• S.

    180

    V

    Material y fuentes de los sueños

    Al revelarnos el análisis, que el sueño de la inyección de
    Irma constituía una realización de deseos, se apoderó de nos-
    otros un vivísimo interés por comprobar si con ello habíamos
    descubierto un carácter general del fenómeno onírico y aca-
    llamos, por el momento, todas aquellas otras curiosidades
    científicas que en el curso de la labor de interpretación ha-
    bían surgido en nuestro ánimo. Mas ahora, una vez llegados
    al final del camino que en aquella ocasión elegimos entre
    todos los que ante nosotros se abrían, podemos ya volver
    sobre nuestros pasos y escoger un nuevo punto de partida,
    para proseguir, en un distinto sentido, nuestra exploración
    de los problemas del sueño, aunque, de este modo, perda-
    mos de vista, por algún tiempo, el tema, no agotado aún, ni
    mucho menos, de la realización de deseos.

    Desde que mediante la aplicación de nuestro procedimien-
    to de interpretación onírica, nos es posible descubrir un con-
    tenido latente de los sueños, muy superior en importan-
    cia a su contenido manifiesto, tenemos que sentirnos incita-
    dos a examinar de nuevo cada uno de los problemas que el
    fenómeno onírico plantea, para ver si este nuevo conocimien-
    to puede acaso procurarnos la solución de aquellos enigmas
    y contradicciones, que mientras no conocíamos sino el conte-
    nido manifiesto de los sueños, nos parecían inasequibles.

    En nuestro primer capítulo, expusimos detalladamente los
    juicios de los autores sobre la conexión de los sueños con la
    vida despierta y sobre la procedencia del material onírico.
    Recordemos ahora aquellas tres peculiaridades de la memoria

  • S.

    181

    LA INTERPRETACION DE LOS SUEÑOS

    onírica, que habiendo sido observadas por muchos, nadie ha-
    bía logrado aún esclarecer. Dichas peculiaridades eran:

    1.ª Que el sueño prefiere evidentemente las impresiones
    de los días inmediatos anteriores (Robert, Struempell, Hilde-
    brandt, Weed-Hallam).

    2.ª Que efectúa una selección conforme a principios di-
    ferentes de aquellos a los que se adapta nuestra conciencia
    despierta, recordando, no lo esencial e importante, sino lo
    accesorio y desatendido.

    3.ª Que dispone de nuestras más tempranas impresiones
    infantiles, llegando hasta reproducir detalles de dicha edad
    que nos parecen nimios y que en nuestra vida despierta te-
    níamos por olvidados hace ya mucho tiempo (1). Claro es
    que donde los investigadores han observado estas peculiari-
    dades de la selección del material onírico, ha sido en el con-
    tenido manifiesto.

    a) Lo reciente y lo indiferente en el
    sueño.

    Ateniéndome a mi experiencia personal sobre la proce-
    dencia de los elementos emergentes en el contenido onírico,
    habré de sentar, en primer término, la afirmación de que en
    todo sueño puede hallarse un enlace con los acontecimientos
    del día inmediatamente anterior. Cualquiera
    que sea el sueño que escojamos, propio o ajeno, comproba-
    remos siempre la verdad de este principio que nos propor-
    ciona, en la investigación del suceso del día anterior que ha
    podido constituir el estímulo de un sueño, el punto de parti-
    da del análisis del mismo. Con gran frecuencia, resulta, efec-
    tivamente, este camino, el más corto y ventajoso para lograr
    la interpretación. En los dos sueños que hasta ahora hemos
    sometido a un más minucioso análisis (el de la inyección de


    (1) Claramente se ve que la teoría de Robert de que el sueño se
    halla destinado a descargar nuestra memoria de las impresiones sin va-
    lor recibidas durante el día, resulta insostenible ante la aparición, rela-
    tivamente, frecuente, en nuestros sueños, de imágenes mnémicas in-
    diferentes de nuestra infancia. Siendo así, habría que pensar que el
    sueño cumplía muy imperfectamente su función.

  • S.

    182

    Irma y el de mi tío José), esta relación con los sucesos del
    día anterior aparece tan evidente que no necesita de escla-
    recimiento ninguno. Mas con el fin de demostrar su genera-
    lidad, expondré una serie de ejemplos tomados de mi pro-
    pia crónica onírica, aunque sin comunicar, por ahora, de cada
    sueño, más que la parte necesaria para el descubrimiento de
    la fuente onírica buscada:

    1. Voy de visita a una casa en la que sólo después de
    muchas dificultades se me deja entrar. Mientras tanto, hago
    esperar a una mujer.

    Fuente: Conversación de la tarde anterior con una
    pariente mía, sobre la necesidad de esperar antes de rea-
    lizar una compra que desea.

    2. He escrito una monografía sobre una cierta es-
    pecie de plantas (indeterminada en el sueño).

    Fuente: Por la mañana había visto, en el escaparate
    de una librería, una monografía sobre los ciclá-
    menes.

    3. Veo en la calle a dos mujeres, madre e hija.
    Esta última ha sido paciente mía.

    Fuente: Una paciente, a la que tengo en trata-
    miento, me ha comunicado, por la tarde, las dificultades que
    su madre opone a la continuación del mismo.

    4. Voy a la librería y me suscribo a una publicación pe-
    riódica; el coste de la suscripción es de veinte florines al año.

    Fuente: Mi mujer me ha recordado, la tarde anterior,
    que la debo veinte florines del dinero que le doy todas las se-
    manas.

    5. Recibo una carta del comité social-demócrata, car-
    ta en la que se me considera como miembro del mismo.

    Fuente: Durante el día, he recibido cartas del
    comité electoral liberal y de la Unión humanitaria; de la cual
    soy socio.

    6. Veo a un hombre sobre una escarpada roca
    enmedio del mar. Todo ello a la manera pictórica de
    Boecklin.

    Fuente: Dreyfus en la Isla del Diablo;

  • S.

    183

    noticias de parientes míos, residentes en Inglaterra,
    etcétera.

    Podríamos preguntarnos si esta conexión del sueño con
    la vida diurna no va nunca más allá de los sucesos del día
    inmediatamente anterior, o si, por lo contrario, puede exten-
    derse a impresiones anteriores, dentro siempre de un próxi-
    mo pretérito. No es ésta, cuestión de esencial importancia,
    pero una vez planteada, me inclinaría a resolverla en el sen-
    tido del exclusivo privilegio del último día anterior al sueño,
    o como en adelante, lo denominaremos, del día del sue-
    ño (Traumtag). Todas cuantas veces he creído hallar
    que la fuente de un sueño había sido una impresión anterior
    al mismo en dos o tres días, he podido comprobar después,
    mediante un más detenido examen, que dicha impresión ha-
    bía sido recordada de nuevo en el día del sueño, y que por
    lo tanto, entre el momento del mismo y el día de la impresión,
    se había intercalado–precisamente en el día del sueño–una
    reproducción de dicha impresión, siéndome dado hallar, así
    mismo, la ocasión reciente de la que podía haber partido el
    recuerdo de la impresión más pretérita. En cambio, no he po-
    dido nunca comprobar que entre la impresión diurna estimu-
    lante y su retorno en el sueño, se hallase intercalado un inter-
    valo regular de importancia biológica (como primer intervalo
    de este género indica H. Swoboda el de diez y ocho horas) (1).

    (1) Como ya indicamos en el capítulo I, ha transportado H. Swo-
    boda a la vida psíquica los intervalos biológicos de veintitrés y vein-
    tiocho días descubiertos por W. Fliess, afirmando especialmente que
    estos períodos son decisivos para la emergencia de los elementos oní-
    ricos en los sueños. Si esto resultara cierto, la interpretación onírica no
    sufriría transformación alguna esencial, pero sí obtendríamos una nue-
    va fuente para el origen del material de los sueños. Recientemente he
    sometido una serie de sueños propios a una investigación encaminada
    a comprobar la posibilidad de aplicar la «teoría de los períodos» al ma-
    terial onírico, y he escogido para ello elementos especialmente singu-
    lares del contenido manifiesto, cuya apercepción en la vida diurna pu-
    diera fijarse cronológicamente con toda seguridad.

    Primer sueño. 1-2 Octubre 1910.

    (Fragmento)... En un lugar indeterminado de Italia. Tres hermanas

  • S.

    184

    H. Ellis, que también ha dedicado suma atención a este
    problema, indica que no ha podido hallar en sus sueños, a
    pesar de haberla buscado «con especial cuidado», una tal
    periodicidad de la reproducción. A este propósito, relata un
    sueño en el que trasladado a España, sale de viaje en direc.

    me enseñan pequeños objetos de arte, como si me hallara en una tien-
    da de antigüedades; pero al hacerlo, se sientan sobre mis rodillas. Al
    ver uno de los objetos, digo a una de ellas: «Eso se lo he regalado yo
    a usted». Mientras pronuncio estas palabras veo claramente el perfil
    de una mascarilla que reproduce los acusados rasgos de Savo-
    narola.

    ¿Cuándo he visto, por última vez, una imagen de Savonarola?
    Mis notas de viaje me indican que pasé en Florencia los días 4 y 5 de
    Septiembre. Durante mi estancia en esta ciudad, pensé en enseñar a mi
    compañero de viaje el medallón con los rasgos de Savonarola,
    que marca, sobre el suelo de la Piazza Signoria, el lugar donde el faná-
    tico fraile sufrió el suplicio de la hoguera, y si no me equivoco, fué el
    día 5 por la mañana cuando cumplí este propósito. De esta impresión,
    a su retorno en el sueño, han pasado ciertamente 27 + 1 = 28 días, o
    sea, según Fliess, un «período femenino». Mas por desgracia para la
    fuerza demostrativa de este ejemplo, he de indicar que en el mis-
    mo día del sueño, estuvo a verme uno de mis colegas, hombre
    muy inteligente, al que por su tétrico y sombrío aspecto hube de dar,
    hace ya varios años, el sobrenombre de «rabbí Savonarola». Venía a
    presentarme un individuo enfermo a causa de un accidente que había
    sufrido viajando en el ferrocarril de Pontebba, línea por la que había
    pasado yo hacía ocho días, y esta última circunstancia hizo volver mis
    pensamientos a mi reciente viaje por Italia. La aparición del singular
    elemento «Savonarola», en el contenido de mi sueño, resulta, así, expli-
    cada por esta visita de mi colega el día inmediatamente anterior al mis-
    mo, y el intervalo de veintiocho días queda despojado, por lo tanto, de
    toda posible significación.

    Segundo sueño. 10-11 de Octubre.

    Realizo nuevamente trabajos de Química en el laboratorio de la
    Universidad. L., el consejero áulico me invita a trasladarme a otro lu-
    gar, y avanza delante de mí en actitud singularísima, inclinado hacia
    adelante y alzando en su mano con aire agudo (?) (¿perspicaz) (scharf-
    sinnig = agudo; scharfsichtig = perspicaz) una lámpara o un instrumen-
    to. Cruzamos después por un lugar al aire libre... (El resto del sueño
    ha sido olvidado.)

    Lo más singular del contenido de este sueño es la forma en que
    L. avanza con la lámpara (¿o era una lupa?) en alto y la mirada fija ante

  • S.

    185

    ción a una localidad cuyo nombre era Daraus, Varaus o Za-
    rauz. Al despertar, le fué imposible recordar ningún lugar de
    nombre parecido y dejó de ocuparse de su sueño. Pero me-
    ses después, cayó en la cuenta de que Zarauz era una esta-
    ción situada entre San Sebastián y Bilbao, línea por la que
    había viajado 250 días ante del sueño.

    sí, como escrutando la lejanía. Hace ya mucho tiempo que no he visto
    a L., pero al examinar mi sueño, descubro que no es, en él, sino una
    figura sustitutiva de otra más importante: nada menos que de la de Ar-
    químedes. Efectivamente, en el monumento dedicado a Arquímedes en
    Siracusa, cerca de la fuente de Aretusa, se halla representado el gran
    físico griego, en actitud idéntica a la que L. muestra en mi sueño, gra-
    duando la inclinación del gran espejo ustorio, y espiando con aguda
    mirada los movimientos del ejército sitiador. ¿Cuándo he visto por vez
    primera (y última) este monumento? Según mis notas, fué el 17 de Sep-
    tiembre por la tarde, y desde esta fecha hasta mi sueño, han transcu-
    rrido 13 + 10 = 23 días, un «período masculino», según Fliess.

    Desgraciadamente, la interpretación de este sueño nos demuestra
    que tampoco en él teníamos necesidad de recurrir a la teoría de los pe-
    ríodos. En efecto, el estímulo que lo provocó fué la noticia, recibida el
    día anterior, de que la clínica en la que se me cedía un aula para mis
    conferencias, iba a trasladarse próximamente a otro lugar. Ante esta
    noticia, pensé que el nuevo domicilio de la clínica no ofrecía quizá las
    comodidades del antiguo, cosa que para mí equivaldría a carecer de
    aula para mis conferencias, y de aquí retrocedieron mis pensamientos
    hasta el principio de mi actividad pedagógica, cuando carecía realmente
    de aula y tropezaba, en mis trabajos para obtenerla, con la frialdad de
    los omnipotentes señores consejeros áulicos y profesores. Por esta
    época me dirigí a L., que ocupaba el cargo de decano, y al que creía
    inclinado en mi favor. Pero no obtuve de él sino una promesa de ayuda,
    que jamás fué cumplida. En mi sueño, es él el Arquímedes que me da τον
    στω y me guía personalmente a otro lugar. Todos aquellos que se hallen
    algo familiarizados con la interpretación onírica, adivinarán sin dificul-
    tad que ni el deseo de venganza ni la conciencia de los valores son aje-
    nos a las ideas de este sueño. He de suponer que sin el estímulo oníri-
    co citado no hubiera llegado a mi sueño la figura de Arquímedes. Lo
    que no puedo asegurar, es que la intensa y reciente impresión de la es-
    tatua de Siracusa no se hubiese constituído, de todos modos, en estímu-
    lo provocador de un sueño, en un intervalo distinto.

    Tercer sueño. 2-3 de Octubre de 1910.

    (Fragmento)… Algo relativo al profesor Oser, que ha formado por

  • S.

    186

    Así, pues, habremos de opinar que todo sueño posee un
    estímulo entre los acontecimientos del día a cuya noche co-
    rresponde, y que las impresiones del pretérito más próximo
    (con exclusión del día anterior a la noche del sueño) no
    muestran con el contenido onírico, una relación diferente a
    la de otras impresiones cualesquiera, pertenecientes a tiem-
    pos indefinidamente más lejanos. El sueño puede elegir su
    material, de cualquier época de nuestra vida, por lejana que
    sea, a la que partiendo de los sucesos del día del sueño (las
    impresiones «recientes»), puedan alcanzar nuestros pensa-
    mientos.

    ¿Pero a qué obedece esta predilección por las impresio-
    nes recientes? Sometiendo a un más riguroso análisis uno de
    los sueños antes citados, podremos establecer quizá alguna
    hipótesis sobre este punto. Elegiré para ello el sueño de la
    monografía.

    Contenido onírico: He escrito una monografía
    sobre una cierta planta. Tengo el libro ante mí y vuelvo en
    este momento la página por la que se hallaba abierto y que


    sí mismo el «menú» de mis comidas, cosa que me tranquiliza mucho...
    (El resto ha quedado olvidado.)

    El sueño es la reacción a un trastorno digestivo experimentado en
    el mismo día y que me hizo pensar si no debería dirigirme a alguno de
    mis colegas para que me prescribiese un régimen alimenticio. El hecho
    de elegir con este objeto al profesor Oser, fallecido durante el verano
    anterior, se enlaza a la muerte, acaecida en fecha recentísima (1.º de
    Octubre), de otro profesor de Universidad, al que yo estimaba alta-
    mente. ¿Cuándo murió Oser y qué día llegó a mí la noticia de su muer-
    te? Los periódicos la consignaron el día 22 de Agosto, y como yo me
    hallaba por esta época en Holanda, adonde me remitían con toda regu-
    laridad algunos diarios de Viena, debí leerla el 24 o el 25 de dicho mes.
    Este intervalo no corresponde ya a ningún período, pues comprende
    7 + 30 + 2 = 39 o quizá cuarenta días. Tampoco puedo recordar haber
    hablado de Oser, o no haberle recordado, en el intermedio.
    Tales intervalos, no utilizables ya directamente como prueba de la
    teoría de los períodos, resultan más frecuentes, en mis sueños, que los
    regulares. El único hecho constante que el análisis me ha permitido
    comprobar es la mencionada relación con una impresión del mismo día
    del sueño.

  • S.

    187

    contiene una lámina en colores. Cada ejemplar ostenta, a
    manera de herbario, un espécimen disecado de la planta.

    Análisis: Por la mañana, he visto, en el escaparate
    de una librería, un libro nuevo, titulado: «Los ciclámenes»,
    seguramente una monografía sobre este género de plantas.
    Los ciclámenes son la flor preferida de mi mujer.
    Me reprocho no acordarme sino pocas veces de traerle
    flores, sabiendo lo mucho que le gustan.–El tema
    «traer flores» me recuerda una historia que he relata-
    do hace poco, en una reunión de amigos míos, utilizándola
    como prueba de que el olvido constituye, con gran frecuen-
    cia, la realización de un propósito de lo inconsciente y per-
    mite siempre deducir una conclusión sobre los secretos pen-
    samientos del olvidadizo. Una señora joven, que se hallaba
    acostumbrada a recibir de su marido un hermoso ramo de flo-
    res el día de su cumpleaños, echa de menos esta muestra de
    cariño en uno de tales días, y rompe a llorar amargamente.
    El marido no acierta a explicarse este llanto y cuando ella le
    revela la causa, se excusa alegando haber olvidado totalmen-
    te qué día era, y quiere salir en seguida a comprar las flo-
    res. Pero la mujer continúa desconsolada, viendo en el ol-
    vido de su esposo una prueba de que ya no ocupa ella en
    sus pensamientos igual lugar que antes.–Mi mujer ha encon-
    trado hace dos días a esta señora de L., la cual le dijo que se
    sentía mejor de salud y le preguntó por mí. En años anteriores
    había acudido a mi consulta para someterse a tratamiento.

    A estas asociaciones libres, se agregan luego las que si-
    guen: Realmente, he escrito en una ocasión algo análogo a
    una monografía sobre una planta–un estudio sobre la
    coca–que orientó la atención de K. Koller sobre la propie-
    dad anestésica de la cocaína. En mi trabajo, se indicaba ya
    como posible este empleo del citado alcaloide, pero no se es-
    tudiaba a fondo la cuestión. Con relación a este tema, se me
    ocurre ahora, que en la mañana del día siguiente a este sue-
    ño (cuya interpretación no tuve tiempo de emprender hasta
    las últimas horas de la tarde) ocupó durante algún tiempo mi
    pensamiento la idea de la cocaína, dentro de una especie de

  • S.

    188

    fantasía diurna que mi imaginación se entretuvo en construir.
    Pensé, en efecto, que si alguna vez tenía la desgracia de pa-
    decer un glaucoma, iría a Berlín y me haría operar, en casa
    de un amigo mío, por un médico conocido de él, pero al que
    no revelaría mi personalidad. No sabiendo quién era yo, me
    hablaría de la facilidad con que merced a la introducción de la
    cocaína podían ya llevarse a cabo tales operaciones. Por mi
    parte, me guardaría muy bien de revelar que había tenido
    participación en dicho descubrimiento. A esta fantasía se en-
    lazaron pensamientos sobre lo embarazoso que es para un
    médico solicitar para sí propio el auxilio profesional de otros
    colegas. No dándome a conocer al oculista berlinés, podría
    pagarle, como otro enfermo cualquiera, sus servicios. Des-
    pués de surgir en mi memoria el recuerdo de esta ensoña-
    ción diurna, advierto que detrás de la misma se esconde el
    recuerdo de un determinado suceso. Poco tiempo después
    del descubrimiento de Koller, padeció mi padre un glaucoma,
    siendo operado por el doctor Koenigstein, oculista y amigo
    mío. El mismo doctor Koller se encargó de efectuar la anes-
    tesia por medio de la cocaína, y al terminar la operación, nos
    hizo observar que para ella nos habíamos reunido las tres
    personas que habíamos participado en la introducción de di-
    cho alcaloide como anestésico.

    Mis pensamientos van ahora, continuando su curso, hasta
    la última vez en que hube de recordar toda esta historia de
    la cocaína. Fué esto hace pocos días, cuando leí un escrito
    de felicitación en el que los alumnos y ex-alumnos del labo-
    ratorio testimoniaban su agradecimiento al claustro de profe-
    sores del mismo. Entre los títulos de gloria de la institución,
    se citaba el descubrimiento en ella realizado por K. Koller,
    de la propiedad anestésica de la cocaína. Advierto ahora, de
    repente, que mi sueño se halla enlazado a un suceso de la
    tarde anterior. Dialogando precisamente con el doctor Koe-
    ningstein, sobre una cuestión que me apasiona siempre que
    me ocupo de ella, le había ido acompañando hasta su casa.
    En el portal tropezamos con el profesor Gaertner (jar-
    dinero) y su joven esposa, no pudiendo yo por menos de fe-
     

  • S.

    189

    licitarles por su «floreciente» aspecto. El profesor Gaert-
    ner es uno de los autores del escrito a que antes me referí
    y debió, sin duda, recordármelo. También la señora de L.,
    cuyo desencanto en el día de su cumpleaños hube antes de
    relatar, fué citada, aunque con distinto motivo, en la conver-
    sación que sostuvimos el doctor Koeningstein y yo.

    Intentaré interpretar también las restantes determinantes
    del contenido onírico. La monografía contiene un espéci-
    men disecado de la planta, como si de un herba-
    rio se tratara. A la idea «herbario» se enlaza un recuerdo
    de mis tiempos escolares. El director del establecimiento de
    enseñanza en que yo estudiaba, reunió una vez a los alum-
    nos de las clases superiores y les encargó de revisar y lim-
    piar el herbario de la casa, en el que se habían encontrado
    pequeñas larvas de polilla (Buecherwurm-literalmente:
    gusano de los libros). Desconfiando sin duda en
    la eficacia de mi ayuda, no se me entregaron sino muy pocas
    hojas, en la que recuerdo había algunos ejemplares de plan-
    tas crucíferas. Mis conocimientos de botánica no han sido
    nunca cosa mayor. Al examinarme de esta disciplina, me fué
    presentada también una crucífera, sin que lograse reconocer-
    la, y hubiera sido reprobado a no salvarme mis conocimien-
    tos teóricos.—Desde las crucíferas, pasa mi pensamiento a
    las compuestas. En realidad, la alcachofa es una flor de la
    familia de las compuestas y, precisamente, aquella a la que
    podría denominar mi flor preferida. Más cariñosa
    que yo, suele mi mujer traerme con frecuencia esta flor, del
    mercado.

    Veo ante mí la monografía que he escrito. Tampoco
    esto carece de una relación. Aquel amigo mío residente en
    Berlín, al que antes hube de referirme y que posee en alto
    grado la facultad de imaginación plástica, me escribió ayer:

    «No dejo de pensar en tu libro sobre los sueños. Lo veo
    terminado ante mí y paso sus hojas lleno
    de interés.»

    Le envidio profundamente esta facultad
    de visión. ¡Ojalá pudiese ver también yo mi libro terminado
    ante mí!

  • S.

    190

    La lámina en colores: Siendo estudiante de
    Medicina, compliqué extraordinariamente mi trabajo por el
    afán de no estudiar sino en monografías. A pesar de mis limi-
    tados medios económicos, adquirí varias importantes publi-
    caciones médicas, cuyas láminas en colores me
    encantaban. Este afán de buscar lo fundamental en cada
    cuestión, me enorgullecía. Cuando luego comencé a publicar
    por mi cuenta, tuve que dibujar las láminas correspondientes
    a mis trabajos y sé que una de ellas salió tan imperfectamen-
    te, que motivó las burlas de un benévolo colega. A esto se
    enlaza, no sé muy bien cómo, un muy temprano recuerdo in-
    fantil. Mi padre tuvo un día la humorada–apenas justificable
    desde el punto de vista educativo–de entregarnos a mí y a
    la mayor de mis hermanas, para que lo estropeáramos y des-
    truyéramos a nuestro antojo, un libro con láminas en
    colores. (Descripción de un viaje por Persia). Por en-
    tonces tenía yo cinco años y mi hermana no llegaba a tres.
    El cuadro que formábamos mi hermana y yo, destruyendo
    gozosamente el libro–al que fuimos arrancando las hojas,
    una por una (como a una alcachofa)–, es casi el
    único perteneciente a aquella edad, del que conservo aún un
    recuerdo plástico. Cuando después comencé mi vida de es-
    tudiante, se desarrolló en mí una gran afición a poseer libros
    (correspondiente a la inclinación a estudiar en monografías;
    una afición como las que aparecen en las ideas del
    sueño con respecto a los ciclámenes y a las alcachofas).
    Llegué a ser un «gusano de los libros» (1)
    (cf. herbario). Desde que hube de comenzar a refle-
    xionar sobre mí mismo, he referido siempre esta primera pa-
    sión de mi vida a la impresión infantil antes indicada, o me-
    jor dicho, he reconocido que dicha escena infantil constituye
    un «recuerdo encubridor» de mi posterior bibliomanía. Natu-
    ralmente, no tardó en mostrárséme que las pasiones nos


    (1) N. DEL T.–Expresión alemana de sentido idéntico a la castella-
    na «ratón de biblioteca». Pero la mejor inteligencia del análisis nos im-
    pide sustituirla.

  • S.

    LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS

    acarrean con facilidad amargos sinsabores. Teniendo diez y
    siete años, se me acumuló en la librería una elevada cuenta,
    en ocasión en la que no disponía de medios para saldarla, y
    apenas me sirvió de excusa, para con mi padre, el buen mo-
    tivo de mis gastos. El recuerdo de este suceso de juventud
    me lleva en seguida a la conversación que con mi amigo el
    doctor Koeningstein mantuve la tarde anterior al sueño, con-
    versación en la que tratamos también del reproche que,
    como en el citado suceso juvenil, suele hacérseme ahora,
    de dejarme arrastrar demasiado por mis aficiones y prefe-
    rencias.

    Por razones que no hacen al caso, prescindiré de conti-
    nuar aquí la interpretación de este sueño y me limitaré a in-
    dicar el camino que a la misma conduce. Durante la labor de
    análisis, me ha sido recordada repetidamente mi conversa-
    ción con el doctor Koeningstein. Pasando revista a los temas
    en ella tratados, se me hace comprensible el sentido del
    sueño. Todas las rutas mentales iniciadas, o sea las referen-
    tes a las aficiones de mi mujer y a las mías propias, a la co-
    caína, a las dificultades de la asistencia médica entre cole-
    gas, a mi predilección por los estudios monográficos y mi
    descuido de determinadas disciplinas, como la botánica; todo
    esto es continuado en la interpretación, hasta desembocar en
    una cualquiera de las numerosas ramificaciones de mi diálogo
    con el oculista: Mi sueño presenta nuevamente el carácter de
    una justificación, de una defensa. de mi derecho, análoga-
    mente al de la inyección de Irma, antes analizado. Pudiera
    incluso decirse que continúa el tema que en dicho sueño se
    iniciaba y lo desarrolla en relación con un nuevo material
    surgido con posterioridad a él. La misma forma expresiva del
    sueño, en apariencia indiferente, muestra ahora un particula-
    rísimo carácter. Así como en el sueño de Irma trato de justi-
    ficarme alegando ser un médico concienzudo y aplicado, hago
    constar ahora, en mi sueño, que soy el autor de un valioso y
    utilísimo trabajo (sobre la cocaína), y tanto en uno como en
    otro caso, me escudo en la alegación correspondiente, para
    afirmar un derecho. Es como si de los méritos expuestos de-

    — 191 —

  • S.

    192

    dujese una conclusión en la forma siguiente: «…siendo así,
    creo que puedo permitirme…» Pero en el ejemplo presente,
    puedo prescindir de exponer al detalle la interpretación, pues
    el propósito que me guiaba al comunicar este sueño, era tan
    sólo el de investigar, en un caso práctico, la relación del con-
    tenido onírico con el suceso estimulador del día del sueño.
    Mientras no me era conocido sino el contenido manifiesto,
    no se me evidenciaba más que una sola relación del sueño
    con una impresión diurna; en cambio, una vez efectuado el
    análisis, se me revela, en otro suceso del mismo día, una
    segunda fuente del sueño. La primera de estas impresiones
    a las que el sueño se refiere, es de carácter indiferente, cons-
    tituyendo una circunstancia accesoria: el haber visto en el
    escaparate de una librería un libro cuyo título atrae fugitiva-
    mente mi atención y cuyo contenido apenas debía interesar-
    me. La segunda impresión posee, en cambio, un alto valor
    psíquico: he dialogado con mi amigo el oculista durante cerca
    de una hora, haciéndole determinadas indicaciones de gran
    interés para ambos, y esta conversación ha provocado en mí
    la emergencia de recuerdos acompañados de los más diver-
    sos sentimientos. Además, nuestro diálogo quedó interrum-
    pido antes de terminar, por la llegada de unos amigos. ¿Qué
    relación tienen entre sí y con el sueño las dos impresiones
    diurnas señaladas?

    En el contenido manifiesto no encuentro sino una alusión
    a la impresión indiferente, y de este modo queda confirmado
    que el sueño acoge con preferencia, en dicho contenido,
    aquello que en la vida diurna no posee sino un carácter se-
    cundario. Por lo contrario, en la interpretación onírica nos
    conduce todo al suceso importante, justificadamente estimu-
    lador. Si como constituye la única forma acertada, juzgo el
    sentido del sueño por el contenido latente que el análisis nos
    ha revelado, habré llegado, inopinadamente, a un nuevo e
    importante conocimiento. El enigma de la preferencia exclu-
    siva del sueño por los fragmentos sin valor de la vida diurna,
    desaparece por completo y queda probada la inexactitud de
    aquellas afirmaciones que pretenden que la vida anímica de

  • S.

    193

    la vigilia no continúa en el sueño, y que el mismo prodiga,
    en cambio, actividad psíquica, en materia insignificante. La
    verdad es totalmente opuesta. Aquello que nos ha impresio-
    nado durante el día, domina también las ideas del sueño y
    sólo por aquellas materias que en la vigilia han estimulado
    nuestro pensamiento, nos tomamos el trabajo de soñar.

    La explicación más próxima de por qué sueño con la im-
    presión diurna indiferente, siendo otra, justificadamente esti-
    muladora, la que ha provocado mi sueño, es quizá la de que
    se trata, nuevamente, de un fenómeno de la deformación
    onírica, proceso que antes atribuímos a un poder psíquico
    que reina a título de censura. El recuerdo de la monografía
    sobre los ciclámenes es empleado como si constituyese una
    alusión a mi diálogo con Koenigstein, idénticamente a
    como en el sueño de la comida fracasada queda representada
    la amiga de la sujeto por la alusión «salmón ahumado». Fál-
    tanos averiguar por conducto de qué elementos intermedios
    puede entrar la impresión producida por la monografía en
    una relación alusiva con mi conversación con el oculista,
    pues a primera vista nos es imposible hallar conexión alguna
    de este género. En el ejemplo de la comida fracasada queda
    establecida una tal relación desde el primer momento, pues
    el «salmón ahumado» pertenece, a título de plato preferido
    de la amiga, al círculo de representaciones que la persona de
    la misma ha de despertar en la sujeto del sueño. Pero en
    nuestro nuevo ejemplo se trata de dos impresiones separa-
    das, que al principio no tienen nada común, sino el haber
    surgido en un mismo día. La monografía me ha llamado la
    atención por la mañana, y la conversación se desarrolló a
    finales de la tarde. La respuesta que a estos hechos nos da
    el análisis, es la siguiente: Tales relaciones, inexistentes al
    principio entre las dos impresiones, quedan establecidas sub-
    siguientemente entre los respectivos contenidos de represen-
    taciones. En la redacción del análisis, he hecho ya resaltar
    los elementos intermedios correspondientes. A la representa-
    ción de la monografía sobre los ciclámenes no habría yo en-
    lazado, probablemente, si no hubieran sobrevenido influen-
     

  • S.

    194

    cias de distinto origen, más que una sola idea: la de que di-
    cha flor es la preferida de mi mujer, o quizá también el
    recuerdo de la historia de la señora de L., ideas que no creo
    hubieran bastado para provocar un sueño.

    «There needs no ghost, my lord, come from the grave,
    To tell us this» (Hamlet).

    Pero he aquí que el análisis me recuerda que la persona
    que interrumpió nuestra conversación se llamaba Gaert-
    ner (jardinero) y que hallé a su mujer «flore-
    ciente». Además, recuerdo ahora, a posteriori, que en
    mi conversación con Koenigstein hablé también de una pa-
    ciente mía que lleva el bello nombre de Flora. Por medio
    de estos elementos intermedios, pertenecientes al círculo de
    representaciones de la botánica, es como he debido de llevar
    a cabo el enlace de los dos sucesos diurnos, el indiferente y el
    interesante. A continuación, fueron estableciéndose otras re-
    laciones, siendo la primera la de la cocaína, la cual podía unir
    congruente y justificadamente la persona del doctor Koenigs-
    tein y una monografía botánica escrita por mí. Estas rela
    ciones fortifican la fusión de los dos círculos de represen-
    taciones en uno solo, permitiendo, de este modo, que un
    fragmento del primer suceso pudiera ser utilizado como alu-
    sión al segundo.

    Sé que esta explicación será combatida y calificada de ar-
    bitraria o artificiosa. ¿Qué hubiera sucedido si no hubiéramos
    encontrado al profesor Gaertner (jardinero) y a su «flo-
    reciente» esposa y si la paciente de que hablamos se hubie-
    se llamado Ana y no Flora? La respuesta es sencilla.
    Si estas relaciones de ideas no hubieran existido, hubieran
    sido elegidas otras distintas. Nada más fácil, en efecto, que
    establecer relaciones de este género. Los chistes, adivinan-
    zas y acertijos que nos hacen reir o nos entretienen en la
    vida diurna, lo demuestran constantemente. El dominio del
    chiste es ilimitado. Pero aún hay más: si no hubiera sido po-
    sible establecer, entre las dos impresiones del día, relaciones
    intermedias suficientemente eficaces, habría tomado el sueño
    una forma distinta; otra cualquiera de las infinitas impresio-
    nes

  • S.

    195

    nes indiferentes que durante el día experimentamos y olvida-
    mos casi en el acto, habría tomado, para el sueño, el lugar
    de la «monografía» y habría entrado en conexión con el con-
    tenido de la conversación y representado a éste en el sueño.
    El que ninguna otra impresión, si no precisamente la de la
    monografía, fuese llamada a tomar a su cargo este papel, es
    señal de que era la más apropiada para el establecimiento de
    la conexión. No debe admirarnos nunca, como a Juanito Lis-
    to (Haenschen Schlaud), de Lessing, «que sean sólo los ricos
    los que más dinero tienen».

    El proceso psicológico por medio del cual llega la impre-
    sión indiferente a constituirse en representación de lo psíqui-
    camente importante, tiene que parecernos todavía harto ar-
    duo y singular. En otro capítulo nos plantearemos la labor de
    aproximar más a nuestra inteligencia las peculiaridades de
    esta operación aparentemente incorrecta, pues por el mo-
    mento, queremos limitarnos al resultado de dicho proceso,
    resultado que los conocimientos deducidos de numerosísimas
    análisis oníricas, nos fuerzan a aceptar. Lo que del proceso
    advertimos, es como si, mediante los indicados elementos in-
    termedios, se llevase a cabo un desplazamiento de
    lo que podríamos denominar el «acento psíquico», hasta con-
    seguir que representaciones débilmente provistas de intensi-
    dad inicialmente, adquieran, por apropiación de la intensidad
    de otras, mejor provistas al principio, una energía que las ca-
    pacite para forzar el acceso a la conciencia. Tales desplaza-
    mientos, no nos admiran cuando se trata de la aplicación de
    magnitudes de afecto, o en general, de actos motores. Que
    la solterona sin familia transfiera su ternura a sus animales
    caseros, que el solterón se convierta en apasionado coleccio-
    nista, que el soldado defienda hasta la muerte algo que, en
    realidad, no es sino una seda de colores, que en las relacio-
    nes amorosas nos colme de felicidad un apretón de manos
    prolongado durante un segundo, o que un pañuelo perdido,
    produzca en Otelo, un ataque de ira, son ejemplos de despla-
    zamientos psíquicos que nos parecen incontrovertibles. En
    cambio, el que del mismo modo y conforme a los mismos

  • S.

    196

    principios se establezca una conclusión sobre lo que llega a
    nuestra conciencia y lo que es usurpado a la misma, esto es,
    sobre lo que pensamos, nos hace la impresión de algo mor-
    boso y lo calificamos de error mental, cuando lo observa-
    mos en la vida despierta. Anticipando aquí el resultado de
    consideraciones que más adelante habremos de exponer, re-
    velaremos que el proceso psíquico que hemos reconocido en
    el desplazamiento onírico, se nos demostrará, ya que no pa-
    tológicamente perturbado, sí distinto de lo normal, esto es,
    como un proceso de naturaleza más bien primaria.

    De este modo, interpretaremos la inclusión de restos de
    sucesos secundarios en el contenido del sueño, como un fe-
    nómeno de la deformación onírica (por desplaza-
    miento) y recordaremos que en este proceso deformador,
    vimos una consecuencia de la censura que vigila la comuni-
    cación entre dos instancias psíquicas. Esperamos, por lo tan-
    to, que el análisis onírico nos descubra siempre la fuente ver-
    dadera y psíquicamente importante, situada en la vida diurna,
    cuyo recuerdo ha desplazado su acento sobre el recuerdo
    indiferente. Esta concepción nos sitúa en abierta contradic-
    ción con la teoría de Robert, inutilizable ya para nosotros.
    Resulta, en efecto, que el hecho que Robert quería explicar,
    no existe, pues la hipótesis de su existencia se basa en el
    error que supone la no sustitución del contenido aparente del
    sueño por el verdadero sentido del mismo. Pero no es ésta
    la única objeción que puede oponerse a dicha teoría: Si el sue-
    ño tuviera realmente la función de libertar nuestra memoria,
    por medio de una labor psíquica especial, de las «escorias»
    del recuerdo diurno, el trabajo realizado mientras dormimos
    sería muy superior al que pudiera significar nuestra actividad
    anímica despierta. Las impresiones indiferentes del día, de
    las que habríamos de proteger nuestra memoria, son infinita-
    mente numerosas, y la noche entera no bastaría para hacer-
    las desaparecer. Mucho más verosímil, es que el olvido de
    las impresiones indiferentes se realice sin intervención activa
    de nuestros poderes anímicos.

    No obstante, parece haber algo que nos advierte que no


  • S.

    195

    nes indiferentes que durante el día experimentamos y olvida-
    mos casi en el acto, habría tomado, para el sueño, el lugar
    de la «monografía» y habría entrado en conexión con el con-
    tenido de la conversación y representado a éste en el sueño.
    El que ninguna otra impresión, si no precisamente la de la
    monografía, fuese llamada a tomar a su cargo este papel, es
    señal de que era la más apropiada para el establecimiento de
    la conexión. No debe admirarnos nunca, como a Juanito Lis-
    to (Haenschen Schlaud), de Lessing, «que sean sólo los ricos
    los que más dinero tienen».

    El proceso psicológico por medio del cual llega la impre-
    sión indiferente a constituirse en representación de lo psíqui-
    camente importante, tiene que parecernos todavía harto ar-
    duo y singular. En otro capítulo nos plantearemos la labor de
    aproximar más a nuestra inteligencia las peculiaridades de
    esta operación aparentemente incorrecta, pues por el mo-
    mento, queremos limitarnos al resultado de dicho proceso,
    resultado que los conocimientos deducidos de numerosísimas
    análisis oníricas, nos fuerzan a aceptar. Lo que del proceso
    advertimos, es como si, mediante los indicados elementos in-
    termedios, se llevase a cabo un desplazamiento de
    lo que podríamos denominar el «acento psíquico», hasta con-
    seguir que representaciones débilmente provistas de intensi-
    dad inicialmente, adquieran, por apropiación de la intensidad
    de otras, mejor provistas al principio, una energía que las ca-
    pacite para forzar el acceso a la conciencia. Tales desplaza-
    mientos, no nos admiran cuando se trata de la aplicación de
    magnitudes de afecto, o en general, de actos motores. Que
    la solterona sin familia transfiera su ternura a sus animales
    caseros, que el solterón se convierta en apasionado coleccio-
    nista, que el soldado defienda hasta la muerte algo que, en
    realidad, no es sino una seda de colores, que en las relacio-
    nes amorosas nos colme de felicidad un apretón de manos
    prolongado durante un segundo, o que un pañuelo perdido,
    produzca en Otelo, un ataque de ira, son ejemplos de despla-
    zamientos psíquicos que nos parecen incontrovertibles. En
    cambio, el que del mismo modo y conforme a los mismos

  • S.

    198

    precisamente por eso se hallaba necesitado de recomenda-
    ción. Al otro de mis compañeros de viaje le pregunté, poco
    después, por el estado de su tía–madre de una de mis pa-
    cientes–de la que sabía se hallaba gravemente enferma. A
    la noche siguiente a este viaje, soñé que a aquel amigo mío,
    para el cual había solicitado ayuda, se hallaba en un elegan-
    te salón y pronunciaba con toda la serena corrección de un
    acabado hombre de mundo y ante una selecta concurrencia,
    en la que situé a todas las personas distinguidas y ricas que
    me eran conocidas, un discurso necrológico, en memoria de
    la anciana tía de mi compañero de viaje, a la que mi sueño
    daba ya por muerta. (Confieso francamente que no me halla-
    ba en muy buenas relaciones con esta señora.) Así, pues, mi
    sueño había hallado, de nuevo, conexiones entre las dos im-
    presiones del día y había compuesto, por medio de ellas, una
    situación unitaria.

    Sobre la base de conocimientos análogamente adquiridos
    por mi experiencia en la interpretación de los sueños, senta-
    ré aquí el principio de que para la elaboración onírica existe
    también una especie de fuerza mayor que la obliga a reunir
    en una unidad, en el sueño, todas las fuentes de estímulos
    dadas (1). Esta coerción que actúa sobre la elaboración de
    los sueños, se nos revelará, en el capítulo que a esta última
    consagraremos, como una parte de la condensación,
    otro proceso psíquico primario.

    Entraremos ahora en el examen de la cuestión de si la
    fuente onírica a que el análisis nos conduce, tiene que ser
    siempre un acontecimiento externo–e importante–, o si un
    suceso interior, o sea el recuerdo de un suceso psíquicamen-
    te importante o un proceso mental, puede así mismo llegar a
    constituirse en estímulo onírico. Los numerosos análisis rea-
    lizados nos permiten contestar a esta interrogación, en sen-
     


    (1) La tendencia de la elaboración onírica a reunir bajo un mismo
    régimen todo lo interesante dado, ha sido ya observada por varios
    autores. Así, Delage (pág. 41) y Delboeuf: rapprochement forcé (pági-
    na 236). H. Ellis, expone además algunos bellos ejemplos (página 35 y
    siguientes).

  • S.

    199

    tido afirmativo. El estímulo de un sueño puede ser un proce-
    so interior que nuestra actividad intelectual diurna ha actuali-
    zado. Creo es este el momento de agrupar, en un esquema,
    las fuentes oníricas descubiertas.

    La fuente de un sueño puede ser:

    a) Un suceso reciente y psíquicamente importante, re-
    presentado directamente en el sueño (1).

    b) Varios sucesos recientes e importantes, que el sueño
    reune en una unidad (2).

    c) Uno o varios sucesos recientes e importantes, repre-
    sentados, en el contenido manifiesto, por la mención de un
    suceso contemporáneo, pero indiferente (3).

    d) Un suceso interior importante (recuerdo, proceso
    mental) representado siempre, en el sueño, por la men-
    ción de una impresión reciente, pero indiferente. (4). Vemos,
    pues, que en el contenido manifiesto de todo sueño existe
    siempre un elemento que repite una impresión del día inme-
    diatamente anterior. Este factor, destinado a ser representa-
    do en el contenido manifiesto, puede pertenecer al acervo de
    representaciones del verdadero estímulo del sueño–como
    parte esencial o nimia del mismo–o proceder del círculo de
    ideas de una impresión indiferente, enlazado con el del es-
    tímulo onírico por relaciones más o menos numerosas. La apa-
    rente multiplicidad de las condiciones depende aquí, única-
    mente, de una alternativa, esto es, de que haya
    tenido o no lugar un desplazamiento, alter-
    nativa que nos permite explicar los contrastes del fenómeno
    onírico con igual facilidad que a la teoría médica el progresi-
    vo despertar de las células cerebrales.

    Observamos, además, en el esquema antes consignado,
    que el elemento psíquicamente importante, pero no reciente
    (el proceso mental o el recuerdo) puede ser sustituído, en el

    (1) Sueños de la inyección de Irma y del amigo que es mi tío.

    (2) Sueño del discurso necrológico del médico principiante.

    (3) Sueño de la monografía botánica.

    (4) De este género es la mayoría de los sueños de mis pacientes
    durante el análisis.

  • S.

    200

    sueño, por un elemento reciente, pero psíquicamente indife-
    rente, siempre que en la sustitución se acaten dos condicio-
    nes: 1.ª Que el contenido del sueño sea puesto en relación
    con lo recientemente vivido por el sujeto; y 2.ª Que el es-
    tímulo onírico sea siempre un proceso psíquicamente impor-
    tante. En un sólo caso (a) quedan cumplidas ambas condicio-
    nes por una misma impresión. Si reflexionamos, además, que
    aquellas impresiones indiferentes que son utilizadas por la
    elaboración del sueño mientras conservan la propiedad de
    ser recientes, pierden esta aptitud en cuanto envejecen un
    solo día (o varios como máximo), habremos de decidirnos a
    suponer que la actualidad de una impresión, le da, de por sí,
    un determinado valor psíquico para la formación de sueños,
    valor que equivale en cierto modo al de los recuerdos o pro-
    cesos mentales saturados de afecto. Posteriores reflexiones
    de orden psicológico nos permitirán adivinar en qué puede
    fundarse este valor de las impresiones recientes para la
    formación de los sueños (1).

    Secundariamente, es atraída aquí nuestra atención sobre
    el hecho de que durante la noche y sin que nuestra concien-
    cia lo advierta, puedan tener efecto importantes transforma-
    ciones de nuestro material de recuerdos y representaciones.
    El consejo de «consultar con la almohada», esto es, de dejar
    pasar una noche antes de tomar decisión ninguna importante,
    se halla plenamente justificado. Pero observamos que con
    estas consideraciones hemos pasado de la psicología del
    sueño a la del estado de reposo, acto para el que aún han de
    presentársenos numerosas ocasiones (2).


    (1) Cf. el capítulo VII de la presente obra (T. II) en el que trata-
    mos de la «transferencia».

    (2) En un trabajo de O. Poetzel, lleno de interesantísimas sugestio-
    nes, hallamos una importante contribución al esclarecimiento de la sig-
    nificación de lo reciente para la formación de los sueños. (Imágenes
    oníricas experimentalmente provocadas y su relación con la visión indi-
    recta. Zeitschrift fuer die ges Neurologie und Psychiatrie XXXVII, 1917.)
    Poetzl hacía dibujar a varias personas lo que de una imagen, expuesta
    un brevísimo espacio de tiempo, habían advertido, y al día siguiente,

  • S.

    201

    Existe, sin embargo, una objeción que amenaza echar por
    tierra estas últimas conclusiones. Si las impresiones indife-
    rentes, sólo mientras son recientes poseen acceso al conte-
    nido onírico, ¿cómo hallamos también en éste, elementos de
    tempranas épocas de nuestra vida, que cuando fueron recien-
    tes, carecieron, según la expresión de Struempell, de todo
    valor psíquico, y debían por lo tanto, hallarse olvidados hace
    ya mucho tiempo, elementos que no son ni recientes ni psí-
    quicamente importantes?

    Pero apoyándonos en los resultados obtenidos en psico-
    análisis de individuos neuróticos, podemos salvar, por com-
    pleto, esta objeción. La explicación es que el desplazamiento
    que sustituye el material psíquicamente importante por otro
    indiferente (tanto en el sueño como en el pensamiento des-
    pierto) ha tenido ya efecto, en estos casos, en dichas tem-
    pranas épocas, habiendo quedado fijo desde entonces en la
    memoria. Tales elementos, originalmente indiferentes, no lo
    son ya desde que han adquirido, por desplazamiento, el
    valor del material psíquicamente importante. Aquello que en
    realidad ha permanecido indiferente no puede tampoco ser
    reproducido en el sueño.

    De las consideraciones que preceden, deducirá el lector
    justificadamente, que no existe, a mi juicio, estímulo onírico


    interrogaba a dichas personas sobre los sueños que aquella noche ha-
    bían tenido y les hacía dibujar, de nuevo, algunos fragmentos de los
    mismos. De este modo, pudo comprobarse que los detalles de la ima-
    gen expuesta, inadvertidos por el sujeto del experimento, habían pro-
    porcionado material para la elaboración del sueño, mientras que los
    conscientemente observados y fijados luego en el dibujo no emergían
    en el contenido manifiesto. Se observó así mismo, que el material apro-
    vechado por la elaboración onírica quedaba modificado por ella en su
    acostumbrada forma «arbitraria»–o mejor dicho, independiente–y del
    modo más favorable a las tendencias formadoras del sueño. Las suges-
    tiones de los trabajos de Poetzl rebasan los límites de la obra presen-
    te. Nos limitaremos, pues, a hacer resaltar lo mucho que esta nueva
    forma de estudiar experimentalmente la interpretación de los sueños,
    se aparta de la grosera técnica anterior, consistente en introducir, en
    el contenido onírico, estímulos perturbadores del reposo.

  • S.

    202

    alguno indiferente y, por lo tanto, tampoco sueños inocen-
    tes. Tal es, en efecto, mi opinión, rotunda y exclusiva, salvo
    con respecto a los sueños de los niños y quizá a algunas
    breves reacciones oníricas a sensaciones nocturnas. Fuera de
    estos casos, todo lo que soñamos, o se demuestra psíquica-
    mente importante de un modo manifiesto, o se halla defor-
    mado y sólo podemos juzgarlo después de realizar el análi-
    sis, la cual nos revelará siempre su importancia. El sueño no
    se ocupa nunca de cosas nimias, ni nosotros consentimos que
    nuestro reposo quede alterado por algo que no valga la
    pena1). Los sueños aparentemente inocentes, demuestran
    no serlo en cuanto nos preocupamos de interpretarlos. Sien-
    do esta, nuevamente, una afirmación contra la que habrán de
    elevarse innúmeras objeciones, someteré aquí al análisis una
    serie de sueños «inocentes», aprovechando al mismo tiempo,
    la ocasión, para mostrar prácticamente la labor de la defor-
    mación onírica.

    I. Una señora joven, inteligente y distinguida, pero muy
    reservada en su vida de relación y hasta un tanto «agua
    mansa», me refirió un día: «He soñado que llegaba tarde a
    la plaza y no encontraba ya nada en la carnicería ni en la
    verdulería». Este sueño muestra, desde luego, un contenido
    inocente, pero como el relato que de él me hace la sujeto no
    me parece reflejarlo con exactitud, la ruego que me lo ex-
    ponga con más detalle. He aquí el nuevo relato: «Va al mer-
    cado con su cocinera, la cual lleva la cesta. El carnicero, al
    que piden algo, les contesta: «No queda ya»–y quiere des-
    pacharles otra cosa diferente, observando: «Esto también es
    bueno». Ella rehusa la oferta y se dirige al puesto de la ver-
    dulera, la cual quiere venderla una extraña verdura, atada
    formando manojo, y de color negro. Ella dice entonces: «No
    he visto nunca cosa semejante. No la compro». La conexión

    1) H. Ellis, el más amable crítico de la presente obra: escribe: «Es
    este el punto a partir del cual no ha de sernos ya posible a muchos se-
    guir a Freud». Pero Ellis no ha realizado ningún análisis onírico y no
    quiere creer cuán injustificado es el juzgar los sueños por su contenido
    manifiesto.

  • S.

    203

    de este sueño con la vida diurna es facilísima de hallar. La
    sujeto había llegado tarde aquella mañana al mercado y tuvo
    que volver a su casa sin haber podido comprar nada. Para
    describir este suceso, podríamos usar la frase «la carnicería
    estaba ya cerrada». Pero ¡calle! ¿no es esta frase–o mejor
    dicho la contraria afirmativa–una grosera locución con la
    que se alude a una determinada negligencia en el vestido
    masculino? Por lo demás, la sujeto no ha empleado esta frase
    en su relato, sino que, por lo contrario, ha evitado quizá pro-
    nunciarla. Intentemos interpretar los detalles del contenido
    manifiesto.

    Todo lo que en el sueño presenta un carácter oral, siendo
    dicho u oído, y no solamente pensado–cosa que casi siem-
    pre podemos diferenciar con toda seguridad–procede de
    aquello que en la vida despierta hemos oído o dicho, aunque
    la elaboración onírica, considerándolo como materia prima,
    lo modifique a veces y lo desglose siempre de su contexto,
    presentándolo aislado(1). Estos elementos orales pueden ser
    tomados como punto de partida de la interpretación. ¿De
    dónde proceden, pues, las palabras del carnicero? Soy yo
    mismo quien las pronunció hace días, al explicar a la sujeto
    «que en la memoria del adulto no queda ya nada de
    los antiguos sucesos infantiles, pues han sido sustituídos por
    «transferencias» y por sueños». Soy yo, por lo tanto, el car-
    nicero, y lo que la paciente rechaza es la posibilidad de tales
    transferencias, al presente, de ideas y sentimientos pretéri-
    tos.–¿De dónde proceden las palabras que ella pronuncia en
    el sueño: «No he visto nunca cosa semejan-
    te. No la compro»? Analicemos, por separado, cada
    una de estas dos frases. «No he visto nunca cosa
    semejante» es una exclamación que la sujeto pronunció
    realmente el día del sueño, riñendo a su cocinera: Pero en

    (1) Sobre los elementos orales en el ensueño, véase el capítulo que
    dedicamos a la elaboración onírica. La indicada procedencia de los
    mismos no había sido reconocida hasta ahora sino por un sólo inves-
    tigador, Delboeuf, que los compara (pág. 226) a los «clichés» o lugares
    comunes.

  • S.

    204

    esta ocasión, había añadido: «¡Hágame el favor de condu-
    cirse más correctamente!» Se nos evidencia aquí un despla-
    zamiento. De las dos frases que dirigió a su cocinera, ha es-
    cogido, en su sueño, la que carece de importancia, repri-
    miendo, en cambio, la otra–« Hágame el favor de
    conducirse más correctamente »–que es,
    precisamente, la que forma sentido con el contenido onírico
    restante. Esta frase es la que se dirigía a alguien que se atre-
    viese a hacer proposiciones indecorosas y olvidase «cerrar
    la carnicería». La concordancia de estas hipótesis con las
    alusiones que luego hallamos en la escena con la verdulera,
    nos demuestra que nos hallamos sobre la pista de la verda-
    dera interpretación. Una verdura («alargada»–añade luego
    la sujeto) que se vende por manojos, pero que además es
    negra no puede ser sino una fusión, efectuada por el sueño,
    de los espárragos con los rábanos negros (Rhaphanusniger).
    La significación onírica del «espárrago» es ya conocida por
    todos aquellos que se han ocupado algo de estas materias.
    Pero también la otra legumbre (schwarzer Rettich), parece
    aludir, por la analogía de su mismo nombre con una locución
    de sentido sexual (¡Schwarzer, rett'dich!), a aquel mismo
    tema sexual que desde un principio adivinamos cuando in-
    cluimos, en el relato de la paciente, la frase «la carnicería es-
    taba cerrada». No creo necesario revelar por completo el
    sentido de este sueño; lo expuesto hasta aquí basta para de-
    mostrar que es harto significativo y nada inocente (1).

    (1) Para aquellos a quienes no satisfaga lo consignado en el texto,
    añadiré aquí, que detrás de este sueño se esconde una fantasía en la
    que yo me conduzco incorrectamente con la sujeto y ella me rechaza.
    En apoyo de esta interpretación, que algunos juzgarán inaceptable, re-
    cordaré la frecuencia con que los médicos son objeto de una tal acusa-
    ción por parte de pacientes histéricas en las que ha emergido idéntica
    fantasía, pero no ya deformada y a título de sueño, sino francamente
    consciente y delirante.–El análisis expuesto inició el tratamiento psi-
    coanalítico de la sujeto. En el curso del mismo, se demostró que con el
    sueño analizado repetía la paciente el trauma inicial que constituyó el
    punto de partida de su neurosis. Posteriormente, me ha sido dado com-
     

  • S.

    205

    II. Otro sueño inocente de la misma persona y que cons-
    tituye, en cierto sentido, la pareja del anterior: «Su marido le
    pregunta: ¿No hay que mandar afinar el piano?–Ella con-
    testa: No vale la pena. De todos modos hay que forrar los
    macillos». Nuevamente, una reproducción de un suceso real
    del día anterior. Su marido la hizo la pregunta consignada y
    ella contestó en forma análoga a como en el sueño lo hace.
    ¿Pero qué significa este último? Hablando del piano, dice
    que es una cajaindecenteydemalossoni-
    dos (maltono), que su marido poseía ya antes de ca-
    sarse, (1) etc., pero la clave de la solución nos la da la frase:
    Novaleiapena. Esta frase procede de una visita
    que la paciente hizo el día del sueño a una amiga suya. Invi-
    tada a quitarse la chaqueta, había rehusado, diciendo: «No
    vale la pena. Me tengo que marchar en seguida». Al
    oír relatar esta escena a la sujeto, recuerdo que el día ante-
    rior, durante la sesión de análisis, se echó mano al pecho, al
    notar que se le había desabrochado un botón, como si qui-
    siera decir: No mire usted, novaleiapena. La
    caja queda así convertida en alusión a la cajatorá-
    cica y la interpretación del sueño nos conduce directa-
    mente a la época del desarrollo físico de la paciente, cuando
    la misma comenzó a sentirse descontenta de la delgadez de
    sus formas corporales. Las expresiones «indecente»
    y «maltono» nos llevan también a esta temprana
    época, en cuanto recordamos la frecuencia con la que tanto
    en la alusión como en el sueño, suelen sustituirse los peque-
    ños hemisferios del cuerpo femenino, a otros, más amplios,
    pertenecientes también al mismo.

    III. Interrumpiré la serie de sueños de esta enferma para
    intercalar en ella un breve sueño inocente de un joven. Sue-
    ña que ha tenido que ponersedenuevoelgabán


    probar hechos idénticos en otros enfermos que en su infancia habían
    sido objeto de atentados sexuales y realizaban, en sus sueños, el deseo
    de su repetición.

    (1) Como luego veremos claramente, en el análisis, queda aquí
    sustituído un elemento, por su contrario.

  • S.

    206

    de invierno, cosa terrible. El motivo de este
    sueño parece ser, a primera vista, el frío que de repente ha-
    bía vuelto a hacer. Pero un examen más detenido, nos mues-
    tra que los dos breves fragmentos de que se compone no
    concuerdan entre sí, pues el tenerse que poner un gabán de
    invierno, porque hace frío, no es nada terrible. Por des-
    gracia para la inocencia de este sueño, la primera ocurrencia
    que surge en el análisis es la de que una señora había dicho
    en confianza a nuestro sujeto, el día anterior, que su último
    hijo debía su existencia a la rotura de un preservativo. El
    sujeto reconstruye ahora los pensamientos que le sugirió esta
    confidencia: Los preservativos finos presentan el peligro de
    romperse y los gruesos son muy molestos. Un preservativo
    es como un vestido o gabán. Si a él, soltero, le ocurriese
    algo como lo que la señora le ha relatado, sería «terrible».–
    Volvamos ahora a nuestra paciente.

    IV. «Mete una vela en el candelero. Pero la vela está
    rota y no se tiene derecha. Las muchachas del colegio dicen
    que es muy desmañada, pero la maestra la defiende diciendo
    que no es culpa suya.»

    También aquí hallamos un suceso real como motivo del
    sueño. El día anterior puso una vela en un candelero, pero
    no estaba rota. La vela es un objeto que excita los genitales
    femeninos. Rota, y no pudiéndose mantener derecha, signifi-
    ca la impotencia del hombre (noesculpasuya). ¿Pero
    cómo es posible que la paciente, cuidadosamente educada,
    pueda conocer un tal empleo de la vela? Casualmente puede
    indicar el origen de este conocimiento. En una excursión en
    barca, por el Rhin, pasó junto a ellos un bote lleno de estu-
    diantes, que con toda tranquilidad, iban cantando, a voz en
    grito, una canción obscena: «Cuando la reina de S., cierra
    las ventanas y con una «vela de Apolo» (Apollokerze)...»

    La sujeto no oyó bien o no comprendió esta última pala-
    bra y su marido tuvo que explicarle lo que significaba. El
    texto de la canción queda luego sustituído en el contenido
    onírico por el inocente recuerdo de una comisión de que la
    encargaron en el colegio y que llevó a cabo muy desma-
     

  • S.

    207

    ñadamente. Esta sustitución queda realizada por medio
    de un elemento común: las ventanas cerradas.
    La conexión del tema del onanismo con el de la impotencia
    es suficientemente clara. El elemento «Apolo», del contenido
    latente, une este sueño con otro anterior, en el que se trata-
    ba de la virginal Palas. Todo ello, como vemos, nada ino-
    cente.

    V. Para que no se crea demasiado fácil el deducir de los
    sueños, conclusiones sobre las verdaderas circunstancias
    personales del sujeto, expondré un nuevo sueño de esta en-
    ferma, inocente también en apariencia. «He soñado algo–me
    relata–que había hecho realmente durante el día, esto es,
    que metía tantos libros en un pequeño baúl, que luego me
    costaba trabajo cerrarlo, y lo he soñado tal y como había su-
    cedido». En este caso, hace resaltar especialmente la sujeta
    la coincidencia entre el sueño y la realidad. Todos estos jui-
    cios y observaciones sobre el sueño, pertenecen, aunque se
    hayan creado un lugar en el pensamiento despierto, al con-
    tenido latente, circunstancia que ya demostraremos con otros
    ejemplos. La paciente nos dice, en este caso, que lo que el
    sueño la ha presentado, había sucedido realmente el día an-
    terior. Nos ocuparía demasiado lugar exponer por qué cami-
    no llegamos a la ocurrencia de recurrir al idioma inglés como
    medio auxiliar de la interpretación. Baste con decir que se
    trata nuevamente de una pequeña «box» (cf. el ejemplo de la
    niña en su caja, capítulo IV) que ha sido llena hasta el punto
    de que nada más cabía en ella.

    En todos estos sueños «inocentes» predomina singular-
    mente el factor sexual como motivo de la censura. Pero es
    este un tema de esencial importancia que debemos dejar a un
    lado por el momento.

    b) Lo infantil como fuente onírica.

    Como tercera de las peculiaridades del contenido onírico,
    hemos señalado, de acuerdo con todos los autores (incluso
    Robert), la de que en el sueño pueden emerger impresiones
    de tempranas épocas de nuestra vida, de las cuales no dis-
    pone nuestra memoria en la vigilia. Fácilmente se compren-

  • S.

    208

    derá que no es nada sencillo determinar la frecuencia con que
    esto sucede, pues al despertar no sabemos reconocer el ori-
    gen de tales elementos de nuestros sueños. La demostración
    de que se trata de impresiones de la infancia tiene, por lo
    tanto, que realizarse de un modo objetivo, cosa también di-
    fícil, dado que sólo en muy raros casos disponemos de los
    datos necesarios. A. Maury, refiere, como especialmente de-
    mostrativa, la historia de un individuo que se disponía a ha-
    cer un viaje para visitar su ciudad natal, de la que faltaba
    hacía veinte años, y la noche anterior a la partida, soñó que
    se hallaba en un lugar desconocido y encontraba en la calle
    a un señor, también desconocido, con el que entablaba con-
    versación. Llegado luego al fin de su viaje, comprobó que el
    lugar de su sueño existía realmente en las cercanías de su
    ciudad natal y que el incógnito individuo era un anciano ami-
    go de su difunto padre. Esta circunstancia prueba que en su
    niñez había visto tanto el lugar como al individuo de su sue-
    ño, el cual debe interpretarse, además, como un sueño de im-
    paciencia, análogo al de aquella paciente mía que pensaba
    ver al hombre a quien amaba en un concierto para el que ya
    tenía tomados los billetes y al del niño al que su padre había
    prometido llevar de excursión a un lugar determinado. No
    habiendo sometido este sueño al análisis, no nos es posible,
    naturalmente, indicar los motivos por los que reprodujo, pre-
    cisamente, tales impresiones de la infancia del sujeto.

    Uno de mis discípulos, que se vanagloriaba de que sólo
    raras veces sufrían sus sueños los efectos de la deformación
    onírica, me comunicó uno en el que había visto a su anti-
    guo preceptor acostado con una criada que
    había servido en su casa hasta que él tuvo once años. Así
    mismo le parecía reconocer la habitación en que dicha esce-
    na se desarrollaba. Su hermano, al que relató este sueño, le
    confirmó, con grandes risas, su completa realidad. Recorda-
    ba muy bien–pues en la época a que el sueño se refería te-
    nía ya seis años–que la amorosa pareja le emborrachaba
    con cerveza cuando hallaba ocasión favorable a su nocturno
    comercio. Nuestro sujeto, que por entonces sólo tenía tres

  • S.

    209

    años, no era considerado como obstáculo, aunque dormía en
    la misma alcoba.

    Existe aún otro caso en el que sin necesidad de interpre-
    tación, puede afirmarse que el sueño contiene elementos de
    la infancia. Sucede esto, cuando se trata de sueños de los
    denominados perennes, o sea de aquellos que habien-
    do sido soñados por vez primera en la infancia, retornan
    después, periódicamente en la edad adulta. Aunque no he
    tenido nunca tales sueños perennes, puedo citar algunos
    ejemplos de este género, que me ha sido dado observar. Un
    médico, cercano ya a los treinta años, me refirió que en su
    vida onírica solía aparecérsele, desde su más temprana in-
    fancia hasta el presente, un león amarillo cuya figura podía
    describir con todo detalle. Un día, descubrió que tal imagen
    onírica correspondía a un león de porcelana, perdido o roto
    hace muchos años, que había habido en su casa y constituyó,
    según le dijo su madre, el juguete predilecto de su más tem-
    prana niñez, cosa que él no recordaba en absoluto.

    Si desde el contenido manifiesto, volvemos la vista a las
    ideas latentes que el análisis nos revela, comprobaremos,
    con asombro, que también en aquellos sueños en que nunca
    se nos hubiera ocurrido sospecharlo, colaboran tales sucesos
    infantiles. Al mismo médico del «león amarillo» debo un ejem-
    plo singularmente interesante e instructivo de un tal sueño.
    Después de leer la descripción que Nansen escribió de su ex-
    pedición polar, soñó que enmedio del desierto de hielo pres-
    taba sus servicios profesionales al valeroso explorador, apli-
    cándole corrientes eléctricas para curarle unos dolores de
    vientre que le aquejaban. En el análisis de este sueño, recor-
    dó una anécdota de su niñez sin la cual no sería posible ex-
    plicarlo. Teniendo tres o cuatro años, oyó una conversación
    sobre los viajes de exploración (Entdec-
    kungsreisen) y preguntó a su padre si aquello era una
    enfermedad muy grave, confundiendo los viajes (Rei-
    sen) con los retortijones (Reissen). Las bur-
    las de sus hermanos grabaron para siempre en su memoria el
    recuerdo de este suceso.

  • S.

    210

    En mi sueño de la monografía botánica se da un caso idén-
    tico al que precede. Al analizarlo, tropiezo, en efecto, con el
    recuerdo infantil, conservado, de que teniendo yo cinco años,
    me dió mi padre un libro con láminas en colores, para que lo
    destruyera a mi antojo. Se me objetará, quizás, que es dudo-
    so que este recuerdo participase realmente en la conforma-
    ción del sueño, siendo más probable que la relación con él
    quedase posteriormente establecida en la labor analítica, pero
    la riqueza y el enlace de las asociaciones testimonian en con-
    trarlo: Ciclamen–flor preferida–plato preferido–alcacho-
    fas–arrancar, como a una alcachofa, hoja por hoja (expre-
    sión muy usada en aquel tiempo con referencia al proyecta-
    do reparto del Imperio chino)–herbario–«gusano de los
    libros» (cuyo plato preferido son los libros). Además, puedo
    asegurar que el último sentido de este sueño, que no hemos
    expuesto, se halla en íntima relación con el contenido de la
    escena infantil.

    En otra serie de sueños, nos enseña el análisis, que el
    mismo deseo que ha provocado el sueño que lo realiza, pro-
    cede de la vida infantil, haciéndonos ver, con asombro, que
    en el sueño, continúa viviendo el niño con
    sus impulsos infantiles.

    Proseguiré aquí el análisis de un sueño al que ya debe-
    mos interesantes esclarecimientos: el de que mi amigo R. es
    mi tío. Hemos llevado la interpretación hasta descubrir, como
    motivo, el deseo de ser nombrado profesor, y nos explica-
    mos el cariño del sueño por mi amigo R. como una oposición
    contra el rebajamiento de mis otros dos colegas contenido en
    las ideas latentes. Tratándose de un sueño propio, puedo
    continuar su análisis declarándome insatisfecho con la solu-
    ción alcanzada. Sé perfectamente que en la vida despierta
    hubiera sido muy distinta mi opinión sobre mis dos colegas,
    tan maltratados en las ideas latentes. El poder del deseo de
    no compartir su suerte, en lo que a la promoción a profesor
    se refiere, me pareció insuficiente para esclarecer por com-
    pleto la antinomia que se patentiza entre mis juicios en la
    vida despierta y los del sueño. Si mi ansia de poseer el cita-
     

  • S.

    211

    do título fuera realmente tan grande, sería prueba de una am-
    bición morbosa que no creo poseer. No sé cómo opinarían
    sobre este punto aquellos que creen conocerme bien. Quizá
    sea realmente ambicioso; pero aunque así fuera, hace ya mu-
    cho tiempo que mi ambición tiende hacia cosas muy distintas
    del título de profesor.

    ¿De dónde procede entonces la ambición que el sueño me
    atribuye? Se me ocurre, ahora, que una anciana campesina
    profetizó a mi madre que yo sería un grande hombre. Tales
    profecías deben de ser harto frecuentes, pues nunca faltan
    madres a quienes halagar ni ancianas–campesinas o no–que
    viendo pasado su reino en el mundo, vuelven los ojos al por-
    venir. Supongo que la buena profecía valdría algo a la vieja
    sibila. ¿Podrá acaso ser esto lo que me ha inspirado ansia de
    grandezas? Pero, en este momento, recuerdo otra impresión
    de posteriores años infantiles, más apropiada para iluminar-
    nos sobre este punto concreto. Un día que nos hallábamos
    en una cervecería del Prater, a la que solían llevarme mis pa-
    dres cuando ya tenía yo once o doce años, nos llamó la aten-
    ción un individuo que iba de mesa en mesa, y por una peque-
    ña retribución improvisaba versos sobre el tema que se le
    indicara. Mis padres me enviaron a llamarle, y el poeta, agra-
    decido al mensajero, improvisó, antes de que se le señalara
    tema alguno, unos versos en los que indicó la posibilidad de
    que yo llegara a ser ministro. Recuerdo bien la impresión que
    me causó esta segunda profecía. Sucedió esto en la época
    del «ministerio burgués», y mi padre había traído hacía pocos
    días a casa los retratos de los ministros, doctores Herbst,
    Giskra, Unger, Berger, etc. Varios de estos ministros eran
    judíos, de manera que todo buen muchacho de esta confesión
    podía ya decirse que llevaba la cartera de ministro en su por-
    talibros. Con las impresiones de aquella época, debe de ha-
    llarse también relacionado el que yo decidiese primero estu-
    diar Derecho, no cambiando de idea sino poco antes de co-
    menzar el plazo de inscripción en la Universidad. La carrera
    de Medicina es incompatible con la política y, por lo tanto,
    con la aspiración de llegar a ministro. Observo ahora, vol-
     

  • S.

    212

    viendo a mi sueño, que el mismo me traslada, desde el insa-
    tisfactorio presente, a los tiempos, preñados de esperanzas,
    del ministerio burgués, y realiza, en lo que le es posible, mi
    deseo de entonces. Maltratando a mis dos colegas, dig-
    nos de la mayor estimación, por el hecho de ser judíos, pero
    bajo el pretexto de que el uno es imbécil y el otro delincuen-
    te, me conduzco como si fuera el propio ministro, esto es,
    me pongo en el lugar que el mismo ocupa. ¡Magnífica ven-
    ganza! El ministro me niega el nombramiento de profesor y
    yo le despojo de su puesto en mi sueño.

    En otro caso, me fué dado observar que, aunque el deseo
    provocador del sueño sea contemporáneo, queda robustecido
    por lejanos recuerdos infantiles. Trátase aquí de una serie de
    sueños cuya base común es el vivo deseo de hacer un viaje
    a Roma. Por la época en que tuve estos sueños, pensaba que
    dicho deseo habría de quedar incumplido aún mucho tiempo,
    pues los días de que yo podía disponer para un viaje perte-
    necían a la estación en la que precisamente no debe perma-
    necer en Roma ningún hombre cuidadoso de su salud (1). En
    estas circunstancias, soñé, una noche, que veía, a través de
    la ventanilla del tren, el Tiber y el puente de Sant’Angelo;
    luego echaba a andar el tren, en dirección contraria y pensa-
    ba yo que tampoco aquella vez se lograba mi deseo de visi-
    tar la Ciudad Eterna. El paisaje de mi sueño correspondía a
    un dibujo que el día anterior había visto fugitivamente en
    casa de un enfermo. En otro sueño, me conduce alguien a lo
    alto de una colina y me muestra Roma envuelta en niebla y
    tan lejana aún que me asombro de verla con tanta precisión.
    El contenido de este sueño rebasa el espacio que aquí desea-
    ríamos concederle. En él puede reconocerse fácilmente, a tí-
    tulo de motivo, el deseo de «ver desde lejos la tierra de pro-
    misión». Luebeck es la primera ciudad que he visto envuelta
    en niebla, y la colina de mi sueño tiene, como antecedente,


    (1) Posteriormente, me he convencido, hace ya largos años, de que
    para la realización de tales deseos, que durante mucho tiempo hemos
    creído inasequibles, no es preciso sino un poco de decisión.

  • S.

    213

    el Gleichenberg. En un tercer sueño, me encuentro ya en
    Roma, según me dice el mismo. Mas, para desencanto mío,
    veo ante mí un paisaje que no tiene nada de ciudadano: un
    pequeño río de oscuras aguas, con negras
    rocas a un lado, y al otro extensas prade-
    ras matizadas de grandes flores blancas.
    Veo a un cierto señor Zucker (azúcar), al
    que conozco superficialmente, y decido
    preguntarle por el camino que lleva a la
    ciudad. Descomponiendo el paisaje del sueño en sus ele-
    mentos, las flores blancas me recuerdan a Ravenna, ciu-
    dad que conozco y que sustituyó por algún tiempo a Roma
    como capital de Italia. En los pantanos de Ravenna, vi-
    mos bellísimos nenúfares enmedio del agua negra. El sueño
    hace crecer estas flores en las praderas, como nuestros nar-
    cisos en Aussee, para evitarnos las molestias que en nuestra
    estancia en Ravenna teníamos que afrontar para cogerlas en-
    medio del pantano. Las negras rocas, tan próximas al río, re-
    cuerdan vivamente el valle del Tepl, junto a Karlsbad. Este
    último nombre me da la explicación del singular fragmento de
    mi sueño en el que pregunto al señor Zucker el camino. Des-
    cubrimos aquí, en el material con el que el sueño se halla te-
    jido, dos de aquellas divertidas anécdotas judías que suelen
    entrañar una profunda sabiduría, amarga a veces, y que con
    tanta frecuencia citamos en nuestras cartas y conversaciones.
    En una de ellas se nos cuenta de un judío que se introdujo
    sin billete en el rápido de Karlsbad. Descubierto y expulsa-
    do, volvió a subir y volvió a ser descubierto; pero continuó,
    tenazmente, su manejo, siendo objeto, a cada nueva revi-
    sión, de peores tratos. Un conocido que le vió en una de es-
    tas ocasiones, le preguntó adonde iba y obtuvo la contesta-
    ción siguiente: « Si mi constitución (física) lo resis-
    te… hasta Karlsbad. » Próxima a ésta, reposa en mi
    memoria otra historieta de un judío desconocedor del francés
    al que le indujeron a preguntar en París por el camino de la
    Rue Richelieu. También París ha sido durante mucho tiempo
    objeto de mis deseos, y la felicidad que me invadió al pisar

  • S.

    PORTO Bo sv BARA EU OD

    por vez primera su suelo, la interpreté como garantia de que
    también se me lograrian otros deseos. El preguntar el cami-
    no es una alusiôn directa a Roma, pues conocido es que
    «todos los caminos llevan a R oma». El nombre Zucker
    (ахйсаг) alude nuevamente a Karlsbad, balneario al que man-
    damos los médicos a nuestros enfermos de diabetes, que es
    una enfermedad constitucional. La ocasiôn de este
    sueño fué la proposición, que mi amigo de Berlin me habia
    dirigido, de reunirnos eñ Praga, aprovechando las fiestas de
    Semana Santa. De los temas que con él pensaba tratar, sur-
    gen nuevas relaciones con el azúcar yla diabetes.

    Un cuarto sueño, muy próximo al que antecede, me tras-
    lada de nuevo a Roma. Estoy ante una esquina y me ad-
    mira el gran número de anuncios y carteles alemanes en ella
    fijados. El día antes había escrito—con profética visión—a
    mi amigo, que Praga no debía ser una residencia muy agra-
    dable para dos viajeros alemanes. Así, pues, mi sueño ex-
    presaba, al mismo tiempo, el deseo de reunirme con mi
    amigo en Roma y no en una ciudad bohemia, y el de que
    en Praga se observase una mayor tolerancia con respecto al
    uso del alemán, deseo este último que procedía sin duda de
    mis tiempos de estudiante. Por otro lado, recuerdo que en
    los tres primeros afios de mi vida, debi de comprender el
    checo, pues he nacido en un pueblo de Moravia, cuya pobla-
    ción era eslava en su mayoría. Unos versos infantiles che-
    cos que oí teniendo diez y siete afios, se grabaron tan fácil-
    mente en mi memoria, que todavía puedo repetirlos de co-
    rrido, a pesar de no tener la menor idea de su significación.
    Vemos, pues, que tampoco estos sueños carecen de múl-
    tiples relaciones con impresiones de mis primeros afios in-
    fantiles.

    Durante mi ültimo viaje por Italia, en el que visité, entre
    otros lugares, el lago Trasimeno, se me reveló, después de
    haber llegado hasta el Tiber y haber tenido que emprender,
    contra mi deseo, el regreso, hallándome a ochenta kilóme-
    tros de Roma, el refuerzo que a mi anhelo de la Ciudad
    Eterna proporcionaban determinadas impresiones de mi in-

    ෴ Sie

  • S.

    215

    fancia. Maduraba por aquellos días el plan de ir a Nápo-
    les al siguiente año, sin detenerme en Roma, cuando
    recordé una frase que debía de haber leído en alguno de
    nuestros clásicos: «No puede decidirse quién hubo de pasear
    más febrilmente arriba y abajo por su cuarto, después de
    haber hecho el plan de marchar hacia Roma, si Aníbal
    o el rector Winckelmann.» En mi viaje, había yo se-
    guido las huellas de Aníbal; como a él, me había sido
    imposible llegar a Roma y había tenido que retroceder
    hasta Campania. Aníbal, con quien me hallaba
    ahora estas analogías, fué mi héroe favorito durante mis años
    de Instituto, y al estudiar las guerras púnicas, todas mis sim-
    patías fueron para los cartagineses y no para los romanos.
    Más adelante, cuando en las clases superiores fuí compren-
    diendo las consecuencias de pertenecer a una raza extraña
    al país en que se ha nacido, y me ví en la necesidad de adop-
    tar una actitud ante las tendencias antisemitas de mis compa-
    ñeros, se hizo aún más grande ante mis ojos la figura del
    guerrero semita. Aníbal y Roma simbolizaban para
    mí, respectivamente, la tenacidad del pueblo judío y la orga-
    nización de la Iglesia católica. La importancia que el movi-
    miento antisemita ha adquirido desde entonces para nuestra
    vida espiritual, contribuyó a la fijación de los pensamientos
    y sentimientos de aquella época. El deseo de ir a Roma llegó
    de este modo a convertirse, con respecto a mi vida onírica,
    en encubridor y símbolo de otros varios, para cuya realiza-
    ción debía laborar con toda la tenacidad y resistencia del
    gran Aníbal y cuyo cumplimiento parece a veces tan
    poco favorecido por el destino como el deseo de entrar en
    Roma, que llenó toda la vida de aquel héroe.

    Se me revela ahora el suceso de juventud que manifiesta
    aún su poder en todos estos sentimientos y sueños. Tendría
    yo diez o doce años cuando mi padre comenzó a llevarme
    consigo en sus paseos y a comunicarme, en la conversa-
    ción, sus opiniones sobre las cosas de este mundo. Una de
    estas veces, y para demostrarme que yo había venido al
    mundo en mucha mejor época que él, me relató lo siguien-
     

  • S.

    216

    te:–Cuando yo era joven, salí a pasear un domingo por las
    calles del lugar en que tú naciste, bien vestido y con una
    gorra nueva en la cabeza. Un cristiano con el que me crucé,
    me tiró de un golpe la gorra al arroyo, exclamando: «¡Bájate
    de la acera, judío!»–¿Y tú, qué hiciste?–pregunté entonces
    a mi padre.–Dejar la acera y recoger la gorra–me respondió
    tranquilamente.–No pareciéndome muy heroica esta con-
    ducta de aquel hombre alto y robusto que me llevaba de la
    mano, situé, frente a la escena relatada, otra que respondía
    mejor a mis sentimientos: aquella en la que Amilcar Bar-
    ca(1), padre de Aníbal, hace jurar a su hijo que tomará ven-
    ganza de los romanos. Desde entonces tuvo Aníbal un puesto
    en mis fantasías.

    Todavía creo poder perseguir mi predilección por el ge-
    neral cartaginés hasta un período más temprano de mi infan-
    cia, resultando así que no se trataría nuevamente, en este
    caso, sino de la transferencia, a un nuevo objeto, de una re-
    lación afectiva ya constituída. Uno de los primeros libros
    que cuando aprendí a leer, cayeron en mis manos, fué la
    obra de Thiers, titulada «El consulado y el imperio», y re-
    cuerdo que pegué en la espalda de mis soldados de madera,
    cartulinas con los nombres de los mariscales, siendo ya en-
    tonces Masséna (Manasés) mi preferido. (Esta pre-
    dilección puede explicarse también por la circunstancia de
    coincidir, con cien años de diferencia, la fecha de nuestro
    nacimiento.) El paso de los Alpes hace también coincidir a
    Napoleón con Aníbal. El desarrollo de este ideal
    guerrero podría quizá perseguirse, a través de años aún más
    tempranos de mi infancia, hasta los desceos que mis rela-
    ciones–tan pronto amistosas como hostiles–con un niño
    un año mayor que yo, habían de despertar en el más débil de
    los dos.

    Cuanto más ahondamos en el análisis de los sueños, más


    (1) En la primera edición de esta obra aparecía el nombre de As-
    drubal en lugar del de Amilcar, extraño error cuya explicación he dado
    en mi «Psicopatología de la vida cotidiana». (Véase el tomo I de estas
    «Obras completas».)

  • S.

    217

    frecuentemente descubrimos las huellas de sucesos infantiles
    que desempeñan, en el contenido latente, el papel de fuentes
    oníricas.

    Vimos ya, que sólo muy raras veces, llegan a constituir
    los recuerdos, reproducidos sin modificación ni corte alguno,
    todo el contenido manifiesto de un sueño. Sin embargo, exis-
    ten varios ejemplos, comprobados, de este género de sue-
    ños, a los que añadiré aquí algunos más, relacionados nue-
    vamente con escenas infantiles. Uno de mis pacientes tuvo
    un sueño que constituía la completa reproducción, apenas
    deformada, de un incidente de carácter sexual, reproducción
    que fué reconocida en el acto como un fidelísimo recuerdo.
    La huella mnémica de dicho incidente no había desaparecido
    por completo de la memoria despierta del sujeto, pero sí se
    mostraba ya un tanto borrosa y oscura y su vivificación cons-
    tituyó un resultado de la labor analítica anterior. Cuando
    tenía doce años, había ido el sujeto a visitar a un compañero
    suyo que se hallaba en cama y que, al hacer un movimiento,
    seguramente casual, mostró sus desnudeces. Poseído por una
    especie de obsesión a la vista de los genitales de su amigo,
    descubrió el visitante los suyos y echó mano al miembro del
    otro; pero al ver que éste le miraba con disgusto y asombro,
    se turbó extraordinariamente y retiró su mano. Veintitrés
    años más tarde, repitió un sueño esta escena con todos sus
    detalles y hasta con los matices de los sentimientos que en
    ella surgieron, aunque modificándola en el sentido de adju-
    dicar al sujeto el papel pasivo en lugar del activo y sustituir
    la persona del compañero de colegio por otra perteneciente
    al presente.

    Regularmente, sin embargo, no es representada la escena
    infantil, en el sueño, sino por una alusión y tiene que ser
    desarrollada y completada por medio del análisis. La comu-
    nicación de ejemplos de este género no puede poseer gran
    fuerza demostrativa, pues carecemos de toda garantía sobre
    la exactitud de los sucesos infantiles correspondientes, los
    cuales no son reconocidos por la memoria cuando pertene-
    cen a épocas muy tempranas. El derecho a deducir de sueños

  • S.

    218

    estos sucesos infantiles, surge, durante la labor psicoanalíti-
    ca, de toda una serie de factores, cuyo testimonio conjunto
    parece merecedor de crédito. Separadas de su contexto para
    los fines de la interpretación onírica, no harán, quizá, estas
    referencias de sueños a sucesos infantiles sino muy escasa
    impresión, sobre todo teniendo en cuenta que ni siquiera pue-
    do comunicar todo el material sobre el que la interpretación
    se apoya. Sin embargo, no creo que estos motivos sean sufi-
    cientes para prescindir de su exposición.

    I. Todos los sueños de una de mis pacientes presentan,
    como carácter común, el «atosigamiento». Se ato-
    siga (sie hetgtsich) para llegar a tiempo a alguna par-
    te, no perder un tren, etc. En uno de estos sueños, se dispone
    a visitar a una amiga suya. Su madre la aconseja que tome
    un coche, pero ella echa a correr y cae al sue-
    lo una y otra vez.–El análisis nos muestra, en estos
    sueños, reminiscencias de juegos infantiles de dicho carácter
    (Kinderhetzereien–sabido es también que los vie-
    neses llaman «Hetz» a la confusión o el tumulto provoca-
    dos intencionadamente para la consecución de determinados
    fines), y con respecto, especialmente, al sueño antes detalla-
    do, el recuerdo del conocido trabalenguas infantil consistente
    en pronunciar con la mayor rapidez posible (atosigada-
    mente), como si de una sola palabra se tratara, la frase:
    «La vaca corrió hasta que cayó» (Die Kuh
    rannte bis sie fiel). Todos estos inocentes juegos, entre infan-
    tiles amiguitas, son recordados por constituir la sustitución
    de otros menos inocentes.

    II. Otro sueño de una paciente distinta. «Está en una
    amplia habitación, llena de diversos aparatos, que le parece
    corresponder a la idea que ella se forma de un establecimien-
    to ortopédico. Oye decir que yo no tengo tiempo y que en la
    sesión de tratamiento participarán hoy otras cinco. No que-
    riendo aceptar esta comunidad, se niega a echarse en la cama
    –o lo que sea–para ella destinada y permanece de pie, en
    un rincón, esperando que yo diga que no es verdad. Las
    otras, se burlan de ella mientras tanto. Son tonterías suyas.

  • S.

    219

    Al mismo tiempo, le parece como si estuviese haciendo pe-
    queños cuadrados.»

    La primera parte de este sueño constituye un enlace del
    mismo con el tratamiento psicoanalítico y la transferencia
    sobre mí, siendo su segunda parte la que contiene la alusión
    a una escena infantil. Ambos fragmentos quedan soldados
    entre sí por la mención de la cama. El «establecimiento orto-
    pédico» se refiere a palabras mías en las que comparé el tra-
    tamiento, por su duración y naturaleza, con un tratamiento
    ortopédico. Así mismo, le había dicho yo, al principio
    de la cura, que por el momento nopodíadedicarle
    muchotiempo, pero que más adelante le dedicaría
    una hora diaria. Esta circunstancia, despertó en la paciente
    su antigua susceptibilidad, carácter principalísimo de los ni-
    ños predestinados a la histeria, los cuales no se consideran
    nunca satisfechos por mucho que sea el cariño que se les de-
    muestre. Mi paciente era la menor de seis hermanas (de aquí:
    conotrascinco) y como tal, la preferida del padre,
    mas sin embargo, le parecía que el mismo no le dedicaba
    aún tiempo y atención suficiente.–El esperarqueyo
    digaquenoesverdad, se deriva de los hechos si-
    guientes: Su sastre le había enviado un vestido y ella había
    entregado su importe al pequeño aprendiz que fué a llevár-
    selo, preguntando después a su marido si tendría que pagar
    nuevamente en el caso de que aquel chiquillo perdiese el di-
    nero. El marido, para embromarla, contestó afirmati-
    vamente (lasburlasdelsueño) y ella repitió una y otra
    vez su pregunta, esperandoqueacabasepor
    decirlaquenoeraverdad. A esto corresponde,
    en el contenido latente, la idea de si me tendrá que pagar el
    doble cuando la dedique doble tiempo, idea de carácter «ro-
    ñoso» o «sucio» (schmutzig). (La falta de limpieza de
    la época infantil es sustituída con gran frecuencia, en los
    sueños, por la avaricia, siendo el adjetivo «schmutzig» con
    su doble significación de «roñoso» y «sucio», lo que consti-
    tuye el puente entre ambas representaciones). Si el fragmen-
    to onírico de «esperar que yo diga que no es verdad, etcéte-
     

  • S.

    220

    ra», constituye una representación indirecta de la palabra
    «schmutzig», concordarán con ello el permanecer de
    pie en un rincón y el no querer echarse en
    la cama, a título de elementos de una escena infantil en
    que la paciente fué castigada a permanecer de pie
    en un rincón, por haber ensuciado la cama, amenazán-
    dosela, además, con que papá no la querría ya y sus herma-
    nas se burlarían de ella, etc. Los pequeños cuadrados aluden
    a una sobrinita suya que le ha enseñado la habilidad mate-
    mática de inscribir cifras, creo que en nueve cuadrados, de
    manera que sumadas en cualquier dirección den 15.

    III. Un sueño masculino. «Ve a dos muchachos peleán-
    dose. Por los utensilios que en derredor de ellos advierte
    deduce que son dos aprendices de tonelero. Uno de ellos
    tiene derribado al otro. El caído lleva pendientes con piedras
    azules. Con el bastón en alto, se dirige hacia el vencedor
    para castigarle. Pero el muchacho se refugia al lado de una
    mujer que hay junto a una valla, como si de su madre se tra-
    tase. Es una mujer de aspecto humilde y está de espaldas al
    durmiente. Luego se vuelve y le dirige una mirada tan torva
    y feroz, que echa a correr, asustado. Antes advierte que los
    párpados inferiores de la mujer, laxos y caídos, dejan asomar
    la carne roja.

    Este sueño ha aprovechado, con gran amplitud, triviales
    sucesos del día anterior. En él vió, efectivamente, dos mu-
    chachos que reñían en la calle, teniendo uno de ellos derri-
    bado al otro, y cuando se dirigió a ellos para separarlos,
    emprendieron ambos la fuga.–El elemento «aprendices de
    tonelero» queda aclarado a posteriori por otro sueño en cuyo
    análisis empleó el sujeto la locución «desfondar el tonel».–
    Sobre los «pendientes con piedras azules», observa que son
    un adorno muy llevado por las prostitutas. Con esta
    asociación concuerda la reminiscencia de una conocida can-
    ción en la que se trata de dos muchachos: «El otro
    muchacho se llamaba María» (esto es, era una muchacha).–
    La mujer, de pie junto a la valla: Después de la escena de la
    riña estuvo paseando por la orilla del Danubio y aprovechó

  • S.

    221

    lo solitario de aquellos lugares para orinar contra una
    valla. Continuando su paseo, encontró a una mujer ya
    entrada en años y decentemente vestida, que le sonrió, ama-
    ble, y quiso hacerle aceptar su tarjeta.

    La mujer de su sueño aparece junto a la valla en actitud
    idéntica a la suya cuando se puso a orinar; corresponde, pues,
    a la representación de una mujer orinando, y con esta repre-
    sentación concuerda perfectamente la repugnante visión de
    la carne roja asomando por el borde de los párpados inferio-
    res, visión que no puede referirse sino a la de los genitales
    femeninos, abiertos cuando la mujer se pone en cuclillas para
    orinar. El sujeto debió de presenciar alguna vez, en su infan-
    cia, este espectáculo, y él mismo resurge ahora, en su re-
    cuerdo, bajo la forma de «herida» o «carne viva». Su sueño
    reune las dos ocasiones en que siendo niño, le fué dado con-
    templar los genitales de sus infantiles compañeras: al de-
    rribarlas jugando y al orinar. En el análisis surge
    también el recuerdo de los castigos o amenazas de que su
    padre le hizo objeto al descubrir su temprana curiosidad se-
    xual.

    IV. Detrás del siguiente sueño de una señora joven, se
    esconde toda una serie de recuerdos infantiles reunidos en
    una fantasía.

    «Sale apresuradamente a hacer varias comisiones. Al
    llegar al «Graben» se desploma en el suelo, de rodillas, como
    «reventada». En derredor suyo se arremolina un grupo de
    gente, en el que predominan los cocheros de punto, pero
    nadie la auxilia. Varias veces intenta, en vano, incorporarse.
    Por fin, debe de haberlo conseguido, pues la meten en un
    coche que va a llevarla a su casa. A través de la ventanilla
    la arrojan una pesada cesta muy voluminosa (parecida a una
    cesta de la compra).

    La sujeto de este sueño es aquella paciente que en su
    vida onírica es siempre «atosigada», como de niña «atosiga-
    ba» ella a las demás. La primera escena de su sueño proce-
    de, sin duda alguna, del recuerdo de haber visto caer a un
    caballo en la calle o en las carreras, accidente al que alude

  • S.

    222

    también la expresión «como reventada». En años anteriores
    había sido la sujeto una gran amazona, y es de supo-
    ner que en sus años infantiles sirviera también, alguna vez,
    de caballo, a sus compañeras de juego. A este tema de
    la «caída» pertenece su primer recuerdo infantil, refe-
    rente al hijo de su portero, muchacho de diez y siete años,
    que habiendo sufrido en la calle un ataque epiléptico, fué
    traído a su casa en un coche. Ella no presenció esta escena
    sino que solamente la oyó relatar, pero la representación del
    ataque epiléptico y del «caido» adquirió un gran poder
    sobre su fantasía e influyó después en la forma de sus ata-
    ques histéricos.–Cuando una mujer sueña que «cae» suele
    esto tener, casi siempre, un sentido sexual. Con ello, se con-
    vierte en una «mujer caída». En nuestro sueño resulta esta
    interpretación más indudable por el lugar en que la paciente
    cae–el «Graben», plaza de Viena, conocida como
    mercado de la prostitución. La «cesta de la com-
    pra» es susceptible de varias interpretaciones. En primer
    lugar, recuerda las muchas «cestas» que la sujeto ha
    dado a sus pretendientes (expresión alemana equivalente a
    la española «dar calabazas») y que luego, en una ocasión
    cree haber recibido a su vez. Con este tema se halla tam-
    bién relacionado el que nadie la quiera ayudar
    a levantarse, circunstancia que interpreta como un
    signo de desprecio. La cesta de la compra recuerda, además,
    determinadas fantasías, descubiertas en el análisis, en las
    que se imagina casada con persona de condición muy infe-
    rior a la suya y tiene que ir personalmente a la compra. Por
    último, también puede interpretarse la cesta como alusión
    a una sirviente. A esta representación se añaden re-
    cuerdos infantiles referentes a una cocinera que, al ser
    despedida por ladrona, cayó de rodillas suplicante.
    En la época de este suceso tenía la sujeto doce años. Re-
    cuerda también a una doncella que fué despedida por mante-
    ner relaciones sexuales con el cochero de la casa, el
    cual la tomó después en matrimonio, rehabilitándola. Este
    recuerdo nos da la fuente de los cocheros del sueño

  • S.

    223

    (en el que se niegan, al contrario de como sucedió en la
    historia real recordada, a «levantar a la mujer
    caída»). Queda aún por explicar el detalle de arrojar la
    cesta dentro del coche y precisamente a través
    de la ventanilla. Este hecho le recuerda la fac-
    turación de los equipajes en las estaciones, el «pelar la
    pava» por la ventana en su residencia campestre y tri-
    viales impresiones de su estancia en dicha residencia, tales
    como la de haber visto a un caballero que desde el jardín iba
    arrojando ciruelas al interior de la casa, haciéndolas penetrar
    por una ventana a la que se hallaba asomada una señora, y
    la del miedo de su hermanita al ver asomarse a la ventana
    de su cuarto a un chusco transeunte. Por último, emerge
    detrás de estos recuerdos lo oscura reminiscencia de una
    doncella que tenían en la finca y que solía «perderse» por el
    campo con un criado. La sujeto tenía por entonces diez años
    y es muy posible que advirtiese alguna vez los manejos de
    aquellos enamorados, los cuales fueron despedidos («factu-
    rados», «echados fuera», circunstancia que el sueño repre-
    senta antinómicamente por la cesta «echada dentro del
    coche»). A esta historia nos aproximan, asimismo, en el aná-
    lisis, otros caminos. Para designar el equipaje de un criado
    se usa en Viena la expresión despectiva «las siete
    ciruelas» («sieben Zwetschken»). «¡Coja usted sus
    siete ciruelas y márchese!»

    En mi colección de sueños existe un gran número de
    éstos cuyo análisis nos conduce a impresiones infantiles os-
    curamente recordadas u olvidadas por completo, pertene-
    cientes, con gran frecuencia, a los tres primeros años de la
    vida del sujeto. Sin embargo, sería aventurado deducir de
    ellos conclusiones sobre la vida onírica en general, pues se
    trata de sueños de sujetos neuróticos–histéricos especial-
    mente–y el papel que en ellos desempeñan las escenas in-
    fantiles pudiera muy bien depender de la naturaleza de la
    neurosis y no de la esencia del fenómeno onírico. De todos
    modos, resulta que también en el análisis de mis propios
    sueños, independiente de todo motivo terapéutico, tropiezo

  • S.

    224

    con igual frecuencia, en el contenido latente, con una escena
    de mi niñez o descubro que toda una serie de sueños des-
    emboca en los caminos que parten de un suceso infantil. Ya
    he detallado varios ejemplos de este género y aún habrán de
    presentárseme diversas ocasiones de comunicar algunos más.
    Por lo pronto, creo que la mejor manera de terminar el exa-
    men de la cuestión que venimos estudiando, será exponer
    algunos sueños propios en los que aparecen conjuntamente,
    como fuentes oníricas, motivos recientes y sucesos infantiles
    olvidados hace ya mucho tiempo. En una ocasión en que al
    regresar de un viaje, hube de acostarme, fatigado y ham-
    briento, actuaron durante mi reposo las grandes necesidades
    de la vida y tuve el siguiente sueño: «Entro en una cocina
    en demanda de un plato de «Mehlspeise», plato hecho con
    harina, leche y huevos; literalmente «manjar de harina»). En
    la cocina encuentro tres mujeres. Una de ellas–que es la
    dueña de la casa–da vueltas a algo entre sus manos, como
    si estuviese haciendo albóndigas, y me responde que tengo
    que esperar hasta que acabe. Me impaciento y me marcho,
    ofendido. Me pongo un gabán, pero el primero que cojo me
    está demasiado largo. Al quitármelo, observo, con sorpresa,
    que está forrado de piel. Otro que cojo después, tiene un
    largo bordado de dibujo turco. En esto, viene un desconoci-
    do, de alargado rostro y perilla corta y me impide ponerme
    el gabán, alegando que es el suyo. Le muestro, entonces,
    que está todo bordado a la turca. Pero él me pregunta:
    «¿Qué le importan a usted los (bordados, dibujos) turcos...?»
    No obstante, permanecemos juntos en buena armonía».

    En el análisis de este sueño, recuerdo inesperadamente,
    la primera novela que leí–tendría yo unos trece años–, em-
    pezándola por el final del primer tomo. Nunca he sabido
    cómo se titulaba ni quién era su autor, pero en cambio con-
    servo un vivo recuerdo de su desenlace. El protagonista
    pierde la razón y repite incansablemente los nombres de las
    tres mujeres que han significado la mayor felicidad y la más
    amarga desgracia de su vida. Pelagia, es uno de estos
    nombres. No sé aún para qué podrá serme útil en el análisis

  • S.

    15

    este recuerdo. A las tres mujeres de mi sueño se asocian
    ahora las tres parcas que tejen los destinos de los hombres,
    y sé que una de las tres mujeres–en el sueño, la dueña de
    la casa–es la madre, que da la vida al hombre, y con ella,
    como a mí en este ejemplo, el primer alimento. En el seno
    femenino coinciden el hambre y el amor. Una anécdota cuenta
    que un joven, gran admirador de la belleza femenina, excla-
    mó al oir ponderar la arrogancia de la nodriza que la había
    amamantado: «¡Lástima no haber podido aprovechar mejor
    la ocasión!» De esta anécdota me suelo servir para explicar
    el factor: «posterioridad», en el mecanismo de las neuro-
    sis.–Una de las parcas mueve las manos una contra otra
    como si estuviese haciendo albóndigas, ocupación singular
    para una parca, y que precisa de urgente esclarecimiento.
    Afortunadamente nos lo proporciona, en seguida, otro re-
    cuerdo infantil aún más temprano. Teniendo yo seis años,
    mi madre, que procuraba ir dándome las primeras lecciones
    de cosas, me dijo que estábamos hechos de tierra, y que por
    ello a la tierra habíamos de volver, cosa que me resistí a
    aceptar, manifestando mi incredulidad. Entonces para con-
    vencerme, frotó mi madre las palmas de sus manos, una con-
    tra otra–con movimiento idéntico al de quien hace albóndi-
    gas–y me mostró las negras escamas que de este modo
    quedan arrancadas de la epidermis, como prueba de la tierra
    de que estábamos hechos. Asombrado ante esta demostra-
    ción ad oculos, me rendí a la enseñanza contenida en las pa-
    labras de mi madre, enseñanza que después había de hallar
    expresada en la frase de que «todos somos deudores de una
    muerte a la Naturaleza» (1). Así, pues, son verdaderamente
    las parcas aquellas mujeres que encuentro al penetrar en la
    cocina en busca de alimento, como acostumbraba a hacerlo
    de niño, cuando sentía apetito, y me aconsejaba mi madre
    que esperase hasta que acabara ella de preparar la comi-
     

    (1) Los dos afectos concomitantes a estas escenas infantiles–el
    asombro y la aceptación de lo inevitable–emergieron en un sueño algo
    anterior, que me trajo ya el recuerdo de este suceso de mi niñez.

  • S.

    226

    da.–Albóndigas: Por lo menos uno de los profeso-
    res, a cuya clase asistí en la Universidad, precisamente aquel
    al que debo mis conocimientos histológicos (epi-
    dermis), tenía que recordar, ante la palabra «albón-
    digas» (Knoedel), a una persona poco grata para
    él, como autora de un plagio de sus obras. Cometer un
    plagio, apropiarnos algo que hallamos a nuestro alcance,
    aunque no nos pertenezca, son temas que conducen a la se-
    gunda parte del sueño, en la que se me toma por el la-
    drón de gabanes que durante una temporada reali-
    zó numerosísimos hurtos de este género en los sitios de
    reunión pública. En el curso del análisis, se me ha venido a
    la pluma, espontáneamente, la palabra plagio, y ob-
    servo ahora que debe de pertenecer también al contenido
    latente, pues puede servir de puente (Bruecke)
    entre los diversos fragmentos del contenido manifiesto. La
    cadena de asociaciones:–Pelagia–plagio–pla-
    giostomas (tiburones) (1)–vejiga de pesca-
    do–enlaza la vieja novela con el asunto Knoedl y con los
    gabanes, que aluden, indudablemente, a un determina-
    do utensilio de la técnica sexual. (Cf. el sueño de Maury
    «kilolotería», cap. I). Ciertamente, es este enlace harto for-
    zado e insensato, pero no me hubiese sido posible estable-
    cerlo ahora, en la vigilia, si la elaboración onírica no lo hu-
    biese establecido ya con anterioridad. Y aun más; la palabra
    «Bruecke» (puente), surgida antes en el análisis,
    y correspondiente, además, a un apellido que evoca en mí
    cariñosos sentimientos, sirve, como si para la tendencia a
    constituir relaciones no hubiese nada sagrado, para recordar-
    me el instituto del mismo nombre, en el que pasé horas feli-
    císimas, consagrado al estudio y libre de todo otro deseo.
    («Cada día hallaréis un mayor placer en los pechos de la Sa-
    biduría»), al paso que ahora, mientras sueño, me hallo ator-
     


    (1) Tampoco este elemento, añadido ahora, resulta ser arbitrario, pues me recuerda una ocasión en la que el mismo profesor incurrió en un risible error.

  • S.

    227

    mentado por las más urgentes necesidades. Por último,
    emerge el recuerdo de otro querido profesor, cuyo nombre
    (Fleischl), evoca, de nuevo, algo comestible (Fleisch-
    carne), como antes Knoedl (Knoedel-albón-
    digas) y además, el de una triste escena en la que des-
    empeñan un papel las escamasepidérmicas (la
    madre–dueña de la casa), la demencia (la novela) y un pro-
    ducto que quita el apetito, la cocaína.

    De este modo, podría proseguir por las laberínticas rutas
    mentales y esclarecer el fragmento de mi sueño, al que aún
    no hemos llegado en el análisis, pero los sacrificios persona-
    les que ello exigiría son tan grandes, que me veo obligado a
    silenciar el resto de mi labor de interpretación. Recogeré,
    pues, tan sólo uno de los hilos susceptibles de conducirnos
    directamente a una de las ideas latentes sobre las que repo-
    sa toda la embrollada madeja de este sueño. El desconocido
    que me impide ponerme el gabán, muestra rasgos fisonómi-
    cos muy semejantes a los de un comerciante de Spalato, en
    cuya tienda compró mi mujer gran cantidad de telas tur-
    cas. Este comerciante se llamaba Popovic, nombre
    sospechoso. («Popo-trasero) que ya inspiró al hu-
    morista Stettenheim una divertida observación. («Después de
    decirme su nombre, me estrechó la mano, ruborizándose»).
    Este aprovechamiento de un nombre propio para un chiste,
    es idéntico a los que mi sueño se permite con los de Pela-
    gia, Knoedl, Bruecke y Fleischl. A este uso
    vicioso de los nombres propios son muy aficionados los
    niños y constituye una falta de educación, pero si yo incurro
    en ella, en mi sueño, es a modo de venganza, pues mi propio
    nombre ha sido utilizado muchas veces para tales fines. La
    general susceptibilidad ante estos juegos con nuestro nom-
    bre, al que nos sentimos tan unidos como a nuestra piel,
    fué ya observada por Goethe, cuando Herder hizo sobre el
    suyo los versos:

    «Tu que desciendes de los dioses (Goetter), de los
    godos (Goten) o del fango (Kot).–
    «También sois polvo, imágenes de los dioses.»

  • S.

    228

    Advierto ahora que la digresión sobre el uso vicioso de
    los nombres propios, no ha sido sino una preparación de esta
    queja. Pero dejemos ya esto.–Las compras efectuadas en
    Spalato me recuerdan otras realizadas en Cattaro, en las que
    me mostré demasiado económico y perdí la ocasión
    de adquirir algunos bellos objetos. (Véase la anécdota del
    ama.) Una de las ideas latentes que el hambre inspira al
    sueño, es la siguiente: No debemos dejar esca-
    par nada, sino tomar aquello que a nues-
    tro alcance hallemos, aunque al obrar
    así, cometamos una pequeña falta. No
    debemos desperdiciar ocasión alguna,
    pues la vida es corta y la muerte inevita-
    ble. Mas por entrañar un sentido sexual y no querer dete-
    nerse ante las barreras éticas, tropieza este «carpe diem»
    con la censura y tiene que ocultarse detrás de un sueño. A
    este resultado coadyuvan todas las ideas a él contrarias, el
    recuerdo de la época en que el alimento espiritual
    me era suficiente y, por último, todas las conveniencias
    opuestas y hasta la amenaza de los más repugnantes casti-
    gos sexuales.

    II. La comunicación de otro sueño precisa de una amplia
    información preliminar. El día inmediatamente anterior, fuí en
    coche a la estación del Oeste, con objeto de tomar el tren
    que había de conducirme a Aussee, donde pensaba pasar las
    vacaciones, y penetré en el andén con los viajeros del tren
    de Ischl, que salía antes que el mío. Momentos después,
    llegó el conde de Thun, que iba a reunirse en Ischl con el
    Emperador. A pesar de la lluvia, venía en coche abierto. El
    portero del andén no le reconoció y quiso detenerle, para pe-
    dirle el billete, pero el conde le rechazó con un ademán y
    pasó sin darle explicación alguna. Después de la partida del
    tren de Ischl, hubiera yo debido retornar a la sala de espera,
    pues no está permitida la permanencia en los andenes entre
    tren y tren, pero queriendo evitarme el calor que en dicha
    sala reinaba, decidí infringir tal disposición y conseguí, no
    sin algún trabajo, que me dejaran donde estaba. Como pa-

  • S.

    229

    satiempo, me dediqué a espiar si llegaba alguien hasta el
    tren para hacerse reservar un sitio, proponiéndome, si así
    sucedía, exigir que se me concediese igual derecho. Mien-
    tras tanto, estuve tarareando una musiquilla que reconocí
    (a otro le hubiese quizá sido imposible) como el aria de «Las
    bodas de Fígaro»:

    «Si el señor conde quiere bailar… quiere bailar–dígnese
    indicármelo y yo tocaré.»

    Durante toda la tarde me había sentido de excelente
    humor, emprendedor y provocativo, y había hecho blanco de
    mis bromas al camarero y al cochero, supongo que sin llegar
    a ofenderles. En armonía con las palabras de Fígaro y con
    mi recuerdo de la comedia de Beaumarchais, que había visto
    representar en la Comedie française, barajaba los más atre-
    vidos y revolucionarios pensamientos: la frase sobre los
    grandes señores que no se han tomado sino el trabajo de
    nacer, el derecho feudal que Almaviva quiere ejercitar sobre
    Susana y los chistes que nuestros malignos periodistas de
    oposición se permiten hacer con el nombre del conde de
    Thun (Thun-hacer), llamándole el conde de Nichts-
    thun (de «no hacer nada»). Verdaderamente, no envidio
    ahora a este político. Junto al Emperador le esperan arduos
    trabajos y preocupaciones, mientras que a mí podría dárseme
    con toda razón el nombre de conde «de no hacer nada», pues
    voy a gozar de mis vacaciones y saboreo por anticipado
    todos los placeres que han de proporcionarme. En estos pen-
    samientos, me sorprendió la llegada de un individuo al que
    conozco como representante del Gobierno en los exámenes
    de Medicina, y que por la cómoda manera que tiene de des-
    empeñar este cargo–durmiéndose en su sillón del tribunal
    examinador–ha merecido el halagüeño sobrenombre de
    «Regierungsbeischlaefer» «Regierungsvertreter
    –representante del Gobierno; Beischlaefer–el que duerme
    con alguien, el amante; Regierung (Gobierno) es, en alemán,
    femenino; el sobrenombre «Regierungsbeischlaefer» alude,
    pues, a la especial actividad desplegada por el citado funcio-
    nario en el ejercicio de su cargo, y al mismo tiempo, signi-
     

  • S.

    230

    fica, literalmente, «el que duerme con el Gobierno». Por su
    carácter oficial no paga este individuo sino medio billete, y
    oí que un empleado decía a otro: «¿Dónde colocamos a este
    señor que tiene un medio billete de primera?» Yo no gozo de
    tal prerrogativa y tengo que pagar billete entero. Al señalar-
    me luego mi sitio en el tren, lo hicieron en un vagón que, no
    siendo corrido, carecía de retrete. Todas mis protestas fue-
    ron vanas y hube de consolarme proponiendo al empleado
    que, por lo menos, hiciera un agujero en el suelo del coche
    para prevenir posibles necesidades de los viajeros. A las dos
    y cuarto de la mañana desperté, en efecto, sintiendo necesi-
    dad de orinar y habiendo tenido el siguiente sueño:

    «Una multitud–reunión de estudiantes– Un conde (el
    de Thun o el de Taaffe) pronuncia un discurso. Invitado a
    decir algo sobre los alemanes, declara, con gesto de burla,
    que la flor preferida de los mismos es el diente de león (Huf-
    latlich) y se pone luego en el ojal algo como una hoja toda
    arrugada, o más bien como los nervios de una hoja, enrolla-
    dos unos con otros. Me levanto indignado, así, pues, me le-
    vanto indignado (1), pero, al mismo tiempo, me asombra
    sentir tal indignación».–Luego, más vagamente, continúa el
    sueño: «Como si fuera un aula cuyas entradas estuviesen
    tomadas y hubiese que huir. Atravieso una serie de habita-
    ciones muy bien alhajadas–seguramente habitaciones del
    Gobierno–con muebles de color castaño y violeta, y llego
    por fin a un pasillo en el que veo sentada a una mujer ya
    entrada en años y muy gruesa, un ama de llaves. Intento
    pasar sin hablarla, pero ella debe de reconocer que tengo
    derecho a salir por allí, pues me pregunta si quiero que me
    acompañe con una luz. Le indico o le digo que permanezca
    en la escalera y me felicito de la habilidad con que he logra-
    do escapar a toda vigilancia. Una vez abajo, encuentro ante
    mí un angosto sendero, en empinada cuesta, por el que echo
    a andar.»

    (1) Dejo sin corregir esta repetición, en la que distraídamente en
    apariencia, incurro al redactar el sueño, porque el análisis nos mostra-
    rá que posee un sentido.

  • S.

    231

    De nuevo vagamente: «...Como si ahora se tratase de
    escapar de la ciudad, de igual manera que antes de la casa.
    Tomo un coche de un caballo y digo al cochero que me lleve
    a una estación. Luego, contestando a no sé qué objeción que
    el cochero me opone, como si hubiese ya retenido sus servi-
    cios mucho tiempo y se hallase fatigado, añado: «Por la vía
    no puedo ir con usted.» Al decir esto, me parece como si
    hubiera recorrido ya con el coche una distancia que se acos-
    tumbra a recorrer en ferrocarril. Las estaciones están toma-
    das. Reflexiono si debo dirigirme a Krems o a Znaim, pero
    pienso que estará allí la corte y me decido por Graz u otra
    ciudad de nombre semejante. Luego, estoy ya en el vagón,
    muy parecido a un tranvía, y llevo en el ojal una cosa larga,
    singularmente tejida, con violetas de un color entre violeta
    y castaño, hechas de una materia rígida. El singular adorno
    llama la atención de la gente.» Aquí se interrumpe esta
    escena.

    «De nuevo en la estación, pero acompañado esta vez por
    un individuo de avanzada edad. Discurro un plan para no ser
    reconocido, y lo veo, en el acto, realizado. Pensamiento y
    acción son aquí simultáneos. Mi acompañante finge que no
    ve, por lo menos, de un ojo, y yo mantengo ante él un orinal
    de cristal (que hemos comprado o tenemos que comprar en
    la ciudad). Este orinal es de forma análoga a la de aquellos
    que se usan en los hospitales, para los enfermos masculinos.
    Soy, pues, el enfermero de mi acompañante y tengo que dar-
    le el orinal porque está ciego. Si el revisor nos ve así, habrá
    de dejarnos escapar sin la menor sospecha. Veo plástica-
    mente la actitud de mi acompañante y su miembro orinan-
    do.»–En este momento, despierto con ganas de orinar.

    Todo este sueño da, en conjunto, la impresión de una
    fantasía, que traslada al durmiente al año revolucionario
    de 1848, evocado en mi pensamiento por la reciente celebra-
    ción de su cincuentenario (1898) y por una excursión a Va-
    laquia, durante la cual estuve en Emmersdorf, lo-
    calidad que creí erróneamente había constituído el retiro de
    Fischhof, el «leader» de los estudiantes, al que aluden algu-
     

  • S.

    232

    nos detalles del contenido manifiesto. La asociación de pen-
    samientos me conduce luego a Inglaterra, a casa de mi her-
    mano, el cual solía embromar a su mujer, llamándola «Fif-
    ty years ago», título de una poesía de Lord Tennyson,
    acostumbrando sus hijos a rectificarle, diciendo: «Fifteen
    years ago». Pero esta fantasía, enlazada a los pensa-
    mientos que mi encuentro con el conde de Thum me había
    sugerido, es como una de aquellas fachadas de ciertas igle-
    sias italianas, que carecen de toda conexión orgánica con el
    edificio al que han sido antepuestas. En cambio, se diferen-
    cia de estas fachadas en que presenta diversas lagunas, es
    confusa y deja pasar, a su través, varios elementos del inte-
    rior. La primera situación de mi sueño se halla formada por
    la acumulación de varias escenas, en las que podemos des-
    componerla. La provocativa actitud del conde, está tomada
    de un suceso real del que fuí testigo en el colegio, cuando
    tenía quince años. Disgustados de la ignorancia y an-
    tipatía de uno de nuestros profesores, tramamos contra él una
    conspiración a la cabeza de la cual se colocó uno de mis con-
    discípulos, que por cierto, parece haber tomado desde enton-
    ces, como modelo, la figura de Enrique VIII de In-
    glaterra. Por mi parte, fuí encargado de iniciar las hos-
    tilidades, y una discusión sobre la importancia del Danubio
    para Austria (¡Valaquia!) nos proporcionó ocasión de
    declararnos en franca rebeldía. Entre los conjurados se ha-
    llaba el único de mis condiscípulos que pertenecía a una fa-
    milia aristocrática, muchacho al que por su desmesurada es-
    tatura denominábamos la «girafa», y su actitud al ser
    invitado a dar explicaciones por el profesor de lengua
    alemana, nuestro tirano, fué muy semejante a la del con-
    de en mi sueño. La declaración de la flor preferida y el po-
    nerse en el ojal algo que tiene también que ser una flor (cosa
    que evoca en mí el recuerdo de unas orquídeas que el día del
    sueño llevé a una señora amiga mía, y además, el de una
    rosa de Jericó) alude claramente a la escena en que Sha-
    kespeare nos muestra el punto de partida de la guerra civil
    de la rosa roja y la rosa blanca. La mención de Enri-
     

  • S.

    233

    que VIII, en el análisis, inicia el camino que conduce a esta
    reminiscencia. De ella no hay mucha distancia a la de los
    claveles blancos y los rojos. (Entremedias se intercalaron, en
    el desarrollo analítico, dos versos, uno alemán y otro
    español: Rosas, tulipanes y claveles, todas las flores se
    marchitan.–Isabelita, no llores, que se marchitan las flores.
    Este último procede también de Fígaro.) Los claveles blan-
    cos son, en Viena, el distintivo de los antisemitas, y
    los rojos, el de los social-demócratas. Detrás de
    esto, surge el recuerdo de una provocación antisemita duran-
    te un viaje en ferrocarril por el bello país de Sajonia (an-
    glosajones). La tercera escena que ha proporcionado
    elementos para la formación de la situación inicial de mi sue-
    ño, pertenece a mis primeros años de estudiante. En una so-
    ciedad estudiantil alemana se mantenía un debate sobre
    la relación de la filosofía con las ciencias naturales. Muy
    joven aún y lleno de entusiasmo por las doctrinas mate-
    rialistas, tercié en la discusión, defendiendo calurosamente
    un punto de vista en exceso unilateral. Un colega, más re-
    flexivo y maduro, cuyo apellido pertenece al reino zoológico
    y que ha revelado más tarde una gran capacidad para or-
    ganizar y dirigir multitudes, pidió entonces la palabra y re-
    batió con gran energía mis argumentos. También él–dijo–
    había guardado los cerdos en su juventud, pero después ha-
    bía retornado, lleno de remordimientos, al hogar paterno. Al
    acabar su discurso, me levanté indignado (como en
    mi sueño), y en forma grosera («saugrob»–«gro-
    sera como una cerda») le respondí, que sabiendo
    que había guardado cerdos, no me asombraba ya
    el tono de sus discursos. (En el sueño me asombro del
    entusiasmo con que tomo la defensa de los nacionalistas ale-
    manes.) Mis palabras provocaron gran escándalo y se me
    exigió repetidamente que las retirase, pero yo me mantuve
    firme. El ofendido fué lo bastante sensato para rechazar la
    inspiración de provocarme en duelo y las cosas no pa-
    saron de aquí.

    Los restantes elementos de la escena onírica proceden de

  • S.

    234

    estratos más profundos. ¿Qué puede significar la elección del
    «diente de león» por el conde, como flor preferida de los ale-
    manes? Veamos mis asociaciones: Diente de león
    (Huflatich)–lattice (1)–ensalada–perro
    de la ensalada («Salathund»–expresión de sentido
    equivalente a la castellana «perro del hortelano», esto es, el
    que ni come ni deja comer). Se entrevé aquí una serie de pa-
    labras insultantes: girafa (por la división de la palabra
    alemana Giraffe en Gir-afe, siendo Affe-mono, un insulto co-
    rriente), cochino, cerda, perro. El análisis me
    lleva también, a través de un nombre, a la palabra «bu-
    rro» y con ella a una burla sobre otro profesor académico.
    Además traduzco, no sé si acertadamente, «Huflattich»
    (diente de león) por el término francés «pisse-en-lit». El co-
    nocimiento de esta palabra me ha sido proporcionado por la
    lectura de una obra de Zola–«Germinal»–en la que son en-
    viados unos niños a recoger esta planta, para hacer una en-
    salada. El perro–chien–contiene en su nombre una
    alusión por similicadencia a una de las funciones excrementi-
    cias («chier», como «pissenlit» a la otra: «pisser»). No tarda-
    mos en reunir lo indecoroso en todos sus tres estados, pues
    en el mismo «Germinal»–obra también revolucionaria–se
    describe una singularísima competencia entre dos individuos,
    en la producción de excreciones gaseosas–flato (2). Ten-
    go ahora que observar, que el camino que a este flato o vien-
    to había de conducirme se hallaba trazado hace ya mucho
    tiempo y va desde las flores, a través del verso español
    de Isabelita, a Isabel y Fernando, y de aquí,
    pasando por Enrique VIII y la historia de Inglaterra, al episo-
    dio de la Armada Invencible, cuya destrucción por los vien-
    tos tempestuosos fué conmemorada en Inglaterra con la acu-
    ñación de una medalla en la que se leía: Afflavit et


    (1) Inglés: lechuga.

    (2) No en «Germinal», sino en «La Terre», error que advierto des-
    pués del análisis.–Llamaré también la atención del lector sobre las le-
    tras iguales existentes en Huflatich y Flatus.

  • S.

    235

    dissipati sunt. Ahora bien; estas palabras son las que yo pen-
    saba emplear como lema semi-humorístico del capítulo «Te-
    rapia» si alguna vez llegaba el caso de exponer ampliamente
    mi concepción y tratamiento de la histeria.

    De la segunda escena de mi sueño no puedo dar aquí,
    por consideraciones relativas a la censura, una tan detallada
    solución. En ella, ocupo el lugar de una elevada personalidad
    de aquella época revolucionaria, que, según se dice, padecía
    de incontinentia alvi, tuvo también una aventura
    con un «Aguila» (Adler-apellido), etc., pero no
    me creo con derecho a infringir (a pasar,
    en el sueño) la censura, en lo que a estas historias se refiere,
    aunque haya sido un consejero áulico (aula) quien
    me las ha referido. La serie de habitaciones que en mi sueño
    atravieso, debe su estímulo al coche-salón de S. E. el conde
    de Thun, visto desde el andén, pero significa, como muy
    frecuentemente en la vida onírica, mujeres (habitaciones
    del Gobierno–mujeres sostenidas a costa del erario) (1). La
    figura del ama de llaves de mi sueño constituye una muestra
    de ingratitud hacia una anciana señora amiga mía, persona
    de vivo ingenio, que me dispensa siempre una grata acogida
    en su casa y suele referirme interesantes anécdotas de tiem-
    pos pasados.–El ofrecimiento que me hace de acompañar-
    me con una luz es una reminiscencia de una encantadora
    aventura de Grillparzer, que este autor utilizó luego en su
    «Hero y Leandro» (las olas del mar y del amor–la
    Armada Invencible y la tempestad) (2).


    (1) N. DEL T.–En alemán se designa también a la mujer (Frau) con
    el nombre de «Frauenzimmer» (habitación de la mujer).

    (2) Utilizando este fragmento de mi sueño, ha intentado demostrar
    H. Silberer, en un interesante trabajo (Phantasie und Mythus, 1910) que
    la elaboración onírica reproduce, a más de las ideas latentes, los pro-
    cesos psíquicos de la formación de los sueños. («El fenómeno funcio-
    nal»). Pero, a mi juicio, no advierte que «los procesos psíquicos de la
    formación del sueño» son, para mí, un material ideológico idénti-
    co al restante. En este jactancioso sueño se ve claramente que me sien-
    to orgulloso de haber descubierto dichos procesos.

  • S.

    236

    No siéndome tampoco posible exponer en detalle el aná-
    lisis de los dos fragmentos oníricos restantes, me limitaré a
    consignar dos escenas infantiles a las que el mismo nos con-
    duce y son, realmente, lo que me ha movido a la comunica-
    ción de este sueño. Ya sospechará el lector, que lo que me
    obliga a silenciar los resultados de la labor analítica es el ca-
    rácter sexual del material mediante ella descubierto. Pero no
    he de exigirle que se dé por satisfecho con esta sola explica-
    ción, pues aunque no cabe discutir la necesidad de hacer ante
    los demás un secreto de cosas que para nosotros mismos no
    lo son, también es cierto que en el caso presente no se trata
    de las razones que me obligan a ocultar la solución, sino de
    los motivos de la censura interior que me oculta a mí mismo
    el contenido del sueño. Así, pues, añadiré que el análisis re-
    vela los tres fragmentos de mi sueño como impertinentes jac-
    tancias, derivación o desahogo de una manía de grandezas
    ha largo tiempo reprimida en mi vida despierta, pero que se
    atreve a llegar con algunas ramificaciones hasta el contenido
    manifiesto de mi sueño (me felicito de mi habili-
    dad) y explica perfectamente mi estado de ánimo, empren-
    dedor y provocativo, de la tarde anterior al mismo. Mi jac-
    tancia se extiende a todos los terrenos. Así, la mención de
    la ciudad de Graz se refiere a la locución: «¿Cuánto
    cuesta Graz?», que suele usarse cuando se tiene el
    bolsillo bien repleto. Aquellos de mis lectores que conozcan
    la insuperable descripción que hace Rabelais de la vida y los
    hechos de Gargantúa y de su hijo Pantagruel, descubrirán
    sin trabajo alguno la jactancia contenida en el primer frag-
    mento de mi sueño. A las dos escenas infantiles que antes
    prometí exponer, se refiere el material siguiente: Para mi
    viaje había comprado un baúl nuevo de un color casta-
    ño tirando a violeta, color que aparece varias ve-
    ces en mi sueño (las violetas, de un color entre violeta y
    castaño y hechas de una materia rígida–los muebles de
    las habitaciones oficiales). Los niños creen que cuando se po-
    nen algo nuevo, llaman la atención de la gen-
    te. Mis familiares me relataron una vez la siguiente escena

  • S.

    237

    LA INTERPRETACION DE LOS SUEÑOS

    de mi infancia, cuyo recuerdo ha quedado sustituído por el
    de su relato. Teniendo ya dos años me oriné una vez en la
    cama y al oirme reprochar mi falta, traté de consolar
    a mi padre prometiendo comprarle en N. (la ciudad más pró-
    xima) una bonita cama nueva, de color rojo. (De aquí,
    en el sueño, la interpolación de que hemos comprado
    o tenemos que comprar el orinal en la ciu-
    dad; hay que cumplir lo que se ha prometido). (Obsérvese,
    además, la yuxtaposición del orinal para hombres–masculi-
    no–con el baúl, box–femenino). En esta promesa se
    halla contenida toda la infantil manía de grandezas. La im-
    portancia que para el sueño poseen las cuestiones de orden
    urinario del niño nos es ya conocida por otra de las interpre-
    taciones oníricas realizadas. (Sueño de la pelea de los mu-
    chachos). Las psicoanálisis de sujetos neuróticos nos han
    mostrado la íntima relación de la incontinencia nocturna con
    la ambición como rasgo de carácter.

    De otro suceso infantil–perteneciente ya a mis seis o sie-
    te años–conservo un claro recuerdo. Una noche, antes de
    acostarme, infringí el precepto educativo de no realizar ne-
    cesidad alguna en la alcoba de mis padres y en su presencia,
    y en la reprimenda que mi padre me dirigió con este motivo,
    afirmó que nunca llegaría yo a ser nada. Estas palabras de-
    bieron herir vivamente mi amor propio, pues en mis sueños
    aparecen, de continuo, alusiones a la escena correspondien-
    te, enlazadas, casi siempre, con una enumeración de mis
    éxitos y merecimientos, como si quisiera decir: «¡Lo ves cómo
    he llegado a ser algo!» Este suceso infantil proporciona ma-
    teriales para el último cuadro de mi sueño en el que, como
    venganza, quedan invertidos los papeles. Mi anciano acom-
    pañante no es otro que mi padre. La falta de visión en un ojo
    alude al glaucoma de que padeció (1). En mi sueño orina él

    (1) Otra interpretación: El individuo de mi sueño es tuerto como
    Odin, el padre de los dioses.–El consuelo de Odin.–La
    promesa de comprarle una cama nueva, que en la indicada escena in-
    fantil hice a mi padre para consolarle.

  • S.

    238

    ante mí como yo ante él en mi niñez. Con la alusión al glau-
    coma le recuerdo la cocaína, en cuya aplicación, como anes-
    tésico–que tanto facilitó la operación a que hubo de some-
    terse–, tuve yo alguna parte. De este modo, es como si yo
    hubiera cumplido mi promesa. Además me burlo de él: como
    está ciego tengo que alcanzarle los lentes (juego de palabras
    entre Glas, cristal, lente, y Uringlas, orinal). Por úl-
    timo aparecen numerosas alusiones a mis conocimientos so-
    bre la teoría de la histeria, de los cuales me enorgullezco (1).

    (1)Añadiré aquí parte del material de interpretación: El detalle de
    mantener el orinal (o el cristal, lente) ante mi acompañante me recuer-
    da la anécdota del campesino que ensaya varios lentes en el óptico,
    pero no logra leer con ninguno… porque no sabe.–La forma en que la
    familia de labradores, descrita por Zola en «La Terre», trata al padre,
    achacoso e imbécil.–El triste desquite de que mi padre, en sus últimos
    días, ensuciase la cama, como un niño; por ello, soy yo, en mi sueño,
    su enfermero.–«Pensamiento y acción son aquí simultáneos», es un re-
    cuerdo de un drama intensamente revolucionario, de Oscar Panizza,
    en el que se presenta, harto irrespetuosamente, a Dios Padre, anciano
    y paralítico, asistido por un arcángel–una especie de Ganimedes–que
    tiene a su cargo la función de impedirle renegar y maldecir, pues sien-
    do en él voluntad y acción una sola cosa, se cumplirían en el acto sus
    maldiciones.–El hacer planes es también un reproche proce-
    dente de época posterior, contra mi padre. Todo el contenido de mi
    sueño, rebelde, ofensivo para la majestad y lleno de burlas con respec-
    to a la más alta autoridad, constituye, en general, una rebelión contra
    el mismo. El rey es llamado «padre de la nación», y el padre es para
    el niño la primera y más antigua autoridad, de cuya plenitud de poder
    han surgido, en el curso de la historia de la civilización humana, las
    restantes autoridades sociales (dentro, naturalmente, de los límites
    que a este principio impone el «derecho moderno»).–El concepto de la
    simultaneidad de pensamiento y acción alude al esclarecimiento de los
    síntomas histéricos, con el cual se relaciona también el «orinal
    masculino». Todo vienés sabe muy bien lo que es un «Gschnas».
    Se da este nombre a la confección de objetos de aspecto raro y valio-
    so con materiales sin valor y de un carácter cómico. Así, la de arma-
    duras de guerra, con cacerolas, estropajos, etc. Nuestros artistas son
    muy aficionados a presentarse con alguno de estos humorísticos dis-
    fraces en sus alegres veladas. Pues bien, me ha sido dado descubrir
    que los histéricos ejecutan algo parecido, yuxtaponiendo a aquello
    que han vivido realmente, fantasías extravagantes o terroríficas que

  • S.

    239

    Las dos escenas infantiles expuestas, se hallan, aparte de
    esto, enlazadas al tema del ansia de grandezas, pero además,
    contribuyó a evocarlas el hecho de verme obligado a viajar
    en un vagón sin retrete, circunstancia que había de preparar-
    me a sufrir alguna molestia. Así sucedió, en efecto, pues des-
    perté de madrugada con la sensación correspondiente a una
    necesidad física. El lector se inclinará, quizá, a atribuir a esta
    sensación el papel de estímulo del sueño, mas por mi parte,
    he de dar la preferencia a otra explicación diferente: la de
    que fueron las ideas latentes las que provocaron en mí dicha
    necesidad. Mi reposo no suele ser interrumpido nunca—y
    menos en tales horas de la madrugada—por una necesidad
    física cualquiera, y en mis viajes no he sentido casi nunca, al
    despertar antes de la hora acostumbrada, la sensación vesi-
    cal de que aquí se trata. De todos modos, es ésta una cues-
    tión que no importa dejar indecisa.

    Desde que mi experiencia en la interpretación onírica me
    ha demostrado que también de aquellos sueños cuya total in-
    terpretación creemos haber conseguido—por haber descu-
    bierto sin dificultad sus fuentes y estímulos—parten impor-
    tantes cadenas de pensamientos que llegan hasta los prime-
    ros años infantiles del sujeto, he tenido que preguntarme si
    no habremos de ver en este hecho una condición esencial
    del soñar. Si nos fuese permitido generalizar tal hipótesis,
    diríamos que todo sueño posee, a más de un enlace con lo
    recientemente vivido, en su contenido manifiesto, una rela-
    ción, en su contenido latente, con lo vivido en las más leja-
    nas épocas de la existencia del sujeto. De estos sucesos pri-
     


    construyen inconscientemente, utilizando los materiales más indiferen-
    tes y triviales de la realidad. Los síntomas dependen luego de estas
    fantasías y no del recuerdo de los sucesos reales, sean éstos o no indi-
    ferentes. La representación de estas fantasías en mi sueño por medio
    del «orinal masculino» fué hecha posible por el relato que re-
    cientemente me había sido hecho de una divertida «Gschnas-
    abend» (noche de «Gschnas») en la que se había presentado como la
    «copa de los venenos» de Lucrecia Borgia, un recipiente cuyo elemen-
    to principal era un orinal del modelo usado en los hospitales para los
    enfermos masculinos.

  • S.

    240

    mitivos, puede demostrarse realmente en el análisis de la
    histeria, que han permanecido recientes hasta la actualidad.
    Pero la hipótesis apuntada no parece fácilmente comproba-
    ble por ahora. Más adelante, al examinar esta cuestión (ca-
    pítulo VIII) retornaré sobre la probable significación de estos
    sucesos de tempranas épocas infantiles con respecto a la for-
    mación de los sueños.

    De las tres peculiaridades de la memoria onírica, antes
    apuntadas, hemos logrado esclarecer satisfactoriamente la re-
    ferente a la preferencia de lo secundario en el contenido del
    sueño, haciéndola depender de la deformación oníri-
    ca. En cambio, no nos ha sido posible derivar de los moti-
    vos del sueño ninguna de las dos restantes—la selección de
    lo reciente y de lo infantil—aunque sí hayamos podido com-
    probar su efectividad. De ambas volveremos a ocuparnos al
    tratar de la psicología del estado de reposo o con ocasión de
    aquellas reflexiones que sobre la estructura del aparato aní-
    mico habremos de exponer cuando observemos que a través
    de la interpretación onírica podemos echar una ojeada, como
    a través de una ventana, sobre el interior de dicho aparato.

    En cambio, quiero recoger aquí, sin aplazamiento alguno,
    otro resultado de los últimos análisis detallados. El sueño
    posee, con frecuencia, varios sentidos. No sólo pue-
    den yuxtaponerse en él—como hemos visto en algunos ejem-
    plos—varias realizaciones de deseos, sino que un sentido,
    una realización de deseos, puede encubrir a otra, hasta que
    debajo de todas, hallamos la de un deseo de nuestra primera
    infancia. También en este punto surge la interrogación de si
    no será éste un carácter general de todo sueño (1).


    (1) La acumulación de significaciones del sueño es uno de los pro-
    blemas más arduos y al mismo tiempo más ricos en contenido, de la
    interpretación onírica. Aquellos que olviden esta posibilidad incurrirán
    fácilmente en graves errores y sentarán afirmaciones insostenibles
    sobre la esencia del sueño. Pero sobre esta cuestión no se han realiza-
    do aún sino muy escasas investigaciones. Hasta ahora sólo la regular
    superposición de símbolos en el sueño de estímulo vesical ha sido obje-
    to de un fundamental estudio (O. Rank).

  • S.

    LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS

    c) Las fuentes oniricas somåticas.

    Cuando intentamos despertar el interés de un hombre
    culto, pero profano en estas materias, por los problemas de]
    fenómeno onírico y le preguntamos, con tal propósito, cuáles
    son, a su juicio, las fuentes de los sueños, observamos casi
    siempre, que el interrogado cree poseer un exacto conoci-
    miento de una parte, por lo menos, de esta cuestión. Pensa-
    rá, en efecto, inmediatamente, en la influencia que las diges-
    tiones perturbadas o difíciles, la posición casual del durmien-
    te y los pequeños estímulos exteriores, manifiestan ejercer
    sobre la formación de los sueños y no parecerá sospechar
    que después de tener en cuenta todos estos factores quede
    aún algo necesitado de esclarecimiento.

    En nuestro capítulo de introducción, examinamos con
    toda minuciosidad el papel que la literatura científica atribu-
    ye, con respecto a la formación de los sueños, a las fuentes
    somáticas de estímulos. Por lo tanto, no necesitamos ahora
    sino recordar los resultados de dicha investigación. Hemos
    visto que se distinguían tres clases de fuentes oníricas somá-
    ticas: los estímulos sensoriales emanados de objetos exterio-
    res, los estados internos de excitación, de base exclusiva-
    mente subjetiva, y los estímulos somáticos procedentes del
    interior del organismo. Observamos, así mismo, la predilec-
    ción de los autores por las fuentes somáticas y su tendencia
    a situar muy en último término las psíquicas o excluirlas to-
    talmente. Al examinar las pruebas aducidas en favor de las
    primeras, advertimos: 1.° que la importancia de las excitacio-
    nes objetivas de los órganos sensoriales—originadas, en par-
    te, por estímulos casuales sobrevenidos durante el reposo y
    en parte, por aquellos otros que no pueden ser mantenidos a
    distancia de la vida anímica durmiente—queda comprobada
    por numerosas observaciones y confirmada experimentalmen-
    te; 2." que la función de las excitaciones sensoriales aparece
    demostrada por el retorno de las imágenes hipnagógicas en
    los sueños; y 3.° que la amplia referencia efectuada de nues-
    tras imágenes y representaciones oníricas a un estímulo so-
    mático interno, no es comprobable en toda su extensión,

    ー る ④ で ⑯

  • S.

    242

    pero encuentra un punto de apoyo en la influencia, general-
    mente reconocida, que el estado de excitación de los órga-
    nos digestivo, urinario y sexual ejerce sobre el contenido de
    nuestros sueños.

    El «estímulo nervioso» y el «estímulo
    corporal», serían, pues, las fuentes somáticas de los
    sueños, esto es, las únicas fuentes oníricas, según algunos
    autores.

    Pero, además de esto, hemos acogido en nuestra intro-
    ducción, toda una serie de dudas, referentes, no tanto a la
    exactitud como a la suficiencia de la teoría de los estímulos
    somáticos.

    Por muy seguros que hubieran de sentirse los represen-
    tantes de esta teoría, con respecto a los fundamentos efec-
    tivos de la misma–sobre todo en lo relativo a los estímulos
    nerviosos accidentales y externos, fácilmente comprobables
    en el sueño–ninguno de ellos llegó a desconocer por com-
    pleto la imposibilidad de derivar en su totalidad, de estímu-
    los nerviosos exteriores, el rico contenido de representacio-
    nes del fenómeno onírico. Miss Mary Whiton Calkins ha
    examinado desde este punto de vista, durante seis semanas,
    sus propios sueños y los de otra persona. Sólo en un 13,2
    por 100 y un 6,7 por 100, respectivamente, pudo descubrirse
    una percepción sensorial externa, y únicamente dos de los
    sueños investigados se demostraron derivables de sensacio-
    nes orgánicas. De este modo, nos confirma aquí la estadísti-
    ca lo que ya una rápida revisión de nuestra propia experien-
    cia nos había hecho sospechar.

    Muchos investigadores se conformaron con hacer resaltar
    el «sueño de estímulo nervioso», entre las demás formas oní-
    ricas, como una especie de sueño mejor y más completamen-
    te investigada. Spitta dividía los sueños en «sueños de es-
    tímulo nervioso» y «sueños de asociaciones», pero claro está
    que una tal solución no podía considerarse satisfactoria
    mientras no se hubiera conseguido descubrir el lazo de unión
    entre las fuentes oníricas somáticas y el contenido de repre-
    sentaciones del sueño.

  • S.

    243

    Resulta, pues, que a la objeción antes señalada, relativa
    a la insuficiente frecuencia con que nos es posible referir los
    sueños a fuentes de estímulos exteriores, se agrega ahora la
    de que la admisión de dichas fuentes oníricas no nos propor-
    ciona sino un muy incompleto esclarecimiento de cada sue-
    ño. Los representantes de esta teoría nos son deudores de
    dos importantes explicaciones: por qué la verdadera natura-
    leza del estímulo exterior no es nunca reconocida, sino regu-
    larmente equivocada, en el sueño (cf. los sueños del desper-
    tador, pág. 36) y por qué el resultado de la reacción del alma
    a la percepción de este estímulo, cuya verdadera naturaleza
    no reconoce, puede ser tan indeterminablemente variable. En
    respuesta a esta interrogación, alega Struempell, como ya
    vimos antes, que a consecuencia de su apartamiento del
    mundo exterior durante el estado de reposo, no se halla el
    alma en situación de dar la exacta interpretación del estímu-
    lo sensorial objetivo, sino que se ve obligada a construir ilu-
    siones sobre la base de la indeterminada excitación dada. He
    aquí las propias palabras de Struempell:

    «Cuando durante el reposo y por efecto de un estímulo
    nervioso, externo o interno, surge en el alma y es percibido
    por ella, un proceso psíquico cualquiera–sensación, com-
    plejo de sensaciones, sentimiento, etc.–despierta este pro-
    ceso, tomándolas del círculo de impresiones de la vigilia que
    aún perduran en el alma, imágenes sensitivas, o sea percep-
    ciones anteriores, que aparecen desnudas o revestidas de sus
    valores psíquicos correspondientes. De este modo, reune di-
    cho proceso, en derredor suyo, un número más o menos
    considerable de tales imágenes, las cuales dan a la impresión
    procedente del estímulo nervioso su valor psíquico. Como lo
    hacemos al referirnos a nuestra actividad anímica en la vida
    despierta, decimos también aquí que el alma interpre-
    ta, durante el estado de reposo, las impresiones produ-
    cidas por el estímulo nervioso. Resultado de esta interpre-
    tación es el sueño de estímulo nervioso, esto
    es, un sueño cuyos elementos se hallan condicionados por el
    hecho de que un estímulo de dicho género desarrolla su efec-
     

  • S.

    244

    to psíquico en la vida anímica, conforme a las leyes de la re-
    producción.»

    Idéntica, en todo lo esencial, a esta teoría, es la afirma-
    ción de Wundt, de que las representaciones oníricas ema-
    nan, en su mayor parte, de estímulos sensoriales–incluso
    de aquellos pertenecientes a la sensación vegetativa gene-
    ral–siendo por lo tanto, casi siempre, ilusiones fantásticas,
    y sólo en su más pequeña parte, representaciones mnémicas
    puras elevadas a la categoría de alucinaciones. Para la corre-
    lación que de esta teoría resulta entre el contenido onírico y
    los estímulos del sueño, encuentra Struempell el excelente
    paralelo (pág. 84) de «los sonidos que los diez dedos de un
    individuo profano en música, producen al recorrer al azar el
    teclado de un piano». Conforme a este punto de vista, no
    aparecería el sueño como un fenómeno anímico originado por
    motivos psíquicos, sino como el resultado de un estímulo
    fisiológico que se manifiesta en una sintomatología psíquica
    por no ser capaz de otra distinta exteriorización el aparato
    sobre el que el estímulo actúa. En una análoga hipótesis se
    halla basada, por ejemplo, la explicación que Meynert inten-
    tó dar de las representaciones obsesivas, por medio de la fa-
    mosa comparación de la hoja cubierta de números en la que
    resaltan algunas cifras impresas en mayor relieve.

    Por predilecta que haya llegado a ser esta teoría de los
    estímulos oníricos somáticos y por atractiva que parezca, es,
    sin embargo, fácil descubrir su punto débil. Todo estímulo
    onírico somático que durante el reposo incita al aparato aní-
    mico a su interpretación por medio de la formación de ilusio-
    nes, puede motivar un sinnúmero de tales tentativas de inter-
    pretación, y por lo tanto, alcanzar su representación en el
    contenido onírico, por infinitos elementos diferentes (1).

    (1)Me permito aconsejar, en general, la lectura de los minuciosos
    protocolos de sueños experimentalmente provocados, que Mourly Vold
    ha reunido en dos volúmenes. En ellos, podemos ver cuán poco contri-
    buye al esclarecimiento de cada sueño el conocimiento de los estímulos
    experimentalmente producidos y cuán escasa es la utilidad de tales ex-
    perimentos para la inteligencia de los problemas oníricos.

  • S.

    245

    Pero la teoría de Struempell y Wundt no nos indica motivo
    alguno que regule la relación entre el estímulo externo y la
    representación onírica elegida para su interpretación, dejando
    así inexplicada la «singular selección» que los estímulos «lle-
    van a cabo, con gran frecuencia, en su actividad reproducti-
    va» (Lipps, Hechos fundamentales de la vida anímica, pági-
    na 170). Contra la hipótesis fundamental de toda la teoría de
    la ilusión, o sea la de que durante el reposo no se halla el
    alma en situación de reconocer la verdadera naturaleza del
    estímulo sensorial objetivo, se han elevado también diversas
    objeciones. Así, Burdach, el viejo fisiólogo, sostiene la afir-
    mación contraria de que también durante el estado de reposo
    es el alma capaz de interpretar acertadamente las impresio-
    nes sensoriales que hasta ella llegan y reaccionar conforme
    a tal interpretación exacta. En demostración de su aserto,
    aduce que determinadas impresiones sensoriales, importantes
    para el durmiente, quedan excluídas de la general indiferen-
    cia del mismo (la nodriza que despierta al más leve rumor del
    niño) y que nuestro nombre, pronunciado en voz baja, inte-
    rrumpe nuestro reposo, mientras que otras impresiones audi-
    tivas más intensas, pero indiferentes, no obtienen igual re-
    sultado, lo cual supone que el alma dormida sabe también
    diferenciar las impresiones (cap. I., pág. 37). De estos hechos
    deduce Burdach que durante el reposo no existe una incapa-
    cidad para interpretar los estímulos sensoriales, sino una
    falta de interés con respecto a ellos. Los mismos ar-
    gumentos alegados por Burdach en 1830, retornan luego, sin
    modificación alguna, en la impugnación de la teoría de los
    estímulos somáticos escrita por Lipps en 1883. Según este
    punto de vista, se nos muestra el alma semejante a aquel
    durmiente que a la pregunta: «¿Duermes?», contesta: «No»,
    pero interpelado a seguidas con la petición: «Entonces prés-
    tame diez duros», se escuda con la evasiva: «Estoy dor-
    mido».

    La insuficiencia de la teoría de los estímulos oníricos so-
    máticos puede todavía demostrarse por otro camino diferente.
    Puede, en efecto, observarse, que los estímulos externos no

  • S.

    246

    provocan, obligadamente, sueños, aunque dado el caso de
    que soñemos, aparezcan representados en el contenido oní-
    rico. Ante un estímulo epidérmico o de presión, sobrevenido
    durante el reposo, disponemos de diversas reacciones. En
    primer lugar, podemos hacer caso omiso de él y ver luego,
    al despertar, que hemos dormido con una pierna fuera de las
    sábanas o un brazo en mala postura, sin que nada nos lo
    haya advertido durante la noche. La Patología nos muestra
    numerosísimos casos en los que diversos estímulos sensoria-
    les y de movimiento, intensamente excitantes, no han tenido
    efecto alguno durante el reposo. En segundo lugar, podemos
    advertir la sensación mientras dormimos, a través de nuestro
    reposo, como sucede regularmente con los estímulos doloro-
    sos, pero sin entretejer en un sueño el dolor percibido. Así
    mismo, podemos despertar con objeto de poner fin al estímu-
    lo (1). Por último, el que el estímulo nervioso nos induzca a
    la formación de un sueño, no es sino una cuarta reacción po-
    sible, de frecuencia igual a las otras tres. Esto último no su-
    cedería si el motivo de los sueños no resi-
    diese fuera de las fuentes oníricas somá-
    ticas.

    Dándose cuenta de la laguna que antes señalamos en la
    explicación de los sueños por la intervención de estímulos
    somáticos, han intentado otros autores–Scherner y luego
    Volkelt–determinar más estrictamente aquellas actividades
    anímicas, que tomando como base los estímulos somáticos,
    hacen surgir toda la variedad de imágenes oníricas, situando
    así nuevamente la esencia de los sueños en lo anímico y en
    una actividad psíquica. Scherner no se limitó a dar una poé-
    tica descripción, llena de vida, de las peculiaridades psíquicas
    que se desarrollan en la formación de los sueños, sino que
    creía firmemente haber descubierto el principio que rige la


    (1) Cf. el trabajo de K. Landauer sobre 
    (Zeitschrift f. d. ges. Neurologie und. Psychiatrie, XXXIX, 1918). Todo
    observador puede comprobar que el sujeto durmiente lleva a cabo actos
    plenos de sentido, y es capaz de obrar lógica y voluntariamente.

  • S.

    247

    conducta del alma con respecto a los estímulos que a ella se
    ofrecen. Desarrollando con plena contingencia su fantasía,
    libre de sus trabas diurnas, tiende, según Scherner, la elabo-
    ración onírica, a representar simbólicamente, la na-
    turaleza del órgano del que emana el estímulo. Fórmase de
    este modo una especie de «clave de los sueños» que nos per-
    mitiría deducir, de las imágenes oníricas, las sensaciones so-
    máticas y los estados orgánicos y de excitación que las han
    provocado. «Así, la imagen onírica de un gato es expresión
    de un malhumorado estado de ánimo, y el pan, con su blanca
    y lisa superficie, representa, en nuestros sueños, la desnudez.
    El cuerpo humano, en su totalidad, es representado, por la
    fantasía onírica con la imagen de una casa, y un órgano ais-
    lado, por una parte de la misma. En los «sueños de estímulo
    dental» corresponde a la boca una alta galería abovedada y
    al descenso hasta el tubo digestivo, una escalera. En el «sue-
    ño de dolor de cabeza» queda precisada la situación domi-
    nante de este órgano por la imagen de un techo cubierto de
    repugnantes arañas semejantes a «sapos» (pág. 39). «Para
    designar un mismo órgano suele emplear el sueño diversos
    símbolos. El pulmón y su actividad respiratoria quedan sim-
    bolizados por una estufa encendida y la corriente de aire que
    aviva su fuego; el corazón, por cajas y cestos vacíos, y la
    vejiga, por objetos redondos, en forma de bolsa, o simple-
    mente cóncavos. Muy importante es el hecho de que al
    final del sueño suele aparecer sin disfraz alguno y casi siem-
    pre adscrito al cuerpo mismo del sujeto, el órgano del que
    parte el estímulo o la función a él correspondiente. Así, el
    «sueño de estímulo dental» termina por lo general con una
    escena en la que el sujeto extrae de su boca una larga «mue-
    la» (pág. 35). Esta teoría de la interpretación onírica no fué
    ciertamente muy bien acogida por los demás investigadores,
    que la tacharon de extravagante e incluso se negaron a re-
    conocer lo que, a mi juicio, hay en ellla de verdad. Como
    puede verse, conduce a la rehabilitación de la interpretación
    de los sueños por medio de símbolos, empleada por los
    antiguos, con la única diferencia de que el sector del que ha

  • S.

    248

    PROF. S. FREUD

    de extraerse la interpretación queda limitado al perímetro de
    la personalidad física humana. La carencia de una técnica
    científica de interpretación tiene que disminuir necesariamen-
    te la capacidad de aplicación de la teoría de Scherner. La in-
    terpretación onírica en ella basada no excluye tampoco la ar-
    bitrariedad, tanto menos cuanto que se admite la posibilidad
    de que un estímulo halle, en el contenido onírico, diversas
    representaciones. Así, fué ya imposible a Volkelt, continua-
    dor de las hipótesis de Scherner, comprobar la simbolización
    del cuerpo humano, en los sueños, por medio de la imagen
    de la casa. También tenía que contribuir a la no aceptación
    de esta teoría el hecho de considerar la elaboración onírica
    como una actividad inútil y desprovista de todo fin, asignada
    al alma, la cual se limitaría a fantasear sobre el estímulo
    dado, sin tender, ni lejanamente siquiera, a algo semejante a
    una derivación o supresión del mismo.

    Existe, por último, otra objeción que conmueve grave-
    mente la construcción teórica de Scherner, de la simboliza-
    ción de estímulos somáticos por los sueños. No faltando nun-
    ca estímulos de este género, y siendo el alma, según opinión
    general, más accesible a ellos durante el reposo que en la
    vida despierta, no se comprende cómo no sueña de continuo,
    a través de toda la noche, y cada noche con todos los órga-
    nos. Si queremos eludir esta objeción, alegando que para
    despertar la actividad onírica es necesario que de los distin-
    tos órganos–ojos, oídos, boca, intestinos, etc.–emanen es-
    tímulos especiales, tropezaremos con la dificultad de demos-
    trar que tales incrementos de excitación son de carácter obje-
    tivo, cosa que sólo en un limitado número de sueños nos
    resulta posible. Si el sueño de volar constituye una simboli-
    zación del movimiento de ascenso y descenso de los lóbulos
    del pulmón al respirar, debería ser soñado con mucha mayor
    frecuencia, según observa ya Struempell, o habría de adver-
    tirse durante él una intensificación de la actividad respirato-
    ria. Una tercera posibilidad–quizá la más verosímil–es la
    de que, periódicamente, surjan motivos especiales para con-
    sagrar atención a las sensaciones viscerales regularmente

  • S.

    249

    existentes. Pero este caso nos lleva más allá de los límite
    de la teoría de Scherner.

    El valor de las especulaciones de Scherner y Volkelt re-
    side en precisar toda una serie de caracteres del sueño nece-
    sitados de explicación y cuyo examen promete conducirnos a
    nuevos conocimientos. Es perfectamente cierto que los sueños
    contienen simbolizaciones de órganos y funciones somáticos,
    y también, que el agua indica en ellos, con frecuencia, un
    estímulo de origen vesical y que los genitales masculinos
    pueden ser representados por una columna, una vara enhies-
    ta, etc., etc. Aquellos sueños que en oposición a la pálida
    monocromía de otros, muestran un extenso campo visual y
    vivos colores, deberán interpretarse, con seguridad casi com-
    pleta, como sueños de estímulo visual. Así mismo tampoco
    puede negarse la colaboración de la formación de ilusiones
    en aquellos otros que contienen ruidos y murmullos de voces.
    Sueños como el de Scherner, en el que dos filas de bellos
    adolescentes rubios, situados frente a frente sobre un puen-
    te, se atacan, luchan y vuelven a sus posiciones primitivas,
    repetidamente, hasta que el sujeto se sienta sobre el puente
    y se extrae de la mandíbula una larguísima muela, o como el
    análogo de Volkelt que muestra al durmiente dos filas de
    cajones y termina también con la extracción de una muela, y
    en general, todas las formaciones oníricas de esta clase, de
    las cuales comunican ambos autores numerosos ejemplos, no
    permiten condenar como ociosa invención la teoría de Scher-
    ner sin antes investigar el nódulo de verdad que indudable-
    mente contiene. En caso contrario, habríamos de consagrar-
    nos a procurar un distinto esclarecimiento para la supuesta
    simbolización del presunto estímulo dental.

    Nuestros análisis de sueños nos han proporcionado un
    importante argumento del que aún no hemos hecho uso en la
    discusión de las fuentes oníricas. Si por medio de un proce-
    dimiento que los demás investigadores no han aplicado a los
    sueños por ellos examinados, conseguimos demostrar que el
    sueño posee un valor propio, a título de acto psíquico, que el
    motivo de su formación se halla constituído por un deseo y

  • S.

    250

    que el material inmediato para la constitución de su conteni-
    do es proporcionado por los sucesos del día anterior, queda-
    rá juzgada, sin necesidad de más amplio proceso, toda otra
    teoría onírica que no utilice un tan importante instrumento de
    investigación y considere en consecuencia, al sueño, como
    una reacción psíquica, inútil y enigmática, a estímulos somá-
    ticos. Para no hacer objeto a estas teorías de un tal juicio adver-
    so, habríamos de suponer que existían—cosa harto inverosí-
    mil—dos clases de sueños, perteneciendo exclusivamente a
    una de ellas todos los examinados por los investigadores que
    nos precedieron y a la otra todos los analizados por nosotros.
    Descartada esta hipótesis no nos quedará ya más que incor-
    porar a nuestra teoría de los sueños los hechos en que se
    basa la de los estímulos oníricos somáticos.

    Esta labor quedó ya iniciada cuando sentamos el princi-
    pio de que la elaboración de los sueños se halla bajo el impe-
    rio de una fuerza que la obliga a constituir una unidad con
    todos los estímulos oníricos simultáneamente existentes. Vi-
    mos, entonces, que cuando, como resto del día anterior, per-
    duran dos o más sucesos que trajeron consigo una impresión,
    quedan reunidos en un sueño los deseos de ellos emanados,
    y también que para constituir el material del sueño se reunen
    la impresión psíquicamente valiosa y los sucesos indiferentes
    del día anterior, siempre que puedan establecerse, entre am-
    bos elementos, representaciones comunicantes. El sueño se
    nos muestra, así, como una reacción a todo lo actual simul-
    táneamente dado en la psiquis durmiente, y la labor analítica
    a que hasta ahora hemos sometido el material onírico, nos lo
    presenta como una colección de restos psíquicos—huellas
    mnémicas—a los que (por la predilección del material recien-
    te e infantil) hemos tenido que atribuir un carácter psicológi-
    camente indeterminable por el momento. No nos es nada di-
    fícil predecir lo que sucederá cuando a estas actualidades
    mnémicas se agregue, durante el estado de reposo, nuevo
    material de sensaciones. Tales estímulos resultan, así mismo,
    importantes para el sueño por el-hecho de ser actuales, y son
    unidos a las demás actualidades psíquicas, proporcionando

  • S.

    251

    con ellas el material para la formación del sueño. O dicho de
    otro modo: Los estímulos sobrevenidos durante el reposo son
    objeto de una elaboración que los convierte en una realiza-
    ción de deseos, cuyos restantes elementos se hallan consti-
    tuídos por los restos diurnos psíquicos que ya conocemos.
    Esta unión no es, desde luego, obligada, pues ya he-
    mos visto que podemos reaccionar de varios modos a los es-
    tímulos sobrevenidos durante el reposo, pero en aquellos ca-
    sos en que se lleva a efecto conseguimos hallar un material
    que constituye, en el contenido del sueño, una representa-
    ción de las dos clases de fuentes oníricas, las somáticas y las
    psíquicas.

    La acumulación de material somático a las fuentes oníricas
    psíquicas no modifica en nada la esencia del sueño, el cual
    permanece siendo una realización de deseos, cualquiera que
    sea la forma en que la expresión de la misma quede determi-
    nada por el material actual.

    La importancia y significación de los estímulos exteriores,
    para el sueño, varía conforme a toda una serie de circuns-
    tancias especiales. Imagino que una acción conjunta de los
    factores individuales, fisiológicos y accidentales dados, es lo
    que decide, en cada caso, la conducta que hemos de seguir
    con respecto a un intenso estímulo objetivo sobrevenido du-
    rante el reposo. Según la profundidad habitual y accidental
    del reposo y la intensidad del estímulo, quedará éste repri-
    mido de manera a no interrumpir nuestro descanso; nos ve-
    remos obligados a despertar o intentaremos dominar el es-
    tímulo entretegiéndolo en un sueño. Correlativamente a la
    variedad de estas constelaciones se manifestarán los estímu-
    los con mayor o menor frecuencia en los sueños de un indi-
    viduo que en los de otro. Así, por lo que a mí respecta, gozo
    de un tan profundo reposo y me defiendo con tal tenacidad
    contra todo lo que pudiera perturbarlo, que sólo muy raras
    veces se mezclan en mis sueños causas externas de excita-
    ción, al paso que los motivos de orden psíquico me incitan
    fácilmente a soñar. De todos los sueños propios por mí ano-
    tados, sólo hay realmente uno que pueda ser referido a una


  • S.

    252

    fuente de estímulos objetiva (una sensación dolorosa), pero
    precisamente en él creemos muy instructivo comprobar el re-
    sultado onírico del estímulo exterior.

    «Voy montado en un caballo gris. Al principio monto con
    inseguridad y torpeza o como si fuese en una difícil postura,
    distinta de la corriente. Encuentro a mi colega, el doctor P.,
    que viene también a caballo, pero con gran arrogancia, y
    viste un traje de grueso paño. Al llegar junto a mí, me hace
    no sé qué advertencia (probablemente la de que voy mal
    montado). Pero ya voy encontrándome cada vez mejor sobre
    el inteligentísimo corcel, descanso cómodamente sobre la
    silla y me siento tranquilo y confiado como si estuviera en
    mi casa. En lugar de silla, lleva el caballo un largo almohadón
    que cubre por completo su lomo, desde el cuello hasta la
    grupa. Con gran serenidad paso por el estrecho espacio que
    dejan entre sí dos carros. Después de avanzar largo trecho
    por una calle, doy media vuelta y quiero desmontar ante una
    pequeña capilla abierta, pero luego desmonto realmente junto
    a otra que se alza un poco más allá. El hotel está en la
    misma calle. Podría dejar que el caballo fuera sólo hasta él,
    pero prefiero llevarlo de la brida. Es como si me avergonzase
    de llegar allí montado. A la puerta del hotel hay un «boto-
    nes» que me enseña una tarjeta que yo mismo he encontrado
    y se burla de mí. En la tarjeta hay escrito y doblemente sub-
    rayado: «No comer», y después un segundo propósito
    (impreciso): algo como «No trabajar». A ello se
    añade la vaga idea de que me hallo en una ciudad extranjera
    en la que no trabajo.»

    Nada indica, a primera vista, que este sueño haya surgi-
    do bajo la influencia, o mejor dicho, bajo la coerción, de un
    estímulo doloroso. Durante el día anterior me habían hecho
    sufrir extraordinariamente, convirtiendo en una tortura cada
    uno de mis movimientos, varios furúnculos de que venía pa-
    deciendo. Uno de ellos, situado en la raíz del escroto, había
    llegado a alcanzar el volumen de una manzana y me causaba,
    al andar, insoportables dolores. La fatiga, la alteración febril
    y la desgana consiguientes, unidas a la intensa labor que a

  • S.

    253

    pesar de todo hube de realizar durante el día, acabaron de
    ensombrecer mi ánimo. En esta situación, no me hallaba
    ciertamente muy facultado para consagrarme a mis ocupacio-
    nes profesionales, pero teniendo en cuenta el carácter de mi
    padecimiento y la región de mi cuerpo en la que se manifes-
    taba, existía otra actividad para la que sin duda alguna me
    encontraba aún menos capacitado. Tal actividad es la de
    montar a caballo y precisamente es la que el sueño
    me atribuye, como la más enérgica negación imaginable de
    mi padecimiento. Ignoro en absoluto el arte de la equitación,
    no sueño nunca nada que con ella se relacione y sólo una
    vez he montado en un caballo, por cierto en pelo y sin que
    ello me produjera placer alguno. Pero en mi sueño, monto
    como si no tuviera furúnculo ninguno en el periné, o mejor
    dicho, precisamente porque no quiero te-
    nerlo. La silla, tal y como el sueño la describe, es la ca-
    taplasma que me apliqué al acostarme y cuyo efecto calmante
    me ha permitido conciliar el reposo. Así protegido, no he
    advertido, durante algunas horas, indicio ninguno de mi pa-
    decimiento. Luego, cuando las sensaciones dolorosas co-
    menzaron a hacerse más vivas y amenazaron con despertar-
    me, vino el sueño a tranquilizarme, diciéndome: «Puedes
    seguir durmiendo. No tienes furúnculo ninguno, pues montas
    a caballo, cosa que no es posible con un divieso en el pe-
    riné.» El dolor quedó de este modo ensordecido y pude, en
    efecto, seguir durmiendo.

    Pero aún hay más. El sueño no se ha limitado a sugerir-
    me la inexistencia del furúnculo, sosteniendo tenazmente una
    representación incompatible con el mismo–conducta seme-
    jante a la que observamos en la demencia alucinatoria de la
    madre que ha perdido un hijo (1) o en la del comerciante
    arruinado—, sino que ha utilizado los caracteres de la misma
    sensación que niega y los de la representación empleada con

    (1) Cf. el estudio de Guesinger sobre esta cuestión y las observa-
    ciones incluídas en mi segundo ensayo sobre las psiconeurosis
    de defensa. Neurologisches Zentralblatt, 1896. (N. DEL T.)—Estos
    ensayos se publicarán en la presente edición de «Obras completas».

  • S.

    254

    objeto de reprimirla, para enlazar a la situación onírica los
    elementos actuales dados en el alma, y proporcionarles un
    medio de expresión. El color gris del caballo en que
    monto corresponde al del traje que mi colega el doctor P. lle-
    vaba la última vez que le vi. (Un traje de color sal y pi-
    mienta.) Los alimentos fuertemente especia-
    dos me han sido indicados como causa de mi furunculosis
    más probablemente que el azúcar, en la que se piensa
    también al investigar la etiología de tal enfermedad. Mi ami-
    go P. acostumbra a mirarme con cierta arrogancia
    desde que me sustituyó en la confianza de una paciente en
    cuyo tratamiento creía yo haber realizado grandes habi-
    lidades (Kunststuecke–al principio de mi sueño voy
    montado en una difícil postura como un jinete que realizase
    habilidades ecuestres en el circo–Kunstreiter), pero
    que, en realidad, me llevó adonde quiso, como el caballo al
    inexperto jinete de la conocida anécdota. De este modo llega
    el caballo a la categoría de símbolo de dicha paciente (en mi
    sueño lo encuentro muy inteligente). El encontrar-
    me luego a caballo «tan seguro y confiado como si es-
    tuviera en mi casa», se refiere a la situación que
    yo ocupaba en casa de dicha enferma hasta que fuí sustituído
    por P. «Yo creí que se mantenía usted más firmemente sobre
    la silla»–me había dicho días antes, aludiendo a este suce-
    so, uno de los pocos grandes médicos de Viena que me son
    favorables–. Por otro lado, ha sido también una difícil ha-
    bilidad continuar atendiendo a mi labor psicoterápica
    durante ocho o diez horas diarias, no obstante mis dolores.
    Sé, sin embargo, que en tal estado no me será posible seguir
    ejerciendo mi difícil actividad profesional, y el sueño aparece
    colmado de lúgubres alusiones a las consecuencias de una
    tal interrupción de mi trabajo: «No trabajar y no
    comer.» Prosiguiendo la interpretación, veo que la ela-
    boración onírica ha conseguido hallar el camino que va desde
    la situación optativa de montar a caballo hasta muy tempra-
    nas escenas de mi infancia (peleas con un sobrino mío, un
    año mayor que yo, residente hoy en Inglaterra). Mi sueño ha

  • S.

    255

    tomado, además, elementos de mis viajes a Italia, pues la
    calle que en él recorro responde a impresiones visuales reci-
    bidas en Verona y en Siena. Una interpretación más profun-
    da me lleva a ideas latentes de carácter sexual y me hace
    recordar lo que en una paciente mía, que jamás había estado
    en Italia, significaban las alusiones oníricas a este bello país
    (gen Italien–genitalien; ve a Italia–ge-
    nitales), recuerdo que no carece de relación con la casa
    en la que presté mi asistencia facultativa antes de ser susti-
    tuído por el doctor P., y con la región de mi cuerpo elegida
    por el furúnculo.

    En otra ocasión, me fué también posible defenderme aná-
    logamente de un estímulo sensorial que amenazaba interrum-
    pir mi reposo, pero esta vez fué una pura casualidad lo que
    me permitió descubrir la conexión del sueño con el estímulo
    onírico accidental y llegar así a su comprensión. Hallándome,
    durante el verano, en un balneario del Tirol, desperté una
    mañana con la convicción de haber soñado que el Papa
    había muerto. Todos mis esfuerzos para interpretar
    este sueño, no visual, resultaron estériles. Como posible an-
    tecedente no recordaba sino el de haber leído, días antes, la
    noticia de que el Pontífice padecía una ligera indisposición.
    Pero en el transcurso de la mañana me preguntó mi mujer:
    «¿No has oído, de madrugada, el formidable repique con que
    nos han obsequiado todas las iglesias y capillas de los alrede-
    dores?» No recordaba haber oído nada semejante, pero mi
    sueño quedaba ya explicado como reacción de mi necesidad
    de dormir ante el ruido con que los piadosos tiroleses querían
    despertarme. Después de vengarme de ellos con la deducción
    que constituye el contenido de mi sueño, proseguí durmiendo
    sin interesarme lo más mínimo por el campaneo.

    Entre los sueños hasta aquí expuestos, hay algunos que
    podemos citar como ejemplos de elaboración de estímulos
    nerviosos. Uno de ellos es aquel en que bebo agua a grandes
    sorbos. En él, es, aparentemente, el estímulo somático la
    única fuente onírica, y el deseo emanado de la sensación—la
    sed—el único motivo onírico. Análogamente sucede en otros

  • S.

    256

    sueños sencillos, cuando el estímulo somático basta por sí
    solo para formar un deseo. El sueño de la enferma que arro-
    ja lejos de sí, en el transcurso de la noche, el aparato refri-
    gerante que le han mandado conservar aplicado a la mejilla,
    nos muestra una desacostumbrada forma de reaccionar a es-
    tímulos dolorosos con una realización de deseos. Parece, en
    efecto, como si la paciente hubiera conseguido hacerse insen-
    sible, pasajeramente, al dolor, el cual queda transferido, en
    su sueño, a una tercera persona.

    Mi sueño de las tres parcas es, evidentemente, un sueño
    de hambre, pero sabe retrotraer la necesidad de alimento
    hasta el ansia del niño por el pecho materno y utilizar este
    ansia para encubrir otra de muy distinto género, a la que no
    es lícito manifestarse con tanta franqueza. El sueño del con-
    de de Thun, nos ha hecho ver por qué caminos queda enla-
    zada una necesidad física accidentalmente dada con los sen-
    timientos más enérgicos, pero también más enérgicamente
    reprimidos de la vida anímica. En el caso comunicado por
    Garnier, cuando el Primer Cónsul entreteje en un sueño bé-
    lico, el ruido producido por la máquina infernal al explotar,
    antes de despertar a consecuencia del mismo, se nos mues-
    tra abiertamente la tendencia en favor de la cual se ocupa la
    actividad anímica, de las sensaciones surgidas durante el re-
    poso. Un joven abogado que se acostó pensando en un asun-
    to importante al que se había consagrado durante el día, se
    condujo, oníricamente, de un modo análogo al del gran Na-
    poleón. En su sueño, ve primero a un cierto señor G. Reich
    de Hussiatyn, que le es conocido por intervenir en el pleito
    que le preocupa. Pero el elemento Hussiatin va adqui-
    riendo cada vez mayor importancia hasta que el sujeto des-
    pierta y oye toser fuertemente a su mujer, enferma de un
    catarro bronquial (Hussiatyn=husten=toser).

    Comparemos ahora el citado sueño de Napoleón I, cuyo
    reposo solía ser muy profundo, con el del estudiante dormi-
    lón que ante la advertencia de que ha llegado la hora de ir al
    hospital, sueña que ocupa una cama en una sala del mismo y
    sigue durmiendo a pierna suelta, tranquilizado por el razona-
     

  • S.

    LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS

    miento de que si estä ya en el hospital, no tiene por qué le-
    vantarse para acudir a él. Este último ejemplo es un franco
    sueño de comodidad. El durmiente se confiesa sin rebozo
    alguno el motivo del mismo y resuelve con ello uno de los
    enigmas del fenómeno onírico. Todos los sueños son, en cier-
    to sentido, sueños de comodidad, pues tienden a
    facilitar la continuación del reposo, evitando que el durmien-
    te despierte. El sueño es el guardián del repo-
    so, no su perturbador. Más adelante justificaremos
    esta afirmación con respecto a los factores psíquicos que
    provocan el despertar, y desde luego podemos ya hacerlo
    con relación al papel desempeñado por los estímulos exterio-
    res objetivos. El alma, puede no ocuparse en absoluto de los
    estímulos sobrevenidos durante el reposo, cuando la intensi-
    dad y la significación de los mismos le permite observar esta
    conducta; puede utilizar el sueño para negar dichos estimu-
    los o disminuir su importancia, y por último, cuando no tiene
    más remedio que reconocerlos, puede buscar aquélla su in-
    terpretación que presente la sensación actual como una parte
    de una situación deseada y compatible con el reposo. La sen-
    sación actual es entretejida en un sueño con el fin de des-
    pojarla de su realidad. Napoleón puede seguir
    durmiendo. Lo que intenta perturbar su reposo no es más
    que un recuerdo onírico del cañoneo de la batalla de Ar-
    cole (1).

    El deseo de dormir, mantenido por el
    Yo consciente, y que, con la censura oní-
    rica (2), constituye la colaboración de di-
    cho Yo en el soñar, debe, por tanto, ser
    considerado, en todo caso, como motivo
    de la formación de sueños, y todos y cada
    uno de éstos son una realización del mis-
    mo. Más adelante analizaremos cuidadosamente cómo este

    (1) Las dos versiones que conozco del contenido de este sueño no
    coinciden por completo entre sí.

    (2) Y con la «elaboración secundaria» de que más adelante habla-
    remos.

    ー 257 — ⑰

  • S.

    258

    general deseo de dormir, idéntico siempre a sí mismo y dado
    en todo caso, se comporta con respecto a los demás deseos
    que quedan realizados en el contenido onírico. En el deseo
    de dormir hemos descubierto además el factor susceptible de
    llenar la laguna de que adolece la teoría de Struempel-Wundt
    y explicar la insuficiencia y arbitrariedad que hallamos en la
    interpretación del estímulo exterior. La interpretación exacta,
    de la que el alma dormida es perfectamente capaz, exigiría
    un interés activo y con él la interrupción del reposo. De to-
    das las interpretaciones posibles, no serán, pues, admitidas
    sino aquellas que resulten compatibles con la censura que el
    deseo de dormir ejerce en una forma tiránica, y entre las ad-
    mitidas será escogida aquella que mejor pueda ser enlazada
    con los deseos que espían, en el alma, la ocasión de reali-
    zarse. De este modo, es determinado todo inequívocamente
    y nada queda abandonado a la arbitrariedad. La falsa inter-
    pretación no constituye una ilusión, sino algo semejante a una
    evasiva. Habremos, pues, de ver en este proceso, como antes
    en la sustitución por desplazamiento efectuada a los fines de
    la censura onírica, una variante del proceso psíquico normal.

    Cuando los estímulos nerviosos externos y los somáticos
    internos son lo bastante intensos para conquistar la conside-
    ración psíquica, proporcionan–siempre que su resultado sea
    un sueño y no la interrupción del reposo–una firme base de
    sustentación para la formación de sueños, pues pasan a cons-
    tituir, en el contenido onírico, un nódulo para el que es bus-
    cada luego una realización de deseos correspondiente, en
    forma análoga a como lo son, según vimos antes, las repre-
    sentaciones intermedias entre dos estímulos oníricos psíqui-
    cos. Hasta este punto, puede, pues, afirmarse, que en un
    cierto número de sueños, depende el contenido onírico del
    elemento somático e incluso resulta que, en este caso extre-
    mo, es despertado, a los fines de la formación del sueño un
    deseo no actual. Pero el sueño no puede hacer otra cosa que
    representar un deseo como realizado en una situación, y por
    lo tanto, se halla, en cada caso, ante la labor de buscar qué
    deseo puede ser representado como realizado por la sensa-
     

  • S.

    259

    ción de momento actual. Aunque el material actual dado sea
    de carácter penoso o doloroso, no por ello deja de ser apro-
    vechable para la formación de un sueño. La vida anímica
    dispone también de deseos cuya realización produce displa-
    cer, cosa que a primera vista parece una contradicción, pero
    que se explica por la existencia de dos instancias psíquicas y
    de una censura situada entre ambas.

    Como ya hemos visto, existen en la vida anímica, deseos
    reprimidos que pertenecen al primer sistema y a cuya
    realización se resiste el segundo. No quiere esto decir que
    tales deseos existieran antes del proceso represivo y queda-
    ran luego destruídos por el mismo; nada de eso; la teoría de
    la represión afirma que tales deseos reprimidos existen toda-
    vía, aunque, al mismo tiempo, exista también una coerción
    que pesa sobre ellos. La disposición psíquica para que tales
    deseos reprimidos lleguen a una realización, permanece con-
    servada e intacta. Mas cuando una tal realización llega a
    cumplirse, el vencimiento de la resistencia que a ello oponía
    el segundo sistema (capaz de conciencia) se exterioriza como
    displacer. Para terminar estas consideraciones, añadiremos
    que cuando durante el reposo surgen sensaciones de carácter
    displaciente emanadas de fuentes somáticas, es utilizada esta
    constelación por la elaboración onírica para representar–con
    mayor o menor severidad de la censura–un deseo hasta en-
    tonces reprimido.

    Esta circunstancia nos permite incluir en la teoría de la
    realización de deseos toda una serie de sueños de angustia.
    Con respecto a otra variedad de estas formaciones oníricas
    displacientes, aparentemente contrarias a dicha teoría, habre-
    mos de atenernos a una explicación distinta. La angustia que
    en sueños experimentamos puede ser, en efecto, de carácter
    psiconeurótico y proceder de excitaciones psicosexuales, co-
    rrespondiendo, entonces, a una libido reprimida. En este caso,
    tanto la angustia como el sueño en que se manifiesta, consti-
    tuyen un síntoma neurótico y habremos llegado al límite ante
    el que la tendencia realizadora de deseos, del sueño, se ve
    obligada a detenerse. Existen también sueños en los que la

  • S.

    260

    sensación de angustia posee un origen somático (por ejem-
    plo la opresión respiratoria de los enfermos cardiacos o del
    pulmón), y en esta circunstancia, es utilizada dicha sensación
    para proporcionar una realización onírica a aquellos deseos
    enérgicamente reprimidos que realizados en un sueño obe-
    diente a motivos psíquicos hubieran traído consigo igual des-
    arrollo de angustia. No es difícil fundir en una unidad estos
    dos casos aparentemente distintos. Dados dos productos
    psíquicos–una inclinación efectiva y un contenido de repre-
    sentaciones–íntimamente ligados entre sí, puede uno de
    ellos, el actual, sustituir al otro en el sueño, y de este modo,
    tan pronto es sustituído el contenido de representaciones
    reprimido por la angustia somáticamente dada como el des-
    arrollo de angustia por el contenido de representaciones liber-
    tado de la represión y saturado de excitación sexual. En el
    primer caso puede decirse que un afecto somáticamente dado
    es interpretado psíquicamente. En el segundo aparece dado
    todo psíquicamente, pero el contenido que se hallaba repri-
    mido es sustituído fácilmente por una interpretación somática
    adaptada a la angustia. Las dificultades con que tropezamos
    para la inteligencia de esta cuestión tienen muy escasa rela-
    ción con el sueño, pues proceden de que con estas especu-
    laciones rozamos los problemas del desarrollo de angustia y
    de la represión.

    Entre los estímulos oníricos procedentes del interior del
    soma que imponen su ley a la formación de los sueños, de-
    bemos contar, desde luego, el estado físico general del suje-
    to. No quiere esto decir que pueda proporcionar por sí solo
    el contenido onírico, pero sí que impone a las ideas latentes
    una selección entre el material que ha de servir a la repre-
    sentación en dicho contenido, aproximando, como adaptada
    a su esencia una parte de dicho material y manteniendo a
    distancia la parte restante. Además, este estado general, se
    halla enlazado desde el día con los restos psíquicos impor-
    tantes para el sueño. Este estado puede conservarse en el
    sueño, o ser dominado y transformado en su contrario cuan-
    do es de carácter displaciente.

  • S.

    261

    Cuando las fuentes oníricas somáticas que actúan duran-
    te el reposo–o sea las sensaciones de dicho estado–no po-
    seen una desacostumbrada intensidad, desempeñan, a mi
    juicio, en la formación de los sueños un papel análogo al de
    las impresiones diurnas que han permanecido recientes, pero
    que son indiferentes. Quiero decir que son utilizadas en la
    formación del sueño cuando resultan apropiadas para ser uni-
    das al contenido de representaciones de la fuente onírica
    psíquica, pero únicamente en este caso. Vemos, pues, que
    son consideradas como un material de escaso valor del que
    podemos disponer en todo momento y que utilizamos cuando
    nos es necesario, mientras que un material precioso prescribe
    ya por sí mismo las normas de su empleo. Sucede en esto
    como cuando una persona aficionada a las joyas artísticas
    lleva al lapidario una piedra rara–un ónice, por ejemplo–
    para que talle en él un camafeo. El tamaño de la piedra, su
    color y sus aguas coadyuvarán a determinar la figura o esce-
    na que en ella ha de ser tallada, mientras que dado un mate-
    rial más amplio y uniforme–mármol o granito–no tiene el
    artista que ajustarse a normas distintas de su espontánea
    inspiración. Pensando así es como únicamente resulta com-
    prensible que aquel contenido onírico que proporcionan los
    estímulos orgánicos de intensidad no superior a la ordinaria,
    no aparezca en todo sueño y en sueños todas las noches.

    Para la mejor inteligencia de mi opinión sobre este punto
    concreto, expondré un nuevo ejemplo de sueño, retornando
    así además al tema de la interpretación onírica. Durante todo
    un día me esforcé en investigar cuál podía ser el significado
    de la sensación de hallarnos paralizados, no poder movernos
    o terminar un acto que hemos comenzado, sensación muy
    próxima a la angustia y frecuentísima en la vida onírica. A la
    noche inmediata, tuve el siguiente sueño: «Subo, a medio
    vestir, por la escalera de una casa, desde el piso bajo al prin-
    cipal. Voy saltando los escalones de tres en tres y me felici-
    to de poder subir una escalera con tanta agilidad. De repente
    veo que baja a mi encuentro una criada. Avergonzado, quie-
    ro apresurarme, pero en este momento, se apodera de mí la

  • S.

    262

    parálisis indicada y me resulta imposible avanzar un solo
    paso.»

    Análisis: La situación de este sueño está tomada de
    la realidad cotidiana. En mi casa de Viena, ocupo dos pisos
    enlazados por un cuerpo de escalera. En el inferior tengo mi
    consulta y mi despacho y en el superior mis habitaciones
    particulares. Cuando termino de trabajar por las noches en
    el despacho, tengo que subir la escalera para llegar a mi al-
    coba. La misma noche de mi sueño había realizado este tra-
    yecto en una «toilette» realmente algo desordenada, pues
    me había quitado la corbata, el cuello y los puños. Mi sueño
    exagera este desorden de mis vestidos, pero como acostum-
    bra a hacerlo en estos casos no determina con precisión el
    grado a que el mismo se eleva. El saltar los escalones de tres
    en tres es, en realidad, la forma en que suelo subir las esca-
    leras y constituye, por otra parte, una realización de deseos
    reconocida, además, como tal en el sueño, pues la facilidad
    con que llevo a cabo tal ejercicio, me ha tranquilizado mu-
    chas veces sobre la marcha de mi corazón. Por último, es
    esta forma de subir escaleras una flagrante contradicción de
    la parálisis que en la segunda mitad del sueño me acomete,
    y me muestra–cosa que no precisaba de prueba alguna–
    que el fenómeno onírico no encuentra la menor dificultad
    para representarse, perfecta y totalmente realizados, actos
    motores. Recuérdese los sueños en que volamos.

    La escalera de mi sueño no es, sin embargo, la de mi
    casa. Al principio no caigo en cuál pueda ser y sólo al reco-
    nocer en la persona que baja a mi encuentro a la criada de
    una anciana señora a la que visito dos veces al día para po-
    nerle inyecciones, me doy cuenta de que la escalera de mi
    sueño corresponde a la del domicilio de dicho señora.

    Mas ¿por qué razón sueño con la escalera del domicilio
    de mi paciente y con la criada que ésta tiene a su servicio?
    El avergonzarse de ir insuficientemente vestido es indudable-
    mente un sentimiento de carácter sexual. Pero la criada con
    la que sueño es más vieja que yo, regañona y nada atractiva.
    Recuerdo ahora, que al subir por las mañanas la escalera de


  • S.

    263

    su casa, suele darme tos, y como no hay en ella escupidera
    ninguna, me veo obligado a escupir sobre el suelo, pues opi-
    no que la limpieza no es cuenta mía, sino de la dueña de la
    casa, que debe ordenar la colocación de una escupidera. El
    ama de llaves de mi paciente, persona también entrada en
    años y de áspero carácter, a la que no tengo por qué negar
    un gran amor a la limpieza, sostiene, sin embargo, sobre
    este punto concreto, la opinión contraria, pues espía mis ac-
    tos siempre que subo la escalera, y cuando me permito la
    libertad, antes indicada, gruñe y protesta en voz alta y me
    rehusa luego, al encontrarse conmigo, toda muestra de cor-
    tesía y respeto. Esta actitud fué compartida, el mismo día del
    sueño, por la otra criada, la cual, al salir a abrirme la puerta,
    me interpeló ásperamente con la siguiente reprimenda: «El
    señor doctor podía limpiarse los pies antes de entrar. Hoy ha
    vuelto a poner perdida la alfombra». Es esto todo lo que
    puede haber motivado la inclusión de la escalera y de la cria-
    da en mi sueño.

    Entre los hechos de subir, saltando, la escalera y escupir
    en el suelo, existe una íntima relación, pues la faringitis y las
    perturbaciones cardíacas son el castigo del vicio de fumar.
    Este vicio motiva, así mismo, que tampoco en mi casa—que
    mi sueño funde en una unidad con la de mi paciente—goce yo
    de un renombre de exagerada limpieza.

    Dejaremos aplazada la continuación del análisis, hasta
    que podamos exponer el origen del sueño típico de semides-
    nudez, y nos limitaremos a consignar, por el momento, como
    resultado de la labor analítica a que hemos sometido el sueño
    últimamente expuesto, que la sensación de parálisis es des-
    pertada, en nuestros sueños, siempre que resulta precisa para
    un determinado conjunto onírico. La causa de un tal conteni-
    do onírico no puede ser un estado especial de mi motilidad
    durante el reposo, pues un momento antes acabo de subir, en
    mi sueño, las escaleras, saltando ágilmente, de tres en tres,
    los escalones.

    d) Sueños típicos.

    Para interpretar un sueño ajeno es condición indispensa-
     

  • S.

    264

    ble y ello limita considerablemente la aplicación práctica de
    nuestro método–que el sujeto acceda a comunicarnos las
    ideas inconscientes que se esconden detrás del contenido
    manifiesto del mismo. Sin embargo, y en contraposición con
    la general libertad de que todos gozamos para conformar
    nuestra vida onírica según nuestras personalísimas peculia-
    ridades, haciéndola así incomprensible a las demás, existe un
    cierto número de sueños que casi todos soñamos en idéntica
    forma y de los que suponemos poseen, en todo individuo,
    igual significación. Estos sueños son además merecedores de
    un especial interés por el hecho de proceder probablemente,
    en todos los hombres, de fuentes idénticas, circunstancia que
    los hace muy adecuados para proporcionarnos un amplio es-
    clarecimiento sobre las fuentes oníricas.

    Dados estos interesantes caracteres de los sueños típicos,
    fundábamos grandes esperanzas en los resultados de su in-
    terpretación por medio de nuestra técnica analítica, pero,
    desgraciadamente, hemos comprobado que la labor interpre-
    tadora tropieza, en ellos, con particulares dificultades. Así,
    aquellas asociaciones del sujeto, que en todo otro caso nos
    llevan a la comprensión de su sueño, faltan aquí en absoluto
    o son tan oscuras e insuficientes que no nos prestan ayuda
    ninguna.

    Más adelante, expondremos las causas de que tales difi-
    cultades dependen y los medios de que nuestra técnica se
    vale para orillarlas, y entonces comprenderá el lector por
    qué he de limitarme ahora a tratar de algunos de estos sue-
    ños típicos, dejando el estudio de los restantes para tal
    ocasión.

    e) El sueño de avergonzamiento ante
    la propia desnudez.

    El sueño de hallarnos desnudos o mal vestidos ante per-
    sonas extrañas, suele surgir también sin que durante él ex-
    perimentemos sentimiento alguno de vergüenza o embarazo.
    Pero cuando nos interesa es cuando trae consigo tales senti-
    mientos y queremos huir o escondernos, siendo entonces
    atacados por aquella singular parálisis que nos impide reali-
     

  • S.

    LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS

    zar movimiento alguno, dejandonos impotentes para poner
    término a la penosa situaciôn en que nos hallamos. S6lo en
    esta forma constituye este suefio un suefio tipico, aunque
    dentro de ella puede el nódulo de su contenido quedar inclui-
    do en los más diversos contextos y adornado con toda clase
    de agregados individuales. Lo esencial en él, es la penosa
    sensación— del carácter de la vergilenza—de que no es im-
    posible ocultar nuestra desnudez, o como generalmente de-
    seamos, emprender una precipitada fuga. No creo muy
    aventurado suponer que la inmensa mayoría de mis lectores
    conoce por su experiencia onírica esta desagradable situa-
    ción.

    En casi todos los sueños de este género queda impreciso
    el grado de nuestra desnudez. Alguna vez oiremos decir al
    sujeto, que soñó hallarse en camisa, pero sólo en muy raros
    casos presenta la imagen onírica una tal precisión. Por lo
    contrario, suele ser tan indeterminada, que para describirla
    es necesario emplear una alternativa: «Soñé que estaba en
    camisa 0 en enaguas». Así mismo, es lo más frecuente que la
    intensidad de la vergüenza experimentada sea muy superior
    a la que el grado de desnudez podría justificar. En los sueños
    de los militares queda muchas veces sustituida la desnudez
    por un traje antirreglamentario. Así, sueñan haber salido sin
    sable, o sin gola, hallándose de servicio, o llevar, con la
    guerrera, unos pantalones de paisano y encontrar en la calle
    a otros oficiales, etc.

    Las personas ante las que nos avergonzamos, suelen ser
    desconocidas, cuya fisonomía permanece indeterminada.
    Otro carácter del sueño típico de este género es que jamás
    nos hace nadie reproche alguno, ni siquiera repara en nos-
    otros, con motivo de aquello que tanto nos avergiienza. Por
    lo contrario, la expresión de las personas que en nuestro
    sueño encontramos es de una absoluta indiferencia o como
    me fué dado comprobar en un caso especialmente claro, es-
    tirado y solemne. Todo esto da que pensar.

    El avergonzado embarazo del sujeto y la indiferencia de
    los demás constituyen una de aquellas contradicciones tan

    — 265 —

  • S.

    266

    frecuentes en el fenómeno onírico. A la sensación del sujeto
    correspondería, lógicamente, que los demás personajes le
    contemplasen con asombro, se burlaran de él o se indignasen
    a su vista. Esta desagradable actitud de los espectadores, ha
    quedado, a mi juicio, suprimida por la realización de deseos,
    mientras que la no menos desagradable sensación de ver-
    güenza ha logrado perdurar, mantenida por un poder cual-
    quiera, resultando así la falta de armonía que observamos
    entre las dos partes de este sueño. La forma en que el mis-
    mo ha sido utilizado como base de una fábula, nos propor-
    ciona un interesante testimonio de que no se ha llegado a
    interpretar acertadamente su significado, a través de su ex-
    presión deformada en parte por la censura. La fábula a que
    me refiero, nos es a todos conocida por la versión de Ander-
    sen(1), y más recientemente, ha sido poetizada por L. Ful-
    da en su «Talismán». En el cuento de Andersen, se nos re-
    fiere que dos falsarios ofrecen al rey un traje cuya singula-
    rísima condición es la de ser visible únicamente para los
    hombres buenos y honrados. El rey sale a la calle vestido
    con este invisible traje–o sea desnudo–, pero no querien-
    do pasar nadie por hombre perverso y ruin, fingen todos no
    advertir su desnudez.

    Esta última es, punto por punto, la situación de nuestro
    sueño. No hace falta aventurarse mucho para suponer que
    del incomprensible contenido del sueño ha partido un impul-
    so a inventar un disfraz mediante el cual adquiera un sentido
    la situación expuesta ante la memoria, quedando entonces
    despojada esta situación de su significación primitiva y ha-
    ciéndose susceptible de ser utilizada para fines distintos. Ya
    veremos, más adelante, que esta equivocada interpretación
    del contenido onírico por la actividad intelectual consciente
    de un segundo sistema, es algo muy frecuente y debe ser
    considerado como un factor de la conformación definitiva de
    los sueños. Así mismo, habremos de ver que en la formación
    de representaciones obsesivas y de fobias, desempeñan un


    (1) «Los vestidos del rey».

  • S.

    267

    principal papel, análogas interpretaciones erróneas, dentro
    siempre de la misma personalidad psíquica. Con respecto a
    estos sueños de desnudez, podemos indicar también de dón-
    de es tomado el material necesario para dicha transformación
    de su significado. El falsario es el sueño, el rey, el sujeto
    mismo, y la tendencia moralizadora revela un oscuro conoci-
    miento de que en el contenido latente se trata de deseos ilí-
    citos, sacrificados a la represión. Los contextos en que tales
    sueños aparecen incluídos en mis análisis de sujetos neuróti-
    cos, demuestran, sin lugar a duda alguna, que se hallan ba-
    sados en un recuerdo de nuestra más temprana infancia. Sólo
    en esta edad hubo una época en la que fuimos vistos desnu-
    dos, tanto por nuestros familiares, como por personas extra-
    ñas–visitantes, criadas, etc.–sin que ello nos causara ver-
    güenza ninguna (1). Así mismo, puede observarse que la
    propia desnudez actúa sobre muchos niños, aun en períodos
    ya algo avanzados de la infancia, como un excitante. En
    lugar de avergonzarse, ríen a carcajadas, corren por la habi-
    tación y se dan palmadas sobre el cuerpo, hasta que su ma-
    dre o la persona a cuya guarda están encomendados, les afea
    su proceder, tachándolo de desvergonzado. Los niños mues-
    tran, con frecuencia, veleidad exhibicionista. Rara es la aldea
    en que el viajero no encuentra a algún niño de dos o tres
    años que levanta a su paso–y como en honor suyo–los fal-
    dones de su camisita. Uno de mis pacientes conservaba en su
    memoria consciente el recuerdo de una escena en que, te-
    niendo ocho años, había intentado entrar en camisa, a la hora
    de acostarse, en la alcoba de su hermanita, capricho que le
    fué negado por la criada que de él cuidaba: En la historia in-
    fantil de los neuróticos, desempeña la desnudez de niños de
    sexo opuesto al del sujeto, un importantísimo papel. La ma-
    nía de los paranoicos de creerse observados cuando se vis-
    ten o se desnudan, debe ser enlazada a estos sucesos infan-
    tiles. Entre los perversos, existe un grupo–el de los e x h i -


    (1) El niño toma también parte en la fábula, pues hay uno que al
    ver pasar al rey, exclama: ¡Pero si va en cueros!

  • S.

    268

    bicionistas–en el que el indicado impulso infantil ha
    pasado a la categoría de obsesión.

    Cuando, en la edad adulta, volvemos la vista atrás, se
    nos aparece esta época infantil en la que nada nos avergon-
    zaba, como un Paraíso, y en realidad, el Paraíso no es otra
    cosa que la fantasía colectiva de la niñez individual. Por esta
    razón se hace vivir en él, desnudos, a sus moradores, sin
    avergonzarse uno ante el otro, hasta que llega un momento
    en que despiertan la vergüenza y la angustia, sucede la ex-
    pulsión y comienzan la vida sexual y la labor de civilización.
    A este Paraíso puede el sueño retrotraernos todas las no-
    ches. Ya indicamos antes nuestra sospecha de que las impre-
    siones de la primera infancia (del período prehistórico, que
    alcanza hasta el final del cuarto año) demandan de por sí y
    quizá sin que en ello influya para nada su contenido, una re-
    producción, siendo, por lo tanto, su repetición, una realiza-
    ción de deseos. Así, pues, los sueños de desnudez son
    sueños exhibicionistas (1).

    El nódulo del sueño exhibicionista queda constituído por
    la propia figura del sujeto–no en su edad infantil, sino en la
    actual–y por el desorden o parvedad de su vestido, detalle
    este último que a causa de la superposición de recuerdos
    posteriores o de imposiciones de la censura, queda siempre
    indeterminada. A este nódulo se agregan las personas ante
    las cuales nos avergonzamos. No conozco caso ninguno de
    que entre estas personas retornen las que realmente presen-
    ciaron las pretéritas exhibiciones infantiles del sujeto. El
    sueño no es, en efecto, casi nunca, un simple recuerdo. En
    todas las reproducciones que el sueño, la histeria y la neuro-
    sis obsesiva nos presentan, quedan siempre omitidas aque-
    llas personas a las que hicimos objeto de nuestro interés
    sexual en nuestra infancia. Unicamente la paranoia hace re-
    tornar a los espectadores e impone al sujeto la más fanática

    (1) Ferenczi ha comunicado un cierto número de interesantes sue-
    ños femeninos de desnudez, que pueden ser referidos fácilmente al pla-
    cer exhibicionista infantil, pero que se aparta, en algunos rasgos, del
    «sueño típico de desnudez» al que ahora nos referimos.

  • S.

    269

    convicción de su presencia, aunque los deja permanecer in-
    visibles. Aquello con que el sueño los sustituye–«mucha
    gente desconocida», que no presta atención al espectáculo
    que se le ofrece–constituye la transformación, en
    su contrario, del deseo del sujeto, orientado
    hacia la persona, familiar y única, a la que siendo niño dedicó
    su desnudez, en sus exhibiciones infantiles. Esta «gente des-
    conocida» aparece también en muchos otros sueños e inter-
    calada en los más diversos contextos, significando entonces,
    «secreto», siempre como transformación, en su contrario, de
    un deseo (1). El retorno de la situación primitiva, que, como
    antes indicamos, se verifica en la paranoia, queda adaptado
    así mismo a esta contradicción. El sujeto tiene, en ella, la
    convicción de ser observado, pero los que así le observan,
    son «gente desconocida, singularmente indeterminada».

    La represión actúa también en estos sueños exhibicionis-
    tas. La penosa sensación que durante ellos experimentamos
    no es sino la reacción del segundo sistema contra el hecho
    de haber logrado, a pesar de todo, una representación, el
    contenido, por él rechazado, de la escena exhibicionista. Esta
    no debía haber sido reproducida, para evitar la sensación
    desagradable.

    Más adelante volveremos a ocuparnos de la sensación de
    hallarnos paralizados, la cual sirve admirablemente, en el
    sueño, para expresar el conflicto de la voluntad,
    el no. La intención inconsciente, demanda que la exhibición
    prosiga y la censura exige que se interrumpa.

    Las relaciones de nuestros sueños típicos con las fábulas
    y otros temas de creación poética, no son ciertamente esca-
    sas ni casuales. La penetrante mirada de un escritor ha ob-
    servado en una ocasión analíticamente, el proceso de trans-
    formación de que el poeta es, en general, instrumento, y ha
    sabido perseguir el desarrollo de dicho proceso, remontando
    su curso, o sea referir a un sueño la obra poética. Aludo con


    (1) Esta misma significación tiene, en los sueños y por razones fá-
    cilmente comprensibles; la presencia de «toda la familia».

  • S.

    270

    esto a Gottfried Keller, en cuya obra «Enrique el Verde» me
    ha señalado un amigo mío el siguiente pasaje: «No le deseo
    a usted, mi querido Lee, que compruebe por propia expe-
    riencia, cuál fué la sensación de Ulises al surgir, desnudo y
    cubierto de barro, ante Nausicáa y sus compañeras. ¿Qué
    cómo es posible tal comprobación? Hélo aquí. Cuando lejos
    de nuestra patria y de todo lo que nos es querido, vagamos
    por tierras extrañas, vemos y vivimos todo género de cosas,
    sufrimos y meditamos o nos hallamos quizá miserables y
    abandonados, soñamos, indefectiblemente, alguna noche, que
    nos acercamos a nuestros lejanos lares. Los anhelados paisa-
    jes patrios aparecen ante nosotros con esplendorosos colo-
    res y suaves figuras amadas salen a nuestro encuentro. Pero
    entonces nos damos cuenta de que llegamos destrozados,
    desnudos y cubiertos de polvo. Vergüenza y angustia infini-
    tas se apoderan de nosotros. Intentamos cubrir nuestras des-
    nudeces u ocultarnos y acabamos por despertar bañados en
    sudor. Mientras existan seres humanos, será éste el sueño
    del desgraciado al que el destino hace vagar lejos de su pa-
    tria. Vemos, pues, que la situación de Ulises ante Nausicáa
    ha sido tomada por Homero de la más profunda y eterna
    esencia de la Humanidad».

    Ahora bien; esta eterna y más profunda esencia del hom-
    bre, que todo poeta tiende siempre a despertar en sus oyen-
    tes, se halla constituída por aquellos impulsos y sentimientos
    de la vida anímica, cuyas raíces penetran en el temprano pe-
    ríodo infantil considerado luego como prehistórico. Detrás de
    los deseos del expatriado, capaces de conciencia y libres de
    toda objeción, se abren paso, en el sueño, los deseos infan-
    tiles, reprimidos y devenidos ilícitos, razón por la cual ter-
    mina siempre en sueño de angustia este sueño que la leyen-
    da de Nausicáa objetiviza.

    El sueño antes expuesto, en el que la agilidad de que doy
    pruebas al subir la escalera, se transforma, a poco, en la im-
    posibilidad de hacer movimiento alguno, es, igualmente, un
    sueño exhibicionista, pues presenta los componentes esen-
    ciales de los de este género. Por lo tanto, habremos de poder

  • S.

    271

    referirlo a sucesos infantiles y el conocimiento de estos su-
    cesos habrá de permitirnos deducir hasta qué punto la con-
    ducta de la criada con respecto a mí y el reproche que me
    dirige de haber ensuciado la alfombra, contribuyen a hacerla
    ocupar un lugar en mi sueño. No resulta, en efecto, nada di-
    fícil, llegar, por este camino, a un total esclarecimiento. La
    labor psicoanalítica nos enseña a interpretar la contigüidad
    temporal como relación objetiva. Dos ideas, faltas en apa-
    riencia, de todo nexo, pero que se suceden inmediatamente,
    pertenecen a una unidad que habremos de adivinar, del mis-
    mo modo que una a y una b, escritas una a continuación de
    otra, en el orden marcado, forman la sílaba ab y han de ser
    pronunciadas conjuntamente. Esto mismo sucede con res-
    pecto a la relación de varios sueños entre sí. El citado sueño
    de la escalera forma parte de una serie cuyos restantes ele-
    mentos me han revelado ya su sentido. Debe, pues, de refe-
    rirse al mismo tema. Ahora bien; dichos otros sueños tienen
    todos, como base común, mi recuerdo de una niñera a la que
    estuve confiado desde el destete hasta los dos años, persona
    de la que también mi memoria consciente conserva una oscu-
    ra huella. Por lo que mi madre me ha referido hace poco
    sobre ella, sé que era vieja y fea, pero muy trabajadora y
    lista, y por las conclusiones que de mis sueños puedo dedu-
    cir, he de admitir que no siempre se mostraba muy cariñosa
    conmigo, llegando a tratarme con rudeza cuando infringía
    las reglas de limpieza a las que quería acostumbrarme. La
    criada de mi anciana paciente, al tomar a su cargo, en la es-
    cena real antes detallada, la continuación de dicha labor edu-
    cativa, me da derecho a tratarla, en mi sueño, como encar-
    nación de aquella vieja niñera de mi época prehistórica. Ha-
    bremos de admitir además, que el niño, no obstante los
    malos tratos de que le hacía objeto, la distinguía con su amor.

    β) Sueño de la muerte de personas que-
    ridas.

    Otros sueños que también hemos de considerar como
    típicos son aquellos cuyo contenido entraña la muerte de pa-
    rientes queridos: padres, hermanos, hijos, etc. Ante todo,

  • S.

    272

    observamos que estos sueños se dividen en dos clases: aque-
    llos durante los que no experimentamos dolor alguno, admi-
    rándonos, al despertar, nuestra insensibilidad, y aquellos otros
    en los que nos sentimos poseídos por una profunda aflicción,
    hasta el punto de derramar, durmiendo, amargas lágrimas.

    Los primeros no pueden ser considerados como típicos, y
    por lo tanto, no nos interesan de momento. Al analizarlos,
    hallamos que significan algo muy distinto de lo que consti-
    tuye su contenido, y que su función es la de encubrir un cual-
    quier deseo diferente. Recordemos el de aquella joven que
    vió ante sí, muerto y colocado en el ataúd, a su sobrino, el
    único hijo que quedaba a su hermana, de dos que había te-
    nido. El análisis nos demostró que este sueño no significaba
    el deseo de la muerte del niño, sino que encubría el de volver
    a ver, después de una larga ausencia, a una persona amada,
    a la que en análoga situación, esto es, cuando la muerte de
    su otro sobrino, había podido contemplar de cerca la sujeto,
    también después de una prolongada separación. Este deseo,
    que constituye el verdadero contenido del sueño, no trae con-
    sigo motivo ninguno de duelo, razón por la cual no experi-
    menta la sujeto, durante él, sentimiento alguno doloroso.
    Observamos aquí que la sensación concomitante al sueño no
    corresponde al contenido manifiesto, sino al latente, y que
    el contenido afectivo ha permanecido libre de la deformación
    de que ha sido objeto el contenido de representaciones.

    Muy distintos de éstos son los sueños en que aparece re-
    presentada la muerte de un pariente querido, y sentimos do-
    lorosos afectos. Su sentido es, en efecto, el que aparece
    manifiesto en su contenido, o sea el deseo de que muera la
    persona a que se refieren. Dado que los sentimientos de
    todos aquellos de mis lectores que hayan tenido alguno de
    estos sueños, habrán de rebelarse contra esta afirmación mía,
    procuraré desarrollar su demostración con toda amplitud.

    Uno de los análisis expuestos en páginas anteriores nos
    reveló que los deseos que el sueño nos muestra realizados,
    no son siempre deseos actuales. Pueden ser también deseos
    pasados, agotados, olvidados y reprimidos a los que sólo por

  • S.

    273

    su resurgimiento en el sueño hemos de atribuir una especie
    de supervivencia. Tales deseos no han muerto según nues-
    tro concepto de la muerte, sino que son semejantes a aque-
    llas sombras de la Odisea que en cuanto bebían sangre des-
    pertaban a una cierta vida. En el sueño de la niña muerta y
    metida en una caja (cap. IV) se trataba de un deseo que
    había sido actual quince años antes y que la sujeto confe-
    saba ya, francamente, haber abrigado por entonces. No será
    quizá supérfluo para la mejor inteligencia de nuestra teoría
    de los sueños el hacer constar aquí, incidentalmente, que in-
    cluso este mismo deseo se basa en un recuerdo de la más
    temprana infancia. La sujeto oyó, siendo niña, aunque no le
    es posible precisar el año, que hallándose su madre embara-
    zada de ella, deseó, a causa de serios disgustos, que el ser
    que llevaba en su seno, muriera antes de nacer. Llegada a
    la edad adulta, y embarazada a su vez, siguió la sujeto el
    ejemplo de su madre.

    Cuando alguien sueña, sintiendo profundo dolor, con la
    muerte de su padre, su madre o de alguno de sus hermanos,
    no habremos de utilizar, ciertamente, este sueño como de-
    mostración de que el sujeto desea, en la actualidad,
    que dicha persona muera. La teoría del sueño no exige tanto.
    Se contenta con deducir que lo ha deseado alguna vez en su
    infancia. Temo, sin embargo, que esta limitación no logre
    devolver la tranquilidad a aquellos que han tenido sueños de
    este género y que negarán la posibilidad de haber abrigado
    alguna vez tales deseos, con la misma energía que ponen en
    afirmar su seguridad de no abrigarlos tampoco actualmente.
    En consecuencia, habré de reconstituir aquí, conforme a los
    testimonios que el presente ofrece a nuestra observación, una
    parte de la perdida vida anímica infantil (1).

    (1) Cf. el «Análisis de la fobia de un niño de cinco años»–Jahr-
    buch fuer psychoanalytische und psychopathologische Forschungen,
    T. I, 1909–y mi estudio «Sobre las teorías sexuales infantiles», incluí-
    do en la «segunda serie de la «Colección de ensayos para una teoría de
    las neurosis».–(N. DEL T.)–Ambos estudios se publicarán en estas
    «Obras completas».

  • S.

    274

    Observemos, en primer lugar, la relación de los niños
    con sus hermanos. No sé por qué, suponemos, a priori, que
    ha de ser cariñosísima, no obstante los muchos ejemplos con
    que constantemente tropezamos de enemistad entre herma-
    nos adultos, enemistad de la que por lo general, averigua-
    mos que comenzó en épocas infantiles. Pero también mu-
    chos adultos que en la actualidad muestran gran cariño hacia
    sus hermanos y les auxilian y protegen con todo desinterés,
    vivieron con ellos, durante su infancia, en interrumpida hos-
    tilidad. El hermano mayor maltrataba al menor, le acusaba
    ante sus padres y le quitaba sus juguetes; el menor, por su
    parte, se consumía de impotente furor contra el mayor, le
    envidiaba o temía y sus primeros sentimientos de libertad y
    de conciencia de sus derechos fueron para rebelarse contra
    el opresor. Los padres dicen que los niños no congenian,
    pero no saben hallar razón alguna que lo justifique. No es
    difícil comprobar que el carácter del niño–aun del más
    bueno–es muy distinto del que nos parece deseable en el
    adulto. El niño es absolutamente egoísta, siente con máxima
    intensidad sus necesidades y tiende a satisfacerlas sin consi-
    deración a nadie y menos aún a los demás niños, sus compe-
    tidores, entre los cuales se hallan en primera línea sus her-
    manos. Mas no por ello calificamos al niño de «criminal»,
    sino simplemente de «malo», pues nos damos cuenta de que
    es tan irresponsable ante nuestro propio juicio como lo sería
    ante los tribunales de justicia. Al pensar así, nos atenemos a
    un principio de completa equidad, pues debemos esperar que
    en épocas que incluímos aún en la infancia, despertaran en
    el pequeño egoísta la moral y los sentimientos de altruísmo,
    o sea, para decirlo con las palabras de Meynert, que un Yo
    secundario vendrá a superponerse al primario, coartándolo.
    Claro es que la moralidad no surge simultáneamente en toda
    la línea y que la duración del período amoral infantil es indi-
    vidualmente distinta. Las investigaciones psicoanalíticas me
    han demostrado que una aparición demasiado temprana (antes
    del tercer año) de la formación de reacciones morales, debe
    ser contada entre los factores constitutivos de la predisposi-
     

  • S.

    275

    ción a una ulterior neurosis. Allí donde tropezamos con una
    ausencia de dicho desarrollo moral, solemos hablar de «de-
    generación» y nos hallamos, indudablemente, ante una deten-
    ción o retraso del proceso evolutivo. Pero también en aque-
    llos casos en los que el carácter primario queda dominado
    por la evolución posterior, puede dicho carácter recobrar su
    libertad, al menos parcialmente, por medio de la histeria. La
    coincidencia del llamado «carácter histérico» con el de un
    niño «malo» es harto singular. En cambio, la neurosis obse-
    siva corresponde a la emergencia de una supermoralidad,
    que a título de refuerzo y sobrecarga, gravitaba sobre el ca-
    rácter primario, el cual no renuncia jamás a imponerse.

    Así, pues, muchas personas que en la actualidad aman a
    sus hermanos y experimentarían un profundo dolor ante su
    muerte, llevan en su inconsciente, deseos hostiles a ellos,
    procedentes de épocas anteriores, y estos deseos pueden
    hallar, en sueños, su realización. Resulta especialmente in-
    teresante observar la conducta de los niños pequeños–de
    tres años o aun menores–con ocasión del nacimiento de un
    hermanito. El primogénito, que ha monopolizado hasta este
    momento todo el cariño y los cuidados de sus familiares,
    pone mala cara al oir que la cigüeña ha traído otro niño, y
    luego, al serle mostrado el intruso, lo examina con aire dis-
    gustado y exclama decididamente: «¡Yo quiero que la cigüe-
    ña vuelva a llevárselo!» (1).

    A mi juicio, se da el niño perfecta cuenta de todos los in-
    convenientes que la presencia del hermanito le ha de traer
    consigo. De una señora a la que me unen lazos de parentes-


    (1) Un niño de tres años y medio, cuya fobia hicimos objeto de un
    detenido análisis que constituye el tema del estudio antes citado en una
    nota, gritaba durante una fiebre que padeció a raíz del nacimiento de
    una hermana: «¡Pero si yo no quiero tener hermanita ninguna!» En la
    neurosis que contrajo año y medio después, confesó abiertamente el
    deseo de que la madre dejase caer en el baño a la pequeña, causándole
    así la muerte. A pesar de todo esto, se trata de un niño bueno y afec-
    tuoso que tomó en seguida cariño a su hermanita y gustaba de prote-
    gerla.

  • S.

    276

    co y que en la actualidad se lleva a maravilla con su herma-
    na, cuatro años más joven que ella, sé que al recibir la noti-
    cia de la llegada de otra niña, exclamó, previniéndose: «¿Pero
    no la tendré que dar mi gorrita encarnada?». Si, por azar, se
    cumple cualquiera de estas prevenciones que en el ánimo de
    los niños, despierta el nacimiento de un hermanito, ello cons-
    tituirá el punto de partida de una duradera hostilidad. Conoz-
    co el caso de una niña de menos de tres años, que intentó
    ahogar en su cuna, a un hermanito recién nacido, de cuya
    existencia no esperaba, por lo visto, nada bueno. Queda así
    demostrado, por esta y otras muchas observaciones coinci-
    dentes, que los niños de esta edad pueden experimentar ya,
    y muy intensamente, la pasión de los celos. Y cuando el her-
    manito muere y recae de nuevo sobre el primogénito toda la
    ternura de sus familiares, ¿no es lógico que si la cigüeña
    vuelve a traer otro competidor, surja en el niño el deseo de
    que sufra igual destino, para recobrar él la tranquila felicidad
    de que gozó antes del nacimiento y después de la muerte del
    primero? (1). Naturalmente, esta conducta del niño con res-
    pecto a sus hermanos menores, no es, en circunstancias nor-
    males sino una simple función de la diferencia de edad. Al
    cabo de un cierto lapso de tiempo, despiertan ya en la niña
    los instintos maternales con respecto al inocente recién na-
    cido.

    De todos modos, los sentimientos de hostilidad contra los
    hermanos tienen que ser, durante la infancia, mucho más fre-
    cuentes de lo que la poco penetrante observación de los adul-
    tos llega a comprobar (2).


    (1) Aunque estas muertes, acaecidas durante la infancia del sujeto,
    sean pronto olvidadas en la familia, la investigación psicoanalítica nos
    muestra que han poseído una gran importancia para la neurosis pos-
    terior.

    (2) Desde la fecha en que escribimos estas líneas se han realizado,
    y publicado en la literatura psicoanalítica, numerosísimas observacio-
    nes sobre esta primitiva actitud hostil de los niños con respecto a sus
    hermanos. El poeta A. Spitteler ha descrito con sincera ingenuidad esta
    típica conducta infantil, refiriéndose a su más temprana niñez: «Además
    había ya otro Adolfo. Un pequeño ser del que se aseguraba que era mi

  • S.

    277

    En mis propios hijos, que se sucedieron rápidamente, he
    desperdiciado la ocasión de tales observaciones, falta que
    ahora intento reparar atendiendo con todo interés a la tierna
    vida de un sobrinito mío, cuya dichosa soledad se vió per-
    turbada, al cabo de quince meses, por la aparición de una
    competidora. Sus familiares me dicen que el pequeño se por-
    ta muy caballerosamente con su hermanita, besándole la
    mano y acariciándola, pero he podido comprobar que antes
    de cumplir los dos años ha comenzado a utilizar su naciente
    facultad de expresión verbal para criticar a aquel nuevo ser
    que le parece absolutamente superfluo. Siempre que se ha-
    bla de la hermanita ante él, interviene en la conversación,
    exclamando malhumorado: «¡Es muy pequeña!». Luego,
    cuando el espléndido desarrollo de la chiquilla, desmiente ya
    tal crítica, ha sabido hallar el primogénito otro fundamento
    en qué basar su juicio de que la hermanita no merece tanta
    atención como se la dedica, y aprovecha toda ocasión para
    hacer notar que «no tiene dientes» (1). De otra sobrina mía,
    recordamos todos, que teniendo seis años, abrumó durante
    media hora a sus tías, con la pregunta: «¿Verdad que Lucía
    no puede entender aún estas cosas?» Lucía era una herma-
    nita suya, dos años y medio menor que ella.

    En ninguna de mis enfermas he dejado de hallar sueños
    de este género, correspondientes a una intensa hostilidad
    contra sus hermanos. Un único caso que pareció presentarse
    al principio como excepción, demostró a poco, no ser sino
    confirmación de la regla. Habiendo interrogado a una pacien-
    te sobre estos extremos, recibí, para mi asombro, la respues-
    ta de que jamás había tenido un tal sueño. Pero momentos

    hermano, pero que yo no podía comprender para qué servía, y mucho
    menos por qué se le consideraba igual a mí. ¿Para qué necesitaba yo
    un hermano? Y no sólo era inútil, sino perjudicial. Cuando yo molestaba
    a mi abuela, quería él también molestarla, y cuando me sentaban en el
    cochecito, le colocaban frente a mí, quitándome sitio y no pudiendo yo
    estirar las piernas sin que mis pies tropezasen con los suyos».

    (1) Con estas mismas palabras expresa el niño de tres años y me-
    dio cuya fobia analizamos, la crítica de su hermana, suponiendo, ade-
    más, que la falta de dientes es lo que la impide hablar.

  • S.

    278

    después recordó uno que aparentemente carecía de relación
    con los que nos ocupan y que había soñado por primera vez
    a los cuatro años, siendo la menor de las hermanas, y luego
    repetidas veces. «Una multitud de niños, entre los que se ha-
    llan todos sus hermanos, hermanas, primos y primas, jue-
    gan en una pradera. De repente les nacen alas, echan a vo-
    lar y desaparecen». La paciente no tenía la menor sospecha
    de la significación de este sueño, mas para nosotros no re-
    sulta nada difícil reconocer en él un sueño de muerte de to-
    dos los hermanos, en la forma original, escasamente influída
    por la censura. Así, creo poder construir el análisis siguien-
    te: La sujeto vivía con sus hermanos y sus primos, y con
    ocasión de la muerte de uno de ellos, acaecida cuando aún
    no había cumplido ella cuatro años, debió de preguntar, a al-
    guno de sus familiares, qué era de los niños cuando morían.
    La respuesta debió de ser que les nacían alas y se convertían
    en ángeles, aclaración que el sueño aprovecha, transforman-
    do en ángeles a todos los hermanos, y lo que es más impor-
    tante, haciéndolos desaparecer. Imaginemos lo que para la
    pequeña significaría ser la única superviviente de toda la fa-
    miliar caterva infantil. La imagen de los niños jugando en una
    pradera antes de desaparecer volando, se refiere sin duda al
    revolotear de las mariposas, como si la niña hubiese seguido
    la misma concatenación de ideas que llevó a los antiguos a
    atribuir a Psiquis alas de mariposa.

    Quizá oponga aquí algunos de mis lectores la objeción de
    que aun aceptando los impulsos hostiles de los niños contra
    sus hermanos, no es posible que el espíritu infantil alcance
    el grado de maldad que supone desear la muerte a sus com-
    petidores, como si no hubiera más que esta máxima pena
    para todo delito. Pero los que así piensan, no reflexionan
    que el concepto de «estar muerto» no tiene para el niño igual
    significación que para nosotros. El niño ignora por completo
    el horror de la putrefacción, el frío del sepulcro y el terror de
    la nada eterna, representaciones todas que resultan intolera-
    bles para el adulto, como nos lo demuestran todos los mitos
    «del más allá». Desconoce el miedo a la muerte y, de este

  • S.

    279

    modo, juega con la terrible palabra, amenazando a sus com-
    pañeros: «Si haces eso otra vez, te morirás, como se murió
    Paquito», amenaza que la madre escucha con horror sabiendo
    que más de la mitad de los nacidos no pasan de los años in-
    fantiles. De un niño de ocho años, sabemos que al volver de
    una visita al museo de Historia Natural, dijo a su madre:
    «Te quiero tanto, que cuando mueras, mandaré que te dise-
    quen y te tendré en mi cuarto para poder verte siempre.»
    ¡Tan distinta es, de la nuestra, la infantil representación de
    la muerte! (1).

    «Haber muerto», significa para el niño, al que se evita el
    espectáculo de los sufrimientos de la agonía, tanto como
    «haberse ido» y no estorbar ya a los supervivientes, sin que
    establezca diferencia alguna entre las causas–viaje o muer-
    te–a que la ausencia pueda obedecer (2). Cuando en los
    años prehistóricos de un niño, es despedida su niñera y
    muere, a poco, su madre, quedan ambos sucesos superpues-
    tos para su recuerdo, dentro de una misma serie, circunstan-
    cia que el análisis nos descubre en un gran número de casos.
    La poca intensidad con que los niños echan de menos a los
    ausentes ha sido comprobada, a sus expensas, por muchas
    madres, que al regresar de un viaje de algunas semanas,

    (1) A un niño de diez años, muy inteligente, le oí con asombro, a
    raíz de la muerte repentina de su padre, las palabras que siguen: «Com-
    prendo que papá haya muerto, pero lo que no puedo explicarme es que
    no venga a cenar a casa».–En la revista «Imago», tomos I-V, 1912-1918,
    puede hallarse una serie de estudios sobre este tema, publicados por
    la doctora v. Hug-Hellmuth bajo el título de «El alma infantil».

    (2) La observación de un padre, conocedor de las teorías psicoana-
    líticas, ha logrado sorprender el momento en que una hija suya, de cua-
    tro años e inteligencia muy desarrollada, reconoce la diferencia entre
    «haberse ido» y «haber muerto». Un día que la niña se resistía a comer,
    expresó, viéndose observada por la criada, el deseo de que la misma
    muriese.–¿Por qué quieres precisamente que se muera?–preguntó el
    padre.–¿No basta con que se vaya? –No –respondió la niña–; por-
    que entonces vuelve.–Para el ilimitado amor del niño a su propia per-
    sona (narcisismo) es toda perturbación un crimen de lesa majestad, y
    como la legislación draconiana, no aplica el juicio del niño, a tales de-
    litos, pena inferior a la de muerte.

  • S.

    280

    oyen que sus hijos no han preguntado ni una sola vez por
    ellas. Y cuando el viaje es a «aquella tierra ignota, de la que
    jamás retorna ningún viajero», los niños parecen, al princi-
    pio, haber olvidado a su madre, y sólo posteriormente co-
    mienzan a recordarla.

    Así, pues, cuando el niño tiene motivos para desear la
    ausencia de otro, carece de toda retención que pudiese apar-
    tarle de dar a dicho deseo la forma de la muerte de su com-
    petidor, y la reacción psíquica al sueño de deseo de muerte,
    prueba que no obstante las diferencias de su contenido, en
    el niño, es tal deseo idéntico al que en igual sentido puede
    abrigar el adulto.

    Pero si este infantil deseo de la muerte de los hermanos
    queda explicado por el egoísmo del niño, que no ve en ellos
    sino competidores, ¿cómo explicar igual optación con res-
    pecto a los padres, que significan para él una inagotable
    fuente de amor y cuya conservación debiera desear, aun por
    motivos egoístas, siendo, como son los que cuidan de satis-
    facer sus necesidades?

    La solución de esta dificultad nos es proporcionada por la
    experiencia de que los sueños de este género se refieren
    casi siempre, en el hombre, al padre, y en la mujer, a la
    madre; esto es, al inmediato ascendiente de sexo igual al
    del sujeto. No constituye esto una regla absoluta, pero sí
    predomina suficientemente para impulsarnos a buscar su ex-
    plicación en un factor de alcance universal. En términos ge-
    nerales diríamos, pues, que sucede como si desde edad muy
    temprana surgiese una preferencia sexual, esto es, como
    si el niño viese en el padre y la niña en la madre, rivales
    de su amor, cuya desaparición no pudiese serles sino ven-
    tajosa.

    Antes de rechazar esta idea, tachándola de monstruosa,
    deberán examinarse atentamente las relaciones efectivas
    entre padres e hijos, comprobando la indudable diferencia
    existente entre lo que la evolución civilizadora exige que
    sean tales relaciones y lo que la observación cotidiana nos
    demuestra que en realidad son. Aparte de entrañar más de

  • S.

    281

    un motivo de hostilidad, constituyen terreno abonado para la
    formación de deseos rechazables por la censura. Examine-
    mos, en primer lugar, las relaciones entre padre e hijo. A mi
    juicio, el carácter sagrado que hemos reconocido a los pre-
    ceptos del Decálogo, vela nuestra facultad de percepción de
    la realidad, y de este modo, no nos atrevemos casi a darnos
    cuenta de que la mayor parte de la humanidad infringe el
    cuarto mandamiento. Tanto en las capas más altas de la so-
    ciedad humana, como en las más bajas, suele posponerse el
    amor filial a otros intereses. Los oscuros datos que en la
    mitología y la leyenda, podemos hallar sobre la época primi-
    tiva de la sociedad humana, nos dan una idea poco agrada-
    ble de la plenitud de poder del padre y de la tiranía con que
    el mismo hacía uso de ella. Cronos devora a sus hijos y Jú-
    piter castra a su padre (1) y le arrebata el trono. Cuanto
    más ilimitado era el poder del padre, en la antigua familia,
    tanto más había de considerar a su hijo y sucesor como un
    enemigo, y mayor había de ser la impaciencia del hijo por
    alcanzar el poder a la muerte de su progenitor. Todavía en
    nuestra familia burguesa suele el padre contribuir al desarro-
    llo de los gérmenes de hostilidad que las relaciones paterno-
    filiales entrañan, negando al hijo el derecho de escoger su
    camino en la vida o los medios necesarios para emprenderlo.
    El médico tiene frecuentísimas ocasiones de comprobar cómo
    el dolor causado por la muerte del padre no basta para re-
    primir la satisfacción de la libertad por fin alcanzada. Sin em-
    bargo, los restos de la potestas patris familias,
    muy anticuada ya en nuestra sociedad, son celosamente
    guardados todavía por todos los padres, y el poeta que coloca
    en primer término de su fábula la antiquísima lucha entre
    padre e hijo, puede estar seguro de su efecto sobre el pú-

    (1) Por lo menos en algunas versiones mitológicas. En otras, es
    únicamente Cronos quien comete este atentado en la persona de su
    padre Urano.

    Sobre la significación mitológica de este tema, véanse los trabajos
    de Otto Rank, titulados: «El mito del nacimiento del héroe» y «El tema
    del incesto en la poesía y la leyenda».

  • S.

    282

    blico. Las ocasiones de conflicto entre madre e hija surgen
    cuando esta última, hecha ya mujer, encuentra en aquélla un
    obstáculo a su deseada libertad sexual y le recuerda, a su
    vez, que para ella ha llegado ya el tiempo de renunciar a
    toda satisfacción de dicho género.

    Todas estas circunstancias se presentan a nuestros ojos
    con perfecta evidencia. Pero como no bastan para explicar-
    nos el hecho de que estos sueños sean también soñados por
    personas sobre cuyo amor filial, en la actualidad, no cabe
    discusión, habremos de suponer que el deseo de la muerte
    de los padres se deriva también de la más temprana infancia.

    Esta hipótesis queda confirmada por el análisis y sin lugar
    a duda alguna, con respecto a los psiconeuróticos. Al some-
    ter a estos enfermos a la labor analítica, descubrimos que los
    deseos sexuales infantiles–hasta el punto que hallándose en
    estado de germen, merecen este nombre–despiertan muy
    tempranamente y que la primera inclinación de la niña tiene
    como objeto al padre, y la del niño, a la madre. De este
    modo, el inmediato ascendiente de sexo igual al del hijo, se
    convierte, para éste, en importuno rival, y ya hemos visto,
    al examinar las relaciones paternas, cuán poco se necesita
    para que este sentimiento conduzca al deseo de muerte. La
    atracción sexual actúa también, generalmente, sobre los mis-
    mos padres, haciendo que por un rasgo natural, prefiera y
    proteja la madre a los varones, mientras que el padre dedica
    mayor ternura a las hijas, conduciéndose en cambio ambos
    con igual severidad en la educación de sus descendientes,
    cuando el mágico poder del sexo no perturba su juicio. Los
    niños se dan perfecta cuenta de tales preferencias y se rebe-
    lan contra aquél de sus inmediatos ascendientes que les trata
    con mayor rigor. Para ellos, el amor de los adultos no es
    sólo la satisfacción de una especial necesidad, sino también
    una garantía de que su voluntad será respetada en otros ór-
    denes diferentes. De este modo, siguen su propio instinto
    sexual y renuevan al mismo tiempo, con ello, el estímulo
    que parte de los padres, cuando su elección coincide con la
    de ellos.

  • S.

    283

    LA INTERPRETACION DE LOS SUEÑOS

    La mayor parte de los signos en que se exteriorizan estas
    inclinaciones infantiles suele pasar inadvertida. Algunos de
    tales indicios pueden observarse aún, en los niños, después
    de los primeros años de su vida. Una niña de ocho años, hija
    de un amigo mío, aprovechó una ocasión en que su madre
    se ausentó de la mesa, para proclamarse su sucesora, dicien
    do a su padre: «Ahora soy yo la mamá. ¿No quieres más
    verdura, Carlos? Anda, toma un poco más». Con especial
    claridad se nos muestra este fragmento de la psicología in
    fantil en las siguientes manifestaciones de una niña de me
    nos de cuatro años, muy viva e inteligente: «Mamá, puede
    irse ya. Papá se casará conmigo. Yo quiero ser su mujer».
    En la vida infantil no excluye este deseo un tierno y verda
    dero cariño de la niña por su madre. Cuando el niño es aco
    gido durante la ausencia del padre en el lecho matrimonial y
    duerme al lado de su madre hasta que al regreso de su pro
    genitor, vuelve a su alcoba, al lado de otra persona que le
    gusta menos, surge en él, fácilmente el deseo de que el pa
    dre se halle siempre ausente para poder conservar sin inte
    rrupción su puesto junto a su querida mamá bonita, y el me
    dio de conseguir tal deseo es, naturalmente, que el padre
    muera, pues sabe por experiencia que los «muertos», esto
    es, personas, como por ejemplo el abuelo, se hallan siempre
    ausentes y no vuelven jamás.

    Si tales observaciones de la vida infantil se adaptan sin
    esfuerzo a la interpretación propuesta, no nos proporcionan,
    sin embargo, la total convicción que las psicoanálisis de adul
    tos neuróticos imponen al médico. La comunicación de los
    sueños de este género es acompañada, por ellos, de tales
    preliminares y comentarios, que su interpretación como sue
    ños optativos se hace ineludible. Una señora llega a mi con
    sulta toda conturbada y llorosa. «No quiero ver más a mi fa
    milia–me dice–. Tengo que causarles horror.» A seguidas
    y casi sin transición, me relata un sueño, cuyo significado
    desconoce. Lo soñó teniendo cuatro años, y su contenido es
    el siguiente: «Ve andar a un lince o una zorra por encima de
    un tejado. Después cae algo o se cae ella del tejado abajo.

  • S.

    284

    Luego sacan de casa a su madre muerta y rompe ella a llorar
    amargamente». Apenas expliqué a la sujeto que su sueño te-
    nía que significar el deseo infantil de ver morir a su madre y
    que el recuerdo del mismo es lo que la inspira ahora la idea
    de que tiene que causar horror a su familia, me suministró
    espontáneamente material bastante para un total esclareci-
    miento. Siendo niña, un golfillo que había encontrado en la
    calle, se había burlado de ella aplicándola algunas califica-
    ciones zoológicas, entre las que se hallaba la de «lince» y,
    posteriormente, teniendo ya tres años, había sido herida su
    madre por una teja que le cayó sobre la cabeza, originándola
    intensa hemorragia.

    Durante algún tiempo, he tenido ocasión de estudiar, con
    todo detalle, a una niña que pasó por diversos estados psí-
    quicos. En la demencia frenética con que comenzó su enfer-
    medad, mostró una especial repulsión hacia su madre, insul-
    tándola y golpeándola en cuanto intentaba acercarse a su le-
    cho. En cambio, se mostraba muy cariñosa y dócil para con
    su hermana, bastante mayor que ella. A este período de ex-
    citación, siguió otro más despejado, aunque algo apático y
    con grandes perturbaciones del reposo, fase en la que co-
    mencé a someterla a tratamiento y a analizar sus sueños.
    Gran cantidad de los mismos trataba, más o menos, encu-
    biertamente, de la muerte de la madre. Así, asistía la sujeto
    al entierro de una anciana o se reía sentada a la mesa con su
    hermana, ambas vestidas de luto. El sentido de estos sueños
    no ofrecía la menor duda. Conseguida luego una más firme
    mejoría, aparecieron diversas fobias, entre las cuales, la que
    más le atormentaba, era la de que a su madre le había suce-
    dido algo, viéndose incoerciblemente impulsada a retornar a
    su casa, cualquiera que fuese el lugar en que estuviese, para
    convencerse de que aún se hallaba en vida. Este caso, con-
    frontado con mi experiencia anterior en la materia, me fué
    altamente instructivo, mostrándome, como una traducción de
    un tema a varios idiomas, diversas reacciones del aparato
    psíquico a la misma representación estimuladora. En la de-
    mencia inicial, dependiente, a mi juicio, del vencimien-
     

  • S.

    285

    to de la segunda instancia psíquica, por la primera, hasta
    entonces reprimida, adquirió poder motor la hostilidad incons-
    ciente contra la madre. Luego, al comienzo de la fase pacífi-
    ca, reprimida la rebelión y restablecida la censura, no quedó
    accesible a dicha hostilidad, para la realización del deseo de
    muerte en que se concretaba, dominio distinto del de los sue-
    ños, y por último, robustecida la normalidad, creó, como re-
    acción contraria histérica y fenómeno de defensa, la excesiva
    preocupación con respecto a la madre. Relacionándolo con
    este proceso, no nos resulta ya inexplicable el hecho de que
    las muchachas histéricas manifiesten con tanta frecuencia un
    tan exagerado cariño a sus madres.

    En otra ocasión, me fué dado penetrar profundamente en
    la vida anímica inconsciente de un joven al que la neurosis
    obsesiva hacía casi imposible la vida, pues la preocupación
    de que mataba a todos los que con él se cruzaban, le impe-
    día salir a la calle. Encerrado, así, en su casa, pasaba el día
    ordenando los medios con que le sería posible probar la coar-
    tada en caso de ser acusado de algún asesinato cometido en
    la ciudad. Excuso decir que se trataba de un hombre de ele-
    vado sentido moral y gran cultura. El análisis–mediante el
    cual conseguí una completa curación–reveló, como funda-
    mento de esta penosa representación obsesiva, el impulso de
    matar a su padre–persona de extremada severidad–senti-
    do conscientemente, con horror, por nuestro sujeto, a la edad
    de siete años, pero que, naturalmente, procedía de épocas
    mucho más tempranas de su infancia. Después de la doloro-
    sa enfermedad que llevó a su padre al sepulcro, teniendo ya
    el sujeto treinta y un años, surgió en él el reproche obsesivo
    que adoptó la forma de la fobia antes indicada. De una per-
    sona capaz de precipitar a su padre a un abismo, desde la
    cima de una montaña, ha de esperarse que no estimará en
    mucho la vida de aquellos a los que ningún lazo le une. Así,
    pues, lo mejor que puede hacer es permanecer encerrado en
    su cuarto.

    Según mi experiencia, ya muy repetida, sobre estas cues-
    tiones, desempeñan los padres el papel principal en la vida

  • S.

    286

    anímica infantil de todos aquellos individuos que más tarde
    enferman de psiconeurosis, y el enamoramiento del niño por
    su madre y el odio hacia el padre–o viceversa, en las ni-
    ñas–forman la firme base del material de sentimientos psí-
    quicos constituído en dicha época y tan importante para la
    sintomática de la neurosis ulterior. Sin embargo, no creo que
    los psiconeuróticos se diferencien, en esto, grandemente, de
    los demás humanos que han permanecido dentro de la nor-
    malidad, pues no presentan nada que les sea exclusivo y pe-
    culiar. Lo más probable es que sus sentimientos amorosos y
    hostiles con respecto a sus padres no hagan sino presentar-
    nos amplificado aquello que con menor intensidad y eviden-
    cia sucede en el alma de la mayoría de los niños, hipótesis
    que hemos tenido ocasión de comprobar repetidas veces en
    la observación de niños normales. En apoyo de este descu-
    brimiento, nos proporciona la antigüedad una leyenda cuya
    general impresión sobre el ánimo de los hombres, sólo por
    una análoga generalidad de la hipótesis aquí discutida nos
    parece comprensible.

    Aludimos, con esto, a la leyenda del rey Edipo y al dra-
    ma de Sófocles en ella basado. Edipo, hijo de Layo, rey de
    Tebas, y de Yocasta, fué abandonado al nacer, sobre el mon-
    te Citerón, pues un oráculo había predicho a su padre, que
    el hijo que Yocasta llevaba en su seno sería un asesino. Re-
    cogido por unos pastores, fué llevado Edipo al rey de Corin-
    to, que lo educó como un príncipe. Deseoso de conocer su
    verdadero origen, consultó un oráculo que le aconsejó no
    volviese nunca a su patria, porque estaba destinado a dar
    muerte a su padre y a casarse con su madre. No creyendo
    tener más patria que Corinto, se alejó de aquella ciudad, pero
    en su camino encontró al rey Layo y lo mató en una disputa.
    Llegado a las inmediaciones de Tebas, adivinó el enigma de
    la Esfinge que cerraba el camino hasta la ciudad, y los teba-
    nos, en agradecimiento, le coronaron rey, concediéndole la
    mano de Yocasta. Durante largo tiempo, reinó digna y pací-
    ficamente, engendrando con su madre y esposa dos hijos y
    dos hijas, hasta que asolada Tebas por la peste, decidieron

  • S.

    287

    los tebanos consultar al oráculo en demanda del remedio. En
    este momento, comienza la tragedia de Sófocles. Los mensa-
    jeros traen la respuesta en que el oráculo declara que la pes-
    te cesará en el momento en que sea expulsado del territorio
    nacional el matador de Layo. ¿Mas dónde hallarlo?

    «¿Dónde hallar
    la oscura huella de la antigua culpa?

    La acción de la tragedia se halla constituída exclusiva-
    mente por el descubrimiento paulatino y retardado con su-
    premo arte–proceso comparable al de una psicoanálisis–de
    que Edipo es el asesino de Layo y al mismo tiempo su hijo y
    el de Yocasta. Horrorizado ante los crímenes que sin saberlo
    ha cometido, se arranca Edipo los ojos y huye de su patria.
    La predicción del oráculo se ha cumplido.

    «Edipo, rey» es una tragedia en la que el factor principal
    es el destino. Su efecto trágico reposa en la oposición entre
    la poderosa voluntad de los dioses y la vana resistencia del
    hombre amenazado por la desgracia. Las enseñanzas que el
    espectador, hondamente conmovido, ha de extraer de la
    obra, son la resignación ante los dictados de la divinidad y el
    reconocimiento de la propia impotencia. Fiados en la impre-
    sión que jamás deja de producir la tragedia griega, han in-
    tentado otros poetas de la época moderna, lograr un análogo
    efecto dramático, entretejiendo igual oposición en una fábula
    distinta. Pero los espectadores han presenciado indiferentes,
    cómo a pesar de todos los esfuerzos de un protagonista ino-
    cente, se cumplían en él una maldición o un oráculo. Todas
    las tragedias posteriores basadas en la fatalidad han carecido
    de efecto sobre el público.

    En cambio, el «Edipo, rey» continúa conmoviendo al
    hombre moderno tan profunda e intensamente como a los
    griegos contemporáneos de Sófocles, hecho singular cuya
    única explicación es quizá la de que el efecto trágico de la
    obra griega no reside en la oposición misma entre el destino
    y la voluntad humana, sino en el peculiar carácter de la fábu-

  • S.

    288

    la en que tal oposición queda objetivizada. Hay, sin duda,
    una voz interior que nos impulsa a reconocer el poder coac-
    tivo del destino, en Edipo, mientras que otras tragedias cons-
    truídas sobre la misma base nos parecen inaceptablemente
    arbitrarias. Y es que la leyenda del rey tebano entraña algo
    que hiere en todo hombre una íntima esencia natural. Si el
    destino de Edipo nos conmueve es porque habría podido ser
    el nuestro y porque el oráculo ha suspendido igual maldición
    sobre nuestras cabezas antes de que naciéramos. Quizás nos
    estaba reservado a todos dirigir hacia nuestra madre nuestro
    primer impulso sexual y hacia nuestro padre el primer senti-
    miento de odio y el primer deseo destructor. Nuestros sue-
    ños testimonian de ello. El rey Edipo, que ha matado a su
    padre y tomado a su madre en matrimonio, no es sino la
    realización de nuestros deseos infantiles. Pero más dichosos
    que él, nos ha sido posible, en épocas posteriores a la in-
    fancia, y en tanto en cuanto no hemos contraído una psico-
    neurosis, desviar de nuestra madre nuestros impulsos sexua-
    les y olvidar los celos que el padre nos inspiró. Ante aque-
    llas personas que han llegado a una realización de tales
    deseos infantiles, retrocedemos horrorizados con toda la
    energía del elevado montante de represión que sobre los
    mismos se ha acumulado, en nosotros, desde nuestra in-
    fancia. Mientras que el poeta extrae a la luz, en el proceso
    de investigación que constituye el desarrollo de su obra, la
    culpa de Edipo nos obliga a una introspección en la que des-
    cubrimos que aquellos impulsos infantiles existen todavía en
    nosotros, aunque reprimidos. Y las palabras con que el coro
    pone fin a la obra: «… miradle; es Edipo;–el que resolvió
    los intrincados enigmas y ejerció el más alto poder;–aquél
    cuya felicidad ensalzaban y envidiaban todos los ciudada-
    nos.–¡Vedle sumirse en las crueles olas del destino fa-
    tal!»–estas palabras hieren nuestro orgullo de adultos, que
    nos hace creernos lejos ya de nuestra niñez y muy avanza-
    dos por los caminos de la sabiduría y del dominio espiritual.
    Como Edipo, vivimos en la ignorancia de aquellos deseos
    inmorales que la naturaleza nos ha impuesto, y al descu-
     

  • S.

    19

    brirlos quisiéramos apartar la vista de las escenas de nuestra
    infancia(1).

    En el texto mismo de la tragedia de Sófocles hallamos
    una inequívoca indicación de que la leyenda de Edipo proce-
    de de un antiquísimo tema onírico en cuyo contenido se re-
    fleja esta dolorosa perturbación, a que nos venimos refirien-
    do, de las relaciones filiales por los primeros impulsos de la
    sexualidad. Para consolar a Edipo, ignorante aún de la ver-
    dad, pero preocupado por el recuerdo de la predicción del
    oráculo, le observa Yocasta que el sueño de incesto es soña-
    do por muchos hombres y carece, a su juicio, de toda signi-
    ficación: «Son muchos los hombres que se
    han visto, en sueños, cohabitando con su
    madre. Pero aquel que no ve en ellos sino vanas fanta-
    sías, soporta sin pesadumbre la carga de la vida».

    Este sueño es soñado aún, como entonces, por muchos
    hombres, que al despertar lo relatan llenos de asombro e in-
    dignación. En él habremos, pues, de ver la clave de la trage-
    dia y el complemento al de la muerte del padre. La fábula de
    Edipo es la reacción de la fantasía a estos dos sueños típi-
    cos, y así como ellos despiertan en el adulto, sentimientos de
    repulsa, tiene la leyenda que acoger en su contenido el ho-
    rror al delito y el castigo del delincuente, que éste se impo-
    ne por su propia mano. La ulterior conformación de dicho

    (1) Ninguna de las revelaciones de la investigación psicoanalítica
    ha provocado tan indignada repulsa, tanta resistencia... ni tan regoci-
    jante desconcierto de la crítica, como esta de las tendencias incestuo-
    sas infantiles conservadas en lo inconsciente. Recientemente se ha lle-
    gado incluso a intentar limitar el incesto, contra todos los datos de la
    experiencia, a un alcance «simbólico». En el primer número de la re-
    vista «Imago» (1912) da Ferenczi una ingeniosísima superinterpretación
    del mito de Edipo, a propósito de un pasaje de una carta de Schopen-
    hahtier.—Desde que en la edición original de la presente obra nos refe-
    rimos por vez primera al «complejo de Edipo», ha adquirido éste a con-
    secuencia de ulteriores investigaciones una gran importancia insos-
    pechada para la inteligencia de la historia de la humanidad y del
    desarrollo de la religión y la moral.—(N. DEL T.).—Véase «Totem y
    tabú», tomo VIII de estas «Obras completas».

    — 289 —

  • S.

    290

    contenido procede, nuevamente, de una equivocada elabora-
    ción secundaria, que intenta ponerlo al servicio de un propó-
    sito teologizante (cf. el tema onírico de la exhibición, expues-
    to en páginas anteriores). Pero la tentativa de armonizar la
    omnipotencia divina con la responsabilidad humana tiene que
    fracasar aquí, como en cualquier otro material que quiera lle-
    varse a cabo.

    Sobre base idéntica a la de «Edipo, rey» se halla cons-
    truída otra de las grandes creaciones trágicas: el Hamlet
    shakesperiano. Pero la distinta forma de tratar una misma
    materia nos muestra la diferencia espiritual de ambos perío-
    dos de civilización tan distantes uno de otro y el progreso
    que a través de los siglos va efectuando la represión en la
    vida espiritual de la humanidad. En «Edipo, rey» queda ex-
    teriorizada y realizada, como en el sueño, la infantil fantasía
    optativa, base de la tragedia. Por lo contrario, en «Hamlet»,
    permanece dicha fantasía reprimida, y sólo por los efectos
    coactivos que de ella emanan, nos enteramos de su existen-
    cia, situación análoga a la de la neurosis. La creación sha-
    kespeariana nos demuestra, de este modo, la singular posi-
    bilidad de obtener un arrollador efecto trágico, dejando en
    plena oscuridad el carácter del protagonista. Vemos, desde
    luego, que la obra se halla basada en la vacilación de Ham-
    let en cumplir la venganza que le ha sido encomendada, pero
    el texto no nos revela los motivos o razones de tal indeci-
    sión, y las más diversas tentativas de interpretación no han
    conseguido aún indicárnoslas. Según la opinión hoy dominan-
    te, iniciada por Goethe, representa Hamlet aquel tipo de
    hombre cuya viva fuerza de acción queda paralizada por el
    exuberante desarrollo de la actividad intelectual. Según otros,
    ha intentado describir el poeta, un carácter enfermizo, inde-
    ciso y marcado con el sello de la neurastenia. Pero la trama
    de la obra, demuestra que Hamlet no debe ser considerado,
    en modo alguno, como una persona incapaz de toda acción.
    Dos veces le vemos obrar decididamente, una de ellas con
    apasionado arrebato, cuando da la muerte al espía oculto de-
    trás del tapiz, y otra, conforme a un plan reflexivo y hasta

  • S.

    291

    lleno de astucia, cuando con toda la indiferencia de los prín-
    cipes del Renacimiento envía a la muerte a los dos cortesa-
    nos que tenían la misión de conducirle a ella. ¿Qué es por lo
    tanto lo que le paraliza en la ejecución de la empresa que el
    espectro de su padre le ha encomendado? Precisamente el es-
    pecial carácter de dicha misión. Hamlet puede llevarlo todo a
    cabo, salvo la venganza contra el hombre que ha usurpado,
    en el trono y en el lecho conyugal, el puesto de su padre, o
    sea contra aquel que le muestra la realización de sus deseos
    infantiles. El odio que había de impulsarle a la venganza,
    queda sustituído, en él, por reproches contra sí mismo y es-
    crúpulos de conciencia que le muestran incurso en los mis-
    mos delitos que está llamado a castigar en el rey Claudio.
    De estas consideraciones, con las que no hemos hecho sino
    traducir a lo consciente lo que en el alma del protagonista
    tiene que permanecer inconsciente, deduciremos que lo que
    en Hamlet hemos de ver, es un histérico, deducción que que-
    da confirmada por su repulsión sexual, exteriorizada en su
    diálogo con Ofelia. Esta repulsión sexual es la misma que a
    partir del «Hamlet» va apoderándose, cada vez más por en-
    tero, del alma del poeta, hasta culminar en «Timón de Ate-
    nas». La vida anímica de Hamlet no es otra que la del pro-
    pio Shakespeare. De la obra de Jorge Brandès sobre este
    autor (1896) tomo el dato de que Hamlet fué escrito a raíz
    de la muerte del padre del poeta (1601), esto es, en medio
    del dolor que tal pérdida había de causar al hijo, y por lo tan-
    to de la reviviscencia de los sentimientos infantiles del mis-
    mo con respecto a su padre. Conocido es también que el hijo
    de Shakespeare, muerto en edad temprana, llevaba el nom-
    bre de Hamnet (idéntico al de Hamlet). Así como Hamlet
    trata de la relación del hijo con sus padres, Macbetk, es-
    crito poco después, desarrolla el tema de la esterilidad. Del
    mismo modo que el sueño, y en general todo síntoma neuró-
    tico, es susceptible de una superinterpretación e incluso pre-
    cisa de ella para su completa inteligencia, así también toda
    verdadera creación poética debe de haber surgido de más de
    un motivo y un impulso en el alma del poeta y permitir, por

  • S.

    292

    lo tanto, más de una interpretación. Lo que aquí hemos in-
    tentado, es, únicamente, la interpretación del más profundo
    estrato de sentimientos del alma del poeta creador 1).

    No puedo abandonar el tema de los sueños típicos de la
    muerte de pacientes queridos sin aclarar aún más, con algu-
    nas indicaciones, su importancia para la teoría de los sueños.
    Se da en ellos el caso nada común de que la idea onírica
    formada por el deseo reprimido escapa a toda censura y apa-
    rece inmodificada en el contenido manifiesto. Este hecho tie-
    ne que ser facilitado por circunstancias especiales. Hay, en
    efecto, dos factores que lo favorecen: En primer lugar, no
    existe deseo alguno del que nos creamos más lejanos. Opi-
    namos que «ni siquiera en sueños podría ocurrírsenos» de-
    sear cosa semejante, y de este modo, resulta que la censura
    no se halla preparada a tal monstruosidad, análogamente a
    como las leyes de Solon no sabían encontrar un castigo pro-
    porcionado al delito de parricidio. Pero además, el deseo re-
    primido e insospechado, recibe con gran frecuencia, en estos
    casos, el apoyo de un resto diurno relativo a las p r e o c u -
    p a c i o n e s que durante la vigilia hemos abrigado con res-
    pecto a la vida de personas que nos son queridas. Esta
    preocupación no puede llegar a incluirse en un sueño sino
    sirviéndose del deseo de igual sentido, el cual puede, a su
    vez, disfrazarse bajo la apariencia de la preocupación que
    nos ha embargado durante el día. Aquellos que opinen que
    el proceso es mucho más sencillo y que no hacemos sino
    continuar, durante la noche y en sueños, lo que nos ha pre-
    ocupado durante el día, habrán de dejar los sueños de muer-
    te de personas queridas fuera de toda relación con el esclare-
    cimiento del fenómeno onírico y conservar sin resolver, su-
    pérfluamente, un enigma fácil de desentrañar.

    Resulta también muy instructivo perseguir la relación de
    estos sueños con los de angustia. En los de la muerte de

    1) E. Jones ha completado y defendido contra otras opiniones las
    indicaciones que anteceden relativas a la comprensión analítica del
    Hamlet. (Das Problem des Hamlet und der Odipuskomplex, 1911.)

  • S.

    293

    LA INTERPRETACION DE LOS SUEÑOS

    personas queridas ha hallado el deseo reprimido un camino
    por el que poder eludir la censura y la deformación por ella
    impuesta. Siempre que esto se verifica en un sueño, experi-
    mentamos durante el mismo, como fenómeno concomitante,
    sensaciones dolorosas. Correlativamente, sólo se produce el
    sueño de angustia cuando la censura es vencida total o par-
    cialmente, y por otro lado, la preexistencia de angustia como
    sensación actual emanada de fuentes somáticas, facilita el
    vencimiento de la censura. De este modo, vemos ya clara-
    mente la tendencia en favor de la cual labora la censura im-
    poniendo la deformación, tendencia que no es sino la de
    impedir el desarrollo de angustia o de otra
    forma cualquiera de afecto penoso.

    En páginas que anteceden, traté del egoísmo del alma in-
    fantil y quiero reanudar aquí el examen de este tema, para
    demostrar que los sueños han conservado también este ca-
    rácter. Todos, sin excepción, son egoístas y en todos apare-
    ce el amado Yo, aunque oculto bajo un disfraz. Los deseos
    que en ellos quedan realizados son siempre deseos de dicho
    Yo y cuando el sueño nos parece obedecer a un interés por
    otra persona, ello no es sino una engañosa apariencia. So-
    meteré aquí al análisis algunos sueños que parecen contrade-
    cir esta afirmación.

    I. Un niño de menos de cuatro años, relata el siguiente
    sueño: «Ha visto una gran fuente que contenía un gran pe-
    dazo de carne asada. De repente se lo comía alguien, de una
    sola vez y sin cortar. Pero él no veía quién era la persona
    que se lo había comido» (1).

    ¿Quién podrá ser el individuo con cuyo copioso almuerzo


    (1) También lo grande, exuberante, exagerado y sin medida de los
    sueños podría ser un carácter infantil. El niño no abriga otro anhelo
    mayor que el de «ser grande» y recibir de todo una parte igual a la de
    los mayores. Es difícil de contentar, no le basta nada y pide incansa-
    blemente la repetición de aquello que le agrada o le sabe bien. Sólo
    por medio de la educación aprende luego a tener medida, a
    contentarse y resignarse con poco. Sabido es que también el neurótico
    tiende a la falta de medida y a la intemperancia.

  • S.

    294

    sueña el niño? Los sucesos del día del sueño nos proporcio-
    narán, sin duda, el esclarecimiento deseado. El sujeto se
    halla hace algunos días, por prescripción facultativa, a dieta
    láctea. Pero la tarde anterior había sido malo y le fué im-
    puesto el castigo de acostarse sin siquiera tomar la leche. Ya
    en otra ocasión había sido sometido a una análoga cura de
    ayuno, resistiéndola muy valientemente, sin intentar siquiera
    que le levantasen el castigo confesando su hambre. La edu-
    cación comienza ya a actuar sobre él, revelándose en el prin-
    cipio de deformación que su sueño presenta. No cabe duda
    que la persona que en su sueño almuerza tan a satisfacción y
    precisamente carne asada, es él mismo. Pero como sabe que
    le está prohibido, no se atreve a hacer lo que los niños ham-
    brientos hacen en sueños (cf. el sueño de mi hija Ana) esto
    es, darse un espléndido banquete, y el invitado permanece
    anónimo.

    II. Sueño ver, en el escaparate de una librería, un tomo
    nuevo de una colección cuyas publicaciones suelo adquirir
    siempre (monografías artísticas o históricas). Este tomo
    inicia una nueva serie titulada: «Orado-
    res (o discursos) famosos» y ostenta en
    la portada el nombre del doctor Lecher.
    El análisis me demuestra desde el primer momento lo in-
    verosímil de que pueda ocuparme, efectivamente, en sueños,
    la personalidad del doctor Lecher, famoso por la resistencia
    que demostró hablando hora tras hora en el Parlamento ale-
    mán, durante una campaña obstruccionista. La verdad es que
    hace algunos días se ha aumentado el número de pacientes
    que tengo sometidos a tratamiento psíquico y me veo obli-
    gado a hablar durante nueve o diez horas diarias. Soy yo,
    por lo tanto, el resistente orador.

    III. En otra ocasión, sueño que un profesor de nuestra
    Universidad, conocido mío, me dice: «Mi hijo, el
    miope». A estas palabras se enlaza un diálogo, compues-
    to de breves frases. Pero, luego, sigue un tercer fragmento
    onírico en el que aparezco yo con mis hijos. En el contenido
    latente, el Profesor M. y su hijo, no son sino maniquíes que

  • S.

    295

    encubren mi propia persona y la de mi hijo mayor. Sobre
    este sueño, habremos de volver más adelante con motivo de
    otra de sus peculiaridades.

    IV. El siguiente sueño nos da un ejemplo de sentimien-
    tos ruines y egoístas, ocultos bajo la apariencia de una tierna
    solicitud:

    «Mi amigo Otto tiene mala cara. Su tez ha tomado un
    tinte oscuro, y los ojos parecen querer salírsele de las ór-
    bitas.»

    Otto es nuestro médico de cabecera. No tengo la menor
    esperanza de saldar jamás mi deuda de gratitud para con él,
    pues vela hace ya muchos años por la salud de mis hijos, les
    ha asistido siempre con éxito y aprovecha además cualquier
    ocasión que se presenta para colmarles de regalos. La tarde
    anterior al sueño que nos ocupa, había venido a visitarnos,
    observando mi mujer que parecía hallarse fatigado y deprimi-
    do. Aquella misma noche le atribuye mi sueño dos de los
    síntomas característicos de la enfermedad de Basedow.
    Aquellos que se niegan a aceptar mis reglas de interpreta-
    ción, no verán en este sueño sino una continuación de los
    cuidados que el mal aspecto de mi amigo me había inspirado
    en la vigilia. Pero una tal interpretación contradiría los prin-
    cipios de que el sueño es una realización de deseos y accesi-
    ble tan sólo a sentimientos egoístas. Además, habríamos de
    invitar a sus partidarios a explicarnos por qué la enfermedad
    que temo aqueje a mi amigo es precisamente el bocio exof-
    tálmico, diagnóstico para el que no ofrece su aspecto real el
    más mínimo punto de apoyo. En cambio, mi análisis me pro-
    porciona el material siguiente, derivado de un suceso acae-
    cido seis años antes. Varios amigos, entre ellos el Profe-
    sor R., atravesábamos, en carruaje, el bosque de N., distante
    algunas horas de nuestra residencia veraniega. Era ya noche
    cerrada, y el cochero, que había abusado de la bebida, nos
    hizo volcar en una pendiente, sin grave daño para nuestras
    personas, pero obligándonos a pernoctar en una vecina hos-
    tería donde la noticia del accidente nos atrajo el interés de
    los demás viajeros. Un caballero, que mostraba algunos de

  • S.

    296

    los signos característicos del morbus Basedowii-
    tez oscura y ojos saltones, como Otto en mi sueño–, se
    puso por completo a nuestra disposición, preguntándonos en
    qué podía sernos útil. El Profesor R., con su acostumbrada
    sequedad, le respondió: «Por mí, lo único que puede usted
    hacer es prestarme una camisa de dormir». Pero la generosi-
    dad del amable auxiliador no debía de llegar a tanto, pues
    alegando que no le era posible acceder a la petición del Pro-
    fesor, se alejó de nuestro lado.

    En la continuación del análisis se me ocurre (aunque sin
    grandes seguridades sobre la exactitud de tal conocimiento)
    que Basedow no es sólo el nombre de un médico, sino tam-
    bién el de un famoso pedagogo. Mi amigo Otto es la persona
    a quien he rogado que, en caso de sucederme alguna des-
    gracia, vele por la educación física de mis hijos, especial-
    mente durante la pubertad (de aquí, la camisa de dormir).
    Atribuyéndole luego, en el sueño, los síntomas patológicos
    de nuestro generoso auxiliador, es como si quisiera decir: Si
    me sucede algo, le tendrán tan sin cuidado mis hijos, como
    nosotros en aquella ocasión al barón de L., no obstante sus
    amables ofrecimientos. Pero el nódulo egoísta de este sueño
    tenía que quedar encubierto de alguna manera (1).

    ¿Mas dónde se halla aquí la realización de deseos? Desde
    luego, no en la venganza contra mi amigo Otto, cuyo destino
    es, por lo visto, que yo le maltrate en mis sueños, sino en la
    siguiente relación. Representando a Otto en mi sueño por la
    persona del barón de L., he identificado mi propia persona
    con la de otro, esto es, con la del Profesor R., pues demando
    algo de Otto, como el Profesor del barón, en aquella circuns-
    tancia. El Profesor R. ha seguido, como yo, independiente-
     

    (1) Una vez que E. Jones hablaba en una conferencia científica y
    ante un auditorio americano, del egoísmo de los sueños, se levantó
    una ilustrada señora y opuso, contra una tan anticientífica generaliza-
    ción, la objeción de que yo no podía hablar más que de los sueños de
    los austriacos, debiendo limitarme a ellos y no pronunciarme sobre los
    de los americanos. Por su parte, estaba segura de que todos sus sue-
    ños eran rigurosamente altruístas.

  • S.

    LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS

    mente su camino y sölo después de largos afios ha alcanzado
    un titulo que merecia desde mucho antes. Asi, pues, deseo
    nuevamente, en este suefio, el titulo de Profesor. Incluso
    este «después de largos afios» es una realizacion de deseos,
    pues indica que vivo lo suficiente para guiar a mis hijos a
    través de los escollos de la pubertad.

    7) El suefio de examen.

    Todo aquel que ha terminado con el examen de grado sus
    estudios de bachillerato, puede testimoniar de la tenacidad
    con que le persigue el suefio de angustia de que va a ser
    suspendido y tendrå que repetir el curso, etc. Para el po-
    seedor de un tftulo académico, se sustituye este suefio tipico
    por el de que tiene que presentarse al examen de doctorado,
    suefio durante el cual se objeta en vano, que hace ya muchos
    afios que obtuvo el deseado titulo y se halla ejerciendo la
    profesién correspondiente. En estos suefios es el recuerdo
    de los castigos que en nuestra infancia merecieron nuestras
    faltas lo que revive en nosotros y viene a enlazarse a los dos
    puntos culminantes de nuestros estudios, al «dies irae, dies
    illa» de los rigurosos exámenes. El «miedo de examen» de
    los neuróticos, halla también un incremento en la citada an-
    gustia infantil. Terminados nuestros estudios, no es ya de
    nuestros padres, preceptores o maestros, de quienes hemos
    de esperar el castigo a nuestras faltas, sino de la inexorable
    concatenación causal de la vida, la cual toma a su cargo con-
    tinuar nuestra educación y entonces es cuando soñamos con
    los exámenes—4y quién no ha dudado de su éxito? —siempre
    que tememos que algo nos salga mal en castigo a no haber
    obrado bien o no haber puesto los medios suficientes para la
    consecución de un fin deseado, esto es, siempre que senti-
    mos pesar sobre nosotros una responsabilidad.

    A una interesante observación de un colega, conocedor
    de estas cuestiones, debo un más amplio esclarecimiento de
    tales sueños, pues me llamó la atención sobre el hecho, por
    él comprobado, de que el sueño de tener que doctorarse nue-
    vamente era siempre soñado por personas que habían salido
    triunfantes de dicho examen y nunca por aquellas otras que

    BRN, ෴

  • S.

    PPOF· ARA E SEA ba

    en él habian sido suspensas. Estos sueños de angustia, que
    suelen presentarse cuando al día siguiente ha de resolverse
    algo importante para nosotros, habrían, pues, buscado en el
    pretérito una ocasión en que la angustia se demostró injusti-
    ficada y quedó contradicha por el éxito. Tendríamos aquí un
    singular ejemplo de interpretación errónea del contenido
    onírico por la instancia despierta. La objeción interpretada
    como rebelión contra el sueño: «¡Pero si ya tengo el título,
    etcétera!»—sería, en realidad un aliento proporcionado por
    él mismo: «No temas; recuerda el miedo que sentiste antes
    del examen de doctorado y recuerda que nada malo te pasó.
    Hoy tienes ya tu título, etc.» Resulta, pues, que la angustia
    que atribuíamos al suefio, procedía de los restos diurnos.
    Esta explicación se ha demostrado cierta en todos los suefios
    de este género, propios y ajenos, que he podido investigar.
    La Medicina legal, asignatura en la que fuí suspenso, no me
    ha ocupado jamás en suefios, mientras que muchas veces, he
    sofiado examinarme de Botánica, Zoología y Quimica, disci-
    plinas en las que mi miedo al examen estaba muy justificado,
    pero que aprobé por especial favor del destino o del exami-
    nador. Entre las asignaturas de segunda ensefianza escogen
    siempre mis suefios la Historia, disciplina en la que rayé a
    gran altura, pero sólo porque mi amable profesor—el tuerto
    de otro suefio (pág. 24)—se dió cuenta de que al devolverle
    el programa había hecho con la ufia una sefial, junto a la se-
    gunda pregunta, para advertirle que no insistiera mucho
    sobre ella. Uno de mis pacientes, que aprobó el examen de
    doctorado y fué luego suspendido en la Academia Militar,
    me ha confirmado que suefia muchas veces con el primer
    examen y jamás con el ültimo.

    Los suefios de examen presentan, para la interpretación,
    aquella dificultad que antes sefialamos como característica de
    los suefios típicos. El material de asociaciones que el sujeto
    pone a nuestra disposición, rara vez resulta suficiente, y de
    este modo, sólo por la reunión y comparación de numerosos
    ejemplos nos es posible llegar a la inteligencia de estos sue-
    fios. Recientemente, experimenté, en un análisis la segura

    ー ⑨②⑨⑧ 一

  • S.

    LA INTERPREIACION DE LOS SUEÑOS

    impresión de que la frase: «¡Pero si ya eres doctor, etcéte-
    ral>—no se limita a encubrir una intención alentadora sino
    que entraña también un reproche: «Tienes ya muchos años y
    has avanzado mucho en la vida, mas a pesar de ello, sigues
    haciendo «bobadas» y eniñerías». El contenido latente de
    estos sueños, correspondería, pues, a una mezcla de autocri-
    tica y aliento, y siendo así, no podremos extrañar que el re-
    proche de seguir cometiendo «bobadas» y «nifierias», se re-
    fiera, en los ejemplos últimamente analizados, a la repetición
    de actos sexuales, contra los que hay algo que se opone en
    nosotros.