El Yo y el Ello1923-003/1924.es
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    V.

    Las servidumbres del Yo.

    La complicación de la materia hace que el contenido
    de estos capítulos no se limite al tema enunciado en su
    título, pues siempre que emprendemos el estudio de nue-
    vas relaciones nos vemos obligados a retornar sobre lo
    ya expuesto.

    Así, hemos dicho ya repetidamente, que el Yo se ha-
    lla constituído, en gran parte, por identificaciones susti-
    tutivas de cargas abandonadas del Ello, y que las pri-
    meras de estas identificaciones se conducen en el Yo,
    como una instancia especial, oponiéndose a él, en cali-
    dad de Super-Yo.

    Posteriormente, fortificado el Yo, se muestra más re-
    sistente a tales influencias de la identificación. El Super-
    Yo, debe su especial situación en el Yo, o con respecto
    al Yo, a un factor que hemos de valorar desde dos di-
    versos puntos de vista, por ser, en primer lugar, la pri-
    mera identificación que hubo de ser llevada a efecto,
    siendo aún débil el Yo, y en segundo, el heredero del
    complejo de Edipo, y haber introducido así, en el Yo,
    los objetos más importantes. Con respecto a las modifi-
    caciones ulteriores del Yo, es, en cierto modo, el Super-
    Yo, lo que la fase sexual primaria de la niñez con res-
    pecto a la vida sexual posterior a la pubertad. Siendo
    accesible a todas las influencias ulteriores, conserva, sin
    embargo, durante toda la vida, el carácter que le impri-
    mió su génesis del complejo paterno, o sea la capacidad

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    de oponerse al Yo y dominarlo. Es el monumento con-
    memorativo de la primitiva debilidad y dependencia del
    Yo, y continúa aún dominándolo en su época de madurez.

    Del mismo modo que el niño se hallaba sometido a
    sus padres y obligado a obedecerles, se somete el Yo al
    imperativo categórico de su Super-Yo.

    Pero su descendencia de las primeras cargas de obje-
    to del Ello, esto es, del complejo de Edipo, entraña aún
    para el Super-Yo, una más amplia significación. Le hace
    entrar en relación, como ya hemos expuesto, con las ad-
    quisiciones filogénicas del Ello y lo convierte en una re-
    encarnación de formas anteriores del Yo, que han dejado
    en el Ello sus residuos.

    De este modo, permanece el Super-Yo duraderamen-
    te próximo al Ello, y puede arrogarse, para con el Yo, la
    representación del mismo. Penetra profundamente en el
    Ello, y en cambio, se halla más alejado que el Yo, de la
    conciencia 1).

    Para el estudio de estas relaciones, habremos de te-
    ner en cuenta determinados hechos clínicos, que sin cons-
    tituir ninguna novedad, no han sido todavía objeto de una
    elaboración teórica.

    Hay personas que se conducen muy singularmente
    en el tratamiento psicoanalítico. Cuando les damos es-
    peranzas y nos mostramos satisfechos de la marcha del
    tratamiento, se muestran descontentas y empeoran mar-
    cadamente. Al principio, atribuimos este fenómeno a una
    rebeldía contra el médico y al deseo de testimoniarle su
    superioridad, pero luego llegamos a darle una interpreta-
    ción más justa. Descubrimos, en efecto, que tales perso-
    nas reaccionan en un sentido inverso a los progresos de

    1)Podemos decir que también el Yo psicoanalítico o meta-
    psicológico se halla colocado cabeza abajo, como el Yo anatómico
    (el «homúnculo cerebral»).

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    la cura. Cada una de las soluciones parciales que habría
    de traer consigo un alivio o una desaparición temporal
    de los síntomas, provoca, por el contrario, en estos su-
    jetos, una intensificación momentánea de la enfermedad,
    y durante el tratamiento, empeoran en lugar de mejorar.
    Muestran, pues, la llamada reacción terapéuti
    ca negativa.
    Es indudable, que en estos enfermos, hay algo que
    se opone a la curación, la cual es considerada por ellos
    como un peligro. Decimos, pues, que predomina en
    ellos, la necesidad de la enfermedad y no la voluntad de
    curación. Analizada esta resistencia en la forma de cos-
    tumbre y sustraídas de ella la rebeldía contra el médico
    y la fijación a las formas de la enfermedad, conserva,
    sin embargo, intensidad suficiente para constituir el ma-
    yor obstáculo contra la curación, obstáculo más fuerte
    aún que la inaccesibilidad narcisista, la conducta nega-
    tiva para con el médico y la adherencia a la enfermedad.
    Acabamos por descubrir que se trata de un factor de
    orden moral, de un sentimiento de culpabilidad, que
    halla su satisfacción en la enfermedad y no quiere renun-
    ciar al castigo que la misma significa. Pero este sentimiento
    de culpabilidad permanece mudo para el enfermo. No le
    dice que sea culpable, y de este modo, el sujeto no se
    siente culpable, sino enfermo. Este sentimiento de cul-
    pabilidad no se manifiesta sino como una resistencia
    difícilmente reducible, contra la curación. Resulta, asi-
    mismo, muy difícil, convencer al enfermo de este motivo
    de la continuación de su enfermedad, pues preferirá
    siempre atenerse a la explicación de que la cura analí-
    tica no es eficaz en su caso. 1)

    1)La lucha contra el obstáculo que supone el sentimiento in-
    consciente de culpabilidad es harto espinosa para el analítico.
    Directamente, no puede hacerse nada contra ella, e indirectamente,
    sólo descubrir paulatinamente, sus fundamentos reprimidos incons-
    cientes.

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    PROF. S. FREUD

    Lo que antecede corresponde a los casos extremos,
    pero tiene efecto también, probablemente, aunque en me-
    nor escala, en muchos casos graves de neurosis, quizá
    en todos. Es incluso posible que precisamente este fac-
    tor, esto es, la conducta del ideal del Yo, sea el que de-
    termine la mayor o menor gravedad de una enfermedad
    neurótica. Consignaremos, pues, algunas observaciones
    más sobre la manifestación del sentimiento de la culpa
    en diversas circunstancias.

    El sentimiento normal consciente de culpabilidad
    (conciencia moral), no opone a la interpretación dificul-
    tad ninguna. Reposa en la tensión entre el Yo y el ideal
    del Yo y es la expresión de una condena del Yo por su
    instancia crítica. Los conocidos sentimientos de inferio-
    ridad de los neuróticos dependen también, quizá, de esta

    cientes, con lo cual va transformándose, poco a poco, en senti-
    miento consciente. La labor del analítico queda considerablemente
    facilitada cuando el sentimiento inconsciente de culpabilidad es el
    resultado de una identificación del sujeto con otra persona, que fué,
    en su día, objeto de una carga erótica. Esta génesis del sentimiento
    de culpabilidad es con frecuencia, el único resto, difícilmente per-
    ceptible, de la relación erótica abandonada. Sucede aquí algo aná-
    logo a lo que descubrimos en el proceso de la melancolía. Si con-
    seguimos revelar esta pasada carga de objeto detrás del sentimiento
    inconsciente de la culpabilidad, conseguiremos muchas veces un
    completo éxito terapéutico, que en el caso contrario, resulta harto
    improbable, y depende, ante todo, de la intensidad del sentimiento
    de culpabilidad, y quizá también de que la personalidad del analí-
    tico permita que el enfermo haga de él su ideal del Yo, circunstan-
    cia que trae consigo, para el primero, la tentación de arrogarse, con
    respecto al sujeto, el papel de profeta o redentor. Pero como las
    reglas del análisis prohiben un tal aprovechamiento de la persona-
    lidad médica, hemos de confesar honradamente, que tropezamos
    aquí con otra limitación de los efectos del análisis, el cual no ha de
    hacer imposibles las reacciones patológicas sino que ha de dar al
    Yo del enfermo la libertad para decidirse en esta forma o en otra
    cualquiera.

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    EL YO Y EL ELLO

    misma causa. En dos afecciones que nos son ya fami-
    liares, es intensamente consciente el sentimiento de cul-
    pabilidad. El ideal del Yo muestra entonces una particu-
    lar severidad y hace al Yo objeto de sus iras, a veces ex-
    traordinariamente crueles. Al lado de esta coincidencia,
    surgen, entre la neurosis obsesiva y la melancolía, dife-
    rencias no menos significativas, por lo que respecta a la
    conducta del ideal del Yo.

    En ciertas formas de la neurosis obsesiva es extraor-
    dinariamente intenso el sentimiento de culpabilidad, sin
    que por parte del Yo exista nada que justifique tal senti-
    miento. El Yo del enfermo se rebela entonces contra la
    supuesta culpabilidad y pide auxilio al médico para re-
    chazar dicho sentimiento. Pero sería tan equivocado
    como ineficaz prestarle la ayuda que demanda, pues el
    análisis nos revela luego, que el Super-Yo es influído por
    procesos que permanecen ocultos al Yo. Descubrimos, en
    efecto, los impulsos reprimidos que constituyen la base
    del sentimiento de culpabilidad. El Super-Yo ha sabido
    aquí, del Ello inconsciente, algo más que el Yo.

    En la melancolía experimentamos aún con más inten-
    sidad, la impresión de que el Super-Yo ha atraído a sí la
    conciencia. Pero aquí no se atreve el Yo a iniciar pro-
    testa alguna. Se reconoce culpable y se somete al casti-
    go. Esta diferencia resulta fácilmente comprensible. En
    la neurosis obsesiva se trataba de impulsos repulsivos
    que permanecían exteriores al Yo. En cambio, la melan-
    colía nos muestra que el objeto, sobre el cual recaen las
    iras del Super-Yo, ha sido acogido en el Yo.

    Es, desde luego, singular, que en estas dos afecciones
    neuróticas, alcance el sentimiento de culpabilidad una tan
    extraordinaria energía, pero el problema principal aquí
    planteado es otro distinto. Creemos conveniente aplazar
    su discusión hasta haber examinado otros casos en los
    que el sentimiento de la culpa permanece inconsciente.

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    Así sucede, sobre todo, en la histeria y en los esta
    dos de tipo histórico. El mecanismo de la inconsciencia
    es aquí fácil de adivinar. El Yo histérico se defiende
    contra la percepción penosa que le amenaza por parte
    de la crítica de su Super-Yo, en la misma forma que em
    plea, acostumbradamente, para defenderse contra una
    carga de objeto insoportable, o sea por medio de la re
    presión. Depende, pues, del Yo, el que el sentimiento de
    culpabilidad permanezca inconsciente. Sabemos que, en
    general, lleva el Yo a cabo las represiones en provecho
    y al servicio del Super-Yo; pero en el caso presente, lo
    que hace es servirse de este mismo arma contra su rigu
    roso señor. En la neurosis obsesiva predominan los fe
    nómenos de la formación de reacciones. En la histeria
    no consigue el Yo sino mantener a distancia el material
    al cual se refiere el sentimiento de culpabilidad.

    Podemos ir aún más allá y arriesgar la presunción de
    que una gran parte del sentimiento de culpabilidad tiene
    que ser, normalmente, inconsciente, por hallarse la gé
    nesis de la conciencia moral íntimamente ligada al com
    plejo de Edipo, integrado en lo inconsciente. Si alguien
    sostuviera la paradoja de que el hombre normal no es tan
    sólo mucho más inmoral de lo que cree, sino también
    mucho más moral de lo que supone, la psicoanálisis, en
    cuyos descubrimientos se basa la primera parte de tal
    afirmación, no tendría tampoco nada que objetar contra
    su segunda mitad 1).

    Mucho nos ha sorprendido hallar, que el incremento
    de este sentimiento inconsciente de culpabilidad puede ha
    cer del individuo, un criminal. Pero se trata de un hecho


    1)Este principio sólo aparentemente es paradójico. En reali
    dad, se limita a afirmar, que tanto en el bien como en el mal, va la
    naturaleza humana mucho más allá de lo que el individuo supone,
    esto es, de lo que el Yo conoce por la percepción de la conciencia.

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    EL YO Y EL ELLO

    indudable. En muchos criminales, sobre todo en los jó-
    venes, hemos descubierto un intenso sentimiento de cul-
    pabilidad, que existía ya antes de la comisión del delito y
    no era, por lo tanto, una consecuencia del mismo, sino
    su motivo, como si para el sujeto hubiera constituido un
    alivio poder enlazar dicho sentimiento inconsciente de
    culpabilidad con algo real y actual.

    En todas estas circunstancias demuestra el Super-Yo
    su independencia del Yo consciente y sus íntimas relacio-
    nes con el Ello inconsciente. Por lo que respecta a la sig-
    nificación que hemos adscrito a los restos verbales pre-
    conscientes integrados en el Yo, surge ahora la interro-
    gación de si el Super-Yo no se hallará, quizá, constituído,
    cuando es inconsciente, por tales representaciones verba-
    les, y en caso negativo, cuáles serán los elementos que
    lo integran. Nuestra respuesta será que tampoco el Su-
    per-Yo puede negar su origen de impresiones auditivas.
    Es una parte del Yo, y dichas representaciones verbales
    (conceptos, abstracciones) llegan a él antes que a la con-
    ciencia, pero la energía de carga no es aportada a estos
    contenidos del Super-Yo por la percepción auditiva–la
    enseñanza o la lectura–sino que afluye a ellos desde
    fuentes situadas en el Ello.

    Dejamos antes sin resolver la cuestión de cómo pue-
    de el Super-Yo manifestarse esencialmente en forma de
    sentimiento de culpabilidad (o mejor dicho, de crítica,
    pues el sentimiento de culpabilidad es la percepción co-
    rrespondiente a esta crítica en el Yo) y desarrollar como
    tal un tan extraordinario rigor contra el Yo. Volviéndonos
    primeramente, a la melancolía, encontramos que el Su-
    per-Yo, extremadamente enérgico, y que ha atraído a sí
    la conciencia, se encarniza implacablemente contra el Yo,
    como si se hubiera apoderado de todo el sadismo dispo-
    nible en el individuo. Según nuestra concepción del sa-
    dismo, diremos que el componente destructor se ha ins-
     


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    talado en el Super-
    Yo y vuelto contra el Yo. En el Su-
    per-
    Yo reina entonces el instinto de muerte, que consi-
    gue, con frecuencia, llevar a la muerte al Yo, cuando éste
    no se libra de su tirano refugiándose en la manía.

    En determinadas formas de la neurosis obsesiva, son
    igualmente penosos y atormentadores los reproches de
    la conciencia moral, pero la situación resulta mucho me-
    nos transparente. Inversamente al melancólico, el neuró-
    tico obsesivo no busca jamás la muerte, parece inmuni-
    zado contra el suicidio y mejor protegido que el histéri-
    co, de este peligro. La conservación del objeto garantiza
    la seguridad del Yo. En la neurosis obsesiva, una regre-
    sión a la organización pregenital permite que los impul-
    sos eróticos se transformen en impulsos agresivos con-
    tra el objeto. El instinto de destrucción se ha libertado
    nuevamente y quiere destruir el objeto, o por lo menos,
    aparenta abrigar tal intención. Estas tendencias no son
    acogidas por el Yo, que se defiende contra ellas por me-
    dio de formaciones reactivas y medidas de precaución,
    forzándolas a permanecer en el Ello El Super-
    Yo se con-
    duce, en cambio, como si el Yo fuera responsable de
    ellas, y por la severidad con la que persigue tales propó-
    sitos destructores, nos demuestra al mismo tiempo, que
    no se trata de una apariencia provocada por la repre-
    sión, sino de una verdadera sustitución del amor por el
    odio. Falto de todo medio de defensa en ambos sentidos,
    se rebela inútilmente el Yo contra las exigencias del
    Ello asesino y contra los reproches de la conciencia mo-
    ral punitiva. Sólo consigue estorbar los actos extremos
    de sus dos atacantes, y el resultado es, al principio, un
    infinito «auto-tormento», y más tarde, un sistemático
    martirio del objeto, cuando éste es accesible.

    Los peligrosos instintos de muerte son tratados en
    el individuo, de muy diversos modos. Parte de ellos, que-
    da neutralizada por su mezcla con componentes eróticos;

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    otra parte es derivada hacia el exterior, como agresión; y
    una tercera, la más importante, continúa libremente su
    labor interior. ¿Cómo sucede, pues, que en la melan-
    colía se convierte el Super-Yo en una especie de punto
    de reunión de los instintos de muerte?

    Situándonos en el punto de vista de la restricción de
    los instintos, o sea de la moralidad, podemos decir lo
    siguiente: El Ello es totalmente amoral; el Yo se esfuer-
    za en ser moral, y el Super-Yo puede ser «hipermoral» y
    hacerse entonces tan cruel como el Ello. Es singular, que
    cuanto más limita el hombre su agresión hacia el exte-
    rior, más severo y agresivo se hace en su ideal del Yo,
    como por un desplazamiento y un retorno de la agresión,
    hacia el Yo. La moral general y normal tiene ya un ca-
    rácter severamente restrictivo y cruelmente prohibitivo,
    del cual procede la concepción de un ser superior que
    castiga implacablemente.

    No nos es posible continuar la explicación de estas
    circunstancias sin introducir una nueva hipótesis. El Su-
    per-Yo ha nacido de una identificación con el modelo
    paterno. Cada una de tales identificaciones tiene el ca-
    rácter de una desexualización e incluso de una sublima-
    ción. Ahora bien, parece que una tal transformación trae
    consigo siempre, una disociación de instintos. El compo-
    nente erótico queda despojado, una vez realizada la su-
    blimación, de la energía necesaria para encadenar toda
    la destrucción agregada, y ésta se libera en calidad de
    tendencia a la agresión y a la destrucción. De esta diso-
    ciación extraería el ideal el deber imperativo, riguro-
    so y cruel.

    En la neurosis obsesiva, se nos presenta una distinta
    situación. La disociación productora de la agresión no
    sería consecuencia de una función del Yo, sino de una re-
    gresión desarrollada en el Ello. Pero este proceso se
    habría extendido desde el Ello al Super-Yo, que intensi-

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    ficaría entonces su severidad contra el Yo inocente. En
    ambos casos, sufriría el Yo, que ha sojuzgado a la libido
    por medio de la identificación, el castigo que por tal ac-
    ción le impone el Super-Yo, utilizando la agresión mez-
    clada a la libido.

    Nuestra representación del Yo comienza aquí a acla-
    rarse, precisándose sus diversas relaciones. Vemos aho-
    ra al Yo con todas sus energías y debilidades. Se halla
    encargado de importantes funciones; por su relación con
    el sistema de la percepción, establece el orden temporal
    de los procesos psíquicos y los somete al examen de la
    realidad. Mediante la interpolación de los procesos men-
    tales, consigue un aplazamiento de las descargas moto-
    ras y domina los accesos a la motilidad. Este dominio
    es, de todos modos, más formal que efectivo. Por lo que
    respecta a la acción, se halla el Yo en una situación se-
    mejante a la de un monarca constitucional, sin cuya san-
    ción no puede legislarse nada, pero que reflexionará mu-
    cho antes de oponer su veto a una propuesta del Parla-
    mento. El Yo se enriquece con la experiencia del mundo
    exterior propiamente dicho, y tiene en el Ello otra espe-
    cie de mundo exterior, al que intenta dominar. Sustrae
    libido de él y transforma sus cargas de objeto en formas
    propias. Con ayuda del Super-Yo, extrae del Ello, en una
    forma que aún nos es desconocida, la experiencia histó-
    rica en él acumulada.

    El contenido del Ello puede pasar al Yo por dos ca-
    minos distintos. Uno de ellos es directo y el otro atravie-
    sa el ideal del Yo. La elección entre ambos resulta deci-
    siva para muchas actividades anímicas. El Yo progresa
    desde la percepción de los instintos hasta su dominio y
    desde la obediencia a los instintos hasta su coerción.
    En esta función participa ampliamente el ideal del Yo,
    que es, en parte, una formación reactiva contra los pro-
    cesos instintivos del Ello. La psicoanálisis es un instru-
    mento

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    EL YO Y EL ELLO

    mento que ha de facilitar al Yo la progresiva conquista
    del Ello.

    Mas por otra parte, se nos muestra el Yo como una
    pobre cosa, sometida a tres distintas servidumbres y
    amenazada por tres diversos peligros, emanados, respec-
    tivamente, del mundo exterior, de la libido del Yo y del
    rigor del Super-Yo. Tres clases de angustia corresponden
    a estos tres peligros, pues la angustia es la manifesta-
    ción de una retirada ante el peligro. En calidad de instan-
    cia fronteriza, quiere el Yo constituirse en mediador en-
    tre el mundo exterior y el Ello, intentando adaptar el Ello
    al mundo exterior y alcanzar en éste los deseos del Ello,
    por medio de su actividad muscular. Se conduce así
    como el médico en una cura analítica, ofreciéndose al
    Ello como objeto de su libido, a la cual procura atraer so-
    bre sí. Para el Ello, no es sólo un auxiliar sino un sumi-
    so servidor, que aspira a lograr el amor de su dueño.
    Siempre que le es posible, procura permanecer de acuer-
    do con el Ello, superpone sus racionalizaciones precons-
    cientes a los mandatos inconscientes del mismo, simula
    una obediencia del Ello a las advertencias de la realidad,
    aun en aquellos casos en los que el Ello permanece infle-
    xible, y disimula los conflictos del Ello con la realidad y
    con el Super-Yo. Pero su situación de mediador le hace
    sucumbir también, a veces, a la tentación de mostrarse
    oficioso, oportunista y falso, como el estadista que sacri-
    fica sus principios al deseo de conquistarse la opinión
    pública.

    El Yo no se conduce imparcialmente con respecto a
    las dos clases de instintos. Mediante su labor de identifi-
    cación y sublimación auxilia a los instintos de muerte del
    Ello en el sojuzgamiento de la libido, pero al obrar así, se
    expone al peligro de ser tomado como objeto de tales ins-
    tintos y sucumbir víctima de ellos. Ahora bien, para po-
    der prestar tal auxilio, ha tenido que colmarse de libido,

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    constituyéndose así en representante del Eros, y aspira
    entonces a vivir y a ser amado.

    Pero como su labor de sublimación tiene por conse-
    cuencia una disociación de los instintos y una liberación
    del instinto de agresión del Yo, se expone, en su com-
    bate contra la libido, al peligro de ser maltratado e inclu-
    so a la muerte. Cuando el Yo sufre la agresión del
    Super-Yo o sucumbe a ella, ofrece su destino grandes
    analogías con el de los protozoos que sucumben a los
    efectos de los productos de descomposición creados por
    ellos mismos. La moral que actúa en el Super-Yo se nos
    muestra, en sentido económico, como uno de tales pro-
    ductos de una descomposición.

    Entre las servidumbres del Yo, es la que le liga al
    Super-Yo, la más interesante.

    El Yo es la verdadera residencia de la angustia.
    Amenazado por tres distintos peligros, desarrolla el Yo
    el reflejo de fuga, retirando su carga propia de la per-
    cepción amenazadora o del proceso desarrollado en el
    Ello y considerado peligroso, y emitiéndola en calidad
    de angustia. Esta reacción primitiva es sustituída luego
    por el establecimiento de cargas de protección (mecanis-
    mo de las fobias). Ignoramos qué es lo que el Yo teme
    del mundo exterior y de la libido del Ello. Sólo sabemos,
    que es el sojuzgamiento o la destrucción, pero no pode-
    mos precisarlo analíticamente. El Yo sigue, simple-
    mente, las advertencias del principio del placer. En cam-
    bio, sí podemos determinar qué es lo que se oculta
    detrás de la angustia del Yo ante el Super-Yo, o sea
    ante la conciencia moral. Aquel ser superior, que luego
    llegó a ser el ideal del Yo, amenazó un día al sujeto, con
    la castración, y este miedo a la castración es probable-
    mente el nódulo, en torno del cual cristaliza luego el
    miedo a la conciencia moral.

    El principio de que todo miedo o angustia es en rea-
     

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    lidad, miedo a la muerte, no me parece encerrar sentido
    alguno. A mi juicio, es mucho más acertado distinguir la
    angustia ante la muerte, de la angustia real objetiva y de
    la angustia neurótica ante la libido. El miedo a la muerte
    plantea a la psicoanálisis un difícil problema, pues la
    muerte es un concepto abstracto de contenido negativo,
    para el cual no nos es posible encontrar nada correlativo
    en lo inconsciente. El mecanismo de la angustia ante la
    muerte no puede ser sino el de que el Yo liberte un am-
    plio montante de su carga de libido narcisista, esto es,
    se abandone a sí mismo, como a cualquier otro objeto
    en caso de angustia. La angustia ante la muerte se des-
    arrolla, pues, a mi juicio, entre el Yo y el Super Yo.
    Conocemos la génesis de la angustia ante la muerte
    en dos circunstancias distintas, análogas, por lo demás,
    a las de todo desarrollo de angustia, esto es, como re-
    acción a un peligro exterior y como proceso interior, por
    ejemplo en la melancolía. El caso neurótico nos llevará
    de nuevo a la inteligencia del caso real.
    El miedo a la muerte, que surge en la melancolía, se
    explica únicamente, suponiendo que el Yo se abandona a
    sí mismo, porque en lugar de ser amado por el Super-
    Yo, se siente perseguido y odiado por él. Vivir equivale
    para el Yo a ser amado por el Super-Yo, que aparece
    aquí también como representante del Ello. El Super-
    Yo ejerce la misma función protectora y salvadora que antes
    el padre y luego la providencia o el destino. Esta misma
    conclusión es deducida por el Yo cuando se ve amena-
    zado por un grave peligro, del que no cree poder salvar-
    se con sus propios medios. Se ve abandonado por todos
    los poderes protectores y se deja morir. Trátase de la
    misma situación que constituyó la base del primer gran
    estado de angustia del nacimiento y de la angustia in-
    fantil, esto es, de aquella situación en la que el individuo
    queda separado de su madre y pierde su protección.

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    PROF. S. FREUD

    Basándonos en estas reflexiones, podemos conside-
    rar la angustia ante la muerte y la angustia ante la con-
    ciencia moral, como una elaboración de la angustia ante
    la castración. Dada la gran importancia del sentimiento
    de culpabilidad, para las neurosis, hemos de suponer que
    la común angustia neurótica experimenta un incremento
    en los casos graves, por la génesis de angustia que tie-
    ne efecto entre el Yo y el Super-Yo (angustia ante la
    castración, ante la conciencia moral y ante la muerte).

    El Ello carece de medios de testimoniar al Yo amor
    u odio. No puede expresar lo que quiere ni constituir una
    voluntad unitaria. En él, combaten el Eros y el instinto
    de muerte. Ya hemos visto con qué medios se defienden
    unos de estos instintos contra los otros. Podemos, así,
    representarnos, que el Ello se encuentra bajo el dominio
    del instinto de muerte, mudo pero poderoso, y quiere ob-
    tener la paz acallando, conforme a las indicaciones del
    principio del placer, al Eros perturbador. Pero con esta
    hipótesis tememos estimar muy por bajo la misión del
    Eros.