• S.

    375

    III

    La obra de Jensen nos ofrece todavía otro sueño,
    cuya interpretación, encaminada a mostrar su coheren-
    cia con el conjunto de procesos que constituyen la vida
    anímica del protagonista, presenta un interés aún ma-
    yor que la del anteriormente analizado. Pero adelanta-
    ríamos muy poco abandonando el hilo de la poética
    narración para entrar directamente en el examen de
    dicho sueño, pues todo aquel que quiera interpretar lo
    soñado por otra persona no puede por menos de ocu-
    parse con el mayor detalle posible de los sucesos vivi-
    dos por la misma, tanto en su vida interior como en la
    de relación social. Será, por lo tanto, mejor, continuar
    como hasta ahora, ciñéndonos al desarrollo del relato
    y comentándolo con nuestras glosas.

    La nueva creación del delirio, referente a la muerte
    de Gradiva en el sepultamiento de Pompeya, el año 79,
    no es la única consecuencia del primer sueño por nos-
    otros analizado. Inmediatamente después del mismo
    decide Hanold emprender un viaje a Italia, y llevando a
    la práctica su decisión, se encuentra a los pocos días
    en Pompeya. Pero antes de que esta resolución se le
    imponga, tiene una singular aventura. Hallándose aso-
    mado a la ventana de su cuarto, cree ver pasar por la
    calle una figura femenina semejante en un todo a la
    Gradiva. Sin darse cuenta de que se halla a medio
    vestir, sale de su casa en pos de ella, pero el asombro


  • S.

    376

    y la burla de los transeuntes, le obligan a retornar sin
    haber conseguido su propósito. De nuevo en su habi-
    tación, los irinos de un canario, cuya jaula cuelga en
    una ventana de la casa frontera, le sugieren la idea
    singular de que también él es un prisionero ansioso de
    libertad, y el viaje a Italia queda decidido y es empren-
    dido inmediatamente.

    El poeta ha cuidado de arrojar una clara luz sobre
    este viaje de su héroe llegando hasta hacer que el mis-
    mo Hanold se de cuenta parcial de los íntimos proce-
    sos que lo motivan. Claro es, que en un principio
    intenta justificar ante sí mismo su decisión con un pre-
    texto científico, pero no logra engañarse por mucho
    tiempo. Sabe muy bien «que el impulso a emprender
    aquel viaje había sido determinado en él por una sen-
    sación indefinible.» Un singular desasosiego hace que
    nada le satisfaga, y le lleva de Roma a Nápoles y de
    aquí a Pompeya, sin que tampoco en este último lugar
    logre encontrarse a gusto. La necedad de los jóvenes
    matrimonios en viaje de novios le irrita sobre manera
    y las moscas que pueblan los hoteles de Pompeya
    exacerban, con su pegajosa obstinación, su constante
    malhumor. Finalmente, acaba por comprender que «su
    disgusto no depende tan sólo de circunstancias exterio-
    res, sino que tiene, en parte, un origen íntimo». Se da
    cuenta de su sobreexcitación y siente «que se halla
    malhumorado porque le falta algo, sin que pueda pre-
    cisar el qué. Y este malhumor lo va llevando él con-
    sigo a todas partes». En tal estado de ánimo llega a
    rebelarse incluso contra la ciencia arqueológica, su
    dueña y señora. Durante su primer paseo, bajo el ar-
    diente sol del mediodía, por entre las ruinas de Pom-
    peya, siente que «no solo ha huído de él toda su cien-
    cia sino que no tiene el menor deseo de volverla a

  • S.

    377

    EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS

    hallar, pues su recuerdo de ella es lejanísimo, como
    pudiera ser el de una de esas viejas parientes, momifi-
    cadas y tediosas, a las que se considera como los se-
    res más inútiles y coriáceos de la tierra».

    Dando vueltas a estos desasosegados y confusos
    pensamientos, halla de pronto, en el momento en que
    por vez primera ve andar a Gradiva entre las ruinas
    de la antigua ciudad, la solución de uno de los proble-
    mas referentes a su viaje. En este instante llega a dar-
    se cuenta «de algo de que hasta el momento no había
    tenido conciencia. Si, aun ignorando el impulso inte-
    rior que le había decidido a emprender el viaje, había
    partido para Italia, y sin detenerse en Roma ni en Ná-
    poles, había llegado hasta Pompeya, era con el propó-
    sito de buscar en esta ciudad las huellas de su Gradi-
    va. Y precisamente las huellas en el propio y estricto
    sentido de la palabra, pues el característico paso de la
    fantástica beldad debía de haber dejado una impronta
    inconfundible en la ceniza de las calles pompeyanas».

    La minuciosidad con que el poeta expone todo lo re-
    ferente a este viaje ha de invitarnos a esclarecer su re-
    lación con el delirio del protagonista y a precisar su
    significado e importancia dentro del conjunto de suce-
    sos que la poética narración nos ofrece. El tal viaje
    obedece a motivos que el sujeto mismo desconoce al
    principio y sólo más tarde logra hallar, motivos que el
    poeta califica directamente de «inconscientes». Estas
    circunstancias constituyen un fiel reflejo de la realidad,
    pues ni siquiera es necesario hallarse presa de un de-
    lirio, para obrar de tal modo. Constituye, en efecto, un
    hecho muy corriente, aun en personas de salud nor-
    mal, el engañarse sobre los motivos de los propios ac-
    tos y no percatarse de los mismos sino a posteriori, en
    aquellos casos en que un conflicto entre varias corrien-

    – 377 –

  • S.

    378

    tes sentimentales facilita tal confusión. Así, pues, el
    viaje de Hanold no obedece desde el primer momento
    sino a una tendencia favorecedora de su delirio, que le
    lleva a Pompeya para continuar allí su apasionada
    busca de Gradiva. Ya hemos visto y recordamos aho-
    ra, que antes e inmediatamente después del sueño se
    hallaba el arqueólogo entregado por completo a tal ac-
    tividad inquisitiva y que el sueño mismo no era sino
    una respuesta, ahogada por su conciencia, a la inte-
    rrogación de cuál pudiera ser el paradero de Gradi-
    va. Mas un indeterminado poder, cuya naturaleza ig-
    noramos por el momento, impide al principio el acce-
    so a la conciencia del propósito inspirado por el
    delirio, de manera que la motivación consciente del via-
    je se ve forzada a basarse en insuficientes pretextos
    que de tiempo en tiempo tienen que ser renovados. El
    poeta nos plantea aquí un nuevo problema, haciendo
    sucederse como casualidades faltas de toda íntima co-
    nexión, el sueño, el paso de la supuesta Gradiva ante
    la casa de Hanold y la decisión al viaje bajo la influen-
    cia ejercida sobre el ánimo del arqueólogo por el canto
    del canario.

    Con ayuda de las aclaraciones que hallamos des-
    pués en las palabras de Zoe Bertgang llegamos a la
    comprensión de esta oscura parte del relato. La mujer
    que Hanold vió pasar desde su ventana y a la que hu-
    biera podido alcanzar en seguida, era verdaderamen-
    te el vivo original de la Gradiva escultórica, la propia
    Zoe, su vecina. El dato contenido en el sueño—«ella
    vive actualmente y en la misma ciudad que tú»—hubie-
    ra, pues, podido recibir una evidente confirmación que
    habría acabado con la interior resistencia del joven.

    Por otra parte, el canario cuyo canto inspira a Hanold
    la idea de partir, pertenecía a Zoe, y su jaula se halla-
    ba

  • S.

    379

    EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS

    ba colgada en su ventana, frente a la casa de nuestro
    héroe. Este, que según la dolida acusación de la mu-
    chacha poseía el don de la «alucinación negativa» o
    sea el arte de no ver ni reconocer a las personas que
    ante él se hallaban, tiene desde un principio que po-
    seer el conocimiento inconsciente de todas estas cir-
    cunstancias que a nosotros nos son reveladas mucho
    después. Los signos de la proximidad de Zoe, o sea,
    su paso por la calle y el canto de su canario tan cerca
    de la ventana del arqueólogo, refuerzan el efecto del
    sueño de Hanold, el cual, ante esta situación, tan peli-
    grosa para su resistencia contra el erotismo, emprende
    la fuga. El viaje corresponde, pues, a una enérgica
    movilización de tal resistencia, contra el ataque que el
    anhelo erótico lleva a cabo en el sueño, y a un intento
    de fuga ante la amada corpórea y presente. Práctica-
    mente significa una victoria de la represión, que esta
    vez predomina en el delirio, como antes predominaba
    el erotismo en la actividad investigadora de Hanold
    sobre el andar femenino, inspirada también por la deli-
    rante perturbación. Pero a través de todas estas osci-
    laciones de la lucha se conserva siempre la naturaleza
    transaccional de los resultados. La huida a Pompeya
    que ha de apartar a Hanold de Zoe, la Gradiva vivien-
    te, le conduce por lo menos a su sustitución, la Gradi-
    va muerta. El viaje es emprendido ciertamente en con-
    tra de las ideas latentes, pero en cambio, sigue el iti-
    nerario marcado por el contenido manifiesto del sueño.
    De este modo, triunfa siempre el delirio en cada nueva
    lucha entre el erotismo y la resistencia.

    Esta interpretación del viaje de Hanold como una
    fuga ante el amoroso anhelo que hacia la amada –tan
    cercana– va despertando en él, es la única que se ar-
    moniza con sus estados de alma durante su estancia

  • S.

    380

    en Italia. La repulsa del erotismo, dominándole por
    completo, se manifiesta en su horror a los jóvenes
    matrimonios en viaje de novios. Un corto sueño que
    tiene durante su estancia en un «albergo» de Roma y
    que es motivado por el tierno diálogo nocturno de una
    de estas parejas, oído a través del delgado tabique de
    su habitación, arroja a posteriori una viva luz sobre
    las tendencias eróticas de su primer sueño. En este
    otro se ve trasladado de nuevo a Pompeya y también
    en el día de la erupción vesubiana, circunstancias que
    nos revelan su enlace con aquel primero, que ha con-
    tinuado ejerciendo sobre el sujeto sus efectos durante
    todo el viaje. Mas entre las personas cuya vida ame-
    naza la catástrofe, no se encuentra ya Gradiva, ni
    tampoco él mismo, sino tan solo el Apolo del Belve-
    dere y la Venus capitolina, seguramente una irónica
    alusión a la amorosa pareja del cuarto vecino. El Apo-
    lo coge en sus brazos a la Venus y se aleja con ella,
    depositándola sobre un objeto situado en la oscuridad
    y que debe de ser un coche o un carro, pues a poco
    suena un «sordo chirrido» que va perdiéndose en la
    lejanía. Este sueño no necesita arte ninguno para ser
    interpretado.

    Nuestro poeta, del que ya hace tiempo sabemos que
    no incluye en su narración ningún rasgo ocioso o in-
    útil, nos da aún otro testimonio de la corriente asexual
    que domina a Hanold en todo su viaje. Durante su lar-
    go vagar entre las ruinas pompeyanas no recuerda ni
    una sola vez «haber soñado pocos días antes presen-
    ciar la erupción del Vesubio que sepultó a la ciudad el
    año 79». Sólo cuando ve por vez primera a Gradiva,
    recuerda de repente su sueño, y al mismo tiempo, se
    percata del misterioso motivo de su viaje, inspirado
    por el delirio. Este olvido del sueño y la muralla alza-

  • S.

    381

    EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS

    da por las fuerzas represoras entre el mismo y los es-
    tados de alma de Hanold durante el viaje, han de in-
    terpretarse como una clara indicación de que este úl-
    timo no ha sido emprendido obedeciendo a un estímu-
    lo directo del sueño, sino que, por lo contrario, constitu-
    ye una rebelión contra el mismo, esto es, una mani-
    festación de un poder anímico que no quiere saber nada
    del secreto sentido del sueño.

    Mas, por otro lado, Hanold no halla alegría ningu-
    na en esta victoria sobre su erotismo. El sentimiento
    reprimido conserva energía suficiente para vengarse
    de las fuerzas represoras provocando sensaciones de
    displacer y estableciendo nuevas coerciones en el su-
    jeto. De este modo, el deseo amoroso de Norberto es
    convertido en un atormentador desasosiego que le
    hace reputar insensato su viaje, y la verdadera motiva-
    ción del mismo queda vedada a su percatación cons-
    ciente al mismo tiempo que su personalidad científica
    parece anularse en circunstancias en las que todo lo
    que le rodea debiera imponer un efecto contrario. Así,
    pues, el poeta nos muestra a su héroe, tras de su huída
    del amor, en un estado de confusión y desconcierto
    semejante al que suele aparecer en el período álgido
    de los estados patológicos, cuando ninguno de los po-
    deres combatientes es lo suficientemente superior al
    otro para que la diferencia de sus energías pueda es-
    tablecer un riguroso régimen anímico. Mas una vez
    que ha llevado la situación hasta este punto culminan-
    te interviene para mitigar su tensión y resolverla, ha-
    ciendo entrar en escena a Gradiva, la cual emprende
    la curación del delirio. Con su poder de dirigir a un
    feliz desenlace los destinos de las criaturas por él crea-
    das traslada el autor a Zoe a la misma ciudad en la
    que –precisamente huyendo de ella– se ha refugiado

  • S.

    382

    PROF. S. FREUD

    Hanold y corrige así la simpleza que el delirio inspiró
    a éste, haciéndole dejar la residencia de su amada
    viva por el sepulcro de la que en su fantasía la ha sus-
    tituído.

    Con la aparición de Zoe Bertgang, que señala el
    punto culminante del relato, toma nuestro interés un
    distinto curso. Hasta este momento, hemos asistido al
    desarrollo de un delirio; ahora, vamos a ser testigos
    de su curación. Lo primero que se nos ocurre pregun-
    tarnos ante esta nueva fase del relato es si el autor
    procederá con absoluta libertad al exponernos la his-
    toria de la curación de Hanold, o por lo contrario, se
    ajustará a las posibilidades reales. Las palabras de
    Zoe en su diálogo con su amiga, no dejan lugar a du-
    das sobre sus propósitos curativos. ¿Pero cómo lo
    grará llevarlos a cabo? Después de dominar la indig-
    nación que hubo de producirla el deseo expresado por
    Hanold de verla reclinarse para dormir «como enton-
    ces» sobre la escalinata del templo, retorna a la hora
    meridiana del siguiente día al mismo sitio y arranca al
    arqueólogo todos aquellos secretos de su delirante
    fantasía cuyo desconocimiento la impidió explicarse su
    conducta del día anterior. Norberto la habla de su sue-
    ño, del bajorrelieve con la figura de Gradiva y del sin-
    gularísimo modo de andar en que con ella coincide.
    Zoe acepta el papel de fantasma meridiano que com-
    prende ser el que el delirio de Hanold la atribuye, y usan-
    do frases de doble sentido, señala discretamente al jo-
    ven una nueva situación con respecto a ella, aceptando
    de sus manos la funeraria flor que él ha cortado sin
    propósito consciente y expresando su melancólico sen-
    timiento por no ser rosas lo que Hanold la ofrece,
    como lo haría a una mujer viva.

    Nuestro interés por la conducta de la prudente y jui-

  • S.

    383

    EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS

    ciosa muchacha, que después de descubrir tras del
    delirio de Hanold y como fuerza impulsora del mismo,
    el amor que ella le inspira, decide curarle de su tras-
    torno mental y hacer su esposo al hombre en que des-
    de pequeña puso su corazón, queda, en esta parte del
    relato, un tanto debilitado por la extrañeza que nos
    produce el grado a que el delirio del arqueólogo llega.
    La última creación de este delirio o sea la creencia de
    que Gradiva, muerta el año 79 de nuestra era, surge
    cotidianamente de su tumba para dialogar con él du-
    rante una hora, transcurrida la cual, vuelve a la tierra;
    esta fantástica imaginación, que no se detiene ante la
    vista del calzado moderno de Zoe-Gradiva, ni ante su
    ignorancia del latín y del griego y, en cambio, su cono-
    cimiento del alemán, idioma que no existía aún en la
    época del sepultamiento de Pompeya, parece justificar
    la denominación de «fantasía pompeyana» que Jensen
    da a su obra y excluir por completo toda posible ver-
    dad clínica. Mas a nuestro juicio, esta aparente invero-
    similitud del delirio desaparece en cuanto reflexiona-
    mos un poco sobre las causas a que es debida nuestra
    impresión. Una gran parte de la culpa la ha tomado
    sobre sí el poeta, al presentar como punto de partida
    de su relato la total semejanza de Zoe Bertgang con la
    figura del bajorrelieve. Debemos, pues, cuidarnos de
    no desplazar la inverosimilitud de este antecedente
    sobre su consecuencia, o sea el hecho de que Norberto
    tome a la muchacha por la propia Gradiva resucitada,
    error singular que necesariamente hemos de atribuir a
    la influencia perturbadora del delirio que a Hanold do-
    mina, pues el poeta no nos proporciona para él expli-
    cación racional alguna. Únicamente y en calidad de cir-
    cunstancias atenuantes de las extravagancias de su hé-
    roe hace contribuir a ellas la influencia del ardiente sol.

  • S.

    384

    PROF. S. FREUD

    de la Campania y la del fuerte vino del Vesubio. Pero
    el más importante de los factores que disculpan el esta-
    do de Hanold sigue siendo la facilidad con la que
    nuestro pensamiento se decide a aceptar un absurdo
    cuando tal aceptación satisface a sentimientos satura-
    dos de afecto. Es sorprendente, aunque, en general, no
    se le de toda la importancia que posee, la facilidad con
    la que incluso personas de gran inteligencia muestran,
    bajo tales constelaciones psicológicas, reacciones pro-
    pias de una parcial debilidad mental. Todo aquel que
    no posea una idea excesivamente alta de sí mismo
    podrá observar esto en su propia persona, sobre todo
    cuando una parte de los procesos mentales que some-
    ta a tal observación dependan de motivos inconscien-
    tes o reprimidos. Citaré aquí lo que sobre esta cuestión
    me escribió un filósofo: «También yo he comenzado a
    anotar los errores en que personalmente incurro, actos
    irreflexivos que motiva uno a posteriori y por cierto
    harto irracionalmente. Es asombrosa, pero típica, la
    cantidad de tontería que de este modo descubrimos en
    nosotros mismos.» Añádase, ahora, a todo esto, que
    la creencia en los espíritus, apariciones y fantasmas,
    que tanto apoyo encuentra en todas las religiones, a
    alguna de las cuales hemos pertenecido todos, por lo
    menos de niños, no ha desaparecido por completo, ni
    aun entre las clases cultivadas, muchos de cuyos miem-
    bros encuentran todavía posible conciliar el espiritismo
    con la razón. Por otro lado, hasta los más incrédulos
    en estas materias vuelven con gran facilidad a aceptar
    las más groseras supersticiones cuando en circunstan-
    cias emocionantes se hallan ante algo que les parece
    inexplicable. Sé de un médico que había perdido a una
    de sus pacientes, atacada de la enfermedad de Base-
    dow, y no podía alejar de su ánimo la sospecha de que

  • S.

    25

    EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS

    quizá por una imprudente medicación había él contri-
    buído al funesto desenlace. Un día, varios años des-
    pués, entró en su gabinete de consulta una muchacha
    en la que a pesar de toda su resistencia a tales supers-
    ticiones tuvo que reconocer a la enferma fallecida. Du-
    rante unos instantes, se le impuso la idea de que era
    cierto que los muertos retornaban a la tierra, pero las
    primeras frases de la supuesta aparición desvanecieron
    su terror dejándole avergonzado y confuso ante su
    pueril falta de reflexión. La visitante no era sino una
    hermana de la muerta y padecía igual dolencia. Sabido
    es, que los atacados de la enfermedad de Basedow
    presentan todos un cierto parecido de sus rasgos fiso-
    nómicos, y en el caso presente, este parecido típico
    se agregaba al familiar. Diré ahora, que el médico de
    esta historia soy yo mismo, y que, por lo tanto, no me
    es posible rechazar la posibilidad clínica del delirio en
    que Norberto Hanold cree ver en Zoe a Gradiva resuci-
    tada. Por último, todo psiquiatra sabe perfectamente
    que en los casos graves de delirio crónico (paranoia)
    construyen los enfermos con sorprendente ingeniosi-
    dad y sutileza los mayores absurdos.

    Después de su primer encuentro con Gradiva visitó
    Hanold los dos hoteles que en Pompeya le eran cono-
    cidos y bebió vino en ellos mientras los demás huéspe-
    des almorzaban. «Naturalmente no le pasó por la ima-
    ginación ni un sólo momento, la insensata sospecha»
    de que obraba así para averiguar en qué hotel vivía
    Gradiva, pero claro es que, aunque él se lo oculte a sí
    mismo, es éste el sentido de su conducta. El día en que
    por segunda vez pasa la hora del mediodía dialogan-
    do con Gradiva en la casa de Meleagro, le suceden in-
    finidad de cosas aparentemente sin conexión alguna
    entre sí: halla una estrecha hendidura en el muro del


  • S.

    386

    PROF. S. FREUD

    pórtico por donde desapareció Gradiva, tropieza con
    el extravagante cazador de lagartijas que le dirige la
    palabra como a persona conocida, descubre una terce-
    ra hospedería, el «Albergo del Sole», cuyo huésped le
    hace comprar como legítima una fíbula que dice haber
    hallado en las excavaciones junto a los restos de una
    muchacha pompeyana, y por último, encuentra en su
    hotel a una joven pareja que supone hermano y herma-
    na y que despierta su simpatía. Todas estas impresio-
    nes se entretejen para formar el siguiente sueño, «sin-
    gularmente desatinado»:

    «Gradiva se hallaba sentada al sol, y mientras fabri-
    caba, con un largo tallo de hierba, un lazo para cazar
    una lagartija, decía: Estate quieto un momento. Mi co-
    lega tiene razón. Este medio es realmente eficaz,
    y ella lo ha empleado con éxito.»

    Contra este sueño se rebela Hanold aún antes de
    despertar, pensando que constituye un completo des-
    atino y esforzándose en libertarse de él, cosa que al fin
    consigue con el auxilio de un invisible pájaro que lan-
    zando un grito semejante a una risotada se apodera de
    la lagartija y se la lleva en el pico.

    Intentaremos también llevar a cabo la interpretación
    de este sueño, o sea sustituirlo por las ideas latentes
    de cuya deformación tiene que haber surgido. Ante
    todo, observamos que constituye un completo absur-
    do, carácter casi general en los sueños y en el que se
    apoya la teoría que les niega la cualidad de actos psí-
    quicos independientes y los hace surgir de una arbi-
    traria excitación de los elementos psíquicos.

    Podemos aplicar a este sueño la técnica regular de
    la interpretación onírica, consistente en no ocuparse
    de la aparente conexión de los elementos del sueño
    manifiesto, sino investigar por separado cada uno de

  • S.

    387

    EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS

    ellos y buscar su origen latente por medio de los datos
    que nos proporcionen las impresiones, recuerdos y
    ocurrencias libres del sujeto. Mas como no podemos
    someter a Hanold a un tal exámen tendremos que con-
    tentarnos con inquirir la relación de los elementos del
    sueño manifiesto con sus impresiones y sustituir tími-
    damente nuestras propias ocurrencias a las suyas.

    Gradiva se halla sentada al sol, cazando lagartijas,
    y dice… ¿A qué impresión de las recibidas por Ha-
    nold aquella tarde alude esta parte de su sueño? Indu-
    dablemente a su encuentro con el cazador de lacérti-
    dos, el cual se hallará, pues, en el sueño, sustituído
    por Gradiva. Hanold lo halló sentado o tumbado en
    la «soleada» vertiente de una colina y fué también in-
    terpelado por él. Las frases que el sueño pone en
    boca de Gradiva son, así mismo, copia de las que di-
    cho individuo dirigió a Norberto: «El medio que mi
    colega Eimer ha inventado para cazarlos es excelente.
    Yo lo he experimentado ya varias veces con éxito sa-
    tisfactorio. Estése usted quieto un momento.» Estas
    mismas palabras son las que luego pronuncia Gradi-
    va en el sueño, sustituyendo al colega Eimer por una
    «colega» suya a la que no nombra, omitiendo el «va-
    rias veces» de la segunda frase y alterando ligera-
    mente el orden del discurso. Parece, pues, que esta
    aventura de la tarde anterior ha sido transformada en
    sueño por medio de algunas modificaciones y defor-
    maciones. ¿Mas por qué precisamente ésta? ¿Y qué
    significan las deformaciones, la sustitución del viejo
    señor de las lagartijas por la Gradiva y la introdución
    de un nuevo personaje: la misteriosa «colega»?

    Es regla general de la interpretación onírica, que las
    palabras incluídas en el sueño proceden siempre de
    frases oídas o pronunciadas por el sujeto en la vida

  • S.

    388

    despierta. Esta regla parece haber sido observada en
    el caso que nos ocupa, pues las palabras de Gradiva
    no son sino una modificación de las que Hanold oyó
    por la tarde al zoólogo. Otra regla de dicha interpreta-
    ción expresa que la sustitución de una persona por
    otra o la mezcla de dos distintas, colocando a una de
    ellas en una situación de la que la otra ha sido sujeto,
    significa una equiparación de ambas y equivale a la ex-
    presión de una coincidencia existente entre ellas. Apli-
    cando este nuevo precepto a nuestro caso, tendríamos
    la siguiente interpretación: «Gradiva caza lagartijas
    como aquel viejo zoólogo y como él sabe el medio de
    aprisionarlas.» Pero esto no nos resulta todavía com-
    prensible. Volvámonos, pues, hacia otro de los proble-
    mas que el sueño plantea. ¿A qué impresión de Hanold
    durante el día anterior debemos referir aquella «cole-
    ga» de Gradiva que sustituye al «colega

  • S.

    389

    pues, la que con tanto éxito ha llevado a cabo aquella
    más feliz colega?

    Al día siguiente sorprende Hanold a los supuestos
    hermanos fundidos en tierno abrazo y se ve obligado
    a rectificar su error. Como más adelante vemos con-
    firmado, cuando la pareja interrumpe con su aparición
    la tercera entrevista de Hanold y Zoe, se trata, nueva-
    mente, de unos recién casados en viaje de novios. Ad-
    mitiendo que Hanold, creyéndolos, conscientemente,
    hermanos descubriera desde un principio, en su in-
    consciente, la verdadera relación que entre ellos exis-
    tía y que al siguiente día se le revela de un modo in-
    equívoco, encontramos un excelente sentido para las
    palabras de Gradiva en el sueño. La roja rosa se con-
    vierte entonces en un símbolo de la relación erótica y
    Hanold comprende que aquel hombre y aquella mujer
    son uno para el otro lo que él y Gradiva han de lle-
    gar a ser; la caza de lagartijas adquiere la significa-
    ción de la caza del hombre por la mujer y las palabras
    de Gradiva querrán decir aproximadamente: Tú déja-
    me hacer y verás como yo sé, tan bien como esa otra
    muchacha, encontrar un marido.

    ¿Mas por qué esta adivinación de los propósitos de
    Zoe tuvo que manifestarse en el sueño bajo la forma
    de las palabras del anciano zoólogo? ¿Y por qué la ha-
    bilidad de la muchacha en la caza matrimonial hubo de
    ser representada por la del mismo en la caza de lagar-
    tijas? La respuesta a ambas interrogaciones es harto
    sencilla. Hace ya largo tiempo, hemos adivinado que
    el cazador de lacértidos no es otro que el profesor de
    Zoología, Ricardo Bertgang, padre de Zoe, al que Ha-
    nold tiene que conocer de antiguo, por lo cual nos ex-
    plicamos que fuera interpelado por él, al encontrarlo,
    de una manera familiar. Habremos de admitir, así

  • S.

    390

    mismo, que Hanold, en su inconsciente, hubo de reco-
    nocer, en seguida, al zoólogo. «Le parecía recordar
    oscuramente haber visto ya alguna vez la fisonomía
    del cazador de lacértidos, probablemente en alguno de
    los dos hoteles.» De este modo queda explicado el sin-
    gular disfraz del propósito que el sueño atribuye a Zoe.
    Es la hija del cazador de lagartijas y ha heredado de
    él su habilidad.

    La sustitución del zoólogo por Gradiva en el con-
    tenido del sueño es, por lo tanto, la exposición del pa-
    rentesco de ambos reconocida por Hanold en su in-
    consciente; y la introducción de la «colega», en lugar
    del «colega Eimer», permite al sueño expresar la amo-
    rosa solicitación de la muchacha. El sueño ha fundido
    o como decimos técnicamente –condensado– en una
    sola situación, dos diferentes sucesos del día inmedia-
    tamente anterior, con objeto de procurar una expre-
    sión –aunque harto irreconocible– a dos representa-
    ciones que no deben hacerse conscientes. Pero aún
    podemos proseguir nuestra labor interpretadora, ami-
    norando la singularidad del sueño y descubriendo la
    influencia de los restantes sucesos del día sobre la for-
    mación del contenido manifiesto.

    Podríamos declarar que no llegaba a satisfacernos la
    explicación dada hasta ahora al hecho de que la esce-
    na de la caza de lagartijas pase precisamente a cons-
    tituir el nódulo del sueño, y sospechar que otros ele-
    mentos más de las ideas latentes habían influído en la
    importancia que la «lagartija» adquiere en el contenido
    manifiesto. Y realmente pudiera muy bien suceder así.
    Recordemos que Hanold había descubierto en el muro
    del pórtico por donde Gradiva desapareció, una hendi-
    dura que aunque estrecha «podía dejar paso a una per-
    sona de extraordinaria delgadez». Este descubrimiento

  • S.

    391

    EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS

    provoca una modificación en el delirio de Hanold. Gra
    diva no se hunde ya en la tierra al desaparecer de su
    vista, sino que busca por aquella hendidura el camino
    hasta su tumba. En su pensamiento inconsciente tiene
    ahora Hanold que decirse que ha hallado la natural ex-
    plicación de la sorprendente desaparición de la mucha
    cha. ¿Mas este introducirse y desaparecer por una es-
    trecha hendidura, no tiene acaso que recordar necesa-
    riamente las costumbres de los lacértidos? En efecto,
    Gradiva se comporta aquí como la más ágil y flexible
    lagartija. Opinamos, por lo tanto, que el descubrimien-
    to de aquella hendidura coadyuvó a determinar la elec-
    ción del elemento «lagartija» para su inclusión en
    el contenido manifiesto del sueño. La escena de la
    caza representaría, pues, tanto a esta impresión del día
    como al encuentro con el zoólogo, padre de Zoe.

    Los resultados anteriores nos animan a buscar to-
    davía en el contenido del sueño la representación de
    otra de las impresiones del día anterior que aún no he-
    mos incluído en nuestra labor interpretadora: el des
    cubrimiento del «Albergó del Sole». El poeta ha
    expuesto tan minuciosamente este episodio y ha hecho
    depender de él tantas cosas, que nos admiraría que fue-
    se el único que no hubiese contribuído a la formación
    del sueño. Hanold entra en este «albergó», ignorado
    antes por su apartado emplazamiento y la distancia a
    que de la estación se halla, para tomar una botella de
    gaseosa que mitigue su estado congestivo. El dueño
    del «albergó» aprovecha la ocasión para ponderarle
    las antigüedades que tiene en venta y le muestra una
    fíbula perteneciente—según dice—a aquella muchacha
    cuyo cuerpo fué hallado en las inmediaciones del Foro,
    unido en estrecho abrazo al de su amado. Hanold, que
    conocía esta historia y nunca la había prestado fe, se


  • S.

    392

    PROF. S. FREUD

    ve ahora impelido por una inexplicable fuerza a acep-
    tar su verdad y la autenticidad de la fíbula; adquiere
    esta última y abandona el «albergo». Al salir, ve en
    una ventana un florero con una blanca y florida rama
    de asfodelo e interpreta la presencia, en aquel lugar, de
    la funeraria flor como una prueba de la autenticidad de
    su adquisición. Al mismo tiempo se le impone la con-
    vicción de que la fíbula perteneció a Gradiva y que ésta
    es la muchacha cuyo cuerpo fué descubierto junto al de
    su amado. Este pensamiento hace surgir en su ánimo
    atormentadores celos que logra, por último, dominar,
    proponiéndose mostrar a Gradiva su fíbula al día si-
    guiente y confirmar o desvanecer así sus sospechas.
    Todo esto constituye un singular nuevo desarrollo del
    delirio, del que necesariamente hemos de hallar alguna
    huella en el sueño de Hanold.

    Ha de sernos muy útil para nuestra labor interpreta-
    tiva llegar a la clara comprensión de este progreso
    del delirio, investigando las ideas inconscientes a las
    que el nuevo agregado delirante sustituye. Este agre-
    gado surge bajo la influencia del dueño del «albergo»,
    cuyas palabras encuentran en Hanold una credulidad
    solo comparable a la que se obtiene por sugestión. El
    avispado comerciante le muestra como auténtica y per-
    teneciente a la muchacha cuyos restos fueron hallados,
    confundidos con los de su amante, en las excavacio-
    nes practicadas cerca del Foro, una fíbula de metal,
    y Hanold, cuya erudición en estas materias le per-
    mitía más que a cualquier otra persona poner en cua-
    rentena la autenticidad, tanto de la fíbula como de la
    amorosa historia, cree ambas cosas a pies juntillas y
    adquiere sin la menor vacilación la más que dudosa
    antigüedad. Esta conducta del arqueólogo resulta un
    tanto incomprensible y nada nos puede llevar a supo-
     

  • S.

    395

    ner que la personalidad del dueño del «albergo» pue-
    da darnos la clave de este misterio. Pero en este epi-
    sodio se nos muestra aún otro problema, y es sabido,
    que a veces, dos misterios suelen aclararse recíproca-
    mente. Al salir del «albergo» ve Hanold una rama de
    asfodelo colocada en un florero sobre el pretil de una
    ventana e interpreta el encuentro de la blanca flor como
    una confirmación de la autenticidad de la fábula. ¿Por
    qué? Afortunadamente este último detalle resulta fácil
    de explicar. La florida rama es sin duda alguna la mis-
    ma que al mediodía ofreció él a Gradiva y es perfecta-
    mente natural que su presencia en la ventana del «al-
    bergo» constituya una confirmación de algo. Pero este
    algo no es, ciertamente, la autenticidad de la fábula,
    sino otra cosa muy distinta que ya Hanold ha des-
    cubierto al hallar el «albergo», cuya existencia desco-
    nocía hasta el momento. El día anterior había visitado
    los dos hoteles que en Pompeya conocía, buscando,
    aunque sin confesárselo, en cual de ellos viviría la mu-
    jer a la que había tomado por la resucitada Gradiva.
    Ahora, al tropezar tan inesperadamente con un tercer
    hotel, cuya existencia ignoraba, tiene que decirse,
    en su inconsciente, que allí es donde vive la mujer
    que él busca, y luego al ver la florida rama tiene que
    sentir confirmada aquella idea y ver en aquella venta-
    na la del cuarto en que la misma habita. Este sería,
    pues, el descubrimiento que no debiendo hacerse cons-
    ciente, es sustituído por el nuevo agregado delirante,
    pues implica que Gradiva es una persona real a la que
    conoció en época nada lejana, idea que no debe ha-
    llar paso hasta su conciencia.

    ¿Mas en qué forma se ha realizado la sustitución del
    nuevo conocimiento por el delirio? A mi juicio, afir-
    mándose y conservándose el sentimiento de convicción

  • S.

    394

    inherente al nuevo dato, mientras que en lugar de este
    —incapaz de conciencia— aparecía otro contenido de
    representaciones, ligado sin embargo a él por asocia-
    ción mental. De esta manera entró en contacto el sen-
    timiento de convicción con un contenido extraño a él
    y éste último logró en calidad de delirio una aceptación
    que no le correspondía. Hanold traslada su convenci-
    miento de que Gradiva vive en aquella casa a otras
    impresiones que hallándose en la misma recibe, mos-
    trándose de este modo crédulo a las palabras del hués-
    ped sobre la autenticidad de la fíbula y de la anécdota
    de los amantes pompeyanos, pero tal credulidad no se
    debe más que a la conexión que establece entre aque-
    llo que en el «albergo» oye y su amada Gradiva. Los
    celos, dispuestos a surgir en él ante el menor estímulo,
    se apoderan de este material y provocan, aun en con-
    tradicción con su primer sueño, el delirio de que Gra-
    diva era aquella muchacha muerta en brazos de su
    amante y a la que la fíbula perteneció en vida.

    Advertimos ahora que el último diálogo con Gradiva
    y la discreta solicitación amorosa de ésta por medio
    de su alusión a las flores que a otras mujeres se ofre-
    cen, han provocado importantes modificaciones en
    Hanold. En él han despertado ya elementos de deseo
    viril, componentes de la libido, pero que no pueden
    aún prescindir de ocultarse tras de pretextos conscien-
    tes. Mas el problema de la constitución física de Gra-
    diva que le persigue durante todo este día no puede ne-
    gar su procedencia de la curiosidad erótica del adoles-
    cente por el cuerpo femenino, aunque en este caso la
    acentuación consciente de la singular oscilación de Gra-
    diva entre la muerte y la vida, dé a tal curiosidad un
    carácter científico. Los celos de Hanold son también
    un signo del despertar de su actividad amorosa y los

  • S.

    395

    EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS

    exterioriza con su primera frase de la siguiente entre-
    vista con Gradiva, en la cual y con ayuda de un nuevo
    pretexto, se atreve ya a tocar el cuerpo de la muchacha
    y, como en épocas pasadas, a golpearla.

    Es ya tiempo de que nos preguntemos si el camino
    seguido por el delirio en su génesis y desarrollo, tal
    y como lo hemos deducido de la exposición del poeta,
    es el que suele seguir esta clase de perturbaciones o,
    por el contrario, es totalmente imposible y caprichoso.
    Nuestra respuesta, fundada en el conocimiento médico
    de estas cuestiones, es la de que, en efecto, el camino
    indicado en la narración es acertado y hasta el único
    por el que el delirio puede llegar a aquella su firme
    aceptación por el sujeto, que constituye uno de sus
    caracteres clínicos. Esta fe que el enfermo presta a su
    delirio no depende de un trastorno de su capacidad de
    juicio ni procede tampoco de aquello que en el delirio
    es erróneo. Lo que sucede es que en todo delirio exis-
    te un grano de verdad, digno de completa fe, el cual
    constituye la fuente de la convicción del enfermo. Mas
    este elemento verdadero se halla ha largo tiempo repri-
    mido, y si logra llegar a la conciencia es después de
    haber sufrido una deformación que le hace irreconoci-
    ble. En cambio, como para compensar esta deforma-
    ción, queda intensificado el sentimiento de convicción
    que le era inherente y que ahora viene a recaer sobre
    el sustitutivo deformado de lo verdadero reprimido,
    protegiendo a esto último contra todo ataque de la crí-
    tica. Así, pues, la convicción se desplaza desde lo ver-
    dadero inconsciente a lo erróneo consciente a ello liga-
    do y queda fija en tal lugar a consecuencia de este des-
    plazamiento. El caso de formación de delirio resultante
    del primer sueño de Hanold es un ejemplo de un tal
    desplazamiento. Puede así mismo afirmarse que el pro-
    — 395 —

  • S.

    396

    ceso de génesis de la convicción, en el delirio que aca-
    bamos de describir, no es siquiera fundamentalmen-
    te distinto del que se realiza en los casos normales,
    cuando no entra en juego la represión. Todos adheri-
    mos nuestra convicción a contenidos mentales en los
    que se halla reunido lo verdadero con lo falso y deja-mos que la misma se extienda de lo primero a lo segun-
    do, difundiéndose de lo verdadero a lo falso con ello
    asociado y defendiendo a esto último—aunque no tan
    invariablemente como en el delirio— contra la mere-
    cida crítica.

    Volviendo ahora al sueño cuyo análisis nos ocupa,
    haremos resaltar un rasgo interesante que establece un
    enlace entre dos de los elementos del mismo. Gradiva
    había opuesto en cierto modo la blanca flor de asfode-
    lo a la roja rosa. El reencuentro del asfodelo en la ven-
    tana del «Albergó del Sole» deviene una importante
    prueba del conocimiento inconsciente de Hanold que
    se manifiesta en el nuevo delirio y a todo esto se agre-
    ga el que la roja rosa que adorna el vestido de la sim-
    pática amiga de Zoe auxilia a Hanold para reconocer
    la verdadera relación de la misma con su acompañan-
    te, permitiendo esto, que luego, en el sueño, surja
    como «colega».

    Lo que aún no hemos hallado es dónde se encuen-
    tran, en el contenido manifiesto del sueño, la huella y
    la representación del descubrimiento realizado por Ha-
    nold de que Gradiva y su padre vivían en un tercer ho-
    tel que hasta entonces le era desconocido, descubri-
    miento que hemos visto sustituído por el nuevo delirio.
    Esta circunstancia aparece, sin embargo, en dicho con-
    tenido y ni siquiera excesivamente deformada. Ahora
    que no me he atrevido hasta este momento a indicarla,
    pues sé que incluso aquellos lectores que hayan teni-
     

  • S.

    397

    EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS

    do paciencia para seguirme hasta aquí, han de resis-
    tirse enérgicamente a aceptar estas mis tentativas de
    interpretación. Sin embargo, repetimos, el descubri-
    miento de Hanold nos es comunicado por el sueño en
    su totalidad, pero se halla tan hábilmente ocultado que
    necesariamente pasa desapercibido, pues se esconde
    tras de un juego de palabras o un equívoco. El dato del
    contenido manifiesto que hemos expresado en la frase:
    «Gradiva se hallaba sentada al sol», lo hemos referi-
    do, justificadamente, al lugar en que Hanold encontró
    al zoólogo, padre de Zoe. ¿Pero no podrá significar
    que «en el Sol», esto es, en el «Albergue del Sol», vive
    Gradiva? Y la vaguedad en que se deja el lugar, del
    cual no se dice sino que está «al sol», siendo así que
    el sitio en que Hanold encontró al zoólogo podía ha-
    ber aparecido perfectamente detallado en el sueño ¿no
    será una fingida imprecisión encaminada a ocultar la
    verdadera naturaleza de este elemento, o sea, la precisa
    fijación de la residencia de Gradiva? Mi larga expe-
    riencia en la interpretación de sueños reales me hace
    considerar innegable esta significación del equívoco,
    pero no hubiera expuesto a mis lectores esta parte de
    mi labor interpretadora si el poeta no viniera aquí en
    mi auxilio ofreciéndome su poderosa ayuda. En efecto,
    al día siguiente a este sueño, pone Jensen en boca de
    Zoe el mismo juego de palabras, dándole idéntico sen-
    tido al que nosotros le prestamos para la interpretación
    del elemento correspondiente del contenido manifiesto
    del sueño. Al enseñarle Hanold la fíbula, le pregunta
    Zoe si la ha encontrado «al sol» (o «en el Sol» – «im
    Sonne») y añade que éste produce en aquellas tierras
    los más curiosos efectos cerebrales. Luego, al ver que
    Hanold no comprende sus palabras le explica que se re-
    fiere al «Albergue del Sole», cuyo dueño hubo de mos-

  • S.

    398

    trarle también a ella la fíbula que luego adquirió el
    arqueólogo.

    Quisiéramos ahora intentar la empresa de sustituir
    el sueño de Hanold, «singularmente desatinado», por
    las ideas inconscientes tras de él ocultas y que al pasar
    al contenido manifiesto han sufrido una deformación
    que las hace irreconocibles. Tales ideas latentes, se-
    rían, aproximadamente, las que siguen: «Ella vive en
    el «Sol» con su padre. ¿Por qué juega conmigo de esta
    manera? ¿Querrá tan solo burlarse de mí? ¿O será po-
    sible que me ame y quiera hacerme su esposo?» Esta
    última posibilidad es rechazada dentro del mismo
    sueño por el juicio en que el durmiente declara insen-
    sato todo aquello, juicio que en apariencia se extiende
    sobre el total contenido manifiesto de la alucinación
    onírica.

    Nuestros lectores tendrán derecho a ejercitar su crí-
    tica preguntándonos ahora por la procedencia de
    la sospecha que aparece entre las ideas latentes de que
    Gradiva quiere quizá burlarse del durmiente, sospecha
    que hasta ahora no hemos fundamentado. A esto nos
    responde la «Interpretación de los sueños» expresando
    que cuando en las ideas del sueño existe burla, despre-
    cio o ironía quedan exteriorizadas estas circunstancias
    por la desatinada constitución del contenido manifies-
    to, o sea, por el absurdo de éste. Esta insensatez del
    sueño, no significa, pues, una paralización de la acti-
    vidad psíquica, sino que es uno de los medios exposi-
    tivos de que se sirve la elaboración onírica. Como ya
    en otras dificultades, acude aquí el poeta en nuestra
    ayuda. El desatinado sueño tiene un estrambote en el
    que un pájaro, lanzando un grito semejante a una
    aguda risa, se apodera de la lagartija y se la lleva en
    el pico. Pero este grito riente ya lo había oído Hanold

  • S.

    399

    EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS

    en una ocasión al desaparecer Gradiva entre las rui-
    nas. En realidad fué Zoe la que rió al verse lejos de la
    presencia de Hanold y poder desprenderse de su grave
    y melancólico papel de aparición del otro mundo. Así,
    pues, Gradiva se había reído efectivamente de nuestro
    héroe. La escena del sueño en la que el pájaro se lleva-
    al lagarto en el pico recuerda la de un sueño anterior
    en la que el Apolo del Belvedere se alejaba llevando
    en sus brazos a la Venus capitolina.

    Quizá perdure en algunos de nuestros lectores la opi-
    nión de que la traducción de la caza de lacértidos por
    la idea de la solicitación amorosa no resulta suficiente-
    mente justificada. Mas en nuestro apoyo podemos citar
    aquí el hecho de que Zoe reconoce en su diálogo con
    su colega aquello mismo que de ella sospechan las
    ideas de Hanold, pues comunica a su amiga que estaba
    segura de «desenterrar» en Pompeya algo interesante.
    Con esta idea, próxima a la de «excavaciones arqueo-
    lógicas», entra Zoe en el círculo de representaciones de
    la ciencia de Norberto, así como él entra en el campo
    de la Zoología con su metáfora de la caza de lacérti-
    dos. De este modo parece como si ambos tendieran uno
    hacia otro queriendo adoptar cada uno las ideas pecu-
    liares del ser amado.

    Así, pues, habríamos conseguido llegar también a
    la interpretación de este segundo sueño. Ambos se
    han hecho accesibles a nuestra comprensión partiendo
    de la hipótesis de que el sujeto sabe en su pensamiento
    inconsciente todo aquello que en el consciente ignora
    y juzga con acierto en el primero lo que en el segundo
    equivoca delirantemente. En esta labor hemos tenido
    que sentar algunas afirmaciones que siendo completa-
    mente nuevas para el lector han tenido que parecerle
    harto extrañas y han despertado en él sin duda alguna

  • S.

    400

    PROF. S. FREUD

    la sospecha de que atribuímos a la obra del poeta un
    sentido que solo en nuestra imaginación existe. Mas
    nos hallamos dispuestos a emplear todos los medios
    posibles para desvanecer esta sospecha, y con este
    propósito insistiremos con mayor minuciosidad en uno
    de los puntos más oscuros y delicados, esto es, en el
    empleo de palabras y frases de doble sentido, como
    en el ejemplo: «Gradiva» se hallaba sentada al sol (o
    «en el Sol»—«im Sonne»).

    Todo lector de la obra de Jensen tiene que observar
    con cuánta frecuencia coloca el autor en boca de los dos
    protagonistas, frases de doble sentido. Hanold no tie-
    ne en cuenta al pronunciarlas más que uno solo de los
    sentidos en que las mismas pueden interpretarse, pero
    su interlocutora descubre el otro. Así, cuando la prime-
    ra vez que la oye hablar, exclama: «¡Ya sabía yo que
    tu voz resonaba así!» y Zoe–ignorante aún del sueño
    anterior de Hanold–tiene que preguntarle cómo es
    eso posible, ya que nunca antes la había oído hablar.
    En la segunda entrevista interpreta Zoe equivocada-
    mente por un momento el delirio de Hanold al oírle ase-
    gurar que la ha reconocido en el acto. Zoe tiene que
    dar a estas palabras el sentido que realmente tienen en
    lo inconsciente de Hanold, esto es, el de un recono-
    cimiento de su pasada amistad infantil, mientras que
    el arqueólogo ignora en absoluto este alcance de sus
    palabras y las funda exclusivamente en su relación con
    el delirio que le domina. En cambio, las palabras de
    Zoe, en la que encarna el poeta la perfecta claridad es-
    piritual contrapuesta al delirio del arqueólogo, poseen
    un doble sentido voluntario. Uno de los dos sentidos
    se ciñe al delirio de Hanold para facilitar la compren-
    sión consciente del mismo y el otro se eleva por encima
    de él y nos da realmente su traducción a la verdad

  • S.

    26

    EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS

    consciente que representa. Constituye un triunfo del
    equívoco el poder expresar la verdad y el delirio por
    medio de una sola forma expresiva.

    Llenas de tales equívocos se hallan las frases en las
    que Zoe explica la situación a su amiga, al mismo
    tiempo que procura desembarazarse de su inoportuna
    presencia, frases que en realidad van dirigidas más
    a los lectores que a la feliz «colega» de la amorosa
    muchacha. En los diálogos con Hanold, el doble sen-
    tido se basa la mayor parte de las veces en que Zoe
    se sirve del simbolismo que ya encontramos en el pri-
    mero de los sueños analizados, o sea de la equivalen-
    cia de la represión con el sepultamiento y de Pompe-
    ya con la infantil amistad olvidada. De este modo
    puede Zoe conservar en sus palabras el papel que el
    delirio de Hanold la ha señalado y al mismo tiempo
    referirse a las circunstancias reales y despertar en lo
    inconsciente de Hanold la comprensión de las mismas.

    «Hace largo tiempo que me he acostumbrado a es-
    tar muerta» y «para mí es más apropiado recibir de tus
    manos la flor del olvido» son frases en las que se trans-
    parenta discretamente el reproche que luego surge con
    toda claridad en la catilinaria que le dedica en su últi-
    ma entrevista y en la que le compara con el Archeop-
    tesix. En otra: –«¿Que alguien tenga que morir para
    llegar a estar viva? Pero eso es cosa exigida por tu
    actividad arqueológica»– nos da Zoe, después de con-
    seguida la curación de Hanold, la clave de sus anterio-
    res equívocos. Pero cuando con más fortuna emplea
    este simbolismo es cuando pregunta: «Me parece como
    si ya otra vez, hace dos mil años, hubiéramos partido
    de este modo el alimento. ¿No te acuerdas?», interro-
    gación en la que se nos muestran patentes la sustitu-
    ción de la infancia por el pasado histórico y el esfuer-
    zo.

  • S.

    402

    zo por despertar en Hanold el recuerdo de la pri
    mera.

    No deja de extrañar a primera vista esta singular
    preferencia por las frases de doble sentido en la obra
    de Jensen y quisiéramos preguntarnos a qué razón
    obedece. Lejos de mostrársenos como una circunstan-
    cia casual aparece esta preferencia como consecuencia
    necesaria del desarrollo de la narración y no es otra
    cosa que la forma correspondiente a la doble determi-
    nación de los síntomas, en tanto en cuanto las palabras
    lo son también y nacen como ellos de transacciones en-
    tre lo consciente y lo inconsciente. La única diferencia
    se halla en que este doble origen se muestra más cla-
    ramente en las palabras que en los actos y cuando se
    consigue—cosa que la maleabilidad del material ver-
    bal hace posible con frecuencia—procurar en la misma
    reunión de palabras una buena expresión para cada
    uno de los dos pensamientos que se desea exteriorizar
    queda creado lo que llamamos un equívoco.

    Durante el tratamiento psicoterapéutico de un delirio
    o de una perturbación análoga, produce el enfermo con
    gran frecuencia tales frases de doble sentido como
    nuevos síntomas fugitivos y puede a veces servirse el
    médico de ellas estimulando con el sentido consciente
    en que el enfermo las pronuncia la comprensión de su
    verdadero sentido inconsciente. Sé por experiencia que
    este papel del equívoco suele ser rechazado con la ma-
    yor energía por los profanos en estas cuestiones y
    acostumbra a provocar los más groseros errores, pero
    el poeta ha obrado acertadamente exponiendo en su
    obra este rasgo característico de la formación de los
    sueños y los delirios.