S.
375
III
La obra de Jensen nos ofrece todavía otro sueño,
cuya interpretación, encaminada a mostrar su coheren-
cia con el conjunto de procesos que constituyen la vida
anímica del protagonista, presenta un interés aún ma-
yor que la del anteriormente analizado. Pero adelanta-
ríamos muy poco abandonando el hilo de la poética
narración para entrar directamente en el examen de
dicho sueño, pues todo aquel que quiera interpretar lo
soñado por otra persona no puede por menos de ocu-
parse con el mayor detalle posible de los sucesos vivi-
dos por la misma, tanto en su vida interior como en la
de relación social. Será, por lo tanto, mejor, continuar
como hasta ahora, ciñéndonos al desarrollo del relato
y comentándolo con nuestras glosas.La nueva creación del delirio, referente a la muerte
de Gradiva en el sepultamiento de Pompeya, el año 79,
no es la única consecuencia del primer sueño por nos-
otros analizado. Inmediatamente después del mismo
decide Hanold emprender un viaje a Italia, y llevando a
la práctica su decisión, se encuentra a los pocos días
en Pompeya. Pero antes de que esta resolución se le
imponga, tiene una singular aventura. Hallándose aso-
mado a la ventana de su cuarto, cree ver pasar por la
calle una figura femenina semejante en un todo a la
Gradiva. Sin darse cuenta de que se halla a medio
vestir, sale de su casa en pos de ella, pero el asombro
S.
376
y la burla de los transeuntes, le obligan a retornar sin
haber conseguido su propósito. De nuevo en su habi-
tación, los irinos de un canario, cuya jaula cuelga en
una ventana de la casa frontera, le sugieren la idea
singular de que también él es un prisionero ansioso de
libertad, y el viaje a Italia queda decidido y es empren-
dido inmediatamente.El poeta ha cuidado de arrojar una clara luz sobre
este viaje de su héroe llegando hasta hacer que el mis-
mo Hanold se de cuenta parcial de los íntimos proce-
sos que lo motivan. Claro es, que en un principio
intenta justificar ante sí mismo su decisión con un pre-
texto científico, pero no logra engañarse por mucho
tiempo. Sabe muy bien «que el impulso a emprender
aquel viaje había sido determinado en él por una sen-
sación indefinible.» Un singular desasosiego hace que
nada le satisfaga, y le lleva de Roma a Nápoles y de
aquí a Pompeya, sin que tampoco en este último lugar
logre encontrarse a gusto. La necedad de los jóvenes
matrimonios en viaje de novios le irrita sobre manera
y las moscas que pueblan los hoteles de Pompeya
exacerban, con su pegajosa obstinación, su constante
malhumor. Finalmente, acaba por comprender que «su
disgusto no depende tan sólo de circunstancias exterio-
res, sino que tiene, en parte, un origen íntimo». Se da
cuenta de su sobreexcitación y siente «que se halla
malhumorado porque le falta algo, sin que pueda pre-
cisar el qué. Y este malhumor lo va llevando él con-
sigo a todas partes». En tal estado de ánimo llega a
rebelarse incluso contra la ciencia arqueológica, su
dueña y señora. Durante su primer paseo, bajo el ar-
diente sol del mediodía, por entre las ruinas de Pom-
peya, siente que «no solo ha huído de él toda su cien-
cia sino que no tiene el menor deseo de volverla aS.
377
EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS
hallar, pues su recuerdo de ella es lejanísimo, como
pudiera ser el de una de esas viejas parientes, momifi-
cadas y tediosas, a las que se considera como los se-
res más inútiles y coriáceos de la tierra».Dando vueltas a estos desasosegados y confusos
pensamientos, halla de pronto, en el momento en que
por vez primera ve andar a Gradiva entre las ruinas
de la antigua ciudad, la solución de uno de los proble-
mas referentes a su viaje. En este instante llega a dar-
se cuenta «de algo de que hasta el momento no había
tenido conciencia. Si, aun ignorando el impulso inte-
rior que le había decidido a emprender el viaje, había
partido para Italia, y sin detenerse en Roma ni en Ná-
poles, había llegado hasta Pompeya, era con el propó-
sito de buscar en esta ciudad las huellas de su Gradi-
va. Y precisamente las huellas en el propio y estricto
sentido de la palabra, pues el característico paso de la
fantástica beldad debía de haber dejado una impronta
inconfundible en la ceniza de las calles pompeyanas».La minuciosidad con que el poeta expone todo lo re-
ferente a este viaje ha de invitarnos a esclarecer su re-
lación con el delirio del protagonista y a precisar su
significado e importancia dentro del conjunto de suce-
sos que la poética narración nos ofrece. El tal viaje
obedece a motivos que el sujeto mismo desconoce al
principio y sólo más tarde logra hallar, motivos que el
poeta califica directamente de «inconscientes». Estas
circunstancias constituyen un fiel reflejo de la realidad,
pues ni siquiera es necesario hallarse presa de un de-
lirio, para obrar de tal modo. Constituye, en efecto, un
hecho muy corriente, aun en personas de salud nor-
mal, el engañarse sobre los motivos de los propios ac-
tos y no percatarse de los mismos sino a posteriori, en
aquellos casos en que un conflicto entre varias corrien-– 377 –
S.
378
tes sentimentales facilita tal confusión. Así, pues, el
viaje de Hanold no obedece desde el primer momento
sino a una tendencia favorecedora de su delirio, que le
lleva a Pompeya para continuar allí su apasionada
busca de Gradiva. Ya hemos visto y recordamos aho-
ra, que antes e inmediatamente después del sueño se
hallaba el arqueólogo entregado por completo a tal ac-
tividad inquisitiva y que el sueño mismo no era sino
una respuesta, ahogada por su conciencia, a la inte-
rrogación de cuál pudiera ser el paradero de Gradi-
va. Mas un indeterminado poder, cuya naturaleza ig-
noramos por el momento, impide al principio el acce-
so a la conciencia del propósito inspirado por el
delirio, de manera que la motivación consciente del via-
je se ve forzada a basarse en insuficientes pretextos
que de tiempo en tiempo tienen que ser renovados. El
poeta nos plantea aquí un nuevo problema, haciendo
sucederse como casualidades faltas de toda íntima co-
nexión, el sueño, el paso de la supuesta Gradiva ante
la casa de Hanold y la decisión al viaje bajo la influen-
cia ejercida sobre el ánimo del arqueólogo por el canto
del canario.Con ayuda de las aclaraciones que hallamos des-
pués en las palabras de Zoe Bertgang llegamos a la
comprensión de esta oscura parte del relato. La mujer
que Hanold vió pasar desde su ventana y a la que hu-
biera podido alcanzar en seguida, era verdaderamen-
te el vivo original de la Gradiva escultórica, la propia
Zoe, su vecina. El dato contenido en el sueño—«ella
vive actualmente y en la misma ciudad que tú»—hubie-
ra, pues, podido recibir una evidente confirmación que
habría acabado con la interior resistencia del joven.Por otra parte, el canario cuyo canto inspira a Hanold
la idea de partir, pertenecía a Zoe, y su jaula se halla-
baS.
379
EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS
ba colgada en su ventana, frente a la casa de nuestro
héroe. Este, que según la dolida acusación de la mu-
chacha poseía el don de la «alucinación negativa» o
sea el arte de no ver ni reconocer a las personas que
ante él se hallaban, tiene desde un principio que po-
seer el conocimiento inconsciente de todas estas cir-
cunstancias que a nosotros nos son reveladas mucho
después. Los signos de la proximidad de Zoe, o sea,
su paso por la calle y el canto de su canario tan cerca
de la ventana del arqueólogo, refuerzan el efecto del
sueño de Hanold, el cual, ante esta situación, tan peli-
grosa para su resistencia contra el erotismo, emprende
la fuga. El viaje corresponde, pues, a una enérgica
movilización de tal resistencia, contra el ataque que el
anhelo erótico lleva a cabo en el sueño, y a un intento
de fuga ante la amada corpórea y presente. Práctica-
mente significa una victoria de la represión, que esta
vez predomina en el delirio, como antes predominaba
el erotismo en la actividad investigadora de Hanold
sobre el andar femenino, inspirada también por la deli-
rante perturbación. Pero a través de todas estas osci-
laciones de la lucha se conserva siempre la naturaleza
transaccional de los resultados. La huida a Pompeya
que ha de apartar a Hanold de Zoe, la Gradiva vivien-
te, le conduce por lo menos a su sustitución, la Gradi-
va muerta. El viaje es emprendido ciertamente en con-
tra de las ideas latentes, pero en cambio, sigue el iti-
nerario marcado por el contenido manifiesto del sueño.
De este modo, triunfa siempre el delirio en cada nueva
lucha entre el erotismo y la resistencia.Esta interpretación del viaje de Hanold como una
fuga ante el amoroso anhelo que hacia la amada –tan
cercana– va despertando en él, es la única que se ar-
moniza con sus estados de alma durante su estanciaS.
380
en Italia. La repulsa del erotismo, dominándole por
completo, se manifiesta en su horror a los jóvenes
matrimonios en viaje de novios. Un corto sueño que
tiene durante su estancia en un «albergo» de Roma y
que es motivado por el tierno diálogo nocturno de una
de estas parejas, oído a través del delgado tabique de
su habitación, arroja a posteriori una viva luz sobre
las tendencias eróticas de su primer sueño. En este
otro se ve trasladado de nuevo a Pompeya y también
en el día de la erupción vesubiana, circunstancias que
nos revelan su enlace con aquel primero, que ha con-
tinuado ejerciendo sobre el sujeto sus efectos durante
todo el viaje. Mas entre las personas cuya vida ame-
naza la catástrofe, no se encuentra ya Gradiva, ni
tampoco él mismo, sino tan solo el Apolo del Belve-
dere y la Venus capitolina, seguramente una irónica
alusión a la amorosa pareja del cuarto vecino. El Apo-
lo coge en sus brazos a la Venus y se aleja con ella,
depositándola sobre un objeto situado en la oscuridad
y que debe de ser un coche o un carro, pues a poco
suena un «sordo chirrido» que va perdiéndose en la
lejanía. Este sueño no necesita arte ninguno para ser
interpretado.Nuestro poeta, del que ya hace tiempo sabemos que
no incluye en su narración ningún rasgo ocioso o in-
útil, nos da aún otro testimonio de la corriente asexual
que domina a Hanold en todo su viaje. Durante su lar-
go vagar entre las ruinas pompeyanas no recuerda ni
una sola vez «haber soñado pocos días antes presen-
ciar la erupción del Vesubio que sepultó a la ciudad el
año 79». Sólo cuando ve por vez primera a Gradiva,
recuerda de repente su sueño, y al mismo tiempo, se
percata del misterioso motivo de su viaje, inspirado
por el delirio. Este olvido del sueño y la muralla alza-S.
381
EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS
da por las fuerzas represoras entre el mismo y los es-
tados de alma de Hanold durante el viaje, han de in-
terpretarse como una clara indicación de que este úl-
timo no ha sido emprendido obedeciendo a un estímu-
lo directo del sueño, sino que, por lo contrario, constitu-
ye una rebelión contra el mismo, esto es, una mani-
festación de un poder anímico que no quiere saber nada
del secreto sentido del sueño.Mas, por otro lado, Hanold no halla alegría ningu-
na en esta victoria sobre su erotismo. El sentimiento
reprimido conserva energía suficiente para vengarse
de las fuerzas represoras provocando sensaciones de
displacer y estableciendo nuevas coerciones en el su-
jeto. De este modo, el deseo amoroso de Norberto es
convertido en un atormentador desasosiego que le
hace reputar insensato su viaje, y la verdadera motiva-
ción del mismo queda vedada a su percatación cons-
ciente al mismo tiempo que su personalidad científica
parece anularse en circunstancias en las que todo lo
que le rodea debiera imponer un efecto contrario. Así,
pues, el poeta nos muestra a su héroe, tras de su huída
del amor, en un estado de confusión y desconcierto
semejante al que suele aparecer en el período álgido
de los estados patológicos, cuando ninguno de los po-
deres combatientes es lo suficientemente superior al
otro para que la diferencia de sus energías pueda es-
tablecer un riguroso régimen anímico. Mas una vez
que ha llevado la situación hasta este punto culminan-
te interviene para mitigar su tensión y resolverla, ha-
ciendo entrar en escena a Gradiva, la cual emprende
la curación del delirio. Con su poder de dirigir a un
feliz desenlace los destinos de las criaturas por él crea-
das traslada el autor a Zoe a la misma ciudad en la
que –precisamente huyendo de ella– se ha refugiadoS.
382
PROF. S. FREUD
Hanold y corrige así la simpleza que el delirio inspiró
a éste, haciéndole dejar la residencia de su amada
viva por el sepulcro de la que en su fantasía la ha sus-
tituído.Con la aparición de Zoe Bertgang, que señala el
punto culminante del relato, toma nuestro interés un
distinto curso. Hasta este momento, hemos asistido al
desarrollo de un delirio; ahora, vamos a ser testigos
de su curación. Lo primero que se nos ocurre pregun-
tarnos ante esta nueva fase del relato es si el autor
procederá con absoluta libertad al exponernos la his-
toria de la curación de Hanold, o por lo contrario, se
ajustará a las posibilidades reales. Las palabras de
Zoe en su diálogo con su amiga, no dejan lugar a du-
das sobre sus propósitos curativos. ¿Pero cómo lo
grará llevarlos a cabo? Después de dominar la indig-
nación que hubo de producirla el deseo expresado por
Hanold de verla reclinarse para dormir «como enton-
ces» sobre la escalinata del templo, retorna a la hora
meridiana del siguiente día al mismo sitio y arranca al
arqueólogo todos aquellos secretos de su delirante
fantasía cuyo desconocimiento la impidió explicarse su
conducta del día anterior. Norberto la habla de su sue-
ño, del bajorrelieve con la figura de Gradiva y del sin-
gularísimo modo de andar en que con ella coincide.
Zoe acepta el papel de fantasma meridiano que com-
prende ser el que el delirio de Hanold la atribuye, y usan-
do frases de doble sentido, señala discretamente al jo-
ven una nueva situación con respecto a ella, aceptando
de sus manos la funeraria flor que él ha cortado sin
propósito consciente y expresando su melancólico sen-
timiento por no ser rosas lo que Hanold la ofrece,
como lo haría a una mujer viva.Nuestro interés por la conducta de la prudente y jui-
S.
383
EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS
ciosa muchacha, que después de descubrir tras del
delirio de Hanold y como fuerza impulsora del mismo,
el amor que ella le inspira, decide curarle de su tras-
torno mental y hacer su esposo al hombre en que des-
de pequeña puso su corazón, queda, en esta parte del
relato, un tanto debilitado por la extrañeza que nos
produce el grado a que el delirio del arqueólogo llega.
La última creación de este delirio o sea la creencia de
que Gradiva, muerta el año 79 de nuestra era, surge
cotidianamente de su tumba para dialogar con él du-
rante una hora, transcurrida la cual, vuelve a la tierra;
esta fantástica imaginación, que no se detiene ante la
vista del calzado moderno de Zoe-Gradiva, ni ante su
ignorancia del latín y del griego y, en cambio, su cono-
cimiento del alemán, idioma que no existía aún en la
época del sepultamiento de Pompeya, parece justificar
la denominación de «fantasía pompeyana» que Jensen
da a su obra y excluir por completo toda posible ver-
dad clínica. Mas a nuestro juicio, esta aparente invero-
similitud del delirio desaparece en cuanto reflexiona-
mos un poco sobre las causas a que es debida nuestra
impresión. Una gran parte de la culpa la ha tomado
sobre sí el poeta, al presentar como punto de partida
de su relato la total semejanza de Zoe Bertgang con la
figura del bajorrelieve. Debemos, pues, cuidarnos de
no desplazar la inverosimilitud de este antecedente
sobre su consecuencia, o sea el hecho de que Norberto
tome a la muchacha por la propia Gradiva resucitada,
error singular que necesariamente hemos de atribuir a
la influencia perturbadora del delirio que a Hanold do-
mina, pues el poeta no nos proporciona para él expli-
cación racional alguna. Únicamente y en calidad de cir-
cunstancias atenuantes de las extravagancias de su hé-
roe hace contribuir a ellas la influencia del ardiente sol.S.
384
PROF. S. FREUD
de la Campania y la del fuerte vino del Vesubio. Pero
el más importante de los factores que disculpan el esta-
do de Hanold sigue siendo la facilidad con la que
nuestro pensamiento se decide a aceptar un absurdo
cuando tal aceptación satisface a sentimientos satura-
dos de afecto. Es sorprendente, aunque, en general, no
se le de toda la importancia que posee, la facilidad con
la que incluso personas de gran inteligencia muestran,
bajo tales constelaciones psicológicas, reacciones pro-
pias de una parcial debilidad mental. Todo aquel que
no posea una idea excesivamente alta de sí mismo
podrá observar esto en su propia persona, sobre todo
cuando una parte de los procesos mentales que some-
ta a tal observación dependan de motivos inconscien-
tes o reprimidos. Citaré aquí lo que sobre esta cuestión
me escribió un filósofo: «También yo he comenzado a
anotar los errores en que personalmente incurro, actos
irreflexivos que motiva uno a posteriori y por cierto
harto irracionalmente. Es asombrosa, pero típica, la
cantidad de tontería que de este modo descubrimos en
nosotros mismos.» Añádase, ahora, a todo esto, que
la creencia en los espíritus, apariciones y fantasmas,
que tanto apoyo encuentra en todas las religiones, a
alguna de las cuales hemos pertenecido todos, por lo
menos de niños, no ha desaparecido por completo, ni
aun entre las clases cultivadas, muchos de cuyos miem-
bros encuentran todavía posible conciliar el espiritismo
con la razón. Por otro lado, hasta los más incrédulos
en estas materias vuelven con gran facilidad a aceptar
las más groseras supersticiones cuando en circunstan-
cias emocionantes se hallan ante algo que les parece
inexplicable. Sé de un médico que había perdido a una
de sus pacientes, atacada de la enfermedad de Base-
dow, y no podía alejar de su ánimo la sospecha de queS.
25
EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS
quizá por una imprudente medicación había él contri-
buído al funesto desenlace. Un día, varios años des-
pués, entró en su gabinete de consulta una muchacha
en la que a pesar de toda su resistencia a tales supers-
ticiones tuvo que reconocer a la enferma fallecida. Du-
rante unos instantes, se le impuso la idea de que era
cierto que los muertos retornaban a la tierra, pero las
primeras frases de la supuesta aparición desvanecieron
su terror dejándole avergonzado y confuso ante su
pueril falta de reflexión. La visitante no era sino una
hermana de la muerta y padecía igual dolencia. Sabido
es, que los atacados de la enfermedad de Basedow
presentan todos un cierto parecido de sus rasgos fiso-
nómicos, y en el caso presente, este parecido típico
se agregaba al familiar. Diré ahora, que el médico de
esta historia soy yo mismo, y que, por lo tanto, no me
es posible rechazar la posibilidad clínica del delirio en
que Norberto Hanold cree ver en Zoe a Gradiva resuci-
tada. Por último, todo psiquiatra sabe perfectamente
que en los casos graves de delirio crónico (paranoia)
construyen los enfermos con sorprendente ingeniosi-
dad y sutileza los mayores absurdos.Después de su primer encuentro con Gradiva visitó
Hanold los dos hoteles que en Pompeya le eran cono-
cidos y bebió vino en ellos mientras los demás huéspe-
des almorzaban. «Naturalmente no le pasó por la ima-
ginación ni un sólo momento, la insensata sospecha»
de que obraba así para averiguar en qué hotel vivía
Gradiva, pero claro es que, aunque él se lo oculte a sí
mismo, es éste el sentido de su conducta. El día en que
por segunda vez pasa la hora del mediodía dialogan-
do con Gradiva en la casa de Meleagro, le suceden in-
finidad de cosas aparentemente sin conexión alguna
entre sí: halla una estrecha hendidura en el muro del
S.
386
PROF. S. FREUD
pórtico por donde desapareció Gradiva, tropieza con
el extravagante cazador de lagartijas que le dirige la
palabra como a persona conocida, descubre una terce-
ra hospedería, el «Albergo del Sole», cuyo huésped le
hace comprar como legítima una fíbula que dice haber
hallado en las excavaciones junto a los restos de una
muchacha pompeyana, y por último, encuentra en su
hotel a una joven pareja que supone hermano y herma-
na y que despierta su simpatía. Todas estas impresio-
nes se entretejen para formar el siguiente sueño, «sin-
gularmente desatinado»:«Gradiva se hallaba sentada al sol, y mientras fabri-
caba, con un largo tallo de hierba, un lazo para cazar
una lagartija, decía: Estate quieto un momento. Mi co-
lega tiene razón. Este medio es realmente eficaz,
y ella lo ha empleado con éxito.»Contra este sueño se rebela Hanold aún antes de
despertar, pensando que constituye un completo des-
atino y esforzándose en libertarse de él, cosa que al fin
consigue con el auxilio de un invisible pájaro que lan-
zando un grito semejante a una risotada se apodera de
la lagartija y se la lleva en el pico.Intentaremos también llevar a cabo la interpretación
de este sueño, o sea sustituirlo por las ideas latentes
de cuya deformación tiene que haber surgido. Ante
todo, observamos que constituye un completo absur-
do, carácter casi general en los sueños y en el que se
apoya la teoría que les niega la cualidad de actos psí-
quicos independientes y los hace surgir de una arbi-
traria excitación de los elementos psíquicos.Podemos aplicar a este sueño la técnica regular de
la interpretación onírica, consistente en no ocuparse
de la aparente conexión de los elementos del sueño
manifiesto, sino investigar por separado cada uno deS.
387
EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS
ellos y buscar su origen latente por medio de los datos
que nos proporcionen las impresiones, recuerdos y
ocurrencias libres del sujeto. Mas como no podemos
someter a Hanold a un tal exámen tendremos que con-
tentarnos con inquirir la relación de los elementos del
sueño manifiesto con sus impresiones y sustituir tími-
damente nuestras propias ocurrencias a las suyas.Gradiva se halla sentada al sol, cazando lagartijas,
y dice… ¿A qué impresión de las recibidas por Ha-
nold aquella tarde alude esta parte de su sueño? Indu-
dablemente a su encuentro con el cazador de lacérti-
dos, el cual se hallará, pues, en el sueño, sustituído
por Gradiva. Hanold lo halló sentado o tumbado en
la «soleada» vertiente de una colina y fué también in-
terpelado por él. Las frases que el sueño pone en
boca de Gradiva son, así mismo, copia de las que di-
cho individuo dirigió a Norberto: «El medio que mi
colega Eimer ha inventado para cazarlos es excelente.
Yo lo he experimentado ya varias veces con éxito sa-
tisfactorio. Estése usted quieto un momento.» Estas
mismas palabras son las que luego pronuncia Gradi-
va en el sueño, sustituyendo al colega Eimer por una
«colega» suya a la que no nombra, omitiendo el «va-
rias veces» de la segunda frase y alterando ligera-
mente el orden del discurso. Parece, pues, que esta
aventura de la tarde anterior ha sido transformada en
sueño por medio de algunas modificaciones y defor-
maciones. ¿Mas por qué precisamente ésta? ¿Y qué
significan las deformaciones, la sustitución del viejo
señor de las lagartijas por la Gradiva y la introdución
de un nuevo personaje: la misteriosa «colega»?Es regla general de la interpretación onírica, que las
palabras incluídas en el sueño proceden siempre de
frases oídas o pronunciadas por el sujeto en la vidaS.
388
despierta. Esta regla parece haber sido observada en
el caso que nos ocupa, pues las palabras de Gradiva
no son sino una modificación de las que Hanold oyó
por la tarde al zoólogo. Otra regla de dicha interpreta-
ción expresa que la sustitución de una persona por
otra o la mezcla de dos distintas, colocando a una de
ellas en una situación de la que la otra ha sido sujeto,
significa una equiparación de ambas y equivale a la ex-
presión de una coincidencia existente entre ellas. Apli-
cando este nuevo precepto a nuestro caso, tendríamos
la siguiente interpretación: «Gradiva caza lagartijas
como aquel viejo zoólogo y como él sabe el medio de
aprisionarlas.» Pero esto no nos resulta todavía com-
prensible. Volvámonos, pues, hacia otro de los proble-
mas que el sueño plantea. ¿A qué impresión de Hanold
durante el día anterior debemos referir aquella «cole-
ga» de Gradiva que sustituye al «colegaS.
389
pues, la que con tanto éxito ha llevado a cabo aquella
más feliz colega?Al día siguiente sorprende Hanold a los supuestos
hermanos fundidos en tierno abrazo y se ve obligado
a rectificar su error. Como más adelante vemos con-
firmado, cuando la pareja interrumpe con su aparición
la tercera entrevista de Hanold y Zoe, se trata, nueva-
mente, de unos recién casados en viaje de novios. Ad-
mitiendo que Hanold, creyéndolos, conscientemente,
hermanos descubriera desde un principio, en su in-
consciente, la verdadera relación que entre ellos exis-
tía y que al siguiente día se le revela de un modo in-
equívoco, encontramos un excelente sentido para las
palabras de Gradiva en el sueño. La roja rosa se con-
vierte entonces en un símbolo de la relación erótica y
Hanold comprende que aquel hombre y aquella mujer
son uno para el otro lo que él y Gradiva han de lle-
gar a ser; la caza de lagartijas adquiere la significa-
ción de la caza del hombre por la mujer y las palabras
de Gradiva querrán decir aproximadamente: Tú déja-
me hacer y verás como yo sé, tan bien como esa otra
muchacha, encontrar un marido.¿Mas por qué esta adivinación de los propósitos de
Zoe tuvo que manifestarse en el sueño bajo la forma
de las palabras del anciano zoólogo? ¿Y por qué la ha-
bilidad de la muchacha en la caza matrimonial hubo de
ser representada por la del mismo en la caza de lagar-
tijas? La respuesta a ambas interrogaciones es harto
sencilla. Hace ya largo tiempo, hemos adivinado que
el cazador de lacértidos no es otro que el profesor de
Zoología, Ricardo Bertgang, padre de Zoe, al que Ha-
nold tiene que conocer de antiguo, por lo cual nos ex-
plicamos que fuera interpelado por él, al encontrarlo,
de una manera familiar. Habremos de admitir, asíS.
390
mismo, que Hanold, en su inconsciente, hubo de reco-
nocer, en seguida, al zoólogo. «Le parecía recordar
oscuramente haber visto ya alguna vez la fisonomía
del cazador de lacértidos, probablemente en alguno de
los dos hoteles.» De este modo queda explicado el sin-
gular disfraz del propósito que el sueño atribuye a Zoe.
Es la hija del cazador de lagartijas y ha heredado de
él su habilidad.La sustitución del zoólogo por Gradiva en el con-
tenido del sueño es, por lo tanto, la exposición del pa-
rentesco de ambos reconocida por Hanold en su in-
consciente; y la introducción de la «colega», en lugar
del «colega Eimer», permite al sueño expresar la amo-
rosa solicitación de la muchacha. El sueño ha fundido
o como decimos técnicamente –condensado– en una
sola situación, dos diferentes sucesos del día inmedia-
tamente anterior, con objeto de procurar una expre-
sión –aunque harto irreconocible– a dos representa-
ciones que no deben hacerse conscientes. Pero aún
podemos proseguir nuestra labor interpretadora, ami-
norando la singularidad del sueño y descubriendo la
influencia de los restantes sucesos del día sobre la for-
mación del contenido manifiesto.Podríamos declarar que no llegaba a satisfacernos la
explicación dada hasta ahora al hecho de que la esce-
na de la caza de lagartijas pase precisamente a cons-
tituir el nódulo del sueño, y sospechar que otros ele-
mentos más de las ideas latentes habían influído en la
importancia que la «lagartija» adquiere en el contenido
manifiesto. Y realmente pudiera muy bien suceder así.
Recordemos que Hanold había descubierto en el muro
del pórtico por donde Gradiva desapareció, una hendi-
dura que aunque estrecha «podía dejar paso a una per-
sona de extraordinaria delgadez». Este descubrimientoS.
391
EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS
provoca una modificación en el delirio de Hanold. Gra
diva no se hunde ya en la tierra al desaparecer de su
vista, sino que busca por aquella hendidura el camino
hasta su tumba. En su pensamiento inconsciente tiene
ahora Hanold que decirse que ha hallado la natural ex-
plicación de la sorprendente desaparición de la mucha
cha. ¿Mas este introducirse y desaparecer por una es-
trecha hendidura, no tiene acaso que recordar necesa-
riamente las costumbres de los lacértidos? En efecto,
Gradiva se comporta aquí como la más ágil y flexible
lagartija. Opinamos, por lo tanto, que el descubrimien-
to de aquella hendidura coadyuvó a determinar la elec-
ción del elemento «lagartija» para su inclusión en
el contenido manifiesto del sueño. La escena de la
caza representaría, pues, tanto a esta impresión del día
como al encuentro con el zoólogo, padre de Zoe.Los resultados anteriores nos animan a buscar to-
davía en el contenido del sueño la representación de
otra de las impresiones del día anterior que aún no he-
mos incluído en nuestra labor interpretadora: el des
cubrimiento del «Albergó del Sole». El poeta ha
expuesto tan minuciosamente este episodio y ha hecho
depender de él tantas cosas, que nos admiraría que fue-
se el único que no hubiese contribuído a la formación
del sueño. Hanold entra en este «albergó», ignorado
antes por su apartado emplazamiento y la distancia a
que de la estación se halla, para tomar una botella de
gaseosa que mitigue su estado congestivo. El dueño
del «albergó» aprovecha la ocasión para ponderarle
las antigüedades que tiene en venta y le muestra una
fíbula perteneciente—según dice—a aquella muchacha
cuyo cuerpo fué hallado en las inmediaciones del Foro,
unido en estrecho abrazo al de su amado. Hanold, que
conocía esta historia y nunca la había prestado fe, se
S.
392
PROF. S. FREUD
ve ahora impelido por una inexplicable fuerza a acep-
tar su verdad y la autenticidad de la fíbula; adquiere
esta última y abandona el «albergo». Al salir, ve en
una ventana un florero con una blanca y florida rama
de asfodelo e interpreta la presencia, en aquel lugar, de
la funeraria flor como una prueba de la autenticidad de
su adquisición. Al mismo tiempo se le impone la con-
vicción de que la fíbula perteneció a Gradiva y que ésta
es la muchacha cuyo cuerpo fué descubierto junto al de
su amado. Este pensamiento hace surgir en su ánimo
atormentadores celos que logra, por último, dominar,
proponiéndose mostrar a Gradiva su fíbula al día si-
guiente y confirmar o desvanecer así sus sospechas.
Todo esto constituye un singular nuevo desarrollo del
delirio, del que necesariamente hemos de hallar alguna
huella en el sueño de Hanold.Ha de sernos muy útil para nuestra labor interpreta-
tiva llegar a la clara comprensión de este progreso
del delirio, investigando las ideas inconscientes a las
que el nuevo agregado delirante sustituye. Este agre-
gado surge bajo la influencia del dueño del «albergo»,
cuyas palabras encuentran en Hanold una credulidad
solo comparable a la que se obtiene por sugestión. El
avispado comerciante le muestra como auténtica y per-
teneciente a la muchacha cuyos restos fueron hallados,
confundidos con los de su amante, en las excavacio-
nes practicadas cerca del Foro, una fíbula de metal,
y Hanold, cuya erudición en estas materias le per-
mitía más que a cualquier otra persona poner en cua-
rentena la autenticidad, tanto de la fíbula como de la
amorosa historia, cree ambas cosas a pies juntillas y
adquiere sin la menor vacilación la más que dudosa
antigüedad. Esta conducta del arqueólogo resulta un
tanto incomprensible y nada nos puede llevar a supo-
S.
395
ner que la personalidad del dueño del «albergo» pue-
da darnos la clave de este misterio. Pero en este epi-
sodio se nos muestra aún otro problema, y es sabido,
que a veces, dos misterios suelen aclararse recíproca-
mente. Al salir del «albergo» ve Hanold una rama de
asfodelo colocada en un florero sobre el pretil de una
ventana e interpreta el encuentro de la blanca flor como
una confirmación de la autenticidad de la fábula. ¿Por
qué? Afortunadamente este último detalle resulta fácil
de explicar. La florida rama es sin duda alguna la mis-
ma que al mediodía ofreció él a Gradiva y es perfecta-
mente natural que su presencia en la ventana del «al-
bergo» constituya una confirmación de algo. Pero este
algo no es, ciertamente, la autenticidad de la fábula,
sino otra cosa muy distinta que ya Hanold ha des-
cubierto al hallar el «albergo», cuya existencia desco-
nocía hasta el momento. El día anterior había visitado
los dos hoteles que en Pompeya conocía, buscando,
aunque sin confesárselo, en cual de ellos viviría la mu-
jer a la que había tomado por la resucitada Gradiva.
Ahora, al tropezar tan inesperadamente con un tercer
hotel, cuya existencia ignoraba, tiene que decirse,
en su inconsciente, que allí es donde vive la mujer
que él busca, y luego al ver la florida rama tiene que
sentir confirmada aquella idea y ver en aquella venta-
na la del cuarto en que la misma habita. Este sería,
pues, el descubrimiento que no debiendo hacerse cons-
ciente, es sustituído por el nuevo agregado delirante,
pues implica que Gradiva es una persona real a la que
conoció en época nada lejana, idea que no debe ha-
llar paso hasta su conciencia.¿Mas en qué forma se ha realizado la sustitución del
nuevo conocimiento por el delirio? A mi juicio, afir-
mándose y conservándose el sentimiento de convicciónS.
394
inherente al nuevo dato, mientras que en lugar de este
—incapaz de conciencia— aparecía otro contenido de
representaciones, ligado sin embargo a él por asocia-
ción mental. De esta manera entró en contacto el sen-
timiento de convicción con un contenido extraño a él
y éste último logró en calidad de delirio una aceptación
que no le correspondía. Hanold traslada su convenci-
miento de que Gradiva vive en aquella casa a otras
impresiones que hallándose en la misma recibe, mos-
trándose de este modo crédulo a las palabras del hués-
ped sobre la autenticidad de la fíbula y de la anécdota
de los amantes pompeyanos, pero tal credulidad no se
debe más que a la conexión que establece entre aque-
llo que en el «albergo» oye y su amada Gradiva. Los
celos, dispuestos a surgir en él ante el menor estímulo,
se apoderan de este material y provocan, aun en con-
tradicción con su primer sueño, el delirio de que Gra-
diva era aquella muchacha muerta en brazos de su
amante y a la que la fíbula perteneció en vida.Advertimos ahora que el último diálogo con Gradiva
y la discreta solicitación amorosa de ésta por medio
de su alusión a las flores que a otras mujeres se ofre-
cen, han provocado importantes modificaciones en
Hanold. En él han despertado ya elementos de deseo
viril, componentes de la libido, pero que no pueden
aún prescindir de ocultarse tras de pretextos conscien-
tes. Mas el problema de la constitución física de Gra-
diva que le persigue durante todo este día no puede ne-
gar su procedencia de la curiosidad erótica del adoles-
cente por el cuerpo femenino, aunque en este caso la
acentuación consciente de la singular oscilación de Gra-
diva entre la muerte y la vida, dé a tal curiosidad un
carácter científico. Los celos de Hanold son también
un signo del despertar de su actividad amorosa y losS.
395
EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS
exterioriza con su primera frase de la siguiente entre-
vista con Gradiva, en la cual y con ayuda de un nuevo
pretexto, se atreve ya a tocar el cuerpo de la muchacha
y, como en épocas pasadas, a golpearla.Es ya tiempo de que nos preguntemos si el camino
seguido por el delirio en su génesis y desarrollo, tal
y como lo hemos deducido de la exposición del poeta,
es el que suele seguir esta clase de perturbaciones o,
por el contrario, es totalmente imposible y caprichoso.
Nuestra respuesta, fundada en el conocimiento médico
de estas cuestiones, es la de que, en efecto, el camino
indicado en la narración es acertado y hasta el único
por el que el delirio puede llegar a aquella su firme
aceptación por el sujeto, que constituye uno de sus
caracteres clínicos. Esta fe que el enfermo presta a su
delirio no depende de un trastorno de su capacidad de
juicio ni procede tampoco de aquello que en el delirio
es erróneo. Lo que sucede es que en todo delirio exis-
te un grano de verdad, digno de completa fe, el cual
constituye la fuente de la convicción del enfermo. Mas
este elemento verdadero se halla ha largo tiempo repri-
mido, y si logra llegar a la conciencia es después de
haber sufrido una deformación que le hace irreconoci-
ble. En cambio, como para compensar esta deforma-
ción, queda intensificado el sentimiento de convicción
que le era inherente y que ahora viene a recaer sobre
el sustitutivo deformado de lo verdadero reprimido,
protegiendo a esto último contra todo ataque de la crí-
tica. Así, pues, la convicción se desplaza desde lo ver-
dadero inconsciente a lo erróneo consciente a ello liga-
do y queda fija en tal lugar a consecuencia de este des-
plazamiento. El caso de formación de delirio resultante
del primer sueño de Hanold es un ejemplo de un tal
desplazamiento. Puede así mismo afirmarse que el pro-
— 395 —S.
396
ceso de génesis de la convicción, en el delirio que aca-
bamos de describir, no es siquiera fundamentalmen-
te distinto del que se realiza en los casos normales,
cuando no entra en juego la represión. Todos adheri-
mos nuestra convicción a contenidos mentales en los
que se halla reunido lo verdadero con lo falso y deja-mos que la misma se extienda de lo primero a lo segun-
do, difundiéndose de lo verdadero a lo falso con ello
asociado y defendiendo a esto último—aunque no tan
invariablemente como en el delirio— contra la mere-
cida crítica.Volviendo ahora al sueño cuyo análisis nos ocupa,
haremos resaltar un rasgo interesante que establece un
enlace entre dos de los elementos del mismo. Gradiva
había opuesto en cierto modo la blanca flor de asfode-
lo a la roja rosa. El reencuentro del asfodelo en la ven-
tana del «Albergó del Sole» deviene una importante
prueba del conocimiento inconsciente de Hanold que
se manifiesta en el nuevo delirio y a todo esto se agre-
ga el que la roja rosa que adorna el vestido de la sim-
pática amiga de Zoe auxilia a Hanold para reconocer
la verdadera relación de la misma con su acompañan-
te, permitiendo esto, que luego, en el sueño, surja
como «colega».Lo que aún no hemos hallado es dónde se encuen-
tran, en el contenido manifiesto del sueño, la huella y
la representación del descubrimiento realizado por Ha-
nold de que Gradiva y su padre vivían en un tercer ho-
tel que hasta entonces le era desconocido, descubri-
miento que hemos visto sustituído por el nuevo delirio.
Esta circunstancia aparece, sin embargo, en dicho con-
tenido y ni siquiera excesivamente deformada. Ahora
que no me he atrevido hasta este momento a indicarla,
pues sé que incluso aquellos lectores que hayan teni-
S.
397
EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS
do paciencia para seguirme hasta aquí, han de resis-
tirse enérgicamente a aceptar estas mis tentativas de
interpretación. Sin embargo, repetimos, el descubri-
miento de Hanold nos es comunicado por el sueño en
su totalidad, pero se halla tan hábilmente ocultado que
necesariamente pasa desapercibido, pues se esconde
tras de un juego de palabras o un equívoco. El dato del
contenido manifiesto que hemos expresado en la frase:
«Gradiva se hallaba sentada al sol», lo hemos referi-
do, justificadamente, al lugar en que Hanold encontró
al zoólogo, padre de Zoe. ¿Pero no podrá significar
que «en el Sol», esto es, en el «Albergue del Sol», vive
Gradiva? Y la vaguedad en que se deja el lugar, del
cual no se dice sino que está «al sol», siendo así que
el sitio en que Hanold encontró al zoólogo podía ha-
ber aparecido perfectamente detallado en el sueño ¿no
será una fingida imprecisión encaminada a ocultar la
verdadera naturaleza de este elemento, o sea, la precisa
fijación de la residencia de Gradiva? Mi larga expe-
riencia en la interpretación de sueños reales me hace
considerar innegable esta significación del equívoco,
pero no hubiera expuesto a mis lectores esta parte de
mi labor interpretadora si el poeta no viniera aquí en
mi auxilio ofreciéndome su poderosa ayuda. En efecto,
al día siguiente a este sueño, pone Jensen en boca de
Zoe el mismo juego de palabras, dándole idéntico sen-
tido al que nosotros le prestamos para la interpretación
del elemento correspondiente del contenido manifiesto
del sueño. Al enseñarle Hanold la fíbula, le pregunta
Zoe si la ha encontrado «al sol» (o «en el Sol» – «im
Sonne») y añade que éste produce en aquellas tierras
los más curiosos efectos cerebrales. Luego, al ver que
Hanold no comprende sus palabras le explica que se re-
fiere al «Albergue del Sole», cuyo dueño hubo de mos-S.
398
trarle también a ella la fíbula que luego adquirió el
arqueólogo.Quisiéramos ahora intentar la empresa de sustituir
el sueño de Hanold, «singularmente desatinado», por
las ideas inconscientes tras de él ocultas y que al pasar
al contenido manifiesto han sufrido una deformación
que las hace irreconocibles. Tales ideas latentes, se-
rían, aproximadamente, las que siguen: «Ella vive en
el «Sol» con su padre. ¿Por qué juega conmigo de esta
manera? ¿Querrá tan solo burlarse de mí? ¿O será po-
sible que me ame y quiera hacerme su esposo?» Esta
última posibilidad es rechazada dentro del mismo
sueño por el juicio en que el durmiente declara insen-
sato todo aquello, juicio que en apariencia se extiende
sobre el total contenido manifiesto de la alucinación
onírica.Nuestros lectores tendrán derecho a ejercitar su crí-
tica preguntándonos ahora por la procedencia de
la sospecha que aparece entre las ideas latentes de que
Gradiva quiere quizá burlarse del durmiente, sospecha
que hasta ahora no hemos fundamentado. A esto nos
responde la «Interpretación de los sueños» expresando
que cuando en las ideas del sueño existe burla, despre-
cio o ironía quedan exteriorizadas estas circunstancias
por la desatinada constitución del contenido manifies-
to, o sea, por el absurdo de éste. Esta insensatez del
sueño, no significa, pues, una paralización de la acti-
vidad psíquica, sino que es uno de los medios exposi-
tivos de que se sirve la elaboración onírica. Como ya
en otras dificultades, acude aquí el poeta en nuestra
ayuda. El desatinado sueño tiene un estrambote en el
que un pájaro, lanzando un grito semejante a una
aguda risa, se apodera de la lagartija y se la lleva en
el pico. Pero este grito riente ya lo había oído HanoldS.
399
EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS
en una ocasión al desaparecer Gradiva entre las rui-
nas. En realidad fué Zoe la que rió al verse lejos de la
presencia de Hanold y poder desprenderse de su grave
y melancólico papel de aparición del otro mundo. Así,
pues, Gradiva se había reído efectivamente de nuestro
héroe. La escena del sueño en la que el pájaro se lleva-
al lagarto en el pico recuerda la de un sueño anterior
en la que el Apolo del Belvedere se alejaba llevando
en sus brazos a la Venus capitolina.Quizá perdure en algunos de nuestros lectores la opi-
nión de que la traducción de la caza de lacértidos por
la idea de la solicitación amorosa no resulta suficiente-
mente justificada. Mas en nuestro apoyo podemos citar
aquí el hecho de que Zoe reconoce en su diálogo con
su colega aquello mismo que de ella sospechan las
ideas de Hanold, pues comunica a su amiga que estaba
segura de «desenterrar» en Pompeya algo interesante.
Con esta idea, próxima a la de «excavaciones arqueo-
lógicas», entra Zoe en el círculo de representaciones de
la ciencia de Norberto, así como él entra en el campo
de la Zoología con su metáfora de la caza de lacérti-
dos. De este modo parece como si ambos tendieran uno
hacia otro queriendo adoptar cada uno las ideas pecu-
liares del ser amado.Así, pues, habríamos conseguido llegar también a
la interpretación de este segundo sueño. Ambos se
han hecho accesibles a nuestra comprensión partiendo
de la hipótesis de que el sujeto sabe en su pensamiento
inconsciente todo aquello que en el consciente ignora
y juzga con acierto en el primero lo que en el segundo
equivoca delirantemente. En esta labor hemos tenido
que sentar algunas afirmaciones que siendo completa-
mente nuevas para el lector han tenido que parecerle
harto extrañas y han despertado en él sin duda algunaS.
400
PROF. S. FREUD
la sospecha de que atribuímos a la obra del poeta un
sentido que solo en nuestra imaginación existe. Mas
nos hallamos dispuestos a emplear todos los medios
posibles para desvanecer esta sospecha, y con este
propósito insistiremos con mayor minuciosidad en uno
de los puntos más oscuros y delicados, esto es, en el
empleo de palabras y frases de doble sentido, como
en el ejemplo: «Gradiva» se hallaba sentada al sol (o
«en el Sol»—«im Sonne»).Todo lector de la obra de Jensen tiene que observar
con cuánta frecuencia coloca el autor en boca de los dos
protagonistas, frases de doble sentido. Hanold no tie-
ne en cuenta al pronunciarlas más que uno solo de los
sentidos en que las mismas pueden interpretarse, pero
su interlocutora descubre el otro. Así, cuando la prime-
ra vez que la oye hablar, exclama: «¡Ya sabía yo que
tu voz resonaba así!» y Zoe–ignorante aún del sueño
anterior de Hanold–tiene que preguntarle cómo es
eso posible, ya que nunca antes la había oído hablar.
En la segunda entrevista interpreta Zoe equivocada-
mente por un momento el delirio de Hanold al oírle ase-
gurar que la ha reconocido en el acto. Zoe tiene que
dar a estas palabras el sentido que realmente tienen en
lo inconsciente de Hanold, esto es, el de un recono-
cimiento de su pasada amistad infantil, mientras que
el arqueólogo ignora en absoluto este alcance de sus
palabras y las funda exclusivamente en su relación con
el delirio que le domina. En cambio, las palabras de
Zoe, en la que encarna el poeta la perfecta claridad es-
piritual contrapuesta al delirio del arqueólogo, poseen
un doble sentido voluntario. Uno de los dos sentidos
se ciñe al delirio de Hanold para facilitar la compren-
sión consciente del mismo y el otro se eleva por encima
de él y nos da realmente su traducción a la verdadS.
26
EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS
consciente que representa. Constituye un triunfo del
equívoco el poder expresar la verdad y el delirio por
medio de una sola forma expresiva.Llenas de tales equívocos se hallan las frases en las
que Zoe explica la situación a su amiga, al mismo
tiempo que procura desembarazarse de su inoportuna
presencia, frases que en realidad van dirigidas más
a los lectores que a la feliz «colega» de la amorosa
muchacha. En los diálogos con Hanold, el doble sen-
tido se basa la mayor parte de las veces en que Zoe
se sirve del simbolismo que ya encontramos en el pri-
mero de los sueños analizados, o sea de la equivalen-
cia de la represión con el sepultamiento y de Pompe-
ya con la infantil amistad olvidada. De este modo
puede Zoe conservar en sus palabras el papel que el
delirio de Hanold la ha señalado y al mismo tiempo
referirse a las circunstancias reales y despertar en lo
inconsciente de Hanold la comprensión de las mismas.«Hace largo tiempo que me he acostumbrado a es-
tar muerta» y «para mí es más apropiado recibir de tus
manos la flor del olvido» son frases en las que se trans-
parenta discretamente el reproche que luego surge con
toda claridad en la catilinaria que le dedica en su últi-
ma entrevista y en la que le compara con el Archeop-
tesix. En otra: –«¿Que alguien tenga que morir para
llegar a estar viva? Pero eso es cosa exigida por tu
actividad arqueológica»– nos da Zoe, después de con-
seguida la curación de Hanold, la clave de sus anterio-
res equívocos. Pero cuando con más fortuna emplea
este simbolismo es cuando pregunta: «Me parece como
si ya otra vez, hace dos mil años, hubiéramos partido
de este modo el alimento. ¿No te acuerdas?», interro-
gación en la que se nos muestran patentes la sustitu-
ción de la infancia por el pasado histórico y el esfuer-
zo.S.
402
zo por despertar en Hanold el recuerdo de la pri
mera.No deja de extrañar a primera vista esta singular
preferencia por las frases de doble sentido en la obra
de Jensen y quisiéramos preguntarnos a qué razón
obedece. Lejos de mostrársenos como una circunstan-
cia casual aparece esta preferencia como consecuencia
necesaria del desarrollo de la narración y no es otra
cosa que la forma correspondiente a la doble determi-
nación de los síntomas, en tanto en cuanto las palabras
lo son también y nacen como ellos de transacciones en-
tre lo consciente y lo inconsciente. La única diferencia
se halla en que este doble origen se muestra más cla-
ramente en las palabras que en los actos y cuando se
consigue—cosa que la maleabilidad del material ver-
bal hace posible con frecuencia—procurar en la misma
reunión de palabras una buena expresión para cada
uno de los dos pensamientos que se desea exteriorizar
queda creado lo que llamamos un equívoco.Durante el tratamiento psicoterapéutico de un delirio
o de una perturbación análoga, produce el enfermo con
gran frecuencia tales frases de doble sentido como
nuevos síntomas fugitivos y puede a veces servirse el
médico de ellas estimulando con el sentido consciente
en que el enfermo las pronuncia la comprensión de su
verdadero sentido inconsciente. Sé por experiencia que
este papel del equívoco suele ser rechazado con la ma-
yor energía por los profanos en estas cuestiones y
acostumbra a provocar los más groseros errores, pero
el poeta ha obrado acertadamente exponiendo en su
obra este rasgo característico de la formación de los
sueños y los delirios.
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El deliro y los sueños en la »Gradiva« de W. Jensen1907-001/1923.es
1907-001/1923.es/3