• S.

    403

    IV

    Dijimos antes, que la entrada en escena de Zoe y la
    realización de sus propósitos terapéuticos imprimían a
    nuestro interés un nuevo rumbo, despertando nuestra
    curiosidad por ver si el desarrollo de su tratamiento
    curativo se adaptaba o no a las posibilidades reales,
    esto es, si el poeta poseía de las condiciones de la cura-
    ción del delirio un conocimiento tan justo y minucioso
    como el que había demostrado poseer de las corres-
    pondientes a la génesis del mismo.

    Sin duda alguna se opondrá en este punto a nues-
    tras opiniones una diferente teoría que niega tal interés
    al caso expuesto por el poeta y se resiste a ver en él
    problema ninguno necesitado de aclaración, alegando
    que Hanold tenía obligadamente que renunciar a su
    delirio después de ver desvanecidas todas las creacio-
    nes del mismo, por lo que constituía precisamente su
    objeto—la supuesta Gradiva— y explicados de un
    modo naturalísimo todos los misterios, por ejemplo, el
    de que la aparición conociera su nombre. Con esto
    quedaría desembrollada la novelesca trama, pero como
    uno de los elementos de la misma es el amor de Zoe
    al arqueólogo, el poeta, para satisfacción de sus lecto-
    ras haría acabar en boda su relato. Mas si aceptamos
    las premisas que esta teoría intenta establecer nos
    parecería más lógico e igualmente posible un desenla-
    ce opuesto, esto es, que el joven erudito se despidiera

  • S.

    404

    PROF. S. FREUD

    cortésmente de Zoe una vez curado de su delirio y
    rechazara su amor fundándose en que las antiguas
    esculturas femeninas de bronce o piedra, o las mujeres
    que para ellas sirvieron de modelo, despertaban en él
    un vivísimo interés cuando un maravilloso azar le per-
    mitía entrar en relaciones con ellas o siquiera imaginár-
    selo, pero que, en cambio, sus propias contemporá-
    neas de carne y hueso le dejaban por completo indife-
    rente. Interpretando de este modo la obra de Jensen e
    independientemente de que su desenlace fuera o no la
    boda de los protagonistas, siempre resultaría que el
    poeta había entretejido sin necesidad alguna y con ab-
    soluta arbitrariedad, una historia de amor, en una fan-
    tasía arqueológica.

    Al rechazar, como imposible, tal interpretación, ob-
    servamos que la transformación que se verifica en
    Hanold no depende exclusivamente del desvanecimien-
    to de su delirio. Simultáneo y aun anterior a su vuelta
    a la normalidad es el resurgimiento de su instinto amo-
    roso, que como es natural, le encamina desde un prin-
    cipio a cortejar a la muchacha que le ha curado de su
    perturbación. Ya hicimos resaltar bajo qué pretextos y
    disfraces se manifiestan en él, todavía en medio de su
    delirio, la curiosidad sexual por el cuerpo femenino,
    los celos y el brutal instinto de aprehensión masculino,
    después que su reprimido deseo amoroso le ha sugeri-
    do el primero de los sueños analizados. Podemos aún
    agregar, como nuevo testimonio favorable a nuestras
    opiniones, el hecho de que en la noche siguiente a la
    segunda entrevista con Gradiva, es la primera vez que
    durante todo el relato despierta simpatía en Hanold una
    mujer viva, aunque todavía tenga que hacer a su pasa-
    do horror a los recién casados la concesión de supo-
    ner a aquella mujer hermana del hombre que la acom-
    paña.

  • S.

    405

    paña. Mas a la mañana siguiente la casualidad le hace
    testigo de las caricias de la joven pareja y viendo su
    error se retira respetuosamente como si hubiera estado
    a punto de interrumpir una ceremonia religiosa. La
    burla que antes le inspiraban los recién casados se ha
    trocado ya en respeto ante el amor.

    De este modo ha establecido el poeta una íntima
    conexión entre el desvanecimiento del delirio y la resu-
    rrección del deseo erótico, preparando así el obligado
    desenlace amoroso. Más conocedor que sus críticos,
    de la esencia del delirio, sabe que a la génesis del mis-
    mo han contribuído conjuntamente el deseo amoroso
    y la resistencia al mismo y deja que la muchacha a la
    que encarga de la labor terapéutica se dé cuenta de
    aquellos componentes del delirio que han de serle gra-
    tos. Sólo el conocimiento de los mismos puede deter-
    minarla a consagrarse a dicha obra curativa, y única-
    mente la seguridad de que el arqueólogo puede mo-
    verla a confesar al mismo su recíproco amor. El tra-
    tamiento consistirá, entonces, en hacer llegar desde el
    exterior, a la conciencia de Hanold, aquellos recuerdos
    reprimidos que él no puede libertar en su interior. Mas
    este tratamiento fracasaría si la terapeuta no se apoya-
    ra en los sentimientos del enfermo y no pudiera ence-
    rrar la definitiva interpretación de su delirio en la si-
    guiente frase: «Mira, todo eso no significa sino que
    me amas.»

    El procedimiento que el poeta hace adoptar a Zoe
    para la curación del delirio de Hanold, muestra, más
    que una amplia analogía, una total identidad con el
    método terapéutico que el doctor J. Breuer y el autor
    de estas líneas, introdujeron en la Medicina el año
    de 1895, y a cuyo perfeccionamiento he dedicado des-
    de entonces todas mis actividades. Este tratamiento,

  • S.

    406

    denominado primero «catártico», por Breuer y califi
    cado por mí, preferentemente, de «analítico», consiste
    en hacer llegar forzadamente, en cierto sentido, a la
    conciencia de los enfermos que padecen perturbaciones
    análogas a las de Hanold, lo inconsciente, a cuya re-
    presión se debe la enfermedad; técnica, por completo
    igual a la que Gradiva aplica a los recuerdos, reprimi-
    dos en Hanold, de sus relaciones infantiles con ella.
    Cierto es que para Gradiva resulta este tratamiento
    harto más fácil que para el médico, pues su posición
    con respecto al enfermo es la más favorable al éxito
    terapéutico. El médico, que carece de todo anterior co-
    nocimiento del sujeto y no lleva en sí, como recuerdos
    conscientes, aquellos mismos elementos que incons-
    cientemente se agitan en la intimidad psíquica del mis-
    mo, tiene que servirse de una complicada técnica para
    colocarse en igualdad de circunstancias. Deberá apren-
    der, ante todo, a deducir con la mayor seguridad posi-
    ble, de las manifestaciones y confesiones conscientes
    del enfermo lo que en él se halle en estado de repre-
    sión, y a adivinar lo inconsciente, por las indicaciones
    contenidas en las palabras y actos del sujeto. Realiza-
    rá, pues, algo análogo a lo que Hanold efectúa en las
    últimas escenas del relato, cuando lleva a cabo por sí
    mismo la interpretación del nombre de «Gradiva», y
    halla que no es sino una traducción del apellido mismo
    de Zoe. En este momento desaparecen ya los últimos
    restos del delirio al ser descubiertas por completo las
    circunstancias que le dieron origen. Así, pues, el aná-
    lisis trae consigo la curación.

    La analogía entre el procedimiento de Gradiva y el
    método analítico de la Psicoterapia no se limita, sin
    embargo, a los dos puntos señalados, o sea, a la per-
    catación de lo reprimido y a la coincidencia de escla-
     

  • S.

    407

    EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS

    recimiento y curación. Se extiende también a aquello
    que demuestra ser lo esencial de toda la transforma-
    ción del sujeto, èsto es, al despertar de los sentimien-
    tos. Todas aquellas perturbaciones análogas al delirio
    de Hanold—a las cuales damos el nombre científico de
    psiconeurosis—tienen, como antecedente, la represión
    de un fragmento de la vida instintiva, y para decirlo
    ya, del instinto sexual, y toda tentativa de hacer llegar
    a la conciencia la causa inconsciente y reprimida de la
    enfermedad, provoca necesariamente la renovación de
    la lucha entre dicho componente instintivo y los pode-
    res que tienden a mantenerlo reprimido. El proceso de
    la curación se completa por un resurgimiento del amor,
    si es que podemos dar este nombre a la reunión de to-
    dos los heterogéneos componentes del instinto sexual,
    y esta recaída amorosa es indispensable, pues los sín-
    tomas a causa de los cuales se sometió al enfermo a
    tramiento no son sino residuos de anteriores luchas de
    represión o de retorno a la conciencia y sólo por una
    nueva crecida de las mismas pasiones que han provo-
    cado el combate pueden tales restos ser ahogados y
    removidos. Todo tratamiento psicoanalítico es, por lo
    tanto, una tentativa de libertar amor reprimido que ha-
    bía hallado en un síntoma un insuficiente exutorio tran-
    saccional. Mas cuando esta coincidencia de nuestro
    procedimiento con el descrito por el poeta en su «Gradiva»
    llega a su grado máximo, es al añadir que tam-
    bién en la psicoterapia analítica, la pasión nuevamente
    despertada—sea amor u odio—elige siempre como ob-
    jeto a la persona del médico.

    Claro es, que como ya antes indicamos, el caso de
    Gradiva es un caso ideal que la técnica médica no pue-
    de de jamás alcanzar. Gradiva puede corresponder al
    amor que ha logrado llevar desde lo inconsciente a la

  • S.

    408

    conciencia, cosa que al médico le está vedada. Además
    es ella misma el objeto del anterior amor reprimido y
    su persona ofrece en el acto a la tendencia amorosa
    libertada, un fin apetecible. En cambio el médico ha
    sido, hasta el momento de la cura, un extraño para el
    enfermo y tiene que procurar volver a serlo una vez
    terminada su misión terapéu-
    tica, sin que muchas ve
    ces le sea posible aconsejar a su curado enfermo
    cómo puede emplear en la vida la recuperada capaci-
    dad de amar. Indicar siquiera los medios de que el mé-
    dico tiene que auxiliarse para aproximarse con mayor
    o menor éxito al modelo de curación amorosa que el
    poeta nos ha expuesto, nos alejaría mucho del propó-
    sito con que emprendimos este trabajo.

    Planteemos todavía una última interrogación que ya
    hemos tenido que eludir varias veces. Nuestras teorías
    sobre la represión, la génesis de los delirios y de
    otras análogas perturbaciones, la formación e inter-
    pretación de los sueños, el papel desempeñado por la
    vida erótica y la naturaleza de la curación de tales do-
    lencias no son teorías generalmente admitidas por
    la Ciencia y conocidas por la mayoría de los hom-
    bres cultos. Será, pues, de un gran interés para nos-
    otros el averiguar si lo que ha permitido crear al
    poeta la «fantasía» que hemos podido analizar como si
    de una historia clínica se tratase, ha sido el conoci-
    miento de tales teorías. Con este objeto, una de las
    personas que constituían el amistoso círculo del que,
    como al principio indicamos, surgió la idea de inter-
    pretar los sueños incluí-
    dos en la obra de Jensen, se di-
    rigió a éste preguntándole si le eran conocidos los tra-
    bajos psicoanalí-
    ticos. El poeta respondió como era de
    esperar, en sentido negativo, y hasta pareció un tanto
    molesto por aquella interrogación. Su obra—dijo—no

  • S.

    409

    EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS

    tenía otra fuente que la de su propia fantasía creadora y
    aquellos que no hallasen en ella un goce estético no te-
    nían más que abandonar su lectura. No sospechaba
    Jensen el gran atractivo que aquellos mismos que so-
    bre su creación le interrogaban habían hallado en la
    misma.

    Es muy probable que si nos hubiera sido dado am-
    pliar nuestra investigación cerca de la persona del poe-
    ta, no se hubiese éste limitado a rechazar nuestras
    hipótesis con respecto a los puntos sobre los que fué
    interrogado, sino que hubiera negado igualmente cono-
    cer aquellas reglas a las que demostramos obedecía en
    su creación y haber abrigado alguna vez los propósi-
    tos que a la misma hemos atribuídos. En este caso,
    harto verosímil, cabrían dos hipótesis sobre nuestra
    labor. La primera de ellas será la de que nuestra inter-
    pretación ha sido equivocada y hemos atribuído a una
    inocente obra de Arte tendencias de las que su autor
    no tenía la menor idea, demostrando una vez más cuán
    fácil es encontrar en todas partes aquello que llevamos
    en nosotros mismos, facilidad que en la Historia de la
    Literatura ha sido causa de los más singulares errores.
    El lector juzgará si es esta la crítica que merece nues-
    tro estudio. Por nuestra parte preferimos, como es na-
    tural, acogernos a la posibilidad restante, que expone-
    mos seguidamente. A nuestro juicio, el poeta no nece-
    sita saber nada de tales reglas e intenciones, de mane-
    ra que puede negarlas de buena fe sin que por esto
    hayamos nosotros encontrado en su obra nada que en
    la misma no exista. Lo que sucede es que tanto él como
    nosotros hemos laborado con un mismo material, aun-
    que empleando métodos diferentes, y la coincidencia
    de los resultados es prenda de que los dos hemos tra-
    bajado con acierto. Nuestro procedimiento consiste en

  • S.

    410

    P R O F . S . F R E U D

    la observación consciente de los procesos psíquicos
    anormales de los demás, con objeto de adivinar y ex-
    poner las reglas a que aquéllos obedecen. El poeta
    procede de manera muy distinta: dirige su atención a lo
    inconsciente de su propio psiquismo, espía las posibi-
    lidades de desarrollo de tales elementos y les permite
    llegar a la expresión estética en lugar de reprimirlos por
    medio de la crítica consciente. De este modo descubre
    en sí mismo lo que nosotros aprendemos en otros, esto
    es, las leyes a que la actividad de lo inconsciente tiene
    que obedecer, pero no necesita exponer estas leyes,
    ni siquiera darse perfecta cuenta de ellas, sino que por
    efecto de la tolerancia de su pensamiento pasan las
    mismas a formar parte de su creación estética. Nos-
    otros desarrollamos luego estas leyes extrayéndolas de
    su obra por medio del análisis, como las extraemos
    también de los casos de enfermedad real, pero la conclu-
    sión es innegable: o ambos, el poeta y el médico, han
    interpretado con igual error lo inconsciente o ambos
    lo han comprendido con igual acierto. Esta conclusión
    es en extremo valiosa para nosotros y sólo por llegar
    a ella valía la pena de investigar con los métodos de
    la psicoanálisis médica, tanto los sueños incluídos en la
    obra de Jensen como la exposición que en la misma se
    hace de la génesis y la curación de un delirio.

    Con esto, llegamos al término de nuestro estudio.
    Mas aquellos lectores que nos hayan seguido con aten-
    ción en nuestra labor pudieran aún advertirnos que
    habiendo indicado al comienzo de la misma, que los
    sueños eran deseos presentados como realizados, nada
    habíamos hecho para justificar o demostrar tal afirma-
    ción. Claro es que, como ha podido verse en los aná-
    lisis oníricos verificados en el curso de este trabajo,
    las aclaraciones que sobre la esencia de los sueños


  • S.

    411

    EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS

    habríamos de dar, deberían ir mucho más allá de la
    fórmula que los reduce a realizaciones de deseos. Pero
    no siendo éste lugar apropiado para entrar en tan espi-
    nosa cuestión nos limitaremos a señalar este carácter
    del fenómeno onírico en los sueños contenidos en la
    «Gradiva», en los que, por cierto, resulta fácilmente
    demostrable. Las ideas latentes del sueño pueden ser
    de la más diversa naturaleza. En la «Gradiva» son
    «restos diurnos», o sea pensamientos que la actividad
    psíquica despierta ha dejado flotantes y sin una deter-
    minada solución en el día anterior al sueño. Mas para
    que de ellos surja un sueño es necesaria la coopera-
    ción de un deseo—inconsciente la mayor parte de las
    veces. Este deseo representa entonces la fuerza im-
    pulsora de la elaboración del sueño y los restos diur-
    nos nos proporcionan el material que ha de ser elaborado.
    En el primer sueño de Norberto Hanold concurren dos
    deseos para formar el sueño: uno capaz de concien-
    cia y otro inconsciente y reprimido. El primero sería
    el deseo, comprensible en un arqueólogo, de haber
    sido testigo presencial de la catástrofe que sepultó a
    Pompeya. ¡Qué no daría cualquier arqueólogo porque
    este deseo pudiera convertirse en realidad por un cami-
    no distinto del del sueño! El otro deseo de Norberto es
    de naturaleza erótica y podríamos expresarlo grosera e
    incompletamente diciendo que era el de hallarse presen-
    te cuando la amada se acostase para dormir. Este de-
    seo es precisamente aquel cuya repulsa convierte al
    sueño en sueño de angustia o pesadilla. Menos eviden-
    tes son quizá los deseos del segundo sueño, pero re-
    cordando nuestra interpretación del mismo, no pode-
    mos vacilar en atribuirles también la calidad de eróti-
    cos. El deseo de ser aprisionado por la amada y some-
    terse a ella—deseo que descubrimos tras de la escena


  • S.

    412

    de la caza de lagartijas— es de carácter pasivo y
    masoquista. En cambio, al día siguiente golpea el su-
    jeto a la amada como si se hallara dominado por la
    corriente erótica contraria. Pero debemos detenernos
    aquí, pues nos hallamos ya a punto de olvidar que
    Hanold y Gradiva no son sino entes de ficción creados
    por el poeta 1).

    1)Apéndice a la segunda edición. En los cinco años que han
    transcurrido desde la publicación de esta obra, los progresos
    de la investigación psicoanalítica la han capacitado para someter
    las creaciones de los poetas a un estudio diferentemente orien-
    tado. No busca ya en ellas una confirmación de los descubri-
    mientos realizados en sujetos reales, enfermos de neurosis, sino
    que intenta también averiguar qué material de impresiones y re-
    cuerdos del poeta ha contribuido a la formación de la obra y por
    medio de qué procesos ha sido trasladado a la misma dicho ma-
    terial. Estos problemas han hallado más fácil solución en las
    obras de aquellos poetas que como Jensen (m. 1911) acostumbran
    a entregarse por completo a los impulsos de su fantasía creado-
    ra. Poco después de la aparición de mi estudio sobre la «Gradi-
    va» intenté interesar a su anciano autor por estos nuevos fines
    de la investigación psicoanalítica, pero rehusó en absoluto su co-
    laboración.

    Posteriormente me ha llamado la atención uno de mis amigos
    sobre otras novelas del mismo escritor que parecen hallarse en
    relación con la aquí analizada, viniendo a ser como estudios pre-
    liminares de la misma o tentativas anteriores de resolver poética-
    mente de una manera satisfactoria el mismo problema de la vida
    erótica. La primera de estas novelas, titulada: «La sombrilla
    roja», recuerda a la «Gradiva» por el retorno de numerosos moti-
    vos, tales como, la blanca flor funeraria, el objeto olvidado (el
    libro de apuntes de Gradiva) y la significación concedida a pe-
    queños seres del mundo animal (la mariposa y la lagar-
    tija en la
    «Gradiva»), pero sobre todo, por la repetición de la situación
    principal o sea la aparición de una muchacha muerta o a la que
    se supone muerta, en la ardiente hora meridiana. El lugar de esta
    aparición es en «La sombrilla roja» las ruinas de un viejo castillo,
    como en la «Gradiva» las de Pompeya. La otra novela, «En la

  • S.

    - 413 -

    EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS

    casa gótica”, no presenta tales coincidencias de contenido con la
    «Gradiva» ni tampoco con «La sombrilla roja», pero el hecho de
    hallarse unida a esta última por un título común (Los poderes su-
    periores. Dos novelas de W. Jensen, Berlín, Emil Felber, 1892)
    nos revela que ambas poseen un común sentido latente. No es di-
    fícil observar que las tres narraciones citadas tienen un tema co-
    mún: el desarrollo de una amorosa pasión por el efecto a poste-
    riori de una primitiva intimidad infantil de naturaleza fraternal.
    En un trabajo de Eva Baudissin publicado en el diario vienés
    «Die Zeit» (11 de Febrero de 1912) he leído después, que la úl-
    tima novela de Jensen («Extranjeros entre los hombres») confie-
    ne numerosos datos autobiográficos de la juventud del poeta y
    describe la vida de un hombre que «halla una hermana en la mu-
    jer a la que ama». En las dos novelas anteriores a la «Gradiva»
    no encontramos nada análogo al motivo principal de ésta: o sea
    el singular andar de la protagonista. El relieve a que Jensen atri-
    buye un origen romano y en el que se halla la figura a la que da
    el nombre de «Gradiva», pertenece en realidad a la época del flo-
    recimiento del arte griego y se halla en el museo Chiaramon-
    ti, catalogado con el número 644. F. Hauser (Disiecta membra
    neuattischer Reliefs. Jahreshefre der oestrs. archaeol. Institut,
    Bd. VI, Heft 1) lo ha interpretado y restaurado con gran acierto.
    Uniendo este relieve de la figura de Gradiva con otros fragmen-
    tos existentes en Florencia y en Munich resultan dos relieves
    completos con tres figuras cada uno, que representan a las diosas
    de la vegetación acompañadas de las divinidades del rocío fer-
    tilizador.

    FIN