• S.

    139

    IV

    Epílogo

    No obstante haberme anticipado a hacer constar que
    el presente trabajo integraba tan sólo un fragmento de
    un análisis, algunos lectores lo habrán encontrado más
    incompleto aún de lo que así era de esperar. Habré,
    pues, de aducir los motivos de las omisiones, plena-
    mente voluntarias, que en él se advierten.

    Falta, en primer lugar, toda una serie de resultados
    del análisis. Unos, porque al tiempo de la interrupción
    del tratamiento no aparecía aún suficientemente garan-
    tizada su exactitud. Otros, porque hubieran precisado
    ser continuados hasta una conclusión de carácter gene-
    ral. En algunas ocasiones he indicado la continuación
    probable de ciertas soluciones. Por otro lado, he omiti-
    do también toda referencia a la técnica mediante la cual
    extraemos el contenido de ideas inconscientes integra-
    do en la masa total de asociaciones espontáneas de los
    enfermos, omisión que trae consigo el inconveniente de
    impedir al lector apreciar la corrección de mis procedi-
    mientos en este proceso expositivo. Pero juzgaba total-
    mente irrealizable tratar simultáneamente de la técnica
    de un análisis y de la estructura interna de un caso de
    histeria. Ni yo hubiera podido desarrollar con claridad
    suficiente una tal exposición ni el lector hubiera podido

  • S.

    140

    orientarse en ella. La técnica requiere una exposición
    por separado, ilustrada con numerosos ejemplos toma-
    dos de los casos más diversos e independiente del re-
    sultado final de cada uno. Tampoco he intentado justi-
    ficar ni fundamentar las premisas psicológicas que se
    traslucen en mis descripciones de fenómenos psíquicos.
    Una fundamentación incompleta y superficial no sería
    de utilidad alguna y la tentativa de desarrollarla con la
    debida minuciosidad constituiría por sí sola una extensa
    labor. Puedo tan sólo asegurar, que al emprender el es-
    tudio de los fenómenos que nos revela la observación
    de los psiconeuróticos no me hallaba influido por ningún
    sistema psicológico y que he ido formando y modifican-
    do mis opiniones hasta que me parecieron adaptarse
    perfectamente a lo observado. No tengo a orgullo ha-
    ber evitado la especulación, pero sí quiero hacer cons-
    tar que el material en que se basan mis hipótesis ha
    sido producto de una prolongada y laboriosa observa-
    ción. Habrá de extrañar especialmente mi resuelta acti-
    tud en la cuestión de lo inconsciente, actitud que me
    lleva a operar con los impulsos, ideas y representacio-
    nes inconscientes cual si fuesen objeto tan indudable
    de la psicología como todo lo consciente. Pero estoy
    seguro de que todo aquel que emprenda con igual mé-
    todo la investigación de tales fenómenos acabará por
    compartir mi actitud a pesar de todas las advertencias
    de los filósofos.

    Aquellos de mis colegas que consideran puramente
    psicológica mi teoría de la histeria, declarándola así, a
    priori, incapaz de resolver un problema patológico, ve-
    rán en el presente trabajo cómo su reproche transfiere
    injustificadamente a la teoría un carácter de la técnica.
    Sólo la técnica terapéutica es puramente psicológica.
    La teoría no omite señalar la base orgánica de la neu-

  • S.

    141

    rosis, aunque no la busque en una alteración anatomo-
    patológica y sustituya la supuesta alteración química,
    inaprehensible aún, por la interinidad de la función or-
    gánica. No creo que nadie intente negar carácter de
    factor orgánico a la función sexual, en la que vemos la
    base tanto de la histeria como de las psiconeurosis.
    Ninguna teoría sexual puede prescindir, a mi juicio, de
    la hipótesis de la existencia de ciertas materias sexua-
    les de acción excitante. Los fenómenos de intoxicación
    y abstinencia provocados por el uso de ciertos venenos
    crónicos se aproximan al cuadro patológico de las psi-
    coneurosis genuinas mucho más que a ningún otro.

    No he incluido tampoco en este trabajo lo que hoy
    puede decirse sobre la colaboración somática, los gér-
    menes infantiles de perversión, las zonas erógenas y la
    disposición a la bisexualidad, limitándome a señalar
    aquellos puntos en los que el análisis tropieza con estos
    fundamentos de los síntomas. No era posible hacer más
    en la exposición de un caso aislado.

    Tan incompleta publicación tiende, sin embargo, a con-
    seguir dos fines. En primer lugar, y como complemen-
    to a mi libro sobre la interpretación de los sueños, a
    demostrar cómo el arte onirocrítico puede ser utilizado
    para descubrir los elementos ocultos y reprimidos de la
    vida anímica. En el análisis de los dos sueños aquí co-
    municados se ha tenido también en cuenta la técnica
    de la interpretación onírica, análoga a la psicoanalítica.
    En segundo, quería despertar el interés de mis lectores
    hacia toda una serie de circunstancias desconocidas aún
    hoy en día para la ciencia, puesto que sólo se hacen
    visibles en la aplicación de este procedimiento especial.
    Nadie hasta ahora ha podido formarse una idea exacta
    de la complicación de los procesos psíquicos en la his-
    teria, de la yuxtaposición de los impulsos más diversos,

  • S.

    142

    Prof. S. A. Freud

    de la mutua conexión de las antítesis, de las represio-
    nes y los desplazamientos, etc. La teoría de Janet de
    la «idea fija» que se convierte en síntoma no es más
    que una esquematización, insuficiente a todas luces. No
    podemos sustraernos además a la sospecha de que las
    excitaciones basadas en representaciones carentes de
    capacidad de conciencia actúan distintamente, siguen
    un curso diferente y conducen a manifestaciones distin-
    tas que aquellas otras a las que denominamos «norma-
    les» y cuyo contenido ideológico se nos hace conscien-
    te. Admitido esto, nada se opone ya a la comprensión
    de una terapia que suprima los síntomas neuróticos al
    transformar aquellas primeras representaciones en re-
    presentaciones normales.

    Me interesaba también demostrar que la sexualidad
    no interviene como un deus ex machina emer-
    gente una sola vez en el curso de los procesos caracte-
    rísticos de la histeria, sino que constituye la fuerza im-
    pulsora de cada uno de los síntomas y de cada una de
    las manifestaciones de los mismos. Los fenómenos pa-
    tológicos constituyen la actividad sexual de
    los enfermos. Un solo caso no podrá jamás de-
    mostrar un principio tan general, pero toda mi expe-
    riencia en la materia me fuerza a repetir que la sexua-
    lidad es la clave del problema de las psiconeurosis y
    neurosis. Nadie que no lo reconozca así llegará jamás
    a solucionarlo. Aún espero las investigaciones que
    hayan de moverme a abandonar o restringir tal princi-
    pio. Lo que hasta ahora he oído en contra del mismo
    han sido tan sólo manifestaciones de desagrado o incre-
    dulidad, puramente personales, a las cuales basta opo-
    ner la frase de Charcot: «Ça n'empêche pas d'exister».

    El caso de cuyo historial publicamos aquí un frag-
    mento no es tampoco nada apropiado para darnos una


  • S.

    143

    idea exacta del valor de la terapia psicoanalítica. No
    sólo la escasa duración del tratamiento –apenas tres
    meses– sino también un cierto factor intrínseco del caso
    impidieron que la cura terminase con un alivio recono-
    cido tanto por el enfermo como por sus familiares y más
    o menos próximo a la curación total. Tales resultados
    satisfactorios se consiguen siempre que los fenómenos
    patológicos son mantenidos exclusivamente por el con-
    flicto interno entre los impulsos de orden sexual. En estos
    casos vemos mejorar a los enfermos en la misma exac-
    ta medida en que vamos contribuyendo a la solución de
    sus conflictos psíquicos por medio de la traducción del
    material patógeno en material normal. En cambio, aque-
    llos otros casos en que los síntomas han entrado al ser-
    vicio de motivos exteriores de la vida, como en el de
    Dora durante los dos últimos años, siguen muy distinto
    curso. En ellos extraña y puede incluso inducir en error
    ver que el estado del enfermo no presenta modificación
    alguna visible, aun estando ya muy avanzado el análi-
    sis. Pero en realidad no es tan negativo el resultado del
    mismo. Los síntomas no desaparecen durante el des-
    arrollo de la labor analítica, pero sí una vez terminada
    ésta y disueltas las relaciones del paciente con el médi-
    co. El retraso de la curación o del alivio tiene, efectiva-
    mente, su causa en la propia persona del médico.

    Para explicar esta circunstancia hemos de partir de
    muy atrás. Durante una cura psicoanalítica queda regu-
    larmente interrumpida la producción de nuevos sínto-
    mas. Pero la productividad de la neurosis no se extin-
    gue con ello, sino que actúa en la creación de un orden
    especial de productos mentales, inconscientes en su
    mayor parte, a los que podemos dar el nombre de
    «transferencias».

    ¿Qué son las transferencias? Reediciones o productos


  • S.

    144

    ulteriores de los impulsos y fantasías que han de ser
    despertados y hechos conscientes durante el desarrollo
    del análisis y que entrañan como singularidad caracte-
    rística de su especie, la sustitución de una persona an-
    terior por la persona del médico. O para decirlo de otro
    modo: Toda una serie de sucesos psíquicos anteriores
    cobra de nuevo vida, pero no ya como pasado, sino
    como relación actual con la persona del médico. Algu-
    na de estas transferencias se distinguen tan sólo de su
    modelo en la sustitución de persona. Son, pues, insis-
    tiendo en nuestra comparación anterior, simples repro-
    ducciones o reediciones invariadas. Otras muestran un
    mayor artificio; han experimentado una modificación de
    su contenido, una sublimación según nuestro término
    técnico, y pueden incluso hacerse conscientes apoyán-
    dose en alguna singularidad real, hábilmente aprove-
    chada, de la persona o las circunstancias del médico.
    Estas transferencias serán ya reediciones corregidas y
    no meras reproducciones.

    Penetrando en la teoría de la técnica analítica halla-
    mos que la transferencia es un factor imprescindible y
    necesario. Prácticamente se convence uno, por lo me-
    nos, de que no hay medio hábil de eludirla, haciéndo-
    se necesario combatir esta última creación de la enferme-
    dad como todas las anteriores. Y esta faceta de la labor
    analítica es, con mucho, la más difícil. La interpreta-
    ción de los sueños, la extracción de las ideas y los recuerdos
    inconscientes integrados en el material de asocia-
    ciones espontáneas del enfermo, y otras artes análogas de tra-
    ducción son fáciles de aprender, pues el paciente mismo
    nos suministra el texto. En cambio la transferencia
    hemos de adivinarla sin auxilio ninguno ajeno, guiándo-
    nos tan sólo por levísimos indicios y evitando incurrir
    en arbitrariedad. Lo que no puede hacerse es eludirla,

  • S.

    145

    pues es utilizada para constituir todos aquellos obs-
    táculos que hacen inaccesible el material de la cura, y
    además, la convicción de la exactitud de los resultados
    obtenidos en el análisis no surge nunca en el enfermo
    hasta después de resuelta la transferencia.

    Se considerará, quizá, como un grave inconveniente
    del procedimiento analítico, ya harto espinoso de por
    sí, el hecho de hacer todavía más ardua la labor del
    médico creando una nueva especie de productos psí-
    quicos patológicos, e incluso se querrá derivar de la
    existencia de las transferencias la posibilidad de que el
    tratamiento analítico dañe a los enfermos. Ambas cosas
    serían erróneas. La transferencia no hace más penosa
    la labor del médico, para el cual puede ser indiferente
    que el impulso que en el enfermo ha de vencer se refie-
    ra a su persona o a otra cualquiera, ni impone tampoco
    al paciente rendimiento alguno nuevo que no hubiera
    tenido que realizar sin ella. La curación de casos de
    neurosis en sanatorios en los que no se practica el mé-
    todo psicoanalítico, la opinión vulgar de que la histeria
    no es curada por el tratamiento sino por el médico y
    la ciega dependencia duradera que liga al enfermo con
    el médico que le ha librado de sus síntomas por medio
    de la sugestión hipnótica, tienen su explicación científi-
    ca en las transferencias que el paciente hace recaer re-
    gularmente sobre la persona del médico. El tratamiento
    psicoanalítico no crea la transferencia; se limita a des-
    cubrirla como descubre tantas otras cosas ocultas de la
    vida psíquica. La única diferencia está en que, espon-
    táneamente, el paciente sólo produce transferencias
    afectuosas y amigables, y cuando por cualquier causa
    no son posibles tales transferencias se desliga rápida-
    mente del médico que no le es «simpático», sin que este
    último haya conseguido ejercer sobre él la menor in-
    tervención.

  • S.

    146

    PROF. S. FREUD

    fluencia. En cambio, en la psicoanálisis y a consecuen-
    cia de una distinta disposición de los motivos, son des-
    pertados todos los impulsos, también los hostiles, y
    utilizados, haciéndolos conscientes, para los fines del
    análisis, quedando luego destruída en todo caso la
    transferencia. La transferencia, destinada a ser el ma-
    yor obstáculo de la psicoanálisis, se convierte en su
    más poderoso auxiliar cuando el médico consigue adi-
    vinarla y traducírsela al enfermo.

    He tenido que hablar de la transferencia porque sólo
    teniéndola en cuenta resulta posible explicar las singu-
    laridades del análisis de Dora. La cualidad más exce-
    lente de este análisis, aquella que lo hace tan apropia-
    do para una primera publicación introductiva, su máxi-
    ma transparencia, se halla íntimamente ligada a su
    mayor defecto, responsable de su prematura interrup-
    ción. No conseguí adueñarme a tiempo de la transferen-
    cia. La buena voluntad con la que Dora puso a mi dis-
    posición en el tratamiento una parte del material pató-
    geno, me hizo olvidar la precaución de atender a los
    primeros signos de la transferencia que me preparaba
    con otra parte, desconocida para mí, del mismo mate-
    rial. Al principio se advertía claramente que yo sustituía-
    para ella, en la fantasía, a su padre, como era natural,
    dada la diferencia entre nuestras edades respectivas.
    Dora me comparaba también de continuo consciente-
    mente con él, buscando siempre convencerse de mi sin-
    ceridad para con ella, pues el padre «prefería siempre
    el misterio y los caminos torcidos». Cuando luego llegó
    el primer sueño, en el que Dora se proponía abandonar-
    la cura, como antes la casa de K., hubiera yo debido-
    darme cuenta de la advertencia que el sueño encerraba-
    y haber dicho a la paciente: «Ahora ha realizado usted-
    una transferencia de K. a mi persona. ¿Ha advertido

  • S.

    147

    usted algo que la lleve a deducir que yo abrigo hacia
    usted malas intenciones análogas (directamente o por
    sublimación) a las de K. o ha observado en mi persona
    o sabido de mí algo que fuerce su inclinación, como an
    tes en K.?» Esto hubiera orientado su atención hacia un
    detalle cualquiera de nuestras relaciones, de mi perso
    na o de mis circunstancias, detrás del cual se mantuvie
    ra oculto algo análogo, aunque de importancia mucho
    menor, referente a K., y la solución de esta transferen
    cia hubiera procurado al análisis el acceso a nuevo ma
    terial mnémico. Pero incurrí en el error de descuidar
    esta primera advertencia, pensando disponer aún de
    tiempo más que suficiente, ya que no se presentaban
    nuevos estadios de la transferencia ni parecía agotarse
    aún el material analizable. De este modo, la transferen
    cia me sorprendió desprevenido y a causa de un «algo»
    en que yo la recordaba a K., Dora hizo recaer sobre mí
    la venganza que quería ejercitar contra K. y me aban
    donó como ella creía haber sido engañada y abandona
    da por él. La paciente vivió así de nuevo un frag
    mento esencial de sus recuerdos y fantasías en lugar de
    reproducirlo verbalmente en la cura. No sé, naturalmen
    te, qué podía ser aquello que había servido de punto
    de partida para la transferencia. Sospecho tan sólo que
    tenía alguna relación con el dinero o eran celos de otra
    paciente que después de su curación había continuado
    tratando a mi familia. En aquellos casos en que las
    transferencias se dejan integrar tempranamente en el
    análisis, se hace más lento y menos transparente el
    curso del mismo, pero su desarrollo queda más asegu
    rado contra súbitas resistencias incoercibles.
    En el segundo sueño de Dora la transferencia apare
    ce representada por varias alusiones clarísimas. Cuan
    do me lo relató, no sabía yo aún-
    hasta dos días des

  • S.

    148

    pués no lo supe–que sólo teníamos ya ante nosotros
    dos horas de trabajo, el mismo tiempo que la sujeto
    había permanecido ante la Madonna Sixtina y el mismo
    que mediante una corrección (dos horas en vez de dos
    horas y media) había convertido en medida del tiempo
    necesario para retornar a pie a L. bordeando el lago. La
    espera del sueño, que se refería al joven ingeniero re-
    sidente en Alemania y procedía de su propia espera
    hasta que el señor K. pudiera matrimoniarla, se había
    ya exteriorizado algunos días antes en la transferencia:
    La cura se le hacía demasiado larga; no tendría pacien-
    cia para esperar tanto tiempo. En cambio, durante las
    primeras semanas había mostrado comprensión sufi-
    ciente para aceptar, sin tales objeciones, mi advertencia
    de que su curación habría de exigir cerca de un año de
    tratamiento. El acto de rechazar la compañía ofrecida,
    prefiriendo continuar sola su camino, detalle onírico pro-
    cedente también de su visita a la Galería de Dresde,
    hubo de ser repetido por Dora a mi respecto el día pre-
    viamente marcado para ello. Su significación sería la
    siguiente: Puesto que todos los hombres son tan asque-
    rosos prefiero no casarme. Tal es mi venganza 1).

    1)Cuanto más tiempo me separa del término de este análi-
    sis, más me voy convenciendo de que mi error técnico consistió
    en la omisión siguiente: Omití adivinar a tiempo, comunicándo-
    lo a la sujeto, que su impulso amoroso homosexual (ginecófilo)
    hacia la mujer de K. era la más poderosa de las corrientes in-
    conscientes de su vida anímica. Hubiera debido adivinar que sólo
    la mujer de K. podía ser la fuente principal de sus conocimientos
    en materia sexual, la misma persona que luego la había acusado
    de abrigar un excesivo interés por tales cuestiones. El segundo
    sueño me lo reveló así. El ansia de venganza que este suceso ex-
    teriorizaba era máximamente adecuada para encubrir la corrien-
    te antitética, la generosidad con que la sujeto perdonó la traición
    de la mujer amada y ocultó a todos haber sido esta misma la que

  • S.

    149

    HISTORIALES CLINICOS

    En aquellos casos en los que el enfermo transfiere
    sobre el médico, en el curso del tratamiento, impulsos
    de crueldad y motivos de venganza utilizados ya para
    mantener los síntomas, y antes de que aquél haya teni-
    do tiempo de desligarlos de su persona retrotrayéndolos
    a sus fuentes, no podemos extrañar que el estado del
    enfermo no aparezca influido por la labor terapéutica.

    En efecto, ¿qué venganza mejor para el enfermo que
    mostrar en su propia persona cuán impotente e incapaz
    es el médico? No obstante, me inclino a atribuir un
    valor terapéutico nada escaso a tratamientos tan frag-
    mentarios incluso como este de Dora.

    Sólo cinco trimestres después de interrumpido el tra-
    tamiento y escritas las notas que preceden, tuve noti-
    cias del estado de mi paciente y con ellas del resultado
    de la cura. En una fecha no del todo indiferente, el
    1.º de Abril—ya sabemos que los períodos de tiempo
    no carecían nunca de significación en su caso—, apare-
    ció Dora en mi consulta para—según dijo—terminar de
    relatarme su historia y solicitar de nuevo mi ayuda.
    Pero su expresión al hablarme así delataba claramente
    la insinceridad de su demanda de auxilio. Después de
    la interrupción del tratamiento había pasado más de un
    mes muy «trastornada», según su propia expresión.
    Luego se inició una considerable mejoría; los ataques
    se hicieron menos frecuentes y su estado de ánimo
    mostró un gran alivio. En Mayo del año anterior murió
    uno de los hijos del matrimonio K., enfermizo de siem-
    pre. Dora visitó con este motivo a los K. para darles el

    le había hecho las revelaciones cuyo conocimiento había consti-
    tuído luego la base de su acusación. Antes de haber descubierto
    la importancia de la corriente homosexual en los psiconeuróticos
    he fracasado en muchos tratamientos por no saber cómo conti-
    nuar el análisis.

  • S.

    150

    pésame y fué recibida por sus antiguos amigos como si
    nada hubiera sucedido entre ellos en los tres últimos
    años. En esta ocasión se reconcilió con el matrimonio,
    se vengó de él y llevó todo el asunto a un desenlace
    satisfactorio para ella. A la mujer la dijo que estaba
    perfectamente al tanto de sus relaciones ilícitas con su
    padre, sin que la interesada se atreviese a protestar.
    Luego obligó al marido a confesar la verdad de la esce-
    na junto al lago y se lo comunicó así a su padre, que-
    dando ya plenamente justificada ante él. Después de
    esto, no volvió a reanudar sus relaciones con el matri-
    monio.

    Siguió bien hasta mediados de Octubre, fecha en la
    que padeció un nuevo ataque de afonía, prolongado
    durante seis semanas. Sorprendido ante esta noticia,
    pregunté a Dora cuál podía haber sido la causa de
    aquel acceso. Al principio se limitó a manifestar que
    había sido consecuencia del susto experimentado al pre-
    senciar en la calle un atropello. Pero después de algu-
    nas vacilaciones acabó por confesar que el atropellado
    había sido el propio K. Lo había encontrado una tarde
    en una calle de mucho tránsito. K. la había visto en el
    momento en que cruzaba la calzada y se había detenido
    de pronto, tan impresionado y aturdido, que se dejó
    derribar por un coche 1). Afortunadamente no sufrió
    lesión ninguna y Dora le vió levantarse del suelo y se-
    guir andando, totalmente indemne. La sujeto experi-
    mentaba aún alguna emoción cuando oía hablar de las
    relaciones de su padre con la mujer de K., en las cua-
    les no se mezclaba ya para nada. Vivía consagrada a
    sus estudios y no pensaba casarse.

    1)Interesantísima aportación a las tentativas indirectas de
    suicidio estudiadas en mi «Psicopatología de la vida cotidiana».

  • S.

    151

    Acudía a mí por causa de una neuralgia facial que
    ahora la atormentaba día y noche. ¿Desde cuándo?:
    «Desde hace exactamente quince días».–No pude re-
    primir una sonrisa, pues podía demostrarla que preci-
    samente hacía quince días había leído en los periódicos
    una noticia sobre mí. Dora lo reconoció así sin dificul-
    tad ninguna.

    La supuesta neuralgia facial correspondía, pues, a un
    autocastigo, al remordimiento por la bofetada propina-
    da a K. y por la transferencia sobre mí de los senti-
    mientos de venganza extraídos de aquella situación. No
    sé qué clase de auxilio quería demandarme, pero la
    aseguré que la había perdonado haberme privado de la
    satisfacción de haberla libertado más fundamentalmente
    de sus dolencias.

    Desde esta visita de Dora han pasado ya varios
    años. Dora se ha casado, y precisamente con aquel
    joven ingeniero al que aludían, si no me equivoco
    mucho, sus asociaciones iniciales en el análisis del se-
    gundo sueño. Del mismo modo que el primer sueño sig-
    nificaba el desligamiento del hombre amado y el retorno
    al padre, o sea la huída de la vida y el refugio en la en-
    fermedad, este segundo sueño anunciaba que Dora se
    desligaría de su padre, ganada de nuevo para la vida.