• S.

    149

    IV

    La deformación onírica

    Sé, desde luego, que ante mi afirmación de que todo
    sueño es una realización de deseos y que no existen, por lo
    tanto, sino sueños optativos, habrán de alzarse rotundas ne-
    gativas. Se me objetará, que la existencia de sueños inter-
    pretables como realizaciones de deseos no es cosa nueva
    y ha sido observada ya por un gran número de autores
    (cf. Radestock, págs. 137 a 138; Volkelt, págs. 110 a 111;
    Purkinje, pág. 456; Tissié, pág. 70; M. Simon, pág. 42–so-
    bre los sueños de hambre del Barón de Trenck, durante su
    encarcelamiento–Griesinger, pág. 111) (1), pero que el
    negar en absoluto la posibilidad de otro género de sueños no
    es sino una injustificada generalización fácilmente controver-
    tible, por fortuna. Existen, en efecto, muchos sueños de con-
    tenido penoso que no muestran el menor indicio de una reali-
    zación de deseos. E. V. Hartmann, el filósofo pesimista, es
    quien más se aleja de esta concepción de la vida onírica. En
    su «Filosofía de lo inconsciente», escribe (II parte, pág. 344):

    «Con los sueños, pasan al estado de reposo todos los
    cuidados de la vida despierta y no en cambio aquello que
    puede reconciliar al hombre culto con la existencia: el goce
    científico y artístico…»

    Pero también observadores menos
    pesimistas han hecho resaltar la circunstancia de que en los
    sueños son más frecuentes el dolor y el displacer que el pla-
    cer.

    (1) Ya Plotino, el filósofo neoplatónico, decía: «Cuando nuestros
    deseos entran en actividad, acude la fantasía y nos presenta seguida-
    mente el objeto de los mismos.» (Du Prel, pág. 276).

  • S.

    150

    cer (cf. Scholz, pág. 33; Volkelt, pág. 80; y otros). Las se-
    ñoras Sarah Weed y Florence Hallam han formado una esta-
    dística de sus sueños y deducido de ella una expresión nu-
    mérica para el predominio del displacer en la vida onírica
    –un 58 por 100 de sueños penosos y un 28’6 por 100 de
    sueños agradables. Por otra parte, además de estos sueños
    que continúan durante el reposo los diversos sentimientos
    penosos de la vida despierta, existen sueños de angustia en
    los que esta sensación, la más terrible de todas las displa-
    cientes, se apodera de nosotros hasta que su misma intensi-
    dad nos hace despertar, y se da el caso de que los niños, en
    cuyos sueños se nos ha mostrado la realización de deseos
    sin disfraz alguno, se hallan sujetos con gran frecuencia a
    tales pesadillas angustiosas (cf. las observaciones de Debac-
    ker sobre el «pavor nocturnus»).

    Los sueños de angustia parecen realmente excluir la po-
    sibilidad de una generalización del principio que los análisis
    incluídos en el capítulo anterior nos llevaron a deducir, o sea
    el de que los sueños son una realización de deseos, y hasta
    demostrar su total absurdo. Sin embargo, no es muy difícil
    sustraerse a estas objeciones, aparentemente incontroverti-
    bles. Obsérvese tan sólo, que nuestra teoría no reposa sobre
    los caracteres del contenido manifiesto, sino que se basa en
    el contenido ideológico que la labor de interpretación nos
    descubre detrás del sueño. Confrontemos, en efecto, el con-
    tenido manifiesto con el latente. Es cierto que
    existen sueños en los que el primero es penosísimo. ¿Pero
    se ha intentado nunca interpretar estos sueños y descubrir el
    contenido ideológico latente de los mismos? Desde luego no,
    y por lo tanto, no pueden alcanzarnos ya las objeciones cita-
    das y cabe siempre la posibilidad de que también los sueños
    penosos y los de angustia se revelen, después de la interpre-
    tación, como realizaciones de deseos(1).

    (1)Es increíble la resistencia que los lectores y los críticos opo-
    nen a este razonamiento y a la diferenciación fundamental entre conte-
    nido latente y contenido manifiesto. En cambio, debo hacer constar
    que de todos los juicios contenidos en la literatura existente sobre la

  • S.

    151

    LA INTERPRETACION DE LOS SUEÑOS

    En la investigación científica resulta a veces ventajoso,
    cuando un problema presenta difícil solución, acumular a él
    otro nuevo, del mismo modo que nos es más fácil cascar dos
    nueces apretándolas una contra otra que separadamente. Así,
    a la interrogación planteada de cómo los sueños penosos y
    los de angustia pueden constituir realizaciones de deseos, po-
    demos agregar, deduciéndola de las características de la vida
    onírica hasta ahora examinadas, la de por qué los sueños
    de contenido indiferente, que resultan ser realizaciones de
    deseos, no muestran abiertamente este significado. Tome-
    mos el sueño examinado antes con todo detalle, de la inyec-
    ción de Irma; no es de carácter penoso y la interpretación
    nos lo ha revelado como una amplia realización de deseos.
    ¿Mas por qué precisa de interpretación? ¿Por qué no expresa
    directamente su sentido? A primera vista no nos hace tampoco
    la impresión de presentar realizado un deseo del durmiente y
    sólo después del análisis es cuando nos convencemos de ello.
    Dando a este comportamiento del sueño, cuyos motivos ig-
    noramos aún, el nombre de «deformación onírica»
    (Traumentstellung), surge ante nosotros la segun-
    da interrogación: ¿De dónde proviene esta deformación de
    los sueños?

    Si para contestar a esta pregunta echamos mano a las

    materia, ninguno se acerca tanto a mis afirmaciones con respecto a
    este punto concreto, como los expresados por J. Sully en su estudio
    «Dreams as a revelation», trabajo meritísimo cuyo valor no puede que-
    dar disminuído por ser aquí la primera vez que lo mencionamos: «It
    would seem then, after all, that dreams are not the utter nonsense they
    have been said to be by such authorities as Chaucer, Shakespeare and
    Milton. The chaotic aggregations of our nightfancy have a significance
    and communicate new knowledge. Like some letter in ci-
    pher, the dream-inscription when scrutinised clo-
    sely loses its first look of balderdash and takes
    the aspect of a serious, intelligible message.
    Or, to vary the figure slightly, we may say that,
    like some palimpsest, the dream discloses be-
    neath its worthless surface-characters traces
    of an old and precious communication» (pág. 364).

  • S.

    152

    primeras ocurrencias que a su estímulo surgen en nuestro
    pensamiento, podremos proponer varias soluciones verosími-
    les, por ejemplo, la de que durante el reposo no existe el po-
    der de crear una expresión correspondiente a las ideas del
    sueño. Pero el análisis de determinados sueños nos obliga a
    aceptar una distinta explicación de la deformación onírica.
    Para demostrarlo, expondré la interpretación de otro sueño
    propio, interpretación que si bien me fuerza a cometer de
    nuevo multitud de indiscreciones, compensa este sacrificio
    personal con un acabado esclarecimiento del problema plan-
    teado.

    Información preliminar: En la primavera
    de 1897, supe que dos profesores de nuestra Universidad me
    habían propuesto para el cargo de profesor extraordinario,
    hecho que a más de sorprenderme por inesperado, me causó
    una viva alegría, pues suponía una prueba de estimación, in-
    dependiente de toda relación personal, por parte de dos
    hombres de altos merecimientos científicos. Pero en el acto,
    me dije que no debía fundar esperanza ninguna en la pro-
    puesta de que había sido objeto, pues durante los últimos
    años, había hecho el ministerio caso omiso de todas las que
    le habían sido dirigidas, y muchos de mis colegas, de más
    edad y por lo menos iguales merecimientos que yo, espera-
    ban en vano su promoción. Careciendo de motivos para es-
    perar mejor suerte, decidí resignarme a que mi nombramien-
    to quedase sin efecto. Después de todo–me dije–no soy
    ambicioso y ejerzo con éxito mi actividad profesional sin ne-
    cesidad de título honorífico ninguno, aunque también es ver-
    dad que en este caso no se trata de que las uvas estén ver-
    des o maduras, pues lo indudable es que se hallan fuera de
    mi alcance.

    Así las cosas, recibí una tarde la visita de un colega con
    el que me unían vínculos de amistad y que se contaba preci-
    samente entre aquellos cuya suerte me había servido de ad-
    vertencia. Candidato desde hacía ya mucho tiempo al nom-
    bramiento de profesor, que hace del médico, en nuestra so-
    ciedad moderna, una especie de semidiós ante los ojos de los

  • S.

    153

    enfermos, y menos resignado que yo, solía visitar de cuando
    en cuando las oficinas del ministerio, para activar la resolu-
    ción de su empeño. De una de tales visitas venía la tarde a
    que me refiero, y me relató que esta vez había puesto en un
    aprieto al alto empleado que le recibió, preguntándole sin
    ambajes si el retraso de su nombramiento dependía realmen-
    te… de consideraciones confesionales. La respuesta fué que,
    en efecto, dadas las corrientes de opinión dominantes, no se
    hallaba S. E., por el momento, en situación, etc., etc. «Por
    lo menos sé ya a qué atenerme»–dijo mi amigo al final de
    su relato, con el cual no me había revelado nada nuevo, aun-
    que sí me había afirmado en mi resignación, pues las consi-
    deraciones confesionales alegadas, eran también aplicables a
    mi caso.

    A la madrugada siguiente a esta visita, tuve un sueño de
    contenido y forma singulares. Se componía de dos ideas y
    dos imágenes en sucesión alternada, mas para el fin que aquí
    perseguimos nos bastará con comunicar su primera mitad, o
    sea una idea y una imagen.

    I. Mi amigo R. es mi tío.–Siento un gran cariño por él.

    II. Veo, ante mí, su rostro, pero algo cambiado y como
    alargado, resaltando con especial precisión la rubia barba que
    lo encuadra. A continuación, sigue la segunda mitad del sue-
    ño, compuesta de otra idea y otra imagen, de las que pres-
    cindo como antes indiqué.

    La interpretación de este sueño se desarrolló en la forma
    siguiente:

    Al recordarlo por la mañana, me eché a reír, exclamando:
    «¡Qué disparate!» Pero no pude apartar de él mi pensamien-
    to en todo el día y acabé por dirigirme los siguientes repro-
    ches: «Si cualquiera de tus enfermos tratase de rehuir la in-
    terpretación de uno de sus sueños, tachándolo de disparatado,
    pensarías que detrás de dicho sueño se escondía alguna his-
    toria desagradable, cuya percatación intentaba evitarse. Por
    lo tanto, debes proceder contigo mismo como con un tal en-
    fermo procederías. Tu opinión de que este sueño es un des-
    atino, no significa sino una resistencia interior contra la inter--

  • S.

    154

    pretación y no debes dejarte vencer por ella». Estos pensa-
    mientos me movieron a emprender el análisis.

    «R. es mi tío». ¿Qué puede esto significar? No he tenido
    más que un tío, mi tío José 1), protagonista, por cierto, de
    una triste historia. Llevado por el ansia de dinero, se dejó
    inducir a cometer un acto que las leyes castigan severamen-
    te y cayó bajo el peso de las mismas. Mi padre, que por en-
    tonces–de esto hace ya más de treinta años–encaneció del
    disgusto, solía decir que tío José no había sido nunca un hom-
    bre perverso y sí, únicamente, un imbécil. De este modo, al
    pensar en mi sueño, que mi amigo R. es mi tío José, no quie-
    ro decir otra cosa sino que R. es un imbécil. Esto, aparte de
    serme muy desagradable, me parece, al principio, inverosí-
    mil. Mas para confirmarlo, acude el alargado rostro encua-
    drado por una cuidada barba rubia que a continuación veo en
    mi sueño. Mi tío tenía realmente cara alargada y llevaba una
    hermosa barba rubia. En cambio mi amigo R. ha sido muy
    moreno; pero como todos los hombres morenos, paga, ahora
    que comienza a encanecer, el atractivo aspecto de sus años
    juveniles, pues su barba va experimentando, pelo a pelo,
    transformaciones de color nada estéticas, pasando primero al
    rojo sucio y luego al gris amarillento, antes de blanquear de-
    finitivamente. En uno de estos cambios se halla ahora la bar-
    ba de mi amigo R., y según advierto con desagrado, también
    la mía. El rostro que en sueños he visto es, al mismo tiem-
    po, el de R. y el de mi tío José, como si fuese una de aque-
    llas fotografías en que Galton obtenía los rasgos caracterís-
    ticos de una familia, superponiendo en una misma placa los
    rostros de varios de sus individuos. Así, pues, habré de acep-
    tar que, en mi sueño, quiero efectivamente decir que mi ami-
    go R. es un imbécil, como mi tío José.


    1) Es singular cuánto se limita aquí mi recuerdo despierto, en fa-
    vor de los fines del análisis. En realidad, he conocido a cinco tíos
    míos, algunos de los cuales me han inspirado gran cariño y respeto.
    Pero en el momento en que he logrado vencer la resistencia que a la
    interpretación se oponía, me digo: «No he tenido más que un tío, el tío
    José» y es éste, precisamente, aquél a que mi sueño se refiere.

  • S.

    155

    Lo que no sospecho aún es para qué habré podido esta-
    blecer una tal comparación, contra la que todo en mí se rebe-
    la, aunque he de reconocer que no pasa de ser harto superfi-
    cial, pues mi tío José era un delincuente y R. es hombre de
    conducta intachable. Sin embargo, también él ha sufrido los
    rigores de la ley por haber atropellado a un muchacho yendo
    en bicicleta. ¿Me referiré acaso en mi sueño a este delito?
    Sería llevar la comparación hasta lo ridículo. Pero recuerdo
    ahora una conversación mantenida hace unos días con N., otro
    de mis colegas, y que versó sobre el mismo tema que la de-
    tallada en la información preliminar. N., al que encontré en
    la calle, se halla también propuesto para el cargo de profesor
    y me felicitó por haber sido objeto de igual honor, felicitación
    que yo rechacé, diciendo: «No sé por qué me da usted la en-
    horabuena, conociendo mejor que nadie, por experiencia
    propia, el valor de tales propuestas». A estas palabras mías,
    repuso N., bromeando: «¿Quién sabe? Yo tengo, quizá, algo
    especial en contra mía. ¿Ignora usted acaso que fuí una vez
    objeto de una denuncia? Naturalmente, se trataba de una
    vulgar tentativa de «chantage» y todavía me costó Dios y
    ayuda librar a la denunciante del castigo merecido. ¿Pero
    quién me dice que en el ministerio no toman este suceso
    como pretexto para negarme el título de profesor? En cambio
    a usted no tienen pero que ponerle.»

    Con el recuerdo de esta conversación, se me rebela el
    delincuente de que precisaba para completar la comprensión
    del paralelo establecido en mi sueño, y al mismo tiempo, todo
    el sentido y la tendencia de este último. Mi tío José–imbécil
    y delincuente–representa en mi sueño a mis dos colegas
    que no han alcanzado aún el nombramiento de profesor, y
    por el hecho mismo de representarlos, tacha al uno de imbé-
    cil y de delincuente al otro. Así mismo, veo ahora, con toda
    claridad, para qué me es necesario todo esto. Sí, efectiva-
    mente, es a razones «confesionales» a lo que obedece el in-
    definido retraso de la promoción de mis dos colegas, puedo
    estar seguro de que la propuesta hecha a mi favor habrá de
    correr la misma suerte. Por lo contrario, si consigo atribuir a

  • S.

    156

    motivos distintos y que no puedan alcanzarme, el veto opues-
    to a ambos por las altas esferas oficiales, no tendré por qué
    perder la esperanza de ser nombrado. En este sentido, actúa,
    pues, mi sueño, haciendo de R. un imbécil y de N. un delin-
    cuente. En cambio yo, libre de ambos reproches, no tengo
    ya nada común con mis dos colegas, puedo esperar confiado
    mi nombramiento y me veo libre de la objeción revelada a mi
    amigo R. por el alto empleado del ministerio, objeción que es
    perfectamente aplicable a mi caso.

    A pesar de los esclarecimientos logrados, no puedo dar
    aquí por terminada la interpretación, pues siento que falta
    aún mucho por explicar y sobre todo no he conseguido toda-
    vía justificar ante mis propios ojos la ligereza con que me he
    decidido a denigrar a dos de mis colegas, a los que respeto
    y estimo, sólo por desembarazar de obstáculos mi camino
    hacia el profesorado. Claro es, que el disgusto que tal con
    ducta me inspira queda atenuado por mi conocimiento del
    valor que debe concederse a los juicios que en nuestros sue-
    ños formamos. No creo, realmente, que R. sea un imbécil ni
    dudo un solo instante de la explicación que N. me dió del
    enojoso asunto en que se vió envuelto, como tampoco podía
    creer, en realidad, que Irma se hallaba gravemente enferma
    a causa de una inyección de un preparado a base de propile-
    na que Otto la había administrado. Lo que tanto en un caso
    como en otro, expresa mi sueño, no es sino mi deseo de
    que así fuese. La afirmación por medio de la cual se
    realiza este deseo, parece más absurda en el sueño de Irma
    que en el últimamente analizado, pues en éste quedan utili-
    zados con gran habilidad varios puntos de apoyo efectivos,
    resultando así, como una diestra calumnia en la que «hay
    algo de verdad». En efecto, mi amigo R. fué propuesto con
    el voto en contra de uno de los profesores, y N. me propor-
    cionó, por sí mismo, inocentemente, en la conversación rela-
    tada, material más que suficiente para denigrarle. Repito,
    no obstante, que me parece necesario un más amplio escla-
    recimiento.

    Recuerdo ahora, que el sueño contenía aún otro fragmen-

  • S.

    157

    to del que hasta ahora no me he ocupado en la interpreta-
    ción. Después de ocurrírseme que R. es mi tío, experimento
    en sueños un tierno cariño hacia él. ¿De dónde proviene este
    sentimiento? Mi tío José no me inspiró nunca, naturalmente,
    cariño ninguno. R. es, desde hace años, un buen amigo mío,
    al que quiero y estimo, pero si me oyera expresarle mi afec-
    to en términos aproximadamente correspondientes al grado
    que él mismo alcanza en mi sueño, quedaría, con seguridad,
    un tanto sorprendido. Tal afecto me parece, pues, tan falso y
    exagerado–aunque esto último, en sentido inverso–como
    el juicio que sobre sus facultades intelectuales expreso en mi
    sueño, al fundir su personalidad con la de mi tío. Pero esta
    misma circunstancia me hace entrever una posible explica-
    ción. El cariño que por R. siento en mi sueño, no pertenece
    al contenido latente, esto es, a los pensamientos que se es-
    conden detrás del sueño. Por lo contrario, se halla en oposi-
    ción a dicho contenido y es muy apropiado para encubrirme
    su sentido. Probablemente, no es otro su destino. Recuerdo
    qué enérgica resistencia se opuso en mí a la interpretación
    de este sueño y cómo fuí aplazándola una y otra vez, hasta
    la noche siguiente, con el pretexto de que todo él no era sino
    un puro disparate. Por mi experiencia psicoanalítica, sé cómo
    han de interpretarse estos juicios condenatorios. Su valor no
    es el de un conocimiento sino tan sólo el de una manifesta-
    ción afectiva. Cuando mi hija pequeña no quiere comer una
    manzana que le ofrecen, afirma que está agria sin siquiera
    haberla probado. En aquellos casos en que mis pacientes si-
    guen esta conducta infantil, comprendo en seguida que se
    trata de una representación que quieren reprimir. Esto
    mismo sucede en mi sueño. Me resisto a interpretarlo, por-
    que la interpretación contiene algo contra lo cual me rebelo,
    y que una vez efectuada aquélla, demuestra ser la afirmación
    de que R. es un imbécil. El cariño que por R. siento, no pue-
    do referirlo a las ideas latentes de mi sueño, pero sí, en cam-
    bio, a esta mi resistencia. Si mi sueño, comparado con su
    contenido latente, aparece deformado hasta la inversión, con
    respecto a este punto, habré de deducir que el cariño en él

  • S.

    158

    manifiesto sirve precisamente a dicha deformación, o dicho
    de otro modo, que la deformación demuestra ser aquí inten-
    cionada, constituyendo un medio de disimulación. Mis
    ideas latentes contienen un insulto contra R. y para evitar
    que yo me dé cuenta de ello, llega al contenido manifiesto
    todo lo contrario, esto es, un cariñoso sentimiento hacia él.
    Podía ser éste un descubrimiento de carácter general.
    Como hemos visto por los ejemplos incluídos en el capítu-
    lo III, existen sueños que constituyen francas realizaciones
    de deseos. En aquellos casos en los que una tal realización
    aparece disfrazada e irreconocible, habrá de existir una ten-
    dencia opuesta al deseo de que se trate, y a consecuencia de
    ella, no podría el deseo manifestarse sino encubierto y dis-
    frazado. La vida social nos ofrece un proceso paralelo a éste
    que en la vida psíquica se desarrolla, mostrándonos una aná-
    loga deformación de un acto psíquico. En efecto, siempre
    que en la relación social entre dos personas, se halle una de
    ellas investida de un cualquier poder que imponga a la otra
    determinadas precauciones en la expresión de sus pensa-
    mientos, se verá obligada esta última a deformar sus actos
    psíquicos al exteriorizarlos, o dicho de otro modo, a disimu-
    lar. La cortesía social, que estamos habituados a observar
    cotidianamente, no es, en gran parte, sino un tal disimulo.
    Así mismo, al comunicar aquí a mis lectores las interpretacio-
    nes de mis sueños, me veo forzado a llevar a cabo tales de-
    formaciones. De esta necesidad de disfrazar nuestro pensa-
    miento se lamenta también el poeta:

    «Lò mejor que saber puedes no te es dadò decírselò a lòs niñòs.»

    En análoga situación se encuentra el escritor político que
    quiere decir unas cuantas verdades desagradables al Gobier-
    no. Si las expresa sin disfraz alguno, la autoridad reprimirá
    su exteriorización, a posteriori si se trata de manifestaciones
    verbales o preventivamente si han de hacerse públicas por
    medio de la imprenta. De este modo, el escritor, temeroso de
    la censura, atenuará y deformará la expresión de sus

  • S.

    159

    opiniones. Según la energía y la susceptibilidad de esta cen-
    sura, se verá obligado a prescindir simplemente de algunas
    formas de ataque, a hablar por medio de alusiones y no di-
    rectamente, o a ocultar sus juicios bajo un disfraz, inocente
    en apariencia, refiriendo, por ejemplo, los actos de dos man-
    darines del Celeste Imperio, cuando intenta publicar los de
    dos altos personajes de su patria. Cuanto más severa es la
    censura, más chistosos son, con frecuencia, los medios de
    que el escritor se sirve para poner a sus lectores sobre la pis-
    ta de la significación verdadera de su artículo (1).

    (1) La señora v. Hugh-Hellmuth ha comunicado un sueño (Inter-
    nat-Zeitschr. f. aertzt. Psychoanalyse III) que justifica como ningún
    otro mi adopción del término «censura». La deformación onírica actúa
    en este sueño como la censura postal, borrando aquellos pasajes que
    cree inaceptables. La censura postal suprime tales pasajes con una ta-
    chadura, y la censura onírica los sustituye, en este caso, por un mur-
    mullo ininteligible.

    Para la mejor comprensión del sueño, indicaremos que la sujeto es
    una señora de cincuenta años, muy distinguida y estimada, y viuda,
    hacía ya doce años, de un jefe del Ejército. Tiene varios hijos ya ma-
    yores, y uno de ellos se hallaba, en la época del sueño, en el frente de
    batalla.

    He aquí el relato de este sueño, al que podríamos dar el título de
    «sueño de los servicios de amor»: «La señora entra en el hospital mili-
    tar N. y manifiesta al centinela, que desea hablar al médico-director
    (al que da un nombre desconocido) para ofrecerle sus servicios en el
    hospital. Al decir esto, acentúa la palabra «servicios» de tal manera,
    que el centinela comprende, en seguida, que se trata de «servicios de
    amor». Viendo que es una señora de edad, la deja pasar después de
    alguna vacilación, pero en lugar de llegar hasta el despacho del médico-
    director, entra en una gran habitación sombría en la que se hallan va-
    rios oficiales y médicos militares, sentados o de pie, en derredor de
    una larga mesa. La señora comunica su oferta a un médico, que la
    comprende desde las primeras palabras. He aquí el texto de las mis-
    mas, tal y como la señora lo pronunció en su sueño: «Yo y muchas
    otras mujeres, casadas y solteras, de Viena, estamos dispuestas, con
    todo militar, sea oficial o soldado...» Tras de estas palabras, oye
    (siempre en sueños) un murmullo, pero la expresión, en parte confusa
    y en parte maliciosa, que se pinta en los rostros de los oficiales, le
    prueba que los circunstantes comprenden muy bien lo que quiere decir.
    La señora, continúa: «Sé que nuestra decisión puede parecer un tanto

  • S.

    160

    La absoluta y minuciosa coincidencia de los fenómenos
    de la censura con los de la deformación onírica, nos autoriza
    a atribuir a ambos procesos, condiciones análogas. Admitire-
    mos, pues, como factores de la formación de los sueños, dos
    poderes psíquicos del individuo (corrientes, sistemas), uno
    de los cuales forma el deseo expresado por el sueño, mien-
    tras que el otro ejerce una censura sobre dicho deseo y le
    obliga de este modo a deformar su exteriorización. Sólo nos
    quedaría, entonces, por averiguar, qué es lo que confiere a
    esta segunda instancia el poder mediante el cual le es dado
    ejercer la censura. Si recordamos que las ideas latentes del
    sueño no son conscientes antes del análisis, y en cambio, el
    contenido manifiesto de ellas emanado, sí es recordado como
    consciente, podremos sentar la hipótesis de que el privilegio
    de que dicha segunda instancia goza es precisamente el del

    singular, pero es completamente seria. Al soldado no se le pregunta
    tampoco, en tiempos de guerra, si quiere o no morir.» A esta declara-
    ción, sigue un penoso silencio. El médico mayor rodea con su brazo la
    cintura de la señora y le dice: «Mi querida señora, suponed que llegá-
    semos realmente a ese punto...» (Murmullos). La señora se liberta del
    abrazo, aunque pensando que lo mismo da aquel que otro cualquiera,
    y responde: «Dios mío, yo soy una vieja y puede que jamás me encuen-
    tre ya en ese caso. Sin embargo, habrá que organizar las cosas con
    cierto cuidado y tener en cuenta la edad, evitando que una mujer vieja
    y un muchacho joven... (murmullos)... sería horrible.»–El médico ma-
    yor: «La comprendo a usted perfectamente.» Algunos oficiales, entre
    los cuales se halla uno que le había hecho la corte en su juventud, se
    echan a reir y la señora expresa su deseo de ser conducida ante el
    médico-director, al que conoce, con el fin de poner en claro todo aque-
    llo, pero advierte, sorprendida, que ignora el nombre de dicho médico.
    Sin embargo, aquel otro al que se ha dirigido anteriormente, le mues-
    tra, con gran cortesía y respeto, una escalera de hierro, estrecha y en
    espiral, que conduce a los pisos superiores, y le indica que suba hasta
    el segundo. Mientras sube, oye decir a un oficial: «Es una decisión co-
    losal. Sea joven o vieja la mujer de que se trate, a mí no puede por
    menos de inspirarme respeto.» Con la conciencia de cumplir un deber,
    asciende la señora por una escalera interminable.

    El mismo sueño se reproduce luego dos veces más en el espacio de
    pocas semanas y con algunas modificaciones que, según la apreciación
    de la señora, eran insignificantes y perfectamente absurdas.»

  • S.

    161

    acceso a la conciencia. Nada del primer sistema puede llegar
    a la conciencia sin antes pasar por la segunda instancia, y
    ésta no deja pasar nada sin ejercer sobre ello sus derechos e
    imponer a los elementos que aspiran a llegar a la conciencia
    aquellas transformaciones que le parecen convenientes. En-
    trevemos aquí una especialísima concepción de la «esencia»
    de la conciencia; el devenir consciente es para nosotros un
    especial acto psíquico, distinto e independiente de los proce-
    sos de inteligir o representar, y la conciencia se nos muestra
    como un órgano sensorial que percibe un contenido dado en
    otra parte. No es nada difícil demostrar que la psicopatología
    no puede prescindir en absoluto de estas hipótesis fundamen-
    tales, cuyo detenido estudio habremos de llevar a cabo más
    adelante.

    Conservando esta representación de las dos instancias
    psíquicas y de sus relaciones con la conciencia, se nos mues-
    tra una analogía, por completo congruente, entre la singular
    ternura que en mi sueño experimento hacia mi amigo R.–tan
    denigrado luego en la interpretación–y la vida política del
    hombre. Supongámonos, en efecto, trasladados a un Estado
    en el que un rey absoluto, muy celoso de sus prerrogativas,
    y una activa opinión pública, luchan entre sí. El pueblo se
    rebela contra un ministro que no le es grato y pide su destitu-
    ción. Entonces, el monarca, con el fin de mostrar que no tie-
    ne por qué doblegarse a la voluntad popular, hará precisa-
    mente objeto, a su ministro, de una alta distinción para la
    cual no existía antes el menor motivo. Del mismo modo, si
    mi segunda instancia, que domina el acceso a la conciencia,
    distingue a mi amigo R. con una exagerada efusión de ternu-
    ra, es precisamente porque las tendencias optativas del pri-
    mer sistema quisieran denigrarle, calificándole de imbécil, en
    persecución de un interés particular del que dependen (1).

    (1) Tales sueños hipócritas no son nada raros. Hallándome, en una
    ocasión, consagrado al estudio de un determinado problema científico,
    tuve varias noches, casi seguidas, un sueño, fácilmente desorientador,
    cuyo contenido era mi reconciliación con un amigo del que hace ya
    tiempo hube de prescindir. A la cuarta o quinta vez conseguí por fin

  • S.

    162

    Sospechamos aquí que la interpretación onírica puede
    proporcionarnos, sobre la estructura de nuestro aparato aními-
    co, datos que hasta ahora habíamos esperado en vano de la
    filosofía. Pero no queremos seguir ahora este camino, sino que
    después de haber esclarecido la deformación onírica, volve-
    mos a nuestro punto de partida. Nos preguntamos, cómo
    los sueños de contenido penoso podían ser interpretados
    como realizaciones de deseos y vemos ahora que ello es per-
    fectamente posible cuando ha tenido efecto una deformación
    onírica, esto es, cuando el contenido penoso no sirve sino de
    disfraz de otro deseado. Refiriéndonos a nuestras hipótesis
    sobre las dos instancias psíquicas, podremos, pues, decir que
    los sueños penosos contienen efectivamente algo que resul-
    ta penoso para la segunda instancia, pero que, al mismo
    tiempo, cumplen un deseo de la primera. Son sueños optati-
    vos en tanto en cuanto todo sueño parte de la primera ins-
    tancia, no actuando la segunda, con respecto al sueño, sino
    defensivamente y no con carácter creador. Si nos limita-
    mos a tener en cuenta aquello que la segunda instancia aporta al
    sueño, no llegaremos jamás a comprenderlo y permanecerán
    en pie todos los enigmas que los autores han observado en
    el fenómeno onírico.

    El análisis nos demuestra, en todo caso, que el sueño
    posee realmente un sentido y que éste es el de una realiza-
    ción de deseos. Tomaré, pues, algunos sueños de contenido
    penoso e intentaré su análisis. En parte, son sueños de suje-
    tos histéricos que exigen una larga información preliminar y
    nos obligan a adentrarnos, a veces, en los procesos psíqui-
    cos.


    aprehender el sentido de estos sueños. Residía en la incitación a echar
    a un lado el resto de consideración que aún me inspiraba dicha persona
    y a desligarme de ella en absoluto. Pero, en el sueño, se había disimu-
    lado hipócritamente este sentimiento, presentándose convertido en su
    contrario.–De otra persona, he comunicado un «sueño de Edipo» de
    carácter hipócrita, en el que los sentimientos hostiles y los deseos de
    muerte de las ideas latentes quedaban sustituídos por una manifiesta
    ternura. («Ejemplo típico de un sueño de Edipo, disfrazado.») Más ade-
    lante (cap. IV) citaremos otro género de sueños hipócritas.

  • S.

    163

    cos de la histeria. Pero no me es posible eludir estas compli-
    caciones de mi exposición.

    En el tratamiento analítico de un psiconeurótico constitu-
    yen siempre sus sueños, como ya hubimos de indicar, uno de
    los temas sobre los que han de versar las conferencias entre
    médico y enfermo. En ellas comunico al sujeto todos aque-
    llos esclarecimientos psicológicos con ayuda de los cuales he
    llegado a la comprensión de los síntomas, pero estas explica-
    ciones son siempre objeto, por parte del enfermo, de una im-
    placable crítica, tan minuciosa y severa como la que de un
    colega pudiera yo esperar. Sin excepción ninguna, se niegan
    los pacientes a aceptar el principio de que todos los sueños
    son realizaciones de deseos, y suelen apoyar su negativa con
    el relato de sueños que a su juicio contradicen rotundamente
    tal teoría. Expondré aquí algunos de ellos:

    «Dice usted que todo sueño es un deseo cumplido–me
    expone una ingeniosa paciente–. Pues bien; le voy a referir
    uno que es todo lo contrario. En él se me niega precisamen-
    te un deseo. ¿Cómo armoniza usted esto con su teoría?»–
    El sueño a que la enferma alude es el siguiente:

    «Quiero dar una comida, pero no dispongo sino de un
    poco de salmón ahumado. Pienso en salir para comprar lo
    necesario, pero recuerdo que es domingo y que las tiendas
    están cerradas. Intento luego telefonear a algunos proveedo-
    res y resulta que el teléfono no funciona. De este modo, ten-
    go que renunciar al deseo de dar una comida.»

    Como es natural, respondo a mi paciente, que tan sólo el
    análisis puede decidir sobre el sentido de su sueño, aunque
    concedo desde luego, que a primera vista se muestra razo-
    nable y coherente y parece constituir todo lo contrario de una
    realización de deseos. «¿Pero de qué material ha surgido
    este sueño? Ya sabe usted que el estímulo de un sueño se
    halla siempre entre los sucesos del día inmediatamente an-
    terior».

    Análisis. Su marido, un honrado y laborioso carni-
    cero, la había dicho el día anterior, que estaba demasiado
    grueso e iba a comenzar una cura de adelgazamiento. Se le-
     

  • S.

    164

    vantaría temprano, haría gimnasia, observaría un severo ré-
    gimen en las comidas, y sobre todo, no aceptaría ya más in-
    vitaciones a comer fuera de su casa. A continuación, relata
    la paciente, entre grandes risas, que un pintor al que su ma-
    rido había conocido en el café, hubo de empeñarse en retra-
    tarle, alegando no haber hallado nunca una cabeza tan ex-
    presiva. Pero el buen carnicero había rechazado la proposi-
    ción, diciendo al pintor, con sus rudas maneras acostumbradas,
    que sin dejar de agradecerle mucho su interés, estaba seguro
    de que el más pequeño trozo del trasero de una muchacha
    bonita habría de serle más agradable de pintar que toda su
    cabeza, por muy expresiva que fuese. La sujeto se halla muy
    enamorada de su marido y gusta de embromarle de cuando
    en cuando. Recientemente le ha pedido que no le traiga nun-
    ca caviar.–¿Qué significa esto?

    Hace ya mucho tiempo que tiene el deseo de tomar ca-
    viar como entremés, en las comidas, pero no quiere permi-
    tirse el gasto que ello supondría. Naturalmente, tendría el
    caviar deseado en cuanto expresase su deseo a su marido.
    Pero, por lo contrario, le ha pedido que no se lo traiga nun-
    ca, para poder seguir embromándole con este motivo.

    (Esta última razón me parece harto inconsistente. Detrás
    de tales explicaciones poco satisfactorias suelen esconderse
    motivos inconfesados. Recuérdese a los hipnotizados de
    Bernheim, que llevan a cabo un encargo post-hipnótico y
    preguntados luego por los motivos de su acto no manifiestan
    ignorar por qué han hecho aquéllo sino que inventan un cual-
    quier fundamento insuficiente. Algo análogo debe de suceder
    aquí con la historia del caviar. Observo, además, que mi pa-
    ciente se ve obligada a crearse, en la vida, un deseo insatis-
    fecho. Su sueño le muestra también realizada la negación
    de un deseo. ¿Mas para qué puede precisar de un deseo in-
    satisfecho?)

    Las ocurrencias que hasta ahora han surgido en el análi-
    sis no bastan para lograr la interpretación del sueño. Habré,
    pues, de procurar que la sujeto produzca otras nuevas. Des-
    pués de una corta pausa, como corresponde al vencimiento

  • S.

    165

    de la resistencia, declara que ayer fué a visitar a una amiga
    suya, de la que se halla celosa, pues su marido la celebra
    siempre extraordinariamente.

    Por fortuna, está muy seca y delgada y a su marido le
    gustan las mujeres de formas llenas. ¿De qué la habló su
    amiga durante su visita? Naturalmente, de su deseo de en-
    gordar. Además, la preguntó: «¿Cuándo vuelve usted a con-
    vidarnos a comer? En su casa se come siempre maravillosa-
    mente.»

    Llegado el análisis a este punto, se me muestra ya, con
    toda claridad, el sentido del sueño y puedo explicarlo a mi
    paciente: «Es como si ante la pregunta de su amiga hubiera
    usted pensado: «¡Cualquier día te convido yo para que
    engordes hartándote de comer a costa mía y gustes luego
    más a mi marido!» De este modo, cuando a la noche siguien-
    te sueña usted que no puede dar una comida, no hace su
    sueño sino realizar su deseo de no colaborar al redondea-
    miento de las formas de su amiga. La idea de que comer
    fuera de casa engorda, le ha sido sugerida por el propósito
    que su marido la comunicó de rehusar, en adelante, toda in-
    vitación de este género, como parte del régimen al que pen-
    saba someterse para adelgazar.» Fáltanos ahora, tan sólo,
    hallar una coincidencia cualquiera que confirme nuestra solu-
    ción: Observando que el análisis no nos ha proporcionado
    aún dato alguno sobre el «salmón ahumado», mencionado en
    el contenido manifiesto, pregunto a mi paciente: ¿Por qué ha
    escogido usted en su sueño, precisamente este pescado?
    «Sin duda–me responde–porque es el plato preferido de
    mi amiga.» Casualmemte, conozco también a esta señora y
    puedo confirmar que le sucede con este plato lo mismo que
    a mi paciente con el caviar, esto es, que gustándole mucho,
    se priva de él por razones de economía.

    Este mismo sueño es susceptible de otra interpretación
    más sutil, que incluso queda hecha necesaria por una cir-
    cunstancia accesoria. Tales dos interpretaciones no se con-
    tradicen, sino que se superponen, constituyendo un ejemplo
    del doble sentido habitual de los sueños, y en general, de

  • S.

    BORON P su Е ‏היפל גל‎ 42. VU KO

    todos los demås productos psicopatolôgicos. Ya hemos visto
    que contemporåneamente a este suefio que parecia negarla
    un deseo, se ocupaba la sujeto en crearse, en la realidad, un
    deseo no satisfecho (el caviar). También su amiga habia ex-
    teriorizado un deseo, el de engordar, y no nos admirarfa que
    nuestra paciente hubiera sofiado que a su amiga le habia sido
    negado un deseo. Su deseo propio es, efectivamente, que no
    se realice un deseo de su amiga. Pero, en lugar de esto,
    suefia que no se le realiza a ella otro suyo. Obtendremos,
    pues, una nueva interpretaciôn, si aceptamos que la sujeto
    no se refiere, en su suefio, a si misma, sino a su amiga, sus-
    tituyéndose a ella en el contenido manifiesto, o como tam-
    bién podriamos decir, identificandose con ella.

    A mi juicio, es esto, en efecto, lo que ha llevado a cabo,
    y como signo de tal identificaciôn, se ha creado, en la reali-
    dad, un deseo insatisfecho. ¿Pero qué sentido tiene la identi-
    ficaciôn histérica? Para esclarecer este punto, se nos hace
    precisa una minuciosa exposiciôn. La identificacion es un
    factor importantisimo del mecanismo de los sintomas histéri-
    cos y constituye el medio por el que los enfermos logran ex-
    presar, en sus sintomas, los estados de toda una amplia serie
    de personas, y no únicamente los suyos propios. De este
    modo sufren por todo un conjunto de hombres y les es posi-
    ble representar todos los papeles de una obra dramåtica con
    s6lo sus medios personales. Se me objetarå que esto no es
    sino la conocida imitaci6n histérica o sea la facultad que los
    histéricos poseen de imitar todos los sintomas que en otros
    enfermos les impresionan, facultad equivalente a una compa-
    sión elevada hasta la reproducción. Pero con esto no se hace
    sino señalar el camino recorrido por el proceso psíquico en la
    imitación histérica, y no debemos olvidar que una cosa es el
    acto anímico y otra el camino que el mismo sigue. El primero
    es algo más complicado de lo que gustamos de representar-
    nos la imitación de los histéricos y equivale a un proceso de-
    ductivo inconsciente, como veremos en el siguiente ejemplo:
    El médico que tiene en su clínica una enferma que presenta
    determinadas contracciones, y advierte una mañana que este

    fe

  • S.

    167

    especial síntoma histérico ha encontrado numerosas imitado-
    ras entre las demás ocupantes de la sala, no se admirará lo
    más mínimo y se limitará a decir: «La han visto durante un
    ataque y ahora la imitan. Es la infección psíquica.»—Está
    bien; pero tal infección se desarrolla en la forma siguiente:
    Las enfermas saben, por lo general, bastante más unas de
    otras que el médico sobre cada una de ellas, y se preocupan
    de sus asuntos respectivos cambiando impresiones después
    de la visita. Si una de ellas tiene un día un ataque, las demás
    se enteran en seguida de que la causa del mismo ha sido una
    carta que ha recibido de su casa, una renovación de sus dis-
    gustos amorosos, etc. Estos hechos despiertan su compasión
    y entonces se desarrolla en ellas, aunque sin llegar a su con-
    ciencia, el siguiente proceso deductivo: «Si tales causas pro-
    vocan ataques como ese, también yo puedo tenerlos, pues
    tengo idénticos motivos.» Si esta conclusión fuera capaz de
    conciencia, conduciría quizá al temor de padecer tales ata-
    ques; mas como tiene efecto en un distinto terreno psíquico,
    conduce a la realización del síntoma temido. Así, pues, la
    identificación no es una simple imitación, sino una apro-
    piación basada en la misma causa etiológica, expresa una
    equivalencia y se refiere a una comunidad que permanece en
    lo inconsciente.

    La identificación es utilizada casi siempre, en la histeria,
    para la expresión de una comunidad sexual. La histérica se
    identifica ante todo—aunque no exclusivamente—en sus sín-
    tomas, con aquellas personas con las que ha mantenido co-
    mercio sexual o con aquellas otras que lo mantienen con las
    mismas personas que ella. Tanto en la fantasía histérica
    como en el sueño, basta, para la identificación, que el sujeto
    piense en relaciones sexuales, sin necesidad de que las mis-
    mas sean reales. Así, pues, mi paciente no hace más que se-
    guir las reglas de los procesos intelectuales histéricos cuando
    expresa los celos que su amiga le inspira (celos que recono-
    ce injustificados), sustituyéndose a ella en el sueño e identi-
    ficándose con ella por medio de la creación de un síntoma (el
    deseo prohibido). Si tenemos en cuenta la forma expresiva

  • S.

    168

    idiomática, podríamos explicar el proceso en la forma que
    sigue: La sujeto ocupa en su sueño el lugar de su amiga por-
    que ésta ocupa en el ánimo de su marido el lugar que a ella
    le corresponde y porque quisiera ocupar en la estimación del
    mismo el lugar que aquélla ocupa (1).

    De un modo más sencillo, aunque siempre conforme al
    mismo principio de que la no realización de un deseo signi-
    fica la realización de otro, quedó rebatida la contradicción
    opuesta a mi teoría onírica por otra de mis pacientes, la más
    ingeniosa de todas aquellas cuyos sueños he analizado. Al
    día siguiente de haberle comunicado que los sueños eran rea-
    lizaciones de deseos, me relató haber soñado aquella noche
    que salía de viaje con su suegra para el punto en el que ha-
    bían acordado pasar juntas el verano. Sabía yo que mi pa-
    ciente se había resistido con toda energía a ir a veranear con
    su suegra y había logrado por fin eludir la temida compañía,
    alquilando, hacía pocos días, una casa de campo en un lugar
    muy lejano a la residencia de aquélla. Y ahora el sueño des-
    hacía esta solución tan deseada. ¿Cabía una más absoluta
    contradicción a mi teoría de la realización de deseos? Mas
    para hallar la interpretación de este sueño, no había más que
    deducir su consecuencia. Según él, no tenía yo razón. El
    deseo de la paciente era precisamente
    éste: el de que yo no tuviese razón–y el
    sueño se lo muestra realizado–. Pero este
    deseo de que yo no tuviese razón, realizado con relación al
    tema de la residencia veraniega, se refería en realidad a un
    tema distinto y mucho más importante. Por aquellos días,
    había yo deducido, del material que los análisis me propor-
    cionaban, el hecho de que en un determinado período de su

    (1) Soy el primero en lamentar la intercalación, en el presente es-
    tudio, de desarrollos correspondientes, como el que antecede, a la psi-
    copatología de la histeria y que expuestos, además, aislada y fragmen-
    tariamente no pueden tampoco proporcionarnos grandes esclarecimien-
    tos. Pero si por medio de ellos, quedan indicadas las íntimas relaciones
    que enlazan los sueños a las psiconeurosis, quedará cumplido el pro-
    pósito que me guió al acogerlos.

  • S.

    169

    vida la había sucedido algo muy importante para la adquisi-
    ción de su enfermedad, deducción que ella había rechazado
    por no hallar en su memoria nada correspondiente. Al poco
    tiempo quedó, sin embargo, demostrado, que tenía yo razón.
    Su deseo de que no la tuviese, transformado en el sueño que
    la muestra saliendo de veraneo en compañía de su suegra,
    correspondía, por lo tanto, al deseo justificado de que aque-
    llos sucesos a que yo me había referido y que aún no habían
    obtenido confirmación, no hubiesen sucedido jamás.

    Sin análisis, solamente por una sospecha, me permití in-
    terpretar un sueño de un amigo mío que durante ocho años
    había sido condiscípulo mío en segunda enseñanza. Un día
    me oyó pronunciar una conferencia sobre mi nuevo descubri-
    miento de que el sueño constituía una realización de deseos.
    Aquella noche, soñó que perdía todos sus plei-
    tos–era abogado–y vino a relatarme su sueño, como
    prueba de la inexactitud de mi teoría. Por mi parte, salí del
    paso con la evasiva de que no todos los pleitos se pueden
    ganar, pero, en el fondo, me dije: Un hombre que ha sido
    condiscípulo mío durante ocho años y que estaba siempre
    entre los medianos mientras yo era el primero de la clase:
    ¿no habrá conservado de estos años de colegio el deseo de
    verme alguna vez en ridículo?

    Una muchacha joven, a la que tenía sometida al trata-
    miento analítico, me relató–también como prueba de la in-
    exactitud de mis afirmaciones–otro sueño más sombrío. «Re-
    cordará usted–me dijo–que mi hermana no tiene ya más
    que un hijo–Carlos. El mayor, Otto, se le murió cuando to-
    davía vivía yo con ellos. Otto era mi preferido: podía decirse
    que era yo quien había cuidado de él y lo había educado. Na-
    turalmente, también quiero al pequeño, pero no tanto como
    quise a su hermano.–Pues bien; esta noche he soñado que
    Carlos había muerto y lo veía ante mí, colocado ya en su pe-
    queño ataúd, con las manos cruzadas y rodeado de velas, tal
    y como vi a Otto, cuya muerte me causó tan profundo do-
    lor.–¿Qué puede significar este sueño? Usted me conoce y
    sabe que no soy tan perversa como para desear que mi her-
     

  • S.

    170

    mana pierda el único hijo que le queda. ¿O querrá decir que
    hubiera preferido que muriera Carlos en lugar de Otto, mu-
    cho más querido para mí?»

    Esta interpretación debía desecharse desde luego y así
    se lo comuniqué a la paciente. Una corta reflexión me reveló
    luego, sin necesidad de análisis, el verdadero sentido del
    sueño, sentido que la sujeto aceptó y confirmó al dárselo a
    conocer. Claro está, que si pude prescindir del análisis, fué
    tan sólo porque me hallaba previamente en posesión de todos
    los antecedentes necesarios.

    Al quedar huérfana, siendo aún muy joven, se fué a vivir
    con una hermana suya, mucho mayor que ella, en cuya casa
    conoció a un hombre que impresionó profundamente su co-
    razón. Durante algún tiempo pareció que aquellas relaciones,
    apenas manifiestas, iban a terminar en boda. Pero la herma-
    na estorbó este feliz desenlace, sin que hayan llegado nunca
    a verse claramente los motivos que para ello pudo tener.
    Después de la ruptura, dejó el pretendiente de visitar la casa,
    y la muchacha concentró toda su ternura en el pequeño Otto.
    Muerto éste, abandonó la casa de su hermana y se fué a
    vivir sola. Pero su amorosa inclinación hacia el amigo de su
    hermana, continuó viva en ella. Su orgullo le ordenaba evi-
    tarle, pero le era imposible transferir su amor a otro de los
    pretendientes que luego la solicitaron. Cuando el hombre
    amado, que era un conocido literato, daba alguna conferen-
    cia, se la hallaba siempre entre los oyentes y no dejaba pasar
    ocasión alguna que de verle de lejos se le ofreciera. El día
    inmediatamente anterior a su sueño me había relatado que
    pensaba asistir a un concierto en el que seguramente podría
    gozar de la vista de su amor. Este concierto estaba anuncia-
    do para el día mismo en que acudió a relatarme el sueño
    antes detallado. Con todos estos antecedentes, no era difícil
    hallar la interpretación exacta del mismo. Para confirmarla,
    pregunté a mi paciente si recordaba algún suceso acaecido
    después de la muerte de Otto, obteniendo, en el acto, la res-
    puesta siguiente: «Sí; el profesor (título que poseía su amado)
    fué a casa de mi hermana, después de una larga ausencia, y

  • S.

    171

    pude verle junto a la caja del pobre Otto». Esto era precisa-
    mente lo que yo esperaba, y mediante ello, pude ya dar por
    terminada la interpretación, expresándola como sigue: «Si
    ahora muriese el otro niño, se repetiría la misma escena. Pa-
    saría usted el día en casa de su hermana; el profesor iría se-
    guramente a dar el pésame y volvería usted a verle en situa-
    ción idéntica a la de entonces. El sueño no significa sino
    éste su deseo de volver a ver al hombre amado, deseo con-
    tra el cual lucha usted interiormente. Sé, además, que lleva
    usted en el bolsillo el billete para el concierto de hoy. Su
    sueño es, por lo tanto, un sueño de impaciencia, que anticipa
    en algunas horas el encuentro que hoy debía realizarse».

    Con objeto de encubrir su deseo, había escogido, la su-
    jeto, una triste situación en la que el mismo había de quedar
    reprimido, pues es natural que el dolor que experimentamos
    ante la pérdida de una persona querida, aleje nuestro pensa-
    miento de nuestros amores. Sin embargo, es muy posible que
    tampoco en la situación real que luego el sueño copia, esto
    es, cuando la muerte de Otto, al que tanto quería, consi-
    guiese la muchacha dominar por completo los tiernos senti-
    mientos que la presencia del hombre amado había de inspi-
    rarle.

    Otra paciente mía, que antes de enfermar se había distin-
    guido por su vivo ingenio y buen humor, cualidades que aún
    emergían en sus ocurrencias durante las sesiones del trata-
    miento, tuvo un sueño muy semejante al anterior, pero de
    muy distinto sentido. En él vió, entre otras muchas cosas, a
    su única hija, una muchacha de quince años, muerta y meti-
    da en una caja que no tenía forma de ataúd, sino la de aque-
    llas que se usan para guardar objetos. La hubiera gustado
    presentarme este sueño como prueba de la inexactitud de mis
    teorías, pero la detenía la sospecha de que el singular de-
    talle de la «caja» había de indicar el camino de otra distinta
    interpretación del sueño (1). Durante el análisis, recordó que


    (1) Del mismo modo que el «salmón ahumado» en el sueño de la
    comida fracasada.

  • S.

    172

    en una reunión de la que el día anterior había formado parte,
    recayó la conversación sobre la palabra inglesa «box» y lo
    vario de sus significados, pues puede traducirse por caja,
    palco, cajón, bofetada, etc. De otros elementos del mismo
    sueño se deducía que la sujeto se había dado cuenta de la
    afinidad de dicha palabra inglesa con la alemana «Buechse»
    (estuche) y había recordado que esta última era empleada
    vulgarmente para designar los genitales femeninos. Tenien-
    do en cuenta la imprecisión de sus conocimientos de anato-
    mía topográfica, podía por lo tanto suponerse que la niña en
    la «caja» significaba el feto en la matriz. Cuando le comuniqué
    esta explicación no negó ya que la imagen onírica correspon-
    día realmente a un deseo suyo. Como tantas otras mujeres
    jóvenes, consideraba cada nuevo embarazo como una des-
    gracia y se confesaba más de una vez el deseo de que el feto
    muriese antes del nacimiento. En una ocasión que tuvo un
    grave disgusto con su marido, llegó a golpearse el vientre,
    poseída por la cólera, para matar al hijo que en su seno lle-
    vaba. El niño muerto de su sueño era, pues, realmente, una
    realización de deseos, pero de un deseo rechazado hacía ya
    más de quince años. No debemos, pues, de extrañar, que la
    realización de un deseo tan pretérito resultase irreconocible.
    En el intervalo tiene que haberse modificado mucho.

    Al tratar de los sueños típicos volveremos a ocuparnos
    del grupo al que pertenecen los dos últimamente consigna-
    dos, cuyo contenido es la muerte de personas queridas, y
    demostraremos, con nuevos ejemplos, que a pesar de su
    contenido indeseado han de ser interpretados, sin excepción
    alguna, como realizaciones de deseos. No un enfermo, sino
    un inteligentísimo jurisconsulto conocido mío, me relató el
    siguiente sueño, también con la intención de detenerme en
    una prematura generalización de la teoría del sueño, realiza-
    dor de deseos: «Sueño–me relata–que llego a mi casa lle-
    vando del brazo a una señora. Un coche cerrado me espera
    ante la puerta. Se me acerca un señor y después de justificar
    su personalidad de agente de policía, me invita a seguirle. Le
    pido únicamente que me dé tiempo para ordenar mis asun-
     

  • S.

    173

    tos».–¿Cree usted que puedo desear ser detenido?–Claro
    que no–tengo que contestarle.–¿Pero sabe usted por qué
    le detenían?–Sí; creo que por infanticidio.–¿Infanticidio?
    Demasiado sabe usted que no puede hablarse de este delito
    más que con respecto a la madre que mata a su hijo recién
    nacido.–Exacto (1).–¿Cuáles son las circunstancias que ro-
    dearon su sueño? ¿Qué hizo usted la tarde antes?–Perdó-
    neme usted; pero preferiría no contarlo. Se trata de algo
    muy personal y delicado.–Siendo así, tendremos que renun-
    ciar a la interpretación de su sueño.–Oigame entonces. No
    he pasado la noche en mi casa, sino en la de una señora que
    significa mucho para mí. Al despertar por la mañana, hubo
    de nuevo algo entre nosotros y después volví a dormirme,
    soñando entonces lo que acabo de contarle.–¿Es una mujer
    casada?–Sí.–Y naturalmente no querrá usted provocar un
    embarazo.–No; eso podría delatarnos.–Por lo tanto, no
    practica usted con ella el coito normal.–Tomo la precaución
    de retirarme antes de la eyaculación.–¿Debo suponer que
    aquella noche realizó usted esta habilidad varias veces y que
    en cambio, no quedó usted por la mañana muy seguro de
    haberlo conseguido?–Pudiera ser.–Entonces su sueño es
    una realización de deseos, pues le tranquiliza a usted mos-
    trándole que no ha engendrado un hijo, o lo que es aproxi-
    madamente lo mismo, que ha matado usted a un hijo. El pro-
    ceso deductivo que me ha llevado a esta conclusión, es fácil-
    mente evidenciable. Recuerde usted que hace algunos días
    hablamos sobre la disminución de los nacimientos y sobre la
    inconsecuencia que supone el hallarse permitido realizar el
    coito en forma que evite la fecundación, mientras que cuan-
    do la semilla y el óvulo se han encontrado y han formado un
    feto, es castigada severamente toda intervención. En rela-
    ción con esto recordamos también la discusión que en la

    (1) Sucede con frecuencia que al relatarnos un sujeto su sueño, su-
    prime, sin darse cuenta, fragmentos del mismo, cuyo recuerdo no surge
    sino después, en el curso del análisis. Estos fragmentos agregados a
    posteriori nos proporcionan siempre la clave de la interpretación.
    Véase lo que después exponemos sobre el olvido de los sueños.

  • S.

    174

    P R O F . S . F R E U D

    Edad Media se desarrolló sobre el momento en que el alma
    entraba en el feto, pues sólo a partir de él podía hablarse de
    asesinato. Seguramente conoce usted también la escalo-
    friante poesía de Lenau en la que se equiparan el infanticidio
    y la evitación de la fecundidad.–Precisamente he estado pen-
    sando en Lenau, sin saber por qué, esta misma mañana.–
    Sin duda, un nuevo eco de su sueño. Por último, quiero ha-
    cerle ver a usted otra pequeña realización de deseos, acce-
    soria, que su sueño presenta. En él, llega usted a su casa
    llevando a la señora del brazo, esto es, la trae usted a
    su casa, en lugar de como realmente ha sucedido, ir usted a
    pasar la noche en la de ella. El que la realización de deseos
    que constituye el nódulo del sueño se oculte bajo una apa-
    riencia tan desagradable, obedece quizá a más de una razón.
    En mi estudio sobre la etiología de la neurosis de angustia
    podrá usted ver que considero el «coitus interruptus» como
    uno de los factores causales de la génesis de la angustia
    neurótica. No me extrañaría, por lo tanto, que después de un
    repetido coito de este género permaneciera usted en un des-
    agradable estado de ánimo que pasa a su sueño como ele-
    mento de la composición del mismo. De este malestar se
    sirve usted también para ocultarse la realización de deseos.
    Pero lo que aún no me parece suficientemente esclarecida es
    la acusación de infanticidio. ¿Cómo llega usted a la idea de
    ese delito esencialmente femenino?–Le confesaré a usted
    que hace años me encontré envuelto en un asunto de este
    género. Tuve la culpa de que una muchacha intentase borrar
    por medio del aborto, las consecuencias de sus relaciones
    conmigo. Desde luego, no intervine para nada en la realiza-
    ción de tal propósito, pero durante mucho tiempo tuve el na-
    tural temor de que aquello pudiera descubrirse.–Ahora
    queda ya todo aclarado, pues este recuerdo nos proporciona
    otro motivo de que la sospecha de no haber interrumpido el
    coito en el momento oportuno, le fuera a usted penosa.

    Esta interpretación onírica debió de impresionar vivamen-
    te a un joven médico, que la oyó relatar, pues tuvo en segui-
    da un sueño de forma totalmente análoga, aunque sobre dis-
     

  • S.

    175

    LA INTERPRETACION DE LOS SUEÑOS

    tinto tema. Días antes, había presentado en las oficinas de
    Hacienda la declaración jurada de sus ingresos y siendo és-
    tos aún muy pequeños no había razón alguna que hubiera po-
    dido impulsarle a una ocultación. En su sueño vió a un amigo
    suyo que había asistido a la sesión de la junta de impuestos
    y venía a comunicarle que todas las declaraciones habían sido
    aceptadas sin reparo, pero que la suya había despertado una
    general desconfianza, siendo casi seguro que se le impusiera
    una fuerte multa por tentativa de defraudación. Este sueño
    es la realización, descuidadamente encubierta, del deseo de
    pasar por un médico de grandes ingresos y recuerda la cono-
    cida historia de aquella muchacha a la que se aconsejaba
    rompiera con su novio, hombre colérico que seguramente la
    maltrataría después de casada: A estos consejos respondió la
    muchacha: «¡Ojalá me pegase ya!» Su deseo de verse casa-
    da es tan vivo que acepta ya e incluso desea los inconve-
    nientes que el matrimonio habrá de traer consigo.

    Reuniendo bajo el rótulo de «sueños negativos
    de deseos» (Gegenwunschtraeume) todos
    los de este género, muy frecuentes, que parecen contradecir
    directamente mi teoría, puesto que su contenido manifiesto
    se halla constituído por la negación de un deseo o por algo
    evidentemente indeseado, advierto que es posible referirlos,
    en general, a dos principios, uno de los cuales no ha sido
    citado nunca antes de ahora, a pesar de desempeñar, tanto
    en la vida despierta del hombre como en su vida onírica, un
    importantísimo papel. Como ya hemos visto, el deseo de que
    me equivoque es una de las fuerzas determinantes de estos
    sueños que aparecen siempre, en el curso del tratamiento,
    cuando el enfermo entra en estado de resistencia contra mí.
    Al ponerle por vez primera al corriente de mi teoría de la
    realización de deseos, puedo también tener la seguridad de
    provocar en él sueños de este género (1) y lo mismo habrá


    (1) Varios de mis oyentes me han comunicado también en los últi-
    mos años, sueños negativos que constituyeron su reacción a su primer
    contacto con mi teoría.

  • S.

    176

    de sucederme sin duda con algunos de mis lectores, los cua-
    les se negaran en sueños un deseo sólo para que pueda rea-
    lizarse el de que yo me equivoque. El último sueño de este
    género que aquí voy a comunicar, demuestra nuevamente lo
    mismo. Una muchacha joven, que después de penosa lucha
    contra su familia y contra las autoridades médicas consulta-
    das, había conseguido que la permitieran continuar sometién-
    dose a mi tratamiento, soñó lo siguiente: «En su casa la ha-
    bían prohibido que continuara acudiendo a mi consulta. En-
    tonces ella me recordaba la promesa que la había hecho de
    seguir tratándola gratis si llegaba este caso. Pero yo la res-
    pondía: En cuestiones de dinero no puedo guardar considera-
    ciones a nadie».

    No es ciertamente nada fácil descubrir aquí la realización
    de deseos, pero todos estos casos entrañan, además de
    éste, otro enigma distinto, cuya solución contribuye a la
    del primero. ¿De dónde proceden las palabras que el sueño
    pone en mis labios? Muy sencillo; por mi parte jamás
    había dicho a la enferma nada semejante, pero uno de sus
    hermanos tuvo una vez la amabilidad de hablar de mí en
    términos análogos. El sueño quiere, por lo tanto, dar la
    razón al hermano, y este deseo de dar la razón a su herma-
    no, no es cosa que la sujeto sienta sólo en sus sueños, sino
    que constituye el secreto de su vida y el motivo de su en-
    fermedad.

    He aquí otro sueño, soñado e interpretado por un mé-
    dico (Aug. Staercke) y en el que a primera vista parece im-
    posible hallar realización alguna de deseos:

    «En la última falange de mi dedo índice advierto una
    lesión sifilítica primaria.»

    La claridad y coherencia de este sueño, cuyo único inte-
    rrogante es lo indeseado de su contenido, pudieran inducir-
    nos a no someterlo a una interpretación aparentemente inne-
    cesaria. Pero si no tememos dedicar algún trabajo al análisis,
    hallaremos que «lesión primaria» (en alemán «Primäraffekt»)
    puede equipararse a «prima afectio» (primer amor) y que la
    repugnante úlcera vista en el sueño revela representar–se

  • S.

    12

    gún palabras del mismo Staercke—«realizaciones de deseos
    cargadas de intenso afecto».

    El segundo de los factores a que antes aludimos como
    motivadores de estos sueños negativos de deseos, es tan evi-
    dente, que como sucede con las cosas que más a la vista se
    hallan, corre el peligro de que no lo advirtamos, y éste ha
    sido, en efecto, mi caso, durante mucho tiempo. En la cons-
    titución sexual de muchos hombres, existe un componente
    masoquista surgido por la transformación, en su contrario,
    de los componentes agresivos sadistas. A estos hombres, los
    denominamos masoquistas «ideales» cuando no buscan el
    placer en el dolor físico que se les causa sino en las humilla-
    ciones y torturas espirituales. Claramente se ve, sin necesi-
    dad de más amplias explicaciones, que estas personas pue-
    den tener sueños negativos y displacientes sin que los mis-
    mos sean en ellos otra cosa que realizaciones de deseos y la
    satisfacción de sus inclinaciones masoquistas. He aquí uno de
    estos sueños: Un joven, que en años anteriores había ator-
    mentado mucho a su hermano, hacia el que sentía una secre-
    ta inclinación homosexual, tiene, después de pasar por una
    radical transformación de carácter, el sueño siguiente, com-
    puesto de tres partes: I. Su hermano mayor le «hace ra-
    biar». II. Dos adultos coquetean entre sí, con propósitos ho-
    mosexuales. III. Su hermano ha vendido la empresa cuya di-
    rección se reservaba él para su porvenir. Después de este
    último fragmento onírico, despierta, presa de los más peno-
    sos sentimientos. Sin embargo, su sueño no es sino una rea-
    lización de deseos de carácter masoquista, y podríamos in-
    terpretarlo por las ideas siguientes: «Me estaría muy bien
    empleado que mi hermano realizara ahora esa venta, en la
    que salgo perjudicado, para castigarme por lo mucho que an-
    tes le atormenté».

    Espero que los ejemplos y reflexiones que anteceden bas-
    tarán para mostrar—hasta nuevas objeciones—la posibilidad
    de interpretar también los sueños penosos como realizacio-
    nes de deseos. De todos modos, habré de volver más ade-
    lante sobre este tema de los sueños displacientes.

    – 177 –

  • S.

    PROF- s.FPE»D

    mismo, que tampoco podrä ya nadie considerar como una ca-
    sualidad el hecho de que en la interpretaciôn de estos suefios
    lleguemos siempre a temas de los que no hablamos sino a
    disgusto o en los que nos es desagradable pensar. El penoso
    sentimiento que tales suefios despiertan es, sencillamente,
    idéntico a la repugnancia que tiende a apartarnos—con éxito
    casi siempre—de la reflexión o discusión sobre tales temas y
    que todos y cada uno de nosotros hemos de vencer cuando
    nos vemos obligados a emprender una tal labor. Este senti-
    miento de displacer, que retorna en el sueño, no excluye, sin
    embargo, la persistencia de un deseo. Todo hombre abriga
    deseos que no quisiera comunicar a los demás y otros que ni
    aun quisiera confesarse a sí mismo. Por otra parte, creemos
    justificado enlazar el carácter displaciente de todos estos
    sueños al hecho de la deformación onírica y deducir que si
    se muestran deformados y aparece en ellos disfrazada la rea-
    lización de deseos hasta resultar irreconocible, es precisa-
    mente porque existe una repugnancia o una intención repre-
    sora, orientadas contra el tema del sueño o contra el deseo
    que de él emana. Al agregar al conocimiento que ya po-
    seemos de la vida onírica todo lo que el análisis de los sue-
    ños displacientes nos ha descubierto, habremos de transtor-
    mar la fórmula en la que antes intentamos encerrar la esencia
    del sueño, dándole la siguiente forma: El sueño es la
    realización (disfrazada) de un deseo (re-
    primido) (1).

    Sólo nos quedan ya por examinar, desde este punto de
    vista, los sueños de angustia, los cuales constituyen un or-

    (1) Un gran poeta contemporáneo, del que me han dicho que no
    quiere ni oir hablar de la psicoanálisis y de la interpretación onírica, ha
    hallado, sin embargo, una fórmula casi idéntica para la esencia del sue-
    ño: «La emergencia independiente de intensos deseos reprimidos bajo
    rostro y nombre falsos».

    Anticiparé también aquí la aplicación y modificación que Otto Rank
    ha llevado a cabo de la fórmula básica arriba citada: «El sueño presen-
    ta siempre, sobre la base y con el auxilio de material sexual infantil
    reprimido, deseos generalmente eróticos, como realizados, en forma en-
    cubierta y simbólicamente disfrazada».

    ー ⑰⑧ 一

  • S.

    179

    den especial de los sueños de contenido penoso y cuya in-
    terpretación, como realizadores de deseos, habrá de tropezar
    con la máxima resistencia por parte de los no iniciados. Pero,
    afortunadamente, puedo dejar aquí esclarecida esta cuestión
    con escasas palabras. Tales sueños, no corresponden, en
    efecto, a una nueva faceta del problema onírico, sino al pro-
    blema general de la angustia neurótica. La angustia que en
    sueños sentimos, sólo aparentemente queda explicada por el
    contenido de los mismos. Al someter el contenido onírico a
    la interpretación, advertimos que la angustia del sueño no
    queda más ni mejor justificada, por el contenido del sueño,
    que por ejemplo, la angustia de una fobia por la representa-
    ción de que esta última depende. Es, por ejemplo, cierto,
    que podemos caernos al asomarnos a una ventana y que por
    lo tanto debemos observar cierta prudencia al efectuarlo,
    pero no es comprensible por qué en la fobia correspondiente
    es tan grande la angustia y persigue a los enfermos mucho
    más allá de sus motivos. La misma explicación se demuestra
    después aplicable tanto a la fobia como al sueño de angustia.
    La angustia no está en ambos casos sino soldada a la repre-
    sentación que la acompaña y procede de una fuente distinta.

    A causa de esta íntima conexión de la angustia onírica
    con la neurótica, tengo que referirme aquí, en la discusión de
    la primera a la segunda. En un corto estudio sobre la neuro-
    sis de angustia (Neurolog. Zentralblatt, 1895) afirmé ya que
    la angustia neurótica procede de la vida sexual y correspon-
    de a una libido desviada de su fin y que no ha llegado a su
    empleo. Esta fórmula se ha demostrado cada día más verda-
    dera. De ella puede deducirse el principio de que los sueños
    de angustia poseen un contenido sexual, cuya libido corres-
    pondiente ha experimentado una transformación en angustia.
    Más tarde tendremos ocasión de apoyar esta afirmación con
    el análisis de algunos sueños de sujetos neuróticos. Así mis-
    mo, en mis ulteriores tentativas de aproximarme a una teoría
    del sueño, habré de tratar nuevamente de la condición de los
    sueños de angustia y de su compatibilidad con la teoría de la
    realización de deseos.