Los sueños1901-001/1922.es
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    XI

    Si conceptuamos el contenido del sueño como la
    exposición de un deseo realizado y atribuímos su os-
    curidad a las transformaciones impuestas por la cen-
    sura al material reprimido, no nos será ya muy difícil
    deducir la función del sueño. En extraña oposición a
    las opiniones corrientes, que consideran a los sueños
    como perturbadores del reposo del durmiente, tenemos
    que reconocer que los sueños son los pro-
    tectores del dormir. Para los sueños infan-
    tiles será fácilmente aceptada nuestra afirmación.
    El niño concilia el sueño obedeciendo a una deci-
    sión de dormir, que le es impuesta por una autoridad
    exterior o es hecha surgir espontáneamente en él por
    sensaciones de fatiga. Mas para que tal decisión llegue
    a cumplirse, es imprescindible la ausencia de toda ex-
    citación que pudiera impulsar al aparato psíquico ha-
    cia fines distintos del de dormir. Los medios que sir-
    ven para alejar las excitaciones externas nos son a
    todos conocidos. ¿Mas cuáles son, en cambio, aque-
    llos de que disponemos para mantener dominadas las
    excitaciones psíquicas internas que se oponen a la
    conciliación del sueño? Obsérvese a una madre que
    duerme a su hijo. El niño manifiesta sin cesar deseos
    o necesidades, quiere otro beso, le gustaría jugar un
    ratito más. Estos deseos son satisfechos en parte, y
    en parte aplazados, por la autoridad materna, para el

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    día siguiente. Es indudable que deseos o necesidades
    en actividad, constituyen un obstáculo a la conciliación
    del sueño. ¿Quién no conoce la divertida historia del
    niño caprichoso, que despertándose a media noche,
    grita desde su cama: «Quiero el rinoceron-
    te?» Un niño más juicioso, en vez de despertarse y
    alborotar, hubiera soñado que jugaba con el de-
    seado animal. El sueño que muestra cumplido el de-
    seo, goza de completo crédito mientras el sujeto duer-
    me, y haciendo cesar durante este tiempo el impulso
    optativo, consigue que el reposo no se interrumpa.
    No puede negarse que la imagen del sueño es acepta-
    da como verdadera, pues se reviste con la apariencia
    de una percepción y el niño no posee la facultad, que
    se adquiere más tarde, de distinguir entre fantasía, alu-
    cinación y realidad.

    El adulto sabe ya establecer esta diferenciación; ha
    comprendido también la inutilidad del desear y ha
    aprendido, tras de largos esfuerzos, a aplazar sus
    impulsos hasta que la transformación de las circuns-
    tancias exteriores facilite su realización. Esta expe-
    riencia del adulto hace que sean muy raras en él las
    realizaciones de deseos por el corto camino psíquico
    del sueño y hasta es posible que no se presenten
    nunca y que todo lo que en nuestros sueños apa-
    rece formado conforme al patrón de los infantiles pre-
    cise de una mucho más complicada solución. En
    cambio, en el adulto – y sin excepción alguna, en todo
    hombre de plena capacidad mental – se ha formado
    una diferenciación del material psíquico, que no existía
    en el niño, constituyéndose una instancia psíquica,
    que instruída por la experiencia de la vida, ejerce con
    celosa severidad una influencia dominadora y coerciti-
    va sobre los sentimientos anímicos y posee, por su

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    UNA TEORIA SEXUAL Y OTROS ENSAYOS

    posición con respecto a la conciencia y a la movi-
    lidad contingente, los máximos medios de potencia psí-
    quica. Una parte de los sentimientos infantiles ha sido
    reprimida, como inútil para la vida, por esta instancia,
    y todo el material de ideas que de dicha parte descien-
    de se halla en estado de represión.

    Mientras la instancia en la que reconocemos nuestro
    Yo normal, se doblega al deseo de dormir, parece
    obligada por las condiciones psicofisiológicas del sue-
    ño a perder parte de la energía con la que durante el
    día mantenía a raya a lo reprimido. Esta negligencia
    es, sin embargo, totalmente inocente: los impulsos del
    alma infantil reprimida pueden, sin peligro alguno, se-
    guir agitándose, pues a consecuencia del mismo esta-
    do del sueño hallarán dificultado el acceso a la con-
    ciencia y cerrado el que conduce a la movilidad. Mas
    hay que evitar que perturben el sueño. Llegados a este
    punto, tenemos que arriesgar la hipótesis de que hasta
    en el más profundo sueño se mantiene vigilante un
    cierto acervo de libre atención, como centinela contra
    las excitaciones sensoriales que a veces consideran
    más conveniente despertar al sujeto que dejarle prose-
    guir su sueño. De no ser así, sería inexplicable el hecho
    de que siempre nos despiertan excitaciones sensoria-
    les de una determinada cualidad, cosa que ya
    hizo notar el antiguo fisiólogo Burdach. Así, la madre
    despierta siempre al menor sollozo de su hijo pequeño;
    el molinero, en el momento en que su molino para de
    andar; y la mayoría de las personas, a su nombre pro-
    nunciado en voz baja. Esta vigilante atención se diri-
    ge también hacia las excitaciones optativas internas,
    procedentes de lo reprimido, y forma con ellas el sueño,
    que a modo de transacción, satisface simultáneamente
    a ambas instancias, creando una especie de desahogo-

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    PROF. S. FREUD

    psíquico para el deseo reprimido o formado con ayuda
    de lo reprimido, representándolo como realizado, y ha-
    ciendo posible, al mismo tiempo, el reposo. Nuestro
    Yo gusta en esto de conducirse como un niño y presta
    fe a las imágenes del sueño, como si quisiera decir: Sí;
    tienes razón, pero déjame dormir. El desprecio con que
    una vez despiertos miramos nuestros sueños y que
    fundamos en su confusión y su aparente falta de lógi-
    ca, no es probablemente más que el juicio que nuestro
    Yo durmiente hace recaer sobre los sentimientos pro-
    cedentes de lo reprimido, juicio, que más razonable-
    mente que el que formamos ya despiertos, se funda en
    la impotencia motora de tales perturbadores del sueño.
    Este juicio despectivo se nos hace a veces consciente
    en el sueño mismo; así, cuando el contenido del sueño
    traspasa excesivamente la censura, pensamos: No es
    más que un sueño–y seguimos durmiendo.

    No hay objeción posible contra esta hipótesis, aun-
    que también en los sueños existan casos extremos en
    los cuales no pueden ya llevar a cabo su función de
    proteger el reposo–por ejemplo, en los sueños de an-
    gustia, pesadillas–y tienen que cambiarla por otra,
    la de interrumpirlo a tiempo. Con esto no hacen más
    que conducirse como el más concienzudo vigilante
    nocturno, que cumple su deber intentando primero ha-
    cer cesar las perturbaciones, para evitar que se inte-
    rrumpa el sueño de los vecinos, pero que continúa fiel
    a su cometido, despertándolos en el momento en que
    las causas del disturbio le parecen sospechosas y no
    logra hacerlas cesar por su sola intervención.

    Esta función del sueño se nos muestra con especial
    claridad cuando el durmiente experimenta un estímulo
    sensorial. El hecho de que excitaciones sensoriales
    producidas durante el sueño influencian el contenido del

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    mismo, es generalmente conocido, ha sido demostra-
    do experimentalmente, y pertenece a los escasos resul-
    tados seguros de la investigación médica del sueño, a
    los cuales se ha concedido, sin embargo, un exagera-
    do valor. Pero a este descubrimiento se ha ligado un
    problema no resuelto hasta el día. El estímulo sensorial
    que el experimentador hace actuar sobre el durmiente,
    no es acertadamente reconocido en el sueño, sino que
    sucumbe a una interpretación cualquiera, cuya determi-
    nación parece abandonada al capricho psíquico. Mas
    sabemos que no existe una tal arbitrariedad psíquica.
    El durmiente puede reaccionar de muy diversos modos
    a un estímulo sensorial exterior. O se despierta, o con-
    sigue, a pesar de todo, proseguir durmiendo. En el úl-
    timo caso puede servirse del sueño para suprimir la
    excitación exterior, y esto también de muy diversos
    modos. Puede, por ejemplo, llevar a cabo tal supresión
    soñando hallarse en una situación totalmente incom-
    patible con el estímulo excitante. Así, un sujeto, cuyo
    reposo nocturno corría peligro de ser perturbado por el
    dolor de un absceso que padecía en el periné, soñó que
    iba a caballo, sirviéndole de silla de montar la cataplas-
    ma que se le había puesto para mitigar sus molestias,
    y de este modo logró superar la excitación producida.
    O también –y esto es lo más frecuente– experimenta el
    estímulo exterior un cambio de sentido que le incluye
    en el contexto de un deseo reprimido que espía su rea-
    lización. Tal cambio de sentido despoja entonces, al
    estímulo, de su realidad y lo trata como un fragmento
    del material psíquico. De este género es el ejemplo si-
    guiente: Un individuo sueña que ha escrito una come-
    dia, en la que defiende una determinada tesis. La obra
    es representada en el teatro, y acaba de terminar el pri-
    mer acto con clamoroso éxito. Los aplausos ensorde-
     

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    cen... En este sueño, el durmiente debió conseguir pro-
    longar su reposo más allá de la perturbación, pues al
    despertar no oyó ya ruido alguno, pero juzgó, muy ra-
    zonablemente, que debían de haber sacudido o varea-
    do un tapiz o un colchón en las cercanías de su cuarto.
    Los sueños que se producen inmediatamente antes de
    que un intenso ruido despierte al durmiente, han inten-
    tado todos negar el esperado estímulo perturbador del
    reposo, buscándole otra explicación, y retrasar así un
    poco más el momento de despertar.