S.
193
IV
Desearéis saber ahora qué es lo que con ayuda de
los medios técnicos descritos hemos averiguado sobre
los complejos patógenos y los deseos reprimidos de
los neuróticos.Ante todo una cosa: La investigación psicoanalítica
refiere, con sorprendente regularidad, los síntomas pa-
tológicos del enfermo a impresiones de su vida erótica;
nos muestra que los deseos patógenos son de la natu-
raleza de los componentes instintivos eróticos y nos
obliga a aceptar que las perturbaciones del erotismo
deben ser consideradas como las influencias más im-
portantes de todas aquellas que conducen a la enferme-
dad. Y esto en ambos sexos.Sé que esta afirmación no se acepta fácilmente.
Hasta aquellos investigadores que siguen con buena
voluntad mis trabajos psicológicos, se hallan inclina-
dos a opinar que exagero la participación etiológica de
los factores sexuales y se dirigen a mí con la pregunta
de por qué otros estímulos psíquicos no han de dar
también motivo a los descritos fenómenos de la repre-
sión y la formación de sustitutivos. A ello puedo con-
testar que ignoro por qué los estímulos no sexuales
carecen de tales consecuencias y que no tendría nada
que oponer a que su actuación produjese resultados
análogos a los de carácter sexual, pero que la expe-
riencia demuestra que nunca adquieren tal significaciónS.
194
PROF. S. FREUD
e importancia y que lo más que hacen es apoyar el efec-
to de los factores sexuales sin jamás poder sustituirse
a ellos. Este estado de cosas no fué afirmado por mí
teóricamente; en 1895, cuando publiqué los estudios so-
bre la histeria, en colaboración con el doctor Breuer, no
había yo llegado aún a este punto de vista, que he te-
nido forzosamente que aceptar más tarde conforme
mis experimentos iban haciéndose más numerosos y
penetrando más en el corazón de la materia.Entre vosotros, los que habéis acudido a estas con-
ferencias, se hallan algunos de mis más íntimos ami-
gos y discípulos que me han acompañado en mi viaje
hasta aquí. Interrogadles, y oiréis de sus labios que
también ellos acogieron al principio con absoluta in-
credulidad la afirmación de la decisiva importancia de
la etiología sexual; hasta que luego su propia labor
analítica les obligó a aceptarla y hacerla suya.La conducta de los enfermos no facilita ciertamente
la aceptación de mi discutida teoría. En lugar de ayu-
darnos, proporcionándonos de buena voluntad datos
sobre su vida sexual, intentan ocultar ésta por todos los
medios. Los hombres no son generalmente sinceros
en las cuestiones sexuales. No muestran a la luz su
sexualidad, sino que la cubren con espesos mantos
tejidos de mentiras, como si en el mundo de la se-
xualidad reinara un cruel temporal. Y no dejan de
tener razón: en nuestro mundo civilizado, el sol y el
viento no son nada favorables a la actividad sexual;
ninguno de nosotros puede realmente mostrar a
los demás su erotismo, libre de todo disfraz. Mas
cuando los pacientes se dan cuenta de que pueden li-
brarse de toda coerción durante el tratamiento, arrojan
aquella mentirosa envoltura, y entonces es cuando se
halla uno en situación de formar juicio exacto sobre elS.
195
discutido problema. Desgraciadamente los médicos no
ocupan con respecto a los demás hombres un lugar de
excepción en lo relativo a la conducta personal ante
los problemas de la vida sexual, y aun muchos de
ellos caen dentro de aquella mezcla de gazmoñería y
concupiscencia que en las cuestiones sexuales rige la
conducta de la mayoría de los «hombres civilizados».
Continuemos ahora la exposición de nuestros resul-
tados. En otra serie de casos, la investigación psicoa-
nalítica refiere los síntomas, no a acontecimientos se-
xuales, sino a vulgares sucesos traumáticos. Mas esta
diferenciación pierde toda su importancia por otro he-
cho. La labor analítica necesaria para la aclaración ab-
soluta y la definitiva curación de un caso patológico,
no se detiene nunca en los sucesos del período de en-
fermedad, sino que llega en todos los casos hasta la
pubertad y la temprana infancia del paciente, para tro-
pezar allí con los sucesos e impresiones determinan-
tes de la posterior enfermedad. Sólo los sucesos de la
infancia explican la extremada sensibilidad ante trau-
mas posteriores, y únicamente por el descubrimiento y
atracción a la conciencia de estas huellas de recuerdos,
casi siempre olvidadas, adquirimos poder suficiente
para hacer desaparecer los síntomas. Llegamos aquí
al mismo resultado que en la investigación de los sue-
ños, esto es, que son deseos duraderos y reprimidos
de la niñez los que para la formación de síntomas han
suministrado su energía, sin la cual la reacción a trau-
mas posteriores hubiera tenido lugar normalmente. Y
estos poderosos deseos de la niñez deben ser conside-
rados siempre y con una absoluta generalidad, como
sexuales.
Ahora sí que estoy cierto de haber excitado vuestro
asombro. ¿Hay, pues, una sexualidad infantil?, pre-
S.
196
Prof. S. Freud
guntaréis. ¿No es más bien la infancia una edad ca-
racterizada por la ausencia del instinto sexual? Nada
de eso; el instinto sexual no entra de repente en los
niños al llegar la pubertad, como nos cuenta el Evan-
gelio que el demonio entró en los cuerpos de los cer-
dos. El niño posee desde un, principio sus instintos y
actividades sexuales; los trae consigo al mundo, y de
ellos se forma, a través de las numerosas etapas de
una importantísima evolución, la llamada sexualidad
normal del adulto. Ni siquiera es difícil observar las
manifestaciones de esta actividad sexual infantil; por
lo contrario, más bien es necesario poseer un cierto arte
para dejarlas pasar desapercibidas o interpretarlas
erróneamente.Un favorable destino me ha puesto en situación de
acogerme al testimonio de un compatriota vuestro. In-
dicaré aquí un trabajo del doctor Sanford Bell publi-
cado en 1902 en el «American Journal of Psychologie».
Su autor es un antiguo discípulo de la Clark Universi-
ty, la misma institución en una de cuyas aulas nos ha-
llamos hoy reunidos. En este trabajo, titulado «A preli-
minary study of the emotión of love between the sexes»,
y aparecido tres años antes de mi «Teoría sexual», dice
el autor la misma cosa que yo acabo de exponeros:
«La emoción del amor sexual no surge por vez prime-
ra en el período de la adolescencia, como se ha pen-
sado hasta ahora»(1). El doctor Sanford Bell ha tra-
bajado, en esta cuestión, muy a la americana, como
diríamos en Europa, reuniendo en el transcurso de
quince años nada menos que 2.500 observaciones
positivas, entre ellas 800 realizadas por él mismo. De
los signos por los que se revelan tales enamoramien-
(1) N. DEL T.–En inglés en el original.
S.
197
UNA TEORIA SEXUAL Y OTROS ENSAYOS
tos infantiles dice en su trabajo: «Observando sin prejui-
cio alguno estas manifestaciones en cientos de parejas
de niños, no puede eludirse el atribuirlas un origen se-
xual. El ánimo más deseoso de exactitud tiene que que-
dar satisfecho cuando a estas observaciones se agre-
ga la confesión de aquellas personas que en su niñez
han experimentado tal emoción con una elevada inten-
sidad y cuyos recuerdos infantiles son relativamente
precisos» (1). Mas cuando el asombro de aquellos
de entre vosotros que ho quieren creer en la sexuali-
dad infantil llegará a su grado máximo, será al oir que
entre estos niños tempranamente enamorados muchos
no han pasado de la tierna edad de tres, cuatro y cin-
co años.No me admiraría que estas observaciones de un
compatriota vuestro consiguieran vuestro asentimiento
con mayor facilidad que las mías. Por mi parte he lo-
grado hace poco deducir del análisis de un niño de
cinco años que padecía una neurosis de angustia–ana-
lisis llevada a cabo por su mismo padre, conforme a
las reglas psicoanalíticas–un cuadro casi comple-
to de las manifestaciones instintivas somáticas y de las
producciones anímicas en un temprano estadio de la
vida erótica infantil (2). Debo también haceros recor-
dar que mi amigo, el doctor C. G. Jung, os leía hace
pocas horas en esta misma sala las observaciones ve-
rificadas en el caso de una niña aún menor, que por
el mismo motivo que mi paciente–el nacimiento de un(1) N. DEL T.—En inglés en el original.
(2) N. DEL T.—«Análisis de la fobia de un niño de cinco años».
Publicada en el Jahrbuch fuer psychoanalyt. und psychopatho-
logische Forschungen Bd. I, 1. Haelfte 1909, e incluída después
en la 3.a serie de la «Colección de ensayos sobre Neurología»
que formará parte de esta traducción.S.
– 198 –
PROF. S. FREUD
hermanito–reveló emociones sensuales y formacio-
nes de deseos y complejos, totalmente análogas. No
desespero, pues, de que lleguéis a familiarizaros con la
idea, extraña al principio, de la sexualidad infantil, y
quiero presentaros todavía el honroso ejemplo del psi-
quiatra de Zurich, E. Bleuler, que aún no hace muchos
años manifestaba «que no lograba comprender mis
teorías sexuales» y que posteriormente ha confirmado
en su totalidad, por observaciones propias, mi con-
cepción de la sexualidad infantil (1).Es muy explicable que, sean o no investigadores mé-
dicos, no quieran los hombres saber nada de la vida
sexual del niño. Han olvidado su propia actividad se-
xual infantil bajo la presión de la educación civilizado-
ra y no quieren que se les recuerde lo que han reprimi-
do. Muy distintas serían las convicciones a que llega-
rían si comenzaran sus investigaciones con un auto-
análisis, una revisión y una interpretación de sus
recuerdos infantiles.Rechazad vuestras dudas y seguidme en la acep-
tación de la existencia de una sexualidad infantil desde
los primeros años. El instinto sexual del niño se nos
revela como muy complejo, y es susceptible de una des-
composición en numerosos componentes de muy di-
verso origen. Ante todo, es aún independiente de la pro-
creación, a cuyo servicio entrará más tarde, y sirve por
lo pronto para la consecución de sensaciones de pla-
cer, de muy diversos géneros, a las que por sus analo-
gías y conexiones reunimos bajo la común considera-
ción de placer sexual. La fuente principal del placer
sexual infantil es el estímulo apropiado de determi-
(1) Bleuler. «Sexuelle Abnormitaeten der Kinder». Jahrbuch
der Schweiz. Gessellschaft fuer Schulgesundheitspflege, IX, 1908.S.
199
nadas partes del cuerpo especialmente excitables, es-
to es, además de los genitales, la boca, el ano, la
abertura del 'meato, y también la piel y otras superfi-
cies sensoriales. Dado que en esta primera fase de la
vida sexual infantil, la satisfacción es conseguida en
el propio cuerpo y aparte de todo objeto exterior, la
denominamos, conforme al término implantado por
Havelock Ellis, fase del autoerotismo, y lla-
maremos zonas erógenas a las partes del cuer-
po que intervienen en la consecución de placer. El
«chupeteo» o succión productora de placer observa-
ble en los niños más pequeños, es un buen ejemplo de
una tal satisfacción autoerótica conseguida en una
zona erógena. El primer observador científico de este
fenómeno, un pediatra de Budapest llamado Lindner,
lo interpretó ya como una satisfacción sexual y ha des-
crito minuciosamente su transición a otras más eleva-
das formas de la actividad sexual (1). Otra satisfac-
ción sexual de esta edad infantil es aquel estímulo
masturbatorio de los genitales que tan gran importan-
cia conserva para la vida posterior y que muchos in-
dividuos no logran jamás dominar. Junto a estas y
otras actividades autoeróticas, se manifiestan muy tem-
pranamente en el niño, aquellos componentes instinti-
vos del placer sexual, o como nosotros acostumbra-
mos a decir, de la libido, que presuponen una persona
exterior al sujeto. Estos instintos aparecen en dos for-
mas, activa y pasiva, constituyendo pares antitéticos.
Citaré entre ellos, como los de mayor importancia en
este grupo, el placer de causar dolor (sadismo) con su
contrario pasivo (masoquismo) y el placer visual, de
cuyas formas activa y pasiva surgen posteriormente(1) Jahrbuch fuer Kinderheilkunde, 1879.
S.
200
el afán de saber y la tendencia a la exposición artística
o teatral. Otras actividades sexuales del niño caen ya
dentro de la elección de objeto, en la cual se
convierte en elemento principal una segunda persona
que debe originariamente su importancia a considera-
ciones relativas al instinto de conservación. Sin em-
bargo, la diferencia de sexos no desempeña aún en
este período infantil, un papel decisivo, y sin cometer
injusticia alguna puede atribuirse a todo niño una par-
te de disposición homosexual.Esta desordenada vida sexual del niño, muy rica en
contenido, pero disociada y en la cual cada instinto
busca por cuenta propia, independientemente de todos
los demás, la consecución de placer, experimenta una
síntesis y una organización en dos direcciones princi-
pales, de tal manera, que con el término de la puber-
tad queda en la mayoría de los casos completamente
desarrollado el definitivo carácter sexual del individuo.
Por un lado se subordinan los instintos aislados bajo
la primacía de la zona genital, con lo que toda la vida
sexual entra al servicio de la procreación, y la satis-
facción de dichos instintos queda reducida en im-
portancia a la preparación y favorecimiento del acto
sexual propiamente dicho. Por otro, la elección de ob-
jeto anula el autoerotismo haciendo que en la vida
erótica no quieran ser satisfechos sino en la persona
amada, todos los componentes del instinto sexual.
Mas no todos los componentes instintivos originales
son admitidos a esta definitiva fijación de la vida sexual.
Ya antes de la pubertad han sido sometidos determi-
nados instintos, bajo la influencia de la educación, a
represiones extraordinariamente enérgicas y han apa-
recido potencias anímicas tales como el pudor, la re-
pugnancia y la moral, que mantienen como vigilantesS.
201
guardianes dichas represiones. Cuando luego, en la
época de la pubertad, llega la marea alta de la necesi
dad sexual, encuentra en las citadas formaciones de
reacciones o resistencias, diques que la marcan su en
trada en los caminos llamados normales y la hacen
imposible vivificar de nuevo los instintos sometidos a
la represión. Esta recae especialmente sobre los pla
ceres infantiles coprófilos, o sea los relacionados con
los excrementos y, además, sobre la fijación a las per
sonas de la primitiva elección de objeto.Un principio de Patología general expresa que cada
proceso evolutivo trae consigo las semillas de la dis
posición patológica en tanto en cuanto puede ser obs-
taculizado o retrasado o no tener lugar sino incomple-
tamente. Esto mismo es aplicable al tan complicado
desarrollo de la función sexual, el cual no en todos los
individuos se lleva a cabo sin tropiezo alguno, dejan-
do en estos casos tras de sí, ora anormalidades, ora
disposición a la posterior adquisición de enfermeda-
des por el camino de la regresión. Puede suceder que
no todos los instintos parciales se sometan a la pri-
macía de la zona genital, y entonces el instinto que ha
quedado independiente constituye lo que llamamos una
perversión y algo que puede sustituir el fin se-
xual normal por el suyo propio. Sucede muy frecuen-
temente, como ya hemos indicado, que el autoerotismo
no es dominado por completo, defecto del cual dan tes-
timonio, en tiempos posteriores, las más diversas per-
turbaciones. La original equivalencia de ambos sexos
como objetos sexuales puede también mantenerse, y
resultar de ella una tendencia a la actividad homose-
xual en la vida adulta, tendencia que puede llegar en
determinadas circunstancias a la homosexualidad ex-
clusiva. Esta serie de perturbaciones corresponde aS.
202
los impedimentos directos de la función sexual y com-
prende las perversiones y el nada raro in-
fantilismo general de la vida sexual.La disposición a las neurosis debe derivarse tam-
bién, pero por un camino distinto, de una perturbación
del desarrollo sexual. Las neurosis son a las perver-
siones lo que en fotografía el negativo a la positiva.
En ellas aparecen como sustentadores de los comple-
jos y origen de los síntomas los mismos componen-
tes instintivos que en las perversiones, pero en este
caso actúan desde lo inconsciente. Han experimenta-
do, pues, una represión, mas a pesar de la misma, pu-
dieron afirmarse en lo inconsciente. La psicoanálisis
nos permite reconocer que una manifestación extrema-
damente enérgica de estos instintos en épocas muy
tempranas, conduce a una especie de fijación par-
cial que constituye un punto débil en el conjunto de la
función sexual. Si el ejercicio de la función sexual nor-
mal encuentra luego algún obstáculo en la madurez,
la represión de la época evolutiva queda rota precisa-
mente en aquellos puntos en los que han tenido lugar
fijaciones infantiles.Me objetaréis quizás ahora que nada de esto es se-
xualidad. Confieso que he usado esta palabra en un
sentido mucho más amplio del que estáis acostumbra-
dos a atribuirla. Pero es muy discutible si no sois vos-
otros los que la empleáis en un sentido demasiado es-
trecho cuando la limitáis a los dominios de la procrea-
ción. Haciéndolo así, sacrificáis la inteligencia de las
perversiones y la conexión entre la perversión, la
neurosis y la vida sexual normal, quedando imposibi-
litados de reconocer, según su verdadera importancia,
los comienzos, fácilmente observables, de la vida eró-
tica-somática y psíquica–de los niños. Pero os de-
S.
203
UNA TEORIA SEXUAL Y OTROS ENSAYOS
cidáis o no a dar un más amplio sentido a la palabra
discutida, debéis tener siempre en cuenta que el inves-
tigador psicoanalítico concibe la sexualidad en aquel
amplio sentido al que nos conduce, la aceptación de la
sexualidad infantil.Volvamos de nuevo al desarrollo sexual del niño.
Quédannos todavía por examinar en él algunos puntos,
que antes, dedicada nuestra atención, más a las mani-
festaciones somáticas que a las anímicas, de la vida
sexual, dejamos escapar. La primitiva elección infantil
de objeto, cuya naturaleza obedece a la impotencia del
niño para valerse por sí solo, reclama todo nuestro in-
terés. Dirígese al principio hacia los guardadores del
infantil sujeto y luego, en seguida, hacia sus padres.
Según me ha demostrado la observación directa de los
niños, confirmada por la investigación analítica de los
adultos, la relación del niño con sus padres no está en
ningún modo exenta de elementos de excitación sexual.
El niño toma a sus dos progenitores y especialmente a
uno de ellos, como objeto de sus deseos eróticos, con
lo cual no hace generalmente más que obedecer a un
estímulo iniciado por sus mismos padres, cuya ternura
posee los más claros caracteres de una actividad se-
xual, si bien desviada en sus fines. El padre prefiere
en general a la hija y la madre al hijo, y el niño reac-
ciona a ello con el deseo, si es varón, de hallarse en el
puesto de su padre, o en el de su madre, si es hembra.
Los sentimientos despertados en estas relaciones en-
tre padres e hijos y en las de los hermanos entre sí, no
son solo de naturaleza tierna y positiva, sino también
negativos y hostiles. El complejo que de este modo se
forma, está destinado a una pronta represión, pero ejer-
ce luego desde lo inconsciente una magna y duraderaS.
204
influencia y debemos manifestar nuestra sospecha de
que, con sus ramificaciones, constituye el comple-
jo nódulo (Kernkomplex) de todas y cada una de
las neurosis, hallándonos preparados a encontrarlo
con no menor eficacia en otros dominios de la vida
psíquica. El mito del rey Edípo, que mata a su padre y
toma a su madre por mujer, es una exposición aún muy
poco disfrazada del deseo infantil ante el cual se alzan
después, rechazándolo, las barreras del incesto. El
Hamlet shakespiriano reposa sobre la misma base,
aunque más encubierta, del complejo de incesto.En la época en que el niño está todavía dominado
por el complejo nódulo aún no reprimido, dedica una
importantísima parte de su actividad al servicio de los
intereses sexuales; comienza a investigar de dónde
vienen los niños, y utilizando los datos que a su obser-
vación se ofrecen, adivina de las circustancias reales
más de lo que los adultos pueden sospechar. General-
mente, lo que despierta su interés investigativo es la
amenaza material de la aparición de un nuevo niño en
el que al principio no ve más que un competidor. Bajo
la influencia de los instintos parciales que en él actúan,
llega a formular numerosas «teorías sexuales
infantiles», tales como las de que ambos sexos
poseen iguales genitales masculinos, que los niños se
conciben comiendo y son paridos por el recto y que el
comercio sexual es un acto de carácter hostil, una es-
pecie de sojuzgamiento violento. Mas precisamente el
incompleto desarrollo de su constitución sexual y la
laguna que en sus conocimientos supone la ignoran-
cia de la forma del aparato genital femenino (vagina),
obligan al infantil investigador a abandonar su labor,
considerándola inútil. El hecho mismo de esta investi-
gación infantil, así como las pueriles teorías sexuales aS.
205
que da lugar, presenta gran importancia como determi-
nante para la formación del carácter del niño y del con-
tenido de la neurosis que puede adquirir posterior-
mente.Es inevitable y de todo punto normal, que el niño
haga de sus padres los objetos de su primera elección
erótica. Pero su libido no debe permanecer fija en es-
tos primeros objetos, sino tomarlos después únicamen-
te como modelos y pasar de ellos a personas extrañas
en la época de la definitiva elección de objeto. El des-
ligamiento del niño, de sus padres, se convierte
así en un indispensable deber educativo si el valor so-
cial del joven individuo no ha de correr un serio peli-
gro. Durante la época en la que la represión lleva a
cabo la selección entre los instintos parciales de la se-
xualidad, y después, cuando ha de debilitarse la in-
fluencia de los padres, la cual ha proporcionado la
energía necesaria para estas represiones, recaen sobre
la labor educativa importantes deberes que actualmente
no siempre son desempeñados de una manera com-
prensiva y libre de objeciones.No vayáis quizás a juzgar que con estas discusiones
sobre la vida sexual y la evolución psicosexual del
niño nos hemos alejado mucho de la psicoanálisis y
de la labor curativa de las perturbaciones nerviosas.
Si queréis, podéis describir exclusivamente el trata-
miento psicoanalítico, como una continuada educación
dirigida al vencimiento de los restos de la infancia.S.
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