La »fausse reconnaisance« (»déjà raconté«) durante el análisis 1914-001/1930.es

Freud, Sigmund (1914-001/1930.es): La »fausse reconnaisance« (»déjà raconté«) durante el análisis

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    La «fausse reconnaissance» («déjà raconté»)
    durante el análisis

    1914

    Sucede con frecuencia, durante el análisis, que al ter-
    minar de relatar el paciente algún recuerdo, añade: «Pero
    esto ya se lo he contado a usted otra vez», mientras que
    por nuestra parte, estamos seguros de acabárselo de oir
    por vez primera. Si así lo hacemos saber al paciente, in-
    sistirá repetidamente y con toda energía en su afirmación,
    declarándose dispuesto a jurarlo, etc. Pero con tales ase-
    veraciones no hace sino confirmar nuestra convicción so-
    bre la novedad de lo oído. Sería totalmente antipsicológico
    querer decidir una tal discusión insistiendo con mayor
    fuerza en nuestra seguridad e imponiendo nuestro conven-
    cimiento. Sabemos que este sentimiento de confianza en
    la fidelidad de la memoria carece de todo valor objetivo, y
    como necesariamente ha de estar equivocado uno de los
    dos, la paramnesia puede corresponder tanto al médico
    como al analizado. Después de reconocerlo así ante el pa-
    ciente, interrumpimos la discusión y dejamos su decisión
    para más adelante.

    En algunos, muy pocos casos, recordamos luego haber
    oído ya, en efecto, al enfermo, el discutido relato y encon-
    tramos en el acto el motivo subjetivo, a veces muy lejano,
    que ha provocado el olvido temporal. Mas, por lo general,
    el equivocado es el paciente y no nos es difícil llevarle a
    reconocer su error. La explicación de este fenómeno pa-
     


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    rece ser la de que el sujeto tuvo realmente alguna vez la
    intención de contarnos aquello, e incluso se dispuso a ini-
    ciar en una ocasión o quizá en varias, su relato, pero no
    llegó a cumplir nunca su propósito, por impedírselo una
    resistencia, y ahora confunde el recuerdo del propósito
    con el de su realización.

    Dejando a un lado todos aquellos casos en los que pue-
    de caber alguna duda, haremos resaltar otros que entrañan
    un singular interés teórico. Con algunos sujetos, compro-
    bamos repetidamente que la afirmación de haber contado
    ya algo surge precisamente con especial tenacidad en oca-
    siones en las que es absolutamente imposible que estén en
    lo cierto. Lo que en estos casos suponen haber contado ya
    y reconocen ahora como algo pasado, que el médico debía
    de saber tan bien como ellos, resultan ser recuerdos muy
    valiosos para el análisis, confirmaciones esperadas hace
    mucho tiempo o soluciones que ponen un término a una
    parte del análisis y a las que el médico hubiera enlazado
    seguramente penetrantes explicaciones. Ante estas cir-
    cunstancias, el paciente concede pronto que su recuerdo
    debe de haberle engañado, aunque no logra explicarse la
    clara precisión del mismo.

    El fenómeno que en estos casos nos ofrece el paciente
    merece el nombre de «fausse reconnaissance» y es total-
    mente análogo a aquellos otros en los que experimenta-
    mos espontáneamente la sensación de habernos encontra-
    do ya en aquella misma situación, de haber vivido ya otra
    vez aquello (el fenómeno de «déjà vu»), sin que nos sea
    nunca posible confirmar nuestro convencimiento hallando
    en nuestra memoria la huella mnémica de aquella vez an-
    terior. Como es sabido, este fenómeno ha producido una
    multitud de tentativas de explicación, que podemos reunir
    en dos grupos 1). En el primero, se da crédito a la sensa-
    ción

    1)Cf. Ellis, World of dreams, 1911.


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    ción contenida en el fenómeno y se acepta que se trata
    realmente de un recuerdo; la cuestión estaría en averiguar
    de qué. En el segundo, mucho más nutrido, hallamos
    aquellas explicaciones en las cuales se supone, más bien,
    una ilusión de la memoria y a las cuales se plantea, por lo
    tanto, la labor de investigar cómo puede producirse un tal
    fallo paramnésico de la función. Por lo demás, estas tenta-
    tivas abarcan un amplio círculo de motivos, comenzando
    por la antiquísima teoría, atribuída a Pitágoras, de que el
    fenómeno de «déjà vu» contiene la prueba de una existen-
    cia individual anterior, siguiendo con la hipótesis anatómi-
    ca de que el fenómeno depende de una disociación tempo-
    ral de la actividad de los dos hemisferios del cerebro
    (Wigan 1860) y culminando en las teorías puramente psi-
    cológicas de la mayoría de los autores modernos, que ven
    en el «déjà vu» una manifestación de una debilidad de la
    apercepción y lo atribuyen a la fatiga, al agotamiento o a
    la distracción.

    En 1904, ha dado Grasset 1) al fenómeno de «déjà vu»
    una explicación que ha de contarse entre las del primer
    grupo. A su juicio, el fenómeno indica que el sujeto hizo
    anteriormente alguna vez, una percepción incons-
    ciente que sólo ahora ha llegado a la conciencia bajo
    la impresión de una nueva percepción análoga. Varios
    otros autores han aceptado esta explicación de Grasset y
    han señalado, como base del fenómeno, el recuerdo de un
    sueño olvidado. En ambos casos se trataría de la revivis-
    cencia de una impresión inconsciente.

    En la segunda edición de mi «Psicopatología de la vida
    cotidiana» (1907), incluí yo, sin conocer el trabajo de
    Grasset, o en todo caso, sin mencionarlo, una idéntica
    explicación de la supuesta paramnesia. Para mi disculpa,
     

    1)La sensation du «déjà vu». (Journal de psychologie norm. et
    pathol. I, 1904).

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    he de alegar, que mi teoría constituía el resultado de la
    investigación psicoanalítica de un caso de «déjà vu» expe-
    rimentado veintiocho atrás por una paciente mía. De esta
    investigación resultó que la situación en la que surgió el
    fenómeno era realmente muy adecuada para despertar el
    recuerdo de un suceso vivido anteriormente por la anali-
    zada. En la familia a la cual fué a visitar por entonces, te-
    niendo doce años, había un hermano enfermo de muerte, y
    su propio hermano se había hallado pocos meses antes en
    igual peligro. Pero a este elemento común se enlazó en
    esta segunda situación una fantasía incapaz de conciencia
    –el deseo de que su hermano muriese– y por esta razón
    no podía hacerse consciente la analogía entre ambas. La
    sensación de dicha analogía quedó sustituída por el fenó-
    meno de haber vivido ya aquello, desplazándose la iden-
    tidad, desde el elemento común, sobre la localidad.

    Como es sabido, el nombre de «déjà vu» comprende
    toda una serie de fenómenos análogos: el «déjà entendu»,
    el «déjà éprouvé» y el «déjà sentí», etc. El caso que a
    continuación reproducimos, constituye un «déjà raconté»,
    que se derivaría, por lo tanto, de un propósito inconscien-
    te, no realizado.

    Un paciente relata en el curso de sus asociaciones:
    «Tenía por entonces cinco años, y jugando con un cuchillo
    en el jardín, me rebané el dedo meñique–bueno, creí que
    me lo había rebanado… Pero esto ya se lo he contado a
    usted otra vez».

    Afirmo al paciente que no recuerdo haberle oído nada
    semejante. Insiste, cada vez más convencido, alegando
    estar plenamente seguro de no equivocarse. Por último,
    pongo fin a la discusión en la forma antes indicada y le
    pido que, de todos modos, me repita la historia. Ya vería-
    mos después.

    «Teniendo cinco años, estaba un día en el jardín, con
    mi niñera, y jugaba con una navajita, clavándola en la cor-

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    teza de uno de aquellos nogales que desempeñan también
    un papel en mi sueño. De repente, advertí con espanto
    indecible, que me había cortado de tal manera el dedo me-
    ñique (¿el derecho o el izquierdo?), que sólo permanecía
    unido a la mano por un trozo de piel. No sentía dolor nin-
    guno, pero sí mucho miedo. Sin atreverme a decir nada a
    la niñera, sentada a poca distancia de mí, me desplomé
    sobre un banco y permanecí allí, incapaz de mirarme si-
    quiera el dedo. Por fin, al cabo de un rato, me serené, me
    miré la mano y comprobé, con asombro, que no me había
    hecho herida ninguna.»

    Una vez terminado su relato, el paciente reconoció ya
    que no podía haberme contado antes aquella visión o alu-
    cinación. Comprendía muy bien, que, por mi parte, no ha-
    bría podido dejar pasar sin aprovecharla una tal prueba de
    la existencia del miedo a la castración.

    Con esto quedó vencida su resistencia contra la acep-
    tación del complejo de castración, pero preguntó: ¿Por
    qué he creído tan seguramente haberle contado ya este
    recuerdo?

    Luego recordamos ambos, que en diversas ocasiones,
    pero siempre sin provecho alguno, había relatado los si-
    guientes pequeños recuerdos:

    «Cuando mi tío salió de viaje, nos preguntó a mi her-
    mana y a mí, qué queríamos que nos trajese. Mi hermana
    le pidió un libro y yo una navajita». Ahora reconocimos
    en esta ocurrencia, surgida meses antes, un recuerdo en-
    cubridor del recuerdo reprimido y una agregación al relato
    de la supuesta pérdida del dedo meñique (un indudable
    equivalente del pene), relato retenido por el influjo de la
    resistencia. La navaja que aparecía en el relato por tanto
    tiempo retenido era la que su tío le había traído realmente
    de su viaje.

    Creo inútil añadir nada más a la interpretación de este
    pequeño suceso por lo que se refiere a su aclaración del

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    fenómeno de «fausse reconnaissance». Con respecto al
    contenido de la visión del paciente, he de observar que
    semejantes ilusiones alucinatorias no son nada raras en
    conexión con el complejo de la castración, pudiendo ser
    vir también para la corrección de percepciones indesea-
    das.

    En 1911, una persona de formación universitaria, a la
    que no conozco y cuya edad no puedo indicar, me escribió
    desde una ciudad alemana, poniendo a mi disposición el
    siguiente recuerdo infantil:

    «Al leer su ensayo titulado «Un recuerdo infantil de
    Leonardo de Vinci», las afirmaciones contenidas en las pá-
    ginas 29 a 31, despertaron en mí, intensa oposición. Su
    observación de que el niño se halla dominado por el inte-
    rés hacia sus propios genitales, me hizo pensar que de
    tratarse de una ley general, era yo, en todo caso, una ex-
    cepción. Las líneas siguientes, página 31 hasta el princi-
    pio de la 32, me llenaron luego de asombro, de aquel
    asombro que se apodera de nosotros cuando se nos da a
    conocer algo completamente nuevo. Pero en medio de mi
    asombro, acudió a mí un recuerdo que me demostró–para
    mi mayor sorpresa–que todo aquello no debía cogerme
    realmente tan de nuevas. En efecto, durante la época en
    que me hallaba entregado de lleno a la «investigación
    sexual infantil», tuve ocasión de contemplar los genitales
    de una de mis compañeras de juego y vi en ellos,
    claramente, un pene semejante al mío.
    Poco después, la contemplación de las estatuas y las pin-
    turas de desnudo me sumió de nuevo en confusiones, y
    para escapar a esta discordia «científica», imaginé el si-
    guiente experimento: Apretando los muslos uno contra
    otro, sujetaba entre ellos mis genitales, haciéndolos des
    aparecer, y comprobaba entonces, con satisfacción, que
    de aquel modo se borraba toda diferencia entre mi propio
    desnudo y los desnudos femeninos. Así, pues, concluí que

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    en estos últimos se hacía desaparecer, por medio de igual
    procedimiento, el órgano genital.

    En este punto, acude a mí otro recuerdo que siempre
    ha tenido para mí gran importancia, por ser uno de los tres
    únicos que constituyen mi recuerdo total de mi madre,
    tempranamente fallecida. Mi madre está de pie delante del
    fregadero y lava en él unos vasos y otros cacharros, mien-
    tras yo juego en el mismo cuarto y cometo alguna trave-
    sura. En castigo, mi madre me propina unos cuantos pal-
    metazos, y de pronto, veo, con horror, que se me des-
    prende el dedo meñique y cae precisamente en el cubo.
    Como sé que mi madre está enfadada, no me atrevo a de-
    cirle nada y presencio con espanto cómo la criada se lleva,
    a poco, el cubo. Durante mucho tiempo, tuve el convenci-
    miento de haber perdido un dedo, probablemente hasta la
    época en que aprendí a contar.

    He intentado muchas veces interpretar este recuerdo,
    de gran importancia para mí, por su relación con mi ma-
    dre, pero ninguna de mis interpretaciones ha llegado a sa-
    tisfacerme. Sólo ahora, después de la lectura de su traba-
    jo, vislumbro una solución sencilla y satisfactoria del
    enigma.»

    Al final del tratamiento y para satisfacción del médico,
    surge frecuentemente otra forma de «fausse reconnais-
    sance». Una vez que se logra la aceptación del suceso re-
    primido, de naturaleza real o psíquica, contra todas las
    resistencias, rehabilitándolo, así, en cierto modo, suele ex-
    clamar el paciente: Ahora tengo la sensación
    de haberlo sabido siempre. Con esto queda
    cumplida la labor psicoanalítica.