El Yo y el Ello1923-003/1924.es
  • S.

    259

    III.

    El Yo y el Super-Yo (ideal del Yo).

    Si el Yo no fuera sino una parte de Ello modificada
    por la influencia del sistema de las percepciones, o sea
    el representante del mundo exterior, real, en lo anímico,
    nos encontraríamos ante un estado de cosas harto senci-
    llo. Pero hay aún algo más.

    Los motivos que nos han llevado a suponer la exis-
    tencia de una fase especial del Yo, o sea de una diferen-
    ciación dentro del mismo Yo, a la que damos el nombre
    de Super-Yo o ideal del Yo, han quedado ya expuestos
    en otros lugares 1). Estos motivos continúan en pie 2).
    La novedad que precisa una aclaración es la de que esta
    parte del Yo presenta una conexión menos firme con la
    conciencia.

    Para llegar a tal aclaración, hemos de volver antes
    sobre nuestros pasos. Explicamos el doloroso sufrimien-
    to de la melancolía, estableciendo la hipótesis de una re-

    1)Cf. «Psicología de las masas, etc.»

    2)Únicamente habremos de rectificar la afirmación de que el
    examen de la realidad era una función del Super-Yo. Las re-
    laciones del Yo con el mundo de la percepción parecen más bien in-
    dicar, que dicho examen es ejercido por el Yo. También ciertas ma-
    nifestaciones indeterminadas, que en otros lugares hemos consig-
    nado, sobre la existencia de un nódulo del Yo, deben ser
    concretadas ahora en el sentido de que dicho nódulo es únicamen-
    te el sistema P.-Cc.

  • S.

    260

    PROF. S. FREUD

    construcción en el Yo, del objeto perdido, esto es, la susti-
    tución de una carga de objeto por una identificación1).
    Pero no llegamos a darnos cuenta de toda la importancia
    de este proceso, ni de lo frecuente y típico que era. Ulte-
    riormente, hemos comprendido, que tal sustitución parti-
    cipa considerablemente en la estructuración del Yo, y con-
    tribuye, sobre todo, a la formación de aquello que deno-
    minamos su «carácter».

    Originariamente, en la fase primitiva oral del indivi-
    duo, no es posible diferenciar la carga de objeto, de la
    identificación. Más tarde, sólo podemos suponer, que las
    cargas de objeto parten del Yo, el cual siente como nece-
    sidades las aspiraciones eróticas. El Yo, débil aún, al
    principio, recibe noticia de las cargas de objeto y las
    aprueba o intenta rechazarlas por medio del proceso de
    la represión2).

    Cuando un tal objeto sexual ha de ser abandonado,
    surge frecuentemente, en su lugar, aquella modificación
    del Yo que hemos hallado en la melancolía y descrito
    como una reconstrucción del objeto en el Yo. Ignoramos
    aún las circunstancias detalladas de esta sustitución. Es
    muy posible que el Yo facilite o haga posible, por medio
    de esta introyección, que es una especie de regresión al
    mecanismo de la fase oral, el abandono del objeto. O
    quizá constituya esta identificación la condición precisa
    para que el Ello abandone sus objetos. De todos modos,


    1)Cf. «Aflicción y melancolía».

    2)La creencia de los primitivos de que las cualidades del ani-
    mal ingerido como alimento se transmiten al individuo, y las prohi-
    biciones basadas en esta creencia, constituyen un interesantísimo
    paralelo de la sustitución de la elección de objeto por la identifica-
    ción. Esta creencia se halla también integrada seguramente entre los
    fundamentos del canibalismo y actúa en toda la serie de costumbres
    que va desde la comida totémica a la comunión. Las consecuencias
    que aquí se atribuyen al apoderamiento oral del objeto surgen, lue-
    go, realmente, en la elección sexual de objeto, ulterior.

  • S.

    261

    EL YO Y EL ELLO

    es éste un proceso muy frecuente en las primeras fases
    del desarrollo, y puede llevarnos a la concepción de que
    el carácter del Yo es un residuo de las cargas de objeto
    abandonadas y contiene la historia de tales elecciones de
    objeto. Desde luego, habremos de reconocer que la capa-
    cidad de resistencia a las influencias emanadas de la his-
    toria de las elecciones eróticas de objetos, varía mucho
    de unos individuos a otros, constituyendo una escala,
    dentro de la cual, el carácter del sujeto admitirá o recha-
    zará, más o menos, tales influencias. En las mujeres de
    gran experiencia erótica, creemos poder indicar fácil-
    mente los residuos que sus cargas de objeto han dejado
    en su carácter. También puede existir una simultaneidad
    de la carga de objeto y la identificación, o sea una mo-
    dificación del carácter antes del abandono del objeto. En
    este caso, la modificación del carácter puede sobrevivir
    a la relación con el objeto y conservarla en un cierto sen-
    tido.

    Desde otro punto de vista, observamos también, que
    esta trasmutación de una elección erótica de objeto en
    una modificación del Yo, es, para el Yo, un medio de do-
    minar al Ello y hacer más profundas sus relaciones con
    él, si bien a costa de una mayor docilidad, por su parte.
    Cuando el Yo toma los rasgos del objeto, se ofrece, por
    decirlo así, como tal, al Ello, e intenta compensarle la
    pérdida experimentada, diciéndole: «Puedes amarme,
    pues soy parecido al objeto perdido».

    La transformación de la libido objetiva en libido nar-
    cisista, que aquí tiene efecto, trae consigo un abandono
    de los fines sexuales, una desexualización, o sea una es-
    pecie de sublimación, e incluso nos plantea la cuestión,
    digna de un penetrante estudio, de si no será acaso éste
    el camino general conducente a la sublimación, realizán-
    dose siempre todo proceso de este género por la media-
    ción del Yo, que transforma primero la libido objetiva se-

  • S.

    262

    xual en libido narcisista, para proponerla luego un nuevo
    fin 1). Más adelante nos preguntaremos así mismo, si
    esta modificación no puede también tener por consecuen-
    cia otros diversos destinos de los instintos, por ejemplo,
    una disociación de los diferentes instintos fundidos unos
    con otros.

    No podemos eludir una digresión consistente en fijar
    nuestra atención por algunos momentos en las identifi-
    caciones objetivas del Yo. Cuando tales identificaciones
    llegan a ser muy numerosas, intensas e incompatibles
    entre sí, se produce fácilmente un resultado patológico.
    Puede surgir, en efecto, una disociación del Yo, exclu-
    yéndose las identificaciones unas a otras por medio de
    resistencias. El secreto de los casos llamados de per-
    sonalidad múltiple, reside quizá en que cada
    una de tales identificaciones atrae a sí, alternativamente,
    la conciencia. Pero aun sin llegar a este extremo, surgen
    entre las diversas identificaciones en las que el Yo queda
    disociado, conflictos que no pueden ser siempre califica-
    dos de patológicos.

    Cualquiera que sea la estructura de la ulterior resisten-
    cia del carácter contra las influencias de las cargas de
    objeto abandonadas, los efectos de las primeras identifi-
    caciones realizadas en la más temprana edad, son siem-
    pre generales y duraderos. Esto nos lleva a la génesis
    del ideal del Yo, pues detrás de él se oculta la primera y
    más importante identificación del individuo, o sea la
    identificación con el padre 2). Esta identificación no pa-
    ra


    1)Una vez establecida la diferenciación del Yo y el Ello, he-
    mos de reconocer a este último como el gran depósito de la libido.
    La libido que afluye al Yo por medio de las identificaciones descri-
    tas, representa su «narcisismo secundario».

    2)Quizá fuera más prudente decir, con los padres, pues el pa-
    dre y la madre no son objeto de una valoración distinta antes del
    descubrimiento de la diferencia de los sexos, o sea de la falta del

  • S.

    263

    rece constituir el resultado o desenlace de una carga de
    objeto, pues es directa e inmediata, y anterior a toda car-
    ga de objeto. Pero las elecciones de objeto pertenecien-
    tes al primer período sexual y que recaen sobre el padre
    y la madre, parecen tener como desenlace normal, una
    tal identificación, e intensificar así la identificación pri-
    maria.

    De todos modos, son tan complicadas estas relacio-
    nes, que se nos hace preciso describirlas más detallada-
    mente. Esta complicación depende de dos factores: de la
    disposición triangular de la relación de Edipo y de la bi-
    sexualidad constitucional del individuo.

    El caso más sencillo toma en el niño la siguiente for-
    ma: el niño lleva a cabo muy tempranamente una carga
    de objeto que recae sobre la madre y tiene su punto de
    partida en el seno materno. Del padre, se apodera el niño,
    por identificación. Ambas relaciones marchan paralela-
    mente durante algún tiempo, hasta que por la intensifica-
    ción de los deseos sexuales orientados hacia la madre y
    por la percepción de que el padre es un obstáculo opues-
    to a la realización de tales deseos, surge el complejo de
    Edipo. La identificación con el padre toma entonces un
    matiz hostil y se transforma en el deseo de suprimir al
    padre, para sustituirle cerca de la madre. A partir de
    aquí, se hace ambivalente la relación del niño con su pa-
    dre, como si la ambivalencia existente desde un principio
    en la identificación se exteriorizara en este momento. La
    conducta ambivalente con respecto al padre y la tierna
    aspiración hacia la madre, considerada como objeto, in-

    pene en el femenino. Una joven, a la que tuve hace poco en trata-
    miento, me comunicó que al descubrir tal diferencia, no extendió la
    carencia de dicho órgano a todas las mujeres, sino tan sólo a aque-
    llas «que nada valían», y su madre la ratificó en esta opinión. Para
    simplificar nuestra exposición, trataremos exclusivamente, aquí, de
    la identificación con el padre.

  • S.

    264

    tegran, para el niño, el contenido del complejo de Edipo
    simple, positivo.

    Al llegar la destrucción del complejo de Edipo tiene
    que ser abandonada la carga de objeto de la madre, y en
    su lugar, surge una identificación con la madre o queda
    intensificada la identificación con el padre. Este último
    resultado es el que consideramos como normal, y permi-
    te la conservación de la relación cariñosa con la madre.
    El naufragio del complejo de Edipo afirmaría, así la
    masculinidad, en el carácter del niño. En forma totalmen-
    te análoga, puede terminar el complejo de Edipo de la
    niña, por una intensificación de su identifica-
    ción con la
    madre (o por el establecimiento de una tal identificación),
    que afirma el carácter femenino del sujeto.

    Estas identificaciones no corresponden a nuestras es-
    peranzas, pues no introducen en el Yo, al objeto abando-
    nado; pero también este último desenlace es frecuente y
    puede observarse con mayor facilidad en la niña que en
    el niño. El análisis nos muestra muchas veces, que la
    niña, después de haberse visto obligada a renunciar al
    padre como objeto erótico, exterioriza los componentes
    masculinos de su bisexualidad constitucional y se identi-
    fica, no ya con la madre sino con el padre, o sea con el
    objeto perdido. Esta identificación, depende, naturalmen-
    te, de la intensidad de sus disposi-
    ciones masculinas,
    cualquiera que sea la naturaleza de éstas.

    El desenlace del complejo de Edipo en una identifica-
    ción con el padre o con la madre, parece, pues, depen-
    der, en ambos sexos, de la energía relativa de las dos dis-
    posiciones sexuales. Esta es una de las formas en las
    que la bisexualidad interviene en los destinos del comple-
    jo de Edipo. La otra forma es aún más importante. Ex-
    perimentamos la impresión de que el complejo de Edipo
    simple no es ni con mucho, el más frecuente, y en efec-
    to, una investigación más penetrante nos descubre casi

  • S.

    265

    El Yo Y El Ello

    siempre el complejo de Edipo complet-
    o, que es un
    complejo doble, positivo y negativ-
    o, dependiente de la
    bisexualidad originaria del sujeto infantil. Quiere esto de-
    cir, que el niño no presenta tan sólo una actitud ambiva-
    lente con respecto al padre, y una elección tierna de ob-
    jeto con respecto a la madre, sino que se conduce, al
    mismo tiempo, como una niña, presentando la actitud ca-
    riñosa, femenina, para con su padre y la actitud correla-
    tiva, hostil y celosa, para con su madre. Esta interven-
    ción de la bisexualidad es la que hace tan difícil llegar al
    conocimiento de las elecciones de objeto e identificacio-
    nes primitivas y tan complicada su descripción. Pudiera
    suceder también, que la ambivalencia comprobada en la
    relación del sujeto infantil con los padres, dependiera ex-
    clusivamente de la bisexualidad, no siendo desarrollada
    de la identificación, como antes expusimos, por la riva-
    lidad.

    A mi juicio, obraremos acertadamente aceptando, en
    general, y sobre todo en los neuróticos, la existencia del
    complejo de Edipo completo. La investigación psicoana-
    lítica nos muestra que en un gran número de casos, des-
    aparece uno de los componentes de dicho complejo, de-
    jando sólo huellas apenas visibles. Queda así estableci-
    da una serie en uno de cuyos extremos se halla el com-
    plejo de Edipo normal, positivo, y en el otro, el inverti-
    do, negativo, mientras que los miembros intermedios
    nos muestran la forma completa de dicho complejo, con
    distinta participación de sus dos componentes. En el nau-
    fragio del complejo de Edipo, se combinan de tal modo
    sus cuatro tendencias integrantes, que dan nacimiento a
    una identificación con el padre y a una identificación con
    la madre. La identificación con el padre conservará el
    objeto materno del complejo positivo y sustituirá, simul-
    táneamente, al objeto paterno del complejo invertido. Lo
    mismo sucederá, «mutatis mutandis», con la identifica-
    ción.

  • S.

    266

    ción con la madre. En la distinta intensidad de tales iden
    tificaciones se reflejará la desigualdad de las dos dispo
    siciones sexuales.

    De este modo, podemos admitir co
    mo resultado general de la fase sexual
    dominada por el complejo de Edipo, la
    presencia, en el Yo, de un residuo,
    consistente en el establecimiento de
    estas dos identificaciones, enlazadas
    entre sí. Esta modificación del Yo,
    conserva su significación especial y
    se opone al contenido restante del Yo,
    en calidad de ideal del Yo o Super-
    Yo.

    Pero el Super-Yo no es simplemente un residuo de
    las primeras elecciones de objeto del Ello, sino también
    una enérgica formación reactiva contra las mismas. Su
    relación con el Yo no se limita a la advertencia: «Así
    (como el padre) debes ser»–sino que comprende tam
    bién la prohibición: «Así (como el padre) no debes ser:
    no debes hacer todo lo que él hace, pues hay algo que le
    está exclusivamente reservado». Esta doble faz del ideal
    del Yo depende de su anterior participación en la repre-
    sión del complejo de Edipo, e incluso debe su génesis a
    tal represión. Este proceso represivo no fué nada senci-
    llo. Habiendo reconocido en los padres y especialmente
    en el padre, el obstáculo opuesto a la realización de los
    deseos integrados en dicho complejo, tuvo que robuste-
    cerse el Yo, para llevar a cabo su represión, creando en
    sí mismo tal obstáculo. La energía necesaria para ello,
    hubo de tomarla prestada del padre, préstamo que trae
    consigo importantísimas consecuencias. El Super-Yo
    conservará el carácter del padre, y cuanto mayores fue-
    ron la intensidad del complejo de Edipo y la rapidez de
    su represión (bajo las influencias de la autoridad, la reli-

  • S.

    267

    gión, la enseñanza y las lecturas), más severamente rei-
    nará, después, sobre el Yo, como conciencia moral o
    quizá como sentimiento inconsciente de culpabilidad. En
    páginas ulteriores, expondremos de dónde sospechamos
    que extrae el Super-Yo la fuerza necesaria para ejercer
    tal dominio, o sea el carácter coercitivo que se manifiesta
    como imperativo categórico.

    Esta génesis del Super-Yo constituye el resultado de
    dos importantísimos factores biológicos: de la larga in-
    defensión y dependencia infantil del hombre y de su com-
    plejo de Edipo, al que hemos relacionado ya con la inte-
    rrupción del desarrollo de la libido por el período
    de latencia, o sea con la división en dos fases de
    la vida sexual humana. Esta última particularidad, que
    creemos específicamente humana, ha sido definida por
    una hipótesis psicoanalítica como una herencia corres-
    pondiente a la evolución hacia la cultura, impuesta por
    la época glacial. La génesis del Super-Yo, por su dife-
    renciación del Yo, no es ciertamente nada casual, pues
    representa los rasgos más importantes del desarrollo in-
    dividual y de la especie. Creando una expresión duradera
    de la influencia de los padres, eterniza la existencia
    de aquellos momentos a los que la misma debe su
    origen.

    Se ha acusado infinitas veces a la psicoanálisis de
    desatender la parte moral, elevada y suprapersonal del
    hombre. Pero este reproche es injusto, tanto desde el
    punto de vista histórico como desde el punto de vista
    metodológico. Lo primero, porque se olvida que nuestra
    disciplina adscribió desde el primer momento a las ten-
    dencias morales y estéticas del Yo, el impulso a la re-
    presión. Lo segundo, porque no se quiere reconocer que
    la investigación psicoanalítica no podía aparecer, desde
    el primer momento, como un sistema filosófico provisto
    de una completa y acabada construcción teórica, sino

  • S.

    268

    que tenía que abrirse camino paso a paso, por medio de
    la descomposición analítica de los fenómenos, tanto
    normales como anormales, hacia la inteligencia de las
    complicaciones anímicas. Mientras nos hallábamos en
    tregados al estudio de lo reprimido en la vida psíquica,
    no necesitábamos compartir la preocupación de conser-
    var intacta la parte más elevada del hombre. Ahora que
    osamos aproximarnos al análisis del Yo, podemos vol-
    vernos a aquellos que sintiéndose heridos en su concien-
    cia moral, han propugnado la existencia de algo más
    elevado en el hombre, y responderles: «Ciertamente; y
    este elevado ser es el ideal del Yo o Super-Yo, represen-
    tación de la relación del sujeto con sus progenitores.
    Cuando niños, hemos conocido, admirado y temido a
    tales seres elevados, y luego los hemos acogido en nos-
    otros mismos.

    El ideal del Yo es, por lo tanto, el heredero del com-
    plejo de Edipo, y con ello, la expresión de los impulsos
    más poderosos del Ello y de los más importantes desti-
    nos de su libido. Por medio de su creación, se ha apo-
    derado el Yo del complejo de Edipo y se ha sometido,
    simultáneamente al Ello. El Super-Yo, abogado del
    mundo interior, o sea del Ello, se opone al Yo, verdade-
    ro representante del mundo exterior, o de la realidad.
    Los conflictos entre el Yo y el ideal, reflejan, pues, en
    último término, la antítesis de lo real y lo psíquico, del
    mundo exterior y el interior.

    Todo lo que la biología y los destinos de la especie
    humana han creado y dejado en el Ello, es tomado por
    el Yo en la formación de su ideal y vivido de nuevo en
    él, individualmente. El ideal del Yo presenta, a conse-
    cuencia de la historia de su formación, una amplia rela-
    ción con las adquisiciones filogénicas del individuo, o
    sea con su herencia arcaica. Aquello que en la vida psí-
    quica individual ha pertenecido a lo más bajo, es con-

  • S.

    269

    vertido por la formación del ideal, en lo más elevado del
    alma humana, conforme siempre a nuestra escala de va-
    lores. Pero sería un esfuerzo inútil querer localizar el
    ideal del Yo, aunque sólo fuera de un modo análogo a
    como hemos localizado el Yo, o adaptarlo a una de las
    comparaciones por medio de las cuales hemos intentado
    reproducir la relación entre el Yo y el Ello.

    No es difícil mostrar que el ideal del Yo satisface to-
    das aquellas exigencias que se plantean a la parte más
    elevada del hombre. Contiene, en calidad de sustitución
    de la aspiración hacia el padre, el nódulo del que han
    partido todas las religiones. La convicción de la propia
    insuficiencia, resultante de la comparación del Yo con su
    ideal, da origen a la religiosa humildad de los creyentes.
    En el curso sucesivo del desarrollo, queda transferido a
    los maestros y a aquellas otras personas que ejercen au-
    toridad sobre el sujeto, el papel del padre, cuyos man-
    datos y prohibiciones conservan su eficiencia en el Yo
    ideal y ejercen ahora, en calidad de conciencia, la censu-
    ra moral.

    La tensión entre las aspiraciones de la conciencia y
    los rendimientos del Yo es percibida como sentimiento
    de culpabilidad. Los sentimientos sociales reposan en
    identificaciones con otros individuos, basadas en el mis-
    mo ideal del Yo.

    La religión, la moral y el sentimiento social–conteni-
    dos principales de la parte más elevada del hombre 1)–
    constituyeron primitivamente una sola cosa. Según la
    hipótesis que expusimos en «Totem y tabú» 2), fueron
    desarrollados filogénicamente del complejo paterno: la
    religión y la moral, por el sojuzgamiento del complejo de
    Edipo propiamente dicho, y los sentimientos sociales,


    1)Prescindimos aquí del arte y de la ciencia.

    2)Véase el tomo VIII de estas «Obras completas».

  • S.

    270

    por el obligado vencimiento de la rivalidad ulterior entre
    los miembros de la joven generación. En todas estas ad-
    quisiciones morales, parece haberse adelantado el sexo
    masculino, siendo transmitidas después, por herencia
    cruzada, al femenino. Todavía actualmente, nacen en el
    individuo, los sentimientos sociales, por superposición a
    los sentimientos de rivalidad del sujeto con sus herma-
    nos. La imposibilidad de satisfacer estos sentimientos
    hostiles hace surgir una identificación con los rivales.
    Observaciones realizadas en sujetos homosexuales, jus-
    tifican la sospecha de que también esta identificación es
    un sustitutivo de la elección cariñosa de objeto, que
    reemplaza a la disposición agresiva hostil.

    Al hacer intervenir la filogénesis se nos plantean nue-
    vos problemas cuya solución quisiéramos eludir, pero
    hemos de intentarla, aunque tememos que tal tentativa ha
    de revelar la insuficiencia de nuestros esfuerzos. ¿Fué el
    Yo o el Ello de los primitivos lo que adquirió la moral y
    la religión, derivándolas del complejo paterno? Si fué
    el Yo ¿por qué no hablamos sencillamente de una heren-
    cia dentro de él? Y si fué el Ello ¿cómo conciliar un tal
    hecho con su carácter? ¿Será quizá equivocado extender
    la diferenciación antes realizada, en Yo, Ello y Super-Yo,
    a épocas tan tempranas? Por último, ¿no sería acaso me-
    jor confesar honradamente, que toda nuestra concepción
    de los procesos del Yo no aclara en nada la inteligencia
    de la filogénesis ni puede ser aplicada a este fin?

    Daremos primero respuesta a lo más fácil. No sólo
    en los hombres primitivos, sino en organismos aún más
    sencillos, nos es preciso reconocer la existencia de un
    Yo y un Ello, pues esta diferenciación es la obligada ma-
    nifestación de la influencia del mundo exterior. Hemos
    derivado precisamente el Super-Yo de aquellos sucesos
    que dieron origen al totemismo. La interrogación de si
    fué el Yo o el Ello lo que llegó a hacer las adquisiciones

  • S.

    271

    EL YO Y EL ELLO

    citadas, queda, pues, resuelta en cuanto reflexionamos,
    que ningún suceso exterior puede llegar al Ello sino por
    mediación del Yo, que representa en él al mundo exte-
    rior. Pero no podemos hablar de una herencia directa den-
    tro del Yo. Se abre aquí el abismo entre el individuo real
    y el concepto de la especie. Tampoco debemos suponer
    demasiado rígida la diferencia entre el Yo y el Ello, olvi-
    dando que el Yo no es sino una parte del Ello, especial-
    mente diferenciada. Los sucesos del Yo parecen, al prin-
    cipio, no ser susceptibles de constituir una herencia, pero
    cuando se repiten con frecuencia e intensidad suficientes
    en individuos de generaciones sucesivas, se transfor-
    man, por decirlo así, en sucesos del Ello, cuyas impre-
    siones quedan conservadas hereditariamente. De este
    modo, abriga el Ello en sí, innumerables existencias del
    Yo, y cuando el Yo extrae del Ello su Super-Yo, no
    hace, quizá, sino resucitar antiguas formas del Yo.

    La historia de la génesis del Super-Yo nos muestra
    que los conflictos antiguos del Yo con las cargas de ob-
    jeto del Ello pueden continuar, transformados en conflic-
    tos con el Super-Yo, heredero del Ello. Cuando el Yo no
    ha conseguido por completo el sojuzgamiento del com-
    plejo de Edipo, entra de nuevo en actividad su energía
    de carga, procedente del Ello, actividad que se manifes-
    tará en la formación reactiva del ideal del Yo. La amplia
    comunicación del ideal del Yo con los sentimientos ins-
    tintivos inconscientes nos explica el enigma de que el
    ideal pueda permanecer en gran parte, inconsciente e
    inaccesible al Yo. El combate que hubo de desarrollarse
    en los estratos más profundos del aparato anímico y al
    que la rápida sublimación e identificación impidieron lle-
    gar a su desenlace, se continúa ahora en una región más
    elevada.

  • S.

    108

    ¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿