Las neuropsicosis de defensa 1894-001/1927.es

Freud, Sigmund (1894-001/1927.es): Las neuropsicosis de defensa

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    Las neuropsicosis de defensa

    Ensayo de una teoría psicológica de la histeria adquirida, de
    muchas fobias y representaciones obsesivas y de ciertas psico-
    sis alucinatorias.

    El detenido estudio de varios enfermos nerviosos,
    aquejados de fobias y representaciones obsesivas, nos
    sugirió un intento de explicación de estos síntomas,
    que ulteriormente nos ha permitido descubrir el origen
    de tales representaciones patológicas en otros nuevos
    casos, razón por la cual lo creemos digno de publica-
    ción y examen. Simultáneamente a esta «teoría
    psicológica de las fobias y las repre-
    sentaciones obsesivas», resultó, de nues-
    tra observación de los enfermos, una aportación a la
    teoría de la histeria, o más bien una modificación de
    tal teoría, modificación que responde a un importante
    carácter común a la histeria y a la neurosis menciona-
    da. Hemos tenido, además, ocasión de penetrar en el
    mecanismo psicológico de una forma patológica de
    innegable carácter psíquico, y al hacerlo, hallamos
    que la orientación de nuestro nuevo punto de vista
    permitía establecer un visible enlace entre tales psi-
    cosis y las dos neurosis a que nos venimos refiriendo.
    Al final del presente ensayo expondremos la hipótesis
    auxiliar de la que en los tres casos indicados, nos he-
    mos servido.

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    I

    Comenzaremos por presentar la modificación que
    nos parece indispensable introducir en la teoría de la
    neurosis histérica.

    Desde los excelentes trabajos de P. Janet, J. Breuer
    y otros, parece indiscutible que el complejo sintomáti-
    co de la histeria justifica la hipótesis de una disocia-
    ción de la conciencia, con formación de grupos psí-
    quicos separados. En cambio, por lo que respecta a
    las opiniones sobre el origen de esta disociación de la
    conciencia y sobre el papel que este carácter desem-
    peña en la neurosis histérica, no reina tanta claridad.

    Según la teoría de Janet 1), la disociación de la
    conciencia es un rasgo primario de la modificación
    histérica y depende de una debilidad congénita de la
    capacidad de síntesis psíquica, o sea de una angostu-
    ra del «campo de conciencia», que testimonia, en cali-
    dad de estigma psíquico, de la degeneración de los in-
    dividuos histéricos.

    A la teoría de Janet, contra la cual pueden elevarse,
    a nuestro juicio, numerosas objeciones, se opone la
    desarrollada por J. Breuer en nuestra comunicación
    sobre la histeria 2). Según Breuer, es «base y condi-
    ción» de la histeria, la existencia de singulares estados

    1)«Etat mental des hystériques». París 1893 y 1894.–«Quel
    ques définitions récentes de l’hystérie» Arch. de Neurol. 1893.
    –XXXV-VI.

    2)Véase en el tomo X de estas «Obras completas», el estu-
    dio titulado «El mecanismo psíquico de los fenómenos histé-
    ricos».

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    de conciencia oniriformes, con disminución de la fa-
    cultad asociativa, para los cuales propone el nombre
    de «estados hipnoides». La disociación de la
    conciencia es entonces una disociación secundaria,
    adquirida, motivada por el hecho de que las represen-
    taciones surgidas en los estados hipnoides se hallan
    excluidas del comercio asociativo con los restantes
    contenidos de la conciencia.

    Como prueba de nuestras anteriores afirmaciones,
    podemos presentar ahora dos otras formas extremas
    de la histeria, en las cuales no puede considerarse pri-
    maria, en el sentido de Janet, la disociación de la
    conciencia. En la primera de dichas formas, nos ha
    sido posible demostrar, repetidas veces, que la diso-
    ciación del contenido de la conciencia es consecuen-
    cia de una volición del enfermo, siendo iniciada por
    un esfuerzo de la voluntad cuyo motivo puede ser de-
    terminado. Naturalmente, no afirmamos con esto, que
    el enfermo se proponga provocar una disociación de
    la conciencia. La intención del enfermo es muy otra y
    y no llega a cumplirse, acarreando, en cambio, una
    disociación de la conciencia.

    En una tercera forma de la histeria, que se nos ha
    descubierto en el análisis psíquico de enfermos inte-
    ligentes, desempeña la disociación de la conciencia
    un papel insignificante o quizá nulo. Son éstos los ca-
    sos en los que sólo perdura la reacción a estímulos
    traumáticos y que pueden ser curados por derivación
    del trauma, o sea las puras histerias de reten-
    ción.

    A los fines de nuestro estudio de las fobias y las re-
    presentaciones obsesivas sólo nos interesa la segun-
    da forma de la histeria, a la cual damos, por motivos
    fácilmente visibles, el nombre de histeria de defen-
    sa.

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    sa, distinguiéndola así, de las histerias hipnoides y
    de las de retención.

    Igualmente, podríamos presentar, por lo pronto, es-
    tos casos de histeria como «adquiridos», pues en ellos
    no podrá hablarse para nada de una grave tara here-
    ditaria ni de una propia disminución degenerativa.

    Los dos pacientes por mí analizados, habían goza-
    do, en efecto, de salud psíquica, hasta el momento en
    que surgió en su vida de representación, un caso de
    incompatibilidad, esto es, hasta que llegó a su Yo una
    experiencia, una representación o una sensación, que
    al despertar un afecto penosísimo, movieron al sujeto
    a decidir olvidarlos, no juzgándose con fuerzas sufi-
    cientes para resolver, por medio de una labor mental,
    la contradicción entre su Yo y la representación into-
    lerable.

    Tales representaciones intolerables florecen casi
    siempre, tratándose de sujetos femeninos, en el terre-
    no de la experiencia o la sensibilidad sexuales, y las
    enfermas recuerdan con toda la precisión deseable sus
    esfuerzos para rechazarlas y su propósito de domi-
    narlas y no pensar en ellas. Nuestra actividad clínica
    nos ha dado a conocer multitud de casos de este gé-
    nero, entre los que citaremos el de una muchacha, que
    hallándose asistiendo a su padre enfermo, se repro-
    chaba duramente pensar en un joven que le había he-
    cho experimentar una ligera impresión erótica, y el de
    una institutriz, enamorada del señor de la casa, que
    decidió ahogar su amorosa inclinación, por un senti-
    miento de orgullo.

    No puedo afirmar que un tal esfuerzo de la volun-
    tad por expulsar del pensamiento algo determinado
    sea un acto patológico, ni tampoco que aquellas per-
    sonas que bajo iguales influencias psíquicas permane-

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    cen sanas consigan realmente el deseado olvido. Sólo
    sé, que en los pacientes por mí analizados, no había
    sido nunca alcanzado, llevándolos, en cambio, a di-
    versas reacciones patológicas, que produjeron, bien
    una histeria, bien una representación obsesiva o una
    psicosis alucinatoria. En la capacidad de provocar
    con el indicado esfuerzo de la voluntad, uno de di-
    chos estados, enlazados todos con una disociación
    de la conciencia, hemos de ver la expresión de una
    disposición patológica, que, sin embargo, no ha de
    identificarse necesariamente con una «degeneración»
    personal o hereditaria.

    Sobre el camino que conduce desde el esfuerzo de
    voluntad del paciente hasta la emergencia del síntoma
    histérico, me he formado una opinión que en el lengua-
    je abstracto psicológico usual, puede formularse, apro-
    ximadamente, como sigue: La labor que el Yo se plan-
    tea, de considerar como «non arrivée» la representa-
    ción intolerable, es directamente insoluble para él; ni la
    huella mnémica ni el afecto a ella inherente pueden ser
    hechos desaparecer, una vez surgidos. Pero hay algo
    que puede considerarse equivalente a la solución de
    seada, y es el lograr debilitar la representación
    de que se trate, despojándola del afecto a ella inheren-
    te, esto es, de la magnitud de estímulo que consigo
    trae. La representación así debilitada no aspirará ya a
    la asociación. Maslamagnituddeestímu-
    lo de ella separada, habrá de encon-
    trar un distinto empleo.

    Hasta aquí, muestran la histeria y las fobias y re-
    presentaciones obsesivas, iguales procesos. No así
    en adelante. En la histeria, la representación intolera-
    ble queda hecha inofensiva por la transforma-
    ción de su magnitd de estímulo en ex-

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    citaciones somáticas, proceso para el cual
    proponemos el nombre de conversión.
    La conversión puede ser total o parcial y sucede a
    aquella intervención motora o sensorial más o menos
    íntimamente enlazada con el suceso traumático. El Yo
    consigue con ello, verse libre de contradicción, pero
    en cambio, carga con un símbolo mnémico que en
    calidad de inervación motora insoluble o de sensación
    alucinatoria de continuo retorno, habita, como un pa-
    rásito, en la conciencia y perdura hasta que tiene lu-
    gar una conversión opuesta. La huella mnémica no
    desaparece por ello sino que forma, a partir de aquí,
    el nódulo de un segundo grupo psíquico.
    En pocas palabras, expondré nuestra anunciada
    opinión de los procesos psicofísicos en la histeria:
    Constituído un tal nódulo de una disociación histéri-
    ca, en un «momento traumático», crece luego, en otros
    momentos, a los que podemos llamar «momentos
    traumáticos auxiliares», en cuanto una nueva impre-
    sión de igual género consigue traspasar las barreras
    alzadas por la voluntad, aportar nuevo afecto a la re-
    presentación debilitada e imponer por algún tiempo el
    enlace asociativo de ambos grupos psíquicos, hasta
    que una nueva conversión restablece la defensa.—La
    distribución del estímulo que así se establece en la his-
    teria, resulta casi siempre harto inestable. La excita-
    ción impulsada por un falso camino (por el de la iner-
    vación somática), retrocede entretanto hasta la repre-
    sentación de la que fué separada, y fuerza entonces al
    sujeto a su elaboración asociativa o a su descarga en
    ataques histéricos, como lo prueba la conocida antíte-
    sis formada por los ataques y los síntomas permanen-
    tes. El efecto del método catártico de Breuer consiste
    en crear un tal retroceso de la excitación desde lo físi-
     


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    co a lo psíquico y conseguir luego solucionar la con-
    tradicción por medio del trabajo mental del sujeto y
    descargar la excitación por medio de la comunicación
    oral.

    Si la disociación de la conciencia en la histeria ad-
    quirida, reposa sobre un acto de la voluntad, se expli-
    ca ya fácilmente el hecho singular de que la hipnosis
    amplíe siempre la restringida conciencia de los histé-
    ricos y haga accesible el grupo psíquico disociado.

    Sabemos, en efecto, que todos los estados análogos
    al sueño suprimen aquella distribución de la energía
    sobre la que reposa la «voluntad» de la personalidad
    consciente.

    Consideramos, pues, como el factor característico
    de la histeria, no la disociación de la conciencia, sino
    la facultad de conversión, y vemos una par-
    te muy importante de la disposición a la histeria, por
    lo demás aún desconocida, en la transferencia a la
    inervación somática, de tan grandes magnitudes de
    inervación.

    Esta propiedad no excluye por sí sola la salud psí-
    quica, y no conduce a la histeria más que en el caso
    de una incompatibilidad psíquica o de un almacena-
    miento de la excitación. Con esta orientación, nos acer-
    camos, Breuer y yo, a las conocidas definiciones da-
    das por Oppenheim 1) y Struempell 2), separándo-
     

    1)Oppenheim: La histeria es una manifestación intensifica-
    da, de la emoción. La «manifestación de la emoción» representa
    aquel montante de excitación psíquica que experimenta, normal-
    mente, una conversión.

    2)En el segundo capítulo de su excelente estudio «Quelques
    définitions, etc.», se ha ocupado también Janet de la objeción que
    a sus asertos supone el que la disociación de la conciencia sea
    propia, igualmente, de las psicosis y de la llamada psicastenia,

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    nos, en cambio, de Janet, que atribuye un papel dema-
    -siado amplio, en la característica de la histeria, a la
    disociación de la conciencia. Con la exposición que
    antecede, esperamos, por nuestra parte, haber hecho
    comprensible el enlace de la conversión con la diso-
    -ciación histérica de la conciencia.

    II

    Cuando en una persona de disposición nerviosa,
    no existe la aptitud a la conversión y es, no obstante,
    emprendida, para rechazar una representación intole-
    -rable, la separación de la misma de su afecto conco-
    mitante, este afecto tiene que permane-
    -cer existiendo en lo psíquico. La re-
    -presentación así debilitada queda apartada de toda
    asociación en la conciencia, pero su afecto,
    devenido libre, se adhiere a otras
    representaciones, no intolerables en
    sí, a las que este «falso enlace» con-
    -vierte en representaciones obsesi-
    -vas. Esta es, en pocas palabras, la teoría psicoló-
    -gica de las representaciones obsesivas y las fobias, a
    la que aludimos al iniciar el presente estudio.

    Indicaremos ahora cuáles de los eslabones de esta
    teoría son directamente comprobables y cuáles otros

    pero, a nuestro juicio, no ha conseguido resolverla. Esta objeción
    es la que le lleva, principalmente, a declarar que la histeria es
    una forma de la degeneración. Pero no consigue diferenciar por
    alguna característica especial, la disociación histérica de la con-
    -ciencia, de la disociación psicótica, etc.

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    han sido añadidos por nosotros, a modo de comple-
    mento. Directamente comprobable es, en primer lugar,
    a más del término del proceso, o sea la representa-
    ción obsesiva, la fuente de la que nace el afecto falsa-
    mente enlazado. En todos los casos por mí analiza-
    dos, era la vida sexual la que había suminis-
    trado un afecto penoso de exactamente la misma cali-
    dad que el enlazado a la representación obsesiva.
    Teóricamente, no es imposible que este afecto nazca
    alguna vez en otros sectores, mas nuestra experiencia
    clínica no nos ha presentado hasta ahora caso ningu-
    no de este género. Por otro lado, es comprensible que
    la vida sexual sea la que más ocasiones dé, para la
    emergencia de representaciones intolerables.

    Directamente comprobable es también, por las in-
    equívocas manifestaciones de los enfermos, el esfuer-
    zo de voluntad, la tentativa de defensa a la que nues-
    tra teoría da singular importancia, y en toda una serie
    de casos, afirman los enfermos mismos, que la fobia
    o la representación obsesiva, surgió cuando el esfuer-
    zo de voluntad parecía haber alcanzado su intención.
    «Una vez me sucedió algo muy desagradable y me
    propuse, con todas mis fuerzas, apartarlo de mi ima-
    ginación y no pensar en ello. Por fin lo conseguí,
    pero entonces surgió esto que ahora me pasa y de lo
    que no he conseguido librarme». Con estas palabras,
    me confirmó una paciente los puntos principales de la
    teoría aquí desarrollada.

    No todos los enfermos de representaciones obsesi-
    vas ven tan claramente el origen de las mismas. Por
    lo general, cuando llamamos la atención del enfermo
    sobre la representación primitiva, de naturaleza se-
    xual, obtenemos la respuesta siguiente: «No, eso no
    tiene nada que ver con mi estado actual. Nunca pensé

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    mucho en ello. Al principio, sí me asustó un poco,
    pero luego dejó de preocuparme y no me ha vuelto a
    intranquilizar». Esta objeción tan frecuente integra
    una prueba de que la representación obsesiva consti-
    tuye un sustitutivo o un subrogado de la representa- ción sexual intolerable y la ha sustituido en la con- ciencia.

    Entre el esfuerzo de voluntad del paciente que con-
    sigue reprimir la representación sexual inaceptable y
    la emergencia de la representación obsesiva, que,
    poco intensa en sí, aparece aquí provista de un afecto
    incomprensiblemente intenso, se abre la laguna que
    nuestra teoría intenta llenar. La separación de la re-
    presentación sexual de su afecto y el enlace del mismo
    con otra representación adecuada, pero no intolera-
    ble, son procesos que se desarrollan sin que la con-
    ciencia tenga noticia de ellos, y que por lo tanto, sólo
    podemos suponer, sin que nos sea dable demostrarlos
    por medio de un análisis clínico-psicológico. Quizá
    fuera más exacto decir, que no se trata de procesos de
    naturaleza psíquica, sino de procesos físicos, cuya
    consecuencia psíquica se manifestase como si lo ex-
    presado con los términos de «separación de la repre-
    sentación de su afecto y falso enlace de este último»
    hubiera sucedido realmente.

    Junto a los casos que demuestran una sucesión de
    la representación sexual intolerable y la representación
    obsesiva, hallamos otros en los que se nos muestra
    una coexistencia de representaciones obsesivas y re-
    presentaciones sexuales de carácter penoso.

    Estas últimas no pueden calificarse apropiadamente
    de «representaciones obsesivas sexuales», pues care-
    cen de un carácter esencial de las representaciones
    obsesivas, toda vez que se muestran perfectamente

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    justificadas, mientras que el carácter penoso de las re-
    presentaciones obsesivas comunes constituye un pro-
    blema para el médico y para el enfermo. En cuanto
    me ha sido dado penetrar en casos de este género, he
    podido comprobar, que se trata de una defensa conti-
    nuada contra representaciones sexuales distintas, in-
    cesantemente emergentes, o sea de una labor que no
    había llegado á término.

    Los enfermos suelen ocultar sus representaciones
    obsesivas en tanto tienen conciencia de su proce-
    dencia sexual. Cuando se lamentan de ellas, manifiestan
    generalmente su asombro de sucumbir al efecto co-
    rrespondiente, angustiarse, experimentar determina-
    dos impulsos, etc. En cambio, el médico perito en la
    materia encuentra justificado y comprensible el afecto,
    hallando tan sólo singular su enlace con una repre-
    sentación que no lo justifica. O dicho de otro modo:
    El afecto de la representación obsesiva le parece
    dislocado ó traspuesto, y si ha adoptado
    la teoría aquí descrita, intentará, en toda una serie de
    casos de representaciones obsesivas, su trasposición
    regresiva a lo sexual.

    Para el enlace secundario del afecto devenido libre,
    puede ser utilizada cualquier representación que por
    su naturaleza, sea susceptible de conexión con un
    afecto de la cualidad dada o tenga, con la intole-
    rable, ciertas relaciones, a consecuencia de las cuales,
    aparezca utilizable como subrogado suyo. Así, la an-
    gustia devenida libre y cuyo origen sexual no debe
    ser recordado, se enlaza a las comunes fobias prima-
    rias de los hombres a los animales, a las tormentas,
    a la obscuridad, etc., o a cosas de innegable relación
    asociativa con lo sexual, tales como los actos de orinar
    y defecar, y en general, a la impureza y al contagio.

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    La ventaja que obtiene el Yo eligiendo, para la de-
    fensa, el camino de la transposición del afec-
    to, es menor que la que ofrece la conversión histérica
    de excitación psíquica en inervación somática. El afec-
    to bajo el cual ha padecido el Yo, permanece intacto,
    con la sola diferencia de que la representación intole-
    rable queda excluída del recuerdo. Las representacio-
    nes así reprimidas, constituyen, por su parte, el nódu-
    lo de un segundo grupo psíquico, accesible, a nuestro
    parecer, también sin la ayuda de la hipnosis. El que
    en las fobias y las representaciones obsesivas falten
    aquellos visibles síntomas concomitantes a la forma-
    ción de un grupo psíquico independiente, obedece pro-
    bablemente a que en el primer caso, toda la modifica-
    ción permanece circunscrita a lo psíquico, no experi-
    mentando cambio alguno la relación entre la excita-
    ción psíquica y la inervación somática.

    Con algunos ejemplos de naturaleza probablemente
    típica, aclararemos lo dicho hasta aquí sobre las re-
    presentaciones obsesivas:

    1) Una muchacha padece de reproches obsesivos.
    Cuando en el periódico, lee haberse descubierto una
    falsificación de moneda o un crimen cuyo autor se ig-
    nora, piensa en seguida estar complicada en la falsifi-
    cación, o se pregunta, con angustia, si no habrá sido
    ella la homicida, dándose, sin embargo, clara cuenta
    de lo absurdo de tales imaginaciones. Durante algún
    tiempo, tal conciencia de su culpabilidad adquirió tan
    gran dominio sobre ella, que llegó a ahogar su juicio
    crítico, llevándola a acusarse ante sus familiares y su
    médico, de haber cometido realmente semejantes deli-
    tos. Un penetrante interrogatorio descubrió el origen
    de su conciencia de culpabilidad. Excitada por una
    sensación voluptuosa casualmente experimentada, y

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    siguiendo los malos consejos de una amiga suya, ha
    bía comenzado a masturbarse y venía entregada a este
    vicio desde varios años atrás, con plena conciencia
    de su falta, que se reprochaba duramente, pero como
    de costumbre en estos casos, sin conseguir enmien-
    da. Un exceso cometido al retorno de un baile provo-
    có la emergencia de la psicosis.–La paciente curó
    después de algunos meses de tratamiento y de severa
    vigilancia.

    2) Otra muchacha padecía el temor a verse ataca-
    da de incontinencia de orina, desde que un vehemente
    deseo de orinar le había obligado a abandonar en una
    ocasión, un teatro, durante un concierto. Esta fobia la
    había incapacitado, poco a poco, para toda vida so-
    cial. Sólo se sentía tranquila cuando sabía tener pró-
    ximo un W. C. al que poder llegar disimuladamente.
    No existía en ella, vestigio alguno de enfermedad or-
    gánica, que pudiese justificar sus temores. Hallándose
    en su casa, entre sus familiares, no experimentaba ja-
    más el temido incoercible deseo, ni tampoco durante
    la noche. Un detenido examen descubrió que dicho
    deseo la había acometido, por vez primera, en las si-
    guientes circunstancias: En la sala de conciertos, se
    hallaba sentado cerca de ella un caballero que no le
    era indiferente. Al verle, comenzó a pensar en él y a
    imaginarse ser su mujer y estar sentada a su lado.
    Durante esta ensoñación, experimentó aquella sensa-
    ción que en las mujeres, hemos de comparar a la erec-
    ción masculina y que en su caso–ignoramos si en
    todos– terminó con un ligero deseo de orinar. La re-
    ferida sensación sexual, habitual en ella, la asustó en
    esta ocasión, porque había formado el firme propósito
    de combatir su inclinación amorosa, e inmediatamen-
    te, el afecto inherente a la misma se transfirió al deseo

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    de orinar que la acompañaba, viéndose obligada la
    sujeto, después de una penosa lucha, a abandonar la
    sala. Esta joven, a quien toda realidad sexual horro-
    rizaba, no concibiendo siquiera que pudiera casarse
    algún día, era, por otro lado, de una tal hiperestesia
    sexual, que en las ensoñaciones eróticas a que se
    abandonaba gustosa, experimentaba regularmente la
    referida sensación voluptuosa. El deseo de orinar ha-
    bía acompañado siempre a la erección sin haberla im-
    presionado hasta el día del concierto. El tratamiento
    alcanzó la curación casi completa de la fobia.

    3) Una joven casada, que en cinco años de matri-
    monio sólo había tenido un hijo, se me quejaba de
    sentir un impulso obsesivo de arrojarse por el balcón
    y de que a la vista de un cuchillo se apoderaba de ella
    el miedo a verse impulsada a cogerlo y matar con él
    a su hijo. A mis preguntas, confesó que sólo muy ra-
    ras veces practicaba ya el comercio matrimonial y
    siempre con precauciones para evitar la concepción,
    añadiendo que ello no le disgustaba nada, pues era
    de naturaleza poco sensual. Por mi parte, hube de ma-
    nifestarla, que lo cierto era, que a la vista de los hom-
    bres, surgían en ella representaciones eróticas, y que
    este hecho la había llevado a perder su confianza en
    sí misma, apareciéndose como una persona degradada
    y capaz de todo. Esta retraducción de la representa-
    ción obsesiva a lo sexual alcanzó pleno éxito. La pa-
    ciente confesó, llorando, su miseria conyugal, por tanto
    tiempo ocultada, y me comunicó más tarde, varias re-
    presentaciones penosas de carácter sexual no modifi-
    cado, tales como la sensación frecuentísima de que se
    le entraba algo por debajo de las faldas.

    Terapéuticamente, he aprovechado estas repetidas
    experiencias, para orientarme, a pesar de las protestas


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    9

    del enfermo, en los casos de fobias y representacio
    nes obsesivas, hacia las representaciones sexuales re
    primidas, y cegar, cuando ello es posible, las fuentes
    de que provienen. Naturalmente, no puedo afirmar
    que todas las fobias y todas las representaciones ob
    sesivas nazcan en la forma aquí descrita, pues en pri
    mer lugar, mi experiencia no comprende sino un nú
    mero de formas, muy limitado, en comparación con
    las muchas que toman estas neurosis, y en segundo,
    sé muy bien que estos síntomas «psicasténicos» (se
    gún la calificación de Janet) no son todos equivalen
    tes 1). Hay, por ejemplo, fobias puramente histéricas.
    Pero, a mi juicio, el mecanismo de la transposi
    ción del afecto es propio de la gran mayoría de las
    fobias y representaciones obsesivas, y creo que estas
    neurosis, que tan pronto hallamos aisladas, como
    combinadas con la histeria o la neurastenia, no deben
    ser confundidas con la neurastenia, en la que no se
    puede suponer un mecanismo psíquico como sín
    toma fundamental.

    III

    En los dos casos hasta ahora examinados, la de
    fensa contra la representación intolerable tenía efecto
    por medio de la disociación de su afecto concomitan

    1)El mecanismo psíquico arriba expuesto, no es aplicable
    a aquel grupo de fobias típicas cuyo prototipo es la agora-
    fobia. Por el contrario, el mecanismo de la agorafobia difiere
    en un extremo decisivo, del de las representaciones obsesivas y
    las fobias a ellas reducibles. No existe en ella, representación re
    primida alguna de la que haya sido separado el afecto angus
    tioso. La angustia de estas fobias tiene un distinto origen.

  • S.

    130

    te. La representación permanecía en la conciencia, si
    bien aislada y debilitada. Pero hay aún otra forma de
    la defensa, mucho más enérgica y eficaz, consistente
    en que el Yo rechaza la representación intolerable con
    juntamente con su afecto, y se conduce como si la re-
    presentación no hubiese jamás llegado á él. En el
    momento en que esto queda consegui-
    do, sucumbe el sujeto á una psicosis
    que hemos de calificar de «locura alu-
    cinatoria»: Un único ejemplo aclarará esta nues-
    tra afirmación.

    Una muchacha ha ofrendado á un hombre su pri-
    mera inclinación amorosa y cree firmemente, ser co-
    rrespondida, en lo cual se equivoca, pues si el joven
    frecuenta su casa es por un distinto motivo. Pronto
    comienza á sufrir desilusiones. Al principio, se defien-
    de de ellas convirtiendo histéricamente la experiencia
    dolorosa y conserva así su fe en que el amado vol-
    verá un día y pedirá su mano. Pero á consecuencia de
    una conversión imperfecta y de constantes impresio-
    nes penosas, se siente desgraciada y enferma. Su es-
    peranza se concentra, por último, en un determinado
    día, en el que se celebra en su casa, una fiesta familiar.
    Mas el día transcurre sin que el joven acuda. Pasados
    todos los trenes en los que podía llegar, cae la sujeto
    en una locura alucinatoria: Su amor ha llegado, oye su
    voz en el jardín y baja á recibirle. A partir de este mo-
    mento, vive por espacio de dos meses, en un dichoso
    sueño: el joven está siempre á sulado, no la abandona
    un instante y todo ha vuelto á ser como antes (como
    en la época anterior á las desilusiones tan trabajosa-
    mente rechazadas). La histeria y la depresión de áni-
    mo han quedado vencidas. Durante toda la enferme-
    dad no habla la sujeto para nada de la última época

  • S.

    131

    de dudas y sufrimiento. Es feliz mientras se la deja
    tranquila, y sólo se exalta cuando alguna medida de
    sus familiares la impide realizar alguna lógica conse-
    cuencia de su dichoso ensueño. Esta psicosis, incom-
    prensible en su tiempo, queda explicada diez años más
    tarde en un análisis hipnótico.

    El hecho sobre el que yo quiero llamar la atención,
    es el de que el contenido de una tal psicosis alucina-
    toria consiste precisamente en la acentuación de la re-
    presentación amenazada por el motivo de la enferme-
    dad. Puede, por lo tanto, decirse, que el Yo ha recha-
    zado la representación intolerable, por medio de la huí-
    da a la psicosis. El proceso que lleva a este resultado
    escapa tanto a la auto-percepción del sujeto como al
    análisis psicológico-clínico. Debe ser considerado
    como la expresión de una elevada disposición pato-
    lógica y puede, quizá, describirse, como sigue: El Yo se
    separa de la representación intolerable, pero ésta se
    halla inseparablemente unida a un trozo de la realidad,
    y al desligarse de ella el Yo, se desliga también, total
    o parcialmente, de la realidad. Esto último es, a mi
    juicio, la condición para reconocer a las propias re-
    presentaciones, vida alucinatoria, y con ello cae el su-
    jeto, una vez alcanzada la repulsa de la representaçión
    intolerable, en la locura alucinatoria.

    No dispongo sino de muy pocos análisis de psico-
    sis de este género, pero creo ha de tratarse de un tipo
    muy frecuentemente utilizado, de enfermedad psíquica,
    pues en ningún manicomio faltan los casos, análoga-
    mente interpretables, de la madre que, enajenada por
    la muerte de su hijo, mece incansablemente en sus bra-
    zos, un trozo de madera, o de la novia despreciada,
    que todos los días espera, durante años y años, la lle-
    gada de su novio, y se compone para recibirle.

  • S.

    132

    No es quizá superfluo acentuar, que las tres formas
    de la defensa aquí descritas, y con ellas las tres for-
    mas de enfermedad a las que la defensa lleva, pueden
    presentarse reunidas en una misma persona. La apa-
    rición simultánea de fobias y síntomas histéricos, tan
    frecuentemente observada en la práctica, es uno de los
    factores que dificultan la separación de la histeria, de
    las demás neurosis, y obligan a establecer las «neu-
    rosis mixtas». La locura alucinatoria no es con fre-
    cuencia, compatible con la perduración de la histeria,
    ni por lo regular, con la de las representaciones obse-
    sivas. En cambio, no es nada raro que una psicosis
    de defensa irrumpa episódicamente en el curso de una
    neurosis histérica o mixta.

    Recordaré, por último, con pocas palabras, la idea
    auxiliar de la cual me he servido en esta descripción
    de la neurosis de defensa. Tal idea es la de que en
    las funciones psíquicas, debe distinguirse algo (mon-
    tante del afecto, magnitud de la excitación) que tiene
    todas las propiedades de una cantidad–aunque no
    poseamos medio alguno de medirlo–, algo suscepti-
    ble de aumento, disminución, desplazamiento y des-
    carga, que se extiende por las huellas mnémicas de
    las representaciones como una carga eléctrica por las
    superficies de los cuerpos.

    Esta hipótesis, en la que se basa ya nuestra teoría
    de la «derivación por reacción», puede utilizarse en el
    mismo sentido que los físicos utilizan la de la corrien-
    te del fluido eléctrico. De todos modos, queda por lo
    pronto, justificada, por su utilidad para la síntesis y la
    explicación de muy diversos estados psíquicos.

  • S.

    133

    Sobre la justificación de separar, de la
    neurastenia, un cierto complejo de sínto-
    mas, a título de «neurosis de angustia».

    Mientras se continúe dando a la palabra «neuras-
    nia» todos los significados en los que Beard hubo de
    emplearla será difícil decir nada generalmente válido
    sobre la enfermedad a la que califica. A mi juicio, ha
    de ser muy ventajoso, para la neuropatología, intentar
    separar de la neurastenia propiamente dicha, todas
    aquellas perturbaciones neuróticas cuyos síntomas se
    hallan más firmemente enlazados entre sí que con los
    síntomas neurasténicos típicos, y aquellas otras que en
    su etiología y en su mecanismo, difieren esencialmen-
    te de la neurosis neurasténica típica.

    Esta labor clasificadora nos proporcionará pronto
    una imagen relativamente uniforme de la neurastenia,
    y habrá de permitirnos distinguir de la neurastenia au-
    téntica, con mayor precisión que hasta ahora, diver-
    sas seudoneurastenias, tales como el cuadro clínico
    de la neurosis refleja nasal, orgánicamente provoca-
    da, las perturbaciones nerviosas de las caquexias y de
    la arterioesclerosis y los estadios iniciales de la pará-
    lisis progresiva y de algunas psicosis. Además, se
    hará posible separar—siguiendo la propuesta de Moe-
    bius—algunos estados nerviosos de los degenerados
    hereditarios y se encontrarán razones para adscribir
    más bien a la melancolía, algunas neurosis de natura-
    leza intermitente o periódica, a las que hoy se da el
    nombre de neurastenia. Pero el paso decisivo consis-
    te en separar de la neurastenia, un cierto complejo de

  • S.

    134

    síntomas, que á continuación describiremos y que lle-
    na muy cumplidamente las condiciones antes detalla-
    das. Los síntomas de este complejo, se muestran, clí-
    nicamente, mucho más próximos unos á otros, que á
    los neurasténicos (esto es, aparecen, con frecuencia,
    juntos y se representan unos á otros en el curso de la
    enfermedad) y tanto la etiología como el mecanismo
    de la neurosis á la que corresponden son fundamen-
    talmente distintos de los propios de la neurastenia au-
    téntica, tal y como ésta queda después de efectuar la
    indicada separación.

    Damos á este complejo de síntomas el nombre de
    «neurosis de angustia», por la circunstancia de que
    todos sus componentes pueden ser agrupados en tor-
    no de uno, principal, que es la angustia. En un princi-
    pio, creímos original esta nuestra interpretación de los
    síntomas de la neurosis de angustia, pero un día cayó
    en nuestras manos una interesante conferencia de Hec-
    ker en la que hallamos desarrollada clara y cumplida-
    mente, igual teoría 1). Sin embargo, Hecker no sepa-
    ra de la neurosis, como yo me propongo hacerlo, los
    síntomas en los que reconoce equivalentes ó rudimen-
    tos del ataque de angustia, sin duda por no haberse
    dado cuenta de la diferencia etiológica existente. El
    conocimiento de esta diferencia nos deja en libertad
    para dar á los síntomas de la neurosis de angustia un
    calificativo distinto del de neurasténicos, haciéndose-
    nos, así, más fácil, establecer afirmaciones generales.

    1)E. Hecker: «Ueber larvierte und abortive Angstzustaende
    bei Neurasthenie». Zentralblatt fuer Nervenheilkunde, Dezem-
    ber 1893.–En su estudio «Der neurasthenische Angstaffekt bei
    Zwangvorstellungen und der primordiale Gruebelzwang», Wien
    1893, considera Kaan la angustia como uno de los síntomas
    principales de la neurastenia.