• S.

    115

    III

    El segundo sueño

    Pocas semanas después del primer sueño emergió el
    segundo, cuya solución coincidió con el prematuro final
    del análisis, interrumpido en este punto por causas aje-
    nas a mi voluntad. Este segundo sueño no pudo ser tan
    plenamente esclarecido como el primero, pero trajo
    consigo la deseada confirmación de una cierta hipótesis,
    ineludible ya, sobre el estado psíquico de la paciente,
    cegó una laguna mnémica y descubrió la génesis de
    otro de los síntomas que Dora presentaba.

    La sujeto hizo de él el relato siguiente:

    –Voy paseando por una ciudad desconocida y veo
    calles y plazas totalmente nuevas para mí 1). Entro
    luego en una casa en la que resido, voy a mi cuarto y
    encuentro una carta de mi madre. Me dice que habien-
    do yo abandonado el hogar familiar sin su consenti-
    miento no había ella querido escribirme antes para co-
    municarme que mi padre estaba enfermo. Ahora ha
    muerto y si quieres 2), puedes venir. Voy a la estación
    y pregunto unas cien veces: ¿Dónde está la estación?
    Me contestan siempre lo mismo: Cinco minutos. Veo

    1)Adición ulterior: En una plaza veo un monumento.

    2)Adición ulterior: Esta palabra estaba en interrogación:
    «¿quieres?»

  • S.

    116

    entonces ante mí un bosque muy espeso. Penetro en él
    y encuentro a un hombre al que dirijo de nuevo la mis-
    ma pregunta. Me dice: Todavía dos horas y media 1).
    Se ofrece a acompañarme. Rehuso y continúo andando
    sola. Veo ante mí la estación pero no consigo llegar a
    ella y experimento aquella angustia que siempre se
    sufre en estos sueños en que nos sentimos como para-
    lizados. Luego me encuentro ya en mi casa. En el in-
    tervalo debo de haber viajado en tren, pero no tengo la
    menor idea de ello. Entro en la portería y pregunto
    cuál es nuestro piso. La criada me abre la puerta y me
    contesta: Su madre y los demás están ya en el cemen-
    terio 2).

    La interpretación de este sueño no dejó de presentar
    dificultades. A consecuencia de las especialísimas cir-
    cunstancias, íntimamente enlazadas a su mismo conte-
    nido, que provocaron la interrupción del tratamiento,
    no pudo ser totalmente aclarado. A ellas ha de imputar-
    se también el hecho de que mi recuerdo del orden de
    sucesión de las soluciones logradas no sea muy seguro.
    Indicaré también cuál era el tema sobre el que recaía el
    análisis en el momento en que surgió el sueño. Dora
    trataba de fijar, por aquellos días, la relación de sus
    propios actos con los motivos que podían haberlos pro-
    vocado. Se preguntaba, así, por qué en los días siguien-
    tes a la escena con K. en los alrededores del lago,
    había silenciado celosamente lo sucedido y por qué
    luego, de repente, se había decidido a contárselo todo
    a sus padres. Por mi parte, encontraba también nece-
    se


    1)En un relato ulterior repite: Tres horas.

    2)Adiciones en la sesión siguiente: «Me veo subiendo la es-
    calera». Y luego: «Después de oir la respuesta de la criada me
    voy a mi cuarto, sin sentir la menor tristeza, y me pongo a leer
    un libro muy voluminoso que encuentro encima de mi escritorio».

  • S.

    117

    sario aclarar por qué Dora se había sentido tan grave-
    mente ofendida por la declaración amorosa, tanto más
    cuanto que empezaba a vislumbrar que tampoco para K.
    se trataba de una liviana tentativa de seducción sino de
    un hondo y sincero enamoramiento. El hecho de que la
    muchacha denunciase a sus padres lo sucedido me pa-
    recía constituir un acto anormal, provocado ya por un
    deseo patológico de venganza. A mi juicio, una mucha-
    cha normal hubiera resuelto la situación por sí sola.

    Expondré ahora, en el orden en que va surgiendo en
    mi recuerdo, el material que emergió en el análisis de
    este sueño.

    «Va paseando por una ciudad desconocida y ve calles
    y plazas». La sujeto asegura que no se trataba de B.,
    como yo suponía en un principio, sino de una ciudad
    en la que jamás había estado. La hice observar que
    podía haber visto cuadros o fotografías de las que luego
    hubiera extraído el escenario de su sueño. A esta ob-
    servación mía enlazó Dora la ampliación antes citada
    de su primer relato: «En una plaza veo un monumento»
    y en el acto descubrió la fuente de que provenían las
    imágenes de su sueño. En Navidad había recibido un
    álbum con vistas de un balneario alemán y el mismo día
    del sueño lo había sacado de una caja en que guardaba
    multitud de estampas y fotografías, para enseñárselo a
    unos parientes suyos. Con tal motivo había preguntado
    a su madre: ¿Dónde está la caja? 1) Una de las vistas
    que el álbum contenía era la de una plaza en cuyo cen-
    tro se alzaba un monumento. El álbum era regalo de un
    joven ingeniero al que había conocido en la ciudad en
    que el padre tenía sus fábricas. Este ingeniero, deseoso

    1)En el sueño pregunta Dora: «¿Dónde está la estación?»
    De esta aproximación deduje algo que más adelante expondré.

  • S.

    118

    de crearse pronto una situación independiente, había
    aceptado una colocación ventajosa en Alemania y apro-
    vechaba toda ocasión de hacerse recordar por Dora,
    demostrando su intención de pedirla en matrimonio en
    cuanto su situación se lo permitiese. Pero había que
    esperar.

    El acto de vagar por una ciudad desconocida apare-
    cía superdeterminado. Conducía a uno de los motivos
    diurnos ocasionales del sueño. Durante las fiestas de
    Navidad había acudido a Viena un joven provinciano,
    primo de Dora, al que la muchacha tuvo que pilotear
    por la capital. Este motivo diurno ocasional era total-
    mente indiferente. Pero aquel joven pariente recordó a
    Dora una estancia suya en Dresde, durante la cual
    paseó por aquella ciudad en la que nunca había estado
    y visitó, naturalmente, la famosa Galería pictórica.
    Otro primo suyo que iba con ella y conocía ya Dresde,
    se ofreció a guiarla en esta visita, pero Dora rechazó
    su ofrecimiento y fué sola, recorriendo las salas con
    todo espacio y deteniéndose largamente ante los cua-
    dros que más llamaron su atención. Ante la Madonna
    sixtina permaneció dos horas en serena ensoñación ad-
    mirativa. Cuando luego la preguntaron qué era lo que
    tanto la había gustado en aquella pintura, no supo ex-
    plicarse claramente. Por último, dijo: La Madonna.

    Es indudable que todas estas asociaciones pertene-
    cen al material productor del sueño, pues integran ele-
    mentos que retornan sin modificación alguna en el
    mismo (rechazó su ofrecimiento y siguió sola–dos ho-
    ras). Observo ya, que las «imágenes» corresponden a
    un foco de convergencia del tejido de las ideas latentes
    del sueño (las fotografías del álbum–las pinturas de
    Dresde). También el tema de la Madonna, de la madre
    virgen, nos ofrece un punto de apoyo para ulteriores

  • S.

    119

    deducciones. Pero, ante todo, veo que en esta primera
    parte del sueño Dora se identifica con un hombre joven.
    Vaga por un país extranjero, se esfuerza en alcanzar
    un fin, pero hay algo que le detiene, precisa tener pa-
    ciencia y esperar. Si Dora pensaba aquí en el ingenie-
    ro, el fin perseguido en su sueño hubiera debido ser la
    posesión de una mujer, la posesión de su propia perso-
    na. Pero en lugar de esto era una estación. Sin embar-
    go, conforme a la relación de la pregunta formulada en
    el sueño con la que realmente hubo de formular durante
    el día inmediatamente anterior al mismo, podemos sus-
    tituir la estación por una caja y en el simbolismo oníri-
    co caja y mujer son ya conceptos próximos.

    «Pregunta unas cien veces...» Esto nos lleva a otro
    motivo ocasional del sueño, menos indiferente ya. La
    noche misma de su sueño, su padre la había pedido, al
    retirarse a dormir, que le trajese la botella del cognac,
    pues si no bebía un poco al acostarse, no lograba con-
    ciliar el sueño. Dora pidió la llave del aparador a su
    madre, pero ésta se hallaba tan abstraída en una con-
    versación, que no oyó su demanda hasta que la mucha-
    cha exclamó con exageración impaciente: «¿Quieres
    decirme dónde está la llave del aparador? Te lo he pre-
    guntado ya cien veces». En realidad no habría repeti-
    do, naturalmente, su pregunta más de unas cinco ve-
    ces 1).

    La pregunta «¿Dónde está la llave?» me parece cons-
    tituir la contrapartida masculina de la otra interrogación:

    1)En el contenido del sueño el número cinco aparece como
    indicación de tiempo: Cinco minutos. En mi obra sobre la inter-
    pretación de los sueños he mostrado, con diversos ejemplos,
    cómo son tratados por el sueño los números integrados en las
    ideas oníricas latentes. Con mucha frecuencia los encontramos
    desligados de sus relaciones e integrados en nuevos contextos.

  • S.

    120

    «¿Dónde está la caja?» (Véase el primer sueño.) Tráta-
    se, pues, de interrogaciones referentes a los genitales.

    Aquella misma noche, en la cena con que habían ob-
    sequiado a varios parientes, uno de ellos había brinda-
    do por el padre, expresando su deseo de que gozara de
    salud por muchos años, etc., etc. Dora había visto en-
    tonces dibujarse en el fatigado rostro de su padre una
    contracción melancólica y había adivinado las tristes
    ideas que en él despertaban tales votos. ¡Pobre padre,
    tan gastado ya y tan enfermo! ¡Quién podía saber cuán-
    to tiempo le quedaba aún de vida!

    Con esto llegamos al contenido de la carta que apa-
    rece en el sueño y según la cual Dora había abandona-
    do el hogar familiar y su padre había muerto. En este
    punto recordé a la sujeto la carta de despedida que en
    otra ocasión había dirigido a sus familiares. Aquella
    carta estaba destinada a atemorizar a su padre impul-
    sándole a romper sus relaciones con la señora de K., o
    por lo menos, a vengarse de él, si ni aún así lograba
    imponerle tal ruptura. Nos hallamos, pues, ante el tema
    de la muerte de la propia Dora y de la muerte de su
    padre (el «cementerio» luego en el sueño). ¿Erraremos
    mucho suponiendo que la situación que forma la facha-
    da del sueño corresponde a una fantasía de venganza
    contra el padre? Las ideas compasivas del día anterior
    armonizarían muy bien con esta hipótesis. Tal fantasía
    sería como sigue: Ella abandonaría a sus padres, mar-
    chándose al extranjero, y su padre se moriría de pena,
    quedando así vengada ella. Comprendía muy bien lo
    que ahora le faltaba al padre hasta el punto de que le
    fuera imposible conciliar el sueño sin beber cognac 1).


    1)La satisfacción sexual es, indudablemente, el mejor som-
    nífero. Inversamente, el insomnio es casi siempre consecuencia
    de la insatisfacción. El padre no dormía porque le faltaba el co-

  • S.

    121

    Dejaremos consignado este deseo de venganza como
    un nuevo elemento para una síntesis ulterior de las
    ideas latentes del sueño.

    Pero el contenido de la carta había de tener una más
    amplia determinación. Se imponía buscar la procedencia
    de las palabras «sí ¿quieres?»

    Al llegar a este punto aportó Dora una adición a su
    primer relato del sueño, manifestando que la palabra
    «quieres» estaba en interrogación, y seguidamente re-
    conoció la frase como una cita de la carta que la seño-
    ra de K. le había escrito invitándola a pasar con ellos
    una temporada en L. (la estación veraniega junto al
    lago). Dicha carta contenía, en efecto, un signo de in-
    terrogación completamente fuera de lugar y enmedio de
    frase, después de las palabras «si quieres venir?»

    Retornamos, pues, a la escena a orillas del lago y a
    los enigmas con ella enlazados. Rogué a Dora que me
    relatase una vez más, con todo detalle, tal escena. Al
    principio no aportó dato ninguno nuevo de importan-
    cia. K. había iniciado su declaración amorosa con serias
    reflexiones destinadas a justificarla, pero la muchacha
    no le dejó desarrollarlas, pues en cuanto comprendió de
    lo que se trataba le abofeteó y huyó de su lado. Quise
    saber cuáles habían sido exactamente las palabras
    de K., pero Dora sólo recordaba una de sus frases de
    justificación: «Ya sabe usted que mi mujer no es nada
    para mí» 1). Para no volver a tropezarse con K., Dora
    quiso regresar a L. a pie, rodeando el lago, y preguntó
    a un hombre al que encontró en su camino cuánto tar-
    mercio sexual con la mujer amada. Véase, a este respecto, la
    declaración luego consignada: «Ya sabe usted que mi mujer no
    es nada para mí».

    1)Estas palabras conducen a la solución de uno de los enig-
    mas planteados.


  • S.

    122

    daria en llegar. «Dos horas y media», fué la respuesta.
    Dora renunció entonces a su propósito y embarcó de
    nuevo en el vaporcito que los había traído. En él volvió
    a encontrar a K., que se acercó a ella para pedirle per-
    dón y rogarla que no contase a nadie lo sucedido. Dora
    no se dignó contestarle. El bosque de su sueño era
    idéntico al que cubría la orilla del lago en la que se
    había desarrollado la escena nuevamente descrita. Pero
    también el día anterior al sueño había visto la sujeto un
    bosque análogamente poblado en un cuadro de una ex-
    posición. Este cuadro mostraba en segundo término
    varias figuras de ninfas 1)

    Quedaba así confirmada una sospecha que ya venía
    asaltándome. En efecto, los conceptos de estación
    (Bahnhof) y cementerio (Friedhof) me habían parecido
    harto extraños e inhabituales como símbolos de los ge-
    nitales femeninos y esta singularidad había orientado mi
    atención hacia la palabra «Vorhof» (vestíbulo), de aná-
    loga formación, empleada también como término anató-
    mico para designar una determinada región de los ge-
    nitales de la mujer. Pero esto podía ser un error mío. La
    nueva asociación relativa a las «ninfas» en el fondo de
    un «espeso bosque» vino ahora a disipar por completo
    tales dudas, confirmando plenamente mi hipótesis, pues
    entraba de lleno en la geografía simbólica sexual. «Nin-
    fas» es un término anatómico, totalmente desconocido
    en este sentido por los profanos e incluso poco usado
    por los mismos médicos, con el que se designan los pe-
    queños labios del genital femenino situados al fondo del
    «espeso bosque» del vello sexual. Ahora bien, una su-
     

    1)Por tercera vez aparece aquí la idea de «imagen» (foto-
    grafías de la ciudad, pinturas de la Galería de Dresde) y ahora
    en una conexión mucho más significativa. Los elementos del cua-
    dro (bosque, ninfas) hacen de ella una «imagen femenina».

  • S.

    123

    jeto que empleaba términos técnicos tales como «Vor-
    hof» y «ninfas», tenía que haber adquirido semejantes
    conocimientos leyendo algún tratado de Anatomía o
    consultando una enciclopedia, refugio habitual esta úl-
    tima de la juventud devorada por la curiosidad sexual.
    Así, pues, detrás de la primera situación del sueño se
    ocultaba, si mi interpretación no era errónea, una fan-
    tasía de desfloración, esto es, cómo un hombre se es-
    fuerza en penetrar el genital femenino 1).

    Estas deducciones mías debieron de impresionar pro-
    fundamente a la sujeto, pues hicieron emerger en ella
    el recuerdo de un trozo olvidado de su sueño: «Voy
    tranquilamente 2) a mi cuarto y me pongo a leer un libro
    muy voluminoso que encuentro encima de mi escrito-
    rio». Detalles importantes son aquí la «tranquilidad» de
    la sujeto y el «volumen» del libro. A mi pregunta de si
    el formato de este último era el habitual en las enciclo-
    pedias, respondió en el acto afirmativamente. Ahora
    bien, cuando los niños cogen una enciclopedia para sa-
     

    1)La fantasía de desfloración es el segundo elemento de esta
    situación. La dificultad de andar y la angustia sentida en el sueño
    aluden a la virginidad, lo mismo que en otro lugar la Madonna
    sixtina. Estas ideas sexuales constituyen un fondo inconsciente
    para los deseos relativos al pretendiente que esperaba a haber-
    se creado una posición en Alemania. El primer elemento de la
    situación onírica era, como ya vimos, una fantasía de venganza.
    Más adelante hallaremos aún una tercera serie de ideas de ma-
    yor importancia todavía.

    2)En su primer relato había dicho «sin sentir la menor tris-
    teza» y no «tranquilamente». Este sueño puede presentarse como
    prueba de una afirmación mía anterior (cf. la «Interpreta-
    ción de los sueños»), según la cual aquellos detalles de un sueño, olvida-
    dos al principio por el sujeto y sólo ulteriormente recordados,
    son siempre los más importantes para la comprensión del mismo.
    Esta circunstancia me llevó a concluir que también el olvido de
    los sueños es un efecto de la resistencia psíquica interna.

  • S.

    124

    tisfacer su curiosidad sobre materias prohibidas, no
    leen nunca tranquilamente. Tiemblan y miran a cada
    momento en torno suyo, temiendo que sus familiares
    les sorprendan. Pero la fuerza cumplidora de deseos
    del sueño había mejorado fundamentalmente tan inquie-
    tante situación. El padre había muerto y los demás ha-
    bían ido al cementerio. Dora podía leer tranquilamente
    lo que quisiera. ¿No indicaría acaso esto que una de las
    razones que impulsaban a Dora a la venganza era la re-
    beldía contra la coerción ejercida por los padres? Muer-
    to el padre podía ella leer y amar con plena libertad. Al
    principio no quiso recordar haber consultado nunca una
    enciclopedia, pero luego acabó por comunicarme un tal
    recuerdo, si bien por completo inocente. Cuando aque-
    lla tía suya, a la que tanto quería, enfermó gravemente
    y Dora había decidido ya trasladarse a Viena para estar
    a su lado, recibió una carta de otro tío suyo comunicán-
    dola que, por su parte, le era imposible ponerse en ca-
    mino, pues uno de sus hijos, primo de Dora por lo tan-
    to, había caído en cama con un ataque de apendicitis.
    En esta ocasión había consultado la sujeto una enciclo-
    pedia para enterarse de cuáles eran los síntomas de la
    apendicitis. De su lectura recordaba aún el dolor carac-
    terístico en el vientre.

    Recordé entonces, que poco después de la muerte de
    su tía y hallándose aún en Viena, había Dora pasado
    una enfermedad que se supuso apendicitis. Hasta el
    momento no me había yo atrevido a contar esta enfer-
    medad entre sus dolencias histéricas. La sujeto relataba
    haber tenido fiebre alta los primeros días y haber sufri-
    do aquel dolor en el vientre que la enciclopedia señala-
    ba como uno de los síntomas de la apendicitis. La ha-
    bían recetado compresas frías, pero no había podido
    resistirlas. El segundo día y entre violentos dolores, se

  • S.

    HISTORIALES CLINICOS

    le había presentado el período, muy irregular en ella
    desde que había comenzado a estar enferma. Por aque-
    lla época padecía un estreñimiento pertinaz.

    No parecía factible considerar un tal estado como pu-
    ramente histérico. No obstante estar plenamente com-
    probada la existencia de fiebres histéricas, parecía ar-
    bitrario atribuir a la histeria y no a una causa orgánica
    la fiebre de esta dudosa enfermedad de Dora. Me dis-
    ponía, pues, a abandonar esta pista cuando la misma
    sujeto vino en mi ayuda aportando una última adición a
    su sueño: «Me veo subiendo la escalera».

    Naturalmente, demandé en el acto una especial de-
    terminación de este detalle. Dora objetó, probablemen-
    te sin tomarlo ella misma en serio, que para llegar al
    piso en que habitaban no tenía más remedio que subir
    la escalera, pero yo rebatí fácilmente tal objeción ha-
    ciéndola observar que si su sueño la había trasladado
    desde la ciudad desconocida en la que se iniciaba, hasta
    Viena, prescindiendo en absoluto de todo detalle refe-
    rente al viaje en ferrocarril, también podía haber pres-
    cindido de aquel acto, mucho menos importante, de
    subir la escalera. Entonces continuó en la forma si-
    guiente: Después de la apendicitis se le había hecho
    difícil andar, pues le costaba trabajo avanzar el pie iz-
    quierdo. Esta dificultad, prolongada durante bastante
    tiempo, la había llevado a evitar en lo posible las esca-
    leras. Todavía arrastraba a veces trabajosamente el pie
    izquierdo. Los médicos a los que su padre la hizo acu-
    dir en consulta extrañaron mucho aquel residuo inhabi-
    tual de una apendicitis, tanto más cuanto que el dolor
    abdominal no había vuelto a presentarse ni acompañaba
    siquiera al esfuerzo que la paciente había de hacer para
    avanzar el pie.

    Se trataba, pues, de un verdadero síntoma histérico.


    125

  • S.

    126

    Aunque la fiebre hubiera obedecido a una causa orgá-
    nica circunstancial—quizá a una afección de tipo grip-
    pal sin localización especial alguna—, quedaba demos-
    trado que la neurosis había aprovechado la ocasión
    utilizándola para una de sus manifestaciones. Dora se
    había procurado aquella enfermedad cuyos síntomas
    había leído en la enciclopedia, se había castigado así
    por tal lectura y había de decirse que el castigo no co-
    rrespondía a la lectura del artículo «apendicitis», total-
    mente inocente, sino que había surgido por un proceso
    de desplazamiento una vez que a tal lectura vino a
    agregarse otra, más culpable, que hoy se ocultaba de
    trás de la primera, inocente 1). Quizá pudiera investi-
    garse todavía cuáles habían sido los temas de la otra
    lectura.

    ¿Qué significaba, pues, aquel estado que quería imi-
    tar una peritiflitis? El resto de aquella enfermedad, la
    dificultad para avanzar una pierna, no correspondía a
    una peritiflitis; debía armonizar mejor con la significa-
    ción secreta, posiblemente sexual, del cuadro patoló-
    gico y su aclaración habría de arrojar alguna luz sobre
    dicha buscada significación. El sueño había integrado
    indicaciones de tiempo, concepto nada indiferente en
    cuanto atañe al suceder biológico. Pregunté, pues, a la
    sujeto cuándo había sufrido aquel ataque de apendicitis,
    si antes o después de la escena junto al lago. Rápida-
    mente y sin titubeos produjo Dora una respuesta que
    resolvía ya, de una vez, todas las dificultades: Nueve
    meses después. No podía darse un plazo más caracte-
    rístico. Así, pues, la supuesta apendicitis había realiza-
    do


    1)Es éste un ejemplo típico de la génesis de síntomas de-
    pendiente de motivos ocasionales aparentemente ajenos a todo
    lo sexual.

  • S.

    127

    do la fantasía de un parto, utilizando para ello los mo
    destos medios de que la paciente disponía: dolores y
    hemorragia menstrual 1). Dora conocía, naturalmente,
    la significación de semejante plazo y no pudo negar
    toda verosimilitud a mi sospecha de que también hu-
    biese consultado la enciclopedia en lo referente al em-
    barazo y al parto. Pero ¿qué podía significar aquella
    dificultad para avanzar una pierna? En este punto tenía
    que arriesgarme a adivinar. Andamos así cuando nos
    hemos lastimado un pie. Ahora bien, si los síntomas de
    Dora nueve meses después de la escena junto al lago,
    transferían a la realidad su fantasía inconsciente de un
    parto, ello quería decir que la muchacha había dado, en
    aquella otra fecha anterior, un «mal paso», o lo que es
    lo mismo, un «paso en falso». Mas para considerar acer-
    tada esta adivinación mía me era preciso obtener de la
    paciente una determinada confirmación. Tengo la con-
    vicción de que síntomas tales como este del pie no sur-
    gen jamás cuando la vida infantil del paciente no inte-
    gra un suceso que pueda servirles de antecedente y
    modelo. Los recuerdos de épocas posteriores no entra-
    ñan, según toda mi experiencia en la materia, fuerza
    suficiente para exteriorizarse como síntomas. En el
    caso de Dora no me atrevía casi a esperar que la su-
    jeto me proporcionase el material buscado, procedente
    de su vida infantil, pues aunque el principio antes ex-
    puesto me parecía rigurosamente exacto, no podía sin-
    embargo atribuirle, con plena seguridad, alcance gene-
    ral. Pero precisamente con esta enferma obtuve en el
    acto su confirmación. Siendo niña había rodado por la


    1)Ya he indicado que la mayor parte de los síntomas histé-
    ricos, una vez llegados a su total desarrollo, representan una
    situación fantaseada de la vida sexual, esto es, una escena de co-
    mercio sexual, un embarazo, un parto, el puerperio, etc.

  • S.

    128

    escalera de su casa, en B., y se había lastimado un pie,
    el mismo que ahora le costaba trabajo avanzar. Se lo
    vendáron y tuvo que permanecer en reposo semanas
    enteras. Ello sucedió teniendo la paciente ocho años y
    poco antes de presentársele el primer acceso de asma
    nerviosa.

    Tratábase ahora de utilizar el descubrimiento de la
    fantasía inconsciente antes descrita, y lo hice en la
    siguiente forma: «El hecho de que nueve meses des-
    pués de la escena a orillas del lago simule usted in-
    conscientemente un parto y arrastre luego hasta hoy
    la consecuencia de aquel «paso en falso» demuestra
    que en su inconsciente lamenta usted el desenlace de
    aquella escena, sentimiento que la ha llevado a rectifi-
    carlo en su pensamiento inconsciente. Su fantasía de
    un parto exige como premisa la condición de que por
    entonces hubiera ocurrido realmente algo (1) y hubiese
    usted vivido y experimentado en aquella ocasión todo
    lo que después hubo de buscar en la enciclopedia. Ya
    ve usted cómo su amor a K. no terminó con aquella es-
    cena y continúa vivo hasta hoy, como desde un princi-
    pio sostuve yo, contra su opinión, aunque no tenga
    usted conciencia de ello». Dora no me contradijo ya (2).

    (1)La fantasía de desfloración encuentra así una referencia a
    la persona de K., circunstancia que nos explica por qué la misma
    región del contenido del sueño integra también material corres-
    pondiente a la escena junto al lago (repulsa del ofrecimiento de
    compañía; dos horas y media; el bosque; la invitación a ir a L.)

    (2)Algunas adiciones a las interpretaciones desarrolladas
    hasta ahora: La «Madonna» es, evidentemente, la propia sujeto.
    En primer lugar, por el «devoto adorador» que le había remitido
    el álbum de vistas; luego, por haber sido el cariño maternal de-
    mostrado a los hijos de K. lo que la había conquistado, ante
    todo, el amor de aquel hombre y, en último término, por aquella
    fantasía inconsciente en la que suponía haber tenido un hijo sien-
     

  • S.

    9

    HISTORIALES CLINICOS

    Esta labor encaminada a lograr la explicación del
    segundo sueño nos llevó dos horas, o sea dos sesiones
    completas del tratamiento. Cuando al final de la segun-
    da hora manifesté mi satisfacción ante los resultados
    conseguidos, Dora observó despreciativamente: «No
    veo que haya salido a luz nada de particular», prepa-
    rándome así a la proximidad de nuevas revelaciones.

    La sesión inmediata la inició Dora con las palabras
    siguientes:

    –¿Sabe usted, doctor, que hoy es la última vez que
    vengo aquí?

    –¡Cómo voy a saberlo si hasta ahora no me ha dicho
    usted nada que pudiera hacérmelo prever!


    do aún virgen. La «Madonna» es, además, una representación
    antitética muy frecuente en aquellas muchachas sobre las que
    pesa una acusación de carácter sexual, caso en el que también
    se hallaba Dora. Esta relación se me hizo visible por vez pri-
    mera en un caso de demencia alucinatoria surgida como reacción
    a un reproche del novio de la sujeto.

    Si el análisis no hubiese quedado interrumpido, su continua-
    ción nos habría descubierto en el deseo de tener un hijo, un
    nuevo motivo, oscuro, pero muy poderoso, de la conducta de
    Dora.

    Las numerosas preguntas que la sujeto hubo de plantear en el
    último período del análisis se nos muestran como brotes tardíos
    de las interrogaciones provocadas por la curiosidad sexual que
    antes intentó satisfacer consultando la enciclopedia. Es de su-
    poner que leyó en ella todo lo referente al embarazo, el parto, la
    virginidad y otros temas análogos.–En su relato del segundo
    sueño olvidó mencionar una de las preguntas que parece ineludi-
    ble integrar en el mismo. Tal pregunta había de ser la siguiente:
    «¿Vive aquí el señor ***?» o «¿Dónde vive el señor ***?» El hecho
    de haber olvidado esta pregunta, aparentemente inocente, des-
    pués de haberla incluído en el sueño, ha de tener su razón espe-
    cial y yo la encuentro en el apellido mismo de tal individuo, ape-
    llido que tenía, además, una múltiple significación objetiva,
    constituyendo, por lo tanto, una palabra «equívoca». Desgracia-


  • S.

    130

    P R O F. S. F R E U D

    —Sí. Resolví seguir viniendo hasta Año Nuevo (1),
    pero ni un día más. No quiero esperar por más tiempo
    la curación.

    —Ya sabe usted que puede interrumpir el tratamien-
    to cuando quiera. Pero hoy vamos a trabajar todavía.
    ¿Cuándo tomó usted esa resolución?

    —Hace quince días.

    —Quince días. Parece como si se tratase del despido
    de una criada o una institutriz. Es el plazo habitual
    para anunciarles o anunciar ellas su despido.

    —Cuando fuí a L. a pasar unos días con los K., te-
    nían éstos en su casa una institutriz que se despidió
    poco después.

    —¿Ah, sí? Nunca me ha hablado usted de ella. Cuén-
    teme.

    —Sí. Tenían una institutriz para los niños, una mu-
    chacha cuya conducta para con el amo de la casa me
    damente no me es posible consignar aquí tal apellido y demos-
    trar así cuán hábilmente fué empleado para designar algo «equí-
    voco» o «indecoroso». Esta interpretación queda robustecida por
    el hecho de que en otra región distinta del sueño, allí donde el
    material procede de los recuerdos de la muerte de la tía, esto es,
    en la frase «Los demás están ya en el cementerio», encontramos
    otro juego de palabras a base del nombre de aquella tía. Estas
    palabras equívocas o indecorosas nos indicarían la existencia de
    una fuente oral de los conocimientos sexuales de Dora, ya que
    en la enciclopedia no podía haberlas encontrado. No me hubiera
    extrañado que tales revelaciones procedieran de la propia se-
    ñora de K., la misma que luego hubo de acusar falsamente a
    Dora. La sujeto, que tan vengativa se había mostrado con otras
    personas, había otorgado siempre en cambio, a aquella mujer,
    una singular generosidad. Detrás de la amplia serie de despla-
    zamientos que así se descubren, puede muy bien sospecharse un
    factor simple: el profundo amor homosexual de Dora hacia la se-
    ñora de K.

    (1) Estábamos a 31 de Diciembre.

    — 130 —

  • S.

    131

    pareció muy singular desde el primer momento. No le
    saludaba ni le dirigía la palabra, ni siquiera hacía ade-
    mán de alcanzarle las cosas que pedía en la mesa. Pa-
    recía como si no existiese para ella. Tampoco él se
    mostraba ciertamente muy cortés para con la muchacha.
    Uno o dos días antes de la escena a orillas del lago, la
    institutriz me llamó aparte y me contó que durante una
    temporada que la mujer de K. había estado ausente el
    marido la había cortejado con insistencia, apremiándola
    tenazmente y asegurándola que su mujer no era nada
    para él, etc...

    —Las mismas palabras que acababa de pronunciar
    en su declaración a usted cuando usted le abofeteó ¿no?

    —Sí. La institutriz acabó por ceder a sus deseos.
    Pero K. dejó de ocuparse de ella al poco tiempo y la
    muchacha le odiaba desde entonces.

    —¿Y se despidió durante su estancia de usted en L.?

    —No. Pensaba hacerlo. Me dijo que al verse aban-
    donada, había comunicado a sus padres, residentes en
    Alemania, todo lo sucedido. Sus padres la aconsejaron
    que abandonara en el acto aquella casa y al ver que no
    lo hacía, la escribieron rompiendo toda relación con
    ella y prohibiéndola volver jamás a su lado.

    —¿Y por qué no se había marchado?

    —Me dijo que quería esperar aún algún tiempo para
    ver si K. modificaba su conducta. En caso contrario se
    despediría.

    —¿Qué ha sido de la muchacha?

    —No sé nada. Sólo que se marchó de la casa.

    —¿No quedó embarazada a consecuencia de aquella
    aventura?

    —No.

    Había surgido, pues, enmedio del análisis—cosa per-
    fectamente normal—un trozo de material real que ayu-

  • S.

    132

    daba a resolver problemas anteriormente planteados.
    Podía ya decir a Dora: Ahora conozco el motivo de
    aquella bofetada con la que respondió usted a la decla-
    ración de amor. No fué la indignación provocada por
    suponerla a usted capaz de aceptar tales proposiciones
    de un hombre casado sino un impulso de celosa ven-
    ganza. Cuando la institutriz la contó su historia, usted
    hizo aún uso de su destreza habitual para echar a un
    lado todo aquello que contrariaba sus sentimientos.
    Pero en el momento en que K. la dirigió las mismas pa-
    labras que antes a la otra muchacha –«Mi mujer no es
    nada para mí»– despertaron en usted nuevos impulsos
    y la balanza se inclinó decisivamente. Se dijo usted:
    Este hombre se atreve a tratarme como a una institu-
    triz, como a una persona subordinada. Y esta ofensa
    inferida a su orgullo, sumada a sus celos y a los restan-
    tes motivos conscientes y razonados, colmó ya las me-
    didas 1). Para demostrarla hasta qué punto se halla
    usted aún bajo la influencia de la historia de la institu-
    triz me bastará hacerla observar cuán repetidamente se
    identifica usted con ella en sus sueños y en su conduc-
    ta. Se despide usted de mí como una institutriz, tomán-
    dose un plazo de quince días. La carta de su sueño,
    autorizándola a usted para retornar a su casa, es la
    contrapartida de la carta en que los padres de la insti-
    tutriz prohibían a ésta presentarse ante ellos.
    –¿Por qué no se lo conté entonces todo inmediata-
    mente a mis padres?
    –¿Qué tiempo dejó usted pasar?


    1)No fué, quizá, tampoco indiferente que la sujeto hubiera
    oído a su padre quejarse alguna vez de su mujer en forma aná-
    loga, cuyo sentido hubo de comprender perfectamente, tal y
    como yo le había oído en mi consulta.

  • S.

    133

    HISTORIALES CLINICOS

    —La escena con K. fué el último día de Junio. Hasta
    el 14 de Julio siguiente no se lo conté a mi madre.
    —Otra vez el plazo de quince días característico para
    el despido de una sirviente. Ahora puedo ya contestar
    a su pregunta anterior. Comprendió usted muy bien a
    aquella pobre muchacha. No quiso despedirse en el acto
    porque esperaba que K. la otorgara de nuevo su cariño.
    Tal fué también el motivo que determinó su propia con-
    ducta. Se dió usted un plazo para ver si K. renovaba
    su declaración, demostrándola así la seriedad de sus in-
    tenciones y que no trataba solamente de jugar con
    usted como antes con la institutriz.
    —Pocos días después de su partida aún me escribió
    una postal.
    —Bien. Pero luego, al no volver a recibir noticias
    suyas, dió usted libre curso a su venganza. Aunque no
    es nada inverosímil que también su acusación contra K.
    obedeciese, en segundo término, a la intención de mo-
    verle a acudir a su lado para justificarse ante los suyos.
    —Tal fué, en efecto, su primera intención.
    —Y entonces hubiera quedado cumplido su ardiente
    deseo de volver a verle (Dora asintió aquí, cosa que yo
    no esperaba) y hubiera podido darla la satisfacción que
    usted demandaba.
    —¿Qué satisfacción?
    —Empiezo a sospechar que toda esta historia con K.
    ha sido para usted mucho más seria de lo que hasta
    ahora ha querido reconocer. ¿No se habló varias veces
    de separación en el matrimonio K.?
    —Sí. Primero no quiso ella, por causa de los hijos.
    Ahora quiere, pero su marido no.
    —¿Y no ha pensado usted nunca que K. quería sepa-
    rarse de su mujer para casarse con usted? ¿Y que si
    ahora no quiere es porque no tiene ya tal compensa-
    ción?

  • S.

    134

    ción? Hace dos años era usted, desde luego, demasia-
    do joven para casarse, pero usted misma me ha conta-
    do que su madre se prometió a los diez y siete años y
    esperó luego dos años. La historia amorosa de la madre
    constituye habitualmente un modelo para la hija. Que-
    ría usted, pues, esperar a K. y suponía que por su parte
    sólo esperaba a que usted tuviera edad para casarse
    con él 1). He de suponer que usted llegó a edificar se-
    riamente todo un plan de vida sobre esta base. No
    puede usted negar que K. abrigara aquella intención, y
    en el curso del análisis han surgido muchas cosas que
    indican directamente la existencia de un tal propó-
    sito 2). La conducta de su enamorado en L. no integra
    tampoco prueba alguna en contrario. No le dejó usted
    acabar de explicarse e ignora, por lo tanto, lo que en
    definitiva quería decirla. Su matrimonio con K. no hu-
    biera sido en realidad tan imposible. Las relaciones de
    su padre con la señora de K., relaciones que usted pro-
    tegió en tanto resultaban favorables a sus propias in-
    tenciones, eran una garantía segura de que dicha seño-
    ra consentiría en el divorcio, y en cuanto a su padre,
    siempre ha conseguido usted de él lo que ha querido, e
    incluso hubiera sido esta la única solución posible para
    todos si los sucesos desarrollados en L. hubieran tenido
    otro desenlace. Por haberlo comprendido así lamentó
    usted luego tan hondamente el desenlace por usted
    misma provocado y lo corrigió en la fantasía incons-
    ciente que hubo de exteriorizarse bajo la forma de una

    1)La espera hasta alcanzar un fin aparece integrada en el
    contenido de la primera situación onírica. En esta fantasía de
    la novia vemos un trozo del tercer componente, ya
    anunciado, de este sueño.

    2)Especialmente unas frases de una carta de K. remitiendo
    a Dora un regalo en los últimos tiempos de su estancia en B.

  • S.

    135

    apendicitis. Fué, pues, para usted, un dolo-
    gaño ver que su enamorado, en lugar de reaccionar a
    su acusación renovando seriamente sus pretensiones,
    la acusaba, a su vez, calumniosamente. Ha confesado
    usted que lo que más la indigna es la suposición de que
    la escena a orillas del lago sea pura imaginación suya.
    Ahora sé ya lo que no quiere usted que se le recuerde:
    Que imaginó usted serias y sinceras las pretensiones
    amorosas de K. y creyó que no cejaría en ellas hasta
    conseguirla en matrimonio.

    Dora me oyó sin contradecirme como solía. Parecía
    impresionada. Se despidió amablemente de mí, deseán-
    dome toda clase de venturas en el nuevo año... y no
    volvió a parecer por mi consulta. El padre, que aún me
    visitó varias veces, me aseguró que volvería, pues se
    la notaba deseosa de continuar el tratamiento. Pero no
    creo que hablara sinceramente. Había intervenido en
    favor de la cura mientras supuso que yo iba a conven-
    cer a Dora de que entre él y la señora de K. no existía
    sino una pura amistad. Pero al advertir que no entraba
    en mis cálculos tal cosa, se desinteresó por completo
    del tratamiento. Yo sabía muy bien que Dora no volve-
    ría a mi consulta. La inesperada interrupción del trata-
    miento cuando mis esperanzas de éxito habían adquiri-
    do ya máxima consistencia, destruyéndolas así de golpe,
    constituía por su parte, un indudable acto de venganza
    y satisfacía, al propio tiempo, la tendencia de la pacien-
    te a dañarse a sí misma. Quien como yo despierta a los
    perversos demonios que habitan, imperfectamente do-
    mados, un alma humana, para combatirlos, ha de ha-
    llarse preparado a no salir indemne de tal lucha. Surge
    aquí la cuestión de si hubiera quizá logrado retener a la
    paciente prestándome a desempeñar un papel insincero,
    esto es, exagerando el valor que para mí había de tener

  • S.

    136

    Prof. S. Freud

    la continuación del tratamiento y mostrando a Dora un
    caluroso interés que, no obstante las limitaciones im-
    puestas por mi situación profesional, habría sido acogi-
    do por ella como una sustitución del cariño que tanto
    ansiaba. No lo sé. Pero, teniendo en cuenta que una
    parte de los factores que se oponen en calidad de resis-
    tencia permanece siempre y en todo caso incógnita, he
    huído constantemente de toda insinceridad, contentán-
    dome con ejercer desinteresadamente el arte psicoló-
    gico. Con todo mi interés teórico y mis mejores deseos
    profesionales de ayudar a los enfermos, no olvido nunca
    que el influjo psíquico tiene necesariamente sus fronte-
    ras y respeto como tales el juicio y la voluntad de los
    pacientes.

    No sé tampoco si el señor K. hubiera conseguido
    más si alguien le hubiera revelado que aquella bofetada
    de Dora no significaba en modo alguno un «no» defini-
    tivo y correspondía en realidad a los celos en ella a
    última hora despertados, en tanto que los más fuertes
    impulsos de su alma le eran francamente favorables.
    Si K. hubiera hecho caso omiso de aquel «no» y hubie-
    ra continuado pretendiendo a Dora con apasionamiento
    convincente, es muy posible que la inclinación de la
    muchacha hubiese superado todas las dificultades inter-
    nas. Pero también podría haber ocurrido que tal insis-
    tencia no hubiese hecho sino incitar a Dora a satisfacer
    todavía más ampliamente en K. sus ansias de vengan-
    za. En la lucha de unos motivos contra otros, no es po-
    sible prever de qué lado habrá de inclinarse la solución,
    esto es, si habrá de levantar la represión o, por lo con-
    trario, reforzarla. La incapacidad de satisfacer una de-
    manda real de amor es uno de los rasgos característicos
    esenciales de la neurosis. Los enfermos se hallan do-
    minados por la antítesis entre la realidad y la fantasía.

  • S.

    137

    Cuando encuentran en la realidad aquello mismo que
    más intensamente desean en su fantasía, huyen presu-
    rosos de ello, entregándose con tanto mayor abandono
    a sus fantasías cuanto menos tienen que temer su reali-
    zación. Desde luego, la barrera erigida por la represión
    puede también caer ante el ataque de violentas emocio-
    nes de origen real, quedando así dominada y vencida
    la neurosis por la acción de la realidad. Pero no pode-
    mos saber, en general, en qué casos y cómo puede ser
    posible una tal curación 1).

    1)Todavía algunas observaciones sobre la estructura de este
    sueño que no ha llegado a hacérsenos suficientemente compren-
    sible para intentar su síntesis. La fantasía de venganza contra el
    padre puede aislarse del resto del sueño como un trozo resal-
    tante a modo de fachada: Dora ha abandonado voluntariamente
    el hogar familiar; el padre ha enfermado y ha muerto. – Ahora
    vuelve a casa. Los demás han salido ya para el cementerio. Sin
    sentir la menor tristeza, va a su cuarto y se pone a leer la enci-
    clopedia. Hallamos aquí dos alusiones al otro acto de venganza
    que la sujeto había llevado realmente a cabo dejando al alcance
    de sus padres una carta de despedida: La carta (de su madre en
    el sueño) y la mención del entierro de aquella tía suya en cuya
    vida veía Dora el modelo de su destino. – Detrás de esta fanta-
    sía se esconden aquellas ideas de venganza contra K., a las que
    Dora procuró un exutorio en su conducta para conmigo. La cita-
    da, la invitación, el bosque y las dos horas y media, proceden del
    material suministrado por los sucesos desarrollados en L. El re-
    cuerdo de la institutriz y de las cartas que entre ella y sus pa-
    dres se cruzaron aparece conjuntamente con el elemento propor-
    cionado por su carta de despedida a la carta integrada en el con-
    tenido del sueño, autorizando a Dora para volver a su casa. La
    negativa a dejarse acompañar y la decisión de seguir sola su ca-
    mino, pueden traducirse en la forma siguiente: Por haberme tra-
    tado como a una criada, te dejo plantado, me voy sola y no me
    caso. – Encubierto por estas ideas de venganza, se trasluce en
    otros puntos un material correspondiente a fantasías amorosas
    procedentes del cariño hacia K., inconscientemente subsistente:
    Hubiera esperado hasta poder ser tu mujer – la desfloración – el


  • S.

    138

    parto. Por último, el hecho de que la fantasía de desfloración
    aparezca representada desde el punto de vista masculino (iden-
    tificación con el enamorado residente en el extranjero) pertenece
    al más profundo y secreto círculo de ideas, al del amor homo-
    sexual hacia la señora de K. y lo mismo la circunstancia de que
    en dos puntos aparezcan transperentes alusiones a frases equí-
    vocas (¿vive aquí el señor X.?), y a la fuente escrita de sus co-
    nocimientos sexuales (la enciclopedia). En este sueño encuentran
    también su cumplimiento impulsos sádicos y crueles.