A. PARTE ANALÍTICA1905-003/1931.es/M1
  • S.

    III

    Las tendencias del chiste

     Cuando al final del capítulo precedente, copiaba yo las
    frases en que Heine compara al sacerdote católico con el de-
    pendiente de una gran casa comercial y al protestante con un
    tendero al por menor, establecido por su cuenta, me sentía
    un tanto cohibido, como si algo me aconsejara no citar «in
    extenso» tal comparación, advirtiéndome que entre mis lecto-
    res habría seguramente algunos para los que el máximo res-
    peto debido a la religión se extiende a aquellos que la admi-
    nistran y representan. Estos lectores, indignados ante los
    atrevimientos de Heine, perderían todo interés en seguir in-
    vestigando con nosotros si la comparación era chistosa en sí
    o únicamente merced a ciertos elementos accesorios. En
    otras comparaciones, tales como aquella que atribuye a de-
    terminada filosofía la vaguedad de la luz lunar, no teníamos
    que temer perjudicara a nuestra labor un tal influjo perturba-
    dor ejercido por el mismo ejemplo analizado, sobre una parte
    de nuestros lectores. El más piadoso de ellos no encontraría,
    en estos casos, nada que perturbase su capacidad de juicio
    sobre el problema por nosotros planteado.

     Fácilmente se adivina cuál es el carácter del chiste del
    que depende la diversidad de la reacción que el mismo des-
    pierta en el que lo oye. El chiste tiene unas veces en sí
    mismo su fin y no se halla al servicio de intención determi-
    nada alguna; otras, en cambio, se pone al servicio de una
    tal intención convirtiéndose en tendencioso. Sólo
    aquellos chistes que poseen una tendencia, corren peligro de
    tropezar con personas para las que sea desagradable escu-
    charlos.

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    { "html_content": "

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    \n

     El chiste no tendencioso ha sido calificado por Th. Vis-
    cher, de chiste «abstracto». Nosotros preferimos de-
    nominarlo chiste «inocente».
     

    \n

     Dado que antes hemos dividido el chiste, atendiendo al
    material objeto de la técnica, en verbal e intelectual, debere-
    mos ahora investigar la relación existente entre esta clasifi-
    cación y la que acabamos de verificar. Lo primero que
    observamos, es que dicha relación entre chiste verbal e in-
    telectual de un lado, y chiste abstracto y tendencioso, del
    otro, no es, desde luego, una relación de influencia. Trátase
    de dos divisiones totalmente independientes una de otra.
    Quizás algún lector se haya formado la idea de que los chis-
     

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    P R O F . S . F R E U D

     tercero tiene hijos con ella, un cuarto la
     asisie en su agonía y el último la entie-
     rra.» (Comparación con unificación).

     «No sólo no creía en los fantasmas, sino
     que ni siquiera se asustaba de ellos.» El
     chiste reside aquí exclusivamente en el contrasentido de la
     exposición. Renunciando a este ropaje chistoso, la idea sería:
     «Es más fácil desechar teóricamente el miedo a los fantas-
     mas, que dominarlo cuando se nos aparece alguno». Falta ya
     aquí todo carácter de chiste y lo que resta es un hecho psi-
     cológico al que en general se concede menos importancia de
     la que posee: el mismo que Lessing expone en su conocida
     frase:

     «No son libres todos aquellos que se burlan de sus ca-
     denas.»

     Antes de seguir adelante, quiero salir al paso de una
     mala inteligencia posible. Los calificativos «inocente» o «abs-
     tracto», aplicados al chiste, no significan nada equivalente a
     «falto de contenido», sino que se limitan a caracterizar a un
     género determinado de chistes, oponiéndolos a los «tenden-
     ciosos» de que a continuación trataremos. Como en el último
     ejemplo hemos visto, un chiste «inocente», esto es, despro-
     visto de toda tendenciosidad, puede poseer un rico contenido
     y exponer algo muy valioso. El contenido de un chiste, por
     completo independiente del chiste mismo, es el contenido
     del pensamiento que, en estos casos, es expresado, merced
     a una disposición especial, de una manera chistosa. Cierto
     es, sin embargo, que así como los relojeros escogen una
     preciosa caja para encerrar en ella su más excelente maqui-
     naria, así también suele suceder, en el chiste, que los mejo-
     res productos de la elaboración del mismo sean utilizados
     para revestir los pensamientos de más valioso contenido.

     Examinando penetrantemente, en los chistes intelectua-
     les, la dualidad de contenido ideológico y revestimiento chis-
     toso, llegamos a descubrir algo que puede aclarar muchas de
     las dudas con que hemos tropezado en nuestra investigación.
     Resulta, para nuestra sorpresa, que la complacencia que un
     chiste nos produce, nos la inspira la impresión conjunta de

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     contenido y rendimiento chistoso, dándose el caso de que
    uno cualquiera de estos dos factores puede hacernos errar en
    la valoración del otro, hasta que, reduciendo el chiste, nos
    damos cuenta del engaño sufrido.

     Análogamente sucede en el chiste verbal. Cuando oímos
    que «la experiencia consiste en experimentar lo que no de-
    searíamos haber experimentado», quedamos un tanto descon-
    certados y creemos escuchar una nueva verdad. Mas en se-
    guida advertimos que no se trata sino de una disfrazada
    trivialidad: «De los escarmentados nacen los avisados». El
    excelente rendimiento chistoso de definir la «experiencia»
    casi exclusivamente, por el empleo de la palabra «experi-
    mentar», nos engaña de tal modo, que estimamos en más de
    lo que vale el contenido de la frase. Lo mismo nos sucede
    ante el chiste por unificación en que Lichtenberg opone el
    mes de Enero a los demás del año, chiste que sólo nos dice
    algo que sabemos de toda la vida, esto es, que las felicida-
    des que nuestros amigos nos desean en los días de Año
    Nuevo se cumplen tan raras veces como todos nuestros otros
    deseos.

     Todo lo contrario sucede en otros ejemplos, en los cua-
    les nos deslumbra lo acertado y justo del pensamiento, ha-
    ciéndonos calificar de excelente chiste la frase en que el pen-
    samiento queda expresado aun siendo este último todo el
    mérito de la misma y, en cambio, muy deficiente el rendi-
    miento de la elaboración chistosa. Precisamente en los chis-
    tes de Lichtenberg es el nódulo intelectual, con mucha fre-
    cuencia, harto más valioso que el revestimiento chistoso, al
    cual extendemos indebidamente desde el primero nuestra
    valoración. Así, la observación sobre la «antorcha de la ver-
    dad» es una comparación apenas chistosa, pero tan acertada,
    que la frase en que se expresa nos parece un excelente
    chiste.

     Los chistes de Lichtenberg sobresalen, ante todo, por su
    contenido intelectual y la seguridad con que hieren en el
    punto preciso. Muy justificadamente dijo de él Goethe, que
    sus ocurrencias chistosas o chanceras esconden interesantí-
    simos problemas, o, mejor dicho, rozan la solución de los

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    P R O F . S . F R E U D

     mismos. Así, cuando escribe: «Había leído tanto a Homero,
     que siempre que topaba con la palabra «angenommen»
     (admitido) leía «Agamenón» (técnica: simpleza
     + similicadencia), descubre nada menos que el secreto de
     las equivocaciones en la lectura (1). Muy análogo es aquel
     otro chiste cuya técnica nos pareció antes harto insatis-
     factoria:

     «Se maravillaba de que los gatos tuvie-
     sen dos agujeros en la piel, precisamente
     en el sitio de los ojos.» La simpleza que en esta
     frase parece revelarse, es tan sólo aparente; en realidad,
     detrás de la ingenua observación, se esconde el magno pro-
     blema de la teleología en la anatomía animal. Hasta que la
     historia de la evolución no nos lo explique, no tenemos por
     qué considerar como natural y lógica la coincidencia de que
     la abertura de los párpados aparezca precisamente allí donde
     la córnea debe surgir al exterior.

     Retengamos, por ahora, que de una frase chistosa recibi-
     mos una impresión de conjunto en la que no somos capaces
     de separar la participación del contenido intelectual de la que
     corresponde a la elaboración del chiste. Quizá encontre-
     mos más tarde otro hecho muy importante, paralelo a éste.

    ***

     Para nuestro esclarecimiento teórico de la esencia del
     chiste, han de sernos más valiosos los chistes inocentes que
     los tendenciosos, y los faltos de contenido más que los pro-
     fundos. Los juegos inocentes de palabras y los faltos de con-
     tenido nos presentarán el problema de chiste en su más puro
     aspecto, pues en ellos no corremos peligro alguno de que la
     tendencia nos confunda, o engañe nuestro juicio el acierto
     del pensamiento expresado. El análisis de este material
     puede hacer progresar considerablemente nuestros conoci-
     mientos.

    (1) N. DEL T. Véase el primer tomo de estas «Obras completas»,
    titulado «Psicopatología de la vida cotidiana».

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    Escogeremos un chiste de la mayor inocencia posible:
     Hallándome cenando en casa de unos amigos, nos sirven
     de postre el plato conocido con el nombre de «r o u l a r d»,
     cuya confección exige cierta maestría culinaria. Otro de los
     invitados pregunta: «¿Lo han hecho ustedes en casa?» Y el
     anfitrión responde: «Sí, es un h o m e - r o u l a r d». (Ho-
     me-rule.)

     Dejaremos para más adelante la investigación de la téc-
    nica de este ejemplo, dirigiendo ahora nuestra atención a otro
    factor que presenta la máxima importancia. El improvisado
    chiste produjo un general regocijo entre los circunstantes,
    que lo acogieron con grandes risas. En éste, como en otros
    muchos casos, la sensación de placer del auditorio no puede
    provenir de la tendencia ni tampoco del contenido intelectual
    del chiste. No nos queda, por lo tanto, más remedio que re-
    lacionar dicha sensación con la técnica del mismo. Los me-
    dios técnicos del chiste antes descritos por nosotros—con-
    densación, desplazamiento, representación indirecta, etcéte-
    ra—son, pues, capaces de hacer surgir en el auditorio una
    sensación de placer, aunque no sepamos todavía cómo tal
    poder les es inherente. Este será el segundo resultado positi-
    vo de nuestra investigación, encaminada al esclarecimiento
    del chiste. El primero fué descubrir que el carácter del
    chiste depende de la forma expresiva. Mas, a poco que re-
    flexionemos, no dejaremos de observar que nuestro segun-
    do resultado, últimamente deducido, no es para nosotros, en
    realidad, nada nuevo. Se limita a presentar aislado algo ya
    contenido antes en nuestra experiencia. Recordamos muy
    bien, que cuando nos fué dado reducir el chiste, esto es, sus-
    tituir por otra su expresión, conservando cuidadosamente el
    sentido, desaparecía, no sólo el carácter chistoso, sino tam-
    bién el efecto hilarante y, por lo tanto, el placer que en el
    chiste pudiera hallarse.

     No podemos seguir adelante sin repasar lo que las autori-
    dades filosóficas exponen sobre este punto de la cuestión.

     Los filósofos que agregan el chiste a lo cómico e incluyen
    esta materia dentro de la Estética, caracterizan la manifesta-
    ción estética por la condición de que en ella no queremos

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    P R O F . S . F R E U D

     nada de las cosas, no las necesitamos para satisfacer una de
    nuestras grandes necesidades vitales, sino que nos contenta-
    mos con su contemplación y con el goce de la manifestación
    misma. «Esta clase de manifestación es la puramente estéti-
    ca, que no reposa sino en sí misma y tiene su única finalidad
    en sí propia, con exclusión de todo otro fin vital». (K. Fis-
    cher, pág. 68).

     Por nuestra parte, nos hallamos casi de completo acuerdo
    con estas palabras de K. Fischer. Quizá no hacemos más
    que traducir sus pensamientos a nuestro lenguaje particular
    cuando insistimos en que la actividad chistosa no puede cali-
    ficarse de falta de objeto o de fin, dado que se propone, in-
    negablemente, el de despertar la hilaridad del auditorio. No
    creo, además, que podamos emprender nada desprovisto por
    completo de intención. Cuando no nos es preciso nuestro
    aparato anímico para la consecución de alguna de nuestras
    imprescindibles necesidades, le dejamos trabajar por puro
    placer, esto es, buscamos extraer placer de su propia activi-
    dad. Sospecho que ésta es, en general, la condición primera
    de toda manifestación estética, pero mi conocimiento de la
    Estética es harto escaso para que me atreva a dejar fijada
    esta afirmación. Del chiste, en cambio, sí puedo afirmar, ba-
    sándome en los conocimientos obtenidos en nuestra investi-
    gación, que es una actividad que tiende a extraer placer de
    los procesos psíquicos, sean éstos intelectuales o de otro gé-
    nero cualquiera. Ciertamente existen otras actividades de
    idéntico fin, pero que quizá se diferencien del chiste en el
    sector de la actividad anímica del que quieren extraer placer,
    o quizá en el procedimiento que para ello emplean. Por el
    momento no podemos dejar resuelta esta cuestión, mas sí de-
    jaremos sentado el hecho de que la técnica del chiste y la
    tendencia economizadora que en parte la domina, se ponen
    en contacto para la producción de placer.

     Antes de entrar a resolver el problema de cómo los me-
    dios técnicos de la elaboración del chiste pueden hacer surgir
    placer en el oyente, queremos recordar que para simplificar
    y hacer más transparente nuestra investigación, dejamos an-
    tes a un lado los chistes tendenciosos. Mas ahora tenemos

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  • S.

    E L C H I S T E

     obligadamente que intentar esclarecer cuáles son las tenden-
    cias del chiste y en qué forma obedece éste a las mismas.

     Hay, sobre todo, una circunstancia que nos advierte la
    necesidad de no prescindir del chiste tendencioso en la in-
    vestigación del origen del placer en el chiste. El efecto pla-
    ciente del chiste inocente es casi siempre mediano: una clara
    aprobación y una ligera sonrisa es lo más que llega a obte-
    ner del auditorio, y de este efecto hay todavía que atribuir
    una parte a su contenido intelectual, como ya lo hemos de-
    mostrado con apropiados ejemplos. Casi nunca logra el chiste
    inocente o abstracto aquella repentina explosión de risa que
    hace tan irresistible al tendencioso. Dado que la técnica pue-
    de en ambos ser la misma, estará justificado sospechar que
    el chiste tendencioso dispone, merced a su tendencia, de
    fuentes de placer inaccesibles al chiste inocente.

     Las tendencias del chiste son fácilmente definibles. Cuan-
    do no tiene en sí mismo su fin, o sea cuando no es inocente,
    no se pone al servicio sino de dos únicas tendencias, que
    además pueden, desde un cierto punto de vista, reunirse en
    una sola. El chiste tendencioso será o bien hostil (desti-
    nado a la agresión, la sátira o la defensa) o bien obsceno
    (destinado a mostrarnos una desnudez). Desde luego la clase
    técnica del chiste—chiste verbal o chiste intelectual—no
    tiene relación alguna con estas dos tendencias.

     Más difícil resulta fijar la forma en que el chiste las sirve.
    En esta investigación preferiremos anteponer el chiste des-
    nudador, al hostil. El primero ha sido más raramente someti-
    do al análisis, como si la repugnancia a tratar este género de
    asuntos se hubiese trasladado desde la materia a lo objetivo.
    Mas nosotros no queremos dejarnos inducir en error por este
    desplazamiento, pues tropezaremos en seguida con un caso
    límite del chiste, que promete proporcionarnos un amplio es-
    clarecimiento sobre varios puntos oscuros.

     Sabemos lo que se entiende por un dicho «verde», esto
    es, la acentuación intencionada, por medio de la expresión
    verbal, de hechos o circunstancias sexuales. Sin embargo,
    esta definición no es, ni mucho menos, completa. Una confe-
    rencia sobre la anatomía de los órganos sexuales o sobre la

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    fisiología de la procreación, no presenta, a pesar de la ante-
    rior definición, punto de contacto alguno con el dicho «verde».
    Es preciso, además, que éste vaya dirigido a una persona
    determinada que nos excita sexualmente y que por medio de
    él se da cuenta de la excitación del que lo profiere, quedan-
    do, en unos casos, contagiada, y en otros, avergonzada o
    confusa. Esto último no excluye la excitación sexual, sino
    que, por lo contrario, supone una reacción contra la misma y
    constituye su indirecta confesión. El dicho «verde» se dirigía,
    pues, originariamente, tan sólo a la mujer y suponía un in-
    tento de seducción. Cuando, después, un hombre se compla-
    ce refiriendo o escuchando tales dichos en la compañía ex-
    clusiva de otros hombres, la situación primitiva, que a con-
    secuencia de los obstáculos sociales no puede ya constituirse,
    queda con ello representada. Aquel que ríe del dicho referi-
    do, ríe como el espectador de una agresión sexual.

     El contenido sexual del dicho «verde» comprende algo
    más de lo privativo de cada sexo; comprende también aque-
    llo, que aun siendo común a ambos, se considera como pu-
    dendo, o sea todo lo relativo a los excrementos. Mas éste es
    precisamente el alcance que lo sexual tiene en la vida infan-
    til, en la que el sujeto imagina la existencia de una cloaca
    dentro de la cual lo sexual y lo excrementicio quedan casi o
    por completo confundidos (1). Así mismo, en todo el dominio
    ideológico de la Psicología de las neurosis, lo sexual incluye
    lo excrementicio, esto es, queda interpretado en el antiguo
    sentido infantil.

     El dicho «verde» es como un desnudamiento de la perso-
    na de diferente sexo a la cual va dirigido. Con sus palabras
    obscenas, obliga a la persona atacada a representarse la
    parte del cuerpo o el acto a que las mismas corresponden y
    la hace ver que el atacante se las representa ya. No puede
    dudarse que el placer de contemplar lo sexual sin velo algu-
    no es el motivo originario de este género de dichos.

     Retrocedamos ahora, para lograr un mayor esclarecimien-
    to.

    (1) N. DEL T.—Véase «Una teoría sexual», tomo segundo de estas
    «Obras completas».

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     to, hasta los fundamentos de esta cuestión. La tendencia a
     contemplar despojado de todo vello aquello que caracteriza a
     cada sexo, es uno de los componentes primitivos de nuestra
     libido. Probablemente constituye en sí mismo una sustitución
     obligada del placer, que hemos de suponer primario, de tocar
     lo sexual. Como en otros muchos casos, también aquí la
     visión ha sustituido al tacto (1). La libido visual o táctil es,
     en todo individuo, de dos clases: activa y pasiva, masculina
     y femenina, y se desarrolla, según cual de estos dos caracte-
     res sexuales adquiera la supremacía, predominantemente en
     uno u otro sentido. En los niños de corta edad es fácil obser-
     var una tendencia a exponer su propia desnudez. Allí donde
     esta tendencia no experimenta, como generalmente sucede,
     una represión, se desarrolla hasta constituir aquella obsesión
     perversa del adulto, denominada exhibicionismo. En la
     mujer, la tendencia exhibicionista pasiva queda vencida por
     la reacción del pudor sexual, pero dispone siempre del por-
     tillo de escape que la proporcionan los caprichos de la moda.
     No creo preciso insistir en lo elástico, convencional y varia-
     ble de la cantidad de exhibición que queda siempre permitida
     a la mujer.

     El hombre conserva una gran parte de esta tendencia
     como elemento constitutivo de la libido, puesto al servicio de
     la preparación del acto sexual. Cuando esta tendencia se
     manifiesta ante la proximidad femenina, tiene que servirse
     de la expresión verbal, por dos diferentes razones. En pri-
     mer lugar, para darse a conocer a la mujer y, en segundo,
     por ser la expresión oral lo que despertando en aquélla la
     representación imaginativa, puede hacer sugerir en ella la
     excitación correspondiente y provocar la tendencia recíproca
     a la exhibición pasiva. Esta demanda oral no es aún el dicho
     «verde», pero sí el estadio que lo precede. Allí donde la
     aquiescencia de la mujer aparece rápidamente, el discurso
     obsceno muere en seguida, pues cede el puesto, inmediata-
     mente, al acto sexual. No así cuando no puede contarse con

     (1) Instinto de contrectación de Moll. (Untersuchungen ueber die
     libido sexualis, 1898.)

    - 95 -

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    P R O F . S . F R E U D
     

     el pronto asentimiento de la mujer y aparecen, en cambio,
    intensas reacciones defensivas. En este caso, la oración se-
    xual excitante, encuentra, convirtiéndose en dicho «verde»,
    en sí misma su propio fin. Quedando detenida la agresión
    sexual en su progreso hasta el acto, permanece en la génesis
    de excitación y extrae placer de los signos por los que la
    misma se manifiesta en la mujer. La agresión transforma
    también entonces su carácter en el mismo sentido que todo
    sentimiento libidinoso al que se opone un obstáculo, esto es,
    se hace directa, hostil y cruel, llamando en su auxilio, para
    combatir el obstáculo, a todos los componentes sadistas del
    instinto sexual.
     

     La resistencia de la mujer es, por lo tanto, la primera
    condición para la génesis del dicho «verde», aunque sea de
    tal naturaleza que signifique tan sólo un aplazamiento y no
    haga desesperar del éxito de posteriores tentativas. El caso
    ideal de una tal resistencia femenina se da con la presencia
    simultánea de otro hombre, de un testigo, pues tal presencia
    excluye totalmente el rendimiento inmediato de la solicitada.
    Este tercer personaje adquiere rápidamente una máxima im-
    portancia para el desarrollo del dicho «verde». Mas primero
    trataremos de la presencia de la mujer. En los lugares a que
    acude el pueblo, por ejemplo, los cafés de segundo orden,
    puede observarse que es precisamente la entrada de la cama-
    rera lo que provoca el tiroteo de tales dichos. Inversamente,
    entre las clases sociales más elevadas, la presencia femenina
    pone inmediato fin a toda conversación de este género. Los
    hombres reservan aquí estas conversaciones, que primitiva-
    mente dependían de la presencia de una mujer a la que aver-
    gonzar, para cuando están entre ellos. De este modo, el es-
    pectador, ahora oyente, deviene poco a poco, en lugar de la
    mujer, la instancia a la que la procacidad va destinada y ésta
    se acerca ya, merced a tal transformación, al carácter del
    chiste.
     

     Al llegar a este punto, es requerida nuestra atención por
    dos importantes factores: el papel desempeñado por el ter-
    cero, el oyente, y las condiciones de contenido del dicho
    mismo.
     

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  • S.

    E L C H I S T E

     El chiste tendencioso precisa, en general, de tres perso-
    nas. Además de aquella que lo dice, una segunda a la que se
    toma por objeto de la agresión hostil o sexual, y una tercera
    en la que se cumple la intención creadora de placer, del
    chiste. Más tarde buscaremos una más profunda fundamenta-
    ción de estas circunstancias, contentándonos por ahora con
    dejar fijado el hecho de que no es el que dice el chiste quien
    lo ríe y goza, por lo tanto, de su efecto placiente, sino el
    inactivo oyente. En la misma relación se encuentran los tres
    personajes que intervienen en el dicho «verde», cuyo proce-
    so puede describirse en la siguiente forma: El impulso libidi-
    noso del primero, desarrolla, al encontrar detenida su satis-
    facción por la resistencia de la mujer, una tendencia hostil
    hacia esta segunda persona, y llama en su auxilio, como alia-
    do contra ella, a una tercera, que en la situación primitiva
    hubiera constituido un estorbo. Por el procaz discurso de la
    primera queda la mujer desnuda ante este tercero, en el que
    la satisfacción de su propia libido, conseguida sin esfuerzo
    alguno por parte suya, actúa a modo de soborno.

     Es singular que este tiroteo de procacidades sea cosa tan
    amada por el pueblo bajo, hasta el punto de constituir algo
    que no deja nunca de formar parte integrante de sus regoci-
    jos. Mas también es digno de tenerse en cuenta el que en
    esta complicada manifestación, que lleva en sí tantos carac-
    teres de chiste tendencioso, no se requieran al dicho «verde»
    ninguna de las condiciones formales que caracterizan al
    chiste. Expresar la plena desnudez produce placer al primero
    y hace reír al tercero.

     Sólo cuando llegamos a un más alto grado social se agre-
    ga la condición formal del chiste. La procacidad no es ya to-
    lerada más que siendo chistosa. El medio técnico de que más
    generalmente se sirve, es la alusión, esto es, la sustitución
    por una minucia o por algo muy lejano que el oyente recoge
    para reconstruir con ello la obscenidad plena y directa.
    Cuanto mayor es la heterogeneidad entre lo directamente
    expresado en la frase procaz y lo sugerido necesariamente
    por ello en el oyente, tanto más sutil será el chiste y tanto
    mayores sus posibilidades de acceso a la buena sociedad. A

    — 97 —

    7

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    P R O F . S . F R E U D

     más de la alusión, grosera o sutil, dispone la procacidad
     —como fácilmente puede demostrarse con numerosos ejem-
     plos—de todos los demás medios del chiste verbal o inte-
     lectual.

     Vemos ya claramente lo que el chiste lleva a cabo en ser-
     vicio de su tendencia. Hace posible la satisfacción de un ins-
     tinto (el instinto libidinoso y hostil) en contra de un obstáculo
     que se le opone, y extrae de este modo placer de una fuente
     a la que el tal obstáculo impide el acceso. El impedimento
     que sale al paso del instinto no es otro que la incapacidad de
     la mujer—creciente en razón directa de su cultura y grado
     social—para soportar lo abiertamente sexual. La mujer, que
     en la situación primitiva suponemos presente, sigue siendo
     considerada como tal, o su influencia actúa, aun hallándose
     ausente, intimidando a los hombres. Puede observarse cómo
     individuos de las más altas clases sociales abandonan, en la
     compañía de mujeres de clase más baja, la procacidad chis-
     tosa, para caer en la procacidad simple.

     El poder que dificulta a la mujer, y en menor grado tam-
     bién al hombre, el goce de la obscenidad no encubierta, es
     aquel que nosotros denominamos «represión», y reconoce-
     mos en él el mismo proceso psíquico que en graves casos
     patológicos mantiene alejados de la conciencia complejos en-
     teros de sentimientos en unión de todos sus derivados, pro-
     ceso que se ha demostrado como un factor principal en la
     patogénesis de las llamadas psiconeurosis. Concedemos a la
     cultura y a la buena educación una gran influencia sobre el
     desarrollo de la represión y admitimos que tales factores
     llevan a cabo una transformación de la organización psíquica
     —que puede también ser un carácter hereditario y, por lo
     tanto, innato—merced a la cual, sensaciones que habrían de
     percibirse con agrado, resultan inaceptables y son rechaza-
     das con todas nuestras energías psíquicas. Por la labor re-
     presora de la civilización se pierden posibilidades primarias
     de placer que son rechazadas por la censura psíquica. Mas
     para la psiquis del hombre es muy violenta cualquier renun-
     ciación, y halla un expediente en el chiste tendencioso, que
     nos proporciona un medio de hacer ineficaz dicha renuncia y

    — 98 —

  • S.

    E L C H I S T E

     ganar nuevamente lo perdido. Cuando reímos de un sutil
    chiste obsceno, reímos de lo mismo que hace reír a un cam-
    pesino en una grosera procacidad; en ambos casos procede
    el placer de la misma fuente, pero una persona educada no
    ríe ante la procacidad grosera, sino que se avergüenza o la
    encuentra repugnante. Sólo podrá reír cuando el chiste le
    preste su auxilio.
     

     Parece, pues, confirmarse, lo que al principio supusimos,
    esto es, que el chiste tendencioso dispone de fuentes de pla-
    cer distintas de las del chiste inocente, en el cual todo el
    placer depende, en diversas formas, de la técnica. Podemos
    también insistir de nuevo en que en el chiste tendencioso no
    nos es dado distinguir por nuestra propia sensación qué parte
    de placer es producida por la técnica y cuál otra por la ten-
    dencia. No sabemos, por lo tanto, fijamen-
    te, de qué reímos. En todos los chistes obscenos
    sucumbimos a crasos errores de juicio sobre la «bondad» del
    chiste, en tanto en cuanto ésta depende de condiciones for-
    males; la técnica de estos chistes es con frecuencia harto
    pobre y, en cambio, su éxito de risa, extraordinario.
     

    * * *

     Queremos investigar ahora si es este mismo el papel que
    el chiste desempeña al servicio de la tendencia hostil. Desde
    un principio tropezamos con las mismas condiciones. Los im-
    pulsos hostiles contra nuestros semejantes sucumben desde
    nuestra niñez individual, como desde la época infantil de la
    civilización humana, a iguales limitaciones y a la misma
    represión progresiva que nuestros impulsos sexuales. No
    hemos llegado todavía a amar a nuestros enemigos ni a ofre-
    cerles la mejilla izquierda cuando nos han golpeado la dere-
    cha y, además, todos aquellos preceptos morales de la limi-
    tación del odio activo se resienten de un vicio de origen: el
    de no hallarse destinados, cuando fueron dictados, más que
    a una pequeña comunidad de hombres de igual raza. De este
    modo, en tanto en cuanto los hombres modernos nos consi-
    deramos como parte integrante de una nación, nos permiti-
     

    — 99 —

  • S.

    P R O F . S . F R E U D

     mos prescindir en absoluto de tales preceptos con respecto a
    otro pueblo extranjero. Pero dentro de nuestro propio círculo
    hemos realizado, desde luego, grandes progresos en el do-
    minio de los sentimientos hostiles. Lichtenberg expresa esta
    idea en la siguiente acertada frase: «En las ocasiones en que
    ahora decimos «usted dispense» se andaba antes a bofeta-
    das». La hostilidad violenta, prohibida por la ley, ha quedado
    sustituída por la invectiva verbal, y nuestra mejor inteligen-
    cia del encadenamiento de los sentimientos humanos nos roba
    por su consecuencia: «Tout comprendre c'est tout pardon-
    ner» una parte cada día mayor de nuestra capacidad de en-
    colerizarnos contra aquellos de nuestros semejantes que en-
    torpecen nuestro camino. Dotados, en nuestra niñez, de
    enérgica disposición a la hostilidad, la cultura personal nos
    enseña, después, que es indigno el insulto. Desde que hemos
    tenido que renunciar a la expresión de la hostilidad por medio
    de la acción—impedidos de ello por un tercero desapasiona-
    do en cuyo interés se halla la conservación de la seguridad
    personal—hemos desarrollado, del mismo modo que en la
    agresión sexual una nueva técnica del insulto que tiende a
    hacernos de dicha tercera persona desapasionada, un aliado
    contra nuestro enemigo. Presentando a este último como in-
    significante, despreciable y cómico, nos proporcionamos in-
    directamente el placer de su derrota, de la que testimonia la
    tercera persona, que no ha realizado ningún esfuerzo, con
    sus risas.

     Suponemos, pues, cuál puede ser el papel del chiste en
    la agresión hostil. Nos permitirá emplear contra nuestro ene-
    migo el arma del ridículo, a cuyo empleo directo se oponen
    mente d e t e r m i n a d a s l i m i t a c i o n e s y a b r e
    fuentes de placer que habían devenido
    inaccesibles. Inclinará, así mismo, al oyente, a poner-
    se a nuestro lado sin gran examen de la bondad de nuestra
    causa, de igual manera que en otras ocasiones obramos nos-
    otros, concediendo mayor estimación de la merecida al con-
    tenido de una frase chistosa, sobornados por el efecto del
    chiste inocente.

    — 100 —

  • S.

    { "html_content": "

    E L C H I S T E

    \n

     Véanse, por ejemplo, los chistes de N. expuestos en el
    \ncapítulo anterior. Todos ellos son insultos. Es como si N. qui-
    \nsiera gritar a toda voz: «¡El ministro de Agricultura es un
    \nbuey! ¡No me habléis de X.; revienta de vanidad! ¡En mi
    \nvida he leído nada más aburrido que los artículos de ese his-
    \ntoriador sobre Napoleón!» Pero su propia categoría social le
    \nhace imposible dar a sus juicios tal forma directa. Llaman,
    \npues, éstos en su ayuda al chiste, que les asegura en el
    \noyente una acogida mucho más favorable de la que, no obs-
    \ntante su posible certeza, hubieran obtenido expresados en
    \nforma no chistosa. Uno de estos chistes,

  • S.

    P R O F . S . F R E U D


     

    una persona amada; pero el tal descarado es nada menos que
    Serenísimo, al que es imposible no ya maltratar de obra, sino
    ni siquiera de palabra, a menos de pagar la venganza con la
    propia vida. No habría, por lo tanto, más remedio que tragar
    en silencio la ofensa. Mas, afortunadamente, abre el chiste el
    camino a una venganza exenta de todo peligro, recogiendo
    la alusión y volviéndola, merced al medio técnico de la unifi-
    cación contra el ofensor. La impresión de lo chistoso queda
    aquí tan determinada por la tendencia que, ante la chistosa
    respuesta, olvidamos que la pregunta del atacante es tam-
    bién, por sí misma, chistosa.

     El estorbo del insulto o de la respuesta ofensiva, por cir-
    cunstancias exteriores, es un caso tan frecuente, que el chiste
    tendencioso es usado con especialísima preferencia para
    hacer viable la agresión o la crítica contra superiores provis-
    tos de autoridad. El chiste representa entonces una rebelión
    contra tal autoridad, una liberación del yugo de la misma. En
    este factor yace así mismo el encanto de la caricatura, de la
    cual reímos aunque su acierto sea mínimo, simplemente por-
    que contamos como mérito de la misma dicha rebelión contra
    la autoridad.

     Esta idea de que el chiste tendencioso es tan grandemente
    apropiado para el ataque contra lo elevado, digno y podero-
    so, que se halla protegido por obstáculos interiores o circuns-
    tancias externas contra todo rebajamiento directo, nos fuerza
    a una especial concepción de determinados grupos de chistes
    que parecen dirigirse a personas de menor valer y más inde-
    fensas. Me refiero a las historietas sobre los intermediarios
    matrimoniales judíos, de las cuales hemos expuesto algunas
    al investigar las diversas técnicas del chiste intelectual. En
    varias de ellas, por ejemplo las de «También es sorda» y
    «¡Quién se atreve a prestar nada a esta gente!», hemos reído
    del intermediario como de un hombre imprudente y ligero
    que se nos hace cómico por escapársele la verdad automáti-
    camente. ¿Pero corresponde, tanto lo que hemos averiguado
    de la naturaleza del chiste tendencioso como la magnitud de
    nuestra complacencia ante estas historietas, a la infeliz con-
    dición de las personas sobre las que el chiste parece reír?

    — 102 —

  • S.

    E L C H I S T E

     ¿Son éstos, adversarios dignos del chiste? ¿No parece más
     bien que el mismo presenta en primer término al intermedia-
     rio matrimonial para herir, encubiertamente, algo más impor-
     tante? No debemos despreciar estas sospechas.

     La anterior interpretación de las historietas sobre los in-
     termediarios judíos permite aún ser continuada. Cierto es
     que puedo no intentarlo y contentarme con ver en estas his-
     torietas, simples, «cuentos», negándolas el carácter de chis-
     tes. Existe, pues, también, una condicionalidad subjetiva del
     chiste que ha llamado ahora nuestra atención y que debere-
     mos investigar más adelante. Tal condicionalidad marca que
     sólo es un chiste aquello que yo admito como tal. Lo que
     para mí es un chiste, puede, para otra persona, ser simple-
     mente una cómica historieta. Mas si un chiste permite esta
     duda, ello no puede ser más que por el hecho de que posee
     una fachada —en este caso cómica— en la que se detiene sa-
     tisfecha la mirada de unos, mientras que otros intentan ver
     lo que hay detrás. Podemos, igualmente, sospechar que esta
     fachada se halla destinada a deslumbrar la mirada inquisi-
     tiva y que, por lo tanto, tales historietas tienen algo que
     ocultar.

     De todos modos, si estas historietas son chistes, lo son
     de excelente calidad, pues gracias a su fachada, pueden
     ocultar no sólo lo que tienen que decir, sino hasta que tienen
     que decir algo prohibido. Pero podemos intentar una inter-
     pretación que descubra lo prohibido y revele a estas histo-
     rietas de cómica fachada como chistes tendenciosos. Todo
     aquel que en un momento de distracción deja escapar la ver-
     dad, se alegra en realidad de verse libre del impuesto dis-
     fraz. Esto es un probado hecho psicológico. Sin un tal con-
     sentimiento interior nadie se deja dominar por el automatismo
     que hace aquí surgir la verdad (1). Mas con tal automática
     confesión se transforma la ridícula personalidad del interme-
     diario en simpática y digna de compasión. Qué felicidad debe

     (1) Es éste el mismo mecanismo que rige las «equivocaciones ora-
    les» y otros fenómenos en los que el sujeto descubre sus ocultos pen-
    samientos. Véase la «Psicopatología de la vida cotidiana», T. I. de
    estas «Obras completas».

    — 103 —

  • S.

    P R O F . S . F R E U D

     de ser para el pobre hombre poder arrojar por fin la carga
    del engaño, cuando aprovecha en el acto la primera ocasión
    para gritar al novio toda la verdad. En cuanto se da cuenta
    de que todo se ha perdido y que la propuesta novia no es
    del gusto de su cliente, confiesa encantado todos los demás
    defectos de la primera, que el segundo no ha observado to-
    davía, o aprovecha la ocasión para exponer, por medio de
    un detalle, un decisivo argumento con el que expresa su des-
    precio por las gentes a cuyo servicio viene actuando: «¡Quién
    se atreve a prestar nada a esta gente!» Todo el ridículo cae
    entonces no sólo sobre la familia de la novia, de la que en el
    resto de la historieta apenas si se ha hablado y que es capaz
    de poner en práctica un tal engaño con tal de colocar a la
    muchacha, sino también sobre la miserable condición moral
    de tales mujeres, que se dejan casar de un modo tan poco
    decoroso y sobre la indignidad de los matrimonios celebra-
    dos merced a semejantes manejos. El intermediario es, pre-
    cisamente, el llamado a exponer esta crítica por ser el que
    mejor enterado está de tan vergonzosos expedientes, pero
    no puede hacerlo abiertamente, pues es un pobre diablo que
    tiene que vivir de ellos. En un idéntico conflicto se encuentra
    también el espíritu popular que ha creado esta historieta y
    otras semejantes, pues sabe muy bien que la santidad del
    matrimonio padece mucho con el descubrimiento de los inci-
    dentes que acompañaron su preparación.
     

     Recordemos también cómo en la investigación de la téc-
    nica del chiste observamos que el contrasentido que aparece
    en el mismo es con frecuencia una sustitución de la burla o
    la crítica existentes en los pensamientos que tras del chiste
    se esconden, cosa en la que la elaboración del chiste actúa
    en forma idéntica a la de los sueños. Ahora encontramos
    confirmado de nuevo este estado de cosas. Tales burla y
    crítica no se refieren al intermediario, según pudiera dedu-
    cirse de los ejemplos anteriores, pues existe toda otra serie de
    chistes de igual género en los que el mismo nos es presen-
    tado, muy al contrario, como persona en extremo inteligente,
    cuya dialéctica sabe vencer toda dificultad. Son estas últimas,
    historietas de fachada lógica en lugar de cómica, chistes in-
     

    — 104 —

  • S.

    E L C H I S T E

    lectuales sofisticos. En uno de ellos, el intermediario se las
    arregla para cerrar la boca al novio, que se queja de la coje-
    ra de la muchacha, con una razón incontrovertible en apa-
    riencia. La cojera de la novia es por lo menos un «hecho
    consumado», mientras que otra mujer libre de tal defecto,
    con la que pudiera casarse, estaría siempre en peligro de
    caer, rompiéndose una pierna, y entonces vendrían los dolo-
    res, la enfermedad y los gastos consiguientes, cosas, todas
    que podía ahorrarse matrimoniando a la ya coja. Así mismo,
    en otra historieta análoga, se las arregla el intermediario
    para rechazar con excelentes argumentos toda una serie de
    inconvenientes aducidos por el novio y salir luego al paso
    del último, irrefutable ya, con la exclamación: «¡Hombre,
    alguna falta había de tener!» como si de las anteriores alega-
    ciones no hubiese de haber quedado necesariamente un sufi-
    ciente resto. No es difícil señalar, en estos dos ejemplos, el
    punto débil de la argumentación y así lo hemos hecho al in-
    vestigar su técnica. Mas ahora nuestro interés se dirige hacia
    otro lado. Si las frases del intermediario muestran una tal
    apariencia lógica, que se desvanece en cuanto las sometemos
    a un reflexivo examen, ello se debe a que, en el fondo, es a
    él a quien el chiste da la razón. Pero, no atreviéndose a dár-
    sela rigurosamente en su contenido ideológico, lo hace por
    medio de la apariencia lógica que presenta su expresión
    verbal. Sin embargo, en este caso, como en otros muchos,
    la chistosa fachada deja entrever la interior seriedad. No
    será, pues, equivocado, aceptar que todas las historietas que
    presentan una fachada lógica quieren realmente decir aquello
    que afirman basándose en fundamentos intencionadamente
    defectuosos. Este empleo del sofisma para la encubierta ex-
    posición de la verdad es precisamente lo que les presta el
    carácter de chiste, el cual depende, por lo tanto, principal-
    mente, de la tendencia. Aquello que las dos historietas que
    ahora analizamos quieren indicar, es que el pretendiente re-
    sulta ridículo rebuscando tan cuidadosamente las cualidades
    de la novia, que todas le resultan negativas, sin tener en
    cuenta que sea ésta u otra cualquiera la mujer que ha de
    hacer suya, siempre será una criatura humana con sus inevi-
     

    — 105 —

  • S.

    P R O F . S . F R E U D

     tables defectos, mientras que las únicas cualidades que harían
    posible el matrimonio, salvando la más o menos defectuosa
    personalidad de la mujer, serían la mutua inclinación y la
    recíproca disposición a adaptarse cariñosamente, cosas ambas
    a las que ni siquiera se hace la menor alusión en todo el trato.
     

     La burla contra el pretendiente contenida en todos estos
    ejemplos, en los que el intermediario desempeña, con gran
    propiedad, el papel de hombre superior, aparece mucho más
    definida en otras historietas análogas. Cuanto más precisas
    son estas historietas, menos técnica poseen, constituyendo
    tan sólo casos límites del chiste, con cuya técnica no presen-
    tan más punto común que la formación de una fachada. Pero
    a causa de su tendencia y de la ocultación de la misma tras
    de una fachada, adquieren totalmente el efecto de un chiste.
     

     La pobreza de sus medios técnicos explica también, que
    muchos chistes de esta clase no pueden prescindir, en su
    expresión, sin perder gran parte de su poder, del «argot»,
    elemento cómico de efecto análogo al de la técnica del chiste.
     

     Expondremos aquí una de estas historietas, que poseyen-
    do toda la fuerza del chiste tendencioso, no deja traslucir
    indicio alguno de la técnica del mismo. El intermediario pre-
    gunta: «¿Qué cualidades exige usted de la novia?»—Res-
    puesta: «Tiene que ser bonita, rica e instruída.»—«Bien
    —replica el intermediario—; pero de eso hago yo tres parti-
    dos». Aquí la burla del intermediario es expresada directa-
    mente y ya no encubierta por los ropajes del chiste.
     

     En los ejemplos expuestos hasta ahora, la encubierta
    agresión se dirigía aún contra personas; así, en los chistes
    matrimoniales, contra todas las partes interesadas en la boda:
    novia, pretendiente y familia. Mas el chiste puede atacar
    igualmente a aquellas instituciones, personas representativas
    de las mismas, preceptos morales o religiosos, e ideas, que
    por gozar de elevada consideración, sólo bajo la máscara del
    chiste, y precisamente de un chiste cubierto por su corres-
    pondiente fachada, nos atrevemos a arremeter contra ellas.
    Obraremos, a mi juicio, acertadamente, reuniendo estos chis-
    tes bajo una denominación especial, que determinaremos des-
    pués de analizar algunos ejemplos de esta clase.
     

    — 106 —

  • S.

    E L C H I S T E

     Recordemos ahora los ejemplos del arruinado «gourmet»
    y el alcohólico profesor, que incluímos entre los chistes so-
    físticos por desplazamiento, y prosigamos su interpretación.
     Hemos visto, después, que cuando la fachada de una histo-
    rieta muestra una apariencia lógica, el pensamiento de la
    misma da la razón a su protagonista, pero cohibido por de-
    terminados obstáculos, no se ha atrevido a verificarlo más
    que en un solo punto en el que la sinrazón del sujeto es fácil-
    mente demostrable. La «pointe» elegida, es la justa transac-
    ción entre su razón y su sinrazón, término medio que, natu-
    ralmente, no resuelve el dilema, pero sí corresponde al con-
    flicto que en nosotros mismos nace al tratar de enjuiciar el
    caso. Ambas historietas son, sencillamente, epicúreas, pues
    lo que quieren decir es: «Sí; ese hombre tiene razón; no hay
    nada superior al placer y es indiferente la forma en que po-
    damos proporcionárnoslo». Esto parece francamente inmoral
    y en el fondo no es otra cosa que el «carpe diem» del poeta,
    basado en la inseguridad de la vida humana y en la esterili-
    dad de la renunciación virtuosa. Si la idea de que el arruina-
    do «gourmet» del chiste obra justamente no privándose de
    su plato favorito, repugna tanto a nuestra conciencia, ello se
    debe tan sólo a tratarse aquí de un placer inferior que nos
    parece fácilmente renunciable. En realidad, todos y cada uno
    de nosotros hemos tenido épocas en las que hemos dado la
    razón a esta filosofía, rebelándonos contra una moral que
    sólo sabe exigirnos continuos sacrificios sin ofrecernos com-
    pensación alguna. Desde que la existencia de un más allá,
    en el que toda renunciación ha de ser premiada, no es acep-
    tada ya por los hombres—y habría, además, muy pocos cre-
    yentes si la fe se midiera por la capacidad de renunciación—,
    se ha convertido el «carpe diem» en una seria advertencia.
    Quisiéramos aplazar la satisfacción ¿pero sabemos acaso si
    mañana nos hallaremos aún en vida?
     

     «Di doman' non c'è certezza» (1).
     

     Renunciaríamos con gusto a aquellos caminos de la satis-
    facción que la sociedad nos prohibe, ¿mas estamos seguros
     


     (1) Lorenzo de Médicis.

    107

  • S.

    P R O F . S . F R E U D


     

     de que aquella premiará tal renuncia abriéndonos—aunque
    sea tras de una larga espera—un camino permitido? Puede
    decirse en alta voz lo que estos chistes se atreven tan sólo a
    murmurar, esto es, que los deseos y anhelos de los hombres
    tienen un derecho a hacerse oír al lado de las amplias y des-
    consideradas exigencias de la moral, y no ha faltado en
    nuestros días quien con acertada y firme frase ha dicho que
    nuestra moral es únicamente la egoísta prescripción de una
    minoría de ricos y poderosos que pueden satisfacer a toda
    hora, sin aplazamiento alguno, todos sus deseos. Hasta tanto
    que la medicina no haya logrado asegurar nuestra vida, y
    contribuyan las normas sociales a hacerla más satisfactoria,
    no podrá ser ahogada en nosotros la voz que se alza contra
    las exigencias de la Moral. Por lo menos, todo hombre sin-
    cero ha de hacerse íntimamente esta confesión. Sólo indirec-
    tamente y mediante una nueva ideología es posible resolver
    este conflicto. Debemos ligar nuestra vida a la de los demás
    e identificarnos con ellos de tal modo, que la brevedad de la
    propia duración resulte superable. Pensando así, no debemos
    intentar a toda costa la satisfacción de nuestras necesidades,
    aun por caminos indebidos, sino que deberemos dejarlas in-
    satisfechas, dado que sólo la perduración de tantos deseos
    incumplidos puede desarrollar un día poder suficiente para
    transformar el orden social. Mas como no todas las necesida-
    des personales pueden ser desplazadas de este modo y trans-
    feridas a otros, no existirá, por lo tanto, una general y defi-
    nitiva solución del conflicto.

     Sabemos, pues, ya, cómo hemos de denominar los chistes
    del género últimamente analizado: son chistes cínicos.
    Lo que en ellos ocultan es un cinismo.

     Entre las instituciones que el chiste cínico acostumbra a
    atacar, ninguna posee mayor importancia ni se halla más pro-
    tegida por los preceptos morales, que el matrimonio, pero
    también ninguna otra invita más al ataque. De aquí que sea
    aquélla sobre la que ha caído mayor cantidad de chistes cíni-
    cos. No existe aspiración personal más enérgica que la de la
    libertad sexual, y en ningún otro sector ha intentado ejercer
    la civilización una opresión más fuerte que en el de la sexua-

    — 108 —

  • S.

    { "html_content": "

    E L C H I S T E

    \n

    lidad. Para nuestras intenciones nos bastará con un único
    \nejemplo que ya expusimos en páginas anteriores.

    \n

     «La mujer propia es como un paraguas. Siempre se acaba
    \npor tomar un simón». Ya analizamos la complicada técnica de
    \neste ejemplo. Se trata de una comparación desconcertante y,
    \nen apariencia, imposible, pero que como ahora vemos, no es
    \nchistosa en sí. A más, una alusión (simón o coche
    público) y, en calidad de enérgico medio técnico, una
    \nomisión que la hace casi ininteligible. La comparación podría
    \nexplicarse en la siguiente forma: Se casa uno para asegu-
    \nrarse contra los ataques de la sexualidad y luego resulta que
    \nel matrimonio no permite la total satisfacción de la misma,
    \nexactamente como sucede cuando se toma un paraguas para
    \nlibrarse de la lluvia, y sin embargo, se moja uno en cuanto
    \nel agua cae con cierta violencia. En ambos casos tiene uno
    \nque buscar una más eficaz protección, un coche público o
    \nuna mujer asequible por dinero. De este modo queda el
    \nchiste casi por completo sustituído por un cinismo. Que el
    \nmatrimonio no es suficiente a satisfacer la sexualidad del
    \nhombre es cosa que no nos atrevemos a declarar abierta y
    \npúblicamente, a menos que no nos impulse a ello un amor a
    \nla verdad y un celo reformador como los de Cristián

  • S.

    P R O F . S . F R E U D

     chiste es ahorrado por el hecho de constituir siempre el judío,
    para los extraños, una figura cómica. También los chistes de
    los judíos sobre sí mismos conceden este hecho, pero su
    mejor conocimiento de sus verdaderos defectos y de la cone-
    xión de éstos con sus buenas cualidades, así como la partici-
    pación de la propia persona en lo criticable, crean la condi-
    ción subjetiva de la elaboración del chiste, muy difícil de es-
    tablecer en otro caso.

     Como ejemplo de este género, indicaremos aquella histo-
    rieta, ya antes expuesta, en la que un judío depone toda
    corrección en cuanto ve que su nuevo compañero de viaje
    es un correligionario. Hemos examinado este chiste como un
    caso de exposición por una minucia, y su misión es indicar-
    nos la democrática manera de pensar de los judíos, que no
    reconocen entre ellos superiores e inferiores, concepción
    que, si bien tiene su lado bueno, impide también toda disci-
    plina y toda acción conjunta. Otra serie de chistes, especial-
    mente interesante, describe las relaciones entre los judíos
    ricos y sus correligionarios pobres. Los héroes de estas his-
    torias son el mísero «sablista» y el rico negociante o ennoble-
    cido barón: «El sablista, que acude a almorzar todos los
    domingos a la misma casa, aparece un día acompañado de un
    joven desconocido que pasa con él al comedor. «¿Quién es
    este joven?», pregunta el dueño de la casa. «Mi yerno—res-
    ponde el invitado—; se casó con mi hija la semana pasada y
    me he comprometido a darle de comer durante un año.»
    Todos estos chistes poseen igual tendencia, que se nos mues-
    tra claramente en otra historieta ya expuesta: «El sablista
    pide al rico barón el dinero necesario para pasar una tempo-
    rada en Ostende, pues el médico le ha recomendado los
    baños de mar. El barón encuentra que Ostende es un lugar
    carísimo y que en cualquier otra playa más modesta tendrían
    los baños iguales efectos medicinales. Pero el sablista re-
    chaza la idea, exclamando: «Tratándose de mi salud, nada
    me parece caro.» Es éste un excelente chiste por desplaza-
    miento, que podemos tomar como modelo de su género. El
    barón quiere ahorrarse dinero, mas el sablista le responde
    como si el dinero del barón fuera el suyo propio, que sí po-
    — 110 —

  • S.

    E L C H I S T E

     dría él sacrificar a su salud. El descaro de su pretensión nos
     invita a reír, pero, excepcionalmente, no están estos chistes
     provistos de una fachada que induzca en error su compren-
     sión. La verdad que en ellos se esconde es que el sablista,
     que trata imaginativamente el dinero del barón como si fuese
     suyo, tiene—conforme a los sagrados preceptos del pueblo
     judío—un casi pleno derecho a obrar así. Naturalmente, la
     rebelión que ha dado origen a este chiste se dirige contra tal
     ley, que constituye una penosa carga hasta para los más pia-
     dosos.

     Otra historieta: «Un sablista encuentra en la escalera de
     un rico negociante, a otro pobre diablo del mismo oficio, que
     le aconseja no continúe su camino: «No subas hoy; el barón
     está de mal humor. Lo más que da es un florín».—¡Ya lo
     creo que subo!—responde el primero— ¿Por qué he de re-
     galarle un florín? ¿Acaso me regala él algo a mí?»

     Este chiste se sirve de la técnica del contrasentido, ha-
     ciendo afirmar al sablista, que el barón no le regala nada en
     el mismo momento en que se dispone a mendigar su regalo.
     Pero el contrasentido es tan sólo aparente, pues es casi
     cierto que el rico barón no le regala nada, obligado como
     está por la ley religiosa a dar limosna, y debe incluso agra-
     decer al sablista que le dé ocasión de ejercer la caridad. La
     vulgar concepción burguesa de la limosna se halla aquí en
     contradicción con la religiosa, y se rebela abiertamente con-
     tra ella en otra historieta en la que el barón, emocionado ante
     la lamentable historia que el sablista le cuenta, llama a sus
     criados y exclama: «¡Echad a este hombre. Me está angus-
     tiando con sus lástimas!» Esta franca exposición de la ten-
     dencia constituye un nuevo caso límite del chiste. De la queja
     no chistosa: «No es realmente ventaja ninguna ser rico,
     siendo judío. La miseria ajena no le deja a uno gozar de la
     propia felicidad», no se alejan estas dos últimas historietas
     casi más que por su exposición en forma anecdótica.

     Otras historietas que representan así mismo, técnicamen-
     te, casos límites del chiste, testimonian de un cinismo pro-
     fundamente pesimista: «Un sordo consulta su dolencia al mé-
     dico, el cual diagnostica que la sordera es debida al abuso

    — 111 —

  • S.

    P R O F . S . F R E U D

     que el paciente hace de las bebidas espirituosas, y como pri
    mera medida curativa le aconseja una completa abstención.
    Tiempo después, el médico encuentra en la calle al enfermo
    y le pregunta, alzando la voz, por su estado de salud. «Ya
    estoy bien—responde el interrogado—. No necesita usted
    gritarme. Dejé de beber aguardiente y he recobrado el oído.»
    De nuevo pasa el tiempo y vuelven a encontrarse ambos in-
    dividuos. El médico se dirige ya esta vez a su cliente en voz
    natural, pero advierte que no le oye. «Me parece que ha
    vuelto usted a beber—le grita entonces—y por eso no oye
    bien otra vez.» «Puede que tenga usted razón—responde el
    sordo—. He vuelto a beber aguardiente y le voy a explicar a
    usted por qué. Mientras dejé de beber oía bien, pero nada de
    lo que oía era tan bueno como el aguardiente.» Este chis-
    te carece de todo medio técnico; el «argot» y las artes del
    relato tienen que contribuir a provocar la risa, mas detrás
    de ella espía una triste interrogación: ¿No tendrá el individuo
    razón sobrada en elegir como lo ha hecho?

     Estas historietas pesimistas aluden todas ellas a la diver-
    sa y desesperanzada miseria de los judíos, y a causa de esta
    conexión tenemos que incluirlas entre los chistes tenden-
    ciosos.

     Otros chistes, cínicos en análogo sentido, y no todos
    judíos, atacan a los dogmas religiosos y a la misma fe. La
    historia de la «visión del rabino», cuya técnica consistía en
    el error intelectual de la equivalencia de fantasía y realidad
    (también sería defendible su inclusión entre los chistes por
    desplazamiento), es uno de tales chistes cínicos o críticos,
    que se dirige contra los hacedores de milagros y seguramen-
    te contra la fe en estos últimos. Un chiste directamente blas-
    femo sería el que se atribuye a Heine en su agonía. Cuando
    el sacerdote le exhortaba cariñosamente a confiar en la gra-
    cia divina y a esperar que hallaría en Dios, perdón para sus
    pecados, hubo de contestar: «Bien sûr qu'il me pardonnera;
    c'est son métier.» Es ésta una depresiva compara-
    ción y, técnicamente, no posee más valor que el de una alu-
    sión. Mas la fuerza del chiste se halla en su tendencia. Lo
    que quiere decir es: «Claro que me perdonará, para eso está

    — 112 —

  • S.

    E L C H I S T E

     y para eso, precisamente, me lo he procurado» (como se
     procura uno un médico o un abogado). De este modo se halla
     viva aún, en el impotente agonizante, la conciencia de haber
     creado a Dios y haberle conferido un determinado poder
     para servirse de él en la ocasión propicia. La criatura mortal
     se da a conocer, aun en el momento de su destrucción, como
     creadora.

    ***

     A las especies, hasta ahora examinadas, del chiste ten-
     dencioso, o sea a los chistes desnudador u obsceno, agresivo
     (hostil) y cínico (crítico, blasfemo), queremos agregar, como
     la más rara, una nueva, cuyo carácter aclararemos por medio
     de un excelente ejemplo:

     «Dos judíos se encuentran en un vagón de
     un ferrocarril de Galicia. «¿Dónde vas?»,
     pregunta uno de ellos. «A Cracovia», res-
     ponde el otro. «¿Ves lo mentiroso que
     eres? — salta indignado el primero —. Si
     dices que vas a Cracovia es para hacerme
     creer que vas a Lemberg. Pero ahora sé
     que de verdad vas a Cracovia. ¿Entonces
     para qué mientes?»

     Esta graciosísima historieta, que demuestra un gran in-
     genio, actúa claramente por medio de la técnica del contra-
     sentido. ¿De manera que el judío se ve acusado de mentiroso
     por haber dicho que va a Cracovia, término efectivo de su
     viaje? Este enérgico medio técnico — el contrasentido — se
     halla sin embargo apareado en este caso con una técnica
     distinta, la exposición antinómica, pues conforme a la no re-
     batida afirmación del primero, el segundo miente cuando dice
     la verdad y dice la verdad por medio de una mentira. El más
     serio contenido de este chiste es, sin embargo, la interroga-
     ción que abre sobre las condiciones de la verdad: señala
     nuevamente un problema y aprovecha la inseguridad de uno
     de nuestros usuales conceptos. ¿Decimos verdad cuando des-
     cribimos las cosas tal y como son, sin ocuparnos de cómo el

    — 113 —

    8

  • S.

    P R O F . S . F R E U D

    que nos oye interpretará nuestras palabras? ¿O es ésta tan
    sólo una verdad jesuítica y la legítima veracidad consistirá
    más bien en tener en cuenta al que nos escucha y procurarle
    un fiel retrato de su propio conocimiento? Los chistes de este
    género me parecen suficientemente distintos de los demás
    para colocarlos en lugar aparte. Aquello que atacan no es
    una persona ni una institución, sino la seguridad de nuestro
    conocimiento mismo, uno de nuestros bienes especulativos.
    Les corresponderá, por lo tanto, el nombre de chistes «es-
    cépticos»

    ***

    En el curso de nuestro examen de las tendencias del chis-
    te hemos conseguido numerosas aclaraciones y hallado mu-
    chas cosas que nos impulsan a proseguir nuestra investiga-
    ción; pero los resultados obtenidos en este capítulo plantean,
    al agregarse a los que deducimos en el anterior, un difícil
    problema. Si es cierto que el placer que el chiste produce
    depende, por un lado, de la técnica, y por otro de la tenden-
    cia, ¿bajo qué punto de vista común se dejarán reunir estas
    dos fuentes de placer —tan diversas— del chiste?

    — 114 —