S.
249
II.
El Yo y el Ello.
La investigación patológica ha orientado demasiado
exclusivamente nuestro interés hacia lo reprimido. Qui-
siéramos averiguar más del Yo desde que sabemos que
también puede ser inconsciente, en el verdadero sentido
de este término. El único punto de apoyo de nuestras in-
vestigaciones, ha sido hasta ahora, el carácter de con-
ciencia o inconsciencia. Pero hemos acabado por ver
cuán múltiples sentidos puede presentar este carácter.Todo nuestro conocimiento se halla ligado a la con-
ciencia. Tampoco lo inconsciente puede sernos conocido
si antes no lo hacemos consciente. Pero deteniéndonos
aquí, nos preguntaremos cómo es esto posible y qué
quiere decir hacer consciente algo.Sabemos ya dónde hemos de buscar aquí un enlace.
Hemos dicho que la conciencia es la superficie del apa-
rato anímico, esto es, la hemos adscrito, como función a
un sistema, que especialmente considerado, y no sólo en
el sentido de la función sino en el de la organización
anatómica, es el primero, a partir del mundo exterior.
También nuestra investigación tiene que tomar, como
punto de partida, esta superficie perceptora.Todas las percepciones procedentes del exterior (per-
cepciones sensoriales) y aquellas otras, procedentes del
interior, a las que damos el nombre de sensaciones y
sentimientos, son conscientes. ¿Pero, y aquellos proce-S.
250
sos internos que podemos reunir, aunque sin gran exac-
titud, bajo el concepto de procesos mentales, y que se
desarrollan en el interior del aparato, como desplaza-
mientos de energía psíquica a lo largo del camino que
conduce a la acción; llegan acaso a la superficie en la
que nace la conciencia? ¿O es la conciencia la que llega
hasta ellos? Es ésta una de las dificultades que surgen
cuando nos decidimos a utilizar la representación espa-
cial, tópica, de la vida anímica. Ambas posibilida-
des son igualmente inconcebibles y habrán, por lo tanto,
de dejar paso a una tercera.En otro lugar, hemos expuesto ya la hipótesis de que
la verdadera diferencia entre una representación incons-
ciente y una representación preconsciente (un pensa-
miento), consiste en que el material de la primera perma-
nece oculto, mientras que la segunda se muestra enlaza-
da con representaciones verbales. Empren-
demos aquí, por vez primera, la tentativa de indicar
caracteres de los sistemas Prc. e Inc., distintos de su
relación con la conciencia. Así, pues, la pregunta de
cómo se hace algo consciente, deberá ser sustituída por
la de cómo se hace algo preconsciente, y la respuesta
sería, que por su enlace con las representaciones verba-
les correspondientes.Estas representaciones verbales son restos mnémi-
cos. Fueron, en un momento dado, percepciones, y pue-
den volver a ser conscientes, como todos los restos
mnémicos. Antes de seguir tratando de su naturaleza, de-
jaremos consignado, que sólo puede hacerse consciente
lo que ya fué alguna vez una percepción consciente;
aquello, que no siendo un sentimiento, quiere devenir
consciente desde el interior, tiene que intentar transfor-
marse en percepciones exteriores, transformación que
consigue por medio de las huellas mnémicas.Suponemos contenidos los restos mnémicos en siste-
S.
251
EL Y O Y EL ELLO
mas inmediatos al sistema P.-Cc., de manera que sus
cargas pueden extenderse fácilmente a los elementos del
mismo. Pensamos aquí, inmediatamente, en la alucina-
ción y en el hecho de que todo recuerdo, aun el más
vivo, puede ser distinguido siempre, tanto de la alucina-
ción como de la percepción exterior, pero también recor-
damos, que al ser reavivado un recuerdo, permanece
conservada la carga en el sistema mnémico, mientras que
la alucinación no diferenciable de la percepción, sólo
surge cuando la carga no se limita a extenderse desde la
huella mnémica al elemento del sistema P, sino que pasa
por completo a él.Los restos verbales proceden esencialmente, de per-
cepciones acústicas, circunstancia que adscribe al siste-
ma Prc. un origen sensorial especial. Al principio, pode-
mos dejar a un lado como secundarios, los componentes
visuales de la representación verbal, adquiridos en la
lectura, e igualmente sus componentes de movimiento,
los cuales desempeñan tan sólo–salvo para el sordomu-
do–el papel de signos auxiliares. La palabra es, pues,
esencialmente, el resto mnémico de la palabra oída.No debemos, sin embargo, olvidar o negar, llevados
por una tendencia a la simplificación, la importancia de
los restos mnémicos ópticos–de las cosas–, ni tampo-
co la posibilidad de un acceso a la conciencia de los pro-
cesos mentales, por retorno a los restos visuales, posi-
bilidad que parece predominar en muchas personas. El
estudio de los sueños y el de las fantasías preconscien-
tes observadas por J. Varendonck, puede darnos una
idea de la peculiaridad de este pensamiento visual. En él
sólo se hace consciente el material concreto de las ideas,
y en cambio, no puede darse expresión alguna visual a
las relaciones que las caracterizan especialmente. No
constituye, pues, sino un acceso muy imperfecto a la
conciencia, se halla más cerca de los procesos incons-
cientes.S.
252
P R O F . S . F R E U D
cientes que el pensamiento verbal, y es, sin duda, más
antiguo que éste, tanto ontogénica como filogénicamente.
Así, pues, para volver a nuestro argumento, si es
éste el camino por el que lo inconsciente se hace pre-
consciente, la interrogación que antes nos dirigimos so-
bre la forma en que hacemos (pre)consciente algo repri-
mido, recibirá la respuesta siguiente: Hacemos (pre)
consciente lo reprimido, interpolando, por medio de la
labor analítica, miembros intermedios preconscientes. Por
lo tanto, ni la conciencia abandona su lugar, ni tampoco
lo Inc. se eleva hasta lo Cc.La relación de la percepción exterior con el Yo, es
evidente. No así la de la percepción interior. Sigue, pues,
la duda de si es o no, acertado, situar exclusivamente la
conciencia, en el sistema superficial P.-Cc.La percepción interna rinde sensaciones de procesos
que se desarrollan en los diversos estratos del aparato
anímico, incluso en los más profundos. La serie «placer-
displacer» nos ofrece el mejor ejemplo de estas sensacio-
nes, aún poco conocidas, más primitivas y elementales
que las procedentes del exterior y susceptibles de emer-
ger aun en estados de disminución de la conciencia. So-
bre su gran importancia y su base metapsicológica he-
mos hablado ya en otro contexto. Pueden proceder de
distintos lugares y poseer, así, cualidades diversas y has-
ta contrarias.Las sensaciones de carácter placiente, no presentan,
de por sí, ningún carácter perentorio. No así las displa-
cientes, que aspiran a una modificación y a una descar-
ga, razón por la cual, interpretamos el displacer como
una elevación y el placer como una disminución de la
carga de energía.Si en el curso de los procesos anímicos, considera-
mos aquello que se hace consciente en calidad de placer y
displacer, como un «algo» cualitativa y cuantitativamen-
te.S.
253
EL YO Y EL ELLO
te especial, surge la cuestión de si este «algo» puede ha-
cerse consciente permaneciendo en su propio lugar, o
por el contrario, tiene que ser llevado antes al sistema P.
La experiencia clínica testimonia en favor de esto úl-
timo y nos muestra que dicho «algo» se comporta como
un impulso reprimido. Puede desarrollar energías sin
que el Yo advierta la coerción, y sólo una resistencia
contra tal coerción o una interrupción de la reacción de
descarga, lo hacen consciente, en el acto, como despla-
cer. Lo mismo que las tensiones provocadas por la nece-
sidad, puede también permanecer inconsciente el dolor,
término medio entre la percepción externa y la interna,
que se conduce como una percepción interna aun en aque-
llos casos en los que tiene su causa en el mundo exte-
rior. Resulta, pues, que también las sensaciones y los
sentimientos tienen que llegar al sistema P. para hacerse
conscientes, y cuando encuentran cerrado el camino de
dicho sistema, no logran emerger como tales sensacio-
nes o sentimientos. Sintéticamente y en forma no del todo
correcta, hablamos entonces de sensaciones conscientes, equiparándolas, sin una completa
justificación, a las representaciones inconscientes. Existe, en efecto, la diferencia de que para
llevar a la conciencia una representación inconsciente, es
preciso crear antes miembros de enlace, cosa innecesaria
en las sensaciones, las cuales progresan directamente ha-
cia ella. O dicho de otro modo: La diferenciación de Cc.
y Prc. carece de sentido por lo que respecta a las sensa-
ciones, que no pueden ser sino conscientes o inconscien-
tes. Incluso cuando se hallan enlazadas a representacio-
nes verbales, no deben a éstas su acceso a la conciencia
sino que llegan a ella directamente.Vemos ahora claramente el papel que desempeñan
las representaciones verbales. Por medio de ellas que-
dan convertidos los procesos mentales interiores en per-
S.
254
cepciones. Es como si hubiera de demostrarse el princi-
pio de que todo conocimiento procede de la percepción
externa. Dada una sobrecarga del pensamiento, son real-
mente percibidos los pensamientos—como desde fuera-
y tenidos así por verdaderos.Después de esta aclaración de las relaciones entre la
percepción externa e interna y el sistema superficial
P.-Cc., podemos pasar a formarnos una idea del Yo.
Lo vemos emanar, como de su nódulo, del sistema P. y
comprender primeramente lo Prc., inmediato a los res-
tos mnémicos. Pero el Yo es también, como ya sabe-
mos, inconsciente.Ha de sernos muy provechoso, a mi juicio, seguir la
invitación de un autor, que por motivos personales de-
clara en vano no tener nada que ver con la Ciencia, ri-
gurosa y elevada. Me refiero a G. Groddeck, el cual
afirma siempre que aquello que llamamos nuestro Yo, se
conduce en la vida pasivamente y que en vez de vivir,
somos «vividos» por poderes ignotos e invencibles 1).
Todos hemos experimentado alguna vez esta sensación,
aunque no nos haya dominado hasta el punto de hacer-
nos excluir todas las demás y no vacilamos en asignar a
la opinión de Groddeck un lugar en los dominios de la
ciencia. Por mi parte, propongo tenerla en cuenta dando
el nombre de «Yo» al ente que emana del sistema P. y
es primero preconsciente, y el de «Ello», según lo
hace Groddeck, a lo psíquico restante—inconsciente—
en lo que dicho Yo se continúa 2).Pronto hemos de ver si esta nueva concepción ha de
sernos útil para nuestros fines descriptivos. Un individuo1)G. Groddeck. Das Buch vom Es. Int. Psychoan. Ver-
lag, 1923.2)Groddeck sigue el ejemplo de Nietzsche, el cual usa frecuen-
temente este término como expresión de lo que en nuestro ser hay
de impersonal.S.
255
EL YO Y EL ELLO
es ahora, para nosotros, un Ello psíquico, desconocido
e inconsciente, en cuya superficie aparece el Yo, que se
ha desarrollado partiendo del sistema P., su nódulo. El
Yo no envuelve por completo al Ello, sino que se limita
a ocupar una parte de su superficie, esto es, la constituí-
da por el sistema P., y tampoco se halla precisamente
separado de él, pues confluye con él en su parte inferior.Pero también lo reprimido confluye con el Ello hasta
el punto de no constituir sino una parte de él. En cam-
bio, se halla separado del Yo por las resistencias de la
represión y sólo comunica con él a través del Ello. Reco-
nocemos en el acto, que todas las diferenciaciones que
la patología nos ha inducido a establecer, se refieren tan
sólo, a los estratos superficiales del aparato anímico,
únicos que conocemos. Todas estas circunstancias que-
dan gráficamente representadas en el siguiente dibujo,
cuya significación es puramente descriptiva. Como puede
verse en él, y según el testimonio de la anatomía del ce-
rebro, lleva el Yo, en uno solo de sus lados, un «recep-
tor acústico».S.
256
Fácilmente se ve, que el Yo es una parte del Ello mo-
dificada por la influencia del mundo exterior, transmitida
por el P. Cc., o sea, en cierto modo, una continuación
de la diferenciación de las superficies. El Yo se esfuerza
en transmitir a su vez, al Ello, dicha influencia del mun-
do exterior, y aspira a sustituir el principio del placer,
que reina sin restricciones en el Ello, por el principio de
la realidad. La percepción es, para el Yo, lo que para el
Ello el instinto. El Yo representa lo que pudiéramos lla-
mar la razón o la reflexión, opuestamente al Ello, que
contiene las pasiones.La importancia funcional del Yo reside en el hecho de
regir, normalmente, los accesos a la motilidad. Podemos,
pues, compararlo, en su relación con el Ello, al jinete
que rige y refrena la fuerza de su cabalgadura, superior
a la suya, con la diferencia de que el jinete lleva esto a
cabo con sus propias energías, y el Yo, con energías
prestadas. Pero así como el jinete se ve obligado algu-
na vez a dejarse conducir a donde su cabalgadura quiere,
también el Yo se nos muestra forzado, en ocasiones, a
transformar en acción la voluntad del Ello, como si fuera
la suya propia.En la génesis del Yo y en su diferenciación del Ello
parece haber actuado aún otro factor distinto de la in-
fluencia del sistema P. El propio cuerpo, y sobre todo,
la superficie del mismo, es un lugar del cual pueden par-
tir, simultáneamente, percepciones externas e internas.
Es objeto de la visión, como otro cuerpo cualquiera,
pero produce al tacto, dos sensaciones, una de las cua-
les puede equipararse a una percepción interna. La psi-
cofisiología ha aclarado ya suficientemente la forma en
la que el propio cuerpo se destaca del mundo de las per-
cepciones. También el dolor parece desempeñar en esta
cuestión un importante papel, y la forma en que adquiri-
mos un nuevo conocimiento de nuestros órganos cuando
S.
17
EL YO Y EL ELLO
padecemos una dolorosa enfermedad, constituye quizá
el prototipo de aquella en la que llegamos a la represen-
tación de nuestro propio cuerpo.El Yo es, ante todo, un ser corpóreo y no sólo un ser
superficial, sino incluso la proyección de una superficie.
Si queremos encontrarle una analogía anatómica, habre-
mos de identificarlo con el «homúnculo cerebral» de los
anatómicos, que se halla cabeza abajo sobre la corteza
cerebral, tiene los pies hacia arriba, mira hacia atrás y
ostenta a la izquierda la zona de la palabra.La relación del Yo con la conciencia ha sido ya estu-
diada por nosotros repetidas veces, pero aún hemos de
describir aquí algunos hechos importantes. Acostumbra-
dos a no abandonar nunca el punto de vista de una va-
loración ética y social, no nos sorprende oír que la acti-
vidad de las pasiones más bajas se desarrolla en lo in-
consciente, y esperamos que las funciones anímicas
encuentren tanto más seguramente, acceso a la concien-
cia, cuanto más elevado sea el lugar que ocupen en di-
cha escala de valores. Pero la experiencia psicoanalítica
nos demuestra que tal esperanza es infundada. Por un
lado, tenemos pruebas de que incluso una labor intelec-
tual sutil y complicada, que exige, en general, intensa
reflexión, puede ser también realizada preconscientemen-
te, sin llegar a la conciencia. Este fenómeno se da, por
ejemplo, durante el estado de reposo y se manifiesta en
que el sujeto despierta sabiendo la solución de un
problema matemático o de otro género cualquiera, vana-
mente buscada durante el día anterior.Pero hallamos aún otro caso más singular. En nues-
tros análisis, averiguamos que hay personas en las cua-
les la autocrítica y la conciencia moral, o sea funciones
anímicas a las que se concede un elevado valor, son in-
conscientes y producen, como tales, importantísimos
efectos.— 257 —
S.
258
PROF. S. FREUD
Así, pues, la inconsciencia de la resistencia en el aná
lisis, no es, en ningún modo, la única situación de este
género. Pero el nuevo descubrimiento, que nos obliga, a
pesar de nuestro mejor conocimiento crítico, a hablar de
un sentimiento inconsciente de culpa
bilidad, nos desorienta mucho más, planteándonos
nuevos enigmas, sobre todo cuando observamos, que en
un gran número de neuróticos, desempeña dicho senti
miento un papel económicamente decisivo y opone con
siderables obstáculos a la curación. Si queremos ahora
volver a nuestra escala de valores, habremos de decir
que no sólo lo más bajo, sino también lo más elevado,
puede permanecer inconsciente. De este modo, parece
demostrársenos lo que antes dijimos del Yo, o sea que
es, ante todo, un ser corpóreo.
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El Yo y el Ello1923-003/1924.es