• S.

    300

    VI

    La elaboración onírica

    Todas las tentativas realizadas hasta el día para solucio-
    nar los problemas oníricos, se enlazaban directamente al con-
    tenido manifiesto, esforzándose por extraer de él la interpre-
    tación o fundamentar en él, cuando renunciaban a hallar
    sentido alguno interpretable, su juicio sobre el fenómeno ob-
    jeto de nuestro estudio. Somos, pues, los primeros en partir
    de un diferente punto inicial. Para nosotros, se interpola, en
    efecto, entre el contenido onírico y los resultados de nuestra
    observación un nuevo material psíquico: el contenido la-
    tente o ideas latentes, del sueño, que nuestro proce-
    dimiento analítico nos lleva a descubrir. De este contenido
    latente y no del manifiesto, es del que desarrollamos la solu-
    ción del sueño. Así, pues, se nos presenta también una nue-
    va labor que no se planteaba a los autores anteriores: la de
    investigar las relaciones del contenido manifiesto con las
    ideas latentes y averiguar por qué proceso ha surgido de
    estas últimas aquel primero.

    Las ideas latentes y el contenido manifiesto se nos mues-
    tran como dos versiones del mismo contenido, en dos idio-
    mas distintos, o mejor dicho, el contenido manifiesto se nos
    aparece como una versión de las ideas latentes a una distin-
    ta forma expresiva, cuyos signos y reglas de construcción
    hemos de aprender por la comparación del original con la
    traducción. Las ideas latentes nos resultan perfectamente
    comprensibles en cuanto las descubrimos. En cambio, el con-
    tenido manifiesto nos es dado como un jeroglífico, para cuya

  • S.

    301

    solución habremos de traducir cada uno de sus signos al len-
    guaje de las ideas latentes. Incurriríamos, desde luego, en
    error, si quisiésemos leer tales signos dándoles el valor de
    imágenes pictóricas y no el de caracteres de una escritura
    jeroglífica. Supongamos que tenemos ante nosotros un jerog-
    lífico cualquiera, de los muchos que se publican como pasa-
    tiempo. En él, vemos una casa sobre cuyo tejado descansa
    una barca, y luego, a continuación, una letra y una figura
    humana, sin cabeza, corriendo desesperadamente, etc. Ante
    estas imágenes, podríamos expresar la crítica de que tanto
    su yuxtaposición, como su presencia aislada, son absurdas e
    insensatas, pues las barcas no anclan nunca sobre los tejados
    y un hombre decapitado es incapaz de correr. Así mismo,
    esta última figura resulta más grande que la casa, y si el
    conjunto ha de representar un paisaje, sobran las letras, que
    jamás hemos visto surgir espontáneamente en la naturaleza.
    Pero estas objeciones dependen de que formamos sobre el
    jeroglífico un juicio equivocado. Así, pues, habremos de pres-
    cindir de ellas y adaptarnos al verdadero carácter de aquél,
    esforzándonos en sustituir cada imagen por una sílaba o una
    palabra susceptibles de ser representadas por ella. La yuxta-
    posición de las palabras que así reuniremos no carecerá ya
    de sentido, sino que podrá constituir incluso una bellísima
    sentencia. Pues bien, el sueño es, exactamente, uno de estos
    jeroglíficos, y nuestros predecesores en la interpretación oní-
    rica han incurrido en la falta de considerar el jeroglífico como
    una composición pictórica. De este modo, no tenía más re-
    medio que parecerles insensato y sin valor alguno.

    a) La labor de condensación.

    Lo primero que la comparación del contenido manifiesto
    con las ideas latentes evidencia al investigador, es que ha te-
    nido efecto una magna labor de condensación. El
    sueño es conciso, pobre y lacónico en comparación con la
    amplitud y la riqueza de las ideas latentes. Su relación escri-
    ta ocupa apenas media página. En cambio, la del análisis en
    el cual se hallan contenidas las ideas latentes, ocupa seis,
    ocho o doce veces más espacio. Esta proporción es muy va-

  • S.

    302

    riable, y por lo que hasta el momento hemos podido compro-
    bar, no influye para nada en el sentido de los sueños corres-
    pondientes. Generalmente, se estima muy por bajo el
    montante de la compresión que ha tenido efecto, púes se
    consideran las ideas latentes descubiertas como la totalidad
    del material dado, siendo así que no constituyen sino una
    parte del mismo y que, prosiguiendo el análisis, podemos
    hallar todavía nuevas series de ideas que se ocultaban detrás
    del sueño. Ya indicamos antes, que jamás podemos estar se-
    guros de haber agotado la interpretación de un sueño. Aun-
    que la solución obtenida nos parezca completa y satisfacto-
    ria, queda siempre la posibilidad de que el mismo sueño
    haya servido también de exteriorización a otro sentido más.
    Así, pues, el montante de condensación es–en
    términos rigurosos–indeterminable. Contra el aserto de que
    la desproporción entre contenido manifiesto e ideas latentes
    nos fuerza a deducir que en la elaboración onírica ha tenido
    efecto una amplia condensación del material psíquico, podría
    elevarse una objeción, a primera vista, muy plausible. Pudie-
    ra, en efecto, alegarse, la impresión que con tanta frecuencia,
    experimentamos, de haber soñado muchas cosas, a través de
    toda la noche, y haber olvidado, después, la mayor parte.
    De este modo, el sueño que al despertar recordamos, no
    sería sino un resto de la total elaboración onírica, la cual,
    recordada por entero, presentaría una amplitud igual a la de
    las ideas latentes. Hay aquí una parte de verdad, pues la ob-
    servación de que cuando más fielmente nos es dado reprodu-
    cir un sueño, es cuando intentamos recordarlo inmediatamen-
    te después de despertar, mientras que conforme avanza el
    día, va haciéndose su recuerdo cada vez más vago e incom-
    pleto, es rigurosamente cierta. Pero por otro lado, podemos
    comprobar que el sentimiento de haber soñado mucho más
    de lo que podemos reproducir, reposa muchas veces en una
    ilusión, cuyo origen aclararemos más adelante. Además, la
    hipótesis de una condensación en la elaboración onírica no
    queda contradicha en modo alguno por la posibilidad del ol-
    vido de los sueños, pues resulta demostrada por las masas

  • S.

    303

    LA INTERPRETACION DE LOS SUEÑOS

    de representaciones pertenecientes a cada uno de los frag-
    mentos oníricos conservados. Lo que sucede cuando real-
    mente ha sido olvidada una gran parte del sueño, es que tal
    olvido nos cierra el acceso a una nueva serie de ideas laten-
    tes, pues nada justifica la suposición de que los fragmentos
    oníricos olvidados no se habrían referido sino a aquellas
    ideas que ya conocemos por el análisis de los conserva-
    dos (1).

    Ante la extraordinaria cantidad de ocurrencias que el aná-
    lisis aporta con respecto a cada elemento del contenido oní-
    rico, surgirá en nuestros lectores la duda de si podemos con-
    siderar como perteneciente a las ideas latentes todo aquello
    que a posteriori se nos ocurre durante la labor analítica, esto
    es, si debemos suponer que todas estas ideas se hallaban ya
    en actividad durante el reposo, y contribuyeron a la elabora-
    ción del sueño, o si no es mucho más verosímil que durante
    dicha labor surjan nuevas asociaciones de ideas que no toma-
    ron parte alguna en la constitución del mismo.–Sólo condi-
    cionalmente podemos agregarnos a esta duda. Es, desde lue-
    go, cierto, que durante el análisis surgen por vez primera al-
    gunas asociaciones, pero siempre nos es dado comprobar
    que, tales nuevas conexiones, sólo se establecen entre ideas
    que se hallaban ya enlazadas de otra manera en el contenido
    latente. Las nuevas conexiones no son sino contactos o cor-
    tocircuitos facilitados por la existencia de otros caminos de
    enlace más profundos. Con respecto a la mayor parte de las
    masas de ideas descubiertas en el análisis, nos vemos obli-
    gados a reconocer que han actuado ya en la elaboración del
    sueño: pues cuando hemos seguido una cadena de tales pen-
    samientos, que parecen exentos de todo nexo con dicha ela-
    boración, tropezamos bruscamente con una idea que se halla
    representada en el sueño, es indispensable para la elabora-
    ción del mismo y no resultaba accesible sino por la persecu-
    ción del mismo y no resultaba accesible sino por la persecu-
     


    (1) En muchos investigadores se encuentran ya alusiones a esta
    condensación. Así, manifiesta Du Prel (pág. 85) la seguridad de que
    sobre la serie de representaciones ha actuado un proceso de dicho
    género.

  • S.

    304

    ción de dicha serie de pensamientos, ajena en apariencia a la
    formación del producto onírico. Recuérdese, a este respecto,
    el sueño de la monografía botánica, que se nos muestra como
    el resultado de una asombrosa condensación, aunque no he-
    mos comunicado su análisis, sino fragmentariamente.

    Pero entonces, ¿cómo hemos de representarnos el estado
    psíquico que durante el reposo precede al soñar? Las ideas
    latentes, ¿aparecen dadas en conjunto, o son recorridas de
    un modo sucesivo? ¿No podrá ser también que, partiendo de
    diversos centros, se constituyan varias cadenas de ideas, si-
    multáneas, que luego se unan en un punto dado? A mi juicio
    no tenemos necesidad ninguna de crearnos una representa-
    ción plástica del estado psíquico en la elaboración onírica.
    Bastará con no olvidar que se trata del pensamiento incons-
    ciente y que el proceso puede ser muy distinto del que per-
    cibíamos en nosotros en la reflexión voluntaria acompañada
    de conciencia.

    De todos modos, el hecho de que la elaboración onírica
    reposa sobre una condensación permanece inquebrantable.
    Ahora bien, ¿cómo se lleva a cabo tal condensación?

    Si reflexionamos que de las ideas latentes halladas, sólo
    una minoría queda representada en el sueño por uno de sus
    elementos de representación, habríamos de concluir que la
    condensación se verifica por exclusión, no siendo, así,
    el sueño, una fiel traducción o una proyección, punto por
    punto, de las ideas latentes, sino una reproducción harto in-
    completa y llena de lagunas, de las mismas. Este juicio es,
    sin embargo, como pronto veremos, harto equivocado. Pero
    tomémoslo al principio como base y continuemos preguntán-
    donos: Si al contenido manifiesto no llegan sino pocos ele-
    mentos de las ideas latentes, ¿qué condiciones determinan la
    selección de las mismas?

    Para contestar a esta interrogación examinaremos aque-
    llos elementos del contenido manifiesto que tienen que haber
    cumplido tales condiciones. El material mejor para esta in-
    vestigación será, sin duda, un sueño en cuya elaboración
    haya tenido efecto una condensación particularmente enérgi-
     

  • S.

    305

    ca. Elegiremos el de la monografía botánica, expuesto antes
    en el capítulo V.

    Contenido manifiesto: «He escrito una mono-
    grafía sobre una especie (indeterminada) de plantas. Tengo
    el libro ante mí y vuelvo en este momento la página por la
    que se hallaba abierto y que contiene una lámina en colores.
    Cada ejemplar ostenta, a manera de herbario, un espécimen
    disecado de la planta.

    El elemento más evidente de este sueño es la mono-
    grafía botánica. Como ya indicamos, procede de las
    impresiones del día del sueño, pues la tarde anterior al mis-
    mo, había visto realmente, en el escaparate de un librero,
    una monografía sobre los ciclámenes. El
    contenido manifiesto omite mencionar esta especie y conser-
    va tan sólo la monografía y su relación con la Botánica. La
    «monografía botánica» demuestra en seguida su relación con
    mi estudio sobre la cocaína y de esta última se
    dirige la asociación de ideas, por un lado, al escrito redacta-
    do con motivo del aniversario de un laboratorio y a determi-
    nados hechos relacionados con tal institución, y por otro, a
    mi amigo, el oculista doctor Koenigstein, que participó en la
    aplicación de la cocaína como anestésico. A la persona del
    doctor Koenigstein se enlazan, además, el recuerdo del in
    terrumpido diálogo que sostuve con él la tarde anterior y los
    diversos pensamientos sobre el pago de los servicios médi-
    cos entre colegas. Esta conversación es el verdadero estímu-
    lo onírico actual. La monografía sobre los ciclámenes es tam-
    bién una actualidad, pero de naturaleza indiferente. Resulta,
    pues, que la «monografía botánica» del sueño se demuestra
    como un elemento común intermedio entre
    ambos sucesos diurnos, tomado, sin modificación alguna,
    de la impresión indiferente, y enlazado con el suceso psí-
    quicamente importante por amplísimos enlaces de asocia-
    ciones.

    Pero no sólo la representación compuesta «monogra-
    fía botánica», sino también, aisladamente, cada uno
    de sus elementos, «botánica» y monografía»,

  • S.

    306

    van profundizando más y más, por medio de múltiples aso
    ciaciones, en la madeja de ideas latentes. Al elemento «bo
    tánica» pertenecen los recuerdos relativos a la persona
    del profesor Gaertner (jardinero), a su flore
    ciente mujer, a aquella paciente mía cuyo nombre era
    Flora y a la señora de la que relaté la historia de las flo
    res olvidadas. El elemento Gaertner me conduce nue
    vamente al laboratorio y a la conversación con Koenigstein,
    a la que pertenece, así mismo, la mención de mis dos pacien
    tes. De la señora de las flores, parte un camino mental
    hasta las flores preferidas de mi mujer, punto en el
    que converge también otro camino, cuyo punto de partida es
    el título de la monografía vista en la vigilia. El elemento «bo
    tánica» recuerda, además, el episodio del herbario y un exa
    men de mi época universitaria, y un nuevo tema tratado en
    mi conversación con el oculista–el de mis aficiones–se en
    laza, por mediación de la alcachofa, a la que humorísticamen
    te llamo mi flor preferida, a la concatenación de
    ideas que parte de las flores olvidadas. Detrás del elemento
    «alcachofa» se esconde, en primer lugar, el recuerdo de Ita
    lia, y en segundo, el de una escena infantil que inició mis re
    laciones, tan íntimas luego, con los libros. Así, pues, «bo
    tánica» es un verdadero foco de convergencia, en el que
    se reunen, para el sueño, numerosas series de ideas, cuyo
    enlace quedó efectuado en mi conversación con Koenigstein.
    Nos hallamos aquí en medio de una fábrica de pensamientos
    en la que como en un taller de hilaturas y según los famosos
    versos «se entrecruzan mil y mil hilos, –van y vienen las
    lanzaderas, –manan invisiblemente las hebras–y un único
    movimiento establece mil enlaces».

    El elemento «monografía», del sueño, procede, a su vez,
    de dos temas: lo unilateral de mis estudios y lo costoso de
    mis aficiones.

    De este primer examen, sacamos la impresión de que los
    elementos «monografía» y «botánica» han sido acogidos en
    el contenido manifiesto por ser los que presentan un más con
    siderable número de contactos, con la mayoría de las ideas

  • S.

    307

    latentes, constituyendo, así, puntos de convergen-
    cia, en los que van a reunirse muchas de tales ideas, esto
    es, por entrañar, con respecto a la interpretación, una mul-
    tiplicidad de significaciones. Expresando en
    forma distinta el hecho en que basamos esta explicación, po-
    dremos decir que cada uno de los elementos del contenido
    manifiesto demuestra hallarse superdeterminado y
    múltiplemente representado en las ideas latentes.

    Investigando la emergencia de los demás elementos del
    sueño en las ideas latentes realizamos aún nuevos descubri-
    mientos. La lámina en colores contenida en la página por la
    que abro el libro, se refiere (véase el análisis) a un nuevo
    tema, la crítica de mis obras por mis colegas, a otro ya re-
    presentado en el sueño, mis aficiones, y al recuerdo infantil
    de la destrucción de un libro que tenía láminas en colores. El
    espécimen disecado de la planta se refiere al suceso del her-
    bario escolar y hace resaltar este recuerdo con especial ener-
    gía. Veo, pues, de qué genero es la relación entre el conte-
    nido manifiesto y las ideas latentes: No sólo se hallan múlti-
    plemente determinados los elementos del sueño por las ideas
    latentes, sino que cada una de éstas se halla así mismo re-
    presentada, en el sueño, por varios elementos. De un ele-
    mento del sueño conduce el camino de asociación a varias
    ideas latentes, y de una idea latente, a varios elementos del
    sueño. Así, pues, la elaboración no se verifica suministrando
    cada una de las ideas latentes o cada grupo por ellas forma-
    do, una abreviatura destinada al contenido del sueño–como
    los habitantes de una nación eligen diputados que los repre-
    senten en Cortes–, sino que la completa totalidad de las
    ideas latentes es sometida a una cierta elaboración, confor-
    me a la cual, los elementos más firme y eficazmente susten-
    tados, quedan situados en primer término para su acceso al
    contenido manifiesto, procedimiento análogo al de elección
    por listas electorales. Cualquiera que sea el sueño que some-
    tamos a esta disección, confirmaremos los mismos principios,
    esto es, que los elementos del contenido manifiesto quedan
    constituídos a expensas de la totalidad de las ideas latentes

  • S.

    308

    y cada uno de ellos se muestra múltiplemente determinado
    con relación a dichas ideas.

    No es seguramente ocioso demostrar prácticamente esta
    relación entre contenido manifiesto e ideas latentes, con un
    nuevo ejemplo, caracterizado por la complicada trama de las
    relaciones recíprocas. Este sueño procede de un enfermo de
    claustrofobia (miedo a los espacios cerrados), al que tuve so-
    metido a tratamiento. El título que doy a su ingeniosísima
    construcción onírica se halla plenamente justificado, como el
    lector verá más adelante.

    II. «Un bello sueño».

    «Acompañado por un nutrido grupo de gente entra en la
    calle de X., en la cual hay una modesta posada (dato inexac-
    to en la realidad). En las habitaciones de esta posada se está
    verificando una representación teatral y él es tan pronto es-
    pectador como actor. Al final, tienen todos que cambiarse de
    traje para volver a la ciudad. A este fin se designa a una par-
    te del personal las habitaciones del piso bajo, y a la otra, las
    del primero. Los de arriba se incomodan porque los de abajo
    no han acabado todavía y no pueden ellos bajar. Su hermano
    está arriba, él abajo y se incomoda con aquél porque le da
    tanta prisa (toda esta parte, oscura en el sueño). Además, ya
    al llegar, estaban distribuídas las habitaciones y determinado
    quién había de estar arriba y quién abajo. Luego, camina so-
    litario por la cuesta arriba que la calle de X. forma en direc-
    ción a la ciudad y anda tan difícil y trabajosamente que ape-
    nas avanza. Un caballero anciano se une a él e insulta al rey
    de Italia. Próximo ya al final de la pendiente, comienza a an-
    dar con mayor facilidad.»

    La fatiga al andar fué tan clara en el sueño, que todavía,
    al despertar, dudó el sujeto, por algunos momentos, si se tra-
    taba de un sueño o de una realidad.

    Si nos atenemos al contenido manifiesto, no presenta este
    sueño nada que merezca nuestro interés. Contra lo regular,
    comenzaré la interpretación por el fragmento que el sujeto
    manifiesta ha sido el más claro y preciso.

    La fatiga soñada y probablemente sentida en el sueño,

  • S.

    309

    esto es, la disnea al subir la cuesta, es uno de los síntomas
    que el sujeto mostró realmente hace algunos años y fué atri-
    buído, por entonces, con otros fenómenos, a una tuberculo-
    sis (simulada probablemente por la histeria). Conocemos ya,
    por nuestro estudio de los sueños exhibicionistas, esta sensa-
    ción de parálisis, peculiar al fenómeno onírico, y volvemos a
    comprobar aquí que es utilizada como un material disponible
    en todo momento, para los fines de otra cualquier represen-
    tación. El fragmento onírico que describe cómo la subida se
    hacía muy trabajosa al principio y fácil, en cambio, al final
    de la pendiente, me recordó, al escuchar el relato de este
    sueño, la conocida y magistral introducción de la «Safo» de
    Alfonso Daudet. Un joven, sube una escalera llevando en
    brazos a su amada. Al principio no siente, apenas, el peso
    del adorado cuerpo, pero conforme va subiendo va hacién-
    dosele más pesada la carga, hasta resultarle intolerable. Esta
    escena resume la narración de Daudet, en la cual se propone
    el poeta advertir a la juventud los peligros de prodigar una
    seria inclinación a mujeres de baja extracción y dudoso pasa-
    do (1). Aunque sabía que mi paciente había mantenido, y roto
    poco tiempo antes, relaciones amorosas con una actriz, no
    esperaba yo que mi espontánea interpretación se demostrase
    acertada. Además, la escena de «Safo» se desarrollaba en
    sentido inverso a la del sueño, pues en éste, es la subi-
    da penosa al principio y luego fácil, mientras que para el sím-
    bolo de la novela es necesario que aquello que al principio
    parece ligero resulte luego una pesada carga. Para mi sor-
    presa, observó el paciente que tal interpretación se adaptaba
    muy bien al contenido de la obra que la noche anterior había
    visto representar en el teatro. Dicha obra se titulaba «En de-
    rredor de Viena» y desarrollaba la vida de una muchacha de
    origen humilde, que lanzada a la vida galante, «subía» a
    capas más altas de la sociedad, por sus relaciones con hom-


    (1) Con respecto a esta representación del poeta, habremos de re-
    cordar la significación de los sueños en que subimos escaleras, comu-
    nicada al tratar del simbolismo onírico.

  • S.

    310

    bres aristocráticos, pero acababa «descendiendo»
    cada vez más bajo. El argumento de esta obra le había recor-
    dado otra, titulada «De escalón en escalón», en
    cuyos carteles anunciadores se ostentaba una escalera
    de varios escalones.

    La interpretación de este sueño continuó luego en la
    forma siguiente: En la calle de X. había vivido la actriz con
    la que últimamente había mantenido relaciones. En dicha
    calle no hay posada ninguna. Pero una vez que el sujeto
    había pasado parte del verano en Viena, se alojó (des-
    cendió) en un hotel cercano. Al abandonarlo, dijo al co-
    chero: «Después de todo, no está mal este hotel. Por lo
    menos, no hay en él pulgas ni chinches» (ésta era, además,
    una de sus fobias). A lo cual, respondió el cochero: «No sé
    cómo se le ha ocurrido a usted venir a parar aquí. Más que
    un hotel, es una posada».

    Al elemento «posada» se enlaza en seguida el recuerdo
    de unos versos de Uhland: «Hace poco fuí invitado–por un
    amable posadero». El posadero de estos versos es un
    manzano.

    Otra cita continúa luego la concatenación de ideas: «Faus-
    to, bailando con la joven: Tuve una vez un bello sue-
    ño;–Veía un manzano,–en el que relucían dos bellas
    manzanas;–me atrajeron y subí a cogerlas–. La bella:
    Mucho os gustan las manzanas–desde los tiempos del Pa-
    raíso;–y siento una gran alegría–de que también las haya
    en mi jardín».

    No puede abrigarse la menor duda sobre aquello a que
    se alude con el manzano y las manzanas. Un bello busto era
    uno de los encantos con los que la actriz había encadenado
    al sujeto.

    El conjunto de este análisis justificaba plenamente la sos-
    pecha de que el sueño se retrotraía a una impresión infantil
    y que, siendo así, tenía que referirse a la nodriza del sujeto,
    el cual se halla próximo a los treinta años. Para el niño es,
    efectivamente, el seno de su nodriza, la posada donde se
    alimenta. Tanto la nodriza como «Safo», constituyen, en el

  • S.

    311

    sueño alusiones a la mujer amada y recientemente aban-
    donada.

    En el contenido manifiesto aparece también el hermano
    (mayor) del paciente. Este se halla abajo y aquél arri-
    ba, circunstancia que constituye, de nuevo, una inver-
    sión de las circunstancias reales, pues me es conocido que
    el hermano ha perdido su posición social, conservándola, en
    cambio, mi paciente. En la reproducción del contenido mani-
    fiesto eludió el sujeto una expresión muy corriente:–«Mi
    hermano estaba arriba y yo «parterre»–que hubiera
    transparentado en demasía, aunque inversamente, la situa-
    ción real, pues decimos que una persona está «parterre»
    cuando ha perdido fortuna y posición, esto es, cuando pode-
    mos decir también, de ella, que ha «descendido». El
    hecho de que en esta parte del sueño quede algo representa-
    do en una forma invertida, tiene que poseer un sentido, y
    tal inversión, ha de mostrarse extensiva a otra distinta rela-
    ción entre las ideas latentes y el contenido manifiesto. El
    examen de la última parte del sueño, en la que la «subida»
    muestra el carácter inverso al de la escena de «Safo»,
    nos indica claramente cuál es dicha inversión: En «Safo»,
    lleva el hombre en sus brazos a la mujer ligada a él por re-
    laciones sexuales. Así, pues, en las ideas latentes se trata,
    a la inversa, de una mujer que lleva al hombre, y dado
    que esto no puede suceder sino en la infancia, se referirán
    dichas ideas a la nodriza que lleva en brazos a la criatura y
    para la cual constituye la crianza del pequeño ser una pesada
    carga. De este modo, representa el sueño a «Safo» y a la
    nodriza por medio de un mismo elemento.

    Así como el nombre de «Safo» no fué escogido por el
    poeta sin un propósito alusivo a una costumbre lesbiana,
    también los fragmentos del sueño que muestran personas
    ocupadas arriba y abajo se refieren a fantasías de
    contenido sexual, que ocupan la imaginación del sujeto y que
    a título de impulsos sexuales reprimidos, no carecen de rela-
    ción con su neurosis. La interpretación misma no nos revela
    que tales elementos latentes así representados en el sueño,

  • S.

    312

    sean, en efecto, fantasías y no recuerdos de hechos reales,
    pues se limita a proporcionarnos un contenido ideológico y
    deja a nuestro cargo el fijar su valor real. Los sucesos reales
    y los fantásticos aparecen aquí–y no sólo aquí, sino también
    en la creación de productos psíquicos de mayor importancia
    que el sueño–como equivalentes al principio. La mucha
    gente significa, como ya indicamos, secreto. El hermano no
    es sino el representante, incluído en la escena infantil, por
    un «fantasear retrospectivo» de todos los ulteriores competi-
    dores amorosos. Por último, el episodio del caballero que in-
    sulta al rey de Italia, se relaciona de nuevo por el intermedio
    de un suceso reciente, pero indiferente en sí, con el acceso
    de personas de baja extracción a círculos elevados de la so-
    ciedad. Es como si a la advertencia que Daudet dirige a los
    jóvenes hubiera de yuxtaponerse otra análoga dirigida al
    niño de pecho (1).

    Como tercer ejemplo para el estudio de la condensación
    en la elaboración onírica, comunicaré aquí el análisis parcial
    de otro sueño que debo a una señora, ya de edad madura,
    sometida a tratamiento psicoanalítico. Correlativamente a los
    graves estados de angustia de que padecía, contenían sus
    sueños un amplísimo material de ideas sexuales, cuya re-
    velación la sorprendió y atemorizó al principio. No sién-
    dome posible comunicar el análisis completo, parece el ma-
    terial onírico dividirse en varios grupos sin conexión vi-
    sible.

    III. Contenido onírico: «Recuerda que tiene
    encerrados en una caja dos coleópteros (Maikaefer) a los que
    habrá de dar libertad si no quiere que se ahoguen. Al abrir
    la caja, ve que los dos insectos se hallan muy deprimidos.
    Por fin, vuela uno a través de la ventana abierta, pero el

    (1) La naturaleza fantástica de la situación referente a la nodriza
    del sujeto, queda demostrada por la circunstancia de que el mismo fué
    criado por su propia madre. Además, recordaré aquí la anécdota citada
    en páginas anteriores, del joven que lamentaba no haber aprovechado
    mejor la privilegiada situación que de niño hubo de gozar con respecto
    a su nodriza.

  • S.

    313

    otro queda machacado contra una de las hojas de la misma,
    al cerrarla ella, obedeciendo a la indicación que alguien le
    hace en tal sentido (manifestaciones de repugnancia).»

    Análisis: Su marido se halla de viaje. Junto a ella,
    en el lecho conyugal, duerme su hija, muchacha de catorce
    años. Esta última la advirtió, al acostarse, que había caído
    una polilla en el vaso de agua, pero ella no se preocupó de
    sacarla, y al verla por la mañana, lamenta la muerte del
    pobre animalito. En un libro que leyó por la noche, se cuenta
    cómo unos niños arrojan un gato en un caldero de agua hir-
    viendo y se describen las convulsiones de la infeliz víctima.
    Estas son las dos impresiones, indiferentes en sí, que moti-
    van el sueño. A continuación, pasa al tema de la cruel-
    dad para con los animales. Su hija mostró en
    alto grado este defecto durante un verano que pasaron en el
    campo. Se dedicó a formar una colección de mariposas y la
    pidió arsénico para matarlas. Una mariposa de gran
    tamaño se le escapó un día de las manos y revoloteó largo
    rato por la habitación con el cuerpo traspasado por un alfiler.
    Otra vez se le murieron de hambre unos gusanos que guar-
    daba para observar cómo iban formando el capullo. Esta
    misma niña solía entretenerse, en años aún más tiernos,
    arrancando a los coleópteros y a las mariposas las alas y las
    patas. Afortunadamente, se ha corregido ya de estas tenden-
    cias crueles y hoy se horrorizaría de tales actos.

    Esta contraposición entre los crueles sentimientos ante-
    riores de su hija y la actual bondad de la misma, ocupa largo
    rato su pensamiento y le recuerda otra, la que suele existir
    entre el aspecto exterior de las personas y su con-
    dición moral. Así, el aristócrata que seduce y aban-
    dona a una infeliz muchacha y el obrero de nobles y eleva-
    dos pensamientos. El carácter de una persona no puede
    deducirse de su aspecto exterior. ¿Quién podría
    conocer por su aspecto los deseos sensuales que a ella
    la atormentan?

    En la misma época durante la cual se dedicaba su hija a
    coleccionar mariposas se hallaba toda la región invadida por

  • S.

    314

    una plaga del coleóptero «melolontha vulgaris» (Maikaefer
    —literalmente, coleóptero de Mayo)—y los chicos se dedica-
    ban a combatirla, machacándolos sin piedad. Por en-
    tonces, vió también a un hombre que cogía estos insectos,
    les arrancaba las alas y se los comía. Ella nació y se casó en
    el mes de Mayo. Tres días después de su boda, escribió a
    sus padres una carta diciéndoles que era muy feliz. Pero la
    verdad, era todo lo contrario.

    Durante la tarde anterior al sueño había estado revisando
    cartas antiguas y había leído, a los suyos, varias de ellas,
    serias unas y cómicas otras. Entre estas últimas se hallaba
    una, altamente ridícula de un profesor de piano que le había
    hecho la corte de muchacha. Luego leyó otra de un aris-
    tocrático pretendiente (1).

    Se reprocha no haber podido impedir que una de sus hi-
    jas leyese un libro, poco recomendable, de Maupassant (2).
    El arsénico que su hija le pidió en la ocasión indica-
    da le recuerda las píldoras de arsénico que de-
    vuelven las energías juveniles al Duque de Mora, en el «Na-
    bab» de Daudet.

    Al elemento «dar libertad» asocia el recuerdo de un pasa-
    je de la «Flauta encantada»: «No puedo forzarte a amar—
    pero no te devolveré la libertad».

    A los coleópteros (Maikaefer) las palabras de Kaet-
    chen (3): «Estás enamorado como un coleóptero.»

    En el intermedio recuerda una cita de Tannhäuser: «Por-
    que, poseído por perverso deseo...»

    Vive preocupada y ansiosa, pensando en su marido au-
    sente. El miedo de que pueda sucederle algo se exterioriza
    en numerosas fantasías diurnas. Poco antes, había expresa-
    do en sus pensamientos inconscientes, durante el análisis,


    (1) Este es el real estímulo del sueño.

    (2) Aquí añade la sujeto: Tales lecturas son un veneno para
    las muchachas. Ella misma leyó en su juventud gran cantidad de estos
    libros prohibidos.

    (3) Una siguiente serie de asociaciones conduce a la «Penthesilea»
    del mismo autor: crueldad para con las personas amadas.

  • S.

    315

    una queja sobre su «avejentamiento». La idea op-
    tativa que este sueño encubre, quedará transparentada con
    el dato de que varios días antes del sueño, sobresaltó y ho-
    rrorizó a la sujeto el imperativo «Ahórcate», que diri-
    gido a su marido, surgió de improviso en su pensamiento,
    mientras se hallaba vacando a sus ocupaciones de ama de
    casa. Posteriormente se averiguó que algunas horas antes
    había leído que los ahorcados experimentan, en el momento
    de morir, una enérgica erección. Así, pues, el deseo de dicha
    erección era lo que bajo tal disfraz atemorizante resurgía de
    la represión. El imperativo «ahórcate» significaba tanto como
    el de «procúrate una erección a cualquier precio». Las píldo-
    ras de arsénico del doctor Jenkis en el «Nabab» pertenecen
    a este círculo de ideas. La paciente sabía también que el
    más enérgico afrodisíaco, la cantaridina, se prepara
    machacando los cuerpos de unos coleópteros.
    Tal es el sentido al que tiende la parte principal del conteni-
    do manifiesto.

    El abrir y cerrar las ventanas es una causa constante de
    discusiones con su marido. Este acostumbra a dormir con las
    ventanas cerradas. Ella, en cambio, prefiere que permanez-
    can abiertas.

    En los tres sueños, cuya comunicación antecede, he he-
    cho resaltar, subrayándolos, aquellos elementos del conteni-
    do manifiesto que retornan en las ideas latentes, mostrando
    así, evidentemente, la múltiple relación de los mismos. Pero
    dado que en ninguno de estos sueños se ha llevado a térmi-
    no el análisis, creemos conveniente realizar igual labor en
    un sueño, cuyo análisis, hayamos comunicado más minucio-
    samente, demostrando en él la superdeterminación de su con-
    tenido. Con este objeto, elegiremos el sueño de la inyección
    de Irma, ejemplo en el que reconoceremos, sin esfuerzo, que
    la labor de condensación se sirve, en la elaboración del sue-
    ño, de más de un único medio.

    El personaje principal del contenido del sueño es Irma,
    mi paciente, que aparece en él con su fisonomía real y por
    lo tanto se representa, al principio, a sí misma. Pero ya su


  • S.

    316

    colocación al reconocerla yo junto a la ventana, está tomada
    de un recuerdo referente a otra persona, a aquella señora, a
    la que según me revelan las ideas latentes, quisiera yo tener
    como paciente en lugar de Irma. Por el hecho de padecer ésta
    una difteritis, enfermedad que me recuerda la de mi hija ma-
    yor, pasa a representar a ésta, detrás de la cual y enlazada
    con ella por la igualdad de nombre, se esconde la persona
    de una paciente, muerta por intoxicación. En el subsiguiente
    curso del sueño, cambia la significación de la personalidad de
    Irma (sin que su imagen onírica varíe), transformándose en
    uno de los niños a los que reconocíamos en la consulta pú-
    blica de nuestra clínica, ocasión en la que demuestran mis
    dos amigos la diferencia de sus capacidades intelectuales. El
    paso de una a otra significación quedó sin duda facilitado por
    la representación de mi hija, en edad infantil. Por la resisten-
    cia que opone a abrir bien la boca, se convierte la misma
    Irma en alusión a otra señora, reconocida por mí una vez, y
    luego, dentro del mismo contexto, a mi propia mujer. En las
    alteraciones patológicas que compruebo en su garganta,
    hallo, además, alusiones a toda una serie de otras personas.

    Todas estas personas con las que tropiezo al perseguir
    el elemento «Irma», no entran corporalmente en el sueño
    sino que se esconden detrás de la persona onírica «Irma»,
    que queda constituída, de este modo, como una imagen co-
    lectiva, con rasgos contradictorios. Por mi atribución a Irma
    de todos aquellos recuerdos míos referentes a aquellas otras
    personas sacrificadas en el proceso de condensación, queda
    convertida en representante de las mismas.

    La constitución de una tal persona colectiva,
    para los fines de la condensación onírica, puede llevarse tam-
    bién a cabo fundiendo en una imagen onírica los rasgos ac-
    tuales de dos o más personas. De este modo es como ha sur-
    gido el doctor M. de mi sueño. Este personaje lleva el nom-
    bre del doctor M. y habla y actúa como él, pero su aspecto
    físico y sus padecimientos corresponden a otra persona, a mi
    hermano mayor. Un único rasgo, la palidez, se halla doble-
    mente determinado, siendo común, en la realidad, a ambas

  • S.

    LA INTERPRETACION DE LOS SUENOS

    personas. Un análogo personaje mixto, es el doctor R. en el
    suefio de mi amigo, que es mi tio. Pero en este caso, ha que-
    dado constituida la imagen onirica de un tercer modo diferen-
    te. No he reunido rasgos fisicos del uno con otros del otro,
    disminuyendo asf la imagen mnémica de cada uno en deter-
    minados detalles, sino que he puesto en práctica el procedi-
    miento seguido por Galton para lograr sus retratos de fami-
    lia, esto es, proyectar ambas imágenes una sobre otra, con lo
    cual resaltan, acentuados, los rasgos comunes, y se destru-
    yen los diferentes, apareciendo sólo vagamente en la imagen.
    De este modo, resalta, acentuada, como rasgo comtin, en la
    vaga fisonomia formada por superposiciôn de las dos perso-
    nas diferentes, la barba rubia, detalle que contiene,
    ademås, una alusiôn a mi padre y a mi mismo, facilitada por la
    relacién al encanecimiento.

    La constituciôn de personas colectivas y mixtas es uno de
    los principales medios de que se sirve la condensacién oniri-
    ca. No tardaremos en tener ocasiôn de ocuparnos nuevamen-
    te de ella en relaciôn con otras cuestiones.

    La asociaciôn «disenteria» en el sueño de la inyeccion se
    halla también måltiplemente determinada: de una parte por
    similicadencia parafåsica con «difteria» (Dysenterie 一 Diphte-
    rie), y de otra, por la relaciôn con el paciente enviado por mi
    a Egipto y cuya histeria logra burlar al médico.

    La mención de la «propilena» en el sueño, se de-
    muestra también como un interesante caso de condensaciôn.
    Lo que las ideas latentes contenían, no era <propile-
    na» sino «amilena». Pudiera creerse que no ha teni-
    do aquí efecto, en la elaboración del sueño, más que un sen-
    cillo desplazamiento. Así es, en efecto, pero este desplaza-
    miento se halla al servicio de los fines de la condensación,
    como lo prueba el siguiente apéndice que aquí agregamos al
    análisis de este sueño. Deteniendo mi atención un momento
    más en la palabra «propilena», se me ocurre que es
    similicadente a <pr 0 p ile o s (Propylen-Propiläen). Con
    esta palabra se alude no solamente a Atenas sino también a
    Munich. A esta ultima ciudad fuf un afio antes de mi suefio,

    — 317 一

  • S.

    Po We UĞRAR AENA BR NE ED

    con ocasiön de una grave enfermedad de mi amigo. La inter-
    venciön de este ültimo en mi suefio se hace luego indiscutible
    por la emergencia del elemento <trim etila min a* 」
    que surge poco después de «propilena».

    Paso por alto la singular circunstancia de que tanto aquí
    como en otros lugares del análisis, son utilizadas, para la co-
    nexión de ideas, como equivalentes, asociaciones de los más
    diversos valores, y cedo a la tentación de representarme plás-
    ticamente el proceso de la sustitución de la «amilena»
    del contenido latente por la «propilena» del contenido
    manifiesto.

    Supongamos separados, pero enlazados por la contrapo-
    sición, el grupo de representaciones de mi amigo Otto,
    que no me comprende, me niega la razón y me regala un
    licor que huele a amilena, y el de mi amigo Guillermo,
    que me comprende, me daría la razón y al que debo tantos
    valiosos datos, entre ellos, algunos, interesantísimos, sobre
    el quimismo de los procesos sexuales.

    Lo que del grupo de Otto ha de despertar particular-
    mente mi atención, se halla determinado por los 5006505 re-
    cientes, provocadores del sueño. La amilena pertenece
    a estos elementos sobresalientes, predestinados a pasar el
    contenido manifiesto. El amplio grupo de representaciones
    «Guillermo» es precisamente animado por la contrapo-
    sición con el grupo «Otto» y en él quedan acentuados
    los elementos que recuerdan los ya excitados en este último.
    En mi sueño, recurro de una persona que ha despertado mi
    desagrado, ante otra que puedo oponerla a voluntad y hago
    que mi amigo responda punto por punto a mi contradictor. De
    este modo, la amilena de Otto despierta también en el otro
    grupo recuerdos pertenecientes al círculo de la Química, y la
    trimetilamina, apoyada por varios lados, llega al contenido
    manifiesto. También < a m ile na» podía llegar inmodifica-
    da a dicho contenido, pero sucumbe a la actuaciôn del grupo
    «Guillermo», siendo buscado en toda el área mnémica
    que este nombre ocupa, un elemento que pueda proporcionar
    una doble determinaciôn para amilena. Cercana a amile-

    =a

  • S.

    319

    na, se halla para la asociación, propilena y desde el
    grupo «Guillermo» sale a su encuentro Munich
    con los Propileos. En propilena-propileos
    se encuentran ambos círculos de representaciones, y enton-
    ces llega este elemento intermedio, como por una especie de
    transacción, al contenido manifiesto. Se ha creado aquí una
    especie de elemento común-intermedio que per-
    mite una múltiple determinación. Vemos, así, palpablemente,
    que la determinación múltiple tiene que facilitar el acceso al
    contenido manifiesto. Para la formación de este producto in-
    termedio se ha llevado a cabo un desplazamiento de la aten-
    ción, desde lo realmente pensado, a un elemento próximo en
    la asociación.

    El estudio del sueño de la inyección presenta ya más
    claramente a nuestros ojos los procesos de condensación que
    tienen efecto en la elaboración onírica. Hemos podido reco-
    nocer, como peculiaridades de la labor de condensación, la
    selección de los elementos repetidamente emergentes en las
    ideas latentes, la formación de nuevas unidades (personas
    colectivas y productos mixtos) y la constitución de elementos
    comunes intermedios. ¿Para qué sirve la condensación y qué
    es lo que la impulsa? son interrogaciones que nos planteare-
    mos cuando emprendamos el estudio, en conjunto, de los
    procesos psíquicos que se verifican en la elaboración de los
    sueños. Por ahora, nos contentaremos con dejar establecida
    la condensación onírica como una singular rela-
    ción entre las ideas latentes y el contenido manifiesto de los
    sueños.

    La labor de condensación, del sueño, se hace más que
    nunca evidente cuando toma, como objetos, palabras y nom-
    bres. Las palabras son tratadas con frecuencia, por el sueño,
    como si fueran cosas, y sufren entonces iguales uniones,
    desplazamientos, sustituciones y condensaciones que las re-
    presentaciones de cosas. Resultado de estos sueños, es la
    creación de formaciones verbales singularísimas y a veces
    muy cómicas. Una vez que un colega me remitió un trabajo
    suyo, en el que, a mi juicio, se concedía un valor exagerado

  • S.

    320

    a un moderno descubrimiento fisiológico, y sobre todo, se
    trataba de él en términos harto ampulosos, soñé a la noche
    siguiente, una frase que indudablemente se refería a dicho
    trabajo. Esta frase era: «Es este un estilo verdaderamente
    norekdal». La solución de este producto verbal me re-
    sultó, al principio, difícil. No cabía duda que se había forma-
    do en calidad de parodia de superlativos tales como «colosal»
    y «piramidal», pero no era fácil adivinar de dónde procedía.
    Por fin, quedó dividido este monstruo verbal en los nombres
    Nora y Ekdal, que son los de dos personajes de dos
    conocidas obras de Ibsen. Poco tiempo antes, había leído un
    artículo periodístico sobre Ibsen, original del mismo autor,
    cuya última obra criticaba en mi sueño.

    II. Una de mis pacientes me comunica un breve sueño
    que termina en una desatinada combinación verbal. Se en-
    cuentra con su marido en una fiesta campesina y dice: «Esto
    acabará en un «Maistollmuetz» general». Al decir
    esto, tiene, en el sueño, la oscura idea de que aquella pala-
    bra es el nombre de un plato en cuya composición entra la
    harina de maiz (mais), una especie de polenta. El aná-
    lisis divide la palabra en mais (maiz)–toll (loco)–
    mannstoll (ninfómana) y Olmuetz (nom-
    bre de una ciudad), palabras todas que la sujeto,
    reconoció como restos de una conversación de sobremesa,
    con sus familiares. Detrás de la palabra «mais» se escon-
    dían, a más de una alusión a una exposición recientemente
    inaugurada, las palabras siguientes: Meissen (una por-
    celana de Meissen que representaba un pájaro Miss
    (la institutritz de sus parientes había partido para Ol-
    muetz), mies (que en el «argot» humorístico judío sig-
    nifica «malo»). Una larga concatenación de ideas y asociacio-
    nes partía de cada una de las sílabas del ininteligible com-
    puesto verbal.

    III. Un joven a cuya casa ha acudido un conocido suyo
    a última hora de la tarde para dejarle una tarjeta, sueña aque-
    lla noche lo siguiente: «Un operario espera hasta última hora
    de la tarde, para arreglar el timbre. Después que se ha mar-
     

  • S.

    321

    chado, sigue éste sin sonar continuadamente y sí solo a gol-
    pes. Un criado vuelve a traer al operario, y él dice: Es curio-
    so que también aquellas personas que, en general, son «tu-
    telrein», no entiendan el manejo de estas cosas».

    El indiferente estímulo del sueño no justifica, como se ve,
    sino un solo elemento del contenido. Además, si ha llegado
    a constituirse en tal estímulo, ha sido, únicamente, por agre-
    garse a un suceso anterior, indiferente también, pero que la
    fantasía del sujeto adornó, dándole así importancia. Siendo
    todavía muchacho y viviendo con su padre, tiró al suelo un
    vaso de agua, que al traspasar los hilos del timbre lo hizo
    sonar continuadamente. Si el sonar continuada-
    mente corresponde al mojarse, el «sonar a golpes» será uti-
    lizado para representar la caída de gotas de un líquido. La
    palabra «tutelrein» se divide en tres direcciones dis-
    tintas, indica, así, tres de las materias representadas en las
    ideas latentes: «Tutel» significa, en primer lugar, «tute-
    la», «curatela» y es, además, una denominación vulgar del
    pecho femenino. La sílaba restante «rein» (limpio) se
    agrega a las primeras sílabas de «Zimmertelegraph»
    (timbre), para formar «Zimmerrein», palabra que alu-
    de al agua vertida sobre el suelo y presenta analogías con un
    apellido de la familia del sujeto(1).


    (1) Esta misma división y yuxtaposición de las sílabas–una verda-
    dera química de las mismas–nos sirve en la vigilia para la formación
    de chistes. El primer lector y crítico de la presente obra me hizo la ob-
    jeción, que otros seguramente habrán de repetir, de «que el sujeto del
    sueño parecía, a veces, demasiado chistoso». Esto es exacto en tanto
    en cuanto se refiere sólo al sujeto, y únicamente vuelve un reproche
    cuando ha de hacerse extensivo al interpretador. En la realidad des-
    pierta no puedo precisamente aspirar al calificativo de «chistoso», y si
    mis sueños presentan este carácter, ello no depende de mi persona,
    sino de las singulares condiciones psicológicas bajo las cuales es ela-
    borado el sueño, y se halla íntimamente relacionado con la teoría de lo
    chistoso y lo cómico. El sueño se hace chistoso porque encuentra ce-
    rrado el camino más recto e inmediato para la expresión de sus pensa-
    mientos, quedando así obligado a buscar rodeos. Los lectores pueden
    convencerse que los sueños de mis pacientes presentan este carácter

  • S.

    322

    IV. En un largo y monótono sueño propio, cuyo centro
    era, aparentemente, un viaje por mar, sucedía que la prime-
    ra escala era Hearsing y la siguiente Fliess. Este
    último nombre es el apellido de mi amigo de B., por cuya
    causa he realizado frecuentes viajes. Pero Hearsing es
    un nombre compuesto de la desinencia «ing», común a
    gran cantidad de lugares próximos a Viena: Hietzing,
    Liesing, Moedling (cuyo antiguo nombre fué Me-
    delit», «meae deliciae», o sea meine Freud»)
    y la palabra inglesa «hearsay», equivalente a calum-
    nia. Esta palabra se relaciona con el estímulo onírico indife-
    rente del día, una poesía del semanario humorístico «Fliegen-
    de Blaetter». Relacionando la desinencia «ing» con el apelli-
    do «Fliess», obtenemos «Vlissingen» nombre
    real del puerto en que desembarca mi hermano cuando viene
    a visitarnos desde Inglaterra. El nombre inglés de Vlissin-
    ge, es Flushing, que en dicho idioma, significa «ru-
    borizarse» y me recuerda a una paciente que padece de
    «miedo a «ruborizarse» y una reciente publicación
    de Bechterews sobre esta neurosis, publicación cuya lectura
    me ha sido harto desagradable.

    V. En otra ocasión tuve un sueño compuesto de dos
    fragmentos separados. El primero es la palabra «Autodi-
    dasker», precisamente recordada, y el segundo coincide
    fielmente con una fantasía, breve e inocente, edificada po-
    cos días antes y cuyo contenido era el de que cuando viera
    al profesor N., habría de decirle: «El paciente sobre cuyo es-
    tado le consulté últimamente no padece, en realidad, sino
    una neurosis, como usted ya suponía». El neologismo «Au-
    todidasker» habrá, pues, de cumplir dos condiciones:
    la de entrañar o representar un sentido comprimido y la de
    que dicho sentido se halle relacionado con mi propósito diur-
    no de dar al profesor N. la citada satisfacción.

    en igual o mayor grado que los míos. De todos modos, me impulsó este
    reproche a comparar la técnica del chiste con la elaboración onírica,
    empresa que llevé a cabo en mi libro «El chiste y su relación con lo in-
    consciente», 1905.–Véase el tomo III de estas «Obras completas».

  • S.

    323

    «Autodidasker» resulta fácilmente divisible en
    autor, autodidacta y Lasker, elemento este úl-
    timo al que viene a agregarse el nombre de Lasalle. Las pri-
    meras de estas palabras conducen al motivo del sueño, im-
    portante esta vez: Había traído a mi mujer varias obras de
    un autor amigo de mi hermano (J. J. David) y que, como des-
    pués he sabido, nació en el mismo lugar que yo. Una tarde,
    me habló de la profunda impresión que le había producido
    una de estas obras, en la que se describía la triste historia de
    un talento malogrado, y nuestra conversación recayó des-
    pués sobre las dotes intelectuales de nuestros hijos. Influída
    por la reciente lectura, expresó mi mujer su preocupación
    con respecto al porvenir de los niños, tranquilizándola yo
    con la observación de que precisamente los peligros a que se
    refería podían ser alejados por la educación. Por la noche
    continuaron ocupándome estos pensamientos, medité a mi
    vez sobre aquello que preocupaba a mi mujer y entretejí
    con ello muy diversas ideas. Unas manifestaciones que el
    poeta había hecho a mi hermano sobre el matrimonio, in-
    dicaron a mis pensamientos un nuevo camino que podía con-
    ducir a lo representado por mi sueño. Este camino me
    llevó hasta Breslau, ciudad en la que se había casado
    una señora muy amiga nuestra. Con respecto a la preocu-
    pación de la posibilidad de malograr una vida a causa de
    una mujer o de las mujeres, preocupación que constituía el
    nódulo de mi sueño, encontré los ejemplos de Lasker
    y Lasalle, que me permitieron representar simultánea-
    mente los dos géneros de tal influencia desgraciada de la
    mujer (1). El «cherchez la femme», en el que pueden sinte-
    tizarse estos pensamientos, me lleva, aunque en distinto sen-
    tido, a mi hermano Alejandro, aún soltero. Advierto,
    entonces, que Alex, como solemos llamarle familiarmente,
    suena como una trasposición del nombre Lasker y que
    este factor tiene que haber contribuído a comunicar a mis

    (1) Lasker murió de parálisis progresiva, consecuencia de una
    infección luética, y Lassalle en un duelo por una mujer.

  • S.

    324

    pensamientos la dirección del rodeo emprendido pasando
    por Breslau.

    Este juego con palabras y sílabas, a que aquí me dedico,
    entraña todavía otro sentido. Constituye, en efecto, una re-
    presentación del deseo de ver fundar a mi hermano una di-
    chosa vida de familia. Esta sustitución se verifica en la forma
    siguiente: En la novela «L'oeuvre», a la que había de hallar-
    se muy próximo el contenido de mis ideas latentes, describe
    el poeta, en un pasaje episódico, su propia felicidad familiar,
    y se presenta él mismo bajo el nombre de Sandoz. Para
    construir este seudónimo siguió seguramente este camino:
    Zola, leído a la inversa (como suelen los niños hacer mu-
    chas veces a guisa de entretenimiento), da Aloz. Esto re-
    sultaba demasiado transparente, y por lo tanto, sustituyó la
    sílaba «al», que inicia también el nombre Alejandro,
    por la tercera sílaba–«sand»–del mismo nombre, resul-
    tando así Sandoz. De un modo análogo surgió, pues, mi
    «Autodidasker».

    Mi fantasía de que digo al profesor N. que el enfermo por
    ambos examinado no padece sino una neurosis, ha llegado
    al sueño del siguiente modo: Poco tiempo antes del verano,
    vino a mi consulta un paciente, cuya enfermedad me fué im-
    posible diagnosticar. Padecía una grave alteración orgánica,
    probablemente medular, pero sin que pudiera afirmarse con
    seguridad. Hubiera sido muy tentador diagnosticar una neu-
    rosis, con lo cual habrían quedado resueltas todas las dificul-
    tades, pero el paciente negó en absoluto toda posible etiolo-
    gía sexual, sin la cual no reconozco jamás la existencia de
    una neurosis. En mi incertidumbre, acudí a aquel médico que
    me inspira (y no es a mí sólo) mayor veneración y ante cuya
    autoridad me doblego más fácilmente. Oyó mis dudas, las
    conceptuó justificadas y opinó después: «Continúe usted ob-
    servando al sujeto. Es seguramente un neurótico». Sabiendo
    que este ilustre médico no comparte mis opiniones sobre la
    etiología de las neurosis, me abstuve de contradecirle fun-
    dándome en las declaraciones del paciente, pero no dejé de
    expresarle mi incredulidad. Días después, comuniqué al en-
     

  • S.

    325

    fermo que no sabía qué hacer con él, y le aconsejé que viera
    a otro médico. Mas para mi sorpresa comenzó a pedirme per-
    dón por haberme mentido, alegando lo había hecho por ver-
    güenza, y me reveló toda la parte de etiología sexual que yo
    esperaba y me era precisa para diagnosticar una neurosis.
    Por un lado, fué esto una satisfacción para mí, mas por otro
    me avergonzaba un tanto, pues tenía que confesarme que mi
    colega había visto las cosas con más claridad que yo, sin de-
    jarse engañar por las manifestaciones del enfermo. Por lo
    tanto, me propuse decirle, en cuanto le viese, que tenía ra-
    zón, habiendo sido yo el equivocado.

    Esto último es precisamente lo que hago en mi sueño.
    ¿Pero qué realización de deseos puede haber en él, si reco-
    nozco que estoy equivocado? Precisamente es éste mi deseo:
    el de que mis temores o los de mi mujer, que hago míos en
    las ideas latentes, sean equivocados. El tema a que se refie-
    re, en el sueño, el acierto o la equivocación, no se halla muy
    lejano de lo que realmente posee un interés en las ideas la-
    tentes, pues está constituído por la misma alternativa entre
    las dos perturbaciones que puede originar la mujer, o mejor
    dicho, la vida sexual, esto es, la perturbación orgánica o la
    funcional, la parálisis tabética o la neurosis. Con esta última
    se relaciona algo laxamente el desdichado fin de Lasalle.

    Si el profesor N. desempeña un papel en este sueño
    –muy coherente y de una gran transparencia ante una inter-
    pretación cuidadosa–no es sólo por esta analogía y por mi
    deseo de equivocarme, ni tampoco por sus relaciones con
    Breslau y con la familia de nuestra amiga allí casada, sino
    por el siguiente pequeño suceso, relacionado con mi consul-
    ta con él. Después de darme su opinión sobre el asunto pro-
    fesional que a su casa me había conducido, pasó a interesar-
    se por mis asuntos personales. «¿Cuántos hijos tiene usted?»
    –«Seis»–«¿Varones o hembras?»–«Tres y tres. Mis hijos
    constituyen todo mi orgullo y todas mis riquezas».– «Cuida-
    do, pues. Las muchachas son fáciles de educar, pero con los
    varones suele uno tropezar con más dificultades».–A estas
    palabras, objeté yo, que hasta el momento se mostraban muy

  • S.

    326

    dóciles; pero este diagnóstico sobre el porvenir de mis hijos
    me agradaba tampoco como el anterior sobre la enfermedad
    de mi paciente. Estas dos impresiones quedaron, pues, uni-
    das por la antigüedad, y al acoger en mi sueño la historia de
    la neurosis quedó sustituída por ella la frase sobre la educa-
    ción de los hijos, la cual se halla más íntimamente relaciona-
    da con las ideas latentes, dado que presenta una firme cone-
    xión con los temores posteriormente expresados por mi mujer.
    De este modo, mi propio temor de que N. pueda acertar con
    su observación sobre las dificultades de la educación de los
    hijos varones, encuentra acceso a mi sueño, escondiéndose
    detrás de la representación de mi deseo de que tales temores
    míos sean equivocados. Esta fantasía sirve, sin modificación
    alguna, para la representación de los dos miembros opuestos
    de la alternativa.

    VI. Marcinowski: «Esta madrugada he realizado
    hallándome en un estado intermedio entre el sueño y el des-
    pertar, una interesante condensación verbal. En el curso de
    una gran cantidad de fragmentos oníricos apenas recordables,
    tropecé con una palabra que vi ante mí como medio escrita y
    medio impresa. Esta palabra era «erzefilisch» y per-
    tenecía a una frase que pasó a mi memoria consciente total-
    mente aislada y fuera de todo contexto: «Eso actúa
    «erzefilisch» sobre el sentimiento sexual».
    Al momento me di cuenta de que como realmente debía de-
    cirse, era «erzieherisch» (educativamente),
    pero todavía vacilé un par de veces, pensando si no sería
    más exacto «erzifilisch». En este momento, se me
    vino a las mientes la palabra «sífilis», y todavía medio
    dormido, atormenté mi cerebro comenzando a analizar, cómo
    podía este concepto pasar a mi sueño, careciendo yo, perso-
    nal y profesionalmente, de todo punto de contacto con tal
    enfermedad. A continuación se me ocurrió la palabra «er-
    zaehlerisch» (de «erzaehlen», relatar), asociación que
    aclara la segunda sílaba de la formación verbal y me recuer-
    da que ayer tarde fuí inducido por nuestra «institutriz»
    («Erzieherin») a hablar sobre el problema de la pros-

  • S.

    327

    titución, y para actuar «educativamente» (erzie-
    herisch) sobre su vida sentimental, no muy normalmente
    desarrollada, la di el libro de Hesse, titulado «Sobre la pros-
    titución» después de referirla (erzaehlen) algo re-
    lativo a estas cuestiones. Al llegar aquí veo claramente que
    la palabra «sífilis» no debe ser tomada en su sentido
    literal sino en el de «veneno», relacionándola, natural-
    mente, con la vida sexual. La frase de mi sueño queda, pues,
    traducida en la siguiente forma, perfectamente lógica: «Con
    mi relato (Erzaehlung), he querido actuar edu-
    cativamente (erzieherisch) sobre la vida senti-
    mental de mi institutriz (Erzieherin), pero, al
    mismo tiempo abrigo el temor de que mis palabras puedan
    actuar sobre ella como un veneno.» Erzefilisch
    –erzae–(erzieh–) (erzifilisch)».

    Los productos verbales del sueño son muy semejantes a
    los de la paranoia, que aparecen también en la histeria y en
    las representaciones obsesivas. Los juegos verbales en que
    los niños tratan las palabras como objetos, inventando nue-
    vos idiomas y artificiales palabras compuestas, constituyen,
    en este punto, la fuente común para el sueño y para las psi-
    coneurosis.

    El análisis de los desatinados productos verbales cons-
    truídos por el sueño, es particularmente apropiado para de-
    mostrar la función condensadora de la elaboración onírica.
    De los escasos ejemplos aquí comunicados no deberá dedu-
    cir el lector, que un tal material, sólo muy raras veces o in-
    cluso excepcionalmente, llega a ofrecerse a la observación.
    Por lo contrario, es frecuentísimo, pero a causa de la depen-
    dencia de la interpretación onírica del tratamiento psicoanalí-
    tico, son muy pocos los análisis que se anotan y pueden co-
    municarse, y la mayoría de estos últimos no resultan com-
    prensibles sino para personas conocedoras de la patología
    de las neurosis. A estos análisis inaccesibles al lector profa-
    no, pertenece el de un sueño del doctor v. Karpinska (Int,
    Zeitschr. f. Psychoanalyse II, 1914) que contiene la insensata
    formación verbal «svingnum elvi». Así mismo, es

  • S.

    328

    P R O F. S. F R E U D

    digna de mención, la emergencia, en el sueño, de una pala-
    bra que no carece de sentido, pero que despojada del que le
    es propio reune diversas otras significaciones, con respecto
    a las cuales se conduce como una palabra «falta de sentido».
    Tal es el caso del sueño de la «categoría», soñado por un
    niño de diez años y comunicado por V. Tausk. En él, «cate-
    goría», significa el aparato genital femenino, y «catego-
    rizar», orinar.

    Allí donde en el sueño aparecen discursos orales, perfec-
    tamente diferenciados como tales, de las ideas, se comprue-
    ba siempre el principio de que la oración onírica procede de
    discursos recordados existentes entre el material del sueño.
    El texto de estos discursos es conservado fielmente unas
    veces y otras ligeramente desplazada su expresión. Con fre-
    cuencia queda compuesta la oración onírica por diversos re
    cuerdos, permaneciendo entonces invariado el texto y modifi-
    cado, en cambio, el sentido. Tales discursos no sirven, con
    frecuencia, sino de alusión a un suceso en el que fueron pro-
    nunciadas las frases recordadas(1).


    (1) Un joven atacado de representaciones obsesivas, pero que
    conservaba intactas sus funciones intelectuales, muy desarrolladas, me
    mostró, hace poco, la única excepción de esta regla. Las oraciones que
    en sus sueños emergían, no procedían de discursos oídos o pronun-
    ciados por él, sino que correspondían al texto no deformado de sus
    ideas obsesivas, que durante la vigilia, sólo modificadas, llegaban a su
    conciencia.

    FIN DEL TOMO PRIMERO DE LA IN-
    TERPRETACIÓN DE LOS SUEÑOS