Los instintos y sus destinos 1915-003/1924.es

Freud, Sigmund (1915-003/1924.es): Los instintos y sus destinos

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    Los instintos y sus destinos.

    Hemos oído expresar más de una vez, la opinión de
    que una ciencia debe hallarse edificada sobre conceptos
    fundamentales, claros y precisamente definidos. En reali-
    dad, ninguna ciencia, ni aun la más exacta, comienza por
    tales definiciones. El verdadero principio de la actividad
    científica consiste más bien, en la descripción de fenóme-
    nos, que luego son agrupados, ordenados y relacionados
    entre sí. Ya en esta descripción se hace inevitable aplicar
    al material determinadas ideas abstractas, extraídas de
    diversos sectores y, desde luego, no únicamente de la
    observación del nuevo conjunto de fenómenos descrito.
    Más imprescindibles aún resultan tales ideas – los ulte-
    riores principios fundamentales de la ciencia – en la sub-
    siguiente elaboración de la materia. Al principio, han de
    presentar un cierto grado de indeterminación y es imposi-
    ble hablar de una clara delimitación de su contenido.
    Mientras permanecen en este estado, nos concertamos
    sobre su significación por medio de repetidas referencias
    al material del que parecen derivadas, pero que en reali-
    dad, les es subordinado. Presentan, pues, estrictamente
    consideradas, el carácter de convenciones, circunstancia
    en la que todo depende de que no sean elegidas arbitra-
    riamente sino que se hallen determinadas por importantes
    relaciones con la materia empírica, relaciones que cree-
    mos adivinar antes de hacérsenos asequibles su conoci-
    miento y demostración. Sólo después de una más profun-
    da

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    da investigación del campo de fenómenos de que se-
    tra
    te, resulta posible precisar más sus conceptos fundamen-
    tales científicos y modificarlos progresivamente de
    manera a extender en gran medida su esfera de aplica-
    ción, haciéndolos así irrebatibles. Este podrá ser el mo-
    mento de concretarlos en definiciones. Pero el progreso
    del conocimiento no tolera tampoco la inalterabilidad de
    las definiciones. Como nos lo evidencia el ejemplo de la
    Física, también los «conceptos fundamentales» fijados en
    definiciones experimentan una perpetua modificación de
    contenido.

    Un semejante principio básico convencional, todavía
    algo obscuro, pero del que no podemos prescindir en
    Psicología, es el del instinto. Intentaremos esta-
    blecer su significación, aportándole contenido desde di-
    versos sectores.

    En primer lugar, desde el campo de la Fisiología.
    Esta ciencia nos ha dado el concepto del estímulo y
    el esquema de reflejos, concepto según el cual, un es-
    tímulo aportado desde el exterior al tejido vivo (de
    la substancia nerviosa) es derivado hacia el exte-
    rior, por medio de la acción. Esta acción logra su fin
    sustrayendo la substancia estimulada a la influencia
    del estímulo, alejándola de la esfera de actuación del
    mismo.

    ¿Cuál es, ahora, la relación del «instinto» con el «estí-
    mulo»? Nada nos impide subordinar el concepto de ins-
    tinto al del estímulo. El instinto sería entonces, un estí-
    mulo para lo psíquico. Mas en seguida advertimos la im-
    procedencia de equiparar el instinto al estímulo psíquico.
    Para lo psíquico existen evidentemente otros estímulos
    distintos de los instintivos y que se comportan más bien
    de un modo análogo a los fisiológicos. Así, cuando la
    retina es herida por una intensa luz, no nos hallamos ante
    un estímulo instintivo. Sí, en cambio, cuando se hace

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    perceptible la sequedad de las mucosas bucales o la irri-
    tación de las del estómago 1).

    Tenemos ya material bastante para distinguir los es-
    tímulos instintivos de otros (fisiológicos) que actúan so-
    bre lo anímico. En primer lugar, los estímulos instintivos
    no proceden del mundo exterior sino del interior del or-
    ganismo. Por esta razón, actúan diferentemente sobre lo
    anímico y exigen, para su supresión, distintos actos.
    Pero además, para dejar fijadas las características esen-
    ciales del estímulo, basta con admitir que actúa como un
    impulso único, pudiendo ser, por lo tanto, suprimido me-
    diante un único acto adecuado, cuyo tipo será la fuga
    motora ante la fuente de la cual emana. Naturalmente,
    pueden tales impulsos repetirse y sumarse, pero esto no
    modifica en nada la interpretación del proceso ni las con-
    diciones de la supresión del estímulo. El instinto, en cam-
    bio, no actúa nunca como una fuente impulsiva
    momentánea sino siempre como una fuerza cons-
    tante. No procediendo del mundo exterior sino del in-
    terior del cuerpo, la fuga es ineficaz contra él. Al estímu-
    lo instintivo lo denominaremos mejor «necesidad»
    y lo que suprime esta necesidad es la «satisfac-
    ción». Esta puede ser alcanzada únicamente por una
    transformación adecuada de la fuente de estímulo in-
    terna.

    Coloquémonos ahora en la situación de un ser vi-
    viente, desprovisto casi en absoluto de medios de defen-
    sa y no orientado aún en el mundo, que recibe estímulos
    en su substancia nerviosa. Este ser llegará muy pronto
    a realizar una primera diferenciación y a adquirir una
    primera orientación. Por un lado, percibirá estímulos a
    los que le es posible substraerse mediante una acción


    1)Suponiendo, siempre, que estos procesos internos son los
    fundamentos orgánicos de las necesidades sed y hambre.

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    muscular (fuga) y atribuirá estos estímulos al mundo ex-
    terior. Pero también percibirá otros, contra los cuales re-
    sulta ineficaz una tal acción y que conservan, a pesar de
    la misma, su carácter constantemente apremiante. Estos
    últimos constituirán un signo característico del mundo in-
    terior y una demostración de la existencia de necesida-
    des instintivas. La substancia perceptora del ser viviente
    hallará así, en la eficacia de su actividad muscular, un
    punto de apoyo para distinguir un «exterior» de un «in-
    terior».

    Encontramos, pues, la esencia del instinto, primera-
    mente en sus caracteres principales, su origen de fuen-
    tes de estímulo situadas en el interior del organismo y
    su aparición como fuerza constante, y derivamos de ella
    otra de sus cualidades, la ineficacia de la fuga para su su-
    presión. Pero durante estas reflexiones, hubimos de des-
    cubrir algo que nos fuerza a una nueva confesión. No
    sólo aplicamos a nuestro material determinadas conven-
    ciones, como conceptos fundamentales, sino que nos ser-
    vimos, además, de algunas complicadas hipótesis
    para guiarnos en la elaboración del mundo de fenómenos
    psicológicos. Ya hemos delineado antes en términos ge-
    nerales, la más importante de estas hipótesis; quédanos
    tan sólo hacerla resaltar expresamente. Es de naturaleza
    biológica, labora con el concepto de la tendencia
    (eventualmente con el de la adecuación) y su contenido
    es como sigue: El sistema nervioso es un aparato al que
    compete la función de suprimir los estímulos que hasta
    él llegan o reducirlos a su mínimo nivel, y que si ello
    fuera posible, quisiera mantenerse libre de todo estímulo.
    Admitiendo interinamente esta idea, sin parar mientes en
    su indeterminación, atribuiremos en general, al sistema
    nervioso, la labor del vencimiento de los es-
    tímulos. Vemos entonces, cuánto complica el senci-
    llo esquema fisiológico de reflejos la introducción de los

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    Metapsicología

    instintos. Los estímulos exteriores no plantean más pro-
    blema que el de sustraerse a ellos, cosa que sucede por
    medio de movimientos musculares, uno de los cuales
    acaba por alcanzar tal fin y se convierte entonces, como
    el más adecuado, en disposición hereditaria. En cambio,
    los estímulos instintivos nacidos en el interior del soma
    no pueden ser suprimidos por medio de este mecanismo.
    Plantean, pues, exigencias mucho más elevadas al siste-
    ma nervioso, le inducen a complicadísimas actividades,
    íntimamente relacionadas entre sí, que modifican amplia-
    mente el mundo exterior hasta hacerle ofrecer la satisfac-
    ción a la fuente de estímulo interna, y manteniendo una
    inevitable aportación continua de estímulos, le fuerzan a
    renunciar a su propósito ideal de conservarse alejado de
    ellos. Podemos, pues, concluir, que los instintos y no los
    estímulos externos son los verdaderos motores de los
    progresos que han llevado a su actual desarrollo al sis-
    tema nervioso, tan inagotablemente capaz de rendimien-
    to. Nada se opone a la hipótesis de que los instintos mis-
    mos son, por lo menos en parte, residuos de efectos es-
    timulantes externos, que en el curso de la filogénesis, ac-
    tuaron modificativamente sobre la substancia viva.

    Cuando después hallamos que toda actividad, incluso
    la del aparato anímico más desarrollado, se encuentra
    sometida al principio del placer, o sea, que es regu-
    lada automáticamente por sensaciones de la serie «pla-
    cer-displacer», nos resulta ya difícil rechazar la hipótesis
    inmediata de que estas sensaciones reproducen la forma
    en la que se desarrolla el vencimiento de los estímulos, y
    seguramente en el sentido de que la sensación de displa-
    cer se halla relacionada con un incremento del estímulo
    y la de placer con una disminución del mismo. Manten-
    dremos la amplia indeterminación de esta hipótesis hasta
    que consigamos adivinar la naturaleza de la relación en
    tre la serie «placer-displacer» y las oscilaciones de las

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    magnitudes de estímulo que actúan sobre la vida aními-
    ca. Desde luego, han de ser posibles muy diversas y
    complicadas relaciones de este género.

    Si consideramos la vida anímica desde el punto de
    vista biológico, se nos muestra el «instinto» como un
    concepto límite entre lo anímico y lo somático, como un
    representante psíquico de los estímulos procedentes del
    interior del cuerpo, que arriban al alma, y como una
    magnitud de la exigencia de trabajo impuesta a lo aní-
    mico a consecuencia de su conexión con lo somático.

    Podemos discutir ahora algunos términos empleados
    en relación con el concepto de instinto, tales como pe-
    rentoriedad, fin, objeto y fuente del instinto.

    Por perentoriedad de un instinto se entiende
    su factor motor, esto es, la suma de fuerza o la cantidad
    de exigencia de trabajo que representa. Este carácter pe-
    rentorio es una cualidad general de los instintos, e inclu-
    so constituye la esencia de los mismos. Cada instinto es
    una magnitud de actividad, y al hablar, negligentemente,
    de instintos pasivos, se alude tan sólo a instintos de fin
    pasivo.

    El fin de un instinto es siempre la satisfacción, que
    sólo puede ser alcanzada por la supresión del estado de
    excitación de la fuente del instinto. Pero aun cuando el
    fin último de todo instinto es invariable, puede haber di-
    versos caminos que conduzcan a él, de manera, que para
    cada instinto, pueden existir diferentes fines próximos
    susceptibles de ser combinados o sustituidos entre sí. La
    experiencia nos permite hablar también de instintos
    «coartados en su fin», esto es, de procesos a
    los que se permite avanzar un cierto espacio hacia la sa-
    tisfacción del instinto, pero que experimentan luego una
    inhibición o una desviación. Hemos de admitir, que tam-
    bién con tales procesos se halla enlazada una satisfac-
    ción parcial.

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    METAPSICOLOGÍA

    El objeto del instinto es aquel en el cual, o por
    medio del cual, puede el instinto alcanzar su satisfacción.
    Es lo más variable del instinto, no se halla enlazado a
    a él originariamente, sino subordinado a él a consecuen-
    cia de su adecuación al logro de la satisfacción. No es
    necesariamente algo exterior al sujeto sino que puede ser
    una parte cualquiera de su propio cuerpo y es suscepti-
    ble de ser sustituído indefinidamente por otro, durante la
    vida del instinto. Este desplazamiento del instinto des-
    empeña importantísimas funciones. Puede presentarse el
    caso de que el mismo objeto sirva simultáneamente a la
    satisfacción de varios instintos (el caso de la trabazón
    de los instintos, según Alfredo Adler). Cuando
    un instinto aparece ligado de un modo especialmente ín-
    timo y estrecho al objeto, hablamos de una fijación
    de dicho instinto. Esta fijación tiene efecto con gran fre-
    cuencia, en períodos muy tempranos del desarrollo de
    los instintos y pone fin a la movilidad del instinto de que
    se trate, oponiéndose intensamente a su separación del
    objeto.

    Por fuente del instinto se entiende aquel proceso
    somático que se desarrolla en un órgano o una parte del
    cuerpo y es representado en la vida anímica por el ins-
    tinto. Se ignora si este proceso es regularmente de natu-
    raleza química o puede corresponder también al desarro-
    llo de otras fuerzas, por ejemplo, de fuerzas mecánicas.
    El estudio de las fuentes del instinto no corresponde ya
    a la psicología. Aunque el hecho de nacer de fuentes so-
    máticas sea en realidad lo decisivo para el instinto, éste
    no se nos da a conocer en la vida anímica sino por sus
    fines. Para la investigación psicológica no es absoluta-
    mente indispensable un más preciso conocimiento de las
    fuentes del instinto y muchas veces pueden ser deduci-
    das éstas del examen de los fines del instinto.

    ¿Habremos de suponer que los diversos instintos pro-
     


     

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    cedentes de lo somático y que actúan sobre lo psíquico se
    hallan también caracterizados por cualidades diferentes
    y actúan por esta causa, de un modo cualitativamente
    distinto, en la vida anímica? A nuestro juicio, no. Bas-
    tará, más bien, admitir, simplemente, que todos los ins-
    tintos son cualitativamente iguales y que su efecto no de-
    pende sino de las magnitudes de excitación que llevan
    consigo y quizá de ciertas funciones de esta cantidad.
    Las diferencias que presentan las funciones psíquicas de
    los diversos instintos, pueden atribuirse a la diversidad
    de las fuentes de estos últimos. Más adelante, y en una
    distinta relación, llegaremos, de todos modos, a aclarar
    lo que el problema de la cualidad de los instintos sig-
    nifica.

    ¿Cuántos y cuáles instintos habremos de contar?
    Queda abierto aquí un amplio margen a la arbitrariedad,
    pues nada podemos objetar a aquellos que hacen uso de
    los conceptos de instinto de juego, de destrucción o de
    sociabilidad cuando la materia lo demanda y lo permite
    la limitación del análisis psicológico. Sin embargo, no
    deberá perderse de vista la posibilidad de que estos mo-
    tivos de instinto, tan especializados, sean susceptibles de
    una mayor descomposición en lo que a las fuentes del
    instinto se refiere, resultando, así, que sólo los instintos
    primitivos e irreductibles podrían aspirar a una signi-
    ficación.

    Por nuestra parte, hemos propuesto distinguir dos
    grupos de estos instintos primitivos—el de los instin-
    tos del Yo o instintos de conserva-
    ción y el de los instintos sexuales. Esta
    división no constituye una hipótesis necesaria, como la
    lógica del aparato anímico. No es sino una construcción
    auxiliar, que sólo mantendremos mientras nos sea útil y
    cuya sustitución por otra no puede modificar sino muy

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    METAPSICOLOGÍA

    poco, los resultados de nuestra labor descrip-
    tiva y orde-
    nadora. La ocasión de establecerla ha surgido en el
    curso evolutivo de la psicoanáli-
    sis, cuyo primer objeto
    fueron las psiconeu-
    rosis, o más precisamente, aquel
    grupo de psiconeu-
    rosis a las que damos el nombre de
    «neurosis de transfe-
    rencia» (la histeria y la neurosis
    obsesiva), estudio que nos llevó al conoci-
    miento de que
    en la raíz de cada una de tales afec-
    ciones, existía un con-
    flicto entre las aspiraciones de la sexualidad y las del Yo.
    Es muy posible que un más penetrante-
    análisis de las
    restantes afecciones neuróticas (y ante todo de las psico-
    neurosis narcisistas, o sea de las esquizo-
    frenias), nos im-
    ponga una modificación de esta fórmula y con ella, una
    distinta-
    agrupación de los instintos primitivos. Mas, por
    ahora, no conocemos tal nueva fórmula ni hemos halla-
    do
    ningún argumento desfavorable a la oposición de instin-
    tos del Yo e instintos sexuales.

    Dudo mucho que la elaboración del material psicoló-
    gico pueda proporcionarnos datos decisivos para la di-
    ferenciación y clasificación de los instintos. A los fines
    de esta elaboración, parece más bien necesa-
    rio, aplicar
    al material, determinadas hipótesis sobre la vida instinti-
    va, y sería deseable, que tales hipótesis pudieran-
    ser to-
    madas de un sector diferente y transfe-
    ridas luego al de
    la psicología. Aquello que en esta cuestión, nos suminis-
    tra la biología no se opone ciertamente a la diferen-
    cia-
    ción de instintos del Yo e instintos sexuales. La biología
    enseña que la sexualidad no puede equipa-
    rarse a las de-
    más funciones del individuo, dado que sus tendencias
    van más allá del mismo y aspiran a la produc-
    ción de
    nuevos individuos, o sea a la conserva-
    ción de la es-
    pecie.

    Nos muestra, además, como igualmente justifica-
    das,
    dos distintas concep-
    ciones de la relación entre el Yo y la
    sexualidad: una para la cual es el individuo lo principal,

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    la sexualidad una de sus actividades y la satisfacción se-
    xual una de sus necesidades; y otra, que considera al in-
    dividuo como un accesorio temporal y pasajero del plas-
    ma germinativo casi inmortal, que le fué confiado por la
    generación. La hipótesis de que la función sexual se dis-
    tingue de las demás por un quimismo especial, aparece
    también integrada, según creo, en la investigación bioló-
    gica de Ehrlich.

    Dado que el estudio de la vida instintiva desde la con-
    ciencia presenta dificultades casi insuperables, continúa
    siendo la investigación psicoanalítica de las perturbacio-
    nes anímicas, la fuente principal de nuestro conocimien-
    to. Pero, correlativamente al curso de su desarrollo, no
    nos ha suministrado, hasta ahora, la psicoanálisis, datos
    satisfactorios más que sobre los instintos sexuales, por
    ser éste el único grupo de instintos que le ha sido posi-
    ble aislar y considerar por separado en las psiconeuro-
    sis. Con la extensión de la psicoanálisis a las demás
    afecciones neuróticas, quedará también cimentado segu-
    ramente, nuestro conocimiento de los instintos del Yo,
    aunque parece imprudente esperar hallar en este campo
    de investigación, condiciones análogamente favorables
    a la labor observadora.

    De los instintos sexuales podemos decir, en general,
    lo siguiente: Son muy numerosos, proceden de múlti-
    ples y diversas fuentes orgánicas, actúan al principio in-
    dependientemente unos de otros y sólo ulteriormente
    quedan reunidos en una síntesis más o menos perfecta.
    El fin al que cada uno de ellos tiende es la consecución
    del placer orgánico, y sólo después de su sínte-
    sis entran al servicio de la procreación, con lo cual
    se evidencian entonces, generalmente, como instintos
    sexuales. En su primera aparición, se apoyan ante todo
    en los instintos de conservación, de los cuales no se se-
    paran luego sino muy poco a poco, siguiendo también

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    Metapsicología

    en el hallazgo de objeto, los caminos que los instintos
    del Yo les marcan. Parte de ellos permanece asociada a
    través de toda la vida, a los instintos del Yo, aportándo-
    les componentes libidinosos, que pasan fácilmen-
    te inadvertidos durante la función normal y sólo se ha
    cen claramente perceptibles en los estados patológicos.
    Se caracterizan por la facilidad con la que se reempla
    zan unos a otros y por su capacidad de cambiar indefi-
    nidamente de objeto. Estas últimas cualidades les hacen
    aptos para funciones muy alejadas de sus primitivos ac
    tos finales (sublimación).

    Siendo los instintos sexuales aquellos en cuyo cono-
    cimiento hemos avanzado más, hasta el día, limitaremos
    a ellos nuestra investigación de los destinos por los cua
    les pasan los instintos en el curso del desarrollo y de la
    vida. De estos destinos, nos ha dado a conocer, la obser-
    vación, los siguientes:

    La transformación en lo contrario.

    La orientación contra la propia persona.

    La represión.

    La sublimación.

    No proponiéndonos tratar aquí de la sublimación, y
    exigiendo la represión capítulo aparte, quédannos tan
    sólo la descripción y discusión de los dos primeros pun-
    tos. Por motivos que actúan en contra de una continua-
    ción directa de los instintos, podemos representarnos
    también sus destinos como modalidades de la defen-
    sa contra ellos.

    La transformación en lo contrario

    se descompone, al someterla a un detenido exame-
    n, en dos distintos procesos, la transició-
    n de un ins-
    tinto desde la actividad a la pasivi-
    dad, y la transformació-
    n de conteni-
    do. Estos dos procesos, de esencia totalmente distinta,-
    habrán de ser considerados separadamente.

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    Ejemplos del primero son los pares antitéticos «sadis–
    mo–masoquismo» y «placer visual–exhibición». La
    transformación en lo contrario alcanza sólo a los fines
    del instinto. El fin activo–atormentar, ver–es sustituído
    por el pasivo–ser atormentado, ser visto—. La transfor-
    mación de contenido se nos muestra en el caso de la con-
    versión del amor en odio.

    La orientación contra la propia
    persona queda aclarada en cuanto reflexionamos
    que el masoquismo no es sino un sadismo dirigido con-
    tra el propio Yo y que la exhibición entraña la contempla-
    ción del propio cuerpo. La observación analítica demues-
    tra de un modo indubitable, que el masoquista comparte
    el goce activo de la agresión a su propia persona y el ex-
    hibicionista el resultante de la desnudez de su propio
    cuerpo. Así, pues, lo esencial del proceso es el cambio
    de objeto, con permanencia del mismo fin.

    No puede ocultársenos, que en estos ejemplos coinci-
    den la orientación contra la propia persona y la transición
    desde la actividad a la pasividad. Por lo tanto, para ha-
    cer resaltar claramente las relaciones, resulta precisa una
    más profunda investigación.

    En el par antitético «sadismo–masoquismo» puede
    representarse el proceso en la forma siguiente:

    a) El sadismo consiste en la violencia ejercida con-
    tra una tercera persona como objeto.

    b) Este objeto es abandonado y sustituído por la pro-
    pia persona. Con la orientación contra la propia perso-
    na, queda realizada también la transformación del fin ac-
    tivo del instinto en un fin pasivo.

    c) Es buscada nuevamente como objeto una tercera
    persona, que a consecuencia de la transformación del fin
    tiene que encargarse del papel de sujeto.

    El caso c) es el de lo que vulgarmente se conoce con
    el nombre de masoquismo. También en él es alcanzada

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    la satisfacción por el camino del sadismo primitivo, trans-
    firiéndose imaginativamente el Yo a su lugar anterior,
    abandonado ahora al sujeto extraño. Es muy dudoso que
    exista una satisfacción masoquista más directa. No parece
    existir un masoquismo primitivo no nacido del sadismo
    en la forma descrita. La conducta del instinto sádico en
    la neurosis obsesiva, demuestra que la hipótesis de la fase
    b) no es nada superflua. En la neurosis obsesiva halla-
    mos la orientación contra la propia persona sin la pasi-
    vidad con respecto a otra. La transformación no llega
    más que hasta la fase b). El deseo de atormentar se con-
    vierte en auto-tormento y auto-castigo, no en masoquis-
    mo. El verbo activo no se convierte en pasivo, sino en
    un verbo reflexivo intermedio.

    Para la concepción del sadismo hemos de tener en
    cuenta que este instinto parece perseguir, a más de su
    fin general (o quizá mejor: dentro del mismo) un espe-
    cialísimo acto final. Además de la humillación y el domi-
    nio, el causar dolor. Ahora bien, la psicoanálisis parece
    demostrar que el causar dolor no se halla integrado en
    tre los actos finales primitivos del instinto. El niño sádi-
    co no atiende a causar dolor ni se lo propone expresa-
    mente. Pero una vez llevada a efecto la transformación
    en masoquismo, resulta el dolor muy apropiado para su-
    ministrar un fin pasivo masoquista, pues todo nos lleva
    a admitir, que también las sensaciones dolorosas, como
    en general todas las displacientes se extienden a la exci-
    tación sexual y originan un estado placiente, que lleva al
    sujeto a aceptar de buen grado el displacer del dolor.
    Una vez que el experimentar dolor ha llegado a ser un
    fin masoquista, puede surgir también el fin sádico de
    causar dolor, y de este dolor goza también aquel que
    lo inflige a otros, identificándose, de un modo masoquis-
    ta, con el objeto pasivo. Naturalmente, aquello que se
    goza en ambos casos no es el dolor mismo, sino la ex-

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    citación sexual concomitante, cosa especialmente cómo-
    da para el sádico. El goce del dolor sería, pues, un
    fin originariamente masoquista, pero que sólo dado un
    sadismo primitivo puede convertirse en fin de un ins-
    tinto.

    Para completar nuestra exposición añadiremos que la
    compasión no puede ser descrita como un resulta-
    do de la transformación de los instintos en el sadismo
    sino como una formación reactiva contra el
    instinto. Más adelante examinaremos esta distinción.

    La investigación de otro par antitético, de los instin-
    tos cuyo fin es la contemplación y la exhibición («
    vo-
    yeurs» y exhibicionistas, en el lenguaje de las per-
    versiones), nos proporciona resultados distintos y más
    sencillos. También aquí podemos establecer las mismas
    fases que en el caso anterior: a) La contemplación como
    actividad orientada hacia un objeto ajeno; b) el abando-
    no del objeto, la orientación del instinto de contempla-
    ción hacia una parte de la propia persona, y con ello, la
    transformación en pasividad y el estableci-
    miento del
    nuevo fin: el de ser contemplado; c) el establecimiento de
    un nuevo sujeto al que la persona se muestra, para ser
    por él contempla-
    da. Es casi indudable que el fin activo
    aparece antes que el pasivo, precedien-
    do la contempla-
    ción a la exhibición. Pero surge aquí una importante di-
    ferencia con el caso del sadismo, diferencia consisten-
    te
    en que en el instinto de contempla-
    ción, hallamos aún una
    fase anterior a la señalada con la letra a). El instinto de
    contemplación es, en efecto, autoeróti-
    co, al princi-
    pio de
    su actividad; posee un objeto, pero lo encuentra en el
    propio cuerpo. Sólo más tarde es llevado (por el camino
    de la comparación) a cambiar este objeto por uno aná-
    logo del cuerpo ajeno (fase a). Esta fase preliminar-
    es
    interesante por surgir de ella las dos situaciones del par
    antitético-
    resultante, según el cambio tenga efecto en un

  • S.

    133

    lugar o en otro. El esquema del instinto de contempla-
    ción podría establecerse como sigue:

    α) Contemplar un órgano sexual=Ser contemplado el
    órgano sexual propio.

    β) Contemplar un objeto
    ajeno.
    (Placer visual activo).

    γ) Ser contemplado el
    objeto propio por persona
    ajena.
    (Exhibicionismo).

    Una tal fase preliminar no se presenta en el sadismo,
    el cual se orienta desde un principio hacia un objeto aje-
    no. De todos modos, no sería absurdo deducirla de los
    esfuerzos del niño que quiere hacerse dueño de sus
    miembros.

    A los dos ejemplos de instintos que aquí venimos
    considerando, puede serles aplicada la observación de
    que la transformación de los instintos por cambio de la
    actividad en pasividad y orientación a la propia persona,
    nunca se realiza en la totalidad del movimiento instin-
    tivo. El anterior sentido activo del instinto, continúa
    subsistiendo en cierto grado junto al sentido pasivo ulte-
    rior, incluso en aquellos casos en los que el proceso de
    transformación del instinto ha sido muy amplio. La única
    afirmación exacta sobre el instinto de contemplación,
    sería la de que todas las fases evolutivas del instinto,
    tanto la fase preliminar autoerótica como la estructura
    final activa y pasiva, continúan existiendo conjuntamen-
    te, y esta afirmación se hace indiscutible cuando en lugar
    de los actos instintivos tomamos como base de nuestro
    juicio el mecanismo de la satisfacción. Quizá resulte aún
    justificada otra distinta concepción y descripción. La
    vida de cada instinto puede considerarse dividida en di-
    versos impulsos, temporalmente separados e igua-
    les, dentro de la unidad de tiempo (arbitraria), impul-

  • S.

    134

    sos semejantes a sucesivas erupciones de lava. Pode-
    mos, así, representarnos, que la primera y primitiva
    erupción del instinto, continúa, sin experimentar transfor-
    mación ni desarrollo ningunos. El impulso siguiente ex-
    perimentaría, en cambio, desde su principio, una modifi-
    cación, quizá la transición a la pasividad, y se sumaría
    con este nuevo carácter al anterior, y así sucesivamente.
    Si consideramos entonces los movimientos instintivos,
    desde su principio hasta un punto determinado, la des-
    crita sucesión de los impulsos tiene que ofrecernos el
    cuadro de un determinado desarrollo del instinto.

    El hecho de que en tal época ulterior del desarrollo,
    se observe, junto a cada movimiento instintivo, su con-
    trario (pasivo), merece ser expresamente acentuado con
    el nombre de «ambivalencia», acertadamente
    introducido por Bleuler.

    La subsistencia de las fases intermedias y el examen
    histórico de la evolución del instinto nos han aproximado
    a la inteligencia de esta evolución. La amplitud de la
    ambivalencia varía mucho, según hemos podido com-
    probar, en los distintos individuos, grupos humanos o
    razas.

    Los casos de amplia ambivalencia en individuos con-
    temporáneos, pueden ser interpretados como casos de
    herencia arcaica, pues todo nos lleva a suponer, que la
    participación de los movimientos instintivos no modifi-
    ficados, en la vida instintiva, fué en épocas primitivas,
    mucho mayor que hoy.

    Nos hemos acostumbrado a denominar narcisis-
    mo la temprana fase del Yo durante la cual se satisfa-
    cen autoeróticamente los instintos sexuales del mismo,
    sin entrar, de momento, a discutir la relación entre auto-
    erotismo y narcisismo. De este modo, diremos que la
    fase preliminar del instinto de contemplación, en la cual
    el placer visual tiene como objeto el propio cuerpo, per-
     

  • S.

    135

    METAPSICOLOGÍA

    tenece al narcisismo y es una formación narcisista. De
    ella se desarrolla el instinto de contemplación activo,
    abandonando el narcisismo; en cambio, el instinto de
    contemplación pasivo conservaría el objeto narcisista.
    Igualmente, la transformación del sadismo en masoquis-
    mo, significa un retorno al objeto narcisista, mientras
    que en ambos casos es sustituído el sujeto narcisista por
    identificación con otro Yo ajeno. Teniendo en cuenta la
    tase preliminar narcisista del sadismo, antes establecida,
    nos acercamos así al conocimiento, más general, de que
    la orientación de los instintos contra el propio Yo y la
    transición de la actividad a la pasividad dependen de la
    organización narcisista del Yo y llevan impreso el sello
    de esta fase. Corresponden quizá a las tentativas de de-
    fensa realizadas con otros medios, en fases superiores
    del desarrollo del Yo.

    Recordamos aquí, que hasta ahora sólo hemos traído
    a discusión los dos pares antitéticos «sadismo–maso-
    quismo» y «placer visual–exhibición». Son éstos los
    instintos sexuales ambivalentes mejor conocidos. Los de-
    más componentes de la función sexual ulterior no son aún
    suficientemente asequibles al análisis para que podamos
    discutirlos de un modo análogo. Podemos decir de ellos,
    en general, que actúan autoeróticamente,
    esto es, que su objeto desaparece ante el órgano que
    constituye su fuente y coincide casi siempre con él. Aun-
    que el objeto del instinto de contemplación es también,
    al principio, una parte del propio cuerpo, no es, sin em-
    bargo, el ojo mismo, y en el sadismo, la fuente orgánica,
    probablemente la musculatura capaz de acción, señala di-
    rectamente otro objeto distinto, aunque también en el pro-
    pio cuerpo. En los instintos autoeróticos es tan decisivo
    el papel de la fuente orgánica, que según una hipótesis
    de P. Federn y L. Jekels, la forma y la función del órga- no deciden la actividad o pasividad del fin del instinto.

  • S.

    136

    La transformación de un instinto en su contrario (ma-
    terial) no se observa sino en un único caso: en la conver-
    sión del amorendio o viceversa. Estos dos
    sentimientos aparecen también muchas veces orientados
    conjuntamente hacia un solo y mismo objeto, ofreciéndo-
    nos así el más importante ejemplo de ambivalencia.

    Este caso del amor y el odio adquiere un especial in-
    terés, por la circunstancia de eludir su inclusión en nues-
    tra exposición de los instintos. No puede dudarse de la
    íntima relación entre estos dos contrarios sentimentales
    y la vida sexual, pero hemos de resistirnos a considerar
    el amor como un particular instinto parcial de la sexuali-
    dad. Preferiríamos ver en él la expresión de la tendencia
    sexual total, pero tampoco acaba esto de satisfacernos y
    no sabemos cómo representarnos la antítesis material de
    esta tendencia.

    El amor es susceptible de tres antítesis y no de una
    sola. Aparte de la antítesis «amar–odiar», existe la de
    «amar–ser amado», y además, el amor y el odio, toma-
    dos conjuntamente, se oponen a la indiferencia. De estas
    tres antítesis, la segunda – «amar–ser amado» – corres-
    ponde a la transición de la actividad a la pasividad y pue-
    de ser referida, como el instinto de contemplación, a una
    situación fundamental, la de amarseasímis-
    mo, situación que es, para nosotros, la característica
    del narcisismo. Según que el objeto o el sujeto sean
    cambiados por otros ajenos, resulta la tendencia final ac-
    tiva del amor o la pasiva del ser amado, próxima al nar-
    cisismo.

    Quizá nos aproximaremos más a la comprensión de
    las múltiples antítesis del amor, reflexionando que la vida
    anímica es dominado en general, por tres polariza-
    ciones, esto es, por las tres antítesis siguientes:
    Sujeto(Yo) – Objeto(mundoex-
    terior).

  • S.

    137

    Placer–Displacer.

    Activo–Pasivo.

    La antítesis «Yo–No Yo (exterior) (sujeto-
    objeto) es impuesta al individuo muy temprana-
    mente, como ya indicamos, por la experiencia de que puede ha-
    cer cesar, mediante una acción muscular, los estímulos
    exteriores, careciendo, en cambio, de toda defensa contra
    los estímulos interiores. Ante todo, conserva una abso-
    luta soberanía en lo referente a la función intelectual y
    crea, para la investigación, la situación fundamental, que
    no puede ser ya modificada por ningún esfuerzo. La po-
    larización «placer–displacer» acompaña a una serie de
    sensaciones, cuya insuperada importancia para la deci-
    sión de nuestros actos (voluntad) hemos acentuado ya.
    La antítesis «activo–pasivo» no debe confundirse con la de
    «Yo–sujeto–Exterior–objeto». El Yo se conduce pasiva-
    mente con respecto al mundo exterior en tanto en cuanto
    recibe de él estímulos, y activamente cuando a dichos es-
    tímulos reacciona. Sus instintos le imponen una especia-
    lísima actividad con respecto al mundo exterior, de ma-
    nera que, acentuando lo esencial, podríamos decir lo si-
    guiente: El Yo–sujeto es pasivo con respecto a los estí-
    mulos exteriores y activo por sus propios instintos. La
    antítesis «activo–pasivo» se funde luego con la de «mas-
    culino–femenino», que antes de esta fusión, carecía de
    significación psicológica. La unión de la actividad con la
    masculinidad y de la pasividad con la feminidad nos sale
    al encuentro como un hecho biológico, pero no es en nin-
    gún modo tan regularmente total y exclusiva como se
    está inclinado a suponer.

    Las tres polarizaciones anímicas establecen entre sí
    importantes conexiones. Existe una situación primitiva
    psíquica en la cual coinciden dos de ellas. El Yo se en-
    cuentra originariamente, al principio de la vida anímica,
    revestido de instintos y es, en parte, capaz de satisfacer

  • S.

    138

    sus instintos en sí mismo. A este estado le damos el
    nombre de narcisismo y calificamos de autoerótica a la
    posibilidad de satisfacción correspondiente 1). El mundo
    exterior no atrae a sí, en esta época, interés ninguno (en
    términos generales) y es indiferente a la satisfacción.
    Así, pues, durante ella, coincide el Yo–sujeto con lo
    placiente y el mundo exterior con lo indiferente (o displa-
    ciente a veces, como fuente de estímulos). Si definimos,
    por lo pronto, el amor como la relación del Yo con sus
    fuentes de placer, la situación en la que el Yo se ama a
    sí mismo con exclusión de todo otro objeto y se muestra
    indiferente al mundo exterior, nos aclarará la primera de
    las relaciones antitéticas en las que hemos hallado al
    «amor».

    El Yo no precisa del mundo exterior en tanto en
    cuanto es autoerótico, pero recibe de él objetos a conse-
    cuencia de los procesos de los instintos de conservación
    y no puede por menos de sentir como displacientes, du-
    rante algún tiempo, los estímulos instintivos interiores.
    Bajo el dominio del principio del placer se realiza luego
    en él un desarrollo ulterior. Acoge en su Yo los objetos
    que le son ofrecidos en tanto en cuanto constituyen fuen-
    tes de placer y se los introyecta (según la expresión de
    Ferenczi), alejando, por otra parte, de sí, aquello que en


    1)Una parte de los instintos sexuales es capaz, como ya sa-
    bemos, de esta satisfacción autoerótica, resultando, pues, apropia-
    da, para constituirse en portadora del desarrollo que a continuación
    se describe, bajo el dominio del principio del placer. Los instintos
    sexuales, que desde un principio exigen un objeto, y lasnecesidades
    de los instintos del Yo, jamás susceptibles de satisfacción autoeró-
    tica, perturban, como es natural, este estado y preparan los progre-
    sos. El estado narcisista primitivo no podría seguir tal desarrollo
    si cada individuo no pasase por un período de indefensión y cui-
    dados, durante el cual son satisfechas sus necesidades por un
    auxilio exterior, y contenido así su desarrollo.

  • S.

    METAPSICOLODGTITA

    su propio interior constituye motivo de displacer. (V&ase
    mäs adelante, el mecanismo de la proyecciön).

    Pasamos asi, desde el primitivo Yo real, que ha dife-
    renciado el interior del exterior conforme a exactos sig-
    nos objetivos, aun Yo de placer, que antepone atodo, el
    caräcter placiente. El mundo exterior se divide para elen
    una parte placiente, que se incorpora, y un resto, extra-
    fio a El. Ha separado del propio Yo, una parte, que arro-
    ja al mundo exterior y percibe como hostil a €]. Despues
    de esta nueva ordenaciön queda nuevamente establecida
    la coincidencia de las dos polarizaciones, o sea la del
    Yo-sujeto con el placer y la del mundo exterior con el
    displacer (antes indiferencia).

    Con la entrada del objeto en la fase del narcisismo
    primario alcanza tambien su desarrollo la segunda con-
    tradicciön del amor y el odio.

    El objeto es aportado primeramente al Yo, como ya
    'hemos visto, por los instintos de conservaciön, que lo
    toman del mundo exterior, y no puede negarse que fam-
    bien el primitivo sentido del odio es el de la relaciön con-
    tra el mundo exterior, ajeno al Yo y aportador de esti-
    mulos. La indiferencia se subordina al odio, como un
    caso especial, despu&s de haber surgido primeramente
    como precursora del mismo. Lo exterior, el objeto y lo
    odiado habrian sido, al principio, identicos. Cuando lue-
    go se demuestra el objeto como fuente de placer, es
    amado, pero tambien incorporado al Yo, de manera que
    para el Yo de placer, purificado, coincide de nuevo el ob-
    jeto con lo ajeno y odiado.

    Observamos tambien ahora, que asi como el par an-
    itefico «amor—indiferencia» refleja la polarizaciön «Yo
    —mundo exterior>, la segunda antitesis «amor—odio»
    reproduce la polarizaciön «placer—displacer», enlazada
    con la primera. Despues de la sustituciön de la fase pu-
    ramente narcisista por la fase objetiva, el placer y eldis-

    — 159 —

  • S.

    PROF. SS. FR E U D

    placer significan relaciones del Yo con el objeto. Cuando
    el objeto llega a ser fuente de sensaciones de placer, sur-
    ge una tendencia motora, que aspira a acercarlo e incor-
    porarlo al Yo. Hablamos entonces de la «atracciön» ejer-
    cida por ei objeto productor de placer y decimos que lo
    «amamos». Inversamente, cuando el objeto es fuente de
    displacer, nace una tendencia que aspira a aumentar su
    distancia del Yo, repitiendo con €] la primitiva tentativa
    de fuga ante el mundo exterior emisor de esiimulos. Sen-
    timos la «repulsa» del objeto y lo odiamos, odio que
    puede elevarse hasta la tendencia a la agresiön contra el
    objeto y el propösito de suprimirlo.

    En ültimo termino, podriamos decir que el instinto
    «ama» al objeto al que tiende para lograr su satisfacciön.
    En cambio, nos parece exfrafio e impropio oir que un
    instinto «odia» a un objeto, y de este modo caemos en la
    cuenta de que los conceptos de amor y odio no son apli-
    cables a las relaciones de los instintfos con sus objetos,
    debiendo ser reservadas para la relaciön del Yo total con
    los objetos. Pero la observaciön de los usos del lengua-
    je, tan significativos siempre, nos muesfra una nueva li-
    mitaciön de la significaciön del amor y el odio. De los
    objetos que sirven a la conservaciön del Yo no decimos
    que los amamos, sino acentuamos que precisamos de
    ellos, anadiendo quizä una relaciön distinta por medio de
    palabras expresivas de un amor muy disminufdo, tales
    como las de agradar, gustar, etc.

    Asi, pues, la palabra amar se inscribe cada vez mäs
    en la esfera de la pura relaciön de placer del Yo con el
    objeto y se fija, por ültimo, a los objetos estrictamente
    sexuales y a aquellos otros que satisfacen las necesidades
    de los instintos sexuales sublimados. La separaciön en-
    tre instintos del Yo e instintos sexuales, que hemos im-
    puesto a nuestra psicologfa, demuestra asi hallarse en
    armonia con el espfritu de nuestro idioma. Ei hecho de

    — 140 —

  • S.

    METAPSICOLDODGTIA

    que no acostumbramos a decir que un instinto sexual
    ama a su objeto y veamos el mäs adecuado empleo de la
    palabra «amar» en la relaciön del Yo con un objeto sexual»
    nos ensefia que su empleo en tal relaciön comienza üni-
    camente con la sintesis de todos los insfintos parciales
    de la sexualidad, bajo la primacia de los genitales y al
    servicio de la reproduceiön.

    Es de observar, que en el uso de la palabra «odiar»
    no aparece ninguna relaciön fan intima con el placer se-
    xual y la funciön sexual; por el contrario, la relaciön de
    displacer parece ser aquf la ünica decisiva. El Yo odia,
    aborrece y persigue con propösitos destructores a todos
    los objetos que llegan a suponerle una fuente de sensa-
    ciones de displacer, constituyendo una privaciön de la
    satisfacciön sexual o de la satisfacciön de necesidades
    de conservaciön. Puede incluso afirmarse, que el verda-
    dero prototipo de la relaciön de odio no procede de la
    vida sexual sino de la lucha del Yo por su conservaciön
    y afirmaciön.

    La relaciön enire el odio y el amor, que se nos pre-
    sentan como completas antitesis materiales, no es, pues,
    nada sencilla. El odio y el amor no han surgido de la di-
    sociaciön de un todo original, sino que tienen diverso
    origen y han pasado por un desarrollo distinto y particu-
    lar a cada uno, antes de constituirse en antitesis bajo la in-
    fluencia de la relaciön <placer—displacer». Se nos plan-
    tea aqui la labor de reunir todo lo que sobre la genesis
    del amor y el odio sabemos.

    El amor procede de la capacidad del Yo de satisfacer
    aufoeröficamente, por la adquisiciön de placer orgänico,
    una parte de sus movimientos instintivos. Originariamen-
    te narcisista, pasa luego a los objetos que han sido in-
    corporados al Yo ampliado y expresa la tendencia mo-
    tora del Yo hacia estos objetos considerados como fuen-
    tes de placer. Se enlaza intiimamente con la actividad de

    -11—

  • S.

    PROF. SS. FR E U D

    los instintos sexuales ulteriores y, una vez realizada la
    sintesis de estos instintos, coincide con la totalidad de la
    tendencia sexual. Mientras los instintos sexuales pasan
    por su complicado desarrollo, aparecen fases prelimina-
    res del amor en calidad de fines sexuales interinos. La
    primera de estas fases es la incorporaciön o
    ingestiön, modalidad del amor que resulta com-
    patible con la supresiön de la existencia particular del
    objeto y puede, por lo tanto, ser calilicada de ambiva-
    lente. En la fase superior de la organizaciön pregenital
    sädico-anal, surge la aspiraciön al objeto en la forma de
    impulso al dominio, impulso para el cual es indiferente
    el dafio o la destrucciön del objeto. Esta forma y fase
    preliminar del amor apenas se diferencia del odio en su
    conducta para con el objeto. Hasta el establecimiento de
    la organizaciön genital, no se constituye elamor en anti-
    tesis del odio.

    EI odio es, como relaciön con el objeto, mäs anti-
    guo que el amor. Nace de la repulsa primitiva del mun-
    do exterior emisor de estimulos, por parte del Yo narci-
    sista. Como expresiön de la reacciön de displacer pro-
    vocada por los objetos, permanece siempre en fntima
    relaciön con los instintos de conservaciön del Yo, de
    manera que los instintos del Yo y los sexuales entran

    fäcilmente en una oposiciön, que reproduce la del amor
    y el odio. Cuando los instintos del Yo dominan la fun-
    ciön sexual, como sucede en la fase de la organizaciön
    sädico-anal, prestan al fin del instinto los caracteres del
    odio.

    La historia de la genesis y de las relaciones del amor
    nos hace coinprensible su frecuentisima ambivalencia, o
    sea la circunstancia de aparecer acompafiado de senti-
    mientos de odio orientados contra el mismo objeto. El
    odio mezclado al amor procede en parte, de las fases pre-
    liminares del amor, no superadas aün por completo, y en

    — 142 —

  • S.

    META PSICOLOOGTIA

    parte, de reacciones de repulsa de los instintos del Yo,
    los cuales pueden alegar motivos reales y actuales en los
    frecuentes conflictos entre los intereses del Yo y los del
    amor. Asi, pues, en ambos casos, el odio mezclado pue-
    de retrotraerse a la fuente de los instintos de conserva-
    ciön del Yo. Cuando la relaciön amorosa con un objeto
    determinado queda rota, no es extrafio ver surgir el odio
    en su lugar, circunstancia que nos da la impresiön de
    una transformaciön del odio en amor. Mäs allä de esta
    descripciön nos lleva ya la teoria de que en tal caso, el
    odio realmente motivado es reforzado por la regresiön
    del amor a la fase preliminar sädica, de manera que el
    odio recibe un caräcter eröfico, produciendose la conti-
    nuidad de una relaciön amorosa.

    La tercera antitesis del amor, o sea la transformaciön
    de amar en ser amado, corresponde a la influencia de la
    polarizaciön de actividad y pasividad y queda subor-
    dinada al mismo juicio que los casos del instinto de
    contemplaciön y del sadismo. Sintetizando, podemos
    decir que los destinos de los instintos consisten esen-
    cialmente en que los movimientos instinm
    tivos son sometidos a las influencias
    de las tres grandes polarizaciones que
    dominan la vida animica. De estas tres po-
    larizaciones podriamos decir que la de «actividad—pasivi-
    dad» esla biolögica; lade «Yo—mundo exterior»
    la real; y de «placer—displacer» la econömica.

    Otro de los destinos de ios instintos—la represiön—
    merece capitulo aparte.

    143 —_