A. PARTE ANALÍTICA1905-003/1931.es/M1
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    A. PARTE ANALÍTICA


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    Introducción

    Todo aquel que haya buceado en las obras de Estética y
    de Psicología a la rebusca de una aclaración sobre la esencia
    y las relaciones del chiste, habrá de confesar que la investi-
    gación filosófica no ha concedido al mismo, hasta el momen-
    to, toda aquella atención a que se hace acreedor por el im-
    portante papel que en nuestra vida anímica desempeña. Sólo
    una escasísima minoría de pensadores se ha ocupado seria-
    mente de los problemas que a él se refieren. Cierto es, que
    entre los investigadores del chiste hallamos los brillantes
    nombres del poeta Juan Pablo (F. Richter) y de los filósofos
    Th. Vischer, Kuno Fischer y Th. Lipps, mas también todos
    estos autores relegan a un segundo término el tema del chis-
    te y dirigen su interés principal a la investigación del proble-
    ma de lo cómico, más amplio y atractivo.

    La literatura existente sobre esta materia, nos produce al
    principio la impresión de que no es posible tratar del chiste
    sino en conexión con el tema de lo cómico.

    Según Th. Lipps (Komik und Humor, 1898) (1), el chiste
    es «la comicidad privativamente subjetiva», esto es, aquella
    comicidad «que nosotros hacemos surgir, que reside en nues-
    tros actos, como tales, y con respecto a la cual nuestra posí-

    (1) Beitraege zur Aesthetik. Theodor Lipps y Richard María Wer-
    ner. VI. Este libro es el que me ha dado valor para acometer la pre-
    sente investigación y, al mismo tiempo, el que ha hecho posible el in-
    tentarla.

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    ción es la de sujeto que se halla por encima de ella y nunca
    la de objeto, ni siquiera voluntario» (pág. 80). La siguiente
    observación aclara un tanto estos conceptos: Se denomina
    chiste «todo aquello que hábil y conscientemente hace sur-
    gir la comicidad, sea de la idea o de la situación» (pág. 78).

    K. Fischer explica la relación del chiste con lo cómico por
    medio de la caricatura, a la que sitúa entre ambos (Ueber den
    Witz, 1889). Lo feo, en cualquiera de sus manifestaciones,
    es objeto de la comicidad: «Donde quiera que se halle escon-
    dido, es descubierto a la luz de la observación cómica, y
    cuando no es visible o lo es apenas, queda forzado a mani-
    festarse o precisarse hasta surgir clara y francamente a la luz
    del día… De este modo nace la caricatura» (pág. 45). «No
    todo nuestro mundo espiritual, el reino intelectual de nues-
    tros pensamientos y representaciones, se desarrolla ante la
    mirada de la observacion exterior, ni se deja representar inme-
    diatamente de una manera plástica y visible. También él con-
    tiene sus estancamientos, fallos y defectos, así como un rico
    acervo de ridículo y de contrastes cómicos. Para hacer resal-
    tar todo esto y someterlo a la observación estética, será ne-
    cesaria una fuerza que sea capaz, no sólo de representar in-
    mediatamente objetos, sino también de arrojar luz sobre tales
    representaciones, precisándolas, esto es, una fuerza que ilu-
    mine y aclare las ideas. Tal fuerza es, únicamente, el jui-
    cio. El juicio generador del contraste cómico es el chis-
    te, que ha intervenido ya calladamente en la caricatura,
    pero que sólo en el juicio alcanza su forma característica y un
    libre campo en que desarrollarse» (pág. 49).

    Como puede verse, para Lipps, es la actividad, la con-
    ducta activa del sujeto, el carácter que distingue al chiste,
    dentro de lo cómico, mientras que Fischer caracteriza el chis-
    te por la relación a su objeto, debiendo considerarse como
    tal todo lo feo que en nuestro mundo intelectual se oculta.
    La verdad de estas definiciones escapa a toda comprobación
    y ellas mismas resultan casi ininteligibles, considerándolas,
    como aquí lo hacemos, aisladas del contexto al que pertene-
    cen. Será, pues, preciso estudiar en su totalidad la exposi-
    ción que de lo cómico hacen estos autores, para hallar en ella

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    E L C H I S T E

    lo referente al chiste. No obstante, podrá observarse, que en
    determinados lugares de su obra, saben también estos inves-
    tigadores indicar caracteres generales y esenciales del chiste
    sin tener para nada en cuenta su relación con lo cómico.

    Entre todos los intentos que K. Fischer hace de fijar el
    concepto del chiste, el que más le satisface es el siguiente:
    El chiste es un juicio desinteresado (pág. 51). Para explicar
    esta definición nos recuerda el autor su teoría de que «la liber-
    tad estética consiste en la observación desinteresada de las
    cosas» (pág. 50). En otro lugar (pág. 20) caracteriza Fischer
    la conducta estética ante un objeto por la condición de que
    no demandamos nada de él, no le pedimos, sobre todo,
    una satisfacción de nuestras necesidades, sino que nos con-
    tentamos con el goce que nos proporciona su contemplación.
    En oposición al trabajo, la conducta estética no es sino un
    juego. «Podría ser que de la libertad estética surgiese un jui-
    cio de peculiar naturaleza, desligado de las generales condi-
    ciones de limitación y orientación, al que por su origen lla-
    maremos «juicio desinteresado». En este concepto se halla-
    ría contenida la condición primera, para la solución de nuestro
    problema, o quizá dicha solución misma. «La libertad produ-
    ce el chiste y el chiste da libertad», dice Juan Pablo. «El chis-
    te es un simple juego con ideas» (pág. 24).

    Se ha definido con preferencia el chiste, diciendo que es
    la habilidad de hallar analogías entre lo disparejo, esto es,
    analogías ocultas. Juan Pablo expresó chistosamente este mis-
    mo pensamiento: «El chiste–escribe–es el cura disfrazado
    que desposa a toda pareja», frase que continuó Th. Vischer,
    añadiendo: «Y con preferencia a aquellas cuyo matrimonio
    no quieren tolerar sus familias.» Mas, al mismo tiempo, ob-
    jeta Vischer que existen chistes en los que no aparece la me-
    nor huella de comparación, o sea de hallazgo de una analo-
    gía. Por lo tanto, define el chiste, separándose de la teoría
    de Juan Pablo, como la habilidad de ligar con sorprendente
    rapidez y formando una unidad, varias representaciones que
    por su valor intrínseco y por el nexo a que pertenecen son
    totalmente extrañas unas a otras. K. Fischer observa que en
    una gran cantidad de juicios chistosos, no hallamos analo-

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    gías, sino por lo contrario, diferencias; y Lipps, a su vez,
    hace resaltar el hecho de que todas estas definiciones se re-
    fieren a la cualidad propia del sujeto chistoso, pero no al
    chiste mismo, fruto de dicha cualidad.

    Otros puntos de vista, relacionados entre sí en un cierto
    sentido, y que han sido adoptados en la definición o descrip-
    ción del chiste, son los del «contraste de repre-
    sentaciones», del «sentido en lo desatinado» y del
    «desconcierto y esclarecimiento».

    Varias definiciones establecen como factor principal el
    contraste de representaciones. Así, Kraepelin, considera el
    chiste como «la caprichosa conexión o ligadura, conseguida
    generalmente por asociación verbal, de dos representaciones
    que contrastan entre sí de un modo cualquiera». Para un crí-
    tico como Lipps, no resulta nada difícil demostrar la grave
    insuficiencia de tal fórmula, pero tampoco él excluye el fac-
    tor contraste, sino que se limita a situarlo, por desplazamien-
    to, en un lugar distinto. «El contraste continúa existiendo,
    pero no es un contraste determinado de las representaciones
    ligadas por medio de la expresión oral, sino contraste o con-
    tradicción de la significación y falta de significación de las
    palabras» (pág. 87). Con varios ejemplos aclara Lipps el sen-
    tido de la última parte de su definición: «Nace un contraste
    cuando concedemos… a sus palabras un significado que, sin
    embargo, vemos que es imposible concederlas».

    En el desarrollo de esta última determinante aparece la
    antítesis de «sentido y desatino». Lo que un momento hemos
    aceptado como sensato se nos muestra, inmediatamente,
    falto de todo sentido. Tal es la esencia, en este caso, del
    proceso cómico (pág. 85 y siguientes). «Un dicho nos parece
    chistoso cuando le atribuímos una significación con necesidad
    psicológica y en el acto de atribuírsela tenemos que negár-
    sela. El concepto de tal significación puede fijarse de diver-
    sos modos. Prestamos a un dicho un sentido y sabemos
    que lógicamente no puede corresponderle. Encontramos en
    él una verdad, que luego, ciñéndonos a las leyes de la
    experiencia o a los hábitos generales de nuestro pensamien-
    to, nos es imposible reconocer en él. Le concedemos una

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    consecuencia lógica o práctica que sobrepasa su verdadero
    contenido y negamos en seguida tal consecuencia en cuanto
    examinamos la constitución del dicho en sí. El proceso psi-
    cológico que el dicho chistoso provoca en nosotros y en el
    que reposa el sentimiento de la comicidad, consiste siempre
    en el inmediato paso de los actos de prestar un sentido, tener
    por verdadero o conceder una consecuencia, a la conciencia
    o impresión de una relativa nulidad».

    A pesar de lo penetrante de este análisis, cabe preguntar
    si la contraposición de lo significativo y lo falto de sentido,
    en la que reposa el sentimiento de la comicidad, puede con-
    tribuir en algo a la fijación del concepto del chiste en tanto
    en cuanto este último se halla diferenciado de lo cómico.

    También el factor «desconcierto y esclarecimiento» nos
    hace penetrar profundamente en la relación del chiste con la
    comicidad. Kant dice que constituye una singular cualidad de
    lo cómico el no podernos engañar más que por un instante.
    Heyman (Zeitschr. f. Psychologie XI, 1896) expone cómo el
    efecto de un chiste es producido por la sucesión de descon-
    cierto y esclarecimiento, y explica su teoría analizando un
    excelente chiste que Heine pone en boca de uno de sus per-
    sonajes, el colector de lotería Hirsch-Hyacinth, pobre diablo
    que se vanagloria de que el poderoso barón de Rotschild, al
    que ha tenido que visitar, le ha acogido como a un igual y le
    ha tratado muy familionarmente. En este chiste nos
    aparece al principio la palabra que lo constituye, simple-
    mente como una defectuosa composición verbal, incompren-
    sible y misteriosa. Nuestra primera impresión es, pues, la de
    desconcierto. La comicidad resultaría del término puesto a
    tal desconcierto, por la comprensión de la singular formación
    verbal. Lipps añade que a este primer estadio del esclareci-
    miento, en el que comprendemos la doble significación de la
    palabra, sigue otro en el que vemos que la palabra falta de
    sentido nos ha asombrado primero y revelado luego su justa
    significación. Este segundo esclarecimiento, la comprensión
    de que todo el proceso ha sido debido a un término que en
    el uso corriente del idioma carece de todo sentido, es lo que
    hace nacer la comicidad (pág. 95).

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    Sea cualquiera de estas dos teorías la que nos parezca
    más luminosa, el caso es que el punto de vista del «descon-
    cierto y esclarecimiento» nos proporciona una determinada
    orientación. Si el efecto cómico del chiste de Heine, antes
    expuesto, reposa en la solución de la palabra aparentemente
    falta de sentido, quizá deba buscarse el «chiste» en la forma-
    ción de tal palabra y en el carácter que presenta.

    Fuera de toda conexión con los puntos de vista antes
    consignados, aparece otra singularidad del chiste que es con-
    siderada como esencial por todos los autores. «La brevedad
    es el cuerpo y el espíritu de todo chiste, y hasta podíamos
    decir que es lo que precisamente lo constituye», escribe Juan
    Pablo (Vorschule der Aesthetik, I, § 45), frase que no es sino
    una modificación de la que Shakespeare pone en boca del
    charlatán Polonio (Hamlet, acto II, esc. II): «Como la breve-
    dad es el alma del ingenio, y la prolijidad su cuerpo y ornato
    exterior, he de ser breve».

    Muy importante es la descripción que de la brevedad del
    chiste hace Lipps (pág. 90): «El chiste dice lo que ha decir,
    no siempre en pocas palabras, pero sí en menos de las nece-
    sarias, esto es, en palabras que conforme a una estricta ló-
    gica o a la corriente manera de pensar y expresarse no son
    las suficientes. Por último, puede también decir todo lo que
    se propone, silenciándolo totalmente».

    Ya en la yuxtaposición del chiste y la caricatura se nos
    hizo ver «que el chiste tiene que hacer surgir algo oculto
    o escondido» (K. Fischer, pág. 51). Hago resaltar
    aquí, nuevamente, esta determinante por referirse más a la
    esencia del chiste que a su pertenencia a la comicidad.

    ***

    Sé muy bien que con las fragmentarias citas anteriores,
    extraídas de los trabajos de investigación del chiste, no se
    puede dar una idea de la importancia de los mismos ni de los
    altos merecimientos de sus autores. A consecuencia de las
    dificultades que se oponen a una exposición, libre de erró-
    neas interpretaciones, de pensamientos tan complicados y

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    sutiles, no puedo ahorrar a aquellos que quieran conocerlos
    a fondo el trabajo de documentarse en las fuentes originales.
    Mas tampoco me es posible asegurarles que hallaran en ellas
    una total satisfacción de su curiosidad. Las cualidades y ca-
    racteres que al chiste atribuyen los autores antes citados–la
    actividad, la relación con el contenido de nuestro pensamien-
    to, el carácter de juicio desinteresado, el apareamiento de lo
    heterogéneo, el contraste de representaciones, el «sentido en
    lo desatinado», la sucesión de asombro y esclarecimiento, el
    descubrimiento de lo escondido y la peculiar brevedad del
    chiste–, nos parecen a primera vista tan verdaderos y tan
    fácilmente demostrables por medio del examen de ejemplos,
    que no corremos peligro de negar la estimación debida a
    tales concepciones; pero son éstas disjecta membra
    que desearíamos ver reunidos en una totalidad orgánica. No
    aportan, en realidad, más material para el conocimiento del
    chiste que lo que aportaría una serie de anécdotas a la ca-
    racterística de una personalidad, cuya biografía quisiéramos
    conocer. Fáltanos totalmente el conocimiento de la natural
    conexión de las determinantes aisladas y de la relación que
    la brevedad del chiste pueda tener con su carácter de juicio
    desinteresado. Tampoco sabemos si el chiste debe, para
    serlo realmente, llenar todas las condiciones expuestas o
    sólo algunas de ellas, y en este caso, cuáles son las impres-
    cindibles y cuáles las que pueden ser sustituídas por otras.
    Desearíamos, por último, obtener una agrupación y una divi-
    sión de los chistes en función de las cualidades señaladas.
    La clasificación hecha hasta ahora se basa, por un lado, en
    los medios técnicos, y por otro, en el empleo del chiste en
    el discurso oral (chiste por efecto del sonido, juego de pala-
    bras, chiste caricaturizante, chiste caracterizante, satisfacción
    chistosa.)

    No nos costaría, pues, trabajo alguno, indicar sus fines a
    una más amplia investigación del chiste. Para poder esperar
    algún éxito tendríamos que introducir nuevos puntos de vista
    en nuestra labor o intentar adentrarnos más en la materia, in-
    tensificando nuestra atención y agudizando nuestro interés.
    Podemos, por lo menos, proponernos no desaprovechar este

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    Prof. S. Freud

    último medio. Es singular la escasísima cantidad de ejemplos
    reconocidamente chistosos que los investigadores han consi-
    derado suficiente para su labor y es, asimismo, un poco ex-
    traño, que todos hayan tomado como base de su trabajo los
    mismos chistes utilizados por sus antecesores. No queremos
    nosotros tampoco sustraernos a la obligación de analizar los
    mismos ejemplos de que se han servido los clásicos de la in-
    vestigación de estos problemas, pero sí nos proponemos
    aportar, además, nuevo material, para conseguir una más
    amplia base en que fundamentar nuestras conclusiones. Na-
    turalmente, tomaremos como objeto de nuestra investigación
    aquellos chistes que nos han hecho mayor impresión y pro-
    vocado más intensamente nuestra hilaridad.

    No creo pueda dudarse de que el tema del chiste sea me-
    recedor de tales esfuerzos. Prescindiendo de los motivos per-
    sonales que me impulsan a investigar el problema del chiste
    y que ya se irán revelando en el curso de este estudio, pue-
    do alegar el hecho innegable de la íntima conexión de todos
    los sucesos anímicos, conexión merced a la que un descubri-
    miento realizado en un dominio psíquico cualquiera, adquie-
    re, con relación a otro diferente dominio, un valor extraordi-
    nariamente mayor que el que en un principio nos pareció po-
    seer aplicado al lugar en que se nos reveló. Débese también
    tener en cuenta el singular y casi fascinador encanto que el
    chiste posee en nuestra sociedad. Un nuevo chiste se consi-
    dera casi como un acontecimiento de interés general y pasa
    de boca en boca como la noticia de una recientísima victoria.
    Hasta importantes personalidades que juzgan digno de comu-
    nicar a los demás cómo han llegado a ser lo que son, qué ciu-
    dades y países han visto y con qué otros hombres de relieve
    han tratado, no desdeñan tampoco acoger en su biografía ta-
    les o cuales excelentes chistes que han oído (1).

    (1) F. v. Falke. Lebenserinnerungen, 1897.