S.
185
Observaciones sobre el “amor de transfe-
rencia,”1915.
Todo principiante en psicoanálisis teme principalmente
las dificultades que han de suscitarle la interpretación de
las ocurrencias del paciente y la reproducción de lo repri-
mido. Pero no tarda en comprobar que tales dificultades
significan muy poco en comparación de las que surgen
luego en el manejo de la transferencia.De las diversas situaciones a que da lugar esta fase del
análisis, quiero describir aquí una, precisamente delimita-
da, que merece especial atención, tanto por su frecuencia
y su importancia real, como por su interés teórico. Me re-
fiero al caso de que una paciente demuestre, con signos
inequívocos, o declare abiertamente, haberse enamorado,
como otra mortal cualquiera, del médico que está analizán-
dola. Esta situación tiene su lado cómico y su lado serio e
incluso penoso, y resulta tan complicada, tan inevitable y
tan difícil de resolver, que su discusión viene constituyen-
do, hace mucho tiempo, una necesidad vital de la técnica
psicoanalítica. Pero reconociéndolo así, no hemos tenido
hasta ahora, absorbidos por otras cuestiones, un espacio
libre que poder dedicarla, aunque también ha de tenerse
en cuenta, que su desarrollo tropieza siempre con el obs-
táculo que supone la discreción profesional, tan indispen-
sable en la vida, como embarazosa para nuestra discipli-
na. Pero en cuanto la literatura psicoanalítica perteneceS.
186
también a la vida real, surge aquí una contradicción inso-
luble. Recientemente he tenido que infringir ya en un tra-
bajo, los preceptos de la discreción, para indicar cómo
precisamente esta situación concomitante a la transferen-
cia hubo de retrasar en diez años el desarrollo de la tera-
pia psicoanalítica 1).Para el profano –y la psicoanálisis puede considerar
aún como tales a la inmensa mayoría de los hombres cul-
tos– los sucesos amorosos constituyen una categoría es-
pecialísima, un capítulo de nuestra vida que no admite
comparación con ninguno de los demás. Así, pues, al sa-
ber que la paciente se ha enamorado del médico, opinará
que sólo caben dos soluciones: o las circunstancias de am-
bos les permiten contraer una unión legítima y definitiva,
cosa poco frecuente, o lo que es más probable, tienen que
separarse y abandonar la labor terapéutica comenzada.
Existe, desde luego, una tercera solución, que parece,
además, compatible con la continuación de la cura: la ini-
ciación de unas relaciones amorosas ilegítimas y pasaje-
ras; pero tanto la moral burguesa como la dignidad profe-
sional del médico la hacen imposible. De todos modos, el
profano demandará que el analítico le presente alguna ga-
rantía de la exclusión de este último caso.Es evidente que el punto de vista del analítico ha de
ser completamente distinto.Supongamos que la situación se desenlaza conforme a
la segunda de las soluciones indicadas: El médico y la pa-
ciente se separan al hacerse manifiesto el enamoramiento
de la primera, y la cura queda interrumpida. Pero el es-
tado de la paciente hace necesaria, poco después, una
nueva tentativa con otro médico, y resulta que la sujeto
acaba también por enamorarse de este segundo médico e
1)Véase el trabajo titulado «Historia del movimiento psicoana-
lítico», incluido en el tomo xii de esta edición castellana.S.
187
TECNICA DE LA PSICOANALISIS
igualmente del tercero, etc. Este hecho, que no dejará de
presentarse en ningún caso y en el que vemos uno de los
fundamentos de la teoría psicoanalítica, entraña importan-
tes enseñanzas, tanto para el médico como para la en-
ferma.Para el médico, supone una preciosa indicación y una
excelente prevención contra una posible transferencia re-
cíproca, pronta a surgir en él. Le demuestra que el ena-
moramiento de la sujeto depende exclusivamente de la si-
tuación psicoanalítica y no puede ser atribuído en modo
alguno a sus propios atractivos personales, por lo cual no
tiene el menor derecho a envanecerse de aquella «conquis-
ta», según se la denominaría fuera del análisis. Y nunca
está de más tal advertencia. Para la paciente, surge una
alternativa: o renuncia definitivamente al tratamiento ana-
lítico o ha de aceptar, como algo inevitable, un amor pa-
sajero por el médico que la trate 1).No dudo que los familiares de la enferma se decidirán
tan resueltamente por la primera de estas posibilidades
como el analítico por la segunda. Pero, a mi juicio, es éste
un caso en el que la decisión no debe ser abandonada a la
solicitud cariñosa—y en el fondo celosa y egoísta—de los
familiares: El interés de la enferma debe ser el único fac-
tor decisivo, pues el cariño de sus familiares no le curará
jamás de su neurosis. El analítico no necesita imponerse,
pero sí puede afirmarse indispensable para la consecución
de ciertos resultados. Aquellos familiares de una paciente
que hacen suya la actitud de Tolstoi ante este problema,
pueden conservar tranquilos la posesión imperturbada de
su mujer o de su hija, pero tendrán que resignarse a que
también ella conserve su neurosis y la consiguiente alte-
1)Que la transferencia puede manifestarse también en otros
sentimientos menos tiernos, es cosa ya sabida y no hemos de entrar
a examinarla en el presente estudio.S.
188
ración de su capacidad de amar. En último término, la
situación es análoga a la que suscita un tratamiento gine-
cológico. El marido o el padre celosos se equivocan ade-
más, por completo, si creen que la paciente escapará al
peligro de enamorarse del médico, confiando la curación
de su neurosis a un tratamiento distinto del analítico. La
única diferencia estará en que su enamoramiento, latente
y no analizado, no suministrará jamás aquella contribución
a la curación que de él sabría extraer el análisis.Ha llegado a mí la noticia de que algunos médicos que
practican el análisis suelen preparar a las pacientes a la
aparición de la transferencia amorosa e incluso las incitan
a fomentarla «para que el análisis progrese». Difícilmente
puede imaginarse técnica más desatinada. Con ella, sólo
consigue el médico arrancar al fenómeno la fuerza proba-
toria que supone su espontaneidad y crearse obstáculos
que luego ha de serle muy difícil vencer.En un principio, no parece, ciertamente, que el enamo-
ramiento surgido en la transferencia pueda procurarnos
nada favorable a la cura. La paciente, incluso la más duc-
til hasta entonces, pierde, de repente, todo interés por la
cura y no quiere ya hablar ni oir hablar más que de su
amor, para el cual demanda correspondencia. No muestra
ya ninguno de los síntomas que antes la aquejaban, o no
se ocupa de ellos para nada, y se declara completamente
curada. La escena cambia totalmente, como si una súbita
realidad hubiese venido a interrumpir el desarrollo de una
comedia, como cuando enmedio de una representación
teatral surge la voz de «fuego». La primera vez que el
médico se encuentra ante este fenómeno, le es muy difí-
cil no perder de vista la verdadera situación analítica y no
incurrir en el error de creer realmente terminado el trata-
miento.Un poco de reflexión basta, sin embargo, para aprehen-
der la situación verdadera. En primer lugar, hemos de sos-S.
189
TECNICA DE LA PSICOANALISIS
pechar que todo aquello que viene a perturbar la cura es
una manifestación de la resistencia, y, por lo tanto, ésta
tiene que haber participado ampliamente en la aparición
de las exigencias amorosas de la paciente. Ya desde mu-
cho tiempo antes veníamos advirtiendo en la sujeto los
signos de una transferencia positiva y pudimos atribuir,
desde luego, a esta actitud suya con respecto al médico,
su docilidad, su aceptación de las explicaciones que le dá-
bamos en el curso del análisis, su excelente comprensión
y la claridad de inteligencia que en todo ello demostraba.
Pero todo esto ha desaparecido ahora, la paciente aparece
absorbida por su enamoramiento, y esta transformación se
ha producido precisamente en un momento en el que su-
poníamos que la sujeto iba a comunicar o a recordar un
fragmento especialmente penoso e intensamente reprimi-
do de la historia de su vida. Por lo tanto, el enamoramien-
to venía existiendo desde mucho antes, pero ahora co-
mienza a servirse de él la resistencia para coartar la con-
tinuación de la cura, apartar de la labor analítica el interés
de la paciente y colocar al médico en una posición emba-
razosa.Un examen más detenido de la situación nos descubre
en ella la influencia de ciertos factores que la complican.
Estos factores son, en parte, los concomitantes a todo ena-
moramiento, pero otros se nos revelan como manifestacio-
nes especiales de la resistencia. Entre los primeros, hemos
de contar la tendencia de la paciente a comprobar el poder
de sus atractivos, su deseo de quebrantar la autoridad del
médico haciéndole descender al puesto de amante y todas
las demás ventajas que trae consigo la satisfacción amo-
rosa. De la resistencia, podemos, en cambio, sospechar,
que haya utilizado la declaración amorosa para poner a
prueba al severo analítico, que de mostrarse propicio a
abandonar su papel, habría recibido en el acto una dura
lección. Pero, ante todo, experimentamos la impresión deS.
190
que actúa como un agente provocador, intensificando el
enamoramiento y exagerando la disposición a la entrega
sexual, para justificar luego, tanto más acentuadamente, la
acción de la represión, alegando los peligros de un tal
desenfreno. En estas circunstancias meramente accesorias,
que pueden muy bien no aparecer en los casos puros, ha
visto Alfred Adler el nódulo esencial de todo el proceso.Pero ¿cómo ha de comportarse el analítico para no fra-
casar en esta situación, cuando tiene la convicción de que
la cura debe ser continuada, a pesar de la transferencia
amorosa y a través de la misma?Me sería muy fácil postular ahora, acogiéndome a la
moral generalmente aceptada, que el analítico no debe
aceptar el amor que le es ofrecido ni corresponder a él,
sino por el contrario, considerar llegado el momento de
atribuirse ante la mujer enamorada, la representación de la
moral, y moverla a renunciar a sus pretensiones amorosas
y a proseguir la labor analítica, dominando la parte animal
de su personalidad.Pero no me es posible satisfacer estas esperanzas y
tan poco su primera como su segunda parte. La primera
no, porque no escribo para la clientela, sino para los mé-
dicos, que han de luchar con graves dificultades, y ade-
más, porque en este caso me es posible referir el precepto
moral a su origen, esto es, a su adecuación a un fin. Por
esta vez, me encuentro afortunadamente en una situación
en la que puedo sustituir el precepto moral por las conve-
niencias de la técnica analítica, sin que el resultado sufra
modificación alguna.Todavía he de negarme más resueltamente a satisfa-
cer la segunda parte de las esperanzas indicadas. Invitar
a la paciente a yugular sus instintos, a la renuncia y a la
sublimación, en cuanto nos ha confesado su transferencia
amorosa, sería un solemne desatino. Equivaldría a conju-
rar a un espíritu del averno, haciéndole surgir ante nos-
S.
191
TECNICA DE LA PSICOANALISIS
otros, y despedirle luego sin interrogarle. Supondría no
haber atraído lo reprimido a la conciencia más que para
reprimirlo de nuevo, atemorizados. Tampoco podemos
hacernos ilusiones sobre el resultado de un tal procedi-
miento. Contra las pasiones, nada se consigue con razo-
namientos, por elocuentes que sean. La paciente no verá
más que el desprecio y no dejará de tomar venganza
de él.Tampoco podemos aconsejar un término medio, que
quizá alguien consideraría el más prudente y que consisti-
ría en afirmar a la paciente que correspondemos a sus sen-
timientos y eludir, al mismo tiempo, toda manifestación
física de tal cariño, hasta poder encaminar la relación amo-
rosa por senderos menos peligrosos y hacerla ascender a
un nivel superior. Contra esta solución, he de objetar que
el tratamiento psicoanalítico se funda en una absoluta ve-
racidad, a la cual debe gran parte de su acción educadora
y de su valor ético, resultando harto peligroso apartarse de
tal fundamento. Aquellos que se han asimilado verdadera-
mente la técnica analítica no pueden ya practicar el arte de
engañar, indispensable a otros médicos, y suelen delatar-
se, cuando en algún caso lo intentan con la mejor inten-
ción. Además, como exigimos del paciente la más absolu-
ta veracidad, nos jugamos toda nuestra autoridad expo-
niéndonos a que el mismo nos sorprenda en falta. Por
último, la tentativa de fingir cariño a la paciente no deja
de tener sus peligros. Nuestro dominio sobre nosotros
mismos no es tan grande que descarte la posibilidad de
encontrarnos de pronto con que hemos ido más allá de lo
que nos habíamos propuesto. Así, pues, mi opinión es que
no debemos apartarnos un punto de la indiferencia que
nos procura el vencimiento de la transferencia recíproca.Ya antes, he dejado adivinar, que la técnica analítica
impone al médico el precepto de negar a la paciente la sa-
tisfacción amorosa por ella demandada. La cura debe des-S.
192
arrollarse en la abstinencia. Pero al afirmarlo así, no alu-
dimos tan sólo a la abstinencia física, ni tampoco a la abs-
tinencia de todo lo que el paciente pueda desear, pues
esto no lo soportaría quizá ningún enfermo. Queremos,
más bien, sentar el principio de que debemos dejar subsis-
tir en los enfermos la necesidad y el deseo, como fuerzas
que han de impulsarle hacia la labor analítica y hacia la
modificación de su estado, y guardarnos muy bien de que
rer amansar con subrogados las exigencias de tales fuer-
zas. Y en realidad, lo único que podríamos ofrecer a la
enferma serían subrogados, pues mientras no queden ven-
cidas sus represiones, su estado la incapacita para toda
satisfacción real.Concedemos, desde luego, que el principio de que la
cura analítica debe desarrollarse en la abstinencia, va
mucho más allá del caso particular aquí estudiado y preci-
sa de una discusión más detenida, en la que quedarían
fijados los límites de su posibilidad en la práctica. Mas,
por ahora, eludiremos la cuestión, para atenernos lo más
estrictamente posible a la situación de la que hemos par-
tido. ¿Qué sucedería si el médico se condujese de otro
modo y utilizase la eventual libertad suya y de la paciente,
para corresponder al amor de esta última y satisfacer su
necesidad de cariño?Si al adoptar esta resolución lo hace guiado por el pro-
pósito de asegurarse así el dominio sobre la paciente, mo-
verla a resolver los problemas de la cura y conseguir, por
tanto, libertarla de su neurosis, la experiencia no tardará
en demostrarle que ha errado por completo el cálculo. La
paciente conseguirá su fin, y en cambio, él, no alcanzará
jamás el suyo. Entre el médico y la enferma se habría
desarrollado otra vez la divertida historia del cura y el
agente de seguros: Un agente de seguros muy poco dado
a las cosas de la religión, cayó gravemente enfermo y sus
familiares llamaron a un sabio sacerdote, para que inten-S.
13
tara convertirle antes de la muerte. La conversación se
prolonga tanto, que los parientes comienzan a abrigar al
guna esperanza. Por último, se abre la puerta de la alco-
ba. El incrédulo no se ha convertido, pero el sacerdote
vuelve a su casa asegurado contra toda clase de riesgos.El hecho de que la paciente viera correspondidas sus
pretensiones amorosas constituiría una victoria para ella y
una total derrota para la cura. La enferma habría conse-
guido, en efecto, aquello a lo que aspiran todos los pa-
cientes en el curso del análisis, habría conseguido repetir,
realmente, en la vida, algo que sólo debía recordar, repro-
duciéndolo como material psíquico y manteniéndolo en los
dominios anímicos 1). En el curso ulterior de sus relacio-
nes amorosas manifestaría luego todas las inhibiciones y
todas las reacciones patológicas de su vida erótica, sin que
fuera posible corregirlas, y la dolorosa aventura terminaría
dejándola llena de remordimiento y habiendo intensificado
considerablemente su tendencia a la represión. Las rela-
ciones amorosas ponen, en efecto, un término a toda
posibilidad de influjo por medio del tratamiento analítico.
La reunión de ambas cosas es algo monstruoso e impo-
sible.Así, pues, la satisfacción de las pretensiones amorosas
de la paciente es tan fatal para el análisis como su repre-
sión. El camino que ha de seguir el analítico es muy otro
y carece de antecedentes en la vida real. Nos guardamos
de desviar a la paciente de su transferencia amorosa o
disuadirla de ella, pero también, y con igual firmeza, de
toda correspondencia. Conservamos la transferencia amo-
rosa, pero la tratamos como algo irreal, como una situa-
ción por la que se ha de atravesar fatalmente en la cura,
que ha de ser referida a sus orígenes inconscientes y que
ha de ayudarnos a llevar a la conciencia de la paciente los1)Véase el trabajo que precede: «Recuerdo...», etc.
— 193 —
S.
194
elementos más ocultos de su vida erótica, sometiéndolos
así a su dominio consciente. Cuanto más resueltamente
damos la impresión de hallarnos asegurados contra toda
tentación, antes podremos extraer de la situación todo su
contenido analítico. La paciente cuya represión sexual no
ha sido aún levantada, sino tan sólo relegada a un último
término, se sentirá entonces suficien-
temente segura para
comunicar francamente todas las fantasías de su deseo
sexual y todos los caracteres de su enamoramiento, y par-
tiendo de estos elementos nos mostrará el camino que ha
de conducirnos a los fundamentos infantiles de su amor.Con una cierta categoría de mujeres fracasará, sin em-
bargo, esta tentativa de conservar, sin satisfacerla, la
transferencia amorosa, para utilizarla en la labor analítica.
Son éstas las mujeres de pasiones elementales, que no to-
leran subrogado alguno, naturalezas primitivas, que no
quieren aceptar lo psíquico por lo material. Estas personas
nos colocan ante el dilema de corresponder a su amor o
atraernos la hostilidad de la mujer despreciada. Ninguna
de estas dos actitudes es favorable a la cura, y por lo
tanto, habremos de retirarnos sin obtener resultado algu-
no y reflexionando sobre el problema de cómo puede ser
compatible la aptitud para la neurosis con una tan indoma-
ble necesidad de amor.La manera de hacer aceptar poco a poco la concepción
analítica a otras enamoradas menos violentas se habrá re-
velado seguramente, en idéntica forma, a muchos analíti-
cos. Consiste, sobre todo, en hacer resaltar la innegable
participación de la resistencia en aquel «amor». Un enamo-
ramiento verdadero haría más dócil a la paciente e intensi-
ficaría su buena voluntad en resolver los problemas de su
caso, sólo porque el hombre amado lo pedía. Una mujer
realmente enamorada anhelaría obtener la curación com-
pleta, para alcanzar un mayor valor a los ojos del médico
y preparar la realidad en la que poder desarrollar ya libre-
mente.S.
195
mente su inclinación amorosa. Pero en lugar de todo esto,
la paciente se muestra caprichosa y desobediente, ha de-
jado de interesarse por el análisis y seguramente de creer
en las afirmaciones del médico. Así, pues, lo que hace no
es sino manifestar una resistencia bajo la forma de enamo-
ramiento y sin tener siquiera en cuenta que de aquel modo
coloca al médico en una situación muy embarazosa, pues
si rechaza su pretendido amor, como se lo aconsejan su
deber y su conocimiento de la situación real, dará pretexto
a la paciente para hacerse la despreciada y eludir en ven-
ganza la curación que él podía ofrecerla, como ahora la
elude con su enamoramiento.Como segundo argumento contra la autenticidad de
este amor, aducimos la afirmación de que el mismo no
presenta ni un solo rasgo nuevo, nacido de la situación
actual, sino que se compone, en su totalidad, de repeticio-
nes y ecos de reacciones anteriores e incluso infantiles, y
nos comprometemos a demostrárselo así a la paciente con
el análisis detallado de su conducta amorosa.Si a estos argumentos agregamos una cierta paciencia,
conseguiremos, casi siempre, dominar la difícil situación y
continuar la labor analítica, cuyo fin más inmediato será el
descubrimiento de la elección infantil de objeto y de las
fantasías a ella enlazadas. Pero antes de seguir adelante,
quiero examinar críticamente los argumentos expuestos y
plantear la interrogación de si decimos con ellos a la pa-
ciente toda la verdad o no son más que un recurso enga-
ñoso del que hemos echado mano para salir del mal paso.
O dicho de otro modo: El enamoramiento que se hace ma-
nifiesto en la cura analítica ¿no puede realmente ser teni-
do por verdadero?A mi juicio, hemos dicho a la paciente la verdad, pero
no toda la verdad, sin preocuparnos de lo que pudiera re-
sultar. De nuestros dos argumentos, el más poderoso es
el primero. La participación de la resistencia en el amor deS.
196
transferencia es indiscutible y muy amplia. Pero la resis-
tencia misma no crea este amor, lo encuentra ya ante sí,
y se sirve de él, exagerando sus manifestaciones. No
aporta, pues, nada contrario a la autenticidad del fenóme-
no. Nuestro segundo argumento es más débil; es cierto
que este enamoramiento se compone de nuevas ediciones
de rasgos antiguos y repite reacciones infantiles. Pero tal
es el carácter esencial de todo enamoramiento. No hay
ninguno que no repita modelos infantiles. Precisamente
aquello que constituye su carácter obsesivo, rayano en lo
patológico, procede de su condicionalidad infantil. El amor
de transferencia presenta, quizá, un grado menos de liber-
tad que el amor corriente, llamado normal; delata más cla-
ramente su dependencia del modelo infantil y se muestra
menos ductil y menos susceptible de modificación; pero
esto no es todo, ni tampoco lo esencial.¿En qué otros caracteres podemos, pues, reconocer la
autenticidad de un amor? ¿Acaso en su capacidad de ren-
dimiento, en su utilidad para la consecución del fin amoro-
so? En este punto, el amor de transferencia parece no te-
ner nada que envidiar a los demás. Nos da la impresión de
poder conseguirlo todo de él.Resumiendo: No tenemos derecho alguno a negar al
enamoramiento que surge en el tratamiento analítico, el ca-
rácter de «auténtico». Si nos parece tan poco normal, ello
se debe principalmente a que también el enamoramiento
corriente, ajeno a la cura analítica, recuerda más bien los
fenómenos anímicos anormales que los normales. De todos
modos, aparece caracterizado por algunos rasgos que le
aseguran una posición especial: 1.º Es provocado por la
situación analítica; 2.º, queda intensificado por la resisten-
cia dominante en tal situación; y 3.º, es menos prudente,
más indiferente a sus consecuencias y más ciego en la es-
timación de la persona amada, que otro cualquier enamo-
ramiento normal. Pero no debemos tampoco olvidar queS.
197
TECNICA DE LA PSICOANALISIS
precisamente estos caracteres divergentes de lo normal
constituyen el nódulo esencial de todo enamoramiento.Para la conducta del médico resulta decisivo el primero
de los tres caracteres indicados. Sabiendo que el enamo-
ramiento de la paciente ha sido provocado por la inicia-
ción del tratamiento analítico de la neurosis, tiene que con-
siderarlo como el resultado inevitable de una situación
médica, análogo a la desnudez del enfermo durante un re-
conocimiento o a su confesión de un secreto importante.
En consecuencia le estará totalmente vedado extraer de él
provecho personal alguno. La buena disposición de la pa-
ciente no invalida en absoluto este impedimento y echa
sobre el médico toda la responsabilidad, pues éste sabe
perfectamente que para la enferma no existía otro camino
de llegar a la curación. Una vez vencidas todas las difi-
cultades, suelen confesar las pacientes, que al emprender
la cura, abrigaban ya la siguiente fantasía: Si me porto
bien, acabaré por obtener, como recompensa, el cariño
del médico.Así, pues, los motivos éticos y los técnicos coinciden
aquí para apartar al médico de corresponder al amor de la
paciente. No debe perder de vista que su fin es devolver
a la enferma la libre disposición de su facultad de amar,
coartada ahora por fijaciones infantiles, pero devolvérsela,
no para que la emplee en la cura, sino para que haga uso
de ella más tarde, en la vida real, una vez terminado el
tratamiento. No debe representar con ella la escena de las
carreras de perros, en las cuales el premio es una ristra de
salchichas y que un chusco estropea, tirando a la pista una
única salchicha, sobre la cual se arrojan los corredores,
olvidando la carrera y el copioso premio que espera el ven-
cedor. No he de afirmar que siempre resulte fácil para el
médico mantenerse dentro de los límites que le prescriben
la ética y la técnica. Sobre todo para el médico joven y
carente aún de lazos fijos. Indudablemente, el amor sexualS.
198
es uno de los contenidos principales de la vida y la re
unión de la satisfacción anímica y física en el placer amo
roso constituye, desde luego, uno de los puntos culmi
nantes de la misma. Todos los hombres, salvo algunos
obstinados fanáticos, lo saben así y obran en consecuen
cia, aunque no se atrevan a confesarlo. Por otra parte, es
harto penoso para el hombre rechazar un amor que se le
ofrece; y de una mujer interesante, que nos confiesa noble
mente su amor, emana siempre, a pesar de la neurosis y
la resistencia, un atractivo incomparable. La tentación no
reside en el requerimiento puramente sensual de la pacien
te, que por sí solo quizá produjera un efecto negativo, ha
ciendo preciso un esfuerzo de tolerante comprensión para
ser disculpado como un fenómeno natural. Las otras ten
dencias femeninas, más delicadas, son, quizá, las que en
trañan el peligro de hacer olvidar al médico la técnica y
su labor profesional, en favor de una bella aventura.Y sin embargo, para el analítico ha de quedar excluída
toda posibilidad de abandono. Por mucho que estime el
amor, ha de estimar más su labor de hacer franquear a la
paciente un escalón decisivo de su vida. La enferma debe
aprender de él a dominar el principio del placer y a renun
ciar a una satisfacción próxima, pero socialmente ilícita,
en favor de otra más lejana e incluso incierta, pero irre
prochable tanto desde el punto de vista psicológico como
desde el social. Para alcanzar un tal dominio ha de ser
conducida a través de las épocas primitivas de su desarro
llo psíquico y conquistar, en este camino, aquel incremento
de la libertad anímica que distingue a la actividad psíquica
consciente–en un sentido sistemático–de la inconsciente.De este modo, el psicoterapeuta ha de librar un triple
combate: En su interior, contra los poderes que intentan
hacerle descender del nivel analítico; fuera del análisis,
contra los adversarios que le discuten la importancia de
las fuerzas instintivas sexuales y le prohiben servirse deS.
199
TECNICA DE LA PSICOANALISIS
ellas en su técnica científica, y en el análisis, contra sus
pacientes, que al principio se comportan como los adversa-
rios, pero manifiestan luego la hiperestimación de la vida
sexual, que los domina, y quieren aprisionar al médico en
las redes de su pasión, no refrenada socialmente.Los profanos de cuya actitud ante la psicoanálisis ha-
blé en un principio, tomarán seguramente pretexto de esta
exposición sobre el amor de transferencia para llamar la
atención de las gentes sobre los peligros de nuestro mé-
todo terapéutico. El psicoanalítico sabe que opera con
fuerzas explosivas y que ha de observar la misma pruden-
cia y la misma escrupulosidad que un químico en su labo-
ratorio. ¿Pero cuándo se ha prohibido a un químico conti-
nuar trabajando en la obtención de materias explosivas
indispensables, alegando el peligro de su labor? Es harto
singular que la psicoanálisis haya de ir conquistando una
tras otra todas las licencias concedidas hace ya mucho
tiempo a las demás actividades médicas. Desde luego, no
pretendo la supresión de los otros tratamientos más ino-
centes. Bastan en algunos casos, y en definitiva, para la
sociedad humana es tan inútil el «furor sanandi» como
cualquier otro fanatismo. Pero supone estimar muy por
bajo el origen y la importancia práctica de las psiconeuro-
sis, creer posible vencerlas operando con medios sencillos
e inocuos. No; en la acción médica siempre quedará, junto
a la «medicina», un lugar para el «ferrum» y para el «ig-
nis», y de este modo, siempre será indispensable la psico-
análisis entera y verdadera, la que no se asusta de mane-
jar las tendencias anímicas más peligrosas y dominarlas
para el mayor bien del enfermo.
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Observaciones sobre et “amor de transferencia„
1915-001/1930.es
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