S.
V
Material y fuentes de los sueños.Al revelarnos el análisis, que el sueño de la inyección de
Irma constituía una realización de deseos, se apoderó de
nosotros un vivísimo interés por comprobar si con ello ha-
bíamos descubierto un carácter general del fenómeno oni-
rico y acallamos, por el momento, todas aquellas otras cu-
riosidades científicas que en el curso de la labor de inter-
pretación habían surgido en nuestro ánimo. Mas ahora,
una vez llegados al final del camino que en aquella ocasión
elegimos entre todos los que ante nosotros se abrían, po-
demos ya volver sobre nuestros pasos y escoger un nuevo
punto de partida, para proseguir, en un distinto sentido,
nuestra exploración de los problemas del sueño, aunque,
de este modo, perdamos de vista, por algún tiempo, el tema,
no agotado aún, ni mucho menos, de la realización de
deseos.Desde que mediante la aplicación de nuestro procedi-
miento de interpretación onírica, nos es posible descubrir
un contenido latente de los sueños, muy superior en
importancia a su contenido manifiesto, tenemos que sentir-
nos incitados a examinar de nuevo cada uno de los proble-
mas que el 'fenómeno onírico plantea, para ver si este nue-
vo conocimiento puede acaso procurarnos la solución de
aquellos enigmas y contradicciones, que mientras no cono-
cíamos sino el contenido manifiesto de los sueños, nos pa-
recían inasequibles.En nuestro primer capítulo, expusimos detalladamente
los juicios de los autores sobre la conexión de los sueñoso ABB =>
S.
Doe (0 כ אש REI Tou Ea D
con la vida despierta y sobre la procedencia del material
onirico. Recordemos ahora aquellas tres peculiaridades de
la memoria onirica, que habiendo sido observadas por mu-
chos, nadie había Jogrado aún esclarecer. Dichas peculia-
ridades eran:1.º Que el sueño prefiere evidentemente las impresio-
nes de los días inmediatos anteriores (Robert, Struempell.
Hildebrandt, Weed-Hallam).2." Que efectúa una selección conforme a principios di-
ferentes de aquellos a los que se adapta nuestra conciencia
despierta, recordando, no lo esencial e importante, sino lo
accesorio y desatendido.3.º Que dispone de nuestras más tempranas impresio-
nes infantiles, llegando hasta reproducir detalles de dicha
edad que nos parecen nimios y que en nuestra vida despierta
teníamos por olvidados hace ya mucho tiempo (1). Claro es
que donde los investigadores han observado estas peculia-
ridades de la selección del material onírico, ha sido en
el contenido manifiesto.a) Lo reciente y lo indiferente en el
sueño.Ateniéndome a mi experiencia personal sobre la proce-
dencia de los elementos emergentes en el contenido onírico,
habré de sentar, en primer término, la afirmación de que en
todo sueño puede hallarse un enlace con los acontecimien-
tos del día inmediatamente anterior. Cual-
quiera que sea el sueño que escojamos, propio o ajeno,
comprobaremos siempre la verdad de este principio que
nos proporciona, en la investigación del suceso del día
anterior que ha podido constituir el estímulo de un sueño,
el punto de partida del análisis del mismo. Con gran fre-(1) Claramente se ve que la teoría de Robert de que el sueño se
halla destinado a descargar nuestra memoria de las impresiones sin
valor recibidas durante el día, resulta insostenible ante la aparición,
relativamente, frecuente, en nuestros sueños, de imágenes mnémicas in-
diferentes de nuestra infancia. Siendo así, habría que pensar que el
sueño cumplía muy imperfectamente su función.== 105 -=
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
cuencia, resulta, efectivamente, este camino, el más corto y
ventajoso para lograr la interpretación. En los dos sueños
que hasta ahora hemos sometido a un más minucioso aná-
lisis (el de la inyección de Irma y el de mi tío José), esta re-
lación con los sucesos del día anterior aparece tan evidente
que no necesita de esclarecimiento ninguno. Mas con el fin
de demostrar su generalidad, expondré una serie de ejem-
plos tomados de mi propia crónica onírica, aunque sin co-
municar, por ahora, de cada sueño, más que la parte nece-
saria para el descubrimiento de la fuente onirica buscada:1. Voy de visita a una casa en la que sólo después de
muchas dificultades se me deja entrar. Mientras tanto, hago
esperar auna mujer.Fuente: Conversación de la tarde anterior con una
pariente mía, sobre la necesidad de esperar antes de
realizar una compra que desea.2. He escrito una monografía sobre una cierta
especie de plantas (indeterminada en el sueño).Fuente: Por la mañana, había visto, en el escaparate
de una librería, una monografía sobre los ciclá-
menes.3. Veo en la calle a dos mujeres; madre e hija.
Esta última ha sido paciente mía.Fuente: Una paciente, ala que tengo en trata-
miento, me ha comunicado, por la tarde, las dificultades que
su madre opone ala continuación del mismo.4. Voy ala libreria y me suscribo a una publicación pe-
riódica; el coste de ja suscripción es de ⑳ florines al año.Fuente: Mi mujer me ha recordado, la tarde anterior,
que la debo 20 florines del dinero que le doy todas las se-
manas.5. Recibo una carta del comité social-demócrata,
carta en la que se me considera como miembro del mismo.Fuente: Durante el día, he recibido cartas del
comité electoral liberal y de la Unión humanitaria; de la cual
soy socio.6. Veo a un hombre sobre una escarpada roca
B —
S.
2. OD SV GB EEN 1D
enmedio del mar. Todo ello a la manera pictórica
de Boecklin.Fuente: Dreyfus en la Isla del Diablo;
noticias de parientes mios, residentes en Inglaterra,
etcétera.Podriamos preguntarnos si esta conexiôn del suefio con
la vida diurna no va nunca mås allå de los sucesos del dia
inmediatamente anterior, o si, por lo contrario, puede exten-
derse a impresiones anteriores, dentro siempre de un pré-
ximo pretérito. No es ésta, cuestión de esencial importancia,
pero una vez planteada, me inclinaría a resolverla en el sen-
tido del exclusivo privilegio del último día anterior al sueño, o
como en adelante lo denominaremos, del día del sueño
(Traumtag). Todas cuantas veces he creído hallar que
la fuente de un sueño había sido una impresión anterior al
mismo en dos o tres días, he podido comprobar después,
mediante un más detenido examen, que dicha impresión
había sido recordada de nuevo en el día del sueño, y que
por lo tanto, entre el momento del mismo y el día de la im-
presión, se había intercalado —precisamente en el día del
sueño— una reproducción de dicha impresión, siéndome
dado hallar, así misnio, la ocasión reciente de la que podía
haber partido el recuerdo de la impresión más pretérita. En
cambio, no he podido nunca comprobar que entre la impre-
sión diurna estimulante y su retorno en el sueño, se hallase
intercalado un intervalo regular de importancia biológica
(como primer intervalo de este género indica H. Swoboda
el de diez y ocho horas) (1).(1) Como ya indicamos en el capítulo I, ha transportado H. Swo-
boda a la vida psíquica los intervalos biológicos de veintitrés y vein-
tiocho días descubiertos por W. Fliess, afirmando especialmente que
estos períodos son decisivos para la emergencia de los elementos oní-
ricos en los sueños. Si esto resultara cierto, la interpretación onírica
no sufriría transformación alguna esencial, pero sf obtendríamos una
nueva fuente para el origen del material de los sueños. Recientemente
he sometido una serie de sueños propios a una investigación encami-
nada a comprobar la posibilidad de aplicar la «teoría de los períodos»doe
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
H. Ellis, que también ha dedicado suma atención a este
problema, indica que no ha podido hallar en sus suefios, a
pesar de haberla buscado «con especial cuidado», una tal
periodicidad de la reproducción. A este propósito, relata un
sueño en el que 188180800 a España, sale de viaje en di-al material onírico, y he escogido para ello elementos especialmente
singulares del contenido manifiesto, cuya apercepción en la vida diurna
pudiera fijarse cronológicamente con toda seguridad.Primer sueño. 1-2 Octubre 1910.
(Fragmento)... En un lugar indeterminado de Italia. Tres hermanas
me enseñan pequeños objetos de arte, como si me hallara en una tien-
da de antigiiedades; pero al hacerlo, se sientan sobre mis rodillas. Al
ver uno de los objetos, digo a una de ellas: «Eso se lo he regalado yo
a usted.» Mientras pronuncio estas palabras veo claramente el perfil
de una mascarilla que reproduce los acusados rasgos de Savo-
narola.¿Cuándo he visto, por última vez, una imagen de Savonarola?
Mis notas de viaje me indican que pasé en Florencia los días 4 y 5 de
Septiembre. Durante mi estancia en esta ciudad, pensé en enseñar a mi
compañero de viaje el medallón con los rasgos de Savonarola,
que marca, sobre el suelo de la Piazza Signoria, el lugar donde el faná-
tico fraile sufrió el suplicio de la hoguera, y si no me equivoco, fué el
día 5 por la mañana cuando cumplí este propósito. De esta impresión,
a su retorno en el sueño, han pasado ciertamente 27 + 1 = 28 días, o
sea, según Fliess, un «período femenino». Mas por desgracia para la
fuerza demostrativa de este ejemplo, he de indicar que en el mismo
día del sueño, estuvo a verme uno de mis colegas, hombre muy
inteligente, al que por su tétrico y sombrío aspecto hube de dar, hace
ya varios años, el sobrenombre de «rabbi Savonarola». Venía a pre-
sentarme un individuo enfermo a causa de un accidente que había su-
frido viajando en el ferrocarril de Pontebba, línea por la que había pa-
sado yo hacía ocho días, y esta última circunstancia hizo volver mis
pensamientos a mi reciente viaje por Italia. La aparición del singular
elemento «Savonarola», en el contenido de mi sueño, resulta, así, expli-
cada por esta visita de mi colega el día inmediatamente anterior al mis-
mo, y el intervalo de veintiocho dias [queda despojado, por lo tanto,de toda posible significación.
Segundo sueño. 10-11 de Octubre.
Realizo nuevamente trabajos de Química en el laboratorio de la Uni-
versidad. L., el consejero áulico, me invita a trasladarme a otro lugar,
y avanza delante de mí en actitud singularísima, inclinado hacia ade-
lante y alzando en su mano con aire agudo (?) (¿perspicaz?) (scharf-— 189 —
S.
ØD; OQ WES. DX FREE D
recciôn a una localidad cuyo nombre era Daraus, Varaus o
Zarauz. Al despertar, le fué imposible recordar ningún lugar
de nombre parecido y dejó de ocuparse de su sueño. Pero
meses después, cayó en la cuenta de que Zarauz era una
estación situada entre San Sebastián y Bilbao, línea por la
que había viajado 250 días antes del sueño.sinnig = agudo; scharfsichtig = perspicaz) una lámpara o un instru-
mento. Cruzamos después por un lugar al aire libre... (El resto del
sueño ha sido olvidado.)Lo más singular del contenido de este sueño es la forma en que L.
avanza con la lámpara (¿o era una lupa?) en alto y la mirada fija ante
si, como escrutando la lejanía. Hace ya mucho tiempo que no he visto
a L., pero al examinar mi sueño, descubro que no es, en él, sino una
figura sustitutiva de otra más importante: nada menos que de la de Ar-
químedes. Efectivamente, en el monumento dedicado a Arquímedes en
Siracusa, cerca de la fuente de Aretusa, se halla representado el gran
físico griego, en actitud idéntica a la que L. muestra en mi suefio, gra-
duando la inclinación del gran espejo ustorio, y espiando con aguda
mirada los movimientos del ejército sitiador. ¿Cuándo he visto por vez
primera (y última) este monumento? Según mis notas, fué el ⑰ de Sep-
tiembre por la tarde, y desde esta fecha hasta mi suefio, han transcu-
rrido ⑱ + ⑩ 一 98 días, un «período masculino», según Fliess.Desgraciadamente, la interpretación de este suefio nos demuestra
que tampoco en él tenfamos necesidad de recurrir a la teoría delos pe-
ríodos. En efecto, el estímulo que lo provocó fué la noticia, recibida el
día anterior, de que la clínica en la que se me cedía un aula para mis
conferencias, iba a trasladarse próximamente a otro lugar. Ante esta
noticia, pensé que el nuevo domicilio de la clinica no ofrecia quizá las
comodidades del antiguo, cosa que para mí equivaldría a carecer de
aula para mis conferencias, y de aquí retrocedieron mis pensamientos
hasta el principio de mi actividad pedagógica, cuando carecía realmente
de aula y tropezaba, en mis trabajos para obtenerla, con la frialdad de
los omnipotentes señores consejeros áulicos y profesores. Por esta
época me dirigí a L., que ocupaba el cargo de decano, y al que creía
inclinado en mi favor. Pero no obtuve de él sino una promesa de ayuda,
que jamás fué cumplida. En mi sueño, es él el Arquímedes que me da zov
xo y me guía personalmente a otro lugar. Todos aquellos que se ha-
llen algo familiarizados con la interpretación onírica, adivinarán sin
diflcultad que ni el deseo de venganza ni la conciencia de los valores
son ajenos a las ideas de este sueño. He de suponer que sin el estímulo
onírico citado no hubiera llegado a mi sueño la figura de Arquímedes.
Lo que no puedo asegurar, es que la infensa y reciente impresión de laー ⑨⑥ 一
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUEÑOS
Asi, pues, habremos de opinar que todo suefio posee un
estimulo entre los acontecimientos del dia a cuya noche co-
rresponde, y que las impresiones del pretérito mas próximo
(con exclusién del dia anterior a la noche del sueño) no
muestran con el contenido onirico, una relaciôn diferente a
la de otras impresiones cualesquiera, pertenecientes a tiem-
pos indefinidamente mds lejanos. El suefio puede elegir su
material, de cualquier época de nuestra vida, por lejana que
sea, a la que partiendo de los sucesos del día del sueño (las
impresiones «recientes»), puedan alcanzar nuestros pensa-
mientos.¿Pero a qué obedece esta predilección por las impresio-
nes recientes? Sometiendo a un más riguroso análisis uno
de los sueños antes citados, podremos establecer guizá al-
guna hipótesis sobre este punto. Elegiré para ello el sueño
de la monografía.estatua de Siracusa no se hubiese constituído, de todos modos, en es-
timulo provocador de un sueño, en un intervalo distinto.Tercer sueño. 2-5 de Octubre de 1910.
(Fragmento)... Algo relativo al Profesor Oser, que ha formado por
sí mismo el «menú» de mis comidas, cosa que me tranguiliza mucho...
(El resto ha quedaco olvidado).El sueño es la reacción a un trastorno digestivo experimentado en
el mismo día y que me hizo pensar si no debería dirigirme a alguno
de mis colegas para que me prescribiese un régimen alimenticio. El
hecho de elegir con este objeto al Profesor Oser, fallecido durante el
verano anterior, se enlaza a la muerte, acaecida en fecha recientísima
(1.° de Octubre), de otro Profesor de Universidad, al que yo estimaba
altamente. ¿Cuándo murió Oser y qué día llegó a mí la noticia de su
muerte? Los periódicos la consignaron el día 22 de Agosto, y como yo
me hallaba por esta época en Holanda, adonde me remitían con toda
regularidad algunos diarios de Viena, debí leerla el 24 o el 25 de dicho
mes. Este intervalo no corresponde ya a ningún período, pues com-
prende 7 + 30 4 2 = 39 o quizá cuarenta días. Tampoco puedo recor-
dar haber hablado de Oser, o naberle recordado, en el intermedio.Tales intervalos, no utilizables ya directamente como prueba de la
ieorfa de los períodos, resultan más frecuentes, en mis sueños, que los
regulares. El único hecho constante que el análisis me ha permitido
comprobar es la mencionada relación con una impresión del mismo
día del sueño.ー 194 ~~
S.
PNTE OA OO FORE D
Contenido onirico: He escrito una monografia
sobre una cierta planta. Tengo el libro ante mf y vuelvo en
este momento la pågina por la que se hallaba abierto y que
contiene una låmina en colores. Cada ejemplar ostenta, a
manera de herbario, un espécimen disecado de la planta.Análisis: Por la mañana, he visto, en el escaparate
de una librería, un libro nuevo, titulado: «Los ciclámenes»,
seguramente una monografía sobre este género de plantas.Los ciclámenes son la flor preferida demi mujer.
Me reprocho no acordarme sino pocas veces de traerle
flores, sabiendo lo mucho que le gustan.—El tema
«traer flores» me recuerda una historia que he rela-
tado hace poco, en una reunión de amigos míos, utilizán-
dola como prueba de que el olvido constituye, con gran
frecuencia, la realización de un propósito de lo inconscien-
te y permite siempre deducir una conclusión sobre los se-
cretos pensamientos del olvidadizo. Una señora joven, que
se hallaba acostumbrada a recibir de su marido un hermoso
ramo de flores el día de su cumpleaños, echa de menos esta
muestra de cariño en uno de tales días, y rompe a llorar
amargamente. El marido no acierta a explicarse este llanto
y cuando ella le revela la causa, se excusa alegando haber
olvidado totalmente qué día era, y quiere salir en seguida a
comprar las flores. Pero la mujer continúa desconsola-
da, viendo en el olvido de su esposo una prueba de que ya
no ocupa ella en sus pensamientos igual lugar que antes.
—Mi mujer ha encontrado hace dos días a esta señora
de L., la cual le dijo que se sentía mejor de salud y le pre-
guntó por mí. En años anteriores había acudido a mi con-
sulta para someterse a tratamiento.A estas asociaciones libres, se agregan luego las que
siguen: Realmente, he escrito en una ocasión algo análogo
a una monografía sobre una planta—un estudio sobre la
coca, que orientó la atención de K. Koller sobre la propie-
dad anestésica de la cocaína. En mi trabajo, se indicaba ya
como posible este empleo del citado alcaloide, pero no
se estudiaba a fondo la cuestión. Con relación a este tema,ー 192 —
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
se me ocurre ahora, que en la mafiana del dia siguiente a
este sueño (cuya interpretación no tuve tiempo de empren-
der hasta las últimas horas de la tarde) ocupó durante algún
tiempo mi pensamiento la idea de la cocaína, dentro de una
especie de fantasía diurna que mi imaginación se entretuvo en
construir. Pensé, en efecto, que si alguna vez tenía la des-
gracia de padecer un glaucoma, iría a Berlín y me haría ope-
rar, en casa de un amigo mío, por un médico conocido de él,
pero al que no revelaría mi personalidad. No sabiendo quién
era yo, me hablaría de la facilidad con que merced a la in-
troducción de la cocaína podían ya llevarse a cabo tales
operaciones. Por mi parte, me guardaría muy bien de reve-
lar que había tenido participación en dicho descubrimiento.
A esta fantasía se enlazaron pensamientos sobre lo emba-
razoso que es para un médico solicitar para sí propio el
auxilio profesional de otros colegas. No dándome a conocer
al oculista berlinés, podría pagarle, como otro enfermo cual-
quiera, sus servicios. Después de surgir en mi memoria el
recuerdo de esta ensoñación diurna, advierto que detrás de
la misma se esconde el recuerdo de un determinado suceso.
Poco tiempo después del descubrimiento de Koller, padeció
mi padre un glaucoma, siendo operado por el Dr. Koenigs-
fein, oculista y amigo mío. El mismo Dr. Koller se encargó
de efectuar la anestesia por medio de la cocaína, y al termi-
nar la operación, nos hizo observar que para ella nos había-
mos reunido las tres personas que habíamos participado en
la introducción de dicho alcaloide como anestésico.Mis pensamientos van ahora, continuando su curso,
hasta la ültima vez en que hube de recordar toda esta histo-
ria de la cocaína. Fué esto hace pocos días, cuando leí un
escrito de felicitación en el que los alumnos y ex-alumnos
del laboratorio testimoniaban su agradecimiento al claustro
de profesores del mismo. Entre los títulos de gloria de
la institución se citaba el descubrimiento, en ella realizado
por K. Koller, de la propiedad anestésica de la cocaína.
Advierto, ahora, de repente, que mi suefio se halla enlazado
a un suceso de la tarde anterior. Dialogando precisamente— 198 — 13
S.
pos KOL KOANI SAR COME MEIN ED
con el Dr. Koenigstein, sobre una cuestićn que me apasiona
siempre que me ocupo de ella, le habia ido acompafiando
hasta su casa. En el portal, tropezamos con el Profesor
Gaertner (jardinero) y su joven esposa, no pudiendo yo
por menos de felicitarles por su «floreciente» aspecto. El
Profesor Gaertner es uno de los autores del escrito a
que antes me referí y debió, sin duda, recordårmelo. Tam-
bién la sefiora de L., cuyo desencanto en el dia de su cum-
pleafios hube antes de relatar, fuć citada, aunque con dis-
tinto motivo, en la conversacićn que sostuvimos el Dr. Koe-
nigstein y yo.Intentaré interpretar también las restantes determinantes
del contenido onírico. La monografía contiene un esp 60 1-
men disecado dela planta, como side un herba-
rio se frafara. A la idea «herbario» se enlaza un recuerdo
de mis tiempos escolares. El director del establecimiento de
ensefianza en que yo estudiaba, reuniô una vez a los alum-
nos de las clases superiores y les encargó de revisar y lim-
piar el herbario de la casa, en el que se habían encontrado
pequeñas larvas de polilla (Buecherwurm-literalmen-
te: gusano de los libros). Desconfiando sin duda
en la eficacia de mi ayuda, no se me entregaron sino muy
pocas hojas, en la que recuerdo había algunos ejemplares
de plantas cruciferas. Mis conocimientos de botánica no han
sido nunca cosa mayor. Al examinarme de esta disciplina,
me fué presentada también una crucífera, sin que lograse
reconocerla, y hubiera sido reprobado a no salvarme mis
conocimientos teóricos.—Desde las cruciferas, pasa mi pen-
samiento a las compuestas. En realidad, la alcachofa es una
flor de la familia de las compuestas, y precisamente aquella
a la que podría denominar mi flor preferida. Más
cariñosa que yo, suele mi mujer traerme con frecuencia esta
flor, del mercado.Veo ante mí la monografía que he escrito. Tampo-
co esto carece de una relación. Aquel amigo mío residente
en Berlín, al que antes hube de referirme y que posee en alto
grado la facultad de imaginación plástica, me escribió ayer:ー 194 一
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
«No dejo de pensar en tu libro sobre los suefios. Lo veo
terminado ante mí y paso sus hojas lleno
de interés » Le envidio profundamente esta facultad
de visión. ¡Ojalá pudiese ver también yo mi libro terminado
ante mí!La lámina en colores: Siendo estudiante de
Medicina, compliqué extraordinariamente mi trabajo por el
afán de no estudiar sino en monografías. A pesar de mis
limitados medios económicos, adquirí varias importantes
publicaciones médicas, cuyas láminas en colores
me encantaban. Este afán de buscar lo fundamental en cada
cuestión, me enorgullecía. ¡Cuando luego comencé a publi-
car por mi cuenta, tuve que dibujar las láminas correspon-
dientes a mis trabajos y se que una de ellas salió tan imper-
fectamente que motivó las burlas de un benévolo colega.
A esto se enlaza, no sé muy bien cómo, un muy temprano
recuerdo infantil. Mi padre tuvo un día la humorada—apenas
justificable desde el punto de vista educativo— de entregar-
nos a mí y a la mayor de mis hermanas, para gue lo estropeá-
ramos y destruyéramos a nuestro antojo, un libro con ⑭ -
minas en colores. (Descripción de un viaje por Per-
sia). Por entonces tenía yo cinco años y mi hermana no
llegaba a tres. El cuadro que formåbamos mi hermana y yo,
destruyendo gozosamente el libro—al que fuimos arrancan-
do las hojas, una por una (como a una alcacho-
fa)— es casi el único perteneciente a aquella edad del que
conservo aún un recuerdo plástico. Cuando después comen-
cé mi vida de estudiante, se desarrolló en mí una gran afi-
ción a poseer libros (correspondiente a la inclinación a estu-
diar en monografías; una afición como las que apare-
cen en las ideas del sueño con respecto a los ciclámenes y a
las alcachofas). Llegué a ser un «gusano de los
libros» (1) (cf. herbario). Desde que hube de co-(1) N. per T.—Expresión alemana de sentido idéntico a la castella-
na «ratón de biblioteca». Pero la mejor inteligencia del análisis nos im-
pide sustituirla.ー 195 一
S.
pr S EU: Su) FOR SUD
menzar a reflexionar sobre mi mismo, he referido siempre
esta primera pasión de mi vida a la impresión infantil antes
indicada, o mejor dicho, he reconocido que dicha escena
infantil constituye un «recuerdo encubridor» de mi posterior
bibliomanía. Naturalmente, no tardó en mostrárseme que las
pasiones nos acarrean con facilidad amargos sinsabores.
Teniendo diez y siete años, se me acumuló en la librería una
elevada cuenta, en ocasión en la que no disponía de medios
para saldarla y apenas me sirvió de excusa, para con mi
padre, el buen motivo de mis gastos. El recuerdo de este
suceso de juventud me lleva en seguida a la conversación
que con mi amigo el Dr. Koenigstein mantuve la tarde ante-
rior al sueño, conversación en la que tratamos también del
reproche, que como en el citado suceso juvenil suele hacér-
seme ahora, de dejarme arrastrar demasiado por mis aficio-
nes y preferencias.Por razones que no hacen al caso, prescindiré de con-
tinuar aquí la interpretación de este sueño y me limitaré a
indicar el camino que a la misma conduce. Durante la labor
de análisis me ha sido recordada repetidamente mi conver-
sación con el Dr. Koenigstein. Pasando revista а los temas
en ella tratados, se me hace comprensible el sentido del sue-
ño. Todas las rutas mentales iniciadas, o sea las referentes
a las aficiones de mi mujer y a las mías propias, a la co-
caína, a las dificultades de la asistencia médica entre cole-
gas, a mi predilección por los estudios monográficos y mi
descuido de determinadas disciplinas, como la botánica;
todo esto, es continuado en la interpretación, hasta des-
embocar en una cualquiera de las numerosas ramificaciones
de mi diálogo con el oculista. Mi sueño presenta nuevamen-
te el carácter de una justificación, de una defensa de mi de-
recho, análogamente al de la inyección de Irma, antes ana-
lizado. Pudiera incluso decirse que continúa el tema que en
dicho sueño se iniciaba y lo desarrolla en relación con un
nuevo material surgido con posterioridad a él. La misma
forma expresiva del sueño, en apariencia indiferente, mues-
tra ahora un particularísimo carácter. Así como en el sueñoー 196 =
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
de Irma trato de justificarme alegando ser un médico con-
cienzudo y aplicado, hago constar ahora, en mi suefio, que
soy el autor de un valioso y utilisimo trabajo (sobre la co-
caina), y tanto en uno como en otro caso, me escudo en la
alegación correspondiente, para afirmar un derecho. Es
como si de los méritos expuestos dedujese una conclusión
en la forma siguiente: … siendo así, creo que puedo per-
mitirme.. » Pero en el ejemplo presente, puedo prescindir de
exponer al detalle la interpretación, pues el propósito que
me guiaba al comunicar este sueño era tan solo el de investi-
gar, en un caso práctico, la relación del contenido onírico
con el suceso estimulador del día del sueño. Mientras no
me era conocido sino el contenido manifiesto, no se me evi-
denciaba más que una sola relación del sueño con una im-
presión diurna; en cambio, una vez efectuado el análisis, se
me revela, en otro suceso del mismo día, una segunda fuen-
te del sueño. La primera de estas impresiones a las que el
sueño se refiere, es de carácter indiferente, constituyendo
una circunstancia accesoria: el haber visto en el escaparate
de una librería, un libro cuyo título atrae fugitivamente mi
atención y cuyo contenido apenas debía interesarme. La se-
gunda impresión, posee, en cambio, un alto valor psíquico:
he dialogado con mi amigo el oculista, durante cerca de una
hora, haciéndole determinadas indicaciones de gran interés
para ambos y esta conversación ha provocado en mí la
emergencia de recuerdos acompañados de los más diversos
sentimientos. Además, nuestro diálogo quedó interrumpido
antes de terminar, por la llegada de unos amigos. ¿Qué
relación tienen entre sí y con el sueño las dos impresiones
diurnas señaladas?En el contenido manifiesto no encuentro sino una alu-
sión a la impresión indiferente, y de este modo queda con-
firmado que el sueño acoge con preferencia, en dicho con-
tenido, aquello que en la vida diurna no posee sino un
carácter secundario. Por lo contrario, en la interpretación
onírica nos conduce todo al suceso importante, justificada-
mente estimulador. Si como constituye la única forma acer-ー ⑲⑦ 一
S.
BD pu O МЕНЕ OJ) See peus D
tada, juzgo el sentido del suefio por el contenido latente que
el anålisis nos ha revelado, habré llegado, inopinadamente,
a un nuevo e importante conocimiento. El enigma de la pre-
ferencia exclusiva del sueño por los fragmentos sin |valor
de la vida diurna, desaparece por completo y queda proba-
da la inexactitud de aquellas afirmaciones que pretenden
que la vida anímica de la vigilia no continúa en el sueño, y
que el mismo prodiga, en cambio, actividad psíquica, en
materia insignificante. La verdad es totalmente opuesta.
Aquello que nos ha impresionado durante el día, domina
también las ideas del sueño y sólo por aquellas materias que
en la vigilia han estimulado nuestro pensamiento, nos
tomamos el trabajo de soñar.La explicación más próxima de por qué sueño con
la impresión diurna indiferente, siendo otra, justificada-
mente estimuladora, la que ha provocado mi sueño, es quizá
la de que se trata, nuevamente, de un fenómeno de la defor-
mación onírica, proceso que antes atribuímos a un poder
psíquico que reina a título de censura. El recuerdo de la mo-
nografía sobre los ciclámenes es empleado como si consti-
tuyese una alusión ami diálogo con Koenigstein, idén-
ticamente a como en el sueño de la comida fracasada queda
representada la amiga de la sujeto por la alusión «salmón
ahumado». Fáltanos averiguar por conducto de qué ele-
mentos intermedios puede entrar la impresión producida
por la monografía en una relación alusiva con mi conver-
sación con el oculista, pues a primera vista nos es imposi-
ble hallar conexión alguna de este género. En el ejemplo de
la comida fracasada queda establecida una tal relación
desde el primer momento, pues el «salmón ahumado» per-
tenece, a titulo de plato preferido de la amiga, al círculo de
representaciones que la persona de la misma ha de desper-
tar en la sujeto del sueño. Pero en nuestro nuevo ejemplo
se trata de dos impresiones separadas, que al principio no
tienen nada común, sino el haber surgido en un mismo día.
La monografía me ha llamado la atención por la mañana, y
la conversación se desarrolló a finales de la tarde. La res-er, שה
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
puesta que a estos hechos nos da el análisis, es la siguiente:
Tales relaciones, inexistentes al principio entre las dos im-
presiones, quedan establecidas subsiguientemente entre los
respectivos contenidos de representaciones. En la redacción
del análisis, he hecho ya resaltar los elementos intermedios
correspondientes. A la representación de la monografia
sobre los ciclámenes no habría yo enlazado, probablemente,
si no hubieran sobrevenido influencias de distinto origen,
más que una sola idea: la de que dicha flor es la preferida
de mi mujer, o quizá también el recuerdo de la historia de
la señora de L., ideas que no creo hubieran bastado para
provocar un sueño.«There needs no ghost, my lord, come from the grave,
To tell us this» (Hamlet).Pero he aquí que el análisis me recuerda que la persona
que interrumpió nuestra conversación se llamaba Gaert-
ner (jardinero) y que hallé a su mujer «flore-
ciente». Además, recuerdo ahora, a posteriori, que en
mi conversación con Koenigstein hablé también de una pa-
ciente mía que lleva el bello nombre de Flora. Por me-
dio de estos elementos intermedios, pertenecientes al círcu-
lo de representaciones de la botánica, es como the debido
de llevar a cabo el enlace de los dos sucesos diurnos, el in-
diferente y el interesante. A continuación, fueron estable-
ciéndose otras relaciones, siendo la primera la de la cocaína,
la cual podía unir congruente y justificadamente la persona
del Dr. Koenigstein y una monografía botánica escrita por
mí. Estas relaciones fortifican la fusión de los dos círculos
de representaciones en uno sólo, permitiendo, de este modo,
que un fragmento del primer suceso pudiera ser utilizado
como alusión al segundo.Sé que esta explicación será combatida y calificada de
arbitraria o artificiosa. ¿Qué hubiera sucedido si no hubié-
ramos encontrado al Profesor Gaertner (jardinero) y a
su «floreciente» esposa у si la paciente de que hablamos se
hubiese llamado Ana y no Flora? La respuesta es
sencilla. Si estas relaciones de ideas no hubieran existido,= 199. —
S.
E R QU df . CS PER הת ゃ の
hubieran sido elegidas otras distintas. Nada más facil, en
efecto, que establecer relaciones de este género. Los chis-
tes, adivinanzas y acertijos que nos hacen reir o nos entre-
tienen en la vida diurna, lo demuestran constantemente. El
dominio del chiste es ilimitado. Pero aún hay más: si no
hubiera sido posible establecer, entre las dos impresiones
del día, relaciones intermedias suficientemente eficaces,
habría tomado el sueño una forma distinta; otra cualquiera
de las infinitas impresiones indiferentes que durante el día
experimentamos y olvidamos casi en el acto, habría toma-
do, para el sueño, el lugar de la «monografia» y habría en-
trado en conexión con el contenido de la conversación y
representado a éste en el sueño. El que ninguna otra im-
presión, sino precisamente la de la monografía, fuese llama-
da a tomar a su cargo este papel, es señal de que era la
más apropiada para el establecimiento de la conexión. No
debe admirarnos nunca, como al Juanito Listo (Haenschen
Schlau) de Lessing, «que sean sólo los ricos los que más
dinero tienen».El proceso psicológico por medio del cual llega la im-
presión indiferente a constituirse en representación de lo
psiquicamente importante, tiene que parecernos todavía
harto arduo y singular. En otro capítulo nos plantearemos
la labor de aproximar más a nuestra inteligencia las pecu-
liaridades de esta operación aparentemente incorrecta, pues
por el momento, queremos limitarnos al resultado de dicho
proceso, resultado que los conocimientos deducidos de nu-
merosisimas análisis oníricas, nos fuerzan a aceptar. Lo
que del proceso advertimos, es como si, mediante los indi-
cados elementos intermedios, se llevase a cabo un des -
plazamien to delo que podríamos denominar el cacen-
to psíquico», hasta conseguir que representaciones débil-
mente provistas de intensidad inicialmente, adquieran, por
apropiación de la intensidad de otras, mejor provistas al
principio, una energía que las capacite para forzar el acceso
a la conciencia. Tales desplazamientos, no nos admiran
cuando se trata de la aplicación de magnitudes de afecto,— 200 —
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
o en general, de actos motores. Que la solterona sin fami-
lia transfiera su ternura a sus animales caseros, que el sol-
terôn se convierta en apasionado coleccionista, que el sol-
dado defienda hasta la muerte algo que en realidad no es
sino una seda de colores, que en las relaciones amorosas
nos colme de felicidad un apretôn de manos prolongado
durante un segundo, o que un pañuelo perdido, produzca
en Otelo, un ataque de ira, son ejemplos de desplazamien-
tos psíquicos que nos parecen incontrovertibles. En cambio,
el que del mismo modo y conforme а los mismos principios
se establezca una conclusión sobre lo que llega a nuestra
conciencia y lo que es usurpado a la misma, esto es, sobre
lo que pensamos, nos hace la impresión de algo morboso
y lo calificamos de error mental, cuando lo observamos en
la vida despierta. Anticipando aquí el resultado de conside-
raciones que más adelante habremos de exponer, revelare-
mos que el proceso psíquico que hemos reconocido en el
desplazamiento onírico, se nos demostrará, ya que no pato-
lógicamente perturbado, sí distinto de lo normal, esto es,
como un proceso de naturaleza más bien primaria.De este modo, interpretaremos la inclusión de restos
de sucesos secundarios en el contenido del sueño, como un
fenómeno de la deformación onírica (por despla-
Zamiento) y recordaremos que eii este proceso deformador,
vimos una consecuencia de la censura que vigila la comuni-
cación entre dos instancias psíquicas. Esperamos, por lo
tanto, que el análisis onírico nos descubra siempre la fuente
verdadera y psíquicamente importante, situada en la vida
diurna, cuyo recuerdo ha desplazado su acento sobre el
recuerdo indiferente. Esta concepción nos sitúa en abierta
contradicción con la teoría de Robert, inutilizable ya para
nosotros. Resulta, en efecto, que el hecho que Robert quería
explicar, no existe, pues la hipótesis de su existencia se basa
en el error que supone la no sustitución del contenido apa-
rente del suefio por el verdadero sentido del mismo. Pero
no es ésta la ünica objeción que puede oponerse a dicha
teoría: Si el suefio tuviera realmente la función de libertardps
S.
DEVO OREA SATA FERRE VBE: «D
nuesfra memoria, por medio de una labor psiquica especial,
de las «escorias» del recuerdo diurno, el trabajo realizado
mientras dormimos sería muy superior al que pudiera signi-
ficar nuestra actividad anímica despierta. Las impresiones
indiferentes del día, de las que habríamos de proteger nues-
tra memoria, son infinitamente numerosas, y la noche entera
no bastaría para hacerlas desaparecer. Mucho más verosi-
mil, es que el olvido de las impresiones indiferentes se rea-
lice sin intervención activa de nuestros poderes anímicos.No obstante, parece haber algo que nos advierte que no
debemos todavía echar a un lado, sin más detenido examen,
las teorías de Robert. Hemos dejado inexplicado el hecho de
que una de las impresiones indiferentes del dia—y precisa-
mente del último—proporcione siempre al contenido onírico
un elemento. Entre esta impresión y la verdadera fuente
onírica en lo inconsciente, no siempre existen relaciones
desde un principio, sino que como ya hemos visto antes,
quedan establecidas después, durante la elaboración del
sueño y como para facilitar el desplazamiento que la misma
ha de llevar a cabo. Tiene, pues, que existir una coerción
que imponga el establecimiento de tales relaciones, precisa-
mente con la impresión reciente, aunque nimia, y esta últi-
ma tiene que ser, por una cualidad particular cualquiera,
apropiada para ello. En caso contrario, sería igualmente
fácil que las ideas latentes desplazasen su acento sobre un
fragmento inesencial de su propio contenido de representa-
ciones.Los conocimientos que a continuación expongo, deduci-
dos de mis análisis, pueden conducirnos a una explicación
satisfactoria de esta cuestión: Cuando un día ha traído con-
sigo dos o más sucesos capaces de provocar un sueño,
quedan ambos mencionados, en el mismo, por una única
totalidad, como si el fenomeno onírico obedeciese a una
coerción que le obligase a formar con ellos una
unidad. Ejemplo: Una tarde de verano, subí a un coche
del ferrocarril en el que encontré a dos amigos míos que no
se conocían entre sí. Uno de ellos, era un colega míoー ⑨0② 一
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
de gran fama, y el ofro, un miembro de una distinguida
familia a la que presto mi asistencia profesional. Aunque
presenté en seguida a ambos sefiores, no entablaron, duran-
te todo el largo viaje, conversación seguida entre ellos,
sino que se limitaron a tomar parte en las que por separado
hube yo de iniciar con cada uno. En una de ellas, rogué a
mi colega que recomendase a sus amistades a un conocido
común, que comenzaba por entonces el ejercicio de la me-
dicina. Mi colega me observó que estaba convencido de los
méritos del principiante, pero que su insignificante figura le
habría de hacer más difícil el acceso a las casas de perso-
nas distinguidas, replicándole yo que precisamente por eso
se hallaba necesitado de recomendación. Al otro de mis
compañeros de viaje le pregunté, poco después, por el esta-
do de su tia—madre:de una de mis pacientes—de la que sa-
bía se hallaba gravemente enferma. A la noche siguiente a
este viaje, soñé que aquel amigo mío, para el cual había
solicitado ayuda, se hallaba en un elegante salón y pronun-
ciaba con toda la serena corrección de un acabado hombre
de mundo y ante una selecta concurrencia, en la que situé a
todas las personas distinguidas y ricas que me eran conoci-
das, un discurso necrológico, en memoria de la anciana tía
de mi compañero de viaje, a la que mi sueño daba ya por
muerta. (Confieso francamente que no me hallaba en muy
buenas relaciones con esta señora.) Asi, pues, mi sueño ha-
bía hallado, de nuevo, conexiones entre las dos impresiones
del día y había compuesto, por medio de ellas, una situa-
ción unitaria.Sobre la base de conocimientos análogamente adquiri-
dos por mi experiencia en la interpretación de los sueños,
sentaré aquí el principio de que para la elaboración onírica
existe también una especie de fuerza mayor que la obliga
a reunir en una unidad, en el sueño, todas las fuentes de
estímulos dadas (1). Esta coerción que actúa sobre la ela-(1) La tendencia de la elaboración onírica a reunir bajo un mismo
régimen todo lo interesante dado, ha sido ya observada por variosax =
S.
BER NOE e ⑫ た k と ⑩ 体 ⑩ 沼 思 が D
boraciôn de los suefios, se nos revelarå, en el capitulo que
a esta ültima consagraremos, como una parte de la con-
d e n ⑧ ⑧c①⑥ n , otro proceso psíquico primario.Entraremos ahora en el examen de la cuestiôn de si la
fuente onírica a que el análisis nos conduce, tiene que ser
siempre un acontecimiento externo —e importante—, o si un
suceso interior, o sea el recuerdo de un suceso psiquica-
mente importante o un proceso mental, puede así mismo
llegar a constituirse en estímulo onírico. Los numerosos aná-
lisis realizados nos permiten contestar a esta interrogación,
en sentido afirmativo. El estímulo de un sueño puede ser un
proceso interior que nuestra actividad intelectual diurna ha
actualizado. Creo es éste el momento de agrupar, en un
esquema, las fuentes oníricas descubiertas.La fuente de un sueño puede ser:
a) Un suceso reciente y psíquicamente importante, re-
presentado directamente en el sueño (1).b) Varios sucesos recientes e importantes, que el sue-
ño reune en una unidad (2).c) Uno o varios sucesos recientes e importantes, re-
presentados, en el contenido manifiesto, por la mención de
un suceso contemporáneo, pero indiferente (5).d) Un suceso interior importante (recuerdo, proceso
mental) representado siempre, en el sueño, рог la men-
ción de una impresión reciente, pero indiferente (4). Vemos,
pues, que en el contenido manifiesto de todo sueño existe
siempre un elemento que repite 'una impresión del día inme-
diatamente anterior. Este factor destinado a ser representa-
do en el contenido manifiesto, puede pertenecer al acervoautores. Así, Delage (vág. 41) y Delboeuf: rapprochement forcé (pági-
na 256). H. Ellis, expone además algunos bellos ejemplos (página 55
y siguientes).(1) Sueños de la inyección de Irma y del amigo que es mi tío.
(2) Sueño del discurso necrológico del médico principiante.
(8) Sueño de la monografía botánica.
(4) De este género es la mayoría de los sueños de mis pacientes
durante el análisis.7204 ~~
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUEÑOS
de representaciones del verdadero estimulo del suefio—
como parte esencial o nimia del mismo—o proceder del
círculo de ideas de una impresión indiferente, enlazado con
el del estímulo onírico por relaciones más o menos nume-
rosas. La aparente multiplicidad de las condiciones depen-
de aquí, únicamente, de una alternativa, esto es, de
que haya tenido o no lugar un desplaza-
miento, alternativa que nos permite explicar los contras-
tes del fenómeno onírico con igual facilidad que a la teoría
médica el progresivo despertar de las células cerebrales.
Observamos, además, en el esquema antes consignado,
que el elemento psiquicamente importante, pero no re-
ciente (el proceso mental o el recuerdo) puede ser substituí-
do, en el sueño, por un elemento reciente, pero psíquica-
mente indiferente, siempre que en la sustitución se acaten
dos condiciones: 1.7 Que el contenido del sueño sea puesto
en relación con lo recientemente vivido por el sujeto; y
2.º Que el estímulo onírico sea siempre un proceso psiqui-
camente importante. En un sólo caso (a) quedan cumplidas
ambas condiciones por una misma impresión. Si reflexio-
namos, además, que aquellas impresiones indiferentes que
son utilizadas por la elaboración del sueño mientras con-
servan la propiedad de ser recientes, pierden esta aptitud
en cuanto envejecen un sólo día (o varios como máximo),
habremos de decidirnos a suponer que la actualidad de una
impresión, le da, de por sí, un determinado valor psíquico
para la formación de sueños, valor que equivale en cierto
modo al de los recuerdos o procesos mentales saturados
de afecto. Posteriores reflexiones de orden psicológico nos
permitirán adivinar en qué puede fundarse este valor de
las impresiones recientes para la formación de los
sueños (1).
Secundariamente, es atraída aquí nuestra atención sobre
el hecho de que durante la noche y sin que nuestra concien-(1) Cf. el capítulo VII de la presente obra (T. 11) en el que trata-
mos de la «transferencia».— 205 —
S.
BR), QU ERI. 254 TEM CAE NU ID
cia lo advierta, puedan tener efecto importantes transforma-
ciones de nuestro material de recuerdos y representaciones.
El consejo de «consultar con la almohada», esto es, de dejar
pasar una noche antes de tomar decisión ninguna impor-
tante, se halla plenamente justificado. Pero observamos que
con esfas consideraciones hemos pasado de la psicología
del sueño a la del estado de reposo, acto para el que aún han
de presentársenos numerosas ocasiones (1).Existe, sin embargo, una objeción que amenaza echar
por tierra estas últimas conclusiones. ¿Si las impresiones
indiferentes, sólo mientras son recientes poseen acceso al
contenido onírico, cómo hallamos también en éste, elemen-
tos de tempranas épocas de nuestra vida, que cuando fue-
ron recientes, carecieron, según la expresión de Struem-
pell, de todo valor psíquico, y debían por lo tanto, hallarse
olvidados hace ya mucho tiempo; elementos que no son ni
recientes ni psiquicamente importantes?Pero apoyändonos en los resultados obtenidos en psico-
(1) En un trabajo de O. Poetzl, lleno de interesantísimas sugestio-
nes, hallamos una importante contribuciôn al esclarecimiento de la
significaciôn de lo reciente para la formaciôn de los suefios. (Imågenes
oníricas experimentalmente provocadas y su relación con la visión indi-
recta. Zeitschrift fuer die ges. Neurologie und Psychiatrie XXXVII, 1917).
Poetzl hacía dibujar a varias personas lo que de una imagen, expuesta
un brevísimo espacio de tiempo, habían advertido, y al día siguiente,
interrogaba a dichas personas sobre los sueños que aquella noche
habían tenido y les hacía dibujar, de nuevo, algunos fragmentos de los
mismos. De este modo, pudo comprobarse que los detalles de la ima-
gen expuesta, inadverfidos por el sujeto del experimento, habían pro-
porcionado material para la elaboración [del sueño, mientras que los
conscientemente observados y fijados luego en el dibujo no emergían
en el conienido manifiesto. Se observó así mismo, que el material apro-
vechado por la elaboración onírica quedaba modificado por ella en su
acostumbrada forma «arbitraria»—o mejor dicho, independiente— y
del modo más favorable a las tendencias formadoras del sueño. Las
sugestiones de los "trabajos de Poeizl rebasan los límites de la obra
presente. Nos limitaremos, pues, a hacer resaltar lo mucho que esta
nueva forma de estudiar experimentalmente la interpretación de los sue-
ños, se aparta de la grosera técnica anterior, consistente en introducir,
en el contenido onírico, estímulos perturbadores del reposo.エ 806 =
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
análisis de individuos neuróticos, podemos salvar, por com-
pleto, esta objeciôn. La explicaciôn es que el desplazamiento
que sustituye el material psiquicamente importante por otro
indiferente (tanto en el sueño como en el pensamiento des-
pierto) ha tenido ya efecto, en estos casos, en dichas tem-
pranas épocas, habiendo quedado fijo desde entonces en la
memoria. Tales elementos, originalmente indiferentes, no lo
son ya desde que han adquirido, por desplazamiento, el
valor del material psiquicamente importante. Aquello que
en realidad ha permanecido indiferente no puede tampoco
ser reproducido en el suefio.De las consideraciones que preceden, deducird el lector
justificadamente, que no existe, a mi juicio, estimulo onirico
alguno indiferente y, por lo tanto, tampoco sueños inocen-
tes. Tal es, en efecto, mi opinión, rotunda y exclusiva, salvo
con respecto a los sueños de los niños y quizá a algunas
breves reacciones oníricas a sensaciones nocturnas. Fuera
de estos casos, todo lo que soñamos, o se demuestra psíqui-
camente importante de un modo manifiesto, o se halla de-
formado y sólo podemos juzgarlo después de realizar el
análisis, la cual nos revelará siempre su importancia. El
sueño no se ocupa nunca de cosas nimias, ni nosotros con-
sentimos que nuestro reposo quede alterado por algo que
no valga la pena (1). Los sueños aparentemente inocentes,
demuestran no serlo en cuanto nos preocupamos de inter-
pretarlos. Siendo ésta, nuevamente, una afirmación contra
la que habrán de elevarse innúmeras objeciones, someteré
aquí al análisis una serie de sueños «inocentes», aprove-
chando al mismo tiempo, la ocasión, para mostrar prácti-
camente la labor de la deformación onírica.I. Una señora joven, inteligente y distinguida, pero
muy reservada en su vida de relación y hasta un tanto(1) H. Ellis, el más amable crítico de la presente obra, escribe:
«Es este el punto a partir del cual no ha de sernos ya posible a muchos
seguir a Freud.» Pero Ellis no ha realizado ningún análisis onírico y
no quiere creer cuán injustificado es el juzgar los sueños por su con-
tenido manifiesto.007. ==
S.
DO DIO לש ESR FÖREN S ま ぢ op
«agua mansa», me refirió un día: «He soñado que llegaba
tarde a la plaza y no encontraba ya nada en la carnicería ni
en la verdulería.» Este sueño muestra desde luego un con-
tenido inocente, pero como el relato que de él me hace
la sujeto no me parece reflejarlo con exactitud, la ruego que
me lo exponga con más detalle. He aquí el nuevo relato:
«Va al mercado con su cocinera, la cual lleva la cesta. El
carnicero, al que piden algo, les contesta: «No queda ya»—
y quiere despacharles otra cosa diferente, observando:
«Esto también es bueno.» Ella rehusa la oferta y se diri-
ge al puesto de la verdulera, la cual quiere venderla una ex-
frafia verdura, atada formando manojo, y de color negro.
Ella dice entonces: «No he visto nunca cosa semejante. No
la compro.» La conexión de este sueño con la vida diurna es
facilisima de hallar. La sujeto había llegado tarde aquella
mañana al mercado y tuvo que volver a su casa sin haber
podido comprar nada. Para describir este suceso, podría-
mos usar la frase «la carnicería estaba ya cerrada». Pero
¡calle! ¿no es esta frase—o mejor dicho la contraria afirma-
fiva—una grosera locución con la que se alude a una deter-
minada negligencia en el vestido masculino? Por lo demás,
la sujeto no ha empleado esta frase en su relato, sino que,
por lo contrario, ha evitado quizá pronunciarla. Intentemos
interpretar los detalles del contenido manifiesto.Todo lo que en el sueño presenta un carácter oral,
siendo dicho u oído, y no solamente pensado—cosa que
casi siempre podemos diferenciar con toda seguridad—pro-
cede de aquello que en la vida despierta hemos oído o dicho,
aunque la elaboración onírica, considerándolo como mate-
ria prima, lo modifique a veces y lo desglose siempre de su
contexto, presentándolo aislado (1). Estos elementos orales
pueden ser tomados como punto de partida de la interpreta-(1) Sobre los elementos “orales en el sueño, véase el capítulo que
dedicamos a la elaboración onírica. La indicada procedencia de los
mismos no había sido reconocida hasta ahora sino por un sólo inves-
tigador, Delboeuf, que los compara (pág. 226) a los «clichés» o lugares
comunes.ー 205 一
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUEÑOS
ción. ¿De dónde proceden, pues, las palabras del carnicero?
Soy yo mismo quien las pronunció hace días, al explicar a
la sujeto «que en la memoria del adulto no queda ya
nada de los antiguos sucesos infantiles, pues han sido
sustituídos por «transferencias» y por sueños.» Soy yo, por
lo tanto, el carnicero, y lo que la paciente rechaza es la po-
sibilidad de tales transferencias, al presente, de ideas y sen-
timientos pretéritos. —¿De dónde proceden las palabras
que ella pronuncia en el sueño: «No he visto nun-
ca cosa semejante. No la compro»? Ana-
licemos, por separado, cada una de estas dos frases. «No
he visto nunca cosa semejante» es una ex-
clamación que la sujeto pronunció realmente el día del
sueño, riñendo a su cocinera: Pero en esta ocasión, había
añadido: «¡Hágame el favor de conducirse más correcta-
mente!» Se nos evidencia aquí un desplazamiento. De las
dos frases que dirigió a su cocinera, ha escogido, en su sue-
ño, la que carece de importancia, reprimiendo en cambio la
otra-«Hágame el favor de conducirse más
correctamente» —que es, precisamente, la que forma
sentido con el contenido onírico restante. Esta frase es la
que se dirigiría a alguien que se atreviese a hacer proposi-
ciones indecorosas y olvidase «cerrar la carnicería». La con-
cordancia de estas hipótesis con las alusiones que luego
hallamos en la escena con la verdulera, nos demuestra que
nos hallamos sobre la pista de la verdadera interpretación.
Una verdura («alargada»—añade luego la sujeto) que se
vende por manojos, pero que además es negra no puede
ser sino una fusión, efectuada por el sueño, de los espárra-
gos con los rábanos negros (Rhaphanusniger). La signi-
ficación onírica del «espárrago» es ya conocida por todos
aquellos que se han ocupado algo de estas materias. Pero
también la otra legumbre (schwarzer Rettich), parece aludir,
por la analogía de su mismo nombre con una locución de
sentido sexual (¡Schwarzer, rett'dich!), a aquel mismo tema
sexual que desde un principio adivinamos cuando incluímos,
en el relato de la paciente, la frase «la carnicería estaba= 209 — 14
S.
ppok.s.-PE»D
cerrada». No creo necesario revelar por completo el sentido
de este sueño; lo expuesto hasta aqui basta para demos-
trar que es harto significativo y nada inocente (1).
Il. Otro sueño inocente de la misma persona y que
constituye, en cierto sentido, la pareja del anterior: «Su ma-
‚ rido le pregunta: ¿No hay que mandar afinar el piano?—
Ella contesta: No vale la pena. De todos modos hay que
forrar los macillos». Nuevamente, una reproducción de un
suceso real del dia anterior. Su marido la hizo la pregunta
consignada y ella contestó en forma análoga a como en el
sueño lo hace. ¿Pero qué significa éste último? Hablando
del piano, dice que es una caja indecente y de m a -
los sonidos (mal tono), que su marido poseía ya
antes de casarse (2) eic., pero la clave de la solución nos la
da la frase: No vale la pena. Esta frase procede de
una visita que la paciente hizo el día del sueño a una ami-
ga suya. Invitada a quitarse la chaqueta, había rehusado,
diciendo: «No vale la pena. Me tengo que marchar
en seguida». Al oir relatar esta escena а la sujeto, recuerdo
que el día anterior, durante la sesión de análisis, se echó
mano al pecho, al notar que se le había desabrochado un
botón, como si quisiera decir: No mire usted, no vale
la pena. La caja queda así convertida en alusión a(1) Para aquellos a quienes no satisfaga lo consignado en el texto,
añadiré aquí, que detrás de este sueño se esconde una fantasía en la que
yo me conduzco incorrectamente con la sujeto y ella me rechaza. En
apoyo de esta interpretación, que algunos juzgarán inaceptable, recor-
daré la frecuencia con que los médicos son objeto de una tal acusación
por parte de pacientes histéricas en las que ha emergido idéntica fanta-
sia, pero no ya deformada y a título de sueño, sino francamente cons-
ciente y delirante. —El análisis expuesto inició el tratamiento psico-
analítico de la sujeto. En el curso del mismo, se demostró que con el
sueño analizado repetía la paciente el trauma inicial que constituyó el
punto de partida de su neurosis. Posteriormente, me ha sido dado
comprobar hechos idénticos en otros enfermos que en su infancia
habían sido objeto de atentados sexuales y realizaban, en sus sueños,
el deseo de su repetición.(2) Como luego veremos claramente, en el análisis, queda aquí
sustitufdo un elemento, por su contrario.= 210 —
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
la caja tordcica y la interpretaciôn del suefio nos
conduce directamente a la época del desarrollo fisico de la
paciente, cuando la misma comenz6 a sentirse descontenta
de la delgadez de sus formas corporales, Las expresiones
«indecente» y «mal tono» nos llevan también a
esta temprana época, en cuanto recordamos la frecuencia
con la que tanto en la alusién como en el suefio, suelen sus-
tituirse los pequefios hemisferios del cuerpo femenino, a
otros, mas amplios, perfenecientes también al mismo.III. Interrumpiré la serie de sueños de esta enferma para
intercalar en ella un breve suefio inocente de un joven. Sue-
fia que ha tenido que ponerse de nuevo el gabdn
de invierno, cosa terrible. El motivo de este
suefio parece ser, a primera vista, el frio que de repente
habia vuelto a hacer. Pero un examen mds detenido, nos
muestra que los dos breves fragmentos de que se compone
no concuerdan entre si, pues el tenerse que poner un gabån
de invierno, porque hace frío, no es nada terrible. Por
desgracia para la inocencia de este sueño, la primera ocu-
rrencia que surge en el análisis es la de que una señora había
dicho en confianza a nuestro sujeto, el día anterior, que su
último hijo debía su existencia a la rotura de un preservativo.
El sujeto reconstruye ahora los pensamientos que le sugirió
esta confidencia: Los preservativos finos presentan el peli-
gro de romperse y los gruesos son muy molestos. Un pre-
servativo es como un vestido o gabán. Si a él, soltero, le
ocurriese algo como lo que [la señora le ha relatado, sería
«terrible.»— Volvamos ahora a nuestra paciente.1V. «Mete una vela en el candelero. Pero la vela está
rota y no se tiene derecha. Las müchachas del colegio di-
cen que es muy desmañada, pero la maestra la defiende di-
ciendo que no es culpa suya.»También aquí hallamos un suceso real como motivo del
sueño. El día anterior puso una vela en un candelero, pero
no estaba rota. La vela es un objeto que excita los genitales
femeninos. Rota, y no pudiéndose mantener derecha, signifi-
ca la impotencia del hombre (no es culpa suya). ¿Peroー ③① ~~
S.
PR QUEE v ÖL Vie FRE ID
cômo es posible que la paciente, cuidadosamente educada,
pueda conocer un tal empleo de la vela? Casualmente puede
indicar el origen de este conocimiento. En una excursión en
barca, por el Rhin, pasó junto a ellos un bote lleno de estu-
diantes, que con toda tranquilidad, iban cantando, a voz en
grito, una canción obscena: «Cuando la reina de S., cierra
las ventanas y con una «vela de Apolo» (Apollokerze...»La sujeto no oyó bien o no comprendió esta última pala-
bra y su marido tuvo que explicarle lo que significaba. El tex-
to de la canción queda luego sustituído en el contenido oní-
rico por el inocente recuerdo de una comisión de que la en-
cargaron en el colegio y que llevó a cabo muy desmaña-
d a m e n te. Esta sustitución queda realizada por medio de
un elemento común: las ventanas cerradas. La co-
nexión del tema del onanismo con el de la impotencia es sufi-
cientemente clara. El elemento «Apolo», del contenido laten-
fe, une este sueño con otro anterior, en el que se trataba de
la virginal Palas, Todo ello, como vemos, nada inocente.V. Para que no se crea demasiado fácil el deducir de
los sueños, conclusiones sobre las verdaderas circunstan-
cias personales del sujeto, expondré un nuevo sueño de
esta enferma, inocente también en apariencia. «He soñado
algo—me relata—que había hecho realmente durante el día,
esto es, que metía tantos libros en un pequeño baúl, que
luego me costaba trabajo cerrarlo, y lo he soñado tal y
como había sucedido». En este caso, hace resaltar espe-
cialmente la sujeto la coincidencia entre el sueño y la reali-
dad. Todos estos juicios y observaciones sobre el sueño,
pertenecen, aunque se hayan creado un lugar en el pensa-
miento despierto, al contenido latente, circunstancia que ya
demostraremos con otros ejemplos. La paciente nos dice,
en este caso, que lo que el sueño la ha presentado, había
sucedido realmente el día anterior. Nos ocuparía demasia-
do lugar exponer por qué camino llegamos a la ocurrencia
de recurrir al idioma inglés como medio auxiliar de la inter-
pretación. Baste con decir que se trata nuevamente de una
pequeña «box» (cf. el ejemplo de la niña en su caja, capítu-ー 212 一
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUEÑOS
lo IV) que ha sido llena hasta el punto de que nada mds ca-
bia en ella.En todos estos suefios «inocentes» predomina singular-
mente el factor sexual como motivo de la censura. Pero es
este un tema de esencial importancia que debemos dejar a
un lado por el momento.b) Lo infantil como fuente onfrica.
Como tercera de las peculiaridades del contenido onfrico,
hemos sefialado, de acuerdo con todos los autores (incluso
Robert), la de que en el suefio pueden emerger impresiones
de tempranas épocas de nuestra vida, de las cuales no dis-
pone nuestra memoria en la vigilia. Fácilmente se compren-
derá que no es nada sencillo determinar la frecuencia con
que esto sucede, pues al despertar no sabemos reconocer
el origen de tales elementos de nuestros sueños. La demos-
tración de que se trata de impresiones de la infancia tiene,
por lo tanto, que realizarse de un modo objetivo, cosa tam-
bién difícil, dado que sólo en muy raros casos disponemos de
los datos necesarios. A. Maury, refiere, como especialmente
demostrativa, la historia de un individuo que se disponía a
hacer un viaje para visitar su ciudad natal, de la que faltaba
hacía veinte años, y la noche anterior a la partida, soñó que
se hallaba en un lugar desconocido y encontraba en la calle
a un señor, también desconocido, con el que entablaba con-
versación. Llegado luego al fin de su viaje, comprobó que el
lugar de su sueño existía realmente en las cercanías de su
ciudad natal y que el incógnito individuo era un anciano ami-
go de su difunto padre. Esta circunstancia prueba que en su
niñez había visto tanto el lugar como al individuo de su sue-
ño, el cual debe interpretarse, además, como un sueño de im-
paciencia, análogo al de aquella paciente mía que pensaba
ver al hombre a quien amaba en un concierto para el que ya
tenía tomados los billetes y al del niño al que su padre había
prometido llevar de excursión a un lugar determinado. No
habiendo sometido este sueño al análisis, no nos es posible,
naturalmente, indicar los motivos por los que reprodujo,
precisamente, tales impresiones de la infancia del sujeto.= פוה ー
S.
Dou KO le ය් PRASE su un
Uno de mis discipulos, que se vanagloriaba de que sólo
raras veces sufrían sus sueños los efecios de la deformación
onirica, me comunicó uno en el que había visto a su a n -
tiguo preceptor acostado con una criada
que había servido en su casa hasta que él tuvo once años.
Así mismo le parecía reconocer la habitación en que dicha
escena se desarrollaba. Su hermano, al que relató este
sueño, le confirmó, con grandes risas, su completa realidad.
Recordaba muy bien—pues en la época a que el sueño se
refería tenía ya seis años—que la amorosa pareja le embo-
rrachaba con cerveza cuando hallaba ocasión favorable a su
nocturno comercio. Nuestro sujeto, que por entonces sólo
tenía tres años, no era considerado como obstáculo, aunque
dormía en la misma alcoba.Existe aún otro caso en el que sin necesidad de inter-
pretación, puede afirmarse que el sueño contiene elementos
de la infancia. Sucede esto, cuando se trata de sueños
de los denominados perennes, osea de aquellos que
habiendo sido soñados por vez primera en la infancia, re-
tornan después, periódicamente en la edad adulta. Aunque
no he tenido nunca tales sueños perennes, puedo citar algu-
nos ejemplos de este género, que me ha sido dado observar.
Ln médico, cercano ya a los treinta años, me refirió que en
su vida onírica solía aparecérsele, desde su más temprana in-
fancia hasta el presente, un león amarillo cuya figura podía
describir con todo detalle. Un día, descubrió que tal imagen
onírica correspondía a un león de porcelana, perdido o roto
hace muchos años, que había habido en su casa y consti-
fuyó, según le dijo su madre, el juguete predilecto de su más
temprana niñez, cosa que él no recordaba en absoluto.Si desde el contenido manifiesto, volvemos la vista a
las ideas latentes que el análisis nos revela, comprobare-
mos, con asombro, que también en aquellos sueños en que
nunca se nos hubiera ocurrido sospecharlo, colaboran tales
sucesos infantiles. Al mismo médico del «león amarillo»
debo un ejemplo singularmente interesante e instructivo de
un fal sueño. Después de leer la descripción que Nansen es-ga
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
cribió de su expedición polar, soñó que enmedio del desier-
to de hielo prestaba sus servicios profesionales al valeroso
explorador, aplicándole corrientes eléciricas para curarle
unos dolores de vientre que le aquejaban. En el análisis de
este sueño, recordó una anécdota de su niñez sin la cual no
sería posible explicarlo. Teniendo tres o cuatro años, oyó
una conversación sobre los viajes de explora-
ción (Entdeckungsreisen) y preguntó a su pa-
dre si aquello era una enfermedad muy grave, confundien-
do los viajes (Reisen) con los retortijones
(Reissen). Las burlas de sus hermanos grabaron para
siempre en su memoria el recuerdo de este suceso.En mi sueño de la monografía botánica se da un caso
idéntico al que precede. Al analizarlo, tropiezo, en efecto,
con el recuerdo infantil, conservado, de que teniendo yo cin-
co años, me dió mi padre un libro con láminas en colores,
para que lo destruyera.a mi antojo. Se me objetará quizás,
que es dudoso que este recuerdo participase realmente en
la conformación del sueño, siendo más probable que la rela-
ción con él quedase posteriormente establecida en la labor
analítica, pero la riqueza y el enlace de las asociaciones
testimonian en contrario: Ciclamen—flor preferida— plato
preferido—alcachofas— arrancar, como a una alcachofa,
hoja por hoja (expresión muy usada en aquel tiempo con
referencia al proyectado reparto del Imperio chino)—herba-
rio — «gusano de los libros» (cuyo plato preferido son los
libros). Además, puedo asegurar que el ültimo sentido de
este suefio, que no hemos expuesto, se halla en íntima rela-
ción con el contenido de la escena infantil.En otra serie de suefios, nos enseña el análisis, que el
mismo deseo que ha provocado el suefio que lo realiza, pro-
cede de la vida infantil, haciéndonos ver, con asombro, que
en el sueño, continúa viviendo el niño
con sus impulsos infantiles.Proseguiré aquí el análisis de un suefio al que ya debe-
mos interesantes esclarecimientos: el de que mi amigo R. es
mi tío. Hemos llevado la interpretación hasta descubrir,— 215 —
S.
Pu vp O E SES s FREUD
como motivo, el deseo de ser nombrado Profesor, y nos
explicamos el carifio del suefio por mi amigo R. como una
oposiciôn contra el rebajamiento de mis otros dos colegas
contenido en las ideas latentes. Tratåndose de un suefio
propio, puedo continuar su anålisis declaråndome insatisfe-
cho con la solución alcanzada. Sé perfectamente que en la
vida despierta hubiera sido muy distinta mi opinión sobre
mis dos colegas, tan maltratados en las ideas latentes. El
poder del deseo de no compartir su suerte, en lo que a la
promoción a Profesor se refiere, me pareció insuficiente
para esclarecer por completo la antinomia que se patentiza
entre mis juicios en la vida despierta y los del sueño. Si mi
ansia de poseer el citado título fuera realmente tan grande,
sería prueba de una ambición morbosa que no creo poseer.
No sé cómo opinarían sobre este punto aquellos que creen
conocerme bien. Quizá sea realmente ambicioso; pero aun-
que así fuera, hace ya mucho tiempo que mi ambición tien-
de hacia cosas muy distintas del título de Profesor.¿De dónde procede entonces la ambición que el sueño
me atribuye? Se me ocurre ahora, que una anciana campe-
sina profetizó a mi madre que yo sería un grande hombre.
Tales profecías deben de ser harto frecuentes, pues nunca
faltan madres a quienes halagar ni ancianas —campesinas 0
no— que viendo pasado su reino en el mundo, vuelven los
ojos al porvenir. Supongo que la buena profecía valdría
algo a la vieja sibila. ¿Podrá acaso ser esto lo que me ha
inspirado ansia de grandezas? Pero, en este momento, re-
cuerdo otra impresión de posteriores años infantiles, más
apropiada para iluminarnos sobre este punto concreto. Un
día que nos hallábamos en una cervecería del Prater, a la
que solían llevarme mis padres cuando ya tenía yo once o
doce años, nos llamó la atención un individuo que iba de
mesa en mesa, y por una pequeña retribución improvisaba
versos sobre el tema que se le indicara. Mis padres me en-
viaron a llamarle, y el poeta, agradecido al mensajero, im-
provisó, antes de que se le señalara tema alguno, unos ver-
sos en los que indicó la posibilidad de que yo llegara a serEBI
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
ministro. No recuerdo bien la impresiôn que me causé esta
segunda profecía. Sucedió esto en la época del «ministerio
burgués», y mi padre había traído hacía pocos días a casa
los retratos de los ministros, doctores Herbst, Giskra, Un-
ger, Berger, etc. Varios de estos ministros eran judíos, de
manera que todo buen muchacho de esta confesión podía ya
decirse que llevaba la cartera de ministro en su portalibros.
Con las impresiones de aquella época, debe de hallarse tam-
bién relacionado el que yo decidiese primero estudiar Dere-
cho, no cambiando de idea sino poco antes de comenzar el
plazo de inscripción en la Universidad. La carrera de Medi-
cina es incompatible con la polífica y, por lo tanto, con la
aspiración de llegar a ministro. Observo ahora, volviendo
a mi sueño, que el mismo me traslada, desde el insatisfacto-
rio presente, a los tiempos, preñados de esperanzas, del mi-
nisterio burgués, y realiza, en lo que le es posible, mi de-
seode entonces. Maltratando a mis dos colegas, dig-
nos de la mayor estimación, por el hecho de ser judíos, pero
bajo el pretexto de que el uno es imbécil y el otro delin-
cuente, me conduzco como si fuera el propio ministro, esto
es, me pongo en el lugar que el mismo ocupa. ¡Magnífica
venganza! El ministro me niega el nombramiento de Pro-
fesor y yo le despojo de su puesto en mi sueño.En otro caso, me fué dado observar, que aunque el deseo:
provocador del sueño sea contemporaneo, queda robuste-
cido por lejanos recuerdos infantiles. Trátase aguí de una
serie de sueños cuya base común es el vivo deseo de hacer
un viaje a Roma. Por la época en que tuve estos sueños,
pensaba que dicho deseo habría de quedar incumplido aún
mucho tiempo, pues los días de que yo podía disponer para
un viaje pertenecían a la estación en la que precisamente no
debe permanecer en Roma ningún hombre cuidadoso de su
salud (1). En estas circunstancias, soñé, una noche, que(1) Posteriormente, me he convencido, hace ya largos años, de
que para la realización de tales deseos, que durante mucho tiempo
hemos creído inasequibles, no es preciso sino un poco de decisión,ー 917 ー
S.
Bose GE Zieh: SO PR SODOM , 24
veía, a través de la ventanilla del tren, el Tiber y el puente
. de Sant'Angelo; luego echaba a andar el tren, en direc-
ción contraria y pensaba yo que tampoco aquella vez se
lograba mi deseo de visitar la Ciudad Eterna. El paisaje de
mi sueño correspondía a un dibujo que el día anterior había
visto fugitivamente en casa de un enfermo. En otro sueño,
me conduce alguien a lo alto de una colina y me muestra
Roma envuelta en niebla y tan lejana aún que me asombro
de verla con tanta precisión. El contenido de este sueño re-
basa el espacio que aquí desearíamos concederle. En él
puede reconocerse fácilmente, a título de motivo, el deseo
de «ver desde lejos la tierra de promisión>. Luebeck es la
primera ciudad que he visto envuelta en niebla, y la colina
de mi sueño tiene, como antecedente, el Gleichenberg. En un
tercer sueño, me encuentro ya en Roma, según me dice el
mismo. Mas, para desencanto mío, veo ante mi un paisaje
que no tiene nada de ciudadano: un pequeño río de
oscurasaguas, connegrasrocasaunlado,
y al otro extensas praderas matizadas de
grandes flores blancas. Veo a un cierto
señor Zucker (azúcar), al que conozco
superficialmente, y decido preguntarle
por el camino que lleva a la ciudad, Des-
componiendo el paisaje del sueño en sus elementos, las flo-
res blancas me recuerdan a Ravenna, ciudad que co-
nozco y que sustituyó por algún tiempo a Roma como ca-
pital de Italia. En los pantanos de Ravenna, vimos
“ bellísimos nenúfares enmedio del agua negra. El sueño hace
crecer estas flores en las praderas, como nuestros narcisos
en Aussee, para evitarnos las molestias que en nuestra es-
tancia en Ravenna teníamos que afrontar para cogerlas en-
medio del pantano. Las negras rocas, tan próximas al río,
recuerdan vivamente el valle del Tepl, junto a Karlsbad.
Este último nombre me da la explicación del singular frag-
mento de mi sueño en el que pregunto al Sr. Zucker el ca-
mino. Descubrimos aquí, en el material con el que el sueño
se halla tejido, dos de aquellas divertidas anécdotas judíasー AG 一
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
que suelen entrafiar una profunda sabiduria, amarga a veces,
y que con tanta frecuencia citamos en nuestras carías y con-
versaciones. En una de ellas se nos cuenta de un judío que
se introdujo sin billete en el rápido de Karlsbad. Descubierto
y expulsado, volvió a subir y volvió a ser descubierto, pero
continuó, tenazmente, su manejo, siendo objeto, a cada nue-
va revisión, de peores tratos. Un conocido que le vió en una
de estas ocasiones, le preguntó adonde iba y obtuvo la con-
testación siguiente: «Si mi constitución (física) lo
resiste... hasta Karlsbad.» Próxima a ésta, reposa en
mi memoria otra historieta de un judío desconocedor del
francés al que le indujeron a preguntar en París por el cami-
no de la Rue Richelieu. También París ha sido durante mu-
cho tiempo objeto de mis deseos, y la felicidad que me inva-
dió al pisar por vez primera su suelo, la interpreté como
garantía de que también se me lograrían otros deseos. El
preguntar el camino es una alusión directaa Roma, pues
conocido es que «todos los caminos llevan a Roma». El
nombre Zucker (azúcar) alude nuevamente a Karlsbad,
balneario al que mandamos los médicos a nuestros enfer-
mos de diabetis, que es una enfermedad constitucio-
nal. La ocasión de este sueño fué la proposición, que mi
amigo de Berlín me había dirigido, de reunirnos en Praga,
aprovechando las fiestas de Semana Santa. De los temas
que con él pensaba tratar, surgen nuevas relaciones con el
azúcar y la diabetis.Un cuarto sueño, muy próximo al que antecede, me tras-
lada de nuevo a Roma. Estoy ante una esquina y me ad-
mira el gran número de anuncios y carteles alemanes en ella
fijados. El día antes había escrito—con profética visión—a
mi amigo, que Praga no debía ser una residencia muy agra-
dable para dos viajeros alemanes. Así, pues, mi sueño ex-
presaba, al mismo tiempo, el deseo de reunirme con mi
amigo en Roma y no en una ciudad bohemia, y el de
que en Praga se observase una mayor tolerancia ;con res-
pecto al uso del alemán, deseo éste último que procedía sin
duda de mis tiempos de estudiante. Por otro lado, recuerdoSg
S.
PROF. 2 TA MENE SD
que en los fres primeros años de mi vida, debí de compren-
der el checo, pues he nacido en un pueblo de Moravia,
cuya población era eslava en su mayoría. Unos versos in-
fantiles checos que oí teniendo diez y siete años, se graba-
ron tan fácilmente en mi memoria, que todavía puedo repe-
tirlos de corrido a pesar de no tener la menor idea de su
significación. Vemos, pues, que tampoco estos sueños ca-
recen de múltiples relaciones con impresiones de mis pri-
meros años infantiles.Durante mi último viaje por ltalia, en el que visité, entre
otros lugares, el lago Trasimeno, se me reveló, después de
haber llegado hasta el Tiber y haber tenido que emprender,
contra mi deseo, el regreso, hallándome a ochenta kilóme-
tros de Roma, el refuerzo que a mi anielo de la Ciudad
Eterna proporcionaban determinadas impresiones de mi in-
fancia. Maduraba por aquellos días el plan de ira N 8 p o -
les al siguiente año, sin detenerme en Roma, cuando
recordé una frase que debía de haber leído en alguno de
nuestros clásicos: «No puede decidirse quién hubo de pa-
sear más febrilmente arriba y abajo por su charto, después
de haber hecho el plan de marchar hacia Roma, si Ani-
bal oelrector Winckelmann.» En mi viaje, había
yo seguido las huellas de Anibal; como a él, me había
sido imposible llegar a Roma y había tenido que retro-
ceder hasta Campania. Anibal, con quien me ha-
llaba ahora estas analogías, fué mi héroe favorito durante
mis años de instituto, y al estudiar las guerras púnicas, fo-
das mis simpatías fueron para los cartagineses y no para
los romanos. Más adelante, cuando en las clases superio-
res fuí comprendiendo las consecuencias de pertenecer a
una raza extraña al país en que se ha nacido y me ví en la
necesidad de adoptar una actitud ante las tendencias antise-
mitas de mis compañeros, se hizo aún más grande ante
mis ojos la figura del guerrero semita. Anibal y Roma
simbolizaban para mí, respectivamente, la tenacidad del pue-
blo judío y la organización de la Iglesia católica. La impor-
tancia que el movimiento antisemita ha adquirido desde en-— 220 —
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
tonces para nuesira vida espiritual, contribuy6 a la fijacićn
de los pensamientos y sentimientos de aquella época. El
deseo de ir a Roma llegó de este modo a convertirse, con
respecto a mi vida onirica, en encubridor y simbolo de otros
varios, para cuya realizaciôn debfa laborar con toda la te-
nacidad y resistencia del gran Anibal y cuyo cumpli-
miento parece a veces tan poco favorecido por el destino
como el deseo de entrar en Roma, que llenó toda la vida de
aquel héroe.Se me revela ahora el suceso de juventud que manifiesta
aún su poder en todos estos sentimientos y sueños. Tendría
yo diez o doce años cuando mi padre comenzó a llevarme
consigo en sus paseos y a comunicarme, en la conversa-
ción, sus opiniones sobre las cosas de este mundo. Una de
estas veces, y para demostrarme que yo había venido al
mundo en mucha mejor época que él, me relató lo siguiente:
— Cuando yo era joven, sali a pasear un domingo por las
calles del Jugar en que tú naciste, bien vestido y con una
gorra nueva en la cabeza. Un cristiano con el que me crucé,
me tiró de un golpe la gorra al arroyo, exclamando: «¡Bá-
jate de la acera, judío!>—¿Y tú, qué hiciste? —pregunté en-
tonces a mi padre. —Dejar la acera y recoger la gorra—me
respondió tranquilamente. —No pareciéndome muy heróica
esta conducta de aquel hombre alto y robusto que me lleva-
ba de la mano, situé, frente a la escena relatada, otra que res-
pondía mejor a mis sentimientos: aquella en la que Amilcar
Barca (1), padre de Aníbal, hace jurar a su hijo que tomará
venganza de los romanos. Desde entonces tuvo Anibal un
puesto en mis fantasías.Todavía creo poder perseguir mi predilección por el
general cartaginés hasta un período más temprano de mi
infancia, resultando así que no se trataría nuevamente, en
este caso, sino de la transferencia, a un nuevo objeto, de(1) En la primera edición de esta obra aparecía el nombre de As-
drubal en lugar del de Amilcar, extraño error cuya explicación he dadoen mi «Psicopatología de la vida cotidiana». (Véase el tomo I de estas
«Obras completas»).BM —
S.
pop D IA So s 2 > D
una relaciôn afectiva ya constituida. Uno de los primeros
libros que cuando aprendi a leer, cayeron en mis manos, fué
la obra de Thiers, titulada «El consulado y el imperio»
y recuerdo que pegué en la espalda de mis soldados de ma-
dera, cartulinas con los nombres de los mariscales, siendo
ya entonces Masséna (Manasés) mi preferido.
(Esta predilecciôn puede explicarse también por la circuns-
tancia de coincidir, con cien afios de diferencia, la fecha de
nuestro nacimiento). El paso de los Alpes hace también
coincidir a N a p ole ⑥ n con Anibal. El desarrollo de
este ideal guerrero podría quizá perseguirse, a través de
años aún más tempranos de mi infancia, hasta los deseos
que mis relaciones—tan pronto amistosas como hostiles—
con-un niño un año mayor que yo, habían de despertar en
el más débil de los dos.Cuanto más ahondamos en el análisis de los sueños,
más frecuentemente descubrimos las huellas de sucesos in-
fantiles que desempeñan, en el contenido latente, el papel de
fuentes oníricas.Vimos ya, que sólo muy raras veces, llegan a constituir
los recuerdos, reproducidos sin modificación ni corte algu-
no, todo el contenido manifiesto de un sueño. Sin embar-
go, existen varios ejemplos, comprobados, de este género
de sueños, a los que añadiré aquí algunos más, relaciona-
dos nuevamente con escenas infantiles. Uno de mis pacien-
tes tuvo un sueño que constituía la completa reproducción,
apenas deformada, de un incidente de carácter sexual,
reproducción que fué reconocida en el acto como un fidelí-
simo recuerdo. La huella mnémica de dicho incidente no
había desaparecido por completo de la memoria despierta
del sujeto, pero sí se mostraba ya un tanto borrosa y oscu-
ra, y su vivificación constituyó un resultado de la labor
analítica anterior. Cuando tenía doce años, había ido el
sujeto a visitar a un compañero suyo que se hallaba en
cama y que al hacer un movimiento, seguramente casual,
mostró sus desnudeces. Poseído por una especie de obse-
sión a la vista de los genitales de su amigo, descubrióー 999 一
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
el visitante los suyos y echó mano al miembro del otro;
pero al ver que éste le miraba con disgusto y asombro, se
turbó extraordinariamente y retiró su mano. Veintitrés años
más tarde repitió un sueño esta escena con todos sus deta-
lles y hasta con los matices de los sentimientos que en ella
surgieron, aunque modificándola en el sentido de adjudicar
al sujeto el papel pasivo en lugar del activo y sustituir
la persona del compañero de colegio por otra perteneciente
al presente.Regularmente, sin embargo, no es representada la esce-
na infantil, en el sueño, sino por una alusión y tiene que ser
desarrollada y completada por medio del análisis. La comu-
nicación de ejemplos de este género no puede poseer gram
fuerza demostrativa, pues carecemos de toda garantía sobre
la exactitud de los sucesos infantiles correspondientes, los
cuales no son reconocidos por la memoria cuando pertene-
cen a épocas muy tempranas. El derecho a deducir de sue-
ños estos sucesos infantiles, surge, durante la labor psico-
analítica, de toda una serie de factores, cuyo testimonio
conjunto parece merecedor de crédito. Separadas de su
contexto para los fines de la interpretación onírica, no harán
quizá estas referencias de sueños a sucesos infantiles sino
muy escasa impresión, sobre todo teniendo en cuenta que
ni siquiera puedo comunicar todo el material sobre el que la
interpretación se apoya. Sin embargo, no creo que estos
motivos sean suficientes para prescindir de su exposición.I. Todos los sueños de una de mis pacientes presentan,
como carácter común, el «atosigamiento». Se ato-
siga (sie hetgtsich) para llegar a tiempo a alguna parte,
no perder un tren, etc. En uno de estos sueños, se dispone
a visitar a una amiga suya. Su madre la aconseja que tome
un coche, pero ella echa a correr y cae al
suelo una y otra vez.—El análisis nos muestra, en
estos sueños, reminiscencias de juegos infantiles de di-
cho carácter (Kin де гће tz er ei e n sabido es también
que los vieneses llaman < Het z » ala confusión o el tu-
multo provocados intencionadamente para la consecuciénー ②②⑧ 一
S.
Dou O vx Gi KO M GU D
de determinados fines), y con respecto, especialmente, al
suefio antes detallado, el recuerdo del conocido trabalen-
guas infantil consistente en pronunciar con la mayor rapi-
dez posible (atosigadamente), como si de una sola
palabra se tratara, la frase: «La vaca corrié hasta
que cayó» (Die Kuh rannte bis sie fiel). Todos estos
inocentes juegos, entre infantiles amiguitas, son recordados
por constituir la sustituciôn de ofros, menos inocentes.II. Otro sueño de una paciente distinta. «Está en una
amplia habitación, llena de diversos aparatos, que le parece
corresponder а la idea que ella se forma de un estableci-
miento ortopédico, Oye decir que yo no tengo tiempo y que
en la sesión de tratamiento participarán hoy otras cinco. No
queriendo aceptar esta comunidad, se niega a echarse en la
cama—o lo que sea—para ella destinada y permanece de
pie, en un rincón, esperando que yo diga que no es verdad.
Las otras, se burlan de ella mientras tanto. Son tonterías
suyas. Al mismo fiempo, le parece como si estuviese ha-
ciendo pegueños 'cuadrados.»La primera parte de este sueño constituye un enlace del
mismo con el tratamiento psicoanalítico y la transferencia
sobre mí, siendo su segunda parte la que contiene la alusión
auna escena infantil. Ambos fragmentos quedan soldados
entre sí por la mención de la cama. El «establecimiento
ortopédico» se refiere a palabras mías en las que comparé
el tratamiento, por su duración y naturaleza, con un trata-
miento ortopédico. Así mismo, le había dicho yo, al
principio de la cura, que por el momento no podía de-
dicarle mucho tiempo, pero que más adelante le
dedicaría una hora diaria. Esta circunstancia, despertó en la
paciente su antigua susceptibilidad, carácter principalísimo
de los nifios predestinados a la histeria, los cuales no se
consideran nunca satisfechos por mucho que sea el carifío
que se les demuestre. Mi paciente era la menor de seis her-
manas (de aquí: con otras cinco) y como tal, la
preferida del padre, mas sin embargo, le parecía que el mis-
mo no le dedicaba atin tiempo y atención suficiente.—El— 224 —
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
esperar que yo diga que no es verdad, se
deriva de los hechos siguientes: Su sastre le habia enviado
un vestido y ella habfa entregado su importe al pequeño
aprendiz que fué a llevárselo, preguntando después a su
marido si tendría que pagar nuevamente en el caso de que
aquel chiquillo perdiese el dinero. El marido, para e m-
bromarla, contestó afirmativamente (las burlas del
sueño) y ella repitió una y otra vez su pregunta, espe-
rando que acabase por decirla que noera
verdad. A esto corresponde, en el contenido latente, la
idea de si me tendrá que pagar el doble cuando la dedi-
que doble tiempo, idea de carácter «roñoso» o «sucio»
(schmutzig). (La falta de limpieza de la época infantil
es sustitufda con gran frecuencia, en los suefios, por la ava-
ricia, siendo el adjetivo «schmutzig» con su doble significa-
ción de «rofíoso» y «sucio», lo que constituye el puente en-
fre ambas representaciones). Si el fragmento onírico de «es-
perar que yo diga que no es verdad, etc.», constituye una
representación indirecta de la palabra «schmutzig», concor-
darán con ello el permanecer de pie еп un rin-
con y el n o querer echarse e n la c a m a а
titulo de elementos de una escena infantil en que la paciente
fué castigadaa permanecer de pié en un rin-
c ⑥ n , por haber ensuciado la cama, amenazåndosela ade-
más, con que papá no la querría ya y sus hermanas se bur-
larían de ella, etc. Los pequeños cuadrados aluden a una
sobrinita suya que le ha enseñado la habilidad matemática
de inscribir cifras, creo que en nueve cuadrados, de manera
que sumadas en cualquier dirección den 15.III. Un sueño masculino. «Ve a dos muchachos peleån-
dose. Por los utensilios que en derredor de ellos advierte,
deduce que son dos aprendices de tonelero. Uno de ellos
tiene derribado al otro. El caído lleva pendientes con pie-
dras azules. Con el bastón en alto, se dirige hacia el vence-
dor para castigarle. Pero el muchacho se refugia al lado
de una mujer que hay junto a una valla, como si de su ma-
dre se tratase. Es una mujer de aspecto humilde y está deー 225 一 så
#
C
sie
S.
PRAVO Pu N SZEM ÉRT peni rm p
espaldas al durmiente. Luego se vuelve y le dirige una mira-
da tan torva y feroz, que echa a correr, asustado. Antes
advierte que los pärpados inferiores de la mujer, laxos y
caidos, dejan asomar la carne roja.Este suefio ha aprovechado, con gran amplitud, trivia-
les sucesos del dia anterior. En él vi6, efectivamente, dos
muchachos que refifan en la calle, teniendo uno de ellos
derribado al ofro, y cuando se dirigi6 a ellos para separar-
los, emprendieron ambos la fuga. —El elemento «aprendices
de tonelero» queda aclarado a posteriori por ofro suefio en
cuyo andlisis emple6 el sujeto la locucién «desfondar el
tonel».— Sobre los «pendientes con piedras azules» obser-
va que son un adorno muy llevado por las prostitu-
tas. Con esta asociación concuerda la reminiscencia de
una conocida canción en la que se trata de dos mucha-
chos: «El otro muchacho se llamaba Maria» (esto es, era
una muchacha).—La mujer, de pie junto a la valla: Después
de la escena de la riña estuvo paseando por la orilla del
Danubio y aprovechó lo solitario de ‘aquellos lugares para
orinar contra una valla. Continuando su paseo,
encontró a una mujer ya entrada en años y decentemente
vestida, que le sonrió, amable, y quiso hacerle aceptar su
tarjeta.La muier de su sueño aparece junto a la valla en actitud
idéntica a la suya cuando se puso a orinar; corresponde, -
pues, a la representación de una mujer orinando, y con esta
representación concuerda perfectamente la repugnante vi-
sión de la carne roja asomando por el borde de los párpa-
dos inferiores, visión que no puede referirse sino a la de
los genitales femeninos, abiertos cuando la mujer se pone
en cuclillas para orinar. El sujeto debió de presenciar algu-
na vez, en su infancia, este espectáculo, y el mismo resurge
ahora, en su recuerdo, bajo la forma de «herida» o «car-
ne viva». Su sueño reune las dos ocasiones en que siendo
niño, le fué dado contemplar los genitales de sus infantiles.
compañeras: al derribarlas jugando y al orinar.
En el análisis surge también el recuerdo de los castigos ode — 226 —
4
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
amenazas de que su padre le hizo wie al descubrir su
temprana curiosidad sexual.IV. Detrás del siguiente sueño de una señora joven, se
esconde toda una serie de recuerdos infantiles reunidos en
una fantasía.«Sale apresuradamente a hacer varias comisiones. Al
llegar al «Graben» se desploma en el suelo, de rodillas,
como «reventada». En derredor suyo se arremolina un gru-
po de gente, en el que predominan los cocheros de punto,
pero nadie la auxilia. Varias veces intenta, en vano, incor-
porarse. Por fin, debe de haberlo conseguido, pues la me-
ten en un coche que va a llevarla a su casa. A través de la
ventanilla la arrojan una pesada cesta muy voluminosa (pa-
recida a una cesta de la compra).La sujeto de este sueño es aquella paciente que en su
vida onírica es siempre «atosigada», como de niña «atosi-
gaba» ella a las demás. La primera escena de su sueño
procede sin duda alguna del recuerdo de haber visto caer
a un caballo en la calle o en las carreras, accidente al que
alude también la expresión «como reventada». En años an-
teriores había sido la sujeto una gran amazona, yes de
suponer que en sus años infantiles sirviera también, alguna
vez, de caballo, a sus compañeras de juego. A este
tema de la «caída» pertenece su primer recuerdo infan-
til, referente al hijo de su portero, muchacho de 17 años,
que habiendo sufrido en la calle un ataque epiléptico, fué
traído a su casa en un coche. Ella no presenció esta escena
sino que solamente la oyó relatar, pero la representación
del ataque epiléptico y del «caído» adquirió un gran
poder sobre su fantasía e influyó después en la forma de
sus ataques históricos. —Cuando una mujer sueña que «cae»
suele esto tener, casi siempre, un sentido sexual. Con ello,
se convierte en una «mujer caída». En nuestro sueño resulta
esta interpretación más indudable por el lugar en que la
paciente cae—el «Graben», plaza de Viena, conocida
como mercado de la prostitielon La «cesta de la
compra» es susceptible de varias interpretaciones. En— 997 — 4
S.
BR ONE NERE B
primer lugar, recuerda las muchas «cestas» que la
sujeto ha dado a sus pretendientes (expresión alemana equi-
valente a la española «dar calabazas») y que luego, en una
ocasión cree haber recibido a su. vez. Con este tema se
halla también relacionado el que nadie la quiera
ayudar a levantarse, circunstancia que interpreta
como un signo de desprecio. La cesta de la compra recuer-
da, además, determinadas fantasías, descubiertas en el aná-
lisis, en las que se imagina casada con persona de condi-
ción muy inferior à la suya y tiene que ir personalmente a
la compra. Por último, también puede interpretarse la ces-
ta como alusión a una sirviente. A esta represen-
tación se añaden recuerdos infantiles referentes a una co -
cinera que, al ser despedida por ladrona, cayó de
rodillas suplicante. En la época de este suceso tenía
la sujeto doce años. Recuerda también a una doncella que
fué despedida por mantener relaciones sexuales con el co-
chero delacasa, el cual la tomó después en matrimo-
nio, rehabilitándola. Este recuerdo nos da la fuente de los
cocheros del sueño (en el que se niegan, al contrario
de como sucedió en la historia real recordada, a «le-
vantar a la mujer caída»). Queda aún por
explicar el detalle de arrojar la cesta dentro del coche y
precisamente a través de la ventanilla.
Este hecho le recuerda la facturación delos cquipa-
jes en las estaciones, el «pelar la pava» por la ventana
en su residencia campestre y triviales impresiones de su
estancia en dicha residencia, tales como la de haber visto
a un caballero que desde el jardín iba arrojando ciruelas al
interior de la casa, haciéndolas penetrar por una ventaria a
la que se hallaba asomada una señora, y la del miedo de
su hermanita al ver asomarse a la ventana de su cuarto a
un chusco transeunte. Por último, emerge detrás de estos
recuerdos la oscura reminiscencia de una doncella que fe-
nían en la finca y que solía «perderse» por el campo con un
criado. La sujeto tenía por entonces diez años, y es muy
E que advirtiese alguna vez los manejos de aquellos* i — 228 —
S.
TH >
LA INTERPRETACIÓN DE LOS SUEÑOS
ェ
enamorados, los cuales fueron despedidos («facturados»,
«echados fuera», circunstancia que el suefio representa anti-
némicamente por la cesta «echada dentro del coche»). A
esta historia nos aproximan asimismo, en el análisis, otros
caminos. Para designar el equipaje de un criado se usa en
Viena la expresión despectiva «las siete ciruelas»
(«sieben Zwetschken»). «¡Coja usted sus siete ciruelas y
mårchesel»En mi colección de sueños existe un gran número de
éstos cuyo anålisis nos conduce a impresiones infantiles
oscuramente recordadas u olvidadas por completo, pertene-
cientes, con gran frecuencia, a los fres primeros afios de la
vida del sujeto. Sin embargo, seria aventurado deducir de
ellos conclusiones sobre la vida onirica en general, pues se
trata de sueños de sujetos neuróticos—histéricos especial-
mente— y el papel que en ellos desempeñan las escenas
infantiles pudiera muy bien depender de la naturaleza de la
neurosis y no de la esencia del fenómeno onirico. De todos:
modos, resulta que también en el análisis de mis propios
sueños, independiente de todo motivo terapéutico, tropiezo
con igual frecuencia, en el contenido latente, con una escena
de mi nifiez o descubro que toda una serie de suefios des-
emboca en los caminos que parten de un suceso infantil. Ya
he detallado varios ejemplos de este género y aún habrán de
presentárseme diversas ocasiones de comunicar algunos
más. Por lo pronto, creo que la mejor manera de terminar
el examen de la cuestión que venimos estudiando, Será expo-
ner algunos suefios propios en los que aparecen conjunta-
mente, como fuentes oníricas, motivos recientes y sucesos
infantiles olvidados hace ya mucho tiempo. En una ocasión
en que al regresar de un viaje, hube de acostarme, fatigado
y hambriento, actuaron durante mi reposo las grandes nece-
sidades de la vida y tuve el siguiente suefio: «Entro en una
cocina en demanda de un plato de «Mehlspeise», plato hecho
con harina, leche y huevos; literalmente «manjar de hari-
na») En la cocina encuentro tres mujeres. LIna de ellas—
que es la duefia de la casa— da vueltas a algo entre sus— 229 — En
ez
ණ්
4
S.
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n 9 "3 WE >
pup Eg, SL BACA A
manos, como si estuviese haciendo albóndigas, y me res-
ponde que tengo que esperar hasta que acabe. Me impacien-
to y me marcho, ofendido. Me pongo un gabán, pero el pri-
mero que cojo me está demasiado largo. Al quitármelo, ob-
servo, con sorpresa, que está forrado de piel. Otro que cojo
después, tiene un largo bordado de dibujo turco. En esto,
viene un desconocido, de alargado rostro y perilla corta y
me impide ponerme el gabán, alegando que es el suyo. Le
muestro, entonces, que está todo bordado a la turca. Pero
él me pregunta: &«Qué le importan a usted los (bordados,
dibujos) turcos...?» No obstante, permanecemos juntos en
buena armonía».En el análisis de este sueño, recuerdo inesperadamente,
la primera novela que leí —tendría yo unos trece años—,
empezándola por el final del primer tomo. Nunca he sabido
cómo se titulaba ni quién era su autor, pero en cambio con-
servo un vivo recuerdo de su desenlace. El protagonista
pierde la razón y repite incansablemente los nombres de las
tres mujeres que hån significado la mayor felicidad y la más
amarga desgracia de su vida. Pelagia, es uno de es-
tos nombres. No sé aún para qué podrá serme útil en el
análisis este recuerdo. A las tres mujeres de mi sueño se
asocian ahora las tres parcas que tejen los destinos de los
hombres, y sé que una de las tres mujeres —en el sueño,
la dueña de la casa-— es la madre, que da la vida al hom-
bre, y con ella, como a mí en este ejemplo, el primer ali-
mento. En el seno femenino coinciden el hambre y el amor.
Una anécdota cuenta que un joven, gran admirador de la
belleza femenina, exclamó al oir ponderar la arrogancia de
la nodriza que la había amamantado: «¡Lástima no haber
podido aprovechar mejor la ocasión!» De esta anécdota me
suelo servir para explicar el factor: «posterioridad», en el
mecanismo de las neurosis.—Una de las parcas mueve las
manos una contra otra como si estuviese haciendo albóndi-
gas, ocupación singular para una parca, y que precisa de ur-
gente esclarecimiento. Afortunadamente nos lo proporciona,
en seguida, otro recuerdo infantil aún más temprano. Te-— 950 — |
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
niendo yo seis afios, mi madre, que procuraba ir dändome
las primeras lecciones de cosas, me dijo que estäbamos
hechos de tierra, y que por ello a la tierra habiamos de vol-
ver, cosa que me resisti a aceptar, manifestando mi incre-
dulidad. Entonces, para convencerme, frot⑥ mi madre las
palmas de sus manos, una contra ofra —con movimiento
idéntico al de quien hace albôndigas— y me mostré las
negras escamas que de este modo quedan arrancadas de la
epidermis, como prueba de la tierra de que;estábamos he-
chos. Asombrado ante esta demostración ad oculos, me
rendi a la ensefianza contenida en las palabras de mi ma-
dre, ensefianza que después habia de hallar expresada en
la frase de que «todos somos deudores de una muerte a la
Naturaleza» (1). Asi, pues, son verdaderamente las parcas
aquellas mujeres que encuentro al penefrar en la cocina en
busca de alimento, como acostumbraba a hacerlo de nifio,
cuando sentía apetito, y me aconsejaba mi madre que espe-rase hasta que acabara ella de preparar la-comida.—A1-
bôndigas: Por lo menos uno de los profesores, a cuya
clase asisti en la Universidad, precisamente aquel al que
debo mis conocimientos histolôgicos (epider-
mis ), tenfa que recordar, ante la palabra «albéndi-
gas» (Knoedel), auna persona poco grata para él,
como autora de un plagio de sus obras. Cometer un
plagio, apropiarnos algo que hallamos a nuestro alcance,
aunque no nos pertenezca, son femas que conducen a la se-
gunda parte del sueño, en la que se me toma por el la-
drón de gabanes que durante una temporada reali-
26 numerosisimos hurtos de este género en los sitios de
reunión pública. En el curso del análisis, se me ha venido a
la pluma, espontáneamente, la palabra plagio, y ob-
servo ahora que debe de pertenecer también al contenido
latente, pues puede servir de puente (Bruecke) en-
tre los diversos fragmentos del contenido manifiesto. La(1) Los dos afectos concomitantes a estas escenas infantiles —el
asombro y la aceptación de lo inevitable— emergieron en un sueño
algo anterior, que me trajo ya el recuerdo de este suceso de mi niñez.sa x
S.
=
pi pi В S FORE Ju D
4
cadena de asociaciones:— Pelagia—plagio— ュ ー Bla
giostomas (tiburones) (1) — vejiga de pesca-
d o 一 enlaza la vieja novela con el asunto Knoedl y con los
gabanes, que aluden, indudablemente, a un determinado
utensilio de la técnica sexual. (Cf. el sueño de Maury «kilo-
lotería», cap. I). Ciertamente, es este enlace harto forzado e
insensato, pero no me hubiese sido posible establecerlo aho-
ra, en la vigilia, si la elaboración onírica no lo hubiese esta-
blecido ya con anterioridad. Y aun más; la palabra <Bruec-
ke» (puente), surgida antes en el análisis, y correspon-
diente, además, a un apellido que evoca en mí cariñosos
sentimientos, sirve, como si para la tendencia a constituir
relaciones ño hubiese nada sagrado, para recordarme el
instituto del mismo nombre, en el que pasé horas felicísi-
mas, consagrado al estudio y libre de todo otro deseo.
(«Cada día hallaréis un mayor placer en los pechos de laSabiduría»), al paso que ahora, mientras sueño, me hallo
atormentado por las más urgentes necesidades. Por último,
emerge el recuerdo de otro querido profesor, cuyo nombre
(Fleischl), evoca, de nuevo, algo comestible (Fleisch-
carne), como antes Knoedl (Knoedel-albón-
digas) y además, el de una triste escena en la que des-
empeñan un papel las escamas epidérmicas (la
madre—dueña de la casa), la demencia (la novela) y un pro-
ducto que quita el apetito, la cocaína.De este modo, podría proseguir por las laberínticas rutas
mentales y esclarecer el fragmento de mi sueño al que aún
no hemos llegado en el análisis, pero los sacrificios perso-
nales que ello exigiría son tan grandes que me veo obliga-
do a silenciar el resto de mi labor de interpretación. Reco-
geré, pues, tan sólo uno de los hilos susceptibles de condu-
cirnos directamente a una de las ideas latentes sobre las
que reposa toda la embrollada madeja de este sueño. El
desconocido que me impide ponerme el gabán, muestra ras-(1) Tampoco este elemento, añadido ahora, resulta ser arbitrario,
pues me recuerda una ocasión en la que el mismo profesor incurrió en
un risible error.— 929 —
S.
go! mio muy semejantes a los de un comerciante u
Spalato, en cuya tienda compró mi mujer gran cantidad de
telas turcas. Este comerciante se llamaba Popovic,
nombre sospechoso (< Popo-trasero) que ya inspiré
al humorista Stettenheim una divertida observación. («Des-
pués de decirme su nombre, me estrechó la mano, rubori-
zándose»). Este aprovechamiento de un nombre propio para
un chiste, es idéntico a los que mi suefio se permite con los
de Pelagia, Knoedl, Bruecke y Fleischl.
À este è uso vicioso de los nombres.propios son muy aficio-
nados los nifios y constituye una falta de educación, pero
si yo incurro en ella, en mi suefío, es a modo de venganza,
pues mi propio nombre ha sido utilizado muchas veces para
tales fines. La general susceptibilidad ante estos juegos con
nuestro nombre, al que nos sentimos fan unidos como a
nuestra piel, fué ya observada por Goethe, euando Her-
der hizo sobre el suyo los versos:«Tu que desciendes de los dioses (Goetter), de los
godos (Goten) o del fango (Kot),—
«Tambiénsois polvo, imágenes de los dioses.»Advierto ahora que la digresión sobre el uso vicioso de
los nombres propios no ha sido sino una preparación de
esta queja. Pero dejemos ya esto.—Las compras efectuadas_ en Spalato me recuerdan otras realizadas en Cattaro, en
las que me mostré demasiado económico y perdi la
ocasión de adquirir algunos bellos obietos. (Véase la
anécdota del ama). Una de las ideas latentes que el hambre
inspira al suefio, es lasiguiente: No debemos dejar
escapar nada, sino tomar aquello que a
nuestro alcance hallemos, aunque al obrar
asf cometamos una pequefia falta. No de-
bemos desperdiciar ocasión alguna, pues
la vida es corta y la muerte inevitable.
Mas por entrafiar un sentido sexual y no querer detenerse
ante las barreras éticas, tropieza este «carpe diem» con la
censura y tiene que ocultarse detrás de un suefio. A esteー 235 —
be
S.
p»o-.s.kk,z-ss.»«s»»
resultado, coadyuvan fodas las ideas a él contrarias, &
recuerdo de la época en que el alimento espiritual
me era suficiente, y por último, todas las conveniencias
opuestas y hasta la amenaza de los más repugnantes casti-
gos sexuales.II. La comunicación de otro sueño precisa de una am-
plia información preliminar. El día inmediatamente anterior
fuí en coche a la estación del Oeste, con objeto de tomar el
tren que había de conducirme a Aussee, donde pensaba pa-
sar las vacaciones, y penetré en el andén con los viajeros
del tren de Ischl, que salía antes que el mío. Momentos des-
pués, llegó el conde de Thun, que iba a reunirse en Ischl
con el Emperador. A pesar de la lluvia, venía en coche
abierto, El portero del andén no le reconoció y quiso dete-
nerle, para pedirle el billete, pero el conde le rechazó con un
ademán y pasó sin darle explicación alguna. Después de la
partida del tren de Ischl hubiera yo debido retornar a la sala
de espera, pues no está permitida la permanencia en los an-
denes entre tren y tren, pero queriendo evitarme el calor que
en dicha sala reinaba, decidí infringir tal disposición y con-
seguí, no sin algún trabajo, que me dejaran donde estaba.
Como pasatiempo, me dediqué a espiar si llegaba alguien
hasta el tren para hacerse reservar un sitio, proponiéndome,
si así sucedía, exigir que se me concediese igual derecho.
Mientras tanto, estuve tarareando una musiquilla que reco-
nocf (a otro le hubiese quizá sido imposible) como el aria
de «Las bodas de Fígaro»:«Si el señor conde quiere bailar... quiere bailar, —digne-
se indicármelo y yo tocaré.»Durante toda la tarde me había sentido de excelente hu-
mor, emprendedor y provocativo, y había hecho blanco de
mis bromas al camarero y al cochero, supongo que sin Пе-
gar a ofenderles. En armonía con las palabras de Fígaro y
con mi recuerdo de la comedia de Beaumarchais, que había
visto representar en la Comedie frangaise, barajaba los más
atrevidos y revolucionarios pensamientos: la frase sobre los
grandes señores que no se han tomado sino el trabajo de na-Sese
S.
4
+
を さ ve
kO yWF. s
LAN. INTERPRETACIÓN DE LOS SUEÑOScer,el derecho feudal que Almaviva quiere ejercitar sobre Su-
sana y los chistes que nuestros malignos periodistas de opo-
sición se permiten hacer con el nombre del conde de Thun
(Thun-hacer), llamándole el conde de Nichts-
thun (de «no hacer nada»). Verdaderamente, no envidio
ahora a este político. Junto al Emperador, le esperan ar-
duos trabajos y preocupaciones, mientras que a mí podría
dárseme con toda razón el nombre de conde «de no hacer
nada», pues voy a gozar de mis vacaciones y saboreo por
anticipado todos los placeres que han de proporcionarme.
En estos pensamientos, me sorprendió la llegada de un indi-
viduo al que conozco como representante del Gobierno en
los exámenes de Medicina y que por la cómoda manera que
tiene de desempeñar este cargo— durmiéndose en su sillón
del tribunal examinador—ha merecido el halagiieño sobre-
nombre de «Regierungsbeischlaefer» (Regie-
rungsvertreter —representante del Gobierno; Beischlaefer—
el que duerme con alguien, el amante; Regierung (Gobierno)
es, en alemán, femenino; el sobrenombre «Regierungsbeis-
chlaefer» alude, pues, a la especial actividad desplegada por
el citado funcionario en el ejercicio de su cargo, y al mismo
tiempo, significa, literalmente, «el que duerme con el Go-
bierno»). Por su carácter oficial no paga este individuo sino
medio billete, y oí que un empleado decía a otro: «¿Dónde
colocamos a este señor que tiene un medio billete de prime-
ra?» Yo no gozo de tal prerrogativa y tengo que pagar billete
entero. Al señalarme luego mi sitio en el tren, lo hicieron en
un vagón que no siendo corrido, carecía de retrete. Todas
mis protestas fueron vanas y hube de consolarme propo-
niendo al empleado, que por lo menos, hiciera un agujero
en el suelo del coche para prevenir posibles necesidades de
los viajeros. A las dos y cuarto de la mañana desperté, en
efecto, sintiendo necesidad de orinar y habiendo tenido el si-
guiente sueño:«Una multitud —reunión de estudiantes—. Un conde (el
de Thun o el de Taaffe) pronuncia un discurso. Invitado a
decir algo sobre los alemanes, declara, con gesto de burla,ー ②⑤⑤ 一
S.
POR. DORA SE ג =... T D
> Hon か
que la flor preferida de los mismos es el diente de lcd (Hut:
latlich) y se pone luego en el ojal algo como una hoja toda
arrugada, o mds bien como los nervios de a hoja, enro-
llados unos con otros. Me levanto indignado, asi, pues, me
levanto indignado (1), pero, al mismo tiempo, me asombra
sentir tal indignación».—Juego, más vagamente, continúa
el sueño: «Como si fuera un aula cuyas entradas estuviesen
tomadas y hubiese que huir, Atravieso una serie de habita-
ciones. muy bien alhajadas —seguramente habitaciones
del Gobierno— con muebles de color castaño y violeta, y
llego por fin a un pasillo en el que veo sentada a una mujer
ya entrada en años y muy gruesa, un ama de llaves. Intento
pasar sin hablarla, pero ella debe de reconocer que tengo
derecho a salir por allí, pues me pregunta si quiero que me
acompañe con una luz. Le indico o le digo que permanezca
en la escalera y me felicito de la habilidad con que he logra-
do escapar a toda vigilancia. Una vez abajo, encuentro ante
mí un angosto 00009 en empinada cuesta, por el que echo
a andar.»De nuevo iy >... Como si ahora se tratase de
escapar de la ciudad, de igual manera que antes de la casa.
Tomo un coche de un caballo y digo al cochero que me
Jleve a una estación. Luego, contestando а по sé qué obje-
ciön que el cochero me opone, como si hubiese ya retenido
sus servicios mucho tiempo y se hallase fatigado, afiado:
«Por la via no puedo ir con usted.» Al decir esto me parece
como si hubiera recorrido ya con el coche una distancia que
se acostumbra a recorrer en ferrocarril. Las estaciones es-
tán tomadas. Reflexiono si debo dirigirme a Krems o а
Znaim, pero pienso que estará alli la corte y me decido por
Graz u otra ciudad de nombre semejante. Luego, estoy ya
en el wagón, muy parecido a un tranvía, y llevo en el ojal
una cosa larga, singularmente tejida, con violetas de un
color entre violeta y castaño, hechas de una materia rígida.(1) Dejo sin corregir esta repetición, en la que distrafdamente en
apariencia, incurro al redactar el sueño, porque el análisis nos mos-
trará que posee un sentido. |— 2 —
S.
LA INTE RPRETACION DE LOS SUENOS
א task: + +El singular adorno llama la atenciôn de la gente.» Aqui se
inferrumpe esta escena.
«De nuevo en la estacién, pero acompafiado esta vez
por un individuo de avanzada edad. Discurro un plan para
no ser reconocido, y lo veo, en el acto, realizado. Pensa-
miento y acción son aquí simultáneos. Mi acompañante fin-
ge que no ve, por lo menos, de un ojo, y yo mantengo ante
él un orinal de cristal (que hemos comprado o tenemos que
comprar en la ciudad). Este orinal es de forma análoga a la
de aquellos que se usan en los hospitales, para los enfer-
mos masculinos. Soy, pues, el enfermero de mi acompa-
ñante y tengo que darle el orinal porque está ciego. Si el
revisor nos ve así, habrá de dejarnos escapar sin la menor
sospecha. Veo plásticamente la actitud de mi acompañante
y su miembro orinando.»—En este momento, despierto con
ganas de orinar.Todo este sueño da, en conjunto, la impresión de una
fantasía, que traslada al durmiente al año revolucionario
de 1848, evocado en mi pensamiento por la reciente cele-
bración de su cincuentenario (1898) y por una excursión a
Valaquia, durante la cual estuveen Emmersdorf,
localidad que creí erróneamente había constituído el retiro
de Fischhof, el «leader» de los estudiantes, al que aluden
algunos detalles del contenido manifiesto, La asociación de
pensamientos me conduce luego a Inglaterra, a casa de
mi hermano, el cual solía embromar a su mujer, llamán-
dola «Fifty years ago», fítulo de una poesía de
Lord Tennyson, acostumbrando sus hijos a rectificarle,
diciendo: «Fifteen years ago». Pero esta fanta-
sía, enlazada a los pensamientos que mi encuentro con el
conde de Thun me había sugerido, es como una de aque-
llas fachadas de ciertas iglesias italianas, que carecen de
toda conexión orgánica con el edificio al que han sido ante-
puestas. En cambio, se diferencia de estas fachadas en que
presenta diversas lagunas, es confusa y deja pasar, a su
través, varios elementos del interior. La primera situación
de mi sueño se halla formada por la acumulación de variasFO
S.
ma Si ION MB os
escenas, en las gue podemos descomponerla. La provoca-
tiva actitud del conde, estā tomada de un suceso real del
que fui testigo en el colegio, cuando tenía quince años.
Disgustados de la ignorancia y antipatía de uno de nues-
tros profesores, tramamos contra él una conspiración a la
cabeza de la cual se colocó uno de mis condiscipulos, que
por cierto, parece haber tomado desde entonces, como mo-
delo, la figura de Enrique VIII de Inglaterra.
Por mi parte, fuí encargado de iniciar las hostilidades, y
una discusión sobre la importancia del Danubio para Aus-
та (¡Valaquia!) nos proporcionó ocasión de decla-
rarnos en franca rebeldía. Entre los conjurados se hallaba
el único de mis condiscípulos que pertenecía a una familia
aristocrática, muchacho al que por su desmesurada estatu-
ra denominábamos, la «girafa», y su actitud al ser in-
vitado a dar explicaciones por el profesor de lenguaalemana, nuestro firano, fué muy semejante a la del
conde en mi sueño. La declaración de la flor preferida y el
ponerse en el ojal algo que tiene también que ser una flor
(cosa que evoca en mí el recuerdo de unas orquídeas que el
día del sueño llevé a una señora amiga mía, y además, el
de una rosa de Jericó) alude claramente а la escena en
que Shakespeare nos muestra el punto de partida de la
guerra civil de la rosa roja y la rosa blanca. La men-
ción de Enrique VIII, en el análisis, inicia el camino que
conduce a esta reminiscencia. De ella no hay mucha distan-
cia a la de los claveles blancos y los rojos. (Entremedias
se intercaláron, en el desarrollo analítico, dos versos, uno
alemán yotro español: Rosas, tulipanes y clave-
les, todas las flores se marchitan.—lsabelita, no llores, que
se marchitan las flores. Este último procede también de Fí-
garo.) Los claveles blancos, son en Viena, el distintivo de
los antisemitas, y los rojos, el de los social-de-
mócratas. Detrás de esto, surge el recuerdo de una
provocación antisemita durante un viaje en ferrocarril por
el bello país de Sajonia (anglosajones). La tercera
escena que ha proporcionado elementos para la formaciónー 988 一
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
de la situación inicial de mi sueño, pertenece a mis prime-
ros años de estudiante. En luna sociedad estudiantil ale -
mana se mantenía un debate sobre la relación de la filo-
sofía con las ciencias naturales. Muy joven aún y lleno de
entusiasmo por las doctrinas materialistas, tercié en la dis-
cusión, defendiendo calurosamente un punto de vista en ex-
ceso unilateral. Un colega, más reflexivo y maduro, cuyo
apellido pertenece al reino zoológico y que ha revelado más
tarde una gran capacidad para organizar y dirigir multitu-
des, pidió entonces la palabra y rebatió con gran energía
mis argumentos. También él—dijo—había guardado los
cerdos en su juventud, pero después había retornado, lleno
de remordimientos, al hogar paterno. Al acabar su discur-
so, me levanté indignado (como en mi sueño),
y en forma grosera («saugrob»—«grosera como
una cerda») le respondí, que sabiendo que había
guardado cerdos, no me asombraba yael tono
de sus discursos. (En el sueño me asombro del entu-
siasmo con que tomo la defensa de los nacionalistas alema-
nes.) Mis palabras provocaron gran escándalo y se me exi-
gió repetidamente que las retirase, pero yo me mantuve
firme. El ofendido fué lo bastante sensato para rechazar la
inspiración de provocarme en duelo y las cosas no
pasaron de aquí.Los restantes elementos de la escena onírica proceden
de estratos más profundos. ¿Qué puede significar la elec-
ción del «diente de león» por el conde, como. flor preferida
de los alemanes? Veamos mis asociaciones: Diente de
león (Huflattich)—lattice (1)—ensalada—
perro de la ensalada («Salathund>—expresićn de
sentido equivalente a la castellana «perro del hortelano»,
esto es, el que ni come ni deja comer). Se entrevé aquí una
serie de palabras insultantes: girafa (por la división de
la palabra alemana Giraffe en Gir-affe, siendo Affe-mono,
un insulto corriente), cochino, cerda, perro. El(1) Inglés: lechuga.
ー 9359 一4
3S.
By m ook PE. ölü Fi BERE yili wo
análisis me lleva también, a través de un nombre,ja la pala”
bra «burro» y con ella a una burla sobre סיווס profesor
académico. Ademås traduzco, no se si acertadamente,
«Huflattich>» (diente de león) por el término francés
«pisse-en-lit». El conocimiento de esta palabra me ha sido
proporcionado por la lectura de una obra de Zola—Germi-
nal—en la que son enviados unos niños a recoger esta
planta, para hacer una ensalada. El perro 一 c hi e n 一 con-
tiene en su nombre una alusión por similicadencia a una de
las funciones excrementicias («chier», como «pissenlit» a la
otra: «pisser»). No tardamos en reunir lo indecoroso en to-
dos sus tres estados, pues en el mismo «Germinal»—obra
también revolucionaria—se describe una singularísima com-
petencia entre dos individuos, en la producción de excrecio-
nes gaseosas—flato (1). Tengo ahora que observar, que
el camino que a este flato o viento había de conducirme se
hallaba trazado hace ya mucho tiempo y va desde las flo-
res, através del verso español de Isabelita, a Isa-
bel yFernando, y de aquí, pasando por Enrique VIII
y la historia de Inglaterra, al episodio de la Armada Inven-
cible, cuya destrucción por los vientos tempestuosos fué
conmemorada en Inglaterra con la acuñación de una meda-
lla en la que se leía: Afflavit et dissipati sunt. Ahora
bien; estas palabras son las que yo pensaba emplear como
lema semi-humorístico del capítulo «Terapia» si alguna vez
llegaba el caso de exponer me mi concepción
y tratamiento de la histeria.De la segunda escena de mi sueño no puedo dar aquí,
por consideraciones relativas a la censura, una tan detalla-
da solución. En ella, ocupo el lugar de una elevada perso-
nalidad de aquella época revolucionaria, que según se dice,
padecía de incontinentia alvi, tuvo también una
aventura conun «Aguila» (Adler- apellido), etcéte-
ra, pero no me creo con derecho a infringir(1) No еп «Germinal» sino еп «La Terre», error que advierto des-
pués del análisis.— Llamaré también la atención del lector sobre las
letras iguales existentes en Huflatich y Flatus.— 240 —
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
(a pasar, en el suefio) la censura, en lo que a estas his-
torias se refiere, aunque haya sido un consejero áuli-
co (aula) quien me las ha referido. La serie de habita-
ciones que en mi sueño atravieso, debe su estímulo al coche-
salón de S. E. el conde de Thun, visto desde el andén, pero
significa, como muy frecuentemente en la vida onírica,
mujeres (habitaciones del Gobierno—mujeres sosteni-
das a costa del erario) (1). La figura del ama de llaves de
mi sueño constituye una muestra de ingratitud hacia una
anciana señora amiga mía, persona de vivo ingenio, que
me dispensa siempre una grata acogida en su casa y suele
referirme interesantes anécdotas de tiempos pasados.—El
ofrecimiento que me hace de acompañarme con una luz es
una reminiscencia de una encantadora aventura de Grillpar-
zer, que este antor utilizó luego en su «Hero y Leandro»
(las olas del таг y del amor 一 la Armada In-
vencible yla tempestad) (2).No siéndome tampoco posible exponer en detalle el aná-
lisis de los dos fragmentos oníricos restantes, me limitaré a
consignar dos escenas infantiles a las que el mismo nos
conduce y son, realmente, lo que me ha movido a la comu-
nicación de este sueño. Ya sospechará el lector, que lo que
me obliga a silenciar los resultados de la labor analí-
fica es el carácter sexual del material mediante ella des-
cubierto. Pero no he de exigirle que se dé por satisfe-
cho con esta sóla explicación, pues aunque no cabe dis-
cutir la necesidad de hacer ante los demás un secreto de
cosas que para nosotros mismos no lo son, también es cier-(1) (N. per T.)—En alemán se designa [también a la mujer (Frau)
con el nombre de «Frauenzimmer» (habitación de la mujer).(2) Utilizando este fragmento de mi sueño, ha intentado demostrar
H. Silberer, en un interesante trabajo (Phantasie und Mythus, 1910)
que la elaboración onírica reproduce, a más de las ideas latentes, los
procesos psíquicos de la formación de los sueños. («El fenómeno fun-
cional»). Pero, a mi juicio, no advierte que «los procesos psíquicos de
la formacion del sueño» son, para mi, un material ideológico
idéntico al restante. En este jactancioso sueño se ve claramente que
me siento orgulloso de haber descubierto dichos procesos.ー 241 一 ⑯
S.
PROF. s. FPEUD
to que en el caso presente no se frata de las razones que me
obligan a ocultar la solucién, sino de los motivos de la cen-
sura interior que me oculta a mi mismo el contenido del sue-
fio. Asi, pues, afiadiré que el andlisis revela los tres frag-
mentos de mi suefio como impertinentes jactancias, deriva-
ciôn o desahogo de una mania de grandezas ha largo tiempo
reprimida en mi vida despierta, pero que se atreve a llegar
con algunas ramificaciones hasta el contenido manifiesto de
mi suefio (me felicito de mi habilidad) y ex-
plica perfectamente mi estado de änimo, emprendedor y pro-
vocativo, de la tarde anterior al mismo, Mi jactancia se ex-
tiende a todos los terrenos. Así, la mención de la ciudad de
Graz serefiere а la locución: «¿Cuánto cuesta
Graz? », que suele usarse cuando se tiene el bolsillo bien
repleto. Aquellos de mis lectores que conozcan la insupera-
ble descripción que hace Rabelais de la vida y los hechos
de Gargantúa y de su hijo Pantagruel, descubrirán sin tra-
bajo alguno la jactancia contenida en el primer fragmento
de mi sueño. A las dos escenas infantiles que antes prometí
exponer, se refiere el material siguiente: Para mi viaje había
comprado un baul nuevo de un color castaño ti-
rando a violeta, color que aparece varias veces en
mi sueño (las violetas, de un color entrevioleta y cas-
taño y hechas de una materia rigida—los muebles de las
habitaciones oficiales). Los niños creen que cuando se po-
nen algo nuevo, ⑪a m a n la ate n ci⑥ n d e lagen-
te . Mis familiares me relataron una vez la siguiente escena
de mi infancia, cuyo recuerdo ha quedado sustituído por el
de su relato. Teniendo ya dos años me oriné una vez en la
cama y al oirme reprochar mi falta, traté de conso-
lar a mi padre prometiendo comprarle en N. (la ciudad
más próxima) una bonita cama nueva, de color rojo.
(De aquí, enel sueño, la interpolación de que hemos
comprado o tenemos que comprar el ori-
nalenlaciudad; hay que cumplir lo que se ha pro-
metido.) (Obsérvese además lajyuxtaposición del orinal para
hombres—masculino—con el baul, box, —femenino.) En— 949 —
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
esta promesa se halla contenida toda la infantil mania de
grandezas. La importancia que para el suefio poseen las
cuestiones de orden urinario del nifio nos es ya conocida
por ofra de las interpretaciones oniricas realizadas. (Suefio
de la pelea de los muchachos.) Las psicoanálisis de sujetos
neuröticos nos han mostrado la intima relacién de la incon-
tinencia nocturna con la ambiciôn como rasgo de cardcter.De otro suceso infantil—perteneciente ya a mis seis o siete
afios—conservo un claro recuerdo. Una noche, antes de acos-
tarme, infringf el precepto educativo de no realizar necesidad
alguna en la alcoba de mis padres y en su presencia, y en la
reprimenda que mi padre me dirigió con este motivo, afirmó
que nunca llegaría yo a ser nada. Estas palabras debieron
herir vivamente mi amor propio, pues en mis sueños apare-
cen, de continuo, alusiones a la escena correspondiente, en-
lazadas, casi siempre, con una enumeración de mis éxitos y
merecimientos, como si quisiera decir: «¡Lo ves como he lle-
gado a ser algo!» Este suceso infantil proporciona materia-
les para el último cuadro de mi sueño en el que como ven-
ganza, quedan invertidos los papeles. Mi anciano acompa-
ñante no es otro que mi padre. La falta de visión en un ojo
alude al glaucoma de que padeció (1). En mi sueño orina él
ante mí como yo ante él en mi niñez. Con la alusión al glau-
coma le recuerdo la cocaína, en cuya aplicación, como anes-
tésico-—que tanto facilitó la operación a que hubo de someter-
Se—, tuve yo alguna parte. De este modo, es como si yo hu-
biera cumplido mi promesa. Además me burlo de él: como
está ciego tengo que alcanzarle los lentes (juego de palabras
entre Glas, cristal, lente, y Uringlas, orinal). Por úl-
timo aparcen numerosas alusiones a mis conocimientos so-
bre la teoría de la histeria, de los cuales me enorgullezco (2).(1) Otra interpretación: El individuo de mi sueño es tuerto como
Odin, el padre de los dioses.— El consuelo de Odin.—La
promesa de comprarle una cama nueva, que en la indicada escena in-
fantil hice a mi padrepara consolarle.(2) Afiadiré aquí parte del material de interpretación: El detalle de
mantener el orinal (o el cristal, lente) ante mi acompafiante me recuer-— 243 —
S.
PR: ØS OU Dg = TN
Las dos escenas infantiles expuestas, se hallan, aparte
de esto, enlazadas al tema del ansia de grandezas, pero
ademas, contribuy6 a evocarlas el hecho de verme obligadoda la anécdota del campesino que ensaya varios lentes en el Öptico,
pero no logra leer con ninguno... porque no sabe.—La forma en que
la familia de labradores, descrita por Zola en «La Terre», trata al
padre, achacoso e imbécil. - El triste desquite de que mi padre, en sus
últimos dias, ensuciase la cama, como un niño; por ello soy yo, en mi
sueño, su enfermero. —«Pensamiento y acción son aquí simultáneos»,
es un recuerdo de un drama intensamente revolucionario, de Oscar Pa-
nizza, en el que se presenta, harto irrespetuosamente, a Dios Padre,
anciano y paralítico, asistido por un arcángel —una especie de Gani-
medes— que tiene a su cargo la función de impedirle renegar y mal-
decir, pues siendo en él voluntad y acción una sola cosa, se cumplirían
en el acto sus maldiciones.—El hacer planes es también un re-
proche, procedente de época posterior, contra mi padre. Todo el con-
tenido de mi sueño, rebelde, ofensivo para la majestad y lleno de bur-
las con respecto a la más alta autoridad, constituye, en general, una
rebelión contra el mismo. El rey es llamado «padre de la nación», y el
padre es para el niño la primera y más antigua autoridad, de cuya ple-
nitud de poder han surgido, en el curso de la historia de la civilización
humana, las restantes autoridades sociales (dentro, naturalmente, de
los límites que a este principio impone el «derecho moderno»).—El
concepto de la simultaneidad de pensamiento y acción alude al escla-
recimiento de los síntomas histéricos, con el cual se relaciona también
el «orinal masculino». Todo vienés sabe muy bien lo que es
un «Gschnas». Se da este nombre a la confección de objetos de aspecto
raro y valioso con materiales sin valor y de un carácter cómico. Así,
la de armaduras de guerra, con cacerolas, estropajos, etc. Nuestros
artistas son muy aficionados a presentarse con alguno de estos humo-
risticos disfraces en sus alegres veladas. Pues bien, me ha sido dado
descubrir que los histéricos ejecutan algo parecido, yuxtaponiendo a
aquello que han vivido realmente, fantasías extravagantes o terroríficas
que construyen inconscientemente, utilizando los materiales más indi-
ferentes y triviales de la realidad. Los síntomas dependen luego de es-
tas fantasías y no del recuerdo de los sucesos reales, sean éstos o no
indiferentes. La representación de estas fantasías en mi sueño por me-
dio del «orinal masculino» fué hecha posible por el relato
que recientemente me habia sido hecho de una divertida «Gschnas-
abend» (noche de «Gschna») en la que se había presentado como
la «copa de los venenos» de Lucrecia Borgia, un recipiente cuyo ele-
mento principal era un orinal del modelo usado en los hospitales para
los enfermos masculinos.— 244 —
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
a viajar en un wagón sin retrete, circunstancia que había de
prepararme a sufrir alguna molestia. Así sucedió, en efecto,
pues desperté de madrugada con la sensación correspon-
diente a una necesidad física. El lector se inclinará quizá a
atribuir a esta sensación el papel de estímulo del sueño,
mas por mi parte, he de darla preferencia a otra explicación
diferente: la de que fueron las ideas latentes las que provo-
caron en mí dicha necesidad. Mi reposo no suele ser inte-
rrumpido nunca—y menos en tales horas de la madru-
gada—por una necesidad física cualquiera, y en mis viajes
no he sentido casi nunca, al despertar antes de la hora acos-
tumbrada, la sensación vesical de que aquí se trata. De to-
dos modos, es ésta una cuestión que no importa dejar in-
decisa.Desde que mi experiencia en la interpretación onírica me
ha demostrado que también de aquellos sueños cuya total in-
terpretación creemos haber conseguido—por haber descu-
bierto sin dificultad sus fuentes y estímulos—parten impor-
tantes cadenas de pensamientos que llegan hasta los prime-
ros años infantiles del sujeto, he tenido que preguntarme si
no habremos de ver en este hecho una condición esencial
del soñar. Si nos fuese permitido generalizar tal hipótesis,
diríamos que todo sueño posee, a más de un enlace con lo
recientemente vivido, en su contenido manifiesto, una rela-
ción, en su contenido latente, con lo vivido en las más leja-
nas épocas de la existencia del sujeto. De estos sucesos pri-
mitivos, puede demostrarse realmente en el análisis de la
histeria, que han permanecido recientes hasta la actualidad.
Pero la hipótesis apuntada no parece fácilmente comproba-
ble por ahora. Más adelante, al examinar esta cuestión (ca-
pítulo VIII) retornaré sobre la probable significación de es-
103 sucesos de tempranas épocas infantiles con respecto a
la formación de los sueños.De las tres peculiaridades de la memoria onírica, antes
apuntadas, hemos logrado esclarecer satisfactoriamente la
referente a la preferencia de lo secundario en el contenido
del sueño, haciéndola depender de la deformación— 245 —
S.
PR: VOL SKE CD
onírica. En cambio, no nos ha sido posible derivar de
los motivos del sueño ninguna de las dos restantes—la
selección de lo reciente y de lo infantil— aunque sí hayamos
podido comprobar su efectividad. De ambas volveremos a
ocuparnos al tratar de la psicología del estado de reposo o
con ocasión de aquellas reflexiones que sobre la estructura
del aparato anímico habremos de exponer cuando observe-
mos que através de la interpretación onírica podemos echar
una ojeada, como a través de una ventana, sobre el interior
de dicho aparato.En cambio, quiero recoger aquí, sin aplazamiento algu-
no, etro resultado de los últimos análisis detallados. El sue-
ño posee, con frecuencia, varios sentidos. Nosolo
pueden yuxtaponerse en él—como hemos visto en algunos
ejemplos — varias realizaciones de deseos, sino que un sen-
tido, una realización de deseos, puede encubrir a otra, hasta
que debajo de todas, hallamos la de un deseo de nuestra
primera infancia. También en este punto surge la interroga-
ción de si no será éste un carácter general de todo sueño (1).c) Las fuentes oníricas somáticas.
Cuando intentamos despertar el interés de un hombre
culto, pero profano en estas materias, por los problemas
del fenómeno onirico y le preguntamos, con tal propósito,
cuáles son, a su juicio, las fuentes de los sueños, observa-
mos casi siempre, que el interrogado cree poseer un exacto
conocimiento de una parte, por lo menos, de esta cuestión.
Pensará, en efecto, inmediatamente, en la influencia que las
digestiones perturbadas o difíciles, la posición casual del
durmiente y los pequeños estímulos exteriores, manifiestan(1) La acumulación de significaciones del sueño es uno de los pro-
blemas más arduos y al mismo tiempo más ricos en contenido, de la
interpretación onírica. Aquellos que olviden esta posibilidad incurrirán
fácilmente en graves errores y sentarán afirmaciones insostenibles
sobre la esencia del sueño. Pero sobre esta cuestión no se han realiza-
do aún sino muy escasas investigaciones. Hasta ahora solo la regular
superposición de símbolos en el sueño de estímulo vesical ha sido
objeto de un fundamental estudio (O. Rank).— 246 —
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
ejercer sobre la formaci⑥n de los suefios y no parecerd sos-
pechar que después de tener en cuenta todos estos factores
quede айп algo necesitado de esclarecimiento.En nuestro capítulo de introducción, examinamos con
toda minuciosidad el papel que la literatura científica atri-
buye, con respecto a ia formación de los sueños, a las fuen-
tes somáticas de estímulos. Por lo tanto, no necesitamos
ahora sino recordar los resultados de dicha investigación.
Hemos visto que se distinguían tres clases de fuentes oníri-
cas somáticas: los estímulos sensoriales emanados de obje-
tos exteriores, los estados internos de excitación, de base
exclusivamente subjetiva, y los estímulos somáticos proce-
dentes del interior del organismo. Observamos, así mismo,
la predilección de los autores por las fuentes somáticas y su
tendencia a situar muy en último término las psíquicas o ex-
cluirlas totalmente. Al examinar las pruebas aducidas en
favor de las primeras, advertimos: 1.° que la importancia de
las excitaciones objetivas de los órganos sensoriales—ori-
ginadas, en parte, por estímulos casuales sobrevenidos du-
rante el reposo y en parte por aquellos otros que no pueden
ser mantenidos a distancia de la vida anímica durmiente—
queda comprobada por numerosas observaciones y confir-
mada experimentalmente; 2.° que la función de las excitacio-
nes sensoriales aparece demostrada por el retorno de las
imágenes hipnagógicas en los sueños; y 3.° que la amplia
referencia efectuada de nuestras imágenes y representacio-
nes oníricas a un estímulo somático interno, no es compro-
bable en toda su extensión, pero encuentra un punto de
apoyo en la influencia, generalmente reconocida, que el
estado de excitación de los órganos digestivo, urinario y
sexual ejerce sobre el contenido de nuestros sueños.El «estímulo nervioso» y el «estímulo
corporal», serían, pues, las fuentes somáticas de los
sueños, esto es, las únicas fuentes oníricas, segúi algunos
autores.Pero, además de esto, hemos acogido en nuestra intro-
ducción, toda una serie de dudas, referentes, no tanto a la— 247 —
S.
GV DR SW FRAZY 、 か
exactitud como a la suficiencia de la teoría de los estímulos
somáticos.Por muy seguros que hubieran de sentirse los represen-
tantes de esta teoría, con respecto a los fundamentos efec-
fivos de la misma —sobre todo en lo relativo a los estímulos
nerviosos accidentales y externos, fácilmente comprobables
en el sueño— ninguno de ellos llegó a desconocer por com-
pleto la imposibilidad de derivar en su totalidad, de estímulos
nerviosos exteriores, el rico contenido de representaciones.
del fenómeno onírico. Miss Mary Whiton Calkins ha exami-
nado desde este punto de vista, durante seis semanas, sus
propios sueños y los de otra persona. Sólo en un 13,2 por
100 y un 6,7 por 100, respectivamente, pudo descubrirse
una percepción sensorial externa, y únicamente dos de los
sueños investigados se demostraron derivables de sensa-
ciones orgánicas. De este modo, nos confirma aquí la esta-
dística lo que ya una rápida revisión de nuestra propia ex-
periencia nos había hecho sospechar.Muchos investigadores se conformaron con hacer resal-
far el «sueño de estímulo nervioso», entre las demás formas
oníricas, como una especie de sueño mejor y más comple-
tamente investigada. Spitta dividía los sueños en «sueños
de estímulo nervioso» y «sueños de asociaciones», pero
claro está que una tal solución no podía considerarse satis-
factoria mientras no se hubiera conseguido descubrir el
lazo de unión entre las fuentes oníricas somáticas y el con-
tenido de representaciones del sueño.Resulta, pues, que a la objeción antes señalada, relativa
a la insuficiente frecuencia con que nos es posible referir
los sueños a fuentes de estímulos exteriores, se agrega aho-
ra la de que la admisión de dichas fuentes oníricas no nos
proporciona sino un muy incompleto esclarecimiento de
cada sueño. Los representantes de esta teoría nos son deu-
dores de dos importantes explicaciones: por qué la verda-
dera naturaleza del estímulo exterior no es nunca reconoci-
da, sino regularmente equivocada, en el sueño (cf. los
sueños del despertador, pág. 36) y por qué el resultado de— 248 —
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUEÑOS
la reacción del alma a la percepción de este estímulo, cuya
verdadera naturaleza no reconoce, puede ser tan indetermi-
nablemente variable. En respuesta a esta interrogación, ale-
ga Struempell, como ya vimos antes, que a consecuencia de
su apartamiento del mundo exterior durante el estado de
reposo, no se halla el alma en situación de dar la exacta
interpretación del estímulo sensorial objetivo, sino que se
ve obligada a construir ilusiones sobre la base de la inde-
terminada excitación dada. He aquí las propias palabras de
Struempell:«Cuando durante el reposo y por efecto de un estímulo:
nervioso, externo o interno, surge en el alma y es percibido
por ella, un proceso psíquico cualquiera—sensación, com-
plejo de sensaciones, sentimiento, etc.— despierta este pro-
ceso, tomándolas del círculo de impresiones de la vigilia
que aún perduran en el alma, imágenes sensitivas, o sea
percepciones anteriores, que aparecen desnudas o revesti-
das de sus valores psíquicos correspondientes. De este
modo, reune dicho proceso, en derredor suyo, un número
más o menos considerable de tales imágenes, las cuales dan
a la impresión procedente del estímulo nervioso su valor
psíquico. Como lo hacemos al referirnos a nuestra actividad
anímica en la vida despierta, decimos también aquí que el
alma interpreta, durante el estado de reposo, las
impresiones producidas por el estímulo nervioso. Resultado
de esta interpretación es el sueño de estímulo ner-
vioso, esto es, un sueño cuyos elementos se hallan con-
dicionados por el hecho de que un estímulo de dicho géne-
ro desarrolla su efecto psíquico en la vida anímica, confor-
me a las leyes de la reproducción.»Idéntica, en todo lo esencial, a esta teoría, es la afirma-
ción de Wundt, de que las representaciones oníricas ema-
nan, en su mayor parte, de estímulos sensoriales —incluso
de aquellos pertenecientes a la sensación vegetativa gene-
ral— siendo por lo tanto, casi siempre, ilusiones fantásticas,
y sólo en su más pequeña parte, representaciones mnémicas
puras elevadas a la categoría de alucinaciones. Para la== 949 —
S.
も RO GADI GRANE U . の
correlaciôn que de esta teoria resulta entre el contenido oni-
rico y los estimulos del suefio, encuentra Struempell el exce-
lente paralelo (påg. 84) de «los sonidos que los diez dedos
de un individuo profano en música, producen al recorrer al
azar el teclado de un piano». Conforme a este punto de vis-
ta, no aparecería el sueño como un fenómeno anímico origi-
nado por motivos psíquicos, sino como el resultado de un
estímulo fisiológico que se manifiesta en una sintomatología
psíquica por no ser capaz de otra distinta exteriorización el
aparato sobre el que el estímulo actúa. En una análoga hi-
pótesis se halla basada, por ejemplo, la explicación que
Meynert intentó dar de las representaciones obsesivas, por
medio de la famosa comparación de la hoja cubierta de
números en Ja que resaltan ¡algunas cifras impresas en ma-
yor relieve.Por predilecta que haya llegado a ser esta teoría de los
estímulos oníricos somáticos y por atractiva que parezca, es
sin embargo fácil descubrir su punto débil. Todo estímulo
onírico somático que durante el reposo incita al aparato aní-
mico a su interpretación por medio de la formación de ilusio-
nes, puede motivar un sinnúmero de tales tentativas de inter-
pretación, y por lo tanto, alcanzar su representación en el
contenido onírico, por infinitos elementos diferentes (1).
Pero la teoría de Struempell y Wundt no nos indica motivo
alguno que regule la relación entre el estímulo externo y la
representación onírica elegida para su interpretación, dejan-
do así inexplicada la «singular selección» que los estímulos
«llevan a cabo, con gran frecuencia, en su actividad repro-
ductiva» (Lipps, Hechos fundamentales de la vida anímica,
pág. 170). Contra la hipótesis fundamental de toda la teoría
de la ilusión, o sea la de que durante el reposo no se halla(1) Me permito aconsejar, en general, la lectura de los minuciosos
protocolos de sueños experimentalmente provocados, que Mourly Vold
ha reunido en dos volúmenes. En ellos, podemos ver cuán poco con-
tribuye al esclarecimiento de cada sueño el conocimiento de los estí-
mulos experimentalmente producidos y cuán escasa es la utilidad de
tales experimentos para la inteligencia de los problemas oníricos.OM
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
el alma en situación de reconocer la verdadera naturaleza
del estímulo sensorial objetivo, se han elevado también
diversas objeciones. Así, Burdach, el viejo fisiólogo, sostie-
ne la afirmación contraria de que también durante el estado
de reposo es el alma capaz de interpretar acertadamente las
impresiones sensoriales que hasta ella llegan y reaccionar
cenforme a tal interpretación exacta. En demostración de su
aserto, aduce que determinadas impresiones sensoriales,
importantes para el durmiente, quedan excluídas de la gene-
ral indiferencia del mismo (la nodriza que despierta al más
leve rumor del niño) y que nuestro nombre, pronunciado en
voz baja, interrumpe nuestro reposo, mientras que otras im-
presiones auditivas más intensas, pero indiferentes, no
obtienen igual resultado, lo cual supone que el alma dormi-
da sabe también diferenciar las impresiones (cap. I, pág. 37).
De estos hechos, deduce Burdach que durante el reposo no
existe una incapacidad para interpretar los estímulos senso-
riales, sino una falta de interés conrespecto a ellos.
Los mismos argumentos alegados por Burdach en 1830,
retornan luego, sin modificación alguna, en la impugnación
de la teoría de los estímulos somáticos escrita por Lipps
en 1885. Según este punto de vista, se nos muestra el alma
semejante a aquel durmiente que a la pregunta: «¿Duer-
mes?», contesta: «No», pero interpelado a seguidas con la
petición: «Entonces préstame diez duros». se escuda con la
evasiva: «Estoy dormido.»La insuficiencia de la teoría de los estímulos oníricos
somáticos puede todavía demostrarse por otro camino dife-
rente. Puede, en efecto, observarse, que los estímulos exter-
nos no provocan, obligadamente, sueños, aunque dado el
caso de que sofiemos, aparezcan representados en el con-
tenido onírico. Ante un estímulo epidérmico o de presión,
sobrevenido durante el reposo, disponemos de diversas
reacciones. En primer lugar, podemos hacer caso omiso
de él y ver luego, al despertar, que hemos dormido con una
pierna fuera de las sábanas o un brazo en mala postura,
sin que nada nos lo haya advertido durante la noche. LaOS
S.
Bo Vi VO: Gr OV SSH Ch) NE. D
Patologia nos muestra numerosisimos casos en los que di-
versos estimulos sensoriales y de movimiento, intensamente
excitantes, no han tenido efecto alguno durante el reposo.
En segundo lugar, podemos advertir la sensación mientras
dormimos, a través de nuestro reposo, como sucede regu-
larmente con los estímulos dolorosos, pero sin entretejer en
un sueño el dolor percibido. Así mismo, podemos desper-
tar con objeto de poner fin al estímulo (1). Por último, el
que el estímulo nervioso nos induzca a la formación de un
sueño, nc es sino una cuarta reacción posible, de frecuen-
cia igual a las otras tres. Esto último no sucedería si el
motivo de los sueños no residiese fuera
de las fuentes oníricas somáticas.
Dándose cuenta de la laguna que antes señalamos en la
explicación de los sueños por la intervención de estímulos
somáticos, han intentado otros autores —Scherner y luego
Volkelt— determinar más estrictamente aquellas activida-
des anímicas, que tomando como base los estímulos somá-
ticos, hacen surgir toda la variedad de imágenes oníricas,
situando así nuevamente la esencia de los sueños en lo
anímico y en una actividad psíquica. Scherner no se limitó
a dar una poética descripción, llena de vida, de las peculia-
ridades psíquicas que se desarrollan en la formación de los
sueños, sino que creía firmemente haber descubierto el prin-
cipio que rige la conducta del alma con respecto a los es-
tímulos que a ella se ofrecen. Desarrollando con plena con-
tingencia su fantasía, libre de sus trabas diurnas, tiende,
según Scherner, la elaboración onírica, a representar sim-
bólicamente, la naturaleza del órgano del que emana
el estímulo. Fórmase de este modo una especie de «clave
de los sueños» que nos permitiría deducir, de las imágenes
oníricas, las sensaciones somáticas y los estados orgáni-
nicos y de excitación que las han provocado. «Así, la ima-(1) CL. el trabajo de K. Landauer sobre «los actos del durmiente»
(Zeitschrift f. d. ges. Neurologie und. Psychiatrie, XXXIX, 1918). Todo
observador puede comprobar que el sujeto durmiente lleva a cabo ac-
Jos plenos de sentido, y es capaz de obrar lógica y voluntariamente.— 989 一
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
gen onírica de un gato es expresión de un malhumorado
estado de ánimo, y el pan, con su blanca y lisa superficie,
representa, en nuestros sueños, la desnudez. El cuerpo hu-
mano, en su totalidad, es representado, por la fantasía oníri-
ca con la imagen de una casa, y un órgano aislado, por una
parte de la misma. En los «sueños de estímulo dental» co-
rresponde a la boca una alta galería abovedada y al des-
censo hasta el tubo digestivo, una escalera. En el «sueño
de dolor de cabeza» queda precisada la situación dominante
de este órgano por la imagen de un techo cubierto de re-
pugnantes arañas semejantes a sapos» (pág. 39). «Para
designar un mismo órgano suele emplear el sueño diversos
símbolos. El pulmón y su actividad respiratoria quedan
simbolizados por una estufa encendida y la corriente de aire
que aviva su fuego; el corazón, por cajas y cestos vacíos,
y la vejiga, por objetos redondos, en forma de bolsa, o sim-
plemente cóncavos. Muy importante es el hecho de que al
final del sueño suele aparecer sin disfraz alguno y casi siem-
pre adscrito al cuerpo mismo del sujeto, el órgano del que
parte el estímulo o la función a él correspondiente. Así, el
«sueño de estímulo dental» termina por lo general con una
escena en la que el sujeto extrae de su boca una larga mue-
la» (pág. 35). Esta teoría de la interpretación onírica no fué
ciertamente muy bien acogida por los demás investigado-
res, que la tacharon de extravagante e incluso se negaron
a reconocer lo que, a mi juicio, hay en ella de verdad.
Como puede verse, conduce a la rehabilitación de la inter-
pretación de los sueños por medio de símbolos, em-
pleada por los antiguos, con la única diferencia de que el
sector del que ha de extraerse la interpretación queda limi-
tado al perímetro de la personalidad física humana. La ca-
rencia de una técnica científica de interpretación tiene que
disminuir necesariamente la capacidad de aplicación de la
teoría de Scherner. La interpretación onírica en ella basada
no excluye tampoco la arbitrariedad, tanto menos cuanto
que se admite la posibilidad de que un estímulo halle, en el
contenido onírico, diversas representaciones. Así, fué ya— 255 —
S.
PROF. S. mm nu 4
imposible a Volkelt, continuador de las hipótesis de Scher-
ner, comprobar la simbolizaciôn del cuerpo humano, en los
suefios, por medio de la imagen de la casa. También tenia
que contribuir a la no aceptación de esta teoría el hecho de
considerer la elaboración onírica como una actividad inútil
y desprovista de todo fin, asignada al alma, la cual se limi-
taria a fantasear sobre el estímulo dado, sin tender, ni lejá-
namente siguiera, a algo semejante a una derivación o su-
presión del mismo.Existe, por último, otra objeción que conmueve grave-
mente la construcción teórica de Scherner, de la simboliza-
ción de estímulos somáticos por los sueños. No faltando
nunca estímulos de este género, y siendo el alma, según
opinión general, más accesible a ellos durante el reposo que
en la vida despierta, no se comprende cómo no sueña
de continuo, a través de toda la noche, y cada noche
con todos los órganos. Si queremos eludir esta objeción,
alegando que para despertar la actividad onírica es nece-
sario que de los distintos órganos - ojos, oidos, boca, intes-
finos, etc.—emanen estímulos especiales, tropezaremos con
la dificultad de demostrar que tales incrementos de excita-
ción son de carácter objetivo, cosa que sólo en un limitado
número de sueños nos resulta posible. Si el sueño de vo-
lar constituye una simbolización del movimiento de ascenso
y descenso de los lóbulos del pulmón al respirar, debería
ser soñado con mucha mayor frecuencia, según observa ya
Struempell, o habría de advertirse durante él una intensifi-
cación de la actividad respiratoria. Una tercera posibilidad—
quizá la más verosimil—es la de que, periódicamente, sur-
jan motivos especiales para consagrar atención a las sensa-
ciones viscerales regularmente existentes. Pero este caso
nos lleva más allá de los límites de la teoría de Scherner.El valor de las especulaciones de Scherner y Volkelt
reside en precisar toda una serie de caracteres del sueño
necesitados de explicación y cuyo examen promete condu-
cirnos a nuevos conocimientos. Es perfectamente cierto que
los sueños contienen simbolizaciones de órganos y funcio-— 254 —
S.
LA INTERPREIACION DE LOS SUENOS
nes somåticos, y también, que el agua indica en ellos, con
frecuencia, un estímulo de crigen vesical y que los genita-
les masculinos pueden ser representados por una columna,
una vara enhiesta, etc., etc. Aquellos sueños que en oposi-
ción a la pálida monocromía de otros, muestran un extenso
campo visual y vivos colores, deberán interpretarse, com
seguridad casi completa, como sueños de estímulo visual.
Así mismo, tampoco puede negarse la colaboración de la
formación de ilusiones en aquellos otros que contienen ruf-
dos y murmullos de voces. Sueños como el de Scherner,
en el que dos filas de bellos adolescentes rubios, situadas
frente a frente sobre un puente, se atacan, luchan y vuelven
a sus posiciones primitivas, repetidamente, hasta que el su-
jeto se sienta sobre el puente y se extrae de la mandíbula
una larguísima muela, o como el análogo de Volkelt que
muestra al durmiente dos filas de cajones y termina también
con la extracción de una muela, y en general, todas las for-
maciones oníricas de esta clase, de las cuales comunican
ambos autores numerosos ejemplos, no permiten condenar
como ociosa invención la teoría de Scherner sin antes in-
vestigar el nódulo de verdad que indudablemente contiene.
En caso contrario, habríamos de consagrarnos a procurar
un distinto esclarecimiento para la supuesta simbolización
del presunto estímulo dental.Nuestros análisis de sueños nos han proporcionado un
importante argumento del que aún no hemos hecho uso en
la discusión de las fuentes oníricas. Si por medio de un pro-
cedimiento que los demás investigadores no han aplicado a
los sueños por ellos examinados, conseguimos demostrar
que el sueño posee un valor propio, a título de acto psíqui-
co, que el motivo de su formación se halla constituído por
un deseo y que el material inmediato para la constitución de
su contenido es proporcionado por los sucesos del día
anterior, quedará juzgada, sin necesidad de más amplio pro-
ceso, toda otra teoría onírica que no utilice un tan importan-
te instrumento de investigación y considere en consecuen-
cia, al sueño, como una reacción psíquica, inútil y enigmá-— 255 —
00
S.
PRO 、 ム が Su SOON E
tica, a estimulos somåticos. Para no hacer objeto a estas
teorias de un fal juicio adverso, habriamos de suponer que
existian—cosa harto inverosimil—dos clases de sueños,
perteneciendo exclusivamente a una de ellas todos los exa-
minados por los investigadores que nos precedieron y a la
otra todos los analizados por nosotros. Descartada esta
hipótesis no nos quedará ya más que incorporar a nuestra
teoría de los sueños los hechos en que se basa la de los es-
timulos oníricos somáticos.Esta labor quedé ya iniciada cuando sentamos el princi-
pio de que la elaboración de los sueños se halla bajo el im-
perio de una fuerza que la obliga a constituir una unidad
con todos los estímulos oniricos simultáneamente existentes.
Vimos, entonces, que cuando, como resto del día anterior,
perduran dos o más sucesos que trajeron consigo una im-
presión, quedan reunidos en un sueño los deseos de ellos
emanados, y también, que para constituir el material del
sueño se reunen la impresión psíguicamente valiosa y los
sucesos indiferentes del día anterior, siempre que puedan
establecerse, entre ambos elementos, representacionrs co-
municantes. El sueño se nos muestra, así, como una reac-
ción a todo lo actual simultáneamente dado en la psiquis
durmiente, y la labor analítica a que hasta ahora hemos so-
metido el material onírico, nos lo presenta como una colec-
ción de restos psíquicos —huellas mnémicas—a los que (por
la predilección del material reciente e infatil) hemos tenido
que atribuir un carácter psicológicamente indeterminable
por el momento. No nos es nada difícil predecir lo que su-
cederá cuando a estas actualidades mnémicas se agregue,
durante el estado de reposo, nuevo material de sensaciones.
Tales estímulos resultan, esi mismo, importantes para el
sueño por el hecho de ser actuales, y son unidos a las de-
más actualidades psíguicas, proporcionando con ellas el
material para la formación del sueño. O dicho de otro modo:
Los estímulos sobrevenidos durante el reposo son objeto de
una elaboración que los convierte en una realización de
deseos, cuyos restantes elementos se hallan constituídosnn
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
por los restos diurnos psiquicos que ya conocemos. Esta
unién no es, desde luego, obligada, pues ya hemos
visto que podemos reaccionar de varios modos a los estf-
mulos sobrevenidos durante el reposo, pero en aquellos ca-
sos en que se lleva a efecto conseguimos hallar un material
que constituye, en el contenido del suefio, una representa-
ciön de las dos clases de fuentes oniricas, las somåticas y
las psiquicas.La acumulación de material somático a las fuentes onfri-
cas psíquicas no modifica en nada la esencia del sueño, el
cual permanece siende una realización de deseos, cualquie-
ra que sea la forma en que la expresión de la misma quede
determinada por el material actual.La importancia y significación de los estímulos exterio-
res, para el sueño, varía conforme a toda una serie de cir-
cunstancias especiales. Imagino que una acción conjunta de
los factores individuales, fisiológicos y accidentales dados
es lo que decide, en cada caso, la conducta que hemos de se-
guir con respecto a un intenso estímulo objetivo sobrevenido
durante el reposo. Según la profundidad habitual y acciden-
tal del reposo y la intensidad del estímulo, quedará éste repri-
mido de manera a no interrumpir nuestro descanso; nos ve-
remos obligados a despertar o intentaremos dominar el es-
timulo entretegiéndolo en un sueño. Correlativamente a la
variedad de estas constelaciones se manifestarán los estí-
mulos con mayor o menor frecuencia en los sueños de un
individuo que en los de otro. Así, por lo que a mí respecta,
gozo de un tan profundo reposo y me defiendo con tal tena-
cidad contra todo lo que pudiera perturbarlo, que sólo muy
raras veces se mezclan en mis sueños causas externas de
excitación, al paso que los motivos de orden psíquico me in-
citan fácilmente a soñar. De todos los sueños propios por
mí anotados, sólo hay realmente uno que pueda ser referido
a una fuente de estímulos objetiva (una sensación dolorosa),
pero precisamente en él creemos muy instructivo comprobar
el resultado onírico del estímulo exterior. ;«Voy montado en un caballo gris. Al principio monto
m ⑳ が sk ⑰
S.
PR SO Ta euo SVED
con inseguridad y torpeza o como si fuese en una dificil pos-
tura, distinta de la corriente. Encuentro a mi colega, el doc-
tor P., que viene también a caballo, pero con gran arrogan-
cia, y viste un fraje de grueso pafio. Al llegar junto a mi,
me hace no se qué advertencia (probablemente la de que voy
mal montado). Pero ya voy encontråndome cada vez mejor
sobre el inteligentisimo corcel, descanso cómodamente so-
bre la silla y me siento tranquilo y confiado como si estu-
viera en mi casa. En lugar de silla, lleva el caballo un largo
almohadón que cubre por completo su lomo, desde el cuello
hasta la grupa. Con gran serenidad paso por el estre-
cho espacio que dejan entre sí dos carros. Después de
avanzar largo trecho por una calle, doy media vuelta y
quiero desmontar anfe una pequeña capilla abierta, pero
Juego desmonto realmente junto a otra que se alza un poco
más allá. El hotel está en la misma calle. Podría dejar que el
caballo fuera sólo hasta él, pero prefiero llevarlo de la brida.
Es como si me avergonzase de llegar allí montado. A la
puerta del hotel hay un <botones» que me enseña una tarje-
ta que yo mismo he encontrado y se burla de mí. En la tar-
jeta hay escrito y doblemente subrayado: «No comer»,
y después un segundo propósito (impreciso): algo como
«No trabajar». A ello se añade la vaga idea de que
me hallo en una ciudad extranjera en la que no trabajo.»
Nada indica, a primera vista, que este sueño haya sur-
gido bajo la influencia, o mejor dicho, bajo la coerción, de
un estímulo doloroso. Durante el día anterior me habían
hecho sufrir extraordinariamente, convirtiendo en una tortu-
ra cada uno de mis movimientos, varios furúnculos de que
venía padeciendo. Uno de ellos situado en la raíz del escro-
to había llegado a alcanzar el volumen de una manzana y
me causaba, al andar, insoportables dolores. La fatiga, la
alteración febril y la desgana consiguientes, unidas a la
intensa labor que a pesar de todo hube de realizar durante
el día, acabaron de ensombrecer mi ánimo. En esta situa-
ción, no me hallaba ciertamente muy facultado para consa-
grarme a mis ocupaciones profesionales, pero teniendo enー הו —
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
cuenta el carácter de mi padecimiento y la región de mi
cuerpo en la que se manifestaba, existia otra actividad para
la que sin duda alguna me encontraba aún menos capacita-
do. Tal actividad es la de montar a caballo y pre-
cisamente es la que el suefio me atribuye, como la mds enér-
gica negaciôn imaginable de mi padecimiento. Ignoro en
absoluto el arte de la equitacién, no sueño nunca nada que
con ella se relacione y sölo una vez he montado en un caba-
llo, por cierto en pelo y sin que ello me produjera placer
alguno. Pero en mi suefio, monto como si no fuviera furüncu-
lo ninguno en el periné, o mejor dicho, precisamen-
te porque no quiero tenerlo. Lasilla, tal y como
el suefio la describe, es la cataplasma que me apliqué al
acostarme y cuyo efecto calmante me ha permitido conciliar
el reposo. Asi protegido, no he advertido, durante algunas
horas, indicio ninguno de mi padecimiento. Luego cuando
las sensaciones dolorosas comenzaron a hacerse más vi-
vas y amenazaron con.despertarme, vino el suefio a tran-
quilizarme, diciéndome: «Puedes seguir durmiendo. No tie-
nes furúnculo ninguno, pues montas a caballo, cosa que no
es posible con un divieso en el periné.» El dolor quedó de
este modo ensordecido y pude, en efecto, seguir durmiendo.Pero aún hay таз. El sueño no se ha limitado a suge-
rirme la inexistencia del furúnculo, sosteniendo tenazmente
una representación incompatible con el mismo —conducta
semejante a la que observamos en la demencia alucinatoria
de la madre que ha perdido un hijo (1) o en la del comer-
ciante arruinado—, sino que ha utilizado los caracteres de
la misma sensación que niega y los de la representación
empleada con objeto de reprimiria, para enlazar a la situa-
ción onirica los elementos actuales dados en el alma, y pro-
porcionarles un medio de expresión. El color gris del
caballo en que monto corresponde al del traje que mi colega(1) Cf. el estudio de Guesinger sobre esta cuestión y las observa-
ciones incluídas en mi segundo ensayo sobre las psiconeurosis
de defensa. Neurologisches Zentralblatt, 1896. (N. DEL T リ ーEstos
ensayos se publicarán en la presente edición de «Obras completas.»— 259. <=
S.
PORT VEK „es שו し
el doctor P. llevaba la última vez que le vi. (Un traje de co-
lor sal y pimienta.) Losalimentos fuertemen-
te especiados me han sido indicados como causa de
mi furuncolosis más probablemente que el azúcar, en
la que se piensa también al investigar la etiología de tal
enfermedad. Mi amigo P. acostumbra a mirarme con cierta
arrogancia desde que me sustituyó en la confianza de
una paciente en cuyo tratamiento creía yo haber realizado
grandes habilidades (Kunststuecke —al principio de
mi sueño voy montado en una difícil postura como un jinete
que realizase habilidades ecuestres en el circo—
Kunstreiter), pero que, en realidad, me llevó adonde quiso,
como el caballo al inexperto jinete de la conocida anécdota.
De este modo llega el caballo a la categoría de símbolo de
dicha paciente (en mi sueño lo encuentro muy inteli-
gente). El encontrarme luego a caballo «tan seguro y
confiado como si estuviera en mi casa», se
refiere a la situación que yo ocupaba en casa de dicha en-
ferma hasta que fuí sustituido por P. «Yo сте! que se man-
tenía usted más firmemente sobre la silla» —me había dicho
días antes, aludiendo a este suceso, uno de los pocos gran-
des médicos de Viena que me son favorables—. Por otro
lado, ha sido también una difícil habilidad continuar
atendiendo a mi labor psicoterápica durante ocho o diez ho-
ras diarias, no obstante mis dolores. Sé, sin embargo, que
en tal estado no me será posible seguir ejerciendo mi difícil
actividad profesional, y el sueño aparece colmado de lúgu-
bres alusiones a las consecuencias de una tal interrupción
de mi trabajo: «No trabajar y no comer.» Pro-
siguiendo la interpretación veo que la elaboración onírica
ha conseguido hallar el camino que va desde la situación
optativa de montar a caballo hasta muy tempranas escenas
de mi infancia (peleas con un sobrino mío, un año mayor
que yo, residente hoy en Inglaterra). Mi sueño ha tomado,
además, elementos de mis viajes a Italia, pues la calle que
en él recorro responde a impresiones visuales recibidas en
Verona y en Siena. Una interpretación más profunda me— ②⑥0 一
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
lleva a ideas latentes de caråcter sexual y me hace recordar
lo que en una paciente mia, que jamäs habia estado en Ita-
lia, significaban las alusiones onfricas a este bello país
(gen Italien —genitalien; ve a ltalia— ge-
nitales), recuerdo que no carece de relación con la
casa en la que presté mi asistencia facultativa antes de ser
sustituido por el doctor P., y con la región de mi cuerpo
elegida por el furúnculo.En otra ocasión, me fué también posible defenderme
análogamente de un estímulo sensorial que amenazaba
interrumpir mi reposo, pero esta vez fué una pura casuali-
dad lo que me permitió descubrir la conexión del sueño con
el estímulo onírico accidental y llegar así a su comprensión.
Hallándome, durante el verano, en un balneario del Tirol,
desperté una mañana con la convicción de haber soñado
que el Papa había muerto. Todos mis esfuerzos
para interpretar este sueño, no visual, resultaron estériles.
Como posible antecedente no recordaba sino el de haber
leído, días antes, la noticia de que el Pontífice padecía una
ligera indisposición. Pero en el transcurso de la mañana
me preguntó mi mujer: «¿No has oido, de madrugada, el
formidable repique con que nos han obsequiado todas las
iglesias y capillas de los alrededores?» No recordaba haber
oído nada semejante, pero mi sueño quedaba ya explicado
como reacción de mi necesidad de dormir ante el ruido con
que los piadosos tiroleses querían despertarme. Después de
vengarme de ellos con la deducción que constituye el conte-
nido de mi sueño, proseguí durmiendo sin interesarme lo
más mínimo por el campaneo.Entre los sueños hasta aquí expuestos, hay algunos que
podemos citar como ejemplos de elaboración de estímulos
nerviosos. Uno de ellos es aquel en que bebo agua a gran-
des sorbos. En él, es, aparentemente, el estímulo somático
la única fuente onírica, y el deseo emanado de la sensación
—la sed—el único motivo onírico. Análogamente sucede en
otros sueños sencillos, cuando el estímulo somático basta
por sí sólo para formar un deseo. El sueño de la enfermaや き ⑥ ま 一
S.
BORG KA ⑥ SAR FREUD
que arroja lejos de sí, en el transcurso de la noche, el apa-
rato refrigerante que le han mandado conservar aplicado a
la mejilla, nos muestra una desacostumbrada forma de
reaccionar a estímulos dolorosos con una realización de
deseos. Parece, en efecto, como si la paciente hubiera con-
seguido hacerse insensible, pasajeramente, al dolor, el
cual queda transferido, en su sueño, a una tercera per-
sona.Mi sueño de las tres parcas es, evidentemente, un sueño
de hambre, pero sabe retrotraer la necesidad de alimento
hasta el ansia del niño por el pecho materno y utilizar este
ansia para encubrir otra de muy distinto género, a la que no
es lícito manifestarse con tanta franqueza. El sueño del con-
de de Thun, nos ha hecho ver por qué caminos queda enla-
zada una necesidad física accidentalmente dada con los
sentimientos más enérgicos, pero también más enérgica-
mente reprimidos, de la vida anímica. En el caso comuni-
cado por Garnier, cuando el Primer Cónsul entreteje en un
sueño bélico, el ruido producido por la máquina infernal al
explotar, antes de despertar a consecuencia del mismo, se
nos muestra abiertamente la tendencia en favor de la cual se
ocupa la actividad anímica, de las sensaciones surgidas du-‚ rante el reposo. Un joven abogado que se acostó pensando
en un asunto importante al que se había consagrado duran-
te el día, se condujo, oniricamente, de un modo análogo al
del gran Napoleón. En su sueño, ve primero a un cierto se-
ñor G. Reich de Hussiatyn, que le es conocido por intervenir
en el pleito que le preocupa. Pero el elemento Hussia-
tin va adquiriendo cada vez mayor importancia hasta que
el sujeto despierta y oye toser fuertemente a su mujer,
enferma de un catarro bronquial (Hussiatyn=hus-
ten=toser).Comparemos ahora el citado suefio de Napole6n I, cuyo
reposo solia ser muy profundo, con el del estudiante dormi-
lôn que ante la advertencia de que ha llegado la hora de ir
al hospital, suefia que ocupa una cama en una sala del mis-
mo y sigue durmiendo a pierna suelta, tranquilizado por elmt
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
razonamiento de que si estd ya en el hospital, no tiene por
qué levantarse para acudir a él. Este último ejemplo es un
franco suefio de comodidad. El durmiente se confiesa sin
rebozo alguno el motivo del mismo y resuelve con ello uno
de los enigmas del fenómeno onírico. Todos los sueños son
en cierto sentido, sueños de comodidad, pues
tienden a facilitar la continuación del reposo, evitando que
el durmiente despierte. El sueño es el guardián
del reposo, no su perturbador. Más adelante
justificaremos esta afirmación con respecto a los factores
psíquicos que provocan el despertar, y desde luego pode-
mos ya hacerlo con relación al papel desempeñado por los
estímulos exteriores objetivos. El alma, puede no ocuparse
en absoluto de los estímulos sobrevenidos durante el reposo,
cuando la intensidad y la significación de los mismos le
permite observar esta conducta; puede utilizar el sueño para
negar dichos estímulos o disminuir su importancia, y por
último, cuando no tiene más remedio que reconocerlos, pue-
de buscar aquella su interpretación que presente la sensa-
ción actual como una parte de una situación deseada y
compatible con el reposo. La sensación actual es entreteji-
da en un sueño con el fin de despojarla de su
realidad. Napoleón puede seguir durmiendo. Lo que
intenta perturbar su reposo no es más que un recuerdo oní-
rico del cañoneo de la batalla de Arcole (1).El deseo de dormir, mantenido por el
Yo consciente, у que, con la censura
onírica (2), constituye la colaboración de
dicho Yo en el sofiar, debe, por tanto,
ser considerado, en todo caso, como mo-
tivo dela formación de sueños, y todos
y cada uno de estos son una realización
del mismo. Маз adelante analizaremos cuidadosa-(1) Las dos versiones que conozco del contenido de este suefio no
coinciden por completo entre sí.(2) Y con la «elaboración secundaria» de que más adelante habla-
remos.ー 965 一
S.
Pi Ro CAR DG SŠ Fea GE VÄL I D
mente cômo este general deseo de dormir, idéntico siempre
a sf mismo y dado en todo caso, se comporta con respecto
a los demås deseos que quedan realizados en el contenido
onirico. En el deseo de dormir hemos descubierto además
el factor susceptible de llenar la laguna de que adolece la
teoría de Struempel-Wundt y explicar la insuficiencia y arbi-
frariedad que hallamos en la interpretación del estímulo
exterior. La interpretación exacta, de la que el alma dormi-
da es perfectamente capaz, exigiría un interés activo y con
él la interrupción del reposo. De todas las interpretaciones
posibles, no serán, pues, admitidas sino aquellas que resul-
ten compatibles con la censura que el deseo de dormir ejer-
ce en una forma tiránica, y entre las admitidas será escogi-
da aguella que mejor pueda ser enlazada con los deseos
que espían, en el alma, la ocasión de realizarse. De este
modo, es determinado todo inequívocamente y nada queda
abandonado a la arbitrariedad. La falsa interpretación no
constituye una ilusión, sino algo semejante a una evasiva.
Habremos pues, de ver en este proceso, como antes en la
sustitución por desplazamiento efectuada a los fines de la
censura onírica, una variante del proceso psíquico normal.Cuando los estímulos nerviosos externos y los somá-
ficos internos son lo bastante intensos para conquistar la
consideración psíquica, proporcionan—siempre que su re-
sultado sea un sueño y no la interrupción del reposo— una
firme base de sustentación para la formación de sueños,
pues pasan a constituir, en el contenido onírico, un nódulo
para el que es buscada luego una realización de deseos
correspondiente, en forma análoga a coma lo son, según
vimos antes, las representaciones intermedias entre dos estí-
mulos oníricos psíquicos. Hasta este punto, puede, pues,
afirmarse, que en un cierto número de sueños, 'depende el
contenido onírico del elemento somático e incluso resulta
que, en este caso extremo, es despertado, a los fines de la
tormación del sueño un deseo no actual. Pero el sueño no
puede hacer otra cosa que representar un deseo como reali-
zado en una situación, y por lo tanto se halla, en cada caso,ー ②⑥④ 一
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
ante la labor de buscar qué deseo puede ser representado
como realizado por la sensaciôn de momento actual. Aun-
que el material actual dado sea de cardcter penoso o dolo-
roso, no por ello deja de ser aprovechable para la forma-
ción de un suefio. La vida animica dispone también de de-
seos cuya realizacion produce displacer, cosa que a primera
vista parece una contradicciôn, pero que se explica por la
existencia de dos instancias psiquicas y de una censura
situada entre ambas.Como ya hemos visto, existen en la vida animica, deseos
reprimidos que pertenecen al primer sistema y a cuya
realizaciôn se resiste el segundo. No quiere esto decir que
tales deseos existieran antes del proceso represivo y que-
daran luego destruidos por el mismo; nada de eso; la teorfa
de la represiôn afirma que fales deseos reprimidos existen
todavia, aunque, al mismo fiempo exista también una coer-
ciôn que pesa sobre ellos. La disposicién psiquica para que
tales deseos reprimidos lleguen a una realización, permanece
conservada e intacta. Mas cuando una tal realización llega
a cumplirse, el vencimiento de la resistencia que a ello opo-
nía el segundo sistema (capaz de conciencia) se exterioriza
como displacer. Para terminar estas consideraciones, aña-
diremos que cuando durante el reposo surgen sensaciones
de carácter displaciente emanadas de fuentes somáticas, es
utilizada esta constelación por la elaboración onírica para
representar —con mayor o menor severidad de la censura—
un deseo hasta entonces reprimido.Esta circunstancia nos permite incluir en la teoría de la
realización de deseos toda una serie de sueños de angustia.
Con respecto a otra variedad de estas formaciones oníricas.
displacientes, aparentemente contrarias a dicha teoría, ha-
bremos de atenernos a una explicación distinta. La angus-
tia que en sueños experimentamos puede ser, en efecto, de
carácter psiconeur6tico y proceder de excitaciones psicose-
xuales, correspondiendo, entonces a una libido reprimida.
En este caso, tanto la angustia como el sueño en que se ma-
nifiesta, constituyen un síntoma neurótico y habremos liega-MS
S.
ipe R MN U JAR OE QE ₪ NR 5D
do al limite ante el que la tendencia realizadora de deseos,
del suefio, se ve obligada a defenerse. Existen también
suefios en los que la sensación de angustia posee un origen
somático (por ejemplo la opresión respiratoria de los enfer-
mos cardiacos o del pulmón), y en esta circunstancia,
es utilizada dicha sensación para proporcionar una realiza-
ción onírica a aquellos deseos enérgicamente reprimidos
que realizados en un suefío obediente a motivos psiquicos
hubieran traído consigo igual desarrollo de angustia. No es
dificil fundir en una unidad estos dos casos aparentemente
distintos. Dados dos productos psíquicos—una inclinación
efectiva y un contenido de representaciones—intimamente
ligados entre sí, puede uno de ellos, el actual, sustituir al
otro en el sueño, y de este modo, tan pronto es sustituído
el contenido de representaciones reprimido por la angustia
somáticamente dada como el desarrollo de angustia por el
contenido de representaciones libertado de la represión y sa-
turado de excitación sexual. En el primer caso puede decir-
se que un afecto somáticamente dado es interpretado psí-
quicamente. En el segundo aparece dado todo psíquica-
menfe, pero el contenido que se hallaba reprimido es
sustituído fácilmente por una interpretación somática adap-
fada a la angustia. Las dificultades con que tropezamos
para la inteligencia de esta cuestión tienen muy escasa
relación con el sueño, pues proceden de que con estas espe-
で ulaciones rozamos los problemas del desarrollo de angus-
tia y de larepresión.Entre los estímulos oníricos procedentes del interior del
soma que imponen su ley a la formación de los suefios, de-
bemos contar, desde luego, el estado físico general del su-
jeto. No quiere esto decir que pueda proporcionar por sí
solo el contenido onírico, pero sí que impone a las ideas
latentes una selección entre el material que ha de servir ala
representación en dicho contenido, aproximando, como
adaptada a su esencia una parte de dicho material y mante-
niendo a distancia la parte restante. Además, este estado
general, se halla enlazado desde el día con los restos psí-i BBB E
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUEÑOS
quicos importantes para el suefio. Este estado puede conser-
varse en el sueño, o ser dominado y transformado en su con:
trario cuando es de caråcter displaciente.Cuando las fuentes oníricas somáticas que actúan duran-
te el reposo—o sea las sensaciones de dicho estado—no po-
seen una desacostumbrada intensidad, desempefian, a mi
juicio, en la formaci⑥n de los suefios un papel anälogo al de
las impresiones diurnas que han permanecido recientes,
pero que son indiferentes. Quiero decir que son utilizadas
en la formaci⑥n del suefio cuando resultan apropiadas para
ser unidas al contenido de representaciones de la fuente
onírica psíquica, pero únicamente en este caso. Vemos,
pues, que son consideradas como un material de escaso va-
lor del que podemos disponer en todo momento y que utili-
zamos cuando nos es necesario, mientras que un material
precioso prescribe ya por sí mismo las normas de su em-
pleo. Sucede en esto como cuando una persona aficionada
а las joyas artísticas lleva al lapidario una piedra rara — un
ónice, por ejemplo—para que talle en él un camafeo. El ta-
maño de la piedra, su color y sus aguas coadyuvarán a de-
terminar la figura o escena que en ella ha de ser tallada,
mientras que dado un material más amplio y uniforme—
mármol o granito—no tiene el artista que ajustarse a nor-
mas distintas de su espontánea inspiración. Pensando así es
como únicamente resulta comprensible que aquel contenido
onírico que proporcionan los estímulos orgánicos de inten-
sidad no superior a la ordinaria, no aparezca en todo sueño
y en sueños todas las noches.Para la mejor inteligencia de mi opinión sobre este punto
concreto, expondré un nuevo ejemplo de sueño, retornando
así además al tema de la interpretación onírica. Durante
todo un día me esforcé en investigar cuál podía ser el signi-
ficado de la sensación de hallarnos paralizados, no poder
movernos o terminar un acto que hemos comenzado, sen-
sación muy próxima a la angustia y frecuentísima en la vida
onírica. A la noche inmediata, tuve el siguiente sueño:
«Subo, a medio vestir, por la escalera de una casa, desdelap >>
S.
po up nO (d o. uy FER E NU P
el piso bajo al principal. Voy saltando los escalones de tres
en tres y me felicito de poder subir una escalera con tanta
agilidad. De repente veo que baja a mi encuentro una criada.
Avergonzado, quiero apresurarme, pero en este momento,
se apodera de mí la parálisis indicada y me resulta Imposi-
ble avanzar un sólo paso.»Análisis: La situación de este suefio está tomada
de la realidad cotidiana. En mi casa de Viena, ocupo dos
pisos enlazados por un cuerpo de escalera. En el inferior
tengo mi consulta y mi despacho y en el superior mis habi-
taciones particulares. Cuando fermino de trabajar por las
noches en el despacho, tengo que subir la escalera para
Jlegar a mi alcoba. La misma noche de mi suefio había rea-
lizado este trayecto en una «toilette» realmente algo des-
ordenada, pues me había quitado la corbata, el cuello y los
puiios. Mi suefio exagera este desorden de mis vestidos,
pero como acostumbra a hacerlo en estos casos no determi-
na con precisión el grado a que el mismo se eleva. El saltar
los escalones de tres en fres es, en realidad, la forma en
que suelo subir las escaleras y constituye, por otra parte,
una realización de deseos reconocida, además, como tal en
el suefio, pues la facilidad con que llevo a cabo tal ejercicio
me ha iranquilizado muchas veces sobre la marcha de mi
corazón. Por último, es esta forma de subir escaleras una
flagrante contradicción de la parálisis que en la segunda
mitad del sueño me acomete, y me muestra—cosa que no
precisaba de prueba alguna— que el fenómeno onírico no
encuentra la menor dificultad para representarse, perfecta
y totalmente realizados, actos motores. Recuérdese los sue-
ños en que volamos.La escalera de mi sueño no es, sin embargo, la de mi
casa. Al principio no caigo en cuál pueda ser y sólo al reco-
nocer en la persona que baja a mi encuentro a la criada de
una anciana señora a la que visito dos veces al día para
ponerle inyecciones, me doy cuenta de que la escalera de
mi sueño corresponde a la del domicilio de dicha señora.¿Mas por qué razón sueño con la escalera del domicilio
DS >
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
de mi paciente y con la criada que ésta tiene a su servicio?
El avergonzarse de ir insuficientemente vestido es induda-
blemente un sentimiento de caråcter sexual. Pero la criada
con la que suefio es mas vieja que yo, regafiona y nada
atractiva. Recuerdo ahora, que al subir por las mafianas la
escalera de su casa, suele darme tos, y como no hay en
ella escupidera ninguna, me veo obligado a escupir sobre el
suelo, pues opino que la limpieza no es cuenta mia, sino de
la duefia de la casa, que debe ordenar la colocaciôn de una
escupidera. El ama de llaves de mi paciente, persona tam-
bien entrada en afios y de åspero caråcter, a la que no ten-
go por qué negar un gran amor a la limpieza, sostiene sin
embargo, sobre este punto concreto, la opinién contraria,
pues espia mis actos siempre que subo la escalera, y cuan-
do me permito la libertad, antes indicada, grufie y protesta
en voz alta y me rehusa luego, al encontrarse conmigo,
toda muestra de cortesia y respeto. Esta actitud fué com-
partida, el mismo dfa del suefio, por la otra criada, la cual,
al salir a abrirme la puerta, me interpeló åsperamente con
la siguiente reprimenda: «El sefior doctor podia limpiarse
los pies antes de entrar. Hoy ha vuelto a poner perdida la
alfombra.» Es esto todo lo que puede haber motivado la
inclusión de la escalera y de la criada en mi sueño.Entre los hechos de subir, saltando, la escalera y escu-
pir en el suelo, existe una íntima relación, pues la faringi-
tis y las perturbaciones cardíacas son el castigo del vicio
de fumar. Este vicio motiva así mismo que tampoco en mi
casa —que mi sueño funde en una unidad con la de mi pa-
ciente— goce yo de un renombre de exagerada limpieza.Dejaremos aplazada la continuación del análisis, hasta
que podamos exponer el origen del sueño típico de semi-
desnudez, y nos limitaremos a consignar, por el momento,
como resultado de la labor analítica a que hemos sometido
el sueño últimamente expuesto, que la sensación de paráli-
sis es despertada, en nuestros sueños, siempre que resulta
precisa para un determinado conjunto onírico. La causa de
un fal contenido onírico no puede ser un estado especial deE
S.
RO RENO S VS T RASEN WA תו
mi mofilidad durante el reposo, pues un momento antes
acabo de subir, en mi suefio, las escaleras, saltando ágil-
mente, de tres en tres, los escalones.d). Suefios tipicos.
Para inferpretar un suefio ajeno es condicién indispensa-
ble y ello limita considerablemente la aplicacién préctica de
nuestro método—que el sujeto 800608 a comunicarnos las
ideas inconscientes que se esconden detrås del contenido
manifiesto del mismo. Sin embargo, y en contraposiciôn
con la general libertad de que todos gozamos para confor-
mar nuestra vida onírica según nuestras personalisimas pe-
culiaridades, haciéndola así incomprensible a las demás,
existe un cierto número de sueños que casi todos soñamos
en idéntica forma y de los que suponemos poseen, en todo
individno, igual significación. Estos sueños son además me-
recedores de un especial interés por el hecho de proceder
probablemente, en todos los hombres, de fuentes idénticas,
circunstancia que los hace muy adecuados para propor-
cionarnos un amplio esclarecimiento sobre las fuentes oní-
ricas.Dados estos interesantes caracteres de los sueños típi-
cos, fundábamos grandes esperanzas en los resultados de
su interpretación por medio de nuestra técnica analítica,
pero, desgraciadamente, hemos comprobado que la labor
interpretadora tropieza, en ellos, con particulares dificulta-
des. Así, aquellas asociaciones del sujeto, que en todo otro
caso nos llevan a la comprensión de su sueño, faltan aquí
en absoluto o son tan oscuras e insuficientes que no nos
prestan ayuda ninguna.Más adelante, expondremos las causas de que tales difi-
cultades dependen y los medios de que nuestra técnica se
vale para orillarlas, y entonces comprenderá el lector por
qué he de limitarme ahora a tratar de algunos de estos sue-
ños típicos, dejando el estudio de los restantes para tal
ocasión.e) El sueño de avergonzamiento ante
la propia desnudez.a A
S.
LA INTERPRE1ACION DE LOS SUENOS
El suefio de hallarnos desnudos o mal vestidos ante per-
sonas exfrafias, suele surgir también sin que durante él
experimentemos sentimiento alguno de vergiienza o emba-
razo. Pero cuando nos interesa es cuando frae consigo ta-
les sentimientos y queremos huir o escondernos, siendo en-
tonces atacados por aquella singular parålisis que nos im-
pide realizar movimiento alguno, dejåndonos impotentes
para poner término a la penosa situaciôn en que nos halla-
mos. Sólo en esta forma constituye este sueño un sueño { に -
pico, aunque dentro de ella puede el nódulo de su contenido:
quedar incluído en los más diversos contextos y adornado
con toda clase de agregados individuales. Lo esencial en él,
es la penosa sensación—del carácter de la vergüenza—de-
que nos es imposible ocultar nuestra desnudez, o como ge-
neralmente deseamos, emprender una precipitada fuga. No
creo muy aventurado suponer que la inmensa mayoría de
mis lectores conoce por su experiencia onírica esta des-
agradable situación.En casi todos los sueños de este género queda impreci-
so el grado de nuestra desnudez. Alguna vez oiremos decir
al sujeto, que soñó hallarse en camisa, pero sólo en muy
raros casos presenta la imagen onírica una tal precisión.
Por lo contrario, suele ser tan indeterminada, que para des-
cribirla es necesario emplear una alternativa: «Soñé que es-
taba en camisa o en enaguas.» Asimismo, es lo más fre-
cuente que la intensidad de la vergiienza experimentada sea
muy superior a la que el grado de desnudez podría justifi-
car. En los sueños de los militares queda muchas veces
sustituida la desnudez por un traje antirreglamentario. Así,
sueñan haber salido sin sable, o sin gola, hallándose de
servicio, o llevar, con la guerrera, unos pantalones de pai-
sano y encontrar en la calle a otros oficiales, etc.Las personas ante las que nos avergonzamos, suelen
ser desconocidos, cuya fisonomía permanece indetermina-
da. Otro carácter del sueño típico de este género es que ja-
más nos hace nadie reproche alguno, ni siquiera repara en
nosotros, con motivo de aquello que tanto nos avergiien-ー ②⑦ 一
S.
PR OO SF ⑥ S FOER VO UD
za. Por lo contrario, la expresién de las personas que en
nuestro suefio encontramos es de una absoluta indiferencia
o como me fué dado comprobar en un caso especialmente
claro, estirado y solemne. Todo esto da que pensar.El avergonzado embarazo del sujeto y la indiferencia de
los demás constituyen una de aquellas contradicciones tan
frecuentes en el fenómeno onírico. A la sensación del sujeto
correspondería, lógicamente, que los demás personajes le
contemplasen con asombro, se burlaran de él o se indigna-
sen a su vista, Esta desagradable actitud de los espectado-
res, ha quedado, a mi juicio, suprimida por la realización de
deseos, mientras que la no menos desagradable sensación
de vergiienza ha logrado perdurar, mantenida por un poder
cualguiera, resultando así la falta de armonía que observa-
mos entre las dos partes de este sueño. La forma en que el
mismo ha sido utilizado como base de una fábula, nos pro-
porciona un interesante testimonio de que no se ha llegado a
interpretar acertadamante su significado, a través de su ex-
presión deformada en parte por la censura. La fábula a que
me refiero nos es a todos conocida por la versión de Ander-
sen (1), y más recientemente, ha sido poetizada por L. Ful-
da en su «Talismán». En el cuento de Andersen, se nos re-
fiere que dos falsarios ofrecen al rey un traje cuya singula-
rísima condición es la de ser visible únicamente para los
hombres buenos y honrados. El rey sale a la calle vestido
con este invisible traje—o sea desnudo—, pero no querien-
do pasar nadie por hombre perverso y ruin, fingen todos no
advertir su desnudez.Esta última es, punto por punto, la situación de nuestro
sueño. No hace falta aventurarse mucho para suponer que
del incomprensible contenido del sueño ha partido un impulso
a inventar un disfraz mediante el cual adquiera un sentido la
situación expuesta ante la memoria, quedando entonces des-
pojada esta situación de su significación primitiva y hacién-
dose susceptible de ser utilizada para fines distintos. Ya ve-
(1) «Los vestidos del rey.>'21929: im
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
remos, más adelante, que esta equivocada interpretación del
contenido onírico por la actividad intelectual consciente de
un segundo sistema, es algo muy frecuente y debe ser con:
siderado como un factor de la conformación definitiva de los
sueños. Asimismo, habremos de ver que en la formación de
representaciones obsesivas y de fobias, desempeñan un
principal papel, análogas interpretaciones erróneas, dentro
siempre de la misma personalidad psíquica. Con respecto a
estos sueños de desnudez, podemos indicar también de dón-
de es tomado el material necesario para dicha transforma-
ción de su significado. El falsario es el sueño, el rey, el su-
jeto mismo, y la tendencia moralizadora revela un oscuro
conocimiento de que en el contenido latente se trata de deseos
ilícitos, sacrificados a la represión. Los contextos en que fa-
, les suefios aparecen incluídos en mis análisis de sujetos neu-
róticos, demuestran, sin lugar a duda alguna, que se hallan
basados en un recuerdo de nuestra más temprana infancia.
Sólo en esta edad hubo una época en la que fuimos vistos
desnudos tanto por nuestros familiares como por per-
sonas extrañas — visitantes, criadas, etc. — sin que ello
“nos causara vergüenza ninguna (1). Así mismo, puede
observarse que la propia desnudez actúa sobre muchos
niños, aun en períodos ya algo avanzados de la infan-
ncia, como un excitante. En lugar de avergonzarse, ríen
a carcajadas, corren por la habitación y se dan palma-
das sobre el cuerpo, hasta que su madre o la persona a cuya
guarda están encomendados, les afea su proceder, tachán-
dolo de desvergonzado. Los niños muestran, con frecuen-
cia, veleidad exhibicionista. Rara es la aldea en que el via-
jero no encuentra a algún niño de dos o tres años que le-
vanta a su paso—y como en honor suyo—los faldones de su
camisita. Uno de mis pacientes conservaba en su memoria
consciente el recuerdo de una escena en que, teniendo ocho
años, había intentado entrar en camisa, a la hora de acos-(1) El niño toma también parte en la fábula, pues hay uno que al
ver pasar al rey, exclama: ¡Pero si va en cueros!SaMo ー 18
S.
.ppoF.s.k-PE»D
tarse, en la alcoba de su hermanita, capricho que le fué ne-
gado por la criada que de él cuidaba: En la historia infantil„de los neuróticos, desempeña la desnudez de niños de sexo
opuesto al del sujeto, un importantfsimo papel. La manfa de
los paranoicos de creerse observados cuando se visten o se.
desnudan, debe ser enlazada a estos sucesos infantiles.
Entre los perversos, existe un grupo—el de los exhibi-
cionistas — en el que el indicado impulso infantil ha pa-
sado a la categoría de obsesión.Cuando, en la edad adulta, volvemos la vista atrás, se
nos aparece esta época infantil en la que nada nos avergon-
zaba, como un Paraíso, y en realidad, el Paraíso no es otra
cosa que la fantasía colectiva de la niñez individual. Por
esta razón se hace vivir en él, desnudos, a sus moradores,
sin avergonzarse uno ante el otro, hasta que llega un mo-
mento en que despiertan la vergiienza y la angustia, sucede
Ja expulsión y comienzan la vida sexual y la labor de civili-
zación. A este Paraíso puede el sueño retrotraernos todas:
las noches. Ya indicamos antes nuestra sospecha de que las
impresiones de la primera infancia (del período prehistórico,
que alcanza hasta el final del cuarto año) demandan de por
sí y quizá sin que en ello influya para nada su contenido,
una reproducción, siendo por lo tanto su repetición, una.
realización de deseos. Así, pues, los sueños de desnudez.
son sueños exhibicionistas (1).El nódulo del sueño exhibicionista queda constituído por
la propia figura del sujeto—no en su edad infantil sino en la
actual-—y por el desorden o parvedad de su vestido, detalle
este último que a causa de la superposición de recuerdos
posteriores o de imposiciones de la censura, queda siempre
indeterminada. A este nódulo se agregan las personas ante
las cuales nos avergonzamos. No conozco caso ninguno de
que entre estas personas retornen las que realmente presen-(1) Ferenczi ha comunicado un cierto número de interesantes sue-
ños femeninos de desnudez, que pueden ser referidos fácilmente al pla-
cer exhibicionista infantil, pero que se aparta, en algunos rasgos, dek
«sueño típico de desnudez» al que ahora nos referimos.ー タ す ~~.
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
ciaron las pretéritas exhibiciones infantiles del sujeto. El
sueño no es, en efecto, casi nunca, un simple recuerdo. En
todas las reproducciones que el suefio, la histeria y la new
rosis obsesiva nos presentan, quedan siempre omitidas
aquellas personas a las que hicimos objeto de nuestro inte-
rés sexual en nuestra infancia. Unicamente la paranoia hace
retornar a los espectadores e impone al sujeto la més fand-
tica convicción de su presencia, aunque los deja permane-
cer invisibles. Aquello con que el suefio los sustifuye
—emucha gente desconocida», que no presta atención al
espectáculo que se le ofrece—constituye la transfor-
mación, en su contrario, del deseo del su-
jeto, orientado hacia la persona, familiar y única, a la que
siendo niño dedicó su desnudez, en sus exhibiciones infan-
tiles. Esta «gente desconocida» aparece también en muchos
otros sueños e intercalada en los más diversos contextos,
significando entonces, «secreto», siempre como transforma-
ción, en su contrario, de un deseo (1). El retorno de la
situación primitiva, que como antes indicamos, se verifica
en la paranoia, queda adaptado asimismo a esta contradic-
ción. El sujeto tiene, en ella, la convicción de ser observado,
pero los que así le observan, son «gente desconocida, sin-
gularmente indeterminada»:La represión actúa también en estos sueños exhibicionis-
tas. La penosa sensación que durante ellos experimentamos
no es sino la reacción del segundo sistema contra el hecho
de haber logrado a pesar de todo, una representación, el
contenido, por él rechazado, de la escena exhibicionista.
Esta no debía haber sido reproducida, para evitar la sensa-
ción desagradable.Más adelante, volveremos a ocuparnos de la sensación
de hallarnos paraiizados, la cual sirve admirablemente, en
el sueño, para expresar el conflicto de la volun-
tad, el no. La intención insconsciente, demanda que la(1) Esta misma significación tiene, en los sueños y por razones
fácilmente comprensibles, la presencia de «toda la familia».ー 275 一
S.
PPOF. s.-PP«EUD
exhibiciôn prosiga y la censura exige que se interrumpa.
Las relaciones de nuestros suefios tipicos con las fåbulas
“y otros temas de creación poética, no son ciertamente es-casas ni casuales. La penetrante mirada de un escritor ha
observado en una ocasión analiticamente, el proceso de
transformación de que el poeta es, en general, instrumento,
y ha sabido perseguir el desarrollo de dicho proceso, re-
montando su curso, o sea referir a un sueño la obra poética.
Aludo con esto a Gottfried Keller, en cuya obra «Enrique el
Verde» me ha señalado un amigo mío el siguiente pasaje:
<No le deseo a usted, mi querido Lee, que compruebe por
propia experiencia, cuál fué la sensación de Ulises al sur-
gir, desnudo y cubierto de barro, ante Nausicáa y sus com-
pañeras. ¿Que cómo es posible tal comprobación? Helo
aqui. Cuando lejos de nuestra patria y de todo lo que noses querido, vagamos por tierras extrañas, vemos y vivimos
todo género de cosas, sufrimos y meditamos, o nos halla-
mos quizá miserables y abandonados, soñamos, indefecti-
blemente, alguna noche, que nos acercamos a nuestros leja-
nos lares. Los anhelados paisajes patrios aparecen ante
nosotros con esplendorosos colores, y suaves figuras ama-
das salen a nuestro encuentro. Pero entonces nos damos
cuenta de que llegamos destrozados, desnudos y cubiertos
de polvo. Vergiienza y angustia infinitas se apoderan de
nosotros. Intentamos cubrir nuestras desnudeces u ocultar-
nos, y acabamos por despertar bañados en sudor. Mientras
existan seres humanos será éste el sueño del desgraciado
al que el destino hace vagar lejos de su patria. Vemos,
pues, que la situación de Ulises ante Nausicåa ha sido to-
mada por Homero de la más profunda y eterna esencia de
la Humanidad.»Ahora bien; esta eterna y más profunda esencia del hom-
bre, que todo poeta tiende siempre a despertar en sus oyen-
tes, se halla constituída por aquellos impulsos y sentimien-
tos de la vida anímica, cuyas raíces penetran en el tempra-
no período infantil considerado luego como prehistórico.
Detrás de los deseos del expatriado, capaces de concienciaー 276 一
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
y libres de toda objeciôn, se abren paso, en el suefio, los
deseos infantiles, reprimidos y devenidos ilicitos, razén po
la cual termina siempre en suefio de angustia este suefio que
la leyenda de Nausicåa objetiviza. :
El suefio antes expuesto, en el que la agilidad de que
doy pruebas al subir la escalera, se transforma, a poco, en
la imposibilidad de hacer movimiento alguno, es, igualmen-
te, un suefio exhibicionista, pues presenta los componentes
esenciales de los de este género. Por lo tanto, habremos de
poder referirlo a sucesos infantiles y el conocimiento de
estos sucesos habrå de permitirnos deducir hasta qué punto
la conducta de la criada con respecto a mi y el reproche que
me dirige de haber ensuciado la alfombra, contribuyen a
hacerla ocupar un lugar en mi sueño. No resulta, en efecto,
nada dificil, llegar, por este camino, a un total esclareci-
miento. La labor psicoanalítica nos enseña a interpretar la
contigiiidad temporal como relación objetiva. Dos ideas,
faltas en apariencia, de todo nexo, pero que se suceden
inmediatamente, pertenecen a una unidad que habremos de
adivinar, del mismo modo que una a y una b, escritas una
a continuación de otra, en el orden marcado, forman la sila-
ba ab y han de ser pronunciadas conjuntamente. Esto mis-
mo sucede con respecto a la relación de varios sueños entre
sí. El citado sueño de la escalera forma parte de una serie
cuyos restantes elementos me han revelado ya su sentido.
Debe, pues, de referirse al mismo tema. Ahora bien; dichos
otros sueños tienen todos, como base común, mi recuerdo
de una niñera a la que estuve confiado desde el destete has-
ta los dos años, persona de la que también mi memoria
consciente conserva una oscura huella. Por lo que mi madre
me ha referido hace poco sobre ella, se que era vieja y fea,
pero muy trabajadora y lista, y por las conclusiones que de
mis sueños puedo deducir, he de admitir que no siempre se
mostraba muy cariñosa conmigo, llegando a tratarme con
rudeza cuando infringía las reglas de limpieza a las que
quería acostumbrarme. La criada de mi anciana paciente,
al tomar a su cargo, en la escena real antes detallada, la= rr AP
S.
PR WND ole a WD
continuaciôn de dicha labor educativa, me da derecho a tra-
farla, en mi sueño, como encarnación de aquella vieja
“niñera de mi época prehistórica. Habremos de admitir ade-
más, que el niño, no obstante los malos tratos de que le
hacía objeto, la distinguía con su amor.8) Sueño de la muerte de personas
queridas.Otros sueños que también hemos de considerar como
fípicos son aquellos cuyo contenido entraña la muerte de
parientes queridos: padres, hermanos, hijos; etcétera. Ante
fodo, observamos que estos sueños se dividen en dos cla-
ses: aquellos durante los que no experimentamos dolor
alguno, admirándonos, al despertar, nuestra insensibilidad,
y aquellos otros en los que nos sentimos poseídos por una
profunda aflicción, hasta el punto de derramar, durmiendo,
amargas lágrimas. medaLos primeros no pueden ser considerados como típicos,
y por lo tanto, no nos interesan de momento. Al analizarlos,
hallamos que significan algo muy distinto de lo que consti-
tuye su contenido, y que su función es la de encubrir un
cualquier deseo diferente. Recordemos el de aquella joven
que vió ante sí, muerto y colocado en el ataúd, a su sobri-
no, el único hijo que quedaba a su hermana, de dos que
había tenido. El análisis nos demostró que este sueño no
significaba el deseo de la muerte del niño, sino que encubría ・
el de volver a ver, después de una larga ausencia, a una
persona amada, a la que en análoga situación, esto es,
cuando la muerte de su otro sobrino, había podido contem-
plar de cerca la sujeto, también después de una prolongada
separación. Este deseo, que constituye el verdadero conte-
nido del sueño, no trae consigo motivo ninguno de duelo, -
razón por la cual no experimenta la sujeto, durante él, sen-
timiento alguno doloroso. Observamos aquí que la sensa-
ción concomitante al sueño no corresponde al contenido
manifiesto, sino al latente, y que el contenido afecfivo ha
permanecido libre de la deformación de que ha sido objeto
el contenido de representaciones.— 278 —
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
Muy distintos de estos son los suefios en que aparece
representada la muerte de un pariente querido, y senfimos
dolorosos afectos. Su sentido es, en efecto, el que aparece d
manifiesto en su contenido, o sea el deseo de que muera la
persona a que se refieren. Dado que los sentimientos de to-
dos aquellos de mis lectores que hayan tenido alguno de
estos suefios, habrán de rebelarse contra esta afirmación
mía, procuraré desarrollar su demostración con toda am-
plitud.Uno de los análisis expuestos en páginas anteriores nos
reveló que los deseos que el suefío nos muestra realizados,
no son siempre deseos actuales. Pueden ser también deseos
pasados, agotados, olvidados y reprimidos a los que sólo
por su resurgimiento en el suefio hemos de atribuir una es-
pecie de supervivencia. Tales deseos no han muerto según
nuestro concepto de la muerte, sino que son semejantes a
aquellas sombras de la Odisea que en cuanto bebían san-
gre despertaban a una cierta vida. En el suefio de la nifia
muerta y metida en una caja (cap. IV) se trataba de un de-
seo que había sido actual quince afíos antes y que la sujeto
confesaba ya, francamente, haber abrigado por entonces.
No será quizá superfluo para la mejor inteligencia de nues-
tra teoría de los sueños el hacer constar aquí, incidental-
mente, que incluso este mismo deseo se basa en un recuer-
do de la más temprana infaneia. La sujeto oy⑥, siendo nifia,
aunque no le es posible precisar el afio, que hallándose su
madre embarazada de ella, deseó, a causa de serios disgus-
tos, que el ser que llevaba en su seno, muriera antes de
nacer. Llegada a la edad adulta, y embarazada a su vez,
siguió la sujeto el ejemplo de su madre.Cuando alguien suefia, sintiendo profundo dolor, con la
muerte de su padre, su madre o de alguno de sus herma-
nos, no habremos de utilizar, ciertamente, este suefio como
demostración de que el sujeto desea, en la actuali-
dad, que dicha persona muera. La teoría del sueiio no
exige tanto. Se contenta con deducir que lo ha deseado al-
guna vez en su infancia. Temo, sin embargo, que esta limi-nc $us
S.
PROS EE ו ל יש අ පෙති." p
taciôn no logre devolver la tranquilidad a aquellos que han
tenido sueños de este género y que negarán la posibilidad. de haber abrigado alguna vez tales deseos, con la misma
energía que ponen en afirmar su seguridad de no abrigarlos
tampoco actualmente. En consecuencia, habré de reconsti-
tuir aquí, conforme a los testimonios que el presente ofrece
a nuestra observación, una parte de la perdida vida anímica
infantil (1).Observemos, en primer lugar, la relación de los niños
con sus hermanos. No se por qué, suponemos, a priori, que
ha de ser cariñosísima, no obstante los muchos ejemplos
con que constantemente tropezamos de enemistad entre
hermanos adultos, enemistad de la que por lo general, ave-
riguamos que comenzó en épocas infantiles. Pero también
muchos adultos que en la actualidad muestran gran cariño
hacia sus hermanos y les auxilia y protegen con todo des-
interés, vivieron con ellos, durante su infancia, en interrum-
pida hostilidad. El hermano mayor maltrataba al menor, le
acusaba ante sus padres y le quitaba sus juguetes; el menor,
por su parte, se consumía de impotente furor contra el ma-
yor, le envidiaba o temía y sus primeros sentimientos de li-
bertad y de conciencia de sus derechos fueron para rebe-
larse contra el opresor. Los padres dicen que los niños no
congenian, pero no saben hallar razón alguna que lo justi-
fique. No es difícil comprobar que el carácter del niño —aun
del más bueno—es muy distinto del que nos parece desea-
ble en el adulto. El niño es absolutamente egoista, siente
con máxima intensidad sus necesidades y tiende a satisfa-
cerlas sin consideración a nadie y menos aún a los demás
niños, sus competidores, entre los cuales se hallan, en pri-
mera línea, sus hermanos. Mas no por ello calificamos al(1) Cf. el «Análisis de la fobia de un niño de cinco afios»— Jahr-
buch fuer psychoanalytische und psychopathologische Forschungen,
T. 1, 1909—y mi estudio «Sobre las teorías sexuales infantiles», incluf-
do en la «segunda serie de la «Colección de ensayos para una teoría
de las neurosis.»—(N. DEL T.).—Ambos estudios se publicarán en es-
las «Obras completas».JAO —
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
niño de «criminal», sino simplemente de «malo», pues nos
damos cuenta de que es tan irresponsable ante nuestro pro-
pio juicio como lo sería ante los tribunales de justicia. Al
pensar así, nos atenemos a un principio de completa equi
dad, pues debemos esperar que en épocas que incluímos aún
en la infancia, despertaran, en el pequeño egoísta, la moral
y los sentimientos de altruismo, o sea, para decirlo con las.
palabras de Meynert, que un Yo secundario vendrá a super-
ponerse al primario, coartándolo. Claro es que la moralidad
no surge simultáneamente en toda la línea y que la duración
del período amoral infantil es individualmente distinta. Las
investigaciones psicoanalíticas me han demostrado que una
aparición demasiado temprana (antes del tercer año) de la
formación de reacciones morales, debe ser contada entre
los factores constitutivos de la predisposición a una ulterior
neurosis. Allí donde tropezamos con una ausencia de dicho
desarrollo moral, solemos hablar de «degeneración» y nos
hallamos, indudablemente, ante una detención o retraso del
proceso evolutivo. Pero también en aquellos casos en los
que el carácter primario queda dominado por la evolución
posterior, puede dicho carácter recobrar su libertad, al me-
nos parcialmente, por medio de la histeria. La coincidencia
del llamado «carácter histérico» con el de uu nifio «malo»
es harto singular. En cambio, la neurosis obsesiva corres-
ponde a la emergencia de una supermoralidad, que a título
de refuerzo y sobrecarga, gravitaba sobre el carácter prima-
rio, el cual no renuncia jamás a imponerse.Así, pues, muchas personas que en la actualidad aman
asus hermanos y experimentarían un profundo dolor ante
su muerte, llevan en su inconsciente, deseos hostiles a ellos,
procedentes de épocas anteriores, y estos deseos pueden
hallar, en suefios, su realización. Resulta especialmente
interesante observar la conducta de los nifios pequefios—de
tres años o aun menores— con ocasión del nacimiento de un
hermanito. El primogénito, que ha monopolizado hasta este
momento todo el carino y los cuidados de sus familiares,
pone mala cara al oir que la cigüefia ha traído otro nifio, y— 0 ー
S.
BEE A ASA hocque I D
luego, al serle mostrado el intruso, lo examina con aire dis-
gustado y exclama decididamente: «¡Yo quiero que la
cigiiefia vuelva a llevárselo!» (1). |À mi juicio, se da el nifio perfecta cuenta de todos los in-
convenientes que la presencia del hermanito le ha de traer
consigo. De una sefiora a la que me unen lazos de paren-
tesco y que en la actualidad se lleva a maravilla con su her-
mana, [cuatro años más joven que ella, sé que al recibir la
noticia de la llegada de otra niña, exclamó, previniéndose;
«¿Pero no la tendré que dar mi gorrita encarnada?» Si, por
azar se cumple cualquiera de estas prevenciones que en el
ánimo de los niños, despierta el nacimiento de un hermani-
to, ello constituirá el punto de partida de una duradera hos-
tilidad. Conozco el caso de una niña de menos de tres años,
que intentó ahogar en su cuna, a un hermanito recién nacido,
de cuya existencia no esperaba, por lo visto, nada bueno.
Queda así demostrado, por esta y otras muchas observacio-
nes coincidentes, que los niños de esta edad pueden experi-
mentar ya, y muy intensamente, la pasión de los celos. Y
cuando el hermanito muere y recae de nuevo sobre el pri-
mogénito toda la ternura de sus familiares, ¿no es lógico
que si la cigiieña vuelve a traer otro competidor, surja en el
niño el deseo de que sufra igual destino, para recobrar él la
tranquila felicidad de que gozó antes del nacimiento y des-
pués de la muerte del primero? (2). Naturalmente, esta con-(1) Un niño de tres años y medio, cuya fobia hicimos objeto de un
detenido análisis que constituye el tema del estudio antes citado en una
nota, gritaba durante una fiebre que padeció a raíz del nacimiento de
una hermana: <¡Pero si yo no quiero tener hermanita ninguna!» En la
neurosis que contrajo año y medio después, confesó abiertamente el
deseo de que la madre dejase caer en el baño a la pequeña, causándole
así la muerte. A pesar de todo esto, se trata de un niño bueno y afec-
tuoso que tomó en seguida cariño a su hermanita y gustaba de prote-
gerla.(2) Aunque estas muertes, acaecidas durante la infancia del sujeto,
sean pronto olvidadas en la familia, la investigación psicoanalítica nos
muestra que han poseído una gran importancia para la neurosis pos-
terior.— BOB e
S.
LA INTERPREIACION DE LOS SUENOS
ducta del nifio con respecto a sus hermanos menores, no es,
en circunstancias normales sino una simple funcién de la di-
ferencia de edad. Al cabo de un cierto lapso de tiempo, des-
piertan ya en la nifia los instintos maternales con respecto
al inocente recién nacido.De todos modos, los sentimientos de hostilidad contra
los hermanos tienen que ser, durante la infancia, mucho таз
frecuentes de lo que la poco penetrante observacién de los
adultos llega a comprobar (1). +En mis propios hijos, que se sucedieron råpidamente, he
desperdiciado la ocasiôn de tales observaciones, falta que
ahora intento reparar atendiendo con todo interés a la tier-
na vida de un sobrinito mio, cuya dichosa soledad se vi6
perturbada, al cabo de quince meses, por la aparición de
una competidora. Sus familiares me dicen que el pequeño
se porta muy caballerosamente con su hermanita, besándo-
le la mano y acariciándola, pero he podido comprobar que
antes de cumplir los dos años ha comenzado a utilizar su
naciente facultad de expresión verbal para criticar a aquel
nuevo ser que le parece absolutamente superfluo. Siempre
que se habla de la hermanita ante él, interviene en la con-
versación, exclamando malhumorado: «¡Es muy pequeña!»
Luego, cuando el espléndido desarrollo de la chiquilla, des-
miente ya tal crítica, ha sabido hallar el primogénito otro
fundamento en qué basar su juicio de que la hermanita no
merece tanta atención como se la dedica, y aprovecha toda(1) Desde la fecha en que escribimos estas líneas se han realizado,
y publicado en la literatura psicoanalítica, numerosisimas observacio-
nes sobre esta primitiva actitud hostil de los niños con respecto a sus
hermanos. El poeta A. Spitteler ha descrito con sincera ingenuidad esta
típica conducta infantil, refiriéndose a su más temprana niñez: «Además
había ya otro Adolfo. Un pequeño ser del que se aseguraba que era mi
hermano, pero que yo no podía comprender para qué servía, y mucho
menos por qué se le consideraba igual a mí. ¿Para qué necesitaba yo
un hermano? Y no solo era inútil sino perjudicial. Cuando yo molesta-
ba a mi abuela, quería él también molestarla, y cuando me sentaban en
el cochecito, le colocaban frente a mí, quitándome sitio y no pudiendo
yo estirar las piernas sin que mis pies tropezasen con los suyos.»24/988 2.
S.
PROF.Z.FP-EUD
ocasiôn para hacer notar que «no tiene dientes» (1). De otra
sobrina mia, recordamos todos, que teniendo seis afios, abru-
mó durante media hora a sus tías, con la pregunta: «¿Verdad
que Lucía no puede entender aún estas cosas?» Lucía era
una hermanita suya, dos años y medio menor que ella.En ninguna de mis enfermas he dejado de hallar sueños
de este género, correspondientes a una intensa hostilidad
contra sus hermanos. Un único caso que pareció presentar-
se al principio como excepción, demostró a poco, no ser
sino confirmación de la regla. Habiendo interrogado a una
paciente sobre estos extremos, recibí, para mi asombro, la
respuesta de que jamás había tenido un tal sueño. Pero mo-
mentos después recordó uno que aparentemente carecía de
relación con los que nos ocupan y que había soñado por
primera vez a los cuatro años, siendo la menor de las her-
manas, y luego repetidas veces. «Una multitud de niños,
entre los que se hallan todos sus hermanos, hermanas, pri-
mos y primas, juegan en una pradera. De repente les nacen
alas, echan a volar y desaparecen.» La paciente no tenía la
menor sospecha de la significación de este sueño, mas para
nosotros no resulta nada difícil reconocer en él un sueño de
muerte de todos los hermanos, en la forma original, escasa-
mente influída por la censura. Así, creo poder construir el
análisis siguiente: La sujeto vivía con sus hermanos y sus
primos, y con ocasión de la muerte de uno de ellos, acae-
cida cuando aún no había cumplido ella cuatro años, debió
de preguntar, a alguno de sus familiares, qué era de los
niños cuando morían. La respuesta debió de ser que les na-
cían alas y se convertían en ángeles, aclaración que el sue-
fio aprovecha, transformando en ángeles a todos los her-
manos, y lo que es más importante, haciéndolos desapare-
cer. Imaginemos lo que para la pequeña significaría ser la
única superviviente de toda la familiar caterva infantil. La0
(1) Con estas mismas palabras expresa el niño de tres años y me-
dio cuya fobia analizamos, la crítica de su hermana, suponiendo, ade-
más, que la falta de dientes es Jo que la impide hablar,> ⑳ も =
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
imagen de los nifios jugando en una pradera antes de des-
aparecer volando, se refiere sin duda al revolotear de las
mariposas, como si la niña hubiese seguido la misma com —
catenación de ideas que llevó a los antiguos a atribuir a Psi-
quis alas de mariposa.Quizá oponga aquí alguno de mis lectores la objeción
de que aun aceptando los impulsos hostiles de los niños
contra sus hermanos no es posible que el espíritu infantil
alcance el grado de maldad que supone desear la muerte a
sus competidores, como si no hubiera más que esta máxima
pena, para todo delito. Pero los que así piensan, no reflexio-
nan que el concepto de «estar muerto» no tiene para el niño
igual. significación que para nosotros. El niño ignora por
completo el horror de la putrefacción, el frío del sepulcro y
el terror de la nada eterna, representaciones todas que resul-
tan intolerables para el adulto, como nos lo demuestran
todos los mitos del «más allá». Desconoce el miedo a la
muerte, y de este modo, juega con la terrible palabra, ame-
nazando a sus compañeros: «Si haces eso otra vez, te mo-
rirás, como se murió Paquito», amenaza que la madre escu-
cha con horror sabiendo que más de la mitad de los naci-
dos no pasan de los años infantiles. De un niño de ocho
años, sabemos que al volver de una visita al museo de His-
toria natural dijo a su madre: «Te quiero tanto, que cuando
mueras mandaré que te disequen y te tendré en mi cuarto
para poder verte siempre.» ¡Tan distinta es, de la nuestra, la
infantil representación de la muerte! (1).<Haber muerto», significa para el niño, al que se evita
el espectáculo de los sufrimientos de la agonía, tanto como
«haberse ido» y no estorbar ya a los supervivientes, sin que
establezca diferencia alguna entre las causas—viaje о muer-(1) А un niño de diez años, muy inteligente, le of con asombro, a
raíz de la muerte repentina de su padre, las palabras que siguen: «Com-
prendo que papá haya muerto, pero lo que no puedo explicarme es
que no venga a cenar a casa. >—En la revista «Tmago», tomos I-V, 1912-
1918, puede hallarse una serie de estudios sobre este tema, publicados
por la doctora v. Hug-Hellmuth bajo el título de «El alma infantil»,— 285 —
S.
DAN ・ ム R Rae UH D
te— a que la ausencia pueda obedecer (1). Cuando en los
años prehistóricos de un niño, es despedida su niñera y
muere, a poco, su madre, quedan ambos sucesos superpues-
fos para su recuerdo, dentro de una misma serie, circuns-
fancia que el análisis nos descubre en un gran número de
casos: La poca intensidad con que los niños echan de me-
nos a los ausentes ha sido comprobada, a sus expensas,
por muchas madres, que al regresar de un viaje de algunas
semanas, oyen que sus hijos no han preguntado ni una sóla
vez por ellas. Y cuando el viaje es a «aquella tierra ignota,
de la que jamás retorna ningún viajero», los niños parecen,
al principio, haber olvidado a su madre, y sólo posterior-
mente comienzan a recordarla.Así, pues; cuando el niño tiene motivos para desear la
alisencia de otro, carece de toda retención que pudiese apar-
tarle de dar a dicho deseo la forma de la muerte de su com-
petidor, y la reacción psíquica al sueño de deseo de muerte,
prueba que no obstante las diferencias de su contenido, en
el niño, es tal deseo idéntico al que en igual sentido puede
abrigar el adulto.
_ Pero si este infantil deseo de la muerte de los hermanos
queda explicado por el egoisnto del niño, que no ve en ellos
sino competidores, ¿cómo explicar igual optación con res-
pecto a los padres, que significan para él una inagotable
fuente de amor y cuya conservación debiera desear, aun por
motivos egoístas, siendo, como son los que cuidan de satis-
facer sus necesidades?(1) La observación de un padre, conocedor de las teorías psico-
analíticas, ha logrado sorprender el momento en que una hija suya, de
cuatro años e inteligencia muy desarrollada, reconoce la diferencia
entre «haberse ido» y «haber muerto». Un día que la niña se resistía a
comer, expresó, viéndose observada por la criada, el deseo de que la
misma muriese.—¿Por qué quieres precisamente que se muera? ~~~ pre-
guntó. el padre—¿No basta con que se vaya?— No—respondi6 la
niña—; porque entonces vuelve. — Para el ilimitado amor del niño a su
propia persona (narcisismo) es toda perturbación un crimen de lesa
majestad, y como la legislación draconiana, no aplica el juicio del niño,
a tales delitos, pena inferior a la de muerte.0 —
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
La solucién de esta dificultad no es proporcionada por
la experiencia de que los suefios de este género se refieren
casi siempre, en el hombre, al padre, y en la mujer, a la
madre, esto es, al inmediato ascendiente de sexo igual al
del sujeto. No constituye esto una regla absoluta, pero sf
predomina suficientemente para impulsarnos a buscar su
explicación en un factor de alcance universal. En términos
generales diríamos; pues, que sucede como si desde edad
muy temprana surgiese una preferencia sexual, esto es,
como si el niño viese en el padre y la niña en la madre,
rivales de su amor, cuya desaparición no pudiese serles
sino ventajosa. edAntes de rechazar esta idea, tachandola de monstruosa,
deberén examinarse atentamente las relaciones efectivas
entre padres e hijos, comprobando la indudable diferencia
existente entre lo que la evoluciôn civilizadora exige ‘que
sean tales relaciones y lo que la observacién cotidiana nos
demuestra que en realidad son. Aparte de entrafiar таз de
un motivo de hostilidad, constituyen terreno abonado para
la formación de deseos rechazables por la censura. Exami-
nemos, en primer lugar, las relaciones entre padre e hijo.
A mi juicio, el carâcter sagrado que hemos reconocido a
los preceptos del Decålogo, vela nuestra facultad de percep-
ciôn de la realidad, y de este modo, no nos atrevemos casi
a darnos cuenta de que la mayor parte de la humanidad
infringe el cuarto mandamiento. Tanto en las capas mås
altas de la sociedad humana, como en las mås bajas suele
posponerse el amor filial a otros intereses. Los oscuros
datos que en la mitologfa y la leyenda, podemos hallar
sobre la época primitiva de la sociedad humana, nos dan
una idea poco agradable de la plenitud de poder del padre
y de la tiranía con que el mismo hacía uso de ella. Cronos
devora a sus hijos y Júpiter castra a su padre (1) y le arre-(1) Por lo menos en algunas versiones mitológicas. En otras, es
unicamente Cronos quien comete este atentado en la persona de su
padre Urano. ノSobre la significación mitológica de este tema, véanse los trabajos
mal: A c
S.
PROF.F.FKEUD
bata el trono. Cuanto més ilimitado era el poder del padre,
en la antigua familia, tanto més habfa de considerar a su
hijo y sucesor como un enemigo y mayor habia de ser la
impaciencia del hijo por alcanzar el poder a la muerte de su
progenitor. Todavia en nuestra familia burguesa suele el
padre contribuir al desarrollo de los gérmenes de hostilidad
que las relaciones paterno-filiales entrafian, negando al hijo
el derecho de escoger su camino en la vida o los medios
necesarios para emprenderlo. El médico tiene frecuentisi-
mas ocasiones de comprobar cómo el dolor causado por la
muerte del padre no basta para reprimir la satisfacción de
la libertad por fin alcanzada. Sin embargo, los restos de la
potestas patris familias, muy anticuada ya en
nuestra sociedad, son celosamente guardados todavía por
todos los padres, y el poeta que coloca en primer término
de su fábula la antiquísima lucha entre padre e hijo, puede
estar seguro de su efecto sobre el público. Las ocasiones
de conflicto entre madre e hija surgen cuando esta última,
hecha ya mujer, encuentra en aquélla un obstáculo a su de-
seada libertad sexual y le recuerda, a su vez, que para ella
ha llegado ya el tiempo de renunciar a toda satistacción de
dicho género.Todas estas circunstancias se presentan a nuestros ojos
con perfecta evidéncia. Pero como no bastan para explicar-
nos el hecho de que estos sueños sean también soñados por
personas sobre cuyo amor filial, en la actualidad, no cabe
discusión, habremos de suponer que el deseo de la-muerte
de los padres se deriva también de la más temprana in-
fancia.Esta hipótesis queda confirmada por el análisis y sin lu-
gar a duda alguna, con respecto a los psiconeuróticos. Al
someter a estos enfermos a la labor analítica, descubrimos
que los deseos sexuales infantiles—hasta el punto que ha-
llåndose en estado de gérmen, merecen este nombre—des-de Otto Rank, titulados: «El mifo del nacimiento del héroe» y «El tema
del incesto en la poesía y la leyenda».5 — 288 —
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
piertan muy tempranamente, y que la primera inclinaciôn de
la nifia tiene como objeto ‘al padre, y la del niño, a la ma-
dre. De este modo, el inmediato ascendiente de sexo igual
al del hijo se convierte, para éste, en importuno| rival y ya
hemos visto, al examinar las relaciones paternas, cuån poco
se necesita para que este sentimiento conduzca al deseo de
muerte. La atracción sexual actúa también, generalmente,
sobre los mismos padres, haciendo que por un! rasgo natu-
ral, prefiera y proteja la madre a los varones, mientras que
el padre dedica mayor ternura a las hijas, conduciéndose,
en cambio, ambos, con igual severidad en la educación de
sus descendientes, cuando el mágico poder del sexo no per-
turba su juicio. Los nifios se dan perfecta cuenta de tales
preferencias y se rebelan contra aquél de sus inmediatos as-
cendientes que les frata con mayor rigor. Para ellos, el
amor de los adultos no es sólo la satisfacción de una espe-
cial necesidad, sino también una garantía de que su volun-
tad será respetada en otros órdenes diferentes. De este
modo, siguen su propio instinto sexual y renuevan al mismo
tiempo, con ello, el estímulo que parte de los padres, cuan-
do su elección coincide con la de ellos. \
La mayor parte de los signos en que se exteriorizan estas
inclinaciones infantiles suele pasar inadvertida. Algunos de
tales indicios pueden observarse atin, en los nifios, después
de los primeros años de su vida. Una niña de ocho años,
hija de un amigo mío, aprovechó una ocasión en que su ma-
dre se ausentó de la mesa, para proclamarse su sucesora,
diciendo a su padre: «Ahora soy yo la mamá. ¿No quierés
más verdura, Carlos? Anda, toma un poco más.» Con es-
pecial claridad se nos muestra este fragmento de la psicolo-
gía infantil en las siguientes manifestaciones de una niña de
menos de cuatro años, muy viva e inteligente: «Mamá pue-
de irse ya. Papá se casará conmigo. Yo quiero ser su mu-
jer.» En la vida infantil no excluye este deseo un tierno y
verdadero cariño de la niña por su madre. Cuando el niño:
es acogido durante la ausencia del padre en el lecho matri-
monial y duerme al lado de su madre hasta que al regresozan 19
S.
PROF.I«.FÆEUD
de su progenitor, vuelve a su alcoba, al lado de ofra perso-
na que le gusta menos, surge en él, fácilmente el deseo de
que el padre se halle siempre ausente para poder conservar
sin interrupción su puesto junto a su querida mamá bonita,
y el medio de conseguir tal deseo es, naturalmente, que el
padre muera, pues sabe por experiencia que los «muertos»
esto es, personas, como por ejemplo el abuelo, se hallan
siempre ausentes y no vuelven jamás.Si tales observaciones de la vida infantil se adaptan sin
esfuerzo a la interpretación propuesta, no nos proporcionan:
sin embargo, la tofal convicción que las psicoanálisis de
adultos neuróticos imponen al médico. La comunicación de
los sueños de este género es acompañada, por ellos, de ta-
les preliminares y comentarios, que su interpretación como
sueños optativos se hace ineludible. Una señora llega a mj
consulta toda conturbada y llorosa. «No quiero ver más a
mi familia—me dice—. Tengo que causarles horror.» A se-
guidas y casi sin transición, me relata un sueño, cuyo sig-
nificado desconoce. Lo soñó teniendo cuatro años, y su
contenido es el siguiente: «Ve andar a un lince o una zorra
por encima de un tejado. Después cae algo o se cae ella del
tejado abajo. Luego sacan de casa a su madre muerta y
rompe ella a llorar amargamente.» Apenas expliqué a la su-
jeto, que su sueño tenía que significar el deseo infantil de ver
morir a su madre y que el recuerdo del mismo es lo que la
inspira ahora la idea de que tiene que causar horror a su fa-
milia, me suministró espontáneamente material bastante
para un total esclarecimiento. Siendo niña, un golfillo que
había encontrado en la calle, se había burlado de ella apli-
cándola algunas calificaciones zoológicas entre las que se.
hallaba la de «lince» y posteriormente, teniendo ya tres años,
había sido herida su madre por una teja que le cayó sobre la.
cabeza, originándola intensa hemorragia.Durante algún tiempo, he tenido ocasión de estudiar, con
todo detalle, a una niña que pasó por diversos estados psí-
quicos. En la demencia frenética con que comenzó su enfer-
medad, mostró una especial repulsión hacia su madre, in-= M.
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
sultåndola y golpeåndola en cuanto intentaba acercarse a su ・
lecho. En cambio, se mosfraba muy carifiosa y döcil para
con su hermana, bastante mayor que ella. À este pertodo
de excitación, siguió otro más despejado, aunque algo apá-tico y con grandes perturbaciones del reposo, fase en la
que comencé a someterla a tratamiento y a analizar sus sue-
ños. Gran cantidad de los mismos trataba, más o menos,
encubiertamente, de la muerte de la madre. Asi, asistía la
sujeto al entierro de una anciana o se refa sentada a la mesa
con su hermana, ambas vestidas de Juto. El sentido de es-
tos sueños no ofrecía la menor duda. Conseguida luego
una más firme mejoría, aparecieron diversas fobias entre las
cuales, la que más le atormentaba, era la de que a su madre
le había sucedido algo, viéndose incoerciblemente impulsa-
da a retornar a su casa, cualquiera que fuese el lugar en que
estuviese, para convencerse de que aún se hallaba en vida.
Este caso, confrontado con mi experiencia anterior en la
materia, me fué altamente instructivo, mostrandome, como
una traducción de un tema a varios idiomas, diversas reac-
ciones del aparato psíquico a la misma representación esti-
muladora. En la demencia inicial, dependiente, a mi juicio,
del vencimiento de la segunda instancia psíquica,
por la primera, hasta entonces reprimida, adquirió poder
motor la hostilidad insconsciente contra la madre. Luego, al
comienzo de la fase pacífica, reprimida la rebelión y res-
tablecida la censura, no quedó accesible a dicha hostilidad,
para la realización del deseo de muerte en que se concreta-
ba, dominio distinto del de los sueños, y por último, robus-tecida la normalidad, creó, como reacción contraria histéri- |
ca y fenómeno de defensa, la excesiva preocupación con
respecto a la madre. Relacionándolo con este proceso, no
nos resulta ya inexplicable el hecho de que las muchachas
histéricas manifiesten con tanta frecuencia un tan exagera-
do cariño a sus madres,En otra ocasión, me fué dado penetrar profundamente
en la vida animica inconsciente de un joven al que la neuro-
sis obsesiva hacía casi imposible la vida, pues la preocupa-voor
S.
ප ah, ru S RD ם
ciôn de que mataba a todos los que con él se cruzaban, le
impedía salir a la calle. Encerrado, así, en su casa, pasaba
el día ordenando los medios con que le sería posible probar
la coartada en caso de ser acusado de algún asesinato co-
metido en la ciudad. Excuso decir que se trataba de un hom-
bre de elevado sentido moral y gran cultura. El análisis —
mediante el cual conseguí una completa curación—reveló,
como fundamento de esta penosa representación obsesiva,
el impulso de matar a su padre—persona de extremada se-
veridad—sentido conscientemente, con horror, por nuestro
sujeto, a la edad de siete años, pero que, naturalmente,
procedía de épocas mucho más tempranas de su infancia.
Después de la dolorosa enfermedad que llevó a su padre al
sepulcro, teniendo ya el sujeto treinta y un años, surgió en
€] el reproche obsesivo que adoptó la forma de la fobia an-
tes indicada. De una persona capaz de precipitar a su pa-
dre a un abismo, desde la cima de una montaña, ha de es-
perarse que no estimará en mucho la vida de aguellos a los
que ningún lazo le une. Así, pues, lo mejor que puede hacer
es permanecer encerrado en su cuarto.Según mi experiencia, ya muy repetida, sobre estas
cuestiones, desempeñan los padres el papel principal en la
vida anímica infantil de todos aquellos individuos que más
tarde enferman de psiconeurosis, y el enamoramiento del
niño por su madre y el odio hacia el padre—o viceversa, en
las niñas—forman la firme base del material de sentimien-
tes psíquicos constituído en dicha época y tan importante
para la sintomática de la neurosis ulterior. Sin embargo, no
creo que los psiconeur6ticos se diferencien, en esto, gran-
demente, de los demás humanos que han permanecido den-
tro de la normalidad, pues no presentan nada que les sea
exclusivo y peculiar. Lo más probable es que sus senti-
mientos amorosos y hostiles con respecto a sus padres no
hagan sino presentarnos amplificado aquello que con me-
nor infensidad y evidencia sucede en el alma de la mayoría
de los niños, hipótesis que hemos tenido ocasión de com-
probar repetidas veces en la observación de niños norma-— 999 一
S.
LA INTERPRE1ACION DE LOS SUENOS
les. En apoyo de este descubrimiento, nos proporciona la
antigiiedad una leyenda cuya general impresión sobre el
ánimo de los hombres, sólo por una análoga generalidad
de la hipótesis aquí discutida nos parece comprensible.Aludimos, con esto, a la leyenda del rey Edipo y al dra-
ma de Sófocles en ella basado. Edipo, hijo de Layo, rey de
Tebas, y de Yocasta, fué abandonado al nacer, sobre el
monte Citerón, pues un oráculo había predicho a su padre,
que el hijo que Yocasta llevaba en su seno sería un asesino.
Recogido por unos pastores, fué llevado Edipo al rey de.
Corinto, que lo educó como un príncipe. Deseoso de cono-
cer su verdadero origen, consultó un oráculo que le acon-
sejó no volviese nunca a su patria, porque estaba destinado
a dar muerte a su padre y a casarse con su madre. No cre-
yendo tener más patria que Corinto, se alejó de aquella ciu-
dad, pero en su camino encontró al rey Layo y lo mató en
una disputa. Llegado a las inmediaciones de Tebas, adivinó
el enigma de la Esfinge que cerraba el camino hasta la ciu-
dad, y los tebanos, en agradecimiento, le coronaron rey,
concediéndole la mano de Yocasta. Durante largo tiempo,
reinó digna y pacíficamente, engendrando con su madre y |
esposa dos hijos y dos hijas, hasta que asoleda Tebas por
la peste, decidieron los tebanos consultar al oráculo en de-
manda del remedio. En este momento, comienza la tragedia
de Sófocles. Los mensajeros traen la respuesta en que el
oráculo declara que la peste eesara en el momento en que
sea expulsado del territorio nacional el matador de Layo.
¿Más dónde hallarlo?«¿Dónde hallar
la oscura huella de la antigua culpa?»La acción de la tragedia se halla constituída exclusiva-
mente por el descubrimiento paulatino y retardado con su-
premo arte —proceso comparable al de una psicoanálisis —
de que Edipo es el asesino de Layo y al mismo tiempo su
hijo y el de Yocasta. Horrorizado ante los crímenes que sinSs oc
S.
Pore A. פ טש HUBER ED
saberlo ha comefido, se arranca Edipo los ojos y huye de
su patria. La predicciôn del ordculo se ha cumplido.
«Edipo, rey» es una fragedia en la que el factor princi-
pal es el destino. Su efecto trågico reposa en la oposiciôn
entre la poderosa voluntad de los dioses y la vana resisten-
cia del hombre amenazado por la desgracia. Las ensefian-
zas que el espectador, hondamente conmovido, ha de ex-
traer de la obra, son la resignacién ante los dictados de la
divinidad y el reconocimiento de la propia impotencia. Fia-
dos en la impresiôn que jamås deja de producir la fragedia
griega, han intentado otros poetas de la época moderna,
lograr un análogo efecto dramático, entretejiendo igual opo-
sición en una fábula distinta. Pero los espectadores han
presenciado indiferentes, cómo a pesar de todos los esfuer-
zos de un protagonista inocente, se cumplían en él una mal-
dición o un oráculo. Todas las tragedias posteriores basa-
das en la fatalidad han carecido de efecto sobre el público.
En cambio, el «Edipo, rey» continúa conmoviendo al
hombre moderno tan profunda e intensamente como a los
griegos contemporáneos de Sófocles, hecho singular cuya
única explicación es quizá la de que el efecto trágico de la
obra griega no reside en la oposición misma entre el desti-
no y la voluntad humana, sino en el peculiar carácter de la
fábula en gue tal oposición queda objetivizada. Hay, sin duda,
una voz interior que nos impulsa a reconocer el poder coac-
tivo del destino, en Edipo, mientras que otras tragedias
construídas sobre la misma base nos parecen inaceptable-
- mente arbitrarias. Y es que la leyenda del rey tebano entra-
ña algo que hiere en todo hombre una íntima esencia natural.
Si el destino de Edipo nos conmueve es porque habría po-
dido ser el nuestro y porque el oráculo ha suspendido igual
maldición sobre nuestras cabezas antes de que naciéramos.
Quizás nos estaba reservado a todos dirigir hacia nuestra
madre nuestro primer impulso sexual y hacia nuestro padre
el primer sentimiento de odio y el primer deseo destructor,
Nuestros sueños testimonian de ello. El rey Edipo, que ha
matado a su padre y tomado a su madre en matrimonio, noー ③⑨④ 一
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
es sino la realizaciôn de nuestros deseos infantiles. Pero más
dichosos que él, nos ha sido posible, en épocas posteriores
а la infancia, y en tanto en cuanto no hemos contraído una ・
psiconeurosis, desviar de nuestra madre nuestros impulsos
sexuales y olvidar los celos que el padre nos inspiró. Ante
aquellas personas que han llegado a una realización de ta-
les deseos infantiles, retrocedemos horrorizados con toda
la energía del elevado montante de represión que sobre los
mismos se ha acumulado, en nosotros, desde nuestra infan-
cia. Mientras que el poeta extrae a la luz, en el proceso de
investigación que constituye el desarrollo de su obra, la cul-
pa de Edipo nos obliga a una introspección en la que descu-
brimos que aquellos impulsos infantiles existen todavía en
nosotros, aunque reprimidos. Y las palabras con que el coro
pone fin a la obra: «... miradle; es Edipo;—el que resolvió los
intrincados enigmas y ejerció el más alto poder; —aquél cuya
felicidad ensalzaban y envidiaban todos los ciudadanos. —
¡Vedle sumirse en las crueles olas del destino fatal!»—estas
palabras hieren nuestro orgullo de adultos, que nos hace
creernos lejos ya de nuestra niñez y muy avanzados por los
caminos de la sabiduría y del dominio espiritual. Como Edi-
po, vivimos en la ignorancia de aquellos deseos inmorales
que la naturaleza nos ha impuesto, y al descubrirlos quisiéra-
mos apartar la vista de las escenas de nuestra infancia (1).(1) Ninguna de las revelaciones de la investigación psicoanalitica
ha provocado tan indignada repulsa, tanta resistencia... ni tan regoci-
jante desconcierto de la crítica, como esta de las tendencias incestuo-
sas infantiles conservadas en lo inconsciente. Recientemente se ha lle-
gado incluso a intentar limitar el incesto, contra todos los datos de la
experiencia, a un alcance «simbólico». En el primer número de la re-
vista «Imago» (1912) da Ferenczi una ingeniosisima superinterpretación
del mito de Edipo, a propésito de un pasaje de una carta de Schopen-
hahiier.—Desde que en la edición original de la presente obra nos refe-
rimos por vez primera al «complejo de Edipo» ha adquirido éste a con-
secuencia de ulteriores investigaciones una gran importancia insos-
pechada para la inteligencia de la historia de la humanidad y del des-
arrollo de la religión y la moral.—(N. per T.).— Véase «Totem y tabú»,
tomo VIII de estas «Obras completas».ー 995 一
S.
PPOF. Suo T ה eC
En el texto mismo de la tragedia de Sófocles hallamos
una inequívoca indicación de que la leyenda de Edipo pro-
cede de un antiquísimo tema onírico en cuyo contenido se
refleja esta dolorosa perturbación, a que nos venimos refi-
riendo, de las relaciones filiales por los primeros impulsos
de la sexualidad. Para consolar a Edipo, ignorante aún de
la verdad, pero preocupado por el recuerdo de la predicción
del oráculo, le observa Yocasta que el sueño de incesto
es soñado por muchos hombres y carece, a su juicio, de
toda significación: «Son muchos los hombres
que se han visto, en sueños, cohabifan-
do con su madre. Pero aquel que no ve en ellos sino
vanas fantasías, soporta sin pesadumbre Ја carga de la vida».Este sueño es soñado aún, como entonces, por muchos
hombres, que al despertar lo relatan llenos de asombro
e indignación. En él habremos, pues, de ver la clave de la
tragedia y el complemento al de la muerte del padre. La
fábula de Edipo es la reacción de la fantasía a estos dos
sueños típicos, y así como ellos despiertan en el adulto,
sentimientos de repulsa, tiene la leyenda que acoger en su
contenido, el horror al delito y el castigo del delincuente,
que éste se impone por su propia mano. La ulterior confor-
mación de dicho contenido procede, nuevamente, de una
equivocada elaboración secundaria, que intenta ponerlo al
servicio de un propósito teologizante (cf. el tema onírico de
la exhibición, expuesto en páginas anteriores). Pero la ten-
tativa de armonizar la omnipotencia divina con la responsa-
bilidad humana tiene que fracasar aquí, como en cualquier
otro material que quiera llevarse a cabo.‚ Sobre base idéntica a la de «Edipo, rey» se halla cons-
truida otra de las grandes creaciones trágicas: el Hamlet
shakespeariano. Pero la distinta forma de tratar una misma
materia nos muestra la diferencia espiritual de ambos perío-
dos de civilización tan distantes uno de otro y el progreso
que a través de los siglos va efectuando la represión en la
vida espiritual de la humanidad. En «Edipo, rey» queda ex-
teriorizada y realizada, como en el sueño, la infantil fanta-= 896.
S.
a INTERPRETACION DE LOS SUENOS
sha optativa, base de la tragedia. Por lo contrario, en «Ham-
lets, permanece dicha fantasia, reprimida, y sélo por los
efectos coactivos que de ella emanan, nos enferamos de su
existencia, situación análoga a la de la neurosis. La crea-
ción shakespeariana nos demuestra, de este modo, la sin-
gular posibilidad de obtener un arrollador efecto trágico
dejando en plena oscuridad el carácter del protagonista. Ve-mos, desde luego, que la obra se halla basada en la vacila-
ción de Hamlet en cumplir la venganza que le ha sido enco-
mendada, pero el texto no nos revela los motivos o razones
de tal indecisión, y las más diversas tentativas de interpreta-
ción no han conseguido aún indicárnoslas. Según la opinión
hoy dominante, iniciada por Goethe, representa Hamlet
aquel tipo de hombre cuya viva fuerza de acción queda
paralizada por el exuberante desarrollo de la actividad inte-lectual. Según otros, ha intentado describir el poeta, un
carácter enfermizo, indeciso y marcado con el sello de la
neurastenia. Pero la trama de la obra, demuestra que Ham-
let no debe ser considerado, en modo alguno, como una
persona incapaz de toda acción. Dos veces le vemos obrar
decididamente, una de ellas con apasionado arrebato, cuan-
do da la muerte al espía oculto detrás del tapiz, y otra, con-
torme a un plan reflexivo y hasta lleno de astucia, cuando
con toda la indiferencia de los príncipes del Renacimiento
envía a la muerte a los dos cortesanos que tentan la misión
de conducirle a ella. ¿Qué es por lo tanto lo que le paraliza
en la ejecución de la empresa que el espectro de su padre le
ha encomendado? Precisamente el especial carácier de
dicha misión. Hamlet puede llevarlo todo a cabo, salvo la
venganza contra el hombre que ha usurpado, en el trono y
en el lecho conyugal, el puesto de su padre, o sea contra
aquel que le muestra la realización de sus deseos infantiles.
El odio que había de impulsarle a la venganza, queda sus-
tituído, en él, por reproches contra sí mismo y escrúpulos
de conciencia que le muestran incurso en los mismos delitos
que está llamado a castigar en el rey Claudio. De estas con-
sideraciones, con las que no hemos hecho sino traducir a louo =
S.
posco Uu. uw FEE Di
consciente lo que en el alma del protagonista tiene que per-
manecer inconsciente, deduciremos que lo que en Hamlet
hemos de ver, es un histérico, deduccién que queda confir-
mada por su repulsión sexual, exteriorizada en su diálogo
con Ofelia. Esta repulsién sexual es la misma que a partir
del «Hamlet» va apoderåndose, cada vez más por entero,
del alma del poeta, hasta culminar en «Timén de Atenas».
La vida anfmica de Hamlet no es otra que la del propio Sha-
kespeare. De la obra de Jorge Brandes sobre este au-
tor (1896) tomo el dato de que Hamlet fué escrito a raiz de
la muerte del padre del poeta (1601), esto es, enmedio del
dolor que tal pérdida habia de causar al hijo, y por lo tanto
de la reviviscencia de los sentimientos infantiles del mismo
con respecto a su padre. Conocido es también que el hijo
de Shakespeare, muerto en edad temprana llevaba el nom-
bre de Hamnet (idéntico al de Hamlet). Asi como
Hamlet trata de la relaciôn del hijo con sus padres, Mac-
betk, escrito poco después, desarrolla el tema de la este-
rilidad. Del mismo modo que el sueño, y en general todo
sintoma neurôtico, es susceptible de una superinterpreta-
ciôn 6 incluso precisa de ella para su completa inteli-
gencia, asi también toda verdadera creaciön poética debe
de haber surgido de mas de un motivo y un impulso en
el alma del poeta y permitir, por lo tanto, таз de una inter-
pretacion. Lo que aqui hemos intentado, es, tinicamente la
interpretación del más profundo estracto de sentimientos del
alma del poeta creados (1).No puedo abandonar el tema de los sueños típicos de la
muerte de pacientes queridos sin aclarar aún más, con algu-
nas indicaciones, su importancia para la teoría de los sue-
ños. Se da en ellos el caso nada común de que la idea oní-
rica formada por el deseo reprimido escapa a toda censura
y aparece inmodificada en el contenido manifiesto. Este he-
cho tiene que ser facilitado por circunstancias especiales.(1) E. Jones ha completado y defendido contra otras opiniones las
indicaciones que anteceden relativas a la comprensión analítica del
Hamlet. (Das Problem des Hamlet und der Odipuskomplex, 1911.)SA
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
Hay, en efecto, dos factores que lo favorecen: En primer lu-
gar no existe deseo alguno del que nos creamos más leja-
nos. Opinamos que «ni siquiera en sueños podría ocurrirse-
nos» desear cosa semejante, y de este modo, resulta que la
censura no se halla preparada a tal monstruosidad, análo-
gamente a como las leyes de Solon no sabían encontrar un
castigo proporcionado al delito de parricidio. Pero además,
el deseo reprimido e insospechado, recibe con gran frecuen-
cia, en estos casos, el apoyo de un resto diurno relativo a
las preocupaciones que durante la vigilia hemos
abrigado con respecto a la vida de personas que nos son
queridas. Esta preocupación no puede llegar a inclvirse en
un sueño sino sirviéndose del deseo de igual sentido, el cual
puede; a su vez, disfrazarse bajo la apariencia de la preocu-
pación que nos ha embargado durante el día. Aquellos que
opinen que el proceso es mucho más sencillo y que no ha-
cemos sino continuar, durante la noche y en sueños, lo que
nos ha preocupado durante el día, habrán de dejar los sue-
ños de muerte de personas queridas fuera de toda relación
con el esclarecimiento del fenómeno onírico y conservar sin
resolver, supérfiuamente, un enigma fácil de desentrañar.
Resulta también muy instructivo perseguir la relación de
estos sueños con los de angustia. En los de la muerte de
personas queridas ha hallado el deseo reprimido un camino
por el que poder eludir la censura y la deformación por ella
impuesta. Siempre que esto se verifica en un sueño, experi-
mentamos durante el mismo, como fenómeno concomitante,
sensaciones dolorosas. Correlativamente, solo se produce
el sueño de angustia cuando la censura es vencida total o
parcialmente, y por otro lado, la preexistencia de angustia
como sensación actual emanada de fuentes somáticas, faci-
lita el vencimiento de la censura. De este modo, vemos ya
claramente la tendencia en favor de la cual labora la censu-
ra imponiendo la deformación, tendencia que no es sino la
de impedir el desarrollo de angustia o de
otra forma cualquiera de afecto penoso.
En páginas que anteceden traté del egoísmo del alma in-— 999 —
S.
se
PR es කී? sy Fo BUE UNDfantil y quiero reanudar aquí el examen de este tema, para
demostrar que los suefios han conservado también este ca-
rácter. Todos, sin excepción, son egoisfas y en todos apa-
rece el amado Yo, aunque oculto bajo un disfraz. Los deseos
que en ellos quedan realizados son siempre deseos de dicho
Yo y cuando el sueño nos parece obedecer a un interés por
otra persona, ello no es sino una engafiosa apariencia. So-
meteré aquí al análisis algunos suefios que parecen contra-
decir esta afirmación.I. Un niño de menos de cuatro años, relatå el siguiente
suefío: «Ha visto una gran fuente que contenía un gran pe-
dazo de carne asada. De repente se lo comía alguien, de una
sola vez y sin cortar. Pero él no veía quién era la persona
que se lo había comido» (1).¿Quién podrá ser el individuo con cuyo copioso almuer-
zo suefia el nifio? Los sucesos del día del suefio nos pro-
porcionarán sin duda el esclarecimiento deseado. El sujeto
se halla hace algunos días, por prescripción facultativa, a
dieta láctea. Pero la tarde anterior había sido malo y le fué
impuesto el castigo de acostarse sin siquiera tomar la leche.
Ya en otra ocasión había sido sometido a una análoga cura
de ayuno, resistiéndola muy valientemente, sin intentar si-
quiera que le levantasen el castigo confesando su hambre.
La educación comienza ya a actuar sobre él, revelándose en
el principio de deformación que su sueño presenta. No cabe
duda que la persona que en su sueño almuerza tan a satis-
facción y precisamente carne asada, es él mismo. Pero como
sabe que le está prohibido, no se atreve a hacer lo que los
niños hambrientos hacen en sueños (cf. el sueño de mi hija(1) También lo grande, exuberante, exagerado y sin medida de los
sueños podría ser un carácter infantil. El niño no abriga otro anhelo
mayor que el de «ser grande» y recibir de todo una parte igual a la de
los mayores. Es difícil de contentar, no le basta nada y pide incansa-
blemente la repetición de aquello que le agrada o le sabe bien. Sólo por
medio de la educación aprende luego a tener medida, а conten-
tarse y resignarse con poco. Sabido es que también el neurótico tiende
a la falta de medida y a la intemperancia.ー 300 —
S.
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS 4
Ana) esto es, darse un espléndido banquete, y el invitado
permanece anónimo. | ;II. Sueño ver, en el escaparate de una librería, un tomo
nuevo de una colección cuyas publicaciones suelo adquirir
siempre (monografías artísticas ohistóricas). Este tomo
inicia una nueva serie titulada: «Orado-
res (o discursos) famosos» y ostenta en
la portada el nombre del doctor Lecher.El análisis me demuestra desde el primer momento lo
inverosimil de que pueda ocuparme, efectivamente, en sue-
ños, la personalidad del doctor Lecher, famoso por la resis-
tencia que demostró hablando hora tras hora, en el Parla-
mento alemán, durante una campaña obstruccionista. La
verdad es que hace algunos días se ha aumentado el núme-
ro de pacientes-que tengo sometidos a tratamiento psíquico
y me veo obligado a hablar durante nueve o diez horas dia-
rias. Soy yo, por lo tanto, el resistente orador.Ш. En otra ocasión, sueño que un profesor de nuestra
Universidad, conocido mío, me dice: «Mi hijo, el
miope.» A estas palabras se enlaza un diálogo, com-
puesto de breves frases. Pero, luego, sigue un tercer frag-
mento onírico en el que aparezco yo con mis hijos. En el
contenido latente, el Profesor M. y su hijo, no son sino ma-
niqufes que encubren mi propia persona y la de mi hijo ma-
yor, Sobre este sueño, habremos de volver más adelante
con motivo de otra de sus peculiaridades.IV. El siguiente sueño nos da un ejemplo de sentimien-
tos ruines y egoístas, ocultos bajo la apariencia de una tier-
na solicitud:«Mi amigo Otto tiene mala cara. Su tez ha tomado un
tinte oscuro y los ojos parecen querer salirsele de las ór-
bitas.>Otto es nuestro médico de cabecera. No tengo la menor
esperanza de saldar jamás mi deuda de gratitud para con él,
pues vela hace ya muchos años por la salud de mis hijos,
les ha asistido siempre con éxito y aprovecha además cual-
quier ocasión que se presenta, para colmarles de regalos.DEE
x
S.
も RO CD
La tarde anterior al suefio que nos ocupa, habia venido a
visitarnos, observando mi mujer, que parecia hallarse fati-
gado y deprimido. Aquella misma noche le atribuye mi sue-ño dos de los síntomas característicos de la entermedad de
Basedow. Aquellos que se niegan a aceptar mis reglas de
interpretación, no verán en este sueño sino una continuación
de los cuidados que el mal aspecto de mi amigo me había
inspirado en la vigilia. Pero una tal interpretación contradi-
ría los principios de que el sueño es una realización de de-
seos y accesible tan sólo a sentimientos egolstas. Además,
habríamos de invitar a sus partidarios a explicarnos por qué
la enfermedad que temo aqueje a mi amigo es precisamente
el bocio exoffálmico, diagnóstico para el que no ofrece su
aspecto real el más mínimo punto de apoyo. En cambio, mi
análisis, me proporciona el material siguiente, derivado de
us suceso acaecido seis años antes. Varios amigos, entre
cllos el Profesor R., atravesábamos, en carruaje, el bosque
de N., distante algunas horas de nuestra residencia veranie-
ga. Era ya noche cerrada y el cochero, que había abusado
de la bebida, nos hizo volcar en una pendiente, sin gravedaño para nuestras personas, pero obligándonos a pernoc-
far en una vecina hostería, donde la noticia del accidente
nos atrajo el interés de los demás viajeros. Un caballero,
que mostraba algunos de los signos característicos del
morbus Basedowii— tez oscura y ojos saltones,
como Otto en mi sueño—, se puso por completo a nuestra
disposición, preguntándonos en qué podía sernos útil. El
Profesor R. con su acostumbrada sequedad, le respondió:
«Por mí, lo único que puede usted hacer es prestarme una
camisa de dormir.» Pero la generosidad del amable auxilia-
dor no debía de llegar a tanto, pues alegando que no le era
posible acceder a la petición del Profesor, se alejó de nues-
tro lado.En la continuación del análisis se me ocurre (aunque sin
grandes seguridades sobre la exactitud de tal conocimiento)
que Basedow no es sólo el nombre de un médico, sino tam-
bién el de un famoso pedagogo. Mi amigo Otto es la per-ー 03 一
S.
LA INTERPREIACION DE LOS SUENOS
sona a quien he rogado, que en caso de sucederme alguna
desgracia, vele por la educación física de mis hijos, espe-
cialmente durante la pubertad (de aquí, la camisa de dor-
mir). Atribuyéndole luego, en el sueño, los síntomas patoló-
gicos de nuestro generoso auxiliador, es como si quisiera
decir: Si mé sucede algo le tendrán tan sin cuidado mis hi-
jos, como nosotros en aquella ocasión al barón de L., no
obstante sus amables ofrecimientos. Pero el nódulo egoísta
de este sueño tenía que quedar encubierto de alguna ma-
nera (1).¿Mas dónde se halla aquí la realización de deseos?
Desde luego no en la venganza contra mi amigo Otto, cuyo
destino es, por lo visto, que yo le maltrate en mis sueños,
sino en la siguiente relación. Representando a Otto, en mi-
sueño, por la persona del barón de L., he identificado mi
propia persona con la de otro, esto es, con la del Profe-
sor R., pues demando algo, de Otto, como el Profesor, del
barón, en aquella circunstancia. El Profesor R. ha seguido,
como yo, independientemente su camino y sólo después de
largos años ha alcanzado un título que merecía desde mu-
cho antes. Así, pues, deseo nuevamente, en este sueño, el
título de Profesor. Incluso este «después de largos afios> es
una realización de deseos, pues indica que vivo lo sufi-
ciente para guiar a mis hijos a través de los escollos de la
pubertad.p El sueño de examen.
Todo aquel que ha terminado con el examen de grado
sus estudios de bachillerato, puede testimoniar de la tenaci-
dad con que le persigue el suefio de angustia de que va a
ser suspendido y tendrá que repetir el curso, etc. Para(1) Una vez que E. Jones hablaba en una conferencia científica y
anfe un auditorio americano, del egoísmo de los suefios, se levantó
una ilustrada sefiora y opuso, contra una fan anticientífica generaliza-
ción, la objeción de que yo no podía hablar más que de los suefios de
los austriacos, debiendo limitarme a ellos y no pronunciarme sobre los
de los americanos. Por su parte, estaba segura de que todos sus sue-
fios eran riguresamente altruistas.— 808 —
S.
pe
Pp pO B SR ⑧ Y שאל oo
el poseedor de un título académico, se sustituye este suefio
tipico por el de que tiene que presentarse al examen de doc-
torado, סהסגום durante el cual se objeta en vano, que hace
ya muchos afios que obtuvo el deseado titulo y se halla ejer-
ciendo la profesión correspondiente. En estos sueños, es el
recuerdo de los castigos que en nuestra infancia merecieron
nuestras faltas lo que revive en nosotros y viene a enlazarse
a los dos puntos culminantes de nuestros estudios, al «dies
irae, dies illa» de los rigurosos exámenes. El «miedo de
examen» de los neuróticos, halla también un incremento en
la citada angustia infantil. Terminados nuestros estudios, no
es ya de nuestros padres, preceptores o maestros de quie-
nes hemos de esperar el castigo a nuestras faltas, sino de
la inexorable concatenaciôn causal de la vida, Ja cual toma
a su cargo continuar nuestra educación, y entonces es cuan-
do soñamos con los exámenes —¿y quién no ha dudado de
su éxito? —siempre que tememos que algo nos salga mal en
castigo a no haber obrado bien o no haber puesto los
medios suficientes para la consecución de un fin deseado,
esto es, siempre que sentimos pesar sobre nosotros una
responsabilidad.A una interesante observación de un colega, conocedor
de estas cuestiones, debo un más amplio esclarecimiento de
tales sueños, pues me llamó la atención, sobre el hecho,
por él comprobado, de que el sueño de tener que doctorar-
se nuevamente, era siempre soñado por personas que ha-
bían salido triunfantes de dicho examen y nunca por aque-
llas otras que en él habían sido suspensas. Estos sueños de
angustia, que suelen presentarse cuando al día siguiente ha
de resolverse algo importante para nosotros, habrían, pues,
buscado en el pretérito una ocasión en que la angustia se
demostró injustificada y quedó contradicha por el éxito.
Tendríamos aquí un singular ejemplo de interpretación
errónea del contenido onírico por la instancia despierta. La
objeción interpretada como rebelión contra el sueño: «¡Pero
si ya tengo el título, etc...!»—sería, en realidad un aliento
proporcionado por él mismo: «No femas; recuerda el miedoー ⑤0④ 一
S.
a
LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS
que sentiste antes del examen de doctorado y recuerda que
nada malo te pas6. Hoy tienes ya tu titulo, etc.» Resulta,
pues, que la angustia que atribufamos al suefio, procedia de
los restos diurnos. Esta explicación se ha demostrado cierta
en todos los sueños de este género, propios y ajenos, que he
podido investigar. La Medicina legal, asignatura en la que
fuí suspenso, no me ha ocupado jamás en sueños, mientras
que muchas veces, he soñado examinarme de Botánica
Zoología y Quimica, disciplinas en las que mi miedo al exa-
men estaba muy justificado, pero que aprobé por especial
favor del destino o del examinador. Entre las asignaturas de
segunda enseñanza, escogen siempre mis sueños la Histo-
ria, disciplina en la que rayé a gran altura, pero sólo porque
mi amable profesor—el tuerto de otro sueño (pág. 24)—se
dió cuenta de que al devolverle el programa, había hecho
con la uña, una señal, junto a la segunda pregunta, para ad-
vertirle que no insistiera mucho sobre ella. Uno de mis pa-
cientes, que aprobó el examen de doctorado y fué luego sus-
pendido en la Academia Militar, me ha confirmado que sueña
muchas veces con el primer examen y jamás con el último.
Los sueños de examen presentan, para la interpretación,
aquella dificultad que antes señalamos como característica de
los sueños típicos. El material de asociaciones que el sujeto
pone a nuestra disposición, rara vez resulta suficiente, y de
este modo, solo por la reunión y comparación de numerosos
ejemplos nos es posible llegar a la inteligencia de estos sue-
ños. Recientemente, experimenté, en un análisis la segura im-
presión de que la frase: «¡Pero si ya eres doctor etcétera»—
no se limita a encubrir una intención alentadora sino que en-
traña también un reproche: «Tienes ya muchos años y has
avanzado mucho en la vida, mas a pesar de ello, sigues ha-
ciendo «bobadas» y «niñerías.» El contenido latente de estos
sueños, correspondería, pues, a una mezcla de autocrítica y
aliento, y siendo así, no podremos extrañar que el reproche
de seguir cometiendo «bobadas» y «niñerías», se refiera, en
los ejemplos últimamente analizados, a la repetición de actos
sexuales, contra los que hay algo que se opone en nosotros.
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La interpretación de los sueños1900-001/1923.es/M1