena y otra sombría y ascética. La sujeto presenta
    la primera de tales personalidades como su yo oficial, pero
    vive dominada por la segunda. Ambas organizaciones psíqui-
    cas tienen acceso a su conciencia, y detrás de su personalidad
    ascética se oculta su inconsciente, totalmente desconocido
    para ella y compuesto de antiquísimos deseos ha largo tiempo
    reprimidos (1).


    (1)Adición en 1923: El paciente al cual el análisis que antecede
    devolvió por entero la salud psíquica, murió luego en la guerra europea
    como tantos otros hombres jóvenes de futuro prometedor.