La psicoanálisis1910-001/1922.es
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    I

    Constituye algo nuevo para mí, y que no deja de
    producirme cierta turbación, el presentarme ante un
    auditorio del Continente americano, integrado por per-
    sonas amantes del saber, en calidad de conferencian-
    te. Dando por hecho que solo a la conexión de mi
    nombre con el tema de la psicoanálisis debo el honor
    de hallarme en esta cátedra, mis conferencias versa-
    rán sobre tal materia, y en ellas procuraré facilitaros,
    lo más sintéticamente posible, una visión total de la
    historia y desarrollo de dicho nuevo método investiga-
    tivo y terapéutico.

    Si constituye un mérito el haber dado vida a la psi-
    coanálisis, no es a mí a quien corresponde atribuirlo,
    pues no tomé parte alguna en sus albores. No había
    yo terminado aún mis estudios y me hallaba preparan-
    do los últimos exámenes de la carrera, cuando otro
    médico vienés, el doctor José Breuer (1), empleó por
    vez primera este método en el tratamiento de una mu-
    chacha histérica (1880-1882). Vamos, pues, a ocupar-
    nos en primer lugar, del historial clínico de esta enfer-
    ma, el cual aparece expuesto con todo detalle en la
    obra que posteriormente y con el título de «Estudios


    (1) Doctor José Breuer. Individuo correspondiente de la Real
    Academia de Ciencias. Conocido por sus trabajos sobre la res-
    piración y sobre la fisiología del equilibrio. Nació en 1842.

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    P R O F . S . F R E U D

    sobre la histeria» publicamos el doctor Breuer y yo (1).
    Réstame hacer una observación antes de entrar en
    materia. He sabido, no sin cierto agrado, que la mayo-
    ría de mis oyentes no pertenece a la carrera de Medi-
    cina, y quiero disipar en ellos un posible temor, hacién-
    doles saber que para seguirme en lo que aquí he de
    exponerles no es necesaria una especial cultura médi-
    ca. Caminaremos algún espacio al lado de los médicos,
    pero pronto nos separaremos de ellos para acompañar
    tan solo al doctor Breuer en su propia y peculiarísima
    ruta.

    La paciente del doctor Breuer, una muchacha de
    veintiun años y excelentes dotes intelectuales, presen-
    tó en el curso de su enfermedad, que duró más de dos
    años, una serie de perturbaciones físicas y psíquicas
    merecedoras de la mayor atención. Padecía una pará-
    lisis rígida de la pierna y brazo derechos, acompaña-
    da de anestesia de los mismos y que temporalmente
    atacaba también a los miembros correspondientes del
    lado contrario. A más, perturbaciones del movimiento
    de los ojos y diversas alteraciones de la visión, dificul-
    tad de mantener erguida la cabeza, intensa «tussis
    nervosa», repugnancia a los alimentos, y una vez,
    durante varias semanas, incapacidad de beber a pesar
    de la ardiente sed que la atormentaba. Sufría por úl-
    timo una minoración de la facultad de expresión, que

    (1) «Studien ueber Hysterie», 1895. 'Fr. Deuticke Viena.–5.ª
    edición, 1916. El doctor A. A. Brill ha traducido al inglés algunos
    capítulos de la parte del doctor Freud en este libro. (Selected pa-
    pers on Hysteria and other Psychoneuroses by S. Freud, Nr. 4
    de las «Nervous and Mental Disease Monograph Series», New
    York).–N. del T. La colaboración del doctor Freud en los «Estu-
    dios sobre la histeria» se publicará íntegra en estas «Obras com-
    pletas».

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    llegó hasta la pérdida de la capacidad de hablar y en-
    tender su lengua materna, añadiéndose a todo esto
    estados de ausencia, enajenación, delirio y alteración
    de toda su personalidad, estados que más adelante
    examinaremos con todo detalle.

    Ante un tal cuadro patológico os sentiréis inclina-
    dos, aun no siendo médicos, a suponer que se trata
    de una grave dolencia, probablemente cerebral, con
    pocas esperanzas de curación y conducente a un rá-
    pido y fatal desenlace. Mas dejad que un médico os
    diga que en una serie de casos con síntomas de igual
    gravedad, puede estar muy justificada una distinta opi-
    nión más optimista. Cuando un tal cuadro patológico
    se presenta en un individuo joven del sexo femenino,
    cuyos órganos vitales internos (corazón, riñón), no
    muestran anormalidad ninguna en el reconocimiento
    objetivo, pero que ha pasado en cambio por violentas
    conmociones anímicas, y cuando los síntomas
    aislados se diferencian en ciertos sutiles caracteres de
    la forma que generalmente presentan en las afecciones
    a que parecen corresponder, entonces los médicos no
    atribuyen una extrema gravedad al caso y afirman que
    no se trata de una dolencia cerebral orgánica, sino de
    aquel misterioso estado, conocido desde el tiempo de
    los griegos con el nombre de histeria, y que
    puede fingir toda una serie de síntomas de una grave
    enfermedad. En estos casos, no considera el médico
    amenazada la vida del paciente y hasta supone muy
    probable una completa curación. Pero no siempre es
    fácil distinguir una tal histeria de una grave dolencia
    orgánica. No creemos necesario explicar aquí cómo
    puede llevarse a cabo un diagnóstico diferencial de
    este género; bástenos la seguridad de que el caso de
    la paciente de Breuer era uno de aquellos en los que

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    ningún médico experimentado puede dejar de diag-
    nosticar la histeria, enfermedad que, según consta en
    el historial clínico, atacó a la joven en ocasión de ha-
    llarse cuidando a su padre, al que amaba tiernamente,
    en la grave dolencia que le llevó al sepulcro. A causa
    de su propio padecimiento tuvo la hija que separarse
    de la cabecera del querido enfermo.

    Hasta aquí nos ha sido provechoso caminar al lado
    de los médicos, mas pronto nos separaremos de ellos.
    No debéis creer que la esperanza de un enfermo en la
    eficacia del auxilio facultativo pueda aumentar consi-
    derablemente al diagnosticarse la histeria en lugar de
    una grave afección cerebral orgánica. Nuestra ciencia,
    que permanece aún hasta cierto punto impotente ante
    las graves dolencias cerebrales, no facilita tampoco
    grandes medios para combatir la histeria, y el médico
    tiene que abandonar a la bondadosa naturaleza la de-
    terminación de la forma y momento en que ha de cum-
    plirse su esperanzada prognosis (1).

    Así pues, con el diagnóstico de la histeria varía
    muy poco la situación del enfermo; mas en cambio se
    transforma esencialmente la del médico. Es fácil ob-
    servar que éste se sitúa ante el histérico en una actitud
    por completo diferente de la que adopta ante el ata-
    cado de una dolencia orgánica, pues se niega a con-
    ceder al primero igual interés que al segundo, fundán-
    dose en que su enfermedad es mucho menos grave
    aunque parezca aspirar a que se le atribuya una igual
    importancia. El médico, al que sus estudios han dado

    (1) Sé que esta afirmación no es ya cierta hoy en día; mas, en
    mi conferencia, me retrotraía yo y retrotraía a mis oyentes a los
    años anteriores al de 1880. Si las cosas han variado desde en-
    tonces, ello se debe en gran parte a los esfuerzos cuya historia
    trato de exponer aquí esquemáticamente.

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    a conocer tantas cosas que permanecen ocultas a los
    ojos de los profanos, ha podido formarse de las cau-
    sas de las enfermedades y de las alteraciones que és-
    tas ocasionan, por ejemplo, las producidas en el cere-
    bro de un enfermo por la apoplegía o por un tumor,
    ideas que hasta un cierto grado tienen que ser exactas
    puesto que le permiten llegar a la comprensión de los
    detalles del cuadro patológico. Mas ante las singula-
    ridades de los fenómenos histéricos, toda su ciencia y
    toda su cultura anatómico-fisiológica y patológica le
    dejan en la estacada. No llega a comprender la histe-
    ria y se halla ante ella en la misma situación que un
    profano, cosas todas que no pueden agradar a nadie
    que tenga en gran aprecio su saber. Los histéricos
    pierden por lo tanto la simpatía del médico, que llega
    a considerarlos como personas que han transgredido
    las leyes de su ciencia y adopta ante ellos la posición
    del creyente ante el hereje. Así, les supone capaces de
    todo lo malo, les acusa de exageración, engaño vo-
    luntario y simulación, y les castiga retirándoles su in-
    terés.

    No mereció por cierto el doctor Breuer este reproche
    en el caso que nos ocupa. Aun cuando no halló al
    principio alivio alguno para su paciente, le dedicó, no
    obstante, todo su interés y toda su simpatía. A ello
    contribuyeron en gran manera las excelentes cualida-
    des espirituales y de carácter de la paciente misma, de
    las que Breuer testimonia en su historial. Mas la cui-
    dadosa observación del médico halló pronto el camino
    por el que se hizo posible prestar a la enferma una
    primera ayuda.

    Habíase observado que en sus estados de ausencia
    y alteración psíquica, acostumbraba la paciente a mur-
    murar algunas palabras que hacían el efecto de ser

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    fragmentos arrancados de un contexto que ocupaba
    su pensamiento. El médico se hizo comunicar estas
    palabras, y sumiendo a la enferma en una especie de
    hipnosis, se las repitió para incitarla a ligar algo a
    ellas. Así sucedió, en efecto, y el sujeto reprodujo ante
    el médico las creaciones psíquicas que le habían do-
    minado en los estados de ausencia y se habían revela-
    do fragmentariamente en las palabras pronunciadas.
    Tratábase de fantasías hondamente tristes y a veces
    de una poética belleza–sueños diurnos podríamos lla-
    marlas– que tomaban en general su punto de partida
    de la situación de una muchacha junto al lecho en que
    yacía su padre enfermo. Cuando la paciente había re-
    latado de este modo un cierto número de tales fanta-
    sías quedaba como libertada de algo que la oprimía y
    retornaba a la vida psíquica normal. Este bienestar,
    que duraba varias horas, desaparecía de costumbre al
    día siguiente para dar paso a una nueva ausencia que
    podía hacerse cesar de igual manera, o sea, provocan-
    do el relato de las fantasías nuevamente formadas. No
    había, pues, posibilidad de sustraerse a la idea de que
    la alteración psíquica que se revelaba en las ausencias
    no era sino una secuela de la excitación emanada de
    estas fantasías saturadas de afecto. La misma pacien-
    te, que en este período de su enfermedad presentaba
    la singularidad de no hablar ni entender su propio
    idioma, sino únicamente el inglés, dió al nuevo trata-
    miento el nombre de «talking cure» (1) y lo calificó en
    broma, de «chimney sweeping» (2).

    Pronto pudo verse–y como casualmente– que por
    medio de este «barrido» del alma podía conseguirse


    (1) Cura de charla.

    (2) Limpiar la chimenea–deshollinar.

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    UNA TEORIA SEXUAL Y OTROS ENSAYOS

    algo más que una temporal desaparición de las pertur-
    baciones psíquicas, pues se logró hacer cesar deter-
    minados síntomas siempre que en la hipnosis recor-
    daba el sujeto, entre manifestaciones afectivas, con qué
    motivo y en qué situación habían los mismos apareci-
    do por vez primera. «Había habido durante el verano
    una época de un intensísimo calor y la enferma había
    padecido ardiente sed, pues sin que pudiera dar razón
    alguna para ello se había visto de repente imposibili-
    tada de beber. Tomaba en su mano el ansiado vaso
    de agua y en cuanto lo tocaba con los labios lo aparta-
    ba de sí como atacada de hidrofobia, viéndose además
    claramente que durante los segundos en que llevaba a
    cabo este manejo se hallaba en estado de ausencia.
    Para mitigar la sed que la atormentaba no vivía más
    que de frutas acuosas, melones, etc. Cuando ya lle-
    vaba unas seis semanas en tal estado, comenzó a
    hablar un día, en la hipnosis, de su institutriz inglesa
    a la que no tenía gran afecto, y contó con extremadas
    muestras de asco, que un día había entrado ella en su
    cuarto y había visto que el perrito de la inglesa, un
    repugnante animalucho, estaba bebiendo agua en un
    vaso; mas no queriendo que la tacharan de descortés
    o impertinente, no había hecho observación ninguna.
    Después de exteriorizar enérgicamente, en este relato,
    aquel enfado que en el momento en que fué motivado
    tuvo que reprimir, demandó agua, bebió sin dificultad
    una gran cantidad y despertó de la hipnosis con el
    vaso en los labios. Desde este momento desapareció
    por completo la perturbación que le impedía beber»(1).

    Permitidme que me detenga unos momentos ante
    esta experiencia. Nadie había aún hecho cesar por tal

    (1) «Studien ueber Hysterie» 3.a edición, pág. 26.

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    medio un síntoma histérico ni penetrado tan profunda-
    mente en la inteligencia de su motivación. Tenía, pues,
    que ser éste un descubrimiento de importantísimas
    consecuencias si se confirmaba la esperanza de que
    otros síntomas, quizá la mayoría, hubiesen surgido
    del mismo modo en la paciente y pudieran hacerse des-
    aparecer por igual camino. No rehuyó Breuer la labor
    necesaria para convencerse de ello e investigó, confor-
    me a un ordenado plan, la patogénesis de los otros
    más graves síntomas, confirmándose por completo
    sus esperanzas. En efecto, casi todos ellos se habían
    originado así, como residuos o precipitados de suce-
    sos saturados de afecto o, según los denominamos
    posteriormente, «traumas psíquicos», y el carácter par-
    ticular de cada uno se hallaba en relación directa con
    el de la escena traumática a la que debía su origen.
    Empleando la terminología técnica diremos que los sín-
    tomas se hallaban determinados por aquellas
    escenas cuyos restos en la memoria representaban, no
    debiendo por lo tanto ser considerados como' rendi-
    mientos arbitrarios o misteriosos de la neurosis. Algo
    se presentó, sin embargo, con lo que Breuer no conta-
    ba. No siempre era un único suceso el que dejaba
    tras de sí el síntoma, sino que en la mayoría de los
    casos se trataba de numerosos y análogos traumas
    repetidos que se unían para producir tal efecto. Toda
    esta cadena de recuerdos patógenos tenía entonces
    que ser reproducida en orden cronológico y precisa-
    mente inverso, esto es, comenzando por los últimos y
    siendo imprescindible para llegar al primer trauma, con
    frecuencia el de más poderoso efecto, recorrer en el
    orden indicado todos los demás.

    Seguramente esperaréis oir de mis labios otros
    ejemplos de motivación de síntomas histéricos a más

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    UNA TEORIA SEXUAL Y OTROS ENSAYOS

    del ya expuesto de horror al agua producido por ha-
    ber visto a un perro bebiendo en un vaso. Mas si
    he de circunscribirme a mi programa tendré que limi-
    tarme a escasas pruebas. Así, relata Breuer que las
    perturbaciones ópticas de la paciente provenían de si-
    tuaciones tales como la de que «hallándose con los
    ojos anegados en lágrimas junto al lecho de su padre
    le preguntó éste de repente qué hora era, y para poder
    verlo, forzó la vista acercando mucho a sus ojos el re-
    loj, cuya esfera le apareció entonces de un tamaño ex-
    traordinario (macropsia y estrabismo convergente), o
    se esforzó en reprimir sus lágrimas para que el enfer-
    mo no las viera» (1). Todas las impresiones patóge-
    nas provenían desde luego de la época durante la
    cual tuvo que dedicarse a cuidar a su padre. «Una vez
    despertó durante la noche, llena de angustia por la
    alta fiebre que presentaba el enfermo y presa de impa-
    ciente excitación por la espera de un cirujano que para
    operarle había de llegar desde Viena. La madre se ha-
    bía ausentado algunos instantes y Ana se hallaba sen-
    tada junto a la cama con el brazo derecho apoyado en
    el respaldo de la silla. Cayó en un estado de sueño
    despierto y vió cómo por la pared avanzaba una negra
    serpiente que se disponía a morder al enfermo. (Es
    muy probable que en la pradera que se extendía tras
    la casa existieran algunas culebras de este género,
    cuya vista hubiera asustado a la muchacha en ocasio-
    nes anteriores y suministrase ahora el material de la
    alucinación). Ana quiso rechazar al reptil, pero se sintió
    paralizada; su brazo derecho que colgaba por encima
    del respaldo de la silla había quedado totalmente «dor-
    mido», anestesiado y parético, y cuando fijó sus ojos

    (1) «Studien ueber Hysterie», 3.ª edición, pág. 31.

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    en él transformáronse los dedos en pequeñas serpien-
    tes cuyas cabezas eran calaveras (las uñas). Probable-
    mente intentó rechazar al reptil con su mano derecha
    paralizada y con ello entró la anestesia y parálisis de
    la misma en asociación con la alucinación de la ser-
    piente. Cuando ésta hubo desaparecido quiso Ana,
    llena de espanto, ponerse a rezar, pero no le fué posi-
    ble hallar palabras en ningún idioma hasta que recor-
    dó una oración infantil que en inglés la habían ense-
    ñado, quedando desde éste momento imposibilitada de
    pensar o hablar sino en tal idioma» (1). Con el recuer-
    do de esta escena en una de las sesiones de hipnotismo
    cesó por completo la parálisis rígida del brazo dere-
    cho, que se mantenía desde el comienzo de la enfer-
    medad, y quedó conseguída la total curación.

    Cuando bastantes años después comencé yo a em-
    plear el método investigativo y terapéutico de Breuer
    con mis propios enfermos, obtuve resultados que coin-
    cidieron en un todo con los suyos. Una señora de unos
    cuarenta años padecía un tic consistente en producir
    un ruido singular, castañeteando la lengua, siempre
    que se hallaba excitada y aun sin causa ninguna deter-
    minante. Tenía este tic su origen en dos sucesos que
    poseían un carácter común: el de haberse propuesto la
    paciente no hacer ruido alguno en un determinado mo-
    mento, viendo burlado su propósito e interrumpido el
    silencio, como si sobre ella actuara una voluntad con-
    traria, por aquel mismo castañeteo. La primera vez
    fué cuando habiendo logrado dormir con gran trabajo
    a un hijo suyo que se hallaba enfermo, hizo intención
    de no producir ruido alguno que le despertara. La se-
     

    (1) l. c. pág. 30.

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    UNA TEORIA SEXUAL Y OTROS ENSAYOS

    gunda tuvo lugar dando con sus dos hijos un paseo en
    coche durante el cual estalló una tormenta que espan-
    tó a los caballos. En esta situación pensó también la
    señora que debía evitar todo ruido que excitase aún
    más a los asustados animales (1). Sirva este ejemplo
    como muestra de los muchos contenidos en nuestros
    «Estudios sobre la histeria».

    Si me permitís una generalización, por otra parte
    inevitable en una exposición tan sintética como ésta,
    podremos resumir los conocimientos adquiridos hasta
    ahora, en la siguiente fórmula: Los enfermos
    histéricos sufren de reminiscencias.
    Sus síntomas son residuos y símbolos conmemorati-
    vos de determinados sucesos (traumáticos). Quizá una
    comparación con otros símbolos conmemorativos, de
    un orden diferente, nos permita llegar a una más pro-
    funda inteligencia de este simbolismo. También las es-
    tatuas y monumentos con los que ornamos nuestras
    grandes ciudades son símbolos de esta clase. Si dais
    un paseo por Londres, hallaréis ante una de sus mayo-
    res estaciones ferroviarias una columna gótica ri-
    camente ornamentada a la que se da el nombre de
    Charing Cross. En el siglo XIII, uno de los reyes de la
    dinastía de Plantagenet mandó erigir cruces góticas
    en los lugares en que había reposado el ataúd en que
    eran conducidos a Westminster los restos de su ama-
    da esposa la reina Eleanor. Charing Cross fué el últi-
    mo de estos monumentos que debían perpetuar la me-
    moria del fúnebre cortejo (2). En otro lugar de la ciu-
     


    (1) I. c. 2.ª edición, págs. 43 y 46.

    (2) El monumento actual no es el primitivo, aunque sí se halle
    colocado en el mismo lugar en que éste se alzaba. El nombre de

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    dad, no lejos del Puente de Londres, existe otra columna
    más moderna, llamada simplemente «the monument»
    por los londinenses y que fué erigida en memoria del
    gran incendio que estalló el año de 1666 en aquel
    punto y destruyó una gran parte de la ciudad. Estos
    monumentos son símbolos conmemorativos al igual
    que los síntomas histéricos; hasta aquí parece justifi-
    cada la comparación. ¿Mas qué diríais de un londinen-
    se que en la actualidad se detuviera lleno de tristeza
    ante el monumento erigido en memoria del entierro de
    la reina Eleanor, en lugar de proseguir su camino ha-
    cia sus ocupaciones con la premura exigida por las
    presentes condiciones del trabajo o de seguir pensan-
    do con alegría en la joven reina de su corazón? ¿Y qué
    pensaríais del que se parara a llorar ante el «monumen-
    to» la destrucción de su amada ciudad, reconstruída
    después con cien veces más esplendor? Pues igual a
    la de estos poco prácticos londinenses es la conducta
    de todos los histéricos y neuróticos: no sólo recuerdan
    dolorosos sucesos ha largo tiempo acaecidos sino que
    siguen experimentando una intensa reacción emocio-
    nal ante ellos; les es imposible libertarse del pasado y
    descuidan por él la realidad y el presente. Tal fijación
    de la vida psíquica a los traumas patógenos es uno de
    los caracteres principales y más importantes, práctica-
    mente, de la neurosis.

    Creo muy justa la objeción que, sin duda, está sur-
    giendo en vuestro espíritu al comparar mis últimas pa-
    labras con la historia clínica de la paciente de Breuer.
    En ésta, todos los traumas provenian de la época en
    que tuvo que prestar sus cuidados a su enfermo padre,
    y sus síntomas no pueden ser considerados sino como

    Charing, segun me comunicó el doctor Jones, es una deri-
    vación de las palabras «chère reine».

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    UNA TEORIA SEXUAL Y OTROS ENSAYOS

    signos conmemorativos de la enfermedad y muerte del
    mismo. Corresponden por lo tanto a un gran dolor ex-
    perimentado por la paciente, y la fijación al recuerdo
    del fallecido padre, tan poco tiempo después de su
    muerte, no puede considerarse como algo patológico
    sino que constituye un sentimiento normal en ab-
    soluto. Así, pues, concedo que tendréis razón en pen-
    sar que la fijación a los traumas no es en la paciente
    de Breuer nada extraordinario. Mas en otros casos
    como el del tic por mí tratado, cuyos motivos de orí-
    gen tuvieron lugar quince y diez años atrás, se mues-
    tra con toda claridad este carácter de adherencia anor-
    mal al pasado, y en el caso de Breuer se hubiera tam-
    bién desarrollado probablemente tal carácter si la
    paciente no se hubiera sometido, tan poco tiempo des-
    pués de haber experimentado los traumas y surgido
    los síntomas, al tratamiento catártico.

    No hemos expuesto hasta ahora más que la relación
    de los síntomas histéricos con los sucesos de la vida
    del enfermo. Mas también de las observaciones de
    Breuer podemos deducir cuál ha de ser la idea que de-
    bemos formarnos del proceso de la patogénesis y del
    de la curación. Respecto al primero hay que hacer re-
    saltar el hecho de que la enferma de Breuer tuvo que
    reprimir en casi todas las situaciones patógenas una
    fuerte excitación en lugar de procurarla su normal
    exutorio por medio de la correspondiente exterioriza-
    ción afectiva en actos y palabras. En el trivial suceso
    del perro de su institutriz, reprimió por consideración
    a ésta las manifestaciones de su intensa repugnancia,
    y mientras se hallaba velando a su enfermo padre cui-
    dó constantemente de no dejarle darse cuenta de su an-
    gustia y sus dolorosos temores. Al reproducir después
    ante el médico estas escenas, se exteriorizó con singu-
     

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    lar violencia, como si hasta aquel momento hubiese es-
    tado reservando y aumentando su intensidad, el afecto
    en ellas reprimido. Se observó, además, que el síntoma
    que había quedado como resto de los tráumas psíqui-
    cos, llegaba a su máxima intensidad durante el período
    del tratamiento dedicado a descubrir su origen, logra-
    do lo cual desaparecía para siempre y por completo.
    Por último se comprobó que el recuerdo de la escena
    traumática provocado en el tratamiento, resultaba in-
    eficaz cuando por cualquier razón tenía lugar sin exte-
    riorizaciones afectivas. El destino de estos afectos,
    que pueden considerarse como magnitudes desplaza-
    bles, era por lo tanto lo que regía, así la patogénesis
    como la curación. Todas estas observaciones nos
    obligaban a suponer que la enfermedad se originaba
    por el hecho de encontrar impedida su normal exterio-
    rización los afectos desarrollados en las situaciones
    patógenas, y que la esencia de dicho origen consistía
    en que tales afectos «aprisionados» eran objeto de una
    utilización anormal, permaneciendo en parte como du-
    radera carga de la vida psíquica y fuentes de continua
    excitación de la misma, y en parte sufriendo una trans-
    formación en anormales inervaciones y pa--
    ralizaciones físicas que se presentaban como
    los síntomas corporales del caso. Este último proceso
    ha sido denominado por nosotros «conversión
    histérica». Cierta parte de nuestra excitación
    anímica deriva ya normalmente por los caminos de la
    inervación física dando lugar a lo que con el nombre
    de «expresión de las emociones» conocemos. La con-
    versión histérica exagera esta parte de la derivación
    de un proceso anímico saturado de afecto, y corres-
    ponde a una nueva expresión de las emociones, mu-
    cho más intensa y dirigida por nuevos caminos. Cuan-
     

  • S.

    161

    do una corriente afluye a dos canales tendrá siempre
    lugar una elevación de nivel en uno de ellos en cuanto
    en el otro tropiecen las aguas con algún obstáculo.

    Observaréis que nos hallamos en camino de llegar
    a una teoría puramente psicológica de la histeria, teo-
    ría en la cual colocamos en primer término los proce-
    sos afectivos. Una segunda observación de Breuer nos
    fuerza a conceder una gran importancia a los estados
    de conciencia en la característica del proceso patoló-
    gico. La enferma de Breuer mostraba muy diversas
    disposiciones anímicas, estados de ausencia, enajena-
    ción, y transformación del carácter, al lado de su esta-
    do normal. En este último no sabía nada de las esce-
    nas patógenas ni de su relación con sus síntomas,
    habiendo olvidado las primeras o, en todo caso, des-
    truído la conexión patógena. Durante la hipnosis se
    conseguía, no sin considerable trabajo, hacer volver a
    su memoria tales escenas, y por medio de esta labor
    de hacerla recordar de nuevo, se lograba la desapari-
    ción de los síntomas. Muy difícil sería hallar la justa
    interpretación de este hecho si las enseñanzas y expe-
    rimentos del hipnotismo no nos facilitasen el camino.

    Por el estudio de los fenómenos hipnóticos nos hemos
    acostumbrado a la idea, extraña en un principio, de
    que en el mismo individuo son posibles varias agru-
    paciones anímicas que pueden permanecer hasta cier-
    to punto independientes entre sí, que no «saben nada»
    unas de otras y que atraen alternativamente a la con-
    ciencia. Tales casos, a los que se ha dado el nombre
    de «double conscience» suelen aparecer también es-
    pontáneamente. Cuando en este desdoblamiento de la
    personalidad permanece constantemente ligada la con-
    ciencia a uno de los dos estados, se da a éste el nom-
    bre de estado psíquico consciente, y el de in-

  • S.

    162

    PROF. S. FREUD

    consciente al que resta separado de él. En los co-
    nocidos fenómenos de la llamada sugestión post-hip-
    nótica, en la cual el sujeto, impulsado por una incoer-
    cible fuerza, lleva a cabo durante el estado normal
    posterior a la hipnosis un mandato recibido en ella,
    se tiene un excelente ejemplo de las influencias que
    sobre el estado consciente puede ejercer el incons-
    ciente, desconocido para él, y conforme a este modelo
    puede explicarse perfectamente el proceso de la histe-
    ria. Breuer se decidió a aceptar la hipótesis de que los
    síntomas histéricos surgían en tales estados anímicos
    que denominó estados hipnoides. Aquellas ex-
    citaciones que se producen hallándose el sujeto en
    estos estados hipnoides, se hacen fácilmente patóge-
    nas, dado que en ellas no existen condiciones favora-
    bles a una derivación normal de los procesos excitan-
    tes. Originan éstos entonces un inusitado producto–el
    síntoma–que se incrusta como un cuerpo extraño en
    el estado normal, al que en cambio escapa el conoci-
    miento de la situación patógena hipnoide. Allí donde
    perdura un síntoma halláse también una amnesia, una
    laguna del recuerdo, y el hecho de cegar esta laguna
    lleva consigo la desaparición de las condiciones de
    origen del síntoma.

    Temo que esta parte de mi exposición no os haya pa-
    recido muy transparente. Mas es necesario que tengáis
    en cuenta que se trata de difíciles concepciones que
    quizá no se puedan hacer mucho más claras, lo cual
    constituye una prueba de que nuestro conocimiento no
    ha avanzado aún mucho. La teoría de Breuer, de los
    estados hipnoides, ha resultado superflua y em-
    barazosa, habiendo sido abandonada por la psicoaná-
    lisis actual. Más adelante veréis, aunque en estas con-
    ferencias no pueda insistir sobre ello y tenga que

  • S.

    165

    ceñirme a simples indicaciones, qué influencias y pro-
    cesos había por descubrir, tras de los límites, traza-
    dos por Breuer, de los estados hipnoides. Después
    de lo hasta ahora expuesto estará muy justificada en
    vosotros la impresión de que las investigaciones de
    Breuer no han podido daros más que una teoría muy
    poco completa y una insatisfactoria explicación de los
    fenómenos observados; pero las teorías completas no
    caen llovidas del cielo y hay que desconfiar más justi-
    ficadamente aún, cuando alguien nos presenta desde
    los comienzos de sus investigaciones una teoría sin
    fallo ninguno y bien redondeada. Una tal teoría no
    podrá ser nunca más que hija de la especulación y no
    fruto de la investigación de lo efectivo exenta total-
    mente de prejuicios.

  • S.

    въ качествѣ эквивалентовъ. Сюда относятся, напримѣръ,
    нѣкоторыя формы періодической мигрени, нѣкоторыя
    эпилептическія состоянія, нѣкоторыя формы астмы,
    отека Квинке, нѣкоторыя кожныя болѣзни и т. д.
    Въ этихъ случаяхъ мы имѣемъ дѣло съ періодически
    повторяющимися приступами, которые наступаютъ безъ
    всякихъ внѣшнихъ поводовъ, или же подъ вліяніемъ
    совершенно ничтожныхъ раздраженій. Въ промежуткахъ
    между приступами больные чувствуютъ себя совершенно
    здоровыми.

    Въ основѣ этихъ болѣзненныхъ состояній лежатъ
    особыя состоянія раздражительной слабости нервной
    системы, которыя въ настоящее время принято назы-
    вать невропатическими или психопатическими конститу-
    ціями. Въ большинствѣ случаевъ эти конституціи на-
    слѣдственныя.

    Въ послѣднее время стали обращать вниманіе на
    то, что въ основѣ этихъ конституцій лежатъ аномаліи
    внутренней секреціи. Въ частности, было указано на
    связь этихъ состояній съ недостаточной дѣятельностью
    щитовидной железы.