S.
– 79 –
II
El primer sueño
En un momento en que el análisis parecía llegar al
esclarecimiento de un período oscuro de la vida infantil
de Dora, me comunicó ésta haber tenido de nuevo,
noches antes, un sueño ya soñado por ella varias veces
en idéntica forma. Un tal sueño de retorno periódico
había de despertar mi curiosidad, y en interés del trata-
miento debía ser interpolado en la marcha del análisis.
Decidí, pues, analizarlo con toda minuciosidad.Dora lo describió en la forma siguiente:
«Hay fuego en casa. Mi padre ha acudido a mi alco-
ba a despertarme y está de pie al lado de mi cama. Me
visto a toda prisa. Mamá quiere poner aún en salvo el
cofrecito de sus joyas. Pero papá protesta: No quiero
que por causa de tu cofrecito ardamos los chicos y yo.
Bajamos corriendo. Al salir a la calle, despierto.»Como se trata de un sueño reiterado comienzo por
preguntar a Dora cuándo lo ha soñado por primera vez.
No lo sabe. Pero recuerda haberlo soñado tres noches
consecutivas durante su estancia en L. (la localidad
junto al lago en la que se había desarrollado la escena
con K.) Luego había vuelto a tenerlo hacía unas cuan-
tas noches 1). La conexión así establecida entre el1)El contenido del sueño permite deducir que fué soñado
en L. por vez primera.S.
80
sueño y los sucesos acaecidos en L. me hace fundar,
naturalmente, mayores esperanzas en la solución de
aquél. Pero quisiera primero averiguar el motivo de su
último retorno y con tal fin invito a la sujeto a descom-
poner el sueño en sus elementos y a comunicarme lo
que se le ocurra con respecto a cada uno de ellos.Lo que primero se me ocurre es algo que no puede
tener relación ninguna con mi sueño, pues se refiere a
cosas muy recientes y posteriores a la primera vez que
lo soñé.–No importa. Dígamelo usted.
–Se trata de que papá ha tenido en estos últimos
días una discusión con mamá porque mamá se empeña
en dejar cerrado con llave el comedor por las noches.
La alcoba de mi hermano no tiene otra salida y papá no
quiere que mi hermano se quede así encerrado. Dice
que por la noche puede pasar algo que le obligue a uno
a salir.–¿Y usted pensó en seguida en la posibilidad de un
incendio?–Sí.
–Retenga usted bien sus propias palabras. Quizá
hayamos de volver sobre ellas. Ha dicho usted, tex-
tualmente, que por la noche puede pasar
algo que le obligue a uno a salir 1).Pero la sujeto ha encontrado ya el enlace entre los
motivos recientes del sueño y los que antes lo provo-
caron, pues prosigue en la forma siguiente:–Cuando llegamos a L., papá expresó directamente
su temor a un incendio. Llegamos enmedio de una1)Subrayo estas palabras porque me parecieron constituir
un equívoco, pues podían referirse también a ciertas necesidades
físicas. Tales equívocos suelen ponernos sobre la pista de las
ideas buscadas y aun ocultas detrás del sueño.S.
6
HISTORIALES CLINICOS
fuerte tormenta y la casita que íbamos a habitar era
toda de madera y no tenía pararrayos. Su temor era,
pues, justificado.Me interesa ahora descubrir la relación entre los su-
cesos que se desarrollaron en L. y los sueños idénticos
de entonces. Con tal intención pregunto a Dora:—¿Tuvo usted esos sueños en las primeras noches
de su estancia en L. o luego en las inmediatamente an-
teriores a su partida? O lo que es lo mismo, ¿antes o
después de la escena con K. en el bosque?
Dora responde primero: «No lo sé». Y al cabo de un
rato: «Creo que después».Quedaba así averiguado que el sueño era una reac-
ción a aquel suceso. Mas ¿por qué hubo de repetirse
por tres veces en aquellos días? Seguí preguntando:
«¿Cuánto tiempo permaneció usted aún en L. después
de la escena con K.?»—Cuatro días. Al quinto partí con mi padre.
—Ahora estoy ya seguro de que su sueño fué por
entonces efecto inmediato del suceso con K. Lo soñó
usted allí por primera vez, y si antes pretendía usted no
recordarlo así con seguridad era para borrar ante sí
misma tal relación. Lo que no acabo de explicarme es
el número de las repeticiones. Si todavía permaneció
usted en L. cuatro noches, pudo usted soñarlo cuatro
veces. ¿O quizá fué así?La sujeto no contradice ya mi afirmación, pero en
lugar de contestar a mi pregunta continúa diciendo:—K. y yo regresamos a mediodía de nuestro paseo
por el lago. Después de almorzar me eché en un sofá
de la alcoba del matrimonio, para reposar un rato. De
pronto desperté sobresaltada y vi a K. en pie junto al
sofá...—Como en el sueño, a su padre al lado de la cama.
S.
82
–Sí. Le pregunté qué venía a hacer allí y me con-
testó que había venido a buscar unas cosas y que, ade-
más, nadie podía impedirle entrar en su alcoba cuando
quisiera. Este incidente me hizo ver la necesidad de
tomar alguna precaución. Pedí, pues, a la mujer de K.
la llave del cuarto, y a la mañana siguiente (el segundo
día), cerré por dentro mientras me arreglaba. Pero
luego, a la hora de la siesta, cuando quise volver a ce-
rrar para echarme tranquilamente en el sofá, no encon-
tré ya la llave en su sitio. Estoy segura de que fué K.
quien la quitó.–Tal es, pues, el tema de cerrar o no cerrar una ha-
bitación, que surge en su primera ocurrencia con res-
pecto al sueño y ha desempeñado también, casualmen-
te, un papel en la reciente motivación ocasional del
mismo. ¿No tendrá también la frase «Me visto a toda
prisa» una relación con estos sucesos?»–Fué entonces cuando me propuse no quedarme en
casa de K. sin mi padre. En las mañanas siguientes
me vestí a toda prisa, temiendo siempre la
aparición de K. Papá vivía en el hotel y la mujer de K.
salía temprano para dar un paseo con él. Pero K. no
volvió a importunarme.–Ahora voy ya viendo claro. En la tarde del segun-
do día se propuso usted sustraerse a aquella persecu-
ción, y en las noches segunda, tercera y cuarta, después
de la escena del bosque, renovó usted, en el sueño, tal-
propósito. En la segunda tarde, o sea antes del sueño,
sabía usted ya que a la mañana siguiente–la tercera–
no podría usted encerrarse durante su tocado, puesto-
que la llave había desaparecido, y se propuso usted
vestirse lo más rápidamente posible. Su sueño retorna-
ba todas las noches por corresponder precisamente a un
propósito. Un propósito subsiste hasta que es realiza-
do.S.
83
HISTORIALES CLINICOS
do. Es como si se hubiera usted dicho: Aquí no tengo
tranquilidad. No podré dormir tranquilamente hasta que
no salga de esta casa. En el sueño dice usted inversa-
mente: Al salir a la calle, despierto.***
Interrumpiré aquí la comunicación del análisis para
comprobar cómo responde este fragmento de una inter-
pretación de un sueño a mis principios generales sobre
el mecanismo de la producción onírica. En mi «Interpre-
tación de los sueños» hube de afirmar que todo sueño
era la representación del cumplimiento de un deseo,
que tal representación aparecía deformada y encubierta
cuando se trataba de un deseo reprimido, confinado en
lo inconsciente, y que, salvo en los niños, sólo un de-
seo inconsciente poseía fuerza bastante para producir
un sueño. Creo que hubiera obtenido más general
aquiescencia si me hubiese limitado a afirmar que todo
sueño entrañaba un sentido hasta el cual podíamos lle-
gar por medio de la labor interpretadora. Una vez
llevada a cabo la interpretación se podía sustituir el
sueño por ideas localizadas en un punto fácilmente de-
terminable de la vida anímica despierta. Hubiera po-
dido proseguir, diciendo que este sentido del sueño se
demuestra tan vario como los procesos mentales de la
vigilia. Unas veces es un deseo cumplido, otras un te-
mor, una reflexión continuada durante el reposo, un
propósito (como en el sueño de Dora), etc. Esta expo-
sición, más fácilmente aprehensible, hubiera captado
mejor el ánimo de mis lectores y hubiese podido apo-
yarse en numerosos ejemplos de sueños acabadamente
interpretados, tales como el que aquí hemos empezado
a analizar.S.
84
Pero en lugar de proceder así, senté una afirmación
general que limita el sentido de los sueños a una única
forma mental, a la representación de deseos, y desperté
con ello la tendencia general a la contradicción. Pero no
me creía obligado a simplificar, para hacerlo más acep-
table a mis lectores, un proceso psicológico, porque
ofreciera a mi investigación dificultades que podían te-
ner más adelante su solución unitaria. Me interesará,
pues, extraordinariamente, mostrar que las excepciones
aparentes, como este sueño de Dora, que en un princi-
pio se nos revela como un propósito diurno continuado
durante el reposo, acaban por confirmar la regla discu-
tida.Todavía nos quedaba por interpretar buena parte del
sueño. Seguí, pues, preguntando: «¿Qué se le ocurre a
usted con respecto al cofrecito que su madre quería po-
ner en salvo?»–Mamá es muy aficionada a las joyas, y papá le ha
regalado muchas.–¿Y usted?
–Antes también me gustaban. Pero desde que estoy
enferma no llevo ninguna... Hace cuatro años (un año
antes del sueño) mis padres tuvieron un disgusto por
causa de una joya. Mamá quería unos pendientes, unas
«gotas» de perlas. Pero papá no le gustaban y la com-
pró una pulsera. Mamá se puso furiosa y se negó a to-
marla diciéndole que podía regalársela a quien quisiera,
ya que se había gastado tanto dinero en una cosa que
ella no quería.–Y usted pensó que si su padre se la ofrecía la acep-
taría encantada, ¿no?S.
85
—No lo sé 1). Ni tampoco cómo llegó mamá a inter-
venir en mi sueño, puesto que no estaba entonces
en L. con nosotros.—Yo se lo explicaré más adelante. ¿No se le ocurre
a usted nada más con respecto al cofrecillo? Hasta
ahora me ha hablado usted sólo de las joyas, pero no
del cofrecillo.—Sí. K. me había regalado poco antes un cofrecillo
precioso.—Estaba, pues, justificado que usted le regalase algo
en correspondencia. Quizá no sabe usted aún que la
palabra «cofrecillo» sirve corrientemente para denomi-
nar aquello mismo a lo que antes ha aludido usted ju-
gueteando con el bolsillito 2), o sea el genital femenino.—Sabía que iba usted a decirme eso.
—Lo cual quiere decir que sabía usted la denomina-
ción indicada. El sentido de su sueño se hace ya más
claro. Se dijo usted: Ese hombre anda detrás de mí;
quiere entrar en mi cuarto; mi «cofrecillo» corre peligro
y si sucede algo, la culpa será de mi padre. Por ello
integra usted en el sueño una situación que expresa
todo lo contrario: un peligro del cual la salva su padre.
En esta región del sueño queda todo transformado en
su contrario. Pronto verá usted por qué. La clave nos
la da precisamente la figura de su madre. ¿Cómo? Usted
ve en ella a una antigua rival en el cariño de su padre.
En el incidente de la pulsera pensó usted en aceptar
gustosa lo que ella rechazaba. Vamos a sustituir ahora
«aceptar» por «dar» y «rechazar» por «negar». Halla-
remos así que usted estaba dispuesta a dar a su padre
1)Dora empleaba habitualmente esta expresión para reco-
nocer la emergencia de algo reprimido.2)De este detalle tratamos más adelante.
S.
86
lo que mamá le negaba, y que se trataba de algo rela-
cionado con las joyas 1). Recuerde usted ahora el co-
frecillo que le había regalado K. Tiene usted aquí el
punto inicial de una serie paralela de ideas en la cual,
como en la situación de hallarse en pie junto a su cama,
debe sustituirse K. a su padre. K. le ha regalado a
usted un cofrecillo y ahora debe usted regalarle a él el
de usted. Por eso la hablé antes de un regalo «en corres-
pondencia». En esta serie de ideas habremos de susti-
tuir a su mamá por la señora de K., la cual sí estaba
entonces con ustedes. Usted se halla, pues, dispuesta
a dar a K. lo que su mujer le niega. Tal es la idea que
con tanto esfuerzo ha de ser reprimida y hace así nece-
saria la transformación de todos los elementos en sus
contrarios respectivos. Como ya indiqué a usted antes
de iniciar el análisis, este sueño confirma que usted se
esfuerza en despertar de nuevo su antiguo amor a su
padre, para defenderse contra el amor a K. ¿Qué de-
muestran todos estos esfuerzos? No sólo que teme
usted a K., sino que aún se teme usted más a sí misma
y teme a la tentación de ceder a sus deseos. Confirma
usted, pues, con ello, cuán intenso era su amor a K. 2).
Como era de esperar, esta última parte de la inter-
pretación no logró el asentimiento de Dora.
Pero la interpretación de su sueño no terminaba aquí.
1)También para las «gotas» de perlas hallaremos luego una
interpretación.2)Añadido aún: Además, de la repetición del sueño en estos
últimos días, he de deducir que considera usted nuevamente lle-
gada la misma situación y que ha resuelto interrumpir la cura en
la que sólo su padre la retiene.—El curso ulterior del análisis
vino a darme plenamente la razón en este punto. Mi interpreta-
ción roza aquí el tema de la «transferencia», importantísimo tanto
desde el punto de vista teórico como desde el punto de vista
práctico.S.
87
Tenía una continuación que me parecía indispensable
tanto para la anamnesia del caso como para la teoría
del sueño. Prometí, pues, a Dora, comunicársela en la
sesión siguiente.No podía olvidar, en efecto, la indicación que pare-
cía desprenderse de las palabras equívocas antes sub-
rayadas (que por la noche puede pasar algo que le
obligue a uno a salir). Agregábase a esto que la aclara-
ción del sueño me parecía incompleta en tanto no se
cumpliera una cierta condición a la que no quiero atri-
buir carácter general, pero cuyo cumplimiento busco
siempre. Un sueño regular posee dos puntos de susten-
tación: el motivo esencial actual y un suceso infantil de
graves consecuencias. Entre estos dos puntos, el su-
ceso infantil y el actual, establece el sueño un enlace e
intenta transformar el presente conforme al modelo del
más temprano pretérito. El deseo que crea el sueño
procede siempre de la infancia, quiere volver la infan-
cia a la realidad, corregir el presente conforme al mo-
delo de la infancia. En el contenido del sueño de Dora
me parecía ya reconocer aquellos fragmentos con los
que podía componerse una alusión a un suceso infantil.Comencé la investigación correspondiente con un pe-
queño experimento que, como de costumbre, salió bien.
Encima de mi mesa había casualmente una cerillera de
amplias proporciones. Pedí a Dora que observase si
sobre la mesa había algo desacostumbrado. No vió
nada. A continuación la pregunté si sabía por qué se
prohibía a los niños jugar con cerillas.–Sí. Por temor a que ocasionen un incendio. A los
chicos de mi tío les gusta mucho jugar con cerillas.–No es sólo por eso. Se les prohibe jugar con fuego
porque se cree que tales juegos tienen determinadas
consecuencias…S.
88
Dora ignoraba a qué podía yo referirme.
–Se cree que si juegan con fuego mojarán por la
noche la cama. Esta creencia se funda quizá en la an-
títesis entre el agua y el fuego, suponiéndose, por
ejemplo, que soñaran con fuego e intentaran apagarlo
con agua. No puedo dar una explicación exacta. Pero
veo que la antítesis entre el agua y el fuego la ha pres-
tado a usted excelentes servicios en su sueño. Su ma-
dre quiere poner en salvo el cofrecillo para que no
arda, y en las ideas latentes del sueño de lo que se
trata es de que el «cofrecillo» no se moje. El con-
cepto fuego no es empleado únicamente como antítesis
del concepto agua; sirve también para representar el
amor. Del concepto fuego parte así un camino que con-
duce, a través de esta significación simbólica, hasta las
ideas amorosas, y otro que, a través del concepto anti-
tético, agua, y luego de ramificarse en una relación con
el amor, que también moja, llega a lugar distinto.
¿Adónde? Piense usted en sus palabras de antes: «Pue-
de suceder por la noche algo que le obligue a uno a
salir». ¿No pueden referirse a una necesidad física? Y
si las transfiere usted a la infancia, ¿pueden referirse a
cosa distinta de que el niño moje la cama? ¿Y qué es lo
que se suele hacer para evitar que los niños mojen la
cama? Despertarlos por la noche, como en su sueño la
despierta a usted su padre. Tal sería, pues, el suceso
que le da a usted el derecho de sustituir a K., el cual la
despierta a usted cuando dormía la siesta, por la figura
de su padre. Debo, pues, concluir que la enuresis noc-
turna duró en usted más tiempo del corriente en los
niños. Lo mismo debió sucederle a su hermano, pues
su padre dice: No quiero que mis dos hijos... perezcan.
Fuera de esto no tiene su hermano nada que ver con la
situación de entonces en casa de K., pues ni siquieraS.
89
estaba en L. ¿Qué recuerdos surgen en usted a propó-
sito de todo esto?—Con respecto a mí misma, ninguno—respondió
Dora—. De mi hermano recuerdo que se orinaba en la
cama hasta los seis o los siete años. Y a veces también
durante el día.Me disponía a indicarla cuánto más fácil era recordar
tales cosas de un hermano que de uno mismo, cuando
continuó con un recuerdo nuevo.—Sí. También yo padecí enuresis nocturna durante
una temporada. Pero cuando ya tenía siete u ocho años.
Tanto, que tuvieron que consultar al médico. Fué poco
antes de empezarme el asma nerviosa.—¿Y qué dijo el doctor?
—Lo atribuyó a debilidad nerviosa y me recetó un
tónico, asegurando que sería una cosa pasajera 1).La interpretación del sueño parecía así quedar termi-
nada 2). La sujeto aportó aún, días después, un nuevo
detalle del mismo. Había olvidado decirme que cuantas
veces había soñado aquel sueño había advertido, al
despertar, olor a humo. El humo concordaba muy bien
con el fuego e indicaba que el sueño tenía una relación
especial con mi persona, pues cuando la sujeto alegaba
que detrás de algún punto no se ocultaba nada, solía yo
argüir que «no hay humo sin fuego». Pero contra esta
interpretación exclusivamente personal oponía Dora
que su padre y K. eran, como yo, fumadores impeni-
tentes.
1)Este médico era el único a quien Dora no rechazaba, pues
había observado en esta ocasión que no había penetrado en su
secreto. Todos los demás le inspiraban temor, motivado, según
se ve ahora, por el miedo a que descubrieran tal secreto.2)El nódulo del sueño, traducido al lenguaje vulgar, sería el
siguiente: La tentación es cada vez más fuerte. Querido papá,
protégeme como cuando era niña para evitar que moje mi cama.S.
90
tentes. También ella fumaba y cuando K. inició su des-
graciada declaración amorosa acababa de liarla un ciga-
rrillo. Creía recordar también con seguridad que el olor
a humo no había surgido por vez primera en la última
repetición de su sueño sino ya en las tres veces conse-
cutivas que lo había soñado en L. Como no me propor-
cionó más aclaraciones quedó de cuenta mía incluir este
detalle del olor a humo en el tejido de las ideas laten-
tes del sueño. Podía servirme de punto de apoyo el
hecho de que la sensación de humo había aparecido
como apéndice a su relato del sueño, habiendo tenido
que vencer, por lo tanto, un esfuerzo especial de la re-
presión. En consecuencia, pertenecía, probablemente,
a la idea mejor reprimida y más oscuramente represen-
tada en el sueño, o sea a la de la tentación de ceder a
los deseos de su enamorado, y siendo así, apenas po-
día significar otra cosa que el deseo de recibir un beso,
caricia que si es hecha por un fumador ha de saber
siempre a humo. Ya dos años antes había K. besado
una vez a la muchacha y si ésta hubiera acogido ahora
sus pretensiones amorosas, tales caricias se hubieran
renovado con frecuencia. Las ideas de tentación pare-
cen haber retrocedido así hasta la pretérita escena de
la tienda y haber despertado el recuerdo de aquel pri-
mer beso contra cuya seducción se defendió por enton-
ces la sujeto desarrollando una sensación de repugnan-
cia. Reuniendo ahora todos aquellos indicios que hacen
verosímil una transferencia sobre mí, facilitada por el
hecho de ser yo también fumador, llego a la conclusión
de que en alguna de las sesiones del tratamiento se le
ocurrió a la paciente desear que yo la besase. Tal hu-
biera sido entonces el motivo de la repetición del sueño
admonitorio y de su resolución de abandonar la cura.
Esta hipótesis, nada improbable, no pudo, sin embar-
S.
91
HISTORIALES CLINICOS
go, ser demostrada a causa de las singularidades de la
«transferencia».
Podía ahora vacilar entre aplicar al historial de nues-
tro caso los datos obtenidos en el análisis de este sue-
ño o rebatir antes la objeción que del mismo parece
deducirse contra mi teoría del fenómeno onírico. Elegi-
ré lo primero.
Vale la pena de profundizar en la significación de la
enuresis nocturna en la prehistoria de los neuróticos.
Para evitar confusiones me limitaré a hacer constar que
el caso de enuresis nocturna de Dora no era de los co-
rrientes. No sólo se había prolongado más allá del
tiempo considerado como normal, según la propia ma-
nifestación de Dora, sino que había desaparecido pri-
mero para reaparecer luego, en época relativamente
tardía, cuando la sujeto había cumplido ya los seis años.
Una incontinencia de este género no puede tener, a mi
juicio, causa distinta de la masturbación, la cual desem-
peña en la etiología de la enuresis un papel insuficien-
temente apreciado hasta ahora. Según toda mi expe-
riencia en la materia, los mismos niños se dan cuenta
perfecta de esta relación y todas las consecuencias psí-
quicas ulteriores se derivan de este conocimiento como
si los sujetos no lo hubieran olvidado jamás. Ahora
bien, en el momento en que Dora desarrolló el relato
de su sueño, la investigación analítica seguía una tra-
yectoria que hubo de conducir a una tal confesión de la
masturbación infantil. Poco tiempo antes, la sujeto
había planteado la cuestión de la causa de su enferme-
dad, y antes de que yo iniciase observación alguna a
este respecto, se había respondido a sí misma imputan-
do a su padre toda la culpa de su estado. Tal imputa-
ción no se basaba además en ideas inconscientes sino
en un conocimiento consciente. Para mi mayor sorpresaS.
92
resultó, en efecto, que la muchacha sabía de qué géne-
ro había sido la enfermedad de su padre. Al volver éste
de su primer viaje a Viena para consultarme, Dora
había sorprendido una conversación en la que se había
citado el nombre de la enfermedad. En años anteriores,
cuando el padre sufrió el desprendimiento de la retina,
el oculista llamado a consulta debió de indicar la etiolo-
gía luética de la enfermedad, pues la muchacha, pre-
ocupada y curiosa, oyó por entonces a una anciana tía
suya decir a su madre: «Ya estaba enfermo antes de
casarse contigo», añadiendo luego algo que Dora no
comprendió de momento y luego refirió a cosas ilícitas.Así, pues, el padre había enfermado a consecuencia
de su vida libertina y Dora suponía que la había trans-
mitido hereditariamente la enfermedad. Por mi parte,
evité cuidadosamente comunicarla mi opinión, ya antes
expuesta, de que los descendientes de individuos luéti-
cos integraban una predisposición especial a graves
neuropsicosis. La continuación de esta serie de ideas
acusadoras contra el padre avanzaba a través de mate-
rial inconsciente. Dora se identificó durante algunos
días, en ciertos síntomas y singularidades, con su
madre, lo que la dió ocasión a mostrarse particularmen-
te insoportable, y me dejó luego adivinar que pensaba
pasar una temporada en el balneario de Franzensbad,
donde ya había estado otra vez—no sé ya en qué año—
acompañando a su madre. Esta última padecía de dolo-
res en el bajo vientre y flujo blanco—catarro genital—,
síntomas que aconsejaban las aguas de Franzensbad.
Dora suponía—probablemente con razón—que aquella
enfermedad era también imputable al padre, que ha-
bría contagiado a su mujer su afección sexual. No tenía
nada de extraño que en esta deducción confundiera la
sujeto, como en general la mayoría de los profanos, laS.
93
HISTORIALES CLINICOS
gonorrea con la sífilis y la transmisión hereditaria con
el contagio por el coito. Su persistencia en la identifi-
cación con la madre me obligó casi a preguntarla si
también ella padecía una enfermedad genital, resultan-
do que, en efecto, venía aquejada de flujo blanco, sin
que pudiera precisar exactamente desde cuando.Comprendí ahora, que detrás de la serie de ideas
francamente acusadoras contra el padre, se ocultaba,
como de costumbre, una acusación contra la propia
persona, y salí a su encuentro asegurando a Dora que
el flujo blanco constituía en las jóvenes solteras un in-
dicio de masturbación y que, a mi juicio, todas las
demás causas a las que solía atribuirse tal enfermedad
quedaban muy en segundo término comparadas con la
masturbación 1). En consecuencia, parecía estar a punto
de contestarse a sí misma la interrogación que antes
había planteado sobre el origen de su enfermedad, con
la confesión de haberse entregado a la masturbación,
probablemente en sus años infantiles. Dora negó re-
sueltamente recordar nada de este orden, pero días
después dejó ver algo que había de considerarse como
un nuevo paso hacia tal confesión. Por primera y últi-
ma vez en todo el tratamiento trajo colgado del ante-
brazo un bolsillo de piel, con el que empezó a jugue-
tear mientras hablaba, abriéndolo y cerrándolo, metien-
do en él un dedo, etc. Observé durante un rato este
manejo de la paciente y la expliqué después el concep-
to del acto sintomático 2). Llamamos así a aquellos
actos que los hombres ejecutan automática e incons-
cientemente, sin darse cuenta de ellos, como jugando,1) Adición en 1923: Es esta una afirmación extrema que hoy
ya no sostendría.2) Cf. la «Psicopatología de la vida cotidiana», tomo I de esta
edición española.S.
– 94 –
P R O F. S. F R E U D
y a los que niegan toda significación, declarándolos in-
diferentes y casuales cuando se les interroga sobre
ellos. Pero una más cuidadosa observación muestra que
tales actos, de los cuales la conciencia no sabe o no
quiere saber nada, exteriorizan ideas e impulsos incons-
cientes, resultando así muy valiosos e instructivos como
manifestaciones permitidas de lo inconsciente. La con-
ducta consciente ante los actos sintomáticos es de dos
clases. Cuando el sujeto puede motivarlos sin esfuerzo
suele darse cuenta de ellos; pero si no le es posible jus-
tificarlos así ante su conciencia, entonces los ignora por
completo y no advierte que los ejecuta. En el caso de
Dora no era difícil la motivación: «¿Por qué no voy a
usar un bolsillo como todo el mundo?» Pero una tal jus-
tificación no excluye la posibilidad del origen incons-
ciente del acto de que se trate, aunque no sea posible,
en general, demostrar irrebatiblemente al sujeto dicho
origen y el sentido que atribuímos al acto. Hemos de
contentarnos con hacer constar que tal sentido armoni-
za muy bien con la situación del momento y con la orden
del día de lo inconsciente.En otra ocasión expondremos toda una serie de estos
actos sintomáticos, observables tanto en los nerviosos
como en los sanos. Su interpretación se hace a veces
muy fácil. El bolsillito bivalvo de Dora no era otra cosa
que una representación del genital femenino, y el acto
de juguetear con él abriéndolo e introduciendo un dedo
constituía una inconfundible exteriorización mímica de
la masturbación. Recientemente he tenido ocasión de
observar en mi consulta un caso análogo que resultó
muy divertido. Una paciente, ya de cierta edad, sacó
del bolsillo una cajita, con pretexto de tomar de ella un
caramelo refrescante, la abrió con cierto trabajo y, ce-
rrándola de nuevo, me la entregó para que me conven-S.
95
ciese por mí mismo de lo difícil que era abrirla. Mani-
festé entonces mi sospecha de que la aparición de
aquella cajita tuviera alguna significación especial, ya
que era la primera vez que la veía en manos de la pa-
ciente, sometida a tratamiento desde hacía más de un
año. «¡Pero si la llevo conmigo siempre y a todas par-
tes!»–replicó vivamente la sujeto, y no se tranquilizó
hasta que yo la hice ver, riendo, cuán perfectamente
se adaptaban sus palabras a otro sentido. La caja
–box, πύξις–es, como el bolsillo y el cofrecillo, una
representación del genital femenino.Hay en la vida muchos de estos símbolos que gene-
ralmente no advertimos. Cuando hube de plantearme
la labor de prescindir del hipnotismo para extraer a la
luz aquello que los hombres ocultan, guiándome tan
sólo por sus palabras y sus actos, creí que habría de
serme más difícil de lo que realmente es. Teniendo ojos
para ver y oídos para escuchar, no tarda uno en con-
vencerse de que los mortales no pueden ocultar secreto
alguno. Aquellos cuyos labios callan, hablan con los
dedos. Todos sus movimientos los delatan. Y así resul-
ta fácilmente realizable la labor de hacer consciente lo
anímico más oculto.El acto sintomático con el bolsillito no fué el primer
brote del sueño, pues Dora inició la sesión que culminó
en su relato del mismo con otro acto de igual naturale-
za. Al entrar yo en la habitación en que me esperaba,
escondió rápidamente una carta que estaba leyendo.
Naturalmente, la pregunté de quién era aquella carta y
al principio se negó a decírmelo. Luego resultó que ca-
recía de toda importancia y no tenía la menor relación
con nuestra cura. Era una carta en la que su abuela la
pedía que la escribiera con mayor frecuencia. Es de
suponer que Dora quería sólo mostrarse primero miste-S.
96
riosa conmigo para indicar que ahora sí se dejaba ya
arrancar su secreto por el médico. Su repugnancia a
consultar a nuevos médicos se explica por el miedo a
que el reconocimiento (flujo blanco) o la anamnesia
(averiguación de la enuresis) descubrieran la causa de
su dolencia, o sea la masturbación.
Acusaciones contra el padre, que la habría transmiti-
do su enfermedad, y detrás de ellas una acusación con-
tra sí misma–flujo blanco–jugueteo sintomático con el
bolsillito–incontinencia posterior a los seis años–se-
creto que la enferma se resiste a dejarse arrancar por
los médicos; todo esto me parece constituir una prueba
indiciaria irreprochable de la masturbación infantil. Ya
había yo empezado a sospecharla cuando la paciente
me habló de los dolores de estómago que aquejaban a
su prima y se identificó luego con ella acusando durante
algunos días el mismo síntoma. Sabido es con cuánta
frecuencia padecen los masturbadores estos trastornos.
Según una comunicación personal de W. Fliess, son
precisamente estas gastralgias las que pueden ser inte-
rrumpidas cocainizando en la nariz el punto correspon-
diente al estómago, por él localizado, y curadas total-
mente cauterizándolo. Dora me confirmó consciente-
mente dos cosas: Que había padecido con frecuencia
tales gastralgias y que tenía fundadas razones para
creer que su prima se masturbaba. No es nada raro que
los enfermos descubran en otras personas cosas que en
sí mismas no logran reconocer por oponerse a ello in
tensas resistencias afectivas. De todos modos, no opo-
nía ya a la sospecha de masturbación negativa alguna,
aunque no recordase aún nada que pudiera confirmarla.
También la determinación cronológica de la duración de
la incontinencia „hasta poco antes del primer acceso de
asma nerviosa“, me parecía clínicamente aprovechable.S.
7
Los síntomas histéricos no aparecen casi nunca mien
tras los niños continúan masturbándose, sino luego en
los períodos de abstinencia 1), pues representan una
sustitución de la satisfacción masturbadora que lo in-
consciente continúa demandando mientras no surge
otra distinta satisfacción más normal, cuando tal satis-
facción no se ha hecho ya imposible. De esta última
condición depende la posibilidad de la curación de la
histeria por medio del matrimonio y del comercio sexual
normal. Si la satisfacción cesa luego en el matrimonio
por la práctica del coito interrumpido o el extrañamiento
psíquico de los cónyuges, etc., la libido vuelve a bus-
car su antiguo curso y se manifiesta de nuevo en sínto-
mas histéricos.Quisiera indicar aún con seguridad cuándo y bajo qué
influencia especial abandonó Dora la masturbación,
pero lo incompleto del análisis me obliga a aducir aquí
material insuficiente. Ya hemos visto que la enuresis se
prolongó casi hasta el primer acceso de disnea. Ahora
bien, lo único que la sujeto supo aportar para la aclara-
ción de este primer acceso fué que en aquellos días su
padre había salido de viaje por vez primera después de
su grave enfermedad. Este detalle conservado en su
memoria debía integrar una relación con la etiología de
la disnea. Ciertos actos sintomáticos y otros diversos
indicios me hicieron suponer que la niña, cuya alcoba
comunicaba directamente con la de sus padres, había
sorprendido alguna noche una escena de amor entre
ellos, oyendo jadear a su padre, cuya respiración era
ya habitualmente fatigosa, en la excitación del coito.1)Lo mismo puede decirse con referencia a los adultos, pero
en éstos basta una abstinencia relativa, una restricción de la ac-
tividad masturbadora, y así, dada una intensa libido, pueden co-
existir la histeria y la masturbación.S.
98
En tales casos, los niños sospechan lo sexual en los
ruidos inquietantes, pues integran ya, como mecanis-
mos congénitos, los movimientos expresivos de la ex-
citación sexual. Hace ya muchos años afirmé que la
disnea y las palpitaciones de la histeria y la neurosis de
angustia no son sino trozos aislados del acto del coito,
y en muchos casos, como en este de Dora, me ha sido
posible retraer el síntoma de la disnea, el asma ner-
viosa, a la misma causa ocasional, esto es, al hecho de
haber escuchado los ruidos producidos por una pareja
adulta en el acto del coito. A la influencia de la excita-
ción entonces sentida puede atribuirse fundadamente
aquella transformación que se inició por entonces en la
sexualidad de la infantil sujeto y sustituyó la tendencia
a la masturbación por la tendencia al miedo. Algún
tiempo después, cuando el padre estaba ausente y la
niña lo echaba de menos, repitió aquella impresión bajo
la forma de un acceso de asma. El hecho de esta au-
sencia conservada en la memoria de Dora como motivo
ocasional de su enfermedad, delata el angustiado pro-
ceso mental que acompañó al ataque. Dora sufrió el
primer acceso de asma después de una excursión por la
montaña, en la que debió de sentir realmente alguna
fatiga. A esta sensación física se agregó primero la idea
de que los médicos habían prohibido a su padre andar
por terreno accidentado, pues debía evitar todo esfuer-
zo, y luego el recuerdo de la fatiga que en aquella oca-
sión nocturna delataba su respiración jadeante. Este re-
cuerdo la llevó a preguntarse si ella misma no se habría
dañado gravemente con la masturbación, conducente
también al orgasmo sexual acompañado siempre de una
ligera disnea, y luego, al retorno intensificado de esta
disnea, como síntoma. Una parte de este material sur-
gió en el análisis. La otra hube yo de completarla. LaS.
99
comprobación de la masturbación nos ha mostrado que
el material de un tema es reunido fragmentariamente en
diversos tiempos y relaciones distintas (1).Surge aquí toda una serie de interrogaciones impor-
tantísimas para la etiología de la histeria, por ejemplo,
si el caso de Dora ha de considerarse típico desde el
punto de vista etiológico y si representa el único tipo
de la causación, etc. Pero creo obrar prudente-
mente aplazando la contestación a estas preguntas hasta haber
expuesto una más amplia serie de casos análogamente
analizados. Además, quisiera empezar por plantear de-
talladamente la cuestión. En lugar de limitarme a con-
testar con un «sí» o un «no», a la interrogación de si la
etiología de este caso patológico ha de buscarse en la
masturbación infantil, habría de fijar previamente el(1)También en otros casos hemos llegado análogamente a la
prueba de la masturbación. El material probatorio es casi siem-
pre de naturaleza análoga: Indicios de flujo blanco, incontinencia,
ceremoniales manuales (obsesión de limpieza), etc. El conjunto
de síntomas del caso deja adivinar siempre, con seguridad, si la
masturbación fué o no descubierta por los guardadores del niño
y si cesó por la lucha espontánea del mismo contra ella o por una
repentina transformación. En el caso de Dora la masturbación
no había sido descubierta y había terminado de repente (secreto,
temor a los médicos, sustitución por la disnea). Las enfermas
niegan regularmente la fuerza probatoria de tales indicios inclu-
so cuando conservan el recuerdo consciente de haber padecido
un catarro genital o haber sido amonestadas por sus familiares.
Pero algún tiempo después, surge siempre, sin excepción alguna
y con plena seguridad, el recuerdo prolongadamente reprimido
de aquel fragmento de la vida sexual infantil. En una paciente
con representaciones obsesivas que eran ramificaciones directas
de la masturbación infantil, los síntomas principales (prohibicio-
nes y castigos que la paciente se imponía a sí misma) revelaron
ser componentes conservados sin modificación alguna, de la la-
bor desarrollada por sus guardadores para quitarla el hábito de
la masturbación.S.
100
concepto de la etiología en las psiconeurosis. El punto
de vista desde el cual podría contestar, se demostraría
muy alejado de aquel otro desde el cual se me dirige la
interrogación. Bastará que en este caso lleguemos a la
convicción de que ha sido posible descubrir la mastur-
bación y que la misma no ha sido nada casual ni indife-
rente para la estructura del cuadro patológico 1).Todavía conseguiremos una más amplia comprensión
de los síntomas de Dora atendiendo a la significación
de la dolencia—el flujo blanco—por ella confesada. La
palabra «catarro», con la que aprendió a designar su
afección cuando un padecimiento análogo de su madre
hizo necesaria una cura en el balneario de Franzens-
bad, es nuevamente un «equívoco» que faculta una ex-
teriorización, en el síntoma de la tos, a toda la serie de
ideas sobre la culpabilidad del padre en la causación de
su enfermedad. Esta tos, que tuvo seguramente su ori-
gen en un catarro real insignificante, constituía, por
otro lado, una imitación del padre enfermo de pecho, y1)Con el hábito de la masturbación ha de tener alguna rela-
ción el hermano de Dora, pues a este respecto relató ella, con
aquel acento que delata la existencia de un «recuerdo encubri-
dor», que su hermano la contagiaba todas sus enfermedades, las
cuales adquirían siempre en ella mayor gravedad. También con
respecto a él dice el padre, en el sueño, que no quiere que «pe-
rezca». Padeció igualmente de enuresis nocturna, pero por menos
tiempo que su hermana. En cierto modo, también era un recuer-
do encubridor de Dora su manifestación de que hasta su primera
enfermedad había avanzado al mismo paso que el hermano en
los estudios, quedándose luego atrás. Como si hasta entonces
hubiera sido un chico y luego se hubiese convertido en chica.
Realmente, hasta el primer acceso de «asma» había sido extraor-
dinariamente traviesa y rebelde, haciéndose después modosa y
tranquila. Aquella enfermedad constituyó en Dora la frontera
entre dos fases de la vida sexual, de carácter masculino la pri-
mera y femenino la segunda.S.
101
podía dar expresión a la piedad filial de la
Pero, además, exteriorizaba algo de lo cual la sujeto no
tenía quizás aún conciencia por entonces: «Soy hija de
mi padre. Tengo, como él, un catarro. Me ha contagia-
do su enfermedad como antes la contagió a mi madre.
También me ha trasmitido las malas pasiones, de las
cuales es castigo la enfermedad» (1).
Intentaremos ahora reunir las distintas determinacio-
nes halladas para los accesos de tos y de afonía. En el
estrato más profundo hemos de suponer la existencia
de un estímulo de la tos, orgánicamente condicionado,
que sería el grano de arena en torno al cual forma el
molusco la perla. Tal estímulo es susceptible de fijación
por corresponder a una región somática que ha conser-
vado en la muchacha un intenso carácter de zona eró-
gena. Es, pues, muy adecuado para dar expresión a la
libido excitada. Queda fijado por su primer disfraz psí-
quico, la imitación compasiva del padre enfermo y
luego por los autorreproches a causa del «catarro». Este
mismo grupo de síntomas se muestra además adecua-
(1)Igual papel desempeñó la palabra «catarro» en el caso de
aquella muchacha de catorce años cuyo historial condensamos
antes en unas cuantas líneas. Yo había instalado a la juvenil pa-
ciente en una pensión, acompañada por una señora muy inteli-
gente que me prestaba servicios de enfermera. Esta señora me
dió cuenta de que la enferma no toleraba su presencia en el
momento de acostarse, y de que luego, ya en la cama, tosía de
un modo singular, en tanto que por el día no se la oía toser nunca.
Al interrogar yo después a la sujeto con respecto a aquel sínto-
ma, supo sólo decirme que también tosía así su abuela, de la
que se decía que padecía un catarro. Era, pues, evidente que
también ella padecía un catarro (genital) y que no quería ser vista
en el momento de sus abluciones nocturnas. El catarro así des-
plazado de abajo a arriba mostraba una intensidad nada co-
rriente.S.
102
do para representar las relaciones con el señor K., la
mentar su ausencia y expresar el deseo de ser para él
una esposa mejor que la suya. Cuando una parte de la
libido se orientó nuevamente hacia el padre, el síntoma
adquirió su quizá última significación para representar
el comercio sexual con el padre en identificación con la
señora de K. Estoy plenamente seguro de que las ideas
expuestas no son todas las que en este caso actuaron.
Pero la interrupción del análisis no me permitió desgra
ciadamente perseguir, hasta agotarlos, todos los cam
bios de sentido de los síntomas en el transcurso del
tiempo, ni tampoco aclarar el orden de sucesión y la
coexistencia de tales distintos sentidos. A un análisis
completo sí pueden plantearse estas exigencias.No quiero dejar de referirme a otras relaciones del
catarro genital de Dora con sus síntomas histéricos. En
una época en la que aún no se vislumbraba una expli
cación psíquica de la histeria oí afirmar a colegas de
mayor edad y experiencia, que en las pacientes histéri
cas aquejadas de flujo blanco, toda agravación del ca
tarro genital provocaba una agudización de la afección
histérica y muy especialmente de la anorexia y de los
vómitos. Nadie se explicaba claramente tal relación,
existiendo, creo, una cierta tendencia a aceptar la opi
nión de los ginecólogos, según la cual, las afecciones
genitales ejercerían una influencia directa y orgánica
mente perturbadora sobre las funciones nerviosas, hi
pótesis que, desgraciadamente, no admite prueba tera
péutica alguna. El estado actual de nuestro conocimiento
no permite aún excluir una tal influencia orgánica direc
ta, pero sí hace más fácil demostrar su disfraz psíquico.
El orgullo que inspira a la mujer una acabada confor
mación de sus genitales constituye uno de los elemen
tos más importantes de la vanidad femenina y aquellasS.
103
afecciones de dichos órganos, que la sujeto juzga sus-
ceptibles de inspirar desagrado o hasta repugnancia, la
mortifican gravemente, disminuyendo su propia estima-
ción y haciéndola irritable, susceptible y desconfiada.
La secreción anormal de la mucosa vaginal es una de
estas dolencias consideradas susceptibles de inspirar
repugnancia.Recordemos que el beso de K. provocó en Dora una
viva sensación de asco y que encontramos fundamentos
para completar su relato de esta escena suponiendo que
sintió contra su cuerpo, al ser abrazada, la presión del
miembro viril en erección. Averiguamos, después, que
aquella misma institutriz cuyo despido provocó Dora,
ofendida por la insinceridad de su afecto, la había ad-
vertido, fundándose en su propia experiencia, que
todos los hombres eran inconstantes y falsos. Para
Dora, aquello había de significar que todos los hombres
eran iguales a su padre, y como creía que su padre pa-
decía una enfermedad sexual que había contagiado a su
madre y a ella, podía imaginarse que todos los hombres
padecían la misma enfermedad. Ahora bien, su concep-
to de la enfermedad genital se basaba, naturalmente,
en su única experiencia de este género, estrictamente
personal además; y en consecuencia, padecer una en-
fermedad sexual significaba, para ella, verse aquejado
de un flujo repulsivo. ¿No podía ser ésta una nueva
motivación del asco experimentado en el momento del
abrazo? Tal repugnancia transferida al contacto del
hombre, sería entonces una repugnancia proyectada
conforme al mecanismo primitivo, citado en páginas
anteriores, y referida, en último término, al flujo blanco
de la propia sujeto.Trátase aquí, a mi juicio, de procesos mentales in-
conscientes superpuestos a relaciones orgánicas pre-
S.
104
formadas, como las ramas de una planta trepadora a
un enverjado, existiendo así la posibilidad de hallar aún
otras distintas rutas mentales entre los mismos puntos
inicial y final. El conocimiento de las asociaciones de
ideas que sucesivamente actuaron, entraña, desde luego,
un valor insustituíble para la solución de los síntomas,
y si en el caso de Dora hubimos de recurrir a suposi-
ciones y complementos nuestra única justificación está
en la prematura interrupción del análisis. De todos
modos, haremos constar que aquello que aportamos
para cegar las lagunas debidas a tal interrupción se
apoya en otros casos fundamentalmente analizados.
El sueño cuyo análisis nos ha llevado a las conclu-
siones que anteceden, corresponde, como vimos, a un
propósito que Dora se llevó consigo al reposo, razón
por la cual se repite una noche tras otra hasta que el
propósito queda cumplido, y reaparece años después al
surgir una nueva ocasión de formar un propósito aná-
logo. Traducido a lo consciente podría expresarse en
la forma que sigue: Tengo que salir de esta casa en la
cual, como ya se ha visto, corre peligro mi virginidad.
Partiré con mi padre y mañana, mientras me visto, to-
maré mis precauciones para que nadie me sorprenda.
Estas ideas encuentran clara expresión en el sueño.
Pertenecen a una corriente que ha alcanzado concien-
cia y predominio en la vida despierta. Detrás de ellas
se trasluce otra serie de ideas, oscuramente represen-
tadas, que corresponden a la corriente opuesta y han
sucumbido, por lo tanto, a la represión. Esta serie de
ideas culmina en la tentación de entregarse a su preten-
diente en agradecimiento al amor que el mismo la habíaS.
105
demostrado durante los últimos años y evoca, quizá, el
recuerdo del único beso que de él había recibido hasta
entonces. Pero según la teoría desarrollada en mi «In-
terpretación de los sueños» tales elementos no bastan
para producir un sueño. Un sueño no es la realización
de un propósito sino el cumplimiento de un deseo y
precisamente de un deseo procedente de la vida infan-
til. Tenemos la obligación de comprobar si este princi-
pio nuestro no queda contradicho por el sueño aquí
analizado.El sueño contiene, en efecto, material infantil que no
delata relación ninguna, perceptible a primera vista,
con el propósito de huir de la casa de su enamorado y
de la tentación que de él emanaba. ¿A qué fin responde
la emergencia del recuerdo de la enuresis infantil y del
esfuerzo que el padre hubo de desarrollar para habituar
a la niña a la limpieza? Porque sólo con ayuda de esta
serie de ideas resultaba posible reprimir las intensas
ideas relativas a la tentación y lograr el predominio del
propósito formado contra ellas. La muchacha decide
huir con su padre. En realidad, lo que hace es refugiar-
se al amparo de su padre en su temor al hombre que la
persigue. Reanima en sí una pretérita inclinación infan-
til hacia su padre, destinada a protegerla contra la incli-
nación presente hacia aquel hombre. El padre es res-
ponsable, en parte, del peligro que ahora la amenaza,
pues la ha entregado a su pretendiente para mejor lo-
grar sus propios intereses amorosos. ¡Cuánto mejor
hubiera sido que no hubiese querido a nadie más que a
ella y se hubiera consagrado a salvarla de los peligros
que la amenazaban! El deseo infantil, inconsciente hoy,
de situar al padre en el lugar de un enamorado, es ya
un poder capaz de producir un sueño. Si ha habido una
situación que siendo análoga a alguna de las actualesS.
106
se diferenciase, sin embargo, de ella, en un tal intercam
bio de personas, se instituirá en situación capital del
sueño. Así sucede, efectivamente: Lo mismo que K. el
día anterior, se llegaba antes su padre junto a la cama
en que ella dormía y la despertaba quizá con un beso,
como acaso pensara hacerlo su enamorado. El propó-
sito de huir de la casa no es, pues, por sí mismo, sus-
ceptible de producir un sueño y sólo adquiere esta ca-
pacidad al agregársele otro apoyado en deseos infanti-
les. El deseo de reemplazar a K. por el padre es el que
proporciona la energía productora del sueño. Recorde-
mos cómo la serie de ideas preponderante sobre los
amores del padre con la mujer de K., nos forzó a admi-
tir una reviviscencia del amor infantil de la sujeto hacia
su padre, provocada para poder mantener la represión
del amor hacia K. El sueño refleja este cambio de
orientación de la vida anímica de la enferma.Sobre la relación existente entre los pensamientos de
la vigilia continuados en el reposo—los restos diurnos—
y el deseo inconsciente productor del sueño, expuse ya
en mi «Interpretación de los sueños» algunas observa-
ciones que transcribiré aquí literalmente, pues no tengo
nada que agregar a ellas, y el análisis de este sueño de
Dora demuestra una vez más su exactitud.«Concedo que existe una clase de sueños cuyo es-
tímulo procede predominantemente o hasta de un modo
exclusivo, de los restos de la vida diurna, y opino que
incluso mi deseo de recibir algún día el título de «pro-
fesor extraordinario» me hubiera dejado dormir tran-
quilo aquella noche, si no hubiera perdurado aún en mí
el cuidado que la salud de mi amigo me inspiraba. Pero
este cuidado no habría provocado, sin embargo, sueño
ninguno, pues la fuerza impulsora de que el sueño pre-
cisaba, tenía que ser reforzada por un deseo. Así, pues,S.
107
para formar el sueño, tuvo mi preocupación que buscar
un tal deseo y aliarse con él. Trataremos de aclarar
estas circunstancias por medio de una comparación to-
mada de la vida social. Es muy posible que la idea
diurna represente en la formación del sueño el papel de
socio industrial: El socio industrial posee una idea y
quiere explotarla, pero no puede hacer nada sin capital
y necesita un socio capitalista que corra con los gastos.
En el fenómeno onírico, el capitalista que corre con el
gasto psíquico necesario para la formación del sueño,
es siempre, cualquiera que sea la idea diurna, un deseo
de lo inconsciente» 1).Conociendo la sutil estructura de productos psíquicos
tales como los sueños no puede sorprendernos hallar
que el deseo de que el padre ocupe el lugar del hombre
que supone una tentación para la sujeto, no aporte al
recuerdo un material cualquiera infantil, sino precisa-
mente aquel que integra también íntimas relaciones con
la represión de dicha tentación. Pues si Dora se siente
incapaz de ceder a su amor hacia aquel hombre y en
lugar de abandonarse a tal amor lo reprime, esta re-
solución no se enlaza a ningún otro factor tan íntima-
mente como a su prematura actividad sexual y a las
consecuencias de la misma, la enuresis, el catarro ge-
nital y las náuseas. Una tal prehistoria puede servir
luego de base en la edad adulta, a dos actitudes distin-
tas, según las condiciones constitucionales del sujeto,
ante la invitación al amor: la entrega sin resistencia al-
guna y hasta la perversión, a la sexualidad o, por reac-
ción, la repulsa de la sexualidad y la neurosis. La cons-
titución de nuestra paciente y el nivel de su educación
1)N. DEL T.—«La interpretación de los sueños», II, tomo VII,
página 351 de esta edición castellana.S.
108
moral e intelectual hubieron de orientarla en el segundo
sentido.Quiero aún hacer constar que el análisis de este
sueño nos ha descubierto ciertos detalles de los suce-
sos patógenos, que no hubieran sido susceptibles de re-
cuerdo o, por lo menos, de reproducción. En efecto, el
recuerdo de la enuresis infantil había sucumbido ya to-
talmente a la represión y sobre los detalles de la perse-
cución amorosa de K. no había dicho jamás Dora una
sola palabra. No habían acudido a su pensamiento.***
Todavía algunas observaciones para la síntesis de
este sueño. La elaboración onírica se inicia en la tarde
del segundo día, después de la escena en el bosque, al
advertir Dora que no puede ya cerrar la puerta de su
cuarto. Se dice entonces: «Corro aquí un grave peligro»
y forma el propósito de no permanecer sola en aquella
casa, sino partir con su padre. Este propósito queda
capacitado para producir un sueño al encontrar una po-
sibilidad de continuación en lo inconsciente, instancia
en la cual corresponde a él el proceso en que la sujeto
despierta su pretérito amor infantil a su padre como
protección contra la tentación actual. La transformación
que así se desarrolla en ella, queda luego fijada y la con-
duce al punto de vista representado por sus ideas pre-
ponderantes (celos de la mujer de K. a causa de su pa-
dre, como si estuviera enamorada de él). Luchan en
Dora la tentación de ceder a su pretendiente y la resis-
tencia contra ella. Esta resistencia es el producto de
varios factores: motivos de honestidad y de cordura,
impulsos hostiles provocados por las confidencias de la
institutriz (celos, orgullo ofendido) y un elemento neu-
S.
109
HISTORIALES CLINICOS
rótico, la parte de repulsa sexual pronta en ella y basa-
da en su historia infantil. El amor hacia el padre, des-
pertado como protección contra la tentación, procede
de esta historia infantil.El sueño transforma el propósito inconsciente de re-
fugiarse al amparo del padre, en una situación que
muestra cumplido el deseo de que el padre la salve del
peligro. Para conseguirlo así tiene que echar a un lado
una idea contraria: la de que el padre es precisamente
quien la ha expuesto a aquel peligro. El impulso hostil
contra el padre (deseo de venganza) en este punto re-
primido, constituye luego uno de los motores del se-
gundo sueño.Conforme a las condiciones de la producción onírica
la situación fantaseada es elegida tal que reproduzca
una escena infantil. Para la elaboración del sueño supo-
ne un triunfo conseguir la transformación de una situa-
ción reciente, quizá la del mismo motivo ocasional del
sueño, en una situación infantil. En este caso lo consi-
gue por una pura casualidad del material. Exactamente
en la misma forma en que su enamorado se había apro-
ximado a su lecho, despertándola, lo hacía su padre en
la infancia. Toda su transformación queda simbolizada
exactamente sustituyendo en esta situación la persona
de K. por la del padre.Pero el padre la despertaba en su tiempo para que no
mojase la cama.Esta idea de «mojar» determina todo el resto del
sueño, aunque sólo aparezca representado por una alu-
sión lejana y por una antítesis.La antítesis de «mojar», «agua», puede ser muy bien
«arder», «fuego». La casualidad de que el padre hubie-
ra expresado al llegar a L. su temor a un posible incen-
dio, coadyuva a decidir que el peligro de que el padre
S.
110
la salva sea un fuego. En esta casualidad y en la antí-
tesis de la idea de «mojar» se apoya la situación elegi-
da para la imagen onírica: Hay fuego y el padre acude
junto a su lecho para despertarla. El temor casualmen-
te manifestado por el padre no hubiera llegado a adqui-
rir esta significación en el contenido del sueño si no hu-
biera armonizado tan bien con la corriente afectiva vic-
toriosa que tendía a hallar a toda costa en el padre
auxilio y salvación. El sueño muestra así que el padre
se ha dado cuenta inmediata del peligro y ha acudido en
auxilio de su hija. (En realidad lo que había hecho era
exponer a la muchacha a tal peligro.)En las ideas latentes del sueño, el concepto «moja-
do» desempeña el papel de un foco de convergencia de
varios núcleos de representaciones. Pertenece no sólo
al de la enuresis nocturna, sino también al de la tenta-
ción sexual, reprimido y oculto detrás de aquel conte-
nido del sueño. La sujeto sabe que también en el co-
mercio sexual queda «mojada» la mujer, que el hombre
da a la mujer, en el coito, algo líquido, en forma de
«gotas». Sabe que precisamente en ello está el peligro
y que debe evitar que sus órganos genitales sean mo-
jados.Con los conceptos «mojado» y «gotas» se inicia si-
multáneamente el otro núcleo de asociaciones, esto es,
el del repulsivo catarro genital que en los años de ju-
ventud de la sujeto tuvo para ella la misma significación
vergonzosa que la enuresis en su infancia. «Mojado»
equivale aquí a «contaminado». El órgano genital, que
ha de ser conservado puro y limpio, está ya contami-
nado por el catarro, y tanto en su madre como en ella.
Dora parece comprender aquí que la manía de limpieza
de su madre no es sino la reacción a aquella impu-
reza.
S.
111
Ambos núcleos coinciden en un punto: La madre ha
recibido del padre las dos cosas, la «mojadura» sexual
y el flujo contaminador. Los celos contra la madre son
inseparables del círculo de ideas correspondiente al
amor al padre, despertado como protección. Este ma-
terial no es aún capaz de representación. Pero en cuan-
to pueda encontrarse un recuerdo que esté en igual
relación aprovechable con los dos círculos del «mojado»
y eluda la repugnancia, tal recuerdo pasará a represen-
tar dicho material en el contenido del sueño.El recuerdo buscado es hallado en el suceso de las
«gotas» de perlas que la madre deseaba recibir como
«adorno». Aparentemente, el enlace de esta reminis-
cencia con los dos círculos de la humedad sexual y de
la impureza es sólo exterior, superficial y meramente
verbal, ya que las «gotas» aparecen empleadas como
equívoco, como palabra de doble sentido, y «adorno»
es, como «limpio», una antítesis un tanto forzada de
«impuro» (contaminado). Pero en realidad no es difícil
señalar íntimos enlaces de contenido. El recuerdo pro-
viene del material de los celos, de raíz infantil, pero
continuados luego, contra la madre. A través de los dos
puentes de palabras indicados, puede ser transferida a
la reminiscencia de las «gotas» toda la significación
concomitante a las representaciones del comercio se-
xual entre los padres, el flujo blanco y la atormentada
manía de limpieza de la madre.Pero todavía ha de tener lugar otro desplazamiento.
Lo que llega a ser acogido en el contenido del sueño
no son las «gotas», más cercanas al «mojado» primiti-
vo, sino las «joyas» más lejanas a él. Así, pues, si este
elemento hubiera quedado incluido en la situación oní-
rica ya fijada, el fragmento correspondiente del sueño
habría sido: La madre quiere aún salvar sus «joyas».S.
112
Pero en la nueva variante—«joyero»—se impone a pos-
teriori el influjo de elementos pertenecientes al círculo
de la tentación emanada de K. Este no había regalado a
Dora un «joya», pero sí un «joyero», representación de
todas las tiernas atenciones por las cuales le había de
estar agradecida la muchacha. El «joyero» así acogido
en el contenido manifiesto del sueño tiene todavía un
valor representativo especial. ¿No es, acaso, una ima-
gen usual para designar el genital femenino intacto e
impoluto? ¿Y por otro lado una palabra inocente y en
consecuencia muy adecuada tanto para indicar como
para encubrir las ideas sexuales ocultas detrás del
sueño?De este modo, el contenido del sueño incluye en dos
puntos el «joyero de la madre», y este elemento susti-
tuye la mención de los celos infantiles, de las gotas y,
por lo tanto, de la humedad sexual y de la contamina-
ción por el flujo, y por otro lado, la de las ideas actua-
les de tentación que impulsan a la sujeto a correspon-
der al amor de su pretendiente y pintan la situación
sexual inminente, deseada y temida. El elemento «jo-
yero» es como ningún otro un resultado de la conden-
sación y del desplazamiento y una transacción entre
corrientes antitéticas. Su doble aparición en el conteni-
do del sueño indica su múltiple origen de fuentes actua-
les e infantiles.El sueño es la reacción a un suceso reciente y exci-
tante que hubo de despertar el recuerdo del único acon-
tecimiento análogo de años anteriores, esto es, el de la
escena de la tienda, el beso y la repugnancia sentida al
recibirlo. Pero a esta escena puede llegarse también
por caminos asociativos distintos, partiendo del círculo
de ideas relativo al catarro y del referente a la tenta-
ción actual. Aporta, pues, al contenido del sueño unaS.
8
contribución propia que ha de adaptarse a la situación
preformada. Hay fuego... y como el beso supo a humo,
la sujeto advierte olor a humo en el contenido del sueño,
el cual se prolonga, en este caso, más allá del des-
pertar.En el análisis de este sueño he dejado, desgraciada-
mente y por inadvertencia, una laguna. El padre dice
en él: No quiero que mis dos hijos perezcan... (Las
ideas latentes continuarían: A consecuencia de la mas-
turbación). Tales frases emergentes en los sueños se
componen regularmente de fragmentos de frases real-
mente dichas u oídas por el sujeto. Hubiera debido, por
lo tanto, informarme del origen real de aquélla. El re-
sultado de esta investigación hubiera señalado una
mayor complicación de la estructura del sueño, pero
también la hubiera hecho más transparente.¿Habremos de suponer que este sueño integró antes
en L. exactamente el mismo contenido que en su repe-
tición durante la cura? No parece necesario. La expe-
riencia muestra que los hombres afirman muchas veces
haber soñado reiteradamente idéntico sueño cuando en
realidad las distintas apariciones del mismo se han di-
ferenciado en numerosos detalles y amplias variantes.Así, una de mis pacientes me comunicó en una ocasión
haber vuelto a soñar por aquellos días en la misma
forma que siempre su sueño favorito, en el que se veía
nadando en un mar intensamente azul cuyas olas sur-
caba gozosa, etc. Una investigación más detenida reve-
ló que el sueño mostraba en sus repeticiones detalles
diferentes sobre el mismo fondo. Por ejemplo: En una
de las repeticiones del sueño el mar estaba helado y la
sujeto nadaba entre grandes témpanos. Otros sueños
que la paciente no intentaba ya dar como repeticiones
del mismo mostraban con éste, reiterado, un íntimo en-
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S.
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Prof. S. Freud
lace. Así, en uno de ellos veía la isla de Heligoland,
que conocía por fotografías, un barco en el mar y a su
bordo dos amigos suyos de juventud, etc.Lo indudable es que el sueño de Dora, emergido du-
rante la cura, había adquirido un sentido nuevo actual
sin modificar quizá su contenido manifiesto. Integraba
entre sus ideas latentes una relación con el tratamiento
y correspondía a una renovación del propósito pretérito
de escapar a un peligro. Si no sufría un error mnémico
al afirmar que ya en L. había advertido olor a humo al
despertar de su sueño, ha de reconocerse que supo in-
troducir muy hábilmente mi frase «No hay humo sin
fuego» en aquel fragmento onírico ya forjado en el que
aparece utilizada para la superdeterminación del último
elemento. Un innegable azar fué que el último motivo
ocasional actual, el hecho de que la madre cerrara con
llave el comedor por las noches, dejando prisionero al
hermano en su alcoba, trajera consigo un enlace con la
ocultación de la llave por K. en L., acto que maduró el
propósito de fuga de Dora al ver que no podía ya ence-
rrarse en su cuarto. Quizá el hermano no apareciera en
los sueños de entonces, en cuyo caso la frase «mis dos
hijos» no habría llegado a ser integrada en el sueño
hasta después del último motivo ocasional.
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Análisis fragmentario de una histeria1905-005/1931.es
1905-005/1931.es/2